Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD
Publicidad (XD): Quería agradecer desde aquí a todos los que me dejastéis vuestro comentario, no sólo aquí, sino en el pequeño one-Shot derivado de este "Lores of the Dark: MI ARPÍA FAVORITA" al que se puede acceder desde mi perfil. Muchas gracias por el apoyo de verdad. A los que lo hayan leído, encontrarán un guiño divertido a él en este episodio, a los que no, oajala os decidais a pasaros. Nos vemos abajo, tomodachis. Anzu.
Capítulo 11.
Harry abrió los ojos. Un agudo dolor de cabeza y varias punzadas en el pecho y el abdomen fueron lo primero que sintió al despertar. Aquel lugar era demasiado doloroso para ser el cielo y demasiado delicado para tratarse del infierno. Había sobrevivido, entonces. El muchacho parpadeó varias veces, tratando de enfocar algo, pero apenas fue capaz de distinguir nada más que una espumosa luz blanca.
Se sentía confuso. Todo su cuerpo quemaba, y al respirar sus pulmones y su garganta ardían como si hubiesen sido arrasados por la lava. Necesita pensar, pero todo lo que obtenía eran imágenes inconexas, sin ninguna relación con la anterior, como el cuerpo de un doxy dividido en tres partes, o como un árbol al que le hubiesen extirpado sus raíces. Los punzados de su abdomen se incrementaron dolorosamente al tratar de incorporarse.
- ¿Pero a dónde cree que va? - exclamó una voz de mujer, poco antes de que unas manos lo obligaran a recostarse de nuevo y permanecer inmóvil -. Ha estado a un paso de la muerte, señor Potter. Pasaran muchos días antes de que pueda recuperarse.
Harry no entendió bien significado de aquellas palabras, sólo su nombre. Pero aquellas manos que lo sujetaban poseían una determinación firme, y aun así amorosa y suave al tacto, por lo que se dejó arropar por ellas. Su mente retornó a la inconsciencia.
Durante días, el muchacho intercaló momentos lúcidos con otros en los que le era difícil decidir si todavía dormía, o por el contrario, rozaba la semi-inconsciencia. Oía y escuchaba veces, aunque no reconocía su significado. A veces le resultaban familiares. Una de esas voces, grave y amable, quizá propiedad de un anciano, había permanecido a su lado durante largo tiempo, murmurando cosas ininteligibles en su oído y agitando sus sueños hasta tornarlos pesadillas. Pero, entonces, la mujer de las manos delicadas había regresado y se habían producidos gritos, palabras fuertes, una discusión. Después el hombre se había marchado. Harry había querido dar las gracias a la mujer, pero la oscuridad se lo había llevado de nuevo antes de pronunciar algo más que un murmullo. Sus sueños volvían a sentirse en paz.
El día en que, finalmente, Harry consiguió despertar y reconocer el lugar donde se encontraba era Domingo. Lo supo por el cartel con letras rojas que adornaba la cabecera de su cama en la enfermería. Por primera vez, recordó todo lo que había ocurrido en el lago y por qué había llegado a ese lugar. El campo de Quidditch, el desgarrador chillido del Bosque, él entrometiéndose a investigar, un ser desconocido aprisionando su mente, el hielo despedazándose, el frío arrasando sus huesos, el agua colmando su garganta, la falta de oxígeno en sus pulmones…
Un estremecimiento recorrió su cuerpo, seguido por un punzante dolor de cabeza. El incidente era aún demasiado reciente, le dolía recordar. Al menos el pecho y el abdomen ya habían sanado. Harry percibió todavía un pequeño quemazón en la garganta, pero supuso que aquello era normal. Había tragado demasiada agua. A decir verdad, le sorprendía seguir aún con vida. Él hubiera jurado que había llegado su momento. ¿Quién lo habría rescatado del lago?
- ¡Muchacho! - Harry giró el rostro en busca de aquella voz familiar, para encontrarse con la cara regordeta y simpática de Madame Pomfrey. Había sido ella. Ella había sido la voz que lo había acompañado -. ¡Qué placer verte por fin tan despierto! Por un momento lleguemos a pensar que no lo lograrías, pero… - la enfermera se acercó a él para posar el dorso de su mano en su frente, como si quisiera comprobar algo -. ¡Las pociones surgieron su efecto! Ya ni siquiera hay ni rastro de fiebre… En unos cuantos días estarás como nuevo.
Harry cerró los ojos y trató de reflexionar sobre la información que Madame Pomfrey le había dado. Había estado muy grave, lo cual no era una sorpresa. Y a punto de sucumbir a la fiebre, lo que explicaría los delirios.
- ¿Cuánto…?
Su voz surgió áspera, y araño su garganta al emerger a la superficie, pero la enfermera pareció comprender el significado de la pregunta inconclusa. Lo miró con comprensión, interrumpiendo su charla sobre la imprudencia de caminar sobre agua helada sin precauciones.
- Hoy se cumple una semana.
Así que siete días. Si el trimestre acababa el día veintiuno, y él había salido a correr la mañana del veintidós… La cabeza comenzó a dolerle cuando trató de sacar la cuenta.
- ¿Qué día es hoy? - preguntó en cambio, después de untar sus labios en el vaso de agua que la misma Madame Pomfrey le había ofrecido.
- Veintinueve de diciembre. Faltan dos días para que acabe el año.
Dos días para Noche Vieja. La cena de Draco.
- ¿Creé que podré salir de aquí antes de dos días? - consultó a la enfermera, sin muchas esperanzas.
Inmediatamente, el rostro de la mujer abandonó cualquier rastro de simpatía para fruncir el ceño y mirarlo severamente.
- Dudo que sea usted consciente de la gravedad de la situación, señor Potter - amonestó con voz dura -. Usted permaneció durante casi tres minutos sumergido en aquel lago, sin riego de oxígeno para su cerebro o sus pulmones. Si él profesor Snape no lo hubiera encontrado cuando lo hizo, o no hubiera aplicado en usted los hechizos auxilió que utilizó, ahora estaría muerto. Así que tardará, al menos, varios días en…
- ¿Snape? - el rostro de Harry se había fruncido al escuchar ese nombre, y su atención no había sido capaz de captar nada más -. Snape… ¿Qué tiene él que ver esto?
- Snape fue quien te encontró, quien te saco de ese lago - explicó Madame Pomfrey -. Debes estarle muy agradecido, Potter.
Snape… No, aquello no era posible. ¿Por qué iba Snape a…?
Harry revivió de nuevo sus últimos momentos concientes en ese lago. Se ahogaba. El agua asfixiaba sus pulmones provocándole un dolor agudo y un gran sufrimiento. Trataba de nadar, pero no lograba salir a flote. Desesperado, mientras su lógica consciente se hundía en la oscuridad, su mente trataba de aferrarse a la vida clamando telepáticamente por ayuda, sin que su mensaje fuera escuchado.
