Disclamereir: Crepúsculo y la saga Twilight en su totalidad son propiedad exclusiva de su autora, S Meyer. Yo únicamente tomo prestados son personajes con afán de diversión y sin animo de lucro. La trama, por el contrario, si es invención mía.


Capítulo III

Bella POVS; presente. Chicago.

Cualquier esfuerzo por ocultarme habría sido inútil. Ellos ya me habían descubierto. Se trataba de dos vampiros. Un macho y una hembra. La hembra rubia estaba situada un paso por delante del macho, pero éste poseía un aspecto muchísimo más intimidante. Sus músculos permanecían en guardia, inmensos los de él y de una apariencia más frágil los de ella. Ambos me observaban. Un breve repaso a sus posturas bastó para adivinar que no me permitirían marchar fácilmente.

Me maldije mentalmente. Si yo no hubiese permitido que mis emociones me dominaran, presuponiendo estúpidamente que ningún vampiro habitaría Chicago, hubiera podido evitar el encuentro. Con mi don, ellos jamás me habrían reconocido. De habernos encontrado, no me habrían prestado más atención que a una humana cualquiera. Ahora debía afrontar las consecuencias por mi estupidez.

Sopesé mis opciones. Yo era fuerte y, a juzgar por su aroma, algunos años más vieja que ellos. La edad me conferiría ventaja. Por otra parte, sería una tonta desestimando la férrea musculatura del macho, y que la hembra todavía permanecía de pie frente a él, sin un ápice de temor. ¿Tal vez ella poseyese una especie de don para la lucha y por eso se mostraba tan segura?

Si tan sólo lograse alejarme algunos kilómetros, hasta disipar mi aroma…

— No seas ridícula — el macho anticipó mis intenciones —. Estamos en una calle saturada de humanos. Tú no querrás llamar aun más la atención. Ven con nosotros y te prometo que no te haremos daño.

El deje afable de su voz contrarrestaba ampliamente con su aspecto tan fiero. Aun así, me negué a confiarme.

— ¿En serio crees que voy a confiar en tu palabra?

— Nosotros somos dos, tú sólo una — replicó con inteligencia; una chispa de diversión brillaba en sus letales ojos oscuros —. ¿En serio crees que tienes opción?

Asentí. Me había pillado. Efectivamente, yo estaba en sus garras… por el momento. Lo mejor sería ser buena e incitarlos a presuponer que no representaba amenaza ninguna. Si se confiaban lo suficiente… Bueno, yo aún me reservaba un par de ases en la manga para escapar con mis huesos intactos.

— Está bien — me resigné, abandoné la tensión de mis músculos y permití que ellos alcanzaran a mi altura; el macho se colocó en mi flanco derecho y la vampiro rubia en el izquierdo —. ¿A dónde queréis que vaya?

— Tú sólo camina — indicó el grandullón —.

Supuse que debía aceptar con resignación. Entonces, la hembra se inclinó hacía mí y me amenazó.

— Y por si te ocurre intentar algo… Ten en cuenta que nuestra familia es grande y que tú no vivirías para ver un nuevo día de tu maldita existencia.

Su voz era fría como el hielo y había en ella ni un ápice de compasión. Sentí un escalofrío ascender por mi espalda. Yo no la temía ni a ella ni a sus amenazas, pero la profunda amargura que empañaba su discurso sí me asusto. Se asemejaba demasiado mí… en mis épocas más oscuras.

Me forzaron a caminar durante varias horas, y no fueron pocas las veces que dimos un mismo rodeo o pasamos dos veces frente al mismo establecimiento. Por alguna razón, ignoraba cuál debía ser su propósito, intentaban desorientarme. Yo adopté un semblante confuso para darles a entender que lo estaban consiguiendo.

