Harry Potter no es mío, pertenece a JKR


Capítulo 9

El mes de noviembre trajo consigo el invierno y la nieve. Las montañas cercanas al colegio adquirieron un tono gris de hielo y el lago parecía de acero congelado. Cada mañana, el cesped aparecía cubierto de escarcha. Los elfos avivaron el fuego de las chimeneas de su Sala Cómún, y Harry se volvio adicto a los baños de agua ardiente para desentumecer sus extremidades insensibilizadas por el frío de los jardines.

Sin percatarse de cómo, (el tiempo parecía avanzar allí mucho más rápido que en el mundo muggle), un día Harry despertó y comprendió que hacía casi tres meses desde que había llegado a Hogwarts. En ese espacio, el castillo se había convertido en una especie de hogar, algo desconocido para él y completamente alejado de lo que había sido su vida en Privet Drive. Ahora pertenecía a Slytherin, asistía a clases, practicaba la magia, se relacionaba cordialmente con sus compañeros, e incluso había ganado dos mejores amigos. Y lo más importante: Tom continuaba con él.

Evidentemente, no todo era perfecto. Existían pequeños contratiempos que esperaba dominar con el paso del tiempo. O por lo menos, aprender a sobrellevarlos. Pero nada que no pudiera hacerse frente.

Harry cerró el grifo de la ducha caliente y envolvió su cuerpo en un toalla antes de abandonar la bañera. El contraste de temperatura fue inmediato, y erizó el vello de sus brazos. Sin entusiasmo por sumarse a la lista de enfermos que a esas alturas del curso permanecían bajo el ala de Madame Pomfrey, el muchacho se apresuró a tomar su varita, que de antemano había guardado sobre el lavabo, y murmuró el encantamiento calorífico que eliminaría cualquier rastro de humedad de su cuerpo, además de secar su cabello. Una agradable ráfaga de aire caldeado demostró que el hechizo, en el cual se había convertido en todo un experto, había funcionado. Sintiéndose mucho más cómodo, Harry empezó a vestirse.

Cuando había accedido a ser entrenado por Tom, el muchacho se había imaginado a sí mismo convirtiéndose en un poderoso mago versado en las artes oscuras, imponente entre sus demás compañeros y capaz incluso de hacer frente a algunos profesores. Poco sospechaba que la primera lección que Tom encargara para él, sería levantarse todos los días una hora antes de lo acostumbrado, cuando aún no había amanecido del todo, abandonar el cálido refugio que ofrecía su dormitorio para asaltar la intemperie, y dar, como poco, cuatro vueltas al campo de Quidditch corriendo.

Una mente sana es el resultado de un cuerpo sano. Y necesitarás a éste bien entrenado si de verdad quieres adentrarte en el camino de las Artes Oscuras, había dicho Tom. Y a Harry no le quedó más remedio que obedecer.

También es cierto que, de cuando en cuando, especialmente en los días lluviosos o huracanados, Tom le permitía sustituir la carrera a pie por un accidentado y veloz vuelo en escoba, que según contribuirá a dotarlo de reflejos y decisión, y que Harry apreciaba infinitamente más. Por desgracia para él, aquel no había sido uno de esos días.

Harry abandonó del lavabo con el uniforme de Hogwarts ya puesto, para observar con envidia como Draco apenas comenzaba a desperezarse. Su cama, todavía desecha, con el cómodo colchón de plumas y las cálidas mantas revueltas, parecía atraerlo con la fuerza del canto de una sirena. Pero estaba rendido, y si se tumbaba no despertaría a tiempo para las primeras clases. Convencido de que la comida lograría reavivarlo, murmuró una rápida excusa a Draco y emprendió solo el camino hacía el Gran Comedor.

- Me voy yendo ya, ¿vale? Necesito espabilarme. Tú no tengas prisa, que te guardaré un sitio en el banco.

Frente al espejo del baño, el muchacho rubio asintió, sin molestarse siquiera en girar la cara hacía a él para mirarlo a los ojos. Acostumbrado a cómo se las gastaba Draco por las mañana, y demasiado cansado para molestarse, Harry lo despidió con un gesto de cabeza, se colgó su cartera al hombro y abandonó el dormitorio.

En el Gran Comedor, el zumo de piña, la manzana, las tostadas untadas con mermelada y los cereales, acompañados por un buen jarrón de leche, consiguieron reanimarlo. Unos veinte minutos después, apareció Draco, cuyo humor ya había mejorado un tanto.

- ¿Cuánto falta para Herbología? - preguntó Harry después de apurar el tazón de leche, desprevenido, al notar que varios de los asientos a su alrededor estaban vacíos.

- Menos de cinco minutos - informó su amigo con un suspiró resignado -. Por lo menos, luego, hora doble de Defensa y fiesta.

Dado que era viernes, por la tarde no tenían clase.

- Habla por ti - objetó Harry, mientras ambos se incorporaban y abandonaban el Gran Comedor, no tan ligeros como deberían, teniendo en cuenta la hora -. Yo aún tengo que hacer esa visita al idiota de Hagrid o el muy estúpido no dejará de enviarme notas.

Desde la primera semana de clases, cuando la invitación de Hagrid a visitarlo había sido disuelta por el castigo de Snape esa misma tarde, el gigante había vuelto a invitarle tres veces más. Las dos primeras Harry las había rechazado con la excusa de los deberes y las clases, pero al parecer el guardabosques no captaba las indirectas. Con la tercera no le quedó más remedio que dar su palabra de que acudiría, aunque sólo fuese para librarse del acoso por carta al que le estaba sometido.

- Lo había olvidado - Draco bostezó sonoramente, antes de abrir la puerta que daba a los jardines y dejar caer unas gotas de su revitalizante ironía-. ¡Joder! Qué frío… Bueno, pues que lo pases bien esta tarde. A mi aún me debes una por lo del troll, así que al gigante vas a ir a verlo tú solo.

Harry se encogió de hombros, mientras acurrucaba los brazos dentro de la capa en un intento por atraer calor. Ya lo esperaba. Y de todos modos no consideraba buena idea introducir a Draco en la misma choza que Hagrid. El resultado podría ser peligroso, y no sabría decidir para cuál de los dos.

- No te preocupes. Le pediré a Hermione que me acompañe.

Draco se mantuvo en silencio ante aquella frase, cosa que Harry agradeció; aunque sí puso los ojos en blanco con desagrado, como hacía cada vez que escuchaba su nombre.

Cuando llegaron al invernadero dos, el resto de sus compañeros ya estaba presentes, pero, por suerte, la clase aún no había empezado. Harry aceleró el paso para colocarse junto a Hermione en la planta que la niña había elegido, y por el rabillo del ojos vio como su amigo lo seguía a regañadientes. No sería la primera vez que lo oía murmurar: debería mandarte a paseo e irme con Crabbe y Goyle, estaría mucho mejor con ellos que con esa sabelotodo. Pero ni celoso ni enfado, Draco era tan tonto para no ver que con sus dos guardaespaldas el trabajo que mandara la profesora Sprout lo tendría que realizar el solo, mientras que con Harry y Hermione la mejor nota de la clase estaba asegurada.

- Buenos días, Harry - lo saludo la niña con una brillante sonrisa -. Draco - reconoció al otro cabeceando ligeramente hacía él, con diplomacia, aunque sabía que su gesto no iba a ser correspondido; el rubio volvió a poner los ojos en blanco -. Os estuve esperando en la entrada, pero como no aparecías y era ya tarde, fui viniendo hacía aquí.

