Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese, Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD


Nota1: Fey M. Riddle intenté responder tu comentario, que me gusto muchísimo, pero no sé si eres consciente de que tienes la opción de recibir mensajes desactivada. Quise avisarte y darte las gracias desde aquí. ^^

Nota2: como déspedida, a todas las personas que me dejaron sus reviews anónimos a lo largo de la historia. Si deseais, enviádme vuestra dirección de correos (con espacios, o la página la borra) para que pueda responder personalmente, ya que la página no me permite hacerlo desde aquí. Para mi será un placer agrader así vuestro esfuerzo.


Epilogo

Diversos sueños y pesadillas lo persiguieron durante los días que fluctuó entre la conciencia y la inconsciencia. En algunos él huía, mientras una voz aguda y escalofriante se reía de él a sus espaldas, clamando que era inútil, que jamás podría escapar. A veces, su propio rostro se deformaba en una cosa amorfa y gibosa, adquiriendo un mortecino color tiza, con brillantes ranuras rojas dónde debieron hallarse los ojos y estrechas líneas en vez de fosas nasales, como las serpientes. Otras, una piedra roja, del color de la sangre, se apropiaba la figura de un joven alto, de formas majestuosas, y unos ojos verdes que debían originarse en el cristal fundido de una esmeralda. Sus labios, asombrosamente tintos, se burlaban de Harry con una mueca torcida, que bien pudiera tratarse de una burla, o de una expresión de cariño.

Entonces, aún en sueños, el cuerpo de Harry se agitaba y ardía, alejándo de sí a trompicones las pesadas mantas que lo atosigaban para darle calor; su frente se empababa de agua y sudor, y sus labios gemían febriles, aferrándose a las sábanas con los puños en un intentó por alcanzar algo que aún no le pertenecía. Quienes se hallaban junto a él, velando su sueño, se preguntaban que tipo de desgarrador sueño turbaría su mente en esos intantes.

Pero no siempre ocurría de esa manera. A veces, Harry se descubría a sí mismo en una gran habitación de paredes blancas y circulares, en cuyo centro se hallaba un espejo, un lujoso espejo adornado con guresos marcos de oro y piedras preciosas; y cuando fijaba la vista en él, dos rostros borrosos, muy jóvenes, le devolvían la mirada. Entonces se sucedían varias escenas, escenas que él nunca había vivido y que, sin embargo, adquirían un tinte demasiado familiar en su memoria:

Un niño pequeño de ojos verdes y cabellos muy oscuros, poco más que un bebe, reía a carcajas sobre su pequeña escoba de juguete. El mismo niño en la cuna, también sonriente, mientras su mamá pronunciaba palabras que no comprendía y su papá agitaba el móvil que adornaba el alto de su cuna: un ciervo, un perro, un lobo y una rata bailándo al son de la Luna.

De nuevo, el niño, que Harry ya no reconocía como un niño, sino como él mismo siendo un bebé, garateaba con pinturas de colores dibujos inteligibles en un papel: a la derecha, una mujer con el cabello muy rojo y los labios gruesos y sonrientes, teñidos de rosa; a la izquierda, un hombre alto, más que la mujer, con dos círculos negros alrededor de los ojos, el cabello oscuro y revuelto, también sonreía, pero sus labios eran más finos y coloreados en castaño, no en rosa; entre medio de ellos, un niño, que se sabía niño por ser mucho más bajito, apenas llegaba a sus rodillas y tendía la mano a ambos padres, poseía rasgos de ambos progenitores, el cabello oscuro y revuelto de él, y los ojos verdes y grandes de ella; y a su lado, de su misma altura, un revoltijo de garabatos y borrones negros con orejas, imitaba la forma de un perro.

"Mama Paa Hagy'anuto…"

Señalaba el niño a su madre, que atendía orgullosísima.

El tiempo se deslizaba de un recuerdo a otro, de los que posteriormente Harry no tendría conciencia, algunos eran simple invención y otros sucedieron realmente, aunque hace tanto tiempo, que era imposible diferenciarlos.

El pequeño Harry reía sobre su escoba, sobrevolándo el cuarto de estar, la muchacha de los ojos verdes sonreía y lo tentaba para que llegara a su lado. El joven de los anteojos se carajeaba sonoramente mientras el niño ignoraba la llamada de su madre y aceleraba su vuelo en un intentó por atrapar al gato, que lo esquiavaba agilmente y se veía obligado a escapar, maullando con queja. Las risas y las miradas felices inundaban la escena hasta que una explosión oscura demudó la sonrisa y congeló a las tres personas.

- ¡Coge a Harry y vete, Lily! ¡Es él! ¡Corre, vete! ¡Yo lo contendré!

Harry despertaba de esos sueños sin conciencia de lo que había soñado, pero con una extraña presión en el pecho, y la mente muy agitada. La primera vez que despertó era de noche y en la enfermería reinaba el silencio. A diferencia de en su última estancia, no le costó reconocer el espacio en el que se encontraba, lo supo enseguida; recostado sobre una de esas camas de plumas y sábanas blancas, a poca distancia de la recamara privada de Madame Pomfrey... Sentía el cuerpo frágil, pero no lo bastante para ignorar ese aroma, mezcla de pociones sanativas y de higiene, tan diferente al viciado olor del hospital muggle que había visitado una única vez en su infancia, la vez Dudley había sido ingresado, un par de años antes de que Tom lo encontrara.

