Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


10. Sed de sangre

Día 2


Sarabi Akelo, isla Marfil


Mi estómago se siente hinchado. Lleno, por primera vez, en más de ocho años. Sin embargo, ni siquiera eso hace que me sienta segura en este lugar.

Un sudor frío, que nada tiene que ver con el calor húmedo de esta pequeña isla, desciende desde mi nuca y moja el cuello de la blusa prestada.

Suyay Kara, la dirigente de Cuarzo, se ha encargado de ponernos presentables a todos, aunque algunos, como Grace Clarke que sujeta su bolso contra su pecho, parecen decididos a seguir aferrándose al pasado. A la vida de pesadilla que llevábamos todos.

No es fácil ser un expatriado. El decir que te quitan tu nacionalidad es una forma corta de expresar que te quitan todo lo que eres: tu familia, tus amigos, tu tierra… y poco a poco, te vas perdiendo a ti mismo también.

Dicen que el primer año es el más difícil y que después de eso consigues aclimatarte. Empiezas a olvidarte poco a poco de todo y de todos, aunque yo creo que, en realidad, nunca llegas a acostumbrarte, especialmente cuando sientes que la justicia se ha ido de paseo durante tu juicio.

Mis ojos se encuentran con los de Makemba Lagos, que sostiene la mirada sin parpadear, su boca es una fina línea mientras se lleva una mano distraídamente hacia su vientre. Es la tercera vez que la veo hacer eso y me pregunto si alguien más le estará prestando la suficiente atención como para darse cuenta de lo que eso significa. ¿Sabrá alguna de estas personas que hay vida creciendo en su interior?

Mi mano se dirige de manera automática a mi propio vientre plano. No hay vida aquí adentro y nunca la habrá. Fue el precio que los loas pusieron a mi desobediencia. En el momento en que decidí cortar de raíz la vida del niño que crecía como la mala hierba en mi útero, me maldijeron con un vientre seco. Jamás podré ser madre y puede que las personas piensen que, a raíz de las decisiones que tomé, eso no es un golpe duro para mí, pero lo cierto es que lo es.

Cuando me di cuenta de que estaba embarazada tenía quince años y un pánico que parecía crecer por segundos en mi interior.

No intentaré justificarme diciendo que el embarazo había sido producto de relaciones forzadas, aunque tampoco puedo llamarle amor al sentimiento que motivó el que me entregara a Umar. Fue algo mucho más primario. Una necesidad que parecía surgirme desde la médula, una que solo él parecía poder apagar.

Los primeros meses fueron sencillos. Nos encontrábamos bajo las sábanas y nos apresurábamos a satisfacernos mutuamente. Él tenía cuatro años más que yo y la misma insoportable necesidad. No estábamos enamorados. Éramos un recurso para el otro. Nos usábamos y ambos lo sabíamos. Nunca hubo problemas por ello.

El problema vino después, cuando pasó una luna y luego otra sin que la sangre manchara mi ropa interior.

Dicen que en Ámbar tenemos la medicina más avanzada del mundo. Y tal vez sea cierto, pero no todos podemos acceder a ella. Por otro lado, también está el asunto del carácter sagrado que tienen las nuevas vidas. Todos se alegran cuando un nuevo bebé viene en camino, pero a nadie parece importarle si estás preparado para recibirlo. Y con eso no estoy hablando solo de la parte de alimentarlo y todo lo demás.

El Estado se encarga de alimentarte a ti durante dieciocho meses para garantizar que el niño se encuentre bien nutrido en tanto y cuando dependa de tu cuerpo. Pero ¿y todo lo demás? ¿Qué podía saber yo sobre ser madre? Nunca conocí a la mía. Murió cuando yo tenía seis meses, una picadura de serpiente que hizo que su cuerpo ardiera de adentro hacia afuera.

Sí, tenemos la mejor medicina. No, no todos podemos usarla.

Makemba aparta la mano de su estómago, probablemente consciente de lo que ha estado haciendo y veo su piel oscurecerse un poco más por el rubor. Ella busca la mirada del bokor, oscuro y temible tras ella. Su amante, su protector. Trae el rostro pintado de blanco, la pintura seca es recorrida por minúsculas fisuras. Parece una calavera. Trae un pantalón de manta de color café claro y un solo collar que le da tres vueltas alrededor del cuello. Son cuentas de color blanco, alargadas y desgastadas. Cuando miro con más atención, me doy cuenta de que, en realidad, son pequeños huesos. No puedo estar completamente segura de que sean de algún animal.

Me estremezco.

El diamante se pone de pie. Lo veo tomar un pequeño aparato de la mesa y colgárselo de la solapa de su traje. Cuando habla, su voz resuena por el extraño espacio en que nos han metido:

—Es hora de ver qué hacemos con todos ustedes.


Alistair Bergström, isla Diamante


Bien dicen que perro viejo no aprende nuevos trucos.

Oberón Gave sigue siendo el mismo engreído, solo que con una década más encima. Los botones de su traje de tres piezas se tensan sobre una barriga demasiado inflada que él disimula abriendo su saco.

Una sonrisa tira de mis labios.

—¿Qué hacen con nosotros? Eso ya está decidido. Ustedes han pedido nuestra ayuda.

La mirada de Oberón se encuentra con la mía y su boca se tensa.

—Yo no le he pedido nada, Bergström. Nunca pediré favores a escoria como tú.

Me echo a reír ante el ataque.

—¿Escoria? ¿Podrías repetirme cuál es el crimen del que se me acusa?

La gente, expatriados y líderes, nos mira como si estuviéramos en medio de un partido de ping pong.

—¡Alta traición! —dice con las venas del cuello saltando sobre su piel.

Enarco las cejas.

—¿Según quién?

Oberón me observa con la rabia tiñendo su rostro de rojo.

—Somos iguales, tú y yo— digo con suavidad, cruzando los brazos sobre mi pecho— Queremos poder y no nos importa quién esté en el camino para tomarlo. La única ventaja que tienes por encima de mí es que nadie sospechó de ti gracias a tu sangre.

Su rostro es drenado de color.

—¿Qué insinúas? — pregunta en voz baja y peligrosa.

—No insinúo nada— digo encogiéndome de hombros.

—No te quiero aquí.

Me echo a reír.

—Ah… pero aquí no mandas tú ¿no es cierto? A todo esto ¿de quién fue la idea? Meter a un puñado de niños a matarse para que uno de ustedes pueda quedarse con el poder absoluto. Me gustaría pensar que ha sido una idea tuya, pero ambos sabemos que nunca has sido la bombilla más brillante de la caja. Así que ¿quién fue? Y más interesante aún ¿cómo fue posible que todos los demás decidieran seguir el juego?

Veo a la chica pelirroja desviar la mirada. Sus manos convirtiéndose en puños sobre sus piernas. El hombre a su lado, el más alto y joven de los varones, estira el brazo y envuelve su mano, pequeña y blanca, con la suya. Ni siquiera voltea a verla, como si fuera algo natural. Ella alza la mirada sorprendida y sus mejillas, hasta hace un momento pálidas, se tiñen de rojo.

—No lo decidimos todos— dice el hombre—. Votamos y perdimos por mayoría. Y si te lo preguntas, la idea fue de Suyay— lo dice como una acusación, pero en cuanto mencionan su nombre, ella levanta la barbilla y sonríe.

