Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


7. Escalera hacia el cielo

Noche 1


Aaliya Kegne, Isla Marfil


El Verazar es más grande por dentro de lo que parece por fuera. Atrás hay cuatro pequeñas habitaciones, una para mí, una para el señor Presidente, una especial para rezar y una para Sharik.

Sharik…

Me echo a temblar sobre los mullidos cojines con que está preparada mi cama. Sharik no me gusta. Esta noche, mientras cenábamos con Joao, se ha enterado de que estoy casada y no se lo ha tomado precisamente bien.

–¿Estás tú, como esposa, trayendo honor a Dios en la manera que tratas a tu esposo? – preguntó él arrodillándose sobre los cojines mientras yo me reía por algo que había dicho el señor Presidente– Amaos los unos a los otros con amor fraternal, respetándonos y honrándonos mutuamente dice el Señor en Romanos 12:10. – dijo con esa voz, tan parecida a la del predicador que cada domingo camina de puerta en puerta evangelizando en el pueblo, mientras yo lo veía con los ojos muy abiertos– Estás deshonrando a tu esposo al venir aquí. Estás incumpliendo tus votos matrimoniales y eso te convierte en una pecadora. Y todos los pecadores perecerán en el Fuego Eterno.

Creo que de no haber sido por la forma protectora en que Joao colocó su mano sobre mi cabeza y porque él mismo le pidió a Sharik que se fuera a su habitación, me habría echado a llorar ahí mismo.

"No soy una mala persona, no soy una mala persona", repito mentalmente mientras me arrebujo en las mantas que protegen mi cuerpo del frío nocturno del desierto. "No lo eres, pero Yasaar tampoco lo es", pienso con una punzada de culpa.

¿Qué hará cuando se dé cuenta de que me he ido?

Me giro, para quedar boca arriba, contemplando la tela de la tienda, cuando caigo en cuenta de que no dejé una nota, ni un mensaje que explicara mi partida. ¿Y si regresa y piensa que los rebeldes me han matado? ¿Y si decide ir a buscarme y se mete en problemas? ¿Y si lo asesinan por mi culpa?

El corazón empieza a latirme muy rápido dentro del pecho. Me levanto de un salto y empiezo a dar vueltas por la habitación, buscando mi ropa. Debo ir a avisarle, debo corregir mi error.

Me paso la camiseta a toda prisa por la cabeza y recojo mi cabello en una descuidada coleta. Siento algo húmedo corriendo por mis mejillas y es hasta que me llevo una mano al rostro que me doy cuenta de que estoy llorando.

"Me ha elegido, Joao me ha elegido" El pensamiento me hace feliz pero ¿cuánto tardará Yasaar en darse cuenta de lo que he hecho? Han habilitado proyecciones de cada etapa de los Juegos en las ciudades más grandes, pero no tenemos nada como eso en nuestra aldea y, aunque lo tuviéramos, umyeni, con su ocupada vida de cazador, no tendrá tiempo para ir a ver ninguna. Si no voy a decírselo, si no le aviso ahora…

¡No! Atravieso corriendo la abertura en la tienda y me meto en el saloncito en que Joao nos ha recibido. En la oscuridad, me golpeo con tanta fuerza contra algo que acabo sentada en el suelo.

–¿Florecilla?

Una vela se enciende, disipando las sombras y la figura de Joao se separa de la oscuridad.

–Yo…

–¿Has tenido un mal sueño?– pregunta con amabilidad mientras me tiende su mano, de dedos delgados, y me ayuda a levantarme. Entonces repara en mi ropa y me observa confuso– ¿Qué ha pasado?

–Yo… yo tengo que volver a casa.

–¿A casa? ¿Ya no quieres participar en los Juegos? Me temo que me siento un poco confundido.

Agito la cabeza. ¿Es eso? ¿Ya no quiero? ¡No! No quiero volver a esa vida. Quiero saberme dueña de mis decisiones. No puedo, no puedo volver.

–Tengo que regresar para… No le he dicho a… Yo solo…– las oraciones se suceden unas a otras sin llegar a completarse, me falta el aire y las lágrimas continúan brotando de mis ojos.

–Cálmate, florecilla– dice él mientras me rodea los hombros con un brazo y me lleva a los cojines en el suelo. Hace que me siente y luego me envuelve con una manta tejida–. Dime que ha pasado.

–No le he dicho a umyeni a donde voy– digo antes de que la angustia vuelva a ganarme– Yo solo quiero volver a casa para decírselo. No quiero que se preocupe por mí. No quiero que le hagan daño por mi culpa.

Si mis palabras lo inquietan o lo molestan, él no lo dice.

–Ya veo– dice él asintiendo–. Me temo que no puedo dejarte ir, florecilla– dice mientras aparta, con suavidad, el extremo de mi coleta que ha caído sobre mi hombro–. El desierto es peligroso a todas horas, pero aún más cuando los peligros se esconden bajo el manto de la noche.

Me echo a llorar con más ganas ante su negativa.

–Por favor– suplico– Por favor.

–La única solución que tengo por ahora, florecilla, es que escribas un mensaje para tu umyeni. Puedes poner lo que desees en él, te prometo que no lo leeré– dice mientras se mueve en la penumbra. Lo veo hurgar en una mesilla y, cuando regresa, me entrega un pedazo cuadrado de papel con su sello personal y una pluma. – Haré que lo entreguen por ti por la mañana– promete.

Las lágrimas emborronan mi visión, pero me aferro a los objetos que él me ha entregado como si fueran el último trago de agua en medio del desierto.

Entonces me toca enfrentarme a la blancura del papel. ¿Qué puedo poner? ¿Qué explicación puedo dar?

No consigo dar con nada que resulte satisfactorio. No hay nada que pueda borrar la culpa que me corroe desde adentro. Al final escribo:

LO SIENTO. TENGO QUE HACERLO. AALIYA

Y ruego porque él sea capaz de entenderlo.

Joao vuelve cinco minutos más tarde. Le entrego el papel, el cuál he doblado por la mitad y me dedica una sonrisa comprensiva.

–No te preocupes, Sisoli– dice él mientras toma el papel de mis manos– Todo saldrá bien.

Él sale de la tienda entonces, en búsqueda posiblemente del guardia que llevará el mensaje. Y en medio de mi conmoción, ni siquiera tengo tiempo para preguntarle por qué me ha llamado por ese nombre.


Elisabeth Zuckerman, isla Diamante


La emoción vibra dentro de mi cuerpo, tal vez como respuesta a que estoy compartiendo techo con seres que han elegidos por los dioses. Me pregunto si Baldr habrá estado involucrado en la creación del Pequeño Rey, con su cabello rubio y su piel pálida. Pronto crecerá, grande y fuerte, para subir al trono como dicta su herencia.

Me giro en la cama, con pesadas mantas llenas de plumas, para ponerme de costado, apoyando la cabeza sobre mi brazo flexionado para espiar por la ventana, casi tan grande como la puerta.

La luz de la luna se filtra a través del cristal, iluminando el manto blanco con que la tormenta lo ha cubierto todo. En alguna parte, un reloj da doce campanadas. Dejo caer al cabeza sobre la mullida almohada y suelto un suspiro exasperado. Me he desvelado. La noche anterior al día más importante de mi vida y no consigo conciliar el sueño.

Aparto, con cierta dificultad, los cobertores que me mantienen caliente y de inmediato empiezo a tiritar. La chimenea de la habitación ha empezado a apagarse y las mantas definitivamente estaban cumpliendo con su trabajo de mantenerme caliente. Echo una mirada hacia abajo. Cubierta solo con la delgada bata de seda que he encontrado en la habitación, me congelaré antes de poder ir a ninguna parte. Me bajo de la cama y me calzo unas zapatillas que rápidamente calientan mis pies. Encuentro una bata colgada junto a la puerta y envuelvo con ella mi cuerpo. La tecnología de la ropa entra en funcionamiento y siento como la tela empieza a vibrar contra mi piel, calentándome.

–Bien, todo va bien– digo mientras empujo la puerta.

En medio de la noche, el Palacio de Cristal luce oscuro y fantasmal.

"Solo tengo esta noche" pienso mientras espío desde el marco de la puerta "aún y cuando gane, tal vez nunca pueda tener una oportunidad como esta para conocer el Palacio". Tomo aire y empiezo a caminar, silenciosa, por los pasillos oscuros. Me sorprende que no haya luces encendidas, pero la pálida luz de Máni, el dios de la luna, al menos sirve para esbozar las siluetas de las figuras

Avanzo por el pasillo hasta que encuentro una escalera en caracol que desciende. Echo una mirada sobre mi hombro, para asegurarme de que luego podré regresar a mi habitación y bajo, uno a uno, los peldaños. Las paredes a mí alrededor están hechas de piedra y se sienten ligeramente húmedas al tacto. Me sostengo de la pared, mientras la oscuridad me engulle, hasta que veo una luz cálida filtrándose abajo. Una puerta.

Cuando la empujo, me encuentro en una pequeña cocina, tal vez para la servidumbre.

–¿Tú tampoco puedes dormir?– la voz, casi desconocida, me sobresalta y me hace echarme hacia atrás, golpeando mi talón contra el último escalón y haciendo que el dolor brote desde mi pie hacia arriba.

–¡Aaagh!

El chico, Henrik, se echa a reír.

Estoy a punto de mirarlo con molestia cuando recuerdo que posiblemente voy a necesitar de él más adelante. Después de todo, un guardaespaldas nunca está de más. Así que controlo mi expresión y, en su lugar, le dedico una sonrisa.

–No pasa nada. Solo me ha sorprendido encontrar a alguien más por aquí.

Él no se levanta del banquillo alto en que estaba sentado, se encoje de hombros y devuelve su atención a la jarra gris que tiene entre sus manos. Una columna de vapor de apariencia agradable sube desde el líquido en su interior. Café o tal vez chocolate.

