Disclameir: Harry Potter no me pertenece, es propiedad de JK Rowling.


Capítulo 7

Después de la primera semana, los días adquirieron una agradable rutina en Hogwarts. Harry se mantuvo al día con sus deberes y pronto aprendió el horario y el funcionamiento de sus clases. Snape no mostró deseos de repetir el incidente; de hecho, solía actuar como si él no existiera y sólo le hablaba para entregarle su nota (generalmente un suspenso). Zabini tampoco volvió a molestarlo, aunque su relación no había mejorado sustancialmente en nada. Y Hermione continuaba sin hablarle. ¡Muchacha orgullosa!

El primer sábado de septiembre Harry despertó temprano; y con sus tareas al día y Draco todavía durmiendo, al fin pudo comenzar la lectura de los libros que descansaban sobre su escritorio. Escogió el título que más le llamo la atención: Mentiras que oculta la Historia: Salazar Slytherin y sus contemporáneos. El volumen lo atrapó tanto, y hasta tal punto, que se le escaparon las horas sin ser consciente. Cuando Draco asomó entre sus doseles para darle los buenos días, apenas faltaban treinta minutos para la comida. Se había olvidado del desayuno.

El rubio le sonrió feliz y descansado, y prácticamente lo arrastró fuera de la cama arguyendo que no se podía desperdiciar leyendo aquel maravilloso día. De esa forma, Harry descubrió que el mal humor de su amigo en las mañanas no era un defecto crónico, sino que sólo le afectaba cuando lo obligaban a despertar demasiado temprano. O antes del medio día.

Aun así, el entusiasmo de Draco era contagioso, y media hora más tarde ambos se encontraron deambulando por los pasillos del sótano, en busca de un cuadro con forma de frutero, donde Narcissa le había explicado a su hijo que se ocultaban las cocinas. A Draco no le bastaba con los pasteles del Gran Comedor; no, quería un desayuno en condiciones. Y si a esas horas ya no lo servían, se lo ordenarían directamente a los elfos.

Harry nunca había visto un elfo domestico en su vida, aunque sí había oído hablar mucho sobre ellos, así que accedió al plan con entusiasmo. Tardaron más de dos horas en encontrar el dichoso frutero, y luego un rato más en recordar que había que acariciar la pera para que éste te abriera. Pero con el estómago lleno de deliciosos manjares y los oídos agasajados por un centenar de complacientes elfos domésticos, Harry diría que mereció la pena.

De esa forma, entre horarios y clases, tareas y hechizos, escapadas con Draco y charlas con Tom, transcurrió el mes de septiembre. El uno de octubre trajo consigo una pequeña novedad: comenzaban las lecciones de duelo. Y como todas sus clases en ese maldito colegio, las recibían junto a los Gryffindor.

Harry se cuestionó la manía que tenía los profesores de colocar juntas a las dos casas que más se destetaban entre sí: las serpientes congeniaban mucho mejor con los Ravenclaw, y los Gryffindor sin duda preferirían a los Hufflepuff. Tal vez confiasen en contagiar alguna cualidad entre ambos, o quizá simplemente esperasen fomentar su rivalidad para aumentar el rendimiento.

De cualquier forma era exasperante. Porque cada vez que intentaba acercarse a Hermione para disculparse, la chica lo ignoraba o le lanzaba una mirada dolida que lo hacía cambiar idea. Si. Harry bufó. Realmente exasperante.

- Ya verás, ¡volar es lo más! - repitió Draco por enésima vez en lo que iba de día.

Harry se contuvo de poner los ojos en blanco y se mordió el labio para acallar la réplica que ya tenía planeada. Él nunca había volado, y aunque la idea le producía cierta curiosidad, no entendía la pasión que despertaba entre la mayoría de los chicos; especialmente tratándose de Slytherin, fríos por naturaleza. Gracias a Morgana que, al menos, los de su casa no se ponían a contar en medio de las clases aventuras ridículas, protagonizadas por ellos, una escoba, un muggle, y un aeroplano.

Bueno, Draco sí había mencionado algo sobre un helicóptero, pero Harry se lo perdonaba porque sabía que sólo lo había hecho para impresionar a Pansy, que parecía gustarle. Sobraba decir que la muchacha, más preocupada por las corrientes del aire en altura y lo vulgar de montar en escoba, no le había hecho ni caso.

Pansy Parkinson era una chica interesante, aunque pasar el tiempo con ella resultaba muy aburrido. O al menos, así lo creía Harry. En menos de tres semanas se había hecho con el control absoluto de las niñas de su curso, desde la dulce Daphne, hasta la imponente Millicent. Todas la seguían. Bueno, quizá no tanto Anne, pero ella parecía más preocupada por la seguridad de sus libros que por socializar. Sin embargo, apostaría que Pansy no se consideraba amiga de ninguna. Las escuchaba, las dirigía, las ayudaba y era complaciente con ellas, al mismo tiempo que estrechaba su lazo, como una verdadera serpiente. De esa forma el liderato no fluctuaba como ocurría con los chicos.

Sobre ellos, se podría decir que, aunque fuera su nombre el que estuviera primero, era Draco quien llevaba la voz cantante. Cuando él hablaba todos callaban y obedecían. El problema era que Draco no hablaba demasiado a menudo. Se contentaba con ordenar a Crabbe y a Goyle a su antojo, sacar buenas notas, y gastar el resto de tiempo con Harry.