—Es cierto, fue mi idea. Una buena idea, en realidad. Lo que pasa es que algunos— dice mirando acusadoramente hacia un lado— son demasiado cobardes para admitirlo.

—Algunos tenemos un criterio distinto sobre la importancia de la vida humana, Suyay— replica la mujer alta y pálida, con los labios fruncidos.

Es fácil, tal vez demasiado, el ponerlos a ellos unos contra otros. Sin embargo, con solo verlos moverse en sus asientos, se puede saber quiénes se arrepienten del sentido de su voto. Los únicos que permanecen imperturbables son Oberón, Suyay y el hombre que va vestido todo de negro.

Desearía que Suyay nos hubiese dado la información sobre los líderes del mismo modo en que nos dio las fichas de los campeones. Sería mucho más sencillo.

Empiezo a asignar islas. La pelirroja es, con solo ver la postura de su cuerpo, de la isla pacifista, Esmeralda. Suyay es de Cuarzo y Oberón de Diamante. La mujer negra debe ser de Ámbar y el hombre a su izquierda debe ser el marfil, pues no ha dejado de ver a Sirhan, desde que llegamos, con un profundo odio. La mujer con la piel de olivo es la ónice, la alta y pálida debe ser, a juzgar por las miradas de cachorro que le ha estado dirigiendo Tristán desde que llegamos, la de Aguamarina y la de la piel bronceada debe ser la amatista. Lo que deja a los dos hombres restantes como el rubí y el zafiro.

Mi cabeza empieza a analizar las posibles tácticas.

El hombre junto a la esmeralda posiblemente sea el zafiro y, a juzgar por la forma en que él la toma de la mano, recorriendo el dorso con su pulgar, son o están camino a ser una pareja. Nada que hacer ahí. Suyay, Oberón y el rubí son un equipo, al menos en cuanto a objetivos, pues son los únicos que parecen estar abiertamente a favor de los Juegos. O al menos lo eran hasta que Suyay decidió traerme a este lugar. La aguamarina se estira para hablar con la pelirroja en voz baja. Hay una innegable complicidad en la forma en la que extiende la mano por encima del hombre y toca el hombro de la chica.

Eso deja a cuatro agentes libres: marfil, ónice, ámbar y amatista.

También está el hecho de que algunos líderes se ven más o menos incómodos con el expatriado que corresponde a su isla. Esmeralda, Rubí, Ámbar, Ónice y Zafiro lucen tensos pero no enfadados. Suyay nos eligió, así que asumo que Lucía es un cordero inofensivo, traída aquí porque era seguro para Suyay el hacerlo. Eso deja a Diamante, Aguamarina, Marfil y Amatista manejando un problema potencial con nosotros aquí. Especialmente porque, en cuanto cumplamos nuestro trabajo, tendremos carta blanca para ir a donde nos dé la gana.

Sonrío.

Esto definitivamente será muy divertido.


Lucía Falcao, isla Cuarzo


El ambiente arde, como si estuviéramos parados al borde de un volcán, a punto de ser arrojados a su interior caliente.

Siento las miradas de los líderes sobre la plataforma del anfiteatro revoloteando sobre mi piel. Nadie se explica mi presencia aquí, lo único que comparto con las nueve personas que me rodea es la condición de persona sin patria. Sin identidad. Sin familia…. Aunque lo cierto es que perdí a mi familia inclusive antes de ser juzgada y hallada culpable.

Malía tenía dieciséis años por aquel entonces. Al menos eso decía el desgastado certificado de nacimiento que mamá guardaba dentro del refrigerador.

"¿Por qué en el refrigerador?" Preguntaba yo. Mamá simplemente se reía y me decía "Para mantenerlo fresco, por supuesto".

En ese entonces debí haber empezado a sospechar que algo no andaba bien con su cabeza, pero a mis diecisiete años no estaba demasiado enfocada en los problemas de mi familia. Como cualquier adolescente normal, los hombres, las fiestas y el sexo me interesaban mucho más.

Perdí mi virginidad a los quince y pensé que nunca me arrepentiría de ello. El "nunca" tardó exactamente dos años en llegar. Mientras veía a Malía con las muñecas y los tobillos atados con lianas y una fina cuerda atravesando su vientre desnudo de lado a lado, manteniéndola acostada sobre una mesa de piedra, lo único en lo que podía pensar era que, de no haber tenido tanta prisa por crecer, yo habría podido tomar su lugar.

Siempre habían corrido los rumores de que en Cuarzo se realizaban sacrificios humanos de vez en cuando para mantener apaciguados a los dioses. Resultaba extraño, el cristianismo había predominado en la región antes de que se diera la división en islas, cuando Cuarzo aún no era Cuarzo, sino un continente que aún hoy se me antoja extraño. Recuerdo que su nombre empezaba por A…

El día en que se llevaron a Malía yo me hallaba en mi cuarto. Era un jueves por la noche y la luna brillaba con intensidad en el cielo. Sobre la mesa se encontraba la botella destapada, el olor profundo y rico del ron inundando la alcoba. Mamá no estaba y, por más que lo intento, no consigo recordar en donde se encontraba.

Escuché el ruido abajo, primero el sonido de los cuadros que colgaban de la pared al caer. Luego vino el grito, el grito de mi hermana.

Malía siempre había sido la buena. La que se esforzaba, la que era amable con todo el mundo. Yo era el caso perdido: la que se escapaba a fiestas, la que era pillada con un chico nuevo cada dos semanas.

Teníamos una buena vida. Vivíamos en una de las mejores zonas de la isla y nunca nos había faltado nada a pesar de que papá había desaparecido poco después del nacimiento de Malía y mi madre no había trabajado nunca en su vida. Nunca se me ocurrió que eso resultaba extraño, que la gente normal no tenía una vida de ensueño sin dar nada a cambio.

Y nosotros tuvimos que darlo.

Me mareé en cuanto conseguí ponerme de pie. La habitación giraba, del mismo modo en que lo hacía mi estómago. No se cuánto tiempo tardé en bajar las escaleras o cuánto me tomo el darme cuenta de que la puerta estaba abierta y mi hermana ya no estaba, pero encontré la sangre: pequeñas gotas rojas esparcidas sobre el suelo de la sala, manchando la alfombra que mamá nunca se molestaba en limpiar.

Lo siguiente que recuerdo es estar en medio de la jungla. El reloj se había detenido. No me importaban los segundos, minutos o las horas. Lo único que me importaba era encontrar a mi hermana. Malía estaba cerca, lo sentía en los huesos.

Para cuando la encontré, el sol estaba a punto de salir. La habían desnudado y tenía símbolos extraños dibujados con pintura roja sobre su vientre plano. Recuerdo que jadeé cuando me di cuenta de que no se trataba de pintura sino de sangre. Su propia sangre, la que manaba del golpe en su cabeza, deslizándose suavemente por su frente. Sus ojos estaban cerrados, pero estaba viva. Veía su pecho subir y bajar con cada lenta respiración.

Caí de rodillas en el suelo y vomité ruidosamente. Demasiado impresionada por la escena como para poder acercarme otro paso. Si lo hubiera hecho, si me hubiera acercado a mi hermana, tal vez ambas pudimos huir esa noche.

