Disclamereir: Crepúsculo y la saga Twilight en su totalidad son propiedad exclusiva de su autora, S Meyer. Yo únicamente tomo prestados son personajes con afán de diversión y sin animo de lucro. La trama, por el contrario, si es invención mía.
Capítulo IV
Bella POVS; presente.
La noche se me estaba haciendo un transcurso eterno. Carente de energía para unirme a la orquesta y verbena que transcurría algunas plantas más abajo, en los salones principales del hotel, permanecí recluida en el dormitorio aguardando por el regreso del alba. Cuando las estrellas desaparecieran del cielo y la luz de Sol bañara los edificios acristalados de Chicago, me estaría permitido viajar a la estación y abandonar esa ciudad para siempre. Si no para siempre, para los próximos diez años.
Esa noche, añoraba más que nunca la bendición que es el dormir para los humanos. Cerrar los párpados y sumergirme en ese extraño mundo del que tan poco se sabe, ese que roza los límites entre la fantasía y la realidad, y que otorga al cuerpo un breve descanso, sólo durante unas horas, mientras la mente olvida lo frío y lo amargo de la vida. Dicho consuelo, como muchos otros, también me había sido negado.
Mi moral estaba desecha. Sin duda, aquel había sido el peor día de mi existencia desde hacía muchos años. Una década exacta. Cada vez que acudía a Chicago para rendirle homenaje frente a su tumba, yo sabía a lo que me exponía. Sabía que después me llevaría meses, a veces años, recuperar mi ánimo anterior, y que durante ese tiempo me sentiría sola y vacía, y maldita por mi existencia. Y aun así, era incapaz de no regresar a él ese maldito treinta y uno de diciembre para recordarlo.
Mi garganta rugió. Odiaba sentirme tan amarga, y odiaba que él, aun muerto, mantuviera tanto poder sobre mí. Necesitaba dar rienda suelta al espíritu más salvaje de mi ser. Correr por los bosques y chocar contra los árboles, escuchar el crujido de estos al ceder ante mi fuerza. Cazar, matar, desgarrar… Eso haría que me sintiera mejor.
En este hotel había tantos débiles humanos, algunos de ellos despreciables… Tal vez un mordisquito. Uno que no los matara, pero que los hiciera sufrir. Y su sangre… su sangre…
El aroma que antes había sido prácticamente inapreciable, de repente cubría todos mis sentidos. Abrasaba mi garganta. Yo anhelaba su sangre; en esos momentos, no había nada que anhelara más. Ni siquiera a él. Y sabía que la tentación era demasiado fuerte para resistir, pues deseaba sucumbir a la sed.
En un parpadeo, me había trasladado del uno al otro extremo de la habitación. Me arrodillé en el suelo y arranqué de cuajo la puerta de la pequeña nevera. Ya me encargaría de arreglar los destrozos más tarde. El espacio que otrora hubiera contenido cervezas y diversas bebidas refrescantes, había sido reemplazado anteriormente por mí con un contenido mucho más tétrico. Bolsas de sangre.
Siempre traía unas pocas conmigo por si se presentaba alguna emergencia. Ahora me felicitaba por ello. Si ellas no hubiesen estado ahí, ignoro los estragos que en habría causado. Una o ninguna hubieran bastado para saciar mi sed una noche normal; aquel día las consumí todas. Ni siquiera me preocupé por calentarlas para concederles una temperatura que se asemejara más a la humana. Dirigí la primera bolsa a mi boca e hinqué los dientes en ella.
Con el primer mordisco el plástico cedió. Con el segundo, su dulce y adictiva miel logró tocar al fin mis labios. De mi pecho surgió un feroz rugido de satisfacción. Me lancé a por el resto.
Arrodillada sobre el suelo las consumí todas. No me importó, en mis ansias, que la sangre comenzara a gotear por mi barbilla y tiñera la delicada seda azul de mi blusa. Una mancha carmesí cubrió de rojo mi pecho. No me importó que mis cabellos se emborronaran, ni que la piel de mi rostro perdiera el color pálido que la caracterizaba.
Mi estado era salvaje. Consumía las bolsas de sangre con la misma voracidad con la que una vez devoré a los humanos de los que me alimentaba. Rasgaba el plástico y engullía su esencia, y lamía y succionaba sin restricción de las palmas de mis manos y de allá dónde una gota del líquido se había derramado. La sangre se llevaba consigo mis penas, mis recuerdos, mi dolor, mi humanidad, mi razón… Me convertía en una criatura salvaje capaz de existir. Simplemente existir.
