Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


5. Compromiso

Día 1


Amara Kähler, isla Esmeralda


Una parte de mí, se pregunta, mientras dejo que el viento agite mi cabellera rubia, si a Esmeralda la nombraron así, hace cientos de años, en honor al color verde de los amplios campos que cubren prácticamente cada centímetro de nuestra pacífica nación.

El sol ha comenzado a descender en el cielo después de haber alcanzado su punto máximo y el ambiente se siente menos cálido, pero no ha refrescado lo suficiente como para que necesite ponerme un abrigo. Además, posiblemente el descenso de la montaña me ayudará a entrar en calor.

Las cabras saltan de roca en roca, mientras una de las crías más jóvenes se acerca, peligrosamente, al borde escarpado de la roca en que su madre ha estado amamantándolo durante los últimos veinte minutos. Estoy a punto de levantarme para ir por él, antes de que se despeñe, cuando la cabra se levanta, con paciencia infinita y bala un regaño que disuade al pequeño, de un color gris perlado, de acercarse más al borde. Cuando el cabrito se acerca dando saltos, la madre le da un golpe juguetón con los cuernos en el costado y luego lame su pequeña cabeza.

Me rodeo los brazos con las manos, pensando, cosa extraña, en mi propia madre. Tenía cuatro años la última vez que la vi. Recuerdo que estábamos jugando juntas en la grama, en un día muy parecido a hoy cuando, de repente, mamá se quedó inmóvil. Luego soltó un gemido y me pidió que fuera a buscar a papá.

"Ya es hora, Amara", decía ella mientras cubría su abultada barriga con su mano. "Corre deprisa y busca a papá"

Aún recuerdo el viento silbando en mis oídos mientras corría, con todas mis fuerzas montaña arriba, para buscar a papá, que había estado cuidando a las cabras. Me sentía como si pudiera volar.

Cuando llegué hasta arriba y repetí las palabras para papá, él dejó todo atrás, incluyéndome a mí y a su sombrero, para reunirse con mi madr Pero estaba bien, porque mi nuevo hermanito o hermanita venía en camino.

Cuando volví a casa, Frederick no me permitió meterme en la habitación en que papá, mamá y una mujer llamada Annabelle se habían encerrado. A pesar de ser solo tres años mayor, Frederick ya era bastante protector conmigo. Me llevó a la mesa, llenó un vaso con leche y me preparó un emparedado mientras los gemidos de mamá llegaban, apagados, hasta nosotros.

Mi hermano Dustin vio el mundo por primera vez ese día, el mismo en que mi madre lo vio por última vez. El esfuerzo de un parto difícil aunado al soplo que tenía en el corazón, se conjugaron para evitar que pudiera conocer a su último hijo.

Vuelvo al presente cuando veo que Dustin se mueve del lugar que ha elegido para dormir, bajo la sombra de un árbol, con el sombrero de ala ancha colocado estratégicamente sobre los ojos. Con tan solo dieciséis años, ya es más alto que Frederick y papá y, por descontado, más alto que yo también. ¿Quién se iba a imaginar que aquella bola rosada con un puñado de pelo castaño sobre la cabeza se convertiría en un hombretón así?

Me levanto, con cuidado de no hacer ruido, y camino con sigilo hacia abajo, mientras las cabras se detienen en su pastar para observarme curiosas. Dustin se remueve inquieto, en medio de sus sueños.

–¡EN GUARDIA!— grito yo mientras me lanzo hacia adelante, enganchando mis manos en su camiseta de punto, haciéndonos rodar a los dos por la ladera mientras mis risas se mezclan con sus maldiciones. La carrera se detiene abruptamente cuando quedamos sumergidos hasta la cintura en un arroyo cercano. El agua está tan fría que yo suelto un chillido que se mezcla con mis carcajadas mientras Dustin me mira con el ceño fruncido, pero con una sonrisa bailando en sus labios.

–¡Amara!— se queja él mientras el agua le resbala por las perneras del pantalón.

–¡Eso te pasa por dormirte en el trabajo!— bromeo mientras me pongo de pie.

–Ni siquiera te escuché acercarte…

–Claro que no, porque soy un ninja. ¿Recuerdas?

La sonrisa en su boca se convierte en una carcajada.

–No puedo estar enfadado contigo— dice con un gemido exagerado que me hace rodar los ojos mientras rodeo su cintura con mi brazo.

–¿Hasta cuándo tienes planeado seguir creciendo, hermanito?— bromeo mientras agito la mano del brazo con que lo rodeo, mis dedos apenas si sobresalen al otro lado de su cintura.

Dustin se echa a reír mientras me envuelve con sus brazos, grandes y fuertes, y me estruja en uno de sus célebres abrazos de oso.

–El día en que pueda ganarte en una pelea, te prometo que me quedaré como estoy. Hasta entonces, tendré que seguir creciendo— le sonrío, dejando al descubierto todos mis dientes, mientras me ajusto la holgada camiseta a cuadros, una herencia de Frederick, y me hago una visera con las manos para ver en dónde se encuentra el sol.

–¿Ya tienes que irte?

–Sí, Valk está algo nerviosa y quiere que bebamos un café juntas antes de la Selección.

–Siento envidia porque verás a Valkyr hoy.

–De haber sabido que mis amigas me iban a robar a mis dos hermanos, las habría mantenido a distancia. –digo haciendo un puchero.

–Eso te pasa por hacerte de amigas guapas.

–No te quedes hasta muy tarde— digo estirándome sobre mis dedos para tomarlo de la nuca, obligándolo a doblarse para besar su mejilla, cubierta por su incipiente barba.

–Sí, señora.

Le doy un largo abrazo a mi hermano y desciendo por el sendero. Diez minutos después, me meto como un huracán a la casa, me doy un baño rápido, me pongo ropa limpia y cubro mi cabeza con un sombrero antes de salir al establo. Ensillo a nuestra briosa yegua alazana, que se mueve inquieta mientras la hago salir y doy un último vistazo a mi casa.

La despedida del resto de mi familia no me preocupa porque Valkyr me ha prometido que tendremos tiempo para eso mañana, si es que me eligen. Frieda, la esposa de mi hermano y mi segunda mejor amiga, habría sido la opción más funcional para presentarse como campeona. Es mucho más fuerte que Valk y que yo y, de paso, también más obstinada. Pero Keller, su hijo y mi sobrino, apenas tiene dos años y no hay forma de que alguien pueda convencer a Valkyr de enviar a Frieda a los Juegos.

Clavo los talones en los flancos de la yegua, quien emprende el trote al instante, enviando mi cabello en todas direcciones mientras me sostengo el sombrero con una mano. Para cuando llego a la casa de Valk, mi cabello debe parecer un nido de pájaros. Ni siquiera tengo tiempo para bajar de mi montura cuando ella sale corriendo de su casa. Está pálida y tiene el labio inferior muy rojo, posiblemente ha pasado todo el día mordiéndoselo.

–¿Estás bien?— pregunto desmontando mientras ella se lanza hacia adelante. Debo reprimir todos los instintos aprendidos en las largas horas del entrenamiento para no intentar derribarla, como si me estuviera atacando. Ella me rodea con sus esbeltos brazos en un abrazo que me quita el aliento.

–Dime que estoy haciendo bien las cosas. Dime que no soy un monstruo— musita mientras entierra la cara en mi cuello. No está llorando, pero sospecho que el nivel de las aguas está subiendo peligrosamente.

–Valk, todo va a salir bien. No tenías otra opción ¿recuerdas? No te dejaron ninguna.

–Ya, eso es lo que me ha dicho Essus— musita sin soltarme— pero ¿de verdad no pude hacer nada? ¡Estoy enviando a personas a que sean víctimas o verdugos, Mar!— dice utilizando el apodo que me ha colocado Frieda.

Enarco una ceja ante la familiaridad con la que pronuncia el nombre del príncipe de Zafiro, pero lo dejo pasar de momento. La separo de mí y le dedico una sonrisa exagerada.

–Oyéndote hablar así, diría que dudas de nuestras capacidades, Valk.

Ella agita la cabeza, haciendo que mechones rojos escapen de su descuidada coleta.

–Creo que cambiaremos el café por una taza de té— digo conduciéndola hacia adentro— ya estás demasiado sobreestimulada.

Adentro, Valkyr pone a hervir agua mientras yo preparo la bandeja con las tazas y los platos. Ella deja un objeto rectangular de color rosa sobre la encimera. Mientras se inclina sobre el lavabo, el objeto se enciende y emite suave zumbidos. Ella se ocupa, sacando la leche del refrigerador y las bolsitas de té del aparador. Le dedico miradas ansiosas, a la espera de una explicación del curioso objeto. Al final, la curiosidad me gana y tomo el pequeño aparato en mis manos. Tiene una pantalla que abarca la mayor parte de una de sus caras y una fotografía de Valkyr con su padre al fondo.

La palabra "Essus" centellea en letras azules en un pequeño rectángulo con un sobre amarillo en un costado.

–¿Qué es esto, Valk? ¿Estás intercambiando extrañas cartas de amor con el Príncipe?—bromeo yo.

Cuando ella se gira y ve el objeto en mis manos, su rostro se torna de color granate. Enarco una ceja.

–¿Era un secreto?— digo dejándolo con cuidado sobre la mesa. Se ve tan frágil como si estuviera hecho de cristal y soy lo suficientemente descuidada como para romperlo.

