Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.
Día 1
Henrik Fjordevik, isla Diamante
Si estuviera en mi poder, decretaría que el color de Diamante fuera blanco y no gris o plateado. Al menos eso pienso mientras contemplo la inmensidad, blanca y limpia, que me rodea.
Los copos de nieve descienden de las nubes grises, trazando círculos hasta finalmente unirse al manto, cada vez más grueso, que cubre el suelo. A nadie que viva aquí le molesta el frío. El aire helado es algo con lo que aprendes a vivir desde el día en que naces. Desde aquí arriba, subido en la cima de un árbol, en la ladera de una de las montañas que rodean el pueblo, veo las casas. Luces amarillas brotan de las ventanas, dando la impresión de que ha empezado a caer la noche a pesar de que apenas pasan de las once de la mañana.
Una tormenta se avecina y, en consecuencia, los rayos de sol, ya de por sí esquivos, han abandonado a Diamante esta mañana. En mi posición, Skövde, la segunda ciudad más grande después de la capital, me recuerda esos pequeños pueblitos que encierran en globos llenos de agua con nieve de plástico. Ari tiene una repisa en su cuarto llena de ellos, pequeños recordatorios de todas y cada una de las ciudades que deseaba visitar cuando se convirtiera en una bailarina famosa. Un sueño más que ha sido truncado.
Mi mandíbula se endurece y me inclino hacia atrás en mi refugio en el árbol para que el aire helado me golpee en la cara.
–Me parece irresponsable de tu parte que te expongas a un resfrío en un día como hoy – critica una voz conocida.
–No he estado enfermo ni un solo día de mi vida— respondo alzando la voz para que Svante me escuche sobre el sonido atronador del viento. Me separo del tronco y me inclino hacia adelante, dejándome caer.
Escucho el grito gutural de mi hermano cuando aterrizo, de cuclillas, sobre la blanda capa de nieve, que se encarga de absorber el impacto. Svante levanta la cabeza con incredulidad y observa la rama, a unos cuatro metros de altura, en la que había estado subido hasta hace un momento.
–¿Admirando mi habilidad? — pregunto burlón. Mi hermano tuerce la boca e intenta sujetarme del cuello, como lo hacía cuando éramos mucho más pequeños, para frotar sus nudillos contra mi coronilla. Lo esquivo, sin siquiera tener que pensarlo, fruto de los meses de entrenamiento que he recibido y le doy un empujón que lo hace trastabillar. Su pie da contra un banco de nieve fresca que se hunde bajo su peso y hace que él quede enterrado hasta la cintura.
Con sus ropas caras y ese aire sofisticado y estirado por igual que parece bañarlo, se ve de lo más ridículo. Me echo a reír y él me observa con el ceño fruncido, hasta finalmente darse por vencido y reírse también. Le tiendo una mano y lo sujeto del brazo, tirando de él hasta que consigue apoyar el pie en una superficie más estable y salir de la nieve. Su abrigo negro y los pantalones térmicos grises se han cubierto de escarcha.
–Te has vuelto más fuerte— dice él como si le sorprendiera.
–Duh…— respondo mientras me inclino para recoger la tabla de snowboard que se encuentra apoyada contra el tronco del árbol —. ¿Cómo me encontraste?
–Ari— dice él—. Dijo que hoy estabas particularmente meditabundo durante el desayuno, así que supusimos que, en primer lugar, no irías a clases hoy y que, en segundo, tratarías de conseguirte un lugar tranquilo para pensar.
–Claro como el cristal — digo encogiéndome de hombros—. Y me parece francamente estúpido tener que ir a la universidad en un día como hoy. Y no por ello digo que usualmente no sea estúpido el ir a esas clases…
–Henrik…
–… y eso por no hablar de la gente— continúo mientras empiezo a descender por la montaña, prestando atención a la apariencia de la nieve para determinar la ruta más segura—. No estoy generalizando, pero creo que hay un requisito implícito en los aspirantes a abogados de ser idiotas integrales y estirado, exceptuando a un par de personas que conozco.
—Vaya, ¡gracias!
—Dije que había unas cuantas excepciones.
Svante me observa con las cejas enarcadas y me sonríe.
–No dijes que tu fueras una de ellas, estirado– completo.
Mi hermano mayor siempre ha sido el caballo de batalla de mi padre. La frase "¿Por qué no puedes ser más cómo Svante?" fue una constante durante mi infancia. Siempre he sido la oveja negra de la familia. Svante asumió sin chistar el futuro que mi padre, un célebre abogado en Diamante, eligió para él. Se convirtió en su orgullo, el vivo ejemplo del refrán "de tal palo, tal astilla"
Mientras que yo… se podría decir que le he dado más guerra en ese sentido. La abogacía no me seduce en lo absoluto, sin embargo, era lo que se esperaba de mí y Ari, como siempre, logró salirse con la suya convenciéndome de que, al aceptar la carrera, lograría apaciguar las cosas con mi padre y, por lo tanto, me lo quitaría de encima.
–Gajes del oficio, hermano— dice Svante mientras se sujeta de mi hombro para evitar resbalar en la nieve. A sus veinticinco años es un hombre hecho y derecho—. El día en que te toque ser el hermano mayor que debe dar el ejemplo, lo entenderás.
–Creo que ya Ari está lo suficientemente grandecita para saber que si quiere un ejemplo a seguir que complazca a nuestros padres, estaría mirando hacia el lugar equivocado conmigo.
–Hasta hace unos meses eso era lo que hacía.
–Y mira como acabó— digo con sequedad.
Svante apreta los puños y cuadra su mandíbula mientras llegamos al final de la elevación en el terreno y torcemos a la derecha para enrumbarnos hacia la carretera.
–¿Has venido sin auto? —dice mientras mira hacia ambos lados de la carretera, donde solo se encuentra aparcado su coche azul.
–Tenía ganas de caminar.
–Súbete— dice mientras saca las llaves de su bolsillo y pulsa el botón que abre los seguros.
El auto tiene cadenas en los neumáticos para mejorar la tracción. Conducir en Diamante es prácticamente un arte, un mal movimiento del volante te puede enviar directo hacia la muerte, por eso circulan tan pocos autos de uso personal, el examen para sacarte el permiso es una pesadilla. Svante abrocha su cinturón y enciende el vehículo. Los asientos se calientan bajo mi cuerpo, derritiendo los restos de nieve sobre mi ropa. Mi hermano se quita los guantes de piel y aferra el volante con ambas manos, con tanta fuerza que se tornan blancos. Perdido en sus pensamientos.
–Adivinaré y diré que tu furia repentina se debe a Ari y a nuestro padre— suelto cuando pasan dos minutos sin que nadie diga nada.
Svante no responde mientras toma la intersección y de no ser porque lo observo atentamente, me perdería de su asentimiento.
–Aún es algo difícil de asimilar.
–Lo sé.
–Y me mata no poder decírselo a Ari, pero lo pienso una y otra vez y siento que ella no ganaría absolutamente nada con ello. Entonces ¿para qué hacerla sufrir?
Cierro los puños sobre mi regazo. ¿Deberíamos decírselo?
–De cualquier forma, por el momento debemos concentrarnos en ti. ¿A qué hora llega el auto?
Consulto el reloj sobre el tablero.
–Aún quedan casi dos horas. Pero he pedido que me recojan en tu casa. Si eso está bien para tí. No quiero que mamá se ponga histérica.
–Es una buena idea.— asiente él colocando la luz intermitente y desviándose a la derecha.
–Ya te encargarás tú de calmarla si logro salir elegido.
Su boca se tuerce en una sonrisa.
–Siempre puedes contar conmigo para limpiar tus desastres.
Me echo a reír y pasamos el resto del viaje discutiendo de cosas insustanciales.
Cuando llegamos a casa, solo está encendida la luz en el cuarto de Ari, lo que significa que no hay nadie en la planta baja. Mamá debe estar en el hospital, en donde trabaja como enfermera y mi padre debe estar en su despacho de abogados en el centro.
–¿Quieres que venga por ti?
Niego con la cabeza:
–Son solo un par de cuadras.
–Vístete apropiadamente. Mis trajes viejos deben seguir en el armario, toma al menos una camisa.
Ruedo los ojos y me bajo del auto.
–Lo pensaré.
Me sirvo una taza de chocolate caliente en la cocina y subo las escaleras hacia la segunda planta. Suave música sale de la habitación de Ari, pero cuando llego al rellano para por completo.
–¿Henrik?— la suave voz de mi hermana me llama.
–Soy yo.
–¿Podrías venir un momento?
Reprimo un suspiro y giro hacia su habitación, en lugar de dirigirme a la mía.
–Toc, toc— digo mientras empujo su puerta, blanca con pequeños copos de nieve plateados pintados encima. Los pintó ella hace cuatro años, cuando cumplió catorce.
–Ven aquí— dice mientras apunta su cama. Ella está frente a su tocador, con el cabello rubio cayendo a ambos lados de su rostro, enmarcando su cara como un halo.
–¿Pasa algo?— pregunto confundido mientras cierro la puerta tras de mí.
–¿Además del hecho de que Svante y tú me han estado ocultando cosas por casi un año?— pregunta con una mueca.
–¡Demonios!— mascullo mientras me dejo caer sobre su cama, con altos postes metálicos y cortinas de color azul oscuro.
Ella se echa a reír mientras me observa sobre su hombro.
–¿De verdad pensaste que no me daría cuenta? Puede que papá y mamá vean solo lo que quieren ver, pero pensé, hermano, que tendrías un concepto más elevado de mi capacidad. Es decir, no se me ha escapado que has aumentado…. ¿qué? ¿quince kilos en el último año?
