Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese, Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD


Advertencias: ¡Importante! Sé que dije que éste sería el último capítulo del fic, pero después de que se me alargara más de lo previsto - el capítulo más largo hasta ahora, veinticinco páginas Word -, me veo obligada a tragarme mis palabras y a advertir que habrá un capítulo más. Tras ese publicaré el epílogo en un one-shot aparte, bajo el título: Lores of the Dark: SERPIENTES. (Y antendiendo a todos vuestros reviews, quedad tranquilas, sí, saldrá Snape.)


Decatorias: Quiero dedicar esta capítulo a Septimaluna, cuyo cumpleaños fue el jueves pasado, como regalo y como agradecimiento por llevar conmigo casi desde el principio, y por no olvidar nunca esta historia. ¡Feliz cumpleaños, guapa! También quiero dedicárselo a las ciento dos personas que lo han guardado en favoritos; gracias a ellas y gracias a ti, que estás leyendo esto, prosigue este fic.


Capítulo 14

Tic, Tac. Tic, Tac. El sonido de las agujas del reloj nunca se había hecho tan pesado. Los segundos parecían ralentizarse en minutos y los minutos en horas. Ni Harry ni Draco hablaron. El primero se había sentado sobre su escritorio y paseaba entre sus dedos las hojas de un libro, sin que sus ojos leyeran realmente nada. Draco, en cambio, andaba de un lado a otro del dormitorio con nerviosismo, mordiéndose los labios de manera inconsciente y susurrando hechizos que pudiera serle útiles en una ocasión de peligro; de vez en cuando, lanzaba miradas anhelantes al montoncito de cartas que descansaban sobre su mejilla de noche y se sentía tentado a escribir a su madre, no cómo despedida, sólo por si acaso. Pero siempre acaba sacudiendo la cabeza y reanudado la marcha de nuevo, repitiéndose a sí mismo que no había nada que temer. Que Harry y él saldrían a salvo.

La luna alumbraba ya en lo más alto del Cielo cuando ambos acordaron sin palabras, a través de una grave mirada, que el momento había llegado. Sería inútil retrasarlo más. Los dos tomaron consigo sólo lo esencial, las capas negras del colegio (muy útiles para camuflarse en los pasillos de noche), sus varitas y los polvos Norghul que Lucius había regalado a su hijo las pasadas Navidades. Harry abrió con sumo cuidado la puerta de su habitación, para que no chirriaran, y ambos se escurrieron por los estrechos pasillos que daban a la desierta Sala Común. Ni un alma se escondía entre los oscuros sillones, ni las alfombras frente a las chimeneas, ni las mesas de ébano pulido.

Suspirando de alivio, Draco quiso avanzar directamente hacia la puerta pero Harry sacudió la cabeza y lo obligó a dar un rodeo. Quizá fuera una estupidez, mas cada vez que pasaba frente a la pintura de Salazar tenía la sensación de que sus ojos, verde esmeralda, lo vigilaban y se burlaban de él, de una forma algo distinta a los otros cuadros. No quería arriesgarse a que lo atraparan ahora, escapándose a hurtadillas.

Cerca del lienzo de entrada, ambos muchachos sonreían ya, previendo su victoria, cuando una voz a sus espaldas les congeló el corazón.

- ¡Harry!

Sus pulmones se contrajeron y el corazón de Harry reanudó la marcha a una velocidad exorbitante. Temeroso, casi temblando por lo que se iba a encontrar, volvió el rostro.

- ¿Anne? - la sorpresa y la incredulidad conmutaron su voz.

Ella era la última persona que imaginaba. Pero, efectivamente, allí estaba. Con los mismos cabellos castaños y cortos envolviendo su delicado rostro en forma de corazón, sus ojos semiocultos por el flequillo, y un grueso bulto en las manos, se acercó a Harry.

- Ella me encontró y no quería marcharse - le tendió el bulto a éste, quien comprendió que las sorpresas aún no habían terminado -. Llévala contigo, Harry.

- ¡Sky! ¿Cómo…?

El muchacho miró incrédulo a su serpiente y de nuevo a Anne, en busca de una explicación. Pero supo inmediatamente que de ella no la obtendría. Anne se había agachado para quedar a la altura de la serpiente y acariciaba ahora sus escamas con sus dedos, sin mostrar ningún miedo, ignorándolo a él totalmente.

- Cuida de él, preciosa - pidió la niña a la serpiente -. Tú y yo nos veremos pronto.

Sorprendentemente, pues Harry jamás había visto a Sky reaccionado a las palabras de otro humano, la víbora asintió y laminó la mano de Anne, en una aceptación silenciosa de sus ordenes. Ésta sonrió una vez más y luego, sin despedirse de Harry o de Draco, giró su cuerpo y se alejó de ellos por el pasillo de que conducía a los dormitorio femeninos. De esa forma, ninguno pudo ver la eterna tristeza que, lentamente, iba profundizando en las cuencas oscuras de sus ojos.

Harry persiguió su silueta hasta que ésta se perdió en las sombras por completo, más confuso que de costumbre ante su inexplicable comportamiento. Claramente ella sabía a dónde se dirigían. ¿Cómo? También les había entregado a Sky y había pedido a la serpiente que lo protegiera. ¿O era sólo una coincidencia? No lo sabía, pero algo en la expresión de la niña lo había herido muy adentro, sin llegar a entenderlo. ¿Quién era? ¿Y por qué siempre se alejaba?

- ¿Nos vamos ya o esperamos a que nos atrape alguien más? - interrumpió la voz fastidiada de su amigo.

Harry parpadeó un par de veces y miró a Draco, que arqueaba las cejas con irritación. A veces le ocurría. Probablemente, hubiera transcurrido demasiado tiempo absortó sólo en sus pensamientos, ausente de la realidad.

- ¿Y qué hacemos con Sky?

La serpiente te había enroscado con fuerza alrededor de su brazo y no parecía dispuesta a soltarlo, por mucho que él lo intentara. Regresar de nuevo a su dormitorio supondría tentar demasiado a la suerte, cosa que Harry no le gustaba. Habían logrado escapar sin ser vistos una vez, pero dos…

Su amigo se encogió de hombros, con indeferencia.

- Llevémosla con nosotros. ¿No era eso lo que esa loca quería?

Draco no había llamado loca a Anne para ofenderla, sino simplemente porque de verdad creía que lo era. O por lo menos un poco chiflada. Claro que él solía adjudicar ese concepto a todas las personas cuyas acciones eran incomprensibles, o cuyo comportamiento volaba muy lejos de los esquemas que le habían inculcado siendo un Malfoy. Como Harry. Pero Anne estaba todavía mucho más loca que Harry. Y aun así, Harry era su mejor amigo.

Asumiendo que llevarla consigo era la mejor opción, Harry asintió, solicitó a Sky que se sujetara con fuerza a su brazo y siguió a Draco a través del retrato. Le hubiera gustado discutir con éste su inesperado encuentro con la niña, y preguntarle si él realmente creía que ella pudiera saber algo sobre la Piedra y lo que se disponían a hacer con ella, pero no hubiera sido prudente elevar la voz por los pasillos a aquellas horas, ni siquiera en las mazmorras. Uno nunca sabe quién podría estar escuchando.

Como punto positivo, aquel encuentro sirvió para paliar un tanto el nerviosismo a ambos; de modo que, mientras atravesaban el cuadro de una bruja de cabellos morados que volaba sobre el lomo hipogrifo completamente blanco, especia casi extinta y muy codiciada, pasaje secreto que los conduciría directamente al tercer piso, ninguno de los dos parecía tan asustado como lo habían estado minutos antes, en la quietud de su dormitorio. O por lo menos, así fue hasta llegar a la última gran puerta de roble, la que les impedía el paso.

El corazón de los dos latió con violencia. Sabían bien lo que se ocultaba tras esa muro de hierro y madera. Draco miró a Harry, y sus piernas temblaron bajo la larga y oscura capa de Hogwarts.

- Aquí es - confirmó el moreno, sin que fuera necesario que él expresara en voz alta su pregunta -. Hemos sido afortunados de no encontrar a nadie durante el camino.

Únicamente habían tenido que esconderse de un par de fantasmas que se deslizaban por los oscuros pasillos, y casi los atrapan al salir del pasadizo. Pero ellos ni siquiera contaban como gente viva.

- Si… - asintió Draco, más para sí mismo que para Harry -. Es un buen augurio… de momento.

- Muy bien - su amigo tomó el mando, murmurando un hechizo que logró abrir el candando pero mantuvo todavía la puerta bien cerrada -. ¿Qué te parece esto? Yo abro la puerta a la de tres y tú le arrojas los polvos al bicho. ¿De acuerdo?

- ¿Por qué no abro yo la puerta y tú le lanzas los polvos?

Harry se encogió de hombros, con indiferencia.

- Si lo prefieres...

- No. No, es igual. Lo haré yo…

Quizá envalentonado por la fortaleza de Harry, Draco avanzó unos pasos, se detuvo frente a la puerta, y apretó los párpados con fuerza.

- Ni se te ocurra contar hasta que yo te diga - advirtió, sin abrir aún los ojos -. Muy bien… - murmuró en voz baja para sí mismo -. De acuerdo… Puedes hacerlo. Inmortalidad, oro y más oro… Más aún del que ya tienes. Serás rico y famoso y los demás se inclinaran ante ti… Se la robarás al viejo loco en sus narices y te burlarás de Weasley por no haberla conseguido antes… Tu padre se sentirá orgulloso. ¡Vamos, Draco! Esto fue idea tuya, así que no puedes acobardarte ahora… ¡Eres un maldito Malfoy, demuéstralo!

En ese momento, abrió los ojos de golpe y clavó la vista en su amigo, que trataba a todas luces de disimular su sonrisa. Pero con toda su atención concentrada en la puerta, Draco ni siquiera se percato de ello.

