.
.
Momento disperso de...
Esta historia continuará...
.
.
.
Es el alma de la persona que habita fuera de su cuerpo en forma de animal
.
.
Haruka recibió su primer pokémon cuando cumplió seis años. Sus padres acostumbrados a suplir con regalos sus ausencias, le mandaron a su hijo un Eevee. La abuela Nanase cuidó del Eevee unos días hasta que el cumpleaños de su nieto llegó, sin embargo, para sorpresa de los presentes, el Eevee evolucionó en un arrogante Vaporeon, que inmediatamente, adoró a Haruka.
Makoto, el mejor amigo de Haru, tenía cinco años en ese entonces, y pensó que su tiempo con Haru se vería reducido, pues como la señora Nanase le explicó la relación entre el pokémon y su dueño era muy importante. Sin embargo, Vaporeon se encariño, también, con Makoto. Tanto que sus compañeros del jardín de niños empezaron a comentar que era muy grosero que Makoto tratara con tanta confianza, e inclusive se atreviera a tocar al pokémon de Haru.
El comportamiento de Makoto era de muy mal gusto, pues todos sabían que la relación entre un pokémon y su dueño debía ser respetada: no había un pokémon con dos dueños, y los cuidados que Makoto le daba al Vaporeon eran excesivos, y una vecina hasta los consideraba irreverentes.
Hubiera sido más fácil para Makoto sobrellevar esa época de su vida, si Vaporeon como los demás pokémons pasara la mayor parte de su tiempo guardado en una pokébola. Sin embargo, el Vaporeon los acompañaba a la escuela, y a todas partes.
Sus visitas a la playa y al río aumentaron considerablemente, después de todo, Vaporeon era un tipo agua, que, además, la amaba.
La abuela Nanase no le daba importancia a la ropa mojada de su nieto, ni a los charcos de agua en toda su casa. Nunca los regañó por permitir que el Vaporeon anduviera libre, ni por sus juegos con agua, es más: ella les enseñó como limpiarle las delicadas patas y mantenerle sanas sus escamas.
La familia de Makoto, a pesar de no tener mayor conocimiento en el mundo pokémon, notaron que su hijo estaba más tranquilo después de compartir con algún pokémon, así que también le perdonaban sus escapadas al río y su ropa mojada.
Sin embargo, un día, Makoto le prestó atención de más a los comentarios de otros niños.
Entonces, a sus cinco años, pensó que no debía intervenir en la relación Vaporeon-Haru. Él nunca sería el entrenador de Vaporeon, él no tenía a derecho a compartir con Vaporeon; los otros niños tenían razón: él nunca sería un entrenador pokémon, menos de un pokémon tan increíble como Vaporeon.
Así que debía alejarse.
Esos pensamientos lo atribularon todo el día; sin embargo, cuando Haru lo veía ceñudo, lograba una sonrisa, y cuando Vaporeon le mostraba su pancita para que la acariciara, se le olvidaba por completo que, según los demás, no debía tocarlo.
La piel de Vaporeon necesitaba humectarse constantemente; sin embargo, sus viviendas quedaban casi al final de un largo laberinto de escaleras, por lo que Haru solía llevarlo alzado en la espalda. No todo el camino, porque era pesado y escurridizo, sin embargo, ese día: Haru tuvo una idea.
Si cargaban entre los dos al Vaporeon, sería mucho más fácil: y Haruka estaba interesado en los métodos para hacer su vida más fácil. Convencer a Makoto de hacer algo, era la forma de vida sencilla para Haru, así que ni siquiera necesitó dos palabras para que tanto Makoto como el Vaporeon entendieran su plan.
A punta de coletazos y aletazos húmedos, hicieron su camino; y lo habrían hecho cientos de veces más, si una de sus vecinas no les sale al paso y les dice lo siguiente:
—Ah, Makoto, tendré que hablar con tus padres. No te han enseñado bien.
Haruka, sinceramente, no entendió el comentario, y su intención era ignorarlo, pero sí entendió el cambio de humor en su mejor amigo; inclusive, el Vaporeon le pesó más, y en el siguiente escalón, se dio cuenta de que Makoto ya no lo cargaba.
Le lanzó una mirada al Vaporeon, riñéndolo por haber mordido a Makoto; sin embargo, por la expresión confusa del pokémon, debió aceptar su principal teoría: las palabras de la mujer le afectaron. Así que, sin preguntarle, trató de averiguar por qué.
La anciana había dicho "Makoto", lo cual era inusual, porque la mayoría de las personas lo llamaban "Mako-chan", tanto que a veces creía que su nombre –y el de todos los demás niños, hasta Haru-, incluía el "chan". Y ella amenazó con acusarlo con sus padres, lo cual era una completa tontera, considerando lo amables que eran los Tachibana. Makoto era un niño ejemplar, sus propios padres no paraban de decirlo, así que no era posible que los Tachibana le enseñaran algo mal.
