Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


8. Torre de Babel

Día 2


Veronique Simo, isla Ónice


La llegada a la estación se convierte en un arcoíris de etnias, idiomas y religiones.

La piel oscura de los Campeones de Marfil y Ámbar contrasta con el blanco níveo de los diamantes y los esmeraldas. Sin duda nuestros muchachos componen un grupo variopinto. Incluso Raif y Kheira, con sus pieles oliváceas, lucen muy distintos a los chicos de Suyay, con sus teces doradas.

Una chica, de unos dieciséis años, se apresura a bajar mis maletas y a colocarlas sobre un carrito que flota a diez centímetros sobre el suelo. Raif se gira para decirle algo a Kheira, pero el barullo en la estación, con la mezcla de idiomas, hace que sus palabras se pierdan en el viento.

En Diamante hablan en alemán, en Esmeralda francés, en Aguamarina hablan portugués, los rubíes hablan en ruso, mientras que los marfiles lo hacen en swahili. En Zafiro la lengua oficial es el inglés, mientras que en Cuarzo hablan en español y en Amatista hablan en hindi. En Ámbar utilizan el bambassi, el cual, curiosamente, no era el idioma más utilizado en la zona al momento de la segmentación por islas, pero las aldeas que lo hablaban fueron las que tuvieron más sobrevivientes al VIH y, por lo tanto, fue el que perduró a través de su historia. Por último nosotros, los ónices, hablamos en árabe.

Las voces empiezan a subir de volumen, cada grupo de personas tratando de hacerse oír por encima de las conversaciones ajenas. No es la primera vez que estoy en una multitud, tratando de separar una conversación propia de otras que transcurren en paralelo, pero el efecto es diez veces peor cuando, además, debes separar tus palabras de otros idiomas. Los rubíes hablan utilizando vocales fuertes y las erres y las kas parecen predominar en sus palabras, aunque son los que utilizan el tono más bajo y moderado de todos. La rubia de Esmeralda habla con energía, usando vocales casi líquidas que suenan curiosamente musicales en su lengua francesa.

Veo al chico de Joao cubrirse los oídos con las manos mientras desplaza la mirada por los pequeños grupos alrededor, su mandíbula se encuentra tensa y, a esta distancia, juraría que tiene algún problema en la coloración de sus ojos, porque ambos orbes lucen distintas, aunque podría tratarse de un efecto en la iluminación.

Finalmente, Essus Gwynn se separa de su grupo y camina, con zancadas largas y elegantes, hacia el punto en que Valkyr Daalh está discutiendo acaloradamente en francés con su Campeona. Cuando él llega hasta su grupo, en donde ella está de espaldas, la chica rubia abre mucho los ojos y muestra una hilera de dientes blancos en una amplia sonrisa. Valkyr la ve con sus cejas rojizas curvadas con confusión hasta que Essus la sujeta del hombro, entonces ella se gira rápidamente y su rostro se enciende.

Él le habla, con sus labios curvados hacia un lado en una sonrisa seductora. Me pregunto si lo hará a propósito. El gesto me hace fruncir el ceño, pues temo que la joven Valkyr está cediendo un terreno demasiado precioso en tiempos de guerra. Todos somos adversarios de aquí en adelante y ella no debería facilitarle el acceso a sus chicos a un hombre que la mira de la manera en que Essus lo hace.

–No sabía que íbamos a estar todos juntos desde el principio– señala Raif mientras se mueve con movimientos elegantes y se coloca delante de Kheira que aún no tiene buen aspecto después de lo que le ha pasado durante el vuelo. Veo como ella deja de entrecerrar los ojos a causa de la brisa marina que corre sin parar a nuestro alrededor y descubro, con cierta autosuficiencia, que el movimiento del chico ha sido calculado: se ha movido para bloquear con su cuerpo el fuerte viento que molestaba a su compañera.

"Tal parece que empiezan a entenderse"

–Algunos consideraban que sería más oportuno el soltarlos a todos en la Arena, sin relación previa para que no llegaran a percibirse unos a otros como… – iba a decir personas, pero el sustantivo llega a sonar incorrecto. De una u otra forma nos hemos encargado de deshumanizar a un puñado de jóvenes que tendrán que jugarse el cuello para cumplir con nuestros deseos– iguales – digo al final–. Sin embargo, más tarde se enterarán de que hemos establecido unas cuantas reglas especiales. No tenía sentido el aislarlos a unos de otros cuando, al final, quien gane tendrá que encontrar la manera de unificar a diez naciones.

–Ya. Pero tampoco suena lógico esto de jugar a las casitas– dice Kheira mientras hace una mueca–. Es como si nos incitaran a hacernos amigos unos de otros y luego nos hicieran escupirnos a la cara. ¿No?

Su franqueza me hace sonreír.

–Tienes razón. Pero en cualquier caso es mejor empezar a dar la idea de que la convivencia no es una cosa imposible. Adáptense lo mejor que puedan.

De alguna manera, me siento como una madre dándole un empujón a un niño en su primer día de escuela para que vaya a hacer amigos.

–Va a ser como jugar charadas– dice Kheira mientras ve de reojo a los chicos de Makemba, ambos con las cabezas rapadas, hablando en bambassi uno con el otro mientras la emperatriz de Ámbar, con su elegancia habitual, se gira para hablar con su bokor–. ¿Cómo pretenden que convivamos si ni siquiera tenemos idea de lo que están diciendo?

–No te preocupes– le digo mientras la tomo del hombro– Nosotros cuidamos de los nuestros.

Antes de que cualquiera de los dos pueda preguntarme nada al respecto, Essus se adelanta y toma un objeto cilíndrico que una chica rubia y delgada, alguien de su servicio, le ofrece. Su voz resuena amplificada cuando lo acerca a su boca.


Nayara Banks, Isla Zafiro


Carlens mira al Príncipe Essus con desinterés cuando él se adelanta con un micrófono en la mano.

–¡Bienvenidos sean todos al que será su hogar durante la siguiente semana!– dice él utilizando un tono medio entre su usual vivacidad y la sequedad que parece manar en olas de los demás líderes, exceptuando tal vez a la chica con el cabello rojo, apenas un poco mayor que yo, que está con los esmeraldas.

En cuanto la frase termina, él hace una pausa y a través de los altavoces empieza a sonar lo que supongo es lo mismo, pero en diferentes idiomas: Bem–vindos sejan tudos à que será sua casa pela próxima semana! Soyez les bienvenus…! Willkommen…! Reconozco vagamente el portugués, el francés y el alemán, pero en cualquier caso,te das cuenta de cuál es el idioma que está utilizando porque puedes los grupos de cada isla levantan un poco su rostros cuando les hablan en el suyo, con sus ojos brillando en comprensión.

La voz que se encarga de realizar la traducción es impersonal, hace las traducciones de manera mecánica, sin imprimirle tono a las palabras. Se parece a los sistemas de Ama de Llaves más viejos.

–Será una semana muy larga si van a estar traduciendo cada maldita cosa que a cada persona se le ocurra decir– murmura Carlens mientras me da una media sonrisa.

Sus cambios de humor están empezando a darme dolor de cuello. Cuando quiere, puede ser una persona muy agradable con la que el hablar resulta muy sencillo, pero ha tenido dos accesos de mal humor en el aerotranvía, muy parecidos a los que ha tenido anoche cuando he ido a presentarme.

"Peligroso" la palabra parece surgir sobre su cabeza cada vez que volteo a verlo. ¿Puedo confiar en una persona que a un momento es todo sonrisas y al siguiente me está diciendo que me largue?

"Igual no has venido aquí a hacer amigos ¿recuerdas?" Mi subconsciente me hace ver lo evidente. "Si quieres ganar, entonces Carlens y todos los demás tienen que morir. ¿En dónde está el problema de que no le caigas bien todo el tiempo?"

Pero siempre he sentido la necesidad de tener la aprobación de los demás. Una vida entera de ser tomada a menos por mis padres me impulsa a ser así.

Pienso en Simon y como poco a poco están empleando el mismo método de crianza con él. ¿Será lo suficientemente fuerte para soportarlo? Saimon, que se echa a llorar cuando a mamá le regalan flores, porque las flores deberían seguir creciendo en la tierra en lugar de ser cortadas para servir de adorno sobre una mesa. Saimon, que cuida donde pisa para no ir a aplastar a las ordenadas filas de hormigas que tienen su colonia en nuestro jardín. ¿Será capaz de soportar esa clase de presión?

Algo se agita en mi interior cuando pienso en su suave presencia siendo destruida por la incomprensión. Si vuelvo como la ganadora de los Juegos… Si gano… Podría hacer lo que quisiera. Podría llevarme a mi hermano, podría mimarlo como merece, o tal vez mis padres, al ver la forma en que he triunfado, conseguirían cambiar su forma de ser hacia nosotros. Dejarían de presionarnos y entenderían que somos capaces de ser exitosos sin tener que…

Mi hilo de pensamiento se ve interrumpido cuando veo que los tríos de cada país empiezan a moverse en tropel.

–¿De qué me he perdido?

–Essus ha dicho que todos debemos ir al anfiteatro antes de que nos muestren el lugar en que van a hospedarnos. Sea donde sea eso– dice encogiéndose de hombros–. Por cierto, te has perdido de todo su discurso sobre la forma en que valoran nuestro sacrificio y como esperan que nuestros momentos en este lugar sean de nuestro agrado– dice con un brillo peculiar en sus ojos, de un increíble color azul–. Creo que ha omitido decir la parte de que serán "los últimos momentos" para un 95% de nosotros, pero ¡a quién le importa! ¿no? – dice con inusual crudeza.

Los diamantes, que pasan casualmente a nuestro lado en ese momento, giran la cabeza ante su tono, pero como no entienden lo que ha dicho, siguen de largo.

–Nosotros elegimos esto– le recuerdo.

–Lo hicimos, sí– acepta él mientras extiende distraídamente un brazo para tirar del mío, evitando que choque contra una farola bellamente labrada en metal.

–¿Han dicho en donde nos encontramos?

