oOo Recomendación Musical: Hey lady de Thriving Ivory
Dos días. Solo faltaban dos días para que fuese el día de Navidad y yo seguía sin tener un plan para hablar con Rose. Sí, al principio parecía todo muy sencillo y bonito. Desde que hablé con ella el día anterior no había parado de pensar en qué hacer para que ella cambiase de opinión sobre mi persona. La única conclusión a la que había llegado era que no iba a ser fácil, nada fácil, mejor dicho. Me había pasado gran parte del día absorto en mis pensamientos y, durante la noche más de lo mismo. Por eso cuando me levanté tenía en la cabeza un gran lío. ¿Cómo iba a hacer que Rose cambiase y aceptase de una vez que me quería? Yo a ella la quería y lo había aceptado. ¿Qué mal había en eso? Los prejuicios, por supuesto.
Pues los prejuicios se iban a ir a la mierda. Palabra de Potter.
Como iba diciendo…faltaban dos días para el día de Navidad. Tenía que poner mi sesera a trabajar o me iba a quedar sin una oportunidad. Esa mañana había bajado a desayunar con todos los Gryffindor que quedaban en el colegio, excepto Lily y Rose, que no habían aparecido. En el vestíbulo nos encontramos con un par de Hufflepuff y dentro del comedor con Albus, que estaba leyendo El Profeta mientras tomaba un cuenco de cereales. Me senté a su lado y mientras decidía qué desayunar me revolví el pelo. Observé el comedor y por allí no había ningún profesor, algo muy raro. Pero bueno, ellos se habrían dado su propia juerga ayer por la noche y estarían entre las mantas durmiendo. Estiré la mano y cogí cinco tostadas, colocándolas en ía un hambre atroz y normalmente la comida me ayudaba a pensar. Mirando por encima del hombro de Albus observé la noticia que estaba leyendo: hablaba sobre tía Hermione, que había aprobado una nueva ley. Ser de la familia Potter-Weasley no podía ser mejor, cada dos por tres algún pariente salía nombrado en el periódico, y eso, quieras o no, atrae a las chicas.
─ ¿De qué va esa nueva ley? ─le pregunté a mi hermano untando mis tostadas con mermelada de ciruela.
─Ya sabes ─empezó él, bebiendo del cuenco─. Está tratando de cambiar las leyes de los bienes comerciales, nada demasiado complicado.
Claro, nada complicado. Yo de eso no entendía, a mí la política me daba un poco igual. No pensaba dedicarme a eso. Pero Albus y Rose sí conocían las leyes y las entendían. ¡Las entendían! Yo no me molestaba en intentar aprenderlas, me parece una pérdida de tiempo. Total, cada poco tiempo las cambian. ¿Qué más dará?
─Claro que sí Albus.
Me miró mal y se fue a hablar con Hugo, algo sobre quidditch. Yo me limité a bufar, qué susceptible podía ser.
Seguí comiendo sin inmutarme por sus conversaciones. Que intentasen ignorarme, yo sabía de sobra que no iban a poder hacerlo durante mucho tiempo. Admitidlo, es imposible ignorarme.
Había ido a recoger el Mapa del Merodeador después de la cena. El día había estado bastante movido. Los que quedábamos en Hogwarts hicimos un pequeño partido de quidditch aprovechando el aparente buen tiempo. Claro que en medio del partido se puso a llover y luego empezó a hacer frío. Nos quedamos a mitad del partido y tuvimos que regresar, era eso o coger un buen constipado. El resto de la tarde tampoco fue mejor, nos tuvimos que quedar en un aula vacía, y los demás se pasaron todo el tiempo jugando a los naipes explosivos. Yo no tenía ganas de jugar y mientras fingía observar, me dediqué a pensar un plan para hablar con Rose. Planificar lo que iba a decirle no me servía de nada, sabía de sobra que no iba a conseguir decirle lo que había pensado. Improvisaría sobre la marcha, sí, al más puro estilo James. Era lo que solía hacer en todas las ocasiones, planificar algo solo me servía para no hacerlo. Ahora lo único que faltaba era conseguir que Rose acudiese a verme. Algo me decía que si le decía que era yo no iba a funcionar y no acudiría. Solo había que ver cómo había "huido" de mí en la hora del desayuno. Tenía que pensar algo que fuese a funcionar. ¿Una nota anónima quizás? Tampoco confiaba en que fuese a leerla…aunque Rose era muy curiosa. La había pillado alguna que otra vez leyendo cosas que no eran suyas o fingiendo no escuchar conversaciones ajenas. Pero eso no es malo, yo también lo hago a de la carta anónima parecía buen plan.