Valkyr permanece muda en el tiempo que me lleva contar hasta diez. Entonces suspira y termina de preparar el té. Lo lleva hasta la mesa y se sienta con cuidado.

–Es un intraphone— dice ella— Un dispositivo de comunicación. Se utiliza en Zafiro— frunzo los labios para contener una risa mientras ella continúa explicando— Essus me lo ha prestado porque cree que aquí tenemos métodos muy rudimentarios— dice rodando los ojos. Y solo tengo acceso directo a los otros dirigentes a través de canales oficiales. A él le pareció que sería más fácil así— dice fingiendo indiferencia.

–Un préstamo— repito mientras lanzo tres cubos de azúcar dentro de la delicada taza. Empiezo a revolver con tanto ímpetu que la cucharilla choca contra uno de los laterales, astillándola—. ¡Santa mierda!— mascullo mientras veo como el líquido ambarino se desliza por el costado de la taza.

–No maldigas— replica Valkyr mientras me pasa un puñado de servilletas.

–Pero ya en serio, Valk ¿un préstamo? — digo mientras recojo el té derramado—. ¿De verdad tú crees que yo soy tonta del culo?

Valkyr menea la cabeza con una media sonrisa.

–De verdad, Mar ¿en dónde aprendes a decir ese tipo de cosas?

Hago un gesto para descartar sus palabras:

–Ya ha pasado un año desde que se conocen y al parecer hablan todos los días— digo sin permitir que se salga por la tangente—. Y por lo que me has contado de él, dudo que el rosa sea su color— continúo señalando el aparato, que continúa vibrando sobre la mesa—. Puedes decir lo que te venga en gana, pero no hay duda de que él va tras de ti.

Valkyr se atraganta con su té cuando digo eso y empieza a toser. La golpeo en la espalda, tal vez con demasiado ímpetu, porque acaba jadeando. El criarme solo entre varones ha tenido como resultado que no soy precisamente una flor delicada. Cuando su ataque para, ambas nos miramos a los ojos, entonces nos echamos a reír como si esta fuera solo otra reunión después de ir a la universidad.

El reloj da dos campanadas, anunciado el inicio del periodo de las entrevistas finales para los juegos.

–Diez reuniones. Espero poder soportarlo— gime Valkyr mientras se bebe los restos de su té y empieza a fregar las delicadas piezas de porcelana—. ¿Te importaría ser la última?— dice ella—. Sospecho que estaré hecha polvo al final y si alguien me va a ver así, mejor que seas tú.

Asiento con la cabeza.

–Puedes ir a mi habitación— sugiere ella— creo que puedes bajar a eso de las cuatro— añade presionando un botón en su intracosa, haciendo que un reloj se ilumine en la pantalla. No hago comentarios y le doy un breve abrazo.

–Llama si me necesitas. No tendré tu intracosa, pero tengo buen oído.

–¡Cállate! – dice mientras su cara vuelve a enrojecer—. Y se llama intraphone.

–Te he pillado— digo mientras subo por las escaleras.

Las horas pasan rápidamente, aprovecho para pasarme un cepillo por mi enredada cabellera y luego ojeo los libros que Valkyr tiene sobre el escritorio de su cuarto, hasta que es mi turno de entrar. Cuando bajo, ella está recostada sobre la pared, aún más pálida. Su labio inferior tiembla un poco y tiene las manos convertidas en puños a ambos lados de su cuerpo.

Ella niega con la cabeza antes de que pueda preguntarle nada.

–Te está esperando— dice en voz baja— no me ha dicho si alguna de las chicas le ha convencido, pero ya ha elegido al chico. Se llama Hugo.

–¿Es eso lo que te tiene tan afectada?

–¿Cómo podré vivir sabiendo que lo estoy condenando a él o a alguna chica a que vaya a morir, Mar? ¿Cómo?

–Tómalo con calma, Valk— digo besándola en la mejilla— Ya hablaremos de eso cuando lleguemos a ese punto— murmuro empujando la puerta.

La habitación está en semioscuridad porque la luz lastima los ojos del señor Daal, así que me cuesta distinguir su figura al pie de la ventana.

–¡Hola!— saludo alegremente mientras me acerco a su silla.

–¡Amara!— saluda él con el mismo tono, aunque puedo decir que se siente entristecido por verme aquí. – Cada día que pasa te pareces más a tu madre. Lamento que una situación tan triste te haya traído aquí.

Niego con la cabeza.

–Me honra haber llegado tan lejos— digo mientras tomo un vaso de agua del escritorio y acerco el popote a su boca. Él bebe, agradecido, mientras yo me siento, sin parsimonia, en la silla frente a él—. Amo a Esmeralda y estoy convencida de que usted y Valkyr son lo mejor que les podría pasar a los demás. No lucharía de no ser así.

Él me dedica una sonrisa cansada. Me inclino hacia adelante y tomo entre mis manos sus dedos inertes.

–Valkyr está pasando por un momento duro y me gustaría poder estar a su lado hasta el final— agrego—. Si usted me lo permite, lucharé duro, no solo por usted sino también por nosotros, por todos los que amamos a Esmeralda.

–Niña querida. No dudo de tu capacidad, sino de lo que pasará con mi Valkyr si algo llega a sucederte.

La tristeza en sus ojos cobra sentido.

–Lo entiendo— digo lentamente—. ¿ha tomado alguna decisión sobre las chicas, señor Daalh? Valk me ha dicho que ya ha elegido al varón, pero…— me detengo por un momento para tomar aire— pero si aún hay un espacio para la chica… le pido que me dé esa oportunidad. No puedo prometerle que no moriré. Pero le prometo que daré todo de mí. Y sé que Valk lo entenderá. Sé que se habría presentado voluntaria de haber estado aún dentro del rango y sé que habría sido suicida, habría tenido una diana encima desde el primer día. Sé que puedo hacerlo. Por favor.

Su mirada se suaviza y sé que estaría apretando mis dedos de poder hacerlo.

–Que el cielo nos ayude, pero está bien, pequeña. Serás nuestra campeona.


Lenna Vodianova, Isla Rubí


No hay rayos de sol que me despierten, pues su luz no es capaz de llegar hasta las granjas subterráneas, pero mi cuerpo sabe, de manera inequívoca, que un nuevo día ha comenzado. Somnolienta, estiro las manos buscando a tientas el cálido cuerpo de Anton sobre la cama, deseoso de empezar con mi momento favorito del día: contemplar su rostro, dormido y pacífico.

Sin embargo mis dedos solo encuentras las sábanas frías en su lado de la cama.

El sueño me abandona de un plumazo y me siento de golpe sobre el colchón, mientras la realidad me invade, amenazando con romper el tabique de autocontrol que he conseguido construir con tanta dificultad, pero consigo dominarme. Hoy no es un buen día para romperme. Un vistazo al pequeño reloj junto a la cama me confirma que son las cinco de la mañana.

No tiene caso intentar volver a dormir, así que me levanto, hago la cama y me lavo la cara utilizando la pequeña jarra de agua que he recogido anoche.

Mi respiración forma pequeñas nubes que ascienden en el aire cuando mi aliento entra en contacto con el aire helado. Si aquí abajo está así de frío, no quiero imaginar cómo estarán las cosas arriba, así que me pongo una doble capa de todo y tomo el abrigo, revestido en piel, del gancho de la pared. Detrás de la puerta, he colgado un espejo que me refleja de la cintura hacia arriba.

Observo mi rostro, buscando los cambios que el miedo y la desesperación ha causado en mí. En el exterior, las cosas no han cambiado demasiado. El cabello rubio oscuro sigue enmarcando mi rostro, cayendo en suaves ondas. Las cejas gruesas enmarcan unos ojos azul intenso. Solo el ligero mohín que forman mis labios dan una pista del sufrimiento que llevo por dentro. Por lo demás… siempre he sido bonita y siempre lo he sabido, lo que ha cambiado ha sido el hecho de que la belleza ha quedado en un muy apartado segundo plano en mi vida.

Me como una de las galletas que Vladimir me ha dejado ayer y ni siquiera me molesto en cerrar la puerta con llave cuando salgo. No voy a volver. El no ser seleccionada hoy ni siquiera es una opción y, por más que suene pretencioso, no importa que prueba haya planteado Alkonost para hoy, nadie podrá ganarme en ella.

Me meto en el cubo del elevador y presiono el botón que envía la alarma hacia arriba. El elevador no funciona con electricidad sino con un sistema de poleas mecánicas que el encargado, arriba, debe encargarse de accionar. Tarda unos segundos en funcionar y pienso en que, posiblemente, lo he pillado en medio de una cabezada. Cuando llego hasta arriba, el hombre, de unos veintiséis años, está esperándome con cara de pocos amigos, pero su ceño se disipa cuando me ve la cara. ¿Qué puedo decir? Es el efecto que tiene este rostro sobre los hombres.

Intento dedicarle una sonrisa en un mudo agradecimiento por su ayuda, pero llevo tantas preocupaciones encima que mis labios se rehúsan a continuar, así que simplemente agito la cabeza y dejo que él interprete el gesto como quiera hacerlo.

Como era de esperarse, afuera se encuentra helado. Me subo la capucha del abrigo y me dirijo hacia el final del pasillo. Subo ocho tramos de escaleras hasta llegar a la salida a la superficie. Las calles se encuentran desiertas, exceptuando a unos cuantos incautos que aprovechan el cobijo de las sombras para hacer sus negocios.