–¿Te has perdido de todo lo que ha dicho?– pregunta burlón.

–Me he distraído un poco– digo encogiéndome de hombros– ¿Un resumen?

–Es un segmento que se desprendió de Aguamarina y quedó en medio del mar. Lo han llamado Isla Perla.

–Muy pertinente– murmuro mientras me detengo en seco antes de darme de bruces contra un cuerpo cuando uno de los Campeones se detiene frente a mí. Cuando recupero el equilibrio noto que tiene la piel bronceada, podría ser el cuarzo o el ónice.

–¡Oye, cuidado!– exclama Carlens y estoy a punto de pedirle disculpas, cuando me doy cuenta de que no es a mí a quien le está hablando.

El hombre, un par de años mayor que nosotros, se gira y le dedica una mirada arrogante. Cuando habla, lo hace en español. Es el campeón de Isla Cuarzo entonces.

No llego a entender lo que dice, pero, por su tono, está claro que no es una disculpa. Sin embargo, cuando se gira hacia mí, su boca se curva en una sonrisa que solo puedo describir como seductora.

Siento mis mejillas arder ante lo poco sutil del repaso que hace de mí, empezando por las bailarinas de color azul, subiendo por los jeans ajustados y tomando nota de la camiseta de manga corta con cuello cuadrado. Es el tipo de chico que podrías ver en un anuncio de ropa deportiva y lo imagino incluso modelando un par de bóxers ajustados. Y entonces me siento aún peor.

Carlens levanta las manos, convertidas ahora en puños y el hombre le dedica una mirada divertida.

¡Oh no! Sujeto a Carlens del brazo, dispuesta a intervenir en caso de que decidan empezar a pelearse, pero antes de que las cosas pasen a más, la que supongo es la chica de Cuarzo aparece y coloca una mano sobre el pecho de ambos varones.

La escucho decirle algo al oído a su compañero, que frunce el ceño y, después de dedicarle una última mirada de superioridad a Carlens, continúa avanzando.

La mujer, que en un principio había pensado que traía zapatos de tacón, es más alta que Carlens. Le dedica una sonrisa a mi compañero que hace que me sienta incómoda y luego se va detrás de su compatriota.

Espero ver a Carlens con los dientes apretados y el rostro rojo pero, cuando volteo, tiene la cara completamente relajada, observando a una pareja de aves que vuelan rodeándose una a la otra.

"Este chico significa me meterá en un lío tarde o temprano", pienso mortificada.


Coral Pareira, Isla Cuarzo


–¿Causando problemas desde el día uno?– digo mientras rozo uno de los abultados bíceps de Khalil con las uñas.

–No te metas en mis asuntos– dice él con un gruñido mientras aparta el brazo.

–Me siento algo huérfana aquí– continúo como si él no hubiese dicho nada–-. Todos van como pollitos detrás de sus líderes y Suyay no se ha dignado a aparecer.

Él se encoge de hombros con estudiada indiferencia.

–Ha de estar ocupada– dice mientras da grandes zancadas que yo no tengo problema en seguir gracias a mis largas piernas–. No todos pueden dejar las cosas tiradas y venir cuando se les llama.

–Ah… pero esa era su obligación ¿no? Los otros nueve sí que lo han hecho– digo mientras retuerzo mi cabello en lo alto de mi cabeza y lo anudo en un moño que sujeto con la goma elástica que traigo alrededor de mi muñeca–. No te engañes, no ha decidido faltar a esta parte de la actividad porque tuviera muchas cosas que hacer, lo ha hecho para probar que puede. Que su agenda no se sujeta a lo que todos los demás quieran imponer.

Bajo la mirada torva que él me dedica, veo la comprensión y la inteligencia brillando en sus ojos oscuros. Puede que sea una masa de músculos, pero no es un idiota como había pensado al principio. Descubrió muy rápido la verdad tras mi estrategia de seducción y, a pesar de que a todas luces es una persona muy sexual, está claro que utilizarlo no será tan fácil como lo había pensado en un principio.

Khalil tuerce hacia la derecha en una zona en que los caminos se bifurcan y yo doy un traspié, deteniéndome.

–¿A dónde vas?

Él se detiene y gira el torso para encararme.

–Vamos al anfiteatro ¿no?

–Ajá.

–El letrero dice que es por aquí– dice apuntando una placa de madera, con lo que supongo es la misma palabra escrita en los diez idiomas. Como el camino se divide en dos, el texto está dividido en dos columnas. Uno apunta hacia el camino que ha elegido Khalil y el otro tiene una flecha que apunta hacia la derecha.

–¿Se han ido los demás por aquí también?– pregunto con duda.

–¿A quién le importa?– dice él frunciendo el ceño. Giro el cuello para ver si consigo ver a los demás campeones, pero el amago de pelea de Khalil con el zafiro nos ha rezagado y ya no se ve nadie, exceptuando a los dos zafiros que se han quedado atrás y están discutiendo sobre algo.

Intento que las letras me digan algo, pero ni siquiera consigo reconocer la palabra que está escrita en español, aunque tengo una vaga idea de cuál podría ser pues muchas de las letras de los otros idiomas resultan completamente desconocidas para mí.

"Anfiteatro", repito en mi cabeza. No tengo ni idea de cómo se escribe, la cual es una de las complicaciones que supone el haber abandonado la escuela antes de dominar el sutil arte de aprender a leer y escribir.

–¿Coral?

–Ya. Tienes razón– digo para corregir mi desliz. No me conviene exponer de manera tan temprana mis limitaciones. La falta de educación nunca me ha supuesto una barrera demasiado difícil de superar y no voy a permitir que esto venga a ser una excepción.

Khalil estudia mi cara por unos segundos más y luego sigue caminando, sin importarle si lo sigo o no.

La estructura del lugar me recuerda a las villas vacacionales con que cuenta Cuarzo para la gente que puede permitirse el lujo de rentar casas para ir a relajarse. La isla no debe ser demasiado grande, pues a pesar de que hemos caminado un par de kilómetros aún puedo oír el constante batir de las olas en alguna parte. Hay palmeras dispuestas a ambos lados del camino, cargadas de frutos maduros y el ambiente huele a sal, aunque no se siente particularmente húmedo. Los caminos están cubiertos de adoquines claros y hay farolas intercaladas con las palmeras que, asumo, se iluminarán cuando el sol deje de brillar.

–¿Por qué crees que han decidido traernos a todos a la misma isla?– pregunto mientras troto un poco para alcanzar a Khalil.

–¿A qué te refieres?

–¿Qué sentido tiene hacer todos estos gastos? Deben haber tomado una fortuna el convertir un pedazo de tierra a la deriva en todo esto– digo mientras señalo las cosas a mi alrededor con la mano–. ¿Por qué no simplemente hacer un estadio y soltarnos a todos para que nos matemos?

El rostro de Khalil se ensombrece.

–No lo sé– dice él, pero sé que me está mintiendo – Sic semper tyrannis.

–¿Qué?

Sus labios se curvan en una sonrisa.

–Nada.

Lo dejo pasar, porque si nos ponemos a tener una discusión sobre cultura posiblemente saldré perdiendo.

–¿Has pensado lo que te dije sobre aliarnos?

–¿Sobre ser tu guardaespaldas?– corrige él– Ya te dije que no pasará. No pienso entrar con ningún lastre a la Arena.

–No soy un lastre. Me han elegido por encima de un montón de gente.

–Tal vez– dice él– Pero sea como sea terminarás en el mismo agujero que todos los demás.

–Ya te encargarás de eso tú mismo ¿no? Es eso lo que me estás queriendo decir.

–Te lo pondré así: mientras más distancia pongas entre nosotros dos, más probabilidades tendrás de sobrevivir un poco más.

El instinto de supervivencia siempre ha sido uno de mis grandes aliados. Por eso, cuando Khalil dice las palabras y me mira directo a los ojos, se inmediatamente que no está alardeando. Mi mirada resbala hacia abajo por su cuerpo y reparo, por primera vez, en el número tatuado en el interior de una de sus muñecas.

"Hijo Terrible"

Es como si de repente estuviera esperando a una víbora o a una pantera. Una criatura indudablemente bonita, pero que puede tornarse peligrosa en cualquier momento. Conocí a uno cuando era un poco más joven, pero no parecía, ni de lejos, tan mortífero como Khalil.

Él sigue la dirección de mi mirada y su boca forma una sonrisa muy diferente. Ya no hay seducción, sino puro peligro.

Cuando se aleja, no lo sigo.


Éire Cernunnos, Isla Aguamarina


El anfiteatro resulta ser un escenario circular, rodeado por veinte butacas de un material desconocido que parece flotar por encima del suelo, sin patas ni soportes. Calculo que hemos caminado unos tres kilómetros desde el punto en que nos dejaron al llegar hasta aquí.

Observo el punto en que una de mis sandalias ha herido mi pie derecho. Una línea rojiza sigue en paralelo una de las tiras de cuero primorosamente trabajado.

"Un cuerpo mortal para una esencia divina", pienso con amargura, "que combinación tan desafortunada"

–¿Sufriendo, princesa? pregunta Maddox mientras se deja caer de cualquier manera en uno de los asientos. Desde este ángulo, noto que tienen forma de hoja, con una ligera curva en el asiento y sin soporte para los brazos. El mueble desciende unos centímetros bajo el peso de Maddox y luego vuelve a ascender, manteniendo sus pies rozando apenas el suelo. – Ponerse esos zapatos ya no parece tan buena idea ¿eh?

Maddox me mira, jugueteando con un mechón de su cabello largo y despeinado.

–No me llames princesa– digo sin alzar la voz mientras me siento, con cuidado, en el asiento a su lado.

–¿Por qué no? ¿No has estado actuando como una desde que todo esto empezó? Me sorprende que incluso no le pidas a Rhiannon que empiece a hacerte reverencias.

–Hay un gran diferencia entre comportarse de manera digna y hacerlo como si te hubieran criado los lobos– digo apuntándolo–. No te engañes, puede que vengamos del mismo sitio, pero somos muy diferentes.

–Ya. Lo he notado– dice él echándose a reír, con un sonido ronco y gutural.