–¿Me estás llamando gordo?—intento bromear.
Ella rueda los ojos.
–Se llama masa muscular, pequeño genio.
–No me gusta guardar secretos, pero la primera vez que lo mencioné enloqueciste un poco. –digo retomando, a mi pesar, la seriedad del tema.
–Porque es peligroso. Pero si quieres hacerlo, entonces lo harás. ¿No es así como funciona todo contigo?
–Ari…
–Te he llamado para dos cosas—dice sacudiendo su larga cabellera—. La primera, es para darte esto— dice mientras abre su joyero y saca una delicada cadena de oro de la que cuelga un dije con una ornamentada letra A. Papá se la dio cuando cumplió un año, el collar aparece en cada fotografía de Ari—. Con esto, cuando te elijan, podrás recordarme—. dice mientras se impulsa hacia atrás, haciendo destellar los aros metálicos de la silla de ruedas. A pesar de que ya ha pasado mucho desde su accidente, un escalofrío recorre mi columna cuando veo lo delgadas que se han vuelto unas piernas que solían ser tan atléticas y fuertes. Al igual que sucedió con Svante, siento como la ira nace en mi pecho, pero me controlo, como siempre lo hago con mi hermana.
–Pensaré en ti, no necesito un recordatorio.
–Ah, pero así me haré famosa— dice mientras se impulsa con los brazos hasta quedar frente a mí. Me inclino hacia adelante y dejo que me ponga su collar.
–¿Y la segunda?
–Quería desearte suerte— dice mientras me besa en la mejilla— Tienes que ganar. Ya ha sido un año lo suficientemente difícil como para que quieras agregarle otra tragedia— dice con seriedad, pero sin tristeza.
No sé qué responder a eso.
El día pasa muy deprisa después de eso. Me pongo una de las camisas de Svante y un pantalón de vestir y camino, con la cabeza en otra parte, hasta la casa de mi hermano. Antes de darme cuenta, el vehículo oficial me ha recogido y estoy frente al Palacio de Cristal.
Sigo con la cabeza en las nubes, pero me las arreglo para entrar al salón cuando me llaman, por mi apellido, entre los primeros candidatos a campeón.
"Ostentoso" es la palabra que usaría para definir el interior del lugar.
Quedamos diez candidatos en total, cinco chicos y cinco chicas. Todos esperamos en línea. A mi derecha, se encuentra Edvin Perssons, hemos entrenado juntos un par de veces en el Centro de Preparación para los Juegos del Hambre del gobierno. No está mal, pero es demasiado mecánico, lo que lo vuelve algo predecible. Él me dice algo, pero estoy tan distraído que no entiendo una palabra. Me excuso y me inclino hacia él para que repita lo que me ha dicho. En el proceso, el collar de Ari se sale del cuello de la camisa. El regalo tiene el efecto deseado, porque todo lo que puedo hacer mientras mis dedos rodean el dije es pensar en mi hermana. Mi mirada se encuentra con los ojos de una de las chicas, sus ojos de un frío color azul. Ella me mira con una ceja alzada o tal vez mira a Edvin, que sigue hablando sobre el gobierno.
Oberón y Cavyll salen a un balcón, donde el regente empieza su discurso. No puedo evitar fruncir el ceño mientras lo escucho hablar. Oberón me recuerda, en muchas cosas, a mi padre. Creo que es del tipo de persona que no tiene reparos en hacer lo que sea por convencerte de hacer lo que él quiere.
Inicia la selección. Cavyll anuncia con voz aniñada el nombre de la chica y siento a Edvin tensarse a mi lado. Elisabeth Zuckerman resulta ser la misma chica con la que se encontró mi mirada, la de los ojos azules. Su mirada busca a algo, a Edvin, en su camino hacia arriba. Él la ignora y la chica hace un mohín casi imperceptible, pero camina, derecha y con gracia, hacia el balcón.
Y luego llega el turno de los varones.
Mi mano se dirige a mi cuello y mis dedos se enredan en la cadena de Ari mientras Cavyll dice:
–El hombre que representará a Diamante en los Juegos del hambre es ¡Henrik Fjordevik!
Ni siquiera le presto atención a la mirada incrédula que me dedica Edvin o a la sonrisa pretenciosa de Elisabeth, desde su posición en el balcón. Camino, con la frente en alto y los dedos cuidadosamente colocados sobre el punto en que la A reposa sobre mi pecho, a encarar mi futuro
Éire Cernunnos, isla Aguamarina
El dios Cernunnos está presente en cada rincón de la casa que protege nuestros cuerpos terrenales. En el camino hacia el cuarto de baño, me encuentro con un fresco con la imagen de Cernunnos, parado en medio del bosque. Un hombre con astas de ciervo y una estrella en la frente.
Nadie sería capaz de decir que no se trata de un rostro hermoso, una mezcla perfecta de luces y sombras. Sin embargo, ni siquiera la maestría del pintor ha podido alcanzar la sublime perfección que el dios que me da nombre tiene en realidad.
Me meto en el cuarto de baño, tan grande como las casas de muchos, donde el agua, con un tinte verdoso por las sales minerales, despide aromáticas columnas de vapor desde la tina.
–Señorita Éire— dice solicita una mujer, tal vez dos o tres años mayor que yo. Tiene el cabello de un apagado color café y sus dientes superiores sobresalen un poco, haciéndola lucir como un roedor. Ella estira los brazos, en una petición silenciosa y yo permito que retire la túnica que deja expuesta la desnudez de un cuerpo que posee una única imperfección.
Ella coloca la túnica con cuidado sobre la silla y me tiende una mano para ayudarme a descender por los escalones. La bañera es tan grande como una piscina. Me reclino cuidadosamente contra el borde, descansando la cabeza contra la superficie acolchada. Dejo que mi cuerpo, el contenedor de la esencia divina que corre por mis venas, se purifique bajo la esencia del agua.
La primera vez que tomé consciencia de mi naturaleza divina, yo tenía cinco años. Estaba jugando con los libros de papá cuando encontré uno dedicado al dios Cernunnos.
No creo en las coincidencias, de ahí que resultara curioso el hecho de que la misma semana que aprendí a escribir mi nombre, el dios decidiera mostrar, ante mí, no solo su dura existencia, sino también mi origen, la historia de mi familia.
Jamás he cedido a las infames explicaciones de Alanys, mi hermana, de que Cernunnos fue simplemente el apellido que eligió mi padre al momento de ordenarse como druida, el nombre de un dios, tal y como dicta la costumbre. Las coincidencias no existen y el hecho de que mi padre eligiera a Cernunnos era solo una muestra más de que la sangre del dios corría por nuestras venas. Éramos sus descendientes, muy por encima de los seres humanos que se habían encargado de poblar la tierra.
Descendíamos directamente de los dioses y éramos lo más cercano que la humanidad podría conocer a una criatura divina.
Froto mis brazos con cuidado, dejando que el agua se lleve la suciedad y las células de este cuerpo, el receptor de mi esencia, que ya han cumplido con su ciclo. Luego hundo la cabeza en el agua y dejo que la chica llene mi cabello con un shampoo que ella frota con reverencia, a sabiendas de que soy una criatura muy distinta a ella.
Cernunnos es el dios del sueño y de la muerte y tal vez por ello la gente esperaría que, descendiendo de su estirpe, fuéramos crueles y despiadados. Sin embargo, creo en ser una diosa bondadosa, en retribución a los altares, tributos y ofrendas que, cada día, los humanos dejan para Cernnunos.
La chica me pone las manos sobre los hombros, posiblemente para inclinarme hacia adelante y enjuagar mi cabello, pero su mano resbala por mi espalda y termina rozando la cicatriz que desciende en diagonal a través de mi omoplato derecho.
No sé cuál de las dos se sobresalta más por el inesperado contacto, si ella o yo, pero un siseo sale de entre mis dientes. Me pongo de pie y la miro, con furia, mientras recuerdo el dolor ardiente de la espada al desgarrar mi piel y cortar mi cabello. Antes, solía tener mi rubia cabellera hasta la cintura, después del incidente, madre tuvo que cortarlo hasta dejarlo justo por debajo de mis hombros.
–Vete— ordeno y ella abre mucho los ojos y se retira sin chistar. Me deja sola en el cuarto de baño.
Respiro profundamente para controlar aquellos sentimientos que prueban que mi ser divino se encuentra en un cuerpo humano. Entonces me agacho y tomo el ánfora, llena hasta el borde de agua y dejo que el líquido caiga sobre mi cabeza para aclarar la espuma. Salgo de la tina sintiendo como las pulsaciones descienden lentamente.
Observo mi cuerpo en el espejo que cubre una de las paredes. Me giro y miro por encima de mi hombro. La cicatriz desciende hacia el centro de mi espalda, con ese suave rosado que caracteriza las heridas que acaban de soldarse. Me la hicieron hace unas cuantas semanas, durante uno de mis entrenamientos.
Nunca, hasta entonces, habían podido tocarme.
Yo descendía del dios de la muerte. Cernunnos era el principio y el fin de las cosas y yo le pertenecía a él, como su descendiente. El filo de la espada no debió tocarme. Yo era invencible.
Las gotas de agua descienden por mi espalda desnuda y recuerdo la sangre, roja y caliente, deslizándose por mi espalda herida.
Frunzo el ceño. ¿Cómo fue posible? ¿De qué dios podía descender ese chico para tener el poder de herirme? Tal vez fue la mano de Teutates, dios de la guerra, quien guio su mano para lograr lo imposible: el hacerme daño.
