Disclamereir: Crepúsculo y la saga Twilight en su totalidad son propiedad exclusiva de su autora, S Meyer. Yo únicamente tomo prestados son personajes con afán de diversión y sin animo de lucro. La trama, por el contrario, si es invención mía.
Capítulo VI
Bella POVS, presente; Chicago.
A mi espalda, pude sentir como otro vampiro se acercaba…
El desconocido se lanzó contra mí portando una furia embravecida y su puño de hierro me golpeó las costillas. Grité. Sus dientes castañetearon peligrosamente cerca de mi cuello y yo lancé una certera patada en su dirección para esquivarlo. Él rugió. Fue un poderoso rugido cargado de desesperación y tormento, pero, sobre todo, rebosante de locura. Mi instinto gritó que, sin proponérmelo, acaba de hallar al vampiro loco del que hablaban los Cullen.
Me distrajo esa intuición, la que no me salvó de la potente embestida de su cuerpo contra mi espalda. Me despiste lo suficiente para que él lograra atrapar mi cabeza en sus manos y estrellarla contra la pared. El edificio entero tembló. Varios ladrillos se desprendieron de la pared y se hicieron añicos en cuando chocaron conmigo.
Controlando el dolor, aproveché la desaventajada posición para encajar una fuerte patada trasera contra su estómago. Él se apartó de mí y consiguió esquivarla. Desapareció de mi vista.
El Sol había caído y la noche estaba siendo muy oscura, de modo que presté especial atención al eco de sus movimientos, intentando anticiparme a través de él al fallido sentido de la vista. Lo logré. Salté para desparecer de su vista y después me arrojé contra su escondite desde uno de los tejados.
Su cuerpo provocó un estruendo sordo cuando caí sobre él. El choque lo aventó contra el suelo. Varios bloques de cemento se levantaron de la calle alrededor de su cuerpo y por su frente empezó a discurrir sangre. Verifiqué su estado inconsciente y me aparté de él con satisfacción.
Otro en mejor estado de salud no se hubiera incorporado. Pero su locura lo evadía de cualquier percepción del dolor. Me sorprendió al incorporarse de nuevo mientras yo ya me alejaba, y logró encajarme un golpe en el estómago y otro en la columna, que me hicieron caer al suelo rota de dolor. Escupí restos de sangre, que había ingerido esa noche. Me aparté junto a tiempo para esquivar una estocada que habría dividido mi cabeza del resto del cuerpo. No me lancé a perseguirlo cuando él retrocedió, sino reservé mis energías.
La noche era larga, y lucha acababa de comenzar.
Bella POVS; octubre de 1916, Chicago
Hoy se cumplía un año y medio desde que Edward comenzara a cortejarme, y un año exacto desde que él y yo formalicemos nuestro noviazgo. Yo había cambiado mucho, quizá no físicamente, pero sentía que permanecer a su lado me estaba convirtiendo en otra persona. Una persona mejor, más fuerte, capaz de tomar decisiones y de valerse por sí misma.
Él me amaba tan intensamente y sus muestras de amor eran tan evidentes y habituales que, hasta yo, la más incrédula sobre nuestra sorpresiva relación de entre todas las gentes Chicago, había terminado por creérmelo. Vivía mi propio cuento de hadas.
— Repítemelo otra vez — pedí, acurrucada entre sus brazos —. ¿Cómo alguien tan maravilloso como tú, acabo fijando su atención en alguien tan poco notable como yo?
Él sonrió y no se molestó en corregirme ni en amonestar mi evidente carencia de autoestima. Sabía que aunque tiempo atrás yo había considerado muy cierta aquella diferencia, ahora ya no era así. Y también sabía que yo amaba esa historia.
— Fue mucho antes de nuestro encuentro en el salón al que huiste para esconderte de Newton — relató —. Tú siempre destacabas entre las demás damas por tu aspecto de ensimismamiento y tu puchero aburrido cada vez que te forzaban a participar en la conversación.
Sus labios acariciaron mi mejilla derecha y depositaron un suave beso en mi frente, entre ambas cejas, ascendiendo hasta posarse sobre mi cabello.
— Pero entonces todavía no había despertado interés por conocerme…
Él asintió, satisfecho al comprobar que conocía el relato de memoria.
— No — corroboró —. Atraías mi curiosidad, pero no una lo bastante grande para acercarme. Mi madre comenzaba a atosigarme para que encontrara a la chica correcta que un día pudiera convertirse en mi esposa y, en consecuencia, yo me forzaba a mí mismo a odiar cuanto tuviera que ver con el sexo femenino — sus labios se torcieron una sonrisa traviesa, como sí en esos momentos, hallándome yo entre sus brazos, fuera incapaz de imaginar el porqué de tal determinación —. Además, por aquel entonces tú aún no debías haber cumplido los catorce años — concluyó con una sonrisa traviesa —.
