Por supuesto, Harry Potter no me pertenece. Es propiedad de su autora, nuestra querida JKR, quien con sus inmensos aciertos y sus grandes fallos, ha construido una saga que nos ha acompañado durante tantos años, y que ha dado vida y forma a nuestra niñez y adolescencia. Este escrito es sólo por diversión.


Capítulo II

Algo duro golpeó su cabeza. Hermione sintió oscuridad, únicamente oscuridad. Cada vez más densa, más extensa, extinguiendo el oxígeno del aire, asfixiando sus pulmones. Intentó gritar, con todas sus fuerzas, pero ningún sonido escapó de sus labios. Trató de golpear algo, pero su cuerpo no reaccionaba. Desesperada percibió como, lentamente, su mente caía en las tinieblas.

Cuando despertó, no fue capaz de dilucidar cuánto tiempo había dormido. Pudieron ser horas, pudieron ser días, pudieron ser siglos. Su cuerpo ya no dolía, pero había un gran vacío en su cerebro. Se sentía atrapada, a pesar de poder mover su cuerpo libremente.

Tratando de ser objetiva, se esforzó en abrir los ojos. Al principio, la luz la cegó, pero poco a poco su visión se fue aclarando. Descubrió una habitación, amplia y redonda, con una chimenea apagada en el fondo, y varias mesas, sillas y sillones. También había dos escaleras opuestas, que parecían ascender cada una a una torre.

Todo estaba decorado con dos colores principales: escarlata y dorado, y el dibujo de varios leones decoraba las inmensas paredes. Algo en todo aquello, hizo que Hermione lo sintiera como conocido. No obstante, era una impresión abstracta y lejana, y la joven estaba segura de no haber estado nunca allí. Quien sabe, quizá alguna vez había soñado con una habitación parecida.

Justo en ese instante, con la velocidad de un rayo, el conocimiento la golpeó. Ella sabía quién era, Hermione Granger, y también sabía qué era, una bruja. Pero no sabía nada más. No recordaba nada. Toda su vida, su pasado... no era más que un vacío en su cerebro, volutas de humo que estaban allí, pero que se esfumaban cuando intentaba atraparlas.

¡Dios mío! ¿Qué me ha ocurrido?

No lo sabía, pero sí sabía que necesitaba respuestas. Y estaba claro que no iba a encontrarlas permaneciendo inmóvil en ese lugar.

Decidida a conservar la calma, Hermione se incorporó y se dejó guiar por su instinto. Lo principal era encontrar a alguien. Con un poco de suerte, ese alguien podría ayudarle, indicarle dónde se encontraba, y, quizá, también, explicarle quién era y por qué había perdido todos sus recuerdos.

Sus pies se deslizaban solos. Había abandonado la habitación y caminaba por unos amplios pasillos. A juzgar por su tamaño, debían pertenecer a los muros de una gran mansión, quizá incluso a un castillo. Lo más curioso de todo, era que los cuadros se movían, aunque eso a Hermione no pareció sorprenderle.

— Señorita —una profunda voz la sobresaltó en su espalda—. ¿Qué hace aquí? ¿Cómo ha llegado? El curso no empieza hasta dentro de dos días.

— Disculpe, ¿señor?

Hermione giró el rostro hacía él, descubriendo a un hombre con el pelo y la barba ya canos, pero cuyos ojos azules destilaban vitalidad y energía bajo una gafas de medialuna.

— Yo no sé… No sé que estoy haciendo aquí... Creo que es la primera vez que piso estos pasillos, pero no puedo estar segura. No logró recordar nada de mi pasado, como si mi mente hubiera quedado en blanco, a excepción mi nombre, mi edad, y... bueno —dudo si continuar a o no, calibrando al hombre y su aspecto extravagante—. Yo soy una... Soy una bruja.

Sintiéndose violenta, Hermione se mordió el labio y apartó la vista. Pero la risa del anciano la tranquilizó. No había peligro.

— En realidad, señorita...

— Granger —facilitó ella—. Hermione Granger, creo.

El anciano asintió.

— Granger. Si hay algo que puedo deducir por su aspecto, es que usted ya ha estado antes en este castillo.

— ¿Castillo?

— Si. El castillo de Hogwars, para ser exactos. Aunque su verdadera identidad es la de un colegio de magia. Dado que usted lleva el uniforme, doy por sentado que es usted una de nuestras alumnas. Sin embargo… No me suena haberla visto antes. ¿Me permite? —inquirió, señalando su corbata—.

— Por supuesto.

Hermione desató y le tendió la prenda. El hombre examino su reverso.

— Curioso, sí, muy curioso...

— Disculpe señor, pero ¿qué es curioso?

— Sabe, señorita Granger, estás pequeñas prendas pueden ser todo una revelación si se les presta atención…

Hermione frunció el ceño. El hombre le había parecido agradable y sabio durante su breve conversación, pero ahora comenzaba a dudar de su cordura. Sin embargo, decidió no interrumpirlo. Su mente era la que había perdido todos sus recuerdos, por lo que no era exactamente propicia para juzgar la cordura de nadie.

El anciano pareció captar sus recelos, porque sus ojos azules chispearon divertidos detrás de las gafas de medialuna.

— ¡Oh! Disculpe. Todavía no me he presentado ¿verdad? Albus Dumbledore, profesor de Transformaciones y subdirector del colegio.

— Un placer —murmuró Hermione, no muy segura de cuál sería la reacción adecuada—.

— En fin, por dónde iba... ¡Ah, si! La corbata. Partiendo de sus colores podemos determinar que usted pertenece a la casa Grynffindor, cuyos distintivos son el rojo y el dorado. Pero si nos fijamos en el reverso, encontraremos el año de su ingreso en Hogwars, y una pista más sobre su pasado. Lo que es curioso —añadió, tras una pausa— es que el año que indica en su corbata es 1991, y actualmente nos hallamos inmersos en 1945.

— ¿Cómo?

