Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


3. Convicción

Día 1


Hugo Neisser, isla Esmeralda


El día empieza de la misma manera en que lo haría cualquier otro: con el primer rayo de sol entrando a través de la ventana, con las cortinas abiertas, para evitar que la oscuridad de mi habitación resulte demasiado tentadora como para abandonar las cálidas sábanas.

Me froto los ojos para deshacerme de los restos de sueño y me pongo una camiseta limpia y los pantalones que he usado por los últimos dos días. Hago mi cama antes de bajar las gradas, donde Nadina me espera con los cubos para acarrear agua cerca de la puerta. Con sus ojos castaños y su tez clara, podríamos pasar por hermanos, sin embargo no lo somos. Nos conocimos cuando éramos pequeños, ella tenía cinco y yo siete. En ese entonces vivíamos al norte, en una de las zonas que se inundó cuando Rubí y Diamante se deslizaron hacia abajo y cubrieron con agua la tierra que nos vio nacer, en Antigua Alemania, durante la Gran Colisión.

—¿Listo para el gran día?— pregunta dedicándome una sonrisa cansada. El trabajo se ha multiplicado en los últimos dos años, nuestro terreno es muy fértil, pero las manos para trabajarlo son demasiado pocas, especialmente con todas las pérdidas humanas que la inundación y la guerra han dejado a su paso.

—Me habría gustado poder dormir un poco más— admito—. Seguro que será un día largo.

—En el lado de lo positivo, aunque no te elijan hoy podrás ver a Valkyr— bromea ella mientras me pasa uno de los cubos que usamos para acarrear agua del arroyo. Me echo a reír mientras siento como mis orejas se calientan. Valkyr Daalh ha sido mi amor platónico desde que tenía doce, aunque en ese entonces probablemente se debía únicamente a lo guapa que la veía. Sin embargo, ya han pasado dos años desde que ha asumido las riendas de las cosas en Esmeralda y el ver la forma en que ha manejado las cosas no ha hecho más que aumentar mi devoción hacia ella.

Tuve dos grandes motivaciones para presentarme como voluntario cuando se hizo el anuncio de los Juegos. El primero, fue la oportunidad de servir a mi país, del mismo modo en que lo hizo mi padre cuando surgieron las convocatorias para formar un ejército de emergencia que pudiera defender los límites de Esmeralda para evitar la invasión de Diamante desde el norte y de Rubí desde el este. Papá murió ocho meses después de la Gran Colisión, justo cuando empezábamos a aceptar la muerte de Elica, que murió durante nuestro viaje hacia el sur, cuando tuvimos que abandonar nuestras tierras…

—Detente ahí— dice Nadina mientras apoya su mano sobre mi brazo—. No pienses en ellos hoy…

Me encojo de hombros.

—Me habría gustado poder hacer algo, al menos por Elica— digo mientras abro la puerta y empiezo a caminar con Nadina a mis espaldas— Creo que de haber sabido en ese entonces todo lo que sé ahora, habría podido salvarla.

—Fue un accidente— dice ella deteniéndose frente al arroyo—. Nunca habíamos estado en esa zona y ella era muy pequeña aún, no había forma de que supiera que esos hongos eran venenosos.

El pensar en mi hermana envía una punzada de dolor a través de mi cuerpo, pero me esfuerzo por ignorarla y me agacho para llenar el cubo hasta el borde.

—Iré a lavarme— dice Nadina dejando su propio cubo, un poco más pequeño, junto al mío.

Nadina camina hacia unas rocas, las rodea y la veo colgar sus ropas por encima para que no se mojen. Es nuestra rutina diaria, nos levantamos al alba, llenamos los cubos y nos aseamos usando el agua del arroyo. Si tuviéramos alguna clase de relación distinta, sería el momento perfecto para enrollarnos, pero la idea parece casi graciosa considerando el hecho de que la veo como a una hermana.

Me desnudo y me apresuro a lavarme, antes de que se haga tarde. Hoy será un día largo porque la Gran Selección será por la tarde, así que tengo que darme prisa si quiero cumplir con todas mis tareas en el rancho. Los que seguimos siendo candidatos tenemos el día libre, pero soy consciente de que hay demasiado trabajo pendiente como para que puedan arreglárselas sin mí, a pesar de que una parte de mi entiende que, si salgo elegido, tendrán que ver cómo solucionarlo de todas maneras.

Nadina vuelve justo cuando vuelvo a deslizar la camiseta por mi cabeza. Se ha recogido su larga cabellera en una trenza para evitar que se moje.

—¿Vamos?— dice mientras toma con facilidad su cubo.

—Vamos.

Mamá ha servido el desayuno cuando regresamos: huevos de nuestras gallinas, leche de nuestra cabra y los embutidos que compramos en el mercado. Cuando termino de desayunar me despido de ambas y camino los dos kilómetros que separan mi casa del rancho.

Karl debería haber llegado ya, pero cuando abro la valla, el único que me recibe es Heinz, el cachorro de pastor que ha llegado hace unos cuantos meses. Heinz es la única criatura en el rancho que tiene más energía que yo, lo cual me viene bien para mantenerme activo.

Empiezo el día sacando a las vacas de los corrales, para llevarlas a pastar. Para cuando Karl llega, todos los animales están tomando su desayuno mientras Heinz toma una siesta, con la barriga hacia arriba, bajo un árbol.

La figura, alta y musculosa de Karl, con el rostro ensombrecido por el ala de su sombrero, impone bastante. El hecho de que sea aún más reservado que yo, tampoco ayuda mucho en el asunto de la confianza, pero es una presencia que agradezco, a pesar de ser un tipo algo hosco, nunca he notado nada que me haga desconfiar de él a pesar de que no tengo ni idea de cómo es su vida fuera de los límites del rancho. ¿Está casado? ¿Tiene hijos?

—Buenos días— saluda con su voz grave y ligeramente gangosa.

—Buenos días— respondo mientras me inclino hacia adelante, apoyando los brazos sobre la valla.

Karl se va a revisar el perímetro, para verificar que no haya agujeros que permitan que los animales escapen, mientras yo me dirijo hacia el pozo para empezar a llenar los bebederos. Heinz me sigue, moviendo el rabo, dándome ocasionales golpes con el hocico en las pantorrillas, incitándome a jugar, pero hoy no puedo. Me agacho y le rasco las orejas antes de dedicarme a mis tareas. Cuando acabo con los bebederos, empiezo a revisar, una a una, a las vacas preñadas que están cerca de su fecha. Si me elijen, no veré nacer a estos terneros.

La mañana transcurre en un ir y venir entre adentro y afuera. Karl y yo intercambiamos lugares hasta que el sol llega a lo alto del cielo y entonces es hora de irme a casa. Por lo general, me voy hasta que el cielo ha cambiado de color, es entonces cuando el viejo capataz aparece, montando a caballo, para pagarnos el día a Karl y a mí. Sin embargo, esta vez debo marcharme antes de tiempo.

Karl entra al granero cuando estoy cerrando uno de los sacos de concentrado para las vacas lecheras y me sostiene una botella de agua frente a mi nariz mientras esboza una sonrisa.

—Es la hora— dice él—. ¿Estás preparado?

La pregunta lleva una connotación más amplia que el simple hecho de quitarme los guantes y alisarme la camisa. No me pregunta si estoy listo para irme, sino si estoy listo para todo lo que se avecina si soy elegido. Y lo estoy. Luchar por mi país es algo que estoy dispuesto a hacer. Más allá de los sentimientos que pueda tener por Valkyr, realmente creo que ella puede conducirnos hacia un mejor futuro y, si está en mis manos, quiero darle eso a ella.

—Lo estoy— asiento antes de abrir la botella y beberme la mitad de su contenido.

—Entonces buena suerte— dice ofreciéndome su mano. La estrecho mientras le sonrío. Y así acaba nuestra despedida.

Las cosas no son, ni por asomo, tan fáciles en casa. Mamá se mueve por todos lados, soltando bufidos y maldiciones en voz baja mientras Nadina remueve en silencio lo que sea que esté cocinando.

No puedo decir que no entienda su actitud, cuando papá se enlistó, en el momento en que la guerra iniciaba, tampoco se lo tomó nada bien. Mi madre es la encarnación del pacifismo de Esmeralda, para ella, los Juegos son solo otra muestra de lo estúpida que puede ser la gente al pensar que la violencia podrá resolver algo.

Almorzamos en silencio, me pongo ropa limpia y me despido de ambas besándolas en la mejilla. Mi madre me da una palmadita en el rostro, prueba irrefutable de que sigue molesta conmigo.

Camino un par de cuadras y rento un caballo, pues no quiero llegar cubierto de sudor a la casa de los Daalh, el punto de reunión de quienes hemos clasificado.