El propio Harry no creía hallarse interesado en dirigir. Tom siempre lo instaba a formar su propio circulo de servidores, pero él se resistía a aplicar esa definición al resto de sus compañeros de clase; no parecía correcto. Tampoco es que Harry fuera muy sociable. Había pasado tres años de su vida relacionándose únicamente con un Diario. Abrirse a Draco ya le costaba esfuerzo, y la idea de hacer lo mismo con todos sus compañeros casi que le provocaba pánico. El dón de gentes se le escaba.

Tras ellos dos se encontraba Blaise, pero a pesar de sus desplantes, el muchacho tampoco parecía interesado en gobernar, más bien en establecer una seria y poderosa razón para colaborar con sus gobernantes. Mientras tanto se limitaba a aguardar. Theodore Nott era un caso aparte. Probablemente, era el niño que mejor caía a Harry, aunque su carácter no era tan alegre y jovial como el de Draco. Theo tenía la cualidad de estar presente en todos los lugares, pero sin que nadie se percatara de su presencia. Y por último, se localizaba Izar, con quien menos había tratado. En realidad, desde su comienzo con mal pie con Zabini, apenas se le veía por la casa. Se había hecho con un grupo de amigos en Hufflepuff, y parecía íntimo de un tal Macmillan.

Harry observó a su grupo mientras la señora Hooch daba las órdenes. Habían sido colocados en dos filas paralelas y cada uno tenía una escoba descansando en el suelo a su derecha.

- Recordad - Pansy instruía disimuladamente a sus chicas -. Llamad a la escoba con firmeza y seguridad, sin demostrar vuestro miedo. Daphne, recoge tu cabello en una coleta - ordenó, tendiéndole un coletero; Harry observó que ella misma había recogido el suyo en una elegante trenza -. No podemos permitir que se estropeen esos preciosos rizos. Diana, tú ten cuidado tu falda; hoy deberías haberte puesto medias oscuras. Milli, excelente vestuario; vuela bajo y siempre cerca de mi, así me cortarás las corrientes de aire. Anne - se giró hacía la chica de los libros, dedicándole una pequeña sonrisa de animo y sin criticar su cabello suelto y esparcido por su rostro -. No importa que tú nunca hayas volado. Eres una Slytherin y también puedes hacerlo. ¿Está claro?

Todas asintieron. El propio Harry hinchó sus pulmones con miedo. No podía ser el único de su clase que no lo lograra. La señora Hooch se paseó una vez más entre todos ellos y después dio la orden. Treinta gritos de "Arriba" se escucharon simultáneamente. El muchacho sonrió satisfecho. Su escoba había ascendido con fuerza y ahora descansaba en su mano. Lo había conseguido a la primera.

Examinando su alrededor, Harry comprobó que Draco, Zabini y Nott también lo habían logrado. La escoba de Izar se revolvía en el suelo. Las de Crabbe y Nott permanecían inmóviles. El grupo de las chicas había sufrido un éxito parecido. Las escobas de Pansy y, sorprendentemente, Anne, eran sostenidas por sus dueñas. En resto continuaba intentándolo.

Draco rió sonoramente cuando la escoba de Ronald Weasley, totalmente renuente a obedecer a su dueño, se alzó encabritada para golpearlo en el rostro. Harry no se burló, pero tampoco pudo contener una pequeña sonrisa. Los últimos niños en lograrlo fueron un muy chico tonto de Gryffindor, el mismo que había hecho estallar su caldero un par de veces en clase de pociones, y Hermione Granger. Harry tuvo que morderse el labio para resistir el impulso de caminar hasta ella y ofrecerle algún útil consejo que, con toda seguridad, no hubiera sido bien recibido.

- Ahora, cuando toque mi silbato, dais una fuerte patada al suelo - ordenó la señora Hooch -. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos, y luego bajad inclinándoos ligeramente hasta aterrizar. Preparados... tres... dos...

Pero el chico tonto de Gryffindor, Harry se hizo un apunte mental para aprender su nombre, aunque sólo sirviese para reirse de él, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada antes de que sonara el silbato. La señora Hooch lo contempló, primero con enfado, y después con seria preocupación.

- ¡Vuelve, muchacho! - gritó.

Pero el chico había perdido totalmente el control sobre la escoba que ascendía con velicidad en línea recta, efectuaba varis giros en campana y amenazaba con estrellarse contra uno de los muros de la escuela. Los Gryffindor contenían la respiración. Hasta Draco parecía ligeramente preocupado, aunque también divertido. La profesora observaba al chico con impotencia y con la cara muy blanca.

- ¡Haga algo! - le encomendó Harry acercándose a ella. Pero la mujer estaba paralizada.

Harry cuestionó mentalmente si sería una squib. Entonces la escoba del chico se sacudió bruscamente, se oyó una exclamación, y el niño descendió unos cuantos metros en caída libre, salvándose de un aterrizaje forzoso al quedar su capa atrapada en unas extrañas farolas. Harry supo que no aguantaría. Un par de segundos más, y la capa se rasgaría del todo. Entonces actuó por instinto. Elevó la varita y lanzó el primer hechizo que le vino a la mente, aquel que había aprendido con Draco en el expreso, de camino a Hogwarts.

- ¡Homos Helium!

