Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD
Capítulo 10
Cuando el inmenso perro de tres cabezas se lanzó contra él, a Harry le faltó tiempo para esquivar su primer ataqué: se arrojó al suelo y gateó hacía una esquina, mientras la bestia mordía y clavaba sus uñas en la madera de la puerta. Creyendo haberlo engañado, Harry se abalanzó contra la trampilla, en un intento de colarse por el agujero. Pero ni siquiera había rozado la cerradura, cuando un profundo dolor en la pantorrilla izquierda le advirtió que el perro volvía a estar sobre él y que su pierna no había sido amputada por puro milagro.
Desesperado, el muchacho rodó sobre sí mismo hasta sacar la varita, y trató inútilmente de defenderse con ella, gritando hechizos al alzar, sin que surgieran mayor efecto.
- ¡Petrificus totalus! ¡Impedimenta! ¡Diffindo!
El primero fue esquivado; el segundo consiguió paralizar momentáneamente a una de las tres cabezas, pero las otras dos siguieron atacando. Y el tercero, a pesar de que Harry escuchó con placer como la bestia aullaba adolorida, sólo logró enfurecerla aún más, sin que el pequeño y superficial corte la debilitara en lo más mínimo, aunque si consiguió enloquecerla. Más iracunda que nunca, se abalanzó contra él, y por un instante, Harry pensó que no había forma de escapar de la situación.
Entonces, como la llama de una vela, que brilla con doble intensidad en el momento antes de apagarse, una repentina y profunda sensación de fuerza y claridad se apoderó de él. ¿De verdad era así como terminaba todo? ¿Qué pensaría Tom de él si alguna vez se enteraba que había sucumbido de forma tan patética, revolcándose con miedo en el suelo, sin cumplir ninguna de sus promesas? Todavía quedaban tantas cosas por hacer…
Y alzando su varita, reuniendo cada porción de fuerza que le quedaba, gritó:
- ¡Aeris Calidum!
En su mente permanecían claras las palabras de Tom. La clave no era el hechizo, sino la intención, la magia que uno dentro de sí liberaba. Y él tenía muy claro lo que quería invocar, pues ya una vez había sucedido.
Inmediatamente, una intensa y duradera ráfaga de fuego rugiente emergió de su varita y se estrelló contra la bestia, que ladró adolorida. Consciente de que aquella situación no podría extenderse por mucho tiempo, Harry se incorporó, y manteniendo firme la varita, de la cual seguía surgiendo fuego, se retiró hacia la puerta, para cerrar tras de sí con un sonoro portazo. El hechizo concluyó en cuanto éste terminó de cerrarse y el muchacho cayó al suelo, agotado.
Harry ignoraba si su hechizo habría causado daños permanentes a la bestia, aunque lo dudaba. La piel de un cancerbero era demasiado gruesa para que él produjera algo más que una chamusquina. En aquellos momentos tampoco le importaba. Sus músculos habían quedado agotados, sin fuerza. Ni siquiera pudo seguir sosteniendo la varita, que con la punta todavía humeante, resbaló de su mano y rodó por el suelo unos metros.
Nunca se había sentido tan mal. Era un agotamiento diez veces peor que el que le provocaba el uso de la Legilimancia. No obstante, no podía permanecer mucho tiempo allí. El tercer piso era un lugar prohibido y si alguien lo encontraba sería el inicio de muchos problemas. Tras unos minutos de necesario descanso, se obligó a sí mismo a volver a su Sala Común. Arrastrándose por el suelo y apoyado en las paredes, cuando se trataba de un pasillo transitado, logró llegar a las mazmorras, donde se encerró en su dormitorio. Ya no sería necesario fingir una enfermedad para cuando volviera Draco, se había enfermado realmente.
Hubieron de transcurrir tres de días hasta que el muchacho recuperara la totalidad de sus fuerzas. Durante ese tiempo permaneció en su dormitorio, generalmente tumbado sobre la cama, y tuvo mucho tiempo para inventarse una excusa y una mentira creíble para Tom. Por primera vez en su vida, desde que encontró el día, Harry no había sido del todo sincero con él. Pero tenía miedo de que se enfadara, y aún peor, de que se sintiera decepcionado por haber puesto su vida en peligro por un motivo tan tonto. Ahora, averiguar lo que ocultaba el perro de tres cabezas le parecía tonto. Sin embargo, si que tenía otras dudas.
Oye, Tom.
Se decidió a preguntarle un día.
¿Es posible que un mago se quede sin fuerzas después de realizar un hechizo demasiado poderoso para sus capacidades?
~ ¿Por qué lo preguntas? ¿Qué es lo que has hecho, Harry? ~
Intenté provocar fuego con un hechizo que sólo se destina a crear ráfagas de aire caliente, como ya me ocurrió una vez, por accidente. Y lo conseguí, creé una llama muy poderosa que se mantuvo en la punta de mi varita varios segundos, pero cuando desapareció me sentí enfermo, como si no me quedaran fuerzas. Ha pasado un par de días y todavía me estoy recuperando.
~ ¡Harry! Lo que hiciste fue algo muy peligroso. ¡Te has introducido en ramas de la magia que no controlas y ni siquiera conoces, sin tener ideas de las consecuencias! ~
Lo siento…
A Harry le hubiera gustado alegar que se trataba de una situación de vida o muerte, pero como sabía que aquello sólo lograría empeorar el asunto, se limitó a disculparse y a desear que Tom no se sintiera demasiado decepcionado.
~ Está bien. No puedo enfadarme contigo por algo que ignorabas. Pero no vuelvas a hacerlo, ¿de acuerdo? ~
Si, te lo prometo. Pero, ¿por qué me quedé sin fuerzas?
~ Estuviste a punto de agotar tus reservas mágicas, Harry. Agradece que no te haya ocurrido nada peor. ~
¿Qué? ¿Reservas mágicas? ¿Qué es eso? ¿Acaso alguien podría morir al realizar un hechizo que escapara a sus posibilidades?
~ Una por una, pequeño. Esas son muchas preguntas. En primer lugar, si; alguien podría morir al realizar un hechizo que sobrepasara sus habilidades. Alguien que intentará, por ejemplo, detener el movimiento de la Tierra o del Sol, o interrumpir el ciclo del agua, o incluso resucitar a alguien de entre los muertos, moriría mucho antes de conseguirlo. Pero ningún mago intentaría tal cosa, ni siquiera se han inventado hechizos para ello. ~
¿Tú tampoco?
Harry se lo preguntó sorprendido. Era la primera vez que Tom reconocía que estaba fuera de sus manos lograr algo.
~ Yo soy un mago más poderoso que los demás, Harry. Pero ni siquiera ello me permite alterar masivamente el orden de la naturaleza. Como cada mago que aún respeta las viejas tradiciones, yo le rindo culto y, tal vez, con su aprobación, consiguiera procrear tormentas o desvanecer las nubes; nada más. ~
Entiendo. Pero, entonces, ¿por qué yo me sentí tan mal? Únicamente provoqué un fuego.
~ Pero lo hiciste sin control. Al provocar ese fuego, sin emplear las palabras apropiadas para ello, te acercases peligrosamente a la magia sin varita, que está varios pasos más allá de magia no-vocal. Empleaste tu varita como canalizador, pero obviaste el catalizador, el conjuro apropiado, y liberaste tu magia en una explosión de poder para la cuál no estabas aún preparado. ~
¿Y qué se necesita para estar preparado?