Por eso estaba en la Sala Común, con el mapa al lado observando que nadie bajase de sus cuartos mientras yo iba a empezar con la carta. Lo había pensado todo: no podía ser mi misma letra, ni mi expresión, ni algo que me delatase como que yo era el enviaba la carta. Eso no iba a ser fácil.
Cogí un pedazo de pergamino que había por allí tirado y comencé a escribir. Puse un "Querida Rose…" y eso no me gustó. Parecía una carta no una nota anónima. Tenía que ser algo más misterioso y que no pareciese alguien que la conocía de siempre. Luego probé con un "A las 10 en la Torre de Astronomía, si quieres conocer lo que es bueno". Arrugué el pergamino y lo lancé mosqueado a la chimenea. Eso tampoco era apropiado, parecía que iban a pegarle o algo peor, como si fuesen a violarla. No iba poner eso. Me levanté del sillón y empecé a pasear por la Sala Común, pensando y pensando, ¿cómo podía poner algo con sentido que la hiciera acudir? Tenía claro que iba a citarla antes de la cena de Navidad, en la Torre de Astronomía. Así le daría el regalo. Y quería mandarle el mensaje antes de irme a dormir, así podía pensar mañana el acudir o no. Si no me apuraba a pensar nunca lo iba a hacer y no podríamos hablar. Nunca he funcionado bien bajo presión, aquí se puede ver perfectamente.
Bufé y me volví a sentar en el sillón. Cogí el mapa y comencé a observarlo. No había nadie paseando por las habitaciones, bien. Miré también un camino rápido a la lechucería, Filch estaba paseando por el tercer piso y un par de prefectos también. Y Albus estaba en el vestíbulo. Tenía que pasar por ahí si quería salir del castillo, pero no podía burlarlo.
James no te estreses me repetí. ¡Aún no tenía ni la nota y ya pensaba en cómo mandar la carta!
Mojé de nuevo al pluma en la tinta, acercándola a un nuevo pergamino y empecé a escribir. Garabateé de distintas formas hasta que logré disimular mi letra. Al final no era más que un montón de letras medio dispares, que no parecían ser ni de la misma persona. Eso tal vez funcionase. Es más, seguro que funcionaba. Dejé la tinta y la pluma en la mesa donde las encontré, no eran mías y el que se las había dejado allí me había hecho un buen favor. Guardé el pergamino en el bolsillo trasero del pantalón y me acerqué al sillón para coger el mapa y la varita. Me los guardé en el bolsillo de la sudadera y me dispuse a salir de la Sala Común.
Para variar, el cuadro tardó en abrirse. Siempre hacía lo mismo, cuando era muy tarde tardaba en abrirse porque estaba durmiendo. A medida que salía, el retrato no paraba de quejarse.
Estuve a punto de decirle que se callara, que ya la volvería a despertar después y así se iba a joder. Pero me callé, igual se despertaban los demás retratos. Recuperé el mapa del bolsillo y la varita. Usé un lumos para iluminar mis pasos y para mirar el mapa. Hasta el quinto piso no tendría que esquivar a nadie, la pareja de prefectos estaban ahora ahí. Me metí por un par de atajos y logré evitarlos. Era demasiado fácil. Todo el mundo podía esquivarlos, incluso un niño de primer año. Otra cosa era Albus. Había crecido conmigo y con Fred, conocía los atajos y donde la gente solía esconderse. Seguía en el vestíbulo y no iba a moverse de allí, por lo visto. No tardé en llegar hasta donde estaba él, esquivar a Filch era demasiado fácil, estaba tan viejo que no caminaba demasiado rápido.