- Vamos, Harry… ¡AHORA!

- Una… Dos… ¡Tres!

Él tomó aire y Harry abrió la puerta, ambas acciones compenetradas en menos de un segundo. El perro saltaría contra ellos en ese mismo momento, ya. Debían de estar preparados… Su furia no conocería límites…

O eso se suponía... Porque lo único que escapó de aquella habitación, transcurridos varios instantes, fue un inmenso y ensordecedor ronquido. Lentamente, con precaución, casi convencidos de que todo era un treta de la bestia, que se lanzaría a por ellos en el menor descuido, ambos se atrevieron a asomar sus cabezas a través del umbral.

- ¿Qué? ¿Eso es todo?

Y si no fuera una reacción irracional e imposible, cualquiera diría que la voz de Draco sonaba decepcionada. Harry se encogió de hombros, sin mirar a su compañero, y sus ojos poseían también un matiz de vergüenza envuelto en sus resplandecientes cuencas verdes..

- Oh, bueno… -se disculpó el muchacho-. Te aseguro que su parecía más aterrador cuando estaba despierto.

Un nuevo ronquido del "aterrador" perro fue la chispa que corono su frase. Pero es que, así dormido, con dos de las cabezas acurrucadas cual cachorros alrededor de la tercera, los dientes ocultos y varios litros de babas escurriendo por su barbilla, la inmunda bestia casi se asemejaba más a un cachorrillo inocente que a un monstruo.

- Tanta susto para nada… - se quejó de nuevo el rubio con un suspiro, mientras se introducía valientemente en la sala -. ¿Y ahora qué?

- Deberíamos apartar su zarpa para colarnos por la trampilla - racionalizó Harry, tras echar un breve vistazo a su alrededor -. Aunque que sería más prudente que le lanzarás una ración de polvos, de todas formas. Sólo por si se le ocurre despertarse.

Pese a que no dudaba en criticar el aspecto impotente del chucho, Draco tampoco dudó en hacer tal cual Harry le pedía. Se acercó a una de las tres cabezas, la que quedaba más descubierta, y la rocío de polvos dorados. El perro estornudó y después volvió a roncar, más sonoramente, para quedarse completamente mudo.

- Augggh… - protestó el rubio apartándose, con una mueca de asco -. Su aliento apesta. ¿Y qué es eso de ahí? - sus ojos se habían detenido en un arpa de cuerdas dorada y en una especie de guitarra muy extraña, con seis cuerdas, pero de un modelo que él nunca había visto -. ¿No me digas que el loco del guardabosques viene aquí a cantarle canciones de cuna?

Harry, que ya había conseguido apartar la zarpa y contemplaba la boca de la trampilla con triunfo, siguió los ojos de su amigo hasta dar con la guitarra.

- No lo creo… - murmuró para si mismo, habiéndose arrodillado frente al instrumento, examinándolo ahora con el entrecejo fruncido -. Esto me suena… ¡Es una guitarra de juguete muggle! ¿Qué serpientes hace aquí? Espera… - se giró hacía Draco, con los ojos muy abiertos -. ¿Has oído eso?

- ¿El qué?

- Eso… ¡Alguien esta pidiendo ayuda! - exclamó, lanzándose hacía la trampilla. La abrió con esfuerzo tras un par de intentos, pero el interior estaba demasiado para distinguir nada -. ¡Lumos! - Activó la luz de su varita. Draco ya se había arrodillado a su lado -. ¡Por Salazar! ¿Eso es…? ¿Y ellos son…?

Su amigo asintió en las ambas ocasiones, tan sorprendido como él, antes incluso de que llegara a concluir las proposiciones. Justo debajo de la trampilla, a varios metros de profundidad, una indistinguible cabellera pelirroja junto a otra castaña, luchaban por librarse del mortal abrazo de los brazos planta, que no tardaría ni un par de minutos en triturar por completo sus cuerpos.

- ¡Es el Lazo del Diablo!

- ¡Pero serán idiotas! Mira que lanzarse allá bajo sin preocuparse por dónde caerían… - los crítico Draco muy molesto, aunque no demasiado preocupado. Luego miró a Harry, que lo miraba a él, formando un puchero -. ¿De verdad es necesario?

Éste correspondió su expresión con una mueca, pero finalmente se encogió de hombros, resignado.

- Supongo que Hogwarts sería muy aburrido sin un idiota que restara puntos a Gryffindor…

Draco suspiró y se encogió de hombros, dando por válida su respuesta. (Qué se le iba a hacer. Después de todo, la vida nunca es perfecta.) A continuación, ambos agitaron sus varias a un tiempo, y dos relámpagos de luz solar, cargados ambos con el poder del fuego, surgieron de sus extremos para estrellarse contra la planta, que emitió un estremecedor chillido antes de replegarse en sí misma, liberando a sus prisioneros y escalando hacía la tenebrosa oscuridad que le ofrecían las paredes del techo. Los cuerpos de Weasley y Finnigan se estrellaron contra el suelo, con sendos golpes, y el camino hacía la Piedra quedó despejado.

- ¿Tú primero, compañero? - ofreció Harry cortésmente -. ¿O los dos a la vez?

- Los dos está bien.

- ¡Wingardium Leviosa! - pronunciaron ambos simultáneamente, apuntado al otro con sus varitas.

Draco sonrió mientras sentía como su cuerpo se elevaba hacía el aire, para después iniciar un lento descenso por de la boca de la trampilla. Harry también observaba la ingravedad de sus pies fascinado.

- Esto es muchísimo mejor que viajar es escoba… - murmuró uno de ellos, haciendo eco de los pensamientos del otro -.

Cuando finalmente aterrizaron en el suelo, portando ambos sonrisas muy satisfechas, Weasley y su compañero aún no se había incorporado, sino que continuaban jadeando en el suelo. El segundo parecía haber perdido la consciencia, pero respiraba. Tanto él como Finnigan guardaban visibles marcas de su enfrentamiento con la planta y en sus ojos brillaba el terrible conocimiento de que, si no llega a ser por Harry y por Draco, ninguno de los dos hubiera vivido para contar ese día.

No obstante, si Harry confiaba en que aquella deuda sería suficiente para que no dieran problemas y accedieran a marcharse rápidamente de allí (el muchacho aún no descartaba la opción de repartir un Oblivate para ambos), se equivocaba terriblemente. En cuanto el hechizo concluyó y su cuerpo volvió a pesar sobre sus pies, el pelirrojo comenzó señalarlo, gateó como pudo hasta él y balbuceó como un loco:

- No, no, no… Tú no… Él está aquí… Snape y él… Tienes que irte… No digas su nombre… ¡Te matará! Dumbledore… no está… ¡Huye! ¡Huye!

Harry distorsionó su rostro en una mueca que mezclaba el asco y la conmiseración, preguntándose si la experiencia tan cercana a la mueca habría sido suficiente para destruir la cordura de una mente, de por sí, frágil y rencorosa.

- ¡Oh, serpientes!

Sin tantas contemplaciones, harto ya de sus tonterías Gryffindor, Draco se acercó a Weasley, lo apartó de las rodillas de Harry de un tirón, y roció sus rostro con unos extraños polvos dorados.

El efecto de los Norghul fue inmediato, casi un milagro: los balbuceos del chico se apagaron y, aunque en un principio continuaba moviendo sus labios, ya no fue capaz de articular una palabra más. Sus ojos, antaño aterrorizados, se cerraron, su respiración se tornó rígida y uniforme, y su cuerpo cayó al suelo, profundamente dormido.

¡Bendito silencio! Draco sonrió con alivio y satisfacción, muy ufano de sí mismo. Harry, en cambio, frunció el ceño.

- Hubiera sido mejor petrificarlo… - dijo -. Ahora no quedan polvos para más tarde.

- Con semejantes pruebas, tampoco creo que nos hagan falta - el rubio desechó su preocupación, encogiéndose de hombros -. ¿En qué pensaba Dumbledore?

Interiormente, Harry se mostró de acuerdo. Ni el perro ni el Lazo representaban un peligro real para cualquier mago experimentado. Ellos eran dos críos que no había acabado primero y lo había superado. Hermione también hubiera sido capaz de hacerlo. ¡Si hasta Ronald había conseguido burlarse del perro!

No obstante, decidió no manifestar esa impresión en alto. No sería sabio tentar a la suerte mientras aún quedaran más pruebas.

Avanzaron por un estrecho pasadizo de paredes muy húmedas, construidas ahondando en la piedra, e iluminado por antorchas que se encendían a su paso. A los pocos minutos, comenzaron a escuchar un tintineo, como de aves.

- ¿Oyes eso?

Harry asintió. Continuaron andando hasta que, finalmente, legaron al rellano donde concluía el pasillo, donde nacía una habitación brillantemente iluminada, con el techo abovado tallada en un mental resplandeciente. Estaba llena de pajaritos brillantes que volaban por toda la habitación. En el lado opuesto, había una pesada puerta de madera.

- ¿Crees que nos atacarán si cruzamos la habitación? - preguntó Draco, con el entrecejo fruncido.

No le agradaba la posibilidad ser picoteado por un montón de pajarracos locos que estropearan su túnica nueva. Como parte positiva, dudaba que fueran capaz de hacer algo más grave.

- Quizá - inclinó la cabeza Harry, bastante inseguro -. No parecen muy mortíferos… ¿Y si esconden algún hechizo?

- ¿Por qué no dejas a la serpiente que vaya primero?

La sugerencia de Draco causó que Harry frunciera el entrecejo. No le gustaba la idea de arriesgar otra vida, serpiente o no, por algo que desde el principio había sido responsabilidad suya. Pero entonces recordó que necesitaba la Piedra para ayudar a Tom y que, si él fracasaba, era muy probable que el Diario acaba en las manos del director, o en las de alguien peor.