~ Disciplina. Tonalidades de control. Dominio sobre la mente, el cuerpo, y la propia magia. ~
¿Por eso me pediste que saliera a correr todas las mañanas?
~ Efectivamente. Quiero que, con el tiempo, adquieras esas cualidades. Las necesitarás para adentrarte en la magia sin varita, una rama particularmente útil y peligrosa, tanto para los que se enfrentan a ella como para el mago que la realiza. Además, para las Artes Oscuras también son necesarias. La mayoría de los conjuros que más se acercan al límite entre lo posible, y lo imposible, son oscuros. Un simple error y la vida del mago que los realice podría extinguirse. Así es como perecieron mucho antiguos Señores Oscuros, por adentrarse demasiado en terrenos vedados como la nigromancia, o la resurrección. ~
Vaya… ¿Por qué nunca me has hablado sobre esto?
~ Porque todavía tienes once años, Harry. Subestimé tu apremiante necesidad de poner tu vida en peligro, y pensé que esta información no te sería útil hasta algunos años más tarde. ~
Lo siento…
Harry volvió a morderse el labio, incomodo.
~ No te disculpes tanto. A decir verdad, me has sorprendido. Si cualquier otro mago de tu edad hubiera intentado lo que tú, no hubiese obtenido ningún resultado. Tu peligroso experimento ha demostrado una gran habilidad y poder mágico, del que, por otra parte, yo ya era consciente. Y es increíble como, por instinto u experiencia, en vez de tratar de aparecer el fuego de la nada, te enfocaste en la variación de un hechizo relacionado con ese elemento. De no haberlo hecho, indudablemente, hubieras quedado inconsciente por varios días. ~
Un escalofrío recorrió la nuca de Harry al imaginar dicha escena. Con el cancerbero ansioso de sangre y tratando de devorarlo, no hubiese quedado mucho de él para despertar si se hubiese desmayado. Gracias a Morgana, aquello no había ocurrido.
Unos minutos más tarde, Harry se despidió de Tom y dedicó el resto del día a meditar sobre lo que había aprendido. En primer lugar, jamás volvería a abusar de la magia de tal modo, no hasta que estuviera preparado, o que se volviese a tratar de otra situación de vida o muerte. Pero tal vez si podría intentar pequeños hechizos no-hablados, como el Wingardium Leviosa, que sería un buen y sencillo entrenamiento dirigido a cosas más grandes.
Harry se imaginó a sí mismo, dentro de unos pocos años, vestido con una capa oscura al lado de otra figura todavía mayor. Un maestro y un aprendiz que serían más que eso. Ambos versados y poderosos en todas las corrientes de la magia, capaces de enfrentar a cualquier otro mago, incluso a uno viejo con larga barba blanca. Y sin poder evitarlo, el muchacho sonrió. Aquel sería un buen futuro.
...
Con la llegada del mes de Diciembre, la nieve dejo de ser un evento ocasional para acumularse de forma permanente en los jardines. Cuando, finalmente, comenzó a sentirse recuperado y se unió de nuevo a las clases, Harry percibió que un ambiento distinto inundaba los pasillos. Más festivo. Los alumnos charlaban y comentaban felices su pronto regreso a casa, sin ser extraño escuchar a algún hijo de muggles silbar el ritmo de un villancico. Y es que las vacaciones de Navidad se acercaban vertiginosamente.
Draco se encontraba entre ellos. Había tratado incansablemente de convencer a Harry de que lo acompañara a pasar las Navidades en la mansión Malfoy, e incluso había pedido a sus padres que enviaran una carta para él, invitándolo formalmente. Aunque Harry se sintió halagado al recibirla, se mantuvo firme.
Por muy tentadora que fuera la oferta de su amigo, las Navidades, con la mayor parte de los alumnos en sus hogares y todos los profesores de vacaciones o distraídos por el ambiente, eran el momento perfecto para investigar el castillo a fondo y averiguar más sobre la ubicación de la Cámara de los Secretos. Ahora que el otro asunto ya no le interesaba, deseaba más que nunca concentrar en la Cámara. Tal vez así, Tom lo considerara lo suficiente preparado para iniciarse en las Artes Oscuras.
- Por lo menos dime que vendrás para la cena de Año Nuevo - insistía su amigo rubio, mientras caminaban juntos por las mazmorras hacía la siguiente clase, la última antes del almuerzo -. Los anfitriones de esa noche somos los Malfoy desde generaciones. El ministro en persona acudirá a la cita, al igual que la mayor parte de los miembros del Wizengamot. Los Parkison, los Greegarss, los Nott, los Blaise, los Bulstrode… Cada familia influyente del mundo mágico en general - Draco giró el rostro para centrar su atención la niña que caminaba al otro lado de Harry, notando su presencia por primera vez desde que se había encontrado en el vestíbulo -. Comprenderás qué a ti no pueda invitarte, Granger. Me gustaría, pero no quiero que te sientas fuera de lugar entra tanta gente importante.
- ¡Oh, Malfoy, no te preocupes! - Hermione sonrió falsamente, manteniendo su mentón altivo, aunque al hacerlo no poseyera la gracia aristocrática de la que podía presumir el otro -. Si ya resulta difícil soportar tu única y arrolladora presencia en el colegio, aguantar a más como tú en mis vacaciones terminaría de destruirme. Pero agradezco la intención.
Los ojos grises de Draco relampaguearon, y Harry comprendió que había llegado el momento de intervenir.
- Sería genial ir a cenar esa noche a tu casa - accedió a la petición del niño con entusiasmo, como si el intercambio anterior entre sus dos amigos no hubiera sucedido -. ¿Y tú Hermione? ¿Dónde vas a pasar estás Navidades?
- Supongo que las pasaré en mi humilde hogar, con mis humildes padres muggles - remarcó la palabra "muggles" como si se tratara de un reto -. Preferiría quedarme en el castillo, pero me echan de menos, y a ellos no les haría mucha gracia.
Draco dejó escapar un bufido despectivo. Hermione lo taladró con la mirada, clavando sus ojos castaños sobre los otros grises, sin que él se amilanara.
- Si bien es cierto que no todos tenemos mansiones enormes a las que regresar, al menos algunos hemos sido dotados con más de cerebro que otros - replicó con voz muy firme, sin amilanarse ante el descaro de Draco -. Si me disculpas, Harry. Quiero revisar la redacción antes de entregársela a Snape, así que voy a adelantarme.
Harry observó con resignación como su amiga se marchaba enfadada, con el cabello enmarañado sacudiéndose al son de sus rápidos pasos, mientras Draco a su lado también seguía sus pasos y dibujaba en sus labios una sonrisa victoriosa. La relación entre ellos se había tensado aún más desde que, por casualidad, su amigo había descubierto las listas de hechizos que practicaban juntos, un día que Harry las había dejado descuidadamente sobre su escritorio, tras de revisarlas.
Por el brillo y la expresión de entusiasmo que se había formado en su rostro, el muchacho supo en seguida que a Draco le hubiese gustado practicar y aprenderlos con él, pero cuando el propio Harry confesó que era una actividad que ya compartía con Hermione, y sugirió que podrían entrenar los tres juntos (a fin de cuentas, Draco era excelente para Defensa y Artes Oscuras, y de seguro sería muy útil entrenar con él en la practica de duelos), su amigo ni siquiera había contestado. De hecho, se había negado a hablarle el resto del día.
- ¡Oh, vamos, Draco! - protestó mientras la niña se perdía de vista por las mazmorras, en dirección al aula de Snape -. ¿Por qué has tenido que hacerlo de nuevo?
