Disclameir: si Harry Potter fuera mío Voldemort no habría muerto, los mortífagos acertarían con sus hechizos, los sLytherin no serían tan cobardes, y Harry se volvería oscuro. Como nada de esto sucede, debo reconocer que Harry Potter pertenece a la maravillosa, pero un demaisado luminosa, JKR.
Capitulo I
El pánico cundía entre los niños de la escuela primaria Hemery pero ninguno se atrevía a intervenir. Se lo habían advertido. A pesar de lo que dijeran los adultos, nadie en su sano juicio iría a meterse con él. Pero no había hecho caso. Primero había retado a Dudley Dursley a hacerlo, para demostrar su liderazgo, y cuando éste sabiamente se había negado, había afirmado que lo haría él mismo y que después el jefe de su grupo pasaría a ser él.
Tonto. Ahora el pequeño Malcom Dewee se retorcía en el suelo bajo la mirada más fría y heladora que experimentaría jamás en su corta vida, unos ojos verde brillantes que parecían despedir llamas del mismo color. Él no quería hacer frente a esos ojos, pero al mismo tiempo no conseguía apartarse. Y los sentía dentro de su cabeza, por todas partes, burlándose de él, riendo, llenándolo de odio, culpa y dolor.
Discúlpate.
El silbido llego a sus oídos difuso e incomprensible, y por alguna razón lo asustó aún más, pero a través de sus ojos, el significado estaba claro en su mente.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! - chilló histérico. Era todo lo que podía pensar. Se disculparía mil veces con tal que parara.
Pero él no se detuvo. Continuó manteniéndolo prisionero unos segundos más, que al niño se le hicieron eternos, hasta que el sonido de unos sofocados pasos lo alertó de la llegada de un adulto responsable. Sólo entonces lo liberó de su mirada, aguantando hasta el último instante, y se alejó de él unos pasos.
- ¿Qué ocurre aquí? - la voz de la señorita Mallory pareció romper el velo de contención que reinaba en la estancia, liberándolos a todos de un extraño embrujo, pero aún así ninguno de los alumnos parecía dispuesto a explicar nada. Inmediatamente, su vista se posó sobre el muchacho que se tambaleaba en el suelo luchando infructuosamente por incorporarse, cuyo aspecto pálido y enfermizo nada tenía que ver con la presencia saludable que presentaba esa misma mañana -. ¡Señor Malcom! ¿Se encuentra bien? ¿Qué le han hecho?
Pero el niño ni siquiera se atrevió a mirarla y permaneció con la vista clavada en las baldosas. La profesora llevaba trabajando con infantes la mitad de su vida, y adivino en seguida que de él no obtendría ni una sola palabra. Estaba demasiado asustado. Y presionándolo no lograría sino empeorar las cosas.
- Vosotros - dijo dirigiéndose al grupo de niños que había presenciado la escena -. ¿Quién le ha hecho esto al señor Malcom? - Silencio. Necesitaría presionar un poco más -. Todos recibiréis un castigo como no delatéis al culpable - amenazó -. ¿Quién ha sido?
Más silencio. Era inútil. Lo veía en sus caras. Así no conseguiría nada. ¿Pero qué los mantenía tan aterrorizados para que todos escogieran el silencio por encima un castigo? La inexplicable respuesta procedió de la voz de uno de ellos, uno que se localizaba a su espalda y que ella conocía bien.
- No ha sido culpa de nadie, profesora - explicó el niño con dulzura -. Malcom me estaba persiguiendo por algo qué tenía que ver con un estúpida apuesta. Pero yo he sido más rápido y al tratar de alcanzarme él se ha tropezado mientras corría, y al caer se ha golpeado en la cabeza. Eso es todo.
La profesora Mallory frunció el ceño. Aquella era una historia típica de recreo y totalmente coherente, pero había algo que no encajaba. Tal vez se hubiese sentido más inclinada a creerla si el autor de la misma no hubiese sido Harry Potter. Aquel niño había cambiado mucho en los dos últimos años, hasta el punto que ella casi calificaría de irreconocible.
Desde que lo conoció la primera vez, siempre pensó en él como muchacho extremadamente tímido, cálido y agradable, y con un marcado déficit de atención; algo no demasiado extraño dado su carecía de ambos padres. Ahora ya no era así. Continuaba alejado del resto de alumnos pero siempre debido a elección propia. Ya nunca era acosado o insultado por ser el eslabón más débil, todo lo contrario; sus compañeros parecían tenerle miedo. Nunca destacaba. Nunca se metía en líos y nunca respondía a un profesor, pero al mismo tiempo parecía marcado por una seguridad que la mayoría de los adultos sólo sueñan con alcanzar. Era extraño. Y precisamente por eso, o quizá también debido a los ojos aterrorizados de Malcom Dewee, ella se sentía tan reacia a creer esa historia.