Ni ella ni él redujeron su atención en ningún momento, y la oportunidad propicia para escapar no se presentó. Empezaba a resignarme. Aun así, no sentía miedo. La parte más morbosa de mí ser comenzó a cuestionarse cuál sería el sabor de la muerte, si acaso era ella lo que habían planeado. ¿Era posible poner fin a la existencia de un vampiro? ¿Sentiría dolor? ¿Existiría realmente una más allá? ¿Me habría hecho merecedora de ese Paraíso? ¿Encontraría a Edward en él?

Tres firmes y dolorosos "no" confirieron respuesta a las últimas tres preguntas. Aquellas eran cuestiones que yo ya me había planteado una vez, hacía muchísimos años, sobre las cuales mi amado y yo jamás logramos ponernos de acuerdo.


Bella POVS; marzo de 1917, Chicago

Paseé de nuevo mis dedos por las heladas aguas de aquella fuente. Los acordes de piano y cuerda que inundaban el interior de la resplandeciente mansión de los Mansen se habían convertido en un susurro lejano. Las voces de los invitados llegaban acentuadas por las elevadas dosis de champagne que habían ingerido en las últimas horas. Yo contemplaba sus sombras bailar a través de los traslucidos cristales de las ventanas con una pizca de nostalgia. Nadie echaba de menos a la joven que había sido la razón para aquella fiesta. ¿Por qué habrían de extrañarme?

Observé de nuevo la superficie de la fuente y me casé de que mi propia imagen permaneciera siempre inmutable, sin cambios. Ofuscada, mis dedos sacudieron las aguas con brusquedad. El reflejó de mi rostro se disipó en hondas que flotaron sobre la líquida superficie hasta regresar a las profundidades. Debiera agradecer a Renee el gran trabajo que había hecho conmigo para aquella noche. La visión que reflejaban esas aguas… casi hasta resultaba hermosa.

Mi aspecto general había mejorado bastante desde aquellos horribles catorce años. Mi cuerpo todavía seguía gritando aquella alarmante falta de curvas pero, esa noche, la delicada seda azul de mi vestido se ceñía con celo a mi piel, y el apretadísimo corsé potenciaba unas delicadas y atractivas formas que en realidad no existían. La piel de mi tez volvía a ser inmaculada y sedosa, y mi rostro se había estilizado para adoptar una exquisita forma de corazón. Tal vez aún no fuese considerada hermosa, pero poseía el aspecto de una bella joven disfrutando de los últimos años de su adolescencia.

Incluso así, mi belleza seguía siendo vanidad comparada con la suya. Mi ángel. Lo sentí llegar aunque él no hiciera ningún ruido, y sus manos se enroscaron alrededor de mi cintura, abrazándome.

¿La prometida huye de su propia fiesta? — se burló de mí, posando los labios muy cerca de mi odio —.

Yo uní mis propias manos a su abrazo. Anhelaba la calidez de su toque haciendo mella sobre mi piel.

Lo siento… — me disculpé —.

¿La echas de menos, verdad? ¿Te gustaría que estuviese aquí?

Asentí. La echaba de menos. Muchísimo. Y una gran parte de mí se odiaba por estar celebrando esta fiesta sin ella, por traicionarla de esa manera. Sin embargo, hoy no era Alice quien ocupaba mis pensamientos.

Él lo supo enseguida, de alguna manera. Edward había sido muy intuitivo con los pensamientos y las tormentas ajenas y, desde que inició nuestro noviazgo, había adquirido una especial habilidad para emplear ese don conmigo.

Cuéntame qué es lo que de verdad te ocurre — rogó, consciente de que yo nunca había podido resistirme a sus súplicas —.

No lo sé. Es… todo esto…

No por primera vez, intenté explicarle cómo me sentía. Pero las palabras adecuadas siempre se me escapaban. Tal vez ni yo misma supiera con exactitud qué me ocurría, de dónde surgía esa sensación de agobio que carcomía lo más intimo de mi ser mientras el resto de mi sociedad, incluido él, conversaban y reían felices a mi alrededor.

Aun así, deseé intentarlo, descubrir mi alma ante él y colocar en sus manos mis demonios para que él los ahuyentara con sus palabras… y con sus besos… con sus promesas de amor.

