Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


2. Capacidad

Día 1


Elisabeth (Lis) Zuckerman, isla Diamante


Deposito la partitura sobre el atril. Quito los seguros del estuche usando los pulgares y saco de su interior el hermoso violín, negro como la noche.

El nombre de la melodía y de su compositor se perdieron, como todo lo demás, en el momento en que los continentes se fragmentaron y fueron lanzados hacia el mar. Sin embargo la pérdida de su historia no evitó que la partitura llegara a mis manos, siglos más tarde, para que mis hábiles dedos pudieran arrancarle hermosos lamentos al violín.

La música es la única forma en que puedes describir el mundo con los pensamientos más profundos y los sentimientos más poderosos sin necesidad de decir una sola palabra. Coloco la almohadilla del violín bajo mi mejilla y sujeto el arco con la mano derecha.

Mi mano derecha se mueve rápidamente con el arco mientras los dedos de la izquierda saltan entre las cuerdas para generar las notas escritas con tinta negra sobre la hoja colocada sobre el atril frente a mí. Puedo interpretar la melodía con los ojos cerrados, pero me han criado bajo la repetición exacta de costumbres y métodos, tan propios de los militares, por lo que el pararme frente a la partitura es un hábito.

Es una de las piezas más complicadas que existen, pero la he dominado hace tiempo, por lo que mientras la música llena el estudio, puedo perderme a mí misma en mis pensamientos.

Hoy tendrá lugar la Gran Selección. Después de dos Cribas, hoy han de elegir a quienes representarán a Diamante frente a las otras islas.

Pasar airosa por los dos primeros procesos de depuración no fue difícil, pero solo quedamos diez en el proceso, cinco chicas y cinco chicos. Sé que nadie podría representar a Diamante como lo haré yo, que he sido tocada por un dios.

Antes de nacer, mi madre rezó a Baldr, el dios de la belleza y la inteligencia, para que me bendijera con sus dones. Al verme, creo que nadie podría decir que nuestro dios haya hecho oídos sordos a los ruegos de mi madre, aún y cuando ella no pudo ser testigo de ello: murió cuando me daba a luz.

En cualquier caso, la combinación de ambas cosas me hace la candidata perfecta para traer la victoria a casa. Las otras islas no entienden lo que necesitan porque nunca se han encontrado bajo el mandato de Diamante, pero nuestros gobernantes son los únicos que pueden llevarnos, realmente, hacia un mejor futuro. Quienes nos guían a nosotros han sido elegidos por los dioses para ello.

La melodía empieza a llegar a su final al mismo tiempo que escucho risas en el piso inferior de la casa. Romina debe haber llegado ya y posiblemente se ha encontrado con Edvin. La imagen de ellos dos solos es un fogonazo en mi cabeza que me hace perder el ritmo y en consecuencia el arco arranca un lamento horrible del violín y una de las cuerdas salta de su lugar.

Frunzo el ceño y meto el instrumento y el arco dentro del estuche y me apresuro a ir escaleras abajo.

Edvin se encuentra al pie de las escaleras, su mano apoyada despreocupadamente en el pasamanos, mientras habla con Romina, que está subida en el cuarto escalón con el cuerpo ligeramente arqueado hacia él. Ella ni siquiera se ha quitado el pesado abrigo de piel artificial que la protege de la helada que ha estado asolando a Diamante desde hace dos semanas.

Los observo antes de anunciarme. Comparten algunos rasgos ellos dos: el cabello rubio, la piel blanca y la vivacidad del rostro. Solo alguien que los conoce tan bien como yo, podría notar como las puntas de las orejas de Edvin se tornan rojas o el ligero rubor que cubre las mejillas pálidas de Romina. Se gustan, se han gustado desde siempre, ambos son ridículamente obvios al respecto.

Una sonrisa se instala en mi rostro cuando pienso en cómo unas cuantas palabras de mi parte fueron capaces de que ninguno de los dos tratara de hacer un movimiento para convertir su relación en algo más. Me aclaro la garganta para anunciar mi presencia y Romina se endereza y compone una sonrisa.

—¡Lis!— saluda ella y no hay ningún matiz en su voz que indique falsedad en la alegría que siente al verme.

—¡Rom!— replico yo mientras suelto una risita y bajo apresuradamente por las escaleras hasta que quedo un escalón por encima de ella. Desde esta posición, le saco un par de centímetros. La sujeto del brazo y nos damos un beso en cada mejilla.

Edvin se apoya despreocupadamente sobre la barandilla. Está cubierto de sudor y trae una toalla blanca alrededor del cuello: acaba de salir del gimnasio. Edvin es el hijastro de mi tío. Nos hemos criado más o menos juntos desde que él tenía ocho años, pero nunca nos hemos visto como hermanos. La mayor parte del tiempo él se limita a intentar sacarme de quicio.

En nosotros todo se convierte en una competencia y los Juegos no han sido una excepción, ambos hemos entrado a la recta final, a diferencia de Romina que fue eliminada en la Segunda Criba, una prueba más de que soy mejor que ella.

–Loki— dice Edvin mientras se seca la parte posterior de la cabeza con la toalla y me dedica una sonrisa burlona.

A Edvin le parece graciosísimo el hecho de que Baldr me proteja, suele hacer chistes a mi costa y su favorito es compararme con Loki, el dios de los engaños. A nadie le parece gracioso, pero siempre me ha fastidiado el hecho de que Edvin es el único que parece ver a través de mí, como si fuera transparente.

Romina sin embargo se ríe y Edvin parece particularmente encantado por el sonido de su risa.

—¿Estás lista, Rom?— pregunto mientras le dedico una mirada de advertencia a Edvin y tiro de la mano de mi amiga.

—Claro, ¿ya decidiste que te pondrás?

—Esperaba que me ayudaras tú, ¡tienes tan buen gusto!

Sus ojos se llenan de lágrimas como si no pudiese creer su suerte y me sigue por las escaleras.

La habitación está decorada con luces que caen en cascada desde el techo hasta el suelo. Cuando las enciendes por la noche, es como ver a un centenar de luciérnagas suspendidas en el aire.

Romina me hace sentarme en el tocador y empieza a cepillar mi cabellera castaña con el cepillo de plata que solía ser de mamá. Recoge mi cabello en un moño alto y luego comienza a aplicar el maquillaje. Delinea mis ojos y ondula mis pestañas, llena mis mejillas de rubor y cubre mis labios con brillo.

—Es difícil pensar que podrías verte más bonita de lo que luces normalmente, pero lo haces— dice mientras se para detrás de mí para inspeccionar mi rostro—. ¿Prometes que tendrás cuidado?

—Por supuesto— respondo yo— el que tendrá que cuidarse es Edvin si tiene la suerte de ser seleccionado también— bromeo.

Ella aprieta los labios, señal inequívoca de que quiere decirme algo.

—¿Qué pasa?

—Es solo que él es tan increíblemente bueno disimulando lo que siente, lo mucho que le gustas…

Me río entre dientes y finjo avergonzarme.

—Oh… eso. Pues creo que no tiene muchas opciones, para el tío Christoffer sería raro enterarse de que su hijastro está enamorado de su sobrina ¿no crees?

–Supongo, pero debe ser duro— dice encogiéndose de hombros—. Yo siento que todo el tiempo traigo escrito en la cara lo mucho que él me… A ti no te molesta ¿verdad? Porque sabes lo mucho que te quiero y lo importante que es tu amistad para mí— dice bajando la cabeza.

Me pongo de pie y la tomo de la barbilla para que me vea a los ojos.

—Siempre y cuando nunca le digas lo que sientes, no hay problema.— le digo muy seria—. Porque eso sería bochornoso. Y no me gustaría nada verte a ti incómoda por algo.

—¡Gracias Lis!— dice mientras me envuelve en un apretado abrazo.

—No hay de qué— digo mientras la rodeo con mis brazos, prestando atención a no arruinar mi maquillaje o mi peinado.

—Entonces— dice apartándose y limpiando sus lágrimas—. Creo que el vestido plateado hace que tus ojos luzcan increíbles ¿no crees? ¿Qué tal si usas ese?

Le sonrío.

—Estaba pensando exactamente en lo mismo.