¿O si? Snape era un hábil Legilimens. ¿Habría sentido su pánico? ¿Lo habría localizado con ayuda de su propia mente? ¿Llegando a tiempo para salvarlo? Snape lo había salvado…
Demasiado cansado para dotar de sentido a esa afirmación, Harry se relajó y volvió a recostarse. Madame Pomfrey recuperó su expresión cálida y su maternal sonrisa, y le recomendó que descansara. Su cuerpo había sido sometido a grandes esfuerzos y necesitaba recuperar sus fuerzas. Casi sin ser consciente, cayó dormido de nuevo.
Despertó pocas hora más tarde, plenamente consciente, está vez sí, de dónde se encontraba y por qué. También recordó su breve conversación con Pomfrey. Su mente sonreía lúcida y él se sentía recuperado. Al mirar por la ventana, comprobó que el Sol aún brillaba lejos de su cenit. Debía ser media tarde. Pasados unos minutos, comenzó a aburrirse.
Harry mordisqueó la punta de la pluma con los dientes, cavilando la mejor forma de redactar el principio de la carta. Tras mucho insistir, la enfermera había accedido a darle papel y lápiz para que escribiera a sus amigos, e incluso se había ofrecido a ir a buscar a Hedwig a la lechucearía, para que pudiera enviar sus cartas. Bueno, una introducción típica bastaría.
Querido Draco.
Espero que recibas está carta antes del día treinta y uno, a tiempo para avisarte de que, finalmente, no me será posible asistir a la cena de gala que organizan tus padres. Pero por favor, no maldigas ni destroces el sobre todavía. Hay una explicación. Tan simple como que Madame Pomfrey será capaz de encadenarme a la cama de la enfermería para impedir que salga taan pronto.
¿Qué que ha pasado? Pues no, no estoy enfermo. No, tampoco Hermione me ha contagiado la Viruela de Dragón, así que reprime esa sonrisa. En realidad, sufrí un accidente relacionado con el hielo del lago, justo la mañana en la que os marchabais de Hogwarts. Por eso no estuve allí para despedirme, ni te he enviado una carta desde entonces, como prometí.
Dicen que el hielo se desquebrajó mientras yo paseaba por encima y que estuve a punto de ahogarme, después de tres minutos sin respirar aire. Yo no recuerdo el tiempo pase sumergido, pero si sé que fue espantoso. Creí que moría. Y llevo inconsciente desde aquel día, por eso no he podido escribirte. También dicen qué que el hielo se desquebrajara fue un accidente, pero yo no lo creo. Ya te contaré en persona cuando regreses al colegio.
Por cierto, ¿a qué no adivinas quién me salvo? Snape. ¡Si, Snape! Snape en persona. Increíble, ¿no? Un trimestre entero haciéndome la vida imposible, y ahora le debo la vida. Supongo que tendré que ir y agradecerle en cuanto me dejen salir de aquí, pero ese es uno de los motivos por los que ni me importa que Madame Pomfrey sea tan celosa con sus pacientes.
Lamento, de nuevo, no poder ir a tu fiesta. Tú sabes cuanta ilusión me hacía pasar unos días contigo en tu casa, pero no podrá ser. Esperaré ansioso por el año que viene. También tenía pensado darte tu regalo personalmente el día treinta y uno, siguiendo la tradición mágica. Ahora, me tendré que conformar con enviar a Hedwig en cuanto me surja la ocasión y rezar porque llegue a tiempo.
Veo que el pergamino se acaba, así que creo que me he extendido demasiado. Confío en que no te hayas aburrido al leerlo y en que ya no estés enfadado. ¡Qué lo pases muy bien en la cena y ojala nos veamos pronto, amigo!
Atentamente, Harry.
Lo releyó un par de veces, corrigendo errores y faltas de ortografía, antes de quedar completamente satisfecho. Entonce lo enrolló y lo aparcó a un lado de su mesilla, tomando consigo el segundo pergamino para escribir a Hermione. La carta a la niña fue algo menos formal y con escasas menciones a su incidente, porque no quería preocuparla innecesariamente.
¡Querida Hermione!
¿Cómo estás? Lamentó mucho no haberte escrito hasta ahora, ni haber estado donde los carruajes para despedirte. Aquella mañana sufrí un pequeño incidente mientras corría, y ya conoces a Madame Pomfrey… ¡No me ha dejado salir de la enfermería desde entonces!
Pero antes de que te preocupes te diré que estoy perfectamente. Algo aburrido, pero sano. Os hecho de menos, a ti a y Draco. El castillo no parece lo mismo sin el ajetreo de las clases y sin vosotros.
¿Tú cómo llevas las vacaciones? Bien, espero. ¡Ojala te estés divirtiendo y aprovechando al máximo el tiempo junto a tus padres! ¿Les hablas mucho sobre Hogwarts?
Si te soy sincero, yo casi estoy deseando que empiece de nuevo el trimestre. Tanta inactividad me aburre.
Cuídate mucho, Hermione. ¡Te hecho de menos!
Tu amigo, Harry.
Está vez, el muchacho sólo la revisó la carta una vez antes de darla por válida. Enrolló el pergamino tal cual ya había hecho con el anterior, y llamó a Hedwig. La lechuza ululó suavemente y le dio un cariñoso picotazo en el lóbulo de la oreja. Él acarició sus alas mientras describía las instrucciones.
- Quiero que lleves estás cartas a Draco y a Hermione, ¿de acuerdo? - ordenó -. Ve primero a casa de Draco, es más urgente. Él te tratará bien y, probablemente, te deje descansar una noche. Luego busca a Hermione.
Hedwig ululó de nuevo y a Harry casi le pareció ver como asentía. Realmente, Hagrid había elegido un pájaro inteligente, además de majestuoso. Tal vez incluso se mereciera un pequeño regalo de Navidad para compensarlo. No le dio más importancia.
El muchacho observo a su lechuza perderse por el cielo negruzco más allá de su ventana, sintiéndose repentinamente cansado. Ya había anochecido. Madame Pomfrey debió notar el cambio en su expresión, porque se acercó a él y le ordenó severamente:
- Hora de acostarse, Potter. Estas agotando tus fuerzas y no puedes permitirte caer enfermo de nuevo.
No discutió. Porque estaba agradecido a ella por haberlo cuidado y porque de verdad se sentía agotado. Como si se tratar de un efecto mágico, nada más rozar las sabanas sus ojos se cerraron de nuevo. Su último pensamiento fue dedicado a Tom. Él día siguiente debía encontrar la forma de entrevistarse con él, aunque fuera ante los atentos e inteligentes ojos de la enfermera.
El lunes amaneció un día nublado y frío, casi deprimente, pero el despertó con una apetito voraz, que lo obligó a repetir desayuno. La enfermera consintió aquello como una buena señal. Se estaba recuperando. Durante horas permaneció de remolón en la cama, rumiando la mejor forma de escaparse a su dormitorio en la Sala Común de Slytherin. Necesitaba conseguir el Diario. Cuando, finalmente, se atrevió a preguntar, Madame Pomfrey estrelló todas sus esperanzas de inmediato, con una sola frase.