El resultado fue instantáneo. Efectivamente, la capa del Gryffindor se rasgo y éste cayó disparado contra el suelo, pero en lugar de golpear contra él, rebotó y continuó rebotando, como un globo, hasta que finalmente se detuvo en el camino, a unos cuantos metros de distancia a donde estaban todos. Harry corrió hacía él y volvió a sacudir su varita.

- ¡Finite Incantatem!

El globo con forma de alumno se desinfló y el cuerpo del niño volvió a ser el de un niño. La señora Hooch llegó deprisa hasta ellos, arrodillándose a su lado y revisando al chiquillo.

- Se ha desmallado - dictaminó -. Pero es sólo la impresión, se encuentra totalmente sano - suspiró con alivio -. Bien hecho, señor Potter. Quince puntos para Slytherin por salvar a un compañero, y quince más por su hábil demostración mágica.

Harry sonrió satisfecho. Aquel era un añadido que no esperaba. El Gryffindor comenzó a abrir los ojos.

- Ya despierta. Ahora - la señora Hooch se dirigió al resto de la clase -, llevaré al señor Longbottom a la enfermería. Y lo advierto. Si alguien pone un pie en el aire estará fuera de Hogwarts antes de lo que se dice quidditch. Vamos… muchacho…

Harry los observó alejarse con un potente sentimiento de triunfo en le pecho. Pero entonces alguien llegó hasta él y comenzó a sacudirle la espalda con entusiasmo.

- ¡Alucinante, Harry! Aún no me creo que se te ocurriera usar ese hechizo para salvar al idiota de Long-Bottom. ¡Ni Flitwick lo habría dominado mejor!

El muchacho se lo sacó de encima, sintiéndose algo cohibido de repente.

- No ha sido para tanto…

Pero su reprimido entusiasmo no logró silenciar el de Draco, ni, extraordinariamente, el del resto de la clase. Incluso los Gryffindor parecían admirados. Muchos se aproximaron a él para felicitarlo, más apasionados que los de su propia casa. A Harry no le sorprendió que Weasley no se le acercara, pero sí él que Zabini lo hiciera.

- Bien hecho, Potter - reconoció el chico moreno, mirándolo frente a frente.

Fue una felicitación parca, y no una claudicación completa, pero Harry reconoció el gesto e inclinó ligeramente la cabeza hacía él. Theo le palmeó un par de veces en el hombro, y entonces Harry observó algo brillante en el suelo. Se agachó a recogerlo. Era una recordadora. Supuso que pertenecía a Longbottom, y que éste la había extraviado mientras daba sacudidas en el aire. Elevó la cabeza y, a lo lejos, reparó en una de las personas que no se habían acercado para felicitarle. Tal vez no fuera mala idea…

- Hola Hermione - la saludo, tras caminar hasta ella.

- Harry.

La muchacha desvió la vista y se mordió el labio nerviosamente, quizá divida entre el deseo perdonarle y hablarle, o la cabezonería de continuar ignorándolo. Tal vez no llegó a decidir por ninguno de los dos porque se mantuvo se silencio. Al menos, se consoló Harry, no lo había llamado por su apellido.

- Creo que a Longbottom se le ha caído esto - le tendió la recordadora -. ¿Podrías dársela?

Hermione la recibió con asombro y después asintió. Harry le dedico una pequeña sonrisa y se dio la vuelta para marcharse. Pero ella lo detuvo.

- ¡Harry!

Se giró hacía ella.

- ¿Si, Hermione?

- Ha sido un gran hechizo - reconoció la niña, devolviéndole la sonrisa.

Harry asintió, consciente de que aquello no era un perdón absoluto, pero al menos era un principio. Después se volvió hacía Draco y acompañado por el muchacho, continuó su retiro.

El incidente de la clase de vuelo se difundió rápidamente. Las voces y las miradas del resto de los alumnos lo habían perseguido desde que había puesto un pie en Hogwarts por primera vez; pero si hasta entonces la mayoría poseían un tinte curioso, incluso receloso, Harry descubrió con fascinación que ahora tornaban a un matiz de reconocimiento. Incluso los prefectos de su curso parecían complacidos, dedicándole pequeñas sonrisas cuando coincidían en la Sala Común. Él ya había conseguido antes algunos puntos para su casa en las clases, pero treinta de vez era una suma excelente.

Si había alguien que no disfrutaba de la nueva aclamada posición de Harry, era Ronald Weasley. Hasta entonces el muchacho había logrado suscitar recelos hacía él entre sus compañeros de casa, pero cuando un Neville Longbottom nervioso y tartamudeante, se había acercado a la mesa Slytherin para darle las gracias a Harry, el pelirrojo comprendió que se había quedado sin apoyos. Tal vez por ello no tardó en interceptarlo en un pasillo, respaldado por el que parecía ser su único amigo: Seamus Finnigan.

- Te crees muy listo, ¿eh, Potter? ¡Pues a mi no me engañas!

Harry se giró hacía él aburrido, dedicándole una mirada despectiva. Draco a su lado también se detuvo.

- ¿Disculpa? ¿Decías algo?

Ronald lo miró con odio, sin amilanarse.

- Digo que a ti Neville te importa un mierda, que sólo querías quedar bien con los profesores. ¡No eres más que una sucia rata slytherin!