Tragué litros y litros hasta que me emborraché por completo de ella.
Recuerdo una vez, siendo todavía humana, en la que Edward robó una botella de Whisky del despacho de su padre y nos la bebimos entre nosotros. La sensación de flacidez, de que el mundo entero se tambaleaba y giraba y daba vueltas bajo mis pies, el descontrol, la energía, el éxtasis… Todos ellos eran sentimientos que me embargaban en ese momento, pero multiplicados por mil. Tan intensos… que me hacían dudar de mi propia existencia.
Cuando la sangre se agotó y ya no quedaba un ápice de ella, ni en las bolsas, ni en mis manos, ni sobre las baldosas grises del suelo, me permití respirar. Mi mente estaba ida, pero por fin me sentía en paz. Tan en paz que ni siquiera recordaba la causa de mi malestar anterior.
Elevé los ojos del suelo y por casualidad los hallé frente a un espejo. Me vi a mí misma, tal como era reflejada en ese momento. Más monstruo que humana. Y en mi estado de embriaguez no fui capaz de sentir pena por ello. Ni alegría. Ni tristeza. Nada. No sentía nada.
Entonces, sobrevino un flashback.
Mi rostro fue sustituido en el espejo por uno masculino y mis delicadas facciones se tornaron más marcadas; el rojo de mis ojos fue absorbido por un intenso color verde y mi cabello adquirió un tono cobrizo; las huellas de sangre desaparecieron en pos de una piel despejada.
Como ya ocurriese una vez, Edward me estaba observando; él veía lo que yo era ahora… y se avergonzaba de mí.
— Bella… — su aterciopelada voz existía sólo en mi cabeza —.
Él me contemplaba con lástima, con decepción. No existía amor en su mirada esmeralda, sólo tristeza. Mi Edward se avergonzaba de mí.
Me incorporé lentamente, con movimientos pausados, pues mi cuerpo no hubiera podido resistir un mayor esfuerzo o se hubiera desplomado. Me arrastré hasta el cuarto de baño que adjuntaba la habitación del hotel y me arrodillé frente a la bañera. Activé el agua y aguardé hasta que ésta estuviera llena.
Me desprendí de mi ropa, que cayó desordenadamente sobre el suelo, y una vez desnuda, sumergí la totalidad de mi cuerpo en el agua. El contraste de su temperatura y mi piel fue casi inexistente. Aun así, un pequeño escalofrío ascendió por mi espalda. Añoré que mi vello se erizara, como ocurría siendo humana, y que la calidez del agua contagiara el calor a mi piel. Sin embargo, como vampiro, había adquirido otras ventajas.
Mis párpados se cerraron y mi mente se sumergió en las tinieblas. Mi corazón permanecía inerte y mis pulmones no se movían. El agua cubrió por completo mi cuerpo y yo permanecí hundida bajo su superficie, inmóvil, anhelando que ese líquido transparente me cubría fuese capaz también de enterrar conmigo mis pecados.
Cualquier humano que me hubiera hallado en ese momento, habría creído que yo muerta. Pero, en el fondo,yo seguía viviendo. En el fondo, vivía. Por él.
Bella POVS; enero de 1917, Chicago
Mis mejillas estaban sonrojadas. Hacía frío, mucho frío. El invierno de mil novecientos diecisiete había resultado ser el más crudo de la década, y pocos días después Año Nuevo la nieve seguía tiñendo de blanco las calles de nuestro amado Chicago.
Aquella noche, yo no sentía frío. El fuego calentaba mis venas. El cielo nublado impedía adivinar la hora exacta, pero la creciente oscuridad indicaba que nos estábamos acercando velozmente al crepúsculo. No había ningún otro ser viviente en aquel parque, sólo Edward y yo. Nos habíamos escapado. O mejor dicho, él insistía en que me había raptado. Lo cierto es que había sido yo quien entre lágrimas le había suplicado que lo hiciera, que me ayudara a escapar de allí, pero ahora el eco de aquel dolor parecía muy lejano.
— Bella, baja de ahí — repitió una vez más —. Te vas a hacer daño.
Yo ignoré su pedido, como había hecho las veces anteriores. Continué deslizándome sobre la superficie resbaladiza del banco.
— No seas tonto, Edward. ¿No lo ves? — me reí tontamente —. El whisky mágico de tu padre me ha curado. Ya no soy torpe. ¡Ahora puedo volar!