Romina me desea suerte y se va. Papá no viene a desearme suerte antes del anuncio. No tenía muchas esperanzas de que lo hiciera, pero de todas maneras siento un vacío en mi interior cuando no lo veo. Me despido del resto de mi familia y dejo que el vehículo oficial me lleve hacia el Palacio. Me envuelvo en un pesado abrigo de color blanco que se encarga de mantenerme caliente mientras camino de la casa al auto negro con vidrios tintados. Nos envían a Edvin y a mí en vehículos separados a pesar de que vamos hacia el mismo lugar.

En el trayecto mis dedos recorren la pulsera que siempre traigo puesta. Tres finas cadenas que rodean mi muñeca y ascienden por el dorso de mi mano, uniendo los delicados diamantes que se asientan sobre bloques en forma de rombo.

Los diamantes forman las letras que componen mi nombre. Son diez en total, cada una con una runa tallada con un significado distinto: Elegancia, Lealtad, Inteligencia, Sabiduría, Amor, Belleza, Elocuencia, Tenacidad y Honor. Fue un regalo de parte de mi madre… ella pensaba dármelo cuando cumpliera los dieciséis, lo mandó a hacer en cuanto supo que yo era una niña, pero nunca tuvo tiempo de entregármelo personalmente.

Sé que en el fondo mi padre me sigue culpando por la muerte de mamá, así que fue una sorpresa mayúscula cuando él mismo me la entregó. Sospecho que mi tío tuvo algo que ver en el proceso, pero en cualquier caso ahora el precioso objeto es solo mío.

Cuando llego al Palacio de Cristal, la hermosa estructura con forma de campana que alberga a la familia real, siento un cosquilleo de emoción. Nunca, hasta hoy, he podido estar tan cerca. Por lo general hay una cadena de seguridad rodeando todo, para mantener a salvo a la familia real. Pero hoy, soy una de las elegidas.

El conductor rodea el vehículo y abre mi puerta, ayudándome a bajar. Uno de los guardias me ofrece su brazo cuando llego hasta la entrada y me escolta, con delicadeza, hasta una habitación en donde me hacen esperar para ser llamada a entrar al salón.

Soy la última en entrar, porque nos llaman al salón por el orden alfabético de nuestros apellidos y Zuckerman se encuentra justo al final.

Entre los chicos reconozco a Edvin y a Knud Voorend. A las chicas las conozco porque hemos tenido que entrenar juntas. Todos esperamos en línea, nuestros ojos dirigiéndose hacia el balcón en lo alto del salón, a la espera de que Oberón y Cavyll salgan a hacer el anuncio.

Edvin se inclina hacia un lado y habla, con una sonrisa torcida, con un chico alto y rubio. Cuando él se gira para contestarle, una cadena dorada cae hacia abajo, desde su cuello, con una ornamentada letra A. Parece un adorno demasiado femenino para un chico de sus proporciones, pero hay un destello interesante en su mirada cuando el chico se da cuenta de que la cadena se ha salido de su camisa. Pica mi curiosidad de inmediato.

Las cámaras disparan sus flashes y los noticieros hacen sus reportes desde detrás del cordón de seguridad, esperando a reportar quienes serán los elegidos de Diamante para luchar por el liderazgo de la nueva nación.

Hay un movimiento tras la cortina y entonces Oberón y Cavyll salen al balcón.

Nunca había estado tan cerca de ellos y mi corazón se salta un latido al notar el regio porte que solo aquellos elegidos por los dioses pueden tener.

La gente aplaude, yo incluida, mientras ambos saludan con elegancia a la audiencia. Oberón alza sus brazos y entonces todos guardamos silencio.

—En el último año— empieza él— cientos de valientes jóvenes se han ofrecido voluntarios para luchar, con todas sus fuerzas, para que el resto de naciones acepte lo que los dioses le han entregado a Diamante— dice él y su voz resuena alta y clara, sin necesidad de micrófonos—. Han sido semanas de arduo entrenamiento donde ellos han probado ser merecedores del honor de ser nuestros representantes ente los ojos de dioses y humanos— continúa diciendo mientras siento como las mariposas revolotean en mi estómago—. Hoy inicia una nueva era. La era en que los Diamantes gobernaremos Renovatio con la misma justicia.

Los aplausos estallan, los flashes de las cámaras me ciegan por un momento mientras Oberón cede su lugar a Cavyll, cuya coronilla llega a la altura del hombro de su tío. Aún no ha terminado de crecer, pero se parece en muchas cosas a su tío. Tiene los mismos ojos gris acero y la misma mandíbula fuerte.

La voz de Cavyll, hermosa pero menos potente que la de Oberón, llega amplificada a través del sistema de altavoces distribuidos en la sala. La emoción me desborda y por un momento, deseo tener el violín en mis manos para arrancarle sonidos que le hagan justicia a este momento.

El pequeño rey saca una tarjeta de un sobre plateado, se aclara la garganta y dice:

—La mujer que representará a Diamante en los Juegos del Hambre es ¡ELISABETH ZUCKERMAN!

Y sé que en este momento el mundo me observa sólo a mí. Me giro en mi lugar para dedicarle una mirada a Edvin que dice algo así como "¡en tu cara!". Él ni siquiera me está viendo, igual podría ser una desconocida quien sube en este momento por la escalinata.

Cavyll sujeta mi mano y luego lo hace Oberón. Espero sentir un cosquilleo en los dedos al estar tocando a estas criaturas elegidas por los dioses, pero no hay nada de eso. Solo la inmensa satisfacción de saber que he ganado. Ahora solo queda por ver cómo haré que Edvin se dé cuenta de ello.


Maddox Erwyn, isla Aguamarina


El aire huele a sal y a agua. Hoy llevará. Puedo decirlo por la forma apresurada en que los pájaros se sumergen en el mar, a la espera de que Manawydan, la divinidad que controla el océano, se apiade de ellos y les permita regresar a sus nidos con algo de comida antes de que estalle la tormenta.

Esa una de las pocas enseñanzas que mi madre ha podido inculcarme como sacerdotisa druida. Ella se cree de verdad las historias sobre multitud de dioses que, a partir de leyendas, pretenden explicar cosas como la muerte o el cambio en las estaciones. Para mí, el mar es el mar, el sol es el sol y lo que sucede en nuestras vidas es solo el resultado de nuestras decisiones, no del estado anímico de las deidades que no se dignan ni siquiera a mostrar sus rostros.

En cualquier caso las enseñanzas de mi madre me sirvieron para comprender el comportamiento de las aves y del clima, así que no doy el tiempo por perdido.

Habría pensado que el movimiento de las islas hacia un punto de encuentro habría hecho que el clima cambiara también, pero por algún motivo el choque entre las corrientes oceánicas y la brisa que sopla desde los ahora desaparecidos polos, ha hecho que las condiciones se mantengan bastante estables. Ámbar sigue siendo caliente como el infierno y Rubí sigue siendo un lugar en el que, si sales con pantaloncillos, se te congelará inevitablemente el culo.

El clima acá es bastante agradable siempre y cuando no te moleste la humedad de la brisa marina. Seguimos siendo una nación que se ha volcado a la explotación marítima y Manawydan nos ha sonreído, porque a pesar del choque entre las islas seguimos estando rodeados por el mar en casi todas partes.

La marina se encuentra llena de barcos que regresan temprano. Apenas va a ser medio día, pero la mayoría de los pescadores está soltando sus anclas y asegurando sus embarcaciones al muelle. Nadie quiere perderse la Gran Selección, ni siquiera aquellos que fueron descartados desde el principio por los duros métodos de Rhiannon Phyl, que fue enfática en que si deseábamos seguir adelante con la vida a la que estábamos acostumbrados, lo mejor sería que pusiéramos nuestros traseros en forma y nos dejáramos de juegos.

Nadie se toma nunca en broma lo que Rhiannon dice. Es dura, pero justa. Aunque la verdad es que rara vez me detengo a pensar demasiado en la familia real. En casa, mis tutores legales la idolatran. En el orfanato en el que pasé poco menos de la mitad de mi existencia no hacían más que criticar a la monarquía, así que ahora que he llegado a la edad adulta me da exactamente lo mismo.

La ventaja que reconozco en el modo de gobernar de Rhiannon es que ha aprendido a ordenar las cosas de tal manera que no reine el caos en Aguamarina, pero al mismo tiempo se abstiene de tomar decisiones por todos. Si alguno de los otros se hiciera con el poder ¿de qué manera viviríamos?

