Por supuesto, Harry Potter no me pertenece. Es propiedad de su autora, nuestra querida JKR, quien con sus inmensos aciertos y sus grandes fallos, ha construido una saga que nos ha acompañado durante tantos años, y que ha dado vida y forma a nuestra niñez y adolescencia. Este escrito es sólo por diversión.
Capítulo V
La sala común que se ubicaba en las mazmorras de Hogwarts se hallaba en completo silencio. A diferencia de las otras casas, donde reinaba un aire casual y hogareño, ésta destilaba una marcada elegancia y cierto tenebrismo, acentuado por la suave luz verde que se filtraba desde el techo y dotaba de luminiscencia a las paredes bañadas en plata. Los muebles de oscuro ébano, los tapices de terciopelo verde, los sillones de cuero negro y los candelabros con forma de serpiente, constituían toda su decoración.
Aun así, y a pesar de que dicho ambiente pareciera materializar la personalidad de sus habitantes, en cualquier día común, el rasgar de una pluma, el pasar de las páginas de un libro, o el crepitar del fuego de la chimenea... se hacían presente para perturbar la mortífera nada que hoy sólo podía escucharse. Incluso los atolondrados alumnos de primero habían mostrado la suficiente prudencia para retirarse a sus habitaciones.
Tom Riddle disfrutaba aquel ambiente, caldeado, con el temor bullendo en el aire tan próximo y tan cargado que prácticamente era posible saborearlo. Lo disfrutaba, porque era él quien lo había causado.
— Maravilloso, ¿verdad? —inquirió a la serpiente que reptaba tranquilamente por uno de los desocupados sillones—.
Nagini giró el cuello hacía él, siseando con aprobación, mientras dejaba entre ver orgullosa sus afilados e impolutos colmillos.
— Debiste dármelo como aperitivo.
El joven arqueó las cejas, con controlado interés.
— Creí que aún faltaban algunos años antes de que pudieses alimentarte de un humano.
La serpiente giró el rostro y siseó con furia, como si la hubiera ofendido, pero después volvió a clavar sus serpentinos ojos en él.
— Me las hubiera arreglado —aseguró con arrogancia—.
Tom la deleitó con una pequeña carcajada, de aquellas que guardaba únicamente para la intimidad con ella.
— No lo dudo, mi pequeña Nagini. Pero me temo que el orgullo Malfoy es demasiado costoso de digerir, incluso para ti. No... —reflexionó un instante—. Nos conviene que viva por ahora. Tengo algunos planes para él, y muerto no nos sirve.
La serpiente no respondió. Su cuerpo dejó de deslizarse por el sillón y se enrolló sobre si misma, ocultando la cabeza entre sus anillos. Tom intuyó su desaprobación aunque también supo que no discutiría con él esta vez.
— Amenazó con herirla —siseó ella, no obstante, unos momentos más tarde—.
Aquellas palabras tuvieron un efecto instantáneo, que cualquiera habría pasado por alto. Pero Nagini lo conocía demasiado y percibió como sus pupilas se estrechaban milesimamente, y su mirada se empañaba a causa del odio.
—Sí. Lo hizo —asintió Tom lentamente, con un siseo tan helador como la propia muerte—. Fui un iluso al creer que bastaría con nuestras manos entrelazadas durante la clase para que ellos la entendieran como mía. Pero no volveré a cometer ese error.
—Él te envidia. Desea tu puesto —observó Nagini sagazmente—.
Tom asintió con el rostro imperturbable. Había vuelto a enmascarar con éxito sus sentimientos.
—Por supuesto. Es un Malfoy y un iluso. Se cree con derecho de gobernar a los Slytherin únicamente por su apellido. Y aun así – sonrió a la serpiente –. Ni siquiera él es tan estúpido para desafiarme abiertamente.
Nagini asomó la cabeza y la apoyó sobre sus anillos, dando esta vez por válidas sus palabras.