Lo había dicho aposta para molestarme.
— Tú tampoco eras mucho mayor… — repliqué picada —.
Siempre ocurría cuando esgrimía nuestra pequeña diferencia de edad como excusa válida para tratarme como a una niña.
— Aun así. En cualquier caso — cambió de tema rápidamente, sorteando el conflicto —, fue esa curiosidad la que hizo que estuviera pendiente de ti durante de la cena de Navidad. Nunca lo olvidaré. Estabas preciosa con tu vestido azul de volantes y las mejillas sonrojadas, pese a tu frente cargada de espinillas, pero fue cuando te sorprendí tirando bajo la mesa los carísimos langostinos de la señora Standley, que supe que debía acercarme a ti.
Sonreí. Recordaba con bastante exactitud esa noche, lo enfadada que me sentía porque me hubieran obligado a acudir a la fiesta y lo mucho que me ahogaba aquel ambiente opresivo de quienes me rodeaban. Me había desecho de aquellos asquerosos crustáceos que me producían dolor de estómago con mucho disimulo, arrojándolos bajo el mantel de la mesa, pero, ya en ese momento, me había asaltado la impresión de que alguien me observaba. Había girado la vista a un lado y a otro sin descubrir a nadie.
Ahora sabía que había sido Edward quien estaba pendiente de mí, y que hubiese sido precisamente esa acción la que hiciese que enamorarse, y no otra distinta, demostraba lo especial que él era y cómo había sido concebido específicamente para mí. Por eso no me avergonzaba el saberme descubierta.
— ¿Y fue entonces cuándo te enamoraste de mí?
— Si. Me enamoré de ti en ese mismo instante, aunque tarde varios meses en percatarme. Al principio te buscaba sin entender bien la razón, pero tú siempre huías de mis atenciones.
— ¡Creía que pretendías burlarte! — me defendí sonrojada —.
Todavía me avergonzaba el recuerdo de mi comportamiento aquellos días lejanos en los que yo escapa espantada de la presencia de Edward, en lugar de arrojarme sus brazos y rogarle que no me dejara nunca. Y sin embargo, aún entonces, yo ya lo amaba. No como ahora. Pero sí estaba enamorada.
— ¿No te hizo cambiar de idea el encontrarme bajo ese sofá cubierta de telarañas y con arañas correteando por mi espalda? — pregunté con curiosidad, acurrucándome aún más en sus brazos —.
Pese a que conocía la respuesta, un escalofrío de terror ascendió por mi espalda, imaginando lo que habría ocurrido sí hubiera ocurrido de un modo diferente. Yo jamás me hubiera hallado en sus brazos. Edward nunca me hubiese besado. La vida carecería siempre de un sentido completo.
Él deslizó su boca mi mejilla y se atrevió a rozar mis labios con una caricia breve.
— Al contrario — rechazó él—. Eso corroboró mi sensación de que tú eras distinta a las demás. ¿Qué otra muchacha más que tú hubiera consentido provocarse semejante desastre para escapar de las atenciones de un joven y apuesto heredero? Me demostró que merecía la pena gastar mi tiempo contigo.
— Me alegro de que no lo hicieras — manifesté seriamente —.
Mis labios buscaron los suyos y, durante unos instantes, se apoderaron de ellos con pasión. Mis ojos buscaron los suyos entonces, ese tranquilizador iris verde que me contemplaba siempre con tanto amor, y, aunque no fuese considerado apropiado para una señorita de mi posición, me sinceré con él.
— Deseó compartir para siempre mi vida contigo, Edward — susurré, ante la antena mirada de sus ojos —. No puedo imaginar qué tipo de terrible existencia sería aquella en la que tú ya no estuvieras.
Bella POVS, presente; Chicago.
Él me juró que permanecería conmigo eternamente. Que siempre me protegería y que jamás permitiría que cualquier pena pudiera afligirme, que espantaría cualquier mal que se atreviera a acosarme. Él me mintió.
¿Por qué sino, no atendía ahora mi llamada? ¿Por qué no acudía a salvarme? Durante cien años había caminado en soledad. ¿No era ya castigo suficiente? ¿Por qué no acudía y se reunía conmigo?
Una nueva oleada de dolor me atravesó cuando las afiladas uñas del vampiro arañaron son saña en la piel de mi rostro. Yo aullé de dolor tras percibir como se desprendía algunos jirones. Él no aprovechó mi despiste para acabar conmigo rápidamente, sino que rasgó mi cuello con sus dientes y desapareció antes de que yo pudiera enfocar su rostro. Era rápido, mucho. Y mortífero.
Un destello carmesí me advirtió de su presencia a pocos centímetros de mi costado izquierdo. Me alcé en el aire en una voltereta lateral y esquivé la estocada que él dirigía de nuevo contra mi espalda. Estaba loco, y yo sabía que él estaba jugando conmigo como una vez yo disfruté jugando con su comida. Sus ataques eran tan agresivos como desesperados, pero mortales. A diferencia de mí, él no luchaba para proteger su propia vida. Estaba segura de que ésta le era indiferente, lo cual le confería ventaja.
