Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


9. Cambio de planes

Día 2


Radhika Krish, isla Amatista


Makemba, en un arranque inesperadamente cordial, sujeta los hombros de Rhiannon mientras ella inhala y exhala aire en una bolsa de papel.

Si la chica es pálida al natural, ahora parece haberse convertido en un fantasma, con los ojos ligeramente enrojecidos y manchas de color lavanda rodeándolos.

–Inhala, exhala, inhala, exhala– dice Makemba rítmicamente mientras su bokor observa imperturbable la escena desde un rincón.

El cuarto de la enfermería huele a algún producto de limpieza mezclado con plástico y alcohol, lo que me viene bien para no perder los nervios. Mientras Rhiannon se ayuda de la bolsa de papel para restablecer el equilibrio de su cuerpo, que parece haber sucumbido a un ataque de pánico, yo inundo mis pulmones de este aroma para despejar mi cabeza.

–No sabía que te iba a afectar tanto– dice Suyay con fingida compasión en su voz, aunque sé que ella es incapaz de sentir algo como eso. Rhiannon le dedica una mirada envenenada mientras se concentra en seguir respirando en su bolsa de papel.

–Inhala, exhala, inhala, exhala– repite Makemba y yo me encuentro a mí misma siguiendo sus instrucciones. Puede que Rhiannon fuera la primera en sufrir un shock cuando vio a quienes serían los "Titiriteros", como Suyay ha empezado a llamarlos, pero no fue la única. Aunque tal vez si la más afectada. Supongo que la historia de Rhiannon con Tristán O'Reagan es muy distinta a la que yo tuve en su momento con Karan.

Mi mano se dirige por inercia hacia mi cuello y mis dedos juguetean con los eslabones de plata de la cadena hasta que encuentran el aro que cuelga justo por encima de mi clavícula. No tuve el corazón para deshacerme de él en su momento y ahora parece quemar mi garganta, como si se hubieran calentado bajo el toque ardiente de la persona que lo puso alrededor de mi dedo un día que ahora parece muy lejano.

–Tú… lo sabías. ¿No es cierto?– dice Rhiannon mientras aparta la bolsa de sus labios, que se han tornado casi blancos y mira con odio a Suyay.

–Yo sé muchas cosas– dice ella separándose de la pared, perezosa como un gato– Tendrás que ser un poco más específica.

–Tristán– responde Rhiannon cortante– Sabías sobre mí y sobre Tristán. Lo has traído solo para torturarme, para que pierda la cabeza y deje de preocuparme por mis chicos. Pues te tengo una noticia: no va a funcionar– dice poniéndose de pie y estirándose en toda su altura. Es la más alta de todas nosotras y pesar de los enormes tacones que trae puestos Suyay, una frente a la otra Rhiannon debe mirar hacia abajo.

Suyay suelta una risa suave, provocadora.

–Señoras, debería comportarse– dice Oberón ganándose una mirada asesina de todas las mujeres presentes en la sala–. Es muy poco digno el tener estas… discusiones en público.

–Que yo vea no están en público– aporta Joao, que desde que nos implantaron a nosotros los TTR ha empezado a sonar mucho más inteligente–. Posiblemente por ello han decidido encerrarse aquí mientras la joven Valkyr y el joven Essus se encargan de escoltar a nuestros… invitados– la manera en que pronuncia la última palabra me hace pensar que ha querido referirse a estas personas de una manera mucho más fuerte.

–¿A quién has traído de tu propia isla?– pregunta Veronique entrecerrando los ojos, mientras cruza los brazos bajo sus generosos pechos, ocultos gracias a sus ropas sueltas–. Has escarbado hasta sacar a personas de las que todos nos avergonzamos– dice ella irguiéndose, majestuosa como una reina–. Pero estoy segura de que has tenido el cuidado de no hacer lo mismo contigo misma. ¿Qué clase de criatura manipulable has traído hasta aquí para que estés tan segura de ti misma?

Suyay le sonríe, como un gato a punto de comerse un canario, pero no responde.

–¿Importa?– interviene Alkonost con su voz grave–. Ya están aquí. Ahora el punto es sujetarles la correa antes de que vuelvan a salirse de nuestro control.

–¿Alguna vez han estado bajo nuestro control?– pregunta Makemba apartándose, buscando la protección de su bokor–. ¿No fue precisamente nuestra falta de control sobre todos ellos lo que hizo que los sacáramos de nuestras fronteras?

Pienso, con una punzada de rabia, que cuando Karan se salió de control yo no tenía poder sobre él. No realmente. Era una chica con una carrera política que crecía a pasos de bebé y que había depositado sus sueños en él y en la vida que ansiaba tener. Mi dedo índice se introduce en el anillo mientras el pulgar roza el grabado, un patrón de pequeñas puntas que se entrelazan unas con otras hasta rodear el pequeño aro. Supongo que su afición a los colmillos de elefante no era meramente simbólica.

–Si no sabes cómo manejar a un puñado de criminales entonces deberías replantearte tu idea de controlar al resto del mundo – dice Alkonost burlón–. Anda, ve y dile a tus pequeños voluntarios que te lo has pensado mejor y que no vale la pena que sacrifiquen sus vidas por ti.

Veo a Makemba temblar de furia contenida antes de extender el brazo para frenar el avance del hombre a su lado.

Control. ¿Puedo controlar a Karan ahora?

–¿Cuales son realmente tus planes, Suyay?– pregunta Rhiannon convirtiendo la bolsa en su mano en una bola de papel.– ¿Qué les has ofrecido?

La sonrisa de Suyay se vuelve más amplia.

–Un indulto.

–¿A aquel cuyo país gane?– pregunta Oberón acomodando los puños de su camisa.

–No, por supuesto que no– dice ella moviendo la mano como si espantara una mosca–. Eso haría que beneficiaran a su propio país.

–¿Entonces?

–Les he dado un indulto a todos, en realidad, siempre y cuando nos den un buen espectáculo.

Las alarmas en mi cabeza se disparan. ¡No!

–Absolutamente no– dice Joao mientras observa a Suyay con fría cólera, tal vez por primera vez– ¿Sabes acaso los crímenes que ha cometido Sirhan contra Marfil? ¿Sabes lo peligroso que sería devolverlo a nuestras tierras?

Suyay se encoge de hombros.

–Era algo así como un líder rebelde ¿no? No tendrás que preocuparte por eso, Joao, si Sirhan cumple con su tarea, cuando vuelvas a casa ni tu ni él serán más que soldados rasos.

–¿Qué quieres decir?

La sonrisa de Suyay se vuelve afilada, como un cuchillo:

–¿Realmente crees que los que pierdan aquí conseguirán algo de cualquiera de los demás? Cuando vuelvas a tu pequeña isla, con el rabo entre las piernas, no serás absolutamente nadie.


Khalil Belaali, isla Cuarzo


No es el tipo de mujer que puedes ver en las calles de Cuarzo, lo que llama mi atención de inmediato. Tiene curvas en los lugares correctos y sus ojos, de un azul cielo, apenas si se han fijado en mí a pesar de que ella ha llamado mi atención desde que la vi bajar del tren, enfundada en un abrigo de color blanco que la hacía lucir mucho más voluptuosa de lo que es en realidad.

Desde la forma en que frunce el ceño a como aprieta los puños a ambos lados de sus caderas, su cuerpo habla de ira contenida y del deseo de sacarse eso de adentro.

Cuando se tiende en la camilla junto a la mía, no puedo evitar sonreír.

"Perfecto" pienso mientras me muevo para llamar su atención. La chica deja que su mirada se deslice por mi cuerpo y, cuando devuelve la atención a mi rostro, aprovecho el momento en que sus ojos azules se clavan en los míos: le guiño un ojo y le doy mi sonrisa de chico fácil.

Vista desde tan cerca, su rostro tiene una cualidad felina, con los ojos separados, la nariz pequeña y achatada y el cabello rubio envolviendo su rostro como un halo, cayendo en ondas salvajes sobre sus hombros y espalda. Ella frunce el ceño de manera automática y su evidente molestia me hace sonreír más ampliamente. ¿Qué puedo decir? Tengo dos vicios: los desafíos y el sexo. Ella acaba de entregarme el primero en bandeja de plata y estoy seguro de que conseguiré el segundo con algo de esfuerzo. No logra sino avivar mi interés cuando gira el rostro, de manera que ahora estoy viendo su perfecta nuca en lugar de su cara.

"Que empiece el juego", pienso mientras me echo a reír.

Contemplo con los ojos muy abiertos como el escalpelo abre una línea roja en la piel blanca de su espalda, tan blanca que parece que ella nunca permite que le dé la luz del sol. Su sangre, del mismo color que su vestido, se convierte en una lágrima roja en medio de la nieve.

La enfermera, toda eficiencia, se apresura a insertar el dispositivo y luego cierra la herida usando medicamentos tan avanzados que parecen mágicos. La veo levantarse rápidamente de la camilla y hablar en ruso con la enfermera antes de que se baje de un salto en el mismo instante en que siento el cosquilleo que anuncia que ahora es mi piel la que está siendo cortada.

Las palabras pronunciadas en otro idioma adquieren sentido en mi cabeza de manera automática en cuanto tengo la pequeña escama adentro y siento como untan algo en mi piel que, asumo, es lo que se encarga de cerrar la herida. No le doy tiempo a mi propia enfermera de darme instrucciones antes de girarme sobre la cama y bajar de un salto, siguiendo a la chica que camina con pasos cortos pero elegantes, hacia la puerta al final de la sala.

–¡Espera! ¡Debemos comprobar que el dispositivo se ha acoplado bien a tu sistema! ¿Puedes entender lo que digo?– grita la enfermera haciendo que los campeones que aún permanecen en la sala volteen a verme. Levanto una mano con el pulgar hacia arriba sin molestarme en detenerme.

La veo avanzar rápidamente por el camino adoquinado y el depredador en mí sonríe con intensidad. No me cuesta trabajo alcanzarla. La tomo del brazo y noto que a pesar de que junto a mí luce pequeña y frágil, está en forma, con músculos que se tensan como cuerdas bajo su piel en el momento en que mi mano se envuelve alrededor de su codo. La temperatura de su piel se encuentra unos cuantos grados por debajo de la mía y la diferencia hace que una sensación deliciosa se extienda a través de mi piel, erizando el vello de mis brazos y reforzando el deseo que siento por ella. Lleva un tatuaje en el antebrazo: un montón de líneas verticales de diferentes grosores con pequeños números en la base. Un código de barras… ¡Qué extraño!

