Tan sólo llevaban diez escasos minutos en el local, pero Shouyou ya se estaba arrepintiendo de haber accedido a la petición de su acompañante. Había caído en su trampa de lleno. Tener a Sugawara hablando sin parar y lanzándole preguntas indiscretas no era lo que habría calificado como un gran plan. Sin embargo, ya le había prometido estar con él esa hora. "Una y no más", pensó. No podía echarse atrás.
-¿Y bien? ¿Qué estudias?-le preguntó el mayor con curiosidad. Sin embargo, Shouyou supo enseguida que era otra la razón por la que quería saber aquello.
Tratando de no bajar la guardia, el muchacho dijo una sola palabra:
-Periodismo.
-¡Hala, periodismo!-se sorprendió Suga-. Muchas veces me lo planteé cuando aún estaba en la preparatoria. Aunque al final me decanté por ciencias del deporte.
Shouyou frunció el ceño. Sí, sabía perfectamente por dónde quería conducirlo, y no iba a ceder tan fácilmente. Tan sólo se encogió de hombros como respuesta, y Suga siguió hablando.
-Me recuerda a los tiempos del Karasuno, ¿sabes? En aquel momento estaba sobre la cancha, y ahora la analizo desde fuera. Aun así, todavía sigo jugando de vez en cuando. ¿Tú no?
Shouyou se cansó de ignorarlo y le dirigió una mirada furibunda.
-¿Adónde pretendes llegar, Sugawara? ¿Qué es lo que quieres saber? Preferiría que no dieses rodeos y me preguntaras directamente. Me estás poniendo nervioso.
Suga sonrió, viéndose descubierto. Se apoyó en la pared del local y tomó un largo sorbo de su bebida. La tensión era tan palpable que se podía cortar con un cuchillo.
-Quiero saber por qué lo dejaste. Por qué no has vuelto a ponerte unas zapatillas. Y, sobre todo, por qué no hemos vuelto a saber de ti.
Shouyou se levantó de forma repentina, apoyando las manos en la mesa, y se inclinó tan amenazadoramente que incluso Sugawara, que le sacaba al menos veinte centímetros, se vio ligeramente intimidado.
-No he venido aquí para que cuestiones mi vida y remuevas el pasado. ¿Tú por qué crees que fue? Si ya lo sabes, no sé por qué intentas sacármelo a la fuerza.
-Has cambiado, Hinata. El antiguo tú jamás habría sido tan cobarde.
Shouyou esbozó una sonrisa de suficiencia y se enderezó, mirando al mayor, que seguía sentado.
-¡Sorpresa, Sugawara! Las personas cambian. Pensaba que después de tanto tiempo te habrías dado cuenta. Siento no ser más aquel pequeño de sonrisa radiante que conservas en tu memoria. Ese Hinata Shouyou ya no existe, ¿entiendes? Ya no hay nada que hacer. Y el Hinata y el Sugawara de ahora ya no tienen ninguna relación. Así que, con tu permiso, me marcho.
Se dio la media vuelta y comenzó a caminar. Sin embargo, la suave voz de Suga lo hizo detenerse.
-Te equivocas, Shouyou. Tú no has cambiado, tan sólo tienes miedo.
-No me llames por mi primer nombre-advirtió el pelirrojo, mirándolo por el rabillo del ojo-. Y, por desgracia para ti, no me importa en absoluto lo que tú pienses de mí. Cuídate, Sugawara.
-Estaremos en el gimnasio del Karasuno este sábado, a las 19:00. Te esperaré.
-Hasta la vista-respondió Shouyou sin más, y salió del local.
Una vez fuera, se dejó caer sobre la pared, respirando con dificultad. Sus puños estaban crispados, y la ira lo recorría por dentro como una corriente eléctrica. ¿Cómo se atrevía…? ¿Quién se creía que era? Él ya no era un niño como para necesitar sus consejos. No precisaba a nadie, podía hacer su propia vida solo.
Echó a andar camino a su casa. El enfado que sentía no era tanto con su antiguo compañero como consigo mismo, por haber accedido a pasar tiempo con el chico. Shouyou no era tonto, conocía perfectamente las intenciones del otro. Sin embargo, sus sentimientos habían aflorado ligeramente y lo habían traicionado.
La caja de Pandora se había abierto de nuevo, dejando salir al exterior todo lo que se había empeñado en ocultar durante esos años. "No es justo", se dijo. "¿Por qué me haces esto, Sugawara?". Y, antes de que pudiera advertirlo, las lágrimas acudieron raudas a sus ojos, deslizándose silenciosamente por sus mejillas. El chico ruidoso de hacía tres años había desaparecido por completo. Ahora, ni siquiera su llanto producía sonido alguno.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano sin ningún cuidado. Prosiguió su camino y, cuando llegó a casa, cerró de un portazo y se encerró en su cuarto, del cual ya no quiso salir en toda la tarde.
"Te esperaré".
No, definitivamente no iba a acudir. No podía.
Ya era demasiado tarde para eso.
Recostándose en la cama, se dispuso a dormir hasta el día siguiente. Después de todo, no era cierto que estuviera ocupado. Tan sólo había utilizado esa excusa para estar solo.
Solo. Como siempre.