Dumbledore tardó en responder. Sus ojos atraparon los de Hermione, y la joven creyó que ese azul electrizante se introducía en su mente traspasando su conciencia. Sin embargo, no apartó la vista, y tampoco pestañeo hasta que el propio profesor libero su mirada. Algo en su interior... le indicó que podía confiar en él.

— Señorita Granger, entiendo que se encuentra en una situación confusa, y que puede ser difícil de creer, pero si no me equivoco, y, con miedo a pecar por falta de modestia, le aseguro que no suelo hacerlo, usted proviene del futuro. Cincuenta años adelante, más o menos.

— ¿Cincuenta años? —trató de asimilar esa fecha con naturalidad, pero tardo un rato en procesar todo lo que esa afirmación conllevaba—. Pero eso… es imposible. Viajar en el tiempo, casi cincuenta años… Si lo que dice es cierto... ¿Cómo podría ser posible? ¿Pudiera ser que yo ya halla estado aquí? ¿En el futuro? Eso explicaría la sensación de familiaridad que me invade a veces, en rincones determinados.

— Mmm —el subdirector lo medito unos instantes—. Si, eso sería bastante factible.

Por alguna razón, aquello alivió a Hermione. De alguna forma, aunque la situación no hubiese cambiado y ella siguiese sin ser capaz de acceder a sus recuerdos, ya no se sentía una intrusa en su propio cuerpo. Ya era alguien. Alguien que pertenecía a ese colegio, a Hogwars. E independientemente de las palabras del viejo profesor, algo en su interior le decía que era cierto. Y era esa misma certeza, la que le llenaba de alivio.

— ¿Cree usted que será capaz recuperar mis recuerdos?

Dumbledore sonrió, antes de contestar. Le agradaba aquella joven. Tenía una visión clara y objetiva, no se dejaba dominar por el pánico, y hacía preguntas inteligentes y al grano. Iba más allá de la típica adolescente. De pronto, se le ocurrió si llegaría a conocerla en el futuro.

— Estoy seguro de que si, señorita Granger. He examinado su mente mediante Legermancia, y creo firmemente que sus recuerdos siguen ahí, aunque no haya podido acceder a ellos. Habría hechizos y pociones que podrían ayudarla. Sin embargo, si me pregunta, yo no se los recomendaré. La mente humana es un misterio incluso para los más grandes magos, y jugar con ella siempre trae consecuencias. El proceso natural será más lento y requerirá más paciencia, pero sin duda... también será más completo y beneficioso.

Hermione lo medito unos instantes.

— Seguiré su consejo, profesor —decidió finalmente—. Pero si en algún momento me desespero, le consultaré antes de tomar medidas por mi cuenta.

Dumbledore sonrió.

— No esperaba otra cosa de usted —aseguró evidentemente complacido—. Yo ha cambio le prometo ser sincero, si alguna vez me interroga al respecto. Sin embargo, hay otro asunto que debemos tratar. Mientras recupera sus recuerdos y, o, regresa a su tiempo, tendrá que vivir en alguna parte. Personalmente, le recomiendo que se quede en Hogwarts. Por una parte, aquí estará segura y podrá seguir con el curso escolar como le corresponde. Por otra, moverse por terrenos conocidos podría acelerar su proceso de recuperación.

— Le estaría muy agradecida si pudiera hacerlo posible.

— Bien, en tal caso, el curso comenzará en dos días. Deberá ir al callejón Diagon y aprovisionarse de todos los materiales que necesita. Yo mismo le prestaré el dinero y me encargaré de arreglar sus papales, pues sería más prudente si ningún otro profesor sepa de esta situación. Evidentemente, tampoco ningún alumno.

Hermione asintió.

— Muchas gracias, profesor.

— No se preocupe. Si todavía sigo vivo, dentro de cincuenta años, me encargaré de pasarle la factura.

Por un instante, Hermione no estuvo muy segura de si hablaba en serio o en broma, pero Dumbledore le guiñó un ojo y ella sonrió.

— Ahora, si me acompaña, la conduciré de vuelta a la Torre de Gryffindor. Allí podrá descansar.


Era muy temprano cuando Hermione abandonó Hogwars para caminar por los entresijos del callejón Diagón. Dumbledore había preparado un traslador para ella, y también se había ofrecido ha acompañarla, pero Hermione había derrocado su ofrecimiento. Por un lado, no quería incomodarlo, él ya había hecho suficiente por ella. Por otro, deseaba hacerlo sola. Hermione era una mujer activa y capaz, y necesitaba sentirse útil e independiente, mantener el control sobre su vida; de lo contrario, se frustraría y agonizaría lentamente.

No se arrepintió de su decisión. En aquel lugar se sentía como en Hogwars, no lo recordaba conscientemente, pero sabía guiarse por él.

Lo mejor de todo, es que aquellas calles abarrotadas de gente por costumbre, estaban ahora prácticamente desiertas. Y solo algunos madrugadores deambulaban por ellas.

Hermione comprendió que todavía era muy pronto para comprar, y se dirigió al pub que había visto en la entrada. Un chocolate caliente le vendría de perlas para terminar de despertarse, y la llenaría de energías para afrontar las compras, una actividad por la que, curiosamente, nunca había sentido atracción.

Hermione se detuvo de golpe. ¿Cómo lo había sabido? ¡Si todavía no recordaba nada!

Tras meditarlo unos instantes, decidió aceptarlo con naturalidad. Quizá fuera así, poco a poco, como los recuerdos volverían a ella. O quizá se debiera, simplemente, a que haber olvidado los sucesos de toda su vida, no la hacía olvidar quien era ella, y todo lo que había aprendido durante esta.

Sonriendo, entró en el pub. Las letras Caldero Chorreante adornaban la entrada. El local era oscuro y no demasiado nítido, pero Hermione no se detuvo en su aspecto. Camino alegremente hacia la barra, pidió su ansiado chocolate, e indicó que se lo llevara a una de las mesas libres del rincón, la que quedaba oculta tras una columna.

El camarero aceptó, y ella caminó lentamente hasta su sitio. Ahora que lo pensaba, debería haberse traído un libro. La lectura siempre hacía que el tiempo pasara más rápido.