El trayecto me toma cuatro horas, pero no me siento cansado cuando desmonto, justo frente a una casa nada ostentosa, otra muestra de lo igualitario que resulta nuestro gobierno. Entrego las riendas a un chico que se encarga de llevar al caballo a descansar y estudio la casa. No hay grandes despliegues de seguridad, solo una mujer bajita en la entrada comprobando documentos de identificación contra una pequeña lista.

Diez nombres, cinco chicas y cinco chicos. Ella me sonríe cuando le entrego mis documentos. Ella coloca una marca junto a mi nombre y me doy cuenta de que soy el último de los varones en llegar.

—Al final y hacia la derecha— dice ella.

—Gracias— murmuro mientras entro a la casa. Adentro, huele a flores y tierra mojada, posiblemente debido a la gran cantidad de plantas en macetas que se alinean a ambos lados del pasillo.

Cuando llego al final, doblo hacia la derecha y me encuentro con otro pasillo. Siento mis orejas calentarse cuando veo a Valkyr Daalh frente a una de las puertas. Está vestida de una manera sencilla, con pantalones de mezclilla y una camisa sin mangas de color azul oscuro.

Cuando me ve acercarme, me dedica una sonrisa cálida, aunque luce cansada. Dirigir a un país debe ser agotador.

—Hola— saluda ella— mi nombre es Valkyr y tú debes ser Hugo – ignoro la voltereta que parece dar mi estómago ante el hecho de que ella sepa mi nombre.

–Hugo Neisser— digo estirando la mano. Su apretón es firme.

—Muchas gracias por lo que estás haciendo por nosotros, Hugo— dice ella— De verdad no queríamos tener que llegar a estas instancias, pero han sido las únicas condiciones que han resultado aceptables para los otros.

Luego me explica que el último paso en la selección es una entrevista con su padre, que me recibirá ahora. Abre la puerta y me conduce, con suavidad, hacia adentro, cerrando la puerta tras de mí y quedándose fuera.

La habitación está en penumbra y Klaus Daalh está sentado en una silla de ruedas que sujeta sus hombros para evitar que su cuerpo paralizado resbale. Sin embargo, cuando entro, me dedica una sonrisa que ilumina sus ojos verdes, idénticos a los de su hija.

—Tú debes ser Hugo— dice con suavidad— te ofrecería una silla, pero como podrás ver, me resulta algo difícil, así que siéntate— dice apuntando hacia adelante con la barbilla.

Es difícil no sonreír ante una persona así y de inmediato entiendo de dónde ha salido Valkyr.

Él empieza a preguntarme cosas, sobre mí, mi familia, mi trabajo. Finalmente, me pregunta que es lo que me motiva para ser voluntario.

Le suelto la historia de mi padre y de cómo yo también deseo servir a mi país. Sin embargo, conforme voy terminando, noto que el brillo en su mirada se apaga un poco.

—…y también hay algo más, pero no quiero ser irrespetuoso.

—Lo que digas aquí, se quedará aquí— dice muy serio.

—Es sobre su hija— admito sintiendo como mis orejas se calientan de nuevo— He estado algo… enamorado de ella desde hace mucho— él enarca las cejas y sonríe divertido—. No es que crea que si gano esto conseguiré algo con ella, ni nada de eso… es solo que…— las palabras me fallan, no estoy seguro de cómo continuar—. Creo que, si pudiera ayudarla, aunque sea un poco, valdría la pena…— digo mientras bajo la mirada hacia mis manos.

De repente, me siento como un idiota, aquí sentado soltándole todas estas cosas a nuestro Primer Ministro, sin embargo, cuando reúno el valor para mirarlo de nuevo, él está sonriendo.

—Se necesita valor para decir algo así— dice con calma— y a Valkyr y a mí nos gustan las personas valientes— agrega mientras me guiña un ojo—. Serás nuestro campeón.


Mikhail Petrov, isla Rubí


Hago girar el anillo alrededor de mi dedo. La plata es vieja y pesada, algo oscurecida y llena de rayones. En lo alto, tiene la figura de un grifo, con sus alas de águila extendidas mientras se para sobre sus patas de león. Las palabras "PRIMERO LA SANGRE", las cuales se han desvanecido un poco, rodean al animal de una mitología que no nos pertenece.

Saco el anillo de mi dedo para leer los delicados caracteres que conforman la palabra "Skola" y el lema familiar se repite en mi cabeza. Tomando en cuenta el hecho de que llevo el apellido de mi madre, me parecen más que cuestionables las creencias de mi padre sobre la importancia de la sangre, sin embargo, mi amor por mis hermanos es lo que me lleva a usar, cada día, el anillo de los Skola.

La casa conserva el poco calor que la chimenea, en la que arden unos cuantos troncos de madera ya ennegrecidos, puede generar, aún así es mejor que el frío glacial que debe estar haciendo afuera. Estamos en medio de un invierno especialmente cruento, la temperatura mínima se encuentra muy por debajo de los cero grados y no importa cuántas mantas coloque Milla bajo la puerta o en las rendijas de las ventanas, sigue sintiéndose como estar metido en un congelador.

Rubí ha perfeccionado técnicas para aprovechar al máximo los materiales que ayuden a mantener los edificios cálidos en su interior, pero en nuestra situación actual resulta francamente complicado el poder disponer de algo mejor que lo que tenemos ahora, por poco que sea.

Milla sale de su habitación dando un portazo y los finos rasgos de su rostro se distorsionan por su ceño fruncido. Pasa frente a mí sin decir palabra y se abalanza hacia la cafetera, bebe una taza de café, negro y sin azúcar, de un tirón sin voltearse. Solo hasta que tiene la primera dosis de cafeína en su interior es que se sienta en una de las sillas de la mesa circular y sujeta mi mano.

—Has madrugado, hermano. ¿Qué quieres desayunar?

Dejo mi propia taza de café sobre la mesa y apunto la pequeña olla sobre la cocina.

—Ya he preparado el desayuno.

Milla me observa por un segundo y luego menea la cabeza.

—Déjame adivinar— dice levantándose y alzando la tapa de la olla— ¿avena de nuevo?

Las sonrisitas no son lo mío, pero le dedico una sonrisa a mi hermana cuando la veo fingir arcadas al estudiar el producto grumoso en qué consistirá nuestro desayuno.

—Es lo que hay— digo encogiéndome de hombros.

Milla apoya las manos, convertidas en puños ahora, mientras reprime la rabia que siente en su interior por la forma en que vivimos ahora.

—Solíamos vivir como reyes— murmura mientras su rostro se tiñe de rojo.

—Volveremos a hacerlo— le digo poniéndome de pie y llevándola de nuevo a su silla. Sirvo una ración de avena en su plato, una en el mío y vuelvo a tapar la olla para que esté caliente cuando Alek regrese—. Sólo es cuestión de que las cosas salgan bien hoy.

La mención a los Juegos despierta una chispa de interés en sus ojos.

—Anoche volví a repasar las reglas— dice mientras se lleva una cucharada de avena a la boca, hace una mueca, pero mastica y traga— Sólo para estar segura. Pero efectivamente en ninguna parte dice que quien gana debe elegir a su propio gobernante.

Me como mi desayuno en silencio.

—El usurpador se la tiene tan creída que piensa que todos estamos deseando que la mierda se extienda desde aquí hasta el resto del mundo. Se llevará una sorpresa cuando ganes y no le entregues a él tu victoria.

—Aún falta la selección y si tiene dos dedos de frente, sabe que no estaré por su causa.

—Pero también sabe que eres el mejor, Khil—dice mientras extiende el brazo y rodea mi mano con la suya. Milla es la única persona en el mundo que me llama de esa manera— Eres su mejor opción para ganar. Además, Alek te ha enseñado todo lo que sabe, nadie es mejor que ustedes dos…

—Ya, pero igual llevo encima la sombra de Vikram ¿no?

Milla resopla, se aparta el cabello, rojo como una llama, de su cara y fuerza una sonrisa:

—Pero también llevas su fuerza. Los Skola somos huesos duros de roer. Recuérdalo siempre.

—No soy un Skola.

—No seas tonto— dice mientras vuelve su atención hacia su avena—-. Eres el vivo retrato de nuestro padre, por supuesto que eres un Skola, no importa que no lleves nuestro apellido.

Años de resentimiento hacen acto de presencia en un segundo. Si de Vikram Skola hubiese dependido, mi existencia no sería más que un recuerdo borrado por el viento. Mi madre fue solo una de sus tantas amantes, pudo haber pasado desapercibida de no haber sido por el hecho de que la basura anticonceptiva que él obligaba a sus compañeras de cama a tomar, no hizo efecto en su cuerpo y, en consecuencia, vine al mundo nueve meses después de uno de sus últimos encuentros. Viví en la miseria los primeros meses de mi vida, hasta que mi madre enfermó y se vio obligada a presentarse a la puerta de mi padre para reclamar mi paternidad. Murió ese mismo día y, de no haber sido por la compasión de Milla y Alek, mis hermanos, yo habría corrido la misma suerte. No me salvaron solo por compasión humana de haberse tratado de un bebé cualquiera, no habrían movido un dedo para intervenir. Pero Milla y Alek, que en ese entonces tenían 12 y 10 años, se habían enterado de que Vikram había tenido un hijo bastardo y, para ellos, el lema familiar significaba algo.