Freno en seco las dudas que me asaltan y sonrío frente al espejo. Voy a estar bien, nadie podrá ponerme una mano encima en los Juegos. Desciendo del dios de la muerte, está en mi destino el ser la última en pie, porque nadie puede matar al dios de la muerte.
Me seco en silencio y vuelvo a mi habitación, donde me esperan dos de nuestras doncellas, que se encargan de vestirme y peinarme. Yvette se encarga de secar mi cabello y luego teje una corona con mis mechones dorados, para después decorarla con una cinta de color aguamarina, el color de nuestra isla. Danielle me viste con un vestido de gasa del mismo color, que ata con cuidado alrededor de mi cuello y asegura con cuidado a mi espalda, cubriendo por completo la cicatriz.
–Pueden irse— digo haciendo un gesto con la mano y ambas hacen una reverencia y se marchan.
Cuando se marchan tomo la llave que se esconde bajo el forro de uno de los cajones y abro, con cuidado, mi joyero. Entre las gemas, de todos los colores del arcoíris, elijo únicamente el anillo de Cernunnos, plateado y pequeño. Tiene la figura del dios: el hombre, con las astas y la estrella. Al otro lado, escrito en galés, una lengua muerta, está mi apellido. Lo coloco con cuidado en el dedo índice de mi mano izquierda.
Camino hasta el comedor, en donde se encuentran mis padres. Padre siempre ha sido mi favorito. Sonrío al ver su notable porte, tan regio como el cualquier rey. Alanys no está.
–Éire— dice padre mientras se levanta de su asiento y descorre la silla a su derecha— ¿tienes hambre, hija?
–¿Estás nerviosa por hoy?— pregunta madre mientras toma mi mano por encima de la mesa.
–No lo estoy— digo con sinceridad— no tengo motivos para tener miedo. No se trata de un juego justo. Los humanos no tienen posibilidades contra un dios.
–Éire— se queja una voz.
–Alanys— digo yo frunciendo el ceño ante su tono.
–Deberías dejar de compararte con los dioses— dice reprobatoria.
–Deberías dejar de negar nuestros orígenes— digo imitando su tono.
–Padre— dice ella.
–Siéntate y come, Alanys. Éire lo hará bien.
Alanys se muerde el labio y yo estudio su expresión con cuidado. Algunas personas son capaces de entender las emociones humanas con facilidad, pero mi naturaleza divina hace que esa labor me resulte compleja, así que debo esforzarme más por lograr ese entendimiento. Justo ahora, Alanys se encuentra contrariada.
–Te daré un consejo, hermana— dice sentándose al lado de madre— si te eligen para representarnos ante las otras islas, no esperes que Cernunnos haga todo por ti. Si ves que algún arma se acerca peligrosamente, entonces apártate. Puede que pienses que eres un dios, pero ya te han mostrado que eres capaz de sangrar.
La copa que había estado sujetando estalla en mi mano, enviando fragmentos de cristal en todas direcciones. No llegan a clavarse en mi piel, pero sobresaltan a toda la familia.
–¿Estás bien?— pregunta padre tomando mi mano y estudiando con cuidado los dedos.
–No volverá a pasar— digo clavando mi mirada en la de Alanys.
Ella se lleva su propia copa a sus labios y bebe lentamente, sonriéndome.
–Esperemos que así sea.
Terminamos la comida en silencio.
–¿Quieres que te lleve?— pregunta padre mientras rodea mi rostro con sus manos y deposita un beso sobre mi frente.
–Ya se encargarán nuestros sirvientes. Es hora de que tú vayas a servir a los dioses.
–Buena suerte, hija mía— dice él volviendo a besar mi frente.
–No la necesito. Cernnunos está conmigo– respondo mientras veo como algo se desplaza, rápido como una nube frente al sol, por los ojos azules de padre. Dura tan poco que no soy capaz de analizarlo.
–Tienes razón— dice soltándome.
Me meto en un auto que me lleva hacia el muelle más cercano, donde uno de los sirvientes tiene preparado uno de nuestros barcos. El anillo de Cernunnos destella bajo la luz del sol cuando bajo a la cubierta y me siento en una de las sillas.
Las vías interacuáticas serpentean a lo largo de toda la isla. Tardamos media hora en llegar a Lugones, donde otro vehículo me recoge y me lleva hasta el castillo de Rhiannon Phyl, nuestra reina.
Mientras veo la construcción de piedra, me pregunto con vaguedad cómo será el castillo de Cernunnos. Sin duda, debe ser mucho más hermoso que este.
Por una cuestión de protocolo, aplican conmigo los mismos controles que usan con los demás. Mi nombre y mi código de nacimiento es lo primero que me preguntan. El hombre, bajito y regordete, enarca las cejas cuando ve el nombre del dios, pero lo digita en la pantalla y una Éire con el cabello hasta la cintura me observa desde la pantalla de su ordenador— LA fotografía que me tomaron el día en que me inscribí. Luego camino entre dos barras metálicas. No sé para qué sirven, pero emiten un débil pitido que los hace asentir.
En el último control, hay una mujer con un manojo de jeringas sobre una mesa. Va toda vestida de blanco.
–Hola Éire— saluda ella consultando un archivo con mi fotografía— Necesito una muestra de sangre.
–¿Qué? — pregunto, segura de no haber escuchado bien.
–Sólo sentirás un pequeño pinchazo, lo prometo— dice mientras me toma del brazo.
Ni siquiera tengo que pensarlo para liberarme de un tirón mientras pongo cara de pocos amigos.
–No. Me. Toque. – ella me observa con las cejas enarcadas. Catalogo su expresión como sorpresa.
–No te dolerá, en serio.
Niego con la cabeza.
–No.
–Querida…— dice estirando su mano para tratar de tomar la mía.
–¡He dicho que no!
–¿Qué sucede aquí?— pregunta una voz con un sonido bajo que me recuerda, por algún motivo, el ronroneo de un gato. Ambas alzamos la cabeza.
–Su Majestad— dice la mujer mientras hace una profunda reverencia.
Es Rhiannon. Trae un vestido un par de tonos más oscuro que el mío y su cabello, castaño oscuro, recogido en un moño en la nuca. Me inclino, más por convención que por considerarla un ser superior.
–He hecho una pregunta ¿qué sucede? — ella mantiene sus emociones tan cuidadosamente fuera de su cara que no logro interpretar que está pensando.
–La señorita Cernunnos no ha permitido que le saque sangre.
Los ojos oscuros de Rhiannon recorren mi rostro, tratando de leerme. La imito y mantengo mis emociones fuera de mi expresión.
– Cernunnos— repite Rhiannon— ¿no quieres que verifiquemos que te encuentras completamente sana? — pregunta con suavidad.
Niego con la cabeza. No lo necesito. Nunca me he enfermado.
–No.
Rhiannon deja salir una sonrisa y asiente.
–Déjala pasar.
La mujer no se atreve a contradecirla. Me deja pasar mientras la reina Rhiannon se da media vuelta y pasa a través de una puerta. La observo alejarse antes de ir al salón.
Quedamos cincuenta. Pero nada de eso tiene importancia en el momento en que anuncian que nos ordenarán según notas, hombres y mujeres por separado.
La pleitesía de Rhiannon queda explicada en el momento en que mi nombre, como era de esperar, aparece en la posición más alta.
Camino hacia el frente y espero a ver cuál será el alma mortal que me acompañará. El hombre se llama Maddox Erwyn. Tiene el cabello más largo que yo y en sus rasgos lo único que puedo ver es despreocupación. Él me extiende la mano y decido, de inmediato, que no confiaré en él. Estudio las puntas de mi cabello y lo escucho reírse. Se encoge de hombros y hace crujir sus articulaciones. El sonido me hace irritar. Lo veo con enfado y él sonríe.
Rezo, en mi interior, para que Cernunnos me dote de paciencia para soportarlo durante el tiempo en que no tendré permitido matarlo.
Sharik Louw, isla Marfil
El dolor palpita detrás de mi ojo derecho, pretendiendo cegarme y doblegarme, pero no se lo permito. Aprieto los párpados, sumiéndome en las sombras y llevo mis dedos a mis sienes para liberar la presión.
Desde un rincón, Zaji, la primera madre que conocí, me sonríe con su boca desdentada y luego cruza los brazos sobre su pecho, se recuesta en la cama y vuelve a morir. Parpadeo y ella ha desaparecido. Entonces aparece la figura de Anuli, mi otra madre. Está tendida en el piso, yaciendo sobre su propia sangre, el rostro es un rompecabezas de rojo, morado y café.
Me arrodillo sobre en el suelo, sobre un puñado de guijarros, dejando que el dolor despeje mi mente y entonces, rezo. Leo, una y otra vez, la frase que he tomado de la Biblia para entender el camino que Dios ha trazado para mí, pintada sobre la pared:
NO SOLO CREER EN CRISTO, SINO TAMBIÉN SUFRIR POR ÉL. FILIPENSES 1:29
Rezo, suplicando por fortaleza y por entendimiento. Rezo suplicando por redención, porque el pecado reside en mí. Hay un estallido de dolor detrás de mi ojo derecho y mi espalda se arquea, hacia adelante, hasta que quedo postrado, con las rodillas dobladas y el pecho pegado al suelo. Y Dios me habla:
"Tengo grandes planes para ti, hijo mío. Tú serás mi instrumento por medio del cual se hará mi voluntad"
La voz es, a todas luces, ultraterrenal. La escucho en el interior de mi cabeza: hermosa, indefinida, en algún punto medio entre la de un hombre y una mujer. La voz de Dios llena mis venas de consuelo, mientras mi estómago ruge, molesto por el ayuno que he adoptado para purificarme. El dolor de cabeza remite y la figura destrozada de mi madre desaparece de la habitación.