—De todos modos —advirtió, decidida a sisear la última palabra—. Si vuelve a hacerlo, seré yo quien trate con él.
Tras despedirse de Tom en el vestíbulo, Hermione se apresuró a llegar a su propia torre. Los momentos vividos aquella tarde permanecían grabados con fuerza en su memoria, y su corazón todavía latía desbocado al rememorar la emoción tan profunda y embriagadora que sus ojos carbón despertaban en ella. El rozar de sus labios, sus caricias, la tibieza de su piel, el fuego que había sacudido sus venas tras el chocar de sus cuerpos, sobre la hierba...
Había sido algo mágico, y así se lo había dicho a él. Porque no había otra forma de explicarlo.
Magia.
Con una pequeña e intima sonrisa adornando sus labios, Hermione atravesó las puertas de su Sala Común encontrándosela prácticamente desierta. Apenas quedaban una docena de alumnos mayores que ella que, por la forma en que devoraban sus libros, deberían estar preparándose para los EXTASIS. Considerando la hora, Hermione dedujo que el resto se hallaría en sus dormitorios, preparándose para la cena.
Un tanto aliviada de que la noticia de que un Slytherin y una Gryffindor estaban juntos no se hubiera difundido todavía, y preguntándose a sí misma cuánto tiempo duraría aquella suerte, alcanzó la Torre y emprendió la subida hacia su propio dormitorio.
Debió intuir que las cosas serían un poco diferentes una vez atravesará aquellas puertas de roble.
Las miradas de Minerva y Doria se clavaron inmediatamente sobre ella, con cien interrogantes silenciosos brillando en sus ojos, pardos los de la una, castaños los de la otra. Hermione realizó su mayor esfuerzo por ignorar dichas preguntas no realizadas, las saludó a ambas amablemente, atravesó la habitación y se inclinó sobre su baúl buscando algo adecuado que ponerse.
Su apatía parecía sacudir la curiosidad de Dorea, quien captó la indirecta y se retiro en cuanto concluyó de arreglarse ella misma. Minerva, por el contrario, continuó estudiándola detenidamente, y Hermione comprendió que estaba esperando a quedarse a solas para entablar una conversación con ella. Intuición que quedó demostrada cuando la pelirroja abandonó la habitación como un rayo porque había quedado con Potter para no sé qué trabajo de Transformaciones y ella no mostró ningún interés en alcanzarla.
— ¿Ocurre algo? —inquirió cansada de su indagacion, quizás un poco más brusco de lo que pretendía—.
— Yo no soy quien para meterme en tus asuntos, Hermione. Hace muy poco tiempo que te conozco y, aunque me gustas, no soy quien para pedirte explicaciones...
— ¿Entonces?
— Quiero que tengas mucho cuidado con Tom Riddle —los ojos de Hermione se ampliaron, no se esperaba tal cosa—. No es asunto mío indagar en vuestra relación, y no me preguntes por qué te digo esto, porque ni yo misma lo sé. Pero en los cinco años que he vivido en Hogwars jamás he visto a Tom Riddle interesarse por algo que no sea él o provechoso para él. No quiero que te haga daño
— Yo lo conozco mejor que tú —replicó a la defensiva, sin poder desechar sus palabras con la fácilidad que hubiera deseado—. Nos conocimos de niños. Sé que él no me hará daño.
— Está bien, te creo. Pero... Hay algo en él... Algo distinto a los otros. Un aura oscura, peligrosa... Cuando me mira a los ojos, yo... En realidad no sé precisarlo. Olvida eso, ¿de acuerdo? Sólo ten cuidado. Y no sólo con él. Las cosas en Inglaterra no son como en los Estados Unidos... Aquí somos mucho más conservadores. No quiero que tengas problemas.
Hermione asintió, todavía demasiado confusa para pronunciar palabra. ¿Algo oscuro? ¿Peligroso? ¿A qué se refería Minerva exactamente? ¿Y por qué aquellas palabras resonaban en su memoria con tanta fuerza, como si se tratase del eco de un recuerdo perdido?