Me encuentro con algunos soldados del Ejército Rojo en el camino. De vez en cuando recibo miradas lascivas. Una parte de mí, la que aún conserva el eco de la adrenalina de pertenecer a los Nacidos, ansía que alguno se meta conmigo para darle una paliza. Hoy no me encuentro de humor para tolerar a los idiotas. Sin embargo hay algo en mi presencia que los disuade, así que realizo el camino en silencio y sin interrupciones. Serpenteo entre las calles hasta que llego al Castillo Rojo.

En algún momento de mi pasado, encontraba la gigantesca edificación como un lugar precioso. Una muestra de poder y determinación, una extensión más del hombre que lo habitaba. Todo poder, belleza y fuerza. Mi admiración por el castillo cayó en el mismo momento en que lo hizo la adoración por Alkonost. El día en que el dolor de la herida de bala en mi brazo no era nada comparado con la agonía de sentir mi corazón rompiéndose a causa de su traición.

Yo le entregué a Alkonost su victoria. De no haber sido por mí y por mis hermanos, los otros Nacidos, Alkonost Kei nunca habría conseguido posicionarse en el lugar correcto y tener su propio ejército, mucho más capacitado que los soldados de Vikram, quien me había creado a mí y a los míos; para ponerlo de rodillas y ejecutarlo.

Los Nacidos éramos uno de los mayores proyectos secretos de Vikram Skola.

Habíamos iniciado veinticinco años antes. Todos teníamos en común que éramos los niños no deseados de los que sus madres deseaban deshacerse. Nos entregaron al gobierno para que nos formara como agentes según nuestras cualidades. Aún hoy, más de dos décadas más tarde, sigo sin tener ni siquiera una idea aproximada de cuál es mi origen. Nunca he sabido la fecha exacta en que nací, aunque suelo celebrarlo en julio, pues es el mes que aparece en mi expediente, hago mis celebraciones en días diferentes cada año para acertar alguna vez la fecha exacta.

Los Nacidos le entregamos a Alkonost la victoria en su golpe de estado. Mi sagacidad consiguió despistar a Vikram cuando él empezó a sospechar que su poder se tambaleaba. Mi pericia me consiguió la información que Alkonost necesitaba.

Pero le causó temor también.

Los Nacidos éramos una fuerza de la naturaleza. Cuando los niños comunes estaban aprendiendo a leer, ya a nosotros se nos estaba formando en armas. En nosotros, vio una amenaza. Y las amenazas, en el mundo de Alkonost, tenían que ser eliminadas.

Su primer orden, en cuanto accedió al poder, fue eliminar a los Nacidos. Mis hermanos y hermanas cayeron como moscas, con la guardia baja, traicionados por aquel que había prometido cubrirnos de bienestar.

Mi propia red de seguridad fue lo único que supuso una diferencia para mí. El mismo día en que me enteré de mi embarazo, recibí una llamada de los míos advirtiéndome sobre la persecución. Nunca pensé que Alkonost se atrevería a ir tras de mí también pero, alerta como estaba, conseguí esquivar un disparo que, para cualquier otra persona, habría sido letal.

Huí. Me escondí en las afueras de Antigua Moscú, la capital, y me refugié con los pocos Nacidos que quedaban en las granjas subterráneas. En unas cuantas horas nuestros números mermaron de miles a unas cuantas docenas. Vladimir, mi mano derecha, se encargó de borrar mis rastros y me consiguió un lugar lo suficientemente seguro para, unos meses más tarde, dar luz a mi hijo. Aún recuerdo las largas horas de llorar, aferrada a mi vientre hinchado, mientras Vladimir me miraba con preocupación, sin más consuelo que su propia presencia.

Alkonost me había abandonado. Había abandonado a su hijo. Alkonost me había traicionado.

El día en que nació el bebé, fue el más bello y el más terrible de todos. Lo primero fue el dolor. Nunca, hasta ahora, había experimentado algo así y creo que de no haber tenido el apoyo de mis hermanos, no habría podido salir adelante. Pero mi pánico desapareció cuando Vladimir depositó a mi hijo entre mis brazos.

Lo llamé Anton, que significa paz, porque fue paz lo que encontré cuando vi sus ojitos azules.

Un guardia me detiene en la entrada y me hace pasar el brazo izquierdo, con el código tatuado en mi piel, por el lector. Lo hago de manera mecánica. Ignorando la punzada de odio que siento cuando recuerdo el escozor de la aguja sobre mi piel al pintar las líneas negras. Y luego cruzo, como una exhalación, a través de los pasillos, hasta que llego a la tercera planta.

Me colocan una muñequera con un rastreador, en caso de que decide intentar algo drástico, y me abren la puerta.

En cuanto entro, me quedo congelada. Anton, con su diminuto cuerpo de tres años, está sentado sobre el regazo de Alkonost, que me sonríe, con esa sonrisa torcida que antes me chiflaba, mientras sostiene entre sus manos al único motivo por el que me he prestado para estos Juegos de Muerte en que ha insistido que me meta.

–¡Mami!— chilla él cuando me ve parada en la puerta, retorciéndose en su regazo, esforzándose por llegar a mí.

Alkonost se lo permite y yo lo atrapo al vuelo para apretarlo contra mi pecho, deseando poder meterlo bajo mi piel de alguna manera para protegerlo de la única persona en el mundo que quiere hacerle daño: su padre.

Hundo la nariz en su cabellera, negra igual a la de Alkonost, e inhalo profundamente su aroma a bebé, deseando que tranquilice mi ritmo cardiaco y apacigüe el temblor de mis rodillas.

–¡Me hacías falta, mamá! ¿Falta mucho para que se acaben las vacaciones? ¡No quiero ir a la escuela hoy! ¿Puedo quedarme conmigo?— tiene una pronunciación perfecta, muy distinto a los balbuceos de bebé que emitía antes de que toda esta locura comenzara, producto de las clases particulares que Alkonost lo obliga a tomar a pesar de ser solo un pequeño. En un año se han encargado de empezar a arrancarle, pedazo a pedazo, su infancia. Y si no consigo cumplir con mi objetivo… si no gano para Alkonost, le quitarán la vida también.

El pensamiento es tan terrible que me impulsa a cerciorarme de que él se encuentre bien. Lo aprieto más fuerte contra mi pecho. Él no se queja. Se ha acostumbrado a mis abrazos desesperados. Se limita a recorrer mi cuello con su mano cálida, como pidiéndome que me tranquilice mientras sigue diciéndome lo mucho que me extraña. Sus palabras hacen que un agujero se abra en mi pecho.

–Todo esto es muy enternecedor— dice Alkonost con su voz profunda— pero necesito hablar contigo, Lenna. A solas.

Una parte de mí se debate entre mandarlo al diablo o exponer a mi hijo a escuchar sus palabras. Al final le dedico una mirada acerada y asiento. Una mujer toma a Anton de mis brazos y se lo lleva por una puerta lateral. En cuanto lo desprenden de mi cuerpo, él empieza a llorar, ganándose una mirada de molestia de parte de su padre.

–Seré breve. Las pruebas serán en tres horas. Tienes hasta entonces para ver al niño. Si no resultas elegida, el niño muere. Si no ganas, el niño muere. ¿Está claro?

Una oleada de rabia me recorre el cuerpo.

–¡Es tu hijo!— grito indignada.

–No sé de qué hablas— dice encogiéndose de hombros— yo no tengo hijos. Y ningún bastardo llevará mi apellido— él gira sobre sus talones y sale por la puerta principal. Dejándome con el deseo de aplicar mis años de entrenamiento para asesinarlo.

Las horas con Anton vuelan y toma todo de mí el no echarme a llorar cuando me indican que debo bajar. Lo tomo entre mis brazos, separándolo del tren eléctrico que él mira embelesado, y cubro su carita, pálida por el poco sol que recibimos aquí, de besos.

–Mami te ama. Lo sabes ¿verdad?

–Yo también te quiero, mami— dice estirándose para poner su palma caliente sobre mi mano— y te extraño.

–Pronto estaremos juntos— le prometo—. Mami dejará de venir por unos días. Y tienes que prometerme que serás un niño valiente ¿lo prometes?

Él hace un puchero y me mira con una solemnidad que no debería estar presente en un niño tan pequeño, pero me reconforta el ver la misma mirada, transparente como el cristal, que guardo en mis recuerdos. Su ser no ha sido corrompido y yo me encargaré de garantizar que jamás lo sea.

–Te quiero. Te quiero— digo volviendo a besarlo.

–Yo también— repite él y me mira confundido cuando mis lágrimas mojan su mano— ¿Por qué lloras, mami?

Agito la cabeza.

–No pasa nada. Mami está siendo… Estaremos bien. – digo reuniendo mis fuerzas para dejarlo en el suelo–. Estaremos muy bien.

Él asiente y me dice adiós con la mano mientras salgo por la puerta.

Bajo hasta el salón como si fuera un fantasma, ajena a todo lo que me rodea. Me posiciono en el centro de la sala y me desconecto de todo hasta que Alkonost entra en la sala. Siento como sus ojos me buscan con la mirada y el esboza una sonrisa cuando me ve.

–Comencemos.

No hay instrucciones, pero en cuanto pronuncia esa palabra, hay movimiento en la zona de los varones y veo como un tipo grandote noquea a otro con un codazo en la nuca.