A pesar del plural, la frase estaba por completo dirigida a Harry.

- No te preocupes - la disculpó el muchacho -. Se nos fue la hora. Así, por lo menos, has podido guardarnos sitio.

- Eso es porque te has cansado mucho está mañana, ¿verdad? - inquirió la niña astutamente.

De sus dos amigos, Hermione fue la única que no se tomó a risa su idea de correr una hora todas las mañanas, antes de que empezaran las clases. Draco lo miró como si estuviera loco y lo trató como a tal. Aun así, Harry sospechaba que los sentimientos de la niña era similares a los de su otro amigo ante la idea de acompañarlo.

Pero la profesora Sprout mandó callar a la clase en ese mismo instante, y la respuesta quedó olvidada. Trabajaron sobre los tubérculos venenosos, y Hermione obtuvo diez puntos para su casa por conocer el modo de contrarrestar su veneno. Draco gruño y Harry continuó pensando que Gryffindor era un desperdicio para su talento. Pero el genio de su amigo se aplacó un poco cuando, al finalizar la clase, la profesora entregó de nuevo diez puntos, esta vez para cada uno, por haber sido los únicos en trasplantar correctamente la planta sin que sus delicadas raíces sufrieran ningún daño.

Caminaron juntos hasta su siguiente clase, en el interior del castillo.

- ¿Creéis que existe la posibilidad de que Quirell enseñe hoy algo interesante? - inquirió la niña, escéptica.

- ¿Ese fantoche cobarde? - Draco no perdía la oportunidad de insultar a un mal profesor, aunque eso significase saltarse su propia regla de "ignorar a la sabelotodo y hacer como si no existiera" -. Volverá a contarnos su heroica manera de vencer a ese vampiro, sin nombrar ninguno de los hechizos que empleó para ello. ¡Menuda pantomima barata! ¡Ni el más imbécil se lo creería!

Harry sonrió divertido. Le encantaba que Draco se valiera de ese tipo de palabras para enmarcar su disgusto, evidenciando así su exquisita educación elitista. Hermione, por el contrario, frunció el ceño; siempre se disgustaba cuando se faltaba el respeto a un profesor. Pero esta vez no dijo nada, probablemente porque no había manera de defender a Quirrell sin faltar a la verdad.

Efectivamente, la clase versó sobre atractivas y poco creíbles historias sobre vampiros y otras criaturas oscuras, que el profesor relataba con su habitual tartamudeo, y para la hora de la comida, mientras se dirigían al Gran Comedor, fue difícil conseguir que Draco se hartara de decir: "os lo dije". Harry concretó su cita con Hermione antes de separarse para la comida.

- De acuerdo. En ese caso, te espero a las cuatro, en la entrada, para que me acompañes a casa de Hagrid, ¿te va bien a esa hora?

- Perfecta. Así me dará tiempo de acabar antes los deberes de Herbología - asintió la niña, meditando en voz alta -. Te veo entonces, Harry. ¡Hasta luego!

Harry la vio dirigirse hacía territorio Gryffindor, mientras Draco lo tironeaba de la manga para conducirlo hasta su propia mesa. En otras circunstancias, habría quedado con ella directamente después de comer, encontrándose a las puertas del Gran Comedor, pero el animo entre sus dos casas estaba más caldeado de lo habitual por el partido de Quidditch que tendría lugar ese mismo domingo, el primero de la temporada. Y Harry no quería jugársela con ningún enfrentamiento.

Sorprendentemente, en comparación con el rubio, su propia casa parecía tomarse bien aquella nueva y anómala relación. Algunos alumnos mayores lo miraban con desdén y desprecio mal disimulado cuando los veían juntos, pero como él continuaba ganando puntos en las clases y se mantenía siempre de los primeros con sus notas (excepto en Pociones e Historia, esto último algo normal entre Slytherin), ninguno lo censuraba abiertamente.

Los alumnos de su curso se mostraban todavía más indiferentes. A Theodore no parecía molestarle en absoluto, de hecho, él era el único Slytherin que saludaba a Hermione amablemente cuando coincidían. Crabbe y Goyle eran demasiado obtusos para opinar. Pansy solía dedicarle una mirada despectiva cada vez que se cruzaban, pero más que por su sangre, Harry tenía el presentimiento que se debía a su aspecto. El resto de chicas imitaban ese comportamiento, aunque sin tener claros los motivos. Y Zabini… Zabini era extraño. Por un lado, parecía despreciarla, pero cuando la miraba, Harry veía como sus ojos reflejaban también interés y codicia, y casi un ápice de aprobación cuando iban dirigidos a él.

Pese a todo, los verdaderos sorprendidos, eran los Gryffindor. Aquellos niños habían crecido escuchando la palabra "Slytherin" y "mortifagos" unidas en la misma frase, de modo que no era extraño cuando algún Gryffindor le lanzaba miradas recelosas o suspicaces mientras él hablaba con Hermione, o cuando la niña llegaba furibunda porque en su Sala Común, Ronald Weasley, o algún otro alumno mayor, había vuelto a advertirle con condescendencia que no se confiara y se alejara de él lo antes posible, antes de que le hiciera daño.

- ¡De verdad, Harry! Dónde estaban ellos cuando me salvaste del troll, ¿eh? ¿O cuando rescataste a Neville?

Pero siendo justos, la casa de los leones le había dado un mejor recibimiento del que esperaba. La mayoría aún recordaba su milagroso rescate a Neville, y aunque parecían algo confundidos de ver al mejor amigo de Draco Malfoy, elitista pura sangre, manteniendo una buena relación con Hermione Granger, hija de muggles, lo saludaban con un cabeceo en las clases o cuando coincidían por los pasillos.

No obstante, Harry era perfectamente consciente de como la pasión por el Quidditch exacerbaba la rivalidad de ambas casas hasta límites insospechados, por lo que concluyó su comida sin prisas, y después acompañó a Draco hasta su Sala Común, donde perdieron el tiempo con una horrorosa partida de ajedrez. Por más que lo intentaban, sus habilidades no mejoraban en ese campo. Ambos resultaban patéticamente malos.

A las cuatro y diez minutos, tras una breve carrera por el túnel que conectaba las mazmorras con el resto del colegio, Harry alcanzó el recibidor. Hermione ya lo estaba esperando, sentada en uno de los escalones de la escalera principal. La niña sonrió al verlo y se incorporó para ir a su encuentro.

- ¿Te he hecho esperar mucho? - inquirió Harry, preocupado.

Se había entretenido un momento para intercambiar un par de frases con Tom, y la conciencia del tiempo había desaparecido.

- No te preocupes - lo tranquilizó la niña -. He llegado hace poco. ¿A qué horas has quedado con Hagrid?

- Sobre las cinco. Pero antes quería mostrarte una cosa: ya sé por qué fallábamos con Perit.

Esa era otra de las ventajas de ser amigo de Hermione. Después de reconciliarse, la niña había accedido a compartir con él sus listas de hechizos, que Harry había trasmitido a Tom a la primera oportunidad. Éste había quedado tan asombrado que, después de completar algunos detalles y añadir unos pocos embrujos, había encomendado a Harry su segunda tarea bajo su mando: aprender a realizarlos todos.