Como si de una respuesta a dicho pensamiento se tratará, sus ojos, que hasta entonces vagaban libres, se detuvieron en un joven de aproximadamente su edad, de cabellos negros y piel blanca, que se sentaba cuatro mesas más allá y parecía absortó en las páginas de un libro.

La joven lo observó unos instantes, estaba demasiado abstraído leyendo para reparar en ella. Sintiéndose más segura, se permitió examinarlo más fondo.

El muchacho era muy apuesto, y debía ser algo más mayor que ella, pero no mucho. Su pelo, corto, y ligeramente revuelto, brillaba con un negro intenso. Sus manos, la única parte de su piel al descubierto – el rostro quedaba oculto tras el libro – eran pálidas y suaves. Sus dedos, ligeramente alargados, indicaban cierta fuerza, acompañada de un gran número de elegancia.

A Hermione le pareció un sueño. Un sueño mucho más profundo e intenso, pero también mucho más abstracto, del que sentía estando en Hogwars.

Y ese instante, él apartó el libro y alzó la vista.

La sensación de dejavu que percibió Hermione, como si no fuese la primera vez que vivía ese momento, fue superada por el impacto de esos ojos negros chocando contra los suyos. Tan ardientes, tan únicos...

Pareciese que saltaran chispas.

Un calambre recorrió la columna de Hermione, pero ella no apartó la vista. No hubiese podido hacerlo, aunque quisiera. Estaba atrapada en un negro electrizante, magnético, que la atraía con la misma intensidad con que un relámpago es atraído por la Tierra.

Y juraría que no era la primera vez.

Pero no podía pensar en eso ahora. No podía pensar en nada, en realidad. Él le había arrebatado la cordura. Y lo más chocante de todo, es que no le importaba. No mientras pudiese seguir viendo esos ojos. Tan soberbios, tan orgullosos, que miraban el mundo como su nada pudiera afectarle. Siendo superior, sabiéndose superior, y, como resultando, creyéndoselo todavía más.

Y sin embargo, la miraba a ella, reconociéndola como su igual, intuyendo sensaciones que ni siquiera ella había descubierto. Ofreciéndole el mundo, su mundo...

Y Hermione deseo aceptarlo, solo por tenerlo a él. Y deseo, al mismo, entregarle su ser. Apaciguar un tanto el rencor que también se leía en sus ojos, las injusticias que había sufrido, y la falta de amor. Ella podría hacerlo. Estaba segura.

— Aquí está su pedido señorita —el camarero depositó una taza de chocolate humeante delante de ella, sacudiendo sus pensamientos, y obligándola a abandonar sus divagaciones. Hermione se vio forzada a mirarlo, apartando los ojos de aquellos negros que la absorbían aun contra su voluntad—. Serán cinco knut.

La castaña revolvió en su bolso y le tendió el dinero, tratando de ser amable. A fin de cuentas, él no tenía la culpa de sus divagaciones, ni tampoco de sus locuras. Era curioso como ahora, lejos de aquella mirada, todos sus pensamientos anteriores le parecían una mala broma. Era imposible sentir algo así por un completo desconocido. Y ella no podía haberlo visto antes, a no ser que su versión anciana contará.

Pese a todo, en cuanto el camarero se fue, trató de localizar su mirada de nuevo.

No fue posible.

La mesa que hacía medio minuto él ocupaba, ahora estaba vacía.

El estómago se Hermione se encogió. De pronto, ya no le apetecía tanto tomar chocolate. Aun así, se forzó a beberlo, pues le daría fuerzas para afrontar el día, y quizá, para apartar el extraño encuentro de su mente.

La primera parada Hermione fue una tienda de túnicas, en cuyo letrero anunciaba Madame Malkin.

Le atendió una señora regordeta y morena, muy simpática, que le ayudo a elegir con rapidez los dos pares de uniformes y las tres túnicas necesarias para el curso, algún complemento extra, una capa de abrigo, y un sombrero largo en forma de cono, de color negro, a juego con el resto.

A continuación, se dirigió a la librería y adquirió todos los libros que incluía la lista para el curso. Compró también, por indicación del profesor Dumbledore, el tomo de Historia de Hogwars y un par más que le parecieron interesantes.

Para cuando abandonó la tienda, el Sol estaba ya alto, y una multitud de personas empezaba a abarrotar el callejón. Hermione decidió darse prisa, pues tener tanta gente a su alrededor la agobiaba. Por suerte, solo le quedaban dos paradas más antes regresar al colegio.

En la droguería compró un nuevo caldero y todos los ingredientes necesarios para elaborar pociones, y en la papelería se proveyó de un par de buenas plumas, tinta, pergaminos, y un vuelapluma que encontró muy útil para tomar apuntes durante las clases.

Cuando terminó, el reloj marcaba las doce. Todavía quedaba una hora para que el trasladar, un envoltorio de caramelo de limón que llevaba en el bolsillo, se activara.

Hermione lo meditó unos instantes, pero al final decidió abandonar el callejón y buscar algún local para comer en el Londres Muggles. Dumbledore ya le había advertido que los muggles estaba recuperándose de una Gran Guerra, que había finaliza pocos meses atrás. Aun así, Hermione se sorprendió ante la cantidad de edificios en ruina y rascacielos en construcción que coronaban Londres.

Finalmente, encontró una discreta hamburguesería en una calleja próxima al Caldero Chorreante. Sonriendo satisfecha y cargada de bolsas, la morena abrió la puerta y se introdujo dentro. Pidió al camarero una burger, una ración de patatas y un refresco de naranja, y fue a sentarse a una mesa mientras esperaba que le sirvieran.

La comida estaba rica, no tan sabrosa como la de Hogwars, pero bastante aceptable. Hermione digirió la hamburguesa con rapidez, ayudada por la naranjada, y después se dedico a picotear las patatas sin prisa, haciendo tiempo.

Sus ojos vagaron por el local captando imágenes salteadas: una familia riendo, un bebé llorando en su silla, las paredes blancas, algo gastadas, la ventana, un hombre pagando la cuenta...