–¿Tú también estás emocionado por estar en el mismo lugar que los reyes?– pregunto mientras camino hasta la mesa y apoyo los antebrazos en el respaldar de una de las sillas, arqueando mi espalda hacia adelante. Contemplo a Henrik, que trae puesta una pijama gris de seda: una camisa de manga larga de botones y un pantalón. Tiene unas medias de algodón blancas y nada más. Ni abrigo, ni zapatillas, ni bata. No parece particularmente incómodo por el frío.

Él suelta un sonido a medio camino entre una risa y una tos y me mira enarcando una ceja rubia.

–¿Lo dices en serio?

–¿Por qué no habría de hablar en serio? – pregunto, sintiéndome irritada por sus reacciones.

"Calma, Lis, calma" Respiro profundamente y compongo otra sonrisa mientras él frunce el ceño y se lleva la jarra a los labios y bebe su contenido dando un largo trago.

–Simplemente no había reparado en que eras una de esas.

–¿De esas qué? – su voz me recuerda, con vaguedad, el tono que adquiría Edvin para hablarme cuando pensaba que estaba siendo tonta. "Pero yo estoy aquí y él no" agrega una voz en mi cabeza. "¿Quién es el tonto entonces?"

–De esas fanáticas de la realeza– dice mientras coloca la jarra en la pileta y se gira, apoyando la cintura en el mueble.

Echo mi cabello hacia atrás y levanto la barbilla.

–Por supuesto que creo en nuestra realeza. Para eso estoy aquí ¿no? – le digo manteniendo a raya la rabia que siento por atreverse a cuestionarlo –. Los dioses los han elegido a ellos y, si sabes lo que te conviene, será mejor que no te metas con las decisiones de los dioses.

Henrik no me contesta. Se me queda mirando, con esos ojos verde oscuro, y finalmente su boca se tuerce en una sonrisa burlona.

–De acuerdo.

Abro la boca para replicar, sorprendida porque haya cedido con tanta facilidad.

–¿Qué dijiste?

–He dicho "de acuerdo"– dice trazando las comillas con sus dedos–. Puedes pensar lo que quieras, es tu derecho. Pero también es el mío el quedarme con mis creencias y, en mi caso, elijo no creer.

Me quedo paralizada por un segundo y luego, mis manos empiezan a temblar por la rabia. Estoy a punto de decirle algo cuando él agrega:

–Buenas noches, Elisabeth– y entonces camina hacia la puerta y empieza a subir las escaleras de dos en dos. Escucho sus pasos alejarse.

Me sujeto de la mesa y respiro profundo. De acuerdo, eso no ha salido precisamente bien. Ya había decidido que Henrik y yo nos aliaríamos, pero, al menos por el momento, parece que será un hueso duro de roer. No me preocupa, he tenido años para prepararme para ello gracias a Edvin.

Lo convenceré. Seré tan encantadora que no podrá resistirse.


Carlens Newman Cliffort, Isla Zafiro


"MONITOREO DEL SUEÑO", reza el pequeño panfleto que han dejado sobre la mesita de noche, junto a la cama.

A grandes rasgos, es un aviso de que la almohada está programada para funcionar como un neurotransmisor gigante que se encargará de verificar que los patrones de sueño no tengan perturbaciones graves, es decir, que no vayamos a entrar agotados a la Arena cuando llegue el momento de luchar por preservar nuestras vidas, al tiempo que nos encargamos de acabar con las de los demás.

Lo observo con el ceño fruncido. El gobierno de Zafiro peca de ser sumamente entrometido. Si lo piensas bien, ni siquiera necesitan meter las narices directamente en cada casa para poder enterarse de todo lo que decimos o hacemos, les basta con hacer circular cada año una nueva Ama de Llaves virtual en cada hogar para enterarse de todo.

Siento la sangre latiendo rápidamente a través de mis venas, haciendo que mi rostro se caliente. Estoy a punto de tomar la lámpara sobre la mesilla y estamparla contra la pared cuando hay un golpeteo, suave e inseguro, en la puerta. Mi ritmo cardíaco desciende y cuando veo hacia abajo, noto que el panfleto está convertido en una bola en mi puño y que los bordes afilados del papel me han cortado uno de mis dedos.

Los golpes en la puerta vuelven a sonar, esta vez con más insistencia.

–Tiene una visita– anuncia el sistema de Ama de Llaves. A diferencia de Path, su voz suena completamente humana, como si la mujer se hubiese materializado en la habitación y estuviera hablándome.

–¿Quién es?– pregunto mientras dejo caer el papel ensangrentado dentro del basurero metálico.

–Nayara Banks, diecinueve años, perteneciente al Círculo Número Seis, miembro de la Élite de la Edición Única de los Juegos del Hambre– anuncia el sistema.

Dirijo mi atención a la puerta. Es la otra chica. ¿Qué querrá?

–¿Desea desbloquear la puerta?

–Adelante– digo mientras me llevo el dedo herido a la boca.

La puerta se abre y mi nueva compañera de isla aparece al otro lado. Trae puestos unos pantalones de algodón y una camiseta sin mangas de color azul, casi igual a la ropa que traigo yo.

–Knock-knock– dice ella mientras toca con los nudillos la puerta abierta– ¿estás ocupado? – pregunta mientras se lleva una mano al cuello y empieza a enrollar un mechón oscuro alrededor de su dedo.

Nayara Banks. Es unos diez centímetros más baja que yo, con una espesa melena oscura que en este momento le cae desordenada e indómita, sobre los hombros y la espalda. Tiene los ojos marrón claro y cejas rectas y oscuras para enmarcarlos. Sus labios componen una débil sonrisa mientras me observa con aprehensión.

–Adelante– le digo mientras estudio la ligera línea blanca rosada que me ha quedado en el dedo.

–He pensado que podía venir aquí y presentarme– dice ella mientras retuerce las manos, insegura de cómo actuar. Cuando nota que mi mirada sigue el movimiento circular de sus dedos, se detiene y deja caer los brazos. El gesto es tan poco delicado que me hace sonreír.

–Creí que ya lo habíamos hecho– señalo.

Ella se encoge de hombros y se sienta en la punta de la cama.

–El asunto ha sido muy formal, me dio la impresión de que, para hacerlo bien, sería mejor hacerlo nosotros mismos, bajo nuestras propias reglas ¿no crees?

Como no le digo nada, entonces ella sigue hablando.

–Así que aquí estoy. Me llamo Nayara, todos me llaman así excepto mi hermano menor, él es el único que tiene permitido llamarme Nay.

La mención de su hermano me hace pensar en la mía. ¿Se habrá enterado Aisha, esté en donde esté, de que me han elegido?

–¿Carlens?

–¿Mmm?

–Te he preguntado que si puedo llamarte por tu nombre– explica ella antes de morderse el labio.

–Claro.

–¡Bien! Entonces espero que tú también me llames Nayara.

– ¿No Nay?

Ella agita la cabeza, desordenando aún más su indomable cabellera.

–Simon es el único que alguna vez me ha llamado así y se debe únicamente a que al principio no era capaz de pronunciar la Y y la A juntas, así que de alguna manera decidió que rebautizarme era una mejor opción y el apodo caló. Pero…

–¿Sí?

–Me da algo de nostalgia el pensar en mi hermano en este momento, así que preferiría que no… Ya sabes– dice ella. Puedo decir, por la forma en que traga saliva, que está luchando por no llorar.

El tema hace que mi ánimo caiga en picada. De repente, más allá de sentir empatía por Nayara y la forma en que extraña a su hermano, tengo ganas de hacerme un ovillo y dejarme llevar por la desesperación de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a mi hermana.

"Una montaña rusa emocional" así es como llama Xernón al trastorno bipolar que me diagnosticaron seis meses después de que perdiera a mi familia. En términos científicos, los favoritos de todos en Zafiro, es un trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por episodios con niveles anormalmente elevados de energía, cognición y del estado de ánimo. En palabras más sencillas y utilizando la metáfora de Xernón, básicamente significa que mis altos pueden ser muy altos y mis bajos muy bajos y que, lamentablemente, puedo tener caídas en picada sin ningún aviso.

Y, justo ahora, siento como mi estómago se contrae y mi mandíbula se endurece.

–Creo que deberías irte ahora, Nayara– le digo tomándola del brazo y llevándola hacia la puerta.

–¿Qué…?

–Hablaremos mañana– le digo mientras la dejo justo afuera de la habitación y cierro la puerta ante su expresión atónita.

Me dejo caer sobre la cama y me cubro el rostro con las manos, sintiendo como las emociones entran en ebullición en mi interior. Contraigo las piernas, acercándolas hacia mi pecho y dejo que las sensaciones fluyan.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando consigo reacomodarme. Me aclaro la garganta.

–¿Ella se ha ido?

El Ama de Llaves guarda silencio por un momento, comprobándolo.

–No.

No respondo nada.

–¿Desea extender una invitación? – pregunta solícita la voz casi humana.

Lo pienso por un momento. Finalmente, me giro sobre mi costado y me muevo para sacar las mantas de debajo de mi cuerpo.

–No.


Elíma Kairo, Isla Ambar


"El cambio ha sido drástico" pienso mientras cierro la puerta de la habitación, mi habitación, en la casa de la Emperatriz.

"La casa de la Emperatriz. Estoy en la casa de la Emperatriz" pienso mientras abro los ojos tanto como puedo, intentando absorber cada detalle para luego contárselo a Molímo y a Monzoto. Siento mi cara calentarse cuando pienso en este último. "Es mi amigo" repito en mi cabeza "Monzoto es solo mi amigo". Su cuerpo cayó muy cerca del lugar en que Hissène quedó de pie. No estoy segura de cómo sentirme al respecto. Después de todo, solo uno de nosotros volverá.

Me siento mareada mientras me dejo caer sobre la cama, hecha de un material tan suave que siento ganas de quedarme acurrucada por siempre, acunada por su calidez. En casa, las camas están hechas de paja seca, la cual, si el tejido que lo reviste está agujereado, te punza la piel. Esto es algo completamente distinto. Mis dedos chocan con algo que sobresale del fino material con que está hecho el colchón, aprisiono el pequeño objeto entre el índice y el pulgar y lo extraigo con cuidado.