El muchacho frunció el ceño ante el insulto. Le importaba una mierda lo que Weasley pensara o dejara de pensar, pero él era una serpiente slytherin, no una rata. Y el otro era tan estúpido. Su mano derecha acarició la varita con afecto, oculta en uno de los bolsillos de la capa. Sería tan fácil… tan extraordinariamente fácil…

- ¡A nosotros nos importa una mierda lo que tú digas, Weasel! - intervino Draco a tiempo, adelantándose unos pasos eres más que una pobre comadreja, cobarde y celosa.

El Gryffindor enrojeció de rabia, y empuñó su varita.

- ¡Repite eso!

Draco se mantuvo tranquilo pese a la amenaza, lanzando una mirada a su alrededor, donde varios alumnos mayores se habían detenido a observarlos.

- Aquí no. Si de verdad eres tan valiente, quedemos está noche, en la sala de los trofeos. Un duelo de magos. Nada de puños, sólo magia. Yo seré el segundo de Harry, y supongo que Finnigan será el tuyo.

Sorprendido, Harry giró el rostro hacía Draco y lo miró con desaprobación. Aquello no era lo que hubiera esperado. Pero el rubio elaboró su típico gesto de "confía en mi", y concentró su atención sobre Weasley.

- ¿Qué? ¿Demasiado asustado para acudir, Ronald? - se burló, empleando su nombre completo para molestarlo

El pelirrojo bufó con rabia.

- A media noche, Malfoy. Os estaremos esperando.

Harry esperó en silencio hasta que Weasley desapareció más allá del pasillo. Entonces se encaró a Draco.

- ¿Acaso estás loco? ¿Qué pasa si nos pillan? ¡Te he dicho mil veces que no quiero llamar la atención! - para acrecentar su enfado, el rubio continuó sonriendo prepotente, como si lo tuviera todo controlado -. ¡Draco!

- Tranquilízate, Harry. Somos Slytherin, ¿no? Así que está noche habrá alguien esperando a Weasel en la Sala de los Trofeos, pero no seremos nosotros. ¿Alumnos fuera de sus dormitorios a esas horas? - ironizó con sarcasmo -. ¡Ya verás cuando Filch se entere! Y ahora, si quieres acompañarme, voy a la lechucearía a enviar el anónimo correspondiente.

Harry permaneció inmóvil unos momentos, con la vista clavada en la espalda de Draco mientras éste se alejaba. Después, lentamente, una sonrisa fue apoderándose de su rostro. Esta vez, su amigo lo había sorprendido. Comúnmente solía actuar demasiado despreocupado e infantil, pero en ocasiones como aquella, no era difícil entender porque la serpiente lo había escogido segundo para su casa. Draco era un diamante en bruto. El tiempo ya se encargaría de pulirlo.

- ¡Espera! - lo llamó con entusiasmo.

Su amigo se detuvo; giró el rostro hacía él, sonrió divertido y espero a Harry, que no tardó en alcanzarle. Juntos, continuaron el camino a la lechucearía.

….

Aquel mes de octubre no trajo consigo más novedades. Tanto Draco como a Harry les hubiera gustado espiar desde un escondite secreto el encontronazo de Filch con Weasley y Finningan, pero intentarlo hubiera sido demasiado arriesgado; así que se contentaron con visitar las cocinas y ordenar a los elfos domésticos que les trajeran multitud de pasteles a su dormitorio, para brindar a su salud. A la salud de su expulsión, claro. No hubo suerte. Pero las miradas de odio y rabia mal disimulada que la comadreja, como lo había apodado Draco, continuaba enviándoles desde entonces eran suficiente recompensa.

Mientras tanto, la noche de Halloween se acercaba cada vez más. Los primeros sentimientos de Harry al respecto eran contradictorios. Por un lado, esa era la noche en que sus padres habían muerto. Por otro, esa era la noche en que él mismo casi había asesinado a la parte corpórea del alma de Tom. Demasiado confuso, tras varios días de incertidumbre, Harry decidió olvidarse de todo y disfrutar del banquete y de la extraordinaria tradición mágica que conllevaba la cerebración.

¿Sabías por qué los muggles creen que es en Halloween cuándo las fronteras entre la vida y la muerte se funden, y brujas, magos, demonios y fantasmas pasean entre los vivos? ~

Le había explicado Tom.

No… ¿Por qué?

~ Todo tiene que ver con los días finales de la antigua Roma. En los primeros siglos de nuestra era, cuando el cristianismo comenzaba a difundirse como un germen en las ciudades, se realizaron redadas para atrapar y sacrificar a los servidores de la Antigua Religión. Entre ellos se atrapó a muchos magos. La mayoría lograron escapar, pero hubo algunos pocos desafortunados que fueron sorprendidos sin su varita, e incapaces de realizar magia por sí solos, fueron sacrificados. ~

~ Luego llegó un periodo de paz, donde los magos nos vimos obligados a vivir ocultos y los muggles olvidaron nuestra existencia. Pero entonces, algunos hechiceros, ignorando estos acontecimientos, comenzaron a creer que los nacidos muggles también tenían derecho a acceder a la magia. La idea, aunque descabellada, se difundió rápidamente por nuestra sociedad y, con el tiempo, se llevo a cabo. Sin embargo, como era de prever, el cristianismo y el temor a Dios y al infierno estaba demasiado arraigado en los corazones muggleborn, que incapaces de creer, acusaron a los magos de ser siervos de Lucifer y de estar tentándolos con el Diablo. ~

~ Fue una época horrible, Harry. Ni te la imaginas. Odio y sangre, miedo y fuego por todas partes. Pero el crimen más atroz fue éste: cierto día, no se sabe cuándo ni cómo, los muggles descubrieron una guardería de pequeños magos, donde los padres dejaban a sus hijos para intuirlos en los primeros caminos de la magia. La arrasaron. Mataron a los cuidadores y a todos los niños. Purificaron sus cuerpos en la hoguera y rezaron al Señor para que los acogiera en su seno. ~

¿Cómo pudieron…? ¿Y sus padres? ¿Qué hicieron cuando se enteraron?