Mi cabeza no registra las órdenes de Alkonost. Dejo que mi cuerpo actúe, desactivando mi control e imaginando la cara de Alkonost en cada una de las chicas. Mi cuerpo se desplaza sin problemas sobre el área, esquivando golpes y peleas. Selecciono a un objetivo y me inclino hacia adelante. Ella ni siquiera lo ve venir. Mi antebrazo se hunde en su estómago, sacándole el aire y haciéndola doblarse por la cintura, entonces utilizo el peso de mi cuerpo para lanzarme, con el codo hacia abajo, sobre su espalda. Ella cae y no vuelve a levantarse.

Siento un tirón en mis cabellos y me volteo, rápidamente, para ver a una chica que debe sacarme unos quince kilos de diferencia con una sonrisa irónica en la cara. Mis dedos rodean su muñeca y ejerzo presión con el pulgar sobre el delicado hueso. La articulación se desmonta y ella suelta un grito. Utilizo su cuerpo al inclinarme hacia adelante, haciéndola caer para luego asestarle un puñetazo.

A mi alrededor, los candidatos empiezan a caer uno a uno.

Al final, solo quedamos otra chica y yo, mientras los hombres continúan luchando. Me cuelgo sobre su espalda y meto mis pulgares en sus ojos, haciéndola rabiar mientras se sacude para que me baje de encima. No funciona. Nunca tuvo una oportunidad.

"Estoy un paso más cerca de ti, Anton", pienso mientras descargo un golpe, usando mi codo, sobre su nuca, haciendo que la chica se desplome en el suelo.

Permanezco de pie, rodeada por los cuerpos de los caídos, con el pecho subiendo y bajando. Cuando los hombres terminan, no pierdo mi tiempo en mirar a quien ha ganado. No tiene importancia porque no va a sobrevivir.

Mis ojos se clavan en Alkonost, que empieza a aplaudir.

Y yo lo odio un poco más por eso.


Hissène Habré, isla Ámbar


Cuando tenía cinco años, encontré una semilla.

Estaba metida entre un montoncito de piedras a un costado de la casa. Recuerdo que, cuando la encontré, me sentí muy feliz, pero se la mostré a mamá y ella me dijo que la tirara. Vivimos en una tierra tan estéril que resultaba casi imposible que la vida lograra hacerse camino a través de aquella tierra seca, como un hueso.

Aun así, salí al pequeño pedazo de jardín que teníamos y utilicé mis manos para abrir un agujero en la dura tierra. Recuerdo que mis manos empezaron a sangrar, pero no me detuve hasta que conseguí abrir un nidito que me convenciera y metí la semilla en su interior y la cubrí con cuidado, desmenuzando los terrones con mis dedos heridos. Ese día utilicé mi ración de agua para regalarla.

Después de eso, dedicaba un rato cada día para tumbarme sobre la tierra para observar el lugar en que había sembrado la semilla y le daba una parte de mi ración de agua. Al principio, nada pasó hasta que, un día, un diminuto tallo consiguió asomarse a través de la tierra seca.

En ese entonces, solía ser un chico bastante dulce. Recuerdo haber entrado corriendo a la casa, donde mamá estaba cocinando el almuerzo de papá y traerla en medio de chillidos emocionados, tirando de su mano para que se agachara y contemplara la obra de la que me sentía tan orgulloso.

–¡Ay Hissène — recuerdo que me dijo—, los Loas deben querer decirnos algo con esto!

No entendí que quería decir, pero continué cuidando de mi árbol, que crecía lentamente, pero ¡crecía!

Hasta que un día sobrevino la enfermedad. Tenía seis años y recuerdo haber despertado con un dolor agudo justo sobre el ombligo, tan fuerte que me hizo mojar la cama. Mamá se puso histérica, mientras yo me sujetaba la barriga. Me dio un par de golpes con el bastón que colgaba de la pared y me retiró el derecho a almorzar.

De todas formas no me sentía bien. Me notaba mareado y sin apetito. Pero salí al jardín y me recosté en el suelo, junto a mi planta. Me hice un ovillo y me dormí.

Cuando desperté, el dolor se había vuelto atroz. Recuerdo que empecé a llorar, mientras me sujetaba la tripa con la mano izquierda. Ya no lo sentía en el ombligo, sino sobre uno de mis costados. Mamá apareció, alertada por mis gritos, mientras Zaib, Sharifa y Talut, mis hermanas y hermano, me observan por la ventana con las bocas abiertas.

Mamá hizo lo que pudo. Utilizó el agua del día de toda la familia para mantenerme fresco, poniéndome trozos de tela sobre la frente. Me hizo beber aceite de raíz y frotó mis articulaciones con manteca, en un esfuerzo por aliviarme. Sostuvo mi cabeza mientras mi cuerpo se contorsionaba y el escaso contenido de mi estómago era vaciado sobre las delgadas mantas de mi cama. Y luego fue ella quien se encargó de limpiar el desastre.

Distribuyó velas por la casa y empezó a rezarle a los Loas para que me ayudaran a curarme.

Mi cuerpo se cubrió de sudor y yo sentía mucho frío, pero mamá decía que mi cuerpo ardía. Después de unas cuantas horas, el dolor cesó de golpe. Pude comer el puré de raíces que mamá había preparado y beber el té de hierba que mi hermana me daba con una cuchara.

La calma no duró mucho. Fue como si alguien hubiese tomado el cuchillo de cocinar para hurgarme las entrañas. Tan terrible que acabé desmayándome.

Cuando desperté, estaba cubierto con un barro que olía de una manera muy similar a nuestra letrina. Con un hombre que recitaba canciones mientras me embadurnada con más de esa cosa asquerosa. Vomité de nuevo. Y me sumí en un estado de seminconsciencia en donde iba y venía. Hasta que finalmente, cuando desperté, vi al hombre tomar un cuchillo y abrirme el estómago.

No volví a despertar hasta el día siguiente.

Cuando lo hice, estaba durmiendo en la cama de mis padres. Traía puesto uno de los camisones de mamá, que me quedaba tan grande que ni siquiera podía verme los dedos de los pies. Me lo levanté hasta el pecho y me revisé la barriga.

Tenía un corte en diagonal, mucho más grande que mi mano, sobre el costado derecho.

–Mamá ha dicho que te ha estallado la tripa— dijo Zaib mientras se subía a la cama para tumbarse a mi lado—. Han tenido que abrirte y sacarte las tripas para arreglarte.

–¿Las tripas?

–Un pedazo al menos— dijo mi hermana mientras se recostaba encima de mí y se quedaba dormida.

El dolor cambió después de eso. Me habían cocido como a uno de los balones que solíamos hacer para jugar con tripas de animales y cualquier movimiento se tornaba doloroso. La herida se infectó varias veces y pasé semanas sin poder levantarme de la cama. Consumido por el dolor y la fiebre.

Estuve a punto de morirme varias veces, pero no lo hice. En Ambar teníamos la mejor medicina del mundo, pero nosotros no podíamos pagarla. Así que me debatí durante semanas entre la vida y la muerte durante mucho tiempo, preguntándome porque los dioses eran tan malos y me hacían sufrir así. Habría preferido morirme. Aunque creo que, de todas formas, algo se murió en mi interior durante los largos meses de mi recuperación. El niño dulce desapareció y me convencí, durante el tiempo que duró mi sufrimiento, de que los dioses eran seres inventados para calmar a los crédulos como mi madre. Los milagros solo se daban como resultados de la fortaleza física, la disciplina y la voluntad.

Por eso, es que sonrío satisfecho cuando veo como el árbol, tantos años después, sigue creciendo, producto solo de su propia fuerza de voluntad.

Toco su tronco en mi camino hacia afuera, en una despedida silenciosa. Ya me he despedido de mi familia y me embarco en una caminata de quince horas a través del desierto.

A pesar de la larga distancia, soy el primero en llegar al punto señalado por Makemba Lagos, nuestra gobernante.

La cabaña se encuentra en medio de la nada, rodeada por el desierto, con unos cuantos árboles desperdigados aquí y allá. Es de noche y hace frío. Las temperaturas infernales del día se ven compensadas con las bajas temperaturas que predominan en la noche, y el aire helado parece querer meterse en mis huesos.

Los demás empiezan a llegar al cabo de unos minutos. Algunos llegan en grupos pero, en su mayoría, estamos solos. Permanezco sentado en mi lugar, inclusive cuando los demás empiezan a formar una hilera, apiñándose cerca de la puerta y tratando de husmear por las ventanas.

Un grupo de varias personas se acerca. Me sorprende ver a una chica, tan pequeña que parece apenas una adolescente, casi una niña llegar en uno de los grupos. Tiene el cabello largo y, como casi todos los demás, lleva la piel seca y los labios partidos. Siento algo de pena por ella. ¿Cómo se le ha ocurrido meterse en algo como esto?

El humo asciende en columnas de colores hacia el cielo, tiñendo la noche de luz y de un aroma que me recuerda a la salvia. Puedo ver movimiento detrás de las cortinas, que dejan salir el resplandor de la hoguera que han encendido dentro de la casa.

Pienso en lo que han dicho sobre Makemba y el tipo que dicen que se comunica con los espíritus. Su bokor.

