Disclamereir: Crepúsculo y la saga Twilight en su totalidad son propiedad exclusiva de su autora, S Meyer. Yo únicamente tomo prestados son personajes con afán de diversión y sin animo de lucro. La trama, por el contrario, si es invención mía.


Capítulo II.

BellaPOVS; mayo de 1903, Chicago.

Alice se había introducido en mi vida una nebulosa mañana de la primavera de mil novecientos tres. Yo tenía unos tres años en ese momento. Hacía seis meses que mi padre había fallecido en acto de servicio, mientras intentaba controlar una de esas peligrosas revueltas que organizaban los obreros anarquistas frente a las fábricas; yo apenas lo recordaba. Ella era la hija ilegítima de un viudo muy rico cuya compañía mi madre frecuentaba desde hacia meses, y debía ser unos dos años mayor que yo.

El sorpresivo compromiso de Renee y Philip, a escasos meses de la muerte de mi padre, los había convertido ya a ambos en protagonistas del escándalo y de los cotilleos en los salones más puritanos del viejo Chicago, cuando Renee me llevó a su casa para conocerla. Yo la amé al instante; sólo con verla.

Sus delicadas e infantiles facciones de duendecillo se vislumbraron para mí pertenecientes a un hada u otro tipo de ser inmortal. Ella giró su cuerpo hacia mí, dando la espalda a la ventana, vestida con terciopelo oscuro y unas mangas abiertas con broches dorados, y me dedicó una sonrisa brillante.

— Bella — durante unos segundos dudé si ella se estaba refiriendo a mí, pues jamás nadie lo había hecho sino como "Isabella"; sin embargo, la familiaridad de sus ojos azules y su voz sumamente dulce y cantarina, me invitaban a la calma —. Soy tan feliz por conocerte.

Me sonrojé profusamente por culpa de sus palabras, pero de sus labios no decayó la sonrisa. Ella se apartó del alfeizar la ventana y caminó unos pasos hacía mí. Su altura apenas se diferenciaba de la mía, pese a que era dos años mayor. Poseía infinitamente más confianza que yo.

— Yo soy Alice — se presentó —. Siempre he soñado con tener una hermanita pequeña; y creo que me alegro mucho de que seas tú. ¿Querrás jugar conmigo?

Sus palabras sonaron confusas en mis infantiles oídos; supongo que no logré captar su significado completo. Sin embargo, ella tendió su mano hacía mí. Y yo observé la familiar sonrisa que trasmitían sus resplandecientes ojos marinos sobre mis orbes chocolatadas, y olvidé que debía esconderme tras las largas faldas de mi madre, como siempre obraba frente a un desconocido, y, simplemente, acepté. Tomé su cálida mano bajo la mía y la acepté.

Aquel fue el día en que Alice se convirtió en mi hermana.

Confirme fuimos creciendo juntas y ese lazo se estrechaba, nosotras creímos que íbamos a permanecer juntas para siempre. Que nada ni nadie sería capaz separarnos... jamás.


BellaPOVS; presente.

Mi hermana. Mi querida y pobre hermana. Ha transcurrido un siglo completo desde la última que viera sus mejillas resplandecientes de rubor, desde la última vez que yo escuchara su cantarina y musical risa y ella me prometiera que todo acabaría bien al final, que lo había visto en sus sueños. Yo aún la echaba de menos. Casi tanto como a él. Pero ninguno de los dos volvería. Nunca. Yo estaba sola.

Es curioso como los seres humanos suelen contemplar la eternidad como el mayor de los tesoros que les ha sido vedado; sueñan con ella e inventan historias dónde, después de la muerte, si han sido buenos en vida, su alma es bendecida con ella. Ninguno de ellos comprende la aterradora verdad. Ninguno imagina la condena que es perder a tus seres amados uno a uno. Ninguno supone que una vez que estos se han marchado, cuando se apagan todas tus razones para vivir, el tan anhelado tesoro se torna en condena. La condena eterna de la supervivencia.