Tampoco fue como si me diera un lugar en su familia después de eso, recibí un techo, pero no un apellido distinto al de mi madre. Empecé a crecer y, más adelante, a meterme en problemas. Así fue como conocí a Vladislav, que se convirtió en una figura a seguir para mí, hasta que llevamos la parte de meternos en problemas demasiado lejos y los esbirros de mi padre nos atraparon.

Yo me salvé solo porque Milla y Alek me reconocieron por el parecido que guardaba con mi padre. Vladislav no tuvo tanta suerte, lo ejecutaron dos días más tarde en una muestra más de los niveles de crueldad que Vikram Skola era capaz de alcanzar.

Sin embargo, no todo resultó terrible. Milla y Alek lograron convencer a Vikram para quedarse conmigo y desde entonces los tres hemos sido inseparables, incluso después del golpe de Estado en que Alkonost Kei, el usurpador, logró arrebatarle a Vikram y por lo tanto a mis hermanos, la posición que les correspondía.

—Algún día volveremos a tener el lugar que es nuestro por derecho— jura Milla mientras deja el plato en la pileta y se recoge su cabellera rojiza en una cola de caballo. – Será mejor que te marches ya, hermano, las pruebas no tardarán en empezar.

Asiento mientras dejo mi plato sobre el suyo y me lavo las manos con el agua helada que brota del grifo.

Milla me tiende mi abrigo y una gruesa bufanda de lana.

—He puesto tus guantes junto a la chimenea para que se calienten antes de que salgas. – le digo yo.

Ella me besa en la mejilla.

No soy del tipo afectivo, prefiero demostrar el amor que siento por mis hermanos a través de actos concretos y no de mera palabrería. Milla lo sabe y entiende que el hecho de que quiera preservar el calor de sus manos tanto como sea posible, es mi forma de decirle que la quiero.

—Alek se ha retrasado, una lástima, seguro que le habría gustado desearte suerte.

—La suerte es para los débiles. No te preocupes.

—No lo hago, sé que te van a elegir.

Asiento y abro la puerta, lo justo para salir y no dejar que el aire helado enfríe la casa. Cierro la puerta tras de mí.

Empiezo a caminar por las calles oscuras. Aquí la luz del sol es casi nula, debido a las constantes nubes de tormenta que cubren la ciudad. Meto las manos dentro de mis bolsillos y siento la nieve crujir bajo mis botas mientras el viento aulla en mis oídos. En el camino, veo como a dos miembros del Ejército Rojo, el ejército de Alkonost, están moliendo a golpes a un hombre. Paso sin inmutarme, podría intervenir, podría ganarles a ambos y salvarlo, pero es un día importante y lo que menos necesito es meterme en problemas con Alkonost justo antes de la Selección. Debe tratarse de un comerciante de libros o algo parecido. Cuando decides meterte con las reglas, la ley te cae encima. Y aquí la cultura solo puede manejarla el Estado. Nadie más.

Mi aliento sale en finas nubes blancas que se elevan en el cielo y se pierden en la lejanía. Para cuando recorro los cuatro kilómetros que separan mi casa, en uno de los sectores externos de la ciudad, del lugar de la prueba, he conseguido entrar en calor.

El Castillo Rojo, como lo llamamos por el color de sus ladrillos, luce tan imponente como siempre. El soldado sostiene un lector en una mano. Cuando me acerco, extiende la mano, en una orden muda para que le entregue mi brazo. Aprieto los dientes, pues el marcarnos como mercancía es solo otra forma que Alkonost ha encontrado para humillarnos, pero me levanto la manga y dejo al descubierto la marca, de ocho centímetros, que cruza mi antebrazo.

Es un código de barras. Incluye mi nombre, fecha de nacimiento y la casta en la que me han clasificado, una de las más bajas desde que caímos en desgracia, después de que Vikram fuera ejecutado.

El lector emite un pitido y la reja se abre, dejándome pasar.

Adentro hace calor, producto no solo de las chimeneas que crepitan alegremente en las cuatro paredes, sino también de los cuerpos sudorosos de los candidatos.

Hombres y mujeres se entretienen antes del inicio de las pruebas haciendo flexiones o levantando pesas. Yo no hago ninguna de las dos cosas, me limito a desprenderme de mi abrigo y a observar a mis contrincantes, evaluando sus puntos débiles como mis hermanos me han enseñado.

Distribuidos en la habitación, se encuentran seis soldados que sostienen amenazantes armas de electrochoque. Un solo disparo puede dejarte incapacitado por seis horas, con los músculos tensos como una piedra. Es una mera bravuconada, nadie es tan estúpido como para arruinar su oportunidad de salir de esta mierda en que vivimos. Para muchos, una muerte en los Juegos es mejor que la vida que llevamos aquí.

En la sala se escucha una alarma y los veinticuatro candidatos que seguimos en pie después de las dos Cribas, levantamos la cabeza como perros que han escuchado un silbato. Y entonces él aparece. El usurpador. Alkonost.

Está vestido, como es su costumbre, completamente de negro, exceptuando la corbata rojo sangre que trae anudada al cuello. Sus ojos negros recorren la sala de un lado al otro y compone una sonrisa.

—Comencemos— dice mientras se sienta en un pesado sillón de cuero negro.

No hay una indicación de lo que debemos hacer, pero ni siquiera ha terminado la frase cuando Fredrek, un sujeto que calculo debe pesar unos ciento veinte kilos, se gira sobre sus pies y golpea, utilizando el codo, la nuca de Sergei.

Alkonost se ríe y entonces nos explica las reglas. Son ridículamente sencillas: el último hombre y la última mujer que queden en pie después de esto, serán los campeones. No es válido meterse con el sexo opuesto.

Escucho un siseo y me giro hacia un lado, sujetando la muñeca de Lev antes de que consiga alcanzar mi cuello. Lanzo el peso de mi cuerpo hacia adelante y utilizo su masa para desbalancearlo. Cae en el suelo como un saco de rocas y me apresuro a conectar mi talón contra su cabeza, haciéndolo desmayarse. Por el rabillo del ojo veo como una chica, con una melena castaño claro y unos ojos imposiblemente azules, golpea a otra en el estómago, haciéndola doblarse por la mitad, para luego golpearla en la espalda.

No dura mucho. Fredrek y yo somos los últimos hombres en pie, mientras veo como la castaña se queda de pie, con el pecho subiendo y bajando con rapidez, en medio de un montón de cuerpos inconscientes. Ha ganado.

Esquivo el golpe de Fredrek e introduzco una de mis piernas entre las suyas y tiro de su cuerpo hacia atrás. Él pierde el equilibrio y se aferra a mi camisa, arrastrándonos a ambos hacia el suelo. Rodamos, ambos descargando golpes, hasta que consigo ponerme a horcajadas sobre él y cierro mi mano en un puño mientras con la otra lo sujeto por la garganta. El primer golpe lo lanzo hacia su nariz, haciéndolo sangrar. Y entonces, mientras sus ojos lagrimean por el dolor, utilizo todas mis fuerzas para golpearlo, justo entre los ojos.

Sus ojos se ponen en blanco y su boca queda entreabierta al desmayarse.

Todo lo que puedo ver mientras Alkonost aplaude dos veces, es la figura del grifo marcada sobre su frente.

"Eres el siguiente", pienso mientras me pongo de pie para encarar a mi verdadero enemigo.


Elíma Kairo, isla Ámbar


"Lo más duro de vivir en una isla como la nuestra es estar rodeados de agua todo el tiempo y no poder bebértela", pienso mientras me agacho para enjugar en el riachuelo de agua salada la ropa que he estado restregando contra una roca.

Una mujer, no mucho mayor que yo, se inclina para hacerle cosquillas a un niño que no debe tener más de un año e inconscientemente me llevo la mano a mi propia barriga y estrujo la tela de mi vestido, preguntándome, una vez más, que clase de crímenes pude haber cometido contra las ánimas para haber sido maldecida con un útero seco, como casi todas las cosas en este lugar.

Mi lengua intenta humedecer mis labios agrietados, que al menos han dejado de sangrar gracias a las raciones adicionales de agua que nos han dado a quienes somos candidatos para convertirnos en los campeones para los Juegos. Sin embargo trato de compartir mis raciones de agua con quienes más las necesitan, como el pequeño hermano de Molímo, Balula, quien ha nacido en medio de la guerra y ha tenido que presenciar horrores que ningún bebé debería.

Molímo fue la persona que me convenció, en primer lugar, para que participara en los Juegos. Ella se inscribió por las raciones de agua, pues los niños se deshidratan rápidamente en Ámbar.