Si abriera la puerta ahora, sin avisarle a nadie ¿qué los encontraría haciendo? Me encojo de hombros mentalmente. El gobierno y la política nunca han sido de mi interés, así que lo que ellos dos hagan o dejen de hacer, no tiene importancia para mí. Aguzo el oído y escucho como los cánticos, que hasta hace un momento eran un débil murmullo, van subiendo el volumen.

Una serie de agudos chillidos vienen del interior de la cabaña y las personas a mí alrededor se mueven alborozadas. Hay un grito, que hace que la chica parada a un metro de mí de un salto. Veo a la chica pequeña frotarse los brazos con las manos, como si le hubiese entrado frío de repente. El grito se detiene y los chillidos animales se tornan desesperados. Es el sonido de un animal acorralado, una criatura que está viendo la muerte a la cara. Y entonces hay silencio.

La muerte ha ganado.

Abenze zenzeke— dice una voz que parece venir de las profundidades de un abismo.

La puerta se abre, revelando la esbelta figura de Makemba Lagos, la Emperatriz. Trae puesto un largo vestido amarillo y la luz de una fogata enmarca su figura, volviéndola oscura y aterradora.

–Entren— dice ella solemne, pretendiendo sonar mística—. Sean probados por Uukulunkulo, Señor de la Vida y la Muerte.

Una chica, tan alta como yo y con la piel brillante, entra de primera, seguida por un tipo llamado Jelani, al cual conocí en los entrenamientos, con el cuerpo cubierto de músculos y el cabello largo recogido en apretadas trenzas. Veo como la chica pequeñita se mete en la cola para ir tras ellos.

Entro de último y Makemba cierra la puerta tras de mí. El bokor está parado frente a la hoguera. El sudor corre por su cuerpo, mezclándose con la sangre del cordero que yace muerto a sus pies. Algunos a mí alrededor se estremecen. Yo permanezco muy quieto.

El aire huele a alguna hierba fuerte, lo que de inmediato me causa desconfianza. Hay sangre regada por todas partes, brillando a la luz de la hoguera, secándose sobre las paredes, en donde forma los símbolos que asumo pertenecen a las criaturas que adoran en el vudú.

En cuanto la puerta se cierra hay una ventisca que se desliza, rápida, por la habitación y apaga el fuego de la hoguera, sumiéndolo todo en la oscuridad.

El bokor empieza a entonar un cántico en alguna lengua que ha desaparecido ya hace mucho tiempo. La oscuridad es envolvente, como si me estuvieran cubriendo los ojos con un pañuelo. El aroma a hierbas se intensifica y me pregunto si habrán arrojado alguna clase de droga al fuego. Me siento algo mareado.

Hay un estruendo y un grito apagado. Alguien se ha caído.

En cuanto cae el primer cuerpo, el bokor suelta una risa maliciosa en un tono muy agudo. El aire se vuelve espeso, asfixiante. Un cuerpo se cae, luego otro y otro más. El bokor continúa cantando en lenguas, lo siento moviéndose por la habitación mientras las personas a mi alrededor continúan desplomándose como moscas. ¿Los está matando? Mi cuerpo se pone tenso, a la espera de que la amenaza se acerque.

Uukulunkulo, así es como Makemba Lagos ha llamado a nuestro juez. Una mentira más. Una explicación falsa para enmascarar la voluntad humana.

A mi lado, escucho como una chica se echa a llorar. Débiles jadeos se mezclan con sus sollozos. Inclino la cabeza hacia adelante y cierro los ojos. El cuerpo junto a mi cae, inerte y cuando levanto la mirada veo un destello de dientes blancos en la oscuridad.

Aprieto los dientes y me cruzo de brazos mientras el bokor alterna sus risas con su canción. No logro ver a Makemba, ni escucharla tampoco.

Hay un golpe suave, un cuerpo cayendo sobre el suelo lentamente y entonces todo cesa. Una nueva ventisca se lleva el fuerte olor a hierbas y la hoguera se enciende una vez más.

El bokor grita, contorsionándose hacia atrás, soltando un jadeo y el ambiente deja de estar cargado, como si la nube de humo que hasta hace un momento nos asfixiaba desapareciera por completo.

Los cuerpos de los otros finalistas están tirados en el suelo. Algunos parecen apaciblemente dormidos. Otros están doblados en posiciones que parecen muy incómodas. Podrían estar muertos, pero veo como sus pechos suben y bajan. Están dormidos.

La emperatriz está de pie, a un lado de la hoguera, junto a su bokor, que ha reemplazado la sonrisa demoniaca por un gesto serio, mientras su pecho sube y baja, producto del esfuerzo físico al que acaba de someterse. Su figura resulta repulsiva, todo ángulos y fluídos: sudor, pintura y sangre. Al otro lado de la hoguera se encuentra de pie una mujer que observa todo con los ojos muy abiertos.

Me encuentro a mí mismo buscando a la pequeña chica en la que reparé al principio. Su cuerpo diminuto está hecho un puño en el suelo, no acostada, sino de rodillas, observando a Makemba con expresión compungida.

Makemba camina con seguridad hacia una de las esquinas de la habitación. Tirado en el fondo de la jaula, veo un corderito, tan pequeño que calculo ha nacido hace apenas un par de días. Ella tira de él, tomándolo de una pata y se saca un cuchillo del cinturón de su vestido. Ni siquiera titubea cuando desliza el afilado cuchillo por el cuello del animal, que está tan inconsciente que no emite ni un sonido, mientras su pelaje blanco se moja con su propia sangre.

Ella empapa sus manos con la sangre de la criatura y las frota entre sí, haciendo un desastre pegajoso entre sus manos.

Cuando regresa sobre sus pasos, se para frente a mí. Sus ojos, negros como canicas, me observan atentamente, como si esperara a que me avergonzara.

–Di tu nombre— dice ella con ese tono imperativo que le caracteriza.

–Hissène Habré— respondo con tranquilidad, y mi voz retumba en los cristales y regresa a mí amplificada.

–Serás nuestro Campeón— sentencia ella mientras coloca su mano ensangrentada sobre mi hombro.

Habría esperado sentir algo ¿orgullo? ¿autocomplacencia? Sus palabras no me alcanzan, mientras ella mueve sus dedos sobre mi frente, dejando dibujos pegajosos sobre mi piel.

Al otro lado de la habitación, siento los ojos de la chica pequeña observándome.


Nayara Banks, isla Zafiro


Estoy parada en la cornisa de la azotea de la facultad. Los brazos extendidos como si pretendiera alzar el vuelo. Entonces recuerdo que le temo a las alturas y el pánico me paraliza el cuerpo.

"Está bien", pienso mientras siento como el corazón me va a mil por hora, "no pasa nada si me quedo quieta". Entonces cometo el error de abrir los ojos y la inmensidad del vacío me golpea, como si hubiese sido arrollada por uno de nuestros trenes de alta velocidad.

"Calma", intento decirme a mí misma, "calma".

No sirve de nada. El piso bajo mis pies se convierte en cristal que, cuando me muevo, es recorrido por una telaraña de grietas. Un grito sale de mi garganta en el momento en que el suelo bajo mis pies se convierte en añicos que me envían hacia el abismo.

Me despierto con un grito, mientras siento el frío suelo bajo mi mejilla. Las mantas se han enredado alrededor de mis piernas y de mi cintura. Estoy en una posición ridícula, con la mitad del cuerpo fuera de la cama y el rostro apretujado sobre las baldosas.

–Ciclo de sueño interrumpido abruptamente— dice Leyer, el sistema de Ama de Llaves de la casa con su voz pausada— Signos vitales alterados: presión arterial fuera de los parámetros normales, aumento en la frecuencia cardiaca, incremento en la sudoración corporal. Recomendación: ingestar un tranquilizante en una dosis baja.

Descuelgo las piernas de la cama y me giro para quedar tumbada boca arriba en el suelo. Me aclaro la garganta.

–Uuuh… no es necesario. Ha sido una pesadilla.

–Advertencia: no seguir las indicaciones del Ama de Llaves puede generar que los síntomas persistan.

Me levanto del suelo, apoyándome en la cama.

–Asumiré las consecuencias— murmuro mientras estiro mis brazos por encima de mi cabeza, estirando los músculos de mi pecho y abdomen. Me siento sobre la cama, que ha perdido su calor casi por completo.

Había pasado mucho desde la última vez que tuve una pesadilla y el hecho de que tenga una justamente el día de hoy, me hace sentir más insegura que de costumbre. Me meto en el baño, cruzando el pasillo y manipulo por inercia los controles para modular las opciones. Me lavo el cabello, pues no sé a qué clase de condiciones tendré que sobrevivir si salgo elegida la hoy. El agua caliente reconforta mis músculos entumecidos y consigue entibiar la piel de mi cara, fría como si la hubiese estado frotando con cubos de hielo.