Como entrenar acompañado resultaba más útil y rápido que hacerlo solo, también había accedido a que practicara con Hermione. Desde entonces le facilitaba pequeños consejos y explicaciones cuando no entendían algo. Por el momento, ambos avanzaban rápidamente.

- ¿De verdad? ¿Y ya has conseguido que funcione?- la niña se mostró muy interesada.

Harry asintió.

- Venga. Busquemos un aula vacía, te lo mostraré. La clave está en sacudir la varita de un golpe seco, para después permitir que fluya suavemente alrededor de la herida - explicó mientras caminaban.

- Que fluya suavemente… Esa era la parte que hacíamos mal. ¡Seguro que ahora lo logramos!

- ¡Por supuesto! Fíjate: ¡Diffindo!

El conjuro iba dirigido a sí mismo y, como resultado, un pequeño corte de pocos centímetros apareció en la yema de su dedo índice. A otros la escena les hubiera podido parecer algo sádica, pero la única opción era ensayar consigo mismos o con algunos animales. El día anterior, ambos habían escogido la primera, aunque Harry pensó que a él no le importaría desmayar a algún inútil, como el profesor Binns si no fuera fantasma, o como Ronald Weasley, y emplearlo de cobaya para sus experimentos. Por precaución, esa parte no la comentó con Hermione.

- ¡Perit!

Harry pronunció el conjuro y agitó su varita de la forma que Tom le había enseñado, comprobando como, efectivamente, su herida sanaba, y a los pocos segundos sólo quedaba de ella un rastrojo de sangre. Sonrió satisfecho.

- ¿Lo ves? - mostró la yema de su dedo, totalmente limpia de cualquier herida -. Ahora prueba tú.

Hermione repitió el experimento. Se cortó primero a sí misma y después pronunció el conjuro de sanación, imitando los gestos que el propio Harry había llevado a cabo.

- ¿Qué tal te ha ido? - preguntó éste, acercándose unos pasos.

- No estoy segura. La herida se ha cerrado, pero creo que no ha desaparecido completamente. ¿A ti qué te parece? - le mostró el pequeño corte cicatrizado a Harry.

- Creo que el fluido de la varita debería ser más suave - dictamino su amigo, tras examinarlo un momento -. De esta manera - efectuó de nuevo el movimiento con su propia varita, pronunciando el conjuro en voz alta con excelentes resultados; los restos de la herida de Hermione desaparecieron -. Venga, ahora prueba tú.

Está vez la niña sonrió satisfecha tras su éxito, y tras probarlo un par de veces con excelentes resultados, ambos coincidieron en que el hechizo estaba dominado.

- Bueno, no será capaz de sanar huesos rotos ni heridas muy profundas, pero servirá con pequeños cortes y rasguños. ¿Cuál el siguiente?

- Tal vez deberíamos probar alguno de desarme… - respondió la niña, echando una ojeada a las listas -. Son bastante útiles. Aunque tendrá que ser para mañana, o llegaremos tarde a ver a Hagrid.

Harry asintió conforme, aunque interiormente cabreado. ¡Tener que ir a perder el tiempo con un gigante cuando podría estar practicando magia! Aun así, confiaba en que la visita no fuera un total desperdicio. Tenía sus propios planes… Planes que, esta vez, ni siquiera había consultado con Tom.

- De acuerdo. Pero abrígate bien antes - decretó, mientras él mismo se cubría las orejas con una bufanda verde de lana -. Fuera hace un frío que pela.

La niña, que también había padecido el frío de los jardines de camino a Herbología, se abrochó bien la capa y, totalmente ajena a su aspecto, se colocó un horroroso gorro abultado y naranja, que con el pelo cayendo enmarañado por fuera, la hacía parecer una calabaza vieja.

- ¡Ayyhs! - bufó con protesta, mientras revolvía los bolsillo de su capa en busca de algo -. Creo que me he dejado los guantes en mi dormitorio, Harry. ¿Te importa esperar mientras voy a buscarlos?

El muchacho asintió.

- Claro, sin problema.

- No tardaré - prometió la niña antes de echar a correr hacía las escaleras.

Adivinando que tendría que esperar unos minutos, Harry imitó su ejemplo anterior y se sentó sobre uno de los escalones. Si su plan salía bien, y conseguía que Hagrid le diera alguna información útil, entonces tal vez…

- ¡TÚ!

Aquella exclamación surgida de la nada, pero cargada de rabia, lo sobresaltó e hizo que se pusiera en guardia. Se incorporó de un saltó y empuñó su varita. Pero su férrea posición de defensa se relajó al momento, tras comprobar quién era el que lo "amenazaba". Sólo un tonto.

- Weasley… ¿Qué es lo que quieres? - preguntó con aburrimiento.

- Quiero que te alejes de Hermione, Potter - ordenó el otro, más furioso aún por su evidente falta de interés -. Tú no tienes derecho a estar con ella.

Harry contuvo un bostezo por la cantinela. Ronald Weasley era tan, pero tan tonto.

- ¿No quieres que me junte con la sangre sucia? - cuestionó con una mezcla de sarcasmo e ironía -. Claro. Para que así tú puedas insultarla en las clases por tener diez veces más cerebro que tú, y que ella se tenga que encerrar en el baño llorando, ¿verdad? Pero, después, ¿quién fue el que tuvo que ir salvarla Weasley? ¿Te acuerdas? ¿O tu memoria es tan retrasada como tu falta de talento?

La comadreja gruño, con la ira deforma sus rasgos.

- ¡Maldito! ¡A mi no me engañas! Te voy a dar tu merecido Potter. ¡Diffindo!

Si le hechizo logró golpearlo, fue simplemente porque Harry no esperaba que su atacante logrará reunir el valor o la magia necesarios para producirlo. Apenas sintió dolor. Pero cuando condujo su mano a su mejilla, sus dedos se llenaron de sangre. Su sangre. El líquido carmesí brilló ante sus ojos, y todavía no alcanzaba a comprenderlo.

Hasta ahora nunca había tomado en serio a Weasley. A veces le divertía con sus ínfulas, generalmente le aburría con sus grandes dotes de amaestrado Gryffindor. Pero ahora, ese… esa cosa inferior… se había atrevido a derramar su sangre.

Desde que conoció a Tom, nadie le había vuelto a hacer daño. Los que lo intentaron sufrieron las consecuencias. Vernon Dursley fue el último. Y ahora… ese inútil… su sangre…

Harry no fue consciente de como la terrible furia que guardaba presa desde que era un niño, sujeto de abusos y maltratos, ascendía ahora a la superficie y se adueñaba por completo de sus sentidos. No fue consciente de cómo sus ojos verdes adquirieron un matiz mortífero y absolutamente helador, ni de cómo Weasley bajaba la varita y retrocedía unos pocos pasos, presintiendo el peligro, ni de cómo su propia boca liberaba las palabras que lo consumía en un idioma que no era el suyo.

- Despreciable y sucia alimaña Vas a pagar por esto

Tampoco fue consciente de cómo su mano alzaba la varita, ni de cómo sus ojos, cual serpiente que acecha antes de devorar a su presa, atrapaban y rodeaban la mente del niño, que aterrorizado lo único que podía hacer era temblar mientras lo sentía a él invadir todos sus recuerdos, sus pensamientos, sus secretos, más íntimos, sus miedos, sus anhelos… su vida.

- ¡Petrificus Totalus! - la exclamación pareció venir de muy lejos, y Harry contempló, como si se tratase de un sueño, como su presa caía inmóvil al suelo con los ojos todavía abiertos y aterrorizados - ¡Harry! ¿Estás bien?

