Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD


Publicidad (XD): Quería agradecer desde aquí a todos los que me dejastéis vuestro comentario, no sólo aquí, sino en el pequeño one-Shot derivado de este "Lores of the Dark: MI ARPÍA FAVORITA" al que se puede acceder desde mi perfil. Muchas gracias por el apoyo de verdad. A los que lo hayan leído, encontrarán un guiño divertido a él en este episodio, a los que no, oajala os decidais a pasaros. Nos vemos abajo, tomodachis. Anzu.


Capítulo 12.

La luna resplandecía brillante y lechosa en el firmamento, pero su luz apenas lograba filtrarse a través de las altas copas de los árboles del Bosque Prohibido. Todo cuanto Harry distinguía eran sombras: sombras de abetos, sombras de hayas, sombras de espinas, de raíces, de musgo, de piedras. Y una sombra superior, una de gran tamaño, que iba expandiéndose y absorbiendo a las demás con su ira. Esa sombra ansiaba más que nada atraparlo, y él corría huyendo de ella; corría temeroso porque, en el fondo, sabía que jamás sería lo suficientemente rápido para escapar de su destino.

Entonces, sus piernas se enredaron en una raíz saliente y su cuerpo cayó al suelo. Trató de incorporarse pero fue inútil. La sombra se cernía sobre él, casi lo había alcanzado. Con un poderoso esfuerzo, Harry rodó su cuerpo hasta que su espalda quedó contra el suelo. No mostraría su miedo. Lo enfrentaría de frente.

Dos invasivas chispas rojas fueron la primera prueba de que ya era demasiado tarde: sus pupilas, honduras carmesí del mismo color de la sangre. Y a continuación, bajo su atenta mirada , la sombra se disolvió en un río humo para tomar forma humana. La figura de un joven. Un joven de piel muy pálida, casi tan blanca como la luna, alto, delgado, con músculos muy estilizados. Un joven que curvó la comisura de sus labios tintos en lo que podría ser una mueca o una sonrisa sincera, que se arrodilló sobre él e inclinó su cuerpo hasta quedar casi recostado, constituyendo una cárcel para el suyo propio.

El corazón de Harry latió apresuradamente. En ningún momento sus pieles se tocaron, pero él debía ahogar su respiración al máximo para prolongar dicha situación. Y los brazos del otro permanecían apoyados en el suelo, como una palanca, a ambos lados de su cuello. Y su rostro demasiado cerca del suyo, pues pese a la oscuridad, Harry podía memorizar uno a uno cada uno de sus rasgos: las pupilas oscuras, de un marcado escarlata, hundidas bajo los párpados y sombreadas por largas y gruesas pestañas, sin que aquello disminuyera en modo alguno la masculinidad de aquel rostro, los hoyuelos a ambos lados de las mejillas, fruto no de una sonrisa, sino de la mueca burlona que parecía cincelada con mármol y rubíes junto a sus labios, la curva de su mentón, firme y a la vez aristocrática, como su nariz, con rasgos de la antigua nobleza. Y su aliento golpeaba sus labios cada vez que él respiraba, extrañamente frío y dulzón, con un sabor… adictivo. Y pese a sentirse poseído, Harry no deseaba que él se marchase, pues prefería permanecer encadenado bajo su cuerpo, que ser un ente libre sobreviviendo en soledad.

Aquel fue un pensamiento mudo y silencioso, que no tenía intención de confesar, pero la figura pudo captarlo en el mismo instante que apareció en su mente. Sonrió como respuesta, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos, y dos pequeños y afilados colmillos en la mandíbula superior, que destacaban del resto y dotaban al conjunto de un aire peligroso, casi salvaje. Harry se estremeció. A continuación percibió que el cuerpo de Tom descendía unos centímetros más, rozándose, esta vez sí, contra el suyo propio, y su mano derecha, que antes había servido de apoyo, se encontraba ahora sobrecogedoramente cerca de su propio rostro, y sus dedos largos y cincelados, como los de un dios heleno, lo tentaron en sus labios y después se unieron a su mejilla en un suave roce, algo menos que una caricia, que estremeció su cuerpo por completo y lo inundó de calor. Su cuerpo entero ardía y sensaciones que hasta entonces le eran desconocidas, parecieron cobrar vida como chispas de una hoguera que caen al bosque y logran prender fuego por sí mimas.

Los labios de Tom se abrieron y cerraron repetidamente, con su lengua bífida deslizándose entre ellos en giros tan regios como los de una serpiente, y aunque de ellos no escapó palabra tangible alguna, Harry captó perfectamente el significado de lo que él había dicho.

- Eres mío…

- No lo soy - se reveló inmediatamente el niño en un silbido igual de estremecedor, que aun así carecía de la elegancia del de su captor -.

- Si lo eres. Y lo sabes.

- No…

- Jamás podrás escapar a tu destino…

- …

- Yo soy tu destino, Harry.

Harry despertó en su dormitorio con la frente y la nuca empapadas en sudor. Cada músculo de su cuerpo ardía. Las emociones que la sombra había acarreado al Harry de dentro de aquel sueño seguían vivas en él en aquellos momentos y el susurró de Tom, pronunciado en la lengua de las serpientes, se repetía en su oído con estremecedora claridad. El muchacho, que no se hallaba frente a una situación nueva o desconocida, reaccionó a ella de la misma forma que la noche anterior. Y la anterior y la anterior…

Sacudió con presura las sábanas verdes, que se aferraron a su piel sudorosa como si lucharan para mantenerlo prisionero, se alejó del colchón andando a zancadas y, una vez de pie, permaneció inmóvil escuchando la constante y tranquila respiración de su compañero de cuarto unos instantes. Aquel sonido le relajaba, lo traía de vuelta a la realidad. A continuación caminó hasta el lavabo, se empapó bien el cuello, la nuca y el rostro con agua, y se secó manualmente con una toalla. De regreso a su dormitorio, volvió a recostarse en su cama y palpó el Diario de tapas negras que guardaba siempre bajo su almohada, para asegurarse de que continuaba a salvo, a su lado, de que nadie se lo había arrebatado. Sólo así, quizá, fuera posible conciliar el sueño de nuevo.

Algunas noches, muy pocas, el sueño lo rechazaba. Entonces, sacudía su varita y prendía un par de velas del candelabro de su mesilla. Descubría el Cuaderno de su escondite, lo abría, e iniciaba una conversación con Tom. Éste siempre lograba apartar sus miedos y tranquilizarlo. Pero ni siquiera él podía evitar que los sueños regresaran a atormentarlo la noche siguiente. Nadie podía evitarlo.

Porque habían transcurrido casi tres meses desde que Harry contemplara su reflejo en el espejo de Oesed, desde que el más profundo y desesperado deseo de su corazón se materializara en una visión que lo hechizó por completo, desde que los primeros ases de Sol se filtraran por las ventas rompiendo el encanto, desde que Harry, por miedo o desgarrador deseo, se juró a sí mismo que no volvería a buscar el espejo… pero las pesadillas que su magia había generado no desaparecían.