Es una pluma: blanca, suave, maravillosa…

Cierro los ojos y me permito sonreír. Es de locos sentirse así, a sabiendas de que me dirijo hacia un lugar en que tendré que matar o ver morir a diecinueve personas. Pero aun así… me llevo las manos a las mejillas, sintiendo como mi piel reseca se estira cuando los músculos de mi cara se mueven para dar paso a la marea de emoción que se ha formado como una bola en mi estómago. Mis dedos, callosos por lavar ropa durante años, descienden por mi cuello y mi pecho y se detienen, finalmente, sobre mi estómago hinchado.

Nunca, hasta ahora, había podido comer hasta hartarme. Siento mi estómago moverse, casi dolorosamente, dentro de mi vientre; poco habituado a estar tan lleno. De repente la cena, llena de excesos, me pasa la factura y siento como la comida lucha por salir por mi garganta. A través de la puerta entornada veo un destello blanquecino que espero sea la porcelana de un sanitario. Me precipito hacia adelante y apenas si tengo tiempo de levantar la tapa antes de descargar ruidosamente el contenido de mi estómago dentro del sanitario.

No dura mucho, solo el tiempo suficiente para dejarme sudorosa y cansada. Tiro de la cadena y el contenido de la taza es succionado, sin emplear agua. Aquí no podemos derrochar así los recursos hídricos. Apenas si tenemos agua para beber, no es posible que la utilicemos para cosas que no resultan vitales. Observo la curva elegante de la porcelana blanca con el ceño fruncido. No tenemos uno de estos en casa, la aldea tiene una letrina compartida, pero de vez en cuando me he dedicado a lavar ropa para familias mucho más pudientes que pueden permitirse esta clase de lujos. De hecho, me sorprende un poco el tener una solo para mí en este momento.

Me pongo de pie y encuentro una toalla colgando sobre un gancho en la pared. La tomo y luego juego con las llaves hasta que consigo que el agua fluya del grifo el cual tiene una curvatura sumamente elegante, dejo que el paño se humedezca, me limpio la cara y observo mi rostro en el espejo: las mejillas hundidas, la nariz ligeramente aplastada, herencia de mi padre y las clavículas sobresaliendo a través de la camiseta de algodón. Mi madre siempre me ha llamado una belleza rara, pero nunca he estado de acuerdo.

Hay tres gavetas en el mueble en que se encuentra empotrado el lavamanos. Echo una mirada sobre mi hombro, insegura sobre si tengo permiso para hurgar en ellas. La puerta de baño está entreabierta. La empujo con el pie y se cierra emitiendo un suave clic.

En la primera, encuentro un cepillo de dientes, pasta y un delgado hilo con aroma a menta metido en una cajita blanca. Abro la segunda, que tiene horquillas para el cabello, unas tijeras plateadas y un bonito cepillo con un mango de madera tallado con la figura de un rinoceronte. Tomo el cepillo y lo deslizo entre mis cabellos, o más bien intento hacerlo, porque apenas he podido moverlo unos centímetros cuando las cerdas se atoran en mi cabello, demasiado rizado. Lucho durante angustiosos minutos para retirar el cepillo de mi cabeza, aterrorizada por llegar a romperlo y, cuando por fin consigo retirarlo, reprimo un suspiro cuando veo que algunas de las fibras se han torcido. Lo vuelvo a dejar en su lugar e inspecciono la última.

En cuanto lo hago, un objeto llama mi atención. Mi mano se cierra sobre el mango metálico y estudio, con curiosidad, la extraña cabeza del objeto. Tiene un pequeño dial cerca de la base. Cuando lo muevo, emite un zumbido constante y los pequeños dientes en la parte superior empiezan a entrecruzarse. Entonces recuerdo ver a papá, hace muchos años, con un objeto parecido, en la época en la que trabajó cuidando de un pequeño rebaño de ovejas. La imagen de la lana cayendo en grandes puñados mientras él deslizaba el extraño objeto a lo largo de su piel centellea en mi cabeza.

Vuelvo mi atención a la imagen en el espejo y me comparo a mí misma con la sublime belleza de la Emperatriz con su cabella rapada. Tomo un mechón de mi cabello y lo sostengo entre mis dedos. Se siente grueso, áspero, seco…

Mi pecho sube y baja por el nerviosismo. Vuelvo a abrir la segunda gaveta y encuentro las tijeras. ¿Podría hacerlo? Nunca en mi vida me he cortado el cabello más allá de unos cuantos centímetros. Tomo un puñado con una mano y la tijera con la otra, extiendo los dedos, haciendo que la tijera se abra y emita un sonido metálico cuando las cuchillas se deslizan una contra la otra y entonces las cierro.

El mechón, de un palmo de largo, se queda en mi mano. Se siente curiosamente liberador. Continúo cortando mechones al azar hasta que mi cabello queda cortado a la altura de mis hombros, pero siento la presencia constante del otro objeto llamándome. Observo mi nuevo corte en el espejo. No se siente correcto. Entonces vuelvo a encender la curiosa máquina, que me saluda con su zumbido. Tomo una respiración profunda y la deslizo desde mi frente hasta mi nuca con un solo movimiento fluido que deja a su paso un camino casi libre de cabello.

Mis rizos quedan tirados en el suelo del baño. Observo mi rostro, con las mejillas oscurecidas por el rubor y estudio los cambios en mi expresión. Los labios apretados, los ojos muy abiertos y con un brillo, hasta ahora desconocido, en ellos.

Repito la acción, una y otra vez, hasta que mi cabeza queda cubierta por un cabello tan corto que ni siquiera soy capaz de aprisionarlo entre mis dedos.

Apoyo mis manos en el lavabo y me inclino hacia adelante para contemplar mi obra.

"El cambio ha sido drástico" pienso una vez más.


Día 2

Noa Wunsch, Isla Amatista


Nos levantan muy temprano, tanto que ni siquiera ha salido el sol cuando me asomo por la ventana.

–Tiene una hora para prepararse, señorita Wunsch– me dice la mujer, vestida con un sencillo sari de color amarillo, mientras coloca un vestido no tradicional de un rojo brillante en un gancho detrás de la puerta. Me froto los ojos y la observo con la vista ligeramente nublada a causa del sueño. Debe tener unos cincuenta años, con pequeñas arrugas alrededor de los ojos y la boca. En medio de las cejas, tiene un punto rojo con forma de gota. Un bindi.

Antiguamente, el bindi se usaba como una señal de que la mujer se encontraba casada. El primer bindi lo colocaba el esposo con su propia sangre en la frente de su esposa, era una manera de marcarla como suya, lo cual siempre me ha parecido, como mínimo, asqueroso. ¿Quién quiere ir por ahí marcada con la sangre de su marido para presumir de ser su propiedad? Sin embargo, en los últimos años y con el estallido de los "poderes místicos" se han popularizado los bindis como una forma de potenciar el tercer ojo: el bindi sirve como un punto de energía que se activa a través de la meditación para ayudarnos a encontrar la paz interior.

A juzgar por la edad de la mujer, me arriesgo a pensar que el suyo pertenece a la primera categoría. Una mujer casada y orgullosa de estarlo. Hago una mueca mientras la veo eliminar las arrugas inexistentes en la tela, alguna clase de seda, antes de darse la vuelta hacia mí, juntar sus manos frente a su regazo y hacer una reverencia. Sale por la puerta sin hacer ruido.

Me dejo caer sobre la almohada y me echo a reír al pensar en la cara que pondría Agrata si me viera ahora. Me envuelvo en las mantas, disfrutando por unos segundos más de su calidez y luego me pongo de pie. Al fondo de la habitación hay una bañera, cubierta con un biombo bordado con figuras de elefantes, está llena hasta el borde con un agua con aroma a jazmín que me envuelve cuando me meto en ella.

Me doy un baño corto y me seco con una de las mullidas toallas. La ropa se adapta a mi cuerpo como si acabaran de sacar el vestido de mi propio armario.

–¡Que buen servicio! – la exclamación brota de mi boca y me hace reírme, porque no hay nadie aquí para escucharme.

Me peino frente al pequeño tocador dorado y evito, como a la peste, el montón de frascos y cajitas de maquillaje dispuestas con cuidado. Es una cuestión de principios: mamá nunca usaba maquillaje y me parecía la persona más bonita de mundo, mientras que Agrata… en los últimos días era difícil saber cuál era el color de su piel y sus pestañas solían parecer estar hechas de alambre, tan gruesas y enredadas debido a las generosas dosis de rizador que colocaba en ellas. En consecuencia, el maquillaje no me agrada.

Me detengo un momento en la puerta preguntándome si esperarán que tienda la cama.

Doy una mirada sobre mi hombro. Decido doblar las mantas y dejarlas encima de todo. Seguro que lo lavarán todo ahora que lo he usado y sería una pérdida de tiempo y energía el alisar la sábana y extender las mantas para que más tarde alguien tenga que venir quitarlo todo. Dejo las mantas apiladas sobre las almohadas y salgo de la habitación, cerrando detrás de mí.

Cuando lo hago, quedo cara a cara con Ankar.

Él parece sorprendido de verme.

–Eh… Buenos días, Ajinoam.

Hago una mueca ante el uso de mi nombre completo, pero decido perdonarlo porque anoche no tuvimos precisamente mucho tiempo para hablar, así que él no sabe que solo mi padre y mi madrastra me llaman así.

–Noa– corrijo mientras me apoyo en la puerta cerrada– ¿Verdad que es inhumanamente temprano? –digo reprimiendo un bostezo.

–Supongo que sea donde sea que nos van a llevar, se encuentra bastante lejos. Posiblemente han coordinado a todas las islas para que lleguemos al mismo tiempo– dice él después de una corta pausa. Abro un ojo y lo observo sin disimulo. Se ha peinado su extraño cabello pelirrojo hacia arriba y le han dado ropa de vestir. Un pantalón negro, con una camisa de un suave color rosa y un chaleco del mismo material que el pantalón. Él ha doblado las mangas hacia arriba, casi a la altura de sus codos. Luce formal pero despreocupado al mismo tiempo. Vamos a juego.