Por un instante, cerró los ojos y la invadió la visión de una calavera. Una calavera viva, de ojos rojos.
No. La joven alejó aquellas visiones de su cabeza. Ella conocía a Tom, no sólo por los recuerdos de su infancia, sino... a causa de algo especial, diferente. Algo que los unía inevitablemente, como los cuerpos a la Tierra, como el Sol a la Luna. No había motivos para dudar de él, y muchísimo menos para temer que él pudiera causarle algún daño. La mera insinuación era ridícula.
Simplemente, había algo que impedía conectar a Tom próximamente con otras personas. Eso es lo que había notado Minerva.
Sonriendo con convicción, fue a expresar a su compañera aquello en lo que tan firmemente creía. Pero tan pronto como separó los labios, comprendió que en aquel dormitorio ya no quedaba nadie excepto ella. Min se había marchado dejándola reflexionar a solas sobre sus palabras.
El Gran Comedor bullía vida y agitación. Los estudiantes de cada casa y los profesores conversaban animadamente en sus respectivas mesas mientras saboreaban los más copiosos y exquisitos manjares. Inmediatamente tras atravesar sus puertas, Hermione dirigió la vista a la mesa de Slytherin, y si alguna duda pudo quedar en su mente tras la conversación con Minerva, fue disuelta instantáneamente.
Los ojos negros de Tom atraparon los suyos con la misma intensidad de siempre y Hermione sintió como si a través de ese lejano contacto él desnudase su alma. Percibió la conocida la turbación que la hacía sentir tan frágil y vulnerable a su lado, pero también tan poderosa, como si el mundo entero fuera suyo y nadie pudiera hacer nada por evitarlo. La corriente de excitación que se extendía por sus venas colmándola de vida, atrayéndola hacía él, haciéndola olvidar todo, desde su nombre hasta el lugar donde se encontraba.
Y hubiera permanecido allí eternamente, simplemente contemplándolo.
Pero el escaso raciocinio que todavía perduraba en su mente y que no le había sido arrebatado por esos pozos de oscuro carbón, la forzó a retirar la mirada. Y Hermione percibió como lejos de aquel contacto, lentamente, como si de despertar de un profundo y arrebatador sueño se tratara, volvía recuperar la cordura, junto al dominio de sus pensamientos, de su cuerpo y de sus movimientos.
Lejos, en la mesa Slytherin, Tom Riddle elaboró una pequeña sonrisa.
Hermione se dirigió hacia su propia mesa, siendo consciente por primera vez de los desbocados latidos de su corazón, que parecían resonar por encima de todo el bullicio del inmenso salón, clavándose fieramente en su pecho con el aterrador conocimiento de que, si Minerva hubiera tenido razón en cualquiera de sus afirmaciones, ella no tendría escapatoria; estaría perdida para siempre.
Tal vez siempre lo hubiese estado.
Dorea y Minerva la recibieron sonrientes al llegar a la mesa, abriéndole un sitio a su lado en el banco, la primera con su alegría desbordante, la segunda con una amabilidad y atención casi extrema, demostrando que todavía no había olvidado su delicada conversación. Hermione correspondió la sonrisa de ambas y participó animadamente con ellas en la tertulia, que viraba desde el culo de Potter, hasta el próximo examen de Transformaciones, aclarando sin palabras que no había nada que lamentar.
Durante ese pequeño espacio disfrutó de la sabrosa comida y de la compañía de sus amigas, e incluso fue capaz de olvidarse un poco de Tom, aun cuando éste siempre siguiera presente en sus pensamientos. Una vez pasados los postres, en cambio, su corazón volvió a mostrarse agitado.
Porque sabía que él vendría por ella.
Y no se equivocó.
—Hermione, ¿me permites?