Es… todo esto. Todas estas gentes, Edward. Toda esta fiesta… nuestras familias. Fingen, y ríen, y bailan, y pareciera que el mundo entero está bien cuando nada lo ésta. En Europa hay una terrible guerra donde cada día mueren millones de personas, y las que no lo hacen por la guerra son llevadas por esa terrible enfermedad — la peste negra —. Y yo estoy aquí, contigo, intentando ser feliz cuando sé que en cualquier momento podrían reclutarte, y… y si te pierdo… si te perdiera yo… no sé… — mi voz se quebró, incapaz de continuar —.

Shhh — me acunó, sus labios inmóviles surcando caricias a través mi mejilla —. Cálmate, Bella. Eso no va a ocurrir. Nadie va a separarnos. Nunca.

Eso tú no lo sabes… No puedes saberlo, Edward. No hay forma de…

Por supuesto que sí — replicó, y en sus palabras existía tanta seguridad que por un segundo deseé olvidarme de todo y creerle, simplemente creerle —. Me conozco lo suficiente para saber que siempre volveré a ti, Isabella Mary Swan. Siempre. Incluso si mi corazón dejase de latir, yo regresaría a ti. Te lo prometo.

Su promesa surcó el cielo acompañada de una brisa profética. Yo me aferré a él con ímpetu, invadida por un extraño espíritu de rebeldía y amor.

¡Entonces marchemos! — exclamé, sin importarme cuan egoísta pudiera ser esa petición —. Olvidémonos de todo, Edward, de la boda, de la guerra, de nuestras familias… ¡Huyamos! Huyamos muy lejos donde nadie pueda encontrarnos… donde podamos estar juntos para siempre…

Mi enérgica voz acabo convertida en un susurro. Lo deseaba tanto. Lo que más deseaba en ese momento era que él dijese "¡si!". Entonces yo lo abandonaría todo, sin temor, sin doblar la vista atrás, sólo por seguirlo a él. Hasta el mismísimo fin del mundo.

Sus labios irrumpieron fogosos contra los míos. Yo no había augurado aquel beso, pues pretendía una respuesta. Aun así, fue imposible resistir su cálido y abrasador aliento. De inmediato me vi arrastrada por la pasión de unas masculinas manos que se enredaban en las hebras de mi cabello, y por la dulzura con la que sus labios rozaban la cálida piel de mi boca. Durantes breves y extasiantes segundos, sólo existimos nosotros… tal como yo le había pedido. Después, él se separó unos pasos de mí y yo sentí como la barrera moral que siempre había existido volvía a imponerse.

La magia se había roto. Lo sabía. Yo amaba demasiado a Edward para insistir, o para desear que fuera alguien diferente.

No sabes lo tentadora que resulta esa oferta, amada día — susurró, mientras yo apoyaba mi cabeza contra su pecho para escuchar el ritmo acelerado de sus latidos —. Te amo tanto, Bella. Pero por lo mucho que te amo deseo hacer bien las cosas contigo. Pronto nos casaremos y te convertirás en mi esposa, y entonces serás mía hasta el final de los tiempos. Preservaré tu alma por ti — juró —, aunque tú te resistas tanto a hacerlo, y después te seguiré hasta el último rincón de este mundo, iremos juntos allá donde tu me pidas.

¿Me lo prometes? — supliqué desesperada, mientras mi corazón se rompía en pedazos ante la premonición de que ni Edward ni yo seríamos capaces de consumar esa promesa. Besó mi coronilla —.

Te doy mi palabra.

Pero él nunca llegó a cumplirla.


La puesta del Sol había oscurecido el día cuando finalmente mis captores se detuvieron. Parpadeé, en un intento por librarme de las dolorosas memorias que no me harían ningún bien acompañándome, y centré mi atención en el nuevo paisaje que había surgido a mi alrededor. Casi me sentí decepcionada.

Como humana, Edward siempre criticaba mi falta de prudencia, y el poco esfuerzo que consagraba a mantenerme con vida en las situaciones más peliagudas. Como vampiro, yo no había cambiado.