Mi miedo a las alturas surgió de una manera bastante particular. Una vez, cuando tenía diez años, tuve un sueño, no muy diferente al que me hizo despertar de golpe esta mañana. En el sueño, traía puesto uno de los camisones blancos de mamá y me balanceaba en lo alto de un edificio. Entonces, un montón de personas se materializaron en la azotea y empezaron a correr hacia mí. Ahora, pensándolo con frialdad, pude haber hecho muchas cosas: pude hacerme a un lado, pude gritar, pude colgarme del borde y evitarlas… Pero en su lugar me quedé ahí parada, quieta como una estatua y entonces… ellos pasaron de largo. Solté un grito de júbilo al saberme a salvo… solo que en realidad no lo estaba. Lo próximo fue estar cayendo, lentamente, mientras veía como ellos continuaban corriendo por el techo y yo caía, caía, caía…

Las cosas pudieron acabar ahí, pero al día siguiente nos llevaron a una excursión educativa a uno de los campos de talado del gobierno. Siempre, desde que he sido muy pequeña, he sido una persona competitiva, creo que podría decirse que es una manera de mantener a raya las inseguridades que afloran en mí cuando estoy en casa. Mason White era, en ese entonces, uno de mis mejores amigos y mi principal contrincante cuando de competir se trataba. Cuando nos enviaron a un receso de la parte académica del viaje, empezamos a apostar sobre cuál de los dos era más hábil escalando árboles. Yo gane, por supuesto, pero cuando quise mirar hacia abajo para bajarme, me encontré a mí misma paralizada. La sangre latía en mis oídos y podía oír abajo como los demás se reían de mí, lo cual no hacía sino aumentar mi ansiedad. En mi desesperación, pisé una rama demasiado frágil y acabé en el suelo, con el brazo derecho formando un ángulo extraño con respecto al resto de mi cuerpo.

Cuando salgo del baño Leyer se encarga de secar mi cabello, dejándolo caer en ondas desordenadas alrededor de mi cabeza.

–Hoy será uno de esos días— digo mientras recojo la imposible maraña con una goma y bajo las escaleras.

Mis padres ya se han marchado a sus trabajos. Busco, sin mucho afán, alguna nota en que me deseen suerte para la Selección o tal vez algún desayuno especial, pero no hay nada.

–¿Leyer?— pregunto en voz baja.

–¿Señorita?

–Han… ¿han dejado mis padres algún mensaje para mí?

El sistema hace una pequeña pausa, revisando sus archivos.

–Negativo. ¿Algún tema de consulta específico?

Niego con la cabeza y, como es de esperarse, el sistema, que no reconoce comunicación no verbal, repite su pregunta.

–No, está bien. ¿En dónde está Simon?

–El señor Simon duerme – responde Leyer— ¿Desea iniciar el sistema despertador?

–Déjalo dormir— ordeno.— Es su día libre.— Mis ojos reparan entonces en el pequeño cuadrado de papel sobre la mesa. Simon lo trajo ayer de la escuela, orgulloso de sí mismo porque había obtenido un nueve en una prueba de programación que casi todos sus compañeros habían reprobado.

Las palabras que papá le dedicó hacen eco en mi cabeza:

"El que una calificación deficiente te haga sentir orgulloso solo prueba que no te exigimos lo suficiente"

No es que mis padres sean malos… es solo que a veces pienso que nos ponen el listón tan alto a los dos que dudo que alguna vez seamos capaces de hacerlos sentir orgullosos como ellos pretenden. En mi caso, ha sido aún más duro. Fui hija única durante once años y eso solo sirvió para que mis padres pusieran más y más peso sobre mis hombros cada día.

De no haber sido por mi abuela, la única persona que ha dicho que se siente orgullosa de mí, posiblemente me habría convertido en uno de esos frikis de laboratorio que se meten cosas para evadir su realidad.

De mi abuela solo tengo recuerdos buenos: cuando me llevaba a pasear por el parque, o las veces en que me raspaba las rodillas y ella me curaba con un beso y una canción. Creo que su muerte habría sido menos dura para mí de haber tenido a alguien que cantara para mí, tal vez ahora el dolor no sería tan intenso y yo no me sentiría a punto de romperme a pedazos a cada momento.

Me sirvo una taza de café y lo veo dar vueltas en el microondas mientras mis dedos juguetean con el colgante con forma de corazón que mantengo siempre sobre mi pecho. El recordatorio constante de mi abuela.

–¿Nay?

Simon aparece en la puerta de la cocina. Trae puesta un pijama con dibujos de estetoscopios, un recordatorio nada sutil de que papá quiere que mi hermanito siga, igual que yo, sus pasos en la facultad de medicina.

–Hola, hola— digo sonriéndole mientras el aparato tras de mi emite un pitido anunciando que mi café está listo—. ¿Has dormido bien?

Para sus ocho años, Simon va algo atrasado en su desarrollo. Si no lo conociera, a juzgar por su tamaño diría que tiene unos seis años. Mamá se ha quejado un par de veces por ello, pero cuando él me sonríe, mostrándome la pequeña ventana abierta que sus dientes frontales han dejado en sus encías, todo eso se me olvida.

–Hoy te ves muy bonita— dice tendiéndome los brazos. Los alzo, agradeciendo mentalmente su reducida talla, ya que mi fuerza física es algo limitada y peino su desordenada cabellera oscura mientras él me observa con sus brillantes ojos verdes, ligeramente agrandados por sus gafas de montura plástica—. He tenido un mal sueño— confiesa él.

–Yo también— digo mientras lo coloco sobre la encimera y saco del aparador una caja de cereales. En los anillos más cercanos al centro, el Doceavo Círculo, el equivalente a Leyer debería preparar todas esas cosas, pero los sistemas de Amas de Llaves se van rotando conforme van saliendo modelos más nuevos. En cuanto el gobierno acabe con su nuevo sistema, Leyer pasará a ser el sistema del Anillo Siete y a nosotros en el Seis nos darán lo que sea que tengan en el Cinco. —¿Chocolate o granola?

Él me mira como si me hubiera vuelto loca.

–¿Es en serio Nay?

Me echo a reír mientras vierto una generosa porción de cereal de chocolate en su tazón que luego cubro con leche.

–Buen provecho— digo mientras le entrego una cuchara.

–¿Te tienes que ir pronto?— mi estómago se encoje ante su tono desolado. Si me eligen, lo dejaré solo por semanas… y eso en el mejor de los casos, aún tengo que ganar si quiero volver.

–En unos minutos— le respondo— tengo que tomar dos trenes.

–Ya.

–Vas a estar bien— le prometo— Simplemente hazlo todo lo mejor que puedas.

Él se encoje de hombros.

–Nunca será suficiente.

Rodeo a mi hermanito con los brazos, deseando poder decir algo que lo reconforte. Pero no lo hay.

–Prometo que, cuando gane, las cosas irán mejor para nosotros.

–Tú solo prométeme que vas a volver.

Me muerdo el labio, insegura de nuevo, pero asiento.

–Entonces todo andará bien.

Tomo el primer tren en la estación de la aerovía a un par de cuadras de mi casa. Las casas y los laboratorios, donde Zafiro desarrolla su tecnología de punta, aparecen y desaparecen mientras me sujeto con firmeza del poste en el vagón, mientras mi mirada recorre ansiosa la gran extensión boscosa que nuestra monarquía mantiene como parte de su compromiso con el ambiente.

Hay bancas de metal a ambos lados del vagón y a pesar de que quedan asientos libres, prefiero quedarme de pie para poder verlo todo desde la ventana. A pesar de mi miedo a las alturas, la seguridad infalible de nuestro sistema de transporte me hace sentir segura, pero eso no evita que mi mano se sujete con tanta fuerza a la barra metálica que mis nudillos se tornan blancos.

El segundo trayecto dura exactamente veintidós minutos y llego con tiempo de sobra para presentarme ante el sistema de autenticación que me ordena, con una voz monótona muy parecida a la de Leyer, que coloque mi mano sobre el cristal. Una luz roja analiza mis huellas dactilares y las compara, posiblemente varias veces, con el registro. La puerta se abre cuando mi identidad y mi avance en las Cribas es catalogado como correcto y me deja entrar en la sala.

Hay un círculo en el suelo, con un Ojo de Proyección en medio.

Soy la primera en llegar. Pasan diez minutos, luego veinte y luego treinta. Contemplo ansiosa el reloj que flota sobre el Ojo. Cuando falta un minuto para que acabe el conteo regresivo, caigo en cuenta de que nadie más va a venir. Soy la única que ha pasado a esta etapa en mi anillo. El descubrimiento me hace sentir nerviosa y emocionada a partes iguales. Y estoy tan ensimismada en mi propio triunfo personal que doy un salto cuando Essus Gwynn empieza a hablar en la proyección:

–Buenas tardes tengan todos ustedes, hombres y mujeres que han sido lo suficientemente valientes para presentarse a los Juegos del Hambre – él exuda confianza en sí mismo, es el tipo de persona a la que no le importa lo que puedas pensar de él porque sabe lo increíble que es—. Miles de ustedes se inscribieron, hace un año, para representarnos ante las demás islas. En este momento quedan sólo dos de ustedes – mi corazón se acelera con sus palabras. Podría ser yo, podría ser yo. Me pregunto si mis padres estarán viendo mi Selección en este momento.

"Zafiro ha decidido no dejar esta importante decisión a deidades falsas o a corazonadas. – dice con una mueca, un ataque a las otras islas que se rigen por la estrecha mira de sus religiones— Después de la Segunda Criba los hemos observado con cuidado, hemos analizado sus destrezas, calibrado su valor y estudiado, a fondo, sus motivaciones para formar parte de esto. A partir de ello, hemos generado una fórmula para determinar su probabilidad de éxito.