El aludido se encogió de hombros, con indiferencia.
- ¡Ni siquiera la he insultado! No es culpa mía que se molestara tan fácilmente… - se defendió ante la mirada enfadada de Harry -. Entonces - cambio de tema -, ¿de verdad vendrás para Noche Vieja? Incluso podrías quedarte conmigo el resto de las vacaciones.
Con cierta incertidumbre, Harry lo meditó uno instantes. Las vacaciones comenzaban el día veintiuno de diciembre, en dos días; para el treinta ya habría dispuesto de tiempo suficiente para revisar el colegio a fondo. Además, le hacía ilusión ir con Draco, y pasar unos cuantos días de sus vacaciones en casa de su amigo sería, sin duda, muy divertido.
Por otra parte, también sería una oportunidad única para convivir a sus padres; desde su primer encuentro con Lucius, experimentaba una fuerte curiosidad hacía él, y también deseaba conocer a Narcissa, que por las descripciones de Draco debía ser una bruja extraordinaria, y un completa y astuta Slytherin. Sin contar con que un primer encuentro con el Ministro de Magia sonaba muy prometedor. Nunca era demasiado pronto para crear contactos en las altas esferas. Tom, probablemente, lo instaría a acudir.
Aquello terminó de decidirlo.
- Está bien - aceptó -. Me quedaré a dormir en tu casa hasta que volvamos al colegio, pero quiero una cosa a cambio.
Draco abrió los ojos con entusiasmo, asintiendo rápidamente.
- Lo que quieras - prometió -. Pero mejor que no coincida con tu regalo de Navidad, o tendré que elegir otro nuevo.
- Quiero que intentes ser amable con Hermione -respondió Harry muy firme -. O al menos, que no te metas con ella.
La expresión entusiasta del rubio decayó por completo.
- ¿Qué? ¡Oh, vamos, Harry! - protestó infantilmente -. Destruyes toda mi diversión. Bueno, está bien - cambio de idea al ver el ceño fruncido de su amigo -. Prometo no volver a criticarla por sus origines humildes e impuros. Pero no puedes prohibirme que la llame sabelotodo. Es una sabelotodo.
Harry sonrió, satisfecho por el momento. Después de todo, lo que decía Draco era verdad. Hermione era una sabelotodo. Ahí residía gran parte de su encanto.
Caminaron juntos hasta el aula de pociones, donde Harry se apresuró a tomar asiento en un banco triple, a la derecha de Hermione, mientras su amigo rubio se acomodaba a su propia izquierda, está vez, cumpliendo su palabra, sin añadir ningún comentario grosero. Snape no se apiadó de ellos por ser la última clase antes de Navidades, sino que les encomendó fabricar una poción dificilísima que servía para forúnculos de la piel; para colmo añadió que sería materia de examen.
Draco y Hermione no tuvieron ningún problema con ella, ya que ambos eran expertos en pociones, pero él necesito todo la ayuda de ambos para terminarla a tiempo y con un resultado decente. Su poción no alcanzó el color lila exigido, pero se quedó en un morado claro, mucho mejor que los azules oscuros que brillaban en otros calderos, como el de Goyle o el de Neville; y ni habar del amasijo anaranjado que despuntaba en el de Crabbe.
Cuando sonó el timbre, Harry recogió una muestra de su poción en un frasco con su nombre, y se levantó del pupitre para ir a entregárselo a Snape. Draco siempre se ofrecía a llevarlo por él, junto al suyo, pero el muchacho veía aquello como una prueba de cobardía y nunca aceptaba. El profesor lo recibió igual que siempre, sin mirarlo a los ojos y sin delatar su presencia más que por un par de frases malintencionadas.
- ¿Esto es lo mejor que puedes hacer? No esperes más que otro suspenso, Potter.
Harry ignoró a Snape totalmente, mordiendo su lengua para acallar cualquier contestación y reprimiendo el broto de ira que, como cada vez, surgía al son de sus palabras. Cualquier rastro de empatía hacía él se había borrado hacía tiempo. Snape no era más que un amasijo de celos y rencor infantiles, incapaz de superar un rechazo acaecido hacía dos décadas, que a falta del padre elegía vengarse del hijo. No merecía la pena su atención ni su furia.
- ¿Estás bien, Harry?
Era la pregunta rutinaria que Hermione había tomado la costumbre de formular, siempre que salían de una clase de pociones.
- Por supuesto que está bien, sabelotodo - contestó Draco por él. No obstante, Harry no notó que no impregnaba a la palabra toda la saña acostumbrada -. Hacen falta algo más que un par de palabras soeces para derrotarlo. ¿A qué si, Harry?
El muchacho asintió, imparcial.
- Estoy bien. Después de todo, está ha sido nuestra última clase de pociones hasta dentro de tres semanas.
- Aunque todavía no entiendo que es lo que le pasa a Snape para odiarte tanto…
Por primera vez, Draco se mostró de acuerdo con Hermione.
- Eso es cierto. Tendría sentido si fueras un Gryffindor, pero estás en nuestra casa… Y Snape siempre nos favorece a nosotros.
Harry, que no había comentado con ninguno de sus dos amigos la relación anterior que debía haber existido entre Snape y su madre, se encogió de hombros, con aspecto indiferente.
- Ni lo sé, ni me importa. Lo que pasa es que es imbécil - resumió llanamente -. Aunque por lo menos enseña mejor que Quirrell. Después de comer tenemos hora doble de Defensa, ¿no?
Tanto Draco como Hermione asintieron, y como era costumbre, el primero no tardó en ponerse a despotricar contra el profesor mencionado. Satisfecho por el cambio de tema, Harry continuó avanzando hasta llegar a las puertas del Gran Comedor, donde hubo de despedirse de Hermione para avanzar hacia su propia mesa.
- ¿Nos vemos aquí para ir al aula de Quirrell?
- Claro.
Hermione asintió y cabeceó hacía ellos, antes de confundirse con la maraña de alumnos Gryffindor que ocupaban su mesa. En cuanto la niña se alejó unos pasos, Draco volvió a traer consigo el tema de las vacaciones, que no los abandonó en toda la comida.
- ¡Y tendrás que traerte el bañador! Vas a alucinar cuando veas la piscina termal que hay escavada debajo de mi dormitorio. ¡Diseñada al estilo de piedra romano! Es lo más… ¡Por no hablar de nuestro propio y personal campo de Quidditch!
- ¿En serio tenéis un campo de Quidditch? - Harry abrió mucho los ojos, sin terminar de creérselo. Su entusiasmo por esas vacaciones crecía a pasos agigantados.
- Me lo regalaron mis padres al cumplir ocho años - presumió su amigo -. Tal vez podamos invitar a unos cuantos y organizar un auténtico partido, con todos los jugadores reglamentarios…
En sus muchos asaltos al campo de Quidditch, Crabbe y Goyle solían acompañarlos (con mayor o menos agrado) para hacer el juego más intenso, pero en alguna ocasión también se habían unido otros miembros de su casa: Blaise, que era un excelente guardián, pues observando el rostro del cazador siempre adivinaba hacía que lado iba a lanzarle la bola; Bulstrode, que jugaba en el puesto de golpeadora; Luthor y Lang, cazadores, dos chavales de segundo año muy abiertos y alegres para ser Slytherin; o Anne, que después de mucha insistencia por parte de Nott, sólo se les había unido una vez, pero para sorpresa de todos había resultado un as en la escoba. Lamentablemente para Harry, pues a él le caí muy bien Theo, éste no compartía su amor por el vuelo y nunca se había unido a ellos en un partido, aunque a veces si accedía a desempeñar el papel de arbitro.