Deseé que Carlisle o cualquier otro miembro de la familia de los Cullen apareciese para ayudarme; lo deseé desesperadamente. Pero, por el momento, aquella era mi lucha y yo me hallaba sola para enfrentarla.
Me atacó de nuevo. Un severo crujido en mi espalda atestiguó que sus garras habían alcanzado el objetivo, a pesar de que yo había logrado esquivar una patada simultánea dirigida a mi estómago. Nuestros puños colisionaron en el aire. Se produjo un fuerte estruendo, como provocado por dos rocas chocando y haciéndose añicos. Su frente golpeó con fuerza mi mentón. Mis dientes crujieron. Aullé de dolor. Él emitió un rugido estremecedor que en mis odios pareció un canto a su propia locura.
Mis heridas anteriores ya habían cicatrizado. Los excesos de sangre que había consumido la noche anterior aceleraban mi curación y me dotaban de una gran fuerza. Pero el acababa de alimentarse. Grandes tragos de sangre fresca arrebatada a esa pobre desgraciada. Una muchacha joven y rebosante de vida y, si mi olfato no fallaba, una virgen. Eso jugaba en mi contra.
Mi puño derecho colisionó contra su costado; mientras, yo me agaché y conseguí colarle una estacada contra su rodilla. Esta vez fue él quien aulló de dolor. Dispuesta a aprovechar la súbita ventaja, golpeé repetidamente su estómago, a una velocidad sobrehumana, y no me detuve hasta que él comenzó a escupir sangre de su boca. Lo arrojé con fuerza contra la pared de la esquina, dispuesta a concluir el trabajo.
Su cuerpo inerte emergió de entre las sombras. Durante un instante, sólo un instante, la luz iluminó sus facciones, y yo me despisté. Quedé paralizada, presa de la demencia y de los fantasmas pasados.
Fue un tremendo error.
Él recuperó su conciencia y se lanzó contra mí, de nuevo al interior del oscuro callejón, con una rabia y una locura renovadas. Sus movimientos fueron tan veloces que apenas los pude percibir. Su mano derecha se apoderó de mi cuello y apretó con fuerza. Éste crujió. La mano izquierda comenzó a golpear mi estómago repetidas veces como venganza. Después, él arrojó mi cuerpo a lo lejos como si fuera un desperdicio, donde las viejas farolas dotaban de un tenue resplandor ambarino a las paredes.
La batalla estaba perdida. Yo quería vivir.
El deseo, tan desesperado e intenso, me sorprendió por su fuerza. Quería vivir. Habían transcurrido cien años desde la última vez que reconociera un ansia parecida. Y había sido necesaria un situación como ésta, donde yo, herida y maltrecha, viera mi final tan próximo, para que el deseo surgiera a la luz de nuevo. Quería vivir. De modo que hice lo único coherente y racional que podía hacerse en una situación como aquella. Me incorporé cojeando y huí.
No era la primera vez.
Bella POVS; Julio de 1918, Francia. Campo de batalla.
Un atronador estruendo resonó en nuestros odios. El edificio tembló, como ya era habitual. Del techo se desprendieron trozos de caliza minúsculos. Las bombas se habían convertido en un sonoro habitual estos días pero, aun así, yo no pude evitar que mi corazón se acongojara.
— Son ellos otra vez, ¿verdad? No se detendrán hasta que estemos todos muertos…
Miré al niño asustado que me había hablado. Curioso que lo llamara niño cuando él era un poco mayor que yo. Dieciocho años recién cumplidos. Seguramente, antes de la guerra se consideraba muy hombre. Pero, contrario a lo que había dictado el gobierno, en ningún caso preparado para enfrentar estos horrores. Nadie lo estaba.
Mis manos temblaron bajo los discretos bolsillo de la bata de enfermera. Apreté los puños con fuerza para detener el movimiento. Necesitaba ser valiente para trasmitirle fuerzas. Aun cuando en el fondo de mi corazón, yo estuviese de acuerdo con sus palabras.
— Tranquilízate —le dije—. Saldremos de ésta. Te lo prometí, ¿recuerdas?
Él sonrió. O mejor dicho, sus labios, partidos por la mitad con una horrenda cicatriz, se torcieron en una mueca deforme que pretendía ser una sonrisa. Sus ojos verdes me observaron y yo supe que aunque él no compartía mi esperanza, agradecía mi apoyo.
Por un segundo, mi corazón tembló ante sus ojos.
— Enfermera Swan — el médico jefe me llamaba—. Coloqué al paciente siete una dosis de penicilina. Debo operarle con urgencia.