Un par de ojos grises lo buscaron en la oscuridad y, por alguna razón, trajeron a su mente los sueños que había olvidado. Apostaría su varita porque en ellos aprecian dichos ojos, pero no refiriéndose a Draco, sino a otra persona… Alguien importante…

- ¿Qué ha ocurrido?

La pregunta escapó de sus labios casi por instinto, pero bastó un examen a los ojos de Draco, tan serenos como opacados, para que la respuesta llegará a su mente sin esfuerzo.

El dolor, fruto de los recuerdos. Las dudas. La tortura. Quirrell. La piedra. Y Voldemort.

- Pero ahora está muerto… - concluyó su amigo con la voz impasible, tal vez como un minúsculo matiz de alivio y complacencia, como si aquella simple frase fuera el asidero donde tomar fuerzas, donde los temores morían y donde la inocencia de dos niños recuperaba la libertad.

Harry asintió y no hablaron más. Los sueños le persiguieron de nuevo, sin dejar rastro.

La segunda vez que despertó había pasado un día y medio, y la señora Pomfrey estaba presente. Habló con Harry. "¡Muchacho! Que alivio verte despierto. Llegamos a temer que no lo lograrías. ¡Pero ahora te tenemos de nuevo con nosotros! Pobrecito, haber tenido que enfrentarte a él a tu edad ¡Ese monstruo!"Pero Harry respondió únicamente por obligación y no revelo nada de lo ocurrido esa noche, no quería pensar en ello. Luego, por la noche, entabló una nueva conversación monosilabita con Draco.

- ¿Sky?

- Muerta. Dumbledore la encontró poco después de a nosotros, pero ya no se podía hacer nada por ella. Dijo que no había cura contra la Maldición Asesina - sus labios se torcieron hacía la derecha con asco y terror y su cuerpo entero se estremeció tras pronunciar las dos últimas palabras.

Harry no lo vio temblar. Él observaba fijamente su porción blanca de techo, al igual que Draco examinaba la suya. Pero tampoco se sorprendió por sus palabras.

- Iba dirigida a mi… - murmuró no obstante, sin entender por qué, pasados unos instantes.

No hubo respuesta. Transcurrieron unos minutos en silencio.

- ¿De verdad Quirrell está muerto?

- Si.

- Entonces, ya soy un asesino…

Tampoco esta vez pronunció Draco respuesta alguna. Harry no se molestó. Era una reflexión extendida sólo para sí mismo. Había arrancado una vida, un alma. Y no acaba de precisar qué o cómo se sentía. ¿Arrepentimiento? ¿Odio? ¿Miedo? ¿Temor? ¿Asco?

Lentamente, entre sueño y sueño, su mente se iba despejando y su cuerpo recuperaba su fuerza. La nariz de Draco dejó de estar tan hinchada y tras reproducirse en una serie de colores (verde, granate, negro y rojo) fue aproximándose a su blancura original. La temática de sus conversaciones también fue aliviándose progresivamente.

- Dumbledore estuvo aquí - informó Draco una mañana, murmurando un hechizo que impediría a la Pomfrey escucharlos, desde su pequeño despacho adjunto.

- Ah.

- Si, los primeros días. Cuándo tú aún no despertabas y Weasley y Finnigan ocupaban esas camas - cabeceó hacía el lado contrario de la invitación.

- ¿Y qué quería?

- Hablar contigo, claro. Pero como Pomfrey le prohibió molestarte, tuvo que conformarse con nosotros.

Bueno, aquello no era extraño, pensó Harry. Cabía dentro del comportamiento común de Dumbledore.

- ¿Y qué le dijisteis?

- La verdad. Que habíamos averiguado lo de la Piedra por caminos separados y que fue una auténtica sorpresa encontrarnos allí. Que nosotros les salvemos del Lazo del Diablo cuando ellos ya se veían mue… atrapados. En realidad, fue un algo gracioso. Al despertar, Weasley seguía tan convencido de que Snape quería robar la Piedra, que se puso a chillar como un loco - Draco trató de forzar a sus labios a emitir una sonrisa, pero todo cuanto logró fue una mueca -. Le dije a Dumbledore que tú descubriste quién estaba realmente detrás de la Piedra, cuando yo te conté lo que había visto en el bosque. Que una noche te descubrí yendo a buscarla, para protegerla, y que me negué a dejarte ir solo. Que pensé que podría serte de ayuda.

Harry desvió la vista del techo para observar a Draco, cuyos ojos brillaban, reflejo del orgullo antaño. Arqueó las cejas.

- ¿Y Dumbledore se lo creyó?

- ¿Por quién me tomas? - el muchacho fingió una voz indignada, y por primera vez, sus mejillas se colorearon con algo de vida, dejando atrás el gris apagado -. ¡Por supuesto que se lo creyó!

Harry, simplemente, sonrió.

Cuando Harry se sentía lo bastante fortalecido para correr una vuelta entera alrededor del campo de Quidditch, a Madame Pomfrey no le quedó más remedio que autorizar las visitas. Hermione fue la primera. La pobre niña debía llevar días rondando la puerta de la enfermería, hora sí y hora no, en un intentó por verlos, y la estricta enfermera casi suspiró con alivio cuando, finalmente, le fue autorizado entrar.