Cuando la hago voltearse, sus ojos azules destellan primero con confusión y, un segundo más tarde, con furia.

–¿Qué te pasa? SUÉL–TA–ME– su mano libre se apoya en mi pecho y ella suelta un manotazo que hace que la sangre cante en mis venas. Agradezco internamente la oportuna instalación del objeto traductor. Hacerla gritar será mucho más divertido si sé exactamente lo que está diciendo.

–Escucha– le digo con voz lenta y pausada–, estoy seguro de que hay un montón de camas libres por aquí. Consigamos una y divirtámonos un rato antes de seguir con todo esto.

Su boca se abre, formando una O rosada.

–Disculpa…¿qué?

Le sonrío.

–¡No me digas que no te han instalado bien tu traductor!– bromeo mientras resigo su columna con un dedo, rozando la piel sensible en donde acaban de cortarla. Ella se tensa como un cable bajo mi toque y la veo morderse el labio inferior. Sus ojos bajan y sus pestañas, un poco más oscuras que su cabello, proyectan una sombra sobre sus pómulos.

–¿Qué me estás proponiendo exactamente?– pregunta con voz vibrante.

¡Vaya! Intento ignorar la punzada de decepción al ver lo rápido que ha cedido, pero definitivamente no le haré ascos a una chica como esta. Le sonrío, haciendo que mi único hoyuelo se marque profundamente en mi mejilla izquierda y la veo parpadear rápidamente.

–Lo que tú quieras, en el lugar en que quieras. Ni siquiera tenemos que conseguir una cama.

–¡Vaya! Que… práctico– murmura mientras tira con suavidad de su brazo, y como sé que ya he ganado, la dejo soltarse. Ella apoya ambas manos sobre mis hombros y se inclina hacia adelante. Yo cierro los ojos, preparado para el beso. Entonces ella se mueve, tan rápido que llega a sorprenderme inclusive a mí.

Es la primera vez que alguien consigue cogerme con la guardia baja. Sus manos se anclan a mis hombros con dedos de acero y su rodilla se proyecta hacia adelante. No tengo tiempo para desviar el ataque o para resguardar mis partes nobles. Su articulación conecta directamente con mi cuerpo y el aire se escapa de mis pulmones cuando el dolor atraviesa mi columna.

Un gruñido se escapa de mi garganta cuando caigo de rodillas al suelo.

–¿Sabes? Hace un rato me has dado la impresión de ser un poco estúpido, pero decidí darte el beneficio de la duda. ¿Ahora? ¡Ahora estoy segura! ¡Eres un imbécil!– suelta ella entre dientes.

Escucho los pequeños tacones de sus zapatos resonar contra el suelo mientras mantengo los ojos clavados en los adoquines y las manos en mi entrepierna. En medio del dolor cegador, una chispa se enciende en mi interior y a pesar de que posiblemente es el gesto más ilógico en esta situación, sonrío.

Esto sin duda será divertido.


Hugo Neisser, isla Esmeralda


–¿Ya casi terminas? ¿Estás listo para ir a probar esta cosa con otras personas? ¿Crees que falte mucho?– Amara prácticamente está saltando junto al cabecero de mi cama, disparando preguntas mientras espera a que la mujer termine de instalar la pequeña escama púrpura que hará que pueda entender otros idiomas.

–Dame un minuto– digo apoyando la barbilla sobre mis brazos cruzados mientras la enfermera me pide, en un mal francés, que me relaje.

–Es bastante genial todo esto ¿no crees?– pregunta ella mientras su coleta oscila de un lado al otro.

–¿Cómo has conseguido recogerte el pelo?– pregunto mientras siento un cosquilleo en la espalda–. Habías dicho que no habías traído ligas.

–Soy una chica de recursos– dice mientras se lleva las manos a la cabeza y me muestra lo que parece ser una pequeña linterna plateada–. Se la he quitado a la enferma cuando se ha descuidado.

–¿Se la robaste?– pregunto quizás con un poco más de volumen de lo necesario.

–En primera, no deberías gritar eso cuando ahora casi todos en la habitación pueden entenderte– dice ella mientras se aparta un poco para que yo me siente en la cama–. Y, en segundo lugar, tienen un mueble lleno de estas cosas, créeme, no la echarán en falta. Ellos no lo necesitan y yo sí. He buscado lápices, pero no tenían. Aquí todos usan esas cosas raras– dice mientras hace un gesto con la mano para representar algo rectangular, como un cuaderno. Se refiere a las pequeñas pantallas que las mujeres que nos están atendiendo utilizan con tanta torpeza –. ¿Sabías que tienen fichas de cada uno de nosotros ahí dentro?– pregunta en tono confidente–. Estoy segura de que ellos si saben que talla de camisa eres– dice echándose a reír.

–Deja de molestarla por eso– digo mientras tomo la camisa demasiado chica de la silla de la que la he colgado. Vuelvo a ponerme la camiseta y doblo la camisa sobre mi brazo antes de contestarle a la mujer, que ahora parece hablar un perfecto francés, que sí he entendido todo lo que me ha dicho.

–¿Estás listo?– pregunta Amara, cargada de energía–. Porque yo estoy lista, estoy lista para todo.

Me río por lo bajo.

–Vamos, han dicho que el comedor está por allá.

–¡Bien!– dice ella, sorprendiéndome cuando me toma con naturalidad de la mano–. Porque tengo hambre.

La habitación está casi vacía. Solo queda el chico al que han dejado inconsciente en una de las camas más alejadas y la chica rubia de Aguamarina, que duerme profundamente sobre una de las camillas. La diamante está sentada en un rincón con los ojos cerrados y las piernas dobladas sobre el asiento, mientras que el rubí está apoyando un hombro contra la puerta mientras observa al chico que ha noqueado hace unos minutos con los ojos entrecerrados, el marfil. En medio de la bruma de los sueños no luce tan amenazador como antes. Los dos ónices están, igual que nosotros, levantándose para salir justo ahora.

–A la aguamarina han tenido que dormirla para practicarle la cirugía– dice Amara.

–¿Y por qué?

–No lo sé. ¡No soy una cotilla!– dice riéndose. Amara se ríe mucho–. ¿Qué crees que haya de comer?

La pregunta a la respuesta de Amara queda respondida en el momento en que atravesamos las puertas dobles de un edificio con un cartel que reza "Comedor Común" en todos los idiomas. Intento leer las palabras en los idiomas restantes pero resulta evidente que sigo siendo incapaz de hacerlo. Las palabras escritas en lo que asumo son ruso y árabe ni siquiera utilizan el mismo alfabeto.

–¡Uuuuh, algo huele rico aquí! ¿No te encanta comer? ¡A mí me encanta comer!– exclama Amara mientras se mete en la cola detrás de los ámbares.

Las mesas están cargadas con fuentes con comida conocida y desconocida. Una selección de platillos de las diez islas, supongo. Cada plato tiene una pequeña bandera de la isla de la que proviene. Mientras yo selecciono solo las cosas que conozco, veo a Amara llenarse el plato de carnes que nunca he visto, incluyendo lo que parece una especie de lagartija asada en un espetón diminuto con la bandera de Marfil.

–¿Estás segura de que quieres comer eso? – pregunto cuando veo que se sirve generosas porciones de alguna clase de ave cubierta con una especia que la hace lucir roja.

–No, pero ¿cómo sabré que no me gusta si no llego a probarla?– replica mientras toma un vaso con un líquido de color amarillo que me hace desconfiar. En su lugar elijo un vaso de siempre confiable leche.

La guío hacia una mesa libre, pero ella niega con la cabeza al tiempo que me da una sonrisa y deja caer su bandeja frente al chico de Diamante, que está comiendo solo. No veo a su compañera en ninguna parte, así que asumo que sigue en la enfermería.

Amara deja caer la bandeja con tan poco cuidado sobre la mesa que veo el vaso oscilar, a punto de derramarse en la mesa, pero el chico reacciona rápido y lo endereza con facilidad.

–¡Nada mal!– dice ella mientras se deja caer en la mesa con una sonrisa que deja al descubierto una hilera de dientes blancos.

Él voltea a verme como diciéndome "¡Hey! ¿Qué le pasa a esta chica?" Me encojo de hombros y me siento al lado de ella

–Hay un montón de mesas desocupadas por allá– dice él.

–Ya, pero yo quería sentarme en esta. A ver si eres tan bueno en los duelos de miradas si no estamos a diez metros de distancia.

Él se muerde el labio para reprimir una sonrisa.

–Ya sabía que tu cara me parecía conocida.

–Me han dicho que tengo un rostro bastante inolvidable– admite Amara–. Yo soy Amara y este de aquí es Hugo. No te preocupes, no siempre es así de callado, puede que al principio parezca que le caes mal, pero prometo que después se comportará.

Suelto el tenedor y la veo con los ojos como platos, pero ella se limita a guiñarme un ojo y a empezar a comer.

–Henrik– dice el otro chico mientras Amara mastica.

–¡Vaya! ¡La lagartija sabe inesperadamente bien!

–Coincido– aporta el otro chico y noto que su plato también está lleno de cosas raras.

Comparo a Amara con otras chicas a las que conozco. Nadina es mi primer referente, pero ahí donde mi nueva aliada es básicamente como yesca alcanzada por una chispa, Nadina es toda tranquilidad. Es como comparar un lago, tranquilo y apacible, con los rápidos de un río. Amara jamás podría pasar por mi hermana y por alguna extraña razón esa idea no me molesta, habría sido demasiado inquietante tenerla por hermana.

Pensar en Nadina resulta ser una mala idea, porque empiezo a pensar en casa y en lo preocupada que debe haberse quedado mi madre al saber que finalmente me eligieron. Mi mano se dirige a mi bolsillo, donde guardo la medalla de honor que me entregó el gobierno junto al cadáver de mi padre.

Honor, valor, lealtad…

¿Cuántas maneras habrán de vivir esas tres cosas? ¿Qué manera elegiré yo para hacerlo?