–¿Por qué siempre estás buscando la manera de meterte conmigo?– pregunto mientras extiendo la vaporosa tela del vestido sobre el asiento, para evitar que se llene de arrugas.

–¿Yo?– pregunta él, completamente ofendido– Te recuerdo que eres tú la que me ha llamado bruto cada ¿dos? ¿Tres palabras?

–Porque lo eres.

–Y tú te comportas como una niña mimada. Así que "princesa" no anda muy desencaminado.

–Dejaré de meterme contigo cuando dejes de comportarte como un neandertal.

–Dejaré de meterme contigo cuando deje de resultar tan divertido– dice él echándose a reír.

Cuando levanto la mirada me doy cuenta de que algunos de los otros Campeones nos están viendo. Una chica de cabello oscuro y brillantes ojos de un pálido color azul me dedica una sonrisa. Copio el gesto por inercia. La gente resulta tan rara que he optado por empezar a reflejar lo que hacen los demás, por lo general suele ser la respuesta esperada. Una sonrisa se corresponde con una sonrisa.

Ella estira la mano y me dice:

–Elisabeth Zuckerman– ella pronuncia las sílabas lentamente, para evitar que se pierdan en la marea de acentos e idiomas que nos rodean a todos hoy.

Observo su mano confundida.

–Creo– señala Maddox inclinándose– que te está saludando, princesa.

–Ya lo sé – digo echando mi cabello hacia atrás y tomando, sin apretar, la delgada mano que me ofrece–. Éire Cernunnos.

Ella suelta entonces un montón de sonidos fuertes en lo que, asumo, es alemán, el idioma de los diamantes.

Intento decirle algo usando nuestro portugués, pero a juzgar por la forma en que ella curva las cejas, no ha entendido más de lo que yo he conseguido sacar en limpio de sus palabras.

Maddox se echa a reír.

–No tiene gracia– le digo cruzando los brazos sobre mi pecho. Cuando volteo a ver a la diamante, ella también tiene las cejas fruncidas. Decido de inmediato que me agrada. Estudio su cuidado cabello oscuro y el delicado maquillaje que ha aplicado sobre su rostro para realzar unos rasgos delicados. Sobre la muñeca derecha tiene una pulsera donde las letras de su nombre se entrelazan con cadenas salpicadas de diamantes.

–La cambiaría sin dudar por ti– le digo a Maddox apuntando a Elisabeth con la barbilla– Tiene clase.

–Ni que lo digas, sin duda es una princesa también– dice Maddox mientras cruza sus brazos detrás de la nuca y hace crujir los huesos de su cuello.

El diamante, un chico de cabello rubio y rasgos simétricos, se desliza hacia adelante en su asiento en una postura desenfadada que hace que Elisabeth frunza fugazmente el ceño, pero de todas maneras se inclina y trata de iniciar, al parecer sin muchos éxitos, una charla con su compañero.

El darme cuenta de que no soy la única a la que han estafado con su compatriota, me hace sentir un poco mejor. Los cuarzos entran, con evidente retraso y se sientan sin mirarse el uno al otro, aunque veo a la chica revisar la habitación, buscando por otros asientos libres. La esmeralda habla sin parar mientras el chico la observa con atención, pero sin decir mucho. Los chicos de piel oscura de Ámbar, ambos con apenas unos cuantos milímetros de cabello sostienen lo que parece una charla cordial. Los marfiles, por su parte, están sentados juntos pero viendo a lugares opuestos del anfiteatro. Veo unas marcas rojizas en el cuello de la chica y, al estudiar a su compañero, noto los aruñazos cruzándole el rostro, descendiendo desde la frente hasta casi llegar al mentón.

–Parece que hay quienes han empezado a pelearse antes de tiempo– dice Maddox con seriedad– Al parecer no somos, después de todo, los que tenemos más problemas.

"Ni de lejos" pienso mientras me llevo una mano al cuello, imaginando lo incómoda que debe sentirse la marfil. "Son solo humanos", me recuerdo. "Son frágiles y estúpidos"

–Tienes que ser muy cobarde para atacar a una chica como esa.

Observo a Maddox confundida, pero su rostro es difícil de leer. Me ha tenido fastidiada el hecho de que nunca parece coincidir al 100% con lo que dice.

–¿A qué te refieres?– pregunto finalmente.

–Mírala– dice él sin inmutarse– ¿Cuántos años puede tener?

Estudio el rostro afilado, los huesos frágiles como de pajarillo y la sonrisa de dientes blancos que ella le dedica al líder de su país cuando él se acerca a ella y le ofrece una botella de agua.

–¿Dieciocho?

–Debe estar justo en el límite de la edad mínima– aventura él–. Poco más de diecisiete. Y me apuesto lo que sea a que ella no ha sido la primera en atacarlo. ¿Te parece una depredadora?

Estudio a la chica y niego con la cabeza.

–Habrá que tener cuidado con él– dice Maddox mientras recarga su espalda en el asiento.

Observo su rostro en silencio y, lenta pero irrevocablemente, me doy cuenta que estar atrapada con él podría no ser lo peor que me ha pasado.


Henrik Fjordevik, isla Diamante


Me quito la bufanda y me arremango la camisa, disfrutando del aire cálido que atraviesa el anfiteatro al aire libre.

–Hace calor aquí– dice Elisabeth mientras se inclina hacia adelante, sujetando su larga cabellera con una mano mientras se abanica la nuca con la otra.

–Es diferente– acepto yo.

El maquillaje de sus ojos se ha corrido un poco a causa del sudor que cubre la piel, formando una pátina brillante sobre su cara.

–Siento como si estuviera respirando agua– se queja ella haciendo un puchero.

No deja de desconcertarme la forma en que se comporta. Pensé que con mi negativa de anoche se mostraría arisca o al menos más reservada, pero, por el contrario, ha sido de lo más simpática durante todo el día.

Un ligero matiz de culpa se instala en mi cabeza.

–Es un clima diferente. Posiblemente nos han traído aquí primero para ayudarnos a llevar mejor la Arena. Al menos no nos han enviado a Ámbar o a Marfil, dicen que el calor ahí es insoportable.

Los chicos detrás de nosotros, los dos aguamarinas, parecen bastante cómodos, aunque claro, técnicamente estamos en su territorio. Juegan con ventaja. Veo a la chica de Ámbar temblar ligeramente.

–¿Qué crees que sea más sencillo– pregunta Elisabeth siguiendo la dirección de mi mirada– pasar de un clima frío como el nuestro a uno cálido o de uno cálido a uno frío?

–No creo que ninguno de los dos sea demasiado aconsejable. Aunque seguro que resulta más difícil aprender a pisar correctamente sobre el hielo. Supongo que por eso nos han traído a lo que es, más o menos, un punto medio.

–Siento que estoy sudando a chorros– se queja Elisabeth, sonando de nuevo como la niña mimada que clavé desde el principio.

–Dentro de unos días estarás tratando de matar a toda esta gente y al mismo tiempo tendrás que evitar que te maten ¿de verdad te parece que quejarte por el clima te va a solucionar algo?

Sus labios se convierten en una delgada línea. No me contesta, sino que se voltea y vuelve a intentar hablar con la aguamarina.

–Me puedes llamar Lis– le dice mientras se apunta el pecho.

La chica, Éire la observa confundida y veo al chico de cabello largo reírse sin disimulo, ganándose una mirada molesta de parte de Elisabeth.

–Lis– dice de nuevo mi compañera apuntándose con el pulgar– Éire– dice mientras la apunta a ella– Lis…Éire.

Dejo caer la cabeza hacia atrás. Será una convivencia imposible a menos que solucionen el tema del idioma. Pero se tardan años en dominar una nueva lengua y nosotros no la tenemos. Seguramente harán que nos conformemos con los sonidos guturales de las otras personas cuando nuestras armas los atraviesen.

–Lis– repite la chica y le dedica una sonrisa– Lis Zuckerman– completa para dar a entender que ha comprendido lo que mi compañera ha querido decirle.

–¡Muy bien!– aplaude Lis, genuinamente complacida por su pequeña victoria.

–Nuestros ancestros de las cavernas estarían orgullosos de ustedes dos. – digo mientras empujo mis mangas hacia arriba. Veo a Elisabeth arrugar la nariz.

–¿Qué? ¿Ahora me dirás que también crees en el relato de los Hijos de Bor?

–No quiero discutir contigo– dice ella alzando las manos.

–Tú tus creencias y yo las mías– acepto, aún y cuando pienso que, si ella cree que la historia de los hijos de Bor es real, entonces está mal de la cabeza.

Así va la historia: Ymir, el primer gigante de hielo, dio origen a la raza de los gigantes, creados con su sudor. Creó a un hombre y a una mujer. El hombre, Buri, engrendó a Bor y este, junto con su mujer Bestla, engendró a Odín, Vili y Ve.

Odín creó el cielo; con su sangre, creó los mares y océanos; con sus huesos, creó rocas y con su cerebro, nubes. El pelo de Ymir dio lugar a los árboles, formando el nuevo mundo: Midgard. Desde los restos de Ymir creció un árbol gigante, el Yggdrasil y sobre sus ramas se apoyó no sólo el mundo, sino el universo entero.

Mientras los hijos de Bor recorrían lo que ahora era el mundo, encontraron dos grandes árboles, desde los cuales crearon a los primeros seres humanos: Ash y Elm. Odín les dio el espíritu y la vida. Vili les dio la comprensión y la capacidad del movimiento. Ve les dio ropa y nombres. Éstos fueron los primeros seres humanos que vivieron en el Midgard.

¿Y se supone que ella quiere que yo crea en eso?

–Lis Zuckerman– repite Éire, paladeando las palabras hasta que consigue una pronunciación menos prosaica, aunque la forma en que dice el apellido sigue resultando extraña, no termina de calzar con la forma en que nosotros pronunciamos algunas de las consonantes, aunque como primer intento resulta, como mínimo, acertado.