- Sólo cinco minutos - fue su última palabra.

La bruja asintió educadamente y contuvo la formalidad hasta que Pomfrey cerró tras de sí la puerta de su despacho, con un portazo quizá demasiado sonoro; entonces corrió hacía la cama de Harry y se arrojó a los brazos del muchacho, con las mejillas húmedas, sin dejar de abrazarlo.

- Tonto… Eres un tonto - hipó -. Ponerte en peligro de esa manera… No puedes imaginar lo preocupada que he estado… ¿Fue tan terrible? … Aún no puedo imaginarme a Quirrell como una amenaza… ¿La maldición Imperdonable? ¿Quién-Tú-Sabes? ¡Ah, no! Pobre Sky… ¿De verdad estás tú ya bien?

Solo después de que Harry jurara y perjurara en voz alta que ya se sentía perfectamente, que no volvería a hacer ninguna locura semejante, y que si se veía arrastrado a ella, no se le ocurriría excluirla, Hermione pareció relajarse lo suficiente para notar que había una persona más tumbada en la otra cama. Sus mejillas se sonrojaron.

- Tú también te encuentras bien, ¿verdad Draco? - tartamudeó, con vergüenza.

Harry se alegró de ver cómo Draco arquera las cejas y ponía los ojos en blanco. Significa que de verdad se estaba recuperando, no sólo en lo físico, sino mentalmente, que era lo más difícil.

- A buenas horas te interesas, sabelotodo. Pero no te preocupes, me estado es tan saludable como el de tu adorado príncipe Harry - sonrió con malicia y, aun así, no fue la misma expresión que de costumbre. Todavía no.

Tal vez Hermione se percató y, por ello, lo pasó por alto, aún más sonrojada. Madame Pomfrey la despidió pocos minutos después, y prometió regresar al día siguiente.

Aquella noche, fue la primera que Draco se atrevió a mirar a Harry de verdad, sin escudos sin infantiles, sin barreras construidas en falsos bloques de narcisismo y sarcasmo. Sus ojos grises lo enfocaron, graves y asustados, preguntando algo. O tal vez pidiendo permiso. Permiso para seguir viviendo.

- Fue horrible, ¿sabes?

- ¿La maldición cruciatus? - inquirió Harry.

- No. Si. También. Pero el hecho de que fuera él. Yo siempre me reí de él, me burle de él. Pensaba que era débil, un tonto… pero en realidad hubiera podido matarme con un chasquido de dedos.

Harry abrió la boca para consolarlo o tal vez para añadir algún consejo sabio, pero volvió a cerrarla, consciente de que todo lo que pudiera decir, en ese momento, sonaría inocuo. Al cabo de un tiempo, Draco volvió a hablar.

- ¿Tú crees que siempre fue así? ¿El señor Tenebroso? - casi pareció avergonzado de preguntarlo -. Yo sé que el mato a tus padres, pero…

- No - Harry lo interrumpió -. Él nunca fue así. Lo que vimos era sólo una sombra. El verdadero Señor Oscuro, si alguna vez resurge de nuevo, será diferente…

No mentía. Durante horas había discutido ese asunto en su mente, hasta llegar a esa conclusión. Ahora se sentía en paz. Y esperaba que Draco y, sobre todo, Tom lo entendiera de tal forma.

- Bien… - de alguna manera, su rostro pareció aliviarse -. ¿Te dije que Dumbledore nos había entregado ochenta puntos a cada uno por proteger la piedra? Y cuarenta a Weasley y Finnigan por intentarlo.

No. Draco no se lo había comentado. De modo que ese era el soborno de Dumbledore para su niño dorado. Ciento sesenta puntos por hacer lo correcto, por enfrentarse al malo, correr al peligro, recibir dos cruxiatus, perder a su mascota y estar a unto de morir. En su propia mente sonaba ridículo. Como si todo eso de los puntos perteneciera a un mundo muy lejano, un mundo inocente e infantil, que después de Quirrell no tenía cabida. Pero miró a Draco, que sonreía. No una sonrisa muy grande ni muy pletórica, más bien una casi avergonzada y muy pequeña. Pero una sonrisa a fin de cuentas.

- Slytherin gana la Copa… ¿Es malo que me alegre?

Y Harry compendió. Porque pudiera ser que aquello de la Copa fuese una tontería, pudiera que la rivalidad entre las Casas no tuviera sentido y que estuviera diseñada por grandes magos para una finalidad más grande, que debía desentrañar; pudiera que los exámenes tampoco fueran importantes, que las clases fueran un estorbo y la mitad de los profesores mediocres. Pudiera que Hogwarts estuviese colapsado de estudiantes a magos sin sentido, que jamás buscasen un fin mayor; pudiera que el Quidditch sólo fuese una distracción inútil; pudiera que, llegado el momento, ambos tuvieran que dejar de ser niños para hacer frente al futuro.

Pero ese momento quedaba muy lejos… Y por ahora, todas esas pequeñas cosas sin importancia, que jamás afectarían a la trayectoria del mundo, si eran importantes. Importantes para ellos. E importantes para que, cuando llegara el momento, uno como el que hacía poco había vivido, y tuviera que elegir entre la muerte y la vida, eligiera siempre la vida. Porque esas eran las cosas que hacían que valiera la pena vivirla, por infantiles y simples que pareciesen.