Tuvo que parpadear varias veces, antes de que el muchacho al fin reconociera a la niña que había pronunciado el conjuro y corría ahora hacía él, muy preocupada al ver su herida.

- No te preocupes. Estoy perfectamente - la tranquilizó, apartándola.

- Por supuesto que no - replicó ella tozuda, rozando con delicadeza la raja que aún sangraba abierta en su mejilla -. Estás herido. ¡Perit! - la muchacha alzó la varita y pronunció el mismo hechizo que minutos antes habían estado practicando -. Ahora ya sí, como nuevo.

Harry no sonrió, pero lo embargó una ráfaga de profundo cariño hacía Hermione, que en esos momento limpiaba la sangre restante de la herida con la manga de su propia túnica. Lentamente, ese sentimiento de aprecio fue disipando la ira que lo había dominado, sobre la cual no había poseído control. Se sintió cansado, como un globo que se deshincha. Pero antes de descansar había que ocuparse de la figura petrificada de Ronald.

- Supongo que no podemos encerrarlo en un armario y esperar a que alguien lo encuentre - sugirió medio en broma, medio en serio.

- Por supuesto que no - tal como esperaba, Hermione rechazó la idea -. ¡Podrían tardar meses en dar con él! Aunque sea un cretino no se lo merece. ¿Y si lo llevamos a la enfermería?

- Demasiadas explicaciones - rechazó Harry -. Eliminaré la parálisis, y después le lanzaré un hechizo Confundus, para que no nos delate.

Era la mejor solución. De esa forma se aseguraría que Weasley nunca hablara a nadie de lo que había ocurrido con él antes de que llegara Hermione. La niña frunció el ceño algo incomoda, pero finalmente asintió. Mientras murmuraba el contrahechizo, Harry agradeció mentalmente a Tom que le hubiese enseñado ese hechizo. Su intención inicial había sido aprender el Oblívate, pero él había insistido en que aquel era demasiado difícil por el momento y había sugerido, en vez, Cunfundus.

Por si las dudas, Harry se acercó a un Ron ya despetrificado, pero agotado, probablemente debido al asalto anterior, y con mucho cuidado de que Hermione no lo oyera susurró.

- No te atrevas a decir ni una palabra de lo que has sentido, a nadie, ¿me escuchas? Si dices algo te mataré. O quizá envíe a unas arañas asesinas a tu dormitorio, para que te hagan una visita. ¡A nadie! - lo amenazó en su oído con una voz heladoramente fría y mortal, valiéndose de uno de los miedos que había visto presentes dentro de su cabeza. Después se incorporó, lo apuntó con su varita y exclamó -. ¡Cunfundus!

El efecto fue inmediato. Harry vio como sus ojos adquirían un aspecto ido, y a continuación Weasley parpadeaba varias veces, como si no supiera donde se encontraba. El hechizo era lo bastante fuerte para que no recordara los detalles del duelo ni de su advertencia, pero Harry confiaba en que el mensaje le hubiera quedado grabado.

- Vámonos, antes de que nos vea - instó a Hermione, tomándola de la mano y arrastrándola lejos.

Una vez en los jardines, la niña no se cansó de despotricar contra el pelirrojo mientras se habrían paso en la nieve. Por suerte para ellos, la cabaña de Hagrid no estaba muy alejada del castillo, o de lo contrario ambos habrían quedado congelados y hundidos en la nieve.

- ¡Todavía no me puedo creer que fuera tan rastrero para atacarte! - profería enfadada -. Mucho que consiguiera herirte… ¡Y además por mi culpa!

- Me pillo por sorpresa. Y no es culpa tuya - aclaró Harry rápidamente -. Ronald Weasley es un idiota. Eso es todo.

No había que darle más importancia al incidente. Especialmente porque el Gryffindor ya había recibido su merecido. Aunque si no llega a ser por Hermione… Harry dudaba si se habría detenido a tiempo de hacerle verdadero daño, y en consecuencia, delatarse a sí mismo.

- Es despreciable - insistió la niña, deteniéndose en los escalones de la cabaña del guardabosques, mientras Harry aporreaba la puerta con fuerza -. Sé que te odia desde que por culpa de ese duelo que os inventasteis casi nos matan, pero…

- ¿Qué? ¿Casi os matan?

El muchacho se paralizó de golpe, girando el rostro hacía la niña con las cejas fruncidas. ¿Qué había querido decir con eso?

- Bueno, me refiero a que…

Pero la puerta de la cabaña se abrió en aquel mismo instante, interrumpiendo las palabras de la niña. Una enorme cabeza, cubierta de pelos y barba enmarañados, se asomó y gritó entusiasmado al verlos, invitándolos a entrar efusivamente.

- ¡Harry! ¡Que alegría verte muchacho! Hacía ya tiempo… Y veo que traes una amiga. ¡Pasad! ¡Pasad los dos! Que afuera hace demasiado frío. ¡Y cerrad bien la puerta! Tengo la estufa encendida y no quiero desperdiciar el calor.

Harry asintió e hizo tal como el guardabosques le pedía. Cerró la puerta con fuerza, que debía estar algo atascada a juzgar por el chirrido de los grilletes, y una vez dentro de la cabaña miró a su alrededor con algo de asco. Había una sola estancia. Una mesa de madera con las patas desiguales, cuatro o cinco sillas, una encimera vieja, y una cama enorme y desecha con una manta hecha de remiendos, semi oculta en un rincón. Del techo colgaban jamones y faisanes, y un montón de pieles y objetos extraños que Harry no reconocía. A juzgar por el desorden y la escasa limpieza, era evidente el servicio de los elfos domésticos a Hogwarts excluía aquella cabaña. Probablemente, Draco se hubiera desmayado al verla.

No obstante, Hagrid lo miraba ansioso a la espera de un veredicto y Harry hizo un tremendo esfuerzo por sonreír y mantenerlo contento. Al fin y al cabo, ¿qué más se podía esperar de un híbrido gigante?

- Vaya, Hagrid… Tú casa es guay.

Se sintió estúpido al decirlo, especialmente porque él nunca, nunca utilizaba esa palabra. A su lado, Hermione pareció darse cuenta, por que lo examino atentamente, con recelo. Debería tener más cuidado en presencia de la niña. Pero Hagrid estaba completamente pletórico, sin notar nada extraño; al contrario, le sonreía.

- Pues adelante, sentaos - los instó el gigante mientras se acercaba a los fogones -. Os preparé un te.

- Espero que no te haya importado que trajera a Hermione conmigo - intervino el muchacho, tratando de parecer educado -. Es mi amiga y quería presentártela.

- Por supuesto que no, Harry - el gigante sacudió la cabeza como si la mera idea fuera inimaginable -. Cuántos más mejor. Hermione, eres hijas de muggles, ¿no? - se dirigió a la niña, que asintió algo sonrojada -. Mejor. Si te digo la verdad Harry, tuve medio cuando el Sombrero te mandó a Slytherin… Temí que se te pudieran pegar algunas de sus malas costumbres, ya sabes... ¡Pero veo que sigues en el buen camino! No sé en que estaría pensando ese viejo Sombrero loco para mandarte a esa casa… ¡Tú, que deberías ser un Gryffindor como ningún otro! Pero en fin…

Está vez, Harry tuvo que morderse el labio hasta sentir el sabor de la sangre en su lengua para no renegar del gigante y estrellar su furia contra él. Ni siquiera se molestó en disimular ante la mirada preocupada de Hermione, pues la niña sí sabía cuanto amaba su casa, a pesar de algunos prejuicios que no compartía.