Yo intento olvidarlo. Y lo consigo. Durante nueve años y trescientos sesenta y cuatro días vivo la vida intensamente, como una vez el prometí a él que lo haría. Este último día del año, treinta y uno de diciembre de la última década, regresó aquí, a la ciudad que fue mi hogar, y permito que mi corazón vuelva a quebrarse en añicos recordando sus pálidos rostros, sus palabras, sus caricias perdidas. Durante veinticuatro horas completas los lloró, me quebró frente a sus tumbas, y no veo nada más que mis recuerdos. Después, el año se muere. El uno de enero comienza y trae vida nueva consigo. Y yo me despido. Me despido de ellos y entierro mi eterno y asfixiante dolor hasta nuestro próximo encuentro.

Mientras aún laten esas veinticuatro horas, las viejas memorias vienen y alejan a voluntad.


BellaPOVS; 31 de diciembre de 1914, Chicago.

Un nuevo soplo helado de brisa invernal acentuó el sonrojo de mis mejillas humanas y me hizo temblar. Yo me obligué a permanecer inmóvil mientras mi aya entrecruzaba los hilos del corsé en mi espalda y con cada movimiento me hacía más difícil respirar. Los copos de nieve dotaban paisaje de afuera con una maravillosa magia invernal.

— Alice, estoy helada — protesté, refregando con mis brazos mi pecho y estómago en un intento por conservar el calor —. Haz el favor de cerrar esa ventana si no deseas que me enferme de pulmonía, te lo suplico.

Ella se giró hacía mí y me sonrió con disculpa, cerrando el ventanal. Ella ya estaba arreglada formalmente para el baile. Llevaba puesto un precioso vestido con dibujos de flores perladas y un grueso cinturón rojo que acentuaba aún más su diminuta cintura; parte de su cabello estaba recogida en dos trenzas que coronaban su hermoso y delicado rostro, y el resto de sus mechones caían libremente en delineados tirabuzones por su espalda. Yo envidiaba ese cabello. El mío, soso y sin forma, y de un aburrido color castaño, no era nada en comparación.

— Estás preciosa, Bella — me alabó, cuando mi aya terminó de vestirme —.

Gruñí fieramente como respuesta. Odiaba cuando alguien me mentía sobre mi aspecto. Y yo sabía que era una mentira.

En mis catorce años recién cumplidos, poseía la gracia de una zanahoria estirada. Siempre había sido una bajita, pero ese mismo invierno, tras una prolongada gripe de tres semanas, mi cuerpo había pegado un inesperado estirón y había aventajado a Alice en varios centímetros de altura. Si antes nunca estuve satisfecha con mi aspecto, ahora directamente lo odiaba. Las escasas curvas que había poseído se habían esfumado para reaparecer en los lugares inapropiados; y la antaño pálida y sedosa piel de mi rostro, el único aspecto de mí que me agradaba, se había cubierto de horribles espinillas que los polvos no alcanzaban a ocultar.

Definitivamente, "preciosa" no era una palabra válida en el vocabulario para describir mi aspecto. Para colmo, Renee y Philip habían decido que ya era lo suficiente mayor para asistir a los bailes de sociedad y multitud de aficiones que antes me distraían, me habían sido prohibidas. Casi podía escuchar sus críticas voces pululando por mi cabeza.

"Ahora ya eres mayor." "Esa conducta no es propia de una señorita, Isabella." "Aprende a compórtate sino quieres convertirte en la soltera de Chicago."

— Estúpido baile de Año Nuevo — refunfuñé entre dientes —.

Por supuesto, Alice me oyó.

— Anímate, Bella — se acercó a mí y me acarició la mejilla en un gesto muy común para ella —. Tal vez no sea tan malo. ¿Quién sabe? Tal vez aprendas y le cojas el gusto a bailar. O tal vez conozcas allí a tu caballero de ojos dorados.

Su alegre risa logró mejorar un poco mi estado de ánimo.

A diferencia de mí, ella amaba esos eventos sociales. Claro que, a diferencia de mí, ella sí era hermosa. Se deleitaba disfrazándose como una princesa y bailaba con unos y otros caballeros hasta el momento de regresar a casa. Su risa era la música que más alumbraba esas fiestas. La mitad de los caballeros de Chicago estaban enamorados de ella.