- Absolutamente fuera de cuestión, Potter.
Y por si fuera poco, como si sospechara de sus intenciones, se mantuvo a su lado el resto del día, muy atenta a lo que él hacía, sin ofrecerle una mínima oportunidad de escapar. Harry comenzó a sentirse ansioso. Con la llegada de la noche, la ansiedad dio paso a la desgana y a un severo mal humor que tuvo que rumiar por sí solo.
Por primera vez desde su recuperación, su sueño estuvo plagada de pesadillas. Había ríos de agua verde que se teñían en sangre. Campanas y letras rojas que aparecían sobre los cielos. Mareas y olas altas que atrapaban todo a su paso. Jadeos. Un niño corriendo. Y un Diario de tapas negras oculto junto a su pecho.
- ¡NOOOOOOO!
El grito estremeció las silenciosas paredes blancas de la enfermería. Harry permanecía con los ojos muy abiertos, y una expresión de espasmo y terror deformaba su rostro. La enfermera apareció corriendo al poco rato, con tan sólo una bata clara cubriendo su camisón rosa.
- Potter, ¿qué ocurre?
Pero el muchacho no la escuchó. A decir verdad, no oía nada. Su respiración brotaba enloquecida y sus pupilas permanecían transparentes, incapaz de enforcar la realidad, como si continuasen inmersas todavía en las pesadillas que lo habían atormentado durante su sueño. Su boca balbuceaba palabras incomprensibles y carentes de sentido.
- El Cuaderno… hay que volver al lago… Tengo que encontrar el Cuaderno…
- Tranquilícese, Potter. Tranquilícese - la enfermera trataba de calmarlo inútilmente -. ¿A qué te refieres con el Cuaderno?
Pero todos sus esfuerzos eran en vano. Harry se había caído al suelo al incorporarse de la camilla, y continuaba balbuceando.
- El cuaderno… El cuaderno… Hay que ir… ¡Suélteme! ¡Suélteme! Él cayó al lago… ¡Tengo que ir a buscarlo!
- ¡Potter, por favor! ¡Necesita calmarse! No sé de que cuaderno me hablar, pero usted está enfermo. Necesita…
- ¡NO! - Harry logró librarse de agarre de Pomfrey con un brusco empujó y gateó hacía la salida. Pero algo lo detuvo. Un instante. Una revelación. Sus pupilas brillaron con entendimiento y anhelo, un color que se acercaba mucho a la locura, para después dar paso al miedo -. Snape... Snape me encontró. Él lo tiene - murmuró en voz susurro para sí mismo, sin que otro lo comprendiera en lo más mínimo -. Tengo que encontrarlo. ¡Tengo que encontrar a Snape!
- Potter, detente - le aconsejó una voz suave; la enfermera había caminado hasta él y lo sujetaba de nuevo -. Es la fiebre, usted está delirando.
¿Fiebre? ¿Delirios? No. Tal vez. Pero no importaba. Él necesita su Diario. Necesitaba encontrar a Snape. Necesitaba encontrarlo a él. Fue el último pensamiento que apareció con claridad en su mente, antes de que Madame Pomfrey susurrara unas palabras y él se hundiera de nuevo en la inconsciencia.
Apatía, desinterés y tibieza fueron los adjetivos que definieron la vida de Harry los siguientes tres días. No hablaba, respondía a las preguntas de la enfermera de forma mecánica, ingería alimentos como un monótono y jamás se interesaba por nada. Pero su salud no volvió a empeorar, y su cuerpo se mantenía cada vez más sano.
Al tercer día, interrumpió su silencio para preguntar a Pomfrey si tenía permiso para regresar ya a su Sala Común. Ésta lo observo con suspicacia, y respondió que aún era demasiado pronto para confiarse. Harry no reaccionó. El día siguiente repitió la misma pregunta. Y así el quinto, y el sexto, hasta que al séptimo consiguió una respuesta afirmativa. El calendario marcaba ya por fecha cinco de Enero. Faltaba seis días para que se reanudara el curso.
…
Harry se deshizo del pijama azulado que lo había acompañado en su tiempo en la enfermería y lo arrojó a la basura. Después eligió una túnica verde esmeralda de su armario y se vistió con ella. No tocó ni inspeccionó nada más de su habitación, a pesar de que hacía días que no le permitían reunirse con ella. Peino su cabello de la mejor forma posible y encaminó sus pasos hacía el despacho de Snape. Los latidos de su corazón, golpeando de forma constante contra su pecho, fueron el único indicador de su sorda presencia en las mazmorras.
Golpeó la puerta varias veces antes de entrar, aunque no espero respuesta.
- Profesor Snape - lo saludó.
- Potter.
Los ojos del profesor se reunieron con los suyos un solo instante, antes de que este desviara la vista, y por el brillo que relucía en ellos, Harry supo que él lo esperaba.
- Usted me salvo la vida - introdujo el tema sin rodeos -. Quería darle las gracias.
Como si sus palabras lo hubieran escocido, Snape giró el cuerpo hasta darle la espada y centró su atención en una de las pociones de brillante color púrpura, que adornaban sus estanterías. Su capa negra, la misma con la que impartía siempre las clases, ondeó a su alrededor dejando un rastro de oscura elegancia. Harry se fijó en que la punta izquierda de sus labios se curvaba levemente, con ironía.
- Ahórrate el agradecimiento, Potter - ordenó secamente -. Ambos sabesmo que es otro el motivo que te ha atraído aquí. ¿Me equivoco?
Harry se mantuvo tranquilo, y no vio necesidad en negarlo.
- Sé que cuando me salvo, rescató también un objeto mío al que tengo mucho cariño. Si he venido, es también ha suplicarle que me lo devuelva. Por favor, profesor - añadió en el último instante, sin desviar la vista del rostro de Snape.
- Un objeto extraño y, me atrevería a añadir, peligroso... - siseó el profesor, con sus profundos e insondables ojos negros clavados en él -. Sin lugar a dudas, infectado de magia negra. ¿No es así, señor Potter? - pronunció el nombre con ironía, entrecerrándo los párpados.
- Es sólo un viejo Diario, profesor.
- En apariencia, tal vez - consistió él con voz monocorde -. Pero me atrevería a decir que es mucho más que eso. ¿Y cómo un objeto así ha llegado a sus manos, Potter?
La pregunta se asemejaba más a una orden, con una amenaza velada. Harry respiró profundamente una única vez, antes de contestar, y ese fue el único gesto que dejó transparentar su miedo.
- Estoy seguro de que si usted ya ha dilucidado tantas de sus cualidades, no tendrá dificultad en averiguar esto último, profesor - respondió con firmeza.