La misión. Recuerda porque estás aquí. No estalles ahora. Aguanta un poco másse repitió a sí mismo.

- La verdad es que tenías razón sobre lo que dijiste en julio, Hagrid. Me encanta Hogwarts. Y me parece increíble que mis padres también vivieran unos años aquí… - dejo caer como si nada, enfocando lentamente el tema a lo que le interesaba -. No creo que vuelva con los Dursley estas Navidades. Ya sabes que ellos me odian… Pero Hermione sí se marcha. ¿Tú te quedarás en el castillo? Seguro que ya has celebrado un montón de Navidades aquí…

De esa forma, el guardabosques se enfrascó en una perorata sobre sus largos años en Hogwarts, sobre el maravilloso banquete que se ofrecía en la Gran Comedor el 31 de diciembre, los impresionantes adornos que lo cubrían y que él ayudaba a distribuir, y otro gran montón de experiencias personales. Harry se fijó en que parecía especialmente jovial mientras explicaba los tratos que había cerrado con los centauros con el paso de los años. Tal vez fuera el momento.

- Debe ser asombroso tratar con todas esas criaturas… Y seguro que dentro de Hogwarts también se oculta alguna, ¿tú las conoces?

Harry se aseguró de modelar bien su voz mientras formulaba esas cuestiones. Un rastro de curiosidad, un toqué de interés, otro tanto de admiración. El guardabosques pareció inflarse de orgullo, sin sospechar nada.

- Si no todas, la mayoría. Pocas serán las que se me escapen. Algunas las he traído yo mismo y las he puesto en manos de Dumbledore para… - de repente sus rasgos cambiaron, y una mirada totalmente suspicaz se clavó en Harry y Hermione -. ¡Un momento! ¿Es que estáis metidos vosotros dos? ¿No estaréis metidos en los mismos líos que anda el chico Weasley, no?

- ¿Ronald? - la voz de Harry sonó verdaderamente sorprendida, además de extrañada; suficiente para convencer al guardabosques -. ¿Por qué iba a estar yo relacionado con Weasley? ¿A qué líos te refieres Hagrid?

El muchacho no fingía, y su desconcierto era sincero al formular esas preguntas. Él sólo estaba tratando de recopilar información que pudiera llevarlo a la Cámara de los Secretos. Alguna pista que, sin ser consciente, Hagrid pudiera proporcionarle, y que lo ayudara en su buscada.

Si bien es cierto que, desde el principio, había temido que fuera una perdida de tiempo, pues, por supuesto, cualquier información de ese tipo estaba más allá de la inteligencia de un híbrido guardabosques, tampoco olvidaba que Hagrid había asistido a Hogwarts por la época en que la Cámara fue abierta, que el gigante sentía una ineludible atracción por los monstruos, y que ambas cosas habían sido manipuladas por Tom para hacerlo parecer el culpable a los ojos del mundo, logrando que lo expulsaran. Y él, Harry, ya se había comprometido a acudir a la verlo de todos modos. Tal vez, algo inofensivo que él dijera, pudiera convertirse en una pequeña pista para empezar a buscar. De esa forma podría sorprender a Tom, y demostrarle que estaba a la altura de ser su aprendiz. Quizá, incluso, lo hiciera sentir orgulloso.

Pero, ¿a qué se refería Hagrid con "mismos líos que el chico Weasley"? Bueno, no es que nada de lo que pudiera hacer ese inútil le interesara, pero la reacción del gigante si era interesante. De repente, se había puesto pálido, jugueteaba con su barba con evidente nerviosismo, y clavaba la mirada en la pared del frente, esquivando sus ojos.

- ¡Oh! No era nada, Harry… Ese chico ha cogido la mala costumbre de venir aquí a investigar asuntos peligrosos que no lo conciernen, si… Siempre acompañado de ese otro chico pecoso… Finnigan. Pero, bueno… nada importante… ¿Queréis que os prepare algo de té?

El cambio brusco de tema fue evidente. Hagrid no esperó contestación. Se incorporó, alcanzó la tetera que colgaba de uno de los estantes, y la puso al fuego. Harry miró a Hermione con las cejas fruncidas, completamente extrañado, pero para su sorpresa la niña, que también había fruncido el ceño, no parecía sorprendida, sino resignada.

- ¿Qué es lo qué pasa? - vocalizó con los labios, mirándola, sin que éstos emitieran sonido alguno.

- Luego te lo explicó - respondió ella de la misma manera.

- ¿Es importante? - gesticuló Harry, con la ayuda de los brazos.

Hermione iba a responder, pero la atronadora voz de Hagrid interrumpió su silencioso intercambio.

- ¿Queréis azúcar con el té, o preferís sacarina?

El guardabosques se había girado hacía ellos de repente con los ojos entrecerrados, examinándolos con sospecha, aunque Harry estaba convencido de que no había podido escuchar ni notar nada.

- Yo prefiero azúcar, gracias - contestó su amiga diplomáticamente, tratando de eliminar cualquier sospecha.

Después lanzó una mirada significativa a Harry. Haz tú lo mismo, decía. Asintiendo disimuladamente, el muchacho también pidió su té con azúcar, cuyo terrón más tarde resultaría inderretible y se le pegaría a los dientes, y continuó conversando con Hagrid, escuchando sus aventuras en el Bosque Prohibido y sus opiniones sobre las distintas materias que aprenderían en Hogwarts.

Pero su atención sólo estaba enfocada a medias. En cuanto vio que el cielo comenzaba a oscurecer, se despidió del guardabosques con cualquier escusa, prometiendo volver a visitarlo, y arrastró a Hermione fuera de la cabaña con poca delicadeza, olvidando, como ocurría a menudo, que a diferencia de su otro amigo, se trataba de una niña.

- Cuéntamelo ahora. ¿De qué demonios hablaba Hagrid que lo ha puesto tan nervioso?

- ¡Harry, no! - rechazó Hermione con firmeza, cuyos labios comenzaban a amorotonarse a cusa del frío -. Espera. Te lo contaré en el castillo. Aquí fuera me estoy congelando de frío.

El muchacho abrió los labios dispuesto a replicar, pero tras una rápida ojeada a su alrededor cambio de idea. Si a la ida ya hacía frío, en esos momentos, cuando el sol ya había desaparecido por el horizonte, la temperatura disminuía drásticamente. La nieve se sentía cada vez más espesa y dura a sus pies, como si estuviera empezando a congelarse, y aún faltaban unos cientos de metros para llegar al castillo.

- ¿Y bien? - exigió Harry, una vez ambos traspasaron las Puertas del castillo, quedando a salvo de la intemperie.

Hermione, cuya capa aún chorreaba nieve en los extremos y cuyos dientes todavía tiritaban, lo miró con reproche. Harry suspiró, poniendo los ojos en blanco. No era culpa suya ser tan impaciente. Sacó la varita y apuntó con ella a su amiga.

- ¡Aeris calidum! - exclamó; una ráfaga de agradable calor surgió del hechizo borrando el frío de la niña -. ¿Mejor?

- Háztelo a ti también - recomendó ella -. No quiero que cojas un resfriado.

Harry asintió y repitió el proceso, más por contentarla que por el frío.