En uno de esos encuentros, Harry había descubierto su auténtica afición por el Quidditch, bajo el papel de buscador, una posición que le permitía evadirse del resto del equipo y potenciar al máximo sus habilidades de vuelo y sus reflejos. Desde entonces, el deporte se había convertido en una de sus pasiones, aunque seguía despreciando la hilaridad y los rencores que despertaba en sus otros compañeros.
- ¡Y también tengo que presentarte a Dobby! Es el elfo domestico del que te hable a principio de curso… Está como un cencerro. Pero es muy divertido, ya verás. Sobre todo cuando le haces rabiar.
Verdaderamente ilusionado, llegó Harry a la clase de Defensa franqueado por sus dos amigos. Pero un amplio número de gritos y el coro de alumnos mayores que rodeaba la entrada del aula, eran nota clave del pequeño revuelto que se estaba llevando a cabo en el interior. Desconcertado, Draco se abrió paso ente la multitud a empujones hasta alcanzar la primera fila, arrastrando a Harry con él. La escena que presenciaron a continuación poseía tintes tan extravagantes como graciosos.
Por un lado, en un rincón, la profesora McGonagall vociferaba muy enfadaba a dos alumnos pelirrojos de aspecto muy simpático, un par de años mayores que Harry, que debía de ser gemelos pues eran idénticos. Ambos se retorcían las manos, realizando evidentes esfuerzos por no reírse, mientras se excusaban, simultaneando sus frases:
- Le aseguro que no fuimos nosotros, profesora - decía uno de ellos, con un rostro muy sonriente y satisfecho, que contrastaba con el ceño increíblemente fruncido de su interlocutora -. Y aún si lo hubiésemos sido…
- … usted no tiene pruebas para demostrarlo - proseguía el otro -. De modo que ahora mismo…
- …nos está acusando falsamente.
- ¡Injusticia!
La última palabra la exclamaron ambos simultáneamente, pero si tenía intención de añadir algo más, su intento fue frustrado por los gritos de McGonagall, que absorbieron cualquier otra protesta. Con la presencia seria e innata de la que ésta siempre hacía gala, era increíble como aquellos dos habían logrado minar sus controles, hasta trastocarla por completo.
Pero no era para menos. En medio del aula, como si se tratara de un chiste o el número planificado de un circo, pues atraía más risas de las que pudiera reunir los propios payasos, el profesor Quirrell corría y jadeaba, sujetándose el turbante encorvado, mientras varias bolas de nieve encantadas lo perseguían, estrellándose contra su nuca, recomponiéndose y retornando la persecución. Al margen de lo divertido, era una demostración de magia asombrosa, especialmente tratando de dos alumnos de tercero, y tras observarlos a Harry no le quedaba ninguna duda de quienes habían sido los culpables.
El muchacho no pudo contener la risa. A pesar de sus sentimientos esquivos hacía Quirrell, sobre los que todavía no había podido demostrar nada, era una escena realmente graciosa. A su lado, Draco había caído al suelo y se retorcía las costillas, sin parar de reír. Hermione, que de alguna manera había llegado hasta ellos, observaba con el ceño fruncido y reprobación, probablemente enfadada por la falta de respeto.
Finalmente, la profesora consiguió de los gemelos el testimonio que buscaba, aunque no resultase de gran ayuda. El encantamiento que conmina a las bolas de nieve a perseguir el turbante de Quirrell era de invención propia y, por el momento, no tenía contrahechizo. La única manera de librarse de ellas era que el susodicho profesor se quitara el turbante, mostrando su calva, o bien esperar a que transcurriesen las cinco horas que duraba el encanto.
McGongall los arrastró a ambos fuera de la sala, como si se tratara de dos condenados. Ya no gritaba, pero Harry nunca había visto sus labios tan tensos, casi habían desaparecido en una fila línea blanquecina. Al pasar por su lado, uno de los gemelos guiñó un ojo a Harry, quien todavía era incapaz de contener la sonrisa.
- ¡El espectaculo ha tenminado! - informó muy seria la profesora al corrillo de alumnos que se había formado -. Podéis volver a vuestras salas comunes. Hoy no habrá clase de Defensa.
Con lentitud, claramente reticentes a abandonar un espectáculo tan divertido, los alumnos de las diferentes casas se alejaron del aula, dando pie a comentarios entusiasmados sobre la repentina tarde festiva. La sugerencia de McGongall de retirarse pacíficamente a las Salas Comunes quedó desestimada en el acto. Por el rabillo del ojo, Harry vio como Nott tomaba el camino hacía la Biblioteca, mientras, inexplicablemente, Pansy se llevaba a todas sus chicas a las escaleras que conducían al séptimo piso. A su lado, entre risas, Draco todavía recordaba la escena.
- Nunca voy a olvidar a ese mequetrefe huyendo… ¡porque le perseguían unas bolas de nieve! ¿Habéis visto su cara? ¿Y la forma en la que se sujetaba el turbante, encorvado, enseñando su culo gordo? ¡Vamos! Todos sabíamos que Quirrel era patético, pero hasta ese punto… - tuvo que dejar la frase sin concluir, porque volvió a estallar en una carcajada -. Y pensar que ese idota se llama profesor nuestro… ¡Como si algún día fuera capaz de enseñarnos algo!
Hermione, con una expresión en el rostro que recordaba terriblemente a McGongall, no fue capaz de contener una réplica por más tiempo.
- Él no se llama profesor nuestro, Malfoy, es nuestro profesor. Y precisamente por ese motivo debo pedirte que dejes de insultarlo - solicitó, con voz muy firme -. Hay algo que se llama respeto, aunque está claro que ni tú, ni los de tu especie, estás relacionado con ese término.
Draco no se sintió insultado, sino que sonrió con suficiencia.
- ¿A qué especie te refieres, Granger? ¿Aquella en la que no todos somos unos sabelotodos, insufribles y reprimidos? - la atacó -. Estoy seguro de que si olvidarás por un momento tu ambición de ser tan perfecta, tú también te habrías divertido.
- Prefiero ser una sabelotodo insufrible y reprimida, antes que un niño narcisista y ególatra sin conocimiento absoluto del mundo real - fue la decidida contestación de la niña, antes de volverse hacía Harry -. ¿Y tú que dices?
- ¡No! - el muchacho elevó las manos y frunció el ceño, al percibir como sus dos amigos lo miraban, esperando que le diera a ellos la razón -. A mi no me vais a poner en medio de vuestras trifulcas infantiles. No aguanto vuestras continuas peleas. Ahora mismo ambos me parecéis unos crios. ¡Me largo a la Biblioteca!
Estaba harto. Llevaban días igual, discutiendo y tratando de obligarlo a él a tomar partido. Se había acabado. Sin detener un momento, proveyendo ocasión al arrepentimiento, Harry se sujetó bien la mochila a su espalda y los abandonó a ambos, que al menos tuvieron la decencia de mostrarse algo avergonzados. (Sobre todo la niña; Draco era demasiado orgulloso para deshacer su expresión de orgullo ofendido).
La señora Pince lo examinó con desconfianza al entrar, probablemente por tratarse de un alumno joven fuera de clases en horario escolar, pero quedó satisfecha al verlo reunirse con Thedore Nott. En realidad, no había sido intención de Harre ir a reunirse con su otro compañero al dirigirse a la Biblioteca, pero tras reparar en él, solitario como siempre, en una amplia mesa cubierta de pergaminos y gruesos libros, hacerlo había sido un impulso natural.