Esos pensamientos no entraron a su casa; sabía que en cuanto preparara la bañera y los tres se metieran, como siempre hacían, lo que había afectado a Makoto se iría, porque no había nada mejor que estar en la bañera.
Haruka era un niño metódico, que hacía lo mismo casi todos los días, así que fue sospechosa la tímida reacción de Makoto cuando le preguntó si quería comer algo antes de ir a la bañera. Lo normal era que Makoto quisiera comer. Asumió que el silencio era que no tenía hambre, así que le encomendó que cuidara que Vaporeon no entrara al baño hasta que estuviera listo. Vaporeon podía ser un fantástico pokémon de agua que proveía a Haru de agua a todo momento; sin embargo, poner el pie de primero en la bañera, era un placer que Haruka disfrutaba y atesoraba de manera egoísta.
Makoto, como siempre, cumplió con su tarea, y solo Vaporeon notó el temblor en la mano que le acariciaba tras las orejas, las cuales al cabo de unos minutos reaccionaron cuando el agua dejó de caer, y escapándose de las insípidas caricias, salió corriendo rumbo al baño. Makoto lo siguió más por la fuerza de la costumbre que de la voluntad.
Se perdió el alegre chapoloteo del Vaporeon al entrar en la tina y la risa suave de Haru,este al percibir la falta de movimiento de su amigo, le dijo:
—¿Qué esperas? Entra. El agua está como te gusta.
Y lo que Makoto hizo hirió a Haruka, quien nunca había sido rechazado por él.
Makoto se dio media vuelta y se fue, con una mano empujaba las puertas y con la otra se tapaba el rostro, mientras corría torpemente.
Ver a Haru y Vaporeon juntos en la bañera, hizo que entendiera lo que los demás veían: su comportamiento estaba mal, era un invasor, un entrometido, él no pertenecía ahí, él no era el dueño de Vaporeon.
Sus compañeros tenían razón: lo que hacía no estaba bien, no era normal. Nadie más tocaba los pokémons de las otras personas; y él no tenía por qué hacerlo, ni siquiera los merecía.
Sus casas estaban situadas camino a un Templo, y ahí fue donde Makoto se refugió. Sintiéndose todo lo triste, solo y desamparado que un niño pequeño puede sentirse, que es tanto que le provocará tragos amargos en su vida adulta.
Y sus sollozos se hicieron más fuertes cuando el cuerpo frío y húmedo de Vaporeon se acurrucó junto a él. Tembló, asustado, consciente de su mal comportamiento por tocar de nuevo al pokémon de otra persona, y se sintió mal, porque no podía evitarlo: estaba en su naturaleza amar a Vaporeon como si también fuera suyo.
Escuchó los pasos y la respiración de Haru acercándose, y aunque como todo niño pequeño, había buscado un rincón en el cual refugiarse, el murito no era un sabio escondite. Haru se acercó y acuclillándose, le acarició la cabeza:
—No llores—susurró—. Estamos aquí.
Makoto hipó con fuerza y abrazó al Vaporeon, hundió su rostro tras una de las aletas laterales y sus lágrimas se mezclaron con el agua que el Vaporeon podía producir. Los suaves ronroneos de Vaporeon lo hicieron sentir mejor casi de inmediato, y pensó que nunca quería separarse de ellos.
La abuela Nanase, con la espalda encorvada, y el padre de Makoto, con el rostro preocupado, los encontraron ya entrada la noche. El señor Tachibana debió alzar a Haruka, que en una de sus usuales rabietas, se negó a moverse. Makoto, en un acto de reverencia hacia el Vaporeon, pidió que lo dejaran cargarlo hasta su casa. Y después le limpió con sumo cuidado las patas.
Sabía bien que a Vaporeon le dolía caminar por el piso duro de roca y césped que llevaba hasta el templo; y le conmovía que se sacrificara para seguirlo.
Sometido a la atenta mirada de Haru, Makoto se animó a revelarle lo que los demás niños habían dicho: que no se debían tocar los pokémons de los demás, que no se debía interferir en la relación dueño-pokémon.
Haruka frunció el ceño, pensativo, y Makoto se preocupó de que aceptara aquellos pensamientos y le prohibiera volver a tocar a Vaporeon.
—No es mi pokémon—dijo Haruka—. Él es libre.
—¡Gracias, Haru-chan!
Haru en ese momento pensó que le gustaría sentir el abrazo que Makoto le estaba dando al Vaporeon. Pero debió satisfacerse con la alegría de Makoto, quien dejó de prestarle atención a lo que decían los demás, pues ya sabía que los otros niños estaban equivocados: Vaporeon no era el pokémon de Haru: Vaporeon era libre.
Para prueba: no había pokébola que lo encerrara.
El tema de las pokébola llegó a la vida de los niños gracias a la anciana vecina, quien no perdió la oportunidad de hablar con los padres de Makoto y explicarles de la importancia de que los entrenadores pokémon siempre llevaran consigo a sus mejores pokémon de batalla y las pokébolas ideales para todos los tipos.