Suspiró y miró a Sky, que continuaba enroscada alrededor de su brazo.

- Tienes que reptar por el suelo e intentar atravesar esa otra puerta - le explicó a la serpiente lentamente, arrodillándose y extendiendo su brazo cerca del suelo -. Pero si ves que alguien te ataca, retrocede inmediatamente y regresa conmigo, ¿de acuerdo?

- Si amo, Harry Sky reptará y retrocederá si alguien la ataca

Con el corazón en un puño, el muchacho permitió que se alejara; pero se fue relajando al ver que nada la golpeaba mientras llegaba al otro lado. La serpiente giró entonces la cabeza hacía a él y lo miró con los ojos muy grandes. Harry sonrió, e instó a Draco para que lo siguiera.

Cruzaron la habitación corriendo, aunque como en el caso de Sky, nada ni nadie intentó detenerlos. No fue sino hasta llegar a la puerta que comprendieron que la huida no sería tan fácil pues, al mover la manija, ésta estaba cerrada con llave. Tiraron y empujaron, pero la puerta no se movía, ni siquiera después de que Draco intentara volarla con un Bombarda, harto de ver como el Alohomora no surgían ningún efecto.

Desesperado, Harry se distrajo con el aleteo de los pájaros. ¿Qué hacían ahí? No les habían atacado, pero sería extraño que se trataran de simple decoración. Fue entonces cuando se fijó en sus alas, y en los cuerpos menudos que flotaban entre ellas. ¡No eran pájaros, eran llaves! Y sin duda, una de ellas debía de abrir la puerta.

Se lo dijo a Draco y lamentó haber pospuesto el "Accio" a favor de un hechizo de Defensa para duelos, uno que repelía las maldiciones más suaves, en su última practica con Hermione.

- No, Harry… ¡Mira eso! ¡Escobas! Seguro que es así como hay que conseguir la llave. No con un hechizo… ¡Volando!

Desde ese momento, la prueba, quizá ardua y difícil para un cuarentón con calva y vientre abultado estómago, se convirtió en la favorita para ambos. Se asemejaba más a un juego que a un verdadero obstáculo. Las llaves era muy rápidas, casi invisibles de ver e imposibles de atrapar, y les costó un tiempo identificar la que abriría la puerta. Pero tanto Draco como Harry eran dos excelentes jinetes de escoba, y tras un par de minutos y unas cuantas maniobras, el segundo consiguió atrapar la llave.

Se agitaba y tenía un ala torcida, como si ya la hubiesen atrapado antes en otra ocasión. Harry la estrechó con fuerza contra su puño, imposibilitando su resistencia. La introdujo en el viejo picaporte y éste chirrió al abrirse. Mientras, Harry enrollaba de nuevo a Sky alrededor de su brazo, ordenándole que permaneciera en silencio y escondida, ambos amigos sonrieron. La tercera prueba había sido superada.

La siguiente habitación estaba tan oscura que no pudieron ver nada, pero cuando estuvieron dentro la luz súbitamente inundó el lugar, para revelar un espectáculo asombroso. Estaban en el borde de un enorme tablero de ajedrez, detrás de las piezas negras, que eran todas tan altas como ellos y construidas en lo que parecía piedra. Frente a ellos, al otro lado de la habitación, estaban las piezas blancas. El cuerpo de Draco se estremeció ligeramente y Harry tuvo que luchar para mantener su expresión inamovible: las piezas blancas no tenían rostros.

- Qué escalofríos… ¿Significa esto lo que creo que significa?

Harry no supo bien que contestar, aunque interiormente abrigara los mismos temores que su amigo. Mordiéndose el labio, avanzó por el tablero y trató de alcanzar el otro extremo. Pero cuando llegó el momento de atravesar las piezas blancas, los peones cobraron vida y interpusieron fieramente sus espadas en el camino.

- Me temo que sí - confirmó -. ¡Mierda! Tú y yo somos basura en el ajedrez. Hasta Hermione es capaz de ganarnos… ¿Cómo serpientes vamos a conseguir cruzar?

Pero para su sorpresa, Draco había transformado su expresión de derrota y, ahora, sonreía con ese tipo de sonrisa que únicamente usaba cuando sabía algo que los demás no, o cuando se sentía especialmente orgulloso de sí mismo y sus ideas, con el extremo izquierdo de los labios torcido hacía arriba y el ceño ligeramente contraído.

- Ya te lo dije antes, ¿no? - bromeó, guiñándole un ojo, ante la confusión de su amigo -. Vamos a conseguir la Piedra porque somos Slytherin, y los Slytherin nunca juegan… Hacen trampas.

- ¿Qué…?

Todavía confuso, Harry lo observó retroceder hasta la sala anterior y regresar de ella con un par de escobas, una en cada mano. Lentamente, empezó a comprender. Y se alegró todavía más de que Draco fuera su amigo, y de haberlo traído con él en esa aventura.

- ¿Quién quiere cruzar el tablero cuándo puede sobrevolarlo en escoba? - se burló el rubio, muy ufano, después de tenderle una escoba a Harry y golpear el pie derecho contra el suelo para elevarse en el aire.

Harry, que había imitado los movimientos de su amigo y observaba ahora, desde el aire, como muchos metros más abajo las piezas blancas se enfurecían e intentaban atraparlo, sin éxito, no pudo sino reír y elogiar la mente de su amigo. En ocasiones, era mucho más Slytherin que la suya propia.

- ¡Recuérdame que te de un beso cuando aterricemos! - bromeó -.

- Te lo agradezco Potter, pero no te ofendas… - se carcajeó el otro -. Eres famoso y todo eso… y no demasiado feo, pero creo que sigo prefiriendo besar a Parkinson… Ella, además, tiene un par de buenas tetas… ¡Y ya verás lo grandes que se le ponen cuando crezca!

Sonrojándose violentamente, Harry se atragantó y tuvo que realizar una veloz maniobra para no acabar empotrando la escoba contra la pared. Arqueó las cejas y miró a Draco, que continuaba volando como si nada. Bueno, supuso que en el fondo no era para tanto. Pero era la primera vez que escuchaba la palabra "tetas" salir de la boca de alguien con tanta naturalidad.

- Ugggh¿Qué es esa peste?

La pregunta lo distrajo lo suficiente para olvidar el tema.

Habían aterrizado a la entrada de un pequeño túnel, dejando atrás las escobas voladoras, aunque no ha demasiada distancia, por si volvían a necesitarlas. Y conforme avanzaban por el pasadizo un olor pestilente iba invadiendo sus fosas nasales, una mezcla de tomate podrido, calcetines sucios y orina. Draco sufrió un par de arcadas y tuvo que cubrirse la nariz y la boca para no vomitar. Harry también sintió como sus ojos escocían de la peste.

Tras llegar al túnel, el muchacho abrió la siguiente puerta sabiendo, con anticipo, de lo que iba a encontrar. Y en efecto, un enorme troll, más grande que él habían vencido en Halloween, ocupaba toda la estancia, de más de diez metros. Pero contrario a lo que esperaba, el troll no se lanzó contra ellos con su garrote, sino que estaba tumbado en el suelo, y algo en su expresión o en la posición de su cuerpo, o quizá en el boquete sangrante de su coronilla, indicó a Harry que no se encontraba allí por casualidad. Alguien lo había derrotado.

Mediante señas, trató de indicar a Draco que hablarían sobre ello más adelante, aunque bien podría habérselo ahorrado. Mortalmente pálido y con expresión enferma, Draco ya había huido corriendo por el único pasillo que avanzaba hacía la Piedra, incapaz de soportar un instante más ese ambiente envenenado.

Abrió la próxima puerta, casi sin atreverse a ver lo que seguía... Pero no había nada terrorífico allí, sólo una mesa con siete botellas de diferente tamaño y color puestas en fila. Pasaron el umbral y de inmediato un fuego se encendió detrás de ellos. No era un fuego común, era púrpura. Al mismo tiempo, llamas negras se encendieron delante. Estaban atrapados.

A Draco no pareció importarle.

- ¡Menos mal! - se dejó caer en el suelo, respirando aire con sus pulmones varias veces seguidas -. Un segundo más y moría.

Harry, por el contrario, no estaba para tales celebraciones.

- ¿Has visto a ese troll? ¿Entiendes lo qué significa? Puede que no seamos los únicos que van tras la Piedra.

- Claro que no lo somos… - Todavía repantigando sobre el suelo, Draco desechó sus observaciones con un gesto despreocupado -. Weassel y Finnigan también lo intentaron, pero no han llegado tan lejos… En fin, ¿ahora que sigue?

A punto de replicar, Harry finalmente optó por morderse la lengua y descubrir en qué consistía la siguiente prueba. Si realmente había alguien más, alguien que les llevaba la delantera, acabarían enfrentándose a él en el momento preciso. Mientras tanto, no valía la pena distraerse por ello.

- ¡Mira! - distinguió un pergamino escrito, que estaba cerca de las botellas, y lo cogió con cuidado -. Es una adivinanza.

El peligro yace ante ti, mientras la seguridad está detrás,

dos queremos ayudarte, cualquiera que encuentres,

una entre nosotras siete te dejará adelantarte,

otra llevará al que lo beba para atrás,

dos contienen sólo vino de ortiga,

tres son mortales, esperando escondidos en la fila.

Elige, a menos que quieras quedarte para siempre,

para ayudarte en tu elección, te damos cuatro claves:

Primera, por más astucia que tenga el veneno para ocultarse siempre encontrarás alguno al lado

izquierdo del vino de ortiga;

Segunda, son diferentes las que están en los extremos, pero si quieres moverte hacia delante, ninguna es tu amiga;

Tercera, como claramente ves, todas tenemos tamaños diferentes: Ni el enano ni el gigante guardan la muerte en su interior;

Cuarta, la segunda a la izquierda y la segunda a la derecha son gemelas una vez que las pruebes, aunque a primera vista sean diferentes.