Ella no lo había sentido llegar y se sobresaltó cuando el posó la mano en su hombro, llamándola. Su corazón volvió a latir acelerado. Trató de concentrarse, de responder.
—Claro... —sólo logró pronunciar una única palabra, pero a él pareció bastarle, pues sonrió satisfecho—.
Murmurando una débil excusa a sus amigas e ignorando las miradas de todos fijas en ella, tomó su mano y permitió que la guiara lejos de allí.
— ¿Adónde quieres ir? —le dio a elegir cuando llegaron al vestíbulo—.
Hermione frunció el ceño, pensativa.
— ¿Estamos a tiempo de visitar los jardines? Todavía no los he disfrutado a la luz de las estrellas.
Tom sonrió.
— Por supuesto.
La noche era preciosa. Sin nubes. Con las estrellas brillando infinitas sobre el firmamento y la Luna dotando de un tibio color blanquecino a la hierba y las flores de principios de septiembre. Tom alzó su varita y conjuró sin problema una manta sobre el suelo, donde ambos se tumbaron sin temor al roció que condecoraba las plantas como fruto de la humedad de la noche.
Hermione se acercó a él y apoyó con ligeraza la cabeza sobre su pecho, conteniendo las ganas de abrazarlo fuertemente. Tom no realizó ningún movimiento, pero al cabo de unos momentos de silencio, preguntó:
— ¿Qué te ocurre? Estás inquieta...
La joven alzó los ojos hacía él, sorprendida de que hubiese captado su estado de animo con tanta claridad; mas no se sintió capaz de revelarle sus preocupaciones.
— No es nada...
Tom no insistió. Por el contrario, sus ojos se desviaron hacia el pequeño satélite que brillaba entero sobre sus cabezas. No era una esfera perfecta, como podría parecer el Sol a ojos humanos. Poseía cavidades dibujadas en su centro y erosiones alrededor de su aro. Pero a diferencia de la mayoría de las cosas comunes, aquellas imperfecciones sólo acentuaban su hermosura.
— ¿La ves? —se la señaló a Hermione—. Te veo reflejada en ella.
Hermione apretó sus párpados y aspiró aire con fuerza, lo retuvo unos instantes en sus pulmones, y lo expulsó fuera. Después confesó, lentamente:
— Hable con mis amigas... sobre nosotros. Les pareció extraño.
— ¿Se enfadaron contigo?
La voz de Tom adquirió un tono helado al preguntar aquello, casi sepulcral. Y por unos instantes, la palabra peligroso retornó a la mente de Hermione. Inmediatamente se reprendió por aquello, mas aun así no se sintió con fuerzas para hablarle de su conversación con Minerva.
- No. No, fue eso. Simplemente... les resultó extraño. Yo les expliqué que nos conocíamos de niños pero Tom, eso es precisamente lo que no entiendo —irguió su cuerpo parcialmente y se giró para mirarlo a los ojos—. ¿Cómo es posible? ¿Por qué apenas recuerdo retazos rotos de mi vida y sin embargo podría enumerar uno a uno cada momento qué pase contigo? ¿Qué hay entre nosotros qué es tan fuerte, tan poderoso, qué se desvincula de toda razón y cordura? ¿Por qué me siento a traída a ti como...?
— ¿Cómo el Sol a la Luna? —concluyó él por ella—.
Se había incorporado y la miraba fijamente. Hermione asintió, pero después desvió el rostro, incapaz de enfrentar la intensidad de su mirada. Los ojos de Tom dejaron paso a una ternura muy poco común en él, y le acarició la mandíbula con las puntas de sus dedos, incitándola a mirarlo de nuevo. La joven se estremeció ante aquel contacto tan frío.
— ¿De verdad son esas preguntas las que te inquietan, Hermione? ¿O hay algo más?
Hermione se mordió el labio, confusa. Sin saber bien qué responder ni a él, ni a sí misma.
—No lo sé... —reconoció con sinceridad—. Pero sé que hay algo.