Los Tachibana no tenían experiencia con los Pokémon, así que le prestaban poca atención a lo que Makoto hacía con Vaporeon o con los Skitty salvaje que la anciana vecina juraba que alimentaba; pero cuando la mujer les dijo que Makoto debía utilizar sus propias pokébolas y atrapar sus propios pokémon, los Tachibana pensaron que un par de pokébolas sería un excelente regalo de cumpleaños.
Efectivamente, las pokébolas fueron el centro de atención en la fiesta de cumpleaños de Makoto, pues usualmente se recibían por primera vez hasta que los niños cumplían diez años y se preparaban para su viaje de entrenador. La fiesta terminó pronto, por el mal comportamiento de Makoto, quien no permitió que los demás niños tocaran las pokébolas y, se puso tan celoso, que las escondió bajo su camisa, y solo las sacó cuando se quedó solo con Haru.
La señora Tachibana pensó en llamar a la anciana Nanase para que recogiera a Haru, dado que la fiesta terminó prematuramente; pero cuando se dio cuenta, los dos niños examinaban minuciosamente cada una de las seis pokébolas; siendo que Haru, quien era más hábil con la motora fina, entendió cómo activarlas; y apuntó con un rayo de luz roja la frente de Makoto.
—No funcionó—concluyó—. Solo sirve para atrapar pokémons.
Makoto pilló rápidamente el juego, y con una sonrisa traviesa, apretó el interruptor y sujetó con las dos manos la pokébola, que había aumentado su tamaño, antes de lanzarla con fuerza hacia el pecho de Haru.
—¡Te atrapé!—gritó cuando la pokébola rebotó contra el hombro de Haru.
Haruka reaccionó y palmeando la misma pokébola, la arrojó hacia Makoto. Iniciaron un emocionante juego en el que trataban de atraparse, y se reían con fuerzas cuando la pokébola les golpeaba duro en la cara.
La emoción del juego consiguió sacar lo mejor de ellos, y en un hábil tiro, Haruka lanzó tan lejos que golpeó al Vaporeon.
—Lo atrapé—susurró.
El objetivo del juego era conseguir que alguna de las pokébolas funcionara; y sintió una emoción en su alma, cuando el rayo rojo absorbió la forma del cuerpo del Vaporeon y lo desapareció. Su carácter calmado lo salvó de una celebración aparatosa de la cual se habría avergonzado después, y también lo salvó de ofender a Makoto.
Cuando Haru se giró hacia su amigo, apenas le dio tiempo de esconder su sonrisa.
Makoto estaba llorando. Su rostro rojo y las lágrimas recorrían su cara regordeta y contorsionada, se contenía para no estallar.
La señora Tachibana detectó el sospechoso silencio, y le sorprendió descubrir todas las pokébolas en diferentes lugares en el suelo y a su hijo llorando.
—¿Qué sucede?
Haruka no le respondió, y Makoto aun se contenía, así que debió insistir, aunque sabía que vendría un llanto hablado incomprensible.
—Está atrapado—explicó Makoto entre sollozos—, está atrapado en un lugar pequeño. No puede salir, y es un lugar pequeño… que… que no tiene agua.
La señora Tachibana sabía lidiar con su hijo: pero nada la prepararía para lidiar con un Vaporeon desaparecido, y aparentemente atrapado en una especie de pequeño infierno, y un Haruka llorando casi tan fuerte como Makoto.
Tranquilizarlos fue imposible. Debió soportar los llantos –que se intensificaban cada vez que tocaba una pokébola-, mientras averiguaba en cuál estaba el Vaporeon; y por iluminación divina pensó que lo mejor sería esconder las pokébolas para siempre y asegurarles que había agua en donde sea que los pokémons se iban cuando los atrapaban. Le costó mucho idear una justificación razonable, y terminó pensando que era una crueldad desaparecer del mundo, para quedar atrapado en la pokébola. ¿Y si la pokébola lo que hacía era atraparles el alma y por eso nacía la relación dueño-pokémon, y aquel objeto pequeño y colorido no era más que un tipo de esclavitud?
Horrorizada, se encargó de esconder muy bien las pokébolas, y aunque su esposo se quejó de haber desperdiciado un regalo tan caro; se sentía más tranquila cuando veía a los pokémons salvajes y libres en la calle y dejó de quejarse cuando el Vaporeon se sentaba en su sillón favorito.
También Makoto y Haruka se sintieron más tranquilos: porque, con lo hablantín que era Makoto, pronto en el jardín de niños conocieron la historia de cómo Haru atrapó un pokémon con la pokébola de Makoto, y de alguna forma que solo los niños entienden, supieron que Vaporeon era el pokémon de Haru, era libre, y era también el pokémon atrapado con la pokébola de Makoto.
..
Esta historia continuará...
¡Gracias por leer!
Para efectos de esta historia, las personas no tocan a los pokémons de otras personas.
Espero les haya gustado, y me puedan dar su opinión.
Premisa: Makoto y Haruka juegan a tirarse las pokébolas entre ellos.