- No, Draco… No es nada malo alegrase - dijo -.

Y lo creía de verdad.

...

Una vez Pomfrey autorizó las visitas, la enfermería no tardó en colapsarse de gente yendo y viniendo. Un par de niñas Gryffindor de su curso, que a Harry siempre le parecieron muy tontas, vinieron para entregarle, entre risas chillonas y sonrojos, una postal con la foro de dos gatitos y una serpiente, que habían hechizado para que se moviera alrededor de los mamíferos. En bonitas letras de color rosa, habían escrito: "Eres muy valiente, Harry. Recupérate pronto. PP&LB." El muchacho, que apenas había cruzado un par de palabras amables con ellas en todo el curso, una vez que estando con Neville accedió a ayudarles también a ellas en sus deberes de Astronomía, se vio obligado a aceptar gentilmente la tarje, y aparentar agradecido. Las risas de Draco no cesaron en toda la tarde.

También acudió a verlo el propio Neville, con dos paquetes de ranas de chocolate, uno para Harry y otro para Draco. El gesto había sido más que nada político, porque su única intención era interesarse por la salud del moreno, pero su abuela era Augusta Longbottom y, a pesar de sus propias opiniones, había enseñado a su nieto como respetar el protocolo entre dos magos de la misma clase. A favor de Draco se debería añadir que el encuentro con Quirrell había obrado una única cosa buena, y ya no parecía tan dispuesto a burlarse de los demás como antes. Había madurado. No demasiado. Pero lo suficiente.

Un grupo de Ravenclaw sangre pura, se acercó a hablar con ellos al medio día; aunque estos parecían más interesados en Draco que en Harry. Y el primero juró que más de un par de veces había sorprendido a tres Hufflepuff espiándolos desde la puerta.

- ¿No empiezas a sentirte como un mono de feria?

Harry cabeceó, conforme. Tanta atención comenzaba a ser irritante. Cuanto más cuando, la única persona con la que de verdad él deseaba conversar, se hallaba ahora muy fuera de sus límites.

En cambio, había otras visitas que si eran esperadas. Hermione se instalaba en la enfermería a la primera hora del día, y no se iba hasta que Pomfrey la echaba de mala gana con la llegada de la noche. Se sentaba en una silla, junto a la cama de Harry, y sólo dejaba el puesto a la hora de las comidas o cuando acaba el libro que estaba leyendo y necesitaba reemplazarlo por otro nuevo en la Biblioteca. Sus propios compañeros de Slytherin, los visitaban todas las tardes.

Pansy, Theo, Blaise, Daphne, Diana, Crabbe y Goyle. Estos tres últimos asistían a veces y se mantenían siempre en segunda línea; Crabbe y Goyle actuaban como guardianes a la cabecera de Draco, pero les irritaba que esto los ignorara por hablar con Harry. Pansy se sentaba siempre en la misma cama de Draco, cosa que a su compañero le encantaba, y lo escuchaba aparentemente embelesada mientras contaba su aventura una y otra vez. Harry no creyó casualidad que éste hablará únicamente de las pruebas y omitiera la parte de Quirrell.

Theo y Blaise traían a veces consigo un tablero de ajedrez, pero ya era sabido por todos que no había nadie capaz de ganar a Nott. Unos de quinto lo habían intentado y habían sido humillados frente a toda la Sala Común. Ocurría algo extraño con Blaise; Harry lo había sorprendido más de una vez observándolo pero no con el talante de costumbre, como si fuera una mosca molesta a la que fulminar; parecía más bien… pensativo. De todos modos, mientras él no hablara, tampoco planeaba dar más importancia al asunto.

Daphne había adquirido la perturbadora costumbre de sentarse a su lado en la cama y actuaba para con él del mismo modo que Pansy lo hacía para con Draco, pese a que ambos apenas habían mantenido contacto anteriormente, sonriéndole atentamente con unos labios delineados en rosa que no tendrían nada que enviar al rostro de una muñequita de porcelana y unos ojos profundamente azules, que reflejaban la vida del mar en sus prefundidas. Dicho comportamiento desconcertaba a Harry y lo hacía sentir incomodo, especialmente desde que entre la muchacha y Hermione parecía haberse desarrollado una guerra de miradas, en la que ambas competían por ver quien conseguía avasallar a la otra con mayor desprecio.

No obstante, pronto toda aquella eventualidad se transformó en rutina, y cuando restaban únicamente dos días para el banquete de despedida, Madame Pomfrey concedió el alta a Malfoy, mientras el propio Harry debía quedarse convaleciendo entre las blancas sábanas de la enfermería. Ni todas las protestas del muchacho, ni su demostración física de salud cuando decidió recorrer corriendo la enfermería varias veces seguidas, convencieron a ésta para que cambiara de idea, aunque si le valieron una estrictísima dieta a Harry como castigo, compuesta exclusivamente de pescado y verduras.

Lo que en su mente se visualizaba como una infinidad más de tiempo perdido y ganas acumuladas de hablar con Tom (era muy difícil resistir con paciencia y no debía arriesgarse a que lo atraparan), dio un giro sorprendente en la primera mañana de su estancia en solitario, cuando la alta e imponente figura de Albus Dumbledore atravesó la puerta y se dirigió raudamente hacia la derecha de su cama.