–¿Vas a ir a desayunar?– dice haciendo un gesto hacia adelante con la mano.

–¡Claro! Tengo mucha hambre– digo mientras punzo mi estómago con un dedo.

–Ha de ser la emoción– dice caminando junto a mí por el pasillo.

–Eso y el susto de ayer. Las cosas se volvieron muy locas, ¿no?

–Lakshmi está bien entrenada, pero es nerviosa y seguro no está acostumbrada a estar rodeada de tanta gente que exija su atención. Ha reaccionado de una manera muy natural.

–Eso me recuerda que aún no te he preguntado cómo lograste calmarla.

Él se detiene en su andar y se gira hacia mí.

–Le he hablado– dice con simplicidad– los elefantes son animales muy inteligentes. Si les hablas, te entienden.

–Pues creo que ella no estaba precisamente por la labor de conversar sobre el clima– digo yo haciendo una mueca. No llego a comprenderlo, me he criado en medio de la ciudad y no tengo precisamente un montón de oportunidades de aprender sobre elefantes. No importa que tan populares sean aquí.

Él se echa a reír.

–Pues imagina cómo te sentaría a ti que un puñado de gente se te acercara de golpe ofreciéndote un montón de piedras– dice mientras frunce sus cejas, tan claras que se difuminan contra su piel blanca– Hemos tenido suerte de que no se pusiera particularmente violenta.

–Pareces saber mucho sobre ellos– digo mientras entramos a una cocina con dos sillas y una mesa a rebosar de comida.

Él se encoje de hombros.

–Se algunas cosas– dice en voz baja y de inmediato sé que está siendo demasiado modesto.

–Ankar, el entrenador de elefantes. Recuérdame ponerme en equipo contigo– le digo mientras me dejo caer en una de las sillas.

Él se queda callado por un momento. Cuando alzo los ojos, él me está observando atentamente.

–Puede que te tome la palabra– dice mientras se llena el plato.


Mikhail Petrov, Isla Rubí


–Dile a Lenna que es la hora– ordena Alkonost a una de sus sirvientas mientras esperamos, escaleras abajo, a que mi flamante compañera de isla decida unírsenos para nuestra partida. La mujer se echa a temblar pero sube, obediente, para ir a buscar a Lenna. Me pregunto qué clase de relación tienen ellos dos para que el Usurpador le hable con tanta familiaridad.

¿Amigos? ¿Amantes?

No han pasado ni dos minutos cuando la figura, alta y estilizada de Lenna aparece en lo alto de las escaleras. Ella baja rápidamente por los escalones, con la barbilla arriba y las manos convertidas en puños a ambos lados de su cuerpo.

–Dijiste que tenía veinte minutos– dice mientras clava sus ojos azules, ligeramente enrojecidos, en el rostro de Alkonost. Él ni siquiera se molesta en verla, en su lugar le dedica su atención a acomodar los puños de su camisa bajo la chaqueta negra que trae puesta.

–¿Eso dije?– pregunta con frialdad.

–Es la última vez que podré verlo en semanas– replica Lenna con la voz ligeramente rota.

–Siempre y cuando ganes. Recuerda eso, querida– dice él acercándose a ella y tomándola de la barbilla. Ella se sacude su agarre de un manotazo y se aleja, hacia la puerta, temblando de rabia.

Los observo a ambos desde mi posición, reclinado contra una de las paredes del gran salón de la casa de Alkonost. La casa de mis hermanos, mi casa.

Recuerdos de mí mismo, cuando era más pequeño, recorren mi mente en un momento. Esa fue la escalera de la que caí una vez, ese fue el armario en que me escondí de los soldados en la ocasión en que conseguí escaparme de los ojos de halcón de Lidochka, la mujer a la que Vikram le había encomendado mi educación cuando mis hermanos exigieron que yo fuese criado como un Skola.

Una risa sibilante se escapa de entre mis dientes, atrayendo la atención del hombre, que me dedica una sonrisa fría mientras sus ojos oscuros me observan con intensidad, intentando apabullarme.

–Estaré en el auto– anuncia Lenna totalmente ajena a nuestro intercambio– este lugar me da ganas de vomitar– masculla entre dientes, lo suficientemente alto para que ambos le escuchemos.

Me giro para verla irse y en el momento que pierdo haciendo eso, Alkonost ya está frente a mí.

Sus dedos sujetan mi mentón, con más fuerza de la que ha empleado para picar a Lenna hace un momento. Siento las yemas de sus dedos, cubiertas de callosidades, raspar mis pómulos cuando él cambia el ángulo de su agarre, para hundir sus dedos en mis mejillas.

La presencia de los seis soldados del Ejército Rojo me disuade de sacar a relucir mi entrenamiento y causarle verdadero daño. Mi mirada se desvía hacia un lado, hacia los dos Luceros del Alba que se encuentran cruzados a media altura en la chimenea, como un adorno de pared. Con su cabeza de plomo cubierta de púas y el grueso mango de madera, el arma resulta muy tentadora.

"Podría matarte, justo ahora" pienso mientras él ejerce más presión, haciendo que mis labios se abran y dejen mis dientes al descubierto. "Podría aniquilarte, pero no lo haré, porque quiero verte humillado, de rodillas en el suelo". Él gira mi rostro, observándome en silencio.

–Eres el vivo retrato de tu padre, pequeño bastardo– dice Alkonost soltándome finalmente.

Aunque su afirmación resulta reveladora, mantengo mi rostro cuidadosamente libre de expresión. Era una posibilidad que Milla, Alek y yo ya nos habíamos planteado, el hecho de que Alkonost podía llegar a reconocerme.

–Mala suerte para ti. Después de todo, Milla y Alek consiguieron los adorables genes de su madre. Me pregunto ¿cómo luciría la pequeña puta que te trajo al mundo?

No le respondo, me limito a manejar la oleada de rabia que recorre mi cuerpo al escuchar el apelativo que ha utilizado para llamar a mi madre. No es la primera vez que lo escucho, por supuesto. El mismo Vikram me lo dijo varias veces. La palabra bastardo tampoco consigue su cometido de llevarme al límite. Si lo que Alkonost quiere es provocarme para que su pequeño batallón me dé una paliza antes de partir a los Juegos, será mejor que espere sentado.

Alkonost vuelve a sujetarme la cara y aprieta mis mejillas, haciéndome abrir la mandíbula, la cual había estado apretando sin darme cuenta. El dirige su mirada hacia abajo, hacia el interior de mi boca y suelta una risotada glaciar.

–Menos mal– dice antes de soltarme y apartarse unos pasos– había empezado a preguntarse si alguno de mis hombres te había arrancado la lengua. Tienen la mala costumbre de hacer eso– dice encogiéndose de hombros–. ¿Sabías que hicieron eso con tu padre antes de colgarlo?– pregunta cómo quien no quiere la cosa–. Y no solo fue su lengua… tengo entendido que la noche antes de su ejecución se divirtieron bastante– dice caminando con las manos cruzadas tras su espalda–. Yo les di permiso, claro– continúa mientras se apoya contra la pared y contempla el alegre crepitar del fuego en la chimenea–. Me habría gustado mandarles a tus hermanos unos cuantos recuerdos de tu padre– dice él–. Ya sabes, como… en una caja– dice mientras hace la forma con sus manos.

Esa pieza de información llama mi atención. La noticia de que Vikram había sido condenado a muerte llegó a mí y a mis hermanos la misma noche en que el levantamiento de Alkonost hizo que los Nacidos, el ejército de súper soldados que había creado Skola, nos sacaran de nuestra casa. Pero, por obvias razones, Alkonost nunca consintió el darle el cuerpo a Milla para darle sepultura.

–¿Qué quieres decir?– la pregunta se desliza por mis labios antes de que tenga tiempo de silenciarla.

Sus labios se curvan en una sonrisa engreída, al ver que he cedido a sus pretensiones. Se encoje de hombros:

–Puede que pienses que soy el malo de la historia– dice poniéndose de espaldas al fuego para encararme–, pero ni siquiera yo soy capaz de hacer que una mujer como tu hermana pase por eso. La forma en que quedó su cuerpo– él finge estremecerse– digamos que me acompañará hasta el último día de mi vida. ¿Te imaginas como lo habría tomado Milla?

Aprieto mis dientes con tanta fuerza que siento como mis molares crujen, amenazando con quebrarse.

–Quien sabe, puede que cuando recupere tu cadáver después de los Juegos, permita que hagan lo mismo contigo– dice antes de salir por la misma puerta que usó Lenna–. Date prisa, tenemos un tren que abordar.

Mi respiración se vuelve errática, no por el miedo ante su amenaza, ni por el hecho de que se encuentre tan seguro de mi muerte. Es pura ira la que recorre mis venas.

–Te mataré– le juro.


Kheira Jovelik, Isla Ónice


Creo que no hay nada en el mundo que hubiera podido prepararme para la visión de la gran serpiente de metal que desciende por el cielo y aterriza, sin más sonido que el silbido que emite el viento, frente a nosotros.

Los cortos mechones de mi cabello salen disparados en todas direcciones y se meten en mis ojos, haciéndome parpadear rápidamente para disipar las lágrimas que se acumulan en los bordes.

–¿Estás bien? – pregunta Raif mientras entorna sus propios ojos, también llorosos por el viento que ha causado la extraña forma de transporte que ha arribado a la estación a la que nos han traído.

Asiento, mientras me limpio las esquinas de los ojos y veo como las puertas de uno de los compartimentos se abre, dejando a la vista un interior no solo mucho más amplio de lo que esperaba, sino también muy lujoso.

–Impresiona un poco ¿verdad? – pregunta Veronique mientras hace una seña a uno de los hombres que la acompaña para que meta las seis maletas que trae con ella. A nosotros se nos ha pedido que no traigamos nada, excepto algún recuerdo importante para nosotros, una manera de mantenernos cuerdos en las semanas fuera de casa que nos esperan… sí es que alguno de los dos logra regresar.