Rezo, agradeciéndole a Dios por su misericordia y me levanto del suelo.
El barro que forma las paredes mantiene fresco el interior de la casa. La casa de Zaji, mi primera madre, mi abuela, aunque no me enteré de ello hasta después de su muerte.
La casa sigue siendo la misma, la que me vio crecer, hasta que el corazón de Zaji se dio por vencido y, una mañana, cuando fui saltando hacia su cama, no se levantó más. Aún hoy puedo verla, con su piel oscura y brillante, como si la hubiese cubierto de aceite y la sonrisa fácil bailando en sus labios, mientras intentaba que me quedara quieto para cortarme el cabello con sus manos pequeñas de dedos huesudos.
Las cosas no volvieron a ser iguales después de que Zaji murió. Yo había estado formándome como udibi, un aprendiz de guerrero,en la aldea desde que tenía seis años, pero, cuando Zaji me dejó, las cosas cambiaron. El día de su muerte fue la primera vez que me atreví a cuestionar las acciones de Dios.
El primer cambio sobrevino apenas unos días después del funeral. Recuerdo estar sentado en los escalones, sujetando la punta de lanza que acababa de tallar en una roca, cuando apareció el Pastor.
Recuerdo la forma en que su sombra se proyectaba sobre mi cuerpo. Recuerdo lo imponente que resultaba su presencia…
Camino, zigzagueando entre las casas, hasta que llego al pozo. No he tomado mi ración de agua de esta semana. Mis brazos presionan la palanca y el agua mana por la abertura hasta que cae en el pequeño barreño que he colocado para recogerla. Recuerdo perfectamente el día en que vino el Pastor porque, increíblemente, ese día llovió. Bloqueo el sistema hídrico y el chorro amaina, dejando únicamente las pequeñas gotitas que forman ondas al caer. El día en que vino el Pastor, me arrancaron de mi aldea como si fuera mala hierba en un jardín.
Él me dijo que mi madre se haría cargo de mí a partir de ahora. En ese momento, no lo entendí. Mi madre había muerto, acababa de enterrarla.
De un día para otro, me vi a mi mismo en un lugar desconocido, mucho más grande que el que me había visto crecer. Fue entonces cuando conocí a mi madre… y a Emeka.
Mi mano resbala sobre la palanca y su borde afilado roza la palma de mi mano, creando un corte fino que empieza a sangrar de inmediato.
El dolor estalla de nuevo en mi cráneo y, por un momento, es como volver a estar ahí. Con tan solo diez años, los brazos cruzados sobre el rostro mientras Emeka descargaba un golpe tras otro sobre mi cuerpo, mientras mi madre me miraba con tristeza pero sin hacer nada por ayudarme, por detenerlo.
El sudor desciende por mis sienes mientras aprieto el puño, haciendo que la herida deje de sangrar. Luego tomo el cubo de agua y lo acuno contra mi cuerpo. El bamboleo al caminar hace que gotas de agua salpiquen mi pecho y estómago, refrescándome.
"Tú me asesinaste, bastardo"
Me tenso cuando escucho la voz. No es la voz de Dios, ni la de Zaji, ni la de mi madre. Es la voz de Emeka, cargada de rabia y de resentimiento. Bastardo era su insulto favorito. Yo era la prueba fehaciente de lo débil que había sido la carne de mamá. Lo único que la había salvado de una pena de lapidación, siendo apedreada hasta morir, había sido la infinita misericordia de Emeka quien, como su esposo, había hecho oídos sordos y no la había exigido. Él se cobraba su buena voluntad castigándonos, a mamá y a mí, con métodos de tortura que, aún hoy, han dejado huellas en mi piel.
Ignoro la voz de Emeka y continúo caminando hacia casa. Abro la puerta empujándola con el hombro y dejo el cubo de agua sobre la mesa.
El aroma de Zaji, a hierba y a algo dulce, aún permanece, doce años después, entre las paredes del único lugar que he considerado mi hogar. Me llevo la mano hacia el crucifijo de plata que cuelga sobre mi pecho. A veces, cuando trabajo largas horas bajo el sol, el metal se calienta, quemando mi piel. La cruz ha creado una pequeña sombra justo en el hueco de mi clavícula. Un recordatorio sutil de que yo soy la Lanza del Destino. La espada manejada por Dios para traer justicia a la tierra. Soy Su herramienta.
Apoyo el peso de mi cuerpo contra la puerta.
Hoy es el día de la Selección y estoy seguro de que Dios se encargará de que Joao me elija para que me envíe a la Arena a cumplir con Su voluntad. Afuera, el sol incandescente desciende con lentitud por el firmamento.
Dios se ha encargado de que Joao haya instalado su Verazar, su tienda, a tan solo unos minutos de aquí, como si quisiera hacerme las cosas muy fáciles. Tomo el barreño y me lavo la cara y me seco con una raída toalla. Mi rostro se refleja en la lámina de metal pulido que Zaji había colocado sobre el fregadero para usarlo como espejo. Mis ojos claros destacan sobre la piel oscura. Una copia al carbón de los de mi madre.
"Has hecho justicia", me recuerda su voz, suave y triste.
"Eres el instrumento de Dios", completa Zaji.
Termino de secarme, tomo la lanza, que está apoyada contra la pared y verifico que la punta se encuentre afilada. Luego recojo la invitación, escondida en uno de los libros de recetas de Zaji y la guardo en mi bolsillo. Cierro la puerta tras de mí, a sabiendas de que pasará un tiempo antes de que regresa aquí, como el siervo victorioso de Dios. Me interno en el desierto.
El viaje es corto, el sol apenas si se ha movido en el cielo cuando diviso las banderas blanquecinas de Marfil, agitándose con el escaso viento que sopla en el desierto. El Verazar del Presidente. Está tras una duna, puedo ver la parte más alta recortándose contra el cielo, de un brillante color celeste.
Me detengo en seco cuando mis instintos de guerrero detectan la cercanía de un intruso. Mi mano se tensa sobre la lanza y me giro hacia mi derecha un segundo antes de que una figura, cubierta con una capa gris, se lance sobre mí.
Hay un grito gutural y un destello rojizo cuando la punta de la lanza corta la piel de su brazo. Sea quien sea, lanza un gemido y una maldición.
Veo el brillo del cuchillo, con una empuñadura de madera, cuando mi enemigo lo saca de su cinto.
–Muere, falso profeta— sisea mientras carga contra mí, tratando de derribarme. Él no lo sabe, no tiene ni idea de que no es la primera vez que alguien más grande que yo intenta hacerme daño. No sabe que no tengo miedo de nada mientras Dios esté conmigo.
El mango de la lanza, el cual he tallado con mis propias manos, golpea su cara, escondida entre las sombras que proyecta la capucha y él profiere una maldición.
–Ríndete a la voluntad de Dios— dice mientras vuelve a cargar contra mí.
El dolor vuelve a aguijonear mi ojo. La furia tiñe las cosas de rojo al escuchar el nombre de Dios siendo pronunciado por sus labios, hablando como si él fuera el elegido por Dios. Como si él conociera sus designios.
La lanza en mi mano se convierte en una extensión de mi cuerpo y es Dios quien me guía, haciéndome retroceder un paso para luego echar mis hombros hacia atrás y atravesar limpiamente su estómago con la punta afilada.
Se desploma, con un grito y su cuerpo rueda hacia abajo, llenando la arena de sangre.
Me quedo quieto, observando a la criatura fallecida y rezo para que Dios se apiade de su alma y perdone sus pecados. Es todo lo que puedo hacer.
Cuando llego al Verazar, hay una pequeña multitud reunida afuera. Cuando desciendo por el costado de la duna, siete miradas oscuras se clavan en mí.
–No se permiten armas en este lugar— se apresura a decir uno de los hombres mientras su mano se dirige al kunai que cuelga de su cintura.
Levanto ambas manos, una aun sujetando la lanza cuya punta sigue cubierta de sangre.
–Han intentado matarme— replico sin levantar la voz.
El semblante de todos se ensombrece y veo a un par de ellos santiguarse.
–Has tenido suerte, muchacho.
–Suerte no— le corrijo—, he tenido a Dios.
Los siete comparten una mirada que no me molesto en descifrar. El hombre del kunai avanza y me pide mi invitación.
Se la entrego sin decir nada más. Otro extiende la mano, en una solicitud muda para que le entregue mi arma. Lo observo con desconfianza.
–Te la devolveré. ¿La has hecho tú?
Asiento.
–Has hecho un buen trabajo.
No le respondo nada. Paso a través de la abertura en la tienda cuando el hombre de los kunai mueve la tela. El interior es fresco. Adentro, está Joao con una chica que apenas si ha dejado de ser una niña. Tiene largo cabello oscuro y sonríe, mostrando sus dientes blancos.
–Tú debes ser Sharik— dice Joao mientras se estira sobre un montón de cojines esparcidos en el piso—. Esta es Aaliya— dice apuntándola con una mano extendida. Al moverse, un crucifijo se asoma entre los botones abiertos de su camisa—. Acércate para que pueda verte, así a contraluz apenas si distingo tu rostro.
