Hola hola ke tal stan todos? espero ke muuy biien ...

recuerden de ke nada me pertenece

Capítulo 47

La casita amarilla se levantaba al borde del pequeño bosque. Los árboles, negros y desnudos, creaban cortas sombras sobre la tierra. El silencio era absoluto.

En las ventanas había visillos de encaje y los cristales relucían al sol.

Nada se movía, ni una brizna de hierba, ni una hoja. Parecía que el sonido no existiera, aunque el mar estaba cerca y el pueblo justo detrás de él. Mientras miraba fijamente la casa al borde del bosque, Harding pensó que era como contemplar una fotografía tomada por otro; era como si por razones que no sabría explicar se le hubiera concedido asistir a un instante congelado.

Sintió que un escalofrío le recorría la columna, su cuerpo se alteraba y el ritmo de su respiración se volvía pesado y se aceleraba. Dio un paso atrás, vacilante, pero era como si golpeara un muro. No podía darse la vuelta y echar a correr como deseaba de pronto.

Entonces, aquella sensación desapareció con la misma rapidez con la que había llegado. Sencillamente, estaba en el camino, contemplando una bonita casa de campo, al lado de un bosque invernal.

Cuando volviera al continente se haría un chequeo, decidió, mientras echaba a andar con pasos temblorosos. Estaba claro que sufría un agotamiento mayor del que pensaba. Se tomaría unas vacaciones en cuanto finalizara de recoger datos y la investigación previa para plantear el libro. Una semana o dos le bastarían para recuperarse y estar en forma de cara al trabajo en firme de redacción del libro.

Más tranquilo con este pensamiento, continuó su camino en dirección al bosque. Podía escuchar el suave y regular sonido del mar, el canto despreo cupado de los pájaros y el ligero rumor del viento a través de las ramas desnudas.

Sacudió la cabeza mientras caminaba entre los árboles mirando alrededor con la condescendencia un tanto suspicaz que suele sentir un urbanita con vencido hacia la soledad en la naturaleza. Se le es capaba el porqué alguien podía elegir vivir en un lugar semejante.

Marie Remington lo había hecho.

Había abandonado riqueza, un estilo de vida privilegiado, una hermosa casa, y una posición social elevada; y, ¿a cambio de qué? Para cocinar para extraños, para vivir en un pedazo de tierra rocoso y para criar un día una pandilla de mocosos chillones, según se imaginó.

¡Perra estúpida!

Mientras caminaba entrelazaba nerviosamente los dedos y volvía a soltarlos. Bajo sus pies comenzó a agitarse una sucia niebla, que le lamía los zapatos. Aceleró el paso, casi corría, ya que la tierra estaba resbaladiza y cubierta de hielo. Al respirar, su aliento formaba pequeñas columnas de humo.

¡Puta desagradecida!

Debía ser castigada, herida. Ella y las demás debían pagar, y pagarían, por lo que habían hecho. Debían morir, y si se atrevían a desafiar su poder, a desafiar sus derechos, morirían entre terribles su frimientos.

La niebla cubría el suelo y se derramaba por los bordes de un círculo que lanzaba un destello blanco y brillante. Abrió la boca y en su garganta resonó un gruñido salvaje y profundo.

Embistió contra el círculo, que le rechazó. El círculo emitió una luz, una fina y reluciente cortina dorada. Él, furioso, arremetió una y otra vez contra aquello que quemaba con un fuego blanco, abrasaba su piel y sacaba humo de su ropa.

La ira le devoraba, y lo que se había metido dentro del cuerpo de Jonathan Q. Harding le hizo tirarse al suelo aullando y maldiciendo la luz.

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.

Bella preparó dos platos especiales del día. Tarareaba mientras trabajaba y realizaba unos ajustes en el menú de boda que serviría a finales de mes.

El negocio marchaba bien. El Catering Las Hermanas se había hecho un hueco, e incluso en los meses de invierno tenía encargos. Estaba contenta. El trabajo no era tan exigente como para no poder dedicar un tiempo a diseñar una propuesta que quería plantear a Rosalie: organizar un club de cocina en el Cafe & Libros y ampliar los menús, ambas cosas factibles. Guando tuviera más perfilados los detalles, presentaría su idea a Rosalie de igual a igual, pues las dos eran mujeres de negocios.

Después de servir los pedidos, miró el reloj. En media hora, Peg haría el relevo. Tenía previsto hacer unos recados y concertadas dos citas para discutir otros encargos del Catering.

Tenía que darse prisa, pensó, para tener todo listo para la cena. Le gustaba que se le juntaran las tareas de la casa y las obligaciones de negocios como si fueran capas sucesivas a las que atender.

Pero no podía negar que había otros dos asuntos que afrontar. La cena de aquella noche no era un acto social. Comprendía la preocupación de Jasper, y tendría que centrar sus energías en lo que estaba por llegar; sin embargo, ya se había enfrentado a lo peor y había sobrevivido.

Haría lo que fuera necesario para proteger lo que amaba y a los que amaba.