Albus no tardó en verme. Se cruzó de brazos y se limitó a mirarme con una ceja alzada.
─Déjame salir ─le exigí acercándome a la puerta.
─No, es tarde, deberías estar durmiendo.
Rodé los ojos, me exasperaba.
─Venga Albus, tengo que salir.
─ ¿A dónde? ─preguntó sarcástico. Por supuesto, él no sabía nada de la carta.
─Tengo que salir a tomar el aire, me siento mareado.
Ante mi mirada atónita, Albus se echó a reír. ¿Tanta gracia le hacía?
─Ya, claro. A tomar el aire. Podías haber tomado el aire sacando la cabeza por la ventana. No es complicado.
Como me había cansado de esa situación, avancé hacia delante y lo aparté con un empujón. Él me agarró y se me quedó mirando. Estaba terco hoy, vaya.
─Déjame salir, es urgente.
No supe por qué, ni cómo, nada, pero Albus me dejó marchar. Me dejó sorprendido, Albus no era de los que se dejaban superar fácilmente, y para él el cargo de prefecto era muy importante. Prefería no cuestionarme sus motivos, no quería saber qué había visto en mí para dejarme pasar. Podía ser algo malo.
El frío de la noche me recibió y avancé por los terrenos en silencio. Me subí la capucha para que no me viesen y caminé sin mirar atrás hacia la lechucería. No consulté ni una vez el mapa porque nadie vigilaba los terrenos. Pero llevaba la varita en la mano por si acaso, no se veía nada. La torre que era la lechucería se elevaba delante de mí. La observé unos cortos segundos y cuando volví a sentir el frío, subí a la carrera los escalones. Dentro de la torre aún se veía menos que fuera. Iluminé el lugar con la varita y las lechuzas ulularon molestas. Distinguí a Parker en la parte alta, pero no iba a usarla, Rosie sabría que era yo.
Caminé hasta donde estaban las lechuzas del colegio y cogí la más grande que vi. La iluminé para verle las patas, rebusqué en los pantalones buscando la carta y cuando la conseguí se la até a la pata. No había puesto destinatario, pero las lechuzas siempre encontraban a su destinatario. Me lo había dicho papá hacía tiempo.
─Envíasela a Rose Weasley, en el dormitorio femenino de Gryffindor ─la lechuza se incorporó y caminó hasta la ventana. Que fuese la más grande no implicaba que fuese la más rápida, menuda suerte─. ¡Venga! Date prisa.
La lechuza emitió otro ululato, este de molestia, y salió volando al frío de la noche. La observé alejarse y cuando la perdí de vista, decidí que era momento de volver a la Sala Común. Caminé con prisa hasta el colegio, ahora hacía mucho más frío y tenía sueño. Me encontré con Albus en el vestíbulo de nuevo, seguía en la misma postura y no hizo nada al verme.
─Hasta mañana, prefecto.
─Adiós, mareado ─se burló él. Apreté los dientes. Realmente era un poco molesto. Ahora entendía por qué había ido a parar a la casa de los ofidios. No me enorgullecía que mi propio hermano estuviese allí. Pero él parecía estar a gusto, y eso que en su primer año estaba muy nervioso en el tren por si lo colocaban allí. No tenía ni idea de por qué ahora lo aceptaba. No debía ser agradable estar con ese chico Malfoy, ni con los hijos de Nott, ni con la hija de Zabini.
Todos hijos de mortífagos. Los aborrecía a cada uno de ellos.
En mi ascenso hasta la séptima planta me crucé con la gata de Filch, la señora Morris. Mi madre me había dicho que antes de esa gata tenía otra, la señora Norris. Filch era un tío original con los nombres, sí señor. Por lo que habían dicho después, esta gata era tan agradable como la otra. Tan pronto me vio corrió a buscar a su amo. ¡Maldita gata! Apuré el paso y llegué con el pulmón fuera de la boca al séptimo piso. Creo que nunca había corrido tanto. Si me pillaban era un castigo seguro y no podía permitirlo. Era Navidad.
─Pastel…de manzana ─dije entre respiraciones fuertes.