Tom continuaba observándola fijamente, y Hermione tuvo la inexplicable intuición de que aquellos ojos, aquellos ojos negros que la veían, eran algo más que humanos... dos pozos ennegrecidos de infinita sabiduría que habían existido desde siempre, incluso antes de sí mismos.
—Te advertí una vez que soy peligroso —ecordó él, ajeno a sus pensamientos—. ¿Recuerdas tú lo que respondiste?
— "A mi no me harás daño" —recitó ella, con el corazón estremecido—. Eso fue lo que dije... Y lo sigo diciendo.
El joven sonrió levemente, pero sus ojos permanecieron serenos, imperturbables.
—Hermione, aquella vez no creíste mis palabras —observó sagazmente—. Pero ahora comienzas a creer, ¿no es así?
La muchacha desvió el rostro. Avergonzada de que leyera sus dudas con tanta claridad. Sintiéndose culpable por no ser capaz de disiparlas.
—No sé lo que creo, Tom –reconoció, volviendo a mirarle–. Pero sé que confió en ti. Con mi vida.
Él volvió a dedicarle una sonrisa, tierna está vez, y si Hermione no lo hubiese creído imposible, con un deje de tristeza.
—Me gustaría hacer honor a esa confianza. Y por ello no voy a mentirte. Algún día oirás cosas de mi que te asustarán y que quizá sean ciertas. Verás cosas de mi que te harán desear huir lejos, y si decides marcharte, no voy a retenerte a la fuerza. Pero ocurra lo que ocurra –la tomó del mentón y la miró fijamente–, recuerda y jamás dudes, de lo que siento por ti. Eso es algo que jamás cambiará, como tampoco el hecho de que moriré antes de permitir que sufras cualquier daño.
A Hermione pudo haberle asustado la seriedad con la que pronunció aquellas palabras. Su corazón volvía a latir acelerado y de alguna manera, no le cabía duda de que serían ciertas; en todos los sentidos. Y aun así, a pesar de que una parte de ella quería alejarse, y gritar, y huir donde la magia de aquellos ojos no pudiera alcanzarla, de antemano sabía que no iría a ninguna parte. Porque con mayor fuerza que la necesidad de apartarse de él, existía la urgencia de permanecer a su lado. Para siempre.
Tal vez por ello alzó la mano y la posó sobre su mejilla, en un tierna y dulce caricia; y él permitió aquel toque, y permaneció inmóvil y en silencio, esperando su respuesta.
— No sé quien eres, Tom. Y a veces creo que tampoco sé quien soy yo. Pero sé lo que siento. Sé que te quiero. Sé que hay una parte de ti que desconozco y me asusta. Sé que, aun así, no puedo imaginar un mundo sin ti –pausó, para mirarlo a los ojos–. ¿Es posible...?
— Lo es.
Sus labios volvieron a sumirse en un beso único y electrizante, como sólo los que ellos dos compartían, cargado de emoción, compuesto de dos almas tan diferentes, una luz y otra oscuridad, que de alguna manera estaban predestinadas a encontrarse y amarse desde antes del principio de los tiempos.
Se despidieron en el vestíbulo. Tom insistió en acompañarla hasta su torre pero Hermione aseguró que no era necesario. No quería arriesgarse a que alguien lo encontrara vagando por los pasillos a deshora, muchos menos por su culpa. El joven formuló una de sus características medio sonrisas cuando ella así se lo dijo, y Hermione sospechó que él tenía sus formas de evitar ser visto. Aun así respeto su decisión.
La beso suavemente en los labios como despedida, arrebatándole el aliento, y se perdió dirección a las mazmorras. Hermione tardó unos segundos en moverse y empezar a caminar para llegar cuanto antes al refugio de su Sala Común.