Noa Wunsch, isla Amatista

–¿Por qué simplemente no tomas las cosas que conoces y dejas de pensarlo tanto?– pregunta Ankar mientras apoya la bandeja en la mesa y toma un puñado de servilletas que divide en dos montoncitos para dejar uno sobre mi bandeja.

–¡Hay demasiadas opciones! ¡Y ahí está la mesa de los postres! Tengo que elegir sabiamente si quiero comer de todo.

Ankar suelta un suspiro y toma la bandeja en mis manos y empieza a echar cosas al azar en mi plato.

–¡Hey!

– Si no te gusta, pues no te lo comes. Y siempre puedes volver por más. ¿De acuerdo?

Lo observo con los ojos entrecerrados. No hay duda de que es una buena idea. Me ha servido pequeñas porciones de un montón de cosas, revolviendo platillos de nuestra isla con los de otras para crear opciones muy variadas. Creo que lo que me molesta realmente es que haya tomado la decisión por mí, siempre soy la cabecilla de todo y el estar en el otro lado resulta algo confuso.

–¿Podemos ir ahora a comer?– pregunta suplicante mientras su estómago suelta un ruido extraño.

Me echo a reír.

–¡Claro!– digo ablandándome. Estiro el brazo para tomar la bandeja pero él se aparta.

–Ya la llevo yo– dice él tomando la suya y equilibrando una en cada brazo– ¿podrías traer algo de beber?

Vale, eso ha sido algo raro. Elijo dos vasos de sharbat, con su aromática esencia a flores y lo sigo. Él se sienta en diagonal a la mesa cuadrada en la que están tres chicos, el rubio de Diamante, al que reconozco por el grueso abrigo que cuelga de su silla y a otros dos a los que no consigo ubicar. Podrían ser los esmeraldas o los aguamarinas, pues la chica es rubia.

–Parece que algunos se han dado prisa en hacer amigos– dice Ankar apuntándolos con la cuchara con la que remueve el arroz bañado en la salsa de las chuletillas de cordero.

–Así parece– digo mientras elijo una porción de lo que mi compañero me ha echado en el plato y me la meto en la boca. Es una especie de rollito de verduras envuelto en una masa suave que se derrite en mi boca. Hago un sonidito con la garganta y Ankar me ve con una sonrisa.

– ¿He pasado la prueba?

–Hmmm…

Mi delirio culinario se ve interrumpido cuando la rubia lanza un gritito que hace que ambos chicos en su mesa la observen frenéticos.

–¿Amara?– pregunta el castaño mientras gruesas lágrimas se deslizan por el rostro de la chica– Estás… ¿estás llorando?

Ella tiene las manos apretadas en puños a ambos lados del cuerpo, las levanta mientras traga con dificultad y golpea la mesa con las palmas.

–¡Agua! ¡Agua!– grita ella mientras las lágrimas siguen deslizándose por su cara, que se ha puesto muy roja.

Mi mirada se dirige a su plato, donde veo un pedazo de pollo tandoori pinchado en su tenedor.

–Oh, oh– dice Ankar haciéndose eco de mis pensamientos– Creo que no se esperaba que fuera picante…

–¿Tú crees…?– pregunto mientras lo veo echar atrás la silla con un chirrido y acercarse rápidamente a su mesa.

–Confía en mí, el agua solo lo hará peor– dice mi compañero mientras le quita el vaso que la chica ha estado a punto de llevarse a los labios. El chico castaño, que asumo es su compañero, estudia a Ankar con mirada dura, como decidiendo si es posible confiar en alguien que, a final de cuentas, será su oponente dentro de unos cuantos días.

–¿Qué es lo que le pasa?– pregunta mientras le dedica una mirada ansiosa a la rubia que parece dispuesta a lanzarse el vaso de agua encima para calmar la forma en que el picante del pollo la está volviendo loca.

–Es el pollo– explica Ankar rápidamente–. Con leche se le pasará– dice apuntando el vaso sin tocar sobre la mesa. El otro chico, el diamante, le pasa el vaso y la chica bebe con avidez. El alivio en su rostro resulta evidente. Veo a su compañero ir a la mesa en que se agrupan los vasos con diferentes bebidas y traer otros dos llenos hasta el borde con el mismo líquido blanco. La chica le sonríe agradecida, con los labios rojos y se bebe el que él le ofrece.

–Gracias– dice el chico mientras pone una mano sobre el hombro de su compañera, que empieza a quejarse en lo que supongo es originalmente francés, pero que yo escucho como hindi.

Ankar le da un asentimiento y vuelve a sentarse, sin intercambiar más palabras con él.

–Eso ha sido muy atento de tu parte– digo mientras le doy un golpecito en la muñeca con el mango de la cuchara–. Ankar el héroe. Estoy empezando a pensar que tienes la necesidad de salvar a la gente– bromeo.

–¡Nunca había visto a alguien llorar por la comida!– replica él mientras hunde su cuchara en el plato, ahora frío, de comida.

–Deberemos tomarlo en cuenta cuando nos suelten para pelear– digo mientras lleno mi tenedor con comida y me meto un bocado– ¡arrojaremos comida picante y esperaremos a que todos caigan!

–Todos caerán a nuestros pies– acepta él uniéndose a la tonta broma.

La comida se siente extraña en mi lengua, como si se hubiese hecho una bola demasiado grande para ser tragada. Tomo el sharbat y bebo un trago, lo que ayuda a que la comida descienda por mi garganta. Pero algo anda mal, porque de repente siento extraña la lengua.

Empiezo a toser. Me llevo las manos a la boca y me meto los dedos para palpar mi lengua, que parece haber crecido hasta alcanzar el doble de su tamaño.

–¿Noa?

Intento hacer memoria. Esto ya me había pasado antes. Habíamos ido a comer fuera y mamá me dio algo de su propio plato con el tenedor. Una especie de harina muy gruesa, como migas de pan… Ella lo llamó sémola… Veo, con horror, la misma cosa entre los restos de la comida que Ankar ha echado en mi plato.

–¡¿Noa?!

–Soy alérgica– chillo mientras siento como mi garganta se cierra y el aire deja de entrar en mis pulmones.


Carlens Newman Cliffort, isla Zafiro


–Algunos conseguirán matarse con la comida antes de entrar a la Arena– intento bromear con Nayara que se limita a mordisquear un sándwich de queso.

El amatista, con su cabello rojo como una llamarada, toma a su compañera en brazos, posiblemente alegrándose de que sea muy delgada. El esmeralda se adelanta y mantiene abiertas las puertas dobles para que él la lleve, a toda prisa, hacia la enfermería en que nos acaban de meter el TTR.

–¿Me has escuchado?– pregunto rozando su mano.

–Ajá– musita Nayara apartando los dedos.

Enarco las cejas, confundido por la manera en que ha cambiado su forma de tratarme de la noche a la mañana.

–¿Te encuentras bien?

Ella alza la mirada, con los ojos castaños brillando de indignación.

–¿Por qué no habría de estarlo, Carlens?– pregunta mientras deja la comida sobre el plato y aparta la bandeja. – Después de todo ayer me echaste de tu cuarto– dice alzando un dedo–, esta mañana me hablaste como si nada en el desayuno– añade agregando otro dedo–, luego decidiste volver a ignorarme en el aerotranvía, hasta que dejaste de hacerlo y entonces querías que te contara sobre mi vida– apunta alzando dos dedos de golpe.– Por no mencionar que estuviste a punto de meterte en una pelea de lo más estúpida antes de tiempo y que luego te pusiste a hacerle ojitos a la cuarzo– dice descargando la mano entera sobre la mesa.– Así que ¿por qué no debería estar bien?

No llega a gritar, lo cual curiosamente resulta mucho peor. Doy un vistazo al comedor y me doy cuenta de que Nayara es tan controlada que nadie ha notado lo furiosa que está. Solo estoy yo para dar cuentas de ello.

–Lo siento– me disculpo torpemente.

–Ya. No es como si eso arreglara algo ¿verdad? Dime ¿si quiera te agrado un poco?– pregunta con un tono ligeramente lastimero.– ¿Sabes qué? Mejor olvida que te he preguntado eso– dice pasándose las manos por el pelo.

–No. Quiero decir, sí. ¡Por supuesto que me caes bien!

–Entonces ¿por qué rayos te comportas como un lunático?

No le contesto de inmediato. Clavo la mirada en el pedazo de pollo frito que tengo en mi plato, frunciéndole el ceño como si hubiese sido él y no yo quien metió la pata.

–Estás discutiendo conmigo– suelta ella entre dientes–. ¿Podrías al menos verme a la cara?

Levanto los ojos con lentitud, de la misma forma en que lo hacía cuando era más pequeño y mamá me reñía por algo. Siempre he tenido la costumbre de bajar la mirada cuando me regañan. Pensar en mamá… está mal. Siento como el peso de su ausencia recae en mí. De haber estado viva ¿habría aprobado que yo me metiera en esto?

Ella habría querido que yo encontrara a Aisha, eso ni dudarlo, pero…

–¡Carlens!– exclama Nayara y cuando alzo la mirada veo que ella está observado preocupada la manera en que estoy sujetando los bordes de la mesa, con tanta fuerza que mis nudillos se han vuelto blancos.

La suelto de inmediato y las manos me laten cuando la sangre vuelve a circular con normalidad.

–Padezco de una psicosis maníaco–depresiva– empiezo con el término más fácilmente entendible, el que, a mi parecer, consigue retratar con más exactitud las implicaciones de mi condición.

–¿Tienes un TAB?– pregunta ella curiosa mientras se pone las manos en el regazo.

TAB es la jerga médica que resume los Trastornos Afectivos Bipolares. La forma bonita en que los médicos intentan explicar mi montaña rusa emocional.

–Sí– digo encogiéndome de hombros.

–¿Desde cuándo?– pregunta ella mientras se inclina hacia adelante y apoya su barbilla sobre sus dos manos, dedicándome toda su atención.

–Me dieron el diagnóstico poco después del inicio de la guerra, pero los doctores creen que podría venir desde antes, solo que con una sintomatología atenuada. Sea lo que sea que eso signifique– digo fingiendo indiferencia.