Tal la visita no fuera una completa sorpresa, hacía tiempo que Harry la esperaba, pero en aquel momento sí lo tomó de improviso. Su corazón saltó en su pecho y tuvo que obligar al músculo a relajarse y a adquirir un ritmo usual. No debía mostrar miedo. No debía permitir que él lo alterara.

- Buenos días, Harry - lo saludó el profesor, con la capa de color lila hondeando elegantemente tras de sí, confiriendo un aire etéreo a su persona -. Disculparás que no haya venido antes a verte. Lo intenté varias veces antes de que despertaras, pero los asuntos del Ministerio me han mantenido ocupado desde entonces. Era urgente comunicar al Ministro todo lo relacionado con Voldemort para hacer pesquisas en su busca sin perder tiempo - concluyó, con un tono imperioso -.

- Por supuesto, profesor - pese a haber sido sorprendido por la visita, Harry se introdujo en su papel de inmediato, demostrando lo mucho que había mejorado el control sobre sus emociones desde mediados del curso -. Atrapar a Voldemort es lo más importante - aseveró con voz seria -. No podemos permitir que asesine a más gente. Cuando lo pienso, yo… - cada tono de su voz estaba perfectamente modulado, creado una composición perfecta de urgencia, odio, temor y miedo -. ¿Usted cree que el se recuperara? ¿Qué volverá a ser como antes?

- No puedo darte una respuesta definitiva, Harry - suspiró el profesor, masajeando su larga barba blanca y clavando sus profundos ojos azules sobre él, en una mirada que pretendía trasmitir confianza -. Lo que si es cierto es que tú lo has detenido una vez, demostrando una valentía de la que muchos grandes magos carecieron. Y si cuando lo vuelva a intentar alguien lo detiene, y luego surge otro, y otro… En fin, tal vez nunca recupere su poder.

Harry asintió y deslizó sus ojos hacía el colchón, aprovechando la pausa para parecer reflexivo. Más tarde, se atrevería a sonreír. Incluso el viejo papagayo, con todos sus cuentos sobre el bando de la luz y el poder del amor, era incapaz de dudar del futuro retorno de Voldemort; lo que sí ignorara es que cuando éste sucediera, Harry elegiría su bando y entonces, entre los dos, él hallaría su fin. En cambio, en aquellos momentos se negó a pensar en nada y permitió que un profundo vacío lo embargara.

- Profesor… - se atrevió a preguntar pasados unos segundos -. ¿Qué sucedió con la piedra? Lo último que yo vi fue a Quirrell intentando sacarla del espejo antes de atacarme, pero no recuerdo mucho más. Voldemort no la consiguió, ¿verdad?

El viejo director suspiró profundamente, embargado por la impotencia que le produjo la pregunta de Harry, y respondió en un tono que encajaba perfectamente con la voz desencajada de su pupilo.

- Él no la ha conseguido, Harry - lo tranquilizo -. Desgraciadamente, el espejo se rompió en pedazos durante vuestra lucha y la piedra se fue con él…

Harry amplió los párpados, totalmente sorprendido. ¡Imposible! El espejo roto. La piedra se había ido…

- Pero entonces, su amigo Flamel…

- ¡Oh, sabes lo de Nicolás! - expresó contento Dumbledore -. Hiciste bien los deberes, ¿no es cierto? Bien, Nicolás guarda suficiente Elixir guardado para poner sus asuntos en orden y luego, sí, va a morir.

El muchacho parpadeó varias veces, tratando de asimilar la idea. Dumbledore sonrió ante la expresión de desconcierto que se veía en su rostro.

- Para alguien tan joven como tú, estoy seguro de que parecerá increíble, pero para Nicolás y Perenela será realmente como irse a la cama, después de un día muy, muy largo. Después de todo, para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura. Sabes, la Piedra no era realmente algo tan maravilloso. ¡Todo el dinero y la vida que uno pueda desear! Las dos cosas que la mayor parte de los seres humanos elegirían... El problema es que los humanos tienen el don de elegir precisamente las cosas que son peores para ellos.

Los ojos del mago permanecieron clavados sobre él, después de expresar sus palabras, incisivos. Harry lo sintió rebuscado el su cerebro, tratando de rebasar sus barreras mentales y ver más allá, pero se esforzó por mantener la calma y permanecer inexpresivo, con una mueca triste, sin dejar trasparentar cualquier cosa que lo delatara, el más mínimo rastro de culpabilidad. El encuentro con Quirrell lo había dejado débil y pronto comenzó a sentir nauseas, pero Dumbledore no tardó mucho en retirarse y Harry estuvo seguro de que no había hallado nada. No obstante, una profunda tristeza brillaba en sus ojos cuando se separó de él.

- Ahora descansa, Harry. Nos veremos pronto.

Madame Pomfrey lo mantuvo prisionero en la enfermería hasta la víspera del Banquete de despedida. Inexplicablemente, después de la entrevista con Dumbledore, se había suspendido las demás visitas, y en consecuencia hubo decenas de personas que lo interrumpieron por los pasillos y salones en su camino hacía Gran Comedor. Muchos únicamente deseaban saludarlo y trasmitirle su enhorabuena, mientras que otros, los más audaces, se atrevían a interrogarle sobre los eventos sucedidos bajo la trampilla, recibiendo una respuesta educada pero evasiva a cambio. Harry supo que Tom se alegraría: su nombre empezaba a ser reconocido y, esta vez, por méritos propios.