Del cuello de Raif cuelga una insignia, del tamaño de una moneda, con una mano extendida y un ojo en el centro. He visto el diseño en otras ocasiones: como pertenece a la cultura musulmana, muchas personas han ido a que Sagir les tatúe esa figura, una Jamsa. En mi caso he decidido no traerme nada, no me gusta ser supersticiosa y el hecho de cargar con un amuleto me parece falta de confianza en las habilidades propias.

Veronique me pone la mano sobre la espalda y me conduce hacia adentro. A Raif no lo toca, a sabiendas de que por su forma de crianza no está acostumbrado a ello, pero él camina a nuestro lado de todas formas.

El interior del vagón está decorado a la usanza tradicional de Ónice, con el mismo tipo de telas estampadas y las mismas formas curvas en puertas y ventanas.

–Es una aerotranvía– explica Veronique después de sentarse en un recargado sillón hacia el fondo. El lugar parece una extensión del salón en que tomamos el té ayer– Se desplazan por el aire a través de un sistema de campos electromagnéticos– explica ella con el tono de quien está repitiendo una lección. Los han diseñado en Zafiro.

–Son… ¿son seguros? – pregunta Raif mientras se sienta con cuidado en un pequeño diván de color negro.

Veronique compone una sonrisa mientras las puertas se cierran. Y de repente estamos en movimiento. Ni siquiera es que sienta nada, me doy cuenta de que nos movemos porque dejo de ver los postes tallados de la estación y, en su lugar, hay un montón de cosas blancas y vaporosas que, asumo, son las nubes.

Reprimo un jadeo y me inclino sobre la ventana, dejando marcas en donde mis dedos se apoyan contra el cristal.

–¿Es la primera vez que vuelas? – pregunta ella mientras estudia un montón de papeles que debe haber sacado de su bolso. La veo sacar unas gafas ovaladas que apoya sobre la punta de su nariz. Hoy trae un velo de color amarillo, a juego con sus ropas tradicionales. Observo mi propia ropa: unos jeans desgastados que me cuelgan bajos en la cadera y una camiseta ajustada de color verde claro. Es exactamente el tipo de ropa que podría tener en mi propio armario. Me hace sentir extraña el hecho de que hayan acertado hasta con las tallas.

–¿Es tan obvio? – pregunto mientras me separo de la ventana y me siento frente a Raif.

–Debiste verme a mí, la primera vez mi esposo me amenazó con usar una palanca para separarme de la ventana del avión– dice con una sonrisa –. Y eso no era, ni por asomo, tan impresionante como esto–. Luego contempla el cielo por la ventana y agrega: –El trayecto tardará unas seis horas, así que será mejor que se pongan cómodos. Tengo algo de jaqueca– dice ella poniéndose de pie–. Iré a la otra habitación a dormir un rato. Hay comida por ahí– dice señalando una puerta con la palabra "cocina" escrita con cuidadosas letras negras– y hay bebidas en el refrigerador.

Dudo que ninguno de los dos le crea su excusa. Posiblemente está buscando la oportunidad de que mi compañero y yo hablemos un poco, especialmente desde que dejó en claro que quiere que nos aliemos. Raif me observa con las cejas enarcadas, pero se pone de pie cuando Veronique lo hace. La puerta se cierra tras ella con un ligero clic.

–Eso no ha sido muy sutil– dice él mientras vuelve a sentarse.

Aparto el flequillo de mi frente, echándolo hacia un lado. Ha hecho algo de calor por la mañana, pero aquí adentro se siente frío a pesar de que las ventanas están cerradas.

–¿Podemos hablar? – pregunta Raif volviendo a sentarse. Su parsimonia me hace sonreír, me recuerda mucho a cómo eran las cosas antes de irme de casa. Las reglas, la educación…

–¿No estamos haciendo eso? – pregunto yo con una media sonrisa.

–¿Siempre tienes que ser así? – replica él con seriedad.

–La verdad no peca, pero incomoda– digo encogiéndome de hombros y subiendo las piernas a mi asiento.

Raif me estudia por un momento.

–No pensé que nos hicieran aliarnos con nadie– dice después.

–Pues a mí nunca me ha gustado que me impongan las cosas– digo con un encogimiento de hombros–. No es nada personal, reaccionaría igual con cualquier otra persona, lo juro. No es que piense que eres raro ni nada de eso.

Algo, un sentimiento al que no consigo ponerle nombre, ondula en su cara tras mis palabras. ¿Vergüenza? ¿Enojo? En cualquier caso, desaparece antes de que pueda verlo más de cerca.

–Yo tampoco quiero sentirme obligado a nada– dice él, pero por algún motivo siento que no me habla a mí– Pero…

–Lo sé– digo cruzando las piernas bajo mi cuerpo– Simplemente no lo descartemos. Veamos qué sucede y avancemos desde ahí.

–Eso me gustaría– acepta él mientras se levanta y abre la pequeña nevera en la esquina– ¿Algo de beber?

Asiento y él me pasa una gaseosa.

–Así que…– dice mientras se vuelve a sentar– te llamas Kheira ¿no?

Me echo a reír por lo tonto de la situación y decido, por eso, que este hombre me agrada.


Khalil Belaali, Isla Cuarzo


– Entonces ¿no vienes con nosotros? – pregunto mientras me cruzo de brazos frente a las puertas abiertas del extraño tren que se detiene ante nosotros, suspendido en el aire, sin rieles ni nada que parezca sostenerlo.

Suyay me dedica una sonrisa enigmática y niega con la cabeza, haciendo que los mechones, cortos y brillantes de su cabello, se agiten débilmente. Hoy se ha puesto un vestido rojo, ceñido a su cuerpo lleno de curvas, tan corto que casi puedo ver la insinuación del punto que acaban sus muslos e inicia su trasero.

–Deberías recordar, Khalil– dice mientras me sujeta de la barbilla y me hace doblar el cuello para ponerme a la altura de su cara. Es gracias a sus tacones que llega a estar tan cerca de mi cara– que soy la cabeza de tu país. No somos iguales– dice mientras acerca su boca a la mía, tanto que siento su aliento sobre mis labios– No vuelvas a hablarme con tanta confianza.

Su comentario hace que mi sangre se caliente por un motivo muy diferente al enojo. Mis labios se tuercen en una sonrisa.

–Sí, señora – ella me observa engreída y yo cuento los minutos antes de que nuestros papeles se inviertan y sea ella quien tenga que cumplir mis órdenes, una a una, hasta dejarme satisfecho.

Suyay se voltea para hablar con un tipo con cabello oscuro y ondulado, trae unos jeans oscuros y una camiseta blanca, pero veo la pequeña placa metálica sobresaliendo en su cinturón. Suyay le habla en voz baja, llena de pausas y veo como saca la lengua para humedecer sus labios… suelto un gruñido de impotencia por ver pospuesta mi recompensa. A mi derecha, Coral se frota las muñecas, donde unas débiles marcas rosadas son el único recuerdo que queda de las esposas que hasta hace poco la mantenían sometida. Cuando nota mi escrutinio ella me dedica una mirada depredadora. En otras circunstancias podría haber llamado mi atención, pero con Suyay tan cerca, es como reparar en una paloma cuando tienes en frente a un pavorreal.

–Es hora de que ustedes se vayan– ordena Suyay regresando con nosotros. Su mano se coloca sobre uno de mis omoplatos y desciende, lenta y silenciosa, hasta colocarse en la parte más estrecha de mi espalda, dejando estelas de fuego a su paso que se diseminan a través de mi sangre. Cuando lleguen, se encargarán de instalarlos en sus nuevos hogares temporales– dice ella–. Yo los veré más tarde.

Coral avanza hasta entrar en el vagón y se deja caer, como una niña pequeña, en uno de los suntuosos sillones tapizados con cuero.

–Te veré mañana– le digo utilizando deliberadamente el tono familiar que ella me ha prohibido.

Ella me observa con los ojos entornados y los labios en tensión, pero veo en la chispa de su mirada que mi atrevimiento le parece gracioso. Entro en el vagón, que ruge a la vida y luego guarda silencio, inclusive cuando empezamos a movernos y veo a Suyay convertirse en un pequeño punto de color en el momento en que nos alejamos.

"Pronto" pienso mientras nos movemos en el aire.

Llevamos unos veinte minutos en el aire cuando sucede. Estoy distraído, pensando en los motivos por los cuales Suyay decidió retrasar su partida hacia los Juego cuando escucho la voz de Coral llamando mi nombre. En el segundo en que me giro, ella está casi encima de mí.

La única palabra posible para catalogar sus acciones es "ataque". No existe otro apelativo que se ajuste a la forma en la que ella presiona sus manos sobre mis hombros, haciendo que mi cuerpo se estrelle contra los gruesos cristales. Sus labios se mueven, rápidos y seguros, sobre los míos y no espera una respuesta de mi parte antes de que su lengua se cuele en el interior de mi boca.

Sus movimientos son expertos, su determinación es férrea. La chica se aparta, después de unos segundos, para tomar aire. Sus manos se introducen bajo mi camiseta y sus dedos recorren, con desenfado, la dura planicie de mi abdomen. Mi cuerpo reacciona a sus caricias, pero no siento la descarga de adrenalina recorriendo mis venas.

Su boca desciende hacia mi cuello, dejando un reguero de besos sobre mi garganta mientras sus dedos se detienen sobre el dobladillo de mi camiseta y empiezan a levantarla.

Eso es todo lo lejos que le permito llegar:

–Quieta, cariño– le digo tomando sus dos muñecas con una de mis manos, las levanto por encima de nuestros cuerpos y las estrello contra la ventana mientras presiono mi cuerpo contra el suyo, inmovilizándola contra la pared. La veo reprimir un gesto de dolor cuando mis manos rozan la zona en que las esposas la han lastimado, automáticamente aflojo mi agarre. ¿Qué puedo decir? Las mujeres son mi debilidad.

Fijo mi mirada en la suya, con las pupilas dilatadas y los labios hinchados.

–¿Por qué?– pregunta mientras mueve las caderas, frotándose débilmente contra mí–. No finjas que no te gusta.