En cualquier caso, los elegidos de hoy tendrán una gran responsabilidad encima. Creo que fue precisamente ese el detalle que nos motivó, a Sloane y a mí, a inscribirnos en la primera lista que pasaron para empezar con la Selección. Entramos al primer grupo de seleccionados, pero llegado el momento de sacar a los finalistas, se determinó que mi hermana adoptiva tenía más talento para el sector estratégico que para la parte en la que básicamente tenías que matar a quien se te pusiera enfrente. En consecuencia, ella acabó en la lista de posibles mentores, así que llegado el caso tendrá que encargarse de sacarle las castañas del fuego a uno de los campeones.

Yo sigo en la competencia.

Rhiannon se ha encargado de reducir a cien el número de candidatos a campeón. Cincuenta hombres y cincuenta mujeres. En los últimos tres meses se han encargado de puntuar nuestros avances en los entrenamientos y hoy darán los resultados. El chico y la chica que tengan las notas más altas serán los afortunados que puedan ir a jugarse el cuello por la causa. Aunque la causa no me importa tanto como la posibilidad de encontrar mi destino.

A diferencia de Sloane, mi familia biológica no me interesa. Supongo que en ella influye el hecho de que vivió hasta los tres años con su madre, después de eso, apareció una mañana con la muñeca atada a la entrada del orfanato, como si fuera un perro. En uno de los bolsillos de su vestido traía un papel con su nombre completo y un colgante con la figura de Dagdé, el dios supremo. Desde que tengo memoria ha estado obsesionada con encontrar a su familia, aún y cuando deba realizar la búsqueda a espaldas de nuestros tutores legales, pues cada vez que se enteraban de lo que ella hacía, estallaban en indignación.

Estoy sentado en lo alto de uno de los faros. Hacia abajo, tengo una vista panorámica de la marina. Si me sentara en el extremo opuesto de la torre, podría ver Lugones, la ciudad en que se encuentra el castillo. Pero tengo que estar allá en una hora y posiblemente entonces me aburra de verlo, así que me dedico a pasar el tiempo aquí.

Echo la cabeza hacia atrás, haciendo que mi largo cabello castaño forme una cortina tras mi cabeza. Gwendoline, la única hija biológica de mis tutores, ha hecho una pequeña trenza en él esta mañana, la cual ha adornado con una concha que ha encontrado ayer mientras caminaba por la playa.

Escucho los pasos, que pretenden ser discretos y cierro los ojos.

—Supuse que te encontraría aquí perdiendo el tiempo— dice Sloane mientras se quita las sandalias y sacude la arena.

—Hmmm…

—Habría pensado que al menos te bañarías antes de ir al castillo.

—Si resulta que soy su campeón, tendrán que aceptarme con baño o sin él.

—¿Estás nervioso?

La brisa del mar alborota mi cabello, lanzando mechones contra mi cara antes de abrir los ojos para contestarle.

Supongo que Sloane es una mujer bonita, con su cabello castaño rojizo y sus ojos de un color indefinido entre el verde y el azul. Es un año más joven que yo y solemos estar juntos todo el tiempo, así que la gente suele asumir que somos pareja. El hecho de que no compartamos apellido ni rasgos solo acrecienta la idea, pero inclusive si no tuviésemos el tipo de relación que tenemos, sería imposible que estuviésemos juntos de esa manera. Somos tan parecidos en tantas cosas que seguro me aburriría de inmediato.

—¿Debería?— pregunto perezoso mientras dejo que los rayos de sol que han logrado escaparse de las nubes grises que han aparecido en el aire bañen mi piel— Si resulto ser el mejor, iré y ganaré. Si no, pues me quedaré aquí y no habrá pasado nada, no estaba en mi destino.

Sloane me mira con suspicacia mientras saco mi moneda del bolsillo. Es plateada y vieja. La encontré un día en la playa cuando tenía seis años. Posiblemente vale un buen dinero, como las cosas realmente viejas suelen hacerlo por algún motivo que no logro descifrar, pero no lo hice en su momento y se convirtió en la eterna inquilina de los bolsillos de mi pantalón. Empiezo a mover la moneda entre los dedos de mi mano derecha, haciéndola deslizarse por debajo de uno, por encima de otro, por debajo de uno y por encima de otro, hasta que completa su trayectoria y regresa haciendo el camino inverso.

Mi hermana se detiene en lo que está diciendo, me mira entrecerrando los ojos y apretando la mandíbula. La pone de los nervios ese hábito mío. Cuando éramos niños solíamos apostar cuanto tiempo podía permanecer sin que la moneda cayera al piso. Siempre terminaba aburriéndome antes de que eso pasara.

Le dedico una sonrisa torcida que hace que ella se mueva hacia adelante, en un intento de arrebatármela y posiblemente arrojarla al mar. Es rápida, pero no tanto como yo, que capturo sus dos manos con una de las mías, haciéndola rabiar. Me río y me guardo la moneda en el bolsillo. Me pongo de pie y le ofrezco la mano para que se levante.

—Es hora.

Para ingresar al castillo hay que pasar por tres controles. En el primero anotan tu nombre y tu código de nacimiento en un archivo digital que les devuelve la fotografía que la seguridad tenga en sus registros. Un Maddox más joven me observa desde la pantalla. En el segundo nos hacen pasar por unas barras que lanzan pitidos agudos si traes algún objeto potencialmente peligroso encima.

En el último toman una muestra de sangre. Como hoy solo entramos quienes hayamos pasado por las etapas previas de selección, asumo que se trata de un examen final para descartar padecimientos físicos.

El salón es tan grande como mi casa y está lleno de muebles viejos que posiblemente valen una fortuna. Cuando Sloane y yo entramos, ella se dirige al grupo de potenciales mentores, la mayoría de los cuales supera los cuarenta, mientras yo me dedico a curiosear entre las vitrinas, ignorando a los otros finalistas.

Al frente han colocado dos pantallas gigantescas por las que asumo presentarán el ranking final.

Estoy entretenido viendo una colección de monedas viejas, como la mía, cuando uno de los Guardias me pide que me una al grupo.

No nos dan sillas, nos mantienen de pie frente a las pantallas.

Primero hay un mensaje de Rhiannon, no sabría decir de si es transmitido en vivo o no, pero nos desea suerte a todos y nos recuerda la importancia del papel que vamos a asumir. Rhiannon tiene puesto un vestido con el color de la isla. Luce aún más pálida que de costumbre y unas manchas oscuras han aparecido bajo sus ojos. Supongo que todo el asunto de organizar los Juegos debe ser bastante estresante. Doy un vistazo a los otros candidatos. A mi alrededor la mayoría trae puestos trajes que posiblemente les pertenezcan a sus padres. Me río en silencio mientras el mensaje de Rhiannon llega a su fin.

Nos explican que nos han evaluado en cuatro áreas: fuerza, velocidad, resistencia e inteligencia. Cada aspecto tiene un valor de veinticinco puntos, lo que hace que el total sea de cien. Por motivos de seguridad, no van a presentar el puntaje final que cada uno ha obtenido, pero el equipo lanzará la lista en orden ascendente, del más bajo hasta llegar al más alto.

Primero presentan los resultados de las chicas. Los nombres llenan la pantalla, una debajo de la otra hasta que se completan los cincuenta. El primer lugar lo tiene Éire Cernunnos. Al final, el cuadro es reemplazado por el rostro de una chica rubia. En la fotografía tiene el cabello largo hasta la cintura, pero cuando avanza hacia el frente para tomar su lugar, veo que ahora lo lleva cortado a la altura de los hombros. Despide autoconfianza por cada poro de su cuerpo y mira a los demás como si no fueran dignos de estar en la misma habitación que ella. En el grupo de los mentores un hombre de mediana edad con el cabello oscuro aplaude y vitorea.

Llega el turno de los chicos. Mi nombre es el último en aparecer. En cuanto lo hace, la pantalla se desvanece para dar lugar a mi rostro. Mantengo mi rostro libre de expresión mientras avanzo, hasta colocarme al lado de Éire, que me lanza una mirada petulante.

Alguien nos pide que nos demos la mano. Me giro hacia ella con la mano extendida, ella finge estar muy ocupada revisando las puntas de su cabello como para darse cuenta. Me encojo de hombros y cruzo los brazos detrás de mi cuello. Hago crujir mis articulaciones ganándome una mirada de enfado de su parte.