–¿Cómo se manifiestan tus episodios?– dice ella y de repente me siento como en las largas sesiones con el psiquiatra al que me llevaba Xernón.

–¿Por qué te importa?

–Intento entenderte– dice ella– Además siempre me ha gustado la psiquiatría.

–No estoy loco.

–No dije que lo estuvieras– dice ella sin inmutarse– El mayor error de las personas, aún y con lo avanzada que está la ciencia en casa, es creer que todo padecimiento psiquiátrico es, necesariamente, un tipo de locura.

Habla con la seguridad de quien se sabe muy versado en el tema.

–¡Eres una tragalibros!– la acuso mientras la apunto con un dedo, la tristeza anterior ya olvidada.

–Estoy estudiando medicina– se excusa ella con una sonrisa.

–Estabas– le corrijo y ella frunce el ceño– No te enfades– le digo alzando las manos– Pero es cierto ¿no? Estabas estudiando medicina porque ahora estás aquí y si pierdes, te mueres. Y si ganas… ¿quién sabe qué van a hacer con el que gane?

–¿A qué te refieres?

–Pues van a tener a un ganador que básicamente ha matado o sobrevivido a otras diecinueve personas y a nueve países que tendrán que plegarse a un nuevo estilo de gobierno que solo tuvo la suerte o la ventaja de que consiguió que sus representantes aguantaran un poco más que los demás. ¿Correcto?

–Correcto.

–¿Sinceramente crees que si ganas, te dejarán simplemente volver a casa, con tu hermanito? ¿O volver a ir a clases como si fueras una persona cualquiera?

Ella no contesta.

–Nos han prometido un montón de dinero y yo ya sé que será lo primero que haré con él. Pero ¿crees que el dinero venga solo?

Ella me observa con recelo.

–No lo habías pensado ¿cierto?– digo mientras me echo hacia atrás, repentinamente sin apetito.

Ella niega con la cabeza.

–Y no te ha sentado bien– adivino.

Por su expresión, asumo que la respuesta es no.

–Estarás bien– le digo palmoteándole la mano– En este momento tienes un… – hago las matemáticas– ¿5% de probabilidades de ganar? Si consigues hacer valer ese mísero segmento a tu favor, entonces podrás preocuparte por lo que harán contigo si ganas… y de paso podrás ver qué haces con las caras de todos ellos– digo apuntando a la gente a nuestro alrededor.

–¿Con sus caras?

–Será mejor que te acostumbres a verlos– murmuro sombrío– porque si ganas, los verás cada noche en tus pesadillas.


Elíma Kairo, isla Ámbar


Mi estómago parece encogerse cuando veo la pequeña montaña de comida que se acumula sobre mi plato.

–Con solo verlo me siento enferma– me quejo débilmente mientras jugueteo con la cuchara, de un metal duro como el hierro. En casa no tenemos cubiertos de metal y, en muchos casos, hay quienes no tienen cubiertos del todo. Mamá ha construido unos usando ramitas, pero no se pueden comparar con la belleza de estos objetos, que parecen destellar bajo la luz de las bombillas, alargadas y blancas, que se encuentran pegadas al techo.

–Come despacio– recomienda Hissène.

Levanto el rostro y lo encuentro observándome. Casi no me habla, pero me mira mucho. He aprendido a aceptar que es una persona callada. Me recuerda un poco a Monzoto, aunque me pregunto si la seriedad de Hissène también será una forma de evitar que la gente piense que es débil.

A Monzoto lo conocí cuando ambos éramos muy chicos aún, un niño desgarbado que, a diferencia de todos los demás, no llevaba las caderas envueltas en la gruesa tela que las mujeres conseguían en los mercados, resultado de deshacer los sacos en que nos llegaba el grano. Él usaba tejidos mucho más finos. A diferencia del resto del grupo, Monzoto nunca pasó demasiadas necesidades. Su padre pertenecía a un renombrado grupo de investigadores médicos y, a pesar de que nunca estaba en casa, a él y a su madre nunca le faltó nada.

No empezamos a llevarnos bien hasta después del choque entre las islas, cuando el convivir con el resto de la gente de la aldea era un requerimiento más que una decisión. Y curiosamente aquel chico callado y de rostro serio escondía a un ser humano espiritual, amable, dulce e increíblemente bondadoso.

Se convirtió en mi mejor amigo en un abrir y cerrar de ojos. ¿O era algo más? En las últimas semanas, cuando empezamos a entrenar codo con codo, los límites en nuestra relación parecieron desdibujarse un poco. Para mí, la revelación vino cuando la gente empezó a insinuar que él y Kenya, otra de las chicas que entrenaba en la academia local, se gustaban.

–Deberías comer algo– sugiere Hissène con esa voz profunda y pausada. El tono de quien no tiene prisa por decir las cosas. Me hace pensar en algo fuerte, un árbol o una roca, algo a lo cual aferrarte durante la tempestad.

No me sonríe, pero algo brilla en el fondo de sus ojos que me hace sentir tranquila.

–Nunca había visto tanta comida en un solo lugar, estoy algo abrumada– intento explicarme.

–A mi ayer no me sentó nada bien la comida– dice mientras toma pequeñas porciones de todo lo que hay en su plato y se las lleva a la boca con la cuchara.

Recuerdo mi encuentro con el sanitario y se me revuelven las tripas, pero la comida huele tan bien que resulta difícil resistirse. Suelto la cuchara y sujeto una hogaza de pan del tamaño de mi puño. No se parece en nada a los panes oscuros y pesados que nos regalan para las fiestas. Este es de un color dorado por fuera y por dentro es completamente blanco y esponjoso. Me lo llevo a la boca y arranco un mordisco.

–Hmmmm… – no consigo nada con que comparar el sabor que estalla en mi boca.

–Estos de aquí también están buenos– dice Hissène mientras parte a la mitad un pastelito relleno de una cosa amarilla. –Es dulce– advierte él cuando levanto la mano.

Trago lo que tengo en la boca y acepto lo que me entrega. Arranco un pedazo y me lo meto a la boca. El sabor es tan bueno que casi me dan ganas de echarme a llorar. Las comisuras de la boca de Hissène se tuercen muy levemente en lo que, supongo, es un amago de sonrisa.

Envalentonada por las experiencias previas, decido meterme en la boca algo de lo que tengo en el plato. Los sabores son perfectos, distintos y perfectamente equilibrados.

–Nadie nunca nos dijo que la comida sería parte del trato– dice él en lo que posiblemente es la frase más larga que lo he oído pronunciar.

–Me doy por servida ahora– intento bromear con él– Aunque me maten, habrá valido la pena.

Descubro, de inmediato, que a él no le gustan esa clase de bromas, porque su boca se convierte en una línea y sus cejas oscuras se juntan.

–Lo siento– suelto de inmediato.

Su rostro se suaviza levemente, aunque la mayor parte del tiempo es difícil decir que es lo que está pensando.

–¿Por qué te disculpas?

–Porque te he molestado. ¿No?

Estudio su cara, tratando de conseguir algo de su expresión que me saque de la oscuridad, pero él no me da nada. Finalmente me dice:

–Es duro– dice finalmente.

–¿El qué?

–Esto. Tú. Nunca imaginé encontrarme a alguien como tú en este lugar.

Sus palabras me confunden. No consigo sacar nada en claro de ellas y él no parece regalarlas tampoco.

–Tendrás que explicarte mejor– digo mientras tomo el vaso de agua, con el cristal cubierto de pequeñas gotitas heladas.

–No me pareces una persona fuerte– dice encogiéndose de hombros mientras sus ojos oscuros recorren mi cara. Estoy a punto de replicar cuando el alza una mano, indicándome que no ha acabado– Pero has conseguido pasar por encima de cientos de personas. Te vi caer en la selección y, aun así, estás aquí. Parece que cada vez que te veo te haces un poco más fuerte. Pero de todas maneras mi primer instinto es protegerte porque siento que te vas a romper ante cualquier cosa.

Me divido entre la sorpresa de oírlo decir tantas cosas y el enojo porque, de buenas a primeras, él acaba de llamarme débil. Al final me decanto por el enojo.

–No soy una debilucha.

–Lo sé– dice él volviendo a esbozar una sonrisa.

–Y no necesito que me protejas.

Él se encoje de hombros y vuelve a dedicar su atención a la comida.

–¡Hissène! Lo digo en serio.

–Ya lo veremos– dice él muy seguro de sí mismo.

–No. No lo veremos. No necesito que cuides de mí. Siempre me he cuidado sola y, por si no te has dado cuenta, no me ha hecho falta conocerte para conseguirlo.

–Ya– es todo lo que dice él.

–¿Eso es todo?

–No me esforzaré en tratar de convencerte– explica él–. Nunca, hasta ahora, has tenido que cuidar tu propio cuello de gente que va expresamente a matarte. Cuando llegue el momento y me encuentres a tu lado, aprenderás a apreciarlo.

Ante esa declaración, no puedo hacer más que guardar silencio.


Elisabeth Zuckerman, isla Diamante


–Podría perderse el almuerzo– dice una de las enfermeras de piel negra, como madera de ébano, mientras me ve reacomodarme en una silla junto a la cama de Éire.

–No tengo mucho apetito y estoy segura de que igual podré conseguir algo de comida más tarde– le digo dedicándole una sonrisa suave a pesar de que por dentro estoy deseando gritarle que se meta en sus propios asuntos.

Ella me responde con una sonrisa y se va a atender a la chica de Amatista, a la que le han dado un antihistamínico para bloquear la reacción alérgica que le ha provocado algo en la comida. Es una de las más jóvenes y se ha hecho un ovillo en la cama como si fuera una niña pequeña mientras combate, sin éxito, el efecto secundario del medicamento, que le provoca sueño.

–De verdad, de verdad lo siento– repite el chico a su lado por lo que debe ser la decimonovena ocasión.

Ella agita la mano, adormecida e intenta hacer una broma, pero se encuentra tan drogada que sus palabras salen a rastras, completamente ininteligibles.

A Éire la han dormido porque ha tenido un ataque de nervios ante la posibilidad de que tuvieran que cortar su piel. Me he perdido de la mayor parte de su discurso, pero en cuanto el aparato traductor ha empezado a funcionar en mi cuerpo he logrado entender lo que le gritaba en portugués a la enfermera.