Recorro los rostros de las otras personas a nuestro alrededor. Los rubíes están sentados en una de las filas centrales. El chico tiene un rostro duro, como esculpido en hielo y, al igual que nos ha pasado a nosotros, viene envuelto en gruesas pieles de las que ha tenido que desembarazarse ahora que esta ola de aire cálido nos golpea. La chica trae bajo un abrigo de lo que reconozco como armiño, un vestido de color borgoña que se amolda a su figura curvilínea. Tiene el cabello de color rubio oscuro, cayéndole en ondas sueltas sobre la espalda. No se ha girado ni una sola vez desde que entramos en el anfiteatro, así que no tengo ni idea de cómo será su rostro.

La única mujer que a simple vista luce realmente peligrosa es la mujer de Cuarzo, casi tan alta como yo. Las demás deben rondar el metro setenta, exceptuando a las dos chicas de pieles oscuras, pequeñas y frágiles, como muñecas.

Al otro lado del pasillo veo a la otra chica con cara de adolescente. La reconozco sin problema como la Amatista, desde el color de su piel hasta los ojos claros, se parece muchísimo a su gobernante. El chico a su lado, su compañero supongo, parece sacado de otro lugar, con su piel nívea y el cabello rojizo.

Cuando volteo a ver la hilera delante de la de ellos, encuentro los ojos azules de la chica de Esmeralda clavados en mí.


Amara Kähler, Isla Esmeralda


–Es de mala educación mirar fijamente a otras personas, Amara –dice Hugo con seriedad.

Hago una mueca y me giro en mi asiento, perdiendo automáticamente el duelo de miradas que había estado sosteniendo con el diamante.

–¿Excepto cuando se trata de ver a Valk?– bromeo mientras doblo una pierna debajo de la otra para sentarme más confortablemente. No me doy cuenta de que he dado en la diana hasta que lo veo apartar rápidamente la mirada, con las puntas de las orejas tan rojas como el cabello de la chica que no ha podido dejar de ver. Me echo a reír para restarle hierro al asunto.

–No la estaba mirando– intenta defenderse.

–Ya. No pasa nada. A pesar de que ella no parece darse cuenta, es muy llamativa. Mi hermano menor está colado por ella desde que tenía diez.

–Mmmm…

–¿Cuándo te diste cuenta tú?

–¿De qué?– pregunta parpadeando.

–De que te gustaba– digo rodando los ojos.

–No me gusta.

–Sigue repitiéndote eso, muchachote– digo mientras le palmoteo el hombro, tal vez con más fuerza de la necesaria, porque el golpecito lo toma por sorpresa y termina echado sobre los dos ónices que tenemos delante.

–¡Perdón!– exclamo cuando la chica se gira para vernos con enfado.

Posiblemente entiende tanto de lo que le digo como lo que entiendo yo los balidos de nuestro rebaño, pero asumo que le queda claro el mensaje cuando su gesto se suaviza y ella vuelve a girarse hacia su compañero para hablarle en árabe.

–No se lo digas– suplica Hugo al cabo de unos segundos.

–¿El qué?

–A Valkyr– explica–. No se lo digas.

Una sonrisa tironea de mis labios.

–¿Por qué habría de contárselo?

–Eres su amiga.

–Ahora soy su Campeona. Y tú eres mi compañero ¿no? Yo te cuido el cuello y tú me cuidas el mío– le digo enroscando el brazo por detrás de su nuca y pasando los dedos sobre su cabello castaño.

Aunque solo llegan a parecerse en el hecho de que ambos tienen el mismo color de cabello y una figura fuerte, Hugo me recuerda un poco a Dustin.

¡Wow! Día uno y ya estoy lloriqueando porque extraño a mi hermano. Tremenda forma de empezar, Amara.

Hugo me mira con los ojos como platos mientras se aparta con delicadeza.

–¿Qué has dicho?

Lo miro sin comprender.

–¿Sobre qué?

Hugo agita la cabeza.

–No sabía que pensabas de esa forma– dice mientras sus ojos castaños me recorren el rostro con intensidad–. Ya sabes, que somos aliados.

–Pues no creo que sea tan complicado. Tú también quieres que Valk gane ¿no?

–Por supuesto, pero…

–Déjame adivinar–digo mientras cruzo los brazos sobre el pecho– te preocupa esa parte en la que solo uno sale con vida de la Arena ¿no?

–Se me ha pasado por la cabeza, sí– acepta Hugo con una media sonrisa.

–Pues desde mi punto de vista es algo ridículo. No tendremos que matarnos el uno al otro a menos que resultemos ser los últimos dos y, en todo caso, estoy bastante segura de que podría contigo sin problema llegados a ese escenario.

Él se echa a reír con mi respuesta y yo me anoto un triunfo personal.

–Así que, tomando en cuenta que no sabemos en qué clase de lugar van a meternos o cuánto tiempo estaremos ahí, lo mejor sería que pudiéramos tener tiempo para dormir y que no tengamos que andarnos cuidando las espaldas todo el tiempo. ¿Correcto?

–Correcto.

–Entonces está decidido.

–Eres rara, Amara Kähler– dice mientras me ve a los ojos–. En definitiva, no eres cómo te imaginé.

–Sí, sí. Soy una caja de sorpresas. Tienes suerte de que te haya tocado un tiquete premiado conmigo. ¿Sabes? – me aparto el cabello de la cara con algo de impaciencia cuando una brisa marina recorre el anfiteatro, lanzándolo a mi cara. Un mechón termina enredándose alrededor de una gruesa pulsera dorada que Valkyr se ha empeñado en que use y acabo encorvada hacia adelante, con la muñeca pegada a la cabeza, el cabello cayéndome sobre la cara y un montón de palabrotas saliendo de mi boca.

Me remuevo, intentando quitarme la masa de cabello rubio de encima, pero solo parece empeorarlo todo.

–Déjame a mí– dice Hugo mientras, con cuidado, abre el cierre y libera mi muñeca de la sujeción de la pulsera, que en este momento tengo ganas de arrojar hacia el escenario, directamente hacia una cabellera roja. Él quita el cabello de mi cara con inusitada suavidad y me parece curioso que un chico con manos tan grandes sea capaz de ser tan delicado. Siento un tirón y entonces el aro dorado se desprende de mi cabeza.

–Te he arrancado unos cuantos cabellos– se excusa él mientras suelta las hebras doradas que se han enredado en el cierre–. Perdona.

Me paso los dedos por el enredado cabello y lo echo hacia atrás.

–Por si no te has dado cuenta tengo un montón– digo dejando que los mechones resbalen entre mis dedos–. Si por mi fuera, me lo habría cortado hace mucho tiempo. ¿No te encanta como se ve ella?– digo mientras señalo, sin mucho disimulo, la cabeza redonda y libre de pelo de la chica de Ámbar.

–¿Por qué no lo has hecho?– pregunta él con curiosidad mientras juguetea con el accesorio del mal.

–Porque ni mi padre ni mi hermano mayor podrían soportarlo – explico con una mueca–. Se supone que hace que me parezca mucho a mi madre.

–¿Y tu madre que opina al…? ¡Ah! Lo siento. ¿Fue durante el choque? ¿O en las guerras?

–Ninguno de los dos– digo negando con la cabeza–. Tenía una… condición que podía empeorar o no con el nacimiento de mi hermano. Trataron de convencerla de que interrumpiera el embarazo, pero ella no quiso ni oír hablar al respecto. Murió durante el parto.

–Lo lamento.

–No tienes por qué. No fue tu culpa.

–Lo sé, pero…

–¿Perdiste tú a alguien?– por la manera en que ha saltado a conclusiones asumo que así ha sido.

–Una hermana durante las movilizaciones y luego a mi padre, en la guerra.

–Son muchas pérdidas en un periodo muy corto.

–Es lo que hace la guerra ¿no? Te quita cosas.

–Podríamos formar un club. Tú, Valkyr y yo. Nos llamaremos "los huérfanos de guerra". A fin de cuentas, ella ya perdió a su madre. Y su padre...

–Su padre sigue con ella– dice él tensándose.

–Sí, pero la guerra también le ha quitado cosas.

–Sí.

–Entonces ¿amigos huérfanos de guerra?– pregunto mientras le doy un golpecito en el hombro.– ¡Podríamos llamarnos AHG!

–Amigos huérfanos de guerra– acepta él mientras se echa a reír.


Ankar Ozivit, isla Amatista


–Estoy casi segura de que es gay– sentencia Noa que finge estar escuchándome atentamente mientras espía al Príncipe de Zafiro, que en este momento está sentado en una de las diez sillas que se encuentran sobre el escenario del anfiteatro, inclinado hacia su derecha, susurrándole algo a la chica del cabello rojo que ocupa la posición de honor de los Esmeraldas.

–¿Por qué habría de ser gay?– pregunto confundido.

–¿Por qué no debería serlo?– replica ella mientras se muerde su carnoso labio inferior.

–Tal vez porque desde que llegamos todo lo que ha hecho ha sido hablar con ella– digo dedicándole una mirada fugaz a la chica, que parece tener casi la misma edad que la mayoría de los Campeones.

–Puede que ella en realidad sea un chico disfrazado– dice ella no muy convencida.

–Ahora estás inventando cosas.

–Lo digo en serio, ¿alguna vez has visto a un chico así de guapo al que le gusten las chicas?

–No me ando fijando mucho en los chicos, la verdad sea dicha– admito yo.

–Seguro que el cuarzo y el zafiro también son…

–Tienes suerte de que nadie aquí pueda entenderte– digo mientras pongo la espalda recta sobre el asiento cuando la mirada de Radhika, a un par de asientos del zafiro y la esmeralda, se cruza con la mía.

–¿Por qué lo dices?

–Porque básicamente has dicho que la mitad de los hombres en la sala son…

–¿Excepcionalmente guapos? ¿Exóticos?– ayuda ella mientras bate sus pestañas largas y espesas.

Muy a mi pesar, termino riéndome.

–Recuérdame otra vez ¿de qué parte de Amatista vienes?– pregunto en tono confidente.

–¿Por qué habría de recordártelo a ti si yo misma estoy tratando de dejar eso atrás?– pregunta poniéndose muy seria de repente.