Por alguna razón, aquella imagen no se desvaneció, sino que permaneció repitiéndose en su cerebro, como si quisiera advertirle de algo.

De pronto comprendió.

Había sido una idiota entrando en ese local, abandonando el mundo mágico; porque los galeones, los sickle y los knuts no eran nada para los muggles, y no podría pagar su comida con ellos.

Maldición.

Miró el reloj. Las doce y treta y cinco. Necesitaba salir de allí antes de que el traslador se activara. Tenía venticinco minutos, y tan solo una opción: huir corriendo. Pero le daba demasiado miedo intentarlo. Jamás había robado, y si lo había hecho no era capaz de acordarse. Estaba nula, sin experiencia, seguro que la pillaban. Y después qué. ¿La encerrarían en una celda? Desaparecería delante de ellos violando el decreto de Seguridad y Secreto Mágico. ¿La llevarían a Akaban?

¡No! Debía intentar calmarse. Ella no era de las que se dejan dominar por el camino. Nada estaba perdido.

Como si fuera un calmante, Hermione palpó su varita, escondida en el bolsillo trasero de sus pantalones. Surgió efecto. Se le ocurrió un plan. Condujo una mano hasta el estómago y trató de componer una mueca de dolor. Después agarró las bolsas con fuerza y corrió hasta el baño, fingiendo indisposición.

Contó hasta diez y cerró los ojos con fuerza. Después volvió a abrirlos. Hasta el momento había colado, pero había que ver si la suerte seguía acompañándola. Echo el pestillo y examino la habitación.

Un lavabo con un pequeño espejo encima, el retrete, unas pareces de un horrible tono rosa, y una ventana. Hermione la observó, dilucidando si serviría o no como ruta de escapa. El tamaño iba bastante acorde a su cuerpo, quizá tuviera algún problema a la hora de deslizar sus caderas, pero lo conseguiría con algo de esfuerzo. Por otra parte ¿qué otra opción le quedaba?

En cualquier momento alguien desearía ir al baño, llamaría a la puerta y su tapadera quedaría desecha.

El reloj marcaba la una menos cuarto. No tenía más tiempo.

Decidida, se aseguro de atar bien las asas de las bolsas para que nadie pudiese ver su contenido. A continuación se subió a la taza del vater, y alcanzó la ventana. Estaba en la planta calle, la caída no podía ser muy grande. Paso las piernas por el alfeizar, arrojó las bolsas por la apertura, cerró los ojos y se lanzó tras ellas, esperando el golpe...

Que no llegó.

En realidad si golpeó algo, pero era bastante más blando de lo que esperaba. Abrió los ojos lentamente. Quizás era un colchón. Quizás estaba todavía en su cama, y todo había sido una pesadilla. Pero no. Esos ojos negros estaban allí para hacerla afrontar la realidad.

Entonces lo entendió, y sus mejillas adquirieron un adorable tono rosado cuando se dio cuenta. No había golpeado el suelo, sino un cuerpo. Su cuerpo. Había caído sobre el joven de los ojos negros que había conocido en el Caldero.

— Lo... lo... —tartamudeó una disculpa, pero no lograba pronunciar palabra—.

Tenía las mejillas rojas y todo su cuerpo le ardía. Él la miraba fijamente, destilando hielo. Hasta que el hechizo se rompió.

— ¡Eh, tú! —el camarero había salido, y la miraba con el ceño fruncido—. ¿A dónde crees qué vas? ¡Todavía no has pagado!

Y el instinto pudo con ella. Se incorporó y corrió, olvidándose de todo. Incluso de él. Corrió por las calles de Londres sin ser consciente de hacía donde iba. Tenía los dedos engarrotados por el peso de las bolsas, pero no se detuvo a descansar. Con el caramelo de limón pegado a la piel, Hermione no dejo ce correr hasta que el traslador se activo, tres minutos más tarde.

— ¿Todo bien, señorita Granger? La veo agitada…

Dumbledore la observaba divertid desde detrás de la mesa de su despacho.

— Si —afirmó Hermione resoplando—. Solo... deme... un momento.

El profesor sonrió.

— Sin prisas. ¿Ha obtenido todo lo necesario?

Hermione asintió con la cabeza, todavía sin fuerzas para conversar.

— Bien, en tal caso, será mejor que se marche a descansar. El curso empieza mañana.


Hermione estaba nerviosa. La Ceremonia de Selección se llevaría a cabo en unos minutos, y aunque Dumbledore le había explicado que únicamente los alumnos de primero participan, esta vez ella también tendría que hacerlo, según sus propias palabras, para mantener las apariencias.

Esa idea la fascinaba y aterraba al mismo tiempo. Sería interesante ver donde la colocaba el Sombrero Seleccionador tras indagar en su cabeza, aunque ya supiera que iba a ser en Grynfindor, eso no le quitaba la gracia. Por otra parte, Hermione odiaba ser el centro de atención, y seguro que en ese momento habría cientos de ojos fijos en ella.

La morena suspiro, decidiendo ser positiva. Con un poco de suerte, todo pasaría rápido.


Cuando el expresso de Hogwars se detuvo en la estación de Hosgmade, cientos, sino miles de alumnos descendieron del tren. La mayoría de ellos hablaban alborozadamente con sus compañeros, contándoles las vivencias del verano. Algunos pocos se lamentaban de que las vacaciones hubiesen sido tan breves, y otros manejaban la varita sin parar, rememorando hechizos y aprendiendo otros nuevos.

Tan solo uno de ellos permanecía en silencio.

Claro que Tom Riddle no estaba solo. Un buen grupo de lo que cualquiera consideraría amigos lo rodeaba. Todos lucían los colores verde y plateado, propios de Slytherin, y hablaban a Tom sin parar, tratando desesperadamente de conseguir un gesto de aprobación.

El muchacho los escuchaba, o tal vez fingía hacerlo, con el rostro sereno y un ligero ápice de interés. Si ese interés era o no sincero, prefería resérvalo para sí.