"¿Cómo voy a conocer a mi apuesto futuro marido si me quedo en casa en vez de salir a buscarlo?" Solía decirme. Sin embargo, jamás parecía verdaderamente interesada en ninguno de ellos.

El salón de la señora Stanley estaba tan hermoso como de costumbre. Delicadas figurillas de alces y elfos adoraban el jardín de la entrada, alumbrado además por pálidas y resplandecientes esferas de luces doradas que caían del cielo sostenidas por hilos invisibles. En una época donde la electricidad estaba restringida, incluso para los más ricos, aquella visión suponía todo un espectáculo. El interior de la ostentosa mansión tampoco desmerecía en nada semejante paisaje.

Tras los saludos de rigor, en los cuales solía preferir esconderme detrás de la espalda de Alice y permitir que fuera ella quien me presentara, tendiendo mi mano sólo si era absolutamente necesario, la rimbombante cena fue servida. Langostinos hervidos en un coctel con salsa rosa fueron el primer plato. Yo no sólo odiaba a esos crustáceos, sino que también me producían nauseas cuando los ingería, por lo que disimuladamente me las arreglé para hacer desaparecer dos de ellos por debajo de la mesa.

Mientras el resto de comensales cenaba, a mí, de nuevo, me asaltó esa desgarradora sensación. Como si aquel no fuera mi sitio. Como si aquella sociedad hipócrita y opresiva, sostenida por fieros hilos de delicados cristal, fuera a estallar de un momento a otro; y cuando eso ocurriera, no me afectaría.

Tal vez esa fuese la razón de que fuera tan tímida con ellos, tal vez por ello me costara tan poco relacionarme con los hijos de los obreros y de nuestros trabajadores. Porque a mis ojos, nada de aquello era real, y cuando yo me mezclaba con ellos… temía desaparecer. Que mi alma se apagara y me espíritu se hundiera en las profundidades de la irrealidad; un sacrificio para ser destruido cundo ellos lo fueran.

A lo largo de la cena, me asaltó varias veces la sensación de que unos ojos me espiaban; pero cuando me armé de valor y alcé el rostro para en su busca, nadie a mí alrededor me observaba. Continuaba siendo tan visible para ellos como era costumbre.

Las cosas no mejoraron tras el anuncio del baile. Alice fue requerida de mi lado casi inmediatamente por un joven caballero nieto de un famoso duque inglés, para complacencia de Renee. Yo me quedé sola y traté de ocultarme entre los enormes árboles de Navidad salpicados de escarchar blanca. La treta funcionó, pues durante varios minutos pasé desapercibida. Hasta que él reparó en mí, y se acercó en mi busca.

Yo vi como sus párpados se estrechaban al reconocerme y supe que en breves tres segundos comenzaría a caminar hacia mí. Mike Newton. Hijo de unos comerciantes de telas, nuevos ricos de considerable fortuna. Según Renee, se trataba de un muchacho bien parecido, con el cabello muy rubio y los ojos de un azul despejado, que con seis meses más que yo, ya apuntaba maneras. Según yo, se trataba de un rinoceronte estúpido que había llegado al nivel de humano por casualidad, cuya mayor capacidad era no saber mirar nunca más allá de sí mismo — hecho también achacable a su ego —, y cuya única razón para su obsesión conmigo era el puñetazo que le estampé una vez en su cara cuando ambos éramos niños y él se atrevió a levantarme la falda del vestido para molestarme, por el cual perdió tres dientes.

Que yo fuese el primer ser humano que le había plantado cara alguna vez, y que no cediera ante sus intimidaciones, no parecía motivo suficiente para que siempre andara detrás de mí insistiendo en invitarme a bailar, sólo para torturarme, así que en cuanto supe que se acercaba, lo tuve muy claro. Olvidé los exquisitos modales que tanto había luchado Renee por inculcarme, de los que toda señorita debía hacer gala, me di la vuelta y comencé a correr en busca del primer escondite. Hallé una sala vacía y me escurrí dentro de ella. Pero sus pasos continuaban acercándose. Desesperada, me arrojé al suelo y me escurrí debajo del único sofá presente, confiando en que aquel sí fuera un escondite seguro.