Y yo me río, porque las siguientes semanas en compañía de Éire prometen ser de lo más divertidas.


Aaliya Kengne, isla Marfil


Sagh se retuerce a mi lado mientras ambos contemplamos, echados sobre nuestros estómagos, como la familia de suricatas se desliza entre los débiles matojos de hierba seca que se sigue esforzando por brotar a pesar de la sequía.

Sagh se llega un pequeño dedo a los labios, indicándome que debo permanecer callada a pesar de que la excitación de ver a los pequeños roedores amenaza con hacerme chillar de la emoción. Me conoce bien, a pesar de que mi hermano y su esposa, sus padres, son las personas más serias y correctas que conozco, el niño parece haber heredado algo de la personalidad que Jawdat, otro de mis hermanos, y yo, heredamos de nuestra madre. Es tan despreocupado y alegre como somos nosotros.

La suricata más grande, la cual asumo es la madre de las otras, empieza a excavar en el suelo arcilloso. Después de unos cuantos minutos de ardua labor, las pequeñas crías empiezan a imitarla desde sus lugares. Posiblemente debería estar más interesada en idear una forma de atraparlas en una trampa o de herir al menos a la más grande para tener algo que llevar a la mesa esta tarde, pero a pesar de que no tengo mayor problema en comerme lo que los cazadores llevan a la aldea cada semana, no tengo el corazón para hacerle daño a uno de estos pequeños animales.

El crujido de una rama alerta a la familia de suricatas de que alguien, un potencial depredador, se acerca y todas ejecutan una impresionante huida que me dice que mamá suricata se ha encargado de enseñar bien a sus pequeños.

Sagh hace un puchero, haciendo sobresalir su grueso labio inferior y pega su barbilla al suelo para ocultarse más. Estoy a punto de imitarle cuando una voz conocida me llama:

—¿Aaliya?

El vuelco en el estómago nada tiene que ver con la emoción de que Yasaar por fin empiece a llamarme por mi nombre en lugar de decirme inkosikazi. No tiene sentido ocultarme porque él sabe que estoy aquí, Latrice debe haberle dicho que me llevé a Sagh.

—Aquí estoy, umyeni. – digo mientras deseo morderme la lengua por tener que llamarle esposo.

No es que Yasaar sea malo conmigo, si me siento a comparar mi situación con la de Zaire, mi mejor amiga, sin duda he tenido la mejor de las suertes en lo que a la elección de un esposo se refiere.

Zaire lleva casada el mismo tiempo que yo, dos años, y desde entonces el color real de su piel se ha perdido por la multitud de moretones que cubren su cara, sus brazos y sus piernas. Creo que el único lugar en el que él no la golpea es en el vientre y eso se debe únicamente a que teme hacerle daño a Kunye, el niño que crece en su interior.

El verdadero problema entre Yasaar y yo radica básicamente en dos puntos, el primero y menos importante es que él ya andaba correteando con los cazadores cuando yo ni siquiera había aprendido a andar. Mi padre podrá decir lo que quiera, pero diez años me parecen una diferencia demasiado insalvable entre dos personas que deben comportarse como una pareja. Y luego está, claro, el hecho de que no fue mi elección el casarme con él.

La tradición dicta que a partir los quince años las mujeres en Marfil pasan a ser elegibles para matrimonio, se supone que está relacionado con la fertilidad y la oportunidad de contribuir a la repoblación de la isla, especialmente desde que la Gran Colisión hizo que tantas personas murieran. Si me lo preguntas a mí, tiene más relación con el hecho de que dejas de ser una carga para tu padre y empiezas a serlo para tu esposo.

Yasaar me mira con sus pequeños ojos cafés, tan oscuros que casi parecen negros. Su mirada me recorre de abajo hacia arriba y sonríe cuando nota la mancha rojiza que la tierra ha dejado en la pechera de mi camisa naranja.

—Pero ¿qué voy a hacer contigo?— dice mientras envuelve mis hombros con uno de sus brazos y acerca su boca para besarme. Juro que no es un acto consciente lo que hace que gire mi cara para que sus labios se estrellen contra mi mejilla en lugar de con mi boca.

Cuando veo la chispa de dolor brillando en sus ojos, de inmediato me siento culpable. Él no me dice nada, nunca lo hace, pero sé que mis sutiles rechazos me traerán problemas tarde o temprano. Padre ya me ha dicho que es hora de que la semilla de Yasaar eche raíces en mi interior y traiga al mundo a su cuarto nieto, mis hermanos mayores ya se han puesto a la tarea de darle herederos, pero ningún matrimonio está bien afianzado hasta que hay bebés correteando por ahí.

El pensar en mi padre hace que una nube oscura pase por mi cabeza. Mamá cumpliría los cuarenta este verano si tan solo padre no fuera tan cerrado con sus convicciones religiosas. Si mamá hubiera recibido ayuda de los chamanes, probablemente seguiría aquí conmigo y yo no tendría que pasar por todo esto sola. La radicalidad hacia el cristianismo es, probablemente, lo que más odio de la vida en la isla, eso y los matrimonios arreglados. Padre dijo que si mamá no era capaz de reponerse a la enfermedad, era porque esa era la voluntad de Dios y no podíamos más que aceptarlo.

La piel de Yasaar se siente caliente, más cuando recorre mi brazo desnudo con sus largos dedos. El toque, aunque agradable, no me hace sentir nada más que calor.

Se supone que aquí las cosas funcionan de esa manera. En otros lugares conoces a la persona, te enamoras de ella y luego te casas. Aquí la costumbre dicta que primero te casas, luego la conoces y, con algo de suerte, puedes terminar enamorado. Creo que la suerte no ha estado de mi lado en ese sentido.

La invitación, bien resguardada en mi bolsillo, arde como si estuviera en llamas mientras Yasaar descubre a Sagh en su escondite, le ayuda a ponerse de pie y luego le hace cosquillas en el vientre desnudo. Mi sobrino se ha llenado el pecho del mismo polvo arcilloso que cubre mi camiseta, haciendo que su piel oscura parezca pintada. Con solo ver a mi esposo, sabes que será un excelente padre cuando le llegue el momento, lo mucho que ansía, inclusive, el convertirse en padre. Y una parte de mi vuelve a sentirse culpable por mi negativa a engendrar sus hijos.

¿Inkosikazi?— pregunta él sacándome de mis pensamientos y yo hago una mueca ante el uso de la palabra "esposa".

—¿Sí?

—¿Está ya listo el almuerzo?

Es una fortuna que sea una persona de sonrisa fácil, de otra manera sería difícil fingir felicidad todo el tiempo. Le sonrío.

—Por supuesto. Hoy he acabado temprano con los quehaceres de la casa y por eso he decidido sacar a Sagh un rato. Me aburría.

—¿Te aburrías?— hay un ligero dejo de incredulidad en su voz, pero él lo reprime con una risa. La diferencia de mentalidades siempre ha sido una barrera entre nosotros. Supongo que a veces mis tendencias infantiles lo desconciertan—. Entonces está bien que hayas salido a dar un paseo— dice mientras me rodea de nuevo con el brazo y toma a Sagh de la mano—-. Vamos a casa.

Entramos a nuestra pequeña casa, que se encuentra fresca con respecto al calor de allá afuera. Sirvo el almuerzo, consistente en pedazos de pan y un guiso de carne de ñu, y ambos comemos en silencio mientras Sagh duerme la siesta sobre unos cojines.

—¿Volverás muy tarde hoy?— pregunto intentando no parecer demasiado nerviosa.

—Es posible que vuelva hasta mañana— vamos a seguir a una manada de kudus hacia el sur.

—Ya veo.

—Si te preocupa el quedarte sola, puedes pasar la noche en casa de Ghaib.

—Claro— acepto mientras me llevo una cucharada de guiso a la boca y mastico lentamente.

Inkosik… Aaliya— se corrige—, ¿eres feliz?

La pregunta me hace levantar la cabeza y tragar de golpe. No es normal que sea tan directo. Me muerdo el labio y bajo la mirada hacia mi regazo.

—Lo suponía.— es todo lo que dice él. Sigue comiendo y luego se retira a dormir, dejándome presa de mi confusión.

Se levanta horas más tarde, descansado y listo para ir al viaje de caza. Cuando salgo a despedirlo a la puerta, él me toma de la cintura con una mano y con la otra acuna mi rostro. Cierro los ojos cuando me besa. Cuando se separa, ambos tenemos la respiración agitada.