─ ¡Menudas horas! –se quejó la Dama Gorda─. Estaba durmiendo, muchacho. Que no se repita o dormirás fuera.
─Que sí, que sí.
Ignoré lo que dijo después de mi burla, pero nada bueno seguro. Caminé hasta las escaleras y las subí con calma. Me habría gustado pegar la oreja a la puerta de Rose para escuchar si leía la carta o algo. Pero no tenía ganas de intentarlo, una vez había intentado ir a la habitación de Lyanna Blenders, no funcionó. Las escaleras se convirtieron en tobogán y acabé en el suelo de la Sala Común. Entre las risas de todo, lo que me hirió más que el golpe. Quedar en ridículo delante de casi todo Gryffindor fue un golpe duro para mi orgullo masculino.
Seguí subiendo hacia mi habitación, situada casi arriba de todo en la torre. Iba a echarla de menos cuando acabase el curso, era mi segunda casa. Intenté hacer el menor ruido posible al entrar, incluso fui de puntillas. Pero la puerta topó con algo e hizo ruido. Puse una cara extraña, de esas que son de circunstancias. Dejé la puerta a medio abrir y como pude me metí dentro, no sé cómo logre pasar, era un espacio mínimo. Mirando si alguno de mis compañeros se había despertado, me desvestí y me metí en la cama. Cuando iba a cerrar los ojos escuché que alguien se movía. Rápidamente me hice el dormido, como quien no quiere la cosa.
─Pensé que te habías perdido.
Alexander me había oído. ¿Quién sino? Desde luego esa noche no había tenido suerte. Tenía que aprender a ser mucho más sigiloso.
El día de Navidad había llegado. Esa mañana me levanté muy tarde, antes de comer. Estaba agotado. Había llegado tarde a la cama y después había tardado en dormirme, por culpa de Alexander por supuesto. ¿Qué hacía él esperándome despierto? Era obvio que se había dado cuenta de que me había quedado en la Sala Común. Pero eso de que pensaba que me había perdido…no me cuadraba. ¿Me habría visto salir de la Sala Común? Podía ser. Mientras me vestía caminé hasta la ventana y miré a los terrenos. Pero la lechucería no estaba a la vista. Sí se veía un pequeño trecho del camino que tenías que recorrer hasta la torre, pero nada más. Además podía haber sido cualquier persona. No tenía motivos para pensar que había sido yo el que salía de noche, y yo no iba a darle la satisfacción de pensar que sí. Cuando estuve vestido y arreglado me dispuse a bajar a comer. Me rugían las tripas y pensaba llenarme el plato hasta arriba. El día de Navidad siempre tenía comida excelente, o eso decían. Ahora lo comprobaría.
En la Sala Común no había nadie así que no me entretuve. Llegué al Gran Comedor en minutos, en parte por el hambre que tenía y en parte porque quería ver a Rose. No podía esperar a verla a la noche.
Como era de esperar todos estaban ya sentados y comiendo, apuré un poco más el paso y me senté al lado de Alex. Pero no me fijé demasiado en Rose, al menos no de forma visible. No quería que lo notase. Empecé a llenarme el plato de todo lo que vi, menos de pescado, no me gustaba nada el que tenían puesto. Empecé a comer como si nunca lo hubiese hecho en la vida y no hablé nada. Media hora después tenía el plato limpio y el estómago demasiado lleno.
─ ¿Esta noche vais a llevar túnica de gala? ─preguntó Hugo como si tal cosa. Lo miré extrañado, pues no sabía para qué llevar túnica de gala a una simple cena de Navidad.
─ ¿Para qué? Sería ridículo ─contesté en tono burlón, me parecía una tontería.
─Pues yo la llevaré, es un día de fiesta ─respondió Alex, a lo que Hugo contestó con un asentimiento. ¿Estaban de coña verdad? ─. Además a las chicas les va a gustar.
Chicas, chicas. ¡Claro! Eso iba a llevar yo, túnica de gala a mi cita con Rose. Eso daría buena impresión, y la ropa de gala me hacía parecer mucho más guapo.