Aquella fue una de esas escasas noches en las cuales no conseguía recuperar el sueño.

¿Tom?

~ ¿Despierto de nuevo, Harry? ~

Si… Todavía no consigo frenar las pesadillas.

~ Porque no te esfuerzas lo suficiente. Debes cerrar tu mente a cualquier deseo esquivo que tengas por repetirlas, por pequeño o por mínimo que este sea. Ese es el poder del espejo, consumir a quienes lo miran explotando su propio deseo de ser consumido. ~

Lo sé, pero… Si no fuera tan difícil…

~ Basar nuestro entendimiento en anhelos, ansiar sueños imposibles que nunca se realizarán, es la forma más inútil de desperdiciar nuestra vida y los dones que la naturaleza nos ha dado. Nunca obtendrás provecho de esos sueños. Únicamente desviarán tu destino de cosas más grandes. No quiero eso para ti, pequeño. ~

Harry sintió un retorcijón de culpabilidad en el pecho, a la vez que una pequeña lágrima, sólo una, escapaba de sus ojos. Antes nunca lloraba, pero ahora no pudo reprimirla. Sus emociones estaban al límite desde el día en que casi se ahogó en el lago, con todos los acontecimientos posteriores que desencadenó ese suceso.

Aunque una gran parte de él lo anhelaba, mientras la otra sentía vergüenza, Harry no había confesado a Tom cual era la imagen que le había mostrado el espejo por petición expresa de éste. Nuestros anhelos más íntimos son únicamente nuestros, Harry, no pertenecen a nadie más, había dicho. Él se había mostrado de acuerdo, pese que a veces se preguntaba si Tom continuaría dándole esos consejos si entendiera qué, o quién, era su anhelo más profundo. Tampoco deseaba saberlo.

Continuó escribiendo en su Diario hasta que los ojos empezaron a escocerle y supo que estaba tan cansado, que el sueño no le rehuiría de nuevo. Se despidió de Tom, lo ocultó bajo su almohada y comprobó la hora en el reloj de su mesilla: las tres y cuarto. Disponía de cuatro horas antes de que amaneciese, y rezaría que fuera tiempo suficiente para que las pálidas ojeras y enormes bolsas que arrastraba desde hacía días bajo los ojos, desapareciesen. De otra forma, acabaría asemejándose más a un inferí que a un alumno corriente de primer año.

La clase doble de pociones fue la primera de la mañana, después de una desastrosa lección de Historia a la que Harry sólo había asistido por petición expresa de Draco, y a la que ambos habían prestado poca o ninguna atención. Constituía un enorme esfuerzo resistir, sin dormirse o enfurecerse, la sarta de mentiras y boberías que el fantasma relataba con voz monótona e inexpresiva, y que Hogwarts, o tal vez Dumbledore, tenía el atrevimiento de denominar "Historia".

Quizá por ello, o quizá porque se trataba de la única clase que no compartían con los Gryffindor, desde que comenzaron sus pesadillas, Harry había adquirido la costumbre de saltarse la clase y permanecer placidamente durmiendo una hora más, tras decidir que esa era una forma mucho más útil de emplear su tiempo. Pero como aquella noche ningún sueño había enturbiado su descanso, por la mañana cedió a las súplicas de Draco y ambos ocuparon la hora en una divertida partida de Gubbles Mágicos.

Tal vez lo consejos de Tom empezasen a obrar sus frutos y él lograse mantener esos extraños e invasivos sueños lejos de su mente. Hermione, que desconocía convenientemente este hecho, así como su tendencia a saltarse esa clase, se reunió con ellos en la entrada de las mazmorras. Lo primero que buscaron sus ojos fue el rostro de Harry, que examinó con escrupulosa atención.

- Tienes mejor aspecto… - aprobó complacida -. Las ojeras casi han desaparecido. ¿Cómo has dormido está noche?

- Ni rastro de pesadillas - confirmó el muchacho, muy ufano de sí mismo -. Creo que tuve un sueño donde Draco se convertía en elfo doméstico y después era perseguido por Sky, que se vengaba de él por haberle elegido un nombre tan estúpido.

Sonrió por la broma. A su lado, Draco se giró para estamparle un codazo amistoso entre las costillas.

- Para tu información - se defendió el rubio elevando perceptiblemente su tono voz -, Sky es un nombre muy digno y apropiado para una serpiente. Mi tatarabuelo Cyagnus Black, director de este mismo colegio, llamó de ese modo a su mascota, diciendo que ningún terreno, ni hundido en agua ni escarpado, le estaba vedado una serpiente; sólo el cielo quedaba más allá de sus posibilidades. De ahí procede su nombre.

Concluyó su breve discurso con ceremonia y con la barbilla muy alta, como si el recordar a su antepasado lo hiciera sentirse más orgulloso aún de sí mismo. Harry sonrió divertido, y le pareció ver como algunos otros Slytherin, entre los que destacaba Blaise, que esperaban en fila ante el aula de Snape, también lo observaban, atraídos por el elevado volumen que Draco había conferido a sus palabras, para que todos lo escucharan. Éste primero portaba una mirada despectiva o quizá molesta, mientras la de Theo fluctuaba entre el desinterés y la condescendencia; Pansy jugaba inconscientemente con sus manos, pensativa, y Crabbe y Goyle sonreían como dos gorilas sin cerebro aclamando a su amo. O quizá simplemente creyeran que aquello era lo que debían hacer. Harry no los conocía lo suficiente para afirmarlo. No obstante, ninguno se atrevió a intervenir. Fue otra voz la que se alzo sobre ellos, aunque no con tanta fuerza como la de Draco.

- Cyagnus Black… Su nombre aparece en Figuras Prominentes del siglo XIX, aunque en Directores de Hogwarts a través de los tiempos le atañen una de las peores calificaciones… No sabía que él fuera tu antepasado.

Harry miró a Hermione y después a Draco, y por un momento temió que volvieran a sus viejas rencillas. Pero el Slytherin únicamente alzó las cejas rubias con prepotencia y el elevó el mentón con una pizca de desprecio, aunque no dirigido a la bruja.

- Como siempre, has hecho bien los deberes, Granger. Pero, ¿acaso sabes quién es el principal autor del libro que citas?

De inmediato, Hermione abrió la boca para ofrecer una respuesta, mas volvió a cerrarla al cabo de unos instantes, con pequeños dejes de frustración brillando en sus ojos castaños contra sí misma. Draco sonrió satisfecho.