Palabras como "profanar" y "deidad" me han llamado la atención. Al final su compañero de isla, el chico raro con el cabello largo, le ha lanzado tal cantidad de pullas que la ha hecho rabiar para luego convencerla de que sin la inserción del dispositivo, ella llevará las de perder.

"Deja que Cernunnos decida por ti" le dijo él con un tono que a mí me ha sonado a que se reía de ella, pero que al parecer a Éire la ha parecido muy lógico "deja que te duerman y, si él lo permite, que cuando despiertes puedas entender las lenguas"

Bajo ese raciocinio ella aceptó, pero en cuanto la sedaron el chico soltó una risa despectiva y meneó la cabeza, para luego irse a comer.

Me quedé aquí dentro con ella por dos razones. La primera, la más noble, es que parecía estar bastante aterrorizada por la posibilidad de que alguien la hiciera sangrar. La segunda y la más importante, es que, si me quedo con ella ahora que está vulnerable, me garantizaré su lealtad. Mientras no consiga que Henrik se alíe conmigo, necesitaré una red de seguridad. Podré comer y dormir mejor si sé que tengo a alguien vigilando todo el tiempo. Y Éire a pesar de ser tan delgada como yo, luce fuerte. Funcionará bien para eso.

El cuerpo de la chica sobre la camilla se agita suavemente. Me reacomodo y muevo con cuidado el mechón de cabello rubio que le ha caído sobre la cara. Sus pestañas aletean débilmente hasta que unos ojos castaños quedan al descubierto.

–Buenos días, dormilona– bromeo yo y la boca de ella se abre con sorpresa. Se apresura a acostarse en la cama y deja que su sedosa cabellera rubia resbale sobre su espalda. – Se siente bien no tener que hablar por señas ¿verdad? – le dedico una sonrisa y ella me responde de inmediato.

–Elisabeth– dice con una voz suave y medida– Elisabeth Zuckerman.

–Así es– le digo con dulzura– Y tú eres Éire. Me alegra que te despertaras.

Ella parece pensárselo por un momento y una sonrisa ilumina su cara.

–Cernunnos– dice suavemente. Reconozco su apellido de la tabla que se ilumina débilmente sobre el cabecero de su cama, pero ella lo dice de una manera casi reverencial, como si significara algo completamente distinto a lo que me imagino– Ahora puedo entenderte.

–Sí. ¿No te parece muy práctico?

Ella asiente y se baja de la cama. La enfermera se apresura a venir a comprobar el funcionamiento del aparato, pero Éire no parece prestarle demasiada atención. Hace un gesto para despedir a la mujer, el cual reconozco de quienes tienen una vida entera de haber sido atendidos por sirvientes. Sea quien sea ella, no hay duda de que ha llevado una buena vida.

La mujer insiste, queriendo saber si Éire la entiende. Ella le da un seco asentimiento y vuelve a indicarle que se vaya con la mano.

Decido que me agrada de inmediato. Será un cambio agradable el estar con alguien con clase y la verdad es que la mayor parte de los demás parecen demasiado vulgares para mí excepto tal vez los rubíes. Aunque no descarto a Henrik aún.

–¿Tienes hambre? ¿Quieres ir a comer?

Ella asiente con parsimonia y toquetea un anillo plateado que lleva alrededor del dedo índice de su mano derecha. Tiene unas pequeñas astas sobresaliendo del aro, en dirección a sus nudillos blancos.

–¿Te quedaste conmigo mientras dormía?– pregunta ella alzando una delgada ceja.

–Así es– digo jugándome la carta de la eterna gratitud de inmediato– Me pareció que querrías ver un rostro familiar al despertar. Pensé que tu compañero se quedaría contigo, pero en cuanto anunciaron la comida se fue corriendo– me las ingenio para hacerla sentir simpatía por mí al tiempo que hago quedar mal al otro chico de su isla.

Ella suelta un bufido.

–Maddox es un bruto. No me extraña que esté aquí solo por la comida.

–Me pareció muy cruel que te dejara sola– digo haciendo un puchero.

–No estaba sola– dice ella de inmediato– Cernunnos nunca me abandona.

Hay algo en la manera en que ella dice su apellido que me hace pensar en la forma en que yo misma me refiero a Baldr. Hago una nota mental para preguntárselo después. Caminamos juntas a través del camino de adoquines. El sol ha comenzado a teñirse poco a poco de naranja.

–Sabes, creo que podríamos ser amigas – suelto de repente, tomándola por sorpresa.

–¿Amigas?– pregunta ella parpadeando lentamente.

–Amigas– repito yo. – Puede que dentro de unos días tengamos que pasar por unas cuantas cosas difíciles– digo restándole importancia al hecho de que posiblemente tendré que matarla si alguien no lo hace antes que yo– pero creo que eso no es motivo para que nos llevemos bien. Podemos aprender mucho sobre la otra– le explico.

–Amigas– repite ella– Nunca he tenido una amiga.

–¿No? Pues será genial ser la primera– replico con tranquilidad y le doy una sonrisa.

Ella estudia mi cara y luego, lentamente, me sonríe también.

–Amigas.


Maddox Erwyn, isla Aguamarina


Éire entra al comedor tomada del brazo de la chica que ha estado encima de ella durante la ceremonia de apertura.

Ambas caminan hacia la mesa central, de la que ya han retirado la mayor parte de la comida y eligen unas cuantas cosas. Se sientan en la mesa que los amatistas han dejado libre y empiezan a hablar. Aunque resulta evidente que la que más habla es la diamante, mientras Éire estudia su rostro con atención y responde a sus preguntas de vez en cuando.

Me echo a reír al pensar que Éire ha permitido que le inserten el dispositivo sin saberlo realmente, ni siquiera le ha quedado una cicatriz que la haga sospechar sobre la invasión que su cuerpo, el "templo" de Cernunnos, acaba de sufrir. El problema con la fe ciega de la gente es que la confianza en sus dioses hace que crean cualquier cosa, siempre y cuando venga disfrazada bajo el manto de la divinidad.

Le he sugerido que deje escoger a Cernnunnos, que se suma bajo el manto del sueño y que, si él así lo decide, que al despertar tenga la capacidad de entender a los demás. Aunque claro, después de que le rociaran el rostro con un inhalador que la dejó fuera de combate durante unos minutos, las mujeres de la enfermería aprovecharon para instalarle el dispositivo.

Por supuesto.

La forma en que el rostro de Éire parece relucir mientras se ríe educadamente por algo que ha dicho la diamante, me hace pensar que está convencida de que su dios se ha encargado de enseñarle nueve nuevos idiomas en medio de una siesta. No sé si reírme o sentir pena por ella y su alma crédula.

Aún no decido que es lo que pienso sobre Éire. Es fuerte, eso sin dudarlo, pero a juzgar por la forma en la que realmente parece creer que es un ente divino, una semidiosa o algo parecido, también debe tener cierto grado de locura. Ese nivel de desconexión con la realidad puede ser ciertamente peligroso en un lugar como este. Si alguien decide atacarla en la Arena ¿se defenderá o pensará que su dios la protegerá de cualquier cosa?

Nunca he sido del tipo protector. Sloane y yo siempre hemos sabido cuidarnos solitos y Gwendoline siempre ha tenido a sus padres velando por ella, tal vez un poco más de lo realmente necesario. No estoy acostumbrado a cuidar de nadie más que de mí mismo y tal vez por eso ella resulta absolutamente desconcertante, pues nunca ha conocido nada más que absoluta dedicación de las personas a su alrededor.

Me encuentro a mí mismo haciendo apuestas. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que la realidad la golpee? ¿Una hora? ¿Un día? ¿Una semana? ¿Tiene realmente tanto tiempo para ello?

¿Tiene importancia realmente? A fin de cuentas, estamos solos. Solo uno de nosotros veinte logrará hacerse con la victoria y tengo planeado ser yo.

Aparto la bandeja, ya sin comida e inhalo profundamente. Los aromas se mezclan en el aire: el más cercano es el de la comida, una mezcla de sabores y texturas desconocidas. Sin embargo, una vez que logro apartar lo obvio queda todo lo demás: el aroma a polvo y sudor que desprenden los cuerpos que se mueven a mi alrededor. Al menos media docena de diferentes perfumes y detergentes para lavar la ropa. Por debajo también olfateo el producto de limpieza que han utilizado para desinfectar las mesas y las sillas, un aroma ligeramente cítrico que se mete en mis fosas nasales y se mezcla con todo lo demás.

Siempre me han gustado los aromas, tengo un olfato muy fino y por lo general no tengo problemas en separar las capas que componen un aroma específico. Sloane solía compararme con un perro cuando estábamos más pequeños.

Un aroma nuevo se mezcla con los demás cuando la puerta se abre y mi mirada se dirige automáticamente hacia esa dirección. Los murmullos de las demás personas a mi alrededor parecen apagarse cuando centro mis sentidos en los recién llegados.

Primero entran la chica de Esmeralda junto con el hombre de Zafiro. Él trae el ceño fruncido mientras que ella luce pálida y preocupada. Veo como el chico castaño de Esmeralda se agita en su silla, desconectando de la animada conversación que había estado sosteniendo su compañera con el chico de Diamante. El campeón sigue la figura delgada de la chica mientras ella atraviesa la sala, conduciendo al grupo que viene detrás.

El verdadero foco de atención son las otras diez personas. Cinco hombres y cinco mujeres, un grupo singularmente dispar. Hay una mujer con el cabello plateado y ojos de un color verde oscuro, tiene la boca en una línea apretada mientras camina sosteniendo un bolso de cuero café que debe haber visto mejores días. Una mujer con la piel oscura y el cabello rapado, muy parecida a la líder de Ámbar e incluso a su campeona. Un hombre con el cabello negro como la tinta y la sombra de una barba oscureciéndole el mentón que no deja de ver sobre su hombro, como si estuviera esperando algo. Una mujer con una piel blanca como la porcelana y cejas rectas y gruesas sobre unos bonitos ojos grises. Un hombre con piel olivácea y el cabello rapado, alto y delgado como un riel que mantiene una media sonrisa en su cara mientras avanza detrás de los dos líderes como si caminara por una pasarela…

Mi cuerpo entra en tensión mientras los veo avanzar por el comedor. En el momento en que los demás toman conciencia de los nuevos visitantes, el salón se sume en silencio. Veo a la rubia de Esmeralda ponerse de pie cuando nota, con alarma, lo pálida que se encuentra su líder, más o menos de su edad, pero vuelve a sentarse cuando la pelirroja niega con la cabeza y articula un "estoy bien".