Decido no seguir el hilo de esa conversación.

–Entonces ¿exóticos?

–Todos aquí parecen salidos de otro mundo. ¡Incluso tú!– se queja ella– Me siento de lo más ordinaria.

–Sabes que ellos probablemente piensan lo mismo sobre ti ¿no?

–¿Qué soy ordinaria?

–¡No! Que te ves exótica.

–Hasta que alguien no me lo diga, no me lo creeré– dice mientras se pone la mano sobre la frente en un gesto teatra– Aunque si me lo dicen igual no me enteraré de nada. Es lo bello y lo horrible de todo esto– murmura mientras coloca las manos a la altura de sus hombros y rota ligeramente el cuerpo, para abarcar lo que nos rodea. Podríamos empezar a decir improperios y nadie llegaría a darse cuenta. ¿Quieres probar?

–¡No!

–¿Por qué?– pregunta mientras tira de su labio inferior con los dedos– Ya te dije que nadie se entera de nada.

–La señora Radhika se enterará.

–¡Hum, hum!– dice ella antes de chasquear la lengua en reprobación– Pensé que eras el chico rudo que entrenaba elefantes.

–Soy el chico que entrena elefantes y puede que esto te sorprenda, pero no se necesita ser rudo para hacerlo. Es más importante ser metódico y constante.

Ella enarca sus delgadas cejas.

–Pensé que usabas un látigo de domador.

–Lo hago, pero nunca lo he utilizado con los elefantes.

–¿Ah no?

–No.

–¡Vaya!

–¿Por qué te sorprende?

–No lo sé– dice con un encogimiento de hombros.

–¿Te parecen peligrosos los elefantes?

–Tomando en cuenta que pesan como quinientos kilos y que he visto a uno tratando de matar a veinte personas hace veinticuatro horas… pues sí.

–Te estas quedando corta por unos siete mil kilos– le corrijo y ella pone cara de sorpresa– Y no ha sido culpa de Lakshmí, ya te lo dije.

–Ya. Seguro que eso habría dicho ella cuando me arrancara de debajo de sus patas como si fuera una goma de mascar: "no ha sido mi culpa" – dice imitando la voz grave que, según ella, tendría una elefanta.

Me echo a reír.

–Lakshmí no habría dicho eso ¡no sabe hablar! Posiblemente se habría puesto a barritar y se habría quejado porque le has ensuciado las almohadillas– cuando ella arquea las cejas, decido explicárselo– Ya sabes, la parte que recubre la planta de sus patas. Es muy elástica y le ayuda a soportar el peso de su cuerpo. Además, aún y cuando hablase, probablemente habría dicho que ha sido tu culpa por haber empezado la moda de "lánzate al elefante".

–Esa soy yo, marcando tendencias desde tiempos inmemoriales– asiente ella con una sonrisa.

–Seguro que la próxima vez que decidas abalanzarte sobre un elefante te lo pensarás mejor.

–No prometo nada– dice ella volviendo a sonreír.

–¿Qué te han parecido los demás hasta ahora?– pregunto mientras veo con disimulo a los otros Campeones.

–Creo que apesta ser la más joven– dice ella arrugando la nariz– Estoy segura de que todos creen que me voy a romper como una tiza en cuanto vengan por mí.

–La chica de Marfil debe tener más o menos tu edad– ayudo yo.

–Sí y ya le dieron una paliza ¿no?

–Yo no apostaría por ello. Mira al chico– digo dedicándole una mirada fugaz.

Ella lo hace, entrecerrando los ojos. Sus ojos se abren un poco cuando repara en las marcas en su cara, prueba de que, si llegó a hacerle daño a ella, tampoco salió precisamente indemne.

–No me había fijado– admite ella– Supongo que no es una debilucha.

–Haces mal si empiezas a juzgar a los demás tan a la ligera. Si están aquí, por algo será y mientras más pronto te des cuenta de ello, menos problemas te conseguirás.

–No tengo que preocuparme por eso. Igual te tengo a ti para ser mi consciencia ¿no?

El modo en que Noa me trata me sigue sorprendiendo. La zona de la que ella viene, el corazón mismo del territorio conservador, siempre se ha caracterizado por el rechazo, prácticamente absoluto a los que, como yo, no parecemos encajar en ninguna parte.

"Forastero" es una palabra que me define bien. Mi madre renegó de los suyos al ir tras mi padre y el destino quiso que, físicamente al menos, ella y yo nos parezcamos como dos gotas de agua. No calzo en ninguna parte.

"Excepto tal vez aquí", pienso mientras recorro con la mirada el grupo, tan diverso como un arcoíris, que conformamos los campeones. Aun así, Noa me trata con la misma naturalidad con que lo hace mi nueva hermana. Como si fuera algo esperado el que soy como soy.

–Mira, ya por fin vamos a empezar– chilla Noa emocionada.

Cuando devuelvo la mirada al escenario, veo a la mujer de Ámbar parada ante el podio de madera, con el hombre de Zafiro detrás de ella.


Hissene Habré, isla Ámbar


Hay un sonido agudo en el aire en el momento en que Makemba se acerca a un pequeño objeto, con un pedazo de metal retorcido y curvado hacia ella que tiene una pequeña esfera negra en un extremo. Una versión algo distinta del mismo amplificador de sonido que empleó el hombre de Zafiro para hablarnos a todos cuando llegamos a esta isla.

–Vuelvo a darles la bienvenida– dice ella utilizando nuestro propio idioma y haciendo una pausa para que extrañas voces se encarguen de replicar el mensaje en otras lenguas, como deferencia a los otros campeones. Welcome, bem–vindos, bienvenus, willkommen. Cada frase dicha parece tomar una eternidad, porque ella debe hacer pausas entre una oración y otra, dando tiempo para que el mensaje sea traducido.

Cuando acaba de dar la bienvenida, le da una sonrisa al grupo a su alrededor, revelando unos dientes que se ven blanquísimos en contraste con su piel oscura. Al fondo, en el borde del escenario, pegado a la silla que ella acaba de dejar vacía, veo la sombra su bokor.

–¿También ustedes están cansados de esto?– pregunta mientras, con una mano, señala el aire a nuestro alrededor, posiblemente refiriéndose al sistema de traducción. Como haciendo eco de su malestar, el sistema se apresura a hacer las traducciones correspondientes a los otros nueve idiomas: alemán, francés, portugués, español… Cuando la frase se traduce al hindi de los amatistas, ella hace una mueca que causa que algunos, como la campeona de esmeralda y la marfil, se rían–. Una de las primeras preocupaciones que tuvimos cuando decidimos generar este sistema que los obligaría a convivir durante… el resto de la vida de casi todos ustedes– hace una pausa y la voz, inhumana, traduce rápidamente lo que ella acaba de decir– era lo que pasaría si nadie era capaz de entenderse en este lugar. Nuestras obligaciones políticas– dice ella señalando con la mano a las personas, los otro gobernantes, tras ella– nos han obligado a aprender un idioma que nos sirviera para entendernos unos a otros. Sin embargo, nadie podía esperar de ustedes que asumieran el noble arte de entrenarse para ayudarnos a tomar esta difícil decisión y que, al mismo tiempo, tuvieran la oportunidad de aprender un nuevo idioma desde cero.

La frase ha sido tan larga que ella debe esperar pacientemente, golpeando rítmicamente el suelo con su pie, hasta que se realiza la última traducción.

–Hemos debido buscar una solución alternativa – continúa ella mientras le hace un gesto al hombre tras ella, el Zafiro, quien le pasa un objeto, redondo y aplastado, como la base de un vaso de cristal—. Esto que tengo aquí– dice mientras lo sujeta con cuidado entre los dedos y nos lo muestra– se convertirá en su mejor amigo durante las próximas semanas.

Entorno los ojos y veo que no es el círculo transparente en sí lo que ella nos está mostrando, sino algo aún más chico, colocado con cuidado en su centro, aunque no alcanzo a ver de qué se trata. Como respondiendo a mi requerimiento, el rectángulo grande tras ellos se enciende, con un parpadeo, mostrándonos una versión agigantada de la mano y el pecho de Makemba, dejando que todos podamos estudiar a profundidad el objeto en su mano.

Atrapado entre lo que parecen dos láminas de cristal, se encuentra un objeto tan diminuto como la uña de mi dedo meñique. Es de color púrpura, con vetas brillantes por las que parecen pasar diminutas chipas de color azul.

–Zafiro ha puesto a disposición de Ámbar sus conocimientos científicos y, en conjunto, hemos conseguido desarrollar esto. Una de las primeras piedras en nuestro compromiso de trabajo conjunto– dice ella luciendo claramente orgullosa.

–¿Qué tenemos nosotros que ver en esto?– pregunta confundida Elíma a mi lado en un susurro.

–Creo que quieren ponernos esa cosa adentro a todos– explico yo sin dejar de mirar a Makemba, que espera a que el sistema acabe de traducir–. Y, en teoría, tenemos la mejor medicina de todas las islas.– digo repitiendo lo que venía en los panfletos informativos que repartieron cuando anunciaron los Juegos.

La idea me hace apretar los dientes y mi mano se va distraídamente hacia la cicatriz de bordes mellados que me recorre el costado. En casa tenemos la mejor medicina del mundo… si puedes pagarla.

–El dispositivo de Traducción en Tiempo Real, TTR para abreviar– dice ella– se implantará justo por encima de su médula espinal– dice ella girándose y tocando con su dedo un punto sobre su columna con un dedo delgado con uñas cortas–. Se encargará que las cosas dichas en un idioma diferente al que su cerebro registra como su idioma base, sea traducido en el mismo momento en que es ingresado a su sistema cerebral a través de su oído.

La explicación tarda un poco, posiblemente debido a lo complicado que resulta el contenido.

–En resumen– retoma Makemba– el sistema permitirá que cualquier palabra o frase dicha en otro idioma, sea escuchada por ustedes en un solo idioma: el suyo. Utilizará además la misma vocalización, intencionalidad y tono empleado por su interlocutor.