- ¿Me lo cuentas ahora?

La muchacho se mordisqueó el labio inferior, con ansiedad.

- Bueno, no estoy segura, pero juraría que lo que Hagrid dijo está relacionado con lo que te estaba contando antes, sobre el duelo que os inventasteis tú y Draco.

Harry recordó a qué duelo se refería. Cuando después de salvar a Neville, Ronald se les había acercado enfadado, y Draco lo había citado en la Sala de los Trofeos falsamente para un duelo, con intención de avisar a Filch y vengarse así de la comadreja.

- Fue sólo idea de Draco - se excusó rápidamente -. ¿Y tú cómo te enteraste?

Hermione lo miró con reproché.

- ¿Quieres que te lo cuente o me vas a seguir interrumpiendo?

- Lo siento - el muchacho se hincó los dientes en el labio y clavó los ojos en sus pies, demasiado ansioso por descubrir la verdad para no disculparse -. Continua, por favor.

- Aquella noche vi salir de la Sala Común a Weasley y a Seamus, y los seguí para hacerlos volver, porque no quería que perdieran puntos. Pero ellos no me hicieron caso y cuando me di la vuelta para entrar por el cuadro, la Señora Gorda había desaparecido. Me asusté por si aparecía Filch y no tuve más remedio que seguirlos.

Harry asintió. Aquel era un comportamiento muy propio de su amiga, siempre pendiente de las normas y un poco metiche.

- ¿Y entonces? - apremió.

Hermione le lazó una mirada recriminatoria por haber sida interrumpida de nuevo, pero continuó el relato sin hacer comentarios.

- Llegamos a la Sala de los Trofeos, Neville también iba con nosotros porque se había olvidado la contraseña de nuestra Sala. Pero tú y Draco no aparecisteis, era evidente que los había engañado, en su lugar llegó Filch. Huimos sin fijarnos bien por dónde, y de alguna manera, acabamos en el ala derecha del tercer piso - concluyó con voz misteriosa.

- ¿El ala derecha del tercer piso? ¿Qué pasa con ella?

- ¡Oh! ¡Vamos, Harry! - la niña lo miró con reproché, sin que él entendiera nada -. ¿No me digas que no escuchaste las intrusiones del profesor Dumbledore en el Banquete de Bienvenida?

¿Las instrucciones de Dumbledore? Harry hizo un esfuerzo por recordar si el director pronunció algún discurso después del banquete, pero encontró nada. Probablemente se había sentido demasiado cansado y nervioso para prestar atención a cualquier palabra del viejo.

- Dumbledore advirtió que nadie se acercara al ala derecha del tercer piso, sino deseaba encontrar la más horrible de las muertes… - recordó la niña y, a pesar del tiempo, Harry hubiera jurado que lo repetía pala por palabra -. Aquella noche, mientras huíamos de Filch, acabamos allí. Y para escapar yo tuve que abrir un puerta que permanecía sellada mágicamente.

- ¿Y qué fue lo que encontrasteis? - inquirió Harry sin poder evitarlo, con los ojos resplandecientes de deseo y curiosidad.

- Un cancerbero. Un enorme perro de tres cabezas, resollando furioso. Al verlo huimos de allí sin que nos importara Filch, por supuesto. Aunque a veces me pregunto cómo es que escapamos vivos…

- ¿Un cancerbero? - el muchacho frunció el ceño sin terminar de creerlo -. ¿Qué haría una bestia así encerrada en una escuela?

¿Sería una de las maquinaciones de Dumbledore? Pero, ¿por qué? ¿Qué sentido tenía?

- Eso fue exactamente lo que preguntó, Ron - respondió la niña con soltura, finalizando su impactante relato; pero entonces su rostro cambio y volvió a ponerse seria -. Pero yo vi algo más, Harry. Allí había una trampilla. Estoy segura. Ese perro está guardando algo. Y es evidente que ese algo es lo qué están investigando Seamus y Ron.

Una trampilla. Un cancerbero. Guardando algo. Mucho tiempo después de despedirse de Hermione, Harry continuaba sin borrar esas palabras de su cabeza, que se reiteraban constantemente, sustituyendo todo lo demás.

Llegó a su Sala Común cansado y sin ganas de cenar o de pasar el tiempo con Draco. Se excusó con sus compañeros, se hizo pasar por enfermo, cerró los doseles de su cama y se recluyó allí en soledad, sin siquiera la compañía de Tom, dando vueltas en su cabeza a la misma idea que se repetía una y otra vez. Una gran parte de él se moría por consultarlo con Tom, y la otra sufría en silencio el remordimiento y dolor por ocultárselo. Pero la cuestión era, ¿merecía la pena?

Recordaba el enfado de la última vez, así cómo su advertencia. Y las palabras de Hermione permanecían clavadas en su mente. Una trampilla. Un cancerbero. Guardando algo. ¿Merecía la pena?

El sábado por la mañana, al despertar, Harry ya se sentía mejor. Como aún era muy temprano (el día anterior se había dormido antes de la cena) y los fines de semana Tom lo eximía de su agotador "entrenamiento", el muchacho decidió disfrutar de un largo baño en agua caldeada antes de bajar a desayunar. Con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertar a su compañero de dormitorio, (soportar a un Draco mal humorado y furibundo el resto del día no entraba en sus planes), tomó consigo unos calzoncillos y calcetines limpios, y una de las túnicas diarias de mago que había comprado por catalogo a Madam Malkin, después de recibir el paquete con sus túnicas de gala pocas semanas después de que comenzara el curso, y se llevó también el Diario.

Una vez en el baño, depositó la ropa limpia en un rincón y abrió el grifo de la ducha, asegurándose de que ésta alcanzaba la temperatura correcta. Cuando había suficiente agua para cubrirle hasta la cintura, él mismo se desvistió, sin prestar atención dónde caían las prendas sucias y se introdujo en la bañera. El contraste de temperatura de su piel fría con el agua casi hirviendo le produjo una sensación de intenso quemazón y bienestar, que despejó con ello su mente.

Harry avanzó hasta acomodarse en una pequeña cama de piedra lisa, sumergida bajo el agua hasta el apoyadero de la cabeza, y tras cruzar la bañera nadando dos pares de veces, para desentumecer sus miembros, se acomodó allí. Tomó la varita que con anterioridad había depositado en el bordillo, y llamó con ella al Diario.

- ¡Accio pluma y Diario de Tom! - exclamó, asegurándolo de tomarlo con exquisito cuidado y empleando al mínimo sus manos mojadas -. ¡Impervious!

Una vez comprobado que el hechizo impermeable funcionaba, y que el agua no podría causarle ningún daño al cuaderno, Harry se sintió más tranquilo. Hundió levemente su cabeza en la piscina, disfrutando del suave masaje que ésta propiciaba a los músculos de su nuca, lo abrió y comenzó a escribir.

Hola, Tom.

~ ¡Harry! ¿Cómo estás? Comenzaba a preocuparme, dado que ayer no escribiste ¿Ha ocurrido algo? ~

No. Lo siento. Es sólo que me sentía muy casando y me fui pronto a dormir. Ni siquiera me apeteció cenar. Pero ya estoy perfectamente.

~ ¿De verdad estás ya bien? ¿Tanto te han agotado los entrenamientos? ~

Harry se mordió el labio. Lo último que deseaba en el mundo es que Tom lo considerara un débil, incapaz de llevar a cabo lo primero que le exigía como su maestro.