Sacudí las manos en mis costados para demostrárselo, mientras mis pies sostenían un precario equilibrio sobre la helada madera. Su carcajadas se unieron a las mías. Lo conocía. Hubiese insistido de nuevo, sino fuera porque la cantidad ingerida de alcohol lo había afectado a él también. Aunque él no sintiese la misma necesidad que yo de hacer peripecias sobre el filo de un banco nevado.
— Si vuelas, es que eres un ángel — dijo —. Mi ángel — se inclinó de rodillas y alzó las manos hacía mí —. ¿Qué de hacer yo para ser digno de tu amor?
Volví a reír. No podía evitarlo. La risa era un efecto secundario de esa deliciosa botella de alcohol. Entonces, salté y me arrojé a mis brazos. Ni siquiera sé como Edward pudo arreglárselas para sostenerme e impedir que me estrellara contra el suelo, pero pocos segundos después ambos caímos sobre la nieve. Yo estaba sobre él. Y me gustaba esa posición.
— Bésame — exigí —.
Pero no aguardé a que el atendiera mi orden, sino que yo misma fui quien inclinó el rostro hacía él, y fueron mis labios los que pellizcaron los suyos en un beso que me enardeció por completo. Mis manos heladas se apoderaron de su rostro, mientras las suyas se enredaban alrededor de su cintura. Lo besé, y continué besándolo. Únicamente separé mi boca de él para complacer a mis pulmones.
Nuestros alientos alcoholizados se mezclaron y formaron nubecillas de vao sobre nuestras cabezas. Sus labios besaron la punta de mi nariz sonrojada por el frío. Mis piernas se contrajeron primero y luego rodearon las suyas bajo la falda del vestido. Una extraña presión empujó mis caderas desde su pelvis. Me sonrojé.
En circunstancias normales, mi vergüenza tras adivinar qué era aquella cosa que amenazaba con invadir mi espacio personal habría bastado para paralizarme. En esta ocasión, con el alcohol recorriendo y desinhibiendo mis venas, formé una sonrisa traviesa y me incliné hacía él, quien también estaba ruborizado, aproximando mis labios a su oreja.
— Edward… Empezaba a temer que en realidad fueras tú el ángel — lo bese —. Es una grata sorpresa comprobar que el fondo aún sigues siendo un hombre.
Se paralizó. Mis palabras lo paralizaron. Mi atrevimiento. Yo había provocado esa reacción en él, en su cuerpo. Por primera vez desde que empezara nuestra relación me sentí poderosa y comprendí que yo no era la única capaz de caer bajo el influjo del otro. Reí. Mis carcajadas rompieron el frío silencioso de la noche. Después, volví a besarlo.
Mis labios asaltaron los suyos con pasión. Atrapé entre mis dientes su labio inferior y recorrí con mi lengua la dulce piel de su perfil contrario. Entonces, lo suficientemente sobria para no tentar a la suerte de aquel modo, rodé mi cuerpo y me aparté de sobre él, colocándome a su lado, con mi espalda sobre la nieve.
Mis brazos comenzaron a moverse, de arriba a abajo, de arriba abajo. Poco tiempo después, Edward se unió a mí y ambos nos dedicamos a dibujar juntos dos ángeles sobre la nieve.
— Los brazos han quedado algo borrosos — juzgué yo ya de pie, contemplando críticamente el resultado de nuestra obra.
— No — replicó él —. Ellos sé están dando la mano.
Reí y me abracé a él. Sus labios se posaron de nuevo sobre la punta de mi nariz, en un gesto muy tierno. A él hacía gracia verla tan sonrojada. Me sentía feliz y liviana. El alcohol había desvanecido todos mis problemas y tan sólo quedaba él.
— Edward, ¡soy tuya!
Tomé carerilla y salté, cruzando los brazos alrededor de su espalda. Él no se lo esperaba. Nos tambaleemos los dos, pero logró sostenerme. Hacía mucho tiempo que nadie me llevaba a caballito en su espalda, tal vez desde la muerte de mi padre. Entonces yo tenía tres años. Si mi madre me estuviese viendo ahora, desearía matarme.
Aquello sólo lo hacía más divertido, pensé, afrontando un nuevo ataque de risa.
— Bella. ¡Agárrate fuerte! — me aconsejó —.
— ¿Por qué? ¿Qué vas a hacer?