La explicación, sencilla y a la vez compleja, hace que todos nos quedemos en silencio por unos momentos.

Finalmente, alguien, la chica de Rubí– se pone de pie y alza la mano. Veo al hombre vestido de negro entre los líderes esbozar una sonrisa fría.

El hombre detrás de Makemba se saca el objeto cilíndrico de un bolsillo en su chaqueta y se lo ofrece a ella, que no parece particularmente confundida por su utilización. Se lo lleva a los labios y masculla algo en un idioma desconocido. El sistema traduce:

–¿Básicamente esperan implantarnos a todos eso en el cerebro y que todos nos tendamos en una camilla como si tal cosa? ¿Cómo sabemos que no pretenden controlarnos a todos con estos objetos?

La chica pelirroja, la esmeralda, hace una mueca de dolor.

–La premisa bajo la que hemos regido este proceso desde el principio ha sido el libre albedrío– interviene la mujer de Ónice adelantándose hacia el podio– Nadie los obligó a inscribirse y nadie los obligó a venir aquí. ¿Qué te hace pensar que sería diferente con esto?– ella aguarda a que le toque el turno a su idioma en la traducción y entonces le dedica una sonrisa a la chica que ha hecho la pregunta.

Supongo que la frase pretende ser simpática, pero los labios de la chica no se mueven ni un ápice e incluso la veo fruncir un poco el ceño. Sobre el escenario, el rubí sonríe.

–Ya– es todo lo que dice la mujer de Rubí antes de volver a sentarse con el rostro, tan diferentes a los que veo en casa, contraído en una extraña mueca de descontento.

–Véanlo como una cuestión estratégica. Si deciden no implantarse el dispositivo, se encontrarán en clara desventaja antes sus adversarios. Ellos podrán entenderlos a ustedes, podrán conocer sus planes si los hacen, pero ustedes andarán a ciegas. – completa el zafiro.

En su asiento, veo a la chica temblar de ira.

Raif Abdallah, Isla Ónice

No es como si nos quedaran muchas opciones. Así que cuando nos envían a implantarnos las escamas traductoras antes de continuar con la "inducción", todos nos levantamos obedientemente, como si fuéramos niños en una asamblea escolar.

–Todos aquí tienen genio ¿verdad?– pregunta Kheira mientras tira del borde de su camiseta para que cubra su vientre plano y luego estira sus brazos por encima de su cabeza, desperezándose como Abbas, el gato atigrado de Kadin lo hace después de una siesta.– Estoy pensando en ir por palomitas la próxima vez que alguien vuelva a ver a otra persona con ganas de matarlo– dice riéndose– Apuesto lo que quieras a que los marfiles están esperando a que les suelten la correa para ir a cazarse el uno al otro.

Sigo la dirección de su mirada y veo a la niña con los principios de moratones en su cuello mirando con molestia a su compañero. Él ni siquiera parece darse por enterado, se frota un punto, justo por encima del hueso que rodea su ojo derecho y hace una mueca de dolor.

–¿Crees que se hayan peleado anoche o durante el viaje?

–Pues tomando en cuenta que han tenido que viajar durante unas cuantas horas, bien podría haber sido en el vuelo. Igual se han sentido algo claustrofóbicos viajando en esa maldita caja de metal– dice ella con una mueca– Di lo que quieras, pero profiero hacer un viaje de veinte horas en auto que volver a meterme en una de esas cosas.

Me río. Después de que hemos comido ella ha estado viendo por la ventana y se ha mareado. Ha pasado unos veinte minutos vomitando ruidosamente en la cabina con el sanitario.

–¿Ya te sientes mejor?

–Ni siquiera había comido nada desde anoche– se queja ella– Es mi castigo por olvidarme del Ramadán. ¡Una gaseosa y una bolsa de palillos de pan! Alá se ha vengado de mí multiplicándolos por mil.

–Creo que más que Alá, ha sido tu insospechado vértigo lo que te ha hecho enfermar.

–Yo no tengo vértigo– replica ella de inmediato– Y esa cosa era antinatural. No me parece lógico el encerrarse en una caja de metal y empezar a andar muy campante por el mundo– responde ella mientras se coloca en la hilera, justo detrás de los chicos de Ámbar.

Los chicos de Marfil se meten detrás de nosotros en la hilera.

–Estaba pensando– dice Kheira– ¿crees que ellos se queden con nosotros todo el tiempo mientras estemos en esta isla?

–Ellos ¿quiénes?

–Veronique y los demás.

–¡Oh! Pues no sabría decirte. Creo que sería algo extraño. Cómo has dicho, quieren ponernos a jugar a las casitas, pero no creo que alguien como el rubí o el diamante se muestren muy de acuerdo en formar parte de esto. Seguro que nos consideran indignos.

No tengo intenciones de ser gracioso. Fuera de casa, soy una persona de lo más seria. Es lo que se espera de mí como el heredero de mi padre. En mi hogar, solo me permito ser franco y divertido con mis hermanas. Sin embargo en cuanto termino de hablar, Kheira suelta una risa algo rasposa, posiblemente a causa de lo mucho que le gusta fumar.

–¡Indignos! Posiblemente lo seamos ¿no? Yo, la chica que se atreve a salir de su casa sin usar su velo y tu…– hace un gesto curioso con las cejas y pregunta– ¿Cuál quieres que sea tu motivo para ser indigno?

La pregunta me sienta igual que una patada en el estómago. Una sola idea resuena en mi cabeza.

Indigno. Soy indigno de Alá e indigno para mi padre, solo que el segundo aún no lo sabe. ¿Podrá Alá perdonarme por mis deseos impuros? ¿Podrá hacerlo mi padre?

Ella confunde mi debate interno con duda, porque hace un gesto con la mano antes de meter los dedos entre las presillas de sus pantalones de mezclilla.

–No te preocupes, Raif. Tenemos tiempo más que suficiente para encontrar motivos que te vuelvan tan indigno como yo. Seguro que tienes un montón de defectos debajo de esa superficie estirada– dice ella con una sonrisa.

Acepto la salida que me da.

–Estirada ¿eh?

–Oh sí. A veces me pregunto si te han metido una vara en el…

–¡Gracias por la imagen gráfica, señora Jovelik!

–Ugh… ni se te ocurra volver a llamarme así ¡nunca! La señora Jovelik es mi madre.

La observo confundido.

–Pero dijiste que eras casada ¿no?

–Lo soy, sí– dice ella sin entender.

–¿Jovelik no es el apellido de tu esposo?

Sus cejas, cuidadosamente depiladas, se arquean.

–Viendo como soy ¿realmente piensas que haría algo como adquirir el apellido de Sagir?

–Es la tradición– digo mientras avanzo un paso, cuando la fila empieza a moverse.

–Sí, porque las tradiciones y yo somos como uña y mugre– dice ella imitándome.

–Practicas el Ramadán– digo a modo de explicación– Tendrás que disculpar mi confusión.

–Me criaron bajo los antiguos preceptos– dice ella– Aprendí todo a la perfección hasta que dejaron de educarme en casa y me enviaron a la secundaria. Entonces conocí a un par de chicas que me hicieron abrir los ojos. Venían del círculo exterior. El conocerlas a ellas… creo que podrías llamarlo un punto de inflexión.

El círculo exterior fue el primero en rebelarse, es el punto del que surgió la señora Simo. Papá solía quejarse de ese lugar todo el tiempo. Consideraba que el problema debía ser arrancado de raíz y debía arrasarse la zona hasta los cimientos para evitar que la semilla de quienes no tenían nada mejor que hacer que causar problemas, se propagara.

–¿Qué pasó cuando las conociste?– pregunto curioso.

–Me di cuenta de que todo este tiempo había vivido como un pájaro enjaulado sin tener ni idea de porqué tenía alas. Me hicieron darme cuenta de que lo que pasaba en mi casa estaba mal. Especialmente en lo que se refería a mi padre.

–¿Y qué hiciste?

–¿En primer lugar?– ella se lleva una mano a la barbilla, pensativa, mientras avanzamos otro paso.– Me quité el velo y me corté el pelo. Lo recogí en una trenza y pasé una tijera, justo por aquí– dice mientras rodea mi nuca con una de sus manos. Luego la envolví en mi velo, me escabullí en la habitación de mis padres y se lo dejé como regalo a papá sobre su almohada.

–¿Y qué hizo él?– digo riendo un poco al imaginar la cara de un ultraconservador al encontrar el cabello de su hija sobre su cama.

–¿Quieres decir cuando dejó de tener la cara roja y recuperó el habla?– pregunta ella con una sonrisa que hace que se marquen dos diminutos hoyuelos en sus mejillas delgadas. – Me dio una paliza.

–Bueno… no todos nacen con una mentalidad revolucionaria.

–Tengo la espalda llena de marcas que lo prueban– acepta ella–. La pregunta es ¿qué has hecho tú para rebelarte ante los tuyos, Raif?

No creo que ella espere que le conteste, así que me quedo en silencio, pensando en la palabra rebeldía.


Sharik Louw, isla Marfil


Nos ponen en fila, como reses siendo llevadas al matadero. Joao Caveira murmura algo que hace sonreír a la pecadora. Decido que si Aaliya, con su saco de pecados encima ha conseguido tentarlo, entonces él no merece tampoco mi compasión.

Jesús fue tentado por el diablo. Conducido por el Espíritu de Dios hacia el desierto, después de haber ayunado por cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Entonces el diablo apareció ante él y le tentó: "Si eres el Hijo de Dios, pide a esas piedras que se conviertan en panes". Entonces Jesús le respondió "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"

Entonces lo llevo a la Santa Ciudad de Jerusalén, lo puso sobre lo alto de un templo y le dijo "Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues está escrito: el Señor te ha encomendado a sus Ángeles, los cuales te tomarán en las palmas de sus manos para que tu pie no tropiece contra piedra alguna". Sin embargo, Jesús no cedió: "No tentarás al Señor tu Dios" Por tercera vez, intentó el diablo tentarle. Lo llevó a un monumento muy encumbrado y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos y le dijo: "todas estas cosas te daré si, postrándote delante de mí, me adoras"

Pienso entonces en las palabras que le dedicó Jesús al diablo:

"Apártate de ahí, Satanás, porque está escrito: adorarás al Señor Dios tuyo, y solo a Él servirás"

Joao es solo un hombre, un hombre con poder, tal vez, del mismo modo en que Emeka lo era. Pero yo no soy seguidor de hombres. Adoro solo a Dios y solo a Él sirvo. Y en recompensa, Dios me habla a mí, sin intermediarios.