Harry se mordió el labio.

- Esto no es magia, es lógica - dijo, volviendo a leer el papel -. Supongo que con algo de tiempo no será tan difícil resolverlo.

- ¡Trae aquí! - Draco le arrebató el pergamino de un manotazo, sin molestarse por sus protestas -. Conozco esta letra, es de Snape. Seguramente también halla sido él quien ha fabricado esas pociones. Esto será fácil…

Sin molestarse en exponer su plan, de nuevo con esa sonrisa que Harry odiaba y adoraba a partes iguales, se arrodillo frente a las pociones, rajó la yema de su dedo anular izquierdo con la punta de la varita, exprimió el corte, y aplicó unas pocas gotas de sangre en cada una de las pociones.

- Lo tengo - se incorporó entonces -. Esta, esta y esa son veneno. Esas otras dos son vino. Ésta - señaló a una botella de paredes romboides, que contenía un líquido dorado -, os llevará atrás en el fuego. Y esa de ahí nos llevará hacía adelante.

Harry se acercó a esa última y la examino de cerca. Era una botella pequeña, con un líquido escarlata brillando a través del vidrio transparente. Únicamente había para un trago.

- ¿Cómo sabes que es esta? - le preguntó a Draco, reprochándose a sí mismo el deje de desconfianza.

- Desde el principio lo sospechaba - arguyó este -. Si te fijas bien, cada botella posee un color diferente, pero entre todos ellos suman los colores de las cuatro casas de Hogwarts, a excepción del negro de Hufflepuff, que en sí mismo no es ningún color, sino la suma de todos ellos. Lo lógico, conociendo a su creador, sería pensar que son los colores Slytherin los que guardan las pociones más útiles, mientras que los Gryffindor esconden veneno. Pero Snape tiene un sentido del humor bastante retorcido, así que desde el principio aposte por la ecuación inversa.

- ¿Y para que querías la sangre?

- Bueno, como comprenderás no iba a apostarme la vida por una simple intuición - bufó el rubio, casi ofendido -. ¡No soy ningún Gryffindor! ¿Recuerdas que cuándo te dije que había estado dando clases de pociones durante el verano? - su voz había cambiado totalmente, adoptando un tono serio y grave -. Snape me enseñó un truco casero para detectar venenos que no funciona con todos, pero si con la mayoría. Cuando un mago diluye su sangre en una poción, ésta burbujea, porque detecta su magia. Pero si la pócima es venenosa, entonces la sangre se tiñe de negro, como advertencia de lo que le sucederá al beberla. Mi sangre se tiñó de negro en tres ocasiones, y burbujeó en otros dos. Luego leí el papel y la ecuación se resolvió fácilmente.

- Vaya… - Harry lo contempló admirado -. ¿Por qué Snape no enseña esas cosas en clase? Sería mucho más útil que cualquier poción contra los furúnculos…

Draco sonrió y murmuró algo que sonó como: ¿No me oíste decir a Granger que yo soy su alumno favorito? Pero en seguida su rostro perdió la sonrisa y su atención se concentró en la botella escarlata. Había reparado en lo mismo que Harry minutos atrás. No quedaba suficiente poción para los dos. Únicamente uno podría avanzar a través de llamas del fuego negro. Pero, ¿quién?

- ¿Lo echamos a suertes? - sugirió el moreno, tontamente.

Si no tuviera sospechas de que alguien ya había cruzado esas llamas y, quizá, se había apoderado ya de la Piedra, no dudaría en ofrecer a Draco el sorbo. Aunque la desconfianza fuera típicamente Slytherin y, de vez en cuando, Harry tuviera sus dudas, conocía a su amigo lo suficiente para saber que compartiría con él la Piedra después de conseguirla. Pero existiendo alguien más, alguien sin rostro, ¿debería Draco enfrentarse a él por la victoria? ¿Sería capaz de vencerlo? ¿O lo estaría enviando a la muerte al permitir que cruzara esas llamas?

Escuchó un suspiró de Draco y, para su sorpresa, cuando giró la cabeza hacía él, sonreía.

- No hará falta echarlo a suertes - desechó, con un gesto de mano -. Cruzaremos los dos.

Antes incluso de que Harry tuviera tiempo para protestar, había sacado la varita y apuntando con ella a la pequeña botella, murmuró:

- ¡Releido!

El líquido burbujeó unos instantes y, a continuación, por arte de magia, se expandió hacía arriba, ocupando ahora el total de la botella.

- ¿De dónde has sacado ese hechizo? - exclamó Harry, entre el asombro y los celos.

Draco sonrió con maldad, esa pose tan característicamente Slytherin que denotaba todas sus malas cualidades.

- ¿De verdad pensabas que tú y Granger erais los únicos que practicabais hechizos a escondidas? - cuestionó retóricamente -. Tal vez resulte que mis hechizos eran mejores que los vuestros… Y ahora, ¿vamos a por la Piedra?

Harry decidió que lo mejor era tomarse a broma el asunto y aceptó la botella cuando Draco se la paso, después de él haber ya bebido. Por primera vez, tuvo conciencia del vocear que pendía de un collar alrededor de su cuello y agradeció que Tom que lo hubiese obligado a llevarlo siempre consigo desde principio de curso. Tal vez, si Draco hubiese errado en sus suposiciones, no sería el final de todo. Bebió y sintió que él líquido se expandía en su sangre como si fuera hielo. Pero no había rastro de veneno.

- ¿Estás bien? - se aseguró, mirando a Draco.

Éste asintió, aunque también compuso una mueca de asco.

- Si. Pero me ha dejado helado.

Se miraron entre sí y después clavaron la vista en el fuego negro; ambos supieron que había llegado el momento. Habían superado a Fluffy, habían superado el Lazo de Diablo de la profesora Sprout y las llaves encantadas del profesor Flitwick. Se habían burlado del ajedrez mágico de Minerva, habían escapado del pestilente troll de Quirrell y habían derrotado la aplastante lógica de Snape. De alguna manera, ambos intuían que ya no quedaban más pruebas. En la siguiente puerta encontrarían la Piedra. Y a quien quiera que, como ellos, estuviera tratando de robarla. Entonces, Harry y Draco se tomaron de la mano y saltaron a las llamas que les conducirían hacía la Piedra y hacía su destino.

Efectivamente, ya había alguien allí. Se trataba, nada más y nada menos, de la última persona que cabía esperar, o así lo creía uno de ellos. Desde el medio de la sala, con su túnica vieja y de segunda mano y su ridículo turbante, los contemplaba el profesor Quirrell, y no parecía en absoluto sorprendido de verlos. La impresión fue tal que, tras un primer segundo, Draco rompió a reír a carcajadas. Se carcajeó tan fuerte que cayó al suelo de rodillas, se apretó el estómago con la mano, y continuó riendo. Rió y rió, hasta que con un chasquido dedos, y una expresión ilegible y mortalmente diferente, la magia de Quirrell lo envió a estrecharse directamente contra la pared.

- ¡Draco!

Harry gritó, se escuchó un golpe, y el cuerpo del niño cayó contra el suelo. Sus ojos lo buscaron y Harry vio en ellos un sombra de burla, desconcierto, terror y sorpresa, pidiendo socorro a gritos pero incapaces de entender qué lo había golpeado. Luego, lentamente fueron cerrándose en la inconsciencia.

- Draco…

Lo miró una vez más y trató de acariciar su conciencia con su propia mente, relajándose perceptiblemente al percibir su fuerte torrente de vida. La herida no podía ser muy grave. Pero no corrió junto a su cuerpo como deseaba; no comentaría el error de Draco dándole la espalda a Quirrell.

A diferencia de su amigo, él siempre había sentido algo distinto sobre aquel profesor, una sensación que iba más allá de su tartamudeo, su turbante y sus andares huecos, diría más, que contrastaba fuertemente con ellos. ¿Pudiera ser Quirrell toda una visionaria fachada, diseñada con meses y años de antelación para culminar en aquel preciso momento, apoderándose de la Piedra? ¿Hasta qué punto su propio instinto era correcto y hasta que punto llegaba el poder de él?

- Me preguntaba si nos encontraríamos aquí hoy, Potter - dijo el profesor, sin rastro de su habitual tartamudeo -. Aunque me sorprendiste al llegar junto a tú estúpido compañero… Ahora ya no podrá reírse de nadie, ¿verdad?

El muchacho no contestó. Contemplaba a Quirrell fijamente, pero en realidad no lo observaba a él, sino al alto e imponente espejo que descasaba a sus espaldas.

- ¡Ah, si! - el otro reconoció su mirada -. El espejo de Oesed. La clave para llegar a la Piedra… Cabía esperar algo así por parte de Dumbledore. Pero ahora él está en Londres y cuando pueda volver… en fin… yo ya estaré muy lejos y tú… tu estarás muerto, Potter.

Sonrió cruelmente y chasqueó los dedos, pero Harry estaba preparado. Unas cuerdas surgida de la nada se lanzaron contra él con afán de apresarlo. Con los reflejos del mejor buscador amateur de su curso, se echó a un lado para evitarlas y exclamó, reuniendo todo su magia en un único deseo:

- ¡Protego!

El hechizo formó un escudo transparente de trescientos sesenta grados alrededor de su cuerpo, que lo protegió de las cuerdas y absorbió el poder del conjuro de Quirrell, pero el precio fue alto, pues Harry cayó de rodillas al suelo, exhausto. Él era poderoso, muy poderoso. Únicamente un mago de gran nivel sería capaz de enfocar tanta mágica sin ayuda de una varita.