Sus alegres carcajadas fueron toda la respuesta que necesité para obedecerle. Mis brazos se aferraron con fuerza alrededor de su cuello, con cuidado de no obstaculizarle la respiración, y mis piernas se enredaron alrededor de su cintura. No planeaba soltarle. Entonces, él comenzó a correr. No sólo a correr, sino a esquivar árboles y a saltar por encima de los bancos como anteriormente yo había hecho.
Su equilibrio era sorprendentemente bueno para alguien que había ingerido medio litro de Whisky, pero en esos momentos, ninguno de los dos se preocupaba del peligro.
— ¡Edward, es cierto! — exclamé —. ¡Estamos volando! ¡Estamos volando!
— Te dije un día que yo te llevaría hasta la estrellas.
Él no sólo parecía inmensamente pletórico, sino también relajado. Un extraño don para degustar cuando se trata de alguien que está obsesionado con el control de sus instintos. Hubiera sido una noche perfecta, sino fuera porque mientras seguía riendo olvidé donde en realidad me hallaba, y llegué a creer que realmente volábamos.
— ¡Volamos! ¡Volamos! — continué repitiendo —.
En un acto muy estúpido, que prefiero achacar al alcohol antes que a mi propia temeridad, mis brazos se desprendieron del cuello de Edward y decidieron agitarse en el aire, como antes hicieran mientras caminaba sobre la superficie del banco. Olvidé por completo que ellos eran todo lo que me sujetaba a su espalda.
Él intento sostenerme. Hizo malabarismo para evitar que cayera. Pero sus acciones fueron inútiles. Como si perteneciera a otra persona, yo escuché el golpe sordo que produjo mi cuerpo al chocar contra el suelo. Su grito desgarrado:
— ¡Bella!
Y mi propia risa. Estaba demasiado ebria para sentir dolor, aunque al día siguiente la resaca y las mataduras me harían pagar por ello. En ese momento, todo, incluso la caída, seguía pareciéndome muy divertido.
— Edward — susurré tontamente —. Creo que hemos aterrizado.
— Bella…
Me había torcido el tobillo. Y la caída había causado varios hematomas a través de mi espalda y una leve contusión en el cráneo. Tal vez esa sea la razón por la cual mis recuerdos son confusos siempre que intento revivir lo que ocurrió a continuación.
Sé que Edward insistió en que visitara al médico. También recuerdo que por el camino, mientras él me sostenía en sus brazos, no dejaba de disculparse una y otra vez. Yo no comprendía sus motivos. ¡Si había sido una tarde muy divertida! Y mis manos quienes decidieran soltarse.
Edward dijo que le hubiera gustado tratarme él mismo, pero en mitad de su primer año de carrera aún no se sentía lo suficientemente preparado. Me condujo a la clínica de un médico que había conocido en la universidad, un día que acudió a dar una charla. Él debía ser conocido de su madre, o algo parecido. Lo presentó como el doctor Carlisle Cullen.
En días posteriores, lo intenté varias veces, pero nunca logré evocar el rostro del médico que me había atendido. Si forzaba la memoria, venían a mí sensaciones… Sabía que se trataba de un ser hermoso, uno cuya belleza me sorprendió pues podía rivalizar con la de mi Edward. Recordaba unas manos frías… Un tacto helador mientras él curaba las heridas de mi espalda, y revisaba la torcedura de mi tobillo. Pero eso era todo.
Edward mencionó su nombre de nuevo en algunas ocasiones, pero yo jamás llegué a ser presentada a él formalmente. Su memoria se perdió en los entresijos de mi cerebro; la resaca primero, y el dolor de la transformación después, hicieron que me olvidara por completo de él… Y durante más de cien años, fue como si nunca hubiera existido.
Doctor Carlisle Cullen...
Hasta ahora.
Bella POVS; presente.
Mis párpados se abrieron de repente. Me incorporé. Gotas de agua perladas resbalaron por mi cuerpo desnudo. Los recuerdos anteriores continuaban frescos en mi memoria.
Doctor Carlisle Cullen.
Me sentí estúpida por no haberlo recordado antes. Ahora su reacción ante mi nombre y sus preguntas cobraban sentido. La memoria de un vampiro es mucho más exacta que la de un humano y, además, él no estaba borracho la noche que me atendió. Eso significaba que Carlisle me había reconocido. No únicamente a mí, sino a mi apellido. Mansen. Edward Mansen. Su apellido.