No creo en la santidad de Joao. No es más que un lobo con piel de oveja que ha venido a destruir los rebaños del Señor con su débil voluntad, que se deja seducir por la supuesta fragilidad del alma pecadora que se esconde tras el rostro de una mujer joven.

Observo a Aaliya con atención y fantaseo con la forma en que me encargaré de enviar su alma corrompida al Purgatorio. Y también la de Joao.

–Siguiente– dice la voz de una mujer joven, con un traje inmaculadamente blanco, como las alas de los ángeles. Tiene la piel oscura y el cabello recogido en apretadas trenzas que ella cubre con un pequeño sombrero blanco.

Me quedo mirándola, con el hombro apoyado en la puerta de cristal. Tiene una falda corta del mismo color y las piernas desnudas.

Una provocadora.

La observo de arriba abajo, mientras ella dobla los brazos bajo el pecho y estira la tela de su blusa ajustada.

–Siguiente– repite con la voz temblorosa de quienes se saben faltos, pero al menos lo hace empleando mi idioma. Debe ser la única palabra que conoce, porque la sigue repitiendo. Decido ignorarla.

Deslizo la mirada por la habitación. Hay cinco camas alineadas a ambos lados. Todas tienen cobertores blancos y un papel que cruje cuando las personas tumbadas sobre él se mueven. Veo a una de las chicas con el cabello amarillo discutir con una mujer con el mismo traje impío. No entiendo lo que dice, porque habla en una lengua extraña. "La lengua del diablo, tal vez".

Otros, como la niña con la piel oscura y el cuerpo delgado, se tiende obedientemente sobre la cama y sujeta puñados de tela blanca mientras le rocían algo en la espalda y luego se acercan a ella con un objeto plateado de extraña apariencia. La mujer se coloca unos guantes blancos sobre las manos oscuras y, con precisión, clava el extraño objeto sobre la espalda de la chica.

No la veo hacer gestos de dolor, pero un líquido rojo y viscoso, sangre, mana rápidamente de la herida y es atrapada con una toalla blanca que otra persona coloca a su alrededor.

Alguien grita, es la chica rubia que he visto discutir hace un momento con una de las mujeres en uniforme. Igual que yo, ella tiene la vista clavada en la mujer de piel oscura a la que ahora le están pasando un objeto delgado que suelta algo viscoso, como la miel, sobre la herida. Ante mis ojos, el corte en su piel se cierra, como si las dos partes de su piel fueran unidas por una cremallera. Lo único que queda como prueba de la antigua herida es una marca con un ligero matiz rosado.

La cabeza empieza a latirme.

Poderes diabólicos. No queda otra explicación. Ni siquiera Jesús, cuando volvió de entre los muertos, se deshizo de las llagas en sus manos, en donde habían estado los clavos o el agujero en su costado, donde el soldado romano le atravesó con la lanza.

La mujer se acerca a mí, repitiendo una y otra vez la misma palabra.

"Siguiente, siguiente, siguiente…" La cabeza me late y la vista de mi ojo derecho se torna borrosa. "Siguiente, siguiente, siguiente, siguiente" Cuando volteo a ver a la chica en la cama, no la veo a ella, sino a Zaji, que me observa con solemnidad mientras extiende hacia mí una mano manchada de sangre.

"Mira lo que me han hecho", dice con un gemido lastimero, "Han metido la semilla del Diablo en mi interior y se atrevieron a profanar mi cuerpo con sus herramientas inspiradas en él".

Me lanzo hacia adelante, sobresaltando a Zaji. No, a la chica de la piel oscura y cabeza rapada, que mueve las piernas sobre la cama y se mueve hacia atrás para colocarse al otro lado del colchón, como si no se diera cuenta de que soy su salvador y no su verdugo.

Me doy de bruces contra una mesa con un montón de instrumentos plateados que se clavan en la carne de mis manos y me hacen sangrar mientras un sonido animal brota de mi garganta. Me aferro a lo más cercano que tengo a un arma, uno de esos extraños objetos puntiagudos, y cargo contra la mujer con el traje obsceno.

Estoy a punto de alcanzarla cuando algo me golpea en la nuca, con fuerza. Las luces se apagan y Zaji, que ahora me mira con pena desde un rincón, es engullida por un arcoíris de color.


Lenna Vodianova, isla Rubí


Mikhail sostiene lo que parece ser un tanque de oxígeno en lo alto, mientras el hombre de Marfil se desploma en el suelo. El escalpelo que ha tomado de la mesa con los instrumentos médicos se desliza por la cerámica blanca del suelo.

En la cabeza del chico al que mi compañero de isla acaba de dejar inconsciente, se empieza a formar un chichón.

Un guardia de seguridad, vestido con un uniforme de color gris, se para frente a Mikhail y extiende la mano, como si le exigiera que le entregue el objeto que acaba de usar como arma. Al mismo tiempo, la enfermera que ha estado practicándole el procedimiento a la ámbar se deja caer de rodillas al suelo y empieza a llorar de la misma manera en que lo hacía Anton cuando se caía sobre el suelo helado de las granjas subterráneas y se pelaba las rodillas. Es el llanto de un niño, de un ser indefenso que exige a gritos que lo cuiden. Una de sus compañeras, con la misma piel oscura que la señala como alguien venido de Ámbar, se arrodilla a su lado y le rodea los hombros en un abrazo que solo consigue que ella llore con más fuerza.

Mikhail le tiende el tubo, un poco abollado, y extiende las manos con las palmas hacia el frente, dando a entender que no quiere pelear. Cuando se gira y me pilla mirándolo, me dedica una mirada torva que ni siquiera me molesto en devolver. Ruedo los ojos y devuelvo mi atención a otras cosas. Ha quedado claro desde nuestro primer intercambio que no vamos a jugar a hacernos amigos entre nosotros. Somos enemigos mortales y si él llega a ser lo único que me separa de volver a ver a mi hijo, no tendré reparos en hundir mi mangual en su cráneo.

Supongo que de alguna manera él me recrimina el supuesto trato preferencial que Alkonost me da. Nada más lejos de la realidad, pero que piense lo que quiera.

Dos hombres entran y se consultan algo uno al otro. Al final, tienden al chico inconsciente en una camilla, atienden la herida en su cabeza y se apresuran a instalarle el dispositivo con el que mágicamente lograrán que nos entendamos unos a otros.

La mujer de la puerta me toca el codo con una mano temblorosa y me indica una camilla libre. Le doy un asentimiento y me subo el vestido con cuidado para tenderme sobre el papel que cruje bajo mi peso cuando me recuesto en la camilla.

La mujer utiliza un pequeño libro para leer, con terrible pronunciación, algunas indicaciones en ruso. Saco en claro que primero van a desinfectar el área, luego me darán un analgésico y sentiré un cosquilleo, insertarán la pequeña escama púrpura y entonces cerrarán la herida. Ya he visto el procedimiento, cuando se lo estaban practicando a la chica de diamante. Ha sido rápido y en apariencia indoloro. Las implicaciones físicas no me preocupan. Lo que no me gusta nada es que Alkonost haya conseguido otra manera de meterse bajo mi piel.

–¿Estás de acuerdo?– pregunta la mujer y me cuesta un poco entender lo que me dice, porque el bambassi no se parece en nada a nuestro idioma y sus palabras están permeadas por su propio lenguaje, pero asiento de todas maneras, porque sé que si me resisto Alkonost se encargará de hacérmelo pagar después, a través de mi bebé.

Siento algo frío rozarme la espalda y el aroma del alcohol se mete en mi nariz. Giro la cabeza y me encuentro con unos ojos castaños viéndome sin discreción en la cama de al lado.

Es un chico alto, tanto que sus pies sobresalen al otro lado de la camilla. Cuando levanto la mirada, el hombre me guiña un ojo y me sonríe con descaro.

Frunzo el ceño de manera automática y su sonrisa se vuelve más amplia. Me dice algo en un idioma desconocido y no necesito conocer el significado tras sus palabras para darme cuenta de que no ha sido precisamente un comentario sobre el clima. Mi apariencia me ha hecho el blanco de muchos comentarios subidos de tono para reconocer su intencionalidad. La autosuficiencia parece brotarle a él de los poros. Tiene esa seguridad de las personas ridículamente bonitas que creen que sus atributos físicos les sirven como pase de entrada a cualquier parte.

"Vete al diablo, idiota" pienso mientras giro la cabeza, de manera que ya no lo estoy viendo a él sino que veo la nuca de la chica rubia de Esmeralda ¿o es la de Aguamarina? Da igual. Nunca he conseguido llevarme precisamente bien con otras chicas.

A mis espaldas, escucho al hombre reírse.

La enfermera me habla de nuevo. Explicándome que va a realizar la parte en que sentiré cosquillas. Inhalo profundamente, del mismo modo en que lo hacía cuando nos ponían, mes a mes, las siempre confiables inyecciones anticonceptivas. A Vikram no le gustaba que sus supersoldados se echaran a perder con la maternidad. La sensación no se parece en nada a la invasión de la aguja penetrando mi carne. Siento algo parecido a cuando Anton saca las plumas de las almohadas y luego se tendía sobre mi barriga y me hacía cosquillas en la piel desnuda de la cara.

–El dispositivo está adentro.

Frunzo el ceño. ¿Ha dicho eso en ruso? ¿Por qué repentinamente su acento ha mejorado¡

–Colocando acelerador de crecimiento celular– murmura ella y caigo en cuenta de que la cosa que me han implantado ya debe estar funcionando. Están hablando en bambassi, pero yo las escucho en ruso. Me permito maravillarme por tres segundos y entonces vuelvo a poner la misma máscara de indiferencia. Siento mi piel calentarse en una línea delgada de mi espalda y entonces no siento nada–. Ya estás lista, linda – dice la mujer mientras me da un golpecito en el hombro, como diciéndome que me levante. Me giro y me siento sobre la cama, con las piernas colgando sobre el borde–. ¿Puedes entender lo que te estoy diciendo?