Draco y Hermione lo esperaban cerca de las puertas de roble. Madame Pomfrey les había negado la entrada a la enfermería por tercera vez consecutiva y habían decidido encontrarlo allí, conscientes de que lo sorprenderían a mitad de su camino. Harry los abrazó a los dos, primero a uno y luego a otro, sintiéndose emocionado, agradecido de estar vivo y de compartir una nueva noche en compañía de sus amigos. Entraron juntos al comedor y, aunque Hermione tuvo que retirarse a su propia mesa escarlata, Harry continuó sintiéndola cerca.

Slytherin ganó la Copa de las Casas; lo cual, sin ser una gran sorpresa, fue muy cerebrado igualmente. Dumbledore no les otorgó puntos por su aventura, pero tampoco desposeyó a ninguno por las cincuenta normas del colegio que habían infringido aquella noche. Harry se dio por satisfecho. Sus compañeros hablaron, rieron y se aplaudieron entre ellos. Aunque Tom continuara con él, supo que echaría de menos aquel ambiente durante el verano. Hogwarts era su hogar, ya no le cabían dudas al respecto.

Por la noche, bien entrada la madrugada, la fiesta continuó privadamente en las mazmorras de su Sala Común, pero como los alumnos de primero y segundo tenían vetada su entrada, Harry aprovechó el tiempo para reunir todo su equipaje y realizar una nueva fuga a las cocinas de la mano de Draco, esta vez, acompañados por el resto de sus compañeros de curso y casa.

La mañana siguiente, el tren arrancaría temprano. Guiado por un impulso emocional, Harry fue a visitar a Hagrid a su cabaña para despedirse de él y desearle buena suerte hasta el curso que viene; el guardabosques casi se emocionó con el gesto y entregó a Harry un regalo que había estado guardando desde las Navidades y que no había reunido el valor para ofrecerle.

- Envié lechuzas a todos los compañeros de colegio de tus padres, pidiéndoles fotos... Sabía que tú no tenías... ¿Te gusta?

Harry no hubiese sido capaz de describir los sentimientos que produjo en él ese simple álbum, ni el porqué de las lágrimas que había asomado de sus ojos. Lo cerró y lo apretujó contra su pecho, con una extraña sensación de pertenencia, y agradeció mentalmente que ni Draco ni Hermione estuviesen presentes en aquel momento de debilidad, pues era exclusivamente suyo. Hagrid pareció comprender sin necesidad de palabras.

Quince minutos más tarde, franqueado por sus dos mejores amigos y el Diario de Tom firmemente aferrado a su cuello, Harry contempló Hogwarts por última vez, antes de que se iniciara el nuevo curso. Habían transcurrido tres semanas desde la última vez que había hablado con Tom, y la noche anterior su entrevista había sido dolorosamente breve, únicamente con afán tranquilizarlo y hacerle saber que se encontraba bien, insuficiente para calmar la ansiedad que devoraba su pecho y que en su ausencia se tornaba peligrosamente aguda. Sin embargo, durante algunos segundos, Harry se olvidó de todo, incluso de él, y se concentró por grabar la imagen del castillo en su mente. Nunca, jamás, contemplaría una manifestación mágica semejante. O eso creía él.

La privacidad les estuvo vetada en el tren. Los tres se instalaron en un compartimento vacío del último vagón, quizá buscando la intimidad que no habían logrado reunir en sus últimos días del colegio, quizá para conversar de los que hasta entonces había sido tema tabú, o quizá para experimentar los restos de libertad que aún les quedaban y practicar con la magia. Pero el intento fue fallido. Una u otra persona, o un grupo de ellos siempre acababan apareciendo, interesados por verlos u obtener información de la boca de ellos.

- El primero hechizo que voy a practicar este verano servirá para cerrar con cerrojo una puerta - aseveró Draco, colmada su paciencia entre una visita y otra.

Harry y Hermione lo observaron con una intensa mezcla de envidia y reproche, aunque ambos estuvieran ya al tanto, o sospecharan, que las Leyes del Ministerio sobre la Limitación de la Magia en Menores de Edad no suponían un requisito para las familias sangre limpia.

Más tarde charlaron, rieron, compitieron en una partida de Naipes explosivos, se pusieron al día respecto a sus planes para las vacaciones de verano, y se enfrentaron en un Duelo Mágico improvisado, de pequeña envergadura. La explosión de una docena de bengalas de Doctor Filibuster a pocos compartimentos de distancia causó una conmoción en el tren, y también supuso un entretenimiento para ellos. Harry comprobó que, de nuevo, los gemelos Weasley volvían a ser los responsables.

Por último, cuando la velocidad del tren comenzaba a decelerar y la estación King Cross ya era visible a la vista, llegó el turno de las despedidas.

Tanto Draco como Hermione prometieron escribir y obtuvieron una promesa similar de boca de Harry. Por la mente de éste desfilaron varias memorias. Recordó como al principio se había acercado a Draco por sugerencia de Tom, debido a su familia, y como a Hermione lo había hecho por fascinación hacía la mente y el talento de la bruja, y por demostrarle que estaba equivocada; y se sorprendió al comprobar cuánto habían evolucionado su amistad desde entonces.