E&B
Las farolas todavía alumbraban cuando abandoné el edificio del hotel y me sumergí en las calles más céntricas de Chicago. Había poco tráfico. Los pobres empleados que estaban obligados a trabajar la mañana de Año Nuevo y algún que otro madrugador que practicaba footing con su perro. La delgada tela de mi chaqueta de cuero y mis vaqueros azules contrastaban elocuentemente con sus gruesas capas y abrigos. Pero yo no había tenido tiempo de preocuparme por ello antes de abandonar el hotel. Únicamente deseaba encontrarlo.
¿Por qué? ¿Por qué lo buscaba a él, en vez de correr hacía el aeropuerto y escapar rápidamente de esa ciudad como había planeado? De la ciudad y de los recuerdos. Tal vez por ello. Tal vez porque eran sólo recuerdos. Recuerdos tan lejanos y difuminados… que una pequeña parte de mí comenzaba a temer olvidarlos. Temía resurgir una mañana, dentro de uno o dos siglos, y descubrir que ya no sabía qué había sido verdad, y qué fantasía.
Pero el doctor lo había conocido. Él había tratado con Edward. Y si me lo confirmaba… tal vez entonces mi memoria obtuviera la prueba que necesitaba. Tal vez entonces jamás dudaría que Edward había sido real, que había existido de verdad. Que me había amado de verdad. Que había respirado, que me había besado, que había caminado conmigo sobre esta tierra, y que me había entregado los años más felices de mi vida. Aunque sólo fueran tres.
El paisaje a mi alrededor comenzó a cambiar lentamente. Los altos y acristalados rascacielos del centro dieron espacio a otros edificios más discretos. Me estaba acercando. Ahora debía hacer memoria. La tarde anterior los recuerdos me habían distraído en el último tramo del camino y no había prestado la suficiente atención. Ahora me maldecía por ello. Pero sabía que al final sería capaz de encontrarlos.
Debía concentrarme. Despejé mi mente de pensamientos innecesarios y aspiré aire profundamente, confiando en que su aroma me trajera alguna huella sobre la presencia de otros vampiros. No obtuve resultado. El ambiente estaba totalmente despejado en ese territorio. Resignada, retrocedí sobre mis pasos y elegí investigar en otra dirección.
Repetí dicho experimento varias veces sin obtener éxito. El Sol estaba ya alto cuando descubrí la primera pista. Aunque lejano, estaba segura de haber captado el aroma de otro vampiro. Quizá de un par de ellos. Sonreí. Entonces, me percaté de que dicho olor se estaba haciendo cada vez más intenso, a una velocidad que no era natural. Mis músculos se tensaron. El vampiro se dirigía hacia a mí.
Me coloqué en guardia. La probabilidad indicaba que debía tratarse de un miembro de la familia de Carlisle, pero no deseaba tentar a la suerte pareciendo descuidada. Además, tampoco olvidaba que había aún algunos miembros de la familia que estaban ausentes la tarde anterior. Tal vez ellos fueran como la rubia, en cuyo caso mi vida estaría en serio peligro. Debía estar preparada para defenderme.
— ¿Quién eres? ¿Qué es lo que buscas?
La voz me sobresaltó.
Alcé el rostro, persiguiendo su origen. Desde uno de los tejados, un macho rubio de aspecto fiero y cubierto de cicatrices me observaba. Él también había adoptado una posición agresiva, pero había preguntado antes de atacar, lo cual era una buena señal.
Tras él, mi corazón se congeló, pues había una persona que yo había considerado muerta durante muchísimos años.
Aquí llegamos por hoy. ¿Quién será el desconocido? ¿Jasper? ¿Alice? ¿Edward? Dos de tres. Lo dejamos para el próximo capítulo.
Quiero ofrecer mi agradecimeinto a Mary Alice, Arthur de Lancaste, Katana Kunoichi, ElizabethCullen.21, Black Cullen, Bessy Cullen, karoline, yuli09, N4viis13, Angie Cullen Hale, DiaNyzZ, LizzyCullen01, isa-21, kariana18, ZarethMalfoy, carmenlr y Hildiux. El capítulo de hoy va dedicado a ellos. Sin su animo no habría sido incapaz escribirlo tan rápidamente y hubieras debido esperar hasta el finde que viene para verlo. Así que muchas gracias. De corazón.
El próximo capi estará listo en una semana, como siempre, aunque sabéis que si me animas lo suficiente quizá consiga terminarlo y subirlo antes. Queda en vuestras manos. Un saludo a todos y suerte.
Anzu Brief.