Cerré los ojos y conté hasta diez. La puerta se abrió. Escuché el contoneo de unos pasos aproximándose.

— ¿Señorita Swan? — se trataba, sin duda, de la voz de Mike; yo tomé aire y contuve mi respiración —. Señorita Swan, deje de esconderse. Sé que está aquí. ¿Tan repugnante le resulta la idea de compartir un baile conmigo?

Su voz sonaba sincera y desesperada. En ese momento, estuve casi a punto de sentir lástima por él. Casi. Entonces recordé que su único motivo para invitarme a bailar era vengarse de mí, por un incidente que había tenido ocasión hacía once años antes. ¡Que se jodiera Mike Newton! Pensé que si Renee me escuchaba hablar así, me obligaría a visitar al reverendo Dayler para exorcizarme.

Aquella idea, enlazada con la actual situación, estuvo a punto de provocarme una carcajada histérica. Por suerte, el eco de nuevos pasos aproximándose me distrajo lo suficiente para permanecer en silencio. La puerta volvió a abrirse.

— ¿Señor Newton? — se trataba de una voz grave que yo no había escuchado nunca, pero que me sorprendió por lo melodiosa y confiada que sonaba —. Señor Newton, ¿se ha perdido? El salón principal está muy lejos de aquí.

Mi pesadilla particular se giró hacía el origen de aquella nueva voz. Su replica se escuchó gangosa y desacorde en comparación.

— Señor Mansen — se hizo evidente que no estaba satisfecho con su presencia —. Creo que la misma prerrogativa podría aplicarse a usted.

El otro caballero no se amilanó.

— La señorita Stanley me concedió permiso específico para visitar todas las instancias de su casa, incluso las que fuera privadas. Dudo que la misma concesión halla sido hecha para usted.

Escuché a Mike maldecir entre dientes. Se produjo un silencio tenso entre ambos. Yo recé para que permaneciera callado y se largaran los dos cuanto antes.

— Estoy buscando a la señorita Swan — confesó finalmente —. Huyo de la sala de baile y yo la observé escondiéndose en esta sala. Deseo proponerle un baile.

Mi corazón se detuvo. Estúpido, estúpido, estúpido Mike Newton. Juro que deseé destriparlo e ese momento. Si el desconocido le creía y decidían buscarme… creo que me moriría de la vergüenza de ser encontrada en estas condiciones. Tumbada bajo un sofá, con el peinado desechó y el vestido salpicado de telarañas. Me convertiría en comidilla para el cotilleo de los salones por los próximos treinta años.

— Lo lamento, señor Newton. Pero a no ser que dicha señorita posea el poder para desmaterializarse en el aire, usted y yo somos los únicos ocupantes de esta sala.

— Sé que está aquí Mike insistió. Yo ensalcé en silencio a la caritativa alma que había venido a salvarme, sin saberlo, y maldije entre dientes la tozudez de Newton .

La voz musicalmente grave de "mi salvador" intervino de nuevo, apelando autoritariamente a Newton.

— ¿Dónde? — su prerogativa no dejaba espacio para la réplica —.

Se produjo un extenso silencio. Mike dudaba y yo pude adivinar su conflicto. Él sabía que yo estaba aquí; seguramente, me había seguido y me había observado entrar en la habitación. Pero ni siquiera él presuponía que mi desesperación por huir de él era tanta para arrojarme al mugroso suelo bajo la tela de un viejo sofá con tal de permanecer escondida.

Finalmente la presión fue demasiada. Newton cedió.

— Supongo que tiene usted razón, señor Mansen — se resignó —. Iré a buscar a la señorita Swan a otra parte. Mis disculpas. Que pase una buena noche.

— Lo mismo para usted, señor Newton.