Por supuesto que no. Me canso un poco, pero nada más. En realidad, me lo paso muy bien; me gusta correr cuando todavía nadie se ha despertado, y sólo existe el silencio, mientras va amaneciendo lentamente y los pájaros cobrando vida.

~ Harry No sabes cuanto te pareces a mi, pequeño. Pero entonces, ¿qué ocurrió? ~

Con el corazón palpitando a mil en su pecho, y totalmente halagado por la idea, Harry tardó unos minutos en relajarse, concentrarse en la pregunta y poder responder.

Fue culpa de Weasley. Me enfureció y lancé Legilimens sobre él. Eso me agoto un poco.

~ ¿Te enfureció? Tú no te enfureces tan fácilmente, Harry. ¿Qué es lo que hizo? ~

A regañadientes, Harry reconoció la verdad.

Me pilló por sorpresa al lanzarme un hechizo y me hirió.

~ ¿Te hirió? ¿Hasta qué punto te hirió? ~

Sólo un rasguño. Hermione llegó y me sanó rápidamente. Pero me descontrolé al ver la sangre.

~ ¡Sangre! ¿Estás diciendo que permitiste que esa cucaracha traidora a su sangre vertiera su sangre y se escapara impune? ~

La furia de Tom era palpable, no sólo por sus palabras. El Diario mismo parecía desprender un aura oscura y poderosa, muy furiosa. Sólo que esta vez, a diferencia de cuando Snape lo había atacado, también iba dirigida hacía él.

No lo dejé escapar impune. Lo torturé. Para eso empleé la legilimancia. Se retorció en el suelo hasta pedirme clemencia. Luego lo amenacé con matarlo si contaba algo y después lancé un Cunfundus sobre él. Así nunca podrá delatarme.

~ No me parece suficiente. Deberías mandar a tu serpiente que lo matara en su dormitorio, así por lo menos te sería algo útil. ~

Pero a pesar de su sugerencia, Harry notó que su ira se había disipado un tanto.

No quiero arriesgarme. No quiero que empiecen a suceder hechos extraños tan rápido, después de mi llegada a Hogwarts. Dumbledore podría sospechar algo. Weasley es sólo un tonto atrevido. No me perece la pena. Y yo soy paciente. Ya me vengaré de él más adelante.

Se excusó, siendo en parte verdad. Tom pareció terminar de aplacarse con aquella idea.

Lo cierto es que Harry no se sentía preparado para verter sangre con sus propias manos, o indirectamente, con los colmillos de su serpiente. Aunque no deseba que Tom se enterase, él no se veía a sí mismo preparado para matar a alguien, para extinguir una vida, para provocar su último aliento. Tal vez sí sería capaz con alguien a quien odiara, alguien peligroso, que representase una amenaza, que pudiese provocarle verdadero daño a él o a los que amaba. Pero no un niño de su edad, demasiado tonto para ver el peligro, demasiado pusilánime para ser valiente, demasiado acomplejado para valorarse a sí mismo, y con una acuciante necesidad de atacar a los que él, inconscientemente, consideraba superiores para sentirse mejor consigo mismo. A pesar de su furia anterior, Ronald Weasley merecía su lástima, no una maldición asesina.

Deseoso de cambiar de tema, Harry relató a Tom su visita a casa de Hagrid con su intención inicial, olvidando deliberadamente el tema del cancerbero, al que no quería dar más vueltas.

~ ¡Vamos, Harry! Me decepcionas. Tardé años en encontrar la ubicación de la Cámara. ¿De verdad piensas que un inútil como Hagrid podría proporcionarte una pista al respecto? ~

Bueno, si tú me dijeras dónde encontrarla, yo no tendría que ir reuniendo pistas. Y después de todo el fue expulsado por tu culpa y siento una fascinación natural por los monstruos, quizá hubiera visto algo sospechoso.

Tom ignoró por completo su provocación.

~ Te hablaré de la Cámara cuando considere que estás preparado, Harry. Ni antes, ni después. ~

El muchacho comprendió que no conseguiría nada de continuar insistiendo, y como lo último que deseaba era que Tom volviera a enfadarse con él y a ignorarlo durante otros tres días por un motivo tan tonto, (aún recordaba lo mucho que había sufrido la última vez), no volvió a mencionar el tema.

Continuó conversando con él un rato más, hasta que el agua comenzó a perder su agradable calor. Entonces cerró el Diario, abrió el grifo de la ducha para borrar los restos de espuma y jabón de su cuerpo, convocó una toalla para abrigarse antes de abandonar la piscina, se secó y se vistió con su túnica nueva. Una vez terminó de asearse, dado que continuaba siendo temprano y Draco todavía dormía, escondió el Diario bajo su túnica, tomó consigo su varita, y se dirigió él solo hacía el Gran Comedor.

Después de ingerir un cuantioso desayuno, se encontró a Hermione en la biblioteca, con el rostro sumergido en un libro sobre Astronomía. La niña lo saludo efusivamente al verlo, y el resto de la mañana transcurrió aprendiendo nuevos hechos y tachando los ya dominados de la lista.

Poco antes de la hora de comer, Harry se despidió de ella y regresó al dormitorio, donde un Draco recién levantado lo esperaba para dirigirse juntos a las cocinas, a ingerir el segundo desayuno del día. Después ambos, franqueados por unos obligados Crabbe y Goyle (para hacer el partido más interesante) verían frustrados sus intentos de jugar un mini partido de Quidditch al encontrar el campo ocupado por el equipo de Gryffindor, entrenando para el partido de mañana.

Pero por la noche, Harry comenzó a sentirse enfermo de nuevo, y después de cenar no se entretuvo mucho rato viendo el campeonato de ajedrez que se desarrollaba en su casa, sino que prefirió acostarse temprano.

El día siguiente, domingo, amaneció nublado pero sin lluvia, lo que seguramente supuso un alivio para los jugadores de los dos equipos que iban a enfrentarse. A pesar de ser una hora mucho más temprana de lo habitual, Draco se despertó entusiasmado y eligió con cuidado su ropa, buscando destacar ante todo los colores verdes y plateados de su casa. Dicha alegría se disipó en parte cuando un Harry con la cara enrojecida y el pelo revuelto, descorrió los doseles de su cama revelando que se hallaba todavía en pijama.

- ¿Qué haces? - lo apremió, observando sus ojeras con preocupación -. ¿Te encuentras mal? ¿Por qué no te has vestido?

- Lo siento, Draco. Pero me siento fatal. Vas a tener que ir tú solo.

Su amigo abrió mucho los ojos, como si no terminara de creérselo.

- ¡Pero es el primer partido de la temporada! ¡No puedes perdértelo, Harry! ¡Va a ser lo más!

Con una pizca de remordimiento, y a pesar de que realmente le hubiese gustado acudir, Harry no se dejo convencer.

- Lo siento - repitió -. Pero no puedo más. Necesito descansar y dormir.