Me acerco, hasta que salgo de entre las sombras. Hay una especie de jadeo ahogado de su parte, que hace que Aaliya se gire alarmada hacia él. Joao logra controlarse y asiente para sí mismo.
–Acércate más, permite que vea con atención esos ojos tan curiosos tuyos.
Me quedo quieto en mi sitio hasta que mi madre habla:
"Puedes acercarte. Dios está poniendo las palabras en sus labios".
Me pongo de rodillas sobre uno de los cojines y él me toma del mentón.
–Sharik Louw— dice él mi nombre como si lo estuviera probando—. Que casualidad tan curiosa.
–Las casualidades no existen, solo está la voluntad de Dios. Nada pasa si no es por Él.
Aaliya desvía la mirada y abraza sus delgadas rodillas mientras Joao tuerce los labios en una sonrisa.
–¡Cuánta verdad hay tras tus palabras! Dime, Sharik, ¿qué es lo que te ha convencido para inscribirte? ¿Por qué quieres ir a los Juegos?
La respuesta brota de mis labios sin tener que pensarla:
–He venido para cumplir la voluntad de Dios. Soy la Lanza del Destino y, bajo mi filo, Él separará a justos de pecadores.
Hay un brillo peculiar en los ojos de Joao cuando se inclina hacia adelante y extiende su mano.
–Bien, Sharik, Lanza del Destino. Serás nuestro campeón e impartirás justicia bajo el nombre de Dios. – por el rabillo del ojo, veo a Aaliya mordiéndose el labio inferior y, antes de estrechar la mano de Joao, me pregunto si la niña me teme porque su alma está llena de pecados.
Escucho la voz de Dios mientras, en mi interior, reina la calma:
"Todos los pecadores tienen que pagar, eres el instrumento que he dejado en la tierra para que sean testigos de mi poder. Entrega tu vida, sin reservas y yo te protegeré."
Raif Abdallah, isla Ónice
El aire silba en mis oídos mientras caigo, en posición horizontal, sobre la superficie acolchonada que recubre el centro de la habitación. En un rápido movimiento flexiono mis rodillas y empujo hacia arriba el abdomen, introduciendo mi brazo derecho entre nuestros cuerpos, golpeo su pecho con el codo y me impulso, hasta invertir nuestras posiciones. Sentado a horcajadas sobre su cuerpo, coloco mis manos alrededor de su cuello y aprieto, cuento hasta tres y lo suelto.
Mi tío Essam se echa a reír, con su risa gangosa a causa de una adicción vitalicia a los cigarrillos y extiende una mano para que lo ayude a levantarse.
–Creo que esta será la primera noche que dormiré tranquilo, a sabiendas de que no te van a rebanar el cuello a la primera si te eligen— dice mientras se acomoda la ropa y saca una cigarrera de cobre de su bolsillo. Mi boca se tuerce en una sonrisa mal disimulada. Si estuviera en casa, posiblemente me permitiría bromear, pero mi posición como único hijo varón en mi familia me obliga a mantener el tipo cuando estoy fuera de la seguridad que aporta mi hogar–. Veamos cómo lo haces con un oponente que no te lleve tres décadas de ventaja.
Mi tío escudriña la sala de entrenamiento, donde hay pequeños chillidos metálicos cuando las armas escudo atacantes, las que le han tocado a Ónice en el sorteo, entrechocan unas con otras. Sus ojos oscuros se centran en alguien al otro lado del salón y yo trago con dificultad cuando lo escucho decir:
–¡Eh, Zahir! ¡Ven aquí, chico, ayuda a un viejo cuando te lo pide!
No había visto que Zahir estaba en la sala, pero él se despega con un gesto perezoso de la pared en que estaba reclinado y avanza, con zancadas largas y elegantes, hasta que llega hasta donde estamos. Cuando se detiene frente a nosotros, junta los talones e inclina la cabeza en una señal de respeto hacia Essam, quien pertenece a un grupo social superior al suyo.
–Raif aquí— dice mi tío poniéndome una mano encima del hombro— necesita un contrincante de altura para algo de lucha cuerpo a cuerpo. ¿Qué te parece si me das algo de tiempo para ir a fumarme un cigarrillo y de paso me ayudas a convencerme de que mi sobrino está realmente preparado para ir a meterse a esa Arena?
Zahir le dedica una sonrisa lobuna.
–Puedo, señor Abdallah, pero en cualquier caso no tiene que preocuparse. Seré yo quien vaya a la Arena.
Essam se echa a reír.
–¡Tienes genio chico! Te acepto eso. No pierdan el tiempo, ustedes dos— dice señalando el rectángulo rojo que se encuentra pintado sobre la colchoneta. Dudo, pero obedezco y me coloco en uno de los extremos. Zahir me dedica una sonrisa y me imita. Él es el primero en atacar, empujando su puño contra mi abdomen. El impacto me echa hacia atrás y veo, con mi vista periférica, como mi tío se dirige hacia la puerta con un cigarrillo en la mano.
Mis pies descalzos resbalan, pero clavo los talones y tomo a Zahir de la muñeca, inclino mi cuerpo hacia adelante y el suyo describe un círculo conforme él empieza a caer. Él se aferra con ambas manos a mi camiseta, sus dedos hundiéndose en mi piel a la altura de mi pecho y me arrastra con él hacia abajo. Caemos sobre el colchón convertidos en un revoltijo de extremidades, piernas y brazos por todas partes mientras ambos luchamos por conseguir una posición que resulte ventajosa.
Siento, como si estuvieran al rojo vivo, sus dedos recorriendo mis costillas mientras busca algún punto que le sirva como ancla para voltearme. Cuando su mano toca mi espalda, justo sobre mi columna, me recorre una descarga que me paraliza. Él aprovecha mi distracción y nos hace girar, quedando encima de mí, con las rodillas a ambos lados de mis caderas. Su cuerpo se sacude sobre el mío cuando se ríe y siento un anhelo difícil de describir. La postura me descontrola, mi rostro arde. Y cuando él se inclina hacia adelante, siento que todas las miradas en la sala están fijas en nosotros.
Pánico y vergüenza a partes iguales estallan en mi interior. No puedo. No puedo permitir que esto ocurra. Apoyo las manos planas sobre la colchoneta y subo violentamente la cabeza. Mi frente impacta con su barbilla y Zahir se echa hacia atrás, sorprendido. Me lanzo hacia adelante, sujetando su cintura con las manos y lo hago girar hasta que consigo tumbarlo, boca abajo en el suelo. Entonces coloco una rodilla sobre la parte más estrecha de su espalda.
Sabiéndose derrotado, él levanta ambas manos en un acto de rendición.
Entonces me enderezo. La cabeza me da vueltas y mis orejas se calientan cuando Zahir se gira y se sienta, con las piernas extendidas, sobre la colchoneta.
–Pensé que te tenía. No esperaba que me atacaras así— dice pasándose los dedos sobre el mentón, donde una marca rojiza ha empezado a aparecer.
Me siento frente a él, con la respiración agitada.
–Aunque creo que mi barba se ha vengado por mí— él coloca un dedo sobre mi frente, en el punto con el que lo he golpeado y traza un arco sobre el nacimiento de mi cabello. Un estremecimiento recorre mi cuerpo y yo me aparto, incómodo y avergonzado, por las cosas que me hace sentir.
–Ya— Zahir me mira arqueando las cejas. No sé si sea consciente de cómo me afecta y de lo incómodo que me hace sentir eso. Si lo hace, no llega a decirlo.— ¿Estás nervioso por lo de hoy?
Meneo la cabeza.
–En realidad no.
–Me sorprende que te hayan permitido inscribirte siendo el único varón en casa. En mi caso me lo permitieron solo porque soy el tercero— dice apuntándose el pecho con el pulgar.
–Papá confía en que Alá me protegerá.
–Y tuviste la suerte de que te dieran entrenamiento personalizado— dice mientras levanta la cabeza. Essam me sonríe bajo su poblado bigote cuando se acerca a nosotros—. Señor— dice mientras hace una reverencia y se va.
–¿Qué tal ha resultado?— pregunta mi tío enarcando las cejas—. ¿Salió como esperabas?
Compongo una sonrisa para disimular mi incomodidad y asiento.
–Sí, vamos a casa.
La casa de la familia tiene el tipo de construcción que caracteriza a Ónice, con puertas y ventanas en donde predominan las formas curvas. El negro y el dorado están en todas partes. En cuanto llego a casa me doy una ducha. Cuando salgo del baño, vistiendo únicamente mis pantalones, Kadin, mi hermana más pequeña, de tan sólo cinco años, se cuelga de mi pierna.
–¡Raif!
Extiendo los brazos y, a pesar de que ya ha crecido bastante, ella se estira para que la cargue.
–¿Te ha ido bien? ¿Estás cansado? ¿Tienes hambre? ¿Vas a comer?— ella dispara las preguntas una tras otra, sin darme tiempo de responder. Me echo a reír. La tomo de la cintura con una mano y con la otra muevo un rebelde mechón de cabello rizado que se ha escapado del moño en que le han recogido el cabello.
–Estoy bien. ¿Y tú?
–¡Mamá ha mandado a hacer un gran banquete hoy!— chilla entusiasmada— ¡Kabi está allá abajo!
Mi ánimo decae de inmediato.
–¿Ah sí? Entonces deja que me vista. Bajo en un minuto ¿de acuerdo? — mi hermana se contorsiona y se inclina hacia adelante para darme un beso, justo donde la barba de Zahir me ha raspado la piel de la frente, dejando una marca rojiza.