Obedecí. Él no concluyó la frase. No fue necesario. Incluso el propio "paciente siete" sabía que en las actuales condiciones era imposible realizar cualquier intervención. Moriría pronto. Otra más. El que sólo fuese un número lo hacia algo más fácil.
Inyecté el antibiótico al pobre desgraciado mientras el eco de una nueva bomba congelaba mis odios — y mi alma —. Una de las últimas dosis que nos quedaban. Quizá, después de todo, no necesitáramos el resto. Los alemanes se estaban aproximando peligrosamente. Yo sabía que habíamos sido rodeados en un cerco de muerte.
Concluí mi trabajo con corrección y regresé junto al paciente anterior ignorando la mirada de advertencia que me dirigió el médico. Los ojos verdes del paciente estaban cerrados pero se abrieron para recibirme. Le tomé la mano. Él también temblaba. Estaba tan asustado como yo. Cualquier entre nosotros palabra sobraba.
Aguardamos por horas. El estruendo de las bombas y la guerra se acercaba cada vez más. En mi mente, no señalaban la llegada de los alemanes o de sus tanques o de sus aviones de guerra. Sólo veía una guadaña. Una guadaña empuñada por un ángel negro que venía a aniquilarme. Era mucho más fácil creer que todo aquel horror no era obra de una mano humana. Porque… ¿qué humano lo haría?
Me incorporé un par de veces para atender a otros pacientes que me necesitaban, pero siempre regresé con él. Hasta que él médico nos llamo y nos reunió a todas las enfermeras.
— He recibido un telegrama de Londres —nos dijo—. Este territorio está perdido. Nos han dado orden de evacuar a los heridos capaces y de abandonar aquí el resto — yo grité, horrorizada; no fui la única. Sus ojos castaños se clavaron en mí con más intensidad que en las demás—. Es el único modo de algunos sobrevivan. De lo contrario moriremos todos.
Lo peor es que la excusa era verdad, aunque a mí me sonó a vil mentira.
Regresé a la cama de mi paciente especial. Sus ojos reflejaron un profundo temor. Él ya sabía que nos marchábamos. Ignoro si había logrado escucharnos o lo llevaba intuyendo ya tiempo. Me senté a su lado y tomé de nuevo su mano.
— Yo no me voy —afirme—.
Por mucho que intentaron convencerme, ninguno lo consiguió. Se acabaron yendo sin mí. Estaba arriesgando mi vida. Sabía que iba a morir. Y, sin embargo, seguía siendo un acto egoísta. Por que en mi mente, el paciente trece no era el paciente trece. Ni Lucas, su verdadero nombre. Él era Edward.
Sus ojos verdes y una línea en la curva de su mentón me recordaban vividamente a él. Pero, ante todo, sus situaciones eran las mismas. Ambos demasiado jóvenes, ambos en la flor de la vida, ambos rebosantes de esperanzas y sueños, ambos arrojados a la crueldad de una guerra de la que nunca desearon formar parte.
Si yo me marchaba ahora, si yo lo abandonaba, ¿quién me aseguraba que la enfermera que estuviera a su lado, cuidado de mi amado Edward, no obraría del mismo modo?
Tal vez fuera un razonamiento ilógico, pero así lo sentía en ese momento. De modo que me quede. Lucas había perdido las piernas en una explosión y no había modo de trasladarle. Me quedé con él, convencida. Compartiríamos el mismo destino.
Nadie ni nadie, excepto el auténtico Edward, habrían logrado forzarme a cambiar de idea… Hasta que comenzó el bombardeo.
Si durante días había escuchado el lejano eco de las bombas acercándose, ahora aprendía que éste no era nada en comparación con una auténtica explosión a doce metros de ti. Y no fue una, fueron muchas.
El refugio comenzó a derrumbarse literalmente. El techo se desprendía a pedazos. Era de noche, pero la luna llena permitía ver con bastante claridad lo que sucedía, siempre envuelto en tinieblas. Un trozo de techo cayó sobre un enfermo, el paciente número ocho, y lo condujo a su muerte. Muchos otros, incluso los inválidos, huían de sus camas y trataban de escapar a rastras. Moriría al poco tiempote haber abandonado la enfermería.
Uno enloqueció y me apuntó con un arma. Yo creí que iba a matarme.
— Niña, ¡corre! —ordenó—.
Después resonó un disparo. Pero él ya no me apuntaba a mí, sino a sí mismo. Sus sesos estallaron tras el impacto de la bala. Su sangre roja salpicó la falda blanca de mi vestido. Caí al suelo y vomité, repugnada. El sonido de las bombas y de los aviones cruzando el cielo ya no era el único. Ahora se escuchaba también el estruendo de los tanques y de las ametralladoras. Mi corazón latía desbordado. Ese ruido me estaba volviendo me loca.
Lucas aún agarraba con fuerza mi mano. Su rostro estaba empapado por las lágrimas. No me soltaba.