—Prometo hacerte feliz— dice cuándo se va.

Decido no darle demasiadas vueltas a las cosas. Entro a la casa y tomo uno de los cuencos con agua de uno de los pozos para lavarme la cara. Me cambio de ropa y observo mi reflejo en el único espejo que tenemos en casa.

He sido seleccionada como finalista, lo significa que, si las cosas salen bien hoy, podría ir de camino hacia mi libertad absoluta en unas cuantas horas. Cuando he acabado de prepararme, tomo a un Sagh aún dormido entre mis brazos, cierro la puerta tras nosotros y llevo mi mano a mi garganta para cerciorarme de que el collar de mamá sigue atado alrededor de mi cuello.

Dejo al niño en su casa aprovechando que su madre sigue dormida y sacudo el polvo de mis sandalias antes de empezar a caminar hacia el Verazar, la vivienda temporal que Joao Caveira ha instalado para el proceso de selección.

Camino a través del desierto durante tres horas hasta que veo el campamento. Hay letreros señalando el camino a intervalos de unos doscientos metros. No estoy segura de que espero encontrar cuando llego, pero la carpa principal no es tan grande como habría de esperarse, pero Joao siempre ha sido bastante sencillo. Hay seguridad por todas partes, pero es algo normal considerando que aún y con la paz temporal con las otras islas, los disturbios internos continúan en Marfil.

El guardia me intercepta en la entrada cuando me detengo para espiar hacia adentro y me pregunta que si tengo una invitación. La tengo. Se la muestro con dedos temblorosos y él me dice que Joao me atenderá ahora.

Me hace entrar en la tienda. Adentro, hay una temperatura agradable y el aire no sabe a polvo. Hay un montón de cojines en el piso. Me piden que elija el que más me guste y que espere en silencio. Mi corazón late rápidamente dentro de mi pecho mientras espero.

No he llegado a reponerme de mi nerviosismo cuando él entra.

Trae unos pantalones sueltos de algodón y una delgada camisa blanca, con los botones superiores sueltos. Dos cosas en su pecho llaman mi atención: un crucifijo de aspecto pesado tallado en marfil y un tatuaje, tan grande como la palma de mi mano, con la figura rudimentaria de un pez. Me esfuerzo por despegar los ojos de su pecho y lo veo a los ojos.

—Una florecilla del desierto— dice mientras se sienta de cualquier manera en uno de los cojines. ¿Qué puedo hacer por ti hoy?

Sus palabras tienen una cadencia musical. Habla una variedad antigua de nuestro idioma y me cuesta seguirlo.

—Señor— empiezo diciendo—, mi nombre es Aaliya Kengne, me he estado formando para servirle en los Juegos desde hace un año. Nada me haría más feliz que poder ser la persona que pueda traer a casa la victoria para usted.

He ensayado las palabras una y otra vez frente a nuestro espejo y consigo que la voz no me tiemble cuando las palabras salen de mi boca— Joao guarda silencio al principio. Luego me dice:

—¿Qué edad tienes?

La boca se me seca.

—Diecisiete, señor.

—Diecisiete. ¿Y siendo tan joven tienes deseos de morir?

Lo observo con los ojos muy abiertos, sin estar segura de cuál puede ser la respuesta correcta.

—Yo…

—Dicho de otra manera ¿qué es lo que realmente quieres, Aaliya Kengne?

Las palabras se agolpan una tras otra en mi cabeza mientras pienso que puedo decir para convencerlo de que puedo hacer esto. Al final, es solo una la que sale de mis labios:

—Libertad.

La boca de Joao se curva en una sonrisa.

—Libertad. ¿Libertad ante Dios o ante los hombres?— un escalofrío recorre mi cuerpo. No soy capaz de decir nada y él me estudia la cara mientras se rasca su incipiente barba—-. Claro que sí – dice mientras sus ojos oscuros recorren mi rostro y yo siento como el calor sube desde mi pecho hasta mi frente—. Está bien, Aaliya Kengne. Si me prometes que lucharás por nuestra victoria con tanto ímpetu como lo haces por tu libertad, entonces serás nuestra campeona.


Kheira Jovelik, isla Ónice


Mi mano izquierda hace girar el volante bruscamente hacia un lado mientras la derecha se estampa contra la bocina al tiempo que suelto un montón de improperios contra el cabrón que acaba de saltarse la señal de ALTO en la esquina y que me arrojado encima las cuatro toneladas de su camión.

El viejo Chevy se queja por el maltrato y amenaza con detenerse, pero meto el embrague hasta el fondo y paso a una marcha más baja para evitar que se apague.

—Idiota— mascullo mientras veo como el conductor me enseña su dedo medio mientras se mete en la cola del semáforo.

Llevo el auto a punto muerto y muevo el pie hacia el freno. Giro la cabeza hacia los lados deshaciendo nudos de preocupación invisibles.

Me encanta conducir, pero las calles están llenas de gente estúpida. El semáforo se pone en verde y los autos empiezan a avanzar. Cuando acelero, las botellitas de vidrio con las tintas para Sagir tintinean en su caja sobre el asiento del acompañante. Suelto una maldición cuando la luz direccional del camión se enciende, marcando la misma dirección que debo tomar yo en la intersección.

Después de veinte tortuosos minutos de mecerme hacia adelante y hacia atrás con cada frenado repentino del camionero, logro aparcar en el bordillo de la casa que comparto con Sagir. Quito las llaves del contacto y las deslizo en el bolsillo de mis pantalones de mezclilla mientras acomodo la ceñida camiseta de punto que deja al descubierto una porción de mi vientre plano, el suficiente para que por ella se asome el piercing con forma de gota que Maitane me ha abierto apenas ayer.

Tomo la caja de cartón del asiento, haciendo que las botellas choquen unas con otras y cierro la puerta del Chevy con un golpe de mis caderas. En la entrada, hago malabares con la caja para poder sacar las llaves del bolso.

Dentro, la casa se encuentra en penumbra. Los trastes que hemos usado para el desayuno siguen en la encimera y hay un ligero aroma a marihuana flotando en el aire. Dejo la caja sobre la mesa del comedor y abro las ventanas de la cocina para eliminar las evidencias. El consumo de la marihuana sigue siendo prohibido y lo que menos necesito hoy es que algún policía asome sus narices por aquí y decida cargarse a mi esposo por posesión ilegal de drogas.

La luz roja sobre la puerta al sótano me indica que Sagir está en medio de una de sus sesiones artísticas, por lo que me dirijo hacia la cocina y saco uno de los pequeños botellines de agua purificada del refrigerador. Entonces recuerdo que estoy en medio del Ramadán y que no puedo comer ni beber nada hasta que anochezca, así que vuelvo a meterla en el refrigerador y me dejo caer en una de las sillas frente a la encimera.

La luz sobre la puerta al sótano se apaga, escucho pasos en las escaleras y Sagir y un tipo moreno y fornido aparecen al otro lado. Envuelto en papel plástico, un nuevo tatuaje saluda al día sobre un antebrazo tan grueso como mis muslos. Me parece ver la forma de una paloma y un montón de caracteres ilegibles, tal vez porque pertenecen a un dialecto distinto al nuestro o tal vez porque el plástico los distorsiona.

El desconocido deja caer un montón de billetes arrugados sobre la palma abierta de Sagir y me dedica un saludo sin palabras tocando su frente y señalándome. Le respondo con un movimiento casi imperceptible de barbilla y entonces Sagir lo escolta a la puerta.

Cuando vuelve a la cocina, extiende los billetes sobre la mesa y se echa a reír.

—Otro de esos ¿eh? ¿Qué decía según él?— pregunto enarcando una ceja.

—Pues está convencido de que acaba de escribir el lema de su familia en su brazo: lealtad, honor y tradición.

—¿Y qué decía realmente?

Sagir se encoje de hombros y saca de la refrigeradora un emparedado de queso y una botella de agua.

—Algo así como "me gustaría bailar con tu toronja"— dice sonriendo contra el cuello de la botella.

Lo observo con las cejas enarcadas mientras una risa sacude mis hombros.

—¿Y no se lo dijiste?

—En mi defensa traté de hacerlo, pero ya sabes cómo son estos cretinos pretenciosos, no soportan que alguien sea más listo que ellos, y trató de discrepar sobre mi arte. Sabes lo poco que me gusta eso.