─Está bien, llevaré yo también, por no quedar de rarito ─menuda mentira. A mí me daba igual desentonar con los demás. Alex sonrió de lado, como si supiese la verdad. Aparté la mirada rápidamente, por si acaso.
Nos quedamos en el comedor un rato más, hasta que decidimos subir a la Sala Común para prepararnos. Yo no tenía túnica de gala. Así que tendríamos que arreglárnoslas de alguna manera. No contaba con tener que usar una este año, así que no me había molestado en traerla.
─ ¿Dónde voy a encontrar una túnica? ¡No puedo ir a comprarla a Hogsmeade!
Alex chasqueó molesto la lengua en su sofá al lado de la ventana. Estaba pensando y eso le molestaba, odiaba que lo interrumpiesen.
─No puedo hacerla aparecer de la nada, aún no nos han enseñado eso ─protesté, colocando las manos en mi cadera y caminando por el salón principal─. Tiene que haber alguna manera…
─La Sala de los Menesteres ─dijo Hugo tímidamente.
─ ¿Qué? ─preguntamos a la vez Alex y yo.
─La conocéis de sobra, no soy tonto. Ahí siempre aparece lo que uno necesita. Piensa en túnicas y aparecerán.
Miré a Macmillan sorprendido, sonreí y salí con prisa de allí. Fui al otro lado del pasillo, donde estaba la tan famosa sala. Di varias vueltas, pensando todo el rato en túnicas. Tenía que aparecer la puerta, era una urgencia. Al final, una puerta de madera apareció y entré.
Lo que había dentro me desanimó un poco, solo había dos túnicas. Una, verde botella horrible y otra negra. No iba a coger la verde, esa en tal caso para Albus, el verde no me favorecía. Opté por la negra, la única opción que me quedaba. Con la túnica colgada del hombro salí de allí y volví a la Sala Común. Sonreí con suficiencia a Hugo y a Alexander mientras pasaba delante de ellos. Con una cara de chínchate, mi túnica es mejor que la tuya y subí a mi habitación. La tiré de cualquier manera en la cama y me desnudé rápido para irme a la ducha.
Tardé un buen rato en salir, el pelo tenía que quedarme perfecto. Cuando salí, Alexander ya estaba esperando para pasar él. Lo primero que hice fue peinarme y dejarme perfecto el pelo. Lo tenía medio rizado y eso no me gustaba, era más difícil de peinar. Al final, me quedó algo decente. Nada que unos toques de varita no solucionen. Luego pasé a ponerme la túnica. Me sorprendí mucho al ver que me quedaba perfecta, como si fuese echa especialmente para mí. Lo más complicado fue hacerme el nudo de la pajarita, de estas cosas no entendía. La acabé arrugando y la tiré a la cama. Una simple pajarita no iba a amargarme.
Cuando creí que mi aspecto podía ser inmejorable, me dediqué a mirarme en el espejo, por si acaso algo iba mal. Alexander también tardó lo suyo en la ducha pero tardó menos en arreglarse.
Miramos los relojes, pero aún era temprano, eran casi las ocho. Nos habíamos arreglado tanto para nada. Alex se quitó la capa y yo hice lo mismo. Mientras no era la hora nos dedicamos a jugar al ajedrez, juego que no me gustaba porque siempre perdía. En menos de una hora me ganó siete veces. Volvimos a mirar el reloj y ya eran las nueve y cuarto. Buena hora para bajar. Nos volvimos a vestir y yo guardé con disimulo la varita y el mapa en la túnica. Salimos de la Sala Común y fuimos al vestíbulo. En la torre de Gryffindor aún quedaban Hugo y Lily, esperando por Rose, o eso supuse. Fui con Alex al vestíbulo para disimular, no quería que me viese ir a la Torre de Astronomía. Serían demasiadas preguntas.
─Aún no hay nadie…
─No seas quejica, Potter ─me respondió él, paseando por la entrada del Gran Comedor.
Yo me apoyé en la pared, con las manos en los bolsillos y con cara de aburrimiento. Tenía que irme ya o llegaría tarde…Rose ya debía de estar yendo a la torre, y yo en el vestíbulo sin hacer nada.