— ¿Esto es todo? — interrogué impulsivamente a mis captores, con la ceja izquierda levantada —. ¿Nada de zanjas o estanques siniestros? ¿Una respetable vecindad de viviendas unifamiliares?

— Ya sabes… Aún estamos a tiempo de arrepentirnos — bromeó el grandullón, después tras una sonora carcajada —. Pero ya te advertí que no te haríamos daño. Dejaremos que hables con Carlisle.

Supuse que Carlisle sería el jefe del clan. De momento, el nombre no me pareció muy intimidante. Tal vez incluso lograra escapar bien parada de aquella situación. O al menos, con todos los huesos intactos.

Con esa esperanza en la mente, permití que ellos me condujeran mansamente hasta una de las muchas casas con la fachada blanca, una cuyo jardín estaba decorado con diversas figurillas de varios colores. La hembra sacó una llave y abrió la puerta principal, que daba a un pequeño recibidor, mientras el grandullón me guiñaba un ojo y me invitaba a introducirme dentro.

— Adelante. No tengas miedo — me indicó —. Carlisle y Esme vendrán ahora.

Asentí e intenté seguir su consejo. El grandullón me guió hasta el salón y me invitó a tomar asiento en uno de los sofás de cuero negros, invitación que yo decliné con educación. La hembra rubia había desaparecido.

— Bueno, a todo esto… — él intentó romper el hielo —. Aún no nos has dicho cómo te llamas. Yo soy Emmett, Emmett Cullen.

— Bella Mansen.

Respondí la verdad por instinto. O a menos, la verdad que había asumido durante los últimos cien años. A pesar de que aquel grandullón, Emmett, había sido el mayor responsable de mi secuestro, también poseía un aura magnética imposible de ignorar. Me hacía sentir imprudentemente a cómoda a su alrededor. Él rió.

— Bella, ¿eh? — sus ojos oscuros chispearon con diversión —. A mí no me parece que estés tan loca.

Yo alcé una ceja con incredulidad. ¿Aquello era un cumplido? Porque era cierto que había tenido mis épocas malas, pero… Me recordé a mí misma que debía mostrarme amable con mis captores mientras mi vida aún dependiera de ellos.

— Gracias, creo.

Él sacudió la cabeza, como si yo no lo hubiera entendido.

— Lo que quería decir es qu…

— ¡Emmet! — fuera cuál fuese el significado de su declaración, una voz grave lo interrumpió antes de que pudiera explicármelo —.

Mis músculos volvieron a tensarse en seguida. La hembra rubia había regresado a la habitación, precedida por otra pareja de vampiros. Estos eran mayores que los otros, especialmente el macho. Olisqueé su aroma con disimulo. No recordaba haber estado nunca ante un vampiro tan viejo. Él fue quien tomó la palabra.

— Creo que Rosalie y tú ya habéis hecho suficiente — el grandullón asintió y permaneció en silencio, reconociendo su autoridad —. Señorita —su atención recayó en mí —. Lamento los trastornos que le haya podido causar este malentendido. No tenga miedo. Le aseguro que está usted a salvo.

Yo alcé una ceja con escepticismo. Me pareció sincero, pero no tenía ninguna razón para creerle. Mi prolongado silencio lo impulsó a dirigirse a mí de nuevo.

— Soy Carlisle Cullen y ésta es mi esposa, Esme — introdujo a la vampira que lo acompañaba. Esa hembra poseía un aspecto mucho más dulce y bondadoso que la otra —. Supongo que ya conoces a dos de mis hijos: Emmett y Rosalie. Sus hermanos menores están todavía de camino.

Asentí. Era mi turno para presentarme.

— Bella Masen.

Los párpados del vampiro se estrecharon. Fue un movimiento muy breve, casi inexistente, pero yo lo percibí. Sin embargo, él no añadió ningún comentario. La impaciencia me gano el terreno de la prudencia.