Asiento con la cabeza.

–¡Fantástico!– dice ella dándome una sonrisa que tensa sus delgadas mejillas oscuras–. No deberías sentir ninguna molestia pero, si acaso así fuera, tendrás un teléfono en tu nueva casa con la que podrás contactarnos. ¿De acuerdo?

Intento encontrar algún retraso entre el movimiento de sus labios y la forma en que mi cerebro escucha lo que ella dice, pero no hay ninguno. Es como si en un parpadeo hubiese aprendido a hablar un nuevo idioma.

–Puedes irte, linda.

–Gracias– digo yo. Y la mujer se me queda mirando con confusión. Ella aún no entiende lo que yo le estoy diciendo–. Gracias– repito mientras le palmoteo el codo y ella asiente y me sonríe.

–Puedes ir a comer. El comedor común está por allá– dice apuntando una puerta al fondo de la enfermería.

Me bajo de la cama y camino con resolución hacia la puerta. Hay un sendero al aire libre, con los mismos extraños árboles, delgados y con largas hojas en la cima, que vimos en el camino hacia el anfiteatro. Empiezo a caminar sola por el sendero cuando alguien me sujeta del brazo.

El contacto es caliente. No hay otra forma de describirlo, como si la persona que me sujetara estuviera ardiendo en fiebre o hubiese estado demasiado cerca del fuego de una chimenea durante un largo rato. Es ese calor lo que me hace descartar de inmediato que es Alkonost quien me sujeta. Las manos de Alkonost siempre están frías.

La mano, lo primero que consigo ver, se enrosca alrededor de mi codo. Es una mano tan grande que consigue cerrarse sobre sí misma, con mi brazo aprisionado en su interior. Cuando alzo la mirada, me encuentro con los mismos ojos castaños que vi hace un rato, observándome con intensidad.


Rhiannon Phyl, isla Aguamarina


–¡Se suponía que estaríamos todos aquí al mismo tiempo!– le grita Oberón a Essus, que permanece estoico frente a él con una mueca divertida en el rostro.

–Y todos los aerotranvías ingresaron exactamente al mismo tiempo a la estación– dice él mientras le sonríe como un niño travieso–. No es mi culpa que Suyay decidiera hacer lo que le dio la gana y mandar a sus campeones sin escolta.

–¡Podría estar movilizando a sus ejércitos para atacarnos!– interviene Veronique, con las mejillas pálidas bajo su piel bronceada.

–Ella no haría eso, ¿o sí?– pregunta Valkyr dando un paso y colocándose a la derecha de Essus, que le da una mirada tranquilizadora antes de devolver su atención al hombre que parece sudar a mares bajo un traje de cinco piezas nada adecuado para el clima que hace hoy.

–El aerotranvía de Cuarzo ha sido enviado nuevamente a la isla de Suyay, en caso de que decida iluminar nuestro día con su presencia– explica Essus con sequedad.

"Ojalá que no se aparezca", pienso mientras mi mano se dirige hacia mi bolso, donde guardo la pequeña tableta en que el rostro, conocido y casi olvidado al mismo tiempo, sigue sonriéndome. "Ojalá que su transporte se caiga al mar y ella se ahogue"

Oberón continúa gritándole a Essus que lo que ha salido mal hoy es completamente su culpa, aunque parece ser el único que piensa así. Gracias a los dispositivos que nos hemos implantado también nosotros, le entiendo a la perfección todo lo que le grita en alemán, mientras Essus le responde con tranquilidad en inglés, pero las palabras llegan a mí en portugués.

Joao, a quien al fin le entendemos sin problema, le dice algo a Radhika, que frunce el ceño y le responde reforzando cada palabra con un gesto. El idioma por fin ha dejado de ser una barrera entre nosotros, lo que nos quita un problema de encima.

Sin embargo Suyay y una eventual traición tiene a todos con los pelos de punta.

–¡Vean eso!– exclama Makemba mientras señala el cielo con un dedo.

–Es el aerotranvía– dice Essus mientras saca un objeto cuadrado de su bolsillo y observa atentamente la pantalla– Es el de Suyay y está registrando a once personas en su interior.

Me tenso de inmediato.

–No los… no los habrá traído a ellos ¿verdad?

Los rostros de los nueve se convierten en una máscara sombría. Al fondo, apoyado en una columna, veo la figura sombría del brujo de Makemba, observando la escena con malevolencia. El aerotranvía desciende, siguiendo su ruta invisible y se acomoda para ingresar a la estación, entre los vagones de Zafiro y Amatista.

Siento las palmas de las manos húmedas.

"Contrólate", me ordeno mientras respiro por la boca. "Es solo un peón. Una pieza más en los Juegos. No te podría importar menos".

La puerta se abre y la primera en bajar es Suyay, aunque veo las diez siluetas detrás de ella. Ella sonríe, como si no viera el montón de ceños fruncidos que la reciben en la estación.

–No me esperaba un comité de bienvenida– dice ella mientras le guiña un ojo a Essus con descaro– Gracias, querido, por enviar el transporte de regreso. La sincronización ha sido absolutamente magnífica.

El vestido, de un blanco virginal, parece incongruente con el resto de su persona, pero no me detengo a prestarle demasiada atención, porque las personas que empiezan a bajar tras ella me atraen como si fuésemos imanes con una polaridad opuesta.

Es un grupo variado, tanto como nuestros campeones. Una mujer con el cabello canoso, un hombre grueso con la piel oscura, una chica con la piel de color caramelo, una mujer que podría pasar por la hermana de Makemba y…

Aspiro con tanta fuerza que siento la mirada de Veronique y de Makemba encima de mí.

Lo primero que pienso cuando lo veo, es que no ha cambiado ni un poco en seis años. Sigue teniendo el mismo cabello negro, quizá unos cuantos centímetros más largo y las mismas cejas gruesas y oscuras para enmarcar unos ojos del color del mar.

Pensé que la vida de privaciones de un expatriado lo habría cambiado o que el haberme convertido en una reina y tener a un país entero bajo mi responsabilidad me habría cambiado a mí pero, en el momento en que sus ojos se encuentran con los míos, me doy cuenta de que vuelvo a ser la chica que reía encantada cuando él giraba el timón de su barco con brusquedad, haciendo que el barco cambiara de curso y el agua salada me salpicara la cara.

Me mira del mismo modo en que lo ha hecho siempre y siento la necesidad de cubrirme, porque vuelvo a sentirme desnuda bajo sus ojos.

–Tristán…– la palabra brota de mis labios sin mi permiso y, a pesar de que no dice nada, él sonríe satisfecho.

Como si yo acabase de hacer justo lo que él esperaba que hiciera.


Que levante la mano quien me ha extrañado!

En primer lugar, disculpen la tardanza, entre el trabajo y el bloqueo que uno de los niñxs de este capítulo me ha generado, me he apartado un poco de la historia, pero aquí me tienen. La inspiración volvió y escribí este capítulo entre el domingo y el lunes, completito. ¡Todo un record! Espero que les haya gustado.

Una aclaración. La frase usada por Khalil en el POV de Coral es latín Sic semper tyrannis se traduce "Así siempre los tiranos" y es atribuida históricamente a Marco Junio Bruto, quien se la dijo a Julio César antes de traicionarlo. Sin embargo posiblemente es un invento dramático. Ha sido utilizada especialmente en la historia de Estados Unidos por los rebeldes para acusar a los gobernantes de tiranía. Más adelante retomaré su sentido en la historia, aunque creo que la frase habla sola.

¿Qué les ha parecido el capítulo? Tengo un montón de ideas nuevas dándome vueltas en la cabeza y algunas interacciones me han tomado por sorpresa. ¿Y a ustedes? ¿A quienes quieren ver interactuando?

Los comentaristas estrella de este capítulo han sido: Patriot, HikariCaelum, bruxi, Jacque–Kari y Siri Tzi. Así va la tabla de posiciones:

Jacque–Kari: 6 puntos

Patriot: 4 puntos

Siri Tzi: 2 puntos

Naty_mu: 1 punto

Camille Carstairs: 1 punto

HikariCaelum: 1 punto

Bruxi: 1 punto

Bermone : 1 punto

Yolotsin Xochitl: 1 punto

MaryDC: 1 punto

La próxima actualización vuelve a ir en horas de mi madrugada, para que les funcione a los europeos. Y ya en el próximo capítulo irá la explicación de para qué les van a servir estos puntitos.

Tenemos unos cuantos regalos esperando por ustedes en el blog. Un precioso dibujo de Disi22 y unos fanarts de Yolotsin Xochitl para los últimos cumpleañeros.

Vamos con las preguntillas:

1. Tu POV favorito y por qué.

2. ¿A qué campeones de islas diferentes ves interactuando en el corto plazo y de qué manera?

3. ¿Cómo se imaginan los alojamientos de los campeones?

4. ¿Cuál es tu teoría sobre los expatriados?

Bonus: la respuesta más creativa se gana un punto adicional para la tabla. ¿Qué método alternativo habrías utilizado para superar la barrera idiomática?

Sobre el título, para este capítulo, "Torre de Babel" aquí tienen la explicación:

Génesis, capítulo 11

La torre de babel

Todo el mundo hablaba una misma lengua y empleaba las mismas palabras. Y cuando los hombres emigraron desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Entonces se dijeron unos a otros: "¡Vamos! Fabriquemos ladrillos y pongámolos a cocer al fuego". Y usaron ladrillos en lugar de piedra, y el asfalto les sirvió de mezcla. Después dijeron: "Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra".

Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: "Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros".

Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad. Por eso se llamó Babel: allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres y los dispersó por toda la tierra.

Eso sería todo de momento. Espero ansiosa sus comentarios.

Un abrazo, E.