¿Quiénes son estas personas y por qué me siento repentinamente amenazado por ellas?

La boca se me seca mientras veo a Essus Gwynn, el zafiro, explicarles a los recién llegados que pueden servirse lo que quieran. Mantengo mi rostro libre de expresión, solo en caso de que haya alguien mirando mientras, por dentro, la necesidad de tener más información se abre paso lentamente por mi cuerpo.


Kheira Jovelik, isla Ónice


Las conversaciones se detienen de golpe, como si alguien le hubiese dado al botón de "silencio" de un mando a distancia.

Mis ojos se separan de Raif, que había estado explicándome sobre la vida en una carnicería y se posan en el grupo que ha entrado en tropel en el comedor. Son doce personas, seis hombres y seis mujeres si cuentas a la Esmeralda y el Zafiro, pero son los diez restantes quienes se quedan con mi atención.

Mi mirada baila entre el hombre, pequeño y fornido, que observa a la chica pequeña de Marfil que ha estado comiendo, sola y en silencio, mientras se pasa los dedos distraídamente por el cuello lleno de marcas de dedos. Sigo mi recorrido, deteniéndome en la mujer alta y delgada con la piel de ébano. Su piel oscura me hace pensar inmediatamente en Marfil y Ámbar, las únicas islas que han conservado esos rasgos a través de la historia de nuestro mundo.

Un hecho real es que nadie fuera de Marfil o Ámbar tiene la piel negra. Dos siglos antes de la fragmentación del mundo en nuestras islas, hubo una guerra que confinó a todo hombre, mujer o niño con la piel oscura a lo que antes se conocía como África, sin importar cual fuera su origen. Fue una guerra en búsqueda de la supremacía racial cuyo mayor impacto fue no solo la congregación de un grupo étnico a un solo continente sino también el uso indiscriminado de armas biológicas que impactaron con fuerza al continente asiático. Supongo que la pérdida de vidas en ese sector del mundo explica, en parte, porque no surgieron otras islas de ahí además de Amatista.

No había suficientes personas para luchar por el establecimiento de una nación.

–¿Quiénes serán ellos?– pregunta Raif en un susurro mientras sus ojos verdes barren con interés al grupo de recién llegados.

Me encojo de hombros mientras busco otras similitudes entre el grupo de recién llegados y los rasgos físicos que caracterizan a las otras islas, pero con tantas islas con poblaciones enteramente caucásicas resulta difícil saber cual pertenece a cual, aunque sospecho que debe haber uno de cada una.

Encuentro sin problema al hombre con piel morena de Amatista y a la chica con piel dorada de Cuarzo. Las cinco personas de piel blanca pertenecen a Diamante, Esmeralda, Aguamarina, Rubí y Zafiro. Por último, mis ojos se encuentran con el hombre de piel olivácea que, sin lugar a dudas, viene de Ónice.

No soy dada a sonrojarme, pero, cuando lo veo, siento mis mejillas calentarse, turbada por la mirada libre de inhibiciones que lanza en nuestra dirección. Hay un sonido de vidrio estampándose contra el suelo que me hace desconectar. Volteo a ver a Raif que ahora está agachado debajo de la mesa con las orejas tan rojas como si estuvieran ardiendo.

–¿Te encuentras bien?– pregunto doblándome por la cintura para inclinarme junto con él debajo de la mesa.

–Humm… sí. He golpeado el vaso– explica mientras me muestra el montón de cristales que tiene en la palma de la mano.

–Estoy segura de que entre toda esta gente habrá alguien que se encargue de recoger este tipo de cosas– digo yo, pero de todas maneras me arrodillo debajo de la mesa y empiezo a ayudarle a recoger los pequeños pedazos de vidrio.

–No es necesario que hagas eso– dice él mientras me mira muy serio con sus ojos claros, una rareza en nuestro hogar.

–Lo sé pero…

–¿Es una fiesta privada o puedo acompañarlos?

La interrupción, hecha con un tono alegre, casi festivo, me sobresalta tanto que doy un salto que hace que mi cabeza se golpee contra la mesa.

–¡Aaay!– me quejo mientras dejo caer los cristales en el suelo y me llevo las manos a la cabeza, donde sin duda me saldrá un chichón, con la vista emborronada por las lágrimas.

–¿Estás bien, Kheira?– pregunta Raif mientras suelta el vidrio y acerca la mano, dubitativo, hacia mi cabeza. Al final le gana su educación y se rehúsa a tocarme, aun y cuando sea para comprobar que estoy bien.

–Lo siento, cariño– se excusa el recién llegado, cuyo rostro queda desdibujado por las lágrimas y por la penumbra que hay debajo de la mesa, pero noto la cadencia en sus palabras, dichas en nuestro idioma y no producto de una traducción. Es el hombre de la mirada intensa, el ónice–. ¿Quieres que te ayude a salir de ahí o eres de esas a quienes el mero roce de la carne masculina haría escandalizarse?

Mientras el dolor remite y mi mirada se ajusta a la oscuridad, soy capaz de verlo un poco mejor. Tiene la cabeza rapada y unas cejas bien delineadas sobre unos ojos de un verde un poco más claro que el de Raif. Él hace un movimiento sugestivo con las cejas que me hace resoplar y aceptar la mano que me ofrece.

–Buena chica– dice él con una voz con una cadencia suave y ligeramente aflautada, un punto medio entre la voz de un chico y de una chica. Él coloca una mano sobre mi cabeza, sus dedos rozando el inicio del chichón y me ayuda a maniobrar bajo la mesa para que pueda salir sin hacerme más daño. Me deja sentada en mi sitio y luego rodea la mesa para volver a su lugar, frente al cual hay una bandeja llena de comida en su mayoría de origen vegetal, exceptuando dos huevos duros del tamaño de una canica.

Vuelvo a palparme la cabeza y reviso que no haya sangre en mis dedos, lo cual resulta tranquilizador.

Raif sale de debajo de la mesa y se sienta en su silla con los ojos muy abiertos.

–Así que– empieza el hombre una vez estamos todos sentados– Me ha parecido oír que tu nombre era Kheira– dice él– por lo que no me queda más que asumir que este pedazo de hombre debe ser Raif.

La expresión me hace alzar las cejas y buscar curiosa la mirada de Raif, que parece haberse quedado en blanco y observa, obstinadamente, la silla vacía frente a él en lugar de a nuestro inesperado visitante. ¿Qué le sucede?

El hombre no parece particularmente extrañado por el comportamiento de mi compañero. Simplemente se encoje de hombros y empieza a picotear su comida.

–No me parece muy justo que tú sepas quienes somos nosotros y no nos brindes la misma cortesía– digo con el ceño fruncido.

–¡Aaaaw, linda! ¿Qué no te lo han dicho? Este mundo no es justo– dice sombrío. Sin embargo aparta el tenedor, con el cual ha pinchado uno de los diminutos huevos y dice– Mi nombre es Amar.


Mikhail Petrov, isla Rubí


Los recién llegados se sientan en dos mesas libres, exceptuando al hombre rapado que elige la mesa de los Ónices.

Observo al grupo mientras golpeo suavemente el vaso de cristal con la uña de mi dedo índice. Son gente extraña, decido, un grupo tan variado como el que componemos los campeones con nuestros líderes. Una mezcla de pieles y rasgos completamente heterogénea.

No se quienes sean y tampoco me importa mucho. No creo que supongan una gran diferencia en el juego que hemos venido a jugar e independientemente de su papel en todo esto, no van a afectar mi determinación de ganar.

Me levanto y dejo la bandeja sobre la mesa, ya alguien se encargará de recogerla después. Veo a Lenna levantarse también en dirección a los lavabos que se encuentran al fondo, con pequeños figurines universales que designan a cada puerta como el baño de los hombres y de las mujeres. Sin su abrigo de piel luce delgada a pesar de que sus curvas se marcan bajo el vestido. Sacudo la cabeza. La belleza de Lenna es solo otra de las armas que Alkonost ha traído a los Juegos, si permito que su fragilidad aparente me conmueva, puedo darme por muerto y la que debe acabar muerta es ella, de preferencia bajo mis propias manos por seguirle el juego a semejante déspota.

Escucho pasos acercándose y levanto la mirada para encontrarme con unos ojos de un color gris azulado observándome bajo cejas rectas y pobladas. Es uno de los recién llegados, una mujer no mucho mayor que casi todos nosotros, debe tener unos veinticuatro o veinticinco años.

–Definitivamente puedes ver un tipo ahí– dice ella sin apartar la mirada de mi rostro.

Miro sobre mi hombro, solo para cerciorarme de que me habla a mí. Ella esboza una sonrisa fría.

–Sí, te estoy hablando, rubí. – la mujer utiliza la palabra como un nombre propio. Reconozco la cadencia de mi propia habla. Está hablando en ruso, sin traducciones aunque no estoy seguro de cómo es que lo sé.

La observo sin decir nada, enarcando una ceja y ella suelta una risa suave.

–¡Qué reservado!– se queja ella.

–No te conozco de nada.

–Ah… pero yo si te conozco a ti. Eres el pequeño bastardo ¿no es así?

De repente es como si pequeñas esquirlas de hielo me recorrieran las venas.

–¿No te gusta esa palabra?– dice ella mientras sus labios, rojos y carnosos, se curvan hacia arriba– Seguro que Alkonost te la repite una y otra vez ¿verdad?

No encuentro palabras, así que decido ignorar la pulla y retomar el primer tema.

–¿A qué te referías sobre "ver un tipo"?

–Me acuerdo muy bien de la primera vez que te vi– continúa ella como si yo no hubiera hablado– Debías tener unos… ¿quince? Te colgabas de tu hermana como si fueses un pequeño mono, aunque no tenías nada de pequeño ¿cierto? ¿Has superado ya tu absoluta dependencia hacia Milla? ¿Qué me dices de Alek? ¿Sigue siendo el faldero de tu hermana?