Se dirigió a limpiar una mesa del café y se guardó la propina en el bolsillo. Ese dinero se guardaba en un bote especial y ella lo reservaba para sus caprichos. Su sueldo era para los gastos, los beneficios del Catering los reinvertía en el ne gocio, pero las propinas eran para disfrutar. Al llevar de vuelta los platos y tazas a la cocina le gustó el tintineo de las monedas en el bolsillo.

Se paró de golpe y después se acercó rápida mente al ver a Harding junto a la barra, mirando la pizarra del menú con aire de no comprender nada.

—¿Qué ocurre, señor Harding? ¿Se encuentra bien?

Harding la traspasó con la mirada, como si no la viera.

—Debería sentarse. —Dejó con rapidez los platos sobre la barra y le cogió del brazo. Le hizo rodear el mostrador y dirigirse a la cocina. Harding se dejó caer en la silla que le había acercado Bella.

—¿Qué ha sucedido? —le preguntó, tras ir corriendo al fregadero para traerle un vaso de agua.

—No lo sé. —Harding aceptó agradecido el vaso de agua y lo bebió de golpe. Sintió como si tuviera agujas calientes clavadas en la garganta que notaba áspera y quemada.

—Voy a traerle un té y sopa de pollo —le ofre ció Bella.

Harding se limitó a asentir y a contemplarse las manos. Tenía las uñas llenas de arenilla como si hubiera estado escarbando en la tierra; los nudillos despellejados y las palmas de las manos arañadas. Vio que sus pantalones estaban sucios y los zapatos mugrientos; de su jersey colgaban trozos de espino y ramitas.

Le molestó encontrarse en semejante estado, ya que era un hombre escrupuloso.

—¿Puedo... lavarme las manos?

—Sí, por supuesto. —Bella lanzó una mirada de preocupación por encima de su hombro. La mitad de su cara estaba roja, como si tuviera una quemadura de sol. Su aspecto era brutal, penoso, aterrador.

Le acompañó al cuarto de baño, esperó fuera y después le condujo de nuevo a la cocina. Le sirvió el té y la sopa mientras él permanecía en un estado como de trance.

—Señor Harding —Bella le hablaba con suavidad, tocándole en el hombro—, siéntese, por favor. No se encuentra bien.

—No, yo... —sintió náuseas— ... creo que me he caído. —Harding parpadeó varias veces. ¿Por qué no era capaz de recordar? Había salido a dar un paseo por el bosque una tarde de invierno soleada. Pero no recordaba nada. Dejó que Bella le atendiera como se hace con los muy pequeños o con los muy mayores. Removió la sopa caliente y suave, que le reconfortó la garganta dolorida y el estómago.

Bebió el té de hierbas endulzado con una generosa porción de miel. Disfrutó del agradable silencio que mantenía Bella.

—Me debo de haber caído —repitió él de nuevo—. Estos últimos días no me he sentido bien.

Su ansiedad disminuyó al oler los apetitosos aromas de la cocina y ver los movimientos eficientes y elegantes de Bella al apuntar y servir los pedidos.

Recordó lo que había averiguado y la admiración que había llegado a sentir por ella, siguiéndo le los pasos a través del país. Pensó que podría escribir una buena historia sobre ella; una historia acerca del valor y el triunfo.

Puta desagradecida. Las palabras resonaron va gamente en su cabeza y le hicieron temblar.

Bella le examinó con preocupación.

—Debería acudir al hospital.

—Prefiero consultar a mi médico personal —Contestó Harding, moviendo la cabeza en un gesto de negación— ... Le agradezco su preocupación, señora Cullen, su amabilidad.

—Tengo algo para esa quemadura —respondió Bella.

—¿Una quemadura? —preguntó sorprendido Harding.

—Un momento. —Bella salió otra vez de la cocina y habló con Peg que llegaba en ese preciso instante para cumplir su turno. Cuando volvió, abrió un armario y sacó un pequeño frasco verde.

—Es básicamente aloe —dijo ella animadamente—. Le vendrá bien.

Harding se llevó la mano a la cara y la retiró de nuevo.

—Creo que... el sol es muy engañoso —consiguió decir—. Señora Cullen, debo decirle que he venido a la isla con el propósito de hablar con usted.

—¿Ah, sí? —le dijo Bella destapando el frasco.

—Yo soy escritor —empezó—. He seguido su historia. En primer lugar, quiero que sepa cuánto la admiro.

—¿De verdad, señor Harding?

—Sí, sí, de verdad. —Sintió que tenía algo en el estómago que quería llegar hasta su garganta. De nuevo hizo un esfuerzo—. Al principio, sólo me interesó su historia para escribir un artículo, pero según fui conociendo mejor el caso, fui apreciando más el valor de su experiencia y de lo que hizo; es algo que puede llegar a mucha gente. Estoy convencido de que usted es consciente de cuántas mujeres están atrapadas en una historia de malos tratos —continuó, mientras ella se ponía bálsamo en los dedos—, es usted un ejemplo, señora Cullen, un símbolo de triunfo y de superación.