Escuché sus pasos alejándose de la habitación y respiré con alivio. Por algunos segundos, había temido que no iba a acceder y que insistiría hasta acabarme encontrando. Ahora sólo debía a esperar a que "mi salvador" se marchara y desaparecer disimuladamente de la fiesta para aguardar a mi familia en el carruaje. Sería necesario inventar una excusa creíble para ellos, y tal vez Renee acabara enfadada, pero…

— ..ita Swan! ¡Señorita S…!

El caballero de la voz aterciopelada estaba pronunciando mi nombre. Me había estado llamando desde hacía varios segundos y, pérdida en mis pensamientos, yo ni me había percatado. Deseé que la tierra se abriera en ese mismo momento y me ahogara, tal como había descrito el reverendo en su discurso de esta semana. Cualquier cosa sería mejor que afrontar la terrible vergüenza de ser descubierta. Por un desconocido nada menos.

Él continuaba insistiendo.

— Señorita Swan. Puede desocupar su escondite, ya no hay peligro. El señor Newton se ha marchado y le aseguró que yo no tengo intención de proponerle ningún baile.

¿Fueron imaginaciones mías, o aquella última parte de la frase había sido pronunciada con una leve nota de humor? Bueno, dadas las circunstancias, lo anormal sería que él desaprovechara la ocasión para burlarse de mí.

Me planteé la posibilidad de ignorar sus llamadas y fingir que en realidad yo no existía, que mi cuerpo no estaba bajo aquel sofá ennegrecido, y que mi presencia era una fantasía suya. Después de todo, ¿cuánto tiempo resistiría hasta hartarse de insistir? Entonces se me ocurrió que, si no se cansaba, bien podría hacer llamar a los dueños de la casa y amenazar con la presencia de una intrusa, o, en el mejor de los casos, intentar sacarme de mi escondite por cuenta propia.

Sopesando ambas posibilidades, lo mejor sería ser buena, atender a sus llamadas y descubrirme por mí misma, aunque ello conllevara la mayor vergüenza que habría debido soportar en mis cortos catorce años de vida.

— Un momento — supliqué, mientras hacía esfuerzos por deslizar mi cuerpo fuera de mi improvisado refugio —. Estoy saliendo.

No recordaba que introducirme bajo aquel mugroso sofá hubiera sido tan difícil como escapar de sus garras. Tuve que deslizarme como una serpiente, impulsando mi cuerpo con torpes movimientos de mis manos y piernas, y más de una vez me golpeé en la cabeza al tratar de incorporarla tentativamente.

Cuando al final lo conseguí, la antaño sedosa tela de mi vestido azul marino se había teñido de blanco; un amasijo de polvo el cual también debía estar presente en mi rostro, pues me hizo estornudar incluso antes de incorporarme. Preferí no pensar en el aspecto que presentaría mi cabello, ni en las telas de araña con las que había compartido espacio. También evité rigurosamente la opinión que se habría formado ese caballero de mí, sorprendiéndome en semejante fachas.

Yo evitaba mirarle y mantenía mis iris castaños y mis oscuras pupilas inmóviles sobre el suelo. Mis mejillas arreboladas ya eran suficientemente malas como prueba de mi vergüenza. No deseaba que obtuviera más poder sobre mí.

Entonces, él volvió tomar la palabra.

— Señorita Swan, un gusto conocerla — expresó formalmente ; yo no logré descubrir el sarcasmo en su voz en esta ocasión, pero era obvio que lo había. Menuda loca harapienta, debía estar pensando. Fea y cubierta de polvo —. ¿Se encuentra usted bien?

Asentí, sin pronunciar palabra; mis ojos permanecían aún inmóviles sobre las horribles baldosas verdes del suelo. Entonces, percibí como un ente cálido tomaba mi mano y la conducía hasta sus labios.

Me congelé. Su toque era apacible y sedoso; y sus labios tremendamente cálidos. Mi piel ardió bajo el guante y yo me avergoncé todavía más, si cabe. Maldije a mi cuerpo por esas nuevas y extrañas reacciones, y a mí misma por no ser capaz de controlarlas. Una musical risa burlona ocupó la estancia.

Irónicamente, su risa atrajo mi ira. Mi anterior "salvador" se estaba burlando de mí. Sin duda, mis reacciones debían parecer divertidas. ¿Quién lo culpaba?