En cuanto sus pies, enfundados en zapatillas de seda, tocan el piso, ella sale disparada escaleras abajo.
En el comedor, la larga mesa está parcialmente llena. La posición a la derecha de mi padre, la mía, está libre. En el lado contrario se encuentra mi madre y mis cinco hermanas: Hamza, Marak, Husain, Jamal y Kadin, de 17, 14, 12, 9 y 5 años. La posición a mi derecha la ocupa mi tío Essam y, junto a él, está sentada Kabi.
A sus 19 años, mi prometida es el tipo de persona que, aún vestida con el velo, hace que la gente voltee a la calle para mirarla. Una punzada de culpa hormiguea en mi cuerpo cuando, al verla, soy incapaz de sentir cualquier cosa que no sea el afecto que despiertan mis hermanas en mí. Nuestro enlace estaba programado para llevarse a cabo al final del verano, pero decidimos posponerlo hasta que acabaran los Juegos, ya fuera que la señora Simo me eligiera o no, grandes cambios estaban por venir y no resultaría correcto
–Raif— dice ella con su suave voz y estira sus manos hacia mí. Me inclino hacia el frente y las tomo. Flexiono sus dedos y los pego a mi frente, en la única muestra de afecto que se nos permite expresar en público.
Ella me dedica una sonrisa llena de dulzura. Mi semblante se mantiene serio por un segundo antes de que pueda forzar una sonrisa que, espero, le corresponda. Con algo de suerte todos lo interpretarán como timidez. Noto la mirada de mi tío Essam sobre mi rostro.
–Hijo mío, ven a sentarte— llama mi padre. Mi cuerpo se siente extrañamente rígido mientras descorro la silla y tomo mi lugar a su lado.
La comida transcurre en el habitual silencio. En cuanto mi padre ha terminado su comida, se pone de pie y todos los ruidos, incluyendo el tintineo de los cubiertos, son silenciados de inmediato. Él se pone de pie frente a mí y sujeta mi cara entre sus manos.
–Hijo mío. Mi único varón, mi sangre, mi heredero, mi orgullo… Hoy te convertirás en el orgullo de una nación completa— dice mirándome con inusitada suavidad bajo sus pobladas cejas blancas—. Alá se encargará de velar por ti. Pero quiero que sepas, mi muchacho, lo orgulloso que me siento hoy de ti.
Un nudo se forma en mi estómago. ¿Es cierto eso, padre? ¿Te sentirías igual si supieras las cosas que pasan por mi mente? ¿Los pensamientos impuros que recorren mi ser? ¿Podrá Alá mirarme si quiera al saber que Kabi no es capaz de despertar en mí lo que me pasa cuando veo a Zahir? No soy capaz de romper el corazón de mi padre, así que pongo mis manos sobre las suyas y le sonrío.
–Haré que te sientas orgulloso de mí, padre.
Hay una oleada de despedidas después de eso. Mi madre y mis hermanas toman turnos para tomarme de las manos y desearme suerte mientras mi padre habla con mi tío Essam en un rincón. Finalmente, mi tío me dice que es hora. Yo asiento y dirijo mi atención hacia Kabi, que espera, silenciosa, en un rincón.
Le tiendo las manos y ella las sujeta, algo temblorosa.
–¿Estás bien?— pregunto en un susurro mientras echo una mirada fugaz sobre mi hombro.
Ella asiente.
–Algo nerviosa y… ansiosa. Estoy segura de que te elegirán Raif. Y rezo a Alá a cada segundo para que te proteja. Esto va a cambiarte, tal vez cuando vuelvas a mí no serás la misma persona, pero estaré aquí, esperando por ti, sin importar qué.
Sus palabras, lo más cercano a lo que ninguno de los dos ha hecho alguna vez a una declaración de amor, me hacen sentir mareado. No puedo. No puedo romper su corazón tampoco. Sonrío y vuelvo a pegar sus delicadas manos a mi frente.
–Bien— es todo lo que le digo—. Porque voy a regresar.
Mi tío Essam me conduce hasta la casa de Veronique. Vivimos a cuarenta y dos kilómetros de la casa de la señora Simo. Nuestra ciudad, un lugar llamado Antigua Tabuk, desaparece rápidamente cuando tomamos la autopista que nos lleva directo a Buraidá, la capital del estado de Casim en donde la señora Simo se ha instalado después de tomar el gobierno.
Las casas se vuelven más y más lujosas conforme nos vamos acercando. Mi tío permanece silencioso en su asiento, tal vez duerme, tal vez reza. Sea como sea, agradezco el silencio. A veces siento que él es capaz de ver a través de mí y eso me asusta.
El auto, negro como el ónice y con los vidrios tintados, se detiene frente a la majestuosa casa.
Hago el ademán de abrir la puerta y mi tío me detiene por el hombro.
–Raif— dice él y yo aguardo, a la espera de que me diga que sabe mi secreto y que soy una decepción. Sin embargo, él curva los labios en una sonrisa y me da una palmada—. Buena suerte.
Sin saber cómo responder, bajo del auto, con las rodillas temblorosas.
Un hombre me pide una identificación en la puerta. Saco la billetera de mi bolsillo trasero y le extiendo mi cédula. Lo veo comparar la fotografía con mi rostro. Luego, activa el lector que tiene sobre la mesilla y la máquina emite un suave beep cuando confirma que es auténtica.
El hombre, tal vez de mi edad, estudia mi cara y luego asiente para sí mismo.
–Gire en el pasillo a la derecha. Última puerta a la izquierda. Póngase cómodo.
Recojo mi identificación y asiento. Me parece escucharle musitar un "felicidades".
Cuando llego, la puerta se encuentra cerrada. Toco con los nudillos, pero nadie sale a abrir. Giro el pomo y me encuentro con una salita, no muy distinta a la que tiene mi madre en casa para estar sola. Inseguro, me siento con rigidez sobre uno de los mullidos sillones. Pasan cinco minutos, luego diez y luego quince. Cuando comienzo a relajarme, la puerta vuelve a abrirse.
–¿Somos los primeros en llegar? — pregunta una voz femenina, con un ligero matiz rasposo. Cuando me giro, hay una mujer, de unos veinte años tal vez, parada en la puerta. Trae puesta una camiseta rosa chicle que le llega a la altura de la cinturilla de unos pantalones desgastados. Me siento curioso al ver el contraste entre ella y mis hermanas. Es una de las chicas "liberadas" que surgieron después de que la señora Simo asumió el gobierno. Curiosamente, eso no me disgusta.
–En realidad, son los únicos. – una segunda puerta, a mi izquierda, se abre dando paso a la majestuosa figura de la señora Simo. Doy un respingo— Felicidades— dice en voz baja y controlada—. Ustedes dos han sido elegidos para representar a Ónice en los Juegos del Hambre.
Coral Pareira, isla Cuarzo
Estoy echada boca arriba en el camastro, una tabla horizontal con una manta y una almohada a la que ellos se atreven a llamar cama. A mis oídos llega el ritmo inconfundible de las canciones que suenan en la vieja radio de la estación de policía. El sonido de los bombos se funde con los jadeos de fondo que hacen una alusión bastante explicita de una mujer teniendo sexo. Es el tipo de canción que me gustaría bailar en un club, pero en este momento me encuentro metida en demasiados problemas como para pensar si quiera en ello.
Me remuevo inquieta en mi lugar, ansiando desaparecer los barrotes que se encuentran en la pared opuesta al camastro. Nunca se me ha dado bien el sentirme atrapada y el cautiverio resulta asfixiante. Hay una pequeña ventana en la pared, tan arriba que, ni siquiera con mi considerable altura, soy capaz de ver a través de ella. De todas maneras, también está taponada con barrotes, tan cercanos unos a otros que mis dedos no son capaces de pasar entre ellos.
Mi estómago ruge y me pregunto, con vaguedad, si faltará mucho para que me sirvan el almuerzo. Hago una mueca cuando pienso en los guisos que han estado sirviéndome en los últimos días. Me había acostumbrado a comer cosas mucho mejores, carne de primera calidad y verduras que no estaban al límite de la putrefacción, pero al menos hemos superado la etapa inicial en la que mi dieta consistía en pequeñas raciones de pan enmohecido y agua.
El hambre se ha vuelto más difícil de manejar desde que mi estómago se acostumbró a la buena vida que mis nuevas prácticas podían proveerle.
Nací en una de las familias más pobres de Cuarzo, lo cual, considerando nuestra realidad, ya es decir mucho. Podría decirse que me tocó crecer deprisa. A los seis años mis padres pasaban ya todo el día fuera de casa, ambos trabajando en las minas, trayendo a casa cada día un salario miserable que no alcanzaba para los tres. Cuando llegué a los ocho acabé, como tantos otros niños, saliendo de la escuela para comenzar a trabajar. En consecuencia, aún ahora soy incapaz de leer de corrido, lo que me ha causado algunos problemas en la vida, pero he sabido compensarlo con otros talentos.
Me estiro, subiendo mis piernas, con los talones pegados entre sí, hasta que mi estómago se arquea y puedo observar mis zapatillas blancas sin doblar el cuello. Piernas largas y fuertes que me han resultado tan útiles a lo largo de mi vida para escapar.
Los primeros años fueron difíciles. Terminé saliendo por la puerta trasera, acusada de robo y otros delitos, en cada uno de los lugares en los que trabajé. Ninguna queja era infundada, siempre aprovechaba mi cercanía a los recursos para tomar aquello que no podía obtener en casa.