La noche en que vi a Suyay Kara por primera vez.

Aún ahora recuerdo el bramido bestial que salió de su boca mientras el cuchillo descendía en el aire, clavándose en el vientre de mi hermana. La sangre manando de la herida como si alguien hubiese abierto el grifo. Todavía no consigo reconocer el sonido animal que salió de mi garganta, un segundo después de eso, como mío. Tampoco consigo verme a mí misma lanzándome directo a su cara con las manos crispadas como si fueran garras. Pero ambas cosas sucedieron.

Ella lo llamó "sacrificio". La pureza de mi hermana serviría para apaciguar a los dioses sedientos de sangre. Yo lo llamé asesinato y fue esa palabra, esa clara muestra de insubordinación, lo que me dio un boleto de idea a las Islas Salvajes, los pequeños fragmentos de tierra a los que arrojaban a los criminales. Mucho más funcionales y peligrosas que una simple cárcel.

Alzo la barbilla y veo a Suyay sonriéndome con dulzura, como si todo este tiempo hubiese estado esperando a que yo volteara a verla. Me sonríe del mismo modo en que lo hizo aquella vez, hace trece años. Como si ella fuera un depredador. Un depredador con sed de sangre.

Entrelazo las manos sobre mi regazo y aprieto con fuerza, a sabiendas de que, esta vez, tampoco seré capaz de evitar que ella derrame más sangre inocente.


Dánica Jacov, isla Esmeralda


Una botella, un pedazo de tela, aceite de motor, gasolina y un encendedor. Eso es todo lo que se necesita para crear una bomba casera.

La botella se llena a un 75% de su capacidad con la mezcla de aceite y gasolina, el trapo se hunde de tal manera que uno de sus extremos entre en contacto con el líquido inflamable, se prende fuego a la tela y se arroja. Al romperse el cristal, el líquido fluye, empapando lo que encuentre en su camino. El aceite de motor se encarga de que la gasolina se adhiera a cualquier superficie y la cualidad combustible de la gasolina se encarga de hacer el resto con la llama.

Si quieres ponerte algo más técnico, puedes hacer un coctel de impacto, en donde en lugar de un trapo encendido, utilizas una mezcla de ácido sulfúrico y clorato de potasio. Cuando se lanza la bomba, el cristal se rompe y el ácido entra en contacto con el clorato, generando una reacción exotérmica que le prende fuego al combustible. ¡Voilà!

Los cocteles de impacto siempre fueron mis favoritos: al daño causado por el fuego le podías sumar el efecto corrosivo del ácido. La vida de una persona puede acabar en minutos con esta mezcla.

Aprendí a prepararlas cuando aún era una estudiante de secundaria. La primera vez que preparé una, tenía quince años y se suponía que sería una broma. La coloqué dentro de un sanitario en el cuarto piso, en el ala de biología. Encendí la mecha y me escondí detrás de los contenedores de basura que esperaban a ser vaciados.

Nadie limpiaba nunca los malditos baños. Pero cuando las cosas tienen que salir de determinada manera, el universo parece conspirar para que sea así. Cuando vi al conserje caminar hacia el baño, las alarmas en mi cuerpo se dispararon. Pude haberlo detenido de haberlo querido, sin embargo, algo que dormía profundamente en mi interior me disuadió de hacerlo. Realmente quería saber qué sucedería.

No vi realmente el espectáculo, sin embargo, si cierro mis ojos, soy capaz de imaginarlo sin problema: la mirada curiosa al encontrar la botella dentro del retrete, la comprensión llegando un segundo demasiado tarde, justo cuando la mecha se acababa, el cristal reventándose por el calor contenido dentro de la botella… la gasolina deslizándose por el mono de trabajo y el fuego alcanzado la piel.

Entonces era cuando comenzaba el grito. Recuerdo verlo corriendo por el pasillo, la mitad superior de su cuerpo ya cubierta de llamas, el fuego tomando posesión del resto de él lentamente… el gemido agónico destrozando su garganta.

Se lanzó por la ventana. Una bola de fuego humana suspendida en un segundo infinito antes de que la gravedad lo lanzara hacia el suelo y juro que en ese instante, su mirada se encontró con la mía y él supo que había sido obra mía. Que todo el dolor y el sufrimiento los había causado yo.

La caída no lo mató, lo hizo el fuego. Y tampoco lo consiguió de inmediato, pasaron dos días antes de que llegara el final. Dicen que la primera vez que matas a alguien te persigue por el resto de tu vida. Supongo que es cierto. El hombre se llamaba Gustav, tenía cuarenta y seis años y fue quien me hizo tomar el gusto por el negocio de la muerte.

El problema es que no conseguí ver cómo se moría.

Me encontré a mí misma tratando de imaginarlo, una y otra vez. Mi curiosidad llegó a ser tal que decidí repetir la experiencia. Ahora bien, nunca he sido una estúpida, sabía que no podía repetir mi hazaña sin lanzar todas las acusaciones sobre mí.

Mi segunda víctima fue un vagabundo, en la calle, una noche cualquiera. Robé una botella de brandy de la reserva privada de mi padre y la dejé descuidadamente en la calle. Él la encontró unos minutos más tarde. La bebió de golpe, no perdió el tiempo degustando la cuidadosa mezcla, se limitó a engullirla, demasiado perdido en su necesidad insoportable como para poder hacerlo de otra manera. Me escondí entre las sombras y esperé a que se durmiera. No lo maté de inmediato. Lo dejé sumirse en la placidez del sueño profundo. Solo entonces tomé la botella, el coctel de impacto, y la arrojé con todas mis fuerzas.

Se reventó contra la pared de ladrillos contra la que estaba recostado y recuerdo que el brillo del fuego en medio de la oscuridad del callejón me pareció hermoso. Pero sin duda lo mejor de todo fue oírlo gritar. Nadie vino en su auxilio. Me había asegurado de que nadie lo hiciera. Estábamos en una zona comercial que se vaciaba por completo durante las noches.

Me quedé hasta el final. Hasta que él cayó al suelo y dejó de gritar. Hasta que las llamas se apagaron, dejando su cuerpo en carne viva. El cabello de su rostro ya no existía y cuando me arrodillé a su lado, él ni siquiera fue capaz de verme. Pero yo sí que lo vi.

La luz apagándose en sus ojos. Su alma, o lo que sea que le daba vida, abandonándolo. Y había algo innegablemente hermoso en ello.

La mayor parte de la gente no comparte mi gusto por ello y me tocó nacer en el lugar más malditamente pacifista que haya existido alguna vez. Mi sed de sangre quemaba mis venas por dentro.

Fue solo cuestión de tiempo para que empezara a crear versiones más sofisticadas de mis bombas. Un poco después, empecé a comercializarlas entre quienes, igual que yo, no estaban del todo contentos con la maldita paz.

Y entonces me atraparon. Y a diferencia de los otros, para quienes la expulsión de sus tierras fue un castigo, yo lo vi como un regalo.

La cristalización de mis mayores sueños. La oportunidad de hacer daño, tanto como quisiera, porque ya no debía tener miedo, porque no había nada que pudieran hacerme ahora.

¿Y ahora tendré a veinte personas a mi merced? ¿Veinte juguetes humanos con los cuales jugar? Diecinueve muertes que planear, todas y cada una de ellas para mí.