—No, señor Harding, no lo soy.

—Sí, sí que lo es. —Harding la miró directamente a los ojos, tan azules, tan calmados. Las punzadas que sentía en la garganta se mitigaron—. He seguido su rastro por todo el país.

—¿De verdad? —replicó Bella, y a continuación extendió el bálsamo por la mejilla quemada.

—He hablado con gente con la que trabajó, y por decirlo de alguna manera, he caminado sobre sus huellas. Sé lo que hizo, lo duro que trabajó, lo asustada que estaba, pero nunca se rindió.

—Y nunca lo haré —dijo ella muy claramente—. Usted debe comprenderlo y estar preparado para ello: nunca cederé.

—Me perteneces. ¿Por qué me provocas para que te hiera, Marie?

Era la voz de James, el tono tranquilo y razonable que usaba antes de castigarla. El miedo quería brotar libremente, pero era precisamente eso lo que él quería provocar, como Bella ya sabía.

—Ya no puedes herirme, y no dejaré que nunca más hagas daño a nadie a quien yo ame.

A Harding se le erizó la piel al sentir los dedos de Bella, como si algo reptara por ella, a pesar de que lo único que hacía era aplicar el bálsamo suavemente. Sintió un escalofrío y le agarró la muñeca.

—Vayase —susurró—, márchese antes de que sea demasiado tarde.

—Aquí está mi hogar —respondió Bella intentando vencer su miedo—, lo protegeré con todo aquello que soy. Venceremos.

Harding volvió a estremecerse.

—¿Qué ha dicho?

—He dicho que debería irse a descansar, señor Harding. —Bella tapó el frasco de aloe mientras le inundaba una oleada de piedad—. Espero que pronto se encuentre mejor.

—¿Le dejaste marchar? —Alice se paseó nerviosa por la comisaría, tirándose del pelo para liberar su frustración—. ¿Te limitaste a darle un golpecito en la cabeza y decirle que se echara una siestecita?

—Alice... —el tono de Edward traslucía una tranquila advertencia, pero ella negó con la cabeza.

—¡Por Dios, Edward! Ese hombre es peligroso —dijo; ella ya había notado algo raro en aquel hombre.

—Él no tiene la culpa —comenzó a decir Bella, pero Alice se giró para encararse con ella.

—No es cuestión de culpas, sino de hechos —replicó Alice—. Ya sería bastante malo que se tratara únicamente de un periodista con aires de superioridad. Ha venido aquí buscándote, ha seguido tus pasos por todo el maldito país, entrevistando gente a tus espaldas.

—Es su trabajo —Bella levantó una mano antes de que Alice pudiera cortarla de nuevo. Un año antes habría evitado la discusión, pero las cosas habían cambiado—. Yo no voy a enfadarme con él por hacer su trabajo, o por lo que le está sucediendo. No es consciente de lo que ocurre, está enfermo y asustado. Tú no le has visto, Alice, yo sí.

—No, no he podido verle porque no me avisaste, no me dejaste participar.

—¿Ése es el auténtico problema, que no te pedí consejo, ni ayuda? —Bella ladeó la cabeza—. Dime, ¿tú nos hubieras llamado a Rosalie o a mí?

Alice abrió la boca y la volvió a cerrar apre tando los labios.

—No se trata de mí.

—A lo mejor sí. Quizá estamos hablando de un todo, al fin y al cabo se trata de un ciclo completo, que se inició por lo que llevamos dentro, y que será precisamente lo que acabe con ello. Él estaba herido, confundido y asustado —explicó Bella, dirigiéndose a Edward—. No sabe lo que ocurre.

—¿Tú sí? —le preguntó su marido.

—No estoy segura. Hay una fuerza oscura que le está utilizando. Creo que... —era difícil pensarlo y más decirlo—, me temo que lo esté utilizando James como puente, desde dondequiera que esté. Tenemos que ayudarle.

—Lo que debemos hacer es sacarle de la isla —interrumpió Alice—. Meter su culo en el próximo trasbordador hacia el continente, y para eso no hace falta la magia.

—Alice, no ha hecho nada —le recordó Edward—. No ha quebrantado la ley, ni ha amenazado a nadie. No podemos obligarle a dejar la isla.

Alice puso las palmas sobre el escritorio de su hermano y se inclinó hacia delante.

—Ha venido buscando a Bella. Tenía que hacerlo.

—No se acercará a ella, yo no dejaré que suceda —contestó Edward.

—Destruirá lo que amas, ésa es la razón por la que está aquí —dijo Alice volviéndose hacia Bella, que sacudió la cabeza.

—No se lo permitiré —buscó la mano de Alice—. Nosotras no le dejaremos.

—He sentido dentro de mí lo que es, lo que es capaz de hacer.

—Lo sé —Bella le estrechó la mano—. Necesitamos a Rosalie.

—Tienes razón —asintió Alice—, aunque me fastidia.


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