— No me dejes, no me dejes, no me dejes — suplicaba una y otra vez con los párpados firmemente apretados—.
Yo lo intenté, lo juro. Me esforcé hasta el límite por cumplir mi promesa. Pero, en algún momento de aquella locura de noche, el terror fue demasiado. Tanto, que aún hoy nubla mis recuerdos. Sé que impacto una nueva bomba, a escasos metros de mí, y el que estampido devoró mis odios. Sé que no pude resistirlo más.
Me incorporé y huí. Escape de la muerte y de esa locura que era la guerra sin cuestionarme en qué dirección. Fui cobarde. Lo abandoné. Y jamás fui capaz de perdonármelo. Incluso en mi vida como vampiro continúe creyendo que si yo hubiera obrado de un modo distinto aquella noche, más valiente, si yo no hubiera incumplido mi promesa y nunca le hubiera abandonado, tal vez el destino de Edward hubiera sido diferente.
Pero cuando yo regresé a Chicago, algunos meses después, ya era tarde. Mi amado había desaparecido del mundo para siempre.
Bella POVS, presente; Chicago.
Él me atrapó en un instante. Agarró mi pierna izquierda y me arrojo contra la pared de un edificio abandonado. El suelo tembló. La construcción estuvo a punto de derrumbarse. Yo supe que quería vivir. Y supe también que ese vampiro iba a conducirme a la muerte. Pero decidí que, al menos, en esta ocasión, afrontaría los hechos con valor.
Me giré para encararlo. Sus ojos carmesí brillaron con un destello profundo de locura. Su rostro estaba cubierto de sangre, con especial atención la piel que encuadraba sus labios. Sus facciones se hallaban torcidas en una mueca salvaje que dejaba al descubierto sus dientes. No había nada en él que me recordara a un humano, al humano que un día tuvo que ser. Sin embargo… me paralicé.
Era… imposible.
Los recuerdos me estaba volviendo loca, no había duda. Ya no bastaba con atormentarme día a día con su memoria, la memoria de él y de mi hermana pérdida, sino que ahora, también…
Su mano se apoderó de mi cuello. La presión era tan grande que yo supe que pretendía quebrármelo. Como vampiro no necesitaba respirar y, aun así, el dolor detuvo cualquier influjo de pensamientos. De un fuerte tirón, alzó mi cuerpo del suelo y lo estrelló contra la pared. Yo mantuve los ojos cerrados. Había luchado con valor y había perdido. Sabía que aquel era el final. Un simple movimiento de su mano y mi cuello sería arrancado del resto del cuerpo. Deseé que todo acabara muy rápido.
Esperé.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres segundos.
Si mi corazón hubiese vivido, sus latidos hubieran marcado el tiempo. Pero el temido final no se produjo. La presión de su mano cedía, muy ligeramente, pero cedía. La curiosidad desplazó mis párpados. Mis pupilas se abrieron. Mis iris carmesí coincidieron con el intenso rojo escarlata que emanaba de los suyos.
Él aulló. Fuerte, potente, desgarrado. La expresión de su rostro, deformado por la locura, adquirió ahora una mueca de soberana amargura, una tribulación tan espantosa, tanto dolor… tanta agonía… que me hirió el corazón sin motivo.
Sus dedos, los que sujetaban mi cuello, habían perdido toda su fuerza. Yo era libre para retirarme. Me había salvado. Él me había perdonado la vida… O había sido capaz de matarme. En cualquier caso, a mí, en ese momento, nada de aquello me importaba lo más mínimo.
Yo lo odiaba. Lo odiaba con una intensidad que jamás me creí capaz de sentir. Lo odiaba y lo detestaba por usurpar su hermoso rostro. Pero aún más me odiaba a mí.
Yo, cobarde y débil Bella… Incapaz de diferenciar la realidad de una fantasía. Mi insalubre amor había consumido mi vida y mi cordura. Ya había ocurrido una vez, hacía muchos años. Pero entonces fue diferente. Había intentado salvarme. Ahora él venía a por mí, tratando de matarme.
Con una furia que un día me hubiera creído incapaz de sentir, una que rayaba la demencia y se aproximaba con fuerza a la enajenación, me revelé contra la alucinación y me lancé al por aquel vampiro.
Nuestras posiciones se invirtieron.
Bella POVS, septiembre 1918; Chicago.
Mis labios cautivaron las últimas gotas de sangre y arrojaron lejos el cadáver de la mujer, que adoptó una grotesca postura al caer al suelo. No me fije en él, ni sentí compasión por ella.
Mi Edward había muerto y su dulce Bella había muerto con él. Sólo quedaba un monstruo con ansias de sangre y de locura, que haría cualquier cosa por volver a contemplar su imagen una nueva vez. Y funcionaba. Siempre funcionaba. Pese a que, como el cuantioso número de cadáveres que había acumulado aquella casa desde mi entrada demostraba, esa vez estaba tardando un poco más que las demás en aparecer.