- ¿No lo sabes? ¡Bien! Te lo diré: Ephias Dofphe. Un patán que ahora trabaja en el ministerio, en uno de esos puestos sin importancia... Un Gryffindor. Un Gryffindor que, además, compartió casa, curso y dormitorio con nuestro actual director. Así que no te asombres se te digo que por mi él puede escribir lo que quiera sobre mi antepasado, el único director Slytherin que ha tenido este colegio desde Salazar.

- Pero no me estás ofreciendo una crítica justa - replicó la niña, que por la expresión de su rostro y la concentración que mostraban sus pupilas, parecía tomarse el asunto casi tan en serio como un examen -. No hay ninguna prueba de que la opinión personal y sesgada de Dogfpe, bien originada por su educación, bien por sus amistades, afecte al contenido del libro. Éste fue revisado y contrastado por el Ministerio, que no habría permitido su publicación de contener únicamente mentiras o engaños derivados de una opinión subjetiva.
Draco desechó sus palabras con un gesto despectivo, sin que ni siquiera valiesen su atención.

- Parloteo barato, sabelotodo. Al Ministerio poco le importa lo que sea verdad o mentira, sólo se ocupa de lo que le conviene. ¿Quieres la prueba? - añadió, viendo como la bruja abría la boca para replicar sus palabras, en absoluto convencida -. Comprueba el año de publicación del libro. Alrededor de dos décadas pasadas. Justo cuando el Lord Oscuro alcanzaba su auge y la guerra contra él se recrudecía.

Tal vez fuera pronunciada con esa intención, tal vez no, lo cierto es que aquella simple frase obró un efecto milagroso. Un efecto que iba más allá de los perceptible con los sentidos pues la misma esencia del ambiente se recrudeció y el aire se hizo más denso, más pesado.

De repente, si hasta entonces apenas dos o tres personas vigilaban a medias el debate que se llevaba a cabo frente a ella, ahora no existía alma alguna, Gryffindor o Slytherin, que no hubiera alzado su atención y los observara fijamente, casi con medio. Incluso Anne había cerrado el grueso volumen que sostenía entre las piernas y su rostro había adquirido una expresión indescriptible. Con un escalofrío que recorrió su cuerpo de los pies a la nuca, Harry comprendió que muchas de esas miradas no estaban dirigidas a Draco, sino a él. Seguía siendo y siempre sería, por más que él tratara del olvidarlo, el Niño-Que-Sobrevivió.

- Si… - continuó Draco complacido con la expectación que había creado y sin necesidad ya de forzar la voz; sus palabras hacían eco en las paredes y resonaban en los odios de todos por propia fuerza -. DOpfhe llevaba años tratando de sacar a la luz su libro sin conseguirlo, y de repente fue el mismo Ministerio quien le rogó que lo publicara. ¿Coincidencia que fuese precisamente entonces, cuando casi la totalidad de la casa Slytherin era acusada se servir al Lord, que se oficiara un libro donde se censuraba abiertamente al único director de nuestra casa y muchos otros cuyas vidas estuvieron bajo la sombra de la Magia Oscura? ¿Coincidencia que el propio Dumbledore, fuerte y principal icono de la luz durante la contienda, fuera reconocido como el director más brillante de cuantos tuvo Hogwarts jamás? ¿Qué me dices a eso, Granger?

Por primera vez, Hermione se había quedado sin palabras; o al menos no quiso, o no pudo, contestar. Tampoco importaba. El resto de los Gryffindor, incluso Neville, observaba a Harry con los rostros deformados, como si acabaran de ser testigos del peor de los sacrilegios, y fuera deber suyo, no de otro, anteponerse a él y rechazarlo. Los Slytherin mantenían expresiones de sabia cautela y sus ojos brillaban traslucidos, sin dejar entrever una chispa del fuego que se escondía tras ellos.

Harto de ser el centro de atención, Harry centró a su vez la atención en Draco, que continuaba aguardando una respuesta de Hermione y, aparentemente, no reparaba en nada que tuviera que ver con él. Aunque se conocían desde hacia ya casi un año, continuaba sorprendiéndole la capacidad de su amigo para trasmutarse, pues en un instante dejaba de ser un niño común, inteligente, divertido, prepotente y algo mezquino, para convertirse en alguien que lograba silenciar a todo su curso con sólo unas pocas palabras. Ya había visualizado esa capacidad suya antes de las Navidades, como promesa de lo que habría de venir, pero había sido tras su regreso al colegio cuando más pruebas había dado de ella. Harry supuso que largas charlas y lecciones con Lucius, bajo el crepitar de la chimenea y la luna en los últimos días de diciembre y primeros día de enero, habían tenido mucho que ver con ello.

No obstante, la clase entera continuaba con su atención clavada en él, esperando su reacción, sus palabras, y odiándose a si mismo por ello, aunque hubiese preferido recibir diez maldiciones imperdonables, cualquiera que fuesen, antes de expresar en voz alta lo que debía decir, Harry se recordó a sí mismo que aún guardaba un papel que mantener. Por la seguridad de Tom y la suya propia.

Trago saliva antes de hablar con gran esfuerzo:

- Hermione, eres muy ingenua al creer que el Ministerio actúa siembre con objetividad y honradamente, en lugar de por su propia conveniencia. Todo es política. Los libros, los periódicos, los privilegios, incluso Hogwarts… - consciente de lo que venía, su voz trastabillo y falló, pero Harry se obligó a sí mismo a seguir. Interiormente temblaba -. Aun así, la visión de Draco también es muy subjetiva La guerra contra el Innombrable fue una época terrible - si el nombre de Señor Oscuro que empleaba Draco le estaba vedado, pues lo identificaría con sus mortifagos, al menos, no se rebajaría a llamarlo Quien-Tú-Sabes - . Y Dumbledore fue el único mago al que temió. No puede reprochársele al Ministerio que organizara publicidad de él, independientemente de los medios más o menos legítimos que empleara para ello.

Ya estaba. Lo había dicho. Había denigrado a su Señor y a él mismo. Pero había sido necesario. Los Gryffindor lucían ahora rostros más tranquilos y confiados, mientras que los Slytherin parecían aún más retraídos en sí mismo, si es que acaso era posible. Tom se sentiría orgulloso de su actuación cuando se lo contara, pero, ahora, ante los rostros fríos e imperitos de su propia casa, aquella seguridad no supuso mucho consuelo. Al menos, se dijo a sí mismo, las palabras habían escapado de sus labios en un sonido falso para nada identificable con su propia voz. Quizá aquello bastara para que aquellos que lo conocían bien, no se dejaran llevar por la falsedad de sus palabras y vieran la intención que se ocultaba tras ellas.