—Claro, artista— digo mientras estiro mis brazos por encima de mi cabeza y reprimo un bostezo— Pasé a recoger tus frascos de tinta, están en el comedor.

Sagir me sonríe, dándome un vistazo de la bola de pan con queso que tiene dentro de la boca a medio masticar.

—Puedes ser realmente asqueroso a veces, ¿sabes?

—Eso es lo que te gusta de mí.

—Eso y que fuiste mi boleto de salida de casa.

—Puedo sentir el amor— dice mientras se lleva una mano al pecho fingiendo que lo he lastimado.

—Del mismo modo en que yo fui el tuyo.

—¿Para qué sino iba a querer una chica como amiga?— bromea él mientras parodia un brindis alzando con su mano derecha la botella de agua.

—No tengo ni la menor idea. Por cierto, ¿estuviste fumando hierba mientras no estuve?

Un ligero rubor brota sobre su nariz y sus mejillas bronceadas.

—Uh… no.

—A la próxima abre una maldita ventana. Si hoy me seleccionan no podré seguir encargándome de tus cosas y será un trámite muy molesto el tener que sacar tu trasero de la cárcel cuando gane.

Sagir me dedica otra sonrisa.

—Te lo tienes muy creído, ¿no Khei?— dice mientras el teléfono empieza a repicar.

Me encojo de hombros mientras alcanzo el aparato. El número de la casa de mis padres se ilumina en la pantalla. Con una mueca, descuelgo el aparato.

—¿Hola?

—Khei-khei— saluda una alegre voz infantil.

—Mou—mou— respondo yo perdiendo la amargura en el momento en que reconozco a Moufid, el más pequeño de mis hermanos, al otro lado.— ¿Cómo estás?— mi hermano toma la pregunta como una invitación para quejarse sobre Fátima, nuestra hermana.

Moufid habla sin parar hasta que alguien, posiblemente mi madre, le grita que se lave las manos para servir el almuerzo.

—Es hora de que me vaya, Khei—khei. ¿Hablamos mañana?

Me muerdo el labio, pensando si será correcto decirle a mi hermano de seis años que tal vez mañana esté embarcada en una misión para entregarle el poder a Veronique sobre las otras islas. Al final, decido mejor no hacerlo:

—Claro y si acaso no estoy, siempre puedes hablar con Sagir.

—De acuerdo.

—Dale recuerdos a mamá por mí.

—Ajá. ¿A papá también?

Dudo por un momento. Mi relación con mi padre no ha sido la mejor desde hace años, cuando básicamente me convertí en todo lo que él repudiaba de una mujer joven. Pero mi hermano no tiene por qué saberlo.

—Por supuesto.

—De acuerdo.

—Y pórtate bien.

—Hummm…

Me echo a reír y corto la comunicación. Me quedo contemplando el teléfono con mirada vidriosa. Moufid es posiblemente la persona a la que más extraño desde que me largué de mi casa. No tengo tiempo para dramas porque Sagir asoma el rostro en la cocina en ese momento.

—¿Estás lista para que nos vayamos o quieres cambiarte?

—¿Te parece que no voy presentable?

—Tomando en cuenta que a Veronique le encanta usar velos, tal vez quieras reconsiderar todo ese estómago expuesto— dice mientras me señala con un dedo.

—Me cambiaré la camiseta y nada más— le advierto.

—Te esperaré en el auto—dice él— ¿tienes las llaves?

Saco el llavero de mi bolsillo y se lo arrojo. Él me guiña un ojo y desaparece de mi vista.

Camino apresuradamente hacia nuestra habitación y saco una camiseta de manga corta que deja al descubierto el tatuaje sobre mi hombro. Tendrá que ser lo suficientemente decente para Veronique.

Los cortos mechones oscuros me caen sobre la frente. Debería pensar en recortarlo, pero ya es un poco tarde para eso. Afuera, Sagir toca la bocina. Cuando salgo, con el ceño fruncido, él se ríe.

Peleamos por el control del radio por los primeros diez minutos del viaje. Gano yo, así que nos pasamos los noventa minutos restantes escuchando las rimas de un cantante de rap. En nuestro camino, vemos las célebres construcciones que hacen que Ónice sea llamada la isla más ostentosa. Aún y cuando no todos podemos permitirnos vivir así.

Veronique Simo ha abierto las puertas de su casa para realizar la Gran Selección. No sé si se trata de un gran gesto de confianza o en una forma de mostrarnos como es que vive la otra mitad, empezando por la elegante fachada de su casa. Sagir mira la casa y suelta un silbido largo.

—¿Te recojo a eso de las seis?— pregunta mientras apaga el auto.

Suelto el cinturón de seguridad y coloco mi mano sobre el tirador de la puerta.

—Supongo que lo sabrás por las noticias. Si alguien me gana, entonces sí.

—¿Puedes volver a repetirme por qué es que quieres hacer esto?

—Claro— respondo mientras vuelvo a cerrar la puerta—. En primer lugar, está el hecho de que es una buena forma de probarme a mí misma— le digo levantando un dedo—, luego está la posibilidad de que seguro que volverá loco a mi padre, lo que sería un buen plus— continúo alzando otro dedo—, pero lo más importante es que… — finalizo bajando un poco la voz— siento que Veronique ha hecho cosas grandes por nosotros. Si más adelante decidiera tener hijos y tuviera una niña, me gustaría sentir que pude ayudar a crear una sociedad en la que ella no tuvo que llevar la mierda de vida que tuve yo al principio.

Sagir desabrocha su cinturón y permanece en silencio por un momento, entonces me sorprende cuando se acerca a mí y presiona sus labios contra los míos. Suelto una exclamación que él aprovecha para meter su lengua en mi garganta en una forma que no es precisamente desagradable, pero aun así, este contacto se siente raro entre nosotros.

Llevamos más de un año de estar casados y hasta ahora nuestra relación ha sido enteramente platónica. Mi padre me presionaba para que me casara, el suyo hacía lo mismo con él y decidimos que lo más práctico era casarnos el uno con el otro para quitarnos ese rollo de encima. Nunca, hasta ahora, me había besado en serio.

Cuando abro los ojos, él me está sonriendo.

—¿Y a qué ha venido eso exactamente?— pregunto mientras me siento agradecida de que no me falle la voz.

Él se encoje de hombros y vuelve a abrocharse el cinturón.

—Considéralo una petición formal— dice mientras enciende el auto

—¿A qué?

—A que si te eligen y decides volver y practicar todo eso de hacer bebés, me permitas participar en el experimento— dice sonriéndome tan ampliamente que un hoyuelo se marca en su mejilla derecha— Ahora baja tu trasero de mi auto.

Lo observo boquiabierta por un momento antes de salir dando un portazo.

—Idiota.

—Te escuché— grita por la ventanilla mientras pone el auto en marcha.

—Lo sé— grito de vuelta mientras entrego mi carnet de conducir al guardia en la puerta. Él compara mi rostro con la fotografía y luego pasa la identificación por un lector. La máquina emite un pitido que señala que el documento es auténtico y la puerta se abre.

—Gire en el pasillo a la derecha, última puerta a la izquierda.

Recojo el carnet sin decir una palabra y me interno en la suntuosa casa.

Me sorprendo cuando, al llegar a la habitación, solo hay un chico, sentado en un sofá de aspecto mullido en la habitación.

—¿Somos los primeros en llegar?— pregunto confundida. Él se gira al escuchar mi voz. Tiene unos ojos verde oscuro muy poco comunes en este lugar.

—En realidad, son los únicos— dice una voz baja y seria.— Felicidades, ustedes dos han sido elegidos para representar a Ónice en los Juegos del Hambre— dice Veronique Simo mientras entra, ataviada como una reina de antaño, en la habitación.


Khalil Belaali, isla Cuarzo


Despierto antes de que los primeros rayos de sol logren alcanzar las ventanas. A mi lado, en el extremo opuesto de la cama, hay una larga cabellera oscura abierta en abanico. Giro entre las sábanas y me apoyo sobre mis codos. La espalda de la chica está desnuda, dejando al descubierto unos estilizados omoplatos y algunos de los huesos que forman su columna vertebral.

Frunzo el ceño, bajo las luces multicolores de la discoteca no parecía tan delgada.