─Voy al dormitorio a dejar la varita y a peinarme.
─ ¿Ahora?
─Sí, ahora. Es de vida o muerte ─empecé a alejarme y me despedí agitando la mano por encima de mi cabeza─. Guárdame un sito.
Una vez llegué al quinto piso saqué el Mapa y me escondí tras una columna.
─Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.
El pergamino empezó a llenarse de tinta, formando las aulas, pasillos y los nombres de la gente que había en Hogwarts. Miré rápidamente hacia la Torre de Astronomía. Casi doy un grito al ver que había un punto que marcaba Rose Weasley. Lo había logrado. El pez había mordido el anzuelo.
─Travesura realizada.
Empecé a caminar a grandes zancadas hasta la torre de Astronomía, que quedaba en el otro extremo del colegio. No podía encontrarme más feliz. Ahora podría hablar con Rose y conseguir que por fin se fijase en mí. Volví a meterme las manos en los bolsillos y noté que faltaba algo. Su regalo. Mierda.
Volví corriendo a la Sala Común a buscarlo, no podía dejarlo. Llegué rápido, más que la noche anterior. El retrato se abrió sin rechistar y subí a mi habitación. Revolví todo el baúl y dejé todo hecho un asco, pero tenía el regalo. Volví a salir corriendo. Que Rose no se vaya repetía todo el tiempo mientras recorría de nuevo los pasillos.
Me oculté detrás de una columna a recuperar el aire, no podía presentarme allí así. Me relajé y pensé en que todo iba a salir bien. Era un Gryffindor, la cobardía no entraba en mi vocabulario.
Rose se había dejado abierta la puerta de la torre, así no me oiría llegar. Subí despacio los escalones, intentando no hacer ruido y, cuando llegué al final la vi apoyada en la barandilla. Mirando a las estrellas. No pude evitar sonreír. Avancé unos pasos más al frente, entrando en la estancia y respirando el aroma de Rose. Caramelo.
─Buenas noches, Rose ─saludé sonriendo y sin quitarle el ojo de encima.
Como si ella tuviese un resorte, se apartó de golpe de donde estaba apoyada, mirándome perpleja. Mantuve la sonrisa, intentando darme confianza. Ella se cruzó de brazos y me miró sin comprender qué hacía yo allí.
─ ¡James! ¿Qué…qué haces aquí?
Caminé hacia ella, metiendo de nuevo las manos en los bolsillos y sonriendo esta vez de lado. A una distancia prudencial me paré. Mirándola de reojo, a la vez que miraba las estrellas.
─Citarte. ¡Por Merlín! ¿Qué crees que venía a hacer?
¡Hooooola!
Esta vez he tardado mucho en actualizar, así que pido disculpas. Pero entre los estudios, las fiestas y más estudios no he tenido tiempo. El siguiente capítulo ya está escrito, pero lo publico mañana, ahora es tarde y tengo que dormir,XDDD
Este capítulo me ha quedado más corto que los demás, no me salió demasiado bien tampoco pero es que mi cabeza no dio para más. Le di bastantes vueltas pero esto es lo que ha salido. Espero que al menos os guste un poquito :3
Para comentar de este cap...he hablado de cómo se siente James en todo lo de su plan para quedar con Rose. Al final el tío ha improvisado, bueno, todo menos lo de la nota. Y ya veis que tan mal no le ha ido. El problema es ver qué opina Rose, porque por su forma de hablar...a ver qué sale ;) También he metido por ahí a Alex, a Hugo y a Albus. Quería darles un poco más de protagonismo, son personajes que me gustan mucho, aunque no son como yo los imagino. Los he adaptado a este fic.
No tengo mucho más que decir, tengo sueño y me deprimo de pensar que mañana tengo clase. Así que espero que el capi os haya gustado y que no me tiréis tomates. ¡Mañana a la noche tenéis el otro capi! Palabra de Gryffindor (?)
¡Gracias por los reviews del cap anterior!
Os dejo ya, muchos besos, Garaella.
P.D: Si quieres que James te cite en la Torre de Astronomía...¡deja un review!