Sería bueno no estar sola en este momento, así tendría a alguien con quien compartir mi ansiedad en este momento

–Felicidades a nuestros campeones— finaliza Essus y entonces su proyección desaparece para ser reemplazada por una imagen en tres dimensiones de mi propio cuerpo. Me cubro la cara mientras suelto un grito de pura alegría mientras los ojos se me emborronan, pero no necesito leer para saber lo que está escrito bajo la figura: "Nayara Banks, Círculo Seis"


Ankar Ozivit, Isla Amatista


Ceri me observa curiosa mientras se abanica para mantener a raya el calor bochornoso que nos envuelve, al mismo tiempo que Priya suelta algo parecido a un bufido y me empuja con tanto ímpetu que acabo sentado en el suelo, seco y quebradizo.

–¡No!— le digo apuntándola con un dedo mientras ella me mira con suficiencia y se lleva un puñado de hojas a la boca.

Ceri elige ese momento para barritar enojada, poniéndose de pie y dejando en evidencia la diferencia de tamaño entre las dos. Priya deja de lado su bravuconería, pliega sus orejas, mucho más pequeñas que las de sus familiares en Marfil y Ámbar, e inclina un poco la cabeza, estirando las patas delanteras para demostrarle a Ceri que no quiere problemas.

Ceri se yergue orgullosa y agita la cabeza mientras camina hacia mí. Envuelve mi cintura con su trompa y me levanta con la facilidad que sus cinco toneladas de peso le proporcionan. Permanezco con los pies en el aire por unos segundos.

–Ceri, abajo— le digo mientras ella me mira con picardía en sus ojos, tan claros que casi parecen dorados. Me coloca con suavidad en el suelo, a sabiendas de que podría romperme si no tiene cuidado—. Buena chica— le digo mientras le doy golpecitos en la parte más alta que puedo tocar de ella: el punto en que sus patas se unen al resto de su cuerpo. Ella utiliza su larga trompa para recorrer mi rostro, apartando el mechón de cabello rojizo que el golpe de Priya, una hembra de nueve años con problemas de comportamiento, ha hecho caer sobre mi frente –. Gracias amiga.

Ceri llegó a mi vida cuando yo tenía siete años. Era tan solo una cría a la que las circunstancias habían separado de manera prematura de su madre. Para su edad, unos tres años, era pequeña, posiblemente debido a que no había tomado todos los nutrientes que la leche materna podían aportarle: un elefante permanece en periodo de lactancia hasta que cumple diez años y puede ser considerado un adolescente.

De cualquier forma, a pesar de que había tenido muchas mascotas, Ceri se convirtió en algo especial para mí. Fue la primera elefanta a la que entrené.

El suelo tiembla bajo nuestros pies cuando Priya empieza a trotar para alcanzar un nuevo árbol del cual alimentarse. Suelto un suspiro. Por lo general, empiezo el entrenamiento de estos animales cuando son crías de unos pocos meses de nacidos. El proceso de adiestramiento dura de dos a tres años, lo que me da tiempo de sobra para poder conocerlos y encariñarme con ellos, es por eso que nunca le enseñado, ni siquiera a Ceri, los actos de circo con los que a algunos adiestradores les gusta presumir. Me parece barbárico.

Creo que ese fue precisamente el motivo por el que acepté a la imperiosa Priya en la lista de clientes. Las marcas en la parte inferior de sus patas, un aro perfecto alrededor de cada extremidad, cuentan una historia de maltrato y crueldad. No importa cuánto tiempo me tome, lograré que se comporte.

Un grupo de personas pasan en el camino paralelo al campo en que me encuentro con las dos gigantes. Las miradas curiosas no se hacen esperar y, a pesar de la majestuosidad de los animales, sé que soy yo el blanco de sus preguntas. Mis rasgos físicos siguen siendo una rareza aquí en Amatista, donde la mayoría tiene una tez entre morena oscura y trigueña. La razón de mi coloración, tan poco convencional aquí, proviene de mi madre. Ella pertenecía a una de las castas conformadas por comunidades caucásicas que vivían en uno de los extremos más alejados de la isla, pero se enamoró perdidamente de mi padre y decidió dejar la seguridad de su propia comunidad para seguirlo a él hasta el corazón de su propia casta.

El resultado es que, desde entonces, mi madre y yo, hemos sido considerados extranjeros en nuestra propia tierra. Su familia la repudió por la mezcla de castas y desde entonces perdieron el contacto. Su sacrificio no valió de nada: mi padre no fue capaz de soportar las habladurías y nos abandonó cuando yo aún era un niño, se divorciaron al poco tiempo de eso y él volvió a casarse, esta vez con una mujer de su propia casta.

Mi madre se las tuvo que arreglar sola, lejos de su familia y con un niño. Aun así, salimos adelante. Ella siempre ha sido una mujer hermosa pero, durante años, se negó a rehacer su vida. No fue sino hasta hace un par de años que empezó una relación seria con otro hombre. Nehir es viudo y sus hijos son más o menos de mi edad. Fue hasta que empezaron a salir que me enteré de que la negativa de mamá de empezar una nueva relación se debía a que no quería correr el riesgo de traer al mundo a otro hijo que no encajara en una sociedad que no estaba preparada para aceptar lo que era diferente.

Dedico el resto de la mañana a enseñarle a Priya a acostarse y levantarse cuando se le indica y a caminar a mi lado. A pesar de que de vez en cuando su mal genio le gana, la presencia de Ceri, imponente hasta decir basta, la mantiene a raya.

Havva, la hija mayor de Nehir y próximamente mi hermanastra, aparece en el campo poco después del mediodía. Trae una botella de agua en la mano, la cual compartimos en silencio mientras Ceri y Priya estiran sus trompas para alcanzar las hojas más altas de los árboles.

–¿Emre y Ayla vendrán a despedirse? — pregunta ella.

Emre y Ayla son las únicas dos personas que se han mantenido, invariablemente, en mi círculo de amigos desde que era pequeño. Los conocí cuando íbamos a la escuela. Emre fue el primero en acercarse, pasé una mala época las primeras semanas en la escuela, los niños pueden ser aún más crueles que los adultos y mis compañeros de clase no fueron la excepción. Emre empezó a compartir conmigo las lecciones privadas de lucha cuerpo a cuerpo que su padre le pagaba, lo que nos acercó de inmediato y Ayla compartía con él la característica de que no me rechazaba por mi color de piel.

En cuanto a Havva… nuestro acercamiento fue lento al principio. Éramos vecinos desde la escuela y nos habíamos notado mutuamente, pero nunca, hasta que nuestros padres empezaron su relación, habíamos tenido una conversación real. No estábamos seguros de cómo tratarnos hasta que, gracias a Havva, logramos romper el hielo.

–Si te eligen ¿te llevarás esto a la Arena?— pregunta ella mientras sostiene entre sus dedos el brazalete tejido que me rodea la muñeca.

Le sonrío.

–Por supuesto, fue el primer regalo que me hizo mi única hermana.

–Técnicamente aún no somos hermanos— dice ella moviendo la mano— y aunque lo fuéramos, tienes otra hermana.

Mi rostro se ensombrece al pensar en los hijos de mi padre. Muevo la cabeza, negando lentamente.

–Ellos no son mis hermanos. Ni siquiera los conozco.

–Ya, pero son lo suficientemente importantes para que decidieras inscribirte ¿no?

Una sonrisa asoma en mis labios.

–Era lo justo ¿no?

–Sólo estás presumiendo— se queja ella—. Quieres que él se dé cuenta de que eres mejor que ellos, pero terminarás dejándonos a todos nosotros atrás. A Ceri también.

–De hecho quería hablarte sobre eso— digo mientras ella mira compungida a mi elefante—. Si me eligen, necesito que te hagas cargo de ella hasta que regrese. Sabe cuidarse sola, pero se deprimirá sin alguien que esté con ella.

–Dalo por descontado, Ankar… Pero sigo pensando que te estás arriesgando demasiado. Ya probaste un punto, ya la mitad de tus medios hermanos fue descartada durante la Criba. ¿Sabes lo que tendrás que hacer si te eligen?

Me encojo de hombros.

–Si me eligen es porque creen que tendré una oportunidad de ganar. No le des más vueltas— digo envolviéndola en un abrazo—. Todo saldrá bien.

Volvemos a casa después de eso, ella subida en el lomo de Ceri, que camina con tranquilidad, mientras yo tomo a Priya que apenas se empieza a acostumbrar a tener un humano subido en su lomo. La entrego de camino y le recuerdo a su dueño que estoy participando en la Selección. Por su respuesta despreocupada, diría que no cree que tenga muchas oportunidades de salir elegido. Dejo a mi hermana en su casa y continúo hacia la mía con Ceri.

–Abajo— le digo y ella dobla obedientemente sus arrugadas rodillas para recostarse en el suelo y dejarme bajar.

–Escucha, si todo sale bien hoy, voy a estar fuera unos días, pero no quiero que te preocupes ¿de acuerdo chica? — le digo mientras ella se rasca las orejas usando su larga trompa. Me entiende, de eso estoy seguro, no hay nada más que inteligencia en sus ojos. Ella se inclina hacia adelante y yo dejo un beso en su trompa, que ella envuelve alrededor de mi cuello y pasa por mi cara en su versión de una despedida.

Me despido de mi madre y me marcho hacia el Taj.

En el lugar de la Selección, nos hacen ponernos en línea. Reconozco a mi medio hermano, pero él finge que no me ha visto. En medio de la marea de chicas con saris de diferentes tonos de púrpura, una chica, muy joven, destaca por completo a su lado con su sari azul cielo.