Cuando finalmente llegaron a los carruajes, el grupo se dividió. Algunos afortunados como Abraxas Malfoy, Charles Avery, Rolles Lestrange y Armenia Black, descendientes de las más puras y ricas familias sangre limpia, tomaron asiento junto a Tom. Los demás hubieron de conformarse con los carruajes continuos.

Cuando estos empezaron a deslizarse sobre el asfalto, la mente de Tom se alejo por completo del arrogante e insulso discurso de Malfoy, observando a su alrededor, hasta detener su atención en las extrañas criaturas que tiraban de los carros. Los threstals.

Sus ojos todavía no podían verlos, pero él percibía que estaban allí. Se preguntó cuanto tardarían en volverse visibles, pues sabía que sucedería algún día.

Y no sería la primera vez.

- ¿La bruja te ha abandonado, Tom? Y yo que pensé que tenías planes de matrimonio... Aunque no es de extrañar, cualquiera se hartaría de ti. Seguro que te acabó odiando y por eso escapo.

Si las palabras hirieron a Tom, él no dio muestras de ello. Únicamente sus ojos, negros como témpanos, se achicaron un tanto, destilando odio por primera vez. Odiando a su compañero de orfanato. Pero no dijo nada, ni tampoco le contestó.

A la mañana siguiente, el conejo de Billy Stubbs apareció ahorcado de una viga.

Los nudillos del Tom Riddle actual se apretaron peligrosamente, y su piel empalideció todavía más. Odiaba ese recuerdo. La primera vez que había matado. La primera que había sido tan débil como para sucumbir al odio.

Porque el odio era un debilidad.

Y Tom sabía que volvería a matar, animales o humanos, que más da. Pero jamás volvería a odiar a nadie. Odiarlos significaba colocarlos a su nivel, a su altura. Y nadie merecía tal cosa. Tom sentía una barrera entre él y el resto del mundo. Únicamente una persona había traspasado dicha barrera, pero había desaparecido, dejando una cicatriz en su corazón. Los demás... le era imposible sentir algo por ellos, y si lo hacía, era premeditadamente, a baja intensidad.

Mayormente lo divertían. Todos. Incluso el gran Abraxas Malfoy, en cuyo interior se creía superior a cualquier otro, incluso a él. ¡Ja! Le divertía jugar con ellos, explotar sus debilidades para comprobar hasta donde llegaban.

A veces, incluso, podían llegar a irritarle. Que fueran tan tontos, tan soberanamente estúpidos. Eso era irritante.

También, en alguna ocasión, habían llegado ha inspirarle lastima. Pobres criaturas, inconscientes de su propia insignificancia. Resignados a existir y fallecer a su hora. Sin poder para cambiar el mundo, y demasiado ciegos para reparar en ello.

Si. Tom Riddle sabía que podía sentir algo de lastima por ellos, incluso un poco de irritación. Mayormente diversión. Pero jamás volvería a sentir odio. Nunca más. Porque él no era como ellos. Ellos eran insignificancias en comparación con él. Polvo del espacio tratando de anteponerse al Sol. Pero el Sol no los odiaba, ni siquiera reparaba en ellos. Y si alguna vez llegaban a incordiarle demasiado, simplemente, los aniquilaba.

En secreto, Tom Riddle amaba al Sol. Y a la Luna. Pero al igual que este, comprendía que cada astro tenía su tiempo y su espacio. Y al igual que este, estaba decidido a no volver a encontrarse con su satélite. Si así lo hacía, nada podría salir mal, y él se convertiría en la estrella más poderosa de todas.

El problema de esa ecuación, tan sencillamente perfecta, fue que a Tom Riddle se le olvido una cosa: es que, a veces, también sobrevienen eclipses.


Hermione tomó aire.

Fue el mismo profesor Dumbledore quien la había conducido hasta el Gran Comedor, junto con los alumnos de primero. Varios suspiros de asombro salieron de los labios de estos cuando entraron a la inmensa habitación, cuyo techo parecía abrirse directamente al cielo. A la morena no le sorprendió, ella misma se había maravillado al verlo por primera vez, hacía apenas dos días.

Caminaba en la parte delantera, tras Dumbledore, pero cuando llegaron hasta el Sombrero se apartó a un lado; los alumnos de primero serían elegidos antes que ella. Todos fueron seleccionados a una de las cuatro casas, y después, el profesor pronunció su nombre...

— Hermione Granger.

... Y algo extrañó ocurrió.

Los cabellos blancos de Dumbledore se encogieron en un moño y se volvieron castaños. Sus chispeantes ojos azules adquirieron un matiz autoritario y un tono marrón. En la mente de Hermione, Dumbledore no era ahora Dumbledore; era una mujer.

La mima escena, pero a la vez diferente.

Tenía el cuerpo más pequeño, de apenas doce años, y observaba todo a su alrededor fascinaba. La mujer que la había llamado sostenía el Sombrero seleccionador en la mano. A su alrededor había varias personas de su misma edad.

Unas gemelas con semblante asustado, un chica rubia y cara de asco, un chico moreno a quien le gruñía el estómago, un pelo platino bastante atractivo, un pelirrojo, que a su lado, parecía a punto de vomitar, y otro chico, moreno y con gafas, no dejaba de revolverse inquieto. Estos dos últimos captaron en especial su atención.

— ¡Hermione Granger! —la voz del profesor Dumbledore rompió su ensimismamiento—.

Hermione abrió los ojos, mareada. Había recordado, estaba segura. La misma imagen que ahora vivía, no era la primera vez.

De pronto, se dio cuenta de que todo el mundo la mirada, incluido el profesor. Tratando de calmarse, camino hacía el taburete con paso sereno. Los ojos azules de Dumbledore la escudriñaron un momento, preocupados, y Hermione se sintió traspasada por ellos. Pero solo fue un segundo. El profesor apartó la liberó, y ella creo ver como le sonría un instante, antes de que colocara el Sombrero en su cabeza y este se escurriera hasta sus ojos, cegándola.

La voz del sombrero resonó en su cabeza.