Las mantas se encuentran envueltas alrededor de su cadera, lo suficientemente bajas para tener un vistazo de los hoyuelos en su espalda. Recuerdo como anoche mis dedos se hundieron en ese punto de su cuerpo y mi anatomía responde de inmediato.

—¿Listo para otro asalto?— la voz tiene un tono aflautado, demasiado agudo para resultar agradable. Giro la cabeza y veo que la chica, de la que ni siquiera recuerdo su nombre, se ha despertado y observa la forma en que las sábanas se deforman a la altura de mis caderas, producto de mi creciente erección.

Con el maquillaje corrido y la mitad del rostro cubierto de marcas de almohada, no es tan bonita como lo era anoche. Sin embargo eso se me olvida en cuanto las manos de la chica se dirigen hacia el sur y su boca se estrella, rápida y demandante, contra la mía.

No tardamos mucho. Y tardo aún menos en mandarla a volar al tiempo que me coloco mis pantalones de chándal, invitándola a beberse una taza de café y a cerrar la puerta tras de sí al salir.

Corro diez kilómetros, rodeando la ciudad capital mientras los torreones del Palacio Blanco aparecen y desaparecen entre los altos edificios que hemos construido después de la Gran Colisión. Han sido la única solución habitacional que han surgido como respuesta a las pérdidas humanas y materiales que nos dejó el siniestro. Miles han perdido sus casas y sus familias.

Corro, hasta que los mechones oscuros de mi cabello quedan empapados, como si acabara de salir de la ducha. Atravieso la calle en la que, solo hace un par de días, le destrocé la muñeca a un hombre.

Luego paro y me siento en una banca, en medio de un parque, dando tiempo para garantizar que la mujer haya hecho su salida para cuando yo regrese. Para cuando llego a casa, la chica se ha ido, dejando atrás una cama hecha que tiene encima su ropa interior y un papel con su número. Tomo ambas cosas y las lanzo a la papelera. Estuvo bien para una noche, incluso fantástica mientras me imaginaba su cuerpo con la cara de Suyay, sin embargo no suelo repetir mis propias hazañas. No estoy interesado en una relación a ningún plazo.

Me doy una ducha rápida y me pongo mi uniforme de la Guardia. Es negro, con los puños y las solapas de un color amarillo muy oscuro, el color oficial de la isla, del mismo modo en que el rojo es de los rubíes y el azul de los zafiros. Meto el pendiente de cuarzo dentro de mi camisa y cierro los botones. El uniforme es la única concesión que hago a mi costumbre de andar con el pecho desnudo. Fue un hábito que adquirí desde que estaba muy pequeño, mientras era sometido al entrenamiento de los Hijos Terribles.

Cierro los botones de mis mangas y mis dedos rozan el tatuaje en el interior de mi muñeca. La redondez del cero y el borde afilado del siete. El número que fue mi nombre por tanto tiempo.

Cuando te seleccionan como candidato a ser uno de los Hijos Terribles, entre los seis y los ocho años, es demasiado pronto para determinar si vas a durar, así que se ahorran el recordar tu nombre y en su lugar te asignan un número, grabándolo con hierro caliente en tu piel.

No me convertí en Khalil hasta que me gané mi derecho a un nombre asesinando a alguien. El problema es que ese alguien no era una persona cualquiera. Número 13 se había convertido mi mejor amigo desde que ambos fuimos comprados por el gobierno para su proyecto de crear súper soldados. A mí me vendió mi madre poco después de que la adivina no pudiera solucionar mi "problema". Me convertí en un salvaje, igual a la hilera de niños que caminan con las cabezas cubiertas con bolsas de tela por la calle, a la espera de empezar con una formación de la que no tienen ni idea.

Nos llaman "salvajes" porque para convertirnos en lo que somos, pasamos seis meses en una sección del Palacio Blanco para acoplarnos a la vida en condiciones extremas: dormimos en el suelo, comemos apenas lo suficiente y somos sometidos a pruebas de fuerza, resistencia y elasticidad. Aprendemos lo básico para sobrevivir, para tener una oportunidad en la Selva.

La Selva en Cuarzo es un lugar al que no quieres volver. El calor es asfixiante y, en su interior, nada es lo que parece. Una hoja puede ser un insecto, las alas de una mariposa pueden confundirse con un búho y cuando el cielo ruje no sabes si es porque se avecina una tormenta o si es un mono aullador que defiende su territorio.

Vives siete años en lo más profundo de la jungla, si logras sobrevivir sin que la Selva te devore, entonces tienes la oportunidad de ganar un nombre.

Casi ninguno lo logra.

Mis pies resuenan en el piso del Palacio Blanco. Una nueva camada de Hijos Terribles espera, con los niños encadenados de pies y manos, a que uno de los guardias les quite la bolsa, usada mil veces, de la cabeza. Algunos lloran, otros enseñan los dientes en actitud amenazante y unos pocos, igual que yo lo hice, permanecen impávidos a la espera, tal vez, de que la pesadilla acabe. Es el día en que los marcarán.

En una esquina, los hierros de marcar se calientan al rojo vivo. La posición en la fila que ocupan ahora es irrelevante. En el momento en que les llegue su turno, el marcador sacará uno al azar y lo estampará en el interior de su muñeca derecha. Unos cuantos han sido robados de sus casas, pero la mayoría ha sido vendida por sus padres. La vida es dura y es mejor deshacerse de una boca que alimentar y de paso ganar algo de dinero.

Ignoro los gritos de dolor y los sollozos de los niños mientras avanzo. Los que lloran muchas veces terminan convirtiéndose en verdaderos Salvajes, templados como el acero. Otros no corren con tanta suerte y mueren en los primeros días, devorados por las criaturas que se esconden en la Selva o ahogados en la Serpiente de Agua, el gran río que cruza Cuarzo de norte a sur.

Tuerzo en el pasillo a la izquierda, al ver mi uniforme, ni siquiera me hacen identificarme. Es tan efectivo para abrir puertas como una llave maestra, funciona en todas partes, menos en la última puerta al final del pasillo.

La puerta de Suyay está cerrada. Toco con los nudillos y un Guardia abre la puerta. Hay un hombre uniformado sujetando del antebrazo a una mujer alta y de cabello hasta la cintura. Ella me lanza una mirada depredadora y me guiña un ojo cuando pasa a mi lado. En otro momento podría llamar mi atención, pero la ignoro en cuanto veo que adentro está mi obsesión apoyada con indolencia en su escritorio, sus dedos juguetean con un abrecartas que deja sobre el escritorio en cuanto me ve entrar.

Suyay trae puesto un vestido dorado que deja muy poco a la imaginación. Su cabello, cortado hábilmente hasta la barbilla, está perfectamente peinado.

—Khalil— dice ella y su voz suena como un ronroneo. Mi boca forma una sonrisa conquistadora y sus ojos se encuentran con los míos.

No hay timidez en ellos, sostiene mi mirada sin sonrojarse y yo vuelvo a fantasear con las formas en las que podría hacer que esa bonita piel se volviera roja.

—Suyay— digo usando deliberadamente su nombre de pila en lugar de su título. Ella sonríe por mi atrevimiento, al tiempo que sus muslos se separan del escritorio. Ella se aproxima, meneando las caderas. Apoya sus manos en mi pecho y las desliza hacia abajo, hasta que sus uñas, perfectamente arregladas, rozan la cinturilla de mis pantalones.

Se inclina hacia adelante, sin sus tacones, posiblemente me llegaría a la altura del pecho, pero ahora somos casi del mismo tamaño. Habla, a tan solo centímetros de mi oído y sus labios rozan el lóbulo de mi oreja:

—Es hora de que sepamos, Khalil, si realmente eres digno de esgrimir las armas en nombre de Cuarzo.

—Lo soy— afirmo antes de inhalar profundamente su aroma.

Ella sonríe. Sólo sonríe. Desde que la conozco, nunca la he visto reír, ni una sola vez. Una de sus manos da un apretón a uno de mis pectorales y luego ella simplemente sale de la habitación.

Entonces reparo en que hay otra persona en la habitación: Padre.

No es mi padre biológico, por supuesto, pero siempre, desde el primer día en que llegamos al Palacio Blanco como Hijos Terribles, se nos pide que lo llamemos así. Su verdadero nombre, como lo descubrí años más tarde, es Vinicius Souza. Sus aficiones son la sangre y el dolor… Y ¡hombre!, puede ser muy creativo cuando de causar dolor se trata.