Caminé sin prisa por el pasillo desierto, guiándome por el sonido de unos acelerados latidos que no provenían de mi corazón. Me detuve ante la entrada de una habitación, él estaba dentro. El muy estúpido humano se había acorralado a sí mismo en una ratonera. Abrí la puerta y descubrí un dormitorio. Estaba vacío, en apariencia. Yo conocía mejor.
Me concentré. El sutil lagrimeo de unos sollozos alcanzó mis odios. Provenía del armario. Tal vez el humano no fuera tan estúpido, o tal vez…
Mis manos separaron las puertas de madera. Mi intuición había sido correcta; no fueron los ojos de un adulto quienes descubrieron mi mirada escarlata, sino los ojos de un niño. Un inocente niño que rondaría los cuatro años.
El pequeño clavó en mí su mirada asustada. Yo sonreí para tranquilizarlo. Él no sospechó de mí. No había suficiente luz en el dormitorio para que distinguiera el carmesí de mis pupilas, donde había brillado el castaño. Para él, yo era una muchacha joven y hermosa. Regido por su intuición infantil, el peligro había pasado.
Me enternecí. Había transcurrido tanto tiempo desde que alguien me observara sin temor en su mirada… Como si fuera de nuevo humana. Lo abracé.
— ¿Se han ido ya lo monstruos? —preguntó, mientras correspondía mi abrazo—.
Había ocultado su cabeza en el hueco derecho de mi cuello y sus pequeñas manitas se aferraban a mí con fuerza extraordinaria.
— Se han ido y no volverán —prometí—. Estás a salvo.
Él suspiró con alivio. Sus músculos se relajaron perceptiblemente. Pude sentirlo. Me había entregado su confianza. El dulce y atractivo hedor de su sangre inundó mis fosas nasales, a pesar de que el ritmo de su corazón había disminuido de forma notable.
— No te preocupes —le dije—. Yo te protegeré para siempre.
— ¿De verdad?
— Te lo prometo. Jamás permitiré que los monstruos te hagan daño de nuevo.
Aunque él no lo vio, pues continúa apoyado sobre mi cuerpo, mis ojos brillaron de un modo peligroso tras formular esa promesa. Lo acuné un poco más, pretendiendo que se relajara del todo. Mientras, mi nariz aspiró la deliciosa fragancia que ascendía desde su cuello.
Y, por fin, como yo ansiaba, él apareció.
— ¡Bella no lo hagas!
Su tono fue el de una orden, sin una pizca de comprensión o cariño, o alegría por verme. Eso me enfureció. Pero estaba demasiado extasiada ante su ansiada presencia para reprocharle nada.
Era él. Mi Edward. Así como mi memoria fallaba para recordar su espíritu intacto, cuando yo bebía sangre, cuando me excedía en mi crueldad, él se presentaba ante mí con todo su esplendor.
Un aura de tenue luminosidad era la única indicación de que el ser frente a mí no era el Edward real, sino sólo una alucinación. En mi estado febril y de locura, extasiada por la sangre que consumía en gran acceso, yo no sabía esto. Tampoco me cuestionaba si él era real o no. Lo único que veía era que Edward se hallaba de nuevo a salvo, y que volvía conmigo. Era todo cuanto importaba.
— Edward… ´—susurré su nombre con un susurró febril, pero de extremo dolor—. Estás a salvo. Yo sabía que no habías muerto. ¿Por qué no te quedas conmigo, Edward?
El niño en mis brazos se tensó, confundido de escucharme hablar con alguien que no se hallaba en aquella habitación. Se revolvió e intento escapar de mi abrazo. Yo estaba demasiado extasiada para percibir cualquiera de sus esfuerzos, pero la fuerza con la que lo sujetaba era demasiada para que él lograra soltarse.
— Bella, detente. Te conozco, tú no eres así —sus ojos verdes fueron para mí dos ganchos que atravesaban mi alma—. Si me amas, deja que el niño se vaya.
Asentí, conforme. Si eso era lo que él quería, lo haría por él. Humana o vampira, aún haría cualquier cosa por él.
— Lo dejaré marchar si te quedas conmigo —exigí a cambio—.
Su expresión se deformó en una expresión de infinita tristeza. Pero él no se movió, ni intento abrazarme, continuó inmóvil frente a mí, como una estatua de hielo. Únicamente las facciones de su rostro se contrajeron al mirarme, cargadas de sufrimiento.
— Sabes que eso no es posible…
— ¿Por qué? —en mi locura, de verdad no lo comprendía—. ¿Si tú me quieres, porque no regresas conmigo como prometiste?
— Porque no es posible…
— ¡Me has abandonado! Prometiste que siempre estaría conmigo, protegiéndome — mi amor se transformó en odio muy rápidamente —. Pero te irás, siempre desapareces. Si tú no cumples tus promesas yo no tengo porque cumplir las mías.