"No sólo los niños", pienso mientras recuerdo la figura, casi tan pequeña como la mía, de Mai, tendida sobre la arena del desierto, sus labios partidos y sus ojos tan secos como su piel. En ese entonces ella tenía diecisiete años, uno más que yo. Fue la primera persona a la que vi morir y nunca, ni en mis más terribles pesadillas, pensé que la muerte se convertiría en algo tan frecuente en mi vida.

Extiendo la camisa que he estado enjuagando, colgándola entre las ramas secas de un viejo árbol y continúo con un vestido. La tela es suave, rica, no se parece en nada a los sencillos vestidos de algodón que usamos todos por aquí. El lavar ropa ajena bajo el sol incandescente no es precisamente una labor que la gente pelee por tener, pero me permite contribuir en algo a mi hogar.

Baba nunca lo ha dicho en voz alta, pero sé que cuando le informaron que mi vientre jamás albergaría una vida en su interior, que jamás sería capaz de darle un nieto, una infinita decepción se instaló en él.

No es precisamente una rareza. Han pasado setenta años desde que se administró la vacuna contra el VIH a la población, erradicando el virus de manera masiva, sin embargo, lo que nadie previó fueron los efectos que la cura tuvo a largo plazo: sólo una quinta parte de nosotros tiene la capacidad de reproducirse.

Las razones de nuestra esterilidad varían. En mi caso, se trata de una condición genética. Afectaba a una de cada diez mujeres en mi familia y me tocó el boleto premiado. Así son las cosas. Se supone que no está realmente relacionado con la vacuna, pero todos sabemos que de una u otra forma todo se remonta a lo mismo.

No es de extrañar que la mujer, que ahora cubre de besos las mejillas regordetas del bebé, se encuentre tan bien vestida. Las mujeres reciben un trato preferencial cuando se encuentran en edad reproductiva a menos de que, como yo, hayan resultado infértiles, en cuyo caso se convierten en una carga para la sociedad.

Termino de lavar la ropa y regreso a casa. Debo andar durante nueve kilómetros, pero los entrenamientos me han vuelto más fuerte y puedo cargar con la cesta de ropa sin problema. Las pequeñas casas, hechas con madera y techadas con hierba seca, se encuentran decoradas con los símbolos del vudú. El Veve de Papa Legba es el que más se repite, pintado sobre las puertas y tallado sobre las ventanas.

Papa Legba es el protector del mundo espiritual, se encarga de mediar entre los hombres y los Loa, los espíritus que nos rodean. Los Veve sirven como faros para los loas, les permiten encontrarnos cuando nuestro pueblo necesita hablar con ellos, aunque ahora son pocos quienes gozan de la capacidad y el talento para contactar a Papa Legba y, gracia a él, recurrir a los espíritus.

El sudor se desliza por mi cuello y empapa mi larga cabellera, para cuando llego a la casa, estoy sedienta y mojada.

Mi madre está picando raíces en la cocina, preparando nuestra humilde versión de un almuerzo, la comida que hemos elegido celebrar hoy.

—Elíma— dice ella mientras se pasa la mano por la frente para secar las gotas de sudor. Se parece mucho a mí, una versión envejecida, con el cabello salpicado de blanco y el rostro curtido por la edad y el sol.

—Mama— digo yo—, ¿y baba?

Mi madre apunta con el cuchillo hacia el patio trasero.

—Habla con Papa Legba...

En cuanto lo dice, distingo los cánticos de baba, dichos al ritmo de un tambor. Cuando me asomo por la ventana lo veo moviéndose en lentos círculos alrededor de una hoguera, se ha dibujado el Veve de Legba sobre el pecho con lo que sospecho es la sangre de una de las últimas gallinas.

—¿Qué está pidiendo? — pregunto distraídamente mientras lo observo, asustada y fascinada a partes iguales, en medio de su ceremonia.

—Que te elijan— dice sencillamente mama mientras sirve la mesa y se sienta a esperar a que baba termine.

Baba entra a la casa media hora más tarde, cojeando un poco debido a que tiene una pierna más corta que la otra, producto de la polio. Su pecho desnudo gotea sangre y sudor. Me pasa una mano por la cabeza, el mayor gesto de cariño al que puedo aspirar, se sienta a la mesa y espera a que mama sirva sus alimentos.

Comemos en silencio y dividimos entre tres la botella de agua. Si me eligen, la Emperatriz nos ha prometido un suministro de por vida. Pienso en ello mientras dejo que las gotas de agua se deslicen por mi seca garganta. Cuando acabo de comer no me cambio de vestido, pues me espera una caminata de veintidós kilómetros hasta el punto de encuentro de la selección, pero meto un vestido en el morral y me despido de mis padres.

Afuera, me reúno con Molímo, Gálasi y Mói, quienes también participarán en la selección. Guardamos silencio en la caminata, para guardar nuestra energía.

Cuando llegamos a la cabaña en medio del desierto, ya es de noche. Hay chicos y chicas, más o menos de mi edad, esperando en línea afuera de la puerta. Muchas de las mujeres son más grandes y fuertes que yo, mientras que la mayor parte de los varones tiene una gruesa capa de músculo cubriéndoles el pecho y los brazos. Soy una de las más pequeñas.

Intento no pensar en ello y dirijo mi atención a la pequeña edificación. Las ventanas están cubiertas por cortinas, pero puedo ver el resplandor del fuego en el interior y una fina columna de humo de colores que asciende hacia el cielo.

Adentro, escucho cánticos como los que entonaba mi padre solo hace algunas horas. Escucho los chillidos agudos de algún animal en el interior de la cabaña. Una cabra, posiblemente. Se escucha un grito, un sonido gutural que no suena ni siquiera humano, y los vellos de mis brazos se ponen de punta. Aguzo el oído en cuanto el grito se detiene. Cinco segundos más tarde, los chillidos del animal se vuelven más fuertes. Y luego, se silencian de golpe. Nadie lo dice, pero todos sabemos lo que ha pasado con él.

Escuchamos una voz, hablando la lengua de nuestros ancestros:

Abenze zenzeke— dice alguien con una voz que no puede ser humana. Es como escucharlo hablar desde las profundidades de un pozo.

La puerta se abre entonces, revelando la hermosa figura de la Emperatriz. Está ataviada con un vestido amarillo, tan largo que se arrastra a su paso. La luz de la hoguera proyecta una franja amarilla y, como está de espaldas a ella, convierte su figura en una sombra.

—Entren, sean probados por Uukulunkulo, Señor de la Vida y la Muerte.

La primera en entrar es una chica, alta, oscura y hermosa. Tiene las mejillas llenas y, cuando sonríe, sus labios no se parten. Le sigue un chico musculoso, con el cabello trenzado en la cima de su cabeza.

Entro detrás de ellos y cuando lo hago, veo al bokor frente a la hoguera. Saleel Maahir es casi tan importante como la misma Emperatriz, pero no es, ni por asomo, tan agradable a la vista: sus costillas sobresalen en ángulos extraños a la altura de su pecho, trae la cara pintada de blanco o lo que, en algún momento, supongo fue blanco, porque ahora está bañado en sangre.

Sangre. Hay sangre por todas partes, en húmedas huellas sobre el piso de tierra que brillan bajo la luz de la hoguera. Sangre en las paredes, dibujando los Veve de decenas de loas. Los observo sin parpadear, a sabiendas de que esta es solo la primera prueba. La puerta se cierra cuando la última persona entra y entonces una ventisca, que no parece venir de ninguna parte, apaga la hoguera y deja la habitación a oscuras.

El bokor habla en lenguas desconocidas, diciendo palabras que no entiendo. No consigo ver los rostros de las personas a mí alrededor. De repente, siento como el aire corre junto a mi cuerpo, hay un golpe sordo y no necesito mirar para saber que, sea quien sea la persona que estaba junto a mí, se ha desmayado.

Saleel se ríe, solo que ya no creo que sea Saleel en absoluto, alguien o algo se ha apoderado de su cuerpo.

Intento recordar lo que ha dicho la Emperatriz... Uuku… algo… no lo recuerdo. El aire se vuelve pesado y respirar empieza a resultar difícil. Inhalo, pero algo anda mal conmigo. La cabeza empieza a darme vueltas y yo me sujeto el estómago, jadeando en busca de aire. Otro cuerpo se desploma, luego otro y otro más. Pierdo la cuenta, solo soy capaz de sostenerme a mí misma.

Y escucho la risa. Y cuando levanto la cabeza veo unos dientes blancos destellando en la oscuridad. Y tengo ganas de vomitar y de llorar y de recostarme.

Me dejo caer sobre mis rodillas mientras las carcajadas del bokor resuenan en mi cabeza.