Interesante. Tienes una mente inteligente y grandiosa, Hermione, y guardas en ella muchos secretos, más de los que tú misma imaginas. Y... ¡Ah! Fuiste una Gryffindor en otro tiempo, pero también pudiste ser una Ravenclaw. Incluso serías buena Slytherin de no ser por tu sangre y porque no hay en ti temor a la muerte. Veamos, en ¿qué casa te pongo?

Hermione no supo se era una pregunta retórica o si se lo preguntaba a ella. Aun así permaneció en silencio. Debió acertar, pues el Sombrero continuó hablando.

Bien, supongo que nunca ha habido mucha elección. Tu camino está sellado, su destino, depende de ti… ¡Gryffindor!

La última palabra resonó en todo el comedor, y un estruendoso aplauso la recibió en la mesa de los leones, mientras Hermione se dirigía hacía ella. Dos chicas mayores, que tendrían aproximadamente su edad, hicieron sitio para que se sentara a s lado, en lugar de con los de primero año. Hermione se lo agradeció con una sonrisa.

— Te llamas Hermione, ¿no? —preguntó una chica pelirroja, de aspecto jubiloso. Ella asintió—. Yo soy Dorea Black y mi amiga es Minerva. Minerva McGonagall.

Aquel nombre golpeó a Hermione con la fuerza de un relámpago. La imagen de una mujer estricta, con los cabellos recogidos en un moño, y un extraño sombrero, se superpuso a la recién presentada.

— ¿Te encuentras bien? —cuestionó la muchacha pelirroja—.

Hermione asintió. La alucinación había pasado.

No era la primera vez que creía ver a dicha mujer; antes, cuando Dumbledore la llamo para colocarle el sombrero, también la había visto.

— ¿Te has trasladado, no? ¿Y qué curso empiezas?

Las preguntas de Dorea la distrajeron, y no tuvo tiempo para pensar nada más.

— Si, vivía con una tía en los Estados Unidos, pero nos mudamos a Londres hace dos meses, y ella pensó que estaría bien si me alistaba a Hogwars. Empiezo quinto curso.

— ¿Quinto? ¡Genial! —su compañera parecía entusiasmada— Hasta ahora solo éramos dos chicas en ese curso, Mine y yo. En cambio, hay un montón de chicos. Pero, por supuesto—frunció el ceño como si aquella realidad le disgustara—, la mayoría de ellos apenas se relacionan con nosotras.

— ¡Dorea! —reprendió Minerva, con las cejas alzadas y el ceño fruncido—.

— ¿Qué? —giró el rostro hacia Hermione, explicativa—. El padre de Mine es muggle, por lo que la ha educado con esa ridícula idea de que las mujeres debemos permanecer calladas y sumisas antes los hombres. Menos mal que siento estadounidense tú no tendrás ese problema.

A juzgar por la expresión Minerva, se hallaba a punto discrepar. Aun así, prefirió morderse el labio y evitar la discusión discutir. Hermione parpadeó confusa, perdida entre tantas afirmaciones, pero se atrevió a manifestar débilmente su opinión.

— Yo no creo que existan diferencias entre unos y otros…

— ¡Estoy de acuerdo! —Dorea le otorgó la razón en seguida—. En mi familia siempre se ha medido la autoridad en cuestión del talento mágico. Te quiero muchísimo Mine, lo sabes, pero nunca comprenderé por qué defiendes todas esas ideas absurdas que tienen los muggles… ¡Como si no fuera suficiente con esa guerra en la que han estado metidos hasta hace poco!

— Los magos también tienen sus propias guerras, como cualquiera de nosotros sabe, tan estúpidas como las de los muggles —replicó su compañera, sin borrar totalmente la sonrisa amistosa de sus labios—. Además, que prefiera guardar la compostura ante los muchachos, no significa que me considere más débil que ellos.

— Así me gusta. Por otro lado, ni siquiera yo puedo negar que la soberanía de la escuela en estos momentos reside en los hombros de un hombre. Mi hermano es un curso mayor que él y aún así está completamente embelesado con él. El talento de Tom Riddle es algo único. Nunca había conocido…

Hermione había cesado de prestar atención a sus parloteos. No prestaba atención a nada, en realidad. Su mente estaba perdida, y el nombre de Tom Riddle resonaba una y otra vez en ella.

Era algo más que un recuerdo, una extraña neblina. Por más que intentaba entrar en ella, siempre era repelida, y la niebla le impedía ver su interior. Y sin embargo, de alguna forma, sabía que él estaba allí, en su interior, esperándola, aguardándola a ella para ser liberado.

Dorea continuaba hablando, pero Hermione ya no la escuchaba. Ese nombre la había perdido, hasta que de pronto, alguien le sacudió el hombro.

— ¡Merlín, mira! —su amiga tenía los ojos muy abiertos, y parecía impactada—. Riddle te está mirando, Hermione. Te mira.

— ¿Cómo? —susurró ella muy bajito, mientras sus ojos seguían la estela de su compañera—.

Y entonces lo vio. Y supo lo que iba a encontrar medio segundo antes de verlo.

Unos ojos negros que la atrapaban, una piel pálida y una nariz angulosa, unos labios rectos y rojizos, un revuelto cabello azabache, y un cuerpo esbelto y elegante que la volvía loca, y que había tocado esa misma mañana. Él lo era. Tom Riddle. Aquel que rondaba en su cerebro. Y la estaba mirando, a ella. Y ella no fue capaz de apartar la mirada, hasta que él desvió la suya.

— Es raro que Riddle preste su atención a alguien... Siempre parece tan lejano —observó Minerva—. ¿Acaso lo conoces Hermione?

— ¿Eh...? —la preguntó llegó a Hermione con retraso, y la joven tardo un rato en contestar, desorientada—. No, creo que no lo conozca.

Minerva la miró con suspicacia, pero Dorea rió y retomó otro tema de la conversación.

Ambas eran chicas simpáticas, cada una a su modo, y Hermione agradeció estar en su curso. Aun así, y pese que no volvió a apartar la mirada de su mesa en toda la cena, pudo sentir a sus ojos abrasando su propia espalda en más de una ocasión. Y estuvo segura de que él la miraba.