Desde el día en que lo conoció, Tom siempre había sido considerado por él como su familia. Pero durante aquel primero año, sin entender bien cómo, ambos niños de los que ahora se despedía, se habían abierto paso hacía su corazón congelado convirtiéndose en lo más cercano que se hubiera hallado de un ser humano nunca. Y en aquel momento, mientras se despedía de ambos en el vagón, Harry supo los quería sinceramente a los dos.

Abrazó a Draco, y después abrazó a Hermione, y entonces vio cómo la bruja hacía un esfuerzo por contener las lágrimas mientras su otro amigo permanecía estoico. La locomotora silbó y la pérdida de velocidad se hizo más evidente.

Pronto, los cristales dejaron de reflejar luz y el tren se introdujo en los túneles de la estación, desembocando en el andén nueve y tres cuartos. Los alumnos se esforzaron por trasladar sus baúles hacía los pasillos y el barullo de gente comenzó a separar a los tres amigos, que lucharon por mantenerse unidos unos segundos más.

- Cuídate mucho, Harry. ¡No te olvides de escribir!

- Yo te enviaré una carta contándote como me van mis vacaciones en Francia… ¡Y te detallaré mis regalos de cumpleaños!

- Os echaré de menos. Y os escribiré a los dos, lo prometo. ¡Nos veremos el curso que viene!

Finalmente, Draco y Hermione se perdieron lejos de su vista, entre la multitud, y con el baúl firmemente aferrado Harry dejó de perseguir su estala con los ojos y tomó los escalones de bajada para abandonar el vagón.

Vernon no había venido a recogerlo. Él mismo le había enviado una carta a su tío explicando que prefería regresar en autobús. Harry reprimió el impulso de acercarse para saludar a Lucius y a Narcissa Malfoy, antes de iniciar su marcha a Prive Drive, pues algo en su interior le indicó que todavía no había llegado el momento. Cientos de padres y madres se hallaban abrazando a sus hijos en esos instantes, pero Harry no sintió envidia. Pronto, podría volver a hablar con Tom, y para él eso era más que suficiente.

Harry esquivó los abrazos y las palabras emotivas y guió su carrito hacía la salida del andén, para introducirse en King Cross, cuando una voz inesperada lo detuvo a lo lejos.

- ¡Potter! ¡Eh, Potter!

Frunciendo las cejas con desconfianza, Harry giró el cuello para encontrarse con el emisor de esa voz. Blaise Zabini. Inmediatamente, sus músculos se tensaron en guardia.

Hacía días que podía sentir la inquisitiva mirada de su compañero de casa clavada sobre su espalda, en cuento se giraba en su presencia, pero el curso acababa y había decidido no concederle más importancia. Prefería evitar un enfrentamiento directo a favor de la paz. Al parecer, Zabini no era de la misma opinión.

- No te tenses tanto, Potter. Hoy no vengo a discutir.

- Entonces, ¿qué es lo que quieres? - inquirió, imprimiendo su tono de desconfianza.

- Disculparme.

Ninguna otra contestación hubiera descolado más a Harry. Sin embargo, los ojos oscuros de su compañero Slytherin parecían sinceros.

- ¿Por qué?

- Porque me equivoqué al juzgarte. Creí que no merecías pertenecer a nuestra casa, y que me habías arrebatado el puesto debido a tu nombre. Hoy reconozco mereces el primer lugar en Slytherin más que yo, por eso me disculpo. Y también quiero tenderte mi mano.

Lo más extraño de aquella conversación no fue lo inesperado, sino que Harry le creyera. Blaise estaba siendo sincero, lo veía en sus ojos, en la expresión de su rostro. Con una tentativa sonrisa en los labios y una mirada de reconocimiento, Harry aceptó la mano que el mago le tendía, y de esa manera selló una de las amistades que más trascendería alcanzaría en su vida.

- ¿Puedo preguntar por qué el cambio de opinión? - se atrevió a inquirir, una vez ya se hubieron separado.

Zabini dobló entonces los labios con prepotencia.

- Vamos Potter, la historia oficial del Espejo roto y la Piedra desaparecida está genial… Pero un Slytherin siempre aprende a leer entre líneas.

Por un segundo, los ojos de ambos se cruzaron, verde versus negro, y un segundo más tarde los ojos de Blaise conectaron con los de una tercera persona, que los vigilaba a lo lejos desde el andén. Harry reconoció el brilló marino de los ojos de Theodore Nott.

De modo que ambos habían descubierto su secreto… Harry no supo si henchirse de orgullo por su casa, o empezar rápidamente modificar los factores de su plan para adaptarse hasta nuevo contratiempo.

- No temas - la voz de Zabini los abstrajo de sus pensamientos -. Guardaremos tu secreto. Debes saber que las serpientes jamás traicionan a su líder… siempre que éste continúe mereciendo tal reconocimiento.

Aquello era tanto una promesa, como una advertencia. Harry asintió con solemnidad, aceptando tal responsabilidad, y Blaise le dedicó una sonrisa a cambio. Finalmente, su cuerpo se perdió entre la multitud, alejándose de Harry.