- ¿Puedo?
Los ojos del niño, de un azul tan oscuro que podía confundirse con negro, se elevaron con sorpresa, aunque aquella emoción dio rápido paso a la comprensión una vez lo hubo reconocido.
- Claro. Hazte espacio tu mismo - invitó, señalando en amplio número de hojas y pergaminos esparcidos por la mesa sin cuidado. Harry lo hizo, y depositó en ella sus propios libros y plumas -. ¿Problemas con el trío de plata?
A Harry le sorprendió su intuición, aunque desde el principio Theo se había dibujado como un muchacho muy inteligente y sagaz.
- A veces creo que no merece la pena - respondió sinceramente, sin entender por qué. Theo le inspiraba confianza. Parecía un muchacho capaz de acumular todos los secretos y no revelar nunca ninguno.
- Sin duda, obligar a un Malfoy a confraternizar con una sangre sucia es un experimento insólito y arriesgado, pero no te rindas todavía. ¿Quién sabe? Tal vez los resultados logren trasmutar nuestro mundo.
Harry sonrió, más animado por la broma, y pronto se enfrascó en la lectura de sus propias tareas. Pasar el tiempo con Theo no eran tan intenso como con Hermione, ni tan divertido como con Draco. Se trataba de un muchacho apacible y tranquilo, sin ambiciones peligrosas, aunque con una gran claridad, que ocultaba nueve de cada diez pensamientos. O al menos, eso opinaba Harry. Sin embargo, los momentos a su lado disfrutaban de otro tipo de belleza. Cuando llegó la hora de la cena, al muchacho no lo hubiera importado continuar con él otras cinco horas.
El Gran Comedor cargaba un ambiente tan bullicioso y alegre como de costumbre, está vez acentuado por los árboles y decorados Navideños que ya comenzaban a adornar sus esquinas. Hermione lo esperaba en la entrada, jugueteando nerviosa con sus manos y con la vista baja. Más tranquilo que cuando se había separado, probablemente por gracia de Theo, Harry aceptó sus disculpas y le dedicó una preciosa sonrisa a la niña, la cual recibió sonrojada.
En la mesa común de Slytherin, por el contrario, Draco se mostró parco, mal humorado y más frío de lo habitual. Ni siquiera ofreció un gesto que lo reconociese cuando Harry se sentó a su lado. Armándose de paciencia, el muchacho esperó hasta descubrir que era lo que le molestaba. Resultó, simplemente, que Draco creía que él se había echado atrás en su decisión de acompañarlo en Noche Vieja y de pasar después unos días en su casa. Aclarado el malentendido, y después de que Harry le asegurara unas diez veces que no era su intención cambiar de planes, el slytherin rubio volvió a ser el de costumbre, con todo lo bueno y lo malo que aquello conllevaba.
Aquella misma noche, muy satisfecho de haber quedado en paz con sus dos amigos, Harry cerró los doseles de su cama para introducirse en una larga y estimulante conversación con Tom. Aún debía contarle que había aceptado la invitación de los Malfoy y escuchar y aprender de sus opiniones al respecto.
...
La mañana siguiente, el último día antes del comienzo de las Navidades, incluso Draco despertó de buen humor. Un exquisito aroma a pasteles, ponche de huevo, y chocolate caliente advertía a los alumnos del exquisito festín que les esperaba en el Gran Comedor. Franqueado por sus dos amigos, que parecían haber sellado un mutuo acuerdo silencioso de no dirigirse la palabra, como medio para no insultarse, Harry se dirigió hacía la primera clase del día. Herbología.
El frío de los jardines fue compensado cuando la profesora Sprout anunció a sus alumnos que, por encontrarse tan cerca de las Navidades, hoy les enseñaría a trasplantar una de las distintas especies de muérdago saltarín, una variante muy escasa de la planta y anhelada por los grandes bromistas, que tenía la cualidad de cambiar su sitio a placer, sorprendiendo a los desprevenidos más dispares al aparecer sobre sus cabezas. En la hora siguiente, el profesor Flitwick también declaró que no enseñaría materia nueva, dedicando la clase a repasar por libre los encantamientos aprendidos a lo largo del trimestre. E incluso les permitió salir un par de minutos antes.
Para sorpresa de todos, la ineludible vencedora de la tarde fue Pansy Parkinson (que con gorro, capa, bufanda y guantes tejidos con hilo de ninfa, a juego) se proclamó campeona después de un increíble uno a uno contra Theo. Harry había sido eliminado el sexto, cuando un lanzamiento de Izar a su espalda lo tomó por sorpresa, mientras él batallaba contra Draco. Pero después su amigo se había vengado, derrotando al otro Slytherin. Finalmente, Draco había sido eliminado por un lanzamiento de Blaise, que a su vez sería descalificado por causa de Daphne, quien sería derrotada por Theo antes de que éste se enfrascara en su duelo privado contra Pansy. Pero Pansy había vencido, alucinando a todos con sus habilidades.
Harry regresó al castillo con las mejillas sonrojadas a causa del frío y varias gotas de agua escurriendo de su cabello, de muy buen humor junto a sus compañeros. No obstante, cuando Zabini propuso a todos los chicos un agradable baño de agua caliente, en la piscina de los prefectos (Harry ignoraba como habría llegado hasta sus oídos la contraseña, y tampoco esperaba saberlo), al muchacho no le quedó más remedió que excusarse y rechazar la oferta. Todavía quedaba algo por hacer antes de que el Expreso de Hogwarts partiera.
Ignorando la mirada curiosa del resto de sus compañeros, Harry se dirigió a su propio dormitorio, donde se secó el pelo rápidamente con un hechizo y cambió su ropa húmeda por otra caliente. A continuación, vació su cartera de libros y escondió en vez un pequeño paquetito. Faltaban un par de horas para la cena y él había quedado con Hermione en la entrada, para encontrarse con ella en unos poco minutos.
- ¿Quieres que demos una vuelta por los jardines? - propuso el muchacho, después de saludarla.
El Sol se escondía ya al borde de las montañas, y la temperatura era todavía más fría que por la mañana, cuando habían acudido a los invernaderos. Sin decir nada, Hermione conjuró un fuego de aspecto violáceo que se mantenía en el aire y propiciaba un agradable calor si se mantenían cerca. Cuando llegaron a un punto a orillas del lago, donde casi era posible divisar la silueta de Hogsmeade a lo lejos, el muchacho se detuvo, impeliéndole a ella a hacer lo mismo.
- ¿Qué tal ha ido la guerra de nieve? - se interesó la niña, probablemente como medio de entablar conversación.
- Muy divertida - Harry sonrió, recordando -. No tenía ni idea de que existían también las guerras de nieve "mágicas", pero son lo más. Tienes que probar con nosotros algún día.
Hermione elevó las cejas con escepticismo, exponiendo sus dudas en un murmullo.
- Dudo que Su Majestad quedé tan satisfecho como tú con la idea…
Descartando su particular modo de denominar a Draco, el comentario estaba carente de belicosidad, por lo que Harry no prestó atención.
- No te he traído aquí para seguir discutiendo - atajó por lo sano -. En realidad, quería darte algo - reconoció, ante la expresión curiosa de su amiga -. Sé que aún no es Navidad, pero me hacía ilusión entregártelo en persona. Toma.