Mi mano se convierte en un puño y siento el deseo de hacerle daño, daño real, por atreverse a hablar así de mi familia. Siento el metal del anillo clavándose en la carne de mi dedo. El grifo, con el lema familiar de los Skola, ruega porque estampe mi puño en la mandíbula bien formada de la mujer.

– Y ahora estás ansiando golpearme ¿no es así?– continúa burlándose ella– He ahí un pequeño rasgo que papi te ha heredado.

–No hables de mi padre– digo entre dientes.

–¿Muy doloroso? Sabes, al principio no reconocí tu nombre cuando leí el expediente. Pero cuando vi las personas asociadas caí en cuenta de que, por supuesto, tu apellido no podía ser Skola, por mucho que decidas llevar el sello de tu padre alrededor del dedo. Pero en cualquier caso el viejo Vikram ya no es más parte del juego. Ahora le toca al fantástico Alkonost hacerse valer– dice con una risa carente de entusiasmo y cuando pronuncia el nombre de Alkonost puedo ver como el veneno impregna la palabra, del mismo modo en que le pasa a Milla cuando habla de él.

Y si algo he aprendido es que cualquier persona que sea enemiga de Alkonost es, por defecto, amiga mía.

–¿Quién eres?– pregunto abriendo el puño. Un cosquilleo me recorre la mano cuando la sangre vuelve a circular.

–Muy posiblemente soy la persona que tendrá que encargarse de que te mueras ahí adentro– dice ella con una sonrisa que hace que sus ojos, con pestañas muy oscuras, brillen con diversión. Ella mueve su cabello sobre su hombro derecho y empieza a juguetear con las puntas, hay una desconexión absoluta entre lo que acaba de decir y su forma de actuar.

–¿Perdón?

–Puede que Alkonost haya reconocido tu talento al venir aquí, pero te engañas si crees que dejará que salgas de ese lugar al que van a enviarte, pequeño bastardo.

–No me gusta esa palabra– digo con calma– Agradecería que dejaras de llamarme de esa manera. Sabes quién soy, así que puedes llamarme Mikhail.

–Mikhail– repite ella–, Mikhail Petrov. Nada de Skola para ti. No podrán tallar el grifo rampante en tu lápida porque no eres uno de ellos realmente ¿verdad? ¿Conseguirá Milla que metan tus restos en la cripta de la familia?

–Realmente no me conoces si estás tan convencida de que todos ellos podrán conmigo. Y no hables de Milla.

–Y tu realmente no tienes ni idea de con quien juegas– dice riéndose de nuevo– ¿Crees que Alkonost mandaría a su compañera de cama a este lugar si pensara, solo por un segundo, que ella no te pondrá las manos encima a la menor oportunidad?

La observo con la mandíbula apretada.

–¿Qué quieres decir?

–A Alkonost siempre le han gustado jóvenes y bonitas– dice señalándose a sí misma– Los ojos claros, la piel blanca y el cabello oscuro que no llegue a negro– dice mientras toma un mechón de su propia cabellera. Veo a Lenna salir del baño, agitando las manos para sacudir el agua y entiendo que es lo que la mujer me está queriendo decir: Lenna es la amante de Alkonost. Y yo… yo tengo que matarla antes de que sea demasiado tarde. Porque si ella está con él, sé que tiene instrucciones explícitas de matarme, sin importar si eso reduce a la mitad las posibilidades que tiene Alkonost de ganar.

No le daré ese gusto.


Aaliya Kegne, isla Marfil


La comida aquí es una ventaja.

Lleno mi cuchara con una crema de color rosado y la acerco a mi nariz. Tiene un olor suave y dulce que no logro identificar. La bandera dice que este en particular viene de Esmeralda, así que asumo que lo que tiene encima, tembloroso como la gelatina, es a base de leche. Meto la cuchara en mi boca y mi garganta hace ruidos extraños. Es simplemente maravilloso.

Cuando trago, me duele la garganta. Me llevo la mano que no sujeta la cuchara al cuello y recorro la piel con las puntas de los dedos. El tejido se encuentra sensible y recuerdo la sensación de estar ahogándome mientras Sharik apretaba sus dedos alrededor de mi cuello y aprisionaba mi tráquea con la base de su mano. El sabor del miedo parece resurgir en mi lengua, pero lo apago llevándome otra cucharada de la sustancia cremosa a la boca.

No permitiré que Sharik haga menguar mi confianza en mí misma. He visto la manera en que me ven algunos de los otros campeones, como si por el mero hecho de apenas superar la edad mínima ya fuera algo comestible para ellos. Se equivocan y se los demostraré a todos en cuanto tenga la oportunidad.

No he llegado hasta aquí por nada. Me exigía mucho a mí misma en cada uno de los entrenamientos. Los observo a todos, uno por uno. La mayoría de los chicos de piel blanca lucen bien, con el cabello brillante y sin huesos expuestos bajo la piel a causa del hambre. Los chicos son musculosos y las chicas, como la cuarzo, que se encuentra sentada devorando un pedazo de carne metido entre dos rebanadas de pan, lucen esplendorosas. Seguro que ninguno de ellos debía escaparse mientras su esposo dormía para acudir a las evaluaciones o inventarse excusas para poder presentarse a las enseñanzas del uso de armas.

Este lugar es curiosamente liberador. Como todos practican religiones diferentes, nadie intentaa predicar aquí. No tengo que escuchar las enseñanzas sobre un dios en el que no creo, el mismo dios que dejó que mi madre muriera sin mover un dedo.

Veo una llamarada de cabello rojo y de repente la chica de Esmeralda, la más joven entre los líderes, está parada delante de las mesas de las que ya han retirado la comida. El hombre de Zafiro está parado junto a ella. Veo un pequeño objeto negro sujeto al cuello de su vestido, de un bonito color verde. Me hace pensar en una versión diminuta de los amplificadores de voz que usaron hace un rato en el anfiteatro.

Cuando ella habla, usando una voz suave pero firme, el sonido se propaga por todas partes, así que supongo que mi idea era correcta.

–Esperamos que su primera comida en Isla Perla haya sido satisfactoria para todos– empieza ella mientras se toma su tiempo para recorrer el salón con la vista, su mirada es muy cálida– Se nos ha notificado que unos cuantos de ustedes han tenido algunos inconvenientes con las variaciones en sus dietas. Nuestro equipo médico está preparado para ayudarles en lo que necesiten, pero les suplicamos sean cuidadosos a partir de ahora. Sus sistemas no están acostumbrados a muchos de los platillos que hemos servido y a pesar de que apreciamos su interés en experimentar las diferentes culturas que ahora se les ofrece, nuestro principal interés es preservar su bienestar.

Su voz se quiebra levemente al finalizar la frase y ella hace una pausa, sube la mirada al techo y parpadea varias veces, como si quisiera apartar las lágrimas. ¿Está… llorando por nosotros? ¿Por qué quiere que estemos bien si de todas formas casi todos vamos a morir?

El zafiro la observa con aprehensión y pone una mano sobre su hombro. Ella alza una mano y se aclara la garganta.

–Lo lamento– dice con suavidad y parece que de verdad lo hace–. En cualquier caso, hemos decidido tener una variante en la agenda de hoy. Como habrán podido notar, tenemos un grupo de recién llegados. Estoy segura de que la mayoría ya habrá caído en cuenta de que se trata de personas con rasgos físicos y culturales que en muchos casos coinciden con los suyos– dice haciendo que su mirada se desplace hacia los desconocidos–. Hay uno por cada isla. Las y los gobernantes hemos decidido darles el resto del día libre a ustedes, de manera que puedan aclimatarse a su nuevo entorno y conocerse unos a otros mientras nos reorganizamos.

Tiene una voz bonita y a pesar de que no titubea al hablar, puedo notar que no se encuentra cómoda.

–La puerta al fondo los conducirá al camino que los lleva a sus nuevos alojamientos. Cada vivienda está rotulada debidamente, así que ninguno debería tener problemas en encontrar su destino.

–Cada unidad habitacional está equipada pensando en sus costumbres y necesidades, sin embargo nos hemos permitido agregar algunos elementos un poco más avanzados– explica el zafiro–. Su uso podría facilitarles su estancia en este lugar, pero no es de carácter obligatorio. Todo en la casa puede funcionar de una manera más… tradicional si así lo prefieren. Si acaso tuvieran dudas, habrá personal de seguridad y asistencia en lugares claramente señalizados.

–Les advertimos que no se tolerarán peleas o agresiones de un campeón a otro– continúa la chica pelirroja– Ya tendremos violencia más que suficiente cuando llegue la etapa de la Arena– dice muy seria– Cualquier campeón que sea descubierto atacando, de manera provocada o no, a otro, será descalificado del proceso.

Siento como el alivio me recorre lentamente el cuerpo. La idea de que las reglas de este lugar me ayuden a mantener a raya a Sharik no deja de ser una ventaja. Sin embargo…

Mi mano se levanta en el aire. Las cejas de la chica se fruncen, como si no esperara que la interrumpiera.

–¿Sí?

–¿Qué pasa con los casos de autodefensa?

Siento las miradas del resto de las personas en la sala clavadas en mi cuerpo. Muevo la cabeza de manera que mi cabello tape las marcas alrededor de mi cuello.

El hombre de Zafiro me sorprende cuando dice:

–Pues en ese caso yo apuntaría por debajo de la cintura– dice guiñándome un ojo.

Escucho risitas tontas a mi alrededor mientras siento como mi piel se oscurece por el sonrojo.

–Si tu vida se encuentra en peligro, puedes defenderte –dice él con algo más de seriedad–. La supervivencia es, a fin de cuentas, la única regla que vale. Pero nos esforzaremos porque la seguridad cumpla con su cometido y todos se encuentren a salvo. Al menos mientras esté en nuestras manos.

–Si no hay más preguntas, pueden marcharse– dice la chica, que parece agotada– En cuanto a los recién llegados, agradeceríamos que se dirigieran en este momento a la puerta principal, donde serán escoltados al anfiteatro. Ellos obedecen, aunque con algo de reticencia. En cuanto ha salido el último de ellos, el hombre de Zafiro nos dice que podemos salir nosotros.