Quizá imprudentemente, trató de rozar su conciencia igual que minutos antes había hecho con Draco. Pero lo que percibió dentro de aquella mente lo aterrorizó por completo: Quirrel no era, no podía ser humano. Sentía como si dentro de él conviviesen dos esencias, una débil, sometida, agonizante… y otra fuerte, poderosa, más poderosa aún que Dumbledore, quizá (y a Harry le producían escalofríos de sólo pensarlo), superior incluso a Tom. Oscura, latente, pero al mismo tiempo carbonizada, envuelta en una masa de maldiciones, veneno y horror.

- ¿Quién eres? - inquirió, con el corazón latiendo desbocado en su pecho. Y la pregunta iba mucho más allá de las simples palabras.

- Soy un hombre libre, Potter. Un hombre que se liberó a tiempo de las mentiras y los engaños de los magos. Un hombre que eligió vivir su vida con una propósito más elevado que el de los simples mortales, continuamente al servicio de mi maestro.

No fue sino hasta aquel momento, como un flash back, que Harry comprendió que no era la primera vez que sentía esa mezcla de sensaciones. Había habido otra, una mañana temprano, el mismo día que comenzaron las Navidades… El mismo día que una ente extraño se introdujo en su mente y lo arrojó a las frías aguas del lago.

- ¡Fue usted! ¡Usted fue quien intentó matarme!

Quirrell ni siquiera parpadeó bajo la acusación.

- Astuto, Potter. Parece que el Sombrero no se equivocó totalmente al seleccionarte para mi casa. Pero esa astucia no te salvará ahora, ni tampoco esos estúpidos encantamientos de primer grado. ¡Incarcerus!

Esta vez, el hechizo fue escupido por la varita a una velocidad vertiginosa, demasiado rápido para que Harry logrará esquivarlo de nuevo; y estaba demasiado débil para formular otro "Protego". Su fuerza no era nada comparada con la Quirrell y Harry eligió preservar sus reservas mágicas para cuando no quedara otra opción. Las cuerdas lo apresaron y cayó al suelo incapaz de sostenerse. Mientras tanto, que su enemigo se confiara y olvidará prestarle atención.

Por desgracia, ignorarlo no parecía entrar en los planes de Quirrell.

- Siempre fuiste una horma en mi zapato, Potter. Desde el principio - el profesor paseaba ahora de un lado a otro, dando vuelta a su alrededor y examinándolo como si se tratara de un objeto exótico -. Tus ojos siempre me perseguían durante las clases, como si no estuvieras tan convencido como los demás alumnos de mi perfecto disfraz. E incluso cuando ese zopenco de Malfoy se burlaba de mi, tú permanecías mudo. También arruinaste mis planes para Halloween, y tampoco fuiste capaz de quedarte muerto en el fondo del lago, sino que tuviste que pedir ayuda a gritos con tu mente para que el imbécil de Snape acudiera a rescatarte.

Quirrell se detuvo entonces y clavó sus ojos en él de un modo que no le gustó nada. Pareció discutir algo consigo mismo durante unos segundos y, finalmente, asintió.

- Si… Definitivamente, eres una molestia demasiado importante para dejarte vivir. Despídete de la vida, Potter. Di adiós.

Lo apunto con su varita y Harry tuvo la desagradable impresión de que aquel trozo de madera caoba, con una fila de ángeles tallados en plata como único adorno, sería lo último que sus ojos verían con vida. Entonces, pensó en Tom, y deseó con todas sus fuerzas que otro Slytherin lo encontrara, antes de que lo hiciese Dumbledore. Pensó en Draco, y rezó porque su amigo lograra salir con vida de este lío. Pensó en Hermione, y deseó que la bruja lo perdonara por dejarla sola tan pronto, viviendo feliz durante muchísimos años. Después, por un minúsculo instante del que más tarde se avergonzaría, pensó en sus padres y se preguntó si acaso se encontraría con ellos en el otro lado, aguardándolo para darle la bienvenida.

Sin nadie más de quien despedirse, fijó sus ojos en Quirrell y se preparo para morir como un verdadero Gryffindor, aunque el mismo se hubiera deleitado en vivir largos años como lo que era, un auténtico Slytherin de sangre, y por elección.

- ¡Avada Ka!

- ¡BOMBARDA!

Sin que ninguno de los dos protagonistas se percatase, Draco había recuperado la consciencia hacía unos minutos, y como buena serpiente, había optado por aguardar el momento exacto para su reaparición. Su hechizo, de una potencia asombrosa, capaz de enmudecer incluso a Hermione, abrió un cráter de más de metro de diámetro en la parcela exacta dónde segundos antes se hallaba Quirrell. La explosión había arrojado a éste contra la pared y había chamuscado sus ropas, abriendo un pequeño corte que sangraba en su frente.

- ¡Harry, ¿estás bien?

Antes de que éste pudiera asentir para tranquilizarlo, Quirrell ya se había incorporada y palpaba con incredulidad la sangre escarlata que goteaba de su frente.

Sin contestar a Draco, Harry, que también había sido arrojado hacía atrás por el impulso, presionó los brazos hacía los extremos opuestos de las cuerdas para romper sus ligaduras, que se habían chamuscado por la explosión, y aprovechó la distracción de Quirrell para obtener ventaja del único ser cuya presencia todavía permanecía en el anonimato.

- Sky - llamó en un susurro a la serpiente, que continuaba oculta bajo la capa, alrededor de su brazo -. Repta ahora y escóndete bajo el espejo. Permanece atenta y cuándo me oigas gritar tu nombre, sal sin que nadie te vea y muerde al hombre del turbante con todas tus esfuerzas. ¿Entendido?

- Si, amo Harry. Pero usted dijo una vez a Sky que no debía morder a los amigos del amo, que el amo se enfadaría

- ¡Eso no importa ahora! - replicó duramente el muchacho, en un tono de voz del que más tarde se arrepentiría; Quirrell había sustituido la expresión de desconcierto de su rostro por otras de odio puro, y apuntaba a Draco con su varita -. Él no es un amigo, es un enemigo. ¡Ve y haz lo que te he ordenado!

Sky asintió con la cabeza, sin atreverse a cuestionar nada. Nunca había visto al amo tan furioso. Pero ella cumpliría sus ordenes y lo protegería, como le había prometido a él y aquella señorita tan dulce y simpática, tan solitaria como ella. Harry lo observó marchar y suspiró aliviado cuando vio llegar a la serpiente a la parte trasera del espejo y esconderse allí a salvo, sin que Quirrell hubiera notado su presencia. Él sólo tenía ojos para Draco.

- ¡TÚ! - escupió con furia, dirigiéndose hacía el muchacho -. Inútil y sucio traidor… ¡A ti también debí matarte en el bosque, cuando tuve ocasión!

El rostro de Draco palideció, mutando el gélido gris que generalmente iluminaba sus ojos apasionados por la vida, a un tono cenizo y mortecino, nada saludable. El gran valor del que había hecho gala para proteger a Harry y para escribir los dos rayos rojos que Quirrell le había enviado, también había desaparecido.

- Eras tú… Tú… ¡Eres un vampiro! - chilló con terror -.

La fría risa de Quirrell atravesó la estancia y congeló el corazón a los dos muchachos, como si se tratase de dagas afiladas hiriendo almas inocentes.

- No, tonto. Un vampiro no. Algo superior y mucho más poderoso…

Harry, que había gateado disimuladamente hasta donde se encontraba Draco, se incorporó junto a su amigo, dispuesto a enfrentar a Quirrell juntos. Pero éste lo miró pánico y retrocedió un par de pasos. Las cuencas de sus ojos parecían a punto de estallar de puro terror. Sólo por eso, juzgó Harry la gravedad del asunto.

- No le hagas caso, Harry. Tenemos que escapar... Él es un vampiro. Yo lo sé, lo vi… en el bosque… Bebía sangre de un unicornio.

El corazón de Harry se contrajo.

- ¿De unicornio? - repitió con voz ahogada.

Pero su pregunta se vio acallada por una voz superior, que no le pertenecía a él, ni a Draco, ni tampoco a Quirrell. Una voz fría y aguda como la mismísima muerte.

- ¿Tanto se ha alejado Lucius de las viejas prácticas que ni siquiera enseña a su hijo los rituales más básicos?

- ¿Quién ha dicho eso?

Los ojos de Draco fluctuaron de izquierda a derecha, totalmente horrorizados, buscando al intruso que se había atrevido a nombrar a su padre; pero había sido él el único capaz de exponer en voz alta la pregunta que los atormentaba a ambos. Harry, por su parte, presa de una terrible sospecha, ni siquiera era capaz hablar.

- Maestro… No debéis hablar. Guardad vuestras fuerzas. Ellos no merecen vuestras palabras…

En otro momento, quizá un par de horas antes, Draco se hubiera ganado una larga mirada reprobatoria de Hermione tras ver como su profesor dialogaba con alguien que, evidentemente, no existía, porque se hubiera tirado al suelo de la risa y no hubiera parado de burlarse de él en toda la tarde. Hacía un par de horas Draco no había sentido la magia de Quirrell estrellándolo contra la pared, indefenso, ni había escuchado esa voz heladoramente fría que parecía anunciar la muerte a quien hablaba. Hacía un par de horas, Draco charlaba feliz con sus compañeros en la Sala Común de Slytherin, absuelto de los horrores que se escondían bajo la fachada más inocente y de las diferentes metamorfosis con las que la maldad podía presentarse. Hacía dos horas, el mundo continuaba dividiéndose en dos tipos de personas: los que merecían su respeto y los que no, y, por supuesto, Quirrell ocupaba la posición honorífica dentro del segundo grupo. Pero dos horas era muchísimo tiempo, y en las dos últimas horas, su mundo entero había cambiado. Y jamás volvería a ser el mismo.