Por suerte o desgracia, el profesor Snape hizo su aparición en ese mismo momento, interrumpiendo cualquier otra opinión que avivara el debate. Harry se encogió con desgana, mientras Hermione lo arrastraba hacía el interior del aula al comprobar que él no estaba dispuesto a moverse por sí mismo, y se preguntó por qué aquel príncipe de entre serpientes había escogido precisamente aquel día para arruinar su legendaria puntualidad, iniciando la clase con cinco minutos de retraso. ¿Acaso había permanecido oculto entre los húmedos y oscuros salientes que cundían en las mazmorras, pendiente de la conversación que desarrollaban sus alumnos, preparado para intervenir cuando así lo creyera oportuno? Nunca lo sabría.

Pese a su desafortunado comienzo, la clase entera se desarrollo sin sobresaltos. Y tras cruzar las puertas del Gran Comedor sin que ningún problema surgiera entre sus dos amigos, quedó patente que los frágiles cimientos de la débil aceptación mutua que habían iniciado durante las Navidades, sobrevivían al último "intercambio de opiniones" (como los había denominado Draco la primera vez que Harry lo acuso de reiniciar sus peleas con las bruja).

- Snape lleva un tiempo comportándose extraño - comentó Draco, que volvía a actuar como cualquier otro niño, mientras tomaban asiento en la mesa Slytherin -. Hoy ni siquiera te ha insultado…

Harry puso los ojos en blanco y bufo por lo bajo.

- ¿Qué haya pasado una clase entera sin insultarme ya significa que actúa raro?

- Si - corroboró el otro, brutalmente sincero y sin pizca de tacto.

Era cierto. Harry sonrió y no pudo retener un par de carcajadas, mientras se servía una buena ración de puré de patata con salchichas. Pese a ello, no podía explicar a Draco los motivos que impulsaban a su profesor de pociones a actuar como lo hacía. Él no conocía la existencia de Tom y tampoco entendía que, a raíz de ese conocimiento, el comportamiento de Snape había variado. Continuaba insultándolo y reprobándolo en dos de cada tres clases, pero los insultos carecían de la pasión de antaño, como si ahora actuara más por una vieja obligación que por deseo propio.

- Pues yo qué sé… A lo mejor ha ingerido sin querer una poción de buena voluntad preparada por el mismo - bromeó, para quitar hierro al asunto.

Funcionó. Draco se carcajeó un rato y luego centró su atención en Goyle, que los observaba a ambos fijamente, sin prestar atención a su plato de comida.

- ¿Y a ti que te pasa? - lo encaró -. ¿Es que quieres pedirme un poco de la poción crece-cerebro que nos ha enseñado Snape hoy?

Aquello basto para que el corpulento muchacho se sonrojara igual que un niño y apartara la vista avergonzado, como si hubiese sido sorprendido en mitad de una travesura. Los orbes castañas de sus ojos parpadearon, antes de bajar la vista a su plato . Draco no le prestó atención. Tomó un largo sorbo de su zumo de frutas y pincho una chuleta de solomillo con el tenedor, rociándola bien de sal, para dar cuenta de ella con expresión complacida.

- ¿Te has fijado en quién lleva dos días sin acudir a clases? - preguntó a Harry con expresión maliciosa, una vez las fuentes con restos de comida quedaron vacías y aparecieron los postres.

Éste lo pensó unos instantes, frunciendo las cejas, pero no recordó ninguna cara conocida que hubiese echado en falta durante las clases. Negó con la cabeza.

- La comadreja - autocontestó Draco, con una sonrisa muy ufana.

Oh. Cierto. Ahora que mencionaba su nombre, Weasley no se hallaba presente entre los Gryffindor que presenciaron el "incidente" aquella mañana. Harry se preguntó cómo es que tampoco había notado su ausencia el día anterior, pero prestaba a Ronald tan poca atención que no era extraño haberlo pasado por alto.

No obstante, la expresión que acuciaba el rostro de Draco denotaba un juego cuyas reglas iban mucho más allá de una simple ausencia. Muy pocas veces lo había visto Harry tan satisfecho de sí mismo, con un brillo cruel oculto tras la sombra de sus pupilas; el gris que coronaba sus ojos resplandecía, literalmente, como una siembra de cristales preciosos en el lecho de un mar helado, su barbilla permanecía alta y distinguida, y su sonrisa anticipaba triunfo mientras sus cejas platinas, de tan rubias casi indistinguibles, se arqueaban hacía el cielo en una promesa de venganza y victoria.

- ¿Qué es lo que has hecho? - inquirió, con una sonrisa de anticipo.

Draco trasmutó sus rasgos hasta que estos adquirieron una expresión piadosa, que desentonaba completamente con el brillo malicioso que aún resplandecía en sus ojos

- No iba a dejar a la pobre comadreja languideciendo sola en la enfermería… En cuanto escuché a Finnigan hablar de él, supe que sería un pecado desaprovechar la oportunidad de entretenerlo un rato… y fui a burlarme él - sonrió con saña -. Pero ni yo mismo pude imaginar lo mucho que la suerte estaría de mi lado. Fíjate - le tendió un libro a Harry -: Weasel estaba leyendo esto cuando yo se lo quité.

Harry posó sus ojos en el título de la portada, de un horrible color naranja.

- ¿Los Chudley Cannos y la liga del momento? - lo leyó con escepticismo, como si fuera difícil comprender porque aquel libro debería prever buena suerte para su amigo.

Draco lo observó con condescendencia, como a un niño pequeño al que se le deben explicar paso a paso hasta los procesos más esenciales. Agitó la cabeza con parsimonia.

- El título no, lo que esconde tras él… - corrigió, para continuación arrebatárselo a Harry con delicadeza y agitar al aire sus páginas, paciente, hasta que una pequeña nota escrita a mano en un pedazo de pergamino amarillo emergió de entre ellas. La cogió con satisfacción y se la entregó a Harry, que puso ojos sobre ella.

Querido Ron:

¿Cómo estás? Gracias por tu carta. Estaré encantado de quedarme con el ridgeback noruego, pero no será fácil traerlo aquí. Creo que lo mejor será hacerlo con unos amigos que vienen a visitarme la semana que viene. El problema es que no deben verlos llevando un dragón ilegal. ¿Podríais llevar al ridgeback noruego a la torre más alta, la medianoche del sábado? Ellos se encontrarán contigo allí y se lo llevarán mientras dure la oscuridad.

Envíame la respuesta lo antes posible.

Besos, Charlie.

Harry releyó varias veces la nota y cuando, finalmente, elevó el rostro y se la devolvió a Draco, todavía parecía incapaz de creerla.

- Imposible - dijo -. Tiene que ser una broma.

- Pues a juzgar por la cara de espanto de Weasley cuando se la quite, y el aspecto de la mordedura de su mano… no, no lo es - rebatió Draco, muy confiado, con una sonrisa triunfante -. ¡Tiene un dragón ilegal! ¿Puedes creerlo? Ni siquiera Goyle sería tan estúpido…

Él arqueó las cejas, pensativo.