- ¿Es así cómo ocurrió?
Pero de nada sirvieron sus sospechas cuando la totalidad de la clase, incluido el niño enfermo que acunaba en sus brazos, asintió con la cabeza y corroboró esa historia. De todos modos aquel era el último día de curso para ese año, y en septiembre la mayoría de los presentes pasarían a la escuela segundaría y no volverían a verse por allí. No había mucho que ella pudiera hacer.
- Está bien - se resignó -. Señor Piers, señorita Barton, hagan el favor de llevar al señor Malcom a la enfermería. Señor Potter ¿puedo hablar con usted unos momentos?
…Y la estúpida y sucia muggle se atrevió a no creerme y a ofrecerme su ayuda. ¡Ja! Nunca se preocupó por mí antes… ¡Como si a estas alturas lo necesitara!
~ Es culpa tuya. No debiste hablar. Ninguno de tus compañeros se hubiera atrevido a hacerlo. Mejor que los hubieran castigado a todos. ~
También me habrían castigado a mi. Además, Malcom fue el único que trató de atacarme. No hubiera sido justo que por su culpa hubieran pagado todos.
~ Siempre te digo que eres demasiado blando, Harry. Si los demás muggles no te atacan es porque saben que no les conviene. Como ese homínido primo tuyo. El que sean levemente más inteligentes no los exonera de culpa. ¿Acaso no recuerdas como te trataban antes? ~
...
~ Está bien. Olvídalo. No tiene sentido el tema, de todos modos. Hoy ha sido tu último día de clase y en septiembre empiezas Hogwarts. ¿Impaciente? ~
¡Estoy deseando conseguir mi propia varita y practicar los hechizos que me has enseñado! Pero no estoy muy seguro de que me guste el mundo de los magos… Aunque todo estará bien si tú estas conmigo, Tom.
~ Sabes qué no pienso ir a ninguna parte. Hogwarts te gustará, ya verás. Es lo más parecido a un hogar que yo pude encontrar. Y será sano para ti conocer más magos de tu edad, aunque ninguno este a tu altura. Pero ya sabes lo que siempre digo: ten cuidado con el viejo loco. Es más listo y zorro de lo que parece. Si sospecha algo te destruirá. ~
No te preocupes por mí. Soy el pobre huérfano-que-vivió y seguiré actuando como tal hasta que sea demasiado tarde para él. Entonces no tendrá tiempo de escapar. Será la venganza perfecta.
~ Eres increíble, Harry. Lo sabes, ¿no? Nunca dejes que nadie te diga lo contrario. ~
Es sólo gracias ti, Tom. No se que haría sin ti. Pero te lo prometo, un día te devolveré el favor. Y nadie podrá pararnos si estamos juntos. Absolutamente nadie.
…
Harry cerró el diario con desgana. Si de él dependiera pasaría el día entero hablando con Tom, pero por desgracia su cuerpo requería otras necesidades. El niño de casi once años se incorporó de la cama y guardo el cuaderno en el bolsillo interior de su camisa antes de deslizarse fuera de su cuarto y bajar las escaleras para llegar al comedor. Nunca se separaba realmente de él, y además adoraba el contacto del cuero negro contra su piel, le hacía sentir a Tom más cerca.
Su vida había sido un completo infierno hasta descubrir el diario dos años atrás, o mejor dicho, hasta que Tom se las arreglara para que él lo encontrara. Al muchacho no le quedaba duda de que si el cuaderno había llegado hasta su puerta había sido sólo porque así él lo había querido. Desde entonces, Tom se convirtió en la primera persona en la que él pudo confiar, la primera que lo entendió y apreció de verdad.
Harry reconocía que al principio le había costado confiar en aquel extraño artefacto, que le hablaba de un mundo fantástico rodeado de magia, castillos y maldiciones. Ni siquiera estaba del todo seguro de que no se tratara de un truco, o un intentó de los Dursley para volverlo loco y deshacerse de él en un manicomio. Pero entonces Tom se lo había mostrado. Retazos de su vida en el orfanato, la aparición de Dumbledore, el Callejón Diagon, Hogwarts… Y Harry no le quedó más remedio que creer, simplemente porque era imposible que el diario estuviera mintiendo. Ningún muggle disponía de tecnología suficiente para recrear aquello. Y algo en su interior le indicaba que era cierto.
Así se explicaban la mayoría de las cosas extrañas que sucedían a su alrededor, como la vez que huyendo de la banda de Dudley había aparecido a salvo en el techo, o la vez que hizo estallar el televisor agobiado porque Petunia no dejaba de gritarle (afortunadamente los Dursley no relacionaron ese incidente con él, o Vernon lo hubiera matado).
Creyó, y así abrió la puerta a un arsenal mayor de revelaciones. Él, Harry Potter, no era un muchacho normal. Harry Potter era un mago. Y sus padres también lo habían sido, ambos asistentes al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
El alivio que lo inundó en ese momento superó cualquier otro, y no tuvo apenas que ver con la revelación de su magia o de las posibilidades que ahora se abrían ante él. Sus padres habían sido magos. Grandes magos. Y habían muerto por algo que ver con la magia, no en un accidente de coche provocado por su ebriedad. Inmediatamente el odio por sus tíos, que siempre los había descrito como borrachos sin provecho y drogadictos, se incrementó aún más. Porque tal como siempre había anhelado, sus padres habían sido buenas personas, y en ningún momento habían puesto en peligro su vida por conducir borrachos. Todo lo contrario. Ellos lo querían, o al menos lo habían querido. Incluso habían muerto por él.
Harry se sintió feliz, y continuó escuchando. Tom le habló de su historia, de cómo en el mundo de los magos lo consideraban el niño-que-vivió, de la carta que recibiría de Hogwars poco antes de cumplir sus once años, del sombrero seleccionador, de las casas del colegio, de cómo él era el único mago capaz de hablar parsel (don que, para su inmensa alegría y la de Tom, pronto descubrieron había heredado)…
También le explicó sus motivos para crear ese diario, y le narró toda la historia de la Cámara de los Secretos. Harry comprendía que llevado por el rencor, Tom hubiera hecho uso de ella durante su estancia en la escuela (él mismo azuzaría un basilisco a los Dursley si se presentara oportunidad), aunque no podía sentirse moralmente de acuerdo con sus acciones. Los nacidos de muggles eran, al fin y al cabo, magos; aunque no contaran los mismos derechos de los sangre pura o los mestizos, la magia fluía por sus venas de igual manera porque ésta los había escogido.
Sin embargo Harry jamás lo crítico y eligió con cuidado guardarse sus reservas. El pasado de Tom era complicado y más doloroso que el suyo propio, y Harry no quería juzgarlo cuando ni siquiera sabía como hubiera reaccionado él mismo en su situación. Si su propio padre lo hubiera abandonado por el mero hecho de ser un mago, si jamás se hubiera dignado a conocerle simplemente por ser como la naturaleza lo había formado… Tal vez entonces él también hubiera sentido la necesidad de explotar su odio por los muggles y vengarse de la única forma en que le hubiese sido posible. Además, Tom era su mejor amigo. Pasara lo que pasase, eso jamás iba a cambiar.
Harry también conocía la mayoría de los eventos posteriores a su vida en Hogwars: su trabajo en Borkin y Brukes, sus viajes por Albania, la creación de los horrocruxes, la guerra contra Dumbledore, su camino para convertirse en el mago más poderoso de todos los tiempos, el nombre que ningún mago se atrevía a pronunciar…
Si el muchacho sospechaba la conexión que había entre Voldemort y la muerte de sus padres, que al fin y al cabo, en palabras de Tom, habían sido asesinados por el señor oscuro más poderoso de cuantos había habido, nunca cuestionó nada al respecto, y Tom tampoco lo había mencionado. Realmente no deseaba saberlo. Sólo conseguiría sentirse culpable. Y Harry estaba convencido que, escondiera lo que escondiese el pasado, sus padres se sentirían felices de que al fin hubiera encontrado una persona que se preocupara por él, y con quien Harry fuera capaz de hablar. De no ser por Tom, ¿quién sabe lo que Vernon hubiese hecho con él?
Porque Tom no sólo se había limitado a hablarle de su vida y de los misterios que rodeaban la suya propia; también le había enseñado a protegerse. Primero le mostró cómo proteger su mente, pues no cabía duda de que Dumbledore intentaría invadirla en cuanto estuviera presente, y después a introducirse en mentes ajenas, leerles el pensamiento, implantar ideas, pequeñas semillas que germinarían por sí solas con el paso del tiempo, controlarlas, producirles dolor… como al estúpido de Malcom Dewee aquella mañana.
Harry nunca olvidaría la emoción que lo embargó la primera vez que hizo uso de ese don. La banda de Dursley le perseguía y Harry sabía que no iba a escapar entero. La última vez que habían logrado atraparle, lo habían golpeado varias veces en el estómago y de una patada habían arrancado dos de sus dientes de leche. En aquel momento no. Una extraña rebelión nació en la punta de su estómago y repentinamente Harry se sintió enfadado y poderoso. Él era un mago. Un pandilla de estúpidos muggles no debería infundirle ningún miedo. Él era mejor que ellos. Más fuerte. Él tenía el control. Ellos no volverían a hacerle daño.
Se detuvo y los hizo frente. A continuación los gritos de Dudley; el miedo reflejado en los ojos de sus amigos, la sensación de pánico que cubría el ambiente… Harry no lo olvidaría nunca. Aquel recuerdo se convirtió en una golosina dulce que aún saboreaba por las noches. Aquel día se dio verdadera cuenta de su poder, del poder que Tom siempre alababa en él, y decidió que lo emplearía. Nadie volvería a hacerlo huir. Nadie se acercaría a él lo suficiente para volver a dañarlo. Nadie. Jamás.
…
Harry se escurrió rápidamente por las escaleras y entró en la cocina, donde le esperaba un suculento plato de comida. Lo destapó y lo introdujo en el microondas, para calentarlo. A continuación atrajo hacía sí el sillote mas próximo de la cocina, y se sentó a esperar hasta que estuviera listo.
Su situación con los Dursley también había mejorado bastante en comparación con hacía dos años. Una vez consciente de su poder, fue ridículamente fácil acercarse a Vernon y a Petunia y comunicarles a ambos que a partir de aquel día su habitación pasaba a ser la segunda de Dudley, sus comidas de igual cantidad y calidad a las de su primo, y sus tareas domesticas totalmente suprimidas. No volvería a ser tratado como un esclavo.
Controlar la mente de sus familiares acorde a su voluntad no supuso ningún resto para él; los tres Dursley eran demasiado débiles de pensamiento para ofrecer cualquier resistencia. Harry no se sentía culpable. Con su poder podría haber optado por vengarse de ellos y convertir su vida en un autentico infierno; por el contrario sólo se limitaba a exigir lo que realmente le pertenecía. Tom le decía que era demasiado blando, y él suponía que tenía razón. En realidad no entendía por qué lo hacía. Tal vez porque, después de todo, los Dursley le habían acogido hacía ocho años en lugar de dejarlo en un orfanato, o quizá por respeto a la sangre que su tía compartía con su madre.
De cualquier forma, su calidad de vida había mejorado bastante en los últimos tiempos. Su estatura había aumentado unos cuantos centímetros y, aunque delgado, su peso era el adecuado para un saludable niño de casi once años. La piel de sus rodillas ya no se pegaba a sus huesos y por fin vestía ropa de acorde a su edad.
Si a cambio de todo ello, reflexionó Harry mientras masticaba con lentitud el delicioso estofado de ternera y zanahoria, sus tíos y su primo había desarrollado un inconsciente pavor que los impulsaba a mantenerse lo más lejos posible de él en todo momento, y a apenas dirigirle la palabra, a él no podría importarle menos.
Muy lejos quedaba el tiempo en que hubiera dado lo poco que tenía por una palabra amable de Vernon, o un gesto cariñoso de Petunia. Ahora Tom le brindaba todo el cariño que necesitaba. Lo único que lograba inquietarle últimamente era el conocimiento de que pronto todo cambiaría, y que cuando llegara la carta de Hogwarts se vería impulsado a un mundo para el que no sabía si estaba preparado. Pero como decía Tom, se consoló el muchacho con una pequeña sonrisa, no tenía de que inquietarse. Aquello seria solamente el inicio de la próxima gran aventura.
Konichiwa! Espero que os haya gustado el capítulo. En realidad resultó algo más de introducción de lo que esperaba, pero prometo que para el próximo Harry sí recibira ya su carta de Hogwars y aparecera más magos. Aun así con este hemos visto como ha cambiado la vida y la personalidad de Harry desde que conoció a Tom, como este le ha enseñado legirmancia para defenderse y controlar a los muggles, y como son sus interacción con su familia y el resto de compañeros. Yo la verdad es que estoy basntate satisfecha con el resultado. ¿A vosotros que os parece?
Aprovecho también para agradecer a las nueve personas que me dejaron su reviews en el capítulo anterior. Sólo por ellas decidí atualizar tan rápidamente. Alexander Malfoy Black, Ricardo Zuniaga, lady black, xXxMartelxXx, lil, valcalle, drucila, xXxMartelxXx, Aswang. A ellos muchísimas gracias, y también a ti, si estás leyendo esto.
Me permito recordar que, por desgracia, las reglas de esta pagina prohiben responder por aquí reviews anónimos, a mi ya me borraron una historia a causa de eso y no quiero arriesgarme. Si cualquier anonimo quiere dejarme su corro para responderle por ahí lo haré encantada. Eso sí, deberá dejarlo con espacios o la página lo eliminará inmeditamente.
Sin nada más que añadir, me despido con un gran saludo para todos. Anzu.