Algunas veces intenté encontrar las recompensas del trabajo duro, sin embargo cuando llegué a los quince descubrí que la supervivencia era más fácil y llevadera basándose en la estafa y el engaño. Era buena en ello, me salía natural. El robar y engañar era mi segunda naturaleza, tan fácil como correr o caminar.
Las cosas habían estado saliendo bien en los últimos meses, mis reservas de dinero estaban por los cielos, distribuidas en los diferentes escondites que había ido creando a lo largo y ancho de la isla entera. Me metí incluso con la policía. Descubrí sus sedes de almacenamiento, los lugares en que ocultaban la comida que se suponía que tenían que distribuir como parte del programa de ayuda, pero que retenían para sí mismos. Les robé, una y otra vez, de manera sistemática, siempre ante sus narices sin que pudieran hacer nada para detenerme.
Las cosas iban bien, hasta que un día, mi racha de suerte se acabó.
Había sido un día bastante divertido. Me había disfrazado, usando chales y pintando mis ojos de negro y había fingido ser una pitonisa, proveniente de la extraña tierra de Ónice para leer el futuro de unos cuantos crédulos que me daban su dinero a raudales con tal de que les augurara buena fortuna. Luego robé unas cuantas cosas del almacén policial, regresé a casa, dormí unas cuantas horas y volví a vestirme para colarme en una de las fiestas que ofrecía el gobierno con el fin de pillar unas cuantas billeteras… pero la policía me siguió hasta ahí.
Recuerdo la sonrisa burlona en mis labios mientras me colaba en el baño y me colaba por una de las ventanas hacia el exterior. La adrenalina corriendo por mis venas mientras corría, por las largas calles, con ellos pisándome los talones. Giré en una esquina y empecé a subir por el muro de ladrillos, felicitándome mentalmente por mi hazaña de haber vuelto a ganar.
Me colgué de la cornisa y me balanceé hacia adelante hasta que conseguí aterrizar sobre el tejado. Antes de poder siquiera componer una sonrisa triunfal, un puño se descargó contra mi cara.
Me sumergí en la oscuridad.
Cuando desperté, me encontraba en esta misma celda. Con los ojos café claro del Oficial Milo González encima de mí.
Ese fue el primer día de mi infierno personal. El panorama no era precisamente alentador: tenían suficientes cargos en mi contra como para, en el mejor de los casos, mandarme a cadena perpetua. Pero en Cuarzo nunca te enfrentas al mejor de los casos, así que básicamente me esperaba la horca.
Lo único que evitó sellar mi futuro, fue el momento en que sucedió: faltaban dos días para el cierre de inscripciones para los Juegos. El trato era asquerosamente sencillo: si iba y ganaba, era libre. Si iba y perdía, estaría muerta. Si me quedaba, estaba muerta. Tenía tres opciones y dos de ellas terminaba conmigo muerta. Los Juegos al menos me daban la oportunidad de vivir.
La idea de matar, lejos de lo que cualquiera pudiera esperar, no me asustaba. Ya lo había hecho antes. La primera vez, fue un accidente. Me acorralaron después de un robo. Un chico, más o menos de mi edad, me descubrió robando en la tienda de su familia. Me alcanzó en un callejón y tiró de la bandolera en que había metido mi botín. Fue algo instintivo el tirar yo también. Ni siquiera tuve que pensarlo. Fueron los sonidos de las motocicletas de la policía lo que me aterrorizó. Solté la pequeña mochila en el momento exacto en que él estaba jalando. Él perdió el equilibrio, se fue hacia atrás y su nuca dio contra uno de los contenedores de desechos que se alineaban en ambos lados del callejón. Casi pude oír como su cuello se partía por la mitad, pero no me detuve a comprobarlo.
Hui de ahí tan rápido como pude, con la bandolera firmemente sujeta contra mi pecho y tuve pesadillas durante días, pero lo superé. Unas semanas más tarde llegó el primer encargo. Descubrí algo importante sobre las personas: a nadie le gusta ensuciarse las manos. Y no resultó una sorpresa que fuera buena en ello también. Mis objetivos solían ser hombres, en su mayoría ricos y poderosos. Aprendí el juego del sigilo y de borrar mis huellas y, en el proceso, apagué por completo mi consciencia. Nunca más volví a tener una pesadilla al respecto.
Hay pisadas en el pasillo que me indican la cercanía de alguien. Me quedo muy quieta en el camastro mientras escucho como la puerta metálica se abre y luego se vuelve a cerrar. La silla, arrinconada en el extremo más lejano a la cama, chirría cuando es arrastrada por el piso.
–Coral— dice él con su voz asquerosamente controlada.
–Pulgoso— digo yo abriendo los ojos.
Él decide no referirse al apodo. Han sido tantos los motes de mascota que le he colocado, que creo que ya ni siquiera le molestan.
–¿Piensas bañarte para la Selección?
–¡Vaya! ¿Eso era hoy? Estaba segura de que lo había apuntado en mi agenda para el próximo martes. Creo que no podré asistir— digo mientras me siento y echo mi cabellera, grasosa y sin peinar, hacia atrás.
Milo está sentado a horcajadas sobre la silla volteada, con los brazos apoyados sobre el respaldar. Trae su uniforme de policía y una gorra que le cubre la mayor parte de sus rizos castaño oscuro. Lo escucho resoplar y sé que estoy pulsando las teclas que llevan al límite su autocontrol.
–Tú dirás— dice encogiéndose de hombros mientras se pone de pie— Creo que tengo un par de metros de cuerda en la bodega, siempre puedo programar una ejecución para hoy.
Lo observo, con los ojos entrecerrados midiendo hasta que punto es solo una bravuconería. Nunca, excepto el día en que me noqueó, me ha puesto un dedo encima. Pero está convencido de que debo purgar mis errores jugándome el pellejo en los Juegos de Suyay Kara y no he conseguido disuadirlo. Él saca un manojo de llaves del cinto y abre la puerta.
Llevada por la necesidad, lo detengo:
–¡Espera! — grito y siento ganas de golpearlo cuando se vuelve sonriente.
–¿Qué?
–Tomaré esa ducha – digo entre dientes, furiosa por sentirme débil.
Veinte minutos más tarde estoy vestida con ropa limpia y de mi talla. El cabello húmedo moja la parte trasera de la blusa cuando me obligan a subirme a la parte trasera de la patrulla y Milo se encarga de ajustar las esposas a la puerta para que no tenga oportunidad de escapar.
El viaje en patrulla es corto y aburrido. El Palacio Blanco es tal y como lo recordaba, con sus torreones y su derroche de riqueza abofeteándonos en la cara. El auto se detiene en la entrada mientras uno de los oficiales habla con uno de los guardias en el portón de acceso. La patrulla avanza hasta dejarnos en la entrada, donde Milo suelta las esposas y me toma, con firmeza, del brazo.
–Creo que no tengo que recordarte que escapar es inútil ¿cierto?
–Porque me darás caza y me encontrarás— completo yo—. Ya vale, Esponjoso, terminemos con esto.
–Si Suyay no te elije, serás juzgada. ¿Está claro? — dice él ignorando mi respuesta.
Ruedo los ojos mientras él me hace caminar a través de los pasillos, deteniéndonos de vez en cuando para pedir indicaciones.
–Coral…— dice sonando fastidiado.
–Está claro— digo al final para que se calle.
Nos detenemos frente a unas puertas dobles y él llama con los nudillos. Un guardia con cara de pocos amigos abre la puerta.
–¿Qué quieres?
Milo se endereza, dejando en evidencia que no se siente amedrentado por su tono y, cuando habla, su voz resuena fuerte y clara.
–Ella ha sido elegida como finalista. Viene por su última prueba.
Hay un breve intercambio entre los dos hasta que, finalmente, se nos permite pasar.
Suyay está sentada en una silla tan alta que incluso la hace lucir diminuta. Trae un vestido ajustado que me hace sentir envidia y, al principio, ni siquiera despega sus ojos de los papeles que tiene extendidos sobre su escritorio.
Empiezo a chasquear la lengua y Milo me mira con absoluta reprobación y da un tirón a mi brazo.
–¿Qué? — digo en un susurro.
–Madura— dice entre dientes.
–Tráelo— dice Suyay. Milo y yo levantamos la cabeza al mismo tiempo, pero ella no nos habla a ninguno de los dos. Uno de los guardias sale por la puerta –. Quítale las esposas— dice dándole una mirada sucia a Milo. En su defensa, él ni siquiera parece prestarle atención–. Y apártate.
Suyay me estudia de arriba abajo.
–¿Cómo te ha ido en los entrenamientos?
Me encojo de hombros.
–Bien, supongo. De no ser así, no estaría aquí.
–Eres alta— dice enarcando una ceja cuidadosamente esculpida—-. Muy alta para ser una mujer. Y luces sana.
Un montón de respuestas a sus palabras cruzan por mi mente, pero la mirada de advertencia que me dedica Milo me disuade. Me encojo de hombros:
–Mi padre medía casi dos metros. Supongo que lo heredé de él.
–¿Por qué te ofreciste como voluntaria?
–No tenía opción. Era eso o la horca. Al menos así tengo una oportunidad.
Sus labios se retuercen en una media sonrisa.
–La desesperación puede obrar maravillas ¿no crees?
No le respondo. La puerta se abre y todos nos giramos para ver de quien se trata. La sangre abandona mi rostro cuando reconozco al muchacho que camina junto al guardia. Es él. Es el chico al que yo maté.
El reconocimiento brilla en sus ojos también, pero él no dice una palabra.