Por eso, cuando la otra voz, la voz cuyo sonido bastaba para electrificar la piel de su espalda, fruto de la más profunda congoja y el miedo, respondió a Quirrel de manera fría y concisa, sin delatar su origen, Draco únicamente pudo avanzar un paso hacía adelante, colocándose de nuevo junto a Harry, y estrechar la mano de éste con fuerza, en busca de un puerto seguro que se mantuviera inamovible entre tanto cambio. Harry correspondió su gesto y, entonces, por un momento, Draco sintió que la situación no era tan mala, y que quizá lograría escapar con vida de ésta.

- ¡Olvídate de ellos! - ordenó la voz con urgencia -. ¡La Piedra! ¡Tienes que concentrarte en la Piedra!

Espoleado por su maestro invisible, Quirrell les dio la espalda y centró su vista en el espejo. Harry se planteó la posibilidad de huir ahora que estaba distraído, pero supo al instante que él los atraparía. Es por eso que los ignoraba, como se ignora a un mosquito, porque no representaban peligro real para él. Su presencia era únicamente molesta y no dudaría en aplastarlos sin zumbaban con demasiada fuerza a su alrededor de su oído. Oprimió con más fuerza la mano de Draco.

- Maestro… Mi deseo es conseguir la Piedra…. Me veo entregándoosla. Pero no logró ver dónde se esconde…

- Utilízalos… Utiliza a los muchachos… - ordenó la voz -.

Quirrell giró entonces el rostro hacía a ellos.

- ¡Venid aquí! - Impotentes, viendo que no hallarían ventaja en replicar, ambos acudieron a su llamada -. Ahora mirad en el espejo y decidme, ¿qué veis?

En ese momento, Harry comprendió en qué consistía la magia del espejo. Cualquiera que deseara la Piedra para su propio beneficio se vería a sí misma cubierto de oro, o bebiendo el líquido de la inmortalidad, o, como en el caso de Quirrell, entregándosela a su maestro. Sólo alguien que deseara encontrarla, encontrarla, pero no usarla, lograría ver su verdadero escondite para así hallarla. Tanto Draco como él había acudido a aquel lugar por interés propio, pero la situación había cambiado. Conscientes de que Quirrell sería capaz de matarlos si no se la entregaban, su deseo más profundo y secreto sería, probablemente, encontrar la Piedra, aún cuando aquello fuera en contra de su principios.

- ¡No lo hagas, Draco! ¡No mires!

Porque Harry estaba seguro de que después de entregársela, Quirrell los mataría igualmente. Su incapacidad para emplear el espejo era la única razón que los mantenía con vida a ambos. Por el momento.

- ¡No mires el espejo! - insistió -. ¡Si descubre dónde esta, nos matará a los dos!

Draco, que hasta entonces dudaba, asintió y cerró los ojos con fuerza, quizá para evitar al tentación.

- ¡Tonto! Son sólo unos críos… ¡Oblígales a decírtelo! ¡Tortúralos! - volvió a escucharse la voz.

- ¡Potter! - rugió Quirrell, golpeándolo con la varita en el estómago. Harry gritó de dolor y cayó al suelo de rodillas, soltando por fin la mano de Draco. Pero lo peor no había llegado -. Aprenderás a no replicar a mi señor: ¡Cruxio!

Una agonía distinta a todo lo que había sufrido antes, arrasó con su cuerpo. La sangre de sus venas se trasformó en lava, que devoraba cruelmente sus vasos sanguíneos despellejándolos con cada pulsación. Los latidos de su corazón se asemejaron a bombas que estallaron en su pecho y desmenuzaron sus costillas hasta hacerlas añicos, sólo para volver a recomponerse y estallar de nuevo, con el siguiente latido. Sus pulmones ardían; ya no era capaz de respirar aire, sino lo parecían ser billones agujas puntiagudas y afiladas que rasgaban su nariz y su boca, descendían por su esófago y lo torturaban hasta llegar a su pecho, donde ya no cabía más dolor.

Harry supo que había gritado, pero no fue consciente de ello mientras lo hacía, sino cuando Quirrell quitó el hechizo, porque todo el dolor que había sufrido se desvaneció, pero su garganta continuó palpitando dolorosamente, como si le hubiesen obligado a ingerir brasas.

- Dime, ¿qué es lo que ves?

Sin fuerzas para replicar, Harry continuó mudo y negándose a mirar el espejo. Quirrell gruñó, enfurecido, y volvió a apuntarlo con la varita. El muchacho supo lo que venía antes de que llegara. La Maldición Imperdonable lo golpeó de nuevo y él volvió a desear la muerte para que frenara el dolor; pero cuando Quirrell le ordenó que mirara, continuó frustrando sus intenciones.

Por desgracia, la atención del profesor se centró entonces en Draco. A pesar de sobrepasar por un par de centímetros la altura Harry, éste nunca lo había visto tan desvalido. Temblaba, y había lágrimas surcando sus mejillas. Su piel, habitualmente pálida, había perdido todo rastro de color y de vida. Sus ojos temblaban en sus cuencas, vacíos y aterrorizados. Y Harry supo que habría suplicado a Quirrell por su vida, si hubiese mantenido el control de su habla.

- Tú, Malfoy. Espero que hayas aprendido de los gritos de tu amigo. Contempla y dime, ¿dónde está la Piedra?

Draco parpadeó un par de veces, tal vez tratando de aclarar su visión, empañada por las lágrimas, o tal vez tratando de aclarar su mente; entonces observó con sus ojos el espejo, a Quirrell, de nuevo el espejo, y después a Harry. La duda y el miedo agitaron su semblante. Éste intentó decir algo para tranquilizarle, pero no halló las fuerzas necesarias en su maltrecha garganta. De forma casi inconciente, sus labios vocalizaron un silencioso: "nos matará". Pero supo de inmediato que si Draco hablaba ahora, no podría reprochárselo. Él mismo desconocía hasta dónde llegaba su límite. Tal vez la muerte fuera mejor que ser torturado, una y otra vez. ¡Pero Harry ansiaba vivir, por eso continuaba negándose a Quirrell!

Como si sus pensamientos hubieran sido trasmitidos directamente a la mente de Draco, éste, que hasta entonces temblaba dudoso, adoptó una expresión distinta, todavía asustada, pero decidida. Miró a Quirrell, cayó al el suelo, abrazándose a sus rodillas, apretó los dientes, sin dejar de temblar, y cerró los párpados para no ver lo que llegaba. Pero continuó darle al profesor lo que quería.

El hechizo lo golpeó con saña. Draco gritó desgarrado y se retorció en el sueño. Harry, que sabía exactamente como se estaba sintiendo, sintió el dolor en carne propia. Un dolor diferente. Porque por muy doloroso que fuera el Cruciatus, los gritos inocentes de su amigo se clavaban directamente su sangre y eran aún más difíciles de aguantar.

Gateó por el suelo, incapaz de incorporarse, obteniendo fuerza de esos mismos gritos, pero antes de que lograra interponerse entre el rayo rojo y el cuerpo Draco, la maldición culminó. Habían sido sólo tres segundos. Tres míseros segundos. ¿Habría sentido Draco el dolor extendiéndose en ese tiempo hasta creerse eterno, como le había ocurrido a él mismo?

A juzgar por su aspecto, Harry diría que sí. Como él mismo, Draco continuaba acurrucado en el suelo, temblando visiblemente y llorando ya sin reparos, y un hilillo de sangre escurría por su inflamada nariz. Probablemente, se la hubiera golpeado contra el suelo, estando ciego, en un intentó de paliar el dolor. Pero como Harry, cuando Quirrell preguntó, se negó a decir nada.

- Mata a uno… Dos muchachos no son necesarios… - intervino de nuevo la voz, que Harry comenzaba a odiar con todas sus fuerzas.

Esa voz sin rostro era el cerebro detrás del imbécil Quirrell, se atrevería jurar que incluso la fuente de su terrible poder. Y seguramente, fuera ella por quien éste se maldecía bebiendo sangre de unicornio. Tenías sus sospechas… Pero no era posible que… No podía tratarse de…

Harry interrumpió sus pensamientos. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. Lo último que necesitaba ahora era añadir un dolor de cabeza a su, de por sí, deplorable estado físico y mental. Quirrell lo apuntaba ahora de nuevo con su varita y parecía resuelto a lanzar la maldiciones asesina. Inexplicablemente, Harry se alegró de que no hubiera escogido a Draco. Draco era incente. Él con sus intrigas y deseos había sido el responsable de colocarlo en esta situación. Él debía pagar por ello, no su amigo.

- Después de todo, Potter, el débil hijo de Lucius Malfoy nunca representará un problema. Al contrario que tú. ¡Avada!

- ¡NO! - había sido Draco quien había gritado -. ¡No lo mates! Haré lo que quieras, conseguiré la Piedra para ti, pero no lo mates.

Harry cerró los ojos con fuerza, derrotado. Draco lo había salvado, y al hacerlo había firmado la sentencia de muerte para sí mismo. Si Harry hubiese muerto y, después, él hubiera colaborado con Quirrell, cabía la posibilidad de que éste, pletórico tras conseguir la Piedra, se olvidará de él y pudiese así salvar la vida. Ahora ya no quedaba esa opción.

Quirrell entrecerró los ojos y observó a Draco con sorpresa, como recalibrando la opinión que tenía de él.

- A cambio, quiero un Juramente Inquebrantable de que, cuando tengas la Piedra, nos dejarás marchar sin matarnos - continuó el rubio, envalentonándose.

- No estás en situación de poner condiciones - advirtió el profesor, agitando disimuladamente su varita, como una muda advertencia.

- Entonces jura por tu magia que nos dejarás marchar sin hacernos daño - optó por proponer el muchacho, desesperado.