Y lo mejor es que nadie se espera lo que se les vendrá encima.


Kira Novikov, isla Rubí


La sonrisa socarrona en la cara de Alkonost me da ganas de darle una palmadita… en la cara… con una pala.

No me considero a mí misma una mujer amargada. No debería serlo, apenas si paso de las dos décadas y definitivamente no tendría que tener esta clase de problemas sobre mi espalda. Debería estar pensando en si debo elegir una especialización en finanzas o en mercadeo, si debo empezar a salir o no con el chico guapo que me ha sonreído desde un rincón en el bar, si el rojo oscuro me favorece o no…

Si hubiera tenido una vida normal, ese es exactamente el tipo de problemas que tendría ahora.

En su lugar estoy en una sala rodeada de delincuentes, psicópatas o idiotas, características no excluyentes entre sí, a la espera de que un grupo de retrógradas de lo más variopinto decida si van a mantener sobre la mesa la oferta que nos trajo aquí en primer lugar o si será mejor darnos la patada nuevamente y enviarnos a un maldito pedazo de tierra en medio del mar en donde puedes considerarte afortunado si consigues agua potable y una jodida manta.

—Relájate, te están empezando a salir arrugas— mi boca se tuerce en una mueca y Amar suelta una risita completamente incongruente con la situación.

—¿Cómo puedes tú estar tranquilo? Están planteándose la posibilidad de mandarnos a "casa"— digo haciendo las comillas con mis dedos.

—¿Nunca has oído la expresión "panza llena, corazón contento"?

Ruedo los ojos.

—¿Te han comprado con tan solo algo de comida?

Él se echa a reír.

—La verdad es que la compañía tampoco ha estado mal. Y no pongas los ojos en blanco, Señorita PasodeTodo, no solo a mí me han parecido de lo más interesantes los elegidos o como sea que les llamen.

—No has debido meterte con el ónice.

—¿Yo? — pregunta abriendo sus ojos verdes con falsa inocencia— Fuiste tú la que entraste a regar veneno por todas partes. ¿Estás segura de que no se esconde una víbora detrás de esos bonitos ojos azules?

—Él merecía saber con quién se estaba metiendo— replico cruzándome de brazos.

—Bajo esa premisa, debiste advertirle a la chica.

—La chica ha estado durmiendo con el diablo. Debe estar podrida por dentro ya. No tiene salvación.

Él enarca sus delgadas cejas.

—¿Seguimos hablando de Lenna— escucho un matiz cadencioso en su voz cuando pronuncia el nombre de la rubí— o es uno de esos extraños momentos en los que hablas de ti misma como si fueras otra persona?

Vuelvo a poner los ojos en blanco.

—Vete al infierno.

—¿No te han dicho? Ya he estado ahí. No es tan malo como lo quieren pintar— dice con una sonrisa que deja al descubierto una hilera de dientes blancos en donde los caninos parecen más puntiagudos de lo usual.

Le doy un golpecito sobre el brazo.

Amar es la única persona del grupo de expatriados con quien se podría decir que tenía una relación antes de que nos cayera todo esto encima: compartíamos una casa diminuta que nosotros mismos nos habíamos encargado de armar. Se podría decir que yo lo elegí a él por considerarlo inofensivo. Con una cara como la mía y la falta de leyes para protegerme, aunado al hecho de que existen cinco o seis expatriados hombres por cada mujer, podría decirse que los asaltos sexuales son una posibilidad muy real.

Nunca me preocupó. Desde que era muy pequeña, mi cara hizo que mi padre se preocupara por instruirme en el sutil arte de poder defenderme a mí misma. Mi madre, por su parte, me enseñó a bailar. A escondidas, por supuesto. Las demostraciones artísticas eran controladas por el Estado y la difusión cultural era casi tan mala como el trasiego de armas. Tal vez más.

Cuando conocí a Alkonost yo tenía dieciséis años y supongo que me tentó su porte de tipo oscuro y peligroso. Cuando me enamoré de él, le mostré lo que podía hacer. Desnudé mi alma y lo dejé verme bailar. Las cosas estuvieron bien por unos cuantos meses, los meses que me tomó el quedarme embarazada.

Viéndolo en retrospectiva, no debí decírselo nunca. Alkonost no estaba interesado en la paternidad, lo único que le tentaba era el poder.

Cuando me encontré con mi culo pateado fuera de Rubí, la causa oficial del proceso de expatriación era "práctica de actividades culturales ilegales". No tuve que pensarlo mucho para llegar a la conclusión de que Alkonost, el único que lo sabía fuera de mi familia, me había traicionado.

Tampoco tuve que esforzarme por saber que mi verdadero crimen era estar gestando a su niño en mi interior. Al final la criatura no fue un problema, la perdí durante el viaje, en medio de sangrados que me hicieron pensar que Alkonost era realmente el diablo y que yo estaba gestando algo sobrenatural en mi interior.

Amar me encontró así, con la ropa manchada con mi propia sangre y la rabia bullendo en mi interior.

Cuando alzo el rostro y mis ojos se encuentran con aquellos orbes tan oscuros que parecen completamente negros, los ojos del diablo, mis labios se curvan hacia arriba por inercia.

"Si de mí depende, no vas a ganar".


Karan Krish, isla Amatista


—Así que ¿esa es tu mujer? — la mirada fija de Sirhan sobre Radhika consigue irritarme, tan solo un poco.

—Así es.

—Era— corrige Dánica.

Mis labios se curvan en una sonrisa automática.

—Técnicamente el divorcio está prohibido en Amatista, por eso ella aún usa mi apellido.

—Técnicamente la cacería de elefantes también y mira en donde estás— replica ella sin apartar la mirada de los líderes.

—Las reglas están para romperse.

—Seguramente eso mismo pensó tu esposa cuando te cerró la puerta en la cara el día en que te echó.

"Triste, pero cierto", pienso mientras cruzo las piernas. Radhika me dedica una mirada fría y veo el pulso latiendo furiosamente sobre un punto en su garganta.

—No parece muy feliz de verte— dice Dánica sonando curiosamente complacida.

—No lo disfrutes tanto— replico sin voltear a verla.

Ella se encoje de hombros.

—La verdad era que esperaba que te diera una patada en las bolas en cuanto te viera, esta es la segunda mejor opción— dice ella sin siquiera voltearse.

—Tienes suerte de ser una mujer bonita.

Su boca se curva en una media sonrisa.

—¿La tengo?

—Si no lo fueras, ya te habría…

—Me habrías… ¿qué? — y sus ojos verdes parecen taladrarme cuando ella se gira. Una risa, suave, musical y totalmente incongruente con su mirada amedrentadora, sale de su garganta— Que no se te olvide lo que pasó la última vez que alguien quiso meterse conmigo, Karan.

Un estremecimiento recorre mi cuerpo. Una cosa es ver la sangre de un animal y otra muy diferente el ver a un ser humano arrastrándose sobre sus brazos, intentando encontrar la otra mitad de su cuerpo. La brutalidad de Dánica es una leyenda.

— Que el rostro no te engañe— dice deslizando el índice por su mejilla—. Las serpientes más peligrosas se visten con los colores más brillantes también.

A mi lado, Sirhan se ríe.