Inquirió con urgencia Harry, atrapado y asqueado por el relato a partes iguales.

~ No sólo sus padres. Tras descubrir el horror, todos los magos de la región se unieron. Tomaron sus varitas, desfiguraron sus rostros para ocultarlos, y mataron a cuanto muggle se cruzó en su camino, vengándose de los culpables. De ahí es de donde derivan las leyendas de la noche 31 de octubre. ~

¿Pero por qué nadie lo sabe?

~ Los hechos se ocultaron. Los magos de la luz no deseaban que se ensanchara el odio por los muggles, así que persiguieron a los vengadores y, secretamente, borraron sus recuerdos. Pero uno de ellos, un poderoso señor de la oscuridad, consiguió escapar y traspasó sus memorias a su discípulo, ordenándole hacer lo mismo de generación en generación, hasta que de esa forma fueron recogidas por Salazar, quien ordenó documentarlas para que el tiempo no las extinguiera y un día la verdad consiguiera ver la luz. ~

Y ahora tú me lo has trasmitido a mi…

~ Si, Harry. Y un día, tú y yo juntos, pequeño, lograremos que el mundo entero lo descubra. ~

Harry sintió un retortijón de emoción en el estómago. Tom no sólo lo estaba reconociendo como su discípulo, como su futuro igual, sino que también hablaba de un futuro juntos donde al fin los magos permanecerían a salvo de los muggles, y estos recibirían su merecido. Harry no sabía como esto podía llegar ser posible en las actuales circunstancias, pero eran palabras de Tom y él confiaba absolutamente en su mentor. Si Tom lo creía así, Harry estaba convencido; así sucedería algún día.

...

Muy lejos de todas estas cuestiones, despertó Draco la mañana de Halloween, con un habitual mal humor que fue disipado en seguida por el delicioso aroma de calabaza asada que flotaba todos los pasillos. El día amenazaba con ser maravilloso, sensación que se vio incrementada cuando al llegar a clase de encantamientos, el profesor Fltwick les informó que ese día realizarían su primer ejercicio práctico con magia.

Aunque el hechizo en cuestión, un simple y vulgar Wingardium labiosa, era materia pasada y dominada para Harry, el muchacho se mostró entusiasmado ante una clase practica que no incluyera horas de inútiles copias y toma-apuntes de la pizarra. Aun así, cuando Fliwitck terminó de repetir por enésima vez las instrucciones y dio orden de realizar el hechizo, aburrido, Harry ni siquiera se molestó en intentarlo. Draco, a su lado, hizo lo propio. En realidad, la mayor parte de los Slytherin presentaban semblantes somnolientos y tampoco lo intentaban. Especialmente, aquellos con apellidos de renombre, como Parkinson, Malfoy, Zabini e incluso, tal vez, Nott. El resto agitaba sus varitas y se esforzaba con igual ahínco a los Gryffindor.

Pero aunque los nombres de los mencionados poseyeran un cierto nivel de talento e inteligencia nada menospreciable, su evidente superioridad en todas las clases no podía ser achacada exclusivamente a ello. Harry estaba convencido de que había algo más. Tras unos momentos de reflexión y análisis, recayó en la cuenta. La razón era tan evidente que se reprochó no haberla comprendido antes.

Parkinson, Malfoy, Zabini y Nott… originarios de las más prominentes y destacadas familias sangre pura en Gran Bretaña, familias que evidentemente no iban a esperar que sus hijos ingresaran en Hogwarts para darles una varita. Ellos habían crecido mamando la magia, y así habían educado a sus hijos. Unas modernas y desechables leyes no iban a impedírselo. Probablemente esa fuera la razón porque ninguno de los cuatro aireara sus conocimientos. Preferían quedar ocultos entre las sombras, sin que ningún profesor sospechara nada. Tan Slytherin…

Por el lado contrario, quizá debido a que ella no tenía nada que esconder, Hermione Granger no presentó vergüenza al demostrar sus conocimientos. Absortó en sus esquemas mentales, fue necesario que Flitwick comenzara a aplaudir para que Harry reparara en que su pluma era la única que había conseguido elevarse y ahora flotaba por el aire cerca del techo de la habitación. La niña lo había logrado. Y a su lado, el rostro Ronald Weasley se torcía en una mueca de rabia y disgusto que no lograba disimular ni siquiera escondiendo la cabeza entre los libros. En conclusión, una clase maravillosa.

Cuando el timbre anunció el fin de la misma, Harry se precipitó junto a Draco hacía su Sala Común para aligerar el peso de su mochila y llevar sólo consigo los materiales de la tarde, antes de disfrutar plenamente del receso en el Gran Comedor. Pero, contrariamente a lo que tenía previsto, Harry no encontró a Hermione en su respectiva mesa escarlata. De hecho, la niña no se presentó en ninguna de las dos clases de la tarde. Sabiendo lo importante que eran las clases para ella, el muchacho comenzó a preocuparse.