–¿Sabías que el daño neurológico puede tener muchas caras? En el caso de Bernardo le generó parálisis facial y pérdida del habla. Podría estar gritándote por dentro, pero ¿quién sabe? — Suyay rodea el escritorio y pone un cuchillo en mi mano—. Prueba que eres digna.
Veo como la mandíbula de Milo se tensa y que avanza un paso para decir algo, pero uno de los guardias de Suyay lo intercepta en el camino, sujetándolo del hombro. Yo desvío la mirada, porque él no es importante. Es Suyay la única que manda aquí.
–¿Qué desea que haga? — pregunto sopesando el arma en mi mano.
–Prueba que eres digna— repite ella. Su frase podría significar muchas cosas, pero vivimos en un mundo en que predomina la violencia. Evito la mirada de Milo y me lanzo hacia adelante, sujetando el cuchillo. No es el arma que me han enseñado a usar, pero funciona. Su muerte no me va a afectar. Ya he aprendido a vivir con ella.
Mis manos dirigen la punta del cuchillo no hacia su corazón sino mucho más abajo, a la altura de su hígado. Él ni siquiera tiene tiempo de moverse. Sólo sus ojos me observan aterrorizados mientras suelto el cuchillo que permanece clavado en su cuerpo. La sangre que moja mis dedos no me repugna. El guardia que escoltaba al hombre lo sujeta para evitar que caiga sobre la alfombra y se lo lleva, con todo y el cuchillo mientras Suyay me observa. Desaparece por una puerta lateral sin siquiera manchar la alfombra con sangre.
Milo permanece en su rincón, con los ojos como platos. Sin habla.
–Acabas de ganar el derecho a luchar por tu libertad. Ahora vete— dice Suyay devolviendo la atención a sus papeles. Hay un golpeteo, suave pero decidido y la puerta vuelve a abrirse. Un hombre vestido de guardia aparece al otro lado.
Milo me toma del brazo y me conduce hacia afuera. Recorro al recién llegado de arriba abajo y me gusta lo que veo. Le guiño un ojo al hombre cuando paso a su lado.
–¿En qué clase de mierda nos hemos metido? — susurra Milo para sí mismo en cuanto las puertas se cierran.
Oberón Gave, 61 años, Isla Diamante
Un manto blanco empieza a cubrirlo todo cuando inicia la nevada, haciendo que delicadas estatuas del jardín se convierten en figuras amorfas.
–Me gustan nuestros Campeones— sentencia Cavyll sentado sobre el trono. Su cuerpo delgado se ve fuera de lugar en ese espacio, aún y cuando es el que le corresponde por nacimiento. Aprieto los dientes con tanta fuerza que temo quebrar mis molares cuando pienso en ello. De no haber sido por el nacimiento de ese niño, siempre pálido y enfermizo, el trono en que se encuentra sentado sería mío por derecho. Davenn, mi único hermano, nunca había manifestado interés en contraer nupcias y mucho menos de dejar un heredero al trono, pero las cosas cambiaron cuando conoció a la madre de mi sobrino.
El panorama cambió rápidamente en cuestión de un año. Cavyll nació el mismo año en que sus padres se casaron Y Davenn y Gala murieron unos meses después, en un accidente en el que mi sobrino debió estar también.
Lo observo desde mi posición cerca de la ventana. Flaco y desgarbado, no parece tener madera de rey en lo absoluto. Casi parece una burla el hecho de que el pequeño cachorro de mi hermano tenga más boletas que yo para dirigir a un país.
–¿Crees que estén cómodos? — pregunta con esa voz llena de altibajos que le ha caracterizado desde que entró a la adolescencia.
Me cuesta entender que se refiere a los Campeones, las únicas dos personas que se han quedado hoy después de la Selección.
–Están en un castillo— respondo lacónico.
–Sí, pero tal vez extrañen sus casas.
–Espero por su bien que no lo hagan. En el mejor de los casos solo uno de ellos va a volver. Lo tienes claro ¿verdad?
Su rostro empalidece un poco más y veo sus labios fruncirse.
–¿Está bien que hagamos esto, tío? Estamos alentándolos a matarse unos a otros, como si fuera un deporte.
–Son dos personas que se ofrecieron libremente. Es preferible sacrificar a uno o a ambos para detener la guerra.
La luz del fuego resplandece en las hebras rubias de su cabellera cuando él sacude la cabeza.
–Se siente mal. –dice finalmente.
Intento no sentir asco y decepción por la criatura escuálida que recoge sus piernas y pega su frente a sus rodillas. Pálido y asustado, no refleja, en lo absoluto, los ideales de grandeza que debería tener el rey de Diamante.
Mis nudillos crujen cuando convierto mis manos en puños que desean estrellarse contra el delgado cuerpo del chico, del mismo modo en que mi padre nos formó a Davenn y a mí cuando éramos pequeños. Sin embargo, el niño ha sido mimado por todos desde que se convirtió en huérfano y no tiene caso.
–Lis es muy bonita y Henrik luce muy fuerte ¿no crees? — continúa él, ajeno a la marea de emociones que me recorre.
–¿Quién es Lis?
Cavyll frunce el ceño.
–Nuestra campeona. Nos ha pedido que le llamemos Lis ¿no lo recuerdas?
Un músculo salta en mi mandíbula. Mientras menos los humanice Cavyll, menos afectado se sentirá por sus muertes. Solo uno de ellos dos puede triunfar y aún es demasiado pronto para saber a quién apostarle nuestras fichas.
–Ya. Supongo que lo he olvidado. No intentes pasar mucho tiempo con ellos. Nos iremos todos por la mañana, pero nos alojaremos en lugares distintos.
–¿No estaremos juntos? — pregunta enarcando sus cejas, tan rubias que se pierden en su piel blanca.
–No. Estarán unos cuantos días afinando su entrenamiento antes del lanzamiento, pero ellos estarán viviendo en un lugar distinto.
–¿Entonces porque no intentamos conocerlos mejor ahora que podemos?
–Cavyll… —digo con un suspiro mientras me acomodo los gemelos de la camisa—. No es una buena idea. Tienes que entender que al menos uno de ellos va a morir.
–Lo entiendo— dice alzando una barbilla obstinada, como la mía y la de su padre— Por eso quiero conocerlos.
Niego con la cabeza mientras me acerco a él.
–Algún día, cuando seas el Rey— digo tratando de que mi voz no suene demasiado dura cuando le hablo— entenderás que hay sacrificios que deben hacerse. Y aprenderás a evitar el dolor siempre que puedas. Ellos han elegido este destino, van a luchar duro por nuestra patria, por nosotros, por ti… Está bien que quieras hacerles saber que se los agradeces, pero nunca puedes permitir que noten que te afectan.
Sus ojos, de color gris acero, se llenan de lágrimas que él no se molesta en ocultar. Se deslizan en silencio por sus pálidas mejillas.
–Me gustaría haber podido hacerlo yo mismo. Me gustaría poder luchar yo también.
Le pongo una mano sobre el hombro y mis dedos rozan su cuello, tan delgado que no puedo evitar pensar en lo fácil que resultaría que se rompiese.
–Estás haciendo un sacrificio muy grande.
–Gobernaré con justicia. Si alguno de ellos gana, seré tan valiente como ellos.
Mi mano se aparta de su cuerpo. ¡Qué forma tan extraña de pensar! Sería más sencillo que los viera como las herramientas que son para hacernos con el poder. Los Juegos fueron un golpe de suerte. Nuestro ejército no es, ni por asomo, tan grande ni tan brutal como el Rubí y las condiciones de vida son mucho más extremas aquí que en Esmeralda, donde la gente está mucho mejor alimentada y no deben atender dos frentes: la guerra y la supervivencia.
No habríamos resistido mucho tiempo más, pero ahora, con los Juegos, nuestras posibilidades se han igualado a las de los demás.
–Voy a ser un buen rey. ¿Verdad? — pregunta mientras sujeta mi chaqueta con su pequeña mano.
–Algún día— digo mientras compongo una sonrisa.
–Algún día— repite él mientras apoya su frente contra mi cuerpo, en una señal de confianza absoluta que podría costarle caro.
He vueltoooo!
Ha sido una semana dura, el capítulo estaba terminado desde hace varios días, pero no había tenido tiempo de revisarlo.
Ya tenemos a 15/20! Verdad que todos son absolutamente fantásticos? Y esperen a conocer a los cinco bebés que aún tengo en proceso de construcción.
El título de comentarista estrella del capítulo anterior se lo ha llevado Patriot, el orgulloso padre de nuestra chica diamante. ¡Felicidades Patriot! A todos los demás que llevan sus comentarios al día ¡Gracias! Sus hijos y yo les agradecemos el tiempo que dedican a dejarles amor en forma de review.
Una pequeña aclaración sobre las Selecciones: muchos de los formularios eran sumamente ricos en detalles, tanto que tuve que priorizar algunas cosas sobre otras para poder cumplir con el límite de 2000 palabras. Si acaso sienten que se me quedaron cosas que ustedes consideraban importantes sobre sus hijos en el tintero, es porque estoy reservándomelas para usarlas más adelante, así que no se preocupen.
Vamos con las preguntillas:
1. ¿Tu favorito de este capítulo? ¿Por qué?
2. De los quince que ya conoces ¿a qué tributos (que no sean tuyos) apoyarías sin dudar?
3. Basándote solo en el gobernante y no en las condiciones de vida ¿a qué isla te gustaría pertenecer y por qué?
4. ¿Ya han imaginado alguna alianza para sus hijos?
Gracias por leer. Un abrazo, E.