No tengo que mirar hacia abajo para saber el efecto que ella produce en mí. Siento como la tela del pantalón se siente mucho más ajustada de lo que se encontraba hace unos minutos.

–Soy un hombre– digo encogiéndome de hombros–, pero eso no significa nada. No puedes convencerme.

Como queriendo contradecirme, una de sus piernas, firmes y torneadas, se mueve con insistencia contra mi cuerpo.

–Yo creo que podría hacerlo– dice mientras arquea una ceja y acerca su rostro al mío–. Creo que podría convencerte varias veces.

¡Ah! Podría dejarla intentarlo, pero mientras que la mujer que acabo de dejar en el andén es toda una tentación por su negativa constante, la chica que no solo se ofrece ante mí, sino que además lo hace en bandeja de plata, pierde mi atención de inmediato.

Ella no lo entiende. No sabe que mi interés nace de la adrenalina que surge con la cacería. Que nada atrae tanto mi atención como una negativa. Que el fruto prohibido resulta mucho más tentador que cualquier otra delicia que pueda agitar frente a mi nariz.

–Tú quieres esto tanto como yo– dice arqueando una perfilada ceja al tiempo que se pasa la punta de la lengua por su labio inferior.

Me aparto de ella y acomodo mi ropa. Le dedico una sonrisa lobuna:

–Tú lo que quieres es un guardaespaldas– le digo mientras me dejo caer sobre el sillón– Y lo mejor para ambos será que empieces a buscarlo en otra parte.

Ni se sonroja ni se sorprende. Se echa a reír y se acuesta sobre el otro sofá, reclinando su cuerpo contra los cojines, con la larga cabellera castaña cayendo casi hasta el piso.

–Ya veremos.


Maddox Erwyn, isla Aguamarina


Mi estómago da un vuelco cuando la cabina en que hemos estado viajando, muy parecida al camarote de un yate, empieza a tomar altitud en el cielo.

Nunca había viajado por aire, en Aguamarina todo nuestro sistema de transportes está enlazado con los ríos y el océano. Me mantengo alejado de la ventana, en parte porque no tengo interés en los juguetes que Zafiro ha aportado a los Juegos y en parte porque Éire se ha pasado casi todo el viaje con las manos sobre el cristal y los ojos clavados en el horizonte. Tiene el ceño fruncido y sus labios forman una línea.

El cielo empieza a cubrirse de nubes grises, pero en lugar de oscurecerse, el interior de la cabina se ilumina. Levanto la mirada y noto que todo el techo se ha llenado con una luz blanca.

–Taranis se encuentra molesto por nuestra intromisión– declara Éire sentándose, al fin, en un chaise de color turquesa. Su cuerpo delgado se amolda a las curvas del mueble cuando se recuesta en él, dejando que su cabello, liso y rubio, se extienda en abanico detrás de su cabeza.

–Taranis– interrumpo yo– es una invención humana para explicarle a los tontos de donde vienen las tormentas. Del mismo modo en que Cernunnos ha sido utilizado para explicar la muerte. Son solo invenciones de gente que quiere creer que hay alguien detrás de todo lo que pasa en nuestro mundo.

En cuanto pronuncio el nombre del dios que ella lleva como apellido, veo su figura tensarse, pero no dice nada. Esa ha sido su estrategia desde que nos eligieron. Yo hablo y ella hace como que no me ha escuchado.

La observo con atención. Cada centímetro de su cuerpo cuenta la historia de una vida llena de lujos: la piel lustrosa, el cabello brillante, el vestido ostentoso, un par de tonos más claro que el sillón en que está recostada. Sonrío abiertamente al pensar en lo ridícula que resulta ella: ha mandado a traer ropa a su casa, pues no quiso usar lo que Rhiannon dispuso para ella.

Me pregunto si tiene siquiera noción de lo que ha decidido hacer o si está tan ocupada viviendo en su mundo de dioses y mitos que no es capaz de hacerlo. Un rayo parte el cielo en dos y el vagón da una sacudida. Éire se levanta de su asiento con las manos en la cadera y contempla el cielo como si la tormenta fuera alguna clase de afrenta personal.

Me río por lo bajo mientras estiro las piernas hasta que mis pies quedan apoyados en el chaise en el que Éire estaba recostada hace un momento.

–Créeme que no importa cuanto lo intentes, tu Taranis no escuchará tus mensajes telepáticos.

–No es mi Taranis– dice ella mientras se gira hacia el chaise, en cuanto nota que mis pies se encuentran ahí apoyados, cambia de opinión y elige una butaca hacia la derecha–. Y tú no sabes nada sobre nuestros dioses, tan solo eres un bruto.

–¿Lo soy?– pregunto mientras estiro mis brazos por encima de mi cabeza. He leído más libros en mi vida que nunca persona que conozca, pero no me gusta presumir de ello. La gente tiende a confiarse cuando te subestima y, con Éire, ese parece ser exactamente el camino correcto–. Puede que tengas razón– le digo con un encogimiento de hombros.

Veo como sus ojos claros se deslizan, arriba y abajo, por mi rostro. Intentando encontrar intenciones ocultas en lo que he dicho.

–El hecho de que no creas en ellos aún y cuando los conoces, prueba que eres un…

–Bruto– la corto–. Ya lo dijiste. Ya veremos cuál de los dos resulta tener la razón al final.

Ella desvía la mirada, clavando sus ojos en el cielo, al tiempo que la cabina vuelve a dar un salto.

–¿Es esto seguro?– pregunta Éire de repente. Asumo que no me lo está preguntando a mí, así que sigo su mirada, hacia el rincón en que la Reina Rhiannon se encuentra sentada, de una manera muy informal, en un sillón orejero.

Se ha quitado los zapatos y ha doblado una de sus piernas por debajo de la otra. En sus manos sostiene un objeto rectangular, del tamaño de una hoja de papel, con imágenes que cambian de vez en cuando, pero lleva los últimos treinta minutos con los ojos fijos en una única imagen que no consigo ver desde aquí.

–¿Su Majestad?– pregunta Éire subiendo el tono, al tiempo que hace una mueca.

Rhiannon parpadea, como atraída hacia la realidad y compone una sonrisa a todas luces falsa, por eso me sorprendo cuando Éire copia el gesto y se inclina hacia adelante en su asiento, en una clara muestra de empatía.

–¿Se encuentra bien?– pregunta usando un tono mucho más dulce que el que había estado empleando conmigo.

Los labios de Rhiannon tiemblan levemente, pero ella refrena sus emociones con maestría y le dedica una mirada comprensiva a Éire.

–No pasa nada, estoy algo abrumada, nada más. ¿Verdad que las cosas se ven muy diferentes desde aquí? Es una lástima que no hayamos topado con un mejor clima. No quiero que se sientan preocupados, la posibilidad de una tormenta eléctrica era grande, pero los campos electromagnéticos que mantienen esto en el aire– dice mientras golpea la pared con sus nudillos– no se verán afectados por ello.

Las palabras salen de su boca a gran velocidad, como si no estuviera segura de poder seguir hablando. Ella deja el pequeño aparato sobre la mesa de café frente a ella y yo trato de ver lo que ella ha estado observando con tanta atención, pero estoy a casi tres metros de distancia y solo consigo ver una silueta, aparentemente masculina, recortada sobre un fondo rojo.

Una mirada más atenta a Rhiannon me hace caer en cuenta de que hoy anda con el rostro libre de maquillaje, haciendo que unas ojeras de color violeta destaquen contra su piel pálida.

Por algún motivo, está sufriendo, puedo percibirlo. Considero por un momento la posibilidad de brindarle consuelo o interesarme por sus problemas, ofrecerle la oportunidad de ser escuchada o lo que sea. Pero entonces recuerdo que, a final de cuentas, todos estamos solos en este mundo y yo tengo mis propios asuntos de los cuales ocuparme.

Así que guardo silencio y esbozo una sonrisa enigmática.


Hugo Neisser, Isla Esmeralda


–De verdad, de verdad lo lamento mucho– repite por doceava vez Valkyr mientras se lleva sus manos, blancas y con suaves pecas sobre sus nudillos, a sus mejillas enrojecidas.

–No pasa nada– le digo levantando las manos, con las palmas extendidas hacia ella–. Te juro que no es un problema.

–¿Cómo no va a ser un problema?– cuestiona Amara, mi nueva compañera de isla, mientras se estira, como un gato, sobre su asiento–. Apuesto lo que quieras a que si respiras profundo, harás saltar los botones de la camisa– continúa con una sonrisa.

–¡Mar!– replica Valkyr mientras se vuelve a cubrir el rostro con las manos.

–¿Qué?– replica ella– yo solo digo lo que veo.

El problema está en la camisa que se me ha dado para viajar de nuestra isla al lugar en que nos hospedaremos en la etapa previa a los Juegos: tal vez hace un año podría haberme ido bien, pero el entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo, aunado al trabajo físico en la finca, ha hecho que mis músculos, los cuales nunca habían sido la gran cosa, se desarrollaran. Por lo demás, siempre he tenido hombros anchos, lo que hace que las costuras de la camisa, de color verde botella, se tensen alrededor de mis brazos de manera casi dolorosa, pero nunca he sido del tipo que se queja y, aunque lo fuera, jamás podría hacer nada que pusiera a Valkyr más ansiosa de lo que ya está.

La observo de reojo mientras ella continúa discutiendo con Amara.

Nunca había estado tan cerca de ella. En la vida real, lejos de las cámaras, es aún más hermosa de lo que había pensado, con un cutis suave, el puente de la nariz salpicado de pecas y largas pestañas para enmarcar unos ojos de un verde brillante, como dos verdaderas esmeraldas incrustadas en su cara. El sonrojo asciende desde alguna parte en su cuerpo, para instalarse en su cuello, subir por su mentón y perderse en el rojo de su pelo.

–Nunca había tenido que comprar ropa de hombre ¿de acuerdo?– estalla ella–. No he acertado con la talla – dice en voz baja–. De verdad lo siento mucho, Hugo. Eres mucho más…– ella mueve sus manos en el aire, supongo que queriendo decir que soy más fornido de lo que esperaba.