Y entonces todo cesa. Hay un estallido y la hoguera vuelve a encenderse. Me sujeto la cabeza, esperando a que las punzadas de dolor remitan. Entonces el bokor suelta un grito y los vellos de mis brazos vuelven a ponerse de punta. El ambiente deja de sentirse tan cargado y yo soy capaz de levantar la mirada.

A mi alrededor, hay un montón de cuerpos en el suelo. Mis amigos entre ellos. Veo sus pechos moviéndose, señal de que no están muertos. De pie se encuentran la Emperatriz, el Bokor, un chico y una chica. Yo por mi parte me encuentro arrodillada en el suelo. Siento mi rostro calentarse al darme cuenta de que, si esta era la prueba, la he perdido. Puede que no me haya desmayado como los demás, pero tampoco he conseguido mantenerme en pie.

La Emperatriz se dirige hacia un rincón, donde hay un cabrito, que no puede tener más de unos días de nacido, en una jaula. Está acostado, como si durmiera, pero posiblemente él también se ha desmayado.

La Emperatriz saca un cuchillo de alguna parte y, sin dudar, corta el cuello del animal, llenándose de sangre.

Luego regresa sobre sus pasos y se para frente al único chico que ha quedado en pie.

—Di tu nombre— ordena la Emperatriz al hombre.

—Hissène Habré— dice con una voz tan profunda que casi siento vibrar los cimientos de la cabaña.

—Serás nuestro Campeón— sentencia la Emperatriz mientras le pone la mano sobre el hombro. Él ni siquiera se inmuta, su rostro permanece libre de expresión mientras ella dibuja una figura con sangre sobre su frente.

Entonces ella se dirige hacia la mujer y yo sé que, irremediablemente, he perdido. Mis ojos se cierran con cansancio.

–Di tu…

—¡Espera! — dice la mujer y mis ojos se abren por la sorpresa al escuchar la desesperación en su voz—. Mi señora yo…

Makemba la observa, con las cejas enarcadas y luego posa su mano, aún cubierta de sangre, sobre su estómago. Menea la cabeza y emite un suspiro. Entonces se gira y sus ojos se posan sobre los míos.

—Di tu nombre, pequeña niña— dice mientras camina, majestuosa, hacia mí.

–Elíma— digo con voz temblorosa mientras mi mirada se dirige hacia la chica, que ahora llora mientras se sujeta el vientre. El entendimiento se enciende como una cerilla en mi cabeza. Está embarazada.

Si estuviésemos en cualquier otro lugar, seguro que la Emperatriz no se atrevería a desafiar los deseos del dios, pero una vida es demasiado valiosa como para arriesgarla

—Elíma Kairo— digo yo y mi voz suena un poco más firme.

—¿Eres lo suficientemente fuerte, Elíma Kairo, para ser nuestra campeona? — pregunta mientras sus ojos, negros como el carbón, parecen taladrarme.

—Lo soy, mi señora.

La Emperatriz coloca su mano sobre mi hombro, dejando una huella de sangre sobre mi vestido y parte de la piel de mi brazo.

—Serás nuestra Campeona— dice mientras dibuja, con su dedo, una marca sobre mi frente.


Carlens Newman Cliffort, isla Zafiro


El panel que cubre las ventanas se levanta con un traqueteo metálico, dejando pasar los primeros rayos del sol en cuando la luz alcanza la marca en el alféizar. Todas las casas en Zafiro están programadas para aprovechar al máximo aquellas energías que no produzcan daño ambiental, así que la hora de levantarse está determinada por el ángulo en que cae la luz del sol sobre las edificaciones.

La luz cae sobre la mesilla y el intraphone emite un pitido cuando empieza a cargarse con la energía solar. Me estiro, aún entre las mantas, mientras hago un repaso mental de las tareas que tengo programadas para hoy: la revisión de las vías de los aerodeslizadores, la terapia emocional en el bosque, las horas de voluntariado en la estación de sanación y… Entonces hago una pausa y me paso una mano por mí ya despeinada cabellera oscura, alejando los restos de sueño. No, hoy no tengo que hacer nada de eso.

—Buenos días, señor Newman— habla Path, la voz robotizada del sistema de ama de llaves que el gobierno ha suministrado a todas las casas de nuestro anillo.

—Buenos días— digo mientras reprimo un bostezo.

—¿Tomará el desayuno en el comedor?

Asiento con la cabeza, entonces recuerdo que el sistema solo acepta comandos de voz y digo:

—Sí. ¿Xernon ya se ha ido?

Path guarda silencio por un momento, posiblemente escaneando los otros cuartos para verificar si él sigue en la casa.

—Se encuentra en la cocina— dice al cabo de unos segundos.

—Tomaré una ducha— le informo.

—Iniciando el sistema calentador de agua.

—Fría estará bien— le respondo— Necesito despejarme.

—Cancelando el sistema calentador de agua.

En el baño, Path despliega un panel holográfico que me permite seleccionar jabones, intensidad del chorro de agua y la duración aproximada de la ducha.

El agua fría realmente me ayuda a aclararme. El Rey Elijah no estará hoy en la ceremonia de Selección, así que contaremos con una transmisión en vivo del Príncipe Essus en los doce puestos remotos que han habilitado. Aún quedamos cerca de cien candidatos, todos compitiendo por alcanzar una de las dos posiciones de las que dispone Zafiro para los Juegos.

Extiendo la mano, colocándola bajo el dispensador que deja caer una generosa cantidad de shampoo con aroma a sándalo en mi mano. Empiezo a frotar mi cabeza, utilizando las yemas de mis dedos mientras pienso en el camino que he tenido que recorrer para llegar a esta posición. Hasta hace unas semanas éramos miles quienes aspirábamos a este lugar. Ahora solo quedamos unas cuantas decenas.

Dejo caer mis manos a ambos lados de mi cuerpo, perdido en mis pensamientos cuando un chorro de agua fría me sorprende y la espuma en mi cabello desciende hacia mis ojos, irritándolos como si los hubiera salpicado con jugo de limón.

Paso de la calma a la furia en la misma cantidad de tiempo que le toma a una chispa hacer estallar un bidón de gasolina.

—¡No había terminado!— grito mientras mi mano se estrella, convertida en un puño, sobre el panel en la pared que controla las características del baño. El plástico se agrieta bajo mi puño y pequeñas esquirlas transparentes caen al suelo y el chorro sobre mi cabeza cesa. Mi pecho sube y baja, mi respiración alterada por mi exabrupto. Y entonces dejo de estar molesto de golpe. Me aclaro la garganta y le hablo al sistema— ¿Path?

—Control manual inhabilitado por daño en el hardware. ¿Necesita ayuda?

—Deja correr el agua.

—Abriendo la llave de paso.

El agua vuelve a caer sobre mi cuerpo, esta vez, utilizo las manos para aclararme el shampoo, uso la misma espuma para lavarme el cuerpo y le indico al sistema que he acabado con mi ducha para que cierre el grifo. Cuando salgo, los paneles de ventilación se abren y lanzan aire caliente para secar mi cuerpo. Me visto y bajo las escaleras de dos en dos.

Xernon está sentado en una silla alta frente a la encimera, comiéndose una rebanada de pan tostado y ojeando el diario digital que se proyecta en forma de holograma frente a sus ojos.

Por la ventana, veo la silueta azulada de la montaña. Me muerdo el labio mientras pienso como una imagen tan apacible y hermosa puede ser, al mismo tiempo, la causa de tanto dolor y sufrimiento. Ya han pasado casi tres años desde que el choque entre las islas hizo que la montaña se desplomara encima de nosotros, sin embargo la herida se siente fresca aún. Hago girar alrededor de mi dedo anular el anillo de matrimonio de mis padres. Es dorado y pesado, el único recuerdo que me queda de ellos, todo lo demás se perdió en el choque.

Cierro los ojos y recreo la imagen en mi mente.

Nadie lo vio venir, estábamos cenando, como cualquier otro día, después de la escuela, cuando sobrevino el primer terremoto, la onda expansiva que generó el choque contra Ónice, el primer punto en que nuestro territorio colisionó con otra isla. El suelo comenzó a moverse, las copas que papá guardaba en el aparador se desplomaron en el suelo y luego se cayó el aparador entero, se vino abajo con un estruendo que aún hoy parece reverberar en mi interior. Nos levantamos, tropezando con nuestros propios pies mientras veíamos como aparecían las grietas en las paredes y en la cerámica del suelo.

Aisha cayó al suelo y yo la ayudé a levantarse, la conduje hacia la puerta mientras papá sujetaba a mamá de los hombros, que no dejaba de gritar mientras papá le prometía que todo estaría bien. Abrí la puerta, sujetando con ambas manos el pomo que no dejaba de vibrar. Aisha lloraba. La llevé hasta el jardín y volví sobre mis pasos para ayudar a papá a sacar a mamá, que continuaba gritando, presa de la histeria, sin salir de la casa.