Éste reanudó la marcha, con nuevos pensamientos inundando su cerebro. ¿Cómo lo habrían averiguado? ¿Habrían trabajado juntos o habría llegado a la misma conclusión por separado? Inconscientemente, su mano derecha voló a su pecho, dónde colgaba en el Diario de Tom; y justo a su lado, bajo él, invisible para el resto del mundo, una cadena hechizada para no ser vista por nada más que sus ojos concluía en una piedra de color esmeralda, que el mundo entero creía destruida.

Su mente revivió los recuerdos de aquella noche…

Cuando, finalmente, Quirrell acabó de chillar y su cuerpo se convirtió en un montón de polvo y amasijos en el suelo, Harry se permitió respirar, ya tranquilo, y se percató por primera vez de lo cansado que estaba. Las piernas le temblaban, incapaces de sostenerlo. Se dejo caer al suelo. Buscó su varita con los ojos y gateó hasta ella, impulsado por la necesidad de recuperarla. Después, continuó hasta donde se hallaba Draco.

El muchacho mantenía una respiración serena y constante. Los huesos de su nariz habían adoptado una posición extraña y un color que divergía entre el granate y el verde oscuro, y sus párpados seguían cerrados; pero, por lo demás, parecía sano; únicamente desmayado. Harry sonrió, al notar esto, y sintió cómo su propia vista se nublaba. Ahora, en lugar de una sala de paredes arenosas, veía manchas de grises fluctuando. Debía resistir un poco más. Reunir fuerzas de dónde no las había.

Temblando, obligó a sus manos buscar las de Draco. Una de ellas continuaba cerrada, aferrándose a la Piedra que había obtenido minutos antes. De algún modo lo había logrado. Harry la sostuvo entre sus dedos y percibió como un agradable hilo de temperatura se extendía por todo su cuerpo, reanimando sus fuerzas en algo. Sería suficiente para el conjuro. Debería serlo.

Haciendo acopio de cada fibra de su ser, Harry se centró en la Piedra y en las instrucciones que meses anteriores había recibido de Tom. Magia sin varita. Elemental. Transportación de objetos. Pensó en la Piedra y pensó en el cajón oculto que había diseñado en su dormitorio de las mazmorras. Invocó su magia. Cerró los ojos. No había opción para fallar.

Lo consiguió. Y a los pocos segundos, perdió la conciencia.

La Piedra Filosofal era suya. Había engañado a Dumbledore y al resto del colegio, porque ahora era suya. Con ella tal vez pudiera hallar una salvación para Tom.

Con esa esperanza, el Diario y la Piedra colgando con seguridad de su cuello, una ápice de nostalgia, y la firme seguridad de que volvería a reunirse con sus amigos al inicio del nuevo curso, Harry Potter atravesó la barrera del andén nueve tres cuartos, incorporándose al ajetreo de Londres. En aquel momento no lo pensó, pero aquellas piedras serían siempre recordadas por él como el inicio y el fin de su primera gran aventura.

Lo qué ocurrió después… eso ya es historia para otra ocasión.

TO BE CONTINUED...?


¡Konichiwa! Primero que nada, una gran disculpa. Sé que llevo meses de retraso horribles. No tengo excusas. Empezó el verano, aprobé mis exámenes, mi tía me invitó a su casa en la playa, los días se me fueron allí sin escribir casi nada, me vicié con la película de X-Men y tuve que inciar un fis obre ellos (esto queda mal, pero fue una necesidad auténtica, me volví loca por Erik y Charles), y además me costó cantidad encontrar un final digno para este fic que tanto quiero y tanto me costó escribir.

Y aquí se acaba. No sé si el resultado final me deja satisfecha, más bien un sabor agridulce, pero espero que pese al tiempo sí os haya dejado satisfechos a vosotros. Este no ha sido un capítulo de explosiones o magia, más bien trate de reflejar la vida, la pérdida, la tristeza, la lenta recuperación... después de unos eventos tan traumáticos como los del chapter anterior. Personalmente, disfrute muchísimo escribiendo la primera parte, los sueños y las conversaiones de Harry y Draco, y la sorpresa final... seguro que os creístes que de verdad se perdió la piedra, ¿eh?

Por supuesto, la historia no acaba aquí. Continuará en su segunda parte, que lleva el títutlo Lores of the Dark II: Lost, y en un pequeño capítulo aparte, bajo el nombre de Lores of the Dark: SERPIENTES, narrado desde el punto de vista de los Slytherin y situado entre este epílogo y el capítulo anterior. Ambas publicaciones están ya en la red y podéis acceder a ellas desde mi perfil.

De momento, hay poco más añadir. Un nuevo perdón por la tardanza y el deseo de que hayas podido perdonarme tras leer este epílogo. También un enorme gracias para todos los lectores y, muy especialmente, para que ellos que en un momento dado han colaborado en la creación de ésta historia mandándome su comentario.

Ya no recuerdo bien cómo se me ocurrió la idea, pero sí sé que no esperaba ni mucho menos un recibida como esta. Pensé que narrando la historia de unos niños y sin emplear como fuerte parejas cannon, sería un fic desapercibido, con muy pocos apoyos. No ha sido así y eso os lo debo a vosotros, siempre os estaré agradecida.

Inicié esta obra el uno de marzo de este año, y la concluyó ahora, cinco meses después. No me siento triste porque sé que, con vuestro apoyo, no terminará aquí, sino que todavía quedan muchas más aventuras más por narrar.

Un fuerte saludo. Os quiere:

27 del 7 de 2011.

Anzu.