A diferencia del Juramente Inquebrantable, cuando un mago juraba por su magia, cabía la posibilidad de romper la promesa sin consecuencias. Aun así, los magos y brujas sangre pura, fieles a las tradiciones, posaban todo su respeto en ese tipo de promesas. Y había quien aseguraba que la propia magia se enfurecía cuando alguien juraba por ella en falso. No era un juego. Pero para sorpresa de los muchachos, Quirrell asintió pronunció el juramente.

- Juró por mi magia que, cuando consiga la Piedra, no seré yo quien os mate, a ninguno de los dos.

A Harry no le gustó aquella matización del "yo", pero no vio sentido en replicar. Demasiado nervioso para percatarse, Draco se incorporó y se colocó frente al espejo. Por primera vez, los ojos de Quirrell no brillaron con odio, sino que reflejaron triunfo.

El moreno continuaba abovillado en el suelo, actuando, en un intento de parecer débil e insignificante, pero examinando con atención el rostro de su amigo. Al principio, éste parecía confuso y algo turbado, si bien ya no desvalido como antes, probablemente porque ahora tenía un plan al que someterse. Pero entonces, sólo por una fracción de segundo, sus ojos se abrieron y la incredulidad y el triunfo deslifaron por ellos. Fue sólo un segundo. Después Draco sonrió, con un tipo de sonrisa crispada que Harry no reconocía, y la codicia iluminó sus ojos.

-¿Qué es lo que ves? - preguntó ansiosamente Quirrell, malinterpretando los gestos.

- ¡Me veo a mi! -exclamó el muchacho con entusiasmo -. ¡Y tengo la piedra! Mi padre me aplaude orgulloso… ¡Soy completamente rico! Malfoy Manor resplandece con oro… Y soy mayor, y poderoso… eterno… y todo el mundo se inclina a mi paso, incluso Weasley y Dumbledore.

- ¡Apártate!

Quirrell gruñó y lo arrojó a un lado con ira, volviendo a colocarse él mismo frente el espejo. Draco cayó contra el suelo y se alejó de él gateando, temblando de nuevo por el miedo. Pero entonces, sus ojos buscaron a Harry y, de alguna manera, éste supo que todo había sido una actuación. Que Draco tenía consigo la Piedra. Que debían de escapar de allí: YA.

Ahora que Quirrell estaba distraído, si lograban llegar a la sala de las pociones y pasar a través de las llamas púrpuras, llevando consigo la poción dorada, él no tendría forma de perseguirlos. Entonces podrían coger las escobas, que habían dejado en la antesala del troll, subir por la trampilla sin problemas y huir lo más lejos posible de Quirrell, tal vez pidiendo ayuda a Snape, o escapando a la casa de Draco, a través de alguna chimenea.

Harry intentó retrasmitir su plan a Draco telepáticamente, aprovechando el contacto directo con sus ojos, y éste debió captarlo en esencia, porque asintió con disimulo y Harry vio como sus músculos se tensaban, preparados para echar a correr. Pero esa voz, esa maldita voz, los detuvo antes de tiempo.

- Miente… El muchacho miente… Déjame hablar con él.

- Pero Maestro, aún estáis demasiado débil…

- Me sobran fuerzas para esto…

A juzgar por su expresión, Draco sintió como si el Lazo del Diablo lo hubiera clavado en el suelo. No podía mover ni un músculo. Petrificado, observó a Quirrell, que empezaba a desenvolver su turbante. ¿Qué iba a suceder? El turbante cayó. La cabeza de Quirrell parecía extrañamente pequeña sin él. Entonces, Quirrell se dio la vuelta lentamente.

Desde el suelo, Harry como sus peores temores se confirmaban. Donde tendría que haber estado la nuca de Quirrell, había un rostro, una cara deforme y nublada. Era de color blanco tiza, con brillantes ojos rojos y ranuras en vez de fosas nasales, como las serpientes. A poco metros de distancia, Draco chilló. El rostro deforme se concentró en él.

- Joven Malfoy. Es un placer que no esperaba, el encontrarnos - su voz continuaba siendo heladoramente fría, pero guardaba un tono meloso, seductor casi -. Tú padre y yo fuimos viejos amigos en el pasado. Días gloriosos aquellos, cuando no me veía reducido a éste pedazo de carne horriforme que ves ahora… Pero si me entregas la Piedra que guardas en tu bolsillo… Tal vez logremos que las cosas cambien. Un futuro mejor para todos, sin traidores, mestizos, ni asquerosos sangre sucia… donde el apellido Malfoy se vea ensalzado como merece…

Los ojos de Draco se había abierto con horror, horror que aumentó a límites insospechados cuando descubrió la identidad de su atacante. Harry lo vio enfocar la vista hacía la puera con anhelo, y después mirar nuevamente a la cara tras de Quirrell. Pero parece que esos pedazos de indecisión fueron bastante para que éste agotara toda su paciencia.

- ¡Mátalo! - ordenó a su lacayó -. ¡Que muera! ¡Y obtén la Piedra!

Obediente como siempre, Quirrell se alzó en el aire y voló hasta aterrizar frente a Draco, que habiando rebosado su límite, ni siquiera se molestó en huir. El profesor sonrió cruelmente y lo agarró por el cuello, alzándolo varios centímetros del suelo.

- Por favor… por favor - suplicó, con las últimas fuerzas que le quedaban -. No me mates…

Quirrell se burló de sus súplicas con odio, apretándo aún más su agarre; un odio que no prevenía de su maestro, sino de sí mismo, y que, en cierto modo, Draco se había ganado.

- Riete ahora del po-pobre y tar-tarmudo prof-fesor Quirrell…

Varios metros más allá, Harry observaba la escena con horror y una mezcla de emociones contradictorias. Lo que había temido desde el inicio, pero se había negado a creer, quedaba ahora expuesto y claro, con letras grandes. La voz, el rostro en la nuca de Quirrell, pertenecían a Voldermot… o al menos a lo que quedaba de Voldemort después de la noche en la que trató de asesinar a Harry, y Harry lo venció.

Esa cosa, ese ser deforme y malvado, era parte de Tom. Tom. Su Tom. El Tom por el cual él decidió arriesgar su vida y correr hacía la Piedra. Y ahora que se hallaba a punto de asesinar a su mejor amigo, Harry no se decidía a enfrentarlo. Porque era Tom.

Pero Tom no era él. Harry lo conocía, lo sabía cruel y poderoso, sabía que en su quinto curso había asesinado a una alumna por considerarla un denigro para la magia. ¿Entonces, que lo diferenciaba con esa otra parte de su alma? Y si no se diferenciaba en nada, si de verdad eran la misma persona, ¿cómo iba Harry a atacarlo, cuándo lo que más deseaba en el mundo era ser aceptado y amado por él?

Quirrell gruñó, entre dientes. El rostro de Draco había adquirido una tonalidad morada. Harry supo que le quedaban instantes para decidir. Si permanecía quieto, Draco moriría. Si actuaba, Tom…

No, Tom no, Voldemort… No, Voldemort tampoco. Él había visto la imagen de Voldemort en las memorias de Tom. Un ser elegante, súblime, con una aura invisible recargada de mágia y poder que lo convertían en alguien superior, elevándolo etéreamente sobre los demás seres, y que forzaba a cuántos lo rodearan a enfocar sus miradas en él, prendidos de su hechizo. Algó así como la fuerza de Dumbledore y el carisma de Lucius fusionados en un único ser, sólo que con un encanto aún mayor.

Esto que quedaba de él ahora, era sólo una sombra… Un espectro que conservaba restos de su sublime poder y una inteligencia malformada en su retorcida mente. Tom era el recuerdo encantado de un pedazo de alma, y había más restos enterrados en distintos objetos por Gran Bretaña, pero esto… esto era lo poco que quedaba de la conciencia de Voldemort después de que una maldición asesina destruyera su cuerpo y el pedazo alma que guardaba consigo.

Durante años, la culpa había reconcomido a Harry por ese suceso. Pero, ¿iba Harry, por esa culpa, a condenar ahora a Draco, que era inocente en todos los sentidos? Y la pregunta que más lo atormentaba: ¿sería capaz de perdonarlo Tom si, por salvar a Draco, condenaba a su sombra a seguir vagando en soledad por la Tierra, sin cuerpo, alma, ni poder?

El cuello de su amigo crujió, y Harry comprendió que se había agotado el tiempo de las deliberaciones. Consciente de que su elección lo perseguiría durante toda su vida, blincó del suelo y e incorporándose sobre sus pies a la velocidad de una cobra, apuntó a Quirrell con su varita y lo tomó por sorpresa.

- ¡Repulso! - exclamó.

Tanto el cuerpo de Draco como el del profesor salieron disparados. El de Draco rodó por el suelo un largo trecho, sin sentido; pero Quirrell logró recuperar el equilibrio tras unos instantes y mantenerse en pie. Entonces, se sucedieron tres movimientos. Los tres de forma muy rápida.

- ¡Avada…!

- ¡Sky, AHORA!

- ¡… Kedavra!

Quirrell había apuntado a Harry con su varita, con la intención de dirigir hacía él la maldición asesina. Harry, preparado de antemano, gritó el nombre de Sky con todas sus fuerzas. La serpiente reptó, a la llamada de su amo, se escurrió entre las capas moradas de Quirrell e hincó sus colmillos en la parte íntima de su tobillo derecho. Quirrell rugió de dolor e, involuntariamente, desvió su varita hacía el eje del mismo. De su varita surgió un rayo de luz verde y Sky cayó fulminada al suelo, muerta.

Pero Harry se detendría a asimilar su pérdida más tarde. Reunió su magia y, mientras Quirrell cojeaba e identificaba el ser muerto que yacía sus pies, exclamó:

- ¡Expelliarmus! ¡Incendio! ¡Incendio!