Fue entonces cuando sobrevino la desgracia. Fue como escuchar un trueno, solo que multiplicado por mil, y entonces la montaña empezó a venirse abajo. El tiempo pareció ralentizarse, como si alguien hubiese presionado un botón en alguna parte que hizo que la escena corriera a cámara lenta frente a mis ojos. Mi mirada se encontró con la de papá, que tomó a mamá de la mano y prácticamente la arrastró hacia adelante. Me lancé hacia la casa al mismo tiempo que la primera oleada de barro caía sobre el tejado, estiré la mano y tomé la de mi padre mientras una mezcla de tierra, árboles y rocas reventaba los cristales y sacaba las puertas de sus goznes. Mis dedos se cerraron en torno a los de papá y entonces la fuerza del alud me arrastró hacia atrás.

Una roca me golpeó la cabeza. Y todo se volvió negro.

Cuando desperté, todo había terminado. Mis padres estaban sepultados dentro de la casa y Aisha había desaparecido. En mi mano, protegida entre mis dedos, se encontraba la alianza de mi padre. La única parte de mi familia que pude conservar conmigo.

Los cuerpos de mis padres fueron extraídos una semana más tarde, cuando las excavadoras lograron llegar hasta nuestra zona. Pero Aisha… Aisha nunca apareció, ni viva ni muerta. Mi hermana fue el motivo por el que, después de mucho pensarlo, decidí inscribirme como voluntario para los Juegos. Si gano, podré encontrarla.

Xernon se aclara la garganta, devolviéndome a la realidad.

—¿Otra vez en la Luna?

Agito la cabeza y camino hacia la encimera.

Path acaba de informarme que debo reemplazar, de nuevo, el panel de selección de tu cuarto de baño— dice mirándome con gravedad—. ¿Algo que reportar?

Me encojo de hombros mientras toqueteo las opciones y ordeno mi desayuno.

—Con algo de suerte ese temperamento tuyo te será de ayuda si te eligen. Aunque podría ser un problema también.

—Me preocuparé por ello cuando llegue su momento— digo mientras le sonrío.

Xernon era amigo de mis padres, lo conozco de toda la vida. Perdió a su familia, su mujer ys sus dos hijas, durante el alud, así que se hizo cargo de mí después de eso.

–¿A qué hora es la Selección?

–Falta una hora y treinta y siete minutos— se adelanta Path.

–Me lo estaba preguntando a mí— mascullo irritado y Xernon se ríe.

–¿Crees que su Alteza Real se dignará a estar presente hoy?— pregunta él mientras agita una mano en el aire, cerrando el diario digital.

–No lo sé, dejó que fuera su Corte quien hiciera el anuncio, así que podría no estar hoy tampoco. Igual dudo que tome él mismo la decisión final.

–Igual no podemos quejarnos— sentencia Xernon—. Nos va bien si nos comparamos con las otras islas. Se preocupan por nuestro bienestar.

Mi rostro se ensombrece y siento mi estado de ánimo cambiarse de golpe, como un interruptor siendo activado.

No es cierto, si ellos realmente se preocuparan por nosotros habrían buscado a Aisha. Con los recursos de los que disponen, sin duda ya la habrían encontrado.

–No la tomes conmigo— dice Xernon mientras levanta las manos con las palmas hacia mí— Si te eligen podrás hablar personalmente con el Príncipe.

Suelto un gruñido y me concentro en mi desayuno. Cuando acabo, me lavo los dientes y regreso a la sala.

–Toma— dice Xernon mientras me arroja un objeto cilíndrico y delgado— llévate a Sasha.

–¿Me vas a prestar a Sasha?— pregunto anonadado.

–No la rayes— ordena mientras se pasa una mano por la cabeza y camina escaleras arriba.

Sonrío mientras me dirijo al garaje.

Sasha es una preciosidad de cuatro ruedas de color negro. Coloco el cilindro en la ranura y la puerta se abre hacia arriba, dejando a la vista el interior de cuero. Me meto adentro y digito el código del destino, Sasha solicita una confirmación de voz y por último, yo introduzco el cilindro dentro del dispositivo de ignición y su motor ruge. La unidad de transporte espera dos segundos, mientras el portón se mueve hacia arriba y luego voy volando, a 156 km/h a través de las aerovías, viendo Zafiro desde los aires mientras la unidad de transporte de último modelo se encarga de dirigirme a mi destino. Cuando llego, Sasha se apaga. Bloqueo los accesos haciendo girar el cilindro alrededor de la puerta y las llantas se vuelven lisas, evitando que nadie lo robe.

La puerta de acceso no tiene a nadie, más que al sistema de seguridad, custodiándolo. Cuando me acerco, la voz robotizada me pide que ponga la mano sobre el cristal. Una luz roja escanea mis huellas digitales y las compara contra el registro. En cuanto se cercioran de mi identidad, la puerta se desbloquea y yo la empujo para entrar al pequeño auditorio.

Adentro, hay tres chicas y tres chicos, siete, contándome a mí. Somos los únicos miembros de nuestro Círculo que han logrado llegar hasta este nivel, las Cribas no han utilizado un sistema que permita distribuir a los candidatos de manera equitativa según su Círculo, algunos tienen más representantes y otros menos.

En el centro de la habitación hay un círculo blanco, más o menos de un metro de diámetro, con un pequeño punto negro en el centro, un Ojo de Proyección, que en este momento presenta un reloj con seis números gigantescos.

Los minutos pasan, cuando todos los números menos los dos últimos están en cero, los siete nos agolpamos alrededor del círculo. Cuando el conteo regresivo finaliza, aparece el sello de la familia real, un caballo blanco sobre un fondo azul y una estrella de plata, el escudo de los Gwynn. Entonces aparece el Príncipe Essus.

Se ha arreglado para la ocasión, aunque lo más probable es que lo hayan obligado. Tiene un traje inmaculadamente blanco, una camisa negra y una corbata azul cobalto anudada alrededor del cuello. Sonríe, con lo que Aisha solía llamar su "sonrisa del millón" y escucho los suspiros de las mujeres en la habitación.

–Buenas tardes tengan todos ustedes, hombres y mujeres que han sido lo suficientemente valientes para presentarse a los Juegos del Hambre—empieza él y, por extraño que parezca, resulta curioso oír una voz humana saliendo de sus labios y no una robótica— Miles de ustedes se inscribieron, hace un año, para representarnos ante las demás islas. En este momento quedan sólo dos de ustedes.

Hay susurros excitados, provenientes principalmente de las chicas.

"Zafiro ha decidido no dejar esta importante decisión a deidades falsas o a corazonadas. – dice en una clara alusión a las otras islas— Después de la Segunda Criba los hemos observado con cuidado, hemos analizado sus destrezas, calibrado su valor y estudiado, a fondo, sus motivaciones para formar parte de esto. A partir de ello, hemos generado una fórmula para determinar su probabilidad de éxito.

A mi alrededor, los otros chicos murmuran, preguntándose qué tan bien parados habrán salido en el proceso.

–Felicidades a nuestros campeones— finaliza Essus y entonces su proyección desaparece para ser reemplazada por dos figuras. La primera es una chica, posiblemente de mi edad, con ojos del color del whiskey y una frondosa cabellera marrón. Bajo su figura, de cuerpo entero, se lee "Nayara Banks, Círculo Seis"

No le presto demasiada atención, porque el otro soy yo. "Carlens Newman Cliffort, Círculo Nueve"

No hay aplausos, aunque tampoco los espero. Los demás me observan con los ojos como platos, posiblemente preguntándose qué es lo que tengo yo que no tengan ellos.

Y aunque suene pretencioso, se exactamente de qué se trata: yo tengo una mejor motivación.


Noa Wunsch, isla Amatista


Tengo diez años, mi cabello está recogido detrás de mis orejas en dos diminutos moños idénticos ribeteados con una púrpura, de mismo color del sari que envuelve mi cuerpo, que parece tan pequeño como el de una muñeca.

Mamá me ha vestido así porque hoy es el día del desfile.

Estoy tendida sobre mi estómago, jugando con el ajedrez de elefantes de papá, con los pies metidos bajo la otomana de cuero café. No se supone que pueda jugar con las preciosas figuras, pero creo que lo que, si no se entera, no habrá ningún problema.

Es entonces cuando escucho el primer grito.

La figura se resbala entre mis dedos y aterriza de cara contra el suelo. La trompa del elefante se separa del resto de su cuerpo y yo lo observo aterrorizada, hasta que escucho otro grito y entonces me olvido por completo de mi travesura y salgo, apresurada, de debajo del mueble.

Mi pecho sube y baja con mi agitación y termino pisándome los bajos del sari un par de veces en mi camino siguiendo los gritos. Finalmente me detengo frente a las puertas dobles del estudio de papá. Me llevo los dedos a la boca, en un gesto nervioso, pues no se supone que pueda entrar aquí, entonces escucho a mamá gritar y, sin pensar en nada más, empujo las pesadas puertas con mi pequeño cuerpo.