La forma en que todos se levantan de sus asientos me recuerdan las lecciones de lectura que solían darnos en la aldea, cuando el anciano anunciaba que podíamos salir y todos se apretujaban contra la puerta.

Soy la última en salir y cuando volteo hacia un lado, veo como la pelirroja se echa a llorar mientras el hombre de Zafiro intenta consolarla.

A pesar de que soy yo quien va a jugarse el cuello en estos Juegos, no puedo evitar sentir pena por ella.


Oberón Gave, isla Diamante


Seis guardias abren la marcha de los expatriados, nuestros nuevos "Titiriteros" y otros tantos la cierran.

Puede parecer una previsión desproporcionada, porque la mayoría de ellos no se encuentran en buena forma, con pómulos prominentes y costillas que se marcan bajo la ropa, pero todos son criminales y es mejor prevenir que curar.

Desde la hermosa mujer con el rostro de alabastro y las cejas oscuras fruncidas hasta el hombre bajo y de piel oscura que cierra la marcha y que mira a Joao con una sonrisa sardónica y se sienta en una de las sillas como si fuera un trono. Todos son peligrosos.

Comparo cada cara con los nombres en el archivo que nos envió Suyay ayer por la noche:

Dánica Jacov, de Isla Esmeralda, acusada de fabricación ilegal de armas. Tiene una mata de risos castaños coronando su cabeza, las mejillas afiladas y la boca curvada en una sonrisa cruel. Posiblemente fue una mujer hermosa, pero todo cuanto puedo ver es la maldad reluciendo en sus ojos verdes. Valkyr Daalh parece no conocerla en lo absoluto, ni siquiera de nombre, pero no es de sorprenderse, es demasiado joven e inexperta. Ella no debería estar aquí. Tristán O'Reagan, de Isla Aguamarina. Tiene algún pasado tórrido con Rhiannon Phyl, pues solo eso explica la reacción explosiva que tuvo al verlo. Fue acusado de piratería y robo de bienes de la realeza. Aunque en este momento, mientras observa a Rhiannon mientras ella se esfuerza por ignorarlo, no parece, en lo absoluto, peligroso.

Kira Novikov, de Isla Rubí. Es la más joven del grupo, con tan solo veintidós años, aunque parece mayor. Habría resultado elegible como campeona si no la hubiesen mandado al exilio, arrancándole su nacionalidad de cuajo por sus crímenes. No entiendo bien su delito, pues en la ficha solo figuraba un escueto "organización ilegal de actividades culturales" pero viendo la manera en que observa a Alkonost, no dudo que dará problemas. Sirhan Dongo, Isla Marfil. Fue el líder del movimiento rebelde en contra del gobierno durante un par de años. Es tal vez uno de los más peligrosos del grupo, pues de acuerdo a lo que ha contado Joao, no es de los que teme ensuciarse las manos.

Sigo estudiando sus rostros. Me detengo en la mujer negra, Sarabi Akelo, de isla Ambar. Fue encontrada practicándose un aborto. Es uno de esos crímines que solo tiene sentido si se estudia en el entorno en que fue realizado, pues la cantidad de mujeres fértiles en Ámbar es tan reducida que solo ahí puede verse el acabar con una vida que aún no inicia como un verdadero crimen. Amar Basir, Isla Ónice. Fue descubierto en actos abiertamente homosexuales. Si hubiese sido durante el gobierno de Veronique, mucho más liberal, posiblemente no estaría en el grupo, sin embargo, Kasim, el antiguo gobernante, nunca fue tolerante con los sodomitas.

Grace Clarke de Isla Zafiro es el miembro de más edad del grupo. Su cabello plateado cae en suaves ondas a ambos lados de su cara y viéndola vestida con un fino abrigo de lana, nadie imaginaría que está metida en el mismo saco que los criminales que la rodean, ella fue acusada de filtrar información tecnológica confidencial a otras islas, la mía incluida, pienso con una sonrisa. Lucía Falcao, de Cuarzo, es una mujer de piel dorada con grandes ojos de venado, de un tono café chocolate. Destaca entre todos los demás porque su expediente se encontraba curiosamente incompleto, sin explicaciones sobre sus crímenes.

Karan Krish de Isla Amatista es fácilmente reconocible porque comparte su apellido con Radhika, quien estuvo casada brevemente con él. Fue acusado hace siete años de contrabandear marfil, lo que implicaba la cacería furtiva de elefantes, los cuales son una cosa bastante importante en la isla de Radhika.

Mi mirada se encuentra, al final, con la Alistair.

No ha cambiado mucho que digamos en la última década, tiene los mismos ojos de un azul profundo y una cicatriz que atraviesa su cara en diagonal desde el ojo izquierdo hasta la mitad de la nariz. Su incipiente barba se ha llenado de canas, igual que sus sienes, pero fuera de eso sigue viéndose igual de altivo. Como si aún se creyera un rey.

En Diamante no son comunes las revueltas, nuestra gente realmente cree en el factor divino que justifica nuestro mandato y, por tanto, se mantiene obedientemente dentro de los parámetros de lo que resulta aceptable para nosotros, la realeza. Sin embargo, Alistair Bergström consiguió orquestar un intento de tomar el trono que, de no haber sido por mis redes de información, habría acabado con la monarquía Gave.

Lo envié al exilio, que era a dónde pertenecía por ser un desagradecido. Sin titubeos ni arrepentimientos. Y es precisamente eso lo que hace que mi sangre hierva de rabia cuando lo veo ahí sentado, como si mereciera ser parte de esto. Me niego a cumplir con la voluntad de Suyay Kara.

Los rostros de los otros gobernantes me dan confianza. Desde la mueca de asco en el rostro de Makemba hasta la forma obstinada en que Radhika levanta la barbilla. Joao observa a Sirhan con furia, Alkonost le presta a Kira la misma atención que le daría a una cucaracha que ha aplastado por accidente. Valkyr se sienta al lado de Essus con los ojos enrojecidos y él le rodea los hombros con uno de sus largos brazos. Ninguno de los dos parece particularmente interesado en sus expatriados.

Rhiannon finge que no ve a Tristán, Suyay parece bastante complacida consigo misma, pero eso se debe a que su chica es la que menos impone en el grupo que la rodea.

Y yo… yo solo espero que podamos sacarnos este problema de encima antes de que caiga la noche.


Antes que nada este capítulo va dedicado a Jacque–kari, que ayer estuvo de cumpleaños y no pude darle nada porque me di cuenta con algo de tardanza. Por ello y para iniciar bien el año (feliz año nuevoooo!) quiero instaurar una nueva tradición y es otorgar un punto por cumpleaños, el cual se sumaría al de los comentaristas estrella (primeros cinco en comentar). Claramente no me sé los cumpleaños de ustedes, así que agradecería que me dejaran la fecha en el review o me lo mandaran por PM si no quieren exponerse a que todos sepan. Intentaré tener las fechas presentes y sumar el puntaje por publicaciones, pero si acaso se me olvidara (que podría pasar), me lo recuerdan sin ninguna pena.

Los comentaristas estrella del capítulo anterior fueron: Naty Mu, Jacque–Kari, Patriot, Imagine Madness y Yolotsin Xochitl.

Así está la tabla de puntajes:

Jacque–kari: 8 puntos

Patriot: 5 puntos

Naty_ Mu: 2 puntos

Camille Cartairs: 1 punto

HikariCaelum: 1 punto

Bruxi: 1 punto

Bermone: 1 punto

Yolotsin Xochitl: 2 puntos

Marydc: 1 punto

Imagine Madness: 1 punto

Siri Tzi: 2 puntos

Ya ni siquiera intentaré disculparme. ¿Qué puedo decir? La vida es complicada, muchas cosas que hacer y poco tiempo para escribir, por desgracia :( En fin c'est la vie!

Sobre el capítulo… Me gustó escribirlo porque me permitió construir un pedacito más de este mundo nuevo. Espero que ustedes les haya gustado también.

¿Qué les han parecido mis Titiriteros? ¿Verdad que les pega el nombre? A fin de cuentas ellos serán los que se encargarán de pulsar botones en la sala de control, poniéndosela más difícil a sus chicos. Cuando cosas malas les pasen a ellos sin que intervengan otros tributos, ya tienen a quien culpar XD.

Cada uno tiene su propio avatar, pero subiré las fichas al blog cuando comparta el siguiente capítulo, que será narrado desde los puntos de vista de ellos diez, dando un poco de contexto sobre sus condenas. Como habrán podido darse cuenta en este capítulo, algunos tienen historia con los gobernantes y otros ya han empezado a meterse bajo la piel de algunos de sus chicos, así que en mayor o menor medida me sigo echando la soga al cuello yo solita.

Por cierto, no se preocupen si algunos chicos no salieron demasiado en este capítulo o el anterior, pues me estaba encargando de mera ambientación, así que pronto tendrán mucha más interacción entre ellos y el reflector quedará más parejo, lo prometo. Hay un par de chicos en concreto que estuvieron bastante escondidos en este capítulo, pero es porque en el siguiente se viene algo bastante pesado para los ellos, así que les pido paciencia a sus progenitores.

En los regalos para el blog tenemos un par de agregados preciosos. Un nuevo cumpleañero se une a las bellas tarjetas de Yolotsin Xochitl, madre de Elíma: ¡feliz cumpleaños Henrik!

Por otro lado, JXJ2, el padre de Coral, hizo un dibujo precioso de Lenna, en su ambiente natural de rubí, con un vestido rojo que le pega perfecto.

Tengo otro regalito por ahí guardado, pero es en varias partes y quiero que lo detallen, así que preferí no mostrar todas mis cartas en el blog.

Para quienes gustan de escribir, les cuento que en el foro que administro junto con HikariCaelum, Alphabetta y G. Applause, tenemos un intercambio de regalos en periodo de inscripciones (hasta el sábado) y un reto siempre abierto para dejar y tomar temas. Así que quedan invitadísimos. Pueden encontrar el enlace en mi perfil, se llama El diente de león.

Ufff! Que nota tan larga. Espero que no se me esté olvidando nada (pero seguro que sí)

Espero que todos y todas se encuentren muy bien y este año esté lleno de cosas buenas para cada uno de ustedes.

Un abrazo, E.