El gusto por la sangre es algo que los tres tenemos en común, con la gran diferencia de que yo nunca he matado a una persona.

La chica pelirroja elije ese momento para alzar la mirada. Sus ojos claros se encuentran con los de Dánica. La chica, que apenas si parece pasar de los veinte, mantiene el contacto, sin inmutare. No parece asustada o tal vez simplemente ignora la peligrosidad de la mujer que se sienta, envuelta en seda, sobre la silla a mi lado.

En mi caso resulta difícil apartar la mirada de mi mujer. A sus treinta y cuatro años, sigue siendo una belleza, a pesar de que sus caderas se han redondeado y hay una pequeña red de arrugas en su cara que no estaba ahí la última vez que la vi.

Una parte de mí, la parte egoísta, piensa que le está bien empleado eso. "Está bien que sufra. Su sufrimiento no se compara con lo que he tenido que soportar yo".

Una parte mucho más pequeña, se siente ligeramente culpable por haber sido parte de ese sufrimiento. Mis ojos se deslizan por su cuerpo y se posan sobre las manos que mantiene entrelazadas sobre el regazo. Veo la pequeña sombra que marca el dedo anular de su mano derecha. Mi boca se contorsiona en una mueca cuando noto que el anillo que puse ahí ha desaparecido. Como dándose cuenta de mi desazón, ella sonríe y alza la barbilla.

—¿Ya has decidido que quieres hacer con ella? — la voz, ligeramente ronca, de Dánica me llega de un lugar muy lejano.

—¿Hacer con ella?

No necesito verla para saber que acaba de rodar sus ojos. Dánica no soporta que la gente no le ponga atención.

—Ya viste la reacción de O'Reagan. Así que ¿piensas ser como él y actuarás como un cachorro en busca de una palmadita o…?

La frase se queda suspendida en el aire. Desde que fuimos reclutados, nadie puede evitar notar las similitudes entre la posición que juega Tristán y la que tengo yo. La diferencia está en que él sigue diciendo que es inocente. La verdad es que me importa muy poco si es cierto o no. Hay verdades difíciles de ocultar y lo cierto es que nunca he sentido por Radhika nada que vaya más allá de un afán posesivo. Nada que se asemeje a la adoración que destila la voz de Tristán cuando habla de la reina Aguamarina o a la mirada desolada que adopta por momentos.

¿Qué quiero hacer con ella? La pregunta rebota en el interior de mi cráneo. Mis labios se curvan:

—Quiero verla de rodillas frente a mí.


Amar Basir, isla Ónice


Nos pueden dividir en dos grupos, a nosotros, los expatriados.

Primero están los que realmente son criminales y luego los que están aquí debido a los juegos políticos que se desarrollan en el interior de sus antiguas islas. No es difícil reconocer quien es quien: Dánica, Sirhan, Karan y Alistair tienen escrito por todas partes su culpabilidad. No hay ni un ápice de arrepentimiento en sus cuerpos. Nada en la postura de sus hombros que sea capaz de decir que tuvieron un juicio apresurado o injusto. Los cuatro usaron la fuerza para cumplir con sus objetivos y sus manos se encuentran manchadas con sangre. A Grace, la mayor del grupo, también puede metérsele en el grupo de los culpables. Puede que no haya tenido que recurrir a la violencia como los demás, pero ella estaba plenamente consciente de que lo que estaba haciendo transgredía las reglas que su país, demasiado permisivo, había establecido.

Otros, como Kira, Lucía y Tristán, mantienen su postura de ser inocentes de los crímenes de los que han sido acusados. Sarabi, la chica de Ámbar, y yo; estamos en la lista de quienes simplemente hemos sido víctimas de una sociedad con una visión demasiado estrecha. Sarabi por arrancarse a un niño vivo y presuntamente en perfectas condiciones de salud de su vientre. En mi caso, lo que figura en las acusaciones en mi contra se puede resumir en la frase "relaciones sexuales moralmente reprochables". La palabra "sodomita" me persigue allá a dónde vaya.

Un ligero siseo sale de entre los dientes de Kira cuando Alkonost, el hombre vestido de negro, se levanta de su asiento. Puedo ver sin problemas el atractivo que la ha cautivado, pero también noto la podredumbre que subyace bajo tanta belleza física.

—El bebé habría sido precioso.

Ella rueda los ojos y yo me río entre dientes.

—Creo que si tuviera la oportunidad yo también me colaría entre sus sábanas— agrego un segundo después.

—No me parece gracioso.

—¿No?

Ella niega con la cabeza, la tristeza y el enfado compitiendo en el fondo de sus ojos por hacerse con el primer lugar.

—Y no deberías bromear con eso.

Las bromas siempre han sido mi primera línea de defensa. Es lo que te queda cuando no hay nadie ahí para defenderte y tampoco tienes la fuerza suficiente para salir adelante.

Me lanzaron al olvido, me tiraron al océano, figurativamente hablando, junto a un puñado de criminales. Cuando estás en una situación así de precaria tienes dos opciones: aprendes a nadar o te ahogas. En mi caso, mi único salvavidas ha sido tomarme siempre las cosas con humor. Reírme de mí mismo y de lo que soy es lo único que evita que ceda a al deseo de rebanarme las venas en medio de la noche. Del mismo modo en que Kira se aferra a su ira y Tristán a su amor perdido.

Son esas pequeñas cosas las que nos mantienen con vida.

La mano de Kira, pequeña y delgada, toca una de las mías.

—Vamos a estar bien— promete en un susurro.

—Esto es una pérdida de tiempo— la voz de Alkonost resuena como si estuviera gritando, pero no lo hace—. No somos imparciales— sentencia haciéndole un gesto a las personas detrás de él—. Y por más que los métodos de Suyay puedan parecer poco ortodoxos, resulta necesario.

—¡No puedes estar hablando en serio! — la exclamación proviene de la figura delgada del hombre de Marfil—. ¡No podemos poner a nuestros niños a la merced de un grupo de personas que han probado carecer de casi todo lo que nos hace humanos!

"Inhumano", esa había sido la palabra que había utilizado mi padre cuando me había encontrado aquella noche fatídica con Farid. "Yaciendo como bestias". Fue mi propio padre quien me arrastró fuera de la cama, aún desnudo y despertó a todos con sus gritos.

Algunos podrían decir que tuve suerte, al ser menor de edad obtuve una pena atenuada. A Farid no hubo nada que lo protegiera: lo mataron a pedradas en una vía pública. Mi padre se encargó de arrojar la primera de ellas.

—No son niños. Solo dos de ellos no han cumplido la mayoría de edad y eso— dice Alkonost con voz dura— ha sido enteramente decisión tuya y de Makemba. Han elegido estar aquí por su propia voluntad— y noto que sus labios tiemblan ligeramente, como si se estuviera esforzando por no reírse—. Ellos— dice señalándonos con la mano— son una mera póliza de seguridad. La seguridad de que nadie se ablande y decida ponerles fácil el panorama.

—Si tengo que recordártelo, la Arena está diseñada para que las cosas no sean sencillas para ellos. ¿Qué necesidad tenemos de agregar brutalidad humana, Alkonost? —la Amatista suena peligrosamente contenida, como si estuviera concentrando su energía en no soltar un improperio.

—Ya las cosas son lo suficientemente difíciles— acepta la pequeña pelirroja.