Al principio, solo veo la figura, grande y musculosa, de papá. Tiene la espalda encorvada hacia adelante y hay algo extraño en la forma en la que apoya los pies en el suelo. Entonces él adelanta un pie y escucho otro grito. Mi corazón parece a punto de salirse por mi garganta cuando reconozco a mi madre, repantigada en el suelo, abrazando sus rodillas del mismo modo en que lo hago yo cuando me aburro.

—¡Mamá!— el grito que brota de mi garganta es tan violento que casi siento como la palabra me desgarra las cuerdas vocales.

Papá se gira al escucharme gritar y parece no reconocerme en lo absoluto. Tiene los ojos inyectados de sangre. A sus pies, hay un vaso hecho pedazos y la alfombra está mojada con algún líquido de color café.

—¡Noa!— gime mamá desde su posición en el suelo y se cubre los ojos, como si haciendo eso yo dejase de verla.

Siento las lágrimas bajando por mis mejillas mientras papá levanta otra vez el pie y descarga otra patada sobre el cuerpo de mamá.

—¡Ajinoam!

Mamá, mamá, mamá…

—¡Ajinoam!— la voz, rasposa y aguada, no pertenece a ninguno de los tres. Me detengo en medio de mi llanto mientras alguien grita de nuevo— ¡Ajinoam!

Y entonces despierto. Tengo el rostro cubierto por mis lágrimas, mientras Agrata vuelve a llamarme a gritos desde alguna parte de la casa usando mi nombre completo.

Me apresuro a secar mi rostro contra mi almohada, pues no sería la primera vez que irrumpe en mi cuarto sin llamar y no hay forma de que permita que ella me vea así.

Agrata es la segunda esposa de mi padre. Se casaron poco después de que yo cumpliera los once, tan solo seis meses después de la noche en que vi a mi padre darle a mamá la paliza de su vida. No siempre había sido así o al menos eso me gusta pensar. Solíamos llevar una vida acomodada, llena de lujos y comodidades. La unión de las familias de mis padres resultó provechosa en todos los aspectos, sin embargo las cosas se fueron a pique cuando mi padre perdió su trabajo y empezó a dedicarle su tiempo libre a la bebida.

A Agrata la conoció unas cuantas semanas después del funeral de mamá, que finalmente no logró soportar tanto sufrimiento y acabó muriendo. Una afección coronaria, fue la explicación del médico. Una afección llamada marido, dije yo. Agrata también es viuda y, si congeniaron desde el principio, se debió a que ambos llevan sus convicciones religiosas y sociales a un nuevo nivel.

—¡Ajinoam!— vuelve a gritar mi madrastra y yo aparto las sábanas con fastidio.

—¡Ya voy!— grito mientras pateo el suelo.

—¿Qué, en nombre de Ganesha, te está tomando tanto tiempo?

Resoplo y recojo mi larga cabellera en una coleta alta.

Me pongo las zapatillas y bajo, corriendo, por las escaleras.

—¿Qué?— digo mientras veo con los ojos entrecerrados a la mujer, pequeña y regordeta, sentada frente a una taza de té.

—¿Has hecho tus deberes anoche?

Sé que no se refiere a la escuela, así que ruedo los ojos mientras pienso en la docena de saris que tuve que planchar anoche. Ninguno de ellos era mío. El hecho de ser su sirvienta es más que frustrante, especialmente cuando, si no hago lo que ordena, termino metida en un problema con mi padre.

—Te he dicho que no soporto que pongas los ojos en blanco, Ajinoam.

—Noa— corrijo en un acto reflejo— y si me importaran tus opiniones, las pediría.

Ella se pone de pie y estira la mano, posiblemente para intentar abofetearme, pero entonces seguro recuerda lo que pasó la última vez que trató de hacerme daño, hace un par de semanas, y se reprime. Una sonrisa hace que mis labios se curven mientras recuerdo su rostro, rojo por la rabia, cuando le torcí la muñeca.

—Tu padre se enterará de esto.— amenaza ella— Ahora ve y alimenta a los pájaros— dice mientras vacía su taza de té de un trago y se gira— Tanto ruido me tiene aturdida.— dice refiriéndose a los aleteos y chillidos que emiten las pequeñas criaturas emplumadas.

—Lo mismo deben pensar ellos de ti— digo en voz baja.

—¿Qué has dicho?

—Nada— digo encogiéndome de hombros mientras camino hacia el jardín interno en donde media docena de faisanes de Kalij baten sus alas y saltan entre las rocas.

Tomo un puñado de maíz y lo arrojo hacia ellos, que de inmediato abandonan sus juegos, desesperados por alimentarse.

—La mayor parte de ustedes va a terminar en una sopa antes de que acabe el año. – digo mientras lleno los comederos —. Pero yo me niego a que alguien más decida que va a pasar conmigo de ahora en adelante.

Termino de alimentar a los animales y subo las escaleras, saltándome algunos escalones, antes de que a Agrata se le ocurra alguna nueva tarea.

Me he bañado anoche, así que elijo un sari sencillo, de color azul cielo y peino mi cabello. Pensé en ponerme alguna de las faldas cortas que tengo en el armario, solo para fastidiar a mi padre y a Agrata, pero Radhika se toma muy en serio estas cosas y quiero lucir presentable.

Abajo, escucho a Manjit jugando con una pelota. Debe estar haciéndola rebotar contra la pared, a juzgar por el sonido rítmico que llega a mis oídos. Sonrío mientras pienso que tal vez mi misión de salvarlo de ser como sus padres está dando resultado cuando escucho a Agrata gritarle que guarde silencio.

Me quedo quieta, esperando su reacción con los ojos cerrados. Los golpes cesan y hago una mueca. Me parece de verdad repulsiva la forma en la que él, siempre sin chistar, acepta las órdenes. Es un caso perdido.

Le doy la espalda a la escultura de Ganesha, con su cuerpo de hombre y su cabeza de elefante, mientras me desvisto y enrollo la tela del sari alrededor de mi cintura para luego dejarla caer sobre mi hombro. La ajusto con alfileres y observo mi figura en el espejo.

Sonrío. Me veo bien, bonita, deseable, pero formal.

—¡Ajinoam!— la voz de Agrata me saca de mi calma.

—¿Qué?— replico también a gritos.

—Phai ha venido a verte.

Mi reflejo me devuelve una mueca de asco.

¿Qué demonios está haciendo Phai aquí hoy?

Termino de peinarme y bajo, teniendo cuidado de no pisar el dobladillo del sari.

Escucho la desagradable voz de Phai, mi prometido, mientras Agrata se ríe estridentemente por algo que él ha dicho. Phai es tan alto como yo, lo cual, tratándose de un hombre casi adulto, no es mucho. En cuánto entro en la estancia siento como su mirada me recorre de arriba abajo, como si yo fuera un pedazo de carne. Frunzo los labios y cruzo mis brazos delante de mi pecho.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—¡Ajinoam!

Ignoro el regaño de Agrata y continúo observando a Phai, mientras él intenta ponerse en la posición de hombre dominante que se supone tiene que ocupar. Me parece despreciable, una versión en miniatura de mi padre. Posiblemente por eso lo eligió para mí. Eso y el dinero de su familia. Con el pago que tendrá que dar por mi mano, seguro que sacará a la familia de apuros.

—Noa— dice él mientras tuerce sus labios delgados en una sonrisa— Saldremos a pasear hoy.

El simple hecho de que de por un hecho que saldré con él, me hace rabiar. Lo miro entornando los ojos y me doy vuelta.

—No, no lo haremos. Ya tengo planes.

Podría subir a mi habitación, pero entonces él podría ir a buscarme. Escucho los gritos indignados de Agreta, algo por la puerta trasera, doy un rodeo para despistarlos y empiezo a caminar.

La Selección es en el Palacio de Corona, una de las pocas edificaciones del mundo antiguo que queda de pie. Solían llamarlo Taj Mahal. Aunque ya nadie recuerda su historia. Estiro una mano mientras camino por el borde de la carretera y detengo uno de los tuk tuk, una moto—taxi,que corren por la calle principal. Me subo en la pequeña cabina y le murmuro al hombre mi destino. En cuanto deduce que soy una de las finalistas, empieza en un monólogo que dejo seguir y seguir sobre sus opiniones sobre los Juegos y el honor de ganar.

En mi caso, quiero ser elegida por razones meramente egoístas. Aún y cuando me gusta lo que hace Radhika Krish, mi motivación va de la mano con mis deseos de libertad. Si consigo ganar, puedo dejar de lado mi compromiso. Fue el trato al que llegué con mi padre.

Cuando llegamos, el conductor se niega a cobrarme, agradecido porque tenga intenciones de ganar por mi país.