Él. Tom Riddle.


Tom Riddle aspiró aire cuando sus pies tocaron Hogwars. Amaba ese castillo más que a cualquier otra cosa, excepto a una persona, quizás. Era su hogar. Era el lugar que le había mostrado lo que él ya sabía, que era diferente, especial, y que le había enseñado todo lo necesario ser algo más, para cambiar el mundo.

Ninguno de sus compañero entendería aquello si se lo explicará, y de todos modos, él tampoco tenía interés en hacerlo. Explicar sus pensamientos a mentes tan simples sería como... una total perdida de tiempo. No tenían la inteligencia para comprender, ni tampoco la sensibilidad necesaria para captar. Estaba demasiado sometido al mundo, y a sus prejuicios.

— ¿Vamos yendo al comedor, Tom? —preguntó Avery, al ver que su compañero se había detenido en el hall, y no tenía intención de moverse—. La Ceremonia de Selección va a comenzar.

El muchacho asintió, sin dejar traslucir sus pensamientos, y toda la pandilla de serpientes se movió tras él. Como siempre hacían.

Se sentaron en los puestos principales de la mesa Slytherin, desde donde se podía controlar todo el comedor, incluidas las tres mesas rivales y la de los profesores. El anciano director Dippet dio unas palabras de bienvenida al nuevo curso, y después fue el turno del Sombrero Seleccionador para recitar su canción de bienvenida.

'Oh, you may not think I'm pretty,
But don't judge on what you see,
I'll eat myself if you can find
A smarter hat than me.
You can keep your bowlers black,
Your top hats sleek and tall,
For I'm the Hogwarts Sorting Hat
And I can top them all.
There's nothing hidden in your head
The Sorting Hat can't see,
So try me on and I will tell you
Where you ought to be.
You might belong in Gryffindor,
Where dwell the brave at heart,
Their daring, nerve and chivalry
Set Gryffindors apart;
You might belong in Hufflepuff,
Where they are just and loyal,
Those patient Hufflepuffs are true
And unafraid of toil;
Or yet in wise old Ravenclaw,
If you've a steady mind,
Where those of wit and learning,
Will always find their kind;
Or perhaps in Slytherin
You'll make your real friends,
Those cunning folk use any means
To achieve their ends.
So put me on! Don't be afraid!
And don't get in a flap!
You're in safe hands (though I have none)
For I'm a Thinking Cap!'

Tom escuchó atentamente. Desde luego, el Sombrero lo había colocado el la casa correcta. Él era un Slytherin, sin ninguna duda. Claro que las demás casas también lo atraían, especialmente Gryffindor y Ravenclaw, pero sus miembros eran demasiado simples. A decir verdad, también las serpientes eran demasiado simples, pero al menos, ellos se molestaban en ocultarlo.

O quizá no fuese cierto. Quizá fuese él el problema, incapaz de ver a alguien de otro modo. ¡Va! Qué más daba.

Cuando la canción acabó, las puertas del Gran Comdor se abrieron y el viejo Dumbledore apareció por ellas, seguido de los nuevos alumnos. Fue entonces cuando la vio.

Caminaba por delante de los de primer curso, pero se hizo a un lado al llegar frente al sombrero, pues estos fueron llamados primero. Después, él pronunció su nombre.

— Hermione Granger.

Y Tom comprendió.

Era ella. La única cuyos ojos eran capaces de hacerlo sentir de tal modo. La misma cuya mirada lo había atrapado en el Caldero Choreante, la mañana anterior, haciéndolo sentir de un modo que tan solo una era capaz. La misma que se había escurrido por una ventana, y caído sobre él, arrojando su cuerpo al suelo.

Hermione. Ese era su nombre. Hermione. Y era ella, debía ser ella.

— ¡Gryfindor!

El Sombrero Seleecionador gritó su nombre, y Tom no se sorprendió.

Ella era su antítesis, valiente, generosa, cargada de amor que entregar... Pero al mismo tiempo tan fascinante, tan inteligente, tan compleja...

"Yo nunca he necesitado a nadie – aquellas palabras, tan lejanas, y al mismo tiempo, certeras, resonaron en su cabeza."

"Todos necesitamos dar y sentir el amor de otras personas – había replicado ella."

"Yo no."

"¿De verdad? Bueno, si tú no puedes sentirlo, yo lo sentiré por los dos."

Tom Riddle no odiaba a nadie. Consideraba un derroche malgastar ese sentimiento en personas tan insignificantes. Pero tampoco amaba a nadie. Por varios años, durante su infancia, creyó que algo fallaba en él, que era incapaz de sentir. Hasta que la conoció.

A ella si la había amado. De la misma forma que él Sol ama a la Luna. Y al hacerlo, entendió que él no era el problema, que sí era capaz de sentir. Simplemente, los demás eran demasiado pequeños e insignificantes para tomarlos en cuenta, al igual que un hombre no toma en cuenta a un mosquito, limitándose a aplastarlo cuando este se hace demasiado molesto.

Pero Hermione era distinta, especial. Y su mente iba mucho más allá que la de los demás. Por eso había sido capaz de amarla, por eso, aun cuando ella se marcho y el dolor invadió su corazón, él siguió amándola. Con un amor abstracto, distante e imposible, pero también eterno.

Y jamás se arrepintió de haberlo echo. Ella lo merecía; los demás, no eran nada. Y el dolor que sintió tras su marcha, sirvió para abrirle la mente, comprender mejor el sufrimiento y las debilidades humanas, superarlas, y emplearlas sobre los demás para sus propios fines. Como el conejo de Billy. Antes de conocerla, jamás se le habría ocurrido impartir dolor a los demás mediante sus seres queridos. Ahora, sabía que no había medio más eficaz para lograrlo.

Lo que nunca imaginó, menos aun después de tantos años, es que la Luna volvería a su vida.