— ¡Bella, por favor!
Sus facciones se descompusieron en una súplica agónica. En su frente, entre ambas cejas, habían surgido las arrugas que yo reconocía. Las mismas que antaño surgían siempre que él estaba preocupado o furioso. ¡Lo había hecho preocupar y enfurecer tantas veces siendo humana! Sus hermosos ojos verdes permanecían sobre los míos y había un brillo especial en ellos… Yo supe que a pesar de su actual furia, a pesar de haber muerto y haber roto su promesa, Edward todavía me amaba. El conocimiento me aportó un extraño consuelo.
Sin desviar la vista de él, volví a centrar mi atención el niño. El pequeño había abandonado su expresión tranquila y lloraba y pataleaba, tratando de soltarse, más asustado aún que antes. Un alarde de compasión se extendió a través de mi frío corazón. Sentí pena por él.
Edward continuaba observándome, ansioso, atento a mi próximo movimiento. Le sonreí. Tantos meses sobrellevando su ausencia me había conducido a olvidar dicha práctica, pero confié en que mis labios aún recordaran cómo colocarse y en que él encontraría mi sonrisa tranquilizadora. Mi mano derecha acarició el sedoso cabello del niño, que se agitó con más fuerza.
— No dejaré que los monstruos se te lleven —repetí, bajo la atenta mirada de mi amado—.
El pequeño no me escuchó, sus sollazos borraron cualquier palabra mía. Pero Edward sí que me oyó. Sus facciones se relajaron y su rostro volvió a adquirir la misma expresión de alegría y alivio que yo tanto había amado. Confiaba en mi promesa.
— Te amo, Bella —susurró desde la lejanía—.
— Lo sé —respondí—. Y yo te amo a ti.
Me permití a mí misma contemplarlo un instante más, grabando con exactitud en mi memoria cada una de sus delicadas facciones y, especialmente, su expresión de felicidad. Entonces, en mis ojos surgió un brillo vengativo. Y el movimiento de mis colmillos fue tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a él tiempo para protestar.
Giré mi rostro y hundí mis dientes en la sedosa carne del cuello niño. Él chilló. Su sangre comenzó a inundar mi paladar. Pataleaba y lloraba, pero pronto yo había ingerido demasiada y él perdía sus fuerzas.
Edward me contemplaba horrorizado. En ningún momento mis ojos se habían desviado de los suyos, aún mientras bebía. Esto es culpa tuya, pretendía decirle. Tú me abandonaste. Que esta muerte caiga sobre tu conciencia. El pequeño pronto dejo incluso de llorar. En breve yacería muerto contra mi pecho. Y yo me sentía feliz, extasiada, como si, de repente, ninguna pena ni ningún peligro pudiera acosarme. El exceso de sangre me aportaba esa sensación. La necesitaba.
Absorbí hasta la última gota de ese líquido carmesí, hasta que sentí cómo se apagaba la vida del niño en mis brazos. Aún entonces, todavía lo apuré un poco más. Después, me incorporé, y su cadáver se deslizó entre mis brazos. Cayó al suelo en un estruendo seco. Me relamí los labios, satisfecha. Me sentía feliz, inmensamente, pues me había vengado. Y sin embargo, las últimas cenizas de humanidad que aún ardían en mi corazón se congelaron como si hubieran sido sacudidas por un viento helado.
Negándome a sentir compasión, demasiado enloquecida para comprender qué era real o qué no, o para arrepentirme, di la vuelta a mi cuerpo y me alejé de él, del cadáver del niño y de aquella habitación. Mis ojos enloquecidos chispearon. Giré el cuello y sonreí cruelmente a al imagen de Edward una vez, mientras él se desvanecía. No sentía dolor por su pérdida. Mis deseos se estaban ya puestos en mi próxima presa.
Bella POVS, presente; Chicago.
Fueron días oscuros aquellos, después de mi transformación y del descubrimiento de su muerte. Pero su imagen aparecía siempre para frenarme y, aunque yo lo ignoré en ese momento, fue gracias a ella que conservé mis últimos resquicios de humanidad. Ella me mantuvo cuerda dentro de mi locura, obligándome a recordar, y fue gracias a ella que un día sané. Visto desde una amplia perspectiva, Edward me había salvado. Eso podía consentirlo. Pero no que mi mente impusiera su rostro al vampiro loco que deseaba matarme.
De modo que ataqué. Con mucha furia. Toda la ira que, sin saberlo había acumulado en ochenta años, se liberó. Perdí el control de mí misma. Primero lo golpeé con saña, entre las costillas, en la columna, en la entrepierna, en el cuello. Él intentaba defenderse, pero dedicaba a ello muy poco entusiasmo, casi como un autoreflejo, o quizá es que yo fuera demasiado veloz para esquivarme.