La varita caoba saltó de las manos del desprevenido profesor, varios metros hacía detrás, y con el segundo hechizo se prendió fuego. Harry maldijo entre dientes cuando el siguiente Incendio no produjo los mismos resultados, pues ya alerta, aún sin varita, Quirrell había logrado crear un escudo a su alrededor y desviarlo.

- ¡Petrificus! ¡Desmaius! ¡Tarantallegra! - lo intentó de nuevo, por tres veces, sin éxito.

- Vas a morir hoy, Potter - amenazó el profesor, con ira -. Y voy a disfrutar matándote.

- ¡Hazlo! ¡Mátalo! - aprobó la voz de Voldemort.

El muchacho se paralizó un instante, y después abrió la boca dispuesto a explicarse. Lanzar hechizos contra Quirrell era muy sencillo, realmente lo odiaba y ansiaba verlo muerto. Pero enfrentarse a Voldemort era otra cosa, no por su gran poder, sino porque Harry no deseaba hacerla daño.

- Espera, yo…

Pero no pudo seguir. Una fuerte presión en su cuello se lo impedía. Quirrell había volando desde su anterior posición hasta reaparecer súbitamente ante él, aprisionándolo con sus manos, en un intento extinguir su vida sin magia. Él había quemado su varita.

Harry intentó pronunciar algún hechizo para defenderse, pero la presión de sus pulmones era tal, que le impedía pronunciar palabra alguna. Su propia varita cayó al suelo. Moría. El conocimiento activo su instinto. Aún consciente de que sus fuerzas no eran nada para se comparadas, condujo sus mano al agarre que Quirrell mantenía en su cuello e intentó disminuir su intensidad. Pero ni siquiera él mismo creería lo que ocurrió a continuación. Porque, milagrosamente, tras el contacto de su propia piel con la del hombre, éste comenzó a chillar, y sus manos comenzaron a hervir y a llenarse de pústulas sangrantes y úlceras, y su rostro se deformo por una mezcla de miedo, sorpresa y horror, y Harry pudo, al fin, respirar libremente.

Aun así, sabía que el efecto no duraría para siempre; y, aunque él mismo no entendiera lo que acababa de ocurrir, ni se sucedería de nuevo, tampoco estaba dispuesto a desaprovechar la oportunidad. Inhaló dos bocanadas de aire, para tomar fuerza, y se lazó contra Quirrell, que todavía se retorcía, algunos metros más allá. Con sus manos, apresó su rostro y su cuello, y arañó también su pecho, y en las tres ocasiones, se produjo el resultado anterior. La piel del hombre comenzó a derretirse como si se tratara de cera, y sus músculos y tendones comenzaron a ser visibles a la vista, también ulcerados, rotos, sangrantes.

Harry calculó que al hombre no le quedaban más de unos minutos de vida, y a juzgar por sus gritos y por su súplicas de ayuda, él también era consciente. Sus ojos brillaban con horror dentro de sus cuencas, unas cuencas que continuaban derritiéndose y dejando al descubierto sus globos oculares enteros, de un blanco ceniza decorado por líneas rubíes. Pero Harry no pensaba ayudarlo. Y pesar del grotesco espectáculo, tampoco desviaba la vista del moribundo.

Se sentía complacido. Una sensación dulce ascendía por su estómago y se revolvía en su pecho, calentándolo. Venganza. Ahora Voldemort, si es que de verdad era Voldemort quien lo guiaba, aprendería a elegir con más cuidado a sus siervos. Aprendería a elegir a Harry. Y con la muerte, Quirrell pagaría el daño que les había causado, a él y a Draco. Pues hasta la maldición Cruciatus que había usado contra ellos, era nada comparada con el mal que él estaba sufriendo. Y mientras su amigo continuara en el suelo, gravemente herido y despojado de todas sus fuerzas, él continuaría deleitándose con esa lenta y dolorosa muerte. Se llamaba venganza. Dulce y bienvenida venganza.

Cuando, finalmente, Quirrell acabó de chillar y su cuerpo se convirtió en un montón de polvo y amasijos en el suelo, Harry se permitió respirar, ya tranquilo, y se percató por primera vez de lo cansado que estaba. Las piernas le temblaban, incapaces de sostenerlo. Se dejo caer al suelo. Buscó su varita con los ojos y gateó hasta ella, impulsado por la necesidad de recuperarla. Después, continuó hasta donde se hallaba Draco.

El muchacho mantenía una respiración serena y constante. Los huesos de sus nariz habían adoptado una posición extraña y un color que divergía entre el granate y el verde oscuro, y sus párpados seguían cerrados; pero, por lo demás, parecía sano; unicamente desmayado. Harry sonrió, al notar esto, y sintió cómo su propia vista se nublaba. Ahora, en lugar de una sala de paredes arenosas, veía manchas de grises fluctuando. Debía resistir un poco más. Reunir fuerzas de dónde no las hallaba. Lo consiguió. Y a los pocos minutos, perdió la conciencia.


¿Qué levanten la vista del ordenador los que estén hasta el coño del nuevo formato de fanfiction net? Yo es que no me acostumbro, quizá sea porque lo has instalado hace poquitos días o Kami sabe porque, ¡pero me saca de quicio! Ahora, pidiendo publicamente perdón por este lapsus, volvamos al capítulo (XD). Ya he advertido arriba que no acaba así, que habrá un capítulo más de esta secuela, y que este es el más largo que he escrito hasta ahora.

Pero, ¿qué os parece? Es bastante más oscuro que en los libros, pero bueno, para eso se trata de un fic DarkHarry, no? Se podría decir que el capi está divido en dos fases. La primera y más infantil abarca desde el principio hasta que se encuentran con Quirrell, y deja en alza algunas cuestiones. Primero, sobre Anne, supongo que está chica os dejará con la curiosidad en el estómago siempre que sale. Bueno, yo os digo que habrá una explicación para ello, pero que tardará bastante en descubrirse. Acostumbráos a momentos así, en los que parece saber más que el resto (XD). Y sobre las pruebas para llegar a la Piedra. La verdad es que escribir sobre ellas ha sido muy divertido, como un chiste, porque siempre pensé que Dumbledore zumababa de la cabeza al realizar unas pruebas así, para proteger la Piedra. (O bueno, lo que en realidad pensaba es que las hizo así a propósito, esperando que Harry lo descubriera y tuviera su primera oportunidad de enfrentarse a Voldemort y de comenzar a despreciarlo intensamente). Pero me he divertido un montón con Draco. Primero, su renuencia para salvar a Weasley, a lo que accede de mala gana, luego esa cobardía tan característica que va desapareciendo bajo rastrones de confianza, y por supuesto, su feliz modo de saltarse las pruebas haciendo trampas. Como el dije a Harry, los Slytherin siempre ganan el juego, pero no jugando, estafando a los demás jugadores (XD).

La segunda parte, la que abarca el enfrentamiento con Quirrell, es bastante más seria y dramática, y con diferencia la más difícil de escribir. Así que espero no haberme cargado con OCC a algún personaje. Sobre Harry y Quirrell estoy bastante apegada al cannon, y en cuanto a Draco... Él es más difícil de perfilar, porque es un Slytherin pura cepa y es un cobarde, cosa que puede cambiar con los años, pero que lleva su tiempo. Para sus acciones, debo dejar clara dos cosas: el se niega a decir algo a Quirrel porque confia totalmente en Harry, pero no por lealtad hacía Harry, o porque quiera que Quirrell se haga con la Piedra, aún a costa de su vida, lo hace porque confía en Harry y cuando éste le dice que después de conseguir la Piedra, Quirrell los matará, Draco lo cree, y es verdad. Por su parte, Harry actua movido por el mismo motivo. Aunque odie a Quirrell, él se niega a entregárle la Piedra porque sabe que es el único medio para salvar sus vidas. En cuanto él la consiga, ellos morirán. Por eso calla.

Después, más tarde, cuando Draco obteniene la Piedra del espejo y miente, lo hace llevado por su codicia. Él ha conseguido la Piedra porque su más profundo deseo era conseguirla para salvar a Harry, pero una vez la tiene en sus manos, la codicia lo puede y por eso miente, (de forma mucho más creible que Harry en los libros, me atrevería a añadir). Pero Voldemort lo descubre y entonces Draco, al descubrir su identidad, ya no es capaz de pensar en nada. El horror lo paraliza y Voldemort no tiene motivos para ser paciente. Por eso ordena su muerte.

Siguiente punto. Harry y Voldemort. Es todo una sorpresa para el chico descubrir la identidad de quien se esconde tras de Quirrell, (nunca mejor dicho, XD), y sus sentimientos son confusos al respecto. Voldemort es Tom y Harry no quiere hacerle daño, pero al mismo tiempo Voldemort lo ha dañado a él como su Tom nunca lo haría. Aun así, en ningún momento quiere causarle daño. Se mueve solo para salvar a Draco y a sí mismo de la muerte, si Quirell le hubiera dado una oportunidad, Harry habría intentado hablar con Voldemort y explicarle la situación inmeditamente, y no se habría negado a entregarle la Piedra.

Supongo que eso es todo. Espero haberme explicado bien en el capítulo y, si quedaba alguna duda, que esta pequeña aclaración la haya solucionado. No me queda más por decir. Únicamente agradecer, como siempre, a todos mis maravillosos lectores, y especialmente a aquellos que me acompañan y me dejan su comentario en cada capítulo. Muchísimas gracias.

Respecto al próximo capi, no puedo prometerlo para antes de dos semanas. También prometí el anterior para ese tiempo, y veis que me he adelantado. He tardado sólo una semana, que separa este de aquel. Pero no voy a dar falsas esperanzas. Estoy justo en medio de los exámenes, y no voy a prometer cosas que luego no pueda cumplir. Lo qué si, el máximo serán dos semanas. ¡Hasta entonces! Muchos besos, tomodachis.

Anzu.