- No creo que sea suyo… - opinó prudente -. Sería imposible para cualquier alumno incubar y criar uno dentro del castillo. Además, Hermione dice que los Gryffindor tienen una única habitación por curso, una para chicos y otra para chicas. Eso reduce aún más las posibilidades. Y por lo que dice la carta, Ronald parece bastante ansioso por librarse de ridgeback. No, no creo que el dragón sea suyo - se adelantó a la protesta de Draco y añadió -: Tiene que ser de Hagrid.

- ¿Hagrid?

A juzgar por el escepticismo de su voz, su amigo no había considerado nunca semejante posibilidad. Pero tenía sentido. Hagrid no era del todo humano, era un semigigante, y a pesar de sus cosas buenas, que las tenía, estaba algo loco en cuanto a animales peligrosos se refería. Tom ya había explotado una vez esa debilidad, en tiempos de Hogwarts, pero no lo suficiente para que escarmentara.

- Hagrid siempre quiso tener un dragón, me lo dijo el día en que lo conocí - explicó a Draco.

Se acordaba bien de ese detalle porque lo había considerado un chiflado y se había alejado unos pasos de él, con decepción.

- ¿Por qué iba Weasley a cargar con el dragón del guardabosques si no es responsabilidad suya?

Aquella era una buena pregunta por parte del rubio. Él mismo no lo entendía. Weasley no era ninguna hermanita de la caridad. Debía de haber un motivo. Pero, ¿cuál?

- Quizá esté todavía recavando información sobre el perro de tres cabezas, y sabe que Hagrid podría decírselo… - intuyó lentamente, tras meditarlo unos minutos.

La expresión de Draco se trasmutó al instante, tornándose seria, un poco asustada, e incluso anhelante. Había sido a la vuelta de Navidades cuando Harry le contó todo lo referente al cancerbero, aunque a él ya no le interesara, como muestra de confianza e intentando aplacar el enfado que arrastraba su amigo por los días que paso preocupándose en vano.

Funciono, aunque sólo a medias. El enfado no se disolvió por completo, pero Draco se mostró dispuesto a charlar con él sobre el perro y en averiguar más del objeto que supuestamente guardaba. Al principio predominaba el carácter Slytherin, una fuerte curiosidad respaldada por un temor aún mayor. No obstante, con el tiempo, quizá debido al recuerdo del troll, de lo fabulosamente bien que se había sentido al derrotarlo y de los varios halagos que había recibido por ello, la aventura comenzó a interesarle.

Ahora era Harry quien contenía su deseo escurrirse en el pasillo prohibido del tercer piso y comprobar si los polvos Norghul, que Lucius había regalado a su hijo por Navidad, seria suficientes para petrificar a la bestia de tres cabezas y escurrirse por la trampilla. Él ya se había enfrentado al cancerbero y había sobrevivido por muy poco, continuaba sin deseos de repetir la experiencia sin motivo. Además, dudaba que Draco fuera consciente del verdadero peligro que ésta representaba.

Hasta ahora, protegido siempre por sus atentos padres, sus elfos, y las gruesas paredes de Malfoy Manor, el mayor peligro para su vida lo había enfrentado a manos del troll, del que hubiera podido huir con tan sólo desearlo, y Draco no concebía amenazas mayores que esa. Su mente infantil era absolutamente incapaz de comprender que bajar por esa trampilla podría significar la muerte, el fin completo de su existencia. Para él sólo se trataba de un juego. Y, en cierto sentido, Harry no deseaba destruir esa inocencia. Quizá porque la envidiaba.

- De todos modos… - obligó a su mente a centrarse en el tema -. ¿Qué es lo que piensas hacer con esa nota?

- Avisar a Filch, por supuesto - contestó de inmediato su amigo, como si la respuesta fuera tan evidente que la pregunta resultara extraña -. Y pienso quedarme a presenciar en primera línea como los echan de Hogwarts. Arrastrando un dragón ilegal por la noche… no hay forma humana de que no los expulsen por eso - concluyó, muy alegre.

Harry lo meditó unos instantes, sin compartir la seguridad de Draco. Carecía de cualquier motivo para llorar la expulsión de Weasley: aunque desde que se había enfrentado a él, semanas antes de las Navidades, no había dado señales de volver a molestarlo, a veces Harry lo sorprendía desprevenido observándolo con desagrado y envidia, y sabía que, aunque demasiado cobarde para demostrarlo, Ronald todavía lo detestaba. En su mente, consideraba al niño como una pulga, pequeña e insignificante, incapaz de causar daños graves, pero tan molesta que a veces daban ganas de aplastarla con un manotazo. No planeaba oponerse si Draco decidía dar ese paso, aunque dudaba que fuera suficiente para deshacerse de Weasley como él deseaba. La suya era una familia de la luz, leal a Dumbledore hasta la muerte; el viejo mago lo sabía y no desaprovecharía la oportunidad de labrar un peón más para su ejercito.

Por desgracia, añadió mentalmente, ante la imagen de dos gemelos pelirrojos que, a petición suya, Hermione había identificado como Fred y George Weasley.

- ¿Merece la pena? - inquirió, no con crítica, sino sólo con curiosidad.

- Odio a Weasley - fue la fría respuesta de Draco -. A todos los Weasley. El tío de Flint, Marcus, ha sido condenado seis meses a Azkaban por posesión de artefactos ilegales y peligrosos, por culpa de esas estúpidas redadas promuggle que Arthur Weasley promueve y practica en el Ministerio. Mi padre me dijo que el Ministro le confesó en secreto que Arthur trabaja incansablemente para incluir a los Malfoy en esa lista, y que hay grandes magos ocultos detrás en apoyo a esa petición.

Aquella realidad no extrañó demasiado a Harry, aunque si encendió su cólera. Tom nunca permitiría que ocurriesen tales cosas… Si tan sólo estuviera aquí…

- Envía la carta a Filch - dijo en cambio, decidido a no perder en sueños irreales, mientras se incorporaba del banco, para dirigirse a Encantamientos. La hora de la comida ya había acabado -. Si de verdad expulsan a Ron, la reputación de su padre caerá en picado, y con ella su afición por meter las narices en casas ajenas y destruir todo lo que conlleva ser un mago. Pero no te aconsejo que vayas tú personalmente. Si te atrapan, arruinarás el plan.

Draco se encogió de hombros y emuló sus acciones, tomó consigo un último par de truenos de chocolate, para distraerse con ellos en clase, dejó atrás el banco y lo alcanzó en un par de zancadas.

- Me aseguraré de que nadie me vea... Si Granger no fuera tan mojigata le pediría que me acompañara, ella tampoco lo soporta.

Esa frase sí constituyó una verdadera sorpresa. Harry sonrió sin terminar de creerlo y luego clavó la vista en Draco, burlón.

- ¿Acabo de oír lo que acabo de oír? ¿Tú aceptando que podrías a algún sitio con la "sabelotodo" sin que yo os obligara? ¿Quién te ha hechizado?