Después empleé mi don, incluso insegura de cómo funcionaría éste en semejantes circunstancias, para enloquecerlo. Él rugió y se aovilló sobre el suelo. Yo estaba demasiado adentrada en mi locura para concebir una sospecha oscura sobre semejante comportamiento. Lo pateé en el mentón, resquebrajando en dos el hueso. Y en la nuca. Y sobre la base de la espalda. Y, finalmente, con aullido de rabia suprema, mis manos apresaron su cuello y mi puño lo atravesó, separando éste del resto del su cuerpo. Su cabeza rodó por el suelo, hacía la zona alumbrada.
Yo respiré con alivio y medé caer sobre la acera, recuperando poco a poco el dominio de mi misma. Había estado muy cerca de enloquecer por completo, como ya ocurriera una vez. Me lo reproché. Tal vez debería olvidar simplemente mis viajas a Chicago y no regresar jamás a esa ciudad. Incluso cien años después de nuestro último encuentro, yo seguía dispuesta a dar mi vida por él, sin dudarlo un instante, pero mi cordura era un precio demasiado alto… Edward no hubiera querido eso para mí.
Suspirando, volví a incorporarme y caminé hacía la zona alumbrada. Debería quemar los restos del cadáver, para que no hubiera forma de que volviera a la vida, pero antes debía probarme algo a mí misma. Me arrodillé y tomé la cabeza con mis manos. Era un espectáculo grotesco, incluso si sus heridas ya hubiera sanado y su mandíbula estuviera recta de nuevo. La alcé y permití que la luz la enfocara.
Necesitaba contemplar el autentico para evidenciar ante mí misma lo muy engañosas y lo peligroso de mis alucinaciones. Sin embargo… parpadeé. Yo no estaba loca en ese momento, estaba segura. La cordura regía mis acciones y pensamientos. Sin embargo…
Mis piernas temblaron, incapaces de sostenerme. Sin desprender todavía ese pedazo de cráneo, caí de rodillas. No era posible. La mera idea era una ridiculez. Y sin embargo…
Yo ya había contemplado alguna vez aquel rostro que la ceniza luz de una vieja farola iluminaba para mí. Una vez… hacía muchísimo tiempo. Pero él no había cambiado. O quizá si lo había hecho. Porque entonces sus ojos no eran rubíes brillantes como ahora, ni sus facciones habían estado torcidas en una mueca demencial de locura; la línea de su mentón había sido un poco menos rígida y su piel varios tonos más oscura… Pero, aun así, era él.
Yo lo sabía porque ningún otro rostro me habría afectado de la misma manera. Ningún otro habría conseguido que los latidos de mi corazón se aceleraran, pese a que éste llevaba décadas muerto, ni que mis manos heladas entraran en calor, ni que mis ojos se cubrieran de lágrimas rojas de amor.
Mi amor…
— ¡Edward!
¡Sorpresa! XD
Creo que el giro de este capítulo os habrá sorprendido a toda/os. Mencionasteis muchas posibilidades respecto al encuentro de Bella y Edward, pero creo que a ninguna se os paso por la mente que, en realidad, Edward fuera el vampiro loco del que hablaron los Cullen, y no un miembro de la familia de estos. Si alguno lo adivinó, ¡enhorabuena! Para el resto, esperó que este giro en la trama no le resté el interés. ¡Yo creo que sucederá la contrario!
Muchos misterios quedan pendientes para el domingo próximo, ¿qué hará Bella ahora que sabe quién es Edward? ¿Lo perdonará por haberla atacado? ¿Lo abandonará? ¿Lo reconstituirá o se lo llevará con ella? ¿Y Edward? ¿La reconocerá o estará demasiado inmerso en su locura? ¿Qué sucederá con los Cullen? ¿Ellos deseaban matar al vampiro para prevenir una posible intervención de los Volturi? ¿Reconocerá Carlisle a su pupilo o no fue él quien lo convirtió?
En fin, de momento, los agradecimientos. A Carmenlr, Fabi Orta, Angie Cullen Hale, Roxa Cullen Hale, karla-cullen-hale, Aztore, yulie09, LizzyCullen01, Lady Kona, Whitlock, , LunaS Purple, lore cullen potter 95, NicoleC15, Amie Blair, ElizabethCullen.21, N4viis13, Lenny94, isa-21, daianitahh, Tinteii. Múchísimas gracias chicas (y chicos). La historia próxigue gracias a vuestro apoyo y esta capítulo ha ido dedicado a vosotras. De verdad, no sé cómo agradeceros los animos y los consejos que me envias con tanto cariño, pero qué sepais que los leos todos cien veces y que os los contesto con el mismo sentimiento. Un saludo muy fuerte para vosotras. Y al resto de los lectores en silencio, les envio un abrazo.
¡Cuidáos mucho!
Anzu Brief.