A pesar de que llego temprano, la mayoría de los seleccionados está ahí. Al final, somos veinte finalistas, la mitad somos chicas y la otra mitad chicos. Me felicito por haber elegido el sari de color azul, la mayoría se ha decantado por los colores de la isla, lo cual está bien, pero nadie resulta memorable en lo absoluto. No nos conducen a través del edificio, hacia el interior, sino que nos llevan hacia el enorme jardín, tan grande que podría albergar mi casa entera.

En el extremo más alejado del jardín un majestuoso elefante se encuentra, protegido del sol, bajo una estructura de madera y metal. Lleva una placa, de lo que parece ser oro, colgando bajo el cuello. "Lakshmí" se lee con letras negras de un palmo de altura. Un hombre con pantalones de algodón y sin camisa, la está cepillando.

Nos alínean a los veinte en la gran extensión de terreno, dejando un metro entre uno y otro. Ocupo la sétima posición, entre un chico y una chica. Aunque todos estiráramos los brazos, no podría tocar los dedos de ninguno de mis vecinos. Nos hacen estirar uno de nuestros brazos hacia el frente, con una piedra, tan grande como mi puño, colocada sobre la palma de la mano. Mi nombre completo, Ajinoam Wunsch, está escrito con tinta dorada sobre la superficie pulida de la piedra.

Radhika se pone de pie, nos da la bienvenida y nos explica el proceso de selección: Lakshmí eligirá la piedra con el nombre un chico y de una chica, basándose en qué, no lo dice; pero aquellos a quienes la elefanta elija, irán a los Juegos. Dicho esto, vuelve a sentarse, observándonos con cuidado desde su asiento.

El sujeto que cuida del animal hace una seña y el hermoso ejemplar, con su piel seca y grisácea, empieza a caminar.

Nunca he tenido una relación con un elefante, pero me sorprende ver la inteligencia brillando en sus ojos, demasiado pequeños para tan colosal cabeza, mientras empieza a caminar frente a la hilera de candidatos, con la trompa extendida y sus grandes orejas agitándose en el aire.

Nada sucede cuando Lakshmí pasa frente a las primeras seis personas y siento mi pulso acelerarse.

"Por favor", pienso con otras mis fuerzas, "por favor ayúdame, eres mi única oportunidad".

Como si me escuchara, la elefanta detiene su avance y gira su gran cabeza hacia mí, pero no hace nada más. Entonces decido que el destino lo elige uno mismo y doy un paso al frente, separándome de la hilera y le ofrezco la piedra a la criatura. Sus ojos, brillantes como canicas, se encuentran con los míos. Es casi como si me hablara, solo que no logro comprender las palabras que sus ojos me transmiten. "Por favor", vuelvo a pensar y entonces, muy lentamente, Lakshmí estira su trompa y toma, como delicadeza, la roca en mi mano y la aprieta hasta reducirla a polvo.

Se escucha un pitido y mi nombre, escrito en la pantalla cambia de color, de blanco a rojo.

–Nuestra campeona— anuncia Radhika poniéndose de pie en su asiento— ¡Ajinoam Wunsch!


Joao Caveira, isla Marfil


Camino de arriba abajo, esquivando los cojines dispersos en el suelo del Verazar mientras mis manos se hunden insistentemente entre los mechones de mi cabello. Ya me he reunido con más de la mitad de los aspirantes a campeón y con ninguno he sentido, ni por asomo, la sensación de revelación divina que esperaba encontrar. Tomo el crucifijo que cuelga sobre mi pecho, me santiguo y empiezo a orar, a la espera de que Dios me hable, como le hablaba a Abraham, pero el Señor calla.

De entre miles de postulantes, hemos logrado reducirlo a unas cuantas decenas. Hoy entrevistaré personalmente a los últimos veinte.

Estudio el ángulo que forma el sol en el cielo y consulto, apesadumbrado, el reloj en mi muñeca. El muchacho de las tres llega tarde.

—Señor— dice Benjamín mientras entra en la tienda— lo han encontrado.

Detengo mi paseo frenético y volteo a verlo:

—Hazlo pasar entonces.

Benjamín niega con la cabeza con expresión grave. El entendimiento se refleja en mi rostro:

—Oh… ¿En qué estado?

—Le han decapitado, señor.

Mi boca se seca mientras pienso en cómo los grupos rebeldes se oponen, como en tantas otras cosas, a los Juegos. Al principio pensamos que se trataba de una coincidencia, sin embargo, poco a poco la eliminación de los candidatos se volvió sistemática. Parte de nuestro descarte ha sido consecuencia de la muerte de quienes se presentaron como voluntarios hace un año. Decidimos mantenerlo en secreto, no alarmar a la población y no admitir el poco control que podíamos ejercer sobre los rebeldes.

Una victoria aplastante en las últimas elecciones es lo que habríamos necesitado, pero no lo que obtuvimos. Hay tantos bloques ideológicos esparcidos en Marfil, uno por cada tribu, que el haber sacado al menos una mayoría funcional en una primera ronda, es casi inverosímil.

Sin embargo, hemos pagado la factura. La gente tiene miedo. Y tiene que tenerlo. La violencia ha ido en aumento, junto con las muertes y la destrucción… Aunado al choque entre las islas… pues podría decirse que me tocó un momento difícil en la historia, pero nunca he sido de los que se lamentan.

He llegado a la mitad de mi periodo de ejercicio y estoy seguro de que los Campeones que salgan de aquí estarán preparados, con la protección de Dios, para ganar. Con algo de suerte los conflictos internos pasarán a segundo plano cuando tengamos que integrar las otras ideologías a nuestro sistema de gobierno.

—Déjame solo— ordeno a Benjamín y el vuelve a montar guardia a la entrada.

La bilis sube a mi garganta mientras imagino la figura decapitada del chico de las tres… Su nombre era Lwei. Tenía diecinueve años…

Me abro dos de los botones superiores de mi camisa, dejando a la vista el crucifijo y parte del tatuaje que me cubre uno de los pectorales, sintiéndome repentinamente acalorado, mientras pienso en lo complicada que se ha tornado esta situación. Mis dedos recorren distraídamente el nombre plasmado en tinta sobre la piel de mi torso. Seis letras… su existencia se ha reducido a seis letras. Lo único que me consuela es que se encuentra ante la presencia de Dios.

Si Sisoli estuviese viva, estaría en el rango de los elegibles. Tendría diecisiete años.

Me retiro a una de las secciones internas de la tienda y me dedico a rezar.

No me doy cuenta de paso del tiempo hasta que Benjamín se aclara la garganta. Aun así, termino mi oración antes de voltearme.

—Señor, una de las finalistas ha llegado.

—Hazla pasar.

—Le está esperando.

Rezo, pidiéndole a Dios que me ilumine, y salgo hacia la zona central de la tienda.

La primera vez que la veo, pienso que es apenas una niña. Y por suerte está de espaldas a mí, porque su parecido con Sisoli es tan increíble que siento como el mundo se mueve bajo mis pies. ¿Por qué ha elegido esta niña cumplir con un propósito que la acerca tanto a la muerte?

Siento mi corazón llorar al pensar en mi hija, muerta a tan temprana edad. Pero también pienso que, de haber podido hacerlo, también habría luchado por su país. Por mí.

Controlo mi expresión y camino hacia ella.

—Una florecilla del desierto— empiezo llamándola, del mismo modo en que lo hacía con Sisoli.

Su rostro, cuando se voltea hacia mí es tan parecido al suyo que siento ganas de echarme a llorar, pero me controlo y empiezo a averiguar qué cosa puede ser tan importante para ella como para arriesgar su vida a tan corta edad.


Hola a todos y todas!

En primera, gracias a todos por haberse dado a la tarea de comentar el primer capítulo. Me alegra mucho que Valkyr, Essus y Radhika hayan sido de su agrado. A ver que piensan ahora de Joao y de Makemba. Habrá POVs bonus en cada capítulo de uno de los diez gobernantes, para que vayan conociendo sus estilos de vida o sus historias. Así que seguirán leyéndolos de vez en cuando.

¿Qué les ha parecido esta tanda de selecciones? ¿Verdad que son muy diferentes los métodos que utiliza cada isla?

Vamos con las preguntillas:

1. Después de conocer ya a las 10 islas desde el POV de uno de sus campeones ¿en cuál te gustaría vivir y por qué?

2. De estos cinco ¿cuál ha sido tu favorito? ¿Y de los 10 que ya conoces?

3. ¿Cuál ha sido la historia más sorprendente de los 10 que conoces hasta ahora?

4. ¿A cuales tres personajes de los que faltan ansías conocer? ¿Por qué?

Comercial: una felicitación especial a jacque—kari por haber sido la comentarista estrella de los primeros dos capítulos: doble review en el primero y la primera en comentar en el segundo. :) A los demás, obviamente gracias por haberse tomado el tiempo de dejarme sus hermosos reviews!

Un abrazo, E.