Cuando la cena terminó, Hermione se excusó con Angela y Min, alegando que estaba cansada, cosa que era cierta, y se retiró apresuradamente a la Torre, refugiándose en ella de su mirada. Una mirada que la cautivaba y perdía, con la misma intensidad.

Al llegar a los dormitorios, Hermione se despojó con rapidez de su ropa y se colocó el pijama. A continuación, corrió las cortinas de dosel que cubrían su cama y se refugió tras ellas. El colchón era cómodo y confortante, y las sabanas no estaban frías. La joven se arropó bien bajo ellas, en posición fetal, y tratando de no pensar, se durmió en seguida.

Sus sueños fueron confusos.

Dumbledore aparecía en ellos, y resonaban truenos a pesar de no haber tormenta. Los ojos azules del profesor cambiaban, y adquirían un matiz verdoso... hasta convertirse en un joven con gafas y cicatriz. Este chillaba, y un rayo de luz verde lo golpeaba. Pero el cadáver no llegaba golpear el suelo, un rostro pecoso lo sustituía. Estaba manchado de sangre, y sus cabellos, pelirrojos, revueltos. La miraba con odio.

Después, todo desaparecía, y entre las tinieblas emergían unos ojos negros, enmarcados por un pálido y elegante rostro que la miraba. Hermione correspondía esa mirada, y corría hacía él, deseando alcanzarle. Él habría los brazos para recibirla, pero entonces, su rostro menguaba, su piel se volvía cetrina, sus labios simples líneas, y su nariz dos finas rendijas por las que expulsar el aire. Sus ojos eran rojos, y lentamente, lo poco que le quedaba de humano, era consumido por una calavera.

Hermione gritó, y despertó aterrada. Solo había sido un sueño.

Su piel estaba húmeda por el sudor, y su respiración temblaba. La joven comprendió que no podría volverse a dormir. Se incorporó, y corrió un poco el dosel, para asegurarse de que Angela y Min todavía dormían. Su respiración era uniforme. Sintiéndose segura, la descorrió del todo, y abandonó la habitación silenciosamente.

La sala común también estaba desierta. La joven lamentó haber olvidado su reloj en la mesilla, debían ser más de la una. A esas horas, debería estar en su cama, durmiendo. Hermione se debatió un momento. Salir ahora estaba mal, y ella no quería romper las reglas. Pero por otra parte, podría dar un pequeño paseo y regresar rápidamente. Nadie tendría que verla. Si no se descubría el pecado, tampoco se descubriría el pecador.

Decidida, atravesó el cuadro de la Señora Gorda, ignorando las palabras de protesta que esta le dedicó.

Sus pies la condujeron solos, no sabía a donde se dirigía, pero sabía que tenía que llegar. Varios minutos después, cuando comenzaba a cansarse, unos pasos la alertaron. Aterrada, Hermione trató de esconderse. ¿Por qué diablos no se había quedado en su cuarto? Con todo lo que Dumbledore había hecho por ella... Seguro que ahora la expulsaban ¡El primer día de clases!

— ¿Quién anda ahí? —inquirió una voz, todavía entre las sombras—.

El corazón de Hermione se paralizó, para adquirir después una velocidad desorbitada. Ya no le preocupaba esconderse. Sabía quien era, y sabía que ese momento lo había vivido antes.

— Soy Hermione —dijo, a pesar de que el nombre no tendría que significar nada para él—.

El muchacho se acercó aun más, al punto que Hermione consiguió distinguir sus rasgos entre la oscuridad.

— ¿Y qué haces caminando por los pasillos a esta horas de la noche, Hermione? —cuestionó él.

Su voz cargaba un pequeño matiz humorístico que la joven logró captar. La chica no se amilanó, incluso cuando él acercó aun más su rostro.

— ¿Y tú? —él entrecerró un tanto los ojos, pero no contestó. La castaña supo que no iba a responder, sería ella la primera en confesar—. Te buscaba.

Los ojos de Tom se oscurecieron ligeramente, y Hermione cerró la boca asustada. Eso no era lo que pretendía decir, pero ahora que lo había dicho, sabía que era cierto.

Él alzo la mano y sus dedos estuvieron a punto de rozas su mejilla, pero los retiró a tiempo, quizá arrepentido.

— ¿Me buscabas? ¿Por qué?

Él ya lo sabía. Lo buscaba por la misma razón que él la buscaba a ella, pero quería oírlo de sus propios labios.

— Porque yo... creo... que te conozco.

— ¿Lo crees?

— Lo sé —rectificó ella—. Pero es extrañó, porque no recuerdo nada más. Únicamente a ti.

— Hermione —él pronunció su nombre como si fuera una caricia, y esta vez, no detuvo a sus dedos cuando estos rozaron su rostro. Fue un contacto ardiente para ambos —. Si me buscabas, y me recuerdas ¿qué es lo que quieres saber?

— No lo se —susurró ella confusa—.

Pero si lo sabía.

Quería saber por qué su mirada la atrapaba de esa forma, hipnotizándola. Quería saber por qué no podía apartar su imagen de su mente, por qué su cuerpo ardía cuando él la tocaba. Quería saber cómo era posible que lo recordara, cuando dieciséis años de su vida estaban en blanco. Quería saber que clase de locura la invadía al pensar en él, el tipo de locura que la había impulsado a abandonar su dormitorio de noche y recorrer los fríos y oscuros pasillos de Hogwars, buscándolo.

Y aunque Hermione no formuló ninguna de esas preguntas en voz alta, no fue necesario que lo hiciera, pues él las leyó en sus ojos y contestó a todas ellas.

— Eso es algo... —su voz sonó dulce y melodiosa, hipnotizante— que yo también me he planteado

Para Hermione fue suficiente. Saber que ella tenía la misma influencia sobre Tom, que él sobre ella, alejó todos sus miedos de un solo golpe.

Por eso, cuando el joven acercó aun más su rostro, y Hermione intuyó lo que estaba a punto de hacer, no se apartó, sino que recibió sus labios con ternura, sumergiéndose en las mil emociones que aquel beso, su primer beso, le propició.

El Sol y la Luna, habían eclipsado por primera y no última vez.