–¡Ahora lo estás llamando gordo!

–¡MAR!

Amara suelta una risita y, de repente, está sobre sus pies frente a mí. Me aparto, dando dos pasos hacia atrás y ella pone los ojos en blanco.

–Ya vale– dice mientras estira los brazos y suelta, con agilidad, el primer botón de mi camisa.

Me aparto de nuevo, observándola con los ojos como platos mientras Valkyr se cubre el rostro con las manos, nuevamente mortificada. Creo que de no ser porque estamos a kilómetros del suelo, ella ya habría saltado del vagón.

–¿Qué rayos estás haciendo?

Amara se gira, poniéndose una mano sobre la cintura. Trae unos pantalones blancos y una blusa de vuelos de color verde limón.

–Ya cálmense los dos– ordena mientras nos apunta con un dedo–. No pienso abusar de él frente a ti si eso es lo que te preocupa, Valk. El niño bonito ha tenido la genial idea de ponerse una camiseta– dice mientras suelta otro botón, dejando a la vista el cuello en pico de la delgada camiseta blanca que traigo por debajo. Ella termina de soltar los botones y luego tira de la camisa, no sin cierta dificultad, para sacarla por mis brazos–. Problema arreglado– dice mientras la hace una bola y la tira por encima de su hombro–. Ahora si lo que quieres es que salga guapo en las fotos, todo lo que tienes que hacer es volver a ponérsela cuando lleguemos y asunto arreglado. Todos ustedes son muy dramáticos.

Valkyr toma la camisa y la alisa con las manos, luego la cuelga con cuidado sobre el respaldo de la silla y le lanza una mirada entre cariñosa y exasperada a Amara.

–Voy a echar una siesta– anuncia la rubia sin amedrentarse–. Despiértenme cuando estemos por llegar– dice mientras se recuesta en el sillón y se coloca el antebrazo sobre los ojos. No pasa ni un minuto antes de que empiece a roncar. Una risa se escapa de la boca de Valkyr y me parece un sonido de lo más bonito, casi musical, pero cuando se da cuenta de lo que está haciendo, ella se tapa la boca.

–Lo siento– dice ella mientras se deja caer en un asiento y se pasa los dedos por su cabello. Esta disculpa suena distinta a las que ha venido repitiendo durante toda la mañana, capta mi atención de inmediato. Me siento a su lado, manteniendo una distancia que no la haga sentir incómoda.

–¿Por qué? – pregunto curioso. Ella levanta la cara y me mira, parpadeando lentamente, como si no comprendiera mis dudas.

–¿Por qué?– repite ella– ¡Podría estar condenándote a morir!– dice con voz aguda. Agita la cabeza, haciendo que sus rizos, de un brillante color rojo, caigan sobre su rostro y a mí me pican las manos por apartar los mechones–. Nosotros deberíamos protegerlos. Nosotros deberíamos evitar que ustedes sufran.

Es la primera vez que me habla así, sin tapujos, sin máscaras. Ayer fue de lo más formal, una persona correcta, educada… Era una chica cumpliendo un papel. Esta vez, se siente diferente. Y siento como la admiración que sentía por ella se afianza, como si los mismos cimientos de quien soy acabaran de definirse.

Quiero luchar, quiero luchar por ella y por mi país. Porque es lo correcto, porque quiero ser como mi padre y dar todo de mí para proteger lo que quiero, sí. Pero también por ella, porque siento en los huesos la forma en que realmente quiere lo mejor para su gente, para mí.

Ni siquiera lo pienso, simplemente me inclino hacia adelante y apoyo una mano sobre la suya, tan pequeña que parece ser engullida por la mía.

– Está bien– le digo–. Han hecho todo lo que han podido, ahora es nuestro turno. Vamos a luchar con todo. No puedo prometerte que ganaremos, pero iremos con todo a por ello.

Ella me mira, con las pestañas húmedas y lentamente, una sonrisa se extiende por sus labios.

–Gracias, Hugo– es todo lo que dice.

Y para mí es suficiente.


Joao Caveira, Isla Marfil


"Se llama Aaliya, no es Sisoli, no es Sisoli" repito una y otra vez en mi cabeza mientras veo a la chica, casi una niña, con las manos pegadas al cristal mientras observa, maravillada, el mundo como nunca lo había visto antes.

Su rostro se ha suavizado, libre de preocupaciones de nuevo, a pesar de que tiene los ojos ligeramente hinchados por el ataque de llanto al que ha sucumbido durante la madrugada. Tiene una sonrisa amplia y preciosa, que deja al descubierto unos dientes blancos, grandes y ordenados. Creo que es ese gesto, más que cualquier otra cosa, lo que me hace pensar, inevitablemente, en la hija que perdí.

Sisoli tenía el mismo tipo de energía, la misma felicidad que brillaba como un sol de verano.

Desde un rincón, Sharik la observa, con esos ojos que me recuerdan a un león agazapándose para atacar a su presa. Me preocupa. Me preocupa lo que sucederá con Siso… con Aaliya en el momento en que tenga que dejarla ir a la Arena. Sobre todo después de que Sharik haya dejado en claro que no aprueba el hecho de que ella haya desobedecido sus votos conyugales.

Mi posición con respecto a los matrimonios por conveniencia es una de las cosas que más detractores me ha traído desde que asumí el poder. Nunca he estado de acuerdo en que niñas que apenas han empezado a vivir, tengan que someterse a esa clase de crueldad. El estar atada por el resto de su vida a hombres que muchas veces llegan, inclusive, a triplicar sus edades debe ser una situación desesperante. En el caso de Aaliya, he estudiado el caso y sé que no existen pruebas de que él la maltratase y que la diferencia de edad no era demasiado amplia, pero ella, un alma libre, no era feliz.

A pesar de que era la costumbre, nunca sometí a Sisoli a eso. Me habría gustado que, llegado el momento, se casara por amor y me diera hermosos nietos a los que pudiera malcriar cuando empezara a peinar canas, pero la vida no funciona de esa manera.

"El hombre propone y Dios dispone", esa ha sido siempre mi filosofía.

Sharik observa a Aaliya con el ceño fruncido, como si fuera un rompecabezas al que le faltan piezas.

–¿Pudiste dormir bien, Sharik?– pregunto para desviar su atención.

La estratagema no funciona de inmediato, él se tarda unos segundos en despegar su mirada de la chica, tiempo suficiente para que ella note el silencio que sigue a mi pregunta y que gire la cabeza para ver que entretiene a su compañero. Veo como los dedos de su mano derecha, la más cercana a mí, empiezan a temblar cuando nota el cruel escrutinio, pero aprieta los dientes y sostiene su mirada, sin dar más muestras de miedo.

–Tienes los ojos hinchados– señala Sharik mientras se inclina hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.

–No estoy acostumbrada a no dormir en casa– dice ella echándose hacia atrás para apartarse del cristal– tuve problemas para quedarme dormida.

–"No darás falso testimonio"– le responde Sharik mientras se lleva distraídamente una mano a la cara y frota su ojo derecho– eres una mentirosa.

Aaliya se estira, levanta la barbilla con obstinación y pone sus manos a ambos lados de su cadera:

–No soy una mentirosa– contesta con una voz que no tiembla.

–Dios me ha dicho que has estado llorando.

Ninguno de los dos, ni Aaliya ni yo, sabemos que contestar a eso. Ella porque no es creyente. Yo porque me parece difícil de entender que Dios le hable a este muchacho y sin embargo, guarde silencio cuando le suplico su consejo.

Ambos sabemos que él debe haber escuchado la pequeña crisis de Aaliya en la madrugada, tal vez inconscientemente mientras dormía, pero ¿por qué decir entonces que ha sido obra de Dios el que él se enterara?

–Has llorado porque sientes culpa y haces bien – continúa él con vehemencia–. El arrepentirte por tus pecados es el primer paso. ¿Cómo harás para purgarlos? ¿Cómo probarás que eres digna de Él?

Aaliya deja caer las manos a ambos lados de su cuerpo, en donde las transforma en puños.

–No necesito probar nada, Sharik– dice con lentitud–. Yo no creo en tu dios, sea quien sea, no significa nada para mí– no es necesario ver las palabras escritas para saber que ella ha usado la palabra dios en minúscula. Su Nombre no significa nada para Aaliya.

Él se mueve tan rápido entonces, que es difícil verlo. En un momento está sentado sobre una silla al fondo de la cabina y al siguiente está sosteniendo a Aaliya por el cuello, golpeando la parte posterior de su cabeza contra el cristal.

Casi espero ver la telaraña de fisuras esparciéndose por la superficie, pero el material aguanta el golpe, lo que me hace pensar que el impacto lo ha absorbido la cabeza de ella. Me pongo de pie de un salto, preguntándome de qué forma, desde mi debilidad, puedo socorrer a mi niña.

La escena me devuelve en el tiempo y vuelvo a ser el padre desesperado que sostenía sus propias entrañas con sus manos mientras veía, impotente, como la vida abandonaba los ojos de su hija, mientras las manos del hombre se cerraban, milímetro a milímetro, alrededor de su garganta.

Pero esta vez no me estoy muriendo. Esta vez puedo hacer algo.

–¡RETRÁCTATE!– ordena él con voz grave–. Como siervo del Señor te ordeno que te retractes o que te prepares para el fuego eterno de la condenación.

Sin embargo, Aaliya no es Sisoli. El miedo en su rostro dura dos segundos y entonces la pequeña guerrera que se ha estado formando en ella durante un año toma el control de su cuerpo. No se molesta en arañar las manos que bloquean el paso del aire a su garganta, en su lugar dirige sus manos, con dedos largos y delgados, hacia el rostro de Sharik y desliza sus uñas por sus párpados, ganándose un grito de dolor, entonces convierte su mano izquierda en un puño y lo descarga sobre el ojo derecho de Sharik, el mismo que él había masajeado hace un momento.

El efecto es inmediato, él la suelta y ella resbala, como una muñeca de trapo, hacia el suelo, donde se queda repantigada y empieza a toser.