Le tendió un pequeño paquete, cuyo contenido estaba envuelto por un delicado papel de color plata, que la niña aceptó con los ojos muy abiertos y recogió entre sus manos con mucho cuidado. Harry la observó mientras lo desenvolvía, aguardando algo ansioso el veredicto.
Siendo sincero, el muchacho reconocía que su primer impulso había sido regalar a Hermione un libro. Sabía que la niña valoraba la lectura tanto como él y que, por tanto, era una apuesta segura. Además, sería la oportunidad perfecta para comenzar a introducir a Hermione en la verdadera historia y las censuras que imponía Hogwarts. Sin embargo, un día, mientras lo meditaba, se le ocurrió de que probablemente libros sería el único regalo que Hermione obtendría del resto de la gente. Y aquel iba a ser su primer presente a la niña. Sólo por aquella vez, podía permitirse algo especial.
- ¡Merlín, Harry…! Esto es…
Se había quedado sin palabras, lo cual Harry consideró un buen resultado. Entre sus manos la niña sostenía una esfera de cristal de diámetro medio, muy similar a esas que se venden como recordatorios en las tiendas muggles, con un paisaje o muñeco en su interior y que al sacudirlas caen bolitas blancas o brillantinas, sólo que con algunas diferencias.
- Están representadas la mayor parte de las estancias de Hogwarts - explicó el niño -. Sólo tienes que acercarte a la bola y solicitar aquella que deseas ver. Por ejemplo: ¡Biblioteca!
Una neblina grisácea inundó el interior del objeto, y al segundo siguiente en su interior podía visualizarse una miniatura perfecta de la biblioteca, con las mesas, los estantes, e incluso un pequeño muñeco que parecía representar a la Señora Pince, y a algunos estudiantes.
- O fíjate en esta: ¡Gran Comedor! - el experimentó se repitió de nuevo, dando lugar a cuatro mesas alargadas y una más en el palco, la de los profesores. Cada mesa ondeaba banderas con los colores que la identificaban y había muchas más figuras en miniatura, también con su uniforme.
- ¡Harry! ¡Me encanta! - exclamó la niña emocionada -. Esto es… tan…
Pero no parecía encontrar la palabra. Harry sonrió y solicitó una escena más: los jardines. En ella el castillo de Hogwarts podía verse a lo lejos, con los tejados blancos por la nieve. Se reflejaba también el lago congelado y los bordes del Bosque Prohibido. Bajo la sombra de un haya, se distinguían tres pequeñas figuras, una de ellas con un cabello muy rubio, una bufanda verde anudada al cuello y una varita en la mano; otra pertenecía a un muchacho con gafas y con una marca en la frente, que estaba reclinado contra el árbol leyendo un libro; y la última era una niña con un pelo marrón muy alborotado, semi oculto por un gorro rojo, que sostenía un par de libros mientras su vista se clavaba en el lago.
- Esos tres ya se encontraban ahí, pero los modifiqué yo para parecerse a nosotros - explicó Harry, muy orgulloso de su trabajo -. Pensé que te gustaría tener algo para recordar Hogwarts mientras estuvieras fuera. Aunque si no te parece buena idea, también puedes…
Pero su frase se vio cortada por un fiero abrazo de la niña, que sin palabras, se había arrojado contra él abrazándolo, en un intento de mostrar así lo que sentía.
- Muchísimas gracias, Harry - añadió unos minutos más tarde, cuando ya estuvo más calmada -. Es el mejor regalo que podría haber recibido.
El muchacho sonrió satisfecho. Contemplar la felicidad de su amiga bien valía los sesenta galeones que se había gastado. Tal vez, incluso, se planteó, sería un buen momento para investigar…
- Hermione, ¿por qué no te ilusiona la idea de volver a casa estás Navidades? ¿No echas de menos a tus padres?
Fue, tal vez, una pregunta demasiada franca y directa; al segundo, Harry se reprendió mentalmente por su falta de tacto porque los ojos de la niña se abrieron con sorpresa y ella tartamudeó varias veces, sin saber muy qué contestar.
- Claro que lo hecho de menos, Harry. Quiero verlos. Es sólo que… a veces…
Pero fuera lo que fuese que Hermione trataba de expresar, una voz la interrumpió antes de lo hiciera. Una vez que Harry reconoció al instante y que, pese a disimularlo, congeló la sangre de sus venas.
- ¿No es un poco tarde para andar todavía por los jardines, jóvenes? - inquirió la voz en un tono que podría interpretarse tanto reprobatoria como jovialmente.
El corazón de Harry palpitó violentamente. A su lado, las mejillas de Hermione trasmutaron en una serie de tonalidades, desde el verde hasta el rojo, pasando por el violeta.
- Di… director… profesor Dumbledore, señor. Discúlpenos. Nosotros no…
- ¡Oh! Tranquilícese, señorita Granger. No os estoy reprochando nada - aseguró el viejo con una brillante sonrisa y una expresión benevolente tras su gafas de media luna -. Simplemente sentí curiosidad al ver a un par de jovenzuelos como vosotros tan lejos de los muros del castillo con este tiempo tan frío. Pero veo que ambos estáis a salvo.
Los ojos azules del hombre se clavaron primero en la niña, luego en la esfera que aguardaba entre sus manos, y finalmente en Harry, sonriendo con aprobación. No obstante, el muchacho no creyó nada de aquella pantomima. Se preguntó cuando tiempo llevaba el director vigilándolos, y sí había elegido ese momento para interrumpir por alguna razón. Él mismo estaba inmerso en su propio teatro.
Desde el banquete de bienvenida, donde el aura de Dumbledore lo había golpeado por primera vez haciéndolo sentir casi enfermo, el muchacho, lentamente, se había ido acostumbrando a esa sensación, hasta transformar el malestar en una lejana percepción incomoda. Y tal como Harry tenía costumbre de obrar con las cosas que lo incomodaba, la había ignorado, desechando la presencia viejo y fingiendo que todo estaba perfectamente bien, que no había ningún poderoso mago sentado a pocos metros de distancia, disfrutando como él de su cena, pero con la diferencia de que si, por un momento, dicho mago lograra atrapar sus ojos y destruir sus barreras, su vida terminaría en aquel mismo instante. O peor todavía, la suya no, la de Tom.
De esta forma, la evasión había funcionado y Harry era capaz de caminar por los pasillos, sonreír a sus amigos, hablar con sus compañeros, y divertirse en el Gran Comedor sin nervios y sin una contante de sensación de eterno peligro. El problema surgía ahora. Cuando aquello que había estado esquivando golpeaba contra su cara, sin ningún aviso.
Harry respiró profundamente varias veces, inflando y descargando sus pulmones de aire, antes se poder hablar. Confiaba que el profesor interpretara aquello como una muestra de nerviosismo normal, de un alumno corriente ante una famosa figura de autoridad, y no le diera más importancia. Después de todo, Hermione estaba diez veces más nerviosa que él sin nada que ocultar. Sólo por temor a haber infringido las reglas.
- Yo lo siento, profesor - se disculpó con voz sincera, ligeramente cohibida, sin desviar la mirada pero sin enfocarlo directamente a los ojos -. Ha sido culpa mía. Sólo quería darle a Hermione su regalo de Navidad, pero se nos ha hecho un poco tarde.
Cada sentimiento que había acompañado a esas palabras era sincero. Esa había sido una de las lecciones de Tom. Ante un experto Ligilimente como él, uno no podía falsificar sus emociones. Estás debían ser sinceras, aunque no coincidieran plenamente con las palabras expresadas. Es decir, Tom percibía exactamente cuando uno de sus discípulos sentía miedo, pero éste podría argumentar que era miedo a fallarlo y no cumplir con sus expectativas, y no temor a ser torturado como castigo, y si sabía cerrar bien su mente, ni siquiera él sería capaz de comprobar que mentía. Harry estaba jugando el mismo juego.