—Y se pondrán peor— señala el hombre rubio que le sujeta la mano.

—¿Ellos deberían tener esta discusión frente a nosotros? —pregunta Kira en un susurro.

Me encojo de hombros. La inestabilidad de este grupo es una radiografía bastante exacta del caos que reina en el mundo ahora.

—No veo que podamos hacer mucho para cambiar esto ahora— asevera Veronique Simó, atrayendo mi atención. Sus ojos oscuros se encuentran con los míos y mi boca se abre ligeramente. Se siente casi como si ella estuviera extendiendo la mano, atravesando mi piel para rebuscar en mi interior.

—Déjalos que hagan lo que quieran— interrumpe entonces la mujer alta y delgada de Aguamarina, la chica de Tristán, mientras se pone de pie. La pelirroja y el rubio la miran con la boca abierta. Veronique desvía la mirada y yo suelto un débil siseo.

—¿Rhiannon? — la voz de la chica más joven suena preocupada.

—Que hagan lo que quieran, a fin de cuentas, es lo terminará pasando de todos modos.

Y entonces sale corriendo, atravesando el pasillo central entre las butacas. No ha pasado ni siquiera un segundo antes de que Tristán se levante de su lugar y la siga. Todos parecen estar demasiado conmocionados como para intentar impedírselo.

—Deberían llamar a este el club de los amores perdidos— sentencio negando con la cabeza.


Tristán O'Reagan, isla Aguamarina


La veo girar hacia la derecha y atravesar una puerta, el bajo de su vestido ondulando suavemente tras sus pequeños pies.

Como si no pudiera evitarlo, la sigo.

Empujo la puerta y la veo ligeramente encorvada hacia adelante, sus manos planas sobre la superficie de porcelana blanca de un lavamanos que luce nuevo, como todo lo que hay aquí.

—¡Rhiannon!— su nombre suena como una canción en mis labios pero en cuanto lo pronuncio, su espalda se tensa visiblemente. No se gira, pero sé que ella está escuchándome, el rictus de su esbelto cuello la delata. Siempre me encantó su cuello, con esa línea elegante que me hacía pensar en un cisne —. ¿Podrías tan siquiera mirarme? — mis palabras salen con más dureza de la esperada—. Por favor…— me apresuro a agregar.

Su espalda se encorva ligeramente cuando ella inhala y entonces, finalmente, se gira hacia mí.

"Ha cambiado", es lo primero que pienso.

Está mucho más delgada de lo que la recordaba, con los huesos de su rostro sobresaliendo contra su delicada piel blanca. Sus ojos, tan oscuros que casi parecen negros, brillan en reconocimiento cuando se encuentran con los míos. Sus párpados están teñidos de un suave color violeta, como si hubiera pasado mucho desde la última vez que pudo dormir bien.

—¡Vaya! ¡Has visto mejores días! —suelto yo y ella hace una mueca. Me echo a reír y ella cruza sus delgados brazos sobre su pecho. El vestido gris se ajusta a las curvas casi inexistentes de su cuerpo.

—¿Tengo que recordarte que esa no es la manera de dirigirte a tu reina? —sus palabras y la cadencia de su voz me recuerdan a su madre.

—¿Tengo que recordarte que tú no eres mi reina ya? Todo eso se perdió cuando me echaste ¿no?

Un solo dedo se mueve en su cuerpo, el índice golpeando su codo, mientras el resto de ella se mantiene inmóvil. Siempre ha estado en control de sí misma. Nunca ha tenido gestos que delaten su inquietud: nada de golpear una mesa con las uñas o agitar ansiosamente un pie. Me tomo ese diminuto gesto de nerviosismo como una pequeña victoria personal.

—Muchas cosas se perdieron en aquel entonces.

—Tienes razón— acepto apoyando mi espalda contra la puerta cerrada —. Y en todo caso estaba bromeando. Te ves bien. Algo cansada tal vez, pero sigues siendo tan bonita como siempre.

Ella menea la cabeza y cierra los ojos.

—No deberías decir ese tipo de cosas.

—¿Por qué no? Sabes que siempre te he dicho la verdad.

Su boca se convierte en una línea tensa y sus ojos se achican un poco más.

—Y tú sabes que eso no es cierto.

—¿No lo es? — intento parecer despreocupado, aunque siento que podría desmayarme en cualquier momento. No esperaba que los sentimientos siguieran siendo así de intensos aún después de tanto tiempo. Casi tenía la esperanza de poder odiarla ahora. Si la odiara, las cosas serían más fáciles. Si la odiara, podría utilizar esta nueva posición para hacerle daño.

Pero no la odio. La amo. Y ahora, mientras la veo erguirse en toda su estatura, me doy cuenta de lo mucho que esto duele.

—¿Qué estás haciendo aquí, Tristán?

—Vengo a gozar de las ventajas de la barra libre de ensaladas.

—Basta— dice ella, su voz investida con autoridad—. Estoy hablando en serio.

Agito la cabeza.

—La verdad es que no lo sé — admito yo—. Supongo que tenía curiosidad.

—¿Curiosidad?

—Sobre ti. Quería saber cómo estabas. Y si… si pensabas en nosotros aún.

Algo pasa por sus ojos, tan rápido que ni siquiera tengo la oportunidad de analizarlo.

—No hay un nosotros. Nunca lo hubo. Me usaste ¿lo recuerdas? — su rostro se convierte en una máscara de dolor.

—Rhi…— me adelanto un paso y luego otro. Ella presiona su espalda contra el lavabo, apartándose de mí. Siento los músculos de mi estómago contraerse y decido que esta vez no permitiré que se aparte de nuevo. Mi cadera se presiona contra la suya y ella apenas tiene un segundo para soltar un sonido estrangulado antes de que mis labios se estrellen contra los suyos.

Algo primario se apodera de mí entonces y, tan solo por un momento, me olvido de que ésta es la mujer que aceptó casarse conmigo para, una semana después, arrojarme sin miramientos hacia un lugar perdido en medio del océano. Vuelvo a ser un idiota enamorado que lo único que desea es tener suficiente tiempo para disfrutar de ella y de la persona que soy cuando estoy a su lado.

Delineo sus labios con mi lengua y suelto un jadeo ahogado cuando ella abre su boca, dándome acceso. Un bramido brota de mi pecho mientras mis manos se deslizan por su cuerpo, palpando las vértebras que sobresalen de su espalda, evidenciado lo extremadamente delgada que se encuentra.

Me pierdo en la marea de sensaciones, en el hecho de que el tiempo y la distancia no han podido borrar mis recuerdos y que aún soy capaz de encontrar los puntos de su anatomía que hacen que ella se derrita en mis manos. Sus dedos tocan con delicadeza la cinturilla de mis pantalones y sacan las faldas de la camisa prestada. Me estremezco cuando sus yemas rozan el hueso de mi cadera.

Entonces, como quien despierta de un sueño, ella parece darse cuenta de lo que estamos haciendo.

Cualquier otra chica posiblemente se habría puesto a gritar o habría intentado abofetearme. Ella no lo hace. Me da un empujón que me hace retroceder dos pasos y veo como sus dedos se flexionan lentamente, el pulgar por fuera como yo mismo le enseñé. Sé lo que está a punto de hacer un segundo antes de que lo haga. También sé que no puedo ni quiero detenerla.

Sus nudillos conectan con mi mandíbula y mis rodillas se doblan.

—¡Demonios, Rhi! ¡Eso dolió! — digo llevándome la mano a la cara, tocando el punto en que me ha golpeado. Aun así, sonrío al ver como mi barba incipiente ha irritado su piel blanca, pequeñas marcas rosáceas empiezan a florecer alrededor de su boca.

—No vuelvas a hacer eso— ordena ella, esquivándome para salir del baño.

No intento detenerla, sin embargo, le grito:

—No puedo prometerte nada, amor.

Escucho su resoplido antes de que ella cierre la puerta.


Sirhan Dongo, isla Marfil


He matado a tantas personas en mi vida que resulta difícil llevar la cuenta. Hay, sin embargo, dos muertes que recuerdo sin problemas. Tal vez porque fueron lo suficientemente significativas como para que rompieran mi usual apatía.

La primera fue la de mi padre.

Yo tenía diecinueve años y no, no fue la primera persona a la que maté. Tampoco fue en defensa propia, al menos no en ese momento. Pero él tampoco era un inocente. Mi padre me había golpeado. Mucho. La primera paliza de la que tengo memoria data de cuando yo tenía seis años. Mamá había muerto dos meses atrás. En ese entonces yo no tenía conciencia sobre lo que era el cáncer. Solo sabía que mi madre pasaba muy cansada todo el tiempo.

Murió durante la noche y nadie, excepto yo, estuvo ahí para notarlo. Mi padre pasaba fuera la mayor parte del tiempo, la vida de un cazador es así. En cualquier caso, con mamá, fui yo quien escuchó el suspiro, casi agradecido, que profirió cuando llegó su momento. Entonces me aferré a su cuerpo y sentí como, segundo a segundo, su piel se iba poniendo más y más fría, sus músculos endureciéndose bajo el toque de mis dedos.

Me quedé ahí, sujetándome a su cuerpo, como si mi abrazo pudiera encargarse de mantener su espíritu en el interior de aquel cuerpo a pesar de que, muy en el fondo, yo sabía que ya se había marchado. Padre regresó tres días después, cuando el aroma dentro de nuestra casa ya causaba que las lágrimas, que no tenía permiso de derramar, corrieran libres por mis mejillas.

Enterramos a mamá, padre empezó a beber y yo empecé a mojar la cama.

Al principio, lograba solucionarlo. Recogía las sábanas y las escondía detrás de las cortinas, o bajo la cama o donde se me ocurriera. Padre solía estar tan borracho que posiblemente ni siquiera notaba el olor. A la mañana siguiente yo caminaba por cuatro kilómetros hacia el riachuelo más cercano y me encargaba de lavar las sábanas y secarlas al sol antes de que padre se diera cuenta.

Un día, él no estaba tan borracho. Las encontró, escondidas detrás de las cortinas que mamá había hecho con la piel de un ñu. Y la golpiza, la primera, fue tan brutal que no pude sentarme durante una semana.

Después de eso él simplemente buscaba excusas para golpearme. Él decía que servía para templar mi carácter y lo cierto era que funcionaba. Nadie nunca, además de él, fue capaz de ganarme en una pelea. Crecí, me formé como cazador y una noche, mientras él dormía, le clavé una lanza en el pecho. Luego, solo para cerciorarme de que no pudiera escaparse y pedir ayuda, corté los tendones de sus tobillos y me senté a su lado, viendo cómo se desangraba.

Enterré su cadáver yo mismo y nadie hizo preguntas.

Casi quince años más tarde, cuando empezaron los levantamientos contra el gobierno, me encontré a mi mismo en medio de la revolución. Eso fue antes, inclusive, de que Joao fuera elegido para la presidencia y si lo analizas con cuidado, lo más probable es que en parte sea gracias a mí que él haya acabado sentado en la gran silla.

Fue poco después de haber obtenido el liderazgo de la célula rebelde. Habíamos escuchado rumores sobre una figura política que estaba cobrando fuerza: Joao. Aún era un don nadie, pero bien podía cambiar eso antes de que llegaran las elecciones, en veintiséis meses.

No nos gustaba, y eso, en nuestro lenguaje, significaba que debía ser eliminado.

Tenía que ser un trabajo rápido y limpio. Lo realicé yo mismo. Me colé en su casa en medio de la noche. A su esposa la maté rápido. Estaba fuera de la cama, tal vez se había levantado a beber agua. Eran una de las pocas familias en la región que tenía un sistema de tuberías que les daba agua corriente. La encontré en el pasillo: ella gritó y yo la silencié con un sencillo corte en su garganta. La sangre manó de la herida, bañando el suelo, cubriendo su cuerpo mientras ella caía, primero de rodillas y luego de bruces.

Joao acudió a su grito, un gorgorito brotando de su cuello rebanado. Él intentó luchar, pero Joao se había dedicado a la política, nunca había aprendido a cazar. No era un sobreviviente- No era como yo. El afilado cuchillo se hundió en su vientre, deslizándose de lado a lado, y mis manos se mojaron con su sangre. Sentí el roce suave de sus vísceras saliendo de su cuerpo.

Pude haberme ido entonces, pero no me gustaban los cabos sueltos. Escuché a la chica gritar, una niña apenas, y la encontré escondida debajo de su cama, con aquellos grandes ojos de venado y las mejillas empapadas por sus propias lágrimas.

Intentó decirme algo, suplicar por su vida, supongo. Nunca me han gustado las súplicas, son el epítome de la debilidad, pero de alguna manera me conmovió. Tal vez no lo suficiente para perdonarle la vida, pero si para darle una muerte dulce y rápida. Si sabes ejercer correctamente la presión sobre el cuello, la víctima se queda dormida antes de que empieces a cortar su suministro de aire.

Ese fue mi regalo para ella. Dejé que se quedara dormida antes de quitarle la vida. Entonces moví mis manos y partí su cuello. Fue rápido, casi indoloro.

Me marché de ahí sin molestarme en corroborar que Joao hubiese muerto a causa de sus heridas. Grave error. Dos años más tarde, era un héroe de guerra. La muerte de su esposa y su hija sirvieron para catapultarlo. Consiguió su victoria parándose sobre los cadáveres de los miembros de su familia.

Esas son las únicas muertes que cargo sobre mi espalda: mi padre y la niña de Joao.

Son, también, las únicas que estoy dispuesto a cargar.

Cuando todos los niños que ellos han traído para cumplir con su cometido estén muertos, no sentiré culpa. Sentiré satisfacción al probar que en medio de esta tierra caótica, yo no soy el más grande monstruo que habita aquí.


Grace Clarke, isla Zafiro


Desde la más joven hasta el más viejo, todos se comportan como niños.

No soy del tipo de mujer mayor que utiliza frases como "en mis tiempos las cosas eran diferentes…" pero definitivamente la reacción de estas personas, líderes de diez diferentes naciones, no se acerca en lo absoluto a lo que habría esperado. Es como ver a niños enfurruñados porque han cambiado las reglas de un juego que creían conocer.

Mis ojos se encuentran con la mirada de Essus Gwynn y mis labios se curvan en una sonrisa. Lo conocí cuando era todo pañales y mejillas regordetas. Nada que ver con el hombretón que se inclina ahora ligeramente hacia un lado, como si pudiese proteger a la pequeña chica pelirroja de lo que se le viene encima.