Sharik retrocede hasta que su espalda choca contra la otra pared y yo me arrodillo en el suelo para atender a Aaliya. Retiro sus manos de su cuello con delicadeza y veo las manchas rojas que han aparecido en su piel, mañana se convertirán en moretones.

El verla viva me llega hasta lo más hondo del alma. La envuelvo con mis brazos. Ella ni siquiera me presta atención.

–Que te quede claro, Sharik: tu no me ordenas nada– dice enseñándole los dientes, como alguna clase de parodia de la sonrisa que mostraba unos minutos atrás– Tu dios no estuvo ahí cuando lo necesité. No le debo nada ni él ni a ti.

Y mi corazón se encoje por el resentimiento que esta pequeña criatura guarda en lo más profundo de su ser.


Makemba Lagos, Isla Ámbar


Hissène observa a Elíma con el mentón apoyado sobre su mano extendida. Su rostro se mantiene libre de expresión, pero sus ojos oscuros contemplan con atención la figura, demasiado delgada, de la muchacha.

Se ha cortado el cabello al rape y de sus rizos oscuros ahora no queda más que el recuerdo. En consecuencia, su rostro luce más afilado, más fuerte. Ella levanta la mirada y descubre los ojos de Hissene sobre ella.

Desvía la mirada antes de preguntar:

–¿Qué?

El chico, que fácilmente puede doblarle el peso, parpadea una vez.

–Te ves… diferente.

Una débil sonrisa aparece en su rostro y ella se lleva una mano a la cabeza, pasando la palma sobre la superficie en donde su cabello rizado apenas si alcanza unos milímetros de altura.

–Me siento diferente– dice encogiéndose de hombros–, soy una persona diferente.

Los estudio a ambos mientras siento la presencia, cálida y segura, de Saleel detrás de mí. No llega a tocarme, pero mi piel hormiguea ante su cercanía y la criatura que crece en mi interior salta en mi vientre, sintiéndose dichoso o tal vez percibiendo el poder que emana de su esencia.

Aaliya ha sacado una botella de agua del pequeño frigorífico y la sujeta contra su cuerpo de la misma manera en que los niños pequeños se aferran a sus mantitas de bebé. Bebé.

Me llevo una mano al estómago y siento la pequeña protuberancia que se construye en mi interior. Ya resulta evidente, pero logro mantener el secreto gracias a los amplios vestidos que utilizo, sin embargo, la semilla de Saleel ha echado raíces y crece, como un árbol, en mis entrañas. Si las cosas salen como espero, con Hissène y Elíma avanzando en las diferentes etapas de los Juegos, estaré bajo el ojo crítico de los medios de todas las islas. Es inevitable que todos terminen por darse cuenta.

La fortaleza de ella me preocupaba. No fue la primera elección de Uukulunkulo, no fue la última en quedar en pie y a duras penas logró mantenerse consciente mientras los loas danzaban alrededor de la hoguera, separando a los fuertes de los débiles, eligiendo a quienes podían hacerse con la corona y a quienes no. El dios no la eligió. El dios no la señaló como la ganadora. Y, sin embargo, aquí está.

En el momento en que Amber, la mujer seleccionada, anunció su estado, mi propio hijo saltó dentro de mi vientre, como si intentara protegerse de la sentencia de muerte que se estaba colocando sobre su igual. Puede que ella estuviera preparada, pero la Arena no es el lugar para una criatura que aún no nace. No habría sobrevivido.

Las políticas en Ámbar son muy claras con respecto a la reproducción: si estás en la capacidad de tener niños, entonces tienes la obligación de hacerlo. No podemos darnos el lujo de desperdiciar los genes de aquellos cuyos ancestros lograron vencer el daño que la vacuna para salvar sus vidas del VIH, causó a sus códigos genéticos.

Mi mano traza lentos círculos sobre mi vientre, mientras siento al pequeño moviéndose en mi interior, acomodándose mejor para tomar una siesta.

De no haber sido porque ambas compartíamos la misma condición de madres ¿habría permitido que ella eludiera su compromiso? ¿Habría ignorado los designios del dios de la vida y la muerte? La criatura se remueve, repentinamente inquieta, como si entendiera mis pensamientos.

"Tranquilo", pienso mientras me reclino en el asiento, "jamás podría hacerle daño a alguien como tú".

La muerte como tal no me incomoda, al igual que el sexo, los sacrificios, especialmente de animales, son una cuestión más bien común dentro del vudú. Los espíritus suelen pedir sangre, así que no, no me molesta ser yo quien deslice el cuchillo a través de una garganta o el que mis manos se conviertan en cuencos para recoger el líquido vital que circula por las venas. Sin embargo…

Mi mano recorre el montículo de arriba abajo. Con un niño indefenso, que nunca ha estado fuera del vientre de su madre, las cosas cambian. No soy capaz de dar una orden que culmine con el vil asesinato de un niño indefenso.

Levanto la mirada, Elíma se ha puesto de pie y se encuentra apoyada contra el cristal, con las manos curvadas alrededor de sus codos. Hissène no se ha movido de su lugar, sigue sentado, con las poderosas piernas separadas, su mirada sigue la figura frágil y delicada de ella. Pero la cuidadosa máscara de indiferencia ha cambiado un poco. Sus cejas se han encuentran dobladas hacia el centro, arrugando ligeramente su frente. Se encuentra confundido.

¿Por Elíma o por algo más?

Una voz mecánica nos sobresalta a todos cuando anuncia que volvamos a los asientos y nos preparemos para nuestro descenso. Elíma se separa de la ventana mientras Hissène aparta la mirada de ella para redirigirla hacia sus propias manos. Saleel no acata la indicación, se queda rígido detrás de mí, mientras dejamos de viajar en horizontal para empezar con un descenso lento. Hasta que veo como debajo de nosotros surgen los contornos de la diminuta isla que nos servirá como hogar durante las próximas semanas. Veo por la ventana como los nueve vagones restantes empiezan a emerger desde diferentes puntos en el cielo.

En el momento en que tocamos tierra, retiro la mano de mi vientre, mientras la puerta se abre. Un chico que no debe tener más de diez años, traído desde nuestra isla, aparece al otro lado, hace una reverencia y me pregunta en nuestra lengua si puede recoger nuestras maletas. Le doy un seco asentimiento y él entra jubiloso en la pequeña prisión metálica que nos ha traído hasta aquí.

Doy un paso hacia afuera. Essus ha coordinado los viajes de manera que todos tocáramos tierra al mismo tiempo. El andén es redondo, con un solo camino que atraviesa el centro del andén y que conecta con el resto de la isla. Dos pequeños peldaños han brotado de la base de la cabina aérea y permiten que descienda al andén. A mi derecha, se encuentra el transporte de Joao, mientras que a la izquierda veo el de Veronique. Los diez forman un círculo, con el aerotranvía de Oberón en la punta, en donde estaría el uno en un reloj gigante, hacia abajo se encuentra el de los esmeraldas, luego Aguamarina y así continúa, hasta cerrar el círculo con el transporte del que se baja Radhika.

Elíma y Hissene se acercan, curiosos, a la puerta.

–Bienvenidos a isla Perla– les digo con una sonrisa.


Hola! Oficialmente el primero de los capítulos más largos. Como pueden ver, está dividido en dos partes: la noche de las Selecciones, previas al viaje hacia Perla y el viaje propiamente, es decir el día 2. Espero que les haya gustado. Algunos personajes me han sorprendido bastante con sus interacciones ya sea con los líderes o con sus compañeros.

Cada capítulo a partir de ahora tendrá dos bonus de gobernantes. Así que queda parecido a un SYOT normal con 12 POVs por capítulo. ¿Qué les ha parecido?

Premiaciones:

Les recuerdo que hay premios para los primeros en comentar. Premiaré a los CINCO primeros lugares y voy a tratar de publicar en diferentes horarios, en atención a que hay lectores americanos y europeos, así que para ser justa trataré de intercalar las horas. Muy posiblemente las publicaciones van a seguir siendo sábados o domingos.

De nuevo no voy a explicarles que es exactamente el premio, porque no quiero quemar un hermoso POV de uno de los siguientes capítulos, pero hay tres categorías de regalo:

Cada punto individual hace un regalo categoría 3.

Tres puntos hacen un regalo categoría 2.

Cinco puntos hacen un regalo categoría 1, que es la más alta.

Este es el marcador actual:

Jacque–Kari: 5 puntos (felicidades, tienes un premio categoría 1!)

Patriot: 3 puntos (felicidades, tienes un premio categoría 2!)

Naty_mu, Camille Carstairs, Bermone, Yolotsin Xochitl, Mary DC y Siri Tzi: 1 punto cada una.

Felicidades a todos los ganadores.

Una aclaración: en los primeros cuatro capítulos, como aún no había explicado que había premio, le otorgué puntos solo a los comentaristas estrella. Pero a partir de ahora ganan los primeros cinco comentarios. Ojo que deben ser comentarios completos, no valen los "Leí y me encantó."

Preguntillas:

1. ¿Cuál fue tu POV preferido de estos 12 (incluye a gobernantes) y por qué?

2. Del contexto en que se desarrolla la historia, ¿qué es lo que más te ha sorprendido hasta ahora?

3. ¿Cuál crees que sea la mayor dificultad a la que se enfrentarán los Campeones en su estadía en Perla?

4. ¿Qué expectativas/ideas tienes sobre la vida en Perla?

Regalos en el blog

Yolotsin Xochitl, la mamá de Elíma, me ha dejado un precioso regalo que he compartido en el blog para que también puedan verlo. Me ha encantado como encuentran nuevas formas de ser artísticos todos ustedes.

Pueden encontrar el regalo en la misma sección en que están los otros dos.

Creo que eso sería. Estoy tratando de ir respondiendo sus reviews, pero estoy con dos trabajos a medio tiempo y a veces se me complican las cosas, así que sepan perdonarme si acaso se me va alguno o me tardo. Ya saben que sus preguntas son bienvenidas. Espero todos se encuentren bien.