- Quizá. Él se mostró muy comunicativo conmigo cuando creyó que eras tú, pero después fue difícil obtener algo más que una amenaza - sonrió con sarcasmo -. Se lo preguntaré de nuevo, Potter - sus ojos brillaron -. ¿Es plenamente consciente de la amenaza y el peligro que representa ese artefacto, que usted ha estado ocultado durante meses en este colegio?
- Años - corrigió Harry de forma automática, sabiendo que no merecía la pena ocultar nada. Snape lo miró confuso -. Lo he ocultado durante años, señor. Él me encontró y me enseñó a protegerme de esos muggles que me pagaban; mis tíos… con los que Dumbledore me dejó. Me enseñó a usar mi mente a extremos inimaginables. Me habló de mi herencia y la magia. Y me protegió de las mentiras que otros lanzarían sobre mi, tratando de convertirme en un arma.
Por un instante, el rostro del otro se transformó en una mueca. Y Harry estuvo seguro de que su historia lo afectaba personalmente. Pero entonces sus ojos se torcieron y sus labios de deformaron en una expresión de odio puro.
- Esa cosa - escupió con asco y resentimiento, y con dolor tan profundo que Harry únicamente llegó entrever -, representa al responsable de que Lil... tu madre... esté muerta. ¿Sabes tú eso?
El muchacho se mantuvo calmado. Aunque un agudo pinchazo en el pecho le indicó hasta que punto sus palabras eran reales y le afectaban.
- Lo sé. Y lo entiendo. Y a veces me confunde. Pero hace años usted vio sabiduría en sus propósitos, y comprendió que algunos sacrificios se hacían necesarios por el bien de la magia. Hace años usted lo siguió. Y ahora está aquí hablando conmigo, alguien a quien irremediablemente odias, en lugar de haber corrido a entregárselo a Dumbledore. Eso tiene que significar algo - concluyó con muy segura y, aun así, suave.
Snape comenzó a dar vueltas por la sala, con el duro conflicto reflejándose en sus pupilas, habitualmente inexpresivas.
Indudablemente, sus palabras lo había trastornado mucho. Quizá por el significado de las mismas, o por la madurez con la que habían sido expresadas… Quizá porque había traído a su memoria demasiador recuerdos.
- Además, usted me ha salvado la vida - continuó Harry -. Y es conscientelo de lo que hará Dumbledore si se lo entregas. Lo destruirá a él y a mi me encerrará en San Mungo, hasta cientos de pociones y hechizos dejen mi mente desecha y completamente maleable para servirlo. Y si no se lo entrega… tratará de convencerme para odiar a mi propia casa y me convertirá en un arma para destruir al Señor Oscuro cuando resurja. Porque los dos sabemos que él volverá, profesor… De usted depende que yo me encuentre en el lado correcto de su varita...
Aquella era su última carta, y si no funcionaba, no sabía que más intentar. Lejos de su oscura elegancia, los movimientos de Snape recreaban ahora la imagen de un muerciélago cercado por una jauría de serpientes, de las cuales trataba de huir sin existir escapatoria. Finalmente se giró hacía él, y lo miró a los ojos.
- Suficiente, Potter. Lárgate de aquí. Necesito pensar.
Tal vez Harry abriera entonces los labios dispuesto a insistir, pero una fugaz descarga en su cerebro le recordó lo que estaba en juego y volvió a cerrarlos, para retirarse en silencio. Si Snape necesitaba su tiempo, se lo daría. Y si después de propiciárselo se negaba a devolverle el Diario, encontraría la forma para recuperarlo por sí mismo. Porque una cosa era clara. Prefería morir mil veces antes que ver como la vida de Tom se extinguía bajo la cruel varita de Dumbledore y los comprensivos ojos azules del anciano. De eso no cabía duda.
El muchacho regresó a la Sala Común y se sentó frente al escritorio de su dormitorio. Eligió un libro. Lo abrió y comenzó a leer. Concluyó la primera página y dio paso a la segunda. Cuando termino el primer libro, escogió el siguiente. En el futuro su mente recordaría tapas negras, páginas envejecidas y letras oscuras, muchas letras oscuras, pero ni rastro del contenido que formaban dichas letras.
Finalmente, tras varias horas de espera, cuando la Luna indicaba ya el cese de la medianoche: un eco a lo lejos, unos pasos más cercanos, una puerta que se abre, una capa oscura que cruza hasta su escritorio, un Diario que regresa a sus manos. También unas palabras.
- No se confié, Potter. Seguiré vigilándolo.
La figura se marcha. Con manos temblorosas, Harry unta la punta de su pluma en tinta. Escribe una palabra. Siente mucho miedo. Y otra emoción que no es capaz de describir.
¿Tom…?
~ ¿Harry? ~
Cierra el Diario. Ya es prueba suficiente. No tiene fuerzas para escribir nada más. Cae de la silla y se acurruca en el suelo. Aprieta fuertemente el cuaderno contra su pecho. Se siente confortado. Consolado. Feliz. Aliviado. Y un montón de adjetivos más cuyo significado desconoce. Derrama la primera lágrima. Tras ella la siguiente. Y el niño de once años rompe a llorar como no recuerda haber llorado nunca. Porque Tom está con él de nuevo. Porque ha pasado tanto miedo. Porque, al final, no lo ha perdido. Porque seguirá con él para siempre.
Desde algún hueco en las cavidades ocultas de las mazmorras, tal vez Severus Snape sea capaz de escuchar dichos llantos. Tal vez él también llore, aunque sin lagrimas. Porque lo sabe. Es consciente. Durante unos minutos, durante unas horas, Severus Snape ha tenido el destino del mundo sujeto en sus manos. En un Diario negro de tapas viejas, nada menos. En sus manos ha estado inclinar la balanza del mundo hacia el bien, o hacia el mal.
Pero, ¿qué es el bien? Algunos dirán que el bien representa la luz, la confianza, la hermandad, el sacrificio, el entregarse a una causa superior olvidando el "yo", a favor del "todo". Otros dirán que el bien es sólo una mentira, al igual que el mal, sustantivos antitéticos cuyo origen proviene de un intento por manejar al hombre y ejercer pleno control sobre él en base a sus propias creencias. Porque no existe el bien, ni el mal. Únicamente el poder. Y aquellos demasiado débiles para ejercerlo.
Severus Snape no cree esto. Él ha visto demasiado mal en su vida para negar su existencia, originado por unos y por otros, y en muchas ocasiones por él mismo. También cree haber visto el bien. Reflejado en unos ojos de color esperanza, y en una sonrisa roja como el cabello de su portadora.
Con una punzada en su corazón recuerda esto. Y entonces comprende que su decisión va a estar al margen de cualquier filosofía. Porque puede elegir entre vengar inútilmente la muerte de la única persona que trajo el bien a su vida, o puede honrar lo único de ella que aún queda en vida, aceptando su muerte.