Las orejas de Draco se tiñeron de un resultante tono rosa que contrastaba con su palidez habitual, como ocurría siempre que se avergonzaba. Pero no desvió la vista. Un grupo de chicas Ravenclaw pasó corriendo por su lado hacía las puertas del Gran Comedor, atropellándolo en su intento de llegar puntuales a clase. Él las miró enfadado y les lanzó un insulto malsonante. Después se giró hacía Harry, quien no dudo que aquello había sido sólo una distracción para deshacer la vergüenza.

- Sólo era un comentario… - se encogió de hombros, restándole importancia -. ¿Seguro que tú no quieres venir?

Harry agitó la cabeza en señal negativa y decidió no insistir en el tema. La actitud de ambos sobre el otro había mejorado considerablemente desde el inicio del trimestre, quizá porque los dos se hallaron bajo la misma preocupación, quizá porque los dos se hallaron bajo el mismo posterior enfado. Fuera como fuese, los dos habían comprendido que ambos se preocupaban sinceramente por Harry y aquello había diseminado un tanto las tensiones. Por lo menos se toleraban, bajo su extraña forma de demostrarlo. No quería destruir aquello provocándolo demasiado.

- Tengo demasiado sueño para permanecer despierto otra noche, pero llévate la capa - ofreció en cambio, como compensación.

Los ojos de Draco chispearon con envidia, aún agradecidos, y sus labios se abrieron para pronunciar algo más, pero su intento se vio frustrado por una melena larga y desordenada que caminaba hacía ellos desde la mesa Gryffindor.

- No le digas nada a ella - fue todo cuanto llegó vocalizar, antes de que Hermione los alcanzara.

Harry asintió con disimulo, antes de que girarse para sonreír a su amiga. Por mucho que quisiera a Hermione, Draco tenía razón, era demasiado mojigata para aprobar el plan que tramaban. Y ahora él también deseaba que expulsaran a Weasley, aunque sólo fuera para frenar a su padre.

El sábado por la mañana, el primer día del mes de abril, amaneció despejado y muy luminoso, con la luz del Sol resplandeciendo intensamente en el cielo, y por primera vez, él había logrado pasar la noche entera sin sombra de pesadillas, lo que consideró un buen presagio. Como Draco todavía dormía, y la noche anterior le había advertido que no lo despertara hasta pasado el medio día, (quería permanecer bien despierto cuando llegara la noche), Harry tomó consigo su ropa y se vistió en el lavabo, sin hacer ruido.

Una brisa fresca y algo húmeda lo recibió en los jardines cuando se elevó al cielo sobre su nueva y amada Cometa. Después de una breve ducha, y de considerar el tiempo que llevaba sin volar con ella, decidió que aquella era una buena oportunidad de sacar rendimiento al maravilloso regalo de Draco. Curvo ligeramente el palo de la escoba y se elevó más allá de las nueves, donde permaneció unos instantes, antes de hundirse de nuevo en ellas. Las pequeñas gotitas de agua que se aferraron a su rostro tras esa acción, le provocaron una sonrisa. Se sentía tan feliz mientras volaba. Descendió en picado y refreno la escoba a segundos de chocar contra el suelo. Ascendió de nuevo y traspasó el campo de Quidditch en una sola batida. La velocidad que alcanzaba era sorprendente.

Torció a la derecha, y rozó con sus pies las copas de los árboles del Bosque Prohibido. Ascendió de nuevo, sintiéndose libre. No obstante, algo se agito en su estómago mientras sobrevolaba el lago, su mente se nubló y, por un momento, casi estuvo a punto de caer de la escoba. Harry recuperó el control con esfuerzo y aterrizo sobre el césped más próximo. Se sintió mareado, sin comprender bien lo que había pasado. Él era una experto natural en la escoba, nunca había sufrido esos fallos de principiante. Pero al posar la vista en el lago en busca de una explicación, su estómago volvió a agitarse y estuvo a punto de vomitar.

Entonces comprendió. No era tan extraño. Según Pomfrey, él había muerto literalmente en ese lago, aunque luego Snape lograra reavivarlo. Aún recordaba la sensación de ahogo, la impotencia, la consciencia de la muerte… El recuerdo del pasado lo puso enfermo. Ni siquiera era capaz de posar la vista en sus aguas sin marearse. Había desarrollado una fobia. Pero durante meses se había bañado en la pequeña piscina de su dormitorio sin sentir miedo. Harry se preguntó si aquella fobia se relacionaría sólo en el lago donde había caído, o con cualquier espacio abierto que contuviera una gran masa de agua. Confiaba en que fuera lo primero. A él le gustaba el agua.

De regreso al castillo, Harry guardó la escoba en su armario y se cambio la túnica del colegio por una formal de mago, de aquellas que se había comprado en el Callejon Diagon. La capa negra y húmeda por las nubes cayó al suelo y él no se molestó en recogerla, cediendo el trabajo a los elfos. Tras asegurarse de que Draco aún dormía, se secó el cabello con una toalla, limpió los cristales de sus gafas, tomó consigo un par de libros y abandonó el dormitorio de las mazmorras, camino al Gran Comedor.

Allí encontró a Hermione, que lo esperaba en la mesa Gryffindor con un grueso volumen reafirmado en sus manos, leyendo. Ya había acabado su desayuno. Quizá porque intuyó su mirada, la niña levantó la vista del libro y la desvió a las puertas de roble, para sonreír y saludarlo con la mano al reconocerlo. Harry echó un rápido vistazo a su propia mesa, y de nuevo a la de la bruja, juzgando si sería apropiado sentarse a su lado.

Como todavía era temprano, tan sólo unos pocos alumnos de los cursos superiores se hallaban presentes, ingiriendo silenciosamente el desayuno mientras se hallaban absortos en volúmenes gruesos y ajados, más gordos aún que el libro de Hermione. Satisfecho, Harry dirigió sus pasos hacía la bruja, tomando asiento a su lado. Aun así, muchos Gryffindor apartaron la vista de sus estudios y lo examinaron a él con curiosidad. Algunos también fruncieron el ceño y le lanzaron miradas reprobatorias. Pero en la mesa de los profesores, Harry juró que el viejo director sonreía.

- No entiendo estas tonterías - resopló la bruja con desagrado, después de que un par de alumnos rubios de séptimo grado la acusaran durante con la mirada antes de regresar a sus libros -. Tanta rivalidad entre unos y otros… Ronald, por ejemplo, parece creer que cuando el sombrero manda a alguien a Slytherin, éste se convierte automáticamente en un mago oscuro. ¡Pero si somos críos de once años! No creo que nadie de nuestra edad pueda ser verdaderamente malo.