¿Se lo permitiría?

Por supuesto que no. Elevé el mentón y fruncí las cejas en un ademán prepotente, tal como Renee me había intentado enseñarme en multitud de ocasiones; decidida a no tolerar que un extraño se riera en mi cara, por mucho que las circunstancias pudieran estar de su parte. Entonces, mis ojos se alzaron y lo contemplé por primera vez.

Lo primero que percibí de él fue su hermosura. Una hermosura tan cegadora que disipó de un plumazo toda la ira anterior. Las delicadas facciones de su bello rostro pudieron haber sido delineadas, en su día, con el cincel y el escoplo de los más talentosos artistas. Poseía unos pómulos salientes, una fuerte mandíbula, una nariz recta y unos labios redondeados y de aspecto esponjoso, que yo sabía muy cálidos, pues había sentido su roce cuando se posaron sobre el fino guante de seda que ocultaba la piel de mi mano.

El semblante de aquel muchacho era más propio de un ángel que de un humano, pues sería injusto para los demás seres de su especie ser comparados con él. No era muy alto, ni tampoco fornido; a decir verdad, su cuerpo poseía un aspecto un tanto desgarbado, de quien ha crecido mucho en poco tiempo. Pero no necesité ser adivina para saber que, en el tiempo que ocupan un par de años, aquel hermosísimo joven se convertiría en el hombre más apuesto y seductor de Chicago.

— ¿Señorita Swan? — habló de nuevo; sus hermosos ojos verdes me escaneaban con auténtica preocupación —.

Y heme a mí allí. Sucia y cubierta de polvo, con un par de patudas arañas correteando por el dobladillo de mi falda y el corazón bombeando velozmente en mi pecho, preso del influjo de la belleza de ese desconocido. Con las mejillas teñidas de un intenso color escarlata e incapaz de pronunciar palabra. Cegada por su presencia y corroida por la verguenza.

Obré del único modo que permitió la situación, aún si no fuera el más adecuado. Contemplé una vez más el rostro de aquel joven que desde ese día inundaría mis sueños, le di la espalda y huí. Huí dejándolo atrás a él y a esa habitación, pero sin posibilidad de escapar de las emociones que había despertado en mi pecho. Huí y logré abordar los carruajes sin ser vista por nadie, donde me refugié hasta que llegaron Alice, Renee y Philip, para quienes inventé rápidamente cualquier excusa.

El rostro del "mi salvador" permanecía muy claro en mi mente en ese momento, así como la calidez de sus labios al hacer estos contacto sobre mi piel. Aunque jamás me atreví a iniciar un nuevo contacto con él en eventos posteriores, mi requerida asistencia a las odiadas cenas de sociedad dejo de importunarme. Ya, en aquella noche, yo habría atravesado las montañas llamas del infierno sólo por volver a encontrarle.


BellaPOVS; presente.

Mi primera memoria sobre él; y duele tanto recordarlo. Mientras mi corazón aún latía, Edward llegó a ser mi principal fuente de felicidad; tras su prematura muerte, se transformó en el único obstáculo que impedía mi felicidad. Aún así, yo no cambiaría nuestros momentos humanos por nada. La eternidad parece absolutamente aterradora cuando debes afrontarla sola, pero vivir sin haber conocido nunca su amor… Ese es un precio demasiado alto para pagarlo.

Mis ojos contemplaron la inscripción de la tumba una vez más. Un pedazo de roca gastada donde estaba inscrito su nombre.

Edward Antony Mansen. 1898-1917.

No existía cadáver alguno bajo aquel nombre, pues la gripe española mataba sin dejar huella. Mi corazón se contrajo con dolor. Hacia tanto tiempo que no pronunciaba su nombre en voz alta, y aún no me sentía lo suficientemente fuerte.

Edward. Edward…

Sentía terribles deseos de llorar, pero sabía que mi prolongada existencia también me vetaba ese consuelo. No había sino lágrimas carmesíes para escapar de mis ojos, y sólo cuando hacía pocas horas que me había alimentado. Deposité el ramo de nomeolvides azules sobre su tumba.