— Hechas las presentaciones… — sugerí con sarcasmo —. ¿Serían tan amables de explicarme la razón por la que fui secuestrada por sus hijos?

La hembra rubia rugió, ofendida sin duda por mi falta de respeto, y manifestó su intención de dirigirse en mi contra. La otra vampira, sin embargo, la esposa de Carlisle, Esme, posó la mano sobre su hombro y la detuvo. Sin emplear la fuerza, la detuvo.

Tal vez el vampiro viejo no hubiera mentido. Tal vez me hallase frente una auténtica familia de vampiros.

— Mis disculpas, Bella — Carlisle recuperó mi atención —. Podrás marcharte en seguida. Me temo que envié a mis hijos a por un encargo y que han regresado con el vampiro equivocado.

Su evidente reprobación no ofendió a Emmet, quien me sonrió y dirigió su atención la rubia. Se veía bastante satisfecho.

— ¿Lo ves, Rose? Te dije Bella no estaba loca.

— ¿Y eso que importa? ¡Fijaos en sus ojos! — escupió ella con su cólera fija sobre mí —. Se alimenta de humanos. ¡Deberíamos encargarnos de ella antes de que hiciera más daño!

Carlisle intervino.

— ¡Rosalie! — su voz sonaba a advertencia —. No es nuestro deber erigirnos jueces ante nuestros iguales. Como ya he dicho a Bella, ella podrá marcharte sana y salva a su casa en cuanto lo desee.

Sus palabras me relajaron. Destensé algunos músculos que había despertado con la anterior agitación. Carlisle me inspiraba confianza. Sabía que la opción más prudente hubiera sido hacer uso de su promesa y retirarme en ese mismo momento, pero algo de lo dicho por la hembra rubia había despertado mi insana atención.

— ¿Qué ha querido de decir con "alimentarme de humanos"? ¿Acaso vosotros otros alimentáis de otro modo?

Cuatro pares de ojos se giraron hacia mí sorprendidos por mi curiosidad. En mi vida humana me hubiera sonrojado y tartamudeado una disculpa. Como vampiro, me mantuve inmóvil y en silencio.

Carlisle fue quien me lo explicó.

— Mi familia y yo seguimos una dieta a base de sangre de animales.

— ¡Uggh! Pero eso es asqueroso — respondí sin pensar —.

Se me escapo. Juro que se me escapó. Con sólo imaginar el sabor de la sangre aguada de un conejo o un ciervo, mis rasgos se torcieron en una mueca de asco. Sorprendente, ellos no parecían ofendidos. Carlisle y su esposa había dibujado sendas sonrisas en sus labios y Emmet emitió una sonora carcajada.

— No negaré que el sabor deja mucho que desear — reconoció entre risas —. Pero también es mucho más revitalizante enfrentarse a un feroz oso que un débil humano.

— Si no te molesta, Bella. Nos gustaría hacerte unas pocas preguntas.

Carlisle capturó de nuevo mi atención. A diferencia del alegre Emmet, él y su esposa Esme me contemplaban ahora con seriedad. Rosalie había desaparecido.

— ¿Tengo opción?

— Por supuesto — fue su esposa quien habló —. Eres libre para marcharte cuando lo desees, Bella. Puedes irte ahora y ninguno intentaremos detenerte. Pero te suplicó que te aguardes y escuches algunas nuestras preguntas.

Yo deseaba negarme. Olvidarme por completo de ese asqueroso día y largarme. Sin embargo, existía un deje de súplica y sinceridad en esa dulce voz maternal que me hizo imposible resistir a sus peticiones.

— Está bien — acepté —.

— Te sorprendiste cuando descubriste nuestra dieta. Sin embargo, nuestro respeto a la vida humana no es la única causa para dicha decisión. Hay algunos vampiros que no están preparados para resistir el influjo de la sangre humana, cuya precaria humanidad se ve cada vez más empañados por ésta. Al cabo de muchos años, de décadas, de siglos… ellos han olvidado completamente lo que aprendieron siendo humanos y enloquecen. Se convierten en bestias sedientas cuyo comportamiento no dista mucho del de los animales.