- No son necesarias las disculpas, Harry - lo indultó el otro -. Si no me equivoco, el trimestre ya ha terminado, por lo que ambos estáis exentos de la normativa del curso. Además, esto me proporciona una oportunidad que estaba buscando desde hace tiempo. Señorita Granger, ¿le importaría adelantarse hacía al castillo mientras yo hablo con Harry unos minutos a solas?
Hermione parpadeó varias veces, mirando primero a Dumbledore y después a Harry, como pidiendo permiso, antes asentir tímidamente.
- Claro, profesor. Harry… nos vemos mañana - se despidió.
El muchacho cabeceó un asentimiento en su dirección y la observó mientras se alejaba, con la nieve hundiéndose hasta sus rodillas. Después se giró hacía Dumbledore, que lo examinaba con expresión afable.
- Parece que tú y la señorita Granger sois buenos amigos… - comentó sin mala intención, mientras seguía con la vista la estela que la niña había dejado en la nieve -. Al igual que tú y el señor Malfoy.
Harry elevó las cejas. Ahí entraba el meollo de la cuestión. Pero no era posible que el viejo papagayo arrugado hubiese buscado quedarse a solas con él para criticar sus relaciones.
- Lo somos - contestó con firmeza, pero sin mostrarse agresivo; más bien desorientado -. ¿Hay algún problema por eso, profesor?
- Por supuesto que no, Harry - rechazó el otro, casi con condescendencia -. Simplemente, no dejo de sorprenderme. Tus amistadas han causado un pequeño revuelo en Hogwarts.
- ¿De verdad?
- ¡Oh, ya lo creo, muchacho! No todos los alumnos de primer año ni, por desgracia, de cursos superiores, son capaces de desbancar los prejuicios de quienes los rodean para mostrarse tan amplios de mente. Al hacerlo has demostrado una madurez sorprendente. Especialmente, cuando ello conlleva enfrentarnos a nuestros compañeros y amigos.
Ahí estaba de nuevo. Otra crítica camuflada a Draco. Harry sintió que comenzaba a enfadarse, y realizó mil esfuerzos para conservar la calma. Si sus emociones se descontrolaban, Dumbledore lo sabría.
- Yo no me he enfrentado a nadie, profesor - replicó seriamente, con la serenidad propia de un adulto -. Simplemente no creo adecuado condenar a los demás por lo que otros digas o pienses. Me gusta juzgar por mi mismo.
- ¡Y esa es una cualidad excelente! - concluyó el viejo papagayo, dando por finalizado el tema -. De todos modos, no es de eso de lo que querría hablarte. ¿Estás disfrutando de tu estancia en Hogwarts? Debe ser confuso para ti vivir en un lugar en el que años atrás también habitaron tus padres.
Harry, para quien hablar sobre sus padres seguía siendo conflictivo, giró su vista hacía el lago, confiando que el director lo interpretará como una muestra de sentimiento y emoción contenida. Para incrementar el efecto, pensó en Tom, y en el anhelo que experimentaba hacía cuando no lo tenía cerca. Pero recordarlo a él le hizo ser más consciente que nunca del cuaderno que en esos momentos descansaba ocultó bajo su capa, muy cerca del pecho, e incrementó su nerviosismo. Casi lo podía sentir palpitando. Y si Dumbledore lo encontraba…
- Lo es - afirmó para distraerse, con un pequeño temblor en la voz.
- Es normal que eches de menos a quienes se han ido, Harry - lo consoló el director, malinterpretando sus emociones. Harry cerró los ojos y rezó porque no lo tocará para confortarlo. No sabía si podría resistir su toque -. Incluso yo lo hago a veces. Lily y James eran grandes amigos míos.
- ¿De verdad? - inquirió el muchacho, aunque no le importara.
- Desde luego. Me encargaron tu protección por si a ellos les ocurría algo, estoy feliz de tenerte al fin en Hogwarts bajo mi cuidado.
Harry se esforzó por sonreír, evocando momentos que le provocaran ilusión y agradecimiento. Dentro de pocos días se hallaría en la mansión Malfoy, jugando al Quiditch en el campo de Draco. Sería correcto agradecer de nuevo, en persona, a Lucius y Narcissa por enviarle los chocolates suizos y la invitación. Podría investigar el castillo a fondo. A Hermione le había gustado su regalo.
- Yo no recuerdo apenas nada de ellos, profesor.
- Es natural, Harry. Eras muy pequeño cuando Voldemort los asesinó. Pero recuerda que quienes se han ido, siempre permanecen con nosotros de alguna manera, en nuestros corazones.
Conocería al elfo loco de Draco. A su amigo también le usuaria su regalo. Aunque quizá se ofendiera por la broma y acabara odiándolo. No. Seguro que le gustaba.
- Lo haré.
- Bien - el director asintió satisfecho -. Lo que me recuerda… James dejó esto en mi poder antes de morir, y llevaba meses buscando un buen momento para devolvértelo - explicó, sacando un paquete bastante más grande que el que una hora antes Harry había ofrecido a Hermione de entre los pliegues de su capa-. Te pertenece por herencia. Es tuyo - el muchacho aceptó el paquete sin saber muy bien que hacer con él -. Únicamente prométeme que esperarás a que tus compañeros se hayan marchado antes de abrirlo, preferiría que lo hicieras a solas.
Harry asintió con el entrecejo fruncido, todavía sin entender nada.
- ¿Por qué me lo da?
- Porque a tu padre le hubiese gustado que tu lo tuvieras - respondió Dumbledore con simpleza, como si fuera evidente -. Además, yo confió en ti para que le encuentres buen uso - el anciano sonrió y se alejó unos pasos, con su larga capa granate hondeando en la nieve -. Te recomiendo que no tardes mucho en entrar, Harry - aconsejó como despedida -. No sería bueno que cogieras frío.
...
Aún no había amanecido cuando el muchacho salió a correr a la mañana siguiente. Sus piernas se hundían en la nieve haciendo extremadamente difícil cada paso, pero aquel día no le importaba. Era una excelente forma de adquirir la disciplina y la fuerza que Tom deseaba para él, y también de despejar el insomnio y aclarar sus ideas.
Aquella noche había dado vueltas y vueltas entre las sábanas, atormentando por su encuentro con Dumbledore y rodeado de gritos y pesadillas sin sentido. El paquete que guardaba algo que había sido de su padre, permanecía con el envoltorio intacto. Harry lo había escondido en un rincón del armario antes de que llegará Draco, y no había encontrado el valor para abrirlo y revelar su contenido. Tampoco se lo había contado a Tom, pero no con intención de ocultárselo; simplemente no se sentía preparado para explicarlo. No aún. Al menos, por cansado que fuese, correr lo distraía de esos asuntos.
Harry concluía su quinta vuelta al campo de Quidditch, con ríos de sudor resbalando por su nuca y frente, completamente al margen de la helada temperatura que lo rodeaba, cuando una sensación extraña erizó el vello de su espalda y escalofriante sonido surgió de entre los árboles del bosque. Su corazón se detuvo. Nunca, en toda su vida, había odio un chillido tan espantoso. Mil veces peor que el grito de una banshee, peor que la risa oscura teñida de verde que teñía en sus pesadillas, peor que el legendario canto que entonaron los elfos antes de abandonar el mundo de los hombres. Como si la cosa más pura, la más venerable… fuera desgarrada en dos… Y su eco quedara, único vestigio, del dolor y la aflicción de sus últimos momentos.