Me quedo quieto en mi lugar bajo el sol mientras veo a una hermosa elefanta, con la piel cuidada e hidratada, escondida bajo una estructura de madera y metal acepta las muestras de cariño de su entrenador. La penumbra no me permite leer la placa que lleva colgada al cuello, pero tiene un nombre largo.

Desvío la mirada cuando comienzan a explicarnos cómo funcionará la selección.

Me entregan una roca con mi nombre "Ankar Ozivit", escrita en letras doradas. Nos hacen estirar los brazos, con la roca sobre nuestras palmas. Y entonces la hermosa criatura empieza a moverse hacia nosotros, buscando a los seleccionados.

No nos dicen que criterios usará la elefanta, a la que Rhadika Krish ha llamado "Lakshmí", pero la decisión final la tendrá ella.

Ella empieza a caminar, agitando las orejas y olisqueando el aire con su larga trompa. Los elefantes son criaturas bastante intuitivas. Ella pasa de largo por las primeras seis personas y se detiene de repente, frente a la chica con el sari azul cielo. Gira su cabeza, estudiándola, calculando su potencial y entonces la chica da un paso al frente y estira su brazo hacia arriba, ofreciéndole la roca.

Y Lakshmí la acepta, pero entonces se desata el caos a mi alrededor.

Envalentonados por las acciones de Ajinoam Wunsch, todos empiezan a estirar sus brazos, dejando sus lugares para rodear a Lakshmí, que se asusta por la repentina atención y empieza a moverse hacia atrás.

Rhadika se mueve hacia adelante en su asiento y masculla una orden, pero el animal se encuentra tan nervioso que ni siquiera presta atención a su instructor, sino que mueve la trompa y descarga un golpe, que debe doler una barbaridad, contra el hombre que hasta hace unos minutos estaba frotando su cuerpo con un cepillo.

El pánico reina entonces en el jardín. Ajinoam se queda en su lugar, con la barbilla arriba y empieza a dictar órdenes a la gente a su alrededor, algunos la escuchan, mientras que otros, como mi medio hermano, sucumben ante los nervios y echan a correr, como si fueran hormigas en un hormiguero.

Lakshmí se levanta sobre sus patas traseras y empieza a barritar con fuerza, mientras sus orejas y trompa se sacuden furiosas.

Años de entrenamiento se disparan en mi sistema. Me guardo la roca en el bolsillo de mis pantalones y me muevo hacia adelante, con las palmas de las manos alzadas y empiezo a hablarle, en esa media lengua que solo me permito usar con Ceri, musitando palabras tan bajas que es posible que nadie más escuche, pero los agudos oídos de la criatura detectan los sonidos que emito y se deja caer hacia adelante, haciendo que el suelo bajo nuestros pies tiemble.

–Ya está bien— le digo poniendo la mano, con los dedos separados, sobre su gruesa trompa—. No pasa nada. Te han asustado y no debieron. Ya está bien.

La siento calmarse bajo mi mano. Lakshmí deja de barritar y envuelve la punta de su trompa alrededor de mi brazo extendido.

–Eres una buena chica – le digo y ella se inclina hacia adelante, pegando su trompa con mi frente y siento como desliza la punta, como si fuera una mano, hacia abajo, hasta que se detiene a la altura de mi cadera y empieza a hurgar en mis bolsillos. Ella se separa de mí, con la roca con mi nombre firmemente sujeta con su trompa y me mira en silencio, como pidiéndome mi aprobación. Veo a mi medio hermano metido detrás de una de las sillas en la zona en la que Rhadika observa, con la boca abierta, la escena que el animal y yo estamos protagonizando. Asiento con la cabeza y Lakshmí pulveriza la roca, del mismo modo en que lo hizo con Ajinoam.

Me ha elegido.


Veronique Simo, isla Ónice


Kheira y Raif se estudian el uno al otro desde los extremos de la mesita con el juego de té que he dispuesto para ellos. Son polos opuestos, ellos dos, uno ha sido criado bajo los antiguos preceptos y ha aprendido a complacer a sus padres, mientras que la chica es el epítome de un alma indomable que está dispuesta a todo con tal de cumplir su propia voluntad.

Una combinación peligrosa que estoy dispuesta a hacer funcionar.

–¿Señora Simo?— pregunta Raif con voz controlada.

–Puedes llamarme Veronique, después de todo estaremos juntos por un tiempo nosotros tres— le digo mientras le sonrío.

Él se queda callado, mirándome con sus inusuales ojos verdes mientras Kheira se echa a reír. Él se gira y la mira interrogante.

–¿Qué?— pregunta con una ceja enarcada mientras la chica se mete uno de sus cortos mechones oscuros tras la oreja.

–Deberías ver tu cara— dice ella aún con una ancha sonrisa en la cara. Es el tipo de persona que parece nunca haber sido doblegada por nadie, aunque dudo que se deba a que no lo han intentado—. Te ha pedido que la llames por su nombre, no que te la lleves al cuarto a…

–¡Ya!— la frena él en seco mientras sus mejillas se oscurecen ligeramente debido al rubor –. Lo siento, no estoy acostumbrado.

–¿Te ofenderías si te pidiera que me llamaras Kheira?— pregunta ella mientras estira sus brazos por encima de su cabeza, haciendo que el bajo de su camiseta se levante y deje a la vista un pequeño pendiente con forma de gota en su ombligo. Una sonrisa asoma a mis labios. El rostro de Raif vuelve a encenderse ante el vistazo de piel de su compañera y él, educado a la antigua, desvía de inmediato su mirada.

–No tengo pensado llamarte por tu apellido, así que ni siquiera intentes pedírmelo— dice ella desafiante mientras toma una galleta.

Me gustaría pensar que yo era igual a ella cuando tenía su edad, pero no es así. Los deseos de libertad me llegaron cuando ya empezaba a peinar mis primeras canas, cuando me encontré atrapada en medio de un matrimonio del que ni siquiera podía decir que se estaba viniendo a pique, porque para eso habría tenido que alzar el vuelo primero.

En cualquier caso, mi esposo a la larga me resultó útil. Logré convencerlo de mis propias ideas y, juntos, conseguimos dar el golpe maestro que derrumbó el gobierno tal y como Ónice lo conocía. Después de tomar un país entero, el tomar el poder en casa resulta un juego de niños.

Un suspiro brota de mi garganta, interrumpiendo la ligera discusión entre mis dos elegidos.

–Señora Simo… Veronique— se corrije Raif haciendo que Kheira ponga los ojos en blanco—. Me estaba preguntado ¿por qué decidió elegirnos a nosotros dos?

No contesto de inmediato. Echo una cucharada de azúcar en mi taza de té que no ayuda mucho al sabor amargo cuando bebo el primer trago. Los contemplo de manera alternada al uno y al otro.

–Llegado a este punto, en habilidades de lucha, todos los candidatos se encuentran bastante igualados. Puede que algunos de ustedes— digo mirando intencionadamente a Raif— tenga un "extra" en cuanto a su formación, pero confío en que, llegado el momento, serán capaces de dar la cara. Sin embargo, más allá de la capacidad física, estaba buscando fortaleza mental y tenía en mente dos… modelos bastante distintos entre sí. Ustedes dos apenas están comenzando a conocerse— les digo mientras dejo la taza sobre la mesa— pero estoy segura de que, a pesar de lo diferentes que son, se convertirán en un equipo. No sé cuál será la estrategia que usarán las otras islas, pero en este momento quiero que tengan claro que mi intención es que ambos luchen como si fueran uno solo.

Ambos sueltan un ligero jadeo, impresionados ante mis palabras.

–¿Creen que puedan hacerlo?


EL FIIIIIN! Ah no… pero bueno, ya oficialmente tenemos a nuestros veinte campeones sobre la mesa. ¿Verdad que todos son guapísimos y geniales y merecen ganar?

Estoy realmente enamorada de todos mis nuevos bebés y espero que a ustedes les haya pasado igual. Todos son absolutamente fantásticos y estoy deseando poder escribirlos a todos.

El capítulo que le sigue a este va a ser un poquito diferente porque quiero cerrar el ciclo de mis diez gobernantes, por lo que tendremos tres POVs: Suyay, Alkonost y Rhiannon. Ellos nos darán un panorama más general sobre los Juegos y nos introducirán a unos personajes que andan por ahí dando lata desde ya (lo sé, soy masoquista y metí a más personajes! Matenme!) Y ya después de ese vamos a 10 Campeones por capítulo con actualizaciones un poco más espaciadas entre sí, ya que son capítulos que están un poco más indefinidos y tengo que darles cabeza.

El puesto del comentarista estrella (la primera en comentar), se lo llevó Jacque—Kari, seguida de cerca por Patriot. Definitivamente los Diamantes vienen con actitud desde el principio y se me ha ocurrido un sistema de premiación que les explicaré más adelante, pero que les será muy útil a sus niños en la Arena, así que ya saben, no se rompan el cuello, pero los que comenten de primeros, podrían ser acreedores de un jugoso premio.

Vamos con las preguntas:

1. Ya conoces a los 20 (¡HURRAAAA!) Elije a tus 5 favoritos (sin contar a tu hijo o hija).

2. Si tu Campeón fuera un color, ¿cual sería y por qué?

3. Ya que todos se conocen ¿a quienes ven aliándose? No se vale pasar de esta pregunta.

4. ¿Rencores a la vista? ¿Quiénes crees que se odiarán nada más conocerse?