Harry asintió resignado, a él también le sorprendía la simplicidad y lo ridículo de dichas conclusiones. Pero era bueno que Hermione alcanzara esa percepción por sí misma. Supuso que su relación tenía mucho que ver con tal claridad, y decidió contribuir a ensanchar aún más su mirada.

- Bueno… Godric y Salazar fueron serios rivales, aunque poca gente sabe que antes de eso también fueron amigos - aquella era una información que había obtenido directamente de Tom, no se encontraba en ningún libro -.

La bruja lo miró interesada.

- Pero discutieron porque Salazar rechazaba a los hijos de muggles, ¿no?

- Él tenía sus motivos, Hermione - respondió Harry muy serio.

Hermione frunció el ceño y le envió una mirada envarada.

- ¿Cómo puedes decir eso?

- Eran otros tiempos… - se excusó -. Tú conoces la historia muggle. La cristiandad estaba en pleno apogeo y sabes cómo reaccionaban a la magia - él la miro, esperando a que asintiera -. En Hogwarts se produjeron incidentes. Algunos muggleborn dominados por esas creencias se suicidaron, otros llegaron a asesinar a sus compañeros con fuego mientras dormían… - Hermione contrajo los labios con horror -. Los mismo muggleborn corrían peligro. En ocasiones sus familias se revolvían contra ellos y los denunciaban a los curas, los sorprendían por la noche lejos de su varitas y la mayoría de ellos acaba en la hoguera- concluyó, con voz pesada-. No culpo a Salazar por desear mantener a sus alumnos lejos de esos males.

Su amiga había deformado el rostro y parecía incapaz de creerlo.

- Pero, los libros… - protestó.

- Los libros sólo cuentan lo que a sus escritores les interesa contar - la interrumpió Harry, sin pretender ser brusco -. Ya deberías saberlo.

- Pero si los libros mienten, ¿cómo puedes afirmar que lo que tú me has dicho es cierto? - cuestionó ella agudamente -. Tal vez el escritor se lo invento.

- Porque se trata de afirmaciones que concuerdan con el sentido común. Basta conocer mínimamente la historia para llegar a ellas.

Ante aquello la bruja no supo qué contestar.

- De todo modos - continuó Harry, centrándose en el tema principal de la discusión -, eso no nos interesa. La cuestión es que los Gryffindor sangre pura como Weasley - desvió la vista hacía el grupo de séptimo que antes los había incomodado - han crecido mamando que los Slytherin son todos unos futuros mortifagos. Y los Slytherin han crecido escuchando cuentos abuelos sobre el terror de los muggles, y a sus padres diciendo que los Gryffindor únicamente respetan el lado de luz, con afán de destruir cualquier otro. La reputación de las casas las precede, y el sombrero escucha nuestros deseos. Por eso hay tanta rivalidad entre las casas, porque muchos de los Gryffindor, independientemente de sus cualidades, desearon entrar en Gryffindor para enfrentarse a los Slytherin, y muchos de los Slytherin escogieron esa casa para unirse contra los ataques de la luz y defender a la oscuridad.

Hermione que había escuchado en silencio su discurso, asintió, desvió la vista al grupo de Gryffindor y después a la mesa Slytherin. A continuación la centró en Harry. Sus ojos arrastraban una expresión extraña.

- Tú no creías lo que dijiste ayer, ¿verdad? - cuestionó astutamente -. ¿Tú no crees que Dumbledore sea el único a Quien-Tú-Sabes tuvo miedo? Tú… ¿Tú también defiendes la oscuridad?

Las tres preguntas habían sido pronunciadas en un leve susurro, tan bajito que las palabras casi se fundieron en el aire antes de refugiarse en los oídos de Harry. Pero el muchacho logró escuchar lo bastante y frunció el ceño, endureciendo sus rasgos. Aquel era un tema delicado, muy delicado, que había que tratar con astucia y calma, para no asustar a su amiga. Y una respuesta sincera requería también absoluta confianza en ella, pues podría traicionarlo y destruir así su futuro.

- Yo no rechazo la oscuridad, Hermione - explicó con prudencia -, pero tampoco la luz. Según mi opinión, ambas forman parte de un mismo todo, y fueron sólo inventadas por hombres imperfectos hace muchos milenios, en un intento de hacer físico lo que simplemente es magia. Yo amo la magia en cualquiera de sus representaciones o rasgos. Los conjuros luminosos pueden hacer tanto daño como los fundamentos en oscuridad. Y la magia negra puede remediar enfermedades, sanar heridas, y servir al bien humano en la misma medida que la luz. Es el enfoque lo que determina la acción, no el tipo de magia. Por eso yo nunca elegiré entre ellas.

- Pero Voldemort asesinó a tus padres… - replicó la bruja en un murmullo aún más bajito.

Harry luchó para resistir el efecto natural que solían traer consigo esas palabras. No debía pagarlo con Hermione.

- Lo sé - aceptó -. Y desde que él desapareció, bajo la guía de Dumbledore, la política del Ministerio se volvió muy restrictiva con ese tipo de magia. Pero que él fuera un Lord Oscuro no significa que únicamente se valiera de esa magia y desechara las otras. Él título es mucho más antiguo que eso…

Se preguntó si debía explicar a Hermione el poder que esas dos palabras conllevaba, pero consideró que ya había hablado suficiente. Ser un experto en la materia podría resultar extraño, y si ella preguntara, él no podría revelar donde había adquirido esos conocimientos. La bruja quizá consideró también que había escuchado demasiado porque no volvió a preguntar al respecto. De hecho, tras unos minutos en silencio, reflexionando, interrogó a Harry sobre un asunto de los deberes y no hizo más mención al tema.

Él temió que se hubiera asustado pero consideró que, si así fuera, el mejor medio para disipar ese medio consistía en continuar actuando con normalidad, hasta que lo olvidará. Por eso aceptó el giro de la conversación con entusiasmo y permaneció estudiando y practicando nuevos hechizos con ella hasta que acabo la mañana, ya lejos de las puertas del Gran Comedor.

Por la tarde, con el estómago todavía lleno de la comida, corrió al campo de quidditch en compañía de Draco y un pequeño grupo Slytherin, donde transcurrieron varias horas hasta que logró atrapar la Snith, otorgando la victoria a su equipo. Aquella fue la primera vez que Hermione se quedó en las gradas, observándolo jugar. Harry se preguntó si significaba algo. A pocos metros de ella, abrigado por una capa del color de las perlas, Theodore Nott arbitraba el partido.

Muchas horas más tarde, Harry dormía placidamente en su cama y no pudo ser testigo de cómo un malhumorado Draco entraba a zancadas en su dormitorio, arrojaba la capa invisible al suelo, murmuraba unas cuantas palabras malsonantes, enarbolaba la varita, jugaba nerviosamente con ella, volvía a guardarla en el bolsillo interior de su capa, miraba la figura dormida de Harry con frustración y, finalmente, con un suspiro de derrota, se refugiaba él mismo en la calidez de sus propias sábanas.