— Eso es horrible… — murmuré con pavor. Prefería afrontar la muerte cien veces que hacer frente a ese destino —. ¿Por qué ocurre eso?

— Lo ignoramos. Según los datos que he podido recolectar en mi experiencia, suele ser frecuente en vampiros que se revelan contra su propia existencia, aquellos que durante muchos siglos se entregan sin control control a sus instintos, o aquellos que son tan viejos que han olvidado hasta su propio nombre.

Un alivio egoista me inundó tras comprobar que yo no pertenecía a ninguno de esos grupos. Los dos primeros ya no suponían un riesgo y aún faltaba una eternidad para preocuparme por el tercero.

— Pero, no lo comprendo. ¿Qué tiene esto que ver conmigo?

— Absolutamente nada — yo alcé una ceja —. Te dije hace unos minutos que yo había enviado a mis hijos a por un encargo, y que ellos regresaron con el vampiro equivocado.

— ¡Oh! — mi mente ató cabos muy rápidamente —. ¿Quieres decir que hay uno de esos… por aquí cerca?

Carlisle asintió.

— Eso es lo que sospechamos, sí.

— Nunca lo habéis visto — concluí —. Entonces, ¿cómo podéis sospecharlo?

Esme tomó la palabra.

— Se extienden los rumores. En los últimos meses ha habido un increíble aumento de muertes en Chicago, cadáveres desangrados y desgarrados. Si la oleada de crímenes prosigue y no consiguen atraparlo, los policías comenzarán a sospechar que quizá no sea obra humana.

— ¿Por eso enviasteis a vuestros hijos a buscarlo?

Carlisle asintió.

— ¿Y a… destruirlo?

— Es necesario. Su existencia no sólo hace peligrar nuestro secreto, sino que, si continua, será una llamada de atención clara para los Volturi.

— ¿Los Volturi?

— ¿No te explicó tu creador quienes son ellos?

— No.

La sequedad de mi respuesta evidenció mi reticencia a ahondar sobre aquel tema.

— Son una especie de realeza vampírica. Un triunvirato: Aro, Marco y Cayo. Habitan en Volterra con su séquito y son muy estrictos respecto a las normas. Los humanos no deben descubrir nuestra existencia. Castigan severamente a cualquier vampiro cuyos actos pongan en peligro al secreto.

Yo había escuchado rumores de otros vampiros sobre un clan todopoderoso en Europa, pero siempre lo deseché como eso, como rumores. Ocultar nuestra existencia a los humanos era mero sentido común; si la averiguaban, en este siglo, ellos poseían el poder para destruirnos. Claro que hasta hace poco yo desconocía la existencia de esos vampiros enloquecidos.

— Ya veo — dije —. Creo que ahora comprendo porque me trajisteis aquí, pero me temo que no puedo ayudaros.

La expresión de Esme se descompuso en una mueca de ruego y desesperación, tanta, que desé de corazón haberles sido de ayuda.

— Sólo te pedimos información — repuso Carlisle —. Si has visto y odio algo extraño por la ciudad en los últimos tiempos…

— Lo siento — me disculpé —. Pero de verdad que no está en mi mano ayudaros. Hace sólo una noche que estoy en Chicago, en el hotel Imperial, y tengo planeado marcharme mañana mismo. Vine únicamente para… presentar mis respeto a un amigo — no era una mentira completa aunque tampoco era la verdad —. Y no me gusta esta ciudad. No soportaría quedarme por más tiempo.

— Está bien — la voz de Esme se había empado empañad de resignación —. Lo comprendemos.

— De verdad, me gustaría ayudaros — expresé —. Pero me es imposible permanecer en Chicago por más tiempo.