El incidente con el cancerbero aún estaba frente en la mente de Harry, y su pensamiento racional lo instaba a alejarse allí. No valía la pena poner su vida en peligro, no de nuevo, no tan imprudentemente. Pero mientras el cerebro dictaba las ordenes, sus pies ya se habían introducido en el bosque… sólo un poco… un poco… siguiendo el borde del lago, sin sumergirse en la espesura… Si pudiera averiguar qué era lo que había gritado… o el causante de ese grito…
El ataqué lo tomó tan desprevenido, que muchos años después, Harry continuó ignorando los detalles del mismo. Únicamente sintió como una fuerza antinatural lo rodeaba. Un poder muy oscuro atrapaba su mente y lo privaba de sus sentidos sin que él fuera capaz de ofrecer resistencia. Harry sentía su mente expuesta, pero su atacante no parecía interesado en conocer su secretos. Únicamente lo aprisionaba sin querer liberarlo, lo ahogaba sin darle tiempo para proveerse de aire. Tratando de escapar, Harry ordenó a sus piernas que corrieran, que corrieran sin importar la dirección, que corrieran hacía cualquier lugar que lo alejará de ese bosque y de ese ser que lo amenazaba.
Entonces, un crujido. Otro crujido. El hielo que caía a pedazos. Y la heladora agua del lago lo recibió entre sus fauces, como si mil sangrientos cuchillos se clavaran entre sus costillas, eliminando su capacidad de pensar, de sentir dolor, de sobrevivir… Harry agitó sus brazos desesperado, y trató de respirar, pero las numerosas capas que hasta hacía poco lo abrigaban del frío se hundían y lo condenaban a él al fondo marino. Y no era oxígeno lo que colmaba sus pulmones, sino agua.
Me muero.
Fue su último pensamiento, ensordecedoramente claro. No se preguntó qué lo esperaba al otro lado, si vería a sus padres, o si iría al cielo o al infierno. Simplemente lo supo. Me muero. Y un rostro pálido de ojos verdes, cabello negro y labios carmesí fue la último que evocaron sus ojos antes de cerrarse en la inconciencia.
Su mente, todavía despierta, continuó trabajando; como los tentáculos de un calamar, que se abren y se cierran incansablemente mientras el cuerpo agonizaba, en la búsqueda de algo que pueda salvarlo, una mente próxima y receptiva a la que dar la alarma, un ser inteligente que pudiera escuchar su silencioso mensaje, no se rendía. Pero nadie respondía. Y lentamente… ella también fue cediendo a lo inevitable.
Bueno, pues aquí se queda. Mira que soy mala, ¿eh? Este Harry no aprende, una y otra vez metiéndose en líos. ¿Cómo voy a hacer para que escarmiente? Pero vosotros no podéis quejaros. Os dije que los capítulos serían más cortos, y este hha vuelto ha quedarse en nueve páginas. ¡Si es que no tengo remedio! Pero bueno, mientras me sigáis haciendo así de felices con vuestros comentarios, para mi, os lo merecéis todo. ¡Así que ojala lo hayáis disfrutado!
Hemos visto un poco de la vida cotidiana en Hogwarts, las interacciones entre "el trío de plata" (te debo a ti el nombre, J Kira-sama). Hermione y Draco es obvió que no se soportan, y Harry continua de mediador, aunque de vez en cuando los mande a la mierda. ¡Y ha aparecido Theo! ¡Y antentos a sus palabras, que son profeticas (XD). Fuera de bromas, adoro a este chico. Y lamento profundamente que la historia no pueda centrarse más en él, porque me encanta. Aunque de todo modos yo jamás podría describirlo con el talento de la autora de Mortifagos (¿habéis leido esa historia? ¿No? Pues no se que a qué estáis esperando, porque es absolutamente genial.) Pero bueno, me conformó con la intuición que demuestra en las pocas líneas que dice.
A ver que más… ¡Ah si! También han tenido su aparición estelar los gemelos Weasley, y de qué forma. Aunque por el momento Harry aún no sabe que son Weasley. ¿Crees que cambiará su opinión al respecto? ¡Y también ha aparecido Dumbledore! Muchos ya esperabais ansiosos su entrada, así que ojala la hayáis disfrutado. Reconozco que me es un personaje difícil, quizá porque no sale mucho en los libros, así que si me he pasado con el OCC os ruego que me lo digáis, para tratar de corregirlo.
¿Y os preguntáis por qué Dumbledore decide darle la capa a Harry en persona, en lugar de animalmente? Pues bien, os guste o no el personaje, todos tenéis que reconocer que Dumbly es un pedazo de manipulador. Y aquí Harry está en Slytherin, rodeado de serpientes, necesita incrementar el lazo que lo une a él, fomentar un sentimiento de gratitud y cercanía, y emplear para ello la relación que él mantuvo con sus padres, es toda una jugada. Al menos a mi me lo parece.
Luego, el regalo de Harry a Hermione. ¿Verdad qué es una cucada? Pues esperad a ver el de Draco, o vais a partir de risa XD Y por último… el pobre Harry atacado por una "criatura" en el Bosque y a punto de morir ahogado en el lago. ¿Creeréis que llegarán a tiempo para salvarle? ¿Y quién será el alma caritativa que se lance al lago a buscarlo? ¡Todo eso y mucho más en el próximo episodio! (¡Dios! ¡Acabo de sentirme como una anuncio de la tele XD)
Ahora hablando en serio, no se cuando publicaré el siguiente porque esta semana estoy bastante liada, y los capítulos siempre se me acaban alargando. Supongo que dependerá en gran medida de vuestros comentarios (¡Y no! ¡Esto no es chantaje!), pero me conocéis y a no ser que algo grave pase lo tendréis a mucho tardar el domingo. Si no podéis resistir las ganas, ya sabéis que hacer, picad al botón de "reviews this chapter" y decidme o no si os a gustado.
Y eso es todo tomodachis. Por cierto, ¿os he comentado ya que el fic rebasa las 100 páginas Word? ¡Si! Ya va por las 125 y estoy super emocionada. ¡Y también supera los 200 comentarios! Nunca lo imagine. Pensé que sería un fic totalmente atípico, al desarrollar la historia de unos niños, y que no le interesaría a casi nadie. Pero os lo debo todo a vosotros. Así que muchísimas gracias de nuevo. (Decidido, tendréis capítulo antes del domingo XD)
Un gran saludo a todos. Con mucho cariño, Anzu.
PD: Se me olvidaba que quería haceros una propuesta. Dado que siguiendo el estilo de los libros de Rowling, este fic está centrado en la visión de Harry, se me ha ocurrido la idea de crear uno paralelo, donde ir subiendo de vez en cuando (muy de vez en cuando) pequeños one-shot donde otros personajes desarollaran escenas paralelas o, simplemente, contaran las que aquí vemos desde su punto de vista. Por ejemplo, tengo uno sobre Draco que me parece muy divertido. ¿A vosotros que os parece? Por supuesto, esto no retrasaría el desarrilo del fic original, sería sólo pequeñas anecdotas esparcidas a los largo del tiempo. Pero antes de nada, me gustaría saber si os interesa, o si por el contrario, no os llama a la curiosidad.
Bueno eso es todo chicos. Ahora ya si hasta la vista.
Anzu.