- ¡Olvídala! - fue el consejo de Draco lejos de cualquier interés, cuando le hizo participe de su preocupación -. Es sólo una sabelotodo, seguro que la encuentras en la biblioteca.

Harry suspiró, armándose de paciencia. Sabelotodo era el apodo que su amigo había asignado a Hermione, después de que Harry se hubiera enfadado con él por llamarla sangre sucia. Bueno, en realidad ella era una sangre sucia, pero el muchacho no olvidaba que llamarla de esa forma había sido la causa de que ella todavía no le hablara. Aquello lo había vuelto algo susceptible a la palabra.

Tal como había supuesto, Hermione tampoco se hallaba en la Biblioteca, ni en el Gran Comedor, ni por los jardines, ni en la enfermería. A la hora de la cena, sin saber ya donde indagar, Harry no tuvo más remedio que acercarse a un miembro de su propia casa en busca de información.

Después de que Longbottom acudiera a su mesa para agradecerle, el niño había adoptado también la costumbre de saludarlo en los pasillos y sonreírle en las clases cuando se lo encontraba. ¡Inaudito! Un Gryffindor amable y atento con un Slytherin. ¡Pero aún más inaudito! Un Slytherin buscando ayuda de un Gryffindor para salvar a un segundo de su misma casa! Tom lo mataría si lo descubriera.

- Lo siento, Harry. Desde la clase de Encantamientos yo tampoco la he visto - se disculpó el niño con su cara regordeta algo pesarosa -. Pero, si te sirve de ayuda, Parvati y Padma Patil comentaban hace un rato haberla escuchado en el baño de las chicas, llorando.

Harry frunció el ceño. El baño de las chicas. Ya tenía una pista. El problema era que, aunque quisiera, allí él no podía alcanzarla.

- Está bien. Gracias, Neville - se despidió del muchacho con una pequeña sonrisa de agradecimiento.

Bien es cierto que a veces Neville era un poco tonto y torpe (un poco no, demasiado, diría Draco), pero lo trababa bien a él a pesar de ser un slytherin, y a Harry, que había escuchado que el niño era huérfano, le inspiraba algo de pena. No costaba nada animarlo con una sonrisa de vez en cuando.

Consciente al fin del paradero de su compañera y de que ésta se hallaba a salvo, aunque tal vez disgustada o triste, por primera vez desde el final de la clase con Flitwick, Harry se permitió relajarse. Y los increíbles e intrincados adornos del Gran Comedor, y el fabuloso festín que se ofrecía, tan espléndido como le banquete de bienvenida, contribuyeron a acrecentar su animo. El entusiasmo de Draco, mientras picaba aquí y allá y llenaba sus bolsillos de golosinas y chocolates, también era contagioso. Incluso Panay, que siempre dedicaba una mueca de asco a los platos predilectos de Harry, y se decantaba por el pescado, la fruta y las verduras, hacía una excepción esa noche.

Harry se estaba sirviendo una buena ración de tarta de calabaza, adornada con murciélagos de chocolate, cuando el profesor Quirrell entró rápidamente al comedor, con el turbante torcido y cara de terror. Todos los alumnos interrumpieron sus charlas y lo contemplaron atónitos mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se apoyaba sobre su mesa y jadeaba:

- ¡TROL! ¡Hay un troll en las mazmorras! Pensé que debía saberlo…

Y se desplomó en el suelo.

El tumulto fue instantáneo. Gryffindors y Hupleffufs rompieron en gritos y estallidos de terror. La mayoría de los Slytherin y los Ravenclaw también se asustaron, aunque lograron mantener el orden. Para lograr que se hiciera el silencio, el profesor Dumbledore tuvo que elevar su voz por encima del resto, con un grito escalofriante.

- ¡SILENCIO! - exclamó -. Prefectos, conducid a vuestros grupos de vuelta a los dormitorios, de inmediato. Los profesores me acompañaran a mi a las mazmorras.

Alexander Nott y Helena Dux, los prefectos de quinto año, tomaron el mando de nuevo, como había ocurrido en la selección.

- ¡Slytherin, seguidnos, por favor! Manteneos juntos y caminad en fila, no tenemos nada que temer.

Mientras salían del Gran Comedor, luchando por abrirse paso entre la turba de alumnos de otras casas, Harry vio que Draco se revolvía inquieto y miraba a su alrededor algo asustado, a la vez que también parecía entusiasmado. Probablemente, la adrenalina que regaba sus venas fuera la responsable de esas dos emociones. Por su parte, él no tenía miedo, aunque si se sentía algo intranquilo. ¿Cómo era posible simple y tonto troll hubiera logrado atravesar las defensas y colarse en el lugar mágico más protegido de Gran Bretaña? No encontraba respuesta. Pero lo más preocupante, es que su cerebro no trabaja a la velocidad acostumbrada; algo se le escapaba.

¡Pues claro! ¿Cómo sido tan estúpido para olvidarla? ¡Hermione!

- ¡Hermione!

- ¿Qué? - Draco se volvió hacía a él con expresión confusa -. ¿Qué pasa con ella?

- Está en el lavabo de las chicas. No sabe nada del troll.

- ¿Y qué?

Su compañero no compartía su urgencia en absoluto. Harry lo ignoró.

- ¡Tengo que ir a avisarla!

- ¿Estás loco? - el rubio lo agarró del brazo e impidió que se marchara.