Todos los pasillos que recorrió se encontraban desiertos. Sólo una vez hubo de esconderse al traspasar una esquina, para evitar ser vista por un fantasma. Apresurando el paso y agradeciendo a Merlín su buena suerte, Hermione dobló el último recodo para llegar a su destino. Tan ensimismada iba en sí misma, que no fue capaz de verlo hasta que casi chocó con él.
—¡Profesor Dumbledore!
—Señorita Granger –Hermione se sonrojó profusamente al verse atrapada por él precisamente, cuando tantos favores le debía. Abrió la boca para explicarse pero su garganta no emitió ningún sonido. No obstante, el profesor no parecía enfadado–. La estaba esperando. A decir verdad, desearía habar con usted. ¿Tiene algún inconveniente en acompañarme a mi despacho?
Todavía incapaz de hablar, Hermione sacudió la cabeza para mostrar su conformación.
¿Por qué el profesor Dumbledore la esperaba? ¿Sería de algo tan importante que palideciera con la idea de que ella hubiese estado andando por el castillo a deshora? ¿Tendría algo que ver con su supuesto viaje en el tiempo o sus recuerdos?
Se le encogió el corazón ante esta posibilidad. No temía que lo que fuesen a hablar estuviese relacionado con su memoria. Tal vez incluso, recuperar parte o el total de ella, la ayudaría a entenderse mejor a sí misma y a disipar sus dudas sobre... algo relacionado con Tom. Por supuesto, no relacionado con los sentimientos que se profesaban, sino más bien sobre su persona... sobre aquella extraña sensación de peligro que la invadía cuando pensaba en él y él no estaba cerca para hechizarla con la magia de sus ojos.
Lo que la inquietaba es que tuviese que ver con su viaje en el tiempo, o con su regreso a "casa". Una casa que, de todos modos, no recordaba. Y aún si lo hiciese, estaba convencida de no querer regresar allí. No sin Tom. No iría a ningún sitio sin Tom.
— Siéntese, por favor —la invitó amablemente el profesor cuando llegaron a su despacho—.
Hermione tomó asiento en una silla en frente de su escritorio. Dumbledore sonrió y sus ojos azules se clavaron en ella examinándola bonachonamente. Instintivamente la joven comprendió lo que él estaba haciendo y aunque lo permitió sin alterarse, de forma también instintiva colocó una barrera en su mente sobre los momentos vividos con Tom y sus sentimientos hacia él, para que ni el mas experto legermis tuviese acceso a ellos.
Percibió como el profesor se daba por vencido al cabo de unos instantes, pero no se avergonzó cuando él posó en ella otro tipo de mirada. Decepcionada. Después de todo, como persona, tenía el completo derecho de proteger la inviolabilidad de su mente.
— ¿Quería hablar conmigo de algo, profesor? —preguntó lo más educadamente que pudo, deseando inexplicablemente que él encuentro terminara lo antes posible—.
Al cuestionarse interiormente por qué, casi como un eco resonaron en su mente las palabras de Tom cuando ella había negado que Dumbledore pudiera interesarse en cualquier forma su relación.
Le interesará, había asegurado él fríamente con la mirada más oscura que de costumbre. Comenzaba a creer que estaba en lo cierto.
— Así es, señorita Granger. Aunque no es mi costumbre inmiscuirme en estos asuntos de los alumnos, he podido observar, en el escaso tiempo que lleva aquí, que se ha iniciado una relación bastante estrecha entre usted y el señor Riddle. ¿Es eso cierto?
Hermione lo reconoció abiertamente, sin miedo.
— Si, es cierto.
El ceño de Dumbledore se frunció e forma casi imperceptible, y los ojos del anciano profesor relampaguearon antes preocupados que sorprendidos, como si de ante mano ya hubiera previsto que esa iba a ser la respuesta, pero hubiese guardado esperanzas de equivocarse hasta el final.
— ¿Y está usted segura de que esta sea... –pareció que escogía las palabras adecuadas con sumo cuidado–, a largo plazo, una relación prudente y saludable para ambos?