Una vez, hacía muchísimo tiempo, él me había explicado la procedencia de aquellas hermosas flores y me había regalado un ramo.

Según una vieja leyenda islámica, me había contado, un ángel se encontraba llorando a las puertas del Paraíso, del que Alá le había expulsado porque el ángel amaba a una mujer mortal. Sólo sería perdonada si plantaba la flor nomeolvides por todo el mundo. Cuando el ángel contó a su enamorada este requisito, tan difícil de cumplir, ella prometió ayudarlo en su tarea. Tanto amor y sacrificio conmovieron a Alá, que otorgó la inmortalidad a la mujer y abrió las puertas del Paraíso a los amantes.

Yo envidiaba a ese ángel, porque las puertas del paraíso donde estaba Edward jamás se abrirían para mí.

La agonía que trajo consigo tal pensamiento fue demasiado insoportable. Incapaz de continuar allí un segundo más, incorporé mi cuerpo con una agilidad que había desconocido siendo humana y me alejé entre los nichos. Había rendido homenaje a Edward y también había depositado un ramo de orquídeas frescas sobre la tumba de mi hermana postiza, pero existía un rincón que todavía no había visitado. Tantas otras veces como me había detenido frente a él, mis ojos lo encontraron en seguida.

Isabella Mary Swan, rezaba la inscripción en el mármol. 1900-1918.

No había comprado flores para mí. Rendir homenaje a alguien que todavía estaba vivo — que lo estaría siempre —, me había resultado una idea bastante ridícula en su momento. Pero ahora me arrepentía. Y quise arreglarlo. Salí del cementerio y me dirigí a la vieja floristería de Chicago que siempre había surtido mis pedidos, incluso cuando yo era humana.

Elegí unas gardenias blancas. El blanco simbolizaría muy bien aquella inocencia que, al morir, me habían arrebatado. Si lo reflexionaba a fondo, no me estaría rindiendo homenaje a mi misma, sino a quién había sido una vez, a lo que una vez fue mi vida humana, y a lo que había perdido una vez se esfumara ésta. Debía hacerlo para sentirme en paz conmigo misma.

Después, abandonaría definitivamente las tierras fúnebres de ese cementerio y no regresaría hasta transcurridos otros diez años.

Un pedazo de eternidad. Un remanso de paz.

Entregué el dinero del ramo de gardenias al encargado de la tienda, quien me observaba con suspicacia dada la escasa ropa de abrigo con llevaba conmigo, pero que pareció quedarse muy satisfecho con su propina, y regresé a la fría e invernal calle con los propósitos firmemente establecidos. Fue entonces cuando lo percibí.

Ese aroma.

No estaba sola. Otro de mi especie andaba muy cerca. Tan cerca, que era imposible que él no me hubiera notado. Gruñí con disgusto. Los vampiros solían mostrarse siempre muy territoriales y, usualmente, eran mucho más peligrosos que yo. Me disgustaba la idea de compartir un mismo espacio con cualquiera de ellos. Pero ya era demasiado tarde para esconderme. Con mis sentidos en guardia y mi escudo firmemente arraigado en mi mente, me preparé para el inevitable encuentro.


Quiero agradecer, ante todo, a aquellas maravillosas personas que me dejaron su apoyo en el capítulo anterior, gracias a las cuales esta historia prospera tan rápidamente: jojo10298-somerhalder, lemoni, Katana Kunoichi, Isabella Cullen, ZarethMalfoy, AdriiR, mapitha, Lila-sama, Aygihal y Amanda Black. Muchísimas gracias.

A las demás, lectoras, confio en que os haya gustado este nuevo capítulo. Ahora ya sabemos como se conocieron Bella y Edward en su día, y que relación une a Bella con Alice. También queda la intriga del aroma que ha sentido Bella. ¿Quién será, será? Para el próximo capi conoceremos la respuesta. Creo que una semana es un buen tiempo para subirlo, aunque como dije con el capi anterior, si los comentarios de este capi llegan a doce, actualizo.

Mientras tanto, os deseo suerte a toda/os. ¡Un saludo!

Anzu Brief.