Tras varios intentos más por convencerle, Draco acabó rindiéndose y prometiéndole que Slytherin ganaría y él se lo contaría todo más tarde. Harry se despidió de su amigo y se enterró bajo las mantas, a la espera. El dilema mental se hacía cada vez más grande. Lo que estaba a punto de hacer calificaría, sin rastro de duda, en "riesgos innecesarios" para la escala de Tom, y esa era la razón por la que todavía no lo hubiera alertado. Pero podría ser peligroso… Podrían atraparlo… Podría acabar devorado…

Mas todos aquellos "peros" no fueron suficientes para detenerlo. Su maldita curiosidad era demasiado grande. Cuando juzgó que el partido de Quidditch ya había comenzado, Harry apartó las mantas y se incorporó de la cama. Sus mejillas todavía brillaban rojas y su pelo continuaba revuelto. Había debido hacerse pasar por enfermo para convencer a Draco, y por desgracia para él, aun estaba muy lejos de manejar un hechizo glamour, pero los métodos muggles (restregar su pelo varias veces contra la almohada y pellizcar sus mejillas hasta hacerse daño) habían sido bastante efectivos.

Los pasillos estaban vacíos y un ensordecedor silencio, nada común en los pasillo de Hogwarts, cargaba el ambiente. Si se encontraba con Filch, ya había planeado su excusa: diría que estaba enfermo y que se dirigía a la enfermería. Pero Harry llegó al tercer piso sin problemas. No obstante, al entrar en el ala derecha, se detuvo. Aquí venía la parte difícil. Pero Hermione había dicho que la puerta estaba cerrada mágicamente.

Una por una las fue revisándolas todas. Viejas aulas, puertas falsas y habitaciones polvorientas y abandonadas. Nada fuera de lo normal. Hasta que llegó a un largo pasillo, alumbrado con antorchas que se encendía a su paso. Al fondo, una puerta de madera vieja, con apariencia absolutamente normal. Harry sintió un escalofrío ascender por su espalda. Lo sentía. Tenía que ser aquella. Sin molestarse en tratar de abrirla, apuntó con la varia a la cerradura y exclamó:

- ¡Alohomora!

El chasquido del pestillo al abrirse fue prueba ineludible de que no se había equivocado. En el interior, los seis ojos de un aterrador perro de tres cabezas, cuyo cuerpo llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo, y tres bocas chorreando saliva entre los colmillos amarillos, se clavaron en Harry. El muchacho ni siquiera tuvo tiempo para gritar. La bestia se lanzó sobre él dispuesta a devorarlo.


NA/:En primer lugar, sé que os debo a todos una disculpa (aunque ya me ha haya disculpado personalmente, con todos los usuarios que me permiten contestar sus reviews por PM). Prometí que como mucho os haría esperar una semana, y han sido dos de ellas. No voy a decir que no ha sido culpa mía, porque no es cierto, pero si que han existido una serie de ciscustancias que me han obligado a retrasar hasta este punto la actualización, cosa que nunca hago. Ya dije que me iba a ir de fin de semana a la montaña con unos amigos, pues bien, ni pudo ser, porque me caí del bus de forma muy tonta y me hice un pequeño esguince. Como prenderéis aquello me molestó bastante, y mi reacción no fue otra que ponerme a escribir como loca (ya que no me había podido ir, y andar era un asco pues tenía que hacerlo con muletas, al menos subiría el capítulo lo antes posible). Pero cuando lo intenté, la página tenía un fallo. Apenas me subió una quinta parte de lo escrito, y cuando lo eliminé para subirlo de nuevo, me apareció un "error type1" que no me dejaba acceder a mi cuenta.

Del cabreo, estuve cinco días sin asomarme por el FFnet. Pasado ese tiempo, probé, y la página ya funcionaba, así que me puse a subir el capi. Pero cuando lo revisé, para escribir unas NA apropiadas, resultó que no me convencía nada como había quedado. Se apartaba demasiado de mi estilo de escritura, fallaban los escasos dialogos, absaba de la prosa, la lectura era demasiado densa, y para colmo, no encajaba con la línea argumental que teía planeada. Tras varias horas tratando de editarlo, y con todo el dolor de mi alma, llegué a la conclusión de que la mejor opción era reescribirlo correctamente desde el principio. Las quince páginas se fueron a la basura.

Retomé la escritura del capítulo, esta vez, más despacio y con tiempo, y el resultado me iba complaciendo. Pero cuando llevaba como unas ocho páginas, empezó la semana santa y me surgió la oportunidad de irma a la playa con mi familia. Como comprenderéis, después de chafón de la montaña, no dude un momento en decir que si. Pase unas tres noches en un hotel de Salou y volví ayer por la noche. Así que después de poner mis cosas en orden, hoy llevo todo el día escribiendo, desde las diez de la mañana hasta ahora, que son las seis, para poder subir por fin el capítulo. Notaréis también que, por falta de tiempo, mi respuesta a vuestros comentarios no ha sido tan extensa y personal como de costumbre, pero con todo lo sucedido se me han ido acumulando, y me ha sido imposible extenderme más si quería subir hoy el capítulo. Al menos, y pese que mi cabeza está a punto de estallar, puedo decir que estoy muy satisfecha de como ha quedado, incluso más largo de lo normal, y que espero que lo hayais disfrutado mucho.

Lamento todo este embrollo, tomodachis, pero quería que comprendieras porque os he hecho esperar tanto. Ahora estoy de nuevo en casa, con unas vacaciones al Pirineo en vista, pero aun así ya me será posible volver a mi ritmo normal de actualizaciones, aunque los capítulos quizá hayan de ser un poquito más pequeños para mantenerme al día. No demasiado, ¿eh? Pero es que éste casi alcanza las veinte páginas, tres veces más largo de lo que era mi plan habitual. Tal vez se queden sobre las doce o las trece. Es que se acerca ya la recta final del curso, y tengo que empezar a concentrarme en los exámenes.

Ahora, sobre el capítulo. Para todos los que esperabáis que Tom introdujese ya de lleno a Harry en las Artes Oscuras, lamento la decepción. Yo también estoy deseando que eso ocurra, pero seamos justos, Harry por hábil que sea, aún no termina primero. Por el momento Tom desea que él se centre en hechizos simples y báiscos, que podrán serle muy útiles en ocasiones de estrés o peligro, como los hechizos de curación o el confundus. Y para ir enfocando a las AO, bueno yo siempre he considerado estás como un tipo de magia muy poderoso y difícil, no al alcance de cualquiera, y que si no se está bien preparado, pueden producir un gran desgaste mágico y físico. Por esto mismo Tom desea que Harry vaya adquiriendo resistencia y reflejos, que le servirán más adelante. ^^

También parece que nos vamos acercando a la trama del libro. De la forma más inesperada, Harry ha descubierto mucho acerca del cancerbero. ¿Qué será lo que esconde? Creo que eso es algo que todos sabemos. Pero tranquilos, aún os tengo reservadas varias sorpresas.

¡Y sí! Harry ha vuelto a ponerse en peligro, aunque como muchos dijisteis, después del último enfado de Tom, al menos está vez se lo ha pensado un par de veces, aunque lo haya acabado haciendo igual XD Me gusta especialmente del capi, el encontronazo con Ron, pedido por muchos de vosotros, la forma en la que Harry está a punto de perder el control y hacerle verdadero daño, pero también sus reflexiones posteriores sobre ello, estando ya calmado, mientras lo habla con Tom. También nos ha servido para ver como Harry intenta distribuir su tiempo entre sus dos amigos, y como interactuan los tres cuando están juntos ( Draco celoso y mal educado, Hermione altiva e indiferente, y Harry siempre en medio de ellos, enfriando la situación).

Y bueno, supongo que eso es todo hasta el siguiente. Confiando de verdad en que hayáis disfrutado del capi, os mando un saludo y un beso a todos.

Con cariño, Anzu.