Y decide. Sabe que quizá no sea la opción acertada. Sabe que, probablemente, ella no lo aprobaría. Sabe que es posible que él se arrepienta. Sabe que, a partir de ahora, todo lo que ocurra - las muertes, los heridos, la guerra - será responsabilidad suya. Y aun así, Severus Snape decide. Con todas sus consecuencias.
Harry no apareció por el Gran Comedor al día siguiente. Después de permanecer durante horas llorando con el Diario de Tom entre sus brazos, lo abrió y empezó a escribir en él. Le contó todo. El incidente del lago, sus sospechas de que había sido un ataque intencional, los días en la enfermería, su pánico al comprender que el Diario había desaparecido, su temor al descubrir quien lo guardaba y, por último, su enfrentamiento con le profesor de pociones y cómo éste había accedido a devolvérselo, prometiendo que lo vigilaría de cerca.
Tom lo consoló y le relató su propia historia. Después continuaron hablando durante horas, hasta que Harry no pudo reprimir su sueño. Entonces se acurrucó entre las mantas, con el Diario todavía a su vera, y cayó en un sueño cálido donde pudo sentir a Tom muy cerca. Al despertar, continuó escribiendo. Había dejado instrucciones a los elfos para que trajeran comida para él y la dejaran sobre su escritorio, y estos habían cumplido satisfactoriamente. No era necesario enfrentar al resto del mundo, él sólo deseaba pasar tiempo con Tom.
Por la tarde, comenzó a sentirse más tranquilo. Abandonó su cómodo colchón de plumas, y aprovechó para darse una ducha. Más tarde, incluso sustituyó su pijama por una túnica seglar de mago. Tal vez fuera un buen momento para ingresar al Gran Comedor.
Harry abandonó su dormitorio con aire decidido, adentrándose en la Sala Común. Al principio creyó que estaba desierta, pues apenas se escuchaba el crepitar de las llamas en la chimenea y ningún alumno alteraba el orden de los negros sofás de cuero. Aquello no le extrañaba. La mayoría de los Slytherin tenían importantes compromisos y fiestas a las que acudir con su familia durante las Navidades. Sin embargo, mientras caminaba hacía el pasadizo de salida, reparó en una pequeña figura sentada sobre la alfombra con las piernas cruzadas, las mejillas sonrosadas a causa del fuego, y tan absorta en su lectura que ni siquiera se había percatado de su presencia.
- ¡Anne! - la saludó con sorpresa -.
A decir verdad, Harry nunca había visto a la niña tan relajada. Por primera vez los mechones de su oscuro cabello permanecían recogidos en una trenza, dejando al descubierto unos grandes ojos castaños, una nariz pequeñita, unas labios rosados y un rostro en forma de corazón. Poseía un aspecto infantil e inocente, muy distinto a su habitual apariencia siempre tímida y lúgubre, y sus ojos brillaban sin miedo, totalmente sumergidos en la lectura, a millones de kilómetros de distancia.
Prueba de ello, fue el gran sobresaltó que produjo en ella al llamarla, ocasionando que mirara a su alrededor pérdida y asustada, hasta que lo reconoció a él. Entonces sus hombros se destensaron ligeramente, aunque su rostro no recuperó la expresión de paz que mantenía mientras estaba leyendo.
- Harry. Me alegro que te hayas recuperado ya del accidente.
Su sonrisa era sincera, aunque sus palabras sonaban demasiado forzadas, no de forma hipócrita, sino ausente. Harry llegó a la conclusión que ya conocía, ella era una niña extraña.
- A Madame Pomfrey le costó dejarme escapar pero como ves, estoy perfectamente - bromeó, para relajar el ambiente -. No sabía que había alguien de nuestro curso en Hogwarts. ¿Cómo es que no has ido a casa?
Por la reacción de Anne, Harry supo inmediatamente que había metido la pata. La niña se encogió, clavó la vista en el suelo, y pareció desear fervientemente tener de nuevo en libertad sus cabellos, para esconderse tras ellos.
- Yo… No me apetecía volver…
- Ya. Lo entiendo. A mi tampoco - trató de vencer su incomodidad -. Oye, ahora iba al Gran Comedor, a por la cena… ¿Quieres venir conmigo?
La muchacha pareció verdaderamente sorprendida por la pregunta, y por un instante, sus ojos brillaron calidez sencilla y le dedicaron una sonrisa sincera.
- Gracias, Harry. Pero estoy un poco cansada. Creo que prefiero quedarme aquí de nuevo - bajo la vista con disculpa.
- De acuerdo…
Harry aceptó sus palabras con un deje de confusión, encogiéndose de hombros. Porque más que lo intentaba, no lograba entender a ese niña. Siempre pegada a sus libros, a los que se dedicaba con más pasión que Hermione, siempre ausente, siempre reacia a relacionarse estrechamente, y siempre con la misma expresión de pánico cada vez que hacía algo que la entusiasmaba, como cuando Theo la convención para jugar al Quidditch (deporte en el que resultó escalofriantemente buena), o después de su pelea con bolas de nieve. Y sin embargo, a pesar de no comprender nada de su persona, había algo en ella que le inspiraba una profunda tristeza. Quizá por ello añadió:
- Si cambias de idea, ya sabes en que banco estoy…
Anne lo miró como si, por un momento, adivinase cuales eran sus pensamientos.
- No lo haré, Harry - aclaró con una sonrisa simpática y una pizca de resignación -. Pero gracias por intentarlo. De verdad.
Tras parpadear varias veces confuso, Harry asintió y se alejó de allí. El Gran Comedor lo recibió prácticamente desierto. La presencia de los profesores, y en especial de Dumbledore, se hacía bastante más evidente con tan sólo un puñado de alumnos en cada mesa. El muchacho comenzó a sentirse incomodo. Echaba de menos a Draco y su confortante presencia, y no podía alejar la idea de que el director lo buscaba con sus traicioneros ojos azules clavados en él. Tal vez hubiese sido mejor idea cenar a solas en su cuarto, como la noche anterior.
Tras ingerir con desgana un par de muslos de pavo y un suffle de ternasco cocido con patatas acompañado de un vaso de jugo de uva, se incorporó del banco y regresó a su dormitorio. Al pasar por su Sala Común vio en ella a un par de alumnos mayores enfrascados en una partida de ajedrez, pero Anne había desparecido. Ya en su habitación, un cúmulo de paquetes con brillantes envoltorios y de sobres esparcidos por el suelo, llamó su atención.
Había recibido regalos. Por primera vez en su vida, había recibido regalos. Y la desaparición de Tom lo había mantenido tan inmerso y asustado, que ni siquiera había reparado o en ellos, o en cuando habían llegado. El pensamiento, por alguna razón, provocó en él una sonrisa irónica. Pero ahora Tom se hallaba a salvo a su lado y, algo confuso por la nueva experiencia a la que se enfrentaba, Harry se sentó en el suelo a desenvolverlos. ¡Ojala Draco o Hermione estuvieran con él para particupar en aquel momento!
Lo primero de lo que se ocupó eran las cartas. Había, al menos, seis de ellas, pero pronto reparó en que predecían todas de la misma persona. Desenrolló la primera.
Del señor Draco Lucius Malfoy al señor Harry James Potter. 31 de Diciembre de XXXX
Estimado Harry.
Ayer mismo recibí tu carta, pero como era bastante tarde y Hedwig estaba cansada, la invité a pasar la noche en la lechucearía de mi familia y ahora estoy redactando la respuesta. Reconozco que me han surgido varios interrogantes al respecto de lo que me cuentas.
En primer lugar, ¿un accidente qué no fue un accidente? ¿A qué te refieres con eso? ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió? Pero, tú te encuentras ya sano, ¿no? ¿Cuánto tiempo crees que Pomfrey te hará permanecer en la cama? ¿De verdad piensas que alguien se atrevería a atacarte?
Sobre todo ello, espero tu respuesta.
Ahora, cambiando de tema, no te preocupes. Me fastidia bastante que no puedas venir por culpa de algún imbécil con ínfulas de Señor Tenebroso, pero será para el año que viene. Mi familia también lo entiende, aunque a ellos sólo les he comentado que fue un accidente. Lo importante ahora es que te recuperes.
Le he pedido a Hedwig que pasé por aquí de nuevo, después de entregar tu mensaje a la sabelotodo, porque quiero describirte uno por uno los regalos que van a darme mis padres. Será ya muy pronto, porque nunca esperan a la noche para que pueda presumir de ellos en la fiesta. Es lo que más me gusta de ella.
Atentamente, Draco.
En el mismo sobre, en distinto pergamino, Harry encontró una segunda nota.
Del Sr D.M al Sr H.P. 1-1- XXXX
¡Harry! ¡No te lo imaginas! ¡Mis regalos han sido una pasada! ¡Y ha sido una verdadera mierda que no estuvieras aquí para verlos, porque entonces hubiera sido el doble de emocionante desenvolverlos! En vez he tenido que conformar con la aburrida presencia de Crabbe y Goyle… ¡Pero a lo importante! Antes de que te devoré la impresión, te los describo.
Mi padre me ha regalado un frasco de polvos de Nurgul, carísimos, que paralizan durante horas a cualquiera a quien tú se los arrojes. Me ha prohibido usarlos en el colegio, pero creo que conseguiré llevarme unos pocos a escondidas. También me ha comprado un set nuevo de pelotas de Quidditch y un juego de mesa muy antiguo y valioso, que recrea maldiciones y seres encantados para castigar según caes en cada casilla… Creo que se llama algo como Jumanji, o algo por el estilo… Ya he lo he probado varias veces y es alucinante. Tendrás que jugar conmigo cuando vengas a casa las Navidades que viene. Además me ha prometido que este verano comenzará en la mansión Malfoy en nuevo ala, que será para mi uso exclusivo, aunque de momento no he planeado que hacer aún con esas habitaciones…
Mi madre, por su parte, me ha regalado un montón de ropa y túnicas de gala de la mejor calidad, una de ellas bordada a mano con hilos de plata. Varias pociones curativas, pociones anticaries, libros y enormes índices de etiqueta. Siempre está diciendo que los regalos prácticos son los mejores, aunque yo no lo entienda. Ya ves. También ha viajado a Francia y a Suiza para visitar en persona mis pastelerías preferidas y ha regresado cargada de dulces y chocolates. (Supongo que por eso añadió las pociones anticaries a lote de las curativas, un Malfoy debe presumir siempre de un dentadura PERFECTA). Te he enviado algunas cajas, para que los pruebes. ¿Las has visto?
Lo que me lleva a tu regalo. ¡Es perfecto, Harry! No entiendo ni como no se me ha ocurrido a mi o a mi madre la idea, pero así mejor. Ya tengo algo que regalarle a ella en su próximo cumpleaños. También tengo intención de solicitar a mi padre una Orden de Merlín, segunda clase, porque quien sea que haya inventado la "Loción Maravilla: olvida tus pesadillas" se la merece. ¡Y lo mejor de todo es que funciona! No es que desconfíe de ti, Harry, pero la primera noche me costó arriesgar la pulcritud de mi cabello aplicando una marca tan desconocida… Sin embargo, ¡sus resultados son sorprendentes! Una maravilla, si captas mi juego de palabras. Debí dar como mil vueltas aquella noche, y ni un solo cabello se movió de su sitio. Amanecí tan perfecto y resplandeciente como siempre. Así que ya he enviado una carta a Zabini invitándole a quedarse está noche en la mansión. ¡Para que se quede con las ganas de decir que los Malfoy desmejoramos mucho por la mañana! ¡Ja!
De verdad, te lo repito. Casi podría decir que mi mejor regalo de cumpleaños, dado que mi padre se negó a comprarme la Nimbus 2000 que quería, sólo porque el año que viene me haya prometido comprar siete 2001 si entro al equipo. ¿Tú lo ves normal? Es decir, que soy un Malfoy.
Reprimo mi frustración y me despido. Espero que ya te hayas recuperado completamente.
Draco.
Harry sonrió divertido cuando concluyó de leer la carta y la apartó a un rincón. Draco siempre tenía la habilidad de curvar sus labios en una sonrisa con sus ocurrencias, y era bueno ver que por carta mantenía igual de limpia dicha habilidad. Así que su regalo le había gustado. Entonces, las horas de búsqueda y de matarse la cabeza pensando había válido la pena.
Porque, a pesar de lo que pudiera parecer, encontrar perfecto el regalo de Draco le había costado muchísimo más tiempo y esfuerzo que dar con el de Hermione. Draco ya acumulaba en sus manos todos los objetos y juguetes que el dinero pudiera comprar, y lo que no tuviera, se lo regalarían sus padres esa Navidad. ¡Por Morgana! Si había obtenido un estadio y un estado de Quidditch por su octavo cumpleaños. Y Harry disponía de bastante dinero, pero no era rico con letras mayúsculas. ¿Cómo, humanamente, se podía rivalizar con ese tipo de regalos?
Entonces recordó un anécdota que Draco le había contado, de una vez en la que Zabini se quedó a dormir en la mansión Malfoy y tuvo la mala idea de criticar el desorden de su cabello al despertar, cosa que Draco consideró una ofrenda para su familia y que aún no había olvidado. Aquello, unido al consejo de Tom: "la debilidad Malfoy siempre será la misma, explótala", le brindó la idea. Y cuando encontró aquel anuncio en una revista francesa de pociones estéticas, supo que había encontrado el regalo correcto.
Harry desenrolló el siguiente pergamino, muy satisfecho de sí mismo. También era de Draco, aunque bastante más breve.
Del señor Draco Lucius Malfoy al señor Harry James Potter. 3 de Enero de XXXX
Querido Harry.
Estoy algo preocupado porque no me has contestado mi carta. Sé que no tengo motivos para preocuparme, y que tu respuesta llegara en breve, pero, por favor, en el caso inexplicable de que aún no me hallas escrito, te pido que lo hagas inmediatamente. No me gusta estar preocupado.
Tampoco estaría de más que me comentarás si te ha gustado mi regalo. Sé que no es una 2000, pero… Me hubiera muerto de envidia si tú tuvieras una y yo no, lo reconozco. Además, es la mejor forma de convencerte para que te presentes al equipo conmigo el año que viene. Pero no estás enfadado por eso, ¿verdad?
Contesta rápido.
Draco.
Y a esa carta seguían dos más, cada vez más breves.
Del señor Draco Lucius Malfoy al señor Harry James Potter. 5 de Enero de XXXX
Harry.
¿Por qué no me contestas? ¿Es qué todavía sigues enfermo? ¿No te has recuperado?
Odio estar tan preocupado. Por favor, respóndeme que no pasa nada, que sólo estás enfadado por mi regalo de Navidad. Si la carta me llega hoy, todavía estás a tiempo de cambiarlo por otro.
Ansioso por tu respuesta.
Draco.
Al concluir la última palabra, Harry se mordió el labio con remordimiento. Era evidente que su amigo estaba muy preocupado por él, pese de su peculiar forma de demostrarlo. La última carta rezaba de esta forma.
Del señor Draco Lucius Malfoy al señor Harry James Potter. 6 de Enero de XXXX
Harry.
¡Esto es el colmo! ¿Por qué no me escribes? Es imposible que te haya pasado algo. Me niego a creerlo. Segundo que estás a salvo, ¿verdad?
Como no recibas noticias tuyas antes de mañana, voy a tener que rebajar a escribir a la sabelotodo, en busca de información. Y pobre de ti como ella sepa algo que yo no.
¡No puedes decirme que alguien ha intentado matarte y desaparecer así como si nada!
Te odio.
Draco.
Con un pinchazo de culpabilidad en el pecho, Harry dejó las cartas de Draco a un lado y se prometió a sí mismo contestarlas en cuanto terminará de abrir sus regalos. ¡Es que no era culpa suya! En cuanto creyó que Tom había desaparecido… todo su mundo se desmoronó a sus pies y dejó de importarle nada. Ni siquiera se acordó de sus amigos. Pero no había sido justo…
Torturado por esos remordimientos, Harry tomó entre sus manos una de las dos cartas que quedaban. Tenía un horrible presentimiento de adivinar el porqué de, al menos, una de ellas. La primera la firmaba Hermione, y llevaba por fecha el 3 de Enero.
Querido Harry.
Siento mucho lo de tu accidente, aunque no me preocupo si dices que ya estás recuperado del todo. Llevo muchos días diciéndote que correr en la nieve es peligroso, pero nunca me haces caso. Espero que ahora te replantees mejor tus actividades matutinas y decidas esperar al bien tiempo antes de ejercitarte de nuevo.
Cambiando de tema, te confiese que yo también hecho de menos el colegio y estoy deseando que se reanuden las clases de nuevo. Confió en que estos días sin practicar magia no representen un retraso en mi desarrollo académico. Es horrible, Harry. Como si hubieran arrancado una parte de mi. Cada noche siento una opresión en el pecho y sé que no se desvanecerá hasta que sea capaz de liberar mi poder. Me siento enjaulada. Comprendo la razón de la ley que nos prohíbe a los magos menores de edad realizar magia lejos de Hogwarts, pero no puedo dejar de desear que fuera distinta.
Por lo demás, mis vacaciones se desarrollan bien. Me ha gustado ver a mis padres, casi no recordaba lo mucho que los echaba de menos. Pero sigue sin ser perfecto, ¿entiendes? Ellos lo disimulan, pero sé que cuando les habló del castillo, de los hechizos y de las clases se asustan, porque es un mundo que no comprenden y que no les pertenece. A veces es duro sentirme tan lejos de ellos.
Pero no quiero aburrirte con mis reflexiones. ¿Has abierto ya tus regalos? ¡Ojala que él mío te haya gustado!
Te mando un abrazo, Harry. Yo también te hecho de menos.
Tu amiga, Hermione.
Harry sonrió al terminar de leerla. La verdad que revelaba esa carta era extremadamente preciada y útil, y la base de la mayor parte de sus creencias. También se sintió halagado de que Hermione confiara tanto en él, al extremo de abrirse y confiarle sus pensamientos y miedos más íntimos. Se prometió a sí mismo que se haría digno de dicha confianza.
El último pergamino también lo firmaba la niña y estaba fechado el 8 de octubre. Debía haberlo enviado aquella misma mañana.
Querido Harry.
Acabo de recibir una carta muy extraña de Draco que me tiene muy preocupada. Generalmente, no creería nada de lo me diga, pero que se "halla rebajado" a escribirme, y que además no haya añadido ningún insulto en sus palabras, me lleva a tomar en consideración la información que trasmite.
¿Un intento de asesinato? ¿Siete días inconsciente en la enfermería? Eso no es lo que yo considero un pequeño accidente, Harry. Me has mentido. Y no me importa que haya sido para no preocuparme. Estoy muy, muy enfadada y nerviosa.
Por favor, ponte en contacto conmigo lo antes posible y asegúrame que todo es una broma y que estás bien.
Hermione.
Harry suspiró entendientes, enfadado consigo mismo y con Draco por ser tan bocazas. Reprimió la voz en su cerebro que lo acosaba con un "te lo mereces" y centró la ira en el bocazas de su amigo. Ahora tendría que escribir también a Hermione asegurándole que se encontraba perfecta y que las cosas no eran exactamente como Draco las describía. Pero la curiosidad lo destrozaba y antes eligió abrir los regalos.
El que primero llamó su atención fue un paquete alargado y envuelto en un papel de brillante color plata. Quizá porque, a través de las cartas de Draco, ya preveía lo que encontraría al desenvolverlo. No se equivocaba. Aun así, Harry abrió mucho los ojos al encontrarse con el palo de una reluciente y carísima Cometa 280, completamente nueva. Sólo un Malfoy disponía de dinero suficiente para realizar ese tipo de regalos.
Querido Harry.
Espero que te haya gustado tu regalo. Se trata de una Cometa 280, con aceleración de 0 a 180 kilómetros en diez segundos, sólo veinte kilómetros por debajo de la Nimbus, y más resistente que está a las caídas. Para que podamos continuar jugando juntos al Quidditch en igualdad de condiciones.
Draco.
El siguiente regalo se lo había enviado a Hermione y por la forma rectangular y el peso, Harry adivinó que estás vez se trataba de un libro. Pero no esperó encontrar ese título al desenvolverlo. "Dones y Razas de una de las criaturas más fascinantes de nuestro mundo: Las Serpientes", rezaba la portada. Y en la tapa había un exquisito dibujo de una anaconda, amenazando con sus colmillos. Alucinante. Casi tanto como la escoba. Iba a disfrutar demasiado leyéndolo.
Los otros paquetes contenían varias cajas de bombones y dulces, también de parte de Draco. Una flauta echa a mano de parte de Hagrid, (que reiteró su pretensión de hacerle un regalo, aunque fuese con retraso), y un tablero de ajedrez con piezas artesanales de parte de Neville, que adjuntaba esta nota. "Como agradecimiento por salvarme la vida. ¡Ojala te guste!".
Harry no creía que él le hubiese salvado la vida, como máximo un par de huesos rotos, pero se sintió extrañamente emocionado por el regalo y el agradecimiento de Neville, siempre un muchacho tan tímido y retraído. Decidió que en cuanto regresara de las vacaciones, le daría las gracias.
Entonces, mientras buscaba un buen lugar para esconde la escoba y guardar el resto de regalos, recordó el presente qué le había entregado Dumbledore el último día antes de las Navidades y que él, con todo lo ocurrido, prácticamente había olvidado. Podía ser un buen momento para desenvolverlo.
…
La capa invisible se amoldó con ajustada perfección a su cuerpo, ocultándolo por completo. Envuelto por ella, Harry se contempló a sí mismo en el espejo sin quedar reflejado, totalmente alucinado. Así que aquel era el objeto que había pertenecido a su padre. Era extraño, nunca había escuchado hablar de una capa invisible cuyas propiedades duraran más allá de una década. Pero las posibilidades que se abrían con ella eran asombrosas. Ahora podría investigar el escondite de la Cámara sin temor a que nadie lo descubriera vagando a deshora, como Filch, o sin que nadie tuviera oportunidad de volver a atacarlo, como en el bosque. Dumbledore había entregadodo al diablo la herramienta perfecta para su propia destrucción.
La habitación amplia y de paredes redondeadas a la que había llegado sin saber muy bien cómo, después de cientos de vueltas y pasos por los corredores del castillo, estaba absolutamente vacía, a excepción de por un espejo con aspecto magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte superior: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.
Harry se acercó hasta él con curiosidad, deseando no ver su imagen reflejada. Lo que en realidad vio, le congeló el corazón. Porque o la capa ya no funcionaba, o el espejo continuaba reflejándolo de igual forma. Pero no a él solamente. A su lado, una figura varios centímetros más alta, con el cabello absolutamente negro, la piel pálida, labios rojos y unas ojos sorprendentemente similares a los suyos, con destellos escarlata sobre el verde esmeralda, lo observaba con cariño.
Tom…
Su corazón se paralizó para después reanudar la marcha a una velocidad desorbitante. Era Tom quien se hallaba a su lado en el espejo, Tom quien le sonreía con agrado y complicidad, Tom quien posaba suavemente la mano sobre su hombre en un gesto de protector y posesivo. Tom… Era Tom… Casi con miedo, con dolor, Harry desvió la vista del espejo para posarla a su izquierda, donde él debería encontrarse, pero no halló nada. Y cuando paseó los dedos por el aire transparente, continuó sin existir algo que se interpusiera entre éste y el tacto de su piel.
Desesperado, centró de nuevo su atención en el espejo, deseando fervientemente introducirse en él, o consolidar en realidad dicha imagen. Ahora, Tom había agachado levemente su frente para conectar sus ojos, con los del Harry del espejo, y deslizaba sus largos y modelados dedos por la piel de su mejilla izquierda, en una caricía de ensueño. El Harry real sintió como su propia mejilla enrojecía y como todo su cuerpo ardía bajo ese falso toque.
Deseba tanto que pudiera ser real… Daría lo que fuera porque fuese real… Absolutamente todo.
Ahora, Tom lo miraba a él y sonreía. Parecía que deseaba decir muchas cosas, pero sus labios se abrían y cerraban sin pronunciar sonido alguno. Quizá la magia del espejo no llegaba tan lejos. O quizá... No importaba. Nada importaba mientras él pudiese continuar allí, donde su deseo, su anhelo más profundo y preciado, se había materializado en falsa realidad.
Y de esa forma, Harry dejó escapar de su mente todas las demás cosas, porque el mundo entero carecía de sentido mientras Tom continuase mirándolo fijamente a sus ojos de aquella manera tan especial, mientras sus dedos rozasen su rostro en suaves caricias, mientras sus labios se cerrasen delicadamente en torno a su frente en un tacto gentil y rebosante de emoción.
Siendo así, ¿qué más importaba?
¡Konichiwa! ¿Habéis disfrutado del capítulo? ¡Espero que sí! De alguna manera, tal vez por el argumento o por la forma de redactarlo, me ha parecido un poco diferente a los demás. Es decir, al principio he querido trasmitir el letargo y la debilidad de Harry tras el grave incidente - ¿o atentado? -. Más tarde su desesperación al descurbir lo ocurrido con el Diario, y su frágil estado mental mientras espera a que Snape dicte sentencia. Luego no he podido resistirme a ese pequeño anexo en medio del capítulo, dedicado a todos los fans del profesor de pociones, que por vuestros comentario sé que sois bastantes. Y por supuesto, las cartas. Que lejos de sus amigos es la única manera que tiene Harry de comunicarse con ellos. Bueno, espero que a pesar de haber sido algo distinto os haya gustado. Yo estoy contenta con el resultado ^^
Por otra parte, la escena final en el espejo, os diré que fue de los primeros flashes que me vinieron a la cabeza cuando empecé a planear esta historia, y que ardía de ganas por escribirla. Así que espero haberle hcho justicia (?). Y no sé, los regalos de Harry, el regalo de Draco - creo que ha se entendido lo qué es, ¿no? una pocima que se aplica en el cabello e impede que éste se despeine a pesar de dar mil vueltas mientras duermes -, y la pequeña entrevista con Anne... Una forma de amenizar el capítulo, que también tendrá sus derivados importantes más adelante.
Sé que he tardado casi una semana en publicar este capítulo, pero es que el ritmo de capítulos tan largos - alrededor de veinte páginas -, publicados cada dos veces por semana, o incluso tres, es un ritmo que me estaba desbordando y no voy a ser capaz de mantener. O los capítulos se reducirán en tamaño, o las actualizaciones rondaran la semana. Lo siento, de verdad. Pero al menos por el momento, con los finales tan a la vista, es todo lo que puedo ofreceros. Espero que comprendáis mis motivos y que continues leyendo pese a todo.
Ahora, como siempre, aprovecho para agradecer a las maravillosas personas que me dejaron sus comentarios y sus animos en el capítulo anterior, la historia no avanzaría a este rito sin vosotras, de verdad. Os estoy muy agradecida. Para los anónimos, dado que la página prohibe publicar las respuestas aquí, reitero la oferta de que me dejes vuestro correo - con espacios, o la página lo borra -, para que pueda contestaros allí personalmente. Y, por supuesto, agradecerte también a ti, que estás ahora leyendo esto.
Un saludo tomodachis. Con cariño, Anzu.