Era cierto. A pesar de mi desconfianza inicial hacía ellos y de sus acciones contra mí — me había secuestrado — los Cullen parecían una buena familia. Carlisle me inspiraba un extraño sentimiento de respeto y confianza, fundido con un velo de melancolía, la dulce Esme me había llegado al alma, y Emmet me recordaba vividamente al amigo de mi infancia que una vez consideré mi hermano mayor. No les deseaba ningún mal a ninguno de ellos, ni siquiera a la hembra rubia. Pero tampoco podía permanecer en esa ciudad dos días más. De lo contrario Edward consumiría mi vida.

Los Cullen se mostraron comprensivos con mi decisión y no me reprocharon nada. Esme y Emmet se despidieron de mí y Carlisle me acompañó hasta la salida. Cuando estuvimos a solas, frente a la puerta de su jardín, él giró su rostro hacía mí. Sus ojos oscuros brillaban de un modo especial.

— Bella, por favor. ¿Me permitirías hacerte una pregunta personal?

— Por supuesto —consentí con curiosidad —.

— Tu nombre atrajo a mi memoria recuerdos de otros tiempos. Bella, ¿derivado de Isabella, supongo? — asentí con rigidez —. ¿Isabella Mansen? ¿Es ese tu verdadero apellido, o hubo otro anterior?

Mis músculos se tensaron al límite. Las reacciones de Carlisle al escuchar mi nombre por primera vez regresaron a mi memoria. ¿Qué podía saber él? ¿Acaso…? No. No. Basta de recuerdos. Debía mentir.

— Mansen es el apellido que herede una vez de mi padre — dije —. No comprendo como antes de él pudiera haber existido otro.

— Por supuesto — él sonrió, pero yo intuí que sospecha de mi mentira —. Discúlpame si mi extraña pregunta te ha incomodado.

— En absoluto. Señor Cullen — me despedí —.

— Carlisle.

— Carlisle — acepté, y me di la vuelta —. Cuide de su familia.

Sin permitirle tiempo a él para contestar, yo me alejé de aquella casa y me juré a mí misma que haría lo mismo con mis recuerdos. La eternidad era demasiado tiempo para lamentarse. El pasado debía quedarse atrás, enterrado en mi memoria. Y yo aún tenía personas que se preocupaban por mí y me querían. No estaba sola.


Quiero agradecer de todo corazón su esfuerzo y apoyo a las dieciocho personas que me dejaron su comentario en el capítulo anterior: Hikari Strife10, Lila-sama, Angie Cullen Hale, ZarethMalfoy, LunaS Purple, daii, LuniAnd, Anónimo, N4viis13, DiaNna Bel, dulce sangre azul, BNima, hildiux, AdriiR, iselacullen, Zurita Saotome, LizzyCullen01, ElizabethCullen.21.

Confio en que os haya gustado el capítulo. Esta la última parte me ha costado un poco de escribir, con tantos dialogos, pero creo que el resultado final me deja satisfecha. Bella ha conocido a los Cullen, aunque todavía quedan por presentarse algunos hijos del doctor... Y parece que hay un vampiro loco rondando por Chicago, ¿llamará suficiente la atención para atraer a los Volturi?

Me preguntaron si mantendría a Bella en su caracter original, o si habría un OCC destacable. Bien, intentaré mantenerme lo más fiel posible a los personajes de Meyer. No prentendo hacer grandes cambios con ellos. Aun así, la personalidad de una Bella vampiro de más de cien años habrá debido evolucionar y madurar con el tiempo, perdiendo algunas de sus inseguridades o características principales de su "yo" adolescente. En los recuerdos, donde vemos a una Bella humana, encontraremos más semejanzas entre ambos personajes, aunque el cambio de epoca también será significativo.

El próximo capítulo está practicamente terminado, sólo me queda pulirlo un poco y añadir una nueva escena. Si me animais lo suficiente con cuestros comentarios, como habeis hecho hasta ahora, tal vez lo suba para el domindo. En caso contrario, a más tardar, disfrutaréis de él sobre mitad de semana.

Mientras tanto, os deseo mucha suerte a toda/os. ¡Un saludo!

Anzu Brief.