Padre tenía sus propios planes para la persona que ocuparía la plaza en los Juegos en la posición del varón, sin embargo hace exactamente una semana eché por tierra sus aspiraciones cuando lo vencí en un combate cuerpo a cuerpo. Creo que le quebré unas cuantas costillas en el proceso. Por eso, mientras Padre me ofrece su mano como si fuera una ofrenda, siento desconfianza.

—Número Siete.

—Khalil— digo en voz baja— Ahora me llamo Khalil— digo mientras observo su mano estirada, sin ofrecerle la mía.

Padre sólo se ríe.

—Siempre serás Siete para mí.

Me encojo de hombros y le dedico una sonrisa.

—Hasta donde sé, ahora soy el número uno, al menos en el ranking.

Él me sujeta por la chaqueta, incrustando sus dedos en la piel alrededor de mis costillas.

—Mira, pedazo de…— parece atragantarse con las palabras, se da cuenta de su exabrupto y se detiene—. Quiero ofrecerte mi ayuda. Serás el campeón de Cuarzo y necesitas un mentor. Yo puedo encargarme de ayudarte.

Lo miro, primero con duda y luego con diversión. Lo que quiere es ganarse el favor de Suyay a través de mí.

Retiro sus manos de mi ropa, con firmeza.

—No estoy interesado— digo fuerte y claro.

Una vena salta en la frente de Padre.

—Escucha…

—No. Escucha tú. Hiciste de mi vida un infierno durante años y me obligaste a matar a mi mejor amigo. No necesito tu ayuda.

Me giro, dispuesto a ir a buscar a Suyay, cuando Padre habla. Me quedo en mi sitio, sin girarme para encararlo:

—A Trece. Lo recuerdo bien. Crees que lo sabes todo ¿no es cierto? Aquí tienes algo que no sabes ¿recuerdas el sorteo para determinar a cuál de los otros Hijos Terribles debías enfrentar para ganarte tu derecho a un nombre? Lo amañé. Me encargué de que, al final, fueran ustedes dos. Te enseñé a no tener misericordia. Te enseñé todo lo que sabes. Si tienes éxito en los Juegos, será solo gracias a mí…— pero yo ya no lo escucho, sus palabras siguen resonando en mi cabeza.

Mi amigo, mi mejor amigo, mi hermano…

Mi cuerpo actúa siguiendo su propia voluntad, me giro y en dos zancadas estoy frente a él. Mi mano sujeta su garganta y casi parece gracioso el como Padre trata de parar mi ataque. El hombre al que alguna vez le temí, ahora no es más que un viejo que ha perdido su fuerza y que me mira, con los mismos ojos suplicantes que alguna vez miles de niños, como número Siete y número Trece lo fuimos alguna vez, lo miraban a él implorando por clemencia.

No la hay.

Mi mano libre rebusca en la superficie del escritorio detrás de Padre hasta que doy con el abrecartas de cuarzo con el que Suyay jugaba cuando entré a la sala. La punta, pequeña y delgada, se hunde primero en su esternón y mi brazo tira hacia un lado, deslizando el abrecartas por el hueco entre sus costillas sin llegar a atravesar el músculo que palpita en el lado izquierdo de su pecho.

La sangre mana de la herida, mojando su ropa.

Ni una palabra sale de su boca o de la mía cuando giro la muñeca, haciendo que el arma atraviese su corazón. Y entonces lo suelto y el cae de rodillas en el suelo. El enfrentamiento no ha durado más de un minuto. Un minuto ha sido lo que me ha tomado el arrancarle la vida a Padre.

Cierro los ojos cuando la puerta se abre.

—¿Has terminado?— pregunta una voz que conozco muy bien. Sus tacones no resuenan en el piso alfombrado.

—Puede que te haya echado a perder tu tapete.

Escucho, más que veo, la sonrisa en su voz cuando me dice:

—La mandaremos a cambiar en cuanto vuelvas a casa con la corona, Khalil.


Makemba Lagos, isla Ámbar


El humo asciende, formando espirales de colores mientras Saleel canta en lenguas que murieron hace siglos, la lengua de nuestros ancestros.

Sus ojos se han vuelto completamente blancos mientras reza a Uukulunkulu, el dios de la vida y la muerte, para que sea él quien elija a nuestros campeones.

Afuera de la cabaña, los elegidos esperan, ansiosos porque el dios se haga presente y señale a dos de ellos como nuestros campeones.

En una esquina, encerrados en jaulas hechas con zarzas, dos cabritos emiten sonidos de pánico mientras observan las llamas crepitar, enviando hacia el techo, parcialmente abierto, las largas espirales de humo.

Apoyo las manos en la pared mientras el cuerpo de Saleel se retuerce como si estuviese siendo alcanzado por un rayo. Sus cánticos se vuelven más fuertes.

Uukulunkulo está lejos, pero Saleel lo persigue.

El dios de la vida y la muerte salió de un viejo tronco, igual que lo hicimos los hombres, en el principio de los tiempos. El Gran Espíritu envió un camaleón a los hombres con la noticia de que nunca morirían, pero éste se entretuvo tanto en el camino, que el Gran Espíritu cambió de parecer y entonces mandó a un lagarto con la noticia contraria. El lagarto se dio prisa, llegó antes que el camaleón y selló por siempre nuestro destino como almas mortales.

Así fue como nos convertimos en polvo en el viento, detenidos en el tiempo y la historia por solo unos instantes. Por el capricho de un dios que decidió castigar a los humanos por los errores de una simple criatura.

La espalda de Saleel se dobla hacia atrás, formando un arco y entonces un grito gutural brota de su garganta, haciendo que los vellos de mis brazos se pongan de punta.

La puerta de la jaula de los animales se abre y Saleel se dirige hacia ellos. Toma a uno de los corderos, que de inmediato empieza a soltar chillidos casi humanos, mientras intenta liberarse de su agarre. Saleel gana, como siempre lo hace, y conduce al cordero frente a las llamas. Toma un cuchillo y corta la garganta de la criatura, que automáticamente guarda silencio, Saleel coloca al cordero por encima de su cabeza y empapa su cuerpo con la sangre del animal.

Solo entonces, él me habla, solo que ya no es Saleel quien tiene el control del cuerpo.

Abenze zenzeke— dice en nuestra antigua lengua. "Hazlos pasar".

Con una sonrisa me dirijo hacia la puerta.


Holaaaa! Espero que todos y todas (odio usar el lenguaje inclusivo para cosas de la U, pero tomando en cuenta que aquí tenemos a un par de papás, me parece lo justo) se encuentren muy bien.

Aquí tienen la primera de las cuatro entregas de Selecciones (no Cosechas!) cada isla tiene un método distinto para seleccionar a sus campeones, conocerán los cinco restantes en el próximo capítulo.

En mi perfil pueden encontrar el orden en que saldrán los demás y el porcentaje de avance que lleva cada capítulo. Ya tengo completamente escrito el capítulo que le sigue a este, así que el que tan pronto voy a publicar el siguiente capítulo va a depender de cuanto tarde la mayoría de ustedes en comentar. :P

Les recuerdo la importancia de sus comentarios para 1. Saber si les va gustando el curso de la historia, estilo y demás y 2. Conocer el interés de cada quien en la historia, la vida del Campeón depende del amor que le otorgue su padre o madre, así que dense por advertidos. Igual pasa con el blog. ¡Especialmente porque hay mucha gente diciendo cosas muy lindas sobre sus hijos ahí que valdría la pena ir a ver!

Dejando de lado todo eso ¿Qué les pareció el capítulo? Yo me divertí mucho investigando un poquito sobre los estilos de vida en las diferentes regiones. La más retadora de este capítulo fue Aaliya porque vive en el ambiente más desconocido para mí, pero igual que me pasó con los otros cuatro, amé escribirla.

Vamos con las preguntillas:

1. De los cinco Campeones que conociste en este capítulo ¿cuál es tu favorito y por qué?

2. ¿Tu visión de ellos cambió con respecto a lo que habías imaginado en el blog?

3. De estos cinco ¿cuál crees que podría llevarse bien/mal con tu hijo o hija? ¿Por qué?

4. ¿Qué te pareció Makemba?

Eso sería. ¡Que tengan un bonito fin de semana!

Un abrazo, E.