Hermione arqueó las cejas sintiéndose bastante ofendida.
— Disculpe profesor, pero creo que no logró entenderle —replicó, con una educación tan extrema que pudiera rallar el cinismo—.
La joven se percató de ello y se reprendió a sí misma. El profesor Dumbledore la había ayudado desde el principio, sin exigir nada a cambio. Y su generosidad había generado en Hermione un fuerte aprecio y admiración hacia él. No podía olvidar todo aquello porque ahora él se interesara por ella, mostrándose, quizá, un tanto en exceso protector y preocupado.
Aun así, no fue capaz de alejar de sí la actitud defensiva, no mientras algo, en aquellos ojos, le revelará que él seguía sin estar de acuerdo de su relación con Tom. Que no se fiaba de él.
— Hermione —a ninguno le pasó desapercibido el uso de su nombre de pila—, no pretendo generar en ti desconfianza. Únicamente me preocupo porque en tu situación, amnésica y, con toda probabilidad, en un tiempo que no es el tuyo, puedes que te sientas expuesta con más vulnerabilidad que de costumbre, y busques apoyo en... determinados lugares —pronunció con tacto; en "personas" Hermione supo que había querido decir, aun cuando no lo hubiese expresado en voz alta— que podrían resultar... menos confiables de lo que imaginas.
La palabra "confiable" recordó a Hermione la conversación que había tenido con Minerva, apenas unas pocas horas antes. Frunció el ceño.
¿Por qué todo el mundo se empeñaba en definir a Tom como poco confiable? ¿Incluso peligroso? ¿Y por qué, sin desearlo, su mente prestaba tanta atención a aquellas palabras, en lugar de rechazarlas directamente como banales y equivocadas?
Moriría para protegerte, había jurado Tom hacía poco. Y aún dudando de muchas otras cosas, Hermione sabía que aquellas palabras iban en serio; que él lo decía de veras. Moriría por ella. Y a cambio... ella ni siquiera era capaz de defenderlo ante las bien intencionadas acusaciones de Dumbledore.
No era justo. No podía permitirlo.
— No me siento ofendida —aseguró sinceramente—. Y agradezco su preocupación por mi, profesor. Pero a pesar de no disponer de mis recuerdos, estoy completamente convencida del buen sino de mis acciones, y de que cada cosa es, exactamente, como debe ser. Respecto a la posible teoría de que provenga de otro tiempo, tomándola como certera, y aun si tuviera los medios para regresar, yo misma me negaría en rotundo a ello hasta no recuperar la totalidad de mis recuerdos. Dado el caso, lo que suceda a continuación incumbe únicamente a Tom y a mi, a nadie más.
— Veo que ha empleado tiempo para reflexionar sobre ello.
Hermione asintió. Dumbledore la observó seriamente durante unos instantes más. Después suspiró y se reclinó sobre su asiento, relajando su pose.
— Esta bien. Desde el principió supe que eras una joven responsable y madura, Hermione, incuso más allá del normal. Por eso confiaré en tu criterio. No obstante, te ruego que seas prudente y que si en alguna ocasión te encuentras perdida o crees que lo necesitas, acudas a verme en seguida.
La joven asintió, aliviada de que la entrevista concluyera allí, pero no muy segura de que, en caso de necesitarlo, hiciera tal como el profesor le pedía.
— Así lo haré —prometió, no obstante—.
Dumbledore asintió y la joven creyó ver en sus ojos un deje e tristeza. Incomoda, comprendiendo que ya tenía permiso para retirarse, Hermione inclinó la cabeza ligeramente hacía él, a modo de despedida, se incorporó de su asiento y cruzó la puerta que la alejaría para siempre de aquella habitación, integrándose a los pasillos de Hogwarts con más dudas carcomiendo su espíritu de las que hubiera querido reconocer.
Ojala os haya gustado. Un gran abrazo a todas y todos.
¿Reviews?