Se parece innegablemente a su madre, los mismos cálidos ojos marrones, la misma sonrisa que tironea hacia un lado, los mismos dientes blancos, con los dos incisivos centrales un par de milímetros más largos que el resto de su cuidada dentadura.

La Aguamarina vuelve a su asiento y se frota con el dorso de la mano una mancha de color rosa que se ha formado en su mentón. El marfil continúa negándose a la presencia de los expatriados en los Juegos, la cuarzo sonríe con suficiencia, el rubí le responde en voz baja y grave al marfil.

¿Saben que lo están arruinando? ¿Saben lo poco profesionales que se ven? ¿Saben que lo que hacen ahora es sangrar en el océano cerca de los tiburones? Veo a Dánica Jacov, Sirhan Dongo y Karan Krish levantar el rostro, como perros hambrientos en una cacería.

"Detén esto. Detén esto ahora, antes de que sea demasiado tarde" pienso mientras me aferro a mi cartera. Como si escuchara mis pensamientos Essus se levanta de su asiento:

—No estamos llegando a ninguna parte— dice él y aún sin el micrófono, sus palabras resuenan con claridad—. ¿Cuál es el punto de esta reunión? ¿Mostrar nuestra incapacidad de trabajar juntos? —. Él menea la cabeza en un gesto que lo hace parecerse mucho a su padre—. Suyay, he de asumir que los contratos ya han sido firmados. ¿No es así?

La mujer se echa el cabello hacia atrás con un gesto seductor y asiente con la cabeza.

—He de asumir, también, que lo has blindado. Has tenido mucho tiempo para planear toda esta mierda — en eso no se parece a su madre. Ella nunca maldice.

Suyay le dedica una amplia sonrisa sin decir nada.

Él se pasa una mano por la nuca, donde lleva el pelo corto y veo los tendones de su cuello tensarse.

—Entonces estamos perdiendo nuestro tiempo— dice él—. No tiene sentido que sigamos discutiendo si debemos permitir que ellos se queden o no si Suyay se ha encargado de no dejarnos otra opción.

En la mirada de algunos de los gobernantes veo el odio particular que sienten hacia esa mujer. Sonrisas victoriosas florecen los rostros de algunos de los expatriados, otros son algo más reservados y simplemente parpadean, inseguros sobre qué significa esto para nosotros.

—Las condiciones de su repatriación serán consideradas en su momento por el país que se haga con la victoria— advierte él—. Puede que en este momento gocen de la protección de Cuarzo a través de la figura de Suyay y que a través de ello fluya el beneplácito de las Islas de la Unión. Pero la legislación de Renovatio puede ser algo completamente distinto.

La risa de Alistair interrumpe su discurso. Él lo ignora y sus palabras parecen apaciguar hasta cierto punto los ánimos entre los gobernantes. Todos están convencidos de que pueden ganar. Todos creen que podrán tener la última palabra sobre nosotros.

—Pues si no hay nada más que decir, nuestros especialistas en seguridad se encargarán de escoltarlos a una residencia provisional — informa la ónice mientras se pone de pie, majestuosa.

—Del mismo modo en que se ha establecido para los campeones, la violencia gratuita se encuentra completamente prohibida— dice la pelirroja—. Cualquier persona que agreda a otra: campeón, gobernante o expatriado, será automáticamente expulsado de la isla — y en sus ojos brilla una determinación que no estaba ahí unos minutos atrás.

Las puertas se abren y una docena de guardias armados entran al recinto. Nadie tiene que sumar dos más dos para saber que o nos portamos bien y nos vamos por nuestro propio pie o ellos estarán autorizados para emplear la violencia. Asignan un guardia a cada uno. Supongo que los dos adicionales son para evitar cualquier eventual percance con aquellos de nosotros que son conocidos por no ser campistas felices.

Nos sacan uno a uno a intervalos de dos minutos entre unos y otros. Posiblemente para evitar el jaleo que podría armarse si alguno decide ponerse violento. Quedo de última, escuchando en silencio las conversaciones entre los gobernantes. No dicen nada particularmente relevante.

Los gobernantes se relajan en cuanto la sala se empieza a vaciar y cuando solo quedamos un par de nosotros, ellos también empiezan a irse. Al final, quedamos cuatro personas en la estancia: la expatriada de Ámbar, la pelirroja de Esmeralda, Essus y yo. Cuando el radio de corto alcance del guardia emite un pitido, éste le muestra la salida a la ámbar con un gesto, para que lo siga.

—¿Puedes disculparme un segundo? —susurra Essus a la chica. Lo veo bajar los escalones de dos en dos y dirigirse a mí. Sujeto mi bolso, apretando fuertemente mis dedos. ¿Qué querrá? —. Tu nombre es Grace ¿cierto? —dice dejándose caer despreocupadamente sobre la silla a mi lado y yo solo acato a asentir mientras él me estudia con esos cálidos ojos marrones —. Bien —dice en un susurro— Necesito pedirte un favor.


Uff… sentí que habían pasado meses de meses desde la última vez que actualicé. Lamento la demora, era un capítulo difícil porque tenía que practicar el ejercicio de meterme en diez cabezas nuevas y, como podrán darse cuenta, son cabezas muuuy dañadas.

¿Qué les han parecido los titiriteros? ¿Tienen miedo (muuuucho miedo) de que estos individuos serán los que pulsen los botones cuando sus niños estén en la Arena?

Ya pueden ir al blog para que conozcan sus caritas.

A mi me parecen geniales, son muy diferentes unos a otros y hay unos cuantos que estarán interactuando directamente con algunos de los niños. Ya irán viendo.

En el próximo capítulo volvemos a la normalidad con los campeones que no salieron narrando el capítulo anterior a este. Así que volvemos a los 12 POVs usuales, 10 niños, 2 gobernantes.

Actualización del blog:

1. Los perfiles de los expatriados ya se encuentran como nuevas entradas.

2. En el margen izquierdo hay una sección que se llama "Regalos" ahí están las cosas bellas que me han ido llegando para el blog. Hay tres entradas nuevas con regalos de Hikari Caellum, ImagineMadness y Camille Carstairs; madres de Maddox, Carlens y Amara. Les van a encantar!

Comentaristas estrella:

Las palmas se la llevan Naty Mu, Bellamybell, HikariCaelum, ImagineMadness y Patriot.

Así está la tabla del puntaje:

Jacque-Kari: 8 puntos

Patriot: 6 puntos

Naty_mu: 2 puntos

Camille Carstairs: 1 punto

HikariCaelum: 2 puntos

Bellamybell: 2 puntos (bonus cumpleañero!)

Bruxi: 1 punto

Bermone: 1 punto

Yolotsin Xochitl: 2 puntos

MaryDC: 1 punto

Imagine Madness: 1 punto

Siri Tzi: 2 puntos

¡Feliz cumpleaños a Bellamybell!

Preguntillas:

¿Expatriado favorito?

¿Expatriado más temible?

¿Expatriado al que te gustaría tener de amigo?

¿Expatriado que quieres ver interactuando con otro personaje? ¡Sé específico!

CAMBIO Y FUERA,

E.