Harry supo que el tiempo se le agotaba. Debía desaparecer ahora, mezclado con los alumnos de las demás casas, o pronto su grupo entraría en las mazmorras sería demasiado tarde. Pero Draco tenía razón, era una locura. Él que siempre se mostraba reacio a cualquier actividad que conllevara perder puntos. Tom también se enfadaría mucho si descubría que había puesto en peligro su vida por una sangre sucia. Pero no era una sangre sucia cualquiera. Era Hermione. Se lo debía.

Efectuó un pequeño tirón y se libró del amarre de Draco.

- No te estoy pidiendo que me acompañes - susurró -. Quédate aquí e intenta cubrirme.

Le apreció escuchar que Draco escupía una palabrota seguida de un tirón de maldiciones, pero no le prestó atención. Se separó de él y trató de camuflarse entre el grupo de Hufflepuff, atentó a la primera oportunidad de ocultarse lejos de la vista de ellos. Neville había dicho que Hermione se encontraba en el baño de las chicas, pero no había especificado en qué baño, y siendo Hogwarts un castillo inmenso con cientos de corredores y pisos, eso podía suponer un problema.

Sin embargo, rememorando la mueca de furia de Weasley y la expresión de su amiga al final de la clase con Flitwick, Harry tuvo una corazonada. Aguardo a que el pasillo quedara despejado, y se lanzó en carrera hacía los baños de primer piso, justo al lado del aula de Encantamientos.

- ¡Oye, cretino de mierda! ¡Espera!

Sorprendido, Harry giró el rostro y se encontró con un jadeante y contrariado Draco que corría hacía él. Se sintió algo culpable, aunque también agradecido. No lo había esperado.

- No tenías por qué venir…

- Por supuesto que no - Draco le quitó importancia al hecho con todo su estilo -. Ahora calla y camina - ordenó -. Y encuentra de una vez a la sabelotodo. Me debes una muy grande, amigo.

Harry sonrió y lo guió por los recovecos que conducían al primer piso. Acababan de doblar una esquina cuando oyeron pasos rápidos a sus espaldas.

- ¡Mierda! - escupió Harry, empujando a Draco detrás de un gran buitre de piedra.

Cuando los pasos se alejaron, el muchacho miro a su amigo curioso.

- ¿Lo he soñado o ese era Snape?

- ¡Que más dará! Démonos prisa y volvamos de una vez a las mazmorras.

Harry ignoró su sugerencia y continuó andando. No fue necesario aguardar mucho. Al doblar la esquina del siguiente corredor, una agudo chillido probó que había estado en lo correcto co sus deducciones. El muchacho echó a correr, seguido de mala gana por Malfoy.

- ¡Deprisa! - lo instó.

- ¡Si, claro! Corramos a la búsqueda de la bestia - ironizó el rubio asustado-. Que yo sepa, el que el troll ya la esté devorando no forma parte del trato...

- ¡Draco!

Harry le reprochó su sarcasmo, pero no tuvo tiempo de pronunciar nada más. Habían llegado al lavabo de las chicas, donde una aterrorizada Hermione trataba de ocultarse bajo los lavabos, mientras el trol sacudía su inmenso martillo y amenazaba con destruirlo todo hasta encontrarla. El muchacho no lo pensó. Sacudió la varita y disparó el hechizo.

- ¡Repulso!

Aquel era el mismo conjuro que Snape había empleado contra él para sacarlo de su despacho, y que después de mucho insistir, Tom había accedido a enseñarle. En teoría debería haber lanzado al troll contra la pared dando tiempo a Hermione para que huyera. En teoría. Pero no funcionaba.

- ¡Repulso! ¡Repulso! ¡Repulso! - comenzó repetir histéricamente Harry, sin resultado; en el suelo, la niña continuaba pidiendo ayuda, mientras la bestia destruía una nueva tanda de lavabos bajo los cuales ella se ocultaba -. ¡Petrificus! ¡Homos Helium! ¡Rictusembra!

Ningún hechizo funcionaba. Mientras recitaba inútilmente, la mayoría de hechizos que conocía, el muchacho ni siquiera escuchaba ya los gritos de Hermione, ni lo comentarios sarcásticos de Draco "¡Rictusembra! Si hombre, provoquémosle cosquillas, a ver sí así hay suerte y deja de destruirlo todo." Pero entonces, entre las defensas de su cerebro, se coló una pequeña frase:

- ¡Harry, es un trol! ¡Los hechizos sólo rebotan contra su piel! ¡No te servirán de nada!

¡Por supuesto! ¿Cómo había sido tan estúpido para olvidarlo! Los troll poseían una pequeña cantidad de sangre gigante, como una especie de parientes lejanos; y ningún hechizo, salvo los más potentes, funcionaba contra ellos. Pero, ¿entonces? ¿Qué hacía?

Observó la situación. El troll continuaba sacudiendo el bastón y tres cuartas partes del baño habían sido derruidas. Hermione ya no tenía donde ocultarse. Draco, a su lado, abría los ojos asustado. Él lo había arrastrado hasta allí. Él había decidido ir a salvar a su amiga en persona en lugar de, prudentemente, advertir a un profesor. Toda la situación era culpa suya. Y sin magia, no tenía forma de arreglarla.

¡Harry! ¡Harry, ayúdame!

¡Harry, haz algo! ¡Después va a venir a por nosotros!

