Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


11. La nueva regla

Día 2


Hissène Habré, Isla Ámbar


Cuando salimos del comedor, encontramos a nueve niños de piel oscura parados en fila afuera. Cuando nos paramos en frente, formando una media luna de campeones, un gemido escapa de la garganta de Elíma. La veo con una ceja enarcada.

—¿Qué pasa?

Ella abre los ojos, con la parte blanca salpicada de pequeñas líneas rojizas y menea la cabeza. No me contesta, pero mantiene la vista clavada en los niños.

—¿Los conoces? —pregunto.

—A uno de ellos— responde en un susurro.

Es extraño y a la vez no lo es. Su color de piel delata que los nueve provienen de nuestra isla, demasiado oscura para pertenecer a Marfil, a Ónice o a Amatista.

—¿Por qué crees que haya tanta gente de Ámbar aquí? —le pregunta el zafiro a su compañera.

—Por humanismo, seguramente— responde ella.

—¿Humanismo? —la pregunta escapa de mi boca antes de darme cuenta y la zafiro se gira y clava sus ojos castaños en los míos. Elíma se remueve incómoda.

—No te ofendas, pero creo que es un intento de mejorar las condiciones de vida de unos pocos— dice la chica inclinando la cabeza.

Mi mandíbula se endurece y ella alza las palmas de las manos hacia mí.

—No estoy tratando de ser grosera, pero supongo que están tratando de garantizar unas cuantas semanas de buena vida a cambio de trabajo. Por eso las mujeres del hospital son ámbares.

—Claro y el hecho de que tengamos la mejor medicina no tiene nada que ver— digo con amargura, defendiendo un sistema en el que no creo, pero demasiado irritado con la superioridad que ellos creen tener.

—Puede que la parte médica venga de Ámbar— apunta el chico, con unos ojos de un azul que nunca