oOo Recomendación Musical: Undisclosed desires de Muse
Ya llevaba una semana en el colegio y no había tenido ocasión de hablar con Rose para darle su libro ni para llevar a cabo mi plan. No tenía ni idea de dónde diablos se metía. La primera noche intenté hablar con ella en la Sala Común, tras la cena. Pero no aparecía y yo me quedé dormido encima del sofá. No supe a qué hora había sido eso, posiblemente pasada la medianoche. Alexander me despertó a la mañana siguiente, antes de que los demás pudiesen verme allí tirado. Sería dar demasiadas explicaciones y no era buena idea.
Los siguientes días me los pasé recorriendo el castillo, tras las clases, buscándola. Era desesperante. Necesitaba verla, quería oler su pelo y observar sus pecas. Quería escucharla discutir con Molly por el hecho de darle más importancia al quiddicth que a los estudios. Quería verla leer un libro, metida en la historia como si ella fuese otro personaje más.
Por lo visto no iba a ser posible, porque ni en la Sala Común nos veíamos.
Otra posibilidad eran las cenas, pero tampoco la veía. Debía bajar antes que los demás para que nadie la viese.
Yo seguía siendo incapaz de entender el motivo de este tipo de comportamiento. No le había dado ningún motivo para que no dejase de hablarme, ¡ni siquiera el accidente de la estación y los baños podía hacer que dejase de dirigirme la palabra! La decisión que tomé fue sencilla: dejar de buscarla. Llevaba su maldito libro siempre conmigo, por si la veía de lejos para poder dárselo.
La decisión me costó llevarla a cabo los primeros días. Me era muy difícil no buscarla a casi todas horas. En los pasillos solía girarme de vez en cuando por si la veía aparecer con Albus o con alguna de sus amigas. Alguna que otra vez la veía, pero no tenía ocasión de hablar con ella, enseguida tenía que irme para llegar a tiempo a la siguiente clase. Y además la gente la tapaba y se perdía de vista a los pocos minutos.
Pronto el ritmo del colegio comenzó a absorberme por completo. Primero fueron las clases, que a pesar de llevar un par de semanas en el colegio, ya se volvían muy pesadas. Estábamos saturados de deberes y trabajos. Quitarme los ÉXTASIS era algo que me importaba, no sabía qué quería hacer al terminar, aunque me gustaría ser jugador de quidditch. Pero aprobar todos los exámenes con buena nota era algo que tenía que intentar y me costaba un gran esfuerzo, no era uno de los estudiantes más brillantes, ser tan vago me lo impedía pero ahora tendría que ponerme las pilas. Luego también tenía el inconveniente de ser el capitán de Gryffindor, lo que todavía reducía más mi tiempo libre. Tenía que planear los entrenamientos, solicitar el campo cada vez que lo necesitábamos para poder practicar, vigilar a cada jugador para que no se metiesen en problemas…era un fastidio.
Lo único que podía ayudarme de alguna manera era probar a Rose. Y esa opción también me la habían arrebatado. En cuestión de días había pasado de estar por los pasillos buscándola a encerrarme en la biblioteca para estudiar.
Así pasó el primer mes sin demasiadas novedades, llegando por fin el mes de octubre. Lo único salientable fue la fiesta de Halloween, en la que todos nos habíamos podido disfrazar como nos diese la gana. Yo fui de vampiro. Alexander había ido de hombre lobo, mientras que Albus de calabaza gigante. Lily iba junto con Roxanne de fantasma. Hugo y Louis se habían aliado para ponerse cuchillos de mentira que atravesaban la cabeza. Todo el mundo habría ido disfrazado a excepción de una persona: Rose Weasley. Era casi la única que no llevaba disfraz. Iba con la túnica de Gryffindor y estaba sentada entre mi hermana y Molly. Me di cuenta de que no hablaba demasiado y que parecía cambiada desde la última vez que la había visto o hablado con ella. Como si algo hubiese provocado ese cambio.
Eso todavía provocó más interés en mí, quería saber el motivo de ese cambio y una parte de mí agonizaba pensando que tal vez estaba mal. Era tan extraño su comportamiento…ella siempre estaba alegre.
¡Ah! Casi se me olvida…Thalia, para colmo, tampoco me dirigía la palabra. Es más, ella sí que me evitaba. Se lo notaba a leguas. Al principio me molestó. Ella era la que tenía interés en que nos viésemos, nos besásemos y todas esas cosas que siempre hacíamos. Pero ahora se había esfumado. Con el paso de los días acabé por asumirlo y pasó a darme completamente igual.
El mes de octubre pasó, y el de noviembre también. Seguía rodeado de libros la mayoría del tiempo, la otra mitad la pasaba rodeado de quaffles y pizarras donde apuntaba tácticas de juego. El primer partido de Gryffindor tuvo lugar a mediados de noviembre, contra Hufflepuff. Ganamos sin mucha dificultad, situándonos los primeros de la tabla de clasificación.
Rose seguía como siempre, extrañamente callada y distante de todos. Aunque dudaba de que eso fuese totalmente cierto. Era muy parecida a su madre: siempre estudiando, seguía las normas, ayudaba a los que lo necesitaban…pero también había heredado rasgos de su padre. Ella era tan impulsiva como Ron y tenía un toque de rebeldía, haciendo lo que quería y cuando lo quería. Era una mezcla explosiva que yo quería probar.
Y digo que eso no podía ser totalmente cierto, pues cuando estaba con sus amigos su expresión se transformaba, sonriendo la mayor parte del tiempo y bromeando. Solo se entristecía cuando estaba sola.
El mes de diciembre entró con fuerza, nevando al tercer día del mes. Estaba entusiasmado con la noticia. ¡Por fin nevaba! Adoraba el frío y la lluvia, pero la nieve era algo que me perdía completamente. Esa misma tarde habíamos bajado todos para jugar con la nieve. Las chicas habían preferido quedarse en el Gran Comedor, al fuego de la chimenea.
Afuera, nos habíamos organizado en equipos: Alexander, Michael y yo contra Hugo, Fred, Albus y Louis.
Éramos minoría y eso se demostró cuando perdimos. Mi hermano me lo restregó unos instantes hasta que le lancé una bola de nieve a la boca, lo que desencadenó otra guerra de bolas.
A eso de media tarde, cuando estaba empezando a oscurecer, regresamos todos al colegio. Con el pelo congelado por la nieve que se había quedado allí, colorados y con las manos heladas. Teníamos unas pintas horribles.
En los terrenos había muchos alumnos que hacían el mismo camino que nosotros, seguramente habían estado haciendo muñecos de nieve o batallas de bolas. ¡Todo el mundo disfrutaba de la nieve!
Llegamos a la puerta principal del colegio, y tuvimos que esperar unos segundos antes de poder pasar porque delante nuestra iba un grupito de alumnos de tercero.
─ ¿Vas a quedarte en Hogwarts durante la navidad, James? –me preguntó mi hermano Albus, mientras cruzábamos las puertas de roble. No me había dado cuenta de que en unas pocas semanas sería navidad.
─No lo sé ─dije meditando la respuesta. Si alguien se quedaba yo también podría hacerlo. Así aprovecharía para descansar un rato de los estudios en el colegio. Hogwarts se quedaba vacío y esos momentos eran perfectos para pasear y pensar, sin alumnos correteando y gritando─. ¿Tú que harás?
Pareció pensarse la respuesta unos cuantos segundos.
─Yo me voy a quedar, soy prefecto y debería quedarme a vigilar todo esto.
El bueno de Albus dando ejemplo a todo el mundo. No se lo reprochaba, pero que intentase ser perfecto me sacaba un poco de mis casillas no sé por qué. La diferencia más fundamental entre Albus y yo era que él quería destacar por su buen comportamiento y llegar muy lejos. No en vano era un Slytherin ambicioso. Pero en el buen sentido. Albus tenía de malo lo que yo de santo.
─Qué raro que no vuelvas a casa ─respondí yo como si fuese una verdad contrastada científicamente. A Albus la navidad le encantaba por el mero hecho de estar con la familia. Dudaba que algún primo más se quedara en esta época, pero por si acaso iba a preguntarle, nunca se sabía. Si solo se quedaba él yo también me quedaría─. ¿Sabes si alguien más se queda?
─Se quedan Rose y Hugo. Y tal vez Lily.
Escuchar que ella se iba a quedar me inundó de una inesperada felicidad. Ahora sí que podría buscarla y pedirle explicaciones. En mi cara se extendió una sonrisa, pero traté de borrarla lo más rápido posible. Albus ya estaba poniendo caras raras por mi expresión. No sabía por qué sonreía así, y tampoco quería que lo supiese.
Los demás chicos se habían ido ya a la Sala Común, dejándonos solos a nosotros dos. En parte lo agradecía, no quería que nadie más se enterase que Rose se iba a quedar. Era como un deseo de acaparación que me salía sólo con ella.
─ ¿Sabes si ya se puede apuntar en las listas la gente que se queda? ─vi como en su expresión se extendía la sorpresa.
─ ¿Te vas a quedar aquí…en Hogwarts?
He de decir que solo me había quedado en el colegio en la época de Pascua. Nunca me había por navidad. De ahí su sorpresa. Tenía que darle una respuesta que lo apartara de malas suposiciones. Albus a veces parecía saberlo todo de cuantos le rodeaban.
─Claro, tengo que estudiar… ─eso no era muy convincente, por no decir nada. Me rasqué la nuca y aparté la mirada─ Es mi último año Albus, quiero aprovechar el tiempo que me queda aquí.
Eso sí pareció convencerlo. Menos mal. Se despidió de mí con una inclinación de cabeza y se perdió en las escaleras que iban a las mazmorras. Satisfecho por mis habilidades de convicción subí las escaleras sonriendo con superioridad. Por fin las cosas comenzaban a tomar un buen camino. Rose se quedaba y eso implicaba que podría encontrarla con más facilidad, ya que no se quedaba mucha gente y se pasaría las horas muertas en la Sala Común o la biblioteca. Como hacía siempre. Acudiría una de esas veces y no podría escapar, tendría que hablar conmigo.
El ambiente navideño había contagiado la escuela desde hacía más de una semana. Todo estaba lleno de adornos navideños por doquier: pasillos con guirnaldas en las paredes, las armaduras cantaban villancicos cada vez que pasabas por delante, en el Gran Comedor se habían instalado árboles de navidad con millones de adornos… ¡incluso la biblioteca había sufrido cambios! Había muérdago en la puerta, un arbolito de navidad con libros en vez de bolas en el centro del lugar y habían colocado pequeñas esferas luminosas de colores que se encendían cuando faltaba poco para ir a cenar. Sospechaba que la bibliotecaria no estaba de acuerdo con todo esto, siempre que pasaba por delante del arbolito lo miraba con asco, como si estuviese interrumpiendo la paz del lugar.
Debido a la proximidad de las fiestas, la biblioteca se llenaba de más gente, que se apuraba a terminar sus trabajos y deberes ahora que podían, para no hacerlos en casa.
Yo por suerte, no pasaba tanto tiempo allí metido. Había adelantado gran parte de la materia y tenía mucho tiempo libre. La mayor parte de las veces las pasaba en la Sala Común jugando al ajedrez con Alexander o paseando por los pasillos, sin nada que hacer.
Muchas veces me iba a mi habitación, revolvía el baúl buscando algo que coger para entretenerme y me tiraba luego en la cama. No había sido hasta comienzos de diciembre cuando me acordé de que tenía allí el mapa del merodeador. Me sentí muy tonto. Si lo hubiera usado antes habría encontrado a Rose mucho antes y ya podría tener algo arreglado con ella. Pero no, mis neuronas habían decidido que no iban a recordar el mapa para nada.
Así que me dedicaba muchas veces a eso, coger el mapa y tirarme encima del colchón a mirar lo que hacía la gente. O bueno, vale, lo que hacía Rose. La mayoría de las veces la encontraba rodeada de nuestros primos y de algunas amigas. No me fijaba en sus nombres porque no me interesaban. Tenía cierta tendencia a no hacer caso a aquello que no me interesaba, y ellas no eran de mi interés. Me di cuenta de que casi siempre estaba con Albus. No era raro, siempre se habían llevado bien, mucho más que ella y yo. También me sorprendió ver que se pasaba largo rato en la biblioteca y en la Torre de Astronomía. Nunca la había visto en la biblioteca, y eso que pasaba mucho rato allí. Y a la Torre de Astronomía no era que fuese demasiado, y menos en invierno, con el frío que debía hacer allí arriba.
Y de la misma forma que pasaron los meses hasta diciembre, pasó la última semana de clase. Yo ya me había apuntado para quedarme justo cuando el prefecto colgó el papel en el tablón de anuncios de la Sala Común. Alexander, en un acto de buen amigo, también se apuntó. Y de Gryffindor no se apuntó casi nadie más: Rose, Hugo, Lily y un par de chicos de quinto.
Menudas vacaciones nos íbamos a pegar. La Sala Común para nosotros solos, la comida sería fantástica, no teníamos nada de lo que preocuparnos y podríamos hacer lo que nos viniese en gana.
Acudí a despedirme de los primos que se iban al portón principal, para irse ya a casa. Era por la tarde y no tardarían en partir. Casi ninguno llevaba equipaje pues tenían sus cosas en casa. Di abrazos, e incluso un par de besos en la mejilla a las chicas. Después se fueron haciendo una piña hasta los carruajes de thestrals, que los llevarían a Hogsmeade para coger el tren. Esperamos a que se fueran y luego me giré hacia los demás.
─ ¿Os apetece ir todos a comprar los regalos hoy a la tarde? ─pregunté sonriente. Como era fin de semana, teníamos una visita a Hogsmeade, pues no podíamos haber ido antes por las intensas nevadas. Si íbamos aprovecharía para acercarme más a Rose y para divertirme un rato con el resto de primos.
─ ¡Es una gran idea! ─estalló Hugo, con su habitual euforia. Miré a Albus y este hizo una mueca con la boca como si también le pareciese bien.
Luego observé a Lily y a Rose, solo faltaban ellas por decidir.
─Yo no iré ─dijo Lily, mirándonos con cara de pena─. Ya compré mis regalos y además quedé con unas amigas de Hufflepuff.
Moví mis ojos de Lily a Rose, esperando que ella sí aceptase. Casi se podía leer la súplica en mis ojos. Tenía que venir.
─Chicos, yo tampoco iré ─directamente se dirigió a Albus y Hugo, como si yo no existiese. Borré toda expresión de mi rostro porque eso había sido un golpe bajo, a mi juicio─. Debo estudiar y además también compré mis regalos.
Ahora, en ese mismo momento, estaba completamente ausente. Como si hubiesen tocado un interruptor y yo me hubiese apagado. No sentí siquiera como las chicas se iban. Solo volví cuando sentí un golpe en el hombro. Era Albus que me instaba a volver dentro para ir a prepararnos para ir ya a Hogsmeade. Subí con Hugo las escaleras hasta el séptimo piso. Atravesamos varios tapices y nos metimos por varios atajos. Hasta que llegamos al retrato de la Dama Gorda.
─Pastel de manzana ─le dijo Hugo sonriente. El cuadro se abrió de par en par mientras hacía una inclinación de cabeza.
Entramos a la Sala Común y nos encontramos con Alexander todo estirado en el sofá, leyendo una revista sobre escobas. La bajó para mirarnos y luego se levantó hasta venir donde nosotros. Yo le dije si quería venir y aceptó. No me pasó desapercibido que se daba cuenta de que algo no iba bien. Luego me preguntaría qué me pasaba y yo no sabría qué responderle. No podía contarle lo de Rose.
En apenas unos minutos estábamos listos para irnos al pueblo. Cada uno iba lo más abrigado posible. Salimos por el retrato y volvimos a hacer el camino que usamos antes yo y Hugo. Tardamos de nuevo poco en llegar, pero un impaciente Albus nos esperaba en el fondo de la escalera.
─ ¡Menos mal! Ya pensaba que os habíais perdido por los pasillos ─nos gritó un poco molesto. A saber cuánto llevaría esperando. En otra ocasión le habría contestado algo por molestarlo, pero no tenía humor.
Salimos del castillo y un aire helado nos recibió de golpe. Yo escondí la nariz dentro de la bufanda, y guardé las manos enguantadas dentro de los bolsillos del pantalón. Los otros tres iban hablando animadamente, de todo un poco: primero las clases, quidditch, qué iban a comprar y finalmente chicas…Yo me hice el sueco y seguí a mi rollo, sin prestarles demasiada atención.
Lo que había hecho antes Rose era el colmo. Yo había preguntado si iban a venir, y ella va y contesta mirando a Albus y a Hugo. ¿No era capaz de mirarme o qué? Al parecer no, y yo, para no variar en la costumbre, seguía sin saber qué demonios le había hecho. Joder. No había hecho nada malo para que se mosquease de aquella manera, ni tampoco le había dado motivos para que me ignorase por completo. Cada vez quería hablar más con ella, echarle en cara el por qué de todo aquello. Por mucho que la quisiese no iba a dejar que hiciese conmigo lo que quisiese como si no le importara lo que me pasaba a mí, como si yo no tuviese sentimientos.
Cuando me quise dar cuenta estábamos ya en el pueblo. No tenía ni idea de qué iba a comprar. Tenía que comprar algo para cada miembro de la familia. Iba a ser horrible. Cada uno nos dividimos, principalmente para no ver lo que íbamos a comprar. Y también para acabar antes, si nos juntábamos todos siempre terminábamos discutiendo por lo que queríamos hacer. Alexander decidió venir conmigo y supe desde el primer segundo que no iba a dejar de atosigarme a preguntas.
Pero no fue así. Caminamos por el pueblo, directos a una tienda de libros. Alex todavía no había abierto la boca y me extrañaba mucho. No era normal. Pasamos al interior de la tienda. Pregunté por la sección de libros sobre cultura mágica. Le compraría un libro sobre las tradiciones mágicas a tía Hermione, pues siempre estuvo interesada en ello. Empecé a andar por la tienda, siguiendo las instrucciones del dependiente, con Alexander detrás de mí. Sabía que me vigilaba, a saber por qué, no me iba a poner a gritar en medio de la tienda ni ninguna cosa rara.
─Creo que me llevo este ─le dije cogiendo un libro de una estantería. Trataba sobre distintas costumbres y podía gustarle. A pesar de llevar tanto tiempo siendo bruja, no terminaba de conocer todo lo relacionado con lo mágico (a mí me pasaba a veces, aunque menos, al tener una madre que si conocía todo).
Alex no dijo nada y se limitó a seguirme hacia el mostrador para pagar. El dependiente guardó el libro en una bolsa y luego me la dio. Salimos de la tienda igual de callados que antes y nos adentramos en el centro del pueblo. Cada cinco minutos miraba a mi acompañante, esperando que dijese algo, pero parecía haberse quedado mudo. Pasamos por delante de una tienda de joyería y los ojos se me fueron directos a una pulsera de plata que había allí. Tenía varios accesorios, o como las mujeres le llamen, en forma de lobo. Era ideal para Rose. Sabía que su animal favorito era ese, precisamente el lobo. A pesar de todo lo que había pasado antes, decidí entrar para comprárselo. No podía dejar pasar la oportunidad. Si Alex venía conmigo o no, no fue algo que me paré a comprobar. Llegué a la tienda y les pedí la pulsera, directamente. La quitaron del escaparate y me la mostraron, no hacía falta que lo hicieran porque yo ya sabía que la iba a comprar. Me la metieron en una bolsita para regalo y después pagué. Cuando me giré vi a Alexander sonriendo detrás de mí.
─ ¿Qué pasa? ─pregunté demasiado extrañado. Antes no hablaba y estaba serio y ahora, de repente sonreía. Cosa más rara.
─Eso deberías decirlo tú, no yo.
Y ahí estaba, el discursito que tanto esperaba. ¿Qué me iba a inventar? Por lo pronto debía ganar tiempo.
─ ¿Decir qué? ─abrí la puerta y ambos salimos al exterior.
Pareció pensarse la respuesta unos instantes, pues no contestó, solo se dedicó a mirarme como si delante tuviese a alguien distinto.
─No has hablado en todo el viaje y estás raro.
─Yo no estoy raro, ¡es navidad! Lo último que quiero es amargarme.
Esperaba que eso fuese motivo suficiente para que no me siguiese preguntando cosas que no quería contestar.
─Ya, y por eso se te ha alegrado la cara al ver esa pulsera ─paró unos segundos, para contemplarme y luego continuó─. ¿Para quién es?
Tragué saliva. Mierda. Joder. ¿Qué iba a decirle? Si se la veía a Rose ya sabría para quién era, y eso significaba que no podía mentirle.
─Para Rose ─comenté con sinceridad. Pero no pensaba decir nada más al tema. Mis facciones se endurecieron porque estaba empezando a ponerme nervioso con el tema.
─Está bien ─dijo él finalmente. ¿Estaría satisfecho con la contestación realmente? Algo me decía que no, pero prefería dejarlo estar─. Vamos a Honeydukes, quiero comprarle algo a mi hermana.
Aún faltaban cuatro días para navidad, así que todos los regalos que había comprado fueron directos al baúl, intentando que no se rompieran. Había comprado para todos y esperaba que les gustasen, porque me había producido mucho dolor de cabeza escoger cada regalo para que no hubiese dos iguales. Aunque sin duda, el que más me gustaba era el de Rose. Y seguro que a ella también le pasaba igual.
Esa misma noche bajamos todos a cenar juntos, no éramos demasiados. Me quedé sorprendido al ver el Gran Comedor, que solo tenía una mesa. Las demás habían desaparecido. Me senté en la mesa, al lado de Lily, aún extrañado por la disposición. En las vacaciones de Pascua las mesas seguían en su sitio, aunque se podía deber a que éramos muchos más alumnos. Una vez todos hubieron llegado para cenar empecé a contarnos. Y no éramos más de veinte. Empezamos a comer segundos después, cuando la profesora McGonnagall había terminado de hablar. Me serví de todo un poco, no sabía por dónde empezar. Escuché como si alguien carraspease y me encontré con Albus en diagonal a mí, que me miraba horrorizado. Ya sabía que quería. Los modales. Qué repelente podía llegar a ser a veces. Nadie iba a asustarse por mi forma de comer.
Media hora más tarde todos habíamos comido y después nos retiramos a las Salas Comunes. Yo y Alex fuimos a las cocinas a por unas botellas de cerveza de mantequilla y unos cuantos dulces más. Fuimos lo más rápidos que pudimos, para que no nos pillase nadie. Entramos a través del retrato y nos recibieron Hugo, Lily y los chicos de quinto, que no tenía ni idea de cómo se llamaban.
─ ¿Y Rose? ─pregunté extrañado.
─Se ha ido a dormir ─contestó Hugo acercándose a mí para arrebatarme una botella. Repartí las demás y me senté en un sofá un poco pensativo. Cada vez su actitud tenía menos sentido.
De repente Alexander se sentó en el sillón de enfrente y me ofreció una bandeja de lo que parecían calderos de chocolate. Cogí uno y le di un mordisco.
─Ven a divertirte, pareces marginado aquí solo.
─Sabes de sobra que no podría quedarme marginado ni aunque quisiera ─contesté bromenado mientras volvía a morder el dulce.
─No tienes remedio, joder ─se quejó sonriendo con diversión. No entendía por qué, solo había dicho la verdad. Ninguna chica me dejaría marginado y sabía que mis amigos tampoco me iban a dejar tirado─. Venga, vamos. Deja de pensar un rato y diviértete.
Y tirando de mí me llevó hasta el medio del salón principal, donde habían colocado una pequeña radio mágica que emitía música. Mi hermana me agarró por las manos y empezó a bailar haciendo el tonto. Yo le seguí el ritmo e intenté olvidarme de Rose durante unos instantes.
A la mañana siguiente me levanté con un extraño buen humor. Fui directo a la ducha y luego me vestí con ropa muggle que encontré en el armario. Alexander seguía durmiendo pues aún era muy temprano. No sé cómo me había levantado a esa hora, cuando la noche anterior me había acostado bastante tarde. Pero bueno, ahí estaba sin nada que hacer. Así que decidí bajar a la Sala Común e ir a desayunar. Como era de esperar no me encontré con nadie. Y en el Gran Comedor tampoco. Me senté en la mesa y observé la poca comida que ya estaba allí colocada. Cogí un bol de cereales y unas tostadas. Acabé muy rápido. El no tener alguien con quien hablar hacía que acabase antes porque no me entretenía mirando a los demás. Sin ganas de moverme de allí, me levanté de la mesa y caminé por el comedor hasta la puerta. Cuando estaba subiendo al cuarto piso, escuché unos pasos que también bajaban. Al mirar quién era, me di cuenta de que era Rose. La saludé con la mano y una sonrisa, y ella solo me dijo "chao". Me seguía molestando esa actitud suya, así que decidí que ese era un buen momento para hablar. Quería devolverle el libro, así que subí a la carrera los escalones para llegar al séptimo piso. Le dije la contraseña a la Señora Gorda como pude pues estaba sin aire. Me dejó pasar y volví a correr hacia la habitación. Rebusqué en el baúl hasta dar con el maldito libro. Ya lo tenía, solo había que quitarlo. Cuando ya lo tuve fuera, me incorporé y me dispuse a marcharme de allí. Pero alguien me interrumpió.
─ ¿A dónde vas con ese libro? ─dijo Alexander, apoyado en el marco de la puerta del baño.
─A dárselo a su dueña.
Y sin más respuesta desaparecí por la puerta dirección al retrato. Este protestó por molestarlo tanto y tardó un poco en abrirse. Una vez lo hizo, apuré mi paso, hasta que incluso llegué a correr escaleras abajo. Frené un poco a medida que llegaba al vestíbulo, no quería que Rose se pensara que estaba desesperado. Sabía que tenía que ir al Gran Comedor porque era demasiado temprano para hacer otra cosa, y Rose eso lo sabía. Cuando entré por la puerta, Rose alzó la vista, pero se centró enseguida en su cuenco de cereales. Caminé hasta donde estaba y me senté a su lado derecho. Sonreí y apoyé el libro en la mesa, empujándolo con la mano hasta donde estaba ella.
─Buenos días, por cierto ─dije animado, ante la perspectiva de estar allí con ella. Casi me daba igual que no me hablase, solo estar a su lado me bastaba.
─Gra…gracias ─dijo mirando la cubierta del libro. Luego, tras mucho tiempo, me miró. Clavando sus ojos en los míos, como buscando algo. Yo no aparté la mirada, me era imposible, pues me perdía la mayor parte de las veces en sus ojos─. Por cierto, buenos días.
Y entonces sonreí. Había hecho una de las bromas que a veces nos salían por casualidad. Pero ella no sonreía y, en su voz no había nota alguna de diversión.
Se volvió a centrar en su bol de cereales, como si intentase pasar desapercibida.
─ ¿Cómo estás, Rosie? ─no podía esperar más para hacer una pregunta de este tipo, de hecho quería decirle otra cosa, pero no lo veía nada claro. Seguro que lo jodía todo.
─Emmm…bien ─dijo finalmente, removiendo los cereales durante un buen rato. No me tragaba ese bien. Era imposible que estuviese bien, tratando como me trataba era lo más evidente. Además parecía un poco incómoda.
Quería preguntarle de una vez por todas qué le pasaba conmigo. Pero temía ser demasiado brusco y que se acabase marchando. Tenía que ir tanteando el terreno.
─ ¿Seguro? ─pregunté inclinándome un poco hacia delante para verla bien─. Últimamente te veo un poco rara…
Rose se limitó a dejar la cuchara en los cereales y se giró para mirarme con cara de no entender nada. Yo alcé una ceja ante su reacción. ¿Qué pasaba?
─Yo no estoy rara, James ─dijo lo más rápido que pudo. Como si se intentase librar de algo o como si quisiese terminar esto cuanto antes─. No me pasa absolutamente nada.
Luego con un rápido movimiento, recogió el libro y se levantó de golpe, empezando a andar por el comedor. Se me quedó cara de tonto seguro. La miraba irse y yo no hacía nada. Caí en la cuenta de la estupidez que estaba cometiendo y me apresuré a ir tras ella. Logré alcanzarla en la puerta, agarrándola por el brazo.
─Rose, a mi no me engañas ─le dije lo más tranquilo posible, sin soltarla.
─No estoy tratando de engañar a nadie.
Me quedé mirándola, con suspicacia. No me lo tragaba. No era posible.
─Sí que lo haces ─me coloqué frente a ella y la solté. Me pasé una mano por el pelo pues no sabía por dónde empezar─. Mira…yo...desde verano llevo notando que algo no marcha bien entre nosotros ─me acerqué un poco más, mi cara debía notar preocupación pues se relajó un poco. Perfecto─, me evitas y esquivas, tampoco me hablas… ¡ni siquiera me miras! ¿Cómo debo tomarme eso?
Eso la descolocó y cuando entendió el sentido de mis palabras se puso roja. Primero empezó en las orejas y se extendió al resto de su cara. Me miró sin comprender y yo entendía menos todavía.
─James...yo…no era mi intención.
Entonces las piezas empezaron a encajar. Ella me evitaba para que yo no supiese quién era aquel chico que sí le gustaba, pero que ella se empeñaba en no contar.
─Es por ese chico, ¿no? ─pregunté mirándola decepcionado, no con ella, más bien conmigo, por hacerme ilusiones estúpidas─. Es uno de mis amigos.
─No es ninguno de tus amigos, James ─bajó la cabeza, parecía derrotada, como si ya diese todo por perdido─. Creéme.
─Entonces, ¿qué es? ¿He hecho algo mal? ¿Algo que te molestase?
Rose solamente se dedicó a negar con la cabeza. Sin levantar la vista. Quería que me mirara, quería descifrar su mirada y descubrir cuán triste se sentía. Porque su voz sonaba triste. No podía soportar más la sensación que tenía en el pecho, como si se me fuese a abrir de un momento a otro. No quería ver a Rose mal. La agarré con ambas manos de los hombros, quería que supiese que iba a estar ahí.
─Por favor…dime qué te pasa.
Eso la devolvió a la Tierra. Levantó la vista y se me quedó mirando, con una expresión de profunda tristeza. Y ahí me sentí de nuevo mal, con el pecho doliéndome.
─ ¿Quieres saber qué me pasa? ─estalló ella. Estaba nerviosa por la situación, y lentamente retiré las manos de sus hombros para dejarlas caer a ambos lados de mi cuerpo─. Bien te lo diré. Aunque dudo que lo entiendas, tú nunca te has enamorado y no lo entenderías ─esto aún me dolió el doble. Pues yo sí me había enamorado. De ella. Y no poder decírselo era algo que me irritaba. Además quería besarla, hacer que así se callara y hacer que por una vez se olvidase de pensar─. No me gusta ninguno de tus amigos, me gusta alguien que no debería, no tengo ninguna opción con él ─se calló unos instantes, mirándome fijamente─. ¿Y sabes lo peor? No sé si quiero olvidarme de él.
Antes de poder decirle nada, Rose echó a andar rápidamente hacia las escaleras para huir de allí. Yo me quedé plantado en el marco de la puerta, asimilando cada palabra que había dicho. Una por una, como si estuviese intentando descifrar el sentido oculto de cada una de ellas.
─Adiós, James.
Yo no me despedí. De hecho no me moví en unos segundos. Estaba demasiado aturdido. No sabía qué decir o pensar. Las palabras de Rose me habían marcado profundamente, ¿así me veía ella? ¿Cómo alguien sin ningún tipo de sentimientos?
Necesitaba aire, despejarme. Allí dentro me acabaría estallando la cabeza. Salí al exterior, sin ropa de abrigo ni nada similar. Me quedé fuera, en la puerta, admirando las verjas del colegio.
Aquella vocecita que me había hablado en el tren volvió a surgir. Con mucha más fuerza e intensidad. Diciéndome que uniera las piezas y que mirara luego el puzle, a ver qué salía. El frío aire invernal me cortaba la cara, pero me ayudaba a pensar con claridad. Empecé a unir todo: el hecho de que me esquivase, de que no me hablase ni mirase, que se pusiese roja cada vez que me acercaba… ¿y si…? No. No podía ser. Rose no era de esas. Además me había dicho indirectamente que no tenía sentimientos. ¿Cómo alguien como ella iba a estar enamorada de mí? Pero la voz de la cabeza me gritó que no fuera estúpido y que no negara lo evidente. Entonces recordé el día en que me pilló en los baños del andén. Recordé cómo Roxanne le había dicho que se había puesto roja… ¡después de decir mi nombre! ¿Podría ser verdad entonces? ¿Rose enamorada de mí? Eso significaba que podía tener una oportunidad con ella…
Sin más me reí, me reí como nunca lo había hecho. Ahora mismo me importaba poco estar congelado bajo la nieve, sin nada de abrigo y amenazando con coger una pulmonía. Estaba siendo feliz. ¡Podía tener una oportunidad con ella! Solamente tenía que encontrármela y hacerle ver lo que yo valía. Demostrarle que James Potter era alguien que sí poseía sentimientos, a pesar de que ella creyese que no. Debía demostrarle quién era yo realmente. Demostrarle cuanto la quería.
Solo tenía un único inconveniente. Los sentimientos de Rose parecían fluir con demasiada violencia, como si no quisiese que estuviesen ahí. Y eso era un grave problema. No sabía cómo iba a reaccionar ante lo que yo hiciese y tenía cierto miedo por eso, ya que podía poner punto y final a todo. Tendría que encontrar un modo de apaciguar esa violencia.
¡Hooooola!
Y aquí vuelvo, tras varios días sin poder actualizar. ¡Pero tengo una buena escusa! Estoy cargada de exámenes y no he podido escribir tanto como quisiera. Y con el estrés, mis musas se han ido. De hecho llevaba con el capítulo escrito varios días, pero el final se me atragantaba y de hecho no ha sido el que mejor me ha quedado.
Volviendo al fic, quiero decir que ya edité el segundo capítulo, así que os recomiendo que lo leáis, pues hay alguna cosa que ha marcado este capi.
Ahora comentemos el fic. Como podéis ver, James se ha puesto un poco más formal en lo referente a sus estudios y ya no dedica tanto tiempo a las chicas, aunque las chicas parecen olvidarse un poco de él. Él sigue pensando en el por qué de la actitud de Rose, sin llegar a ninguna conclusión. Luego decide dejar de buscarla pero cuando se entera de que se queda en Hogwarts él también decide hacerlo.
Pero su felicidad se esfuma cuando Rose lo ignora completamente cuando nombra lo de ir a Hogsmeade. Y el único que lo nota mal es Alexander, que para algo son amigos,xDDD Como veis Alex le pregunta lo que le pasa y tiene alguna sospecha sobre James, pero sin llegar a nada en claro. En cuanto al regalo de Rose...se me ocurrió lo de la pulsera básicamente porque el lobo es mi animal favorito y se me ocurrió ponérselo también a Rose. Además en algunos aspectos creo que Rosie se parece al lobo.
No tengo mucho que decir de la fiesta, salvo que Alexander se vuelve a dar cuenta del bajón de James.
A la mañana siguiente nuestro protagonista se despierta temprano, yendo a desayunar y encontrándose con Rose. Luego corre a buscar el libro y mantienen su pequeña discusión. Y ahí es cuando, por fin, James se da cuenta de que tal vez Rose sí que esté enamorada de él. Lo que hace que vea con otra perspectiva las cosas. Y como podéis haber leído se ha propuesto demostrarle a Rose quién es realmente.
Gracias a todos por los reviews, me hacen sentir muy feliz :)
Me voy despidiendo ya, nos vemos en el próximo capítulo, Garaella.
P.D: Si me dejas un review, James te propondrá ir comprar regalos de navidad con él :)