Pero aunque Harry escuchaba sus súplicas, se hallaba paralizado. Sus dos mejores amigos iban a morir sin que él pudiera hacer nada para ayudarlos. O, en el mejor de los casos, tal vez Draco huiría y sólo morirían él y Hermione.

- ¡Wingardium leviosa!

El hechizo surgió repentinamente de los labios de rubio. Harry no se movió, sabiendo que sería inútil. Pero, inteligentemente, Draco no había apuntado al troll, sino a su bastón, que emergió disparado de la mano de su dueño, y después, a una velocidad desorbitarte, prueba de la mala saña del mago, golpeó contra la cabeza del troll. La bestia cayó inconciente al suelo.

Harry escuchó a Hermione y a Draco suspirar con desahogo, mientras su propia mente se aclaraba y dejaba paso al alivio. Lo habían conseguido. Mecanicamente, el muchacho avanzó unos pasos, esquivó al trol y ayudó a Hermione a incorporarse. El rostro y las manos de la niña presentaban algunos pequeños rasguños, pero por lo demás parecía sana.

- ¿Estás bien?

- Creo que sí.

- Eso ha sido brillante, Draco - se dirigió entonces a su amigo.

El rubio sonrió con prepotencia. Los tres se alejaron unos pasos, observando a la enorme bestia tirada en el suelo con la respiración uniforme, y los miles de escombros que había provocado a su alrededor. Para tres alumnos de primer año, la visión resultaba escalofriante.

Entonces se oyó un súbito portazo y unas fuertes pisadas hicieron que los tres se sobresaltaran. No se habían dado cuenta de todo el ruido que habían hecho, pero, por supuesto, abajo debían haber oído los golpes y los gruñidos del troll. Un momento después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la habitación, seguida por Snape y Quirrell, que cerraban la marcha. Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho. Snape se inclinó sobre el trol, ignorándolos a ellos, pero lánzando una rápida mirada inquisitora a Draco. La profesora McGonagall los miró a los tres con los ojos muy abiertos y los labios muy blancos.

- ¡Por Merlín! ¿Se puede saber qué es lo que ha ocurrido aquí?

Harry se adelantó unos pasos, con una creíble y valiente explicación ya proyectada.

- ¡Ha sido un susto increíble, profesora! Me marché del Gran Comedor antes de que la cena acabase porque vi que Hermione no estaba y, como ya había faltado por la tarde, estaba preocupado. Draco quiso venir conmigo. La estábamos buscando cuando escuchemos un grito. Llegamos aquí corriendo y vimos al troll que la tenía atrapada; no quedaba tiempo para buscar a un profesor. Tuvimos que ayudarla nosotros.

La profesora McGonall lo examinó fríamente, y Harry rezó porque creyera sus excusas. La mujer desvió la vista hacía la niña de su propia casa.

- Señorita Granger, ¿fue así como ocurrió?

Hermione asintió.

- Me dolía el estómago y por eso no bajé a cenar. Usted sabe… Tampoco asistí a las clases de la tarde, pero vine aquí porque me daba vergüenza acudir a la enfermería. Lo lamento.

La muchacha inclinó la cabeza ruborizada y McGonall abrió los ojos con entendimiento. Harry hubiera besado a Hermione en ese momento. Con esa historia no habría duda. ¡Se habían librado del castigo!

- Les creo - concedió la profesora sin suplantar su semblante serio -. Pero, ¡por el amor de Merlín! ¿Podrá ahora alguno explicarme como es que tres alumnos de primer año conseguisteis vencer a un troll gigante de tres metros, sin resultar aplastados?

Está vez, los tres niños sonrieron. En comparación con lo anterior, esa era la pregunta fácil.


¡Konichiwa! ¿Os ha gustado el capítulo!

¡No os quejaréis! No sólo continuó publicando unas dos veces por semana, sino que además los capítulos han aumentado considerablemente el tamaño. Este alcanza las quince páginas Word, unas siete más de las que os tenía habituados. Pero bueno, con todos los increíbles reviews que me envías, supongo que lo tenéis merecido. ^^

Sobre el capi, espero que os haya gustado. Estoy bastante cansada así que no voy a hacer un comentario largo, pero por favor, si hay algo que no concuerda u os parece fuera de lugar, no dejéis de decírmelo. ¡Así es como se mejora!

Ahora, sobre la manía que tiene Draco de buscar apodos a todo el mundo, constatada en los libros, explicó por si alguien no está enterado, que Weasel es una deformación del apellido Weasley, y significa comadreja. Long bottom, significa culo grande, pesado, o algo por el estilo (no soy ningún experta en inglés, pero creo que hasta ahí lo he explicado correctamente).

Y bueno, espero que este capítulo tenga menos errores que los anteriores. Es que no sabéis que maravilla es tener un Word decente con corrector incluido. Pero generalmente, con eso que te pide de la contraseña y toda esa mierda, tengo que corregirme solita las falla de ortografía, así que las debo tener a mares. Esta vez, en lugar del portátil estoy usando un ordenador viejo, con Word 2003, y estoy alucinada. ¡Yo lo quiero! ¡Lo hecho de menos! XD

En fin tomodachis, estoy muy cansada y aún tengo que darle a mi hermana pequeña una clase de matemáticas, así que me despido ya de vosotros. ¡Ojala si hayáis disfrutado del capítulo! Un saludo muy fuerte y nos leemos pronto.

Con cariño, Anzu.