No fue sino hasta la mañana siguiente que Harry descubrió el malestar de su amigo y la serie de acontecimientos que habían dado ese fruto la noche anterior cuando, desoyendo sus advertencias, Draco eligió presenciar por sí mismo la expulsión de Weasley y su dragón, y tras enviar por carta el aviso a Filch, se cubrió con la capa de Harry y partió hacía la torre de Astronomía. Fue cuestión de mala suerte que, mientras decidía quitarse la capa unos minutos para respirar libremente, siendo aún temprano, fuera McGongall y no Filch quien lo sorprendiera ilegalmente descansando allí. Ella, por supuesto, no había creído ninguna de sus excusas y como resultado Slytherin había perdido veinte puntos y Draco había sido castigado.

- Menos mal que luego Weasley apareció con la maldita jaula del bicho y el inútil de Finnigan, y Filch los atrapó. McGonagall se olvidó de mi y les quitó cincuenta puntos a cada uno. Pero luego la muy bruja nos castigó a los cuatro… - concluyó de relatar, algo afectado.

Harry frunció el ceño. No es que la historia lo sorprendiera demasiado, él ya lo había advertido de los riesgos, pero…

- ¿Cuatro?

- Ah, si… Neville también apareció por allí, ignoró a cuento de qué - explicó el rubio despreocupadamente -. Pero, ¿puedes creerlo? Me arriesgo para destapar la existencia de un dragón y evitar así graves incidentes, y sólo recibo un castigo a cambio. Por lo menos - se consoló, tras un melodramático suspiro -, Gryffindor ha perdido ciento veinte puntos y el gigante se ha metido en serios problemas. Si hay suerte, a lo mejor lo echan y vale la pena el castigo…

Harry, cuyos sentimientos acerca de Hagrid eran bastante contradictorios, se encogió de hombros. No consideraba a Hagrid más útil o más inteligente de lo que juzgaba Draco, pero aún así, quizá debido a los relatos sobre sus padres, guardaba una pizca de lealtad y conmiseración hacía él. Confiaba en que no lo expulsaran. En Hogwarts no representaba ningún peligro para sus planes y, sin embargo, él era feliz con sus animales y su bosque.

Prudentemente, eligió no comentar esto con Draco; en cambio dijo:

- No creo que Dumbledore permita que la historia trascienda.

- Ya - Draco aceptó la verdad sin demasiadas contemplaciones, arrojándose contra el colchón de su cama y cruzándose de brazos, mientras sus ojos se paseaban por las imágenes en movimiento del techo -. Me gustaría escribir a mi padre para contárselo. Forma parte del consejo escolar, tal vez él pudiera hacerlo algo… Aunque no quiero arriesgarme a que se entere de mi castigo. Después de la charla de estas Navidades… seguro que se enfada.

De esa forma concluyó la conversación. Al día siguiente, al final de la clase de pociones, Snape ordenó a Draco que se quedará con él unos instantes.

- ¿Qué es lo que te ha dicho?

El rubio miró a Harry con el rostro cargado de emociones contradictorias.

- Resumiendo: que acepté el castigo que McGonagall me imponga sin renegar, y que continúe con mis esfuerzos por desprestigiar a los Gryffindor, pero que siga tu ejemplo y no sea tan estúpido para dejar que me atrapen de nuevo.

Completamente sorprendido por esa declaración, Harry no preguntó nada más. Pero cuando poco más tarde, Draco recibió la carta de McGongall citándolo a las once para su castigo, ninguno le dio demasiado importancia.

- ¿Qué castigos son comunes en Hogwarts?

Draco se encogió de hombros.

- Depende del director. Mi padre dice que en sus tiempos, el conserje habituaba colgar con cadenas del techo de las mazmorras a los alumnos que sorprendía fuera de sus camas. Claro que a él jamás se atrevió a tocarlo - añadió, como si la simple suposición fuera totalmente descabellada -. Pero tratándose de Dumbledore… - se encogió de hombros con indiferencia -. Seguro que me mandan copiar unas líneas o, como muy malo, limpiar una habitación. Si es así llamaré a un elfo para que lo haga por mi. Diga lo que diga Snape, yo no pienso rebajarme. Y nadie tiene porque enterarse.

Harry sonrió divertido y dio por buenas sus palabras. Pero a la noche siguiente, más allá de la madrugada, cuando el sol ya despuntaba en su cima, el sonido de unos sollozos lo despertó de sus sueños y abrió los ojos para encontrar a Draco acurrucado en un sillón, con temblores que sacudían todo su cuerpo y los brazos enredados fuertemente alrededor de un cojín, mientras se mordía los labios para contener llantos más sonoros. Harry nunca había visto antes lágrimas plateadas en los ojos brillantes de su amigo y supuso que, cómo él, Draco odiaría sentirse tan expuesto, y rechazaría a cualquiera que se atreviera a molestarlo en ese momento.

Con dificultad, permaneció inmóvil en su cama, forzando una respiración regular y sin denotar ningún movimiento que pudiera delatarlo. El sueño lo rehuía, pues era imposible dormir mientras los llantos y la desesperación de Draco continuaran repicando con tanta potencia en sus odios. Deseaba consolarlo, hablar con él, descubrir el mal que lo amenazaba y ahuyentar su temor, pero se forzó a contener sus ansias y a aguardar horas hasta que él quedara dormido.

Sólo entonces apartó las sábanas de sí y caminó con los pies descalzos, sin emitir ningún ruido, hasta la figura pálida y desolada que constituía Draco. Sus brazos todavía aferraban instintivamente el cojín, simulando un abrazo cojo, y sus mejillas relucían aún húmedas, fruto de las lágrimas lloradas. Harry sintió un profundo retortijón en la garganta y su pecho se infló de sincero cariño por su amigo, mientras alzaba los dedos para rozar su frente, y comprobar la temperatura de su cuerpo. ¿Habría debido desoír su intuición y levantarse antes a ofrecerle consuelo?

Desde que llegará a Hogwarts, Draco y Hermione se había convertido en las personas más importantes de su vida, casi tanto como Tom, y no quería perderlos. La sensación, tan simple y sencilla en su origen, supuso toda una revelación para él. Y lo golpeó con miedo. Tom nunca había dependido de nadie. Sus tíos siempre lo habían odiado. Confiar, amar, inquietarse sin repartos por alguien… nunca acaba bien.

Pero contempló de nuevo a Draco, desamparado en su desesperación, y pensó en la sonrisa de la bruja más brillantes de todas, y en la preocupación que ambos mostraban por él, en el abrazo que ella le había dado antes de Navidades… y concluyó que no podía ser tan malo. Que valía la pena arriesgarse. Sin razonamientos, sin intenciones, sin lógica, utilidad y debates… valía la pena simplemente sentir, y arriesgarse.