Disclamereir: Crepúsculo y la saga Twilight en su totalidad son propiedad exclusiva de su autora, S Meyer. Yo únicamente tomo prestados son personajes con afán de diversión y sin animo de lucro. La trama, por el contrario, si es invención mía.


Capítulo V

BellaPOVS; octubre de 1905, Chicago.

La pequeña habitación estaba totalmente sumida en tinieblas. Inspiré oxígeno una vez más, intentando desesperadamente que mi respiración no provocase sonido alguno. Lo conseguí. Yo sabía que hasta el más mínimo ruido podía alertarla de mi presencia. Y si me encontraba… Entonces, todo habría acabado.

Me acurruqué aún más en el suelo, bajo la mesa de madera del comedero de los criados, y mis delgados brazos rodearon la estrechez de mi cuerpo de cinco años. Mis dientes castañetearon. Temblaba. Comencé a fantasear con las cálidas llamas del crepitante fuego que ardían en la chimenea del salón principal, tan cerca de mi dormitorio.

Si tan sólo… Pero ya era demasiado tarde.

Me arrepentía de haber desobedecido las órdenes de Philip y de haber escapado lejos de los muros de la mansión principal, pero no conseguiría nada retractándome ahora. Debía resistir un poco más. Sólo un poco. Unos minutos, hasta que ella se alejara y entonces…

Entonces, habría ganado.

¡Buh!

¡Ahhhhhh! — grité —.

Su exclamación me sobresaltó. Fue inevitable. Una risa cantarina y musical inundó mis oídos.

Alice… — murmuré con reproché, pero aliviada tras comprobar que se trataba de ella —.

¡Te encontré!

Mis labios formaron un puchero de derrota infantil, mientras gateaba fuera de mi escondite. Alice mantuvo elevado el hule de la mesa para despejarme el camino.

No es justo — protesté, una vez de pie junto a ella —. Tú siempre me encuentras.

Por supuesto que si — se jacto —.

Yo le enseñé la lengua.

A pesar de que Alice era dos años mayor que yo, nuestra complicidad y nuestra estatura similar provocaban que muchas veces los desconocidos nos tomaran por mellizas. Sin embargo, ambas poseíamos cualidades demasiado diferentes entre nosotras para ser realmente hermanas, aunque nos quisiésemos como tales. Para empezar, nuestro aspecto.

Alice poseía una gracia y una elegancia propias de las que yo carecía por completo. Ambas podíamos jugar durante horas a cocinar albóndigas de barro con los hijos del jardinero. Pero, al concluir la tarde, su aspecto continuaría pulcro e impecable, mientras que yo, como bien gustaba de recordarme Renne, parecería un diablillo cubierto de suciedad y barro.

Además, siempre que jugábamos a este juego, Alice lograba descubrir mi escondite sin que transcurriera apenas tiempo.

¿Cómo lo logras?

Ella giró el cuello a ambos lados y comprobó con satisfacción que estábamos solas en la habitación. Sonrió. Sus labios formaron una brillante sonrisa. Entonces, inclinó su rostro hacía mí y sus preciosos ojos azules se entrecerraron adquiriendo un aspecto misterioso.

¿De verdad quieres saberlo?

Asentí, deseosa de averiguar su secreto.

Yo lo sé todo.


Bella POVS, presente; Chicago.

— ¿Quién eres? ¿Qué es lo que buscas?

Esa voz me sobresaltó.

Yo alce el rostro, persiguiendo su origen. Desde uno de los tejados, un macho rubio de aspecto fiero y cubierto de cicatrices me observaba. Él también había adoptado una posición agresiva, pero había preguntado antes de atacar, lo cual era una buena señal.

— Busco a Carlisle Cullen — respondí con firmeza, sin permitir que la voz me temblara —. ¿Doy por hecho que tú eres uno de sus hijos?

Él asintió y su musculatura se relajó imperceptiblemente. En un parpadeo, había desaparecido del tejado y se hallaba a escasos metros de mí. Yo mantuve mi cuerpo en guardia, sorprendida por su cercanía, pero intenté no adoptar una postura agresiva que lo incitara al ataque.

— ¿Para qué buscas a Carlisle? —preguntó —.

— Estuve anoche en vuestra casa. Rose y Emmet me condujeron allí debido a un malentendido, y Carlisle y Esme me pusieron al corriente de la situación con… ese vampiro. Creo que he recordado una cosa que podría seros de ayuda — mentí —. Soy Isabella Mansen.

Pronuncié mi nombre completo con la intuición de que Carlisle lo había empleado para referirse a mí frente al resto de la familia. Igualmente, confié en que conocer tantos detalles me ayudaría a ganar la confianza del vampiro. Funciono. Sus músculos se habían estirado definitivamente, aunque aún no bajaba la guarda.

— Yo soy Jasper Cullen. Su hijo —se presentó —. He escuchado hablar de ti.

— En tal caso, ¿serías tan amable de guiarme hasta vuestra casa? Temo que ayer apenas presté atención al camino y hoy he estado toda la mañana buscándoos, tratando de localizar vuestro aroma.

Jasper rechazó mi petición con un gesto fluido.

— Lo lamento. Pero si es con Carlisle con quien deseas hablar, él no se encuentra ahora en casa. No regresará hasta pasada la tarde.

— Oh… — era un contratiempo con el cual no había contado —. ¿Está en el hospital?

No se por qué pregunté aquello. Quizá fuera porque aún mantenía muy frescas mis memorias sobre nuestro pasado, y presupuse que si Carlisle había sido un hábil doctor en mil novecientos diecisiete, continuaría ejerciendo su profesión hoy en día. Lo que sí sé es que a él no le gusto.

Me mordí la lengua con saña. Carlisle no había mencionado su profesión la noche anterior. Jasper entrecerró los ojos y me contempló con desconfianza.

— ¿Cómo sabes que Carlisle trabaja en un hospital?

Debía mentir. Eso era obvió. El problema es que siempre se me había dado muy mal inventar excusas sin tiempo. Mi eternidad podía haber mejorado mi capacidad para mentir con convicción, pero seguía siendo rematadamente torpe fabricando excusas. Mi silencio dictaminó mi culpabilidad a sus ojos. Supe que él iba a atacarme de un momento a otro.

Observé a mí alrededor. No había humanos presentes en aquella calle. Agradecí que fuera Año Nuevo y que la mayoría se hallaran aún en sus casas, trinchando pavos de Navidad. Mi mejor opción era esquivar su primer golpe y aprovechar para huir lo más rápidamente posible. Si me alejaba lo suficiente para que me perdiera de vista, entonces estaría a salvo.

Transcurrieron unos segundos que se me hicieron eternos. Entonces, cuando él hizo su primer movimiento hacia mí y yo retrocedí un primer paso para escapar, una nueva figura surgió de súbito y se interpuso entre ambos.

— ¡Jasper! Cariño, cálmate. Ella no nos hará daño, no es peligrosa.

Mi corazón se paralizó. Sus voces llegaban a mí como un susurro o un canto lejano.

— ¿Estás segura?

— Si. Lo he visto.

Ella, la que se había interpuesto, era una vampira. Como yo.

Una vampira con una apariencia muy frágil.

Su cuerpo estaba tan delgado que rezumaba un aspecto quebradizo, y su estatura poco superior a la de un niño, rondaría el uno cincuenta. Su cabello, negro azabache, había sido cortado descuidadamente y apenas llegaba a la altura de sus hombros, con las puntas apuntando una a cada lado, confiriéndole un extravagante aspecto de duendecillo.

La piel de su rostro era muy pálida, como habitualmente ocurría con nuestra especie, y sus ojos eran de color oro, no azules, pero iluminaban una intensificada hermosura que yo ya había contemplado una vez… en otra vida.

El dolor era una agonía. Me resistía a creer. Ella no podía ser ella. Pero lo era. No había otra explicación.

— ¿Alice…?

Sus voces se silenciaron. La conversación terminó. Sus rostros giraron su atención hacia mí. Ella con simpática curiosidad, él con desconfianza y recelo. Yo moría. Viéndola de frente estaba aún más convencida de que era ella.

Mi hermana.

— Alice…

— ¿Cómo sabes mi nombre?

Su voz. Su melodiosa voz. Tan cantarina y musical como siempre, acentuada ahora además por un deje sobrenatural del que antes carecía, que la hacía inmensamente atrayente. Irresistiblemente para los humanos.

Humanos… Inocentes humanos. Nosotras lo éramos… una vez.

— Alice… — repetí su nombre por tercera vez, por cuarta —. Alice… — se me hacía extremadamente difícil coordinar mis pensamientos, e intentar cargar de razón a mis palabras viendo a su fantasma frente a mí, a la hermana que yo creía muerta —. ¿Cómo…? ¿Cómo puede ser…?

Un nudo se había formado que me impedía respirar. Me ahogaba. Quizá no literalmente, pero me ahogaba.

— ¿La conoces?

El macho contemplaba a mi hermana con desconcierto. Existía una gran complicidad entre ellos. Una, que casi me hizo sentir envidia. Envidia de los días en los que Edward me contemplaba a mí con la misma intensidad. Los días en los que los ojos de Alice reflejaban algo más que curiosidad al coincidir con los míos.

La lejana simpatía que ahora resplandecía en esos iris dorados parecía un insulto en comparación.

— ¿Tú…? ¿No me recuerdas? — tartamudeé con torpeza —.

— Lo siento — se disculpó sinceramente —. ¿Estás segura de que nos hemos visto antes?

No me recordaba.

¿Era ella? ¿O lo había imaginado? Su aspecto era tan similar… Casi idéntico. ¿Era posible que en el transcurso de un siglo la casualidad hubiera creado dos seres tan semejantes? ¿Dos seres que, además, compartían el mismo nombre?

¿O no era ella? ¿Acaso las décadas que había vivido sin ella me había hecho olvidar su verdadero aspecto? ¿Tanto había mi mente tragiversado su recuerdo? ¿Tan grande era mi desesperación que me hacía ver fantasmas donde en realidad no los había? ¿A tanto había llegado mi locura?

Ignoraba la respuesta. Una única cosa resplandecía clara.

Ella no se acordaba de mí.

Fuera Alice o no, la muchacha frente a mí, la vampira que me observaba, no poseía ningún recuerdo acerca de Bella. Su hermana. La había olvidado.

Me había olvidado.

No pude soportarlo. Huí. Me di la vuelta y escape a toda velocidad. Me alejé de aquel callejón, de aquellos vampiros y de mis memorias incómodas. Me alejé de todo, hasta de mi propia mente. Huí.

Deseé que me estuviera permitido escapar para siempre.


Bella POVS; marzo de 1916, Chicago

La melodía del famoso vals el Danubio Azul inundaba el salón de baile y se colaba por los entramados de las imponentes columnas y las impresionantes portaladas de blanco y dorado, otorgando un eje musical a cada pequeño rincón de la enorme mansión. Yo odiaba esa música. La detestaba.

Tan tremendo era mi odio, que ignoraba olímpicamente el hecho de que hasta hacia sólo unos días, ésta había sido mi composición favorita de entre todas las maravillosas creaciones de Strauss. O que, aún siendo una niña, había pasado horas y horas frente al piano de cola de Philip en el salón principal intentando dominarla.

La detestaba. Su musicalidad afloraba en rabia al traspasar mis odios. Tanto era así, y con tanta exactitud reflejaba esa ira en mi rostro, que el señor Newton llevaba varios minutos observándome inmóvil, pero sin atreverse a romper la escasa distancia que nos separaba para invitarme a bailar. La ira que yo sentía era demasiada para dominarme si me importunaba. Que no lo intentara, o bien podría ser hoy el día en que su hombría quedase en escarnio ante el resto de los invitados.

Mis ojos, contrario a lo que fue en antiguas ocasiones, no se despegaban de la pista de baile. Había decenas de personas bailando al son de la música de Strauss, pero una joven pareja se destacaba entre todas las demás. Ambos llamaban la atención y a la envidia por su imponente belleza.

Ella era de corta estatura, pero su cuerpo estaba agraciado con cinceladas curvas que delineaban en los lugares idóneos. Los rasgos que enmarcaban su rostro eran exquisitos, tan preciosos que casi la dotaban de un aura inmoral, y su larguísima melena azabache, que caía con ondas trabajadas como una cascada por su espalda, hacía mucho para alimentar esa mágica sensación. Él era una especie de dios, un ser divino cuyos perfectos rasgos los artísticas helenos hubieran luchado por grabar en la piedra, sin lograrlo del todo. Su cabello cobrizo adquiría una mezcla de tonos dorados bajo la luz de las lámparas de aceite y las luces amarillas. Sus ojos verdes recordaban el paisaje de un prado alumbrado por el sol en una fresca mañana de primavera.

Ambos reían juntos mientras sus cuerpos se movían felices al compás del Danubio, y la innegable complicidad que existía entre ellos era contemplada y envidiada por todos los demás bailarines y por todos los demás presentes en aquella sala. Algunos hablaban de un compromiso próximo. Cada vez que yo escuchaba ese rumor, mi corazón se rompía un poquito más en pedazos.

Alice. Mi querida hermana Alice. Y Edward… Mi Edward. Que, si las habladurías eran ciertas, pronto sería suyo.

Me dolía que mi hermana jamás hubiese descubierto ante mí su relación con él, o sus propios sentimientos al respecto, pese a que habían bailado juntos por meses y a que sus ojos se iluminaban con un brillo muy especial cada vez que a él lo veía. Como si ocultasen cientos de secretos que le perteneciesen y que sólo serían suyos. Pero esa no era la fuerte principal de mi sufrimiento.

Edward lo era. Yo no había vuelto a cruzar palabra con él desde aquel fatídico incidente hacía casi quince meses, cuando me hallará sumida en el polvo y la vergüenza y él me obligara a abandonar mi escondite bajo ese sucio sofá. Edward lo había intentado algunas veces, los meses que siguieron.

Se había acercado a mí y había intentado hablarme, pero yo estaba demasiado abochornada o convencida de que sólo deseba burlarse para hacer otra cosa que huir en cuanto él se acercaba. Después, sus tentativas cesaron. Y algunos meses más tarde, Edward había descubierto que Alice era mucho más digna de su interés que yo, por lo cual no podía culparlo. Tenía toda la razón. Pero igualmente dolía.

— Edward vendrá hoy — anunció mi hermana, a la mañana siguiente del baile —. Anoche me pidió permiso para acudir a visitarnos y se lo concedí.

Mis esperanzas se derrumbaron. Mi corazón se partió para siempre en dos pedazos.

Nos hallábamos las dos en mi dormitorio, yo sentada sobre la cama con un libro sobre Historia Antigua en las manos, y ella de pie frente al marco de la ventana abierta. Yo aún no estaba vestida, sino que el viejo camisón de seda blanca y la bata de terciopelo marino eran todo mi atuendo. Me mostré indiferente ante la noticia, ignorando el relámpago de dolor que se había hundido en mi pecho.

— Ya veo… — deslicé desinteresadamente los dedos por la superficie del libro, para pasar la página —. Te felicito, hermana. Él parece muy interesado.

Ella giró su cuerpo, antaño enfocado al exterior de la ventana, y me contempló con muy poca satisfacción.

— ¿Eso es todo cuánto vas a decir?

— Te he felicitado…

Mi aparentada indiferencia no amilanó a Alice. Ella poseía la fuerza y la tenacidad de una tempestad cuando se lo proponía.

— Te conozco, Bella. Sé cuando no estás siendo sincera. ¿Es que acaso hay algo de Edward te disgusta?

— Por el contrario — mentí —.Conozco apenas al señor Mansen, pero por lo poco que sé de él, parece un auténtico caballero. Confío en que seáis muy felices juntos.

Mis ojos continuaban inmóviles sobre las páginas del libro. No conseguía reunir el valor para enfrentarla. Ella era Alice, mi hermana, el único ser en el mundo que haría cualquier cosa por mí. Y yo todavía era incapaz de alegrarme sinceramente por su felicidad.

Me sentí muy mezquina. La escuché suspirar. Claramente, la había disgustado. Deseé ser capaz de sinceramente y de pedirle disculpas. Pero, en el fondo, yo siempre había sido cobarde.

— ¡Oh, Bella! ¿Cuántas veces más vamos a mantener esta conversación sin que seas sincera? — en sus labios, mi nombre había sonado cubierto de frustración —.

— No entiendo a qué te refieres…

— Bien, en tal caso, no me dejas otra opción que decírtelo directamente. Edward no va a venir a esta casa porque esté interesado en mí — parpadeé, incapaz de comprenderla —. Tú eres a quien él quiere ver, boba. Lleva meses pendientes de ti.

Me incorporé de repente, cerré el libro y le di la espalda. Esa mentira había sido muy cruel de su parte. Tal vez yo llevara meses celosa y no hubiera sabido ocultarlo lo suficientemente bien, reconocía que Alice tenían motivos de sobra para enfadarse conmigo. Pero no me había esperado esa cruel broma de ella.

— No digas tonterías — la regañé, aún sin mirarla —. El señor Mansen lleva meses bailando contigo y es evidente que es de ti de quien está enamorado. Además, ignorando un desagradable incidente hace un par de año, dudo que él sepa que yo existo.

— ¡Por supuesto que sabes que existes! — me replicó, y después rompió a reír en una risa algo histérica —. Lo siento, Bella. No pretendía ofenderte, de verdad. Pero es que es ridículo que pienses tal cosa, si prácticamente Edward no sabe hablar de otra cosa que no seas tú.

No la creí.

Mis ojos se anegaron de lágrimas, de frustración y de culpa, que yo me negaba a derramar. Deseaba ser capaz de odiar a Alice por esto, pero gran parte de mí pensaba que yo lo merecía. Había sido una persona horrible al envidiar su felicidad y a desear a quien ella amaba y éste era mi castigo. Ni siquiera existía en mi mente la posibilidad de que ella no mintiera y de que sus palabras fueran ciertas. Que un ser como Edward pudiera sentir un mínimo interés por mí era… descabellado.

— Te repito que eso son tonterías, hermana. Ignoró porque razón estás diciéndome estas cosas, pero te suplicó que te detengas — me incorporé, con toda la elegancia que fui capaz de reunir, y me dispuse a abandonar el dormitorio —. Ahora bajaré a desayunar.

— Bella, espera — su mano tomó la mía tiernamente y me detuvo —. Espera, hermana, por favor.

Por alguna razón que no comprendí, tal vez porque aquel gesto fuera el que siempre realizaba conmigo cuando éramos niñas y yo me asustaba por algo, y ella me consolaba, me deje conducir de nuevo hasta la cama, y me senté a su lado.

— Lo digo en serio — insistió —. Edward te quiere.

— ¿Cómo podría quererme, cuando ni siquiera me conoce? — me derrumbé —. Si lo que dices fuera cierto, no tendría ningún sentido. Si de verdad estuviera interesado en mí, habría intentado trabar conversación conmigo, no contigo.

— ¡Pero si lo intentó! Lo intentó varias veces el año pasado, pero tú siempre huías de su presencia. Fue entonces, cuando él descubrió que éramos hermanas, que se acercó a mí para pedirme ayuda para conocerte.

— ¿Cómo…?

Parpadeé varias veces, incapaz de creerla. A mi memoria regresaron las veces que, efectivamente, Edward había tratado de acercarse a mí después de aquel incidente, mismas veces que yo fui incapaz de hacerle frente a acabé huyendo. ¿Podría ser posible?

— En un principio yo me negué a ayudarle, no hubiese estado bien entrometerme en tus asuntos — continuó relatando —. Pero me mantuve atenta a tus reacciones respecto a él y descubrí que, aunque huías cada vez que se te acercaba, tus ojos lo buscaban cada vez que él estaba lejos. Concluí que simplemente estabas demasiado avergonzada por todo ese asunto de Newton y el sofá para ceder a sus avances, pero que él te gustaba. De modo que lo busqué y acepté ayudarlo a conquistarte.

— No me lo creo — repuse, aunque en esta ocasión se tratara más de cabezonería que de auténtica incredulidad. Las piezas encajaban. Y Alice no tenía motivos para mentirme tan descaradamente —. No me lo creo.

— ¡Ay, Bella! ¡Eres tan cabezona! — puso los ojos en blanco —. Al principio creíamos que juntaros sería cosa de un par de semanas, meses a lo sumo, pero entonces, cada vez que yo me disponía a hablar de él o ensalzar sus virtudes, tú me ignorabas o cambiabas de tema rápidamente. El pobre Edward estaba tan desesperado. Creía que lo odiabas.

Me sonrojé profusamente. Sus palabras iban calando lentamente en mi mente. Era cierto que en nuestras breves interacciones yo no había sido precisamente amable. Primero lo esquivaba por vergüenza, después para que no se percatara de mis celos.

En una ocasión, pocas semanas más tarde de que empezara a frecuentar a Alice, Edward se había mostrado especialmente decidido a no consentir que escapara. Me había sujetado la mano con fuerza y había intentado forzarme a dialogar.

Desesperada, no se me ocurrió otra cosa que arrojar accidentalmente la copa de champange sobre la chaqueta del traje... Los criados habían acudido presurosos a limpiar aquel desastre y los invitados a murmurar en contra de mi torpeza.

— Lo siento — había susurrado yo, sin atreverme a contemplar la herida en sus ojos esmeralda, antes de aprovechar el pequeño caos para liberarme de su agarre y huir corriendo.

El bochorno de mis mejillas aumentó considerablemente. Lo reconocía, aunque hasta ese día, corroída por la vergüenza y los celos, apenas me hubiera percatado. Mi comportamiento con él había sido lo contrario a ejemplar.

Y a pesar de todo, ¿él aún estaba interesado?

— Pero se os ve tan felices cuando estáis juntos…

— Bella — pronunció mi nombre con infinita paciencia —. Edward es mi amigo, además de una magnifica persona. Estos meses conspirando junto a él para conseguir tu atención han sido realmente divertidos.

Había un matiz soñador en su voz, recubierta de cariño.

— Entonces, tú le quieres… — constaté, mientras el nudo en mi corazón se formaba de nuevo —.

Por mucho que yo estuviera interesada en él o que hubiera sentido envidia, incluso aunque él correspondiera esos sentimientos, jamás actuaría de un modo que dañara a mi hermana. Alice era más importante para mí que cualquier otra persona. Sin embargo, ella sonrío con compresión y disipo mis temores.

— Muchísimo. Cualquier mujer sería feliz a su lado — tragué saliva, yo había pedido una respuesta —. Pero el no es el hombre de vida.

— ¿Eh? — me confundió totalmente —.

Alices sonrió con nostalgia, dispuesta a hacerse entender.

— ¿Recuerdas cuándo éramos niñas? —preguntó —. Jugábamos a adivinar nuestro futuro y yo…

— Tú siempre me decías que podías verlo en tus sueños… —concluí por ella, compartiendo su sonrisa —.

Que tiempos más felices y más inocentes, cuando revolvíamos toda la casa con nuestros juegos y cuando ni el mayor de los problemas podía atormentarnos.

— Te dije entonces que había conocido al hombre de mi vida, que sería un hombre fuerte y apuesto, con los cabellos dorados con el sol y la sonrisa fuerte y elegante, y que cuando me mirara sus ojos me contemplarían solamente a mí y me harían sentir especial…

Las palabras murieron en sus labios. Alice me miró y, por un momento, pareció que estuviera despertando de un sueño viejo y olvidado, pero muy profundo; y pareció que ella realmente conocía a ese hombre, que la ilusión era algo más que un simple juego de niños. La sensación duró tan sólo un instante, después, ella volvió a ser la hermana nerviosa y alegre que yo conocía.

— Edward no es ese hombre — continuó —. No para mí. Pero podría serlo para ti, si le das una oportunidad.

Yo medité en sus palabras largamente, y casi me sentí asustada por la gran verdad que habitaba tras ellas. Alice era una persona que ocultaba en sí una gran sabiduría.

— De niña siempre decías que el hombre de mi vida tendría los ojos dorados… —bromeé, para aligerar la repentina tensión —.

Ella sonrió y se encogió de hombros, sin otorgarle a aquello más importancia. Aun así, me pareció ver como sus ojos brillaban con un resplandor especial, que se apresuró a esconder de mi vista. Una mezcla de confusión y temor, casi como si ella misma no alcanzara a comprender…

— Supongo que los sueños no siempre pueden hacerse realidad… — dijo —.

Y yo aparté de mi mente cualquier pensamiento extraño.

— ¿De verdad Edward está interesado en mí? — pregunté dirigiéndome a él por su nombre en voz alta, por primera vez —.

— Muy interesado — enfatizó mi hermana —.

— ¿Y va a acudir a nuestra casa hoy para tratar conmigo?

Era increíble el nerviosismo que esa simple idea me producía. Nerviosismo e ilusión a partes iguales. Alice asintió. Sólo me quedaba por preguntar una cosa:

— ¿Me ayudarás a arreglarme para recibirlo?

Su brillante sonrisa fue mi respuesta.


Bella POVS, presente; Chicago.

La corriente de recuerdos se paralizó de repente. Me hallaban en un callejón estrecho, a las afueras del viejo Chicago, donde una vez se acumularon los barrios obreros y muy cerca de aquel hospital, que no me traía más que dolor y remordimientos.

Hoy, yo había huido de Alice como lo hiciera de Edward hace ya tantos años, sólo que por motivos diferentes. Con Edward, fue a causa de un malentendido. Con mi hermana no había nada de lo que pudiera hablar, simplemente, porque ella me había olvidado.

En ese momento, yo olvidé cuánto sufría por cualquiera de los dos acontecimientos. El aroma, uno del que acaba de percatarme, que se introducía por mi nariz y mi laringe, e invadía mi cuerpo entero, había silenciado los recuerdos. Un aroma fuerte e intenso que me volvía loca. Sangre, sangre derrama.

La sangre había hecho que olvidara mi huida y que dejara de correr. Muy cerca de mí se hallaba un río de sangre. Con un inmenso esfuerzo por controlar mis instintos y no permitir que la sed me llevara, caminé a paso humano hasta el final del callejón y torcí la callejuela izquierda.

Entonces supe de dónde provenía el aroma. Un cadáver, unos restos deformados y retorcidos de lo que alguna vez debió ser una joven de más o menos mi edad, fue lo que me había llamado. Incluso como vampiro, incluso con la sangre y la muerte que yo había consumido y repartido en mis muchos años de vida, pocas veces había contemplado un espectáculo tan horroroso como el de ese cuerpo mutilado.

El trabajo había sido ejecutado por uno de mi especie, no cabía la duda. La escapa piel que quedaba a la vista estaba pálida por la falta de sangre. Le habían arrancado los ojos y el cabello a gironés, habían extirpado parte de sus labios dejando tras de sí marcas de dientes, y su rostro se había convertido en una masa repulsiva de huesos, músculos, nariz y tendones. El monstruo que había hecho aquello debía estar loco, o no debía conocer la piedad…

Y a mi espalda, pude sentir como otro vampiro se acercaba…


Sé que Edward no ha aparecido mucho en este capítulo, pero prometo que para el siguiente tendrá un gran protagonismo: no sólo lo veremos en recuerdos, sino que aparecerá de verdad. Por el momento, queda la duda, ¿quién es el nuevo vampiro que ha encontrado a Bella? Se trata de Edward, o será el vámpiro loco del que hablaba Carlisle un capítulo o dos atrás. O quedaréis con la duda hasta el finde que viene.

Os mando un saludo a todas y agradezco, desde aquí, a las maravillosas personas que me dejaron su comentario en el capi anterior. Roxa CuLlen HaLe, isa-21, Day Cullen, Fabi Cullen, carmenir, carlie, desi81, LunaS Purple, yulie09, Pleas Dream with me, jhzy-malgoy-patts, Angie Cullen Hale, , Inkdestiny, N4viis13, LizzyCullen01, Amie Blair, IsaleCullen, Alexa, DaniiHale, BereCullen-Swan, Vale, Maricelli Cullen, ElizabethCUllen.21, karla-cullen-hale, nelliel-kay, kmilita, AnaM2424, Lenny94, carlota1989, NicoleC-15. ¡Habéis sido tantísimas que espero no haber olvidado a ninguna. Quiero que sepais que he leido infinidad de veces cada comentario, siempre especial, y que el apoyo personal de cada una a supuesto para mí más de lo que puedo describir. Por vosotras va este capítulo y por vosotras continua esta historia. ¡Os lo debo todo! Muchísimas gracias, de verdad.

Al resto de los lectores, os mando un abrazo. ¡Mucha suerte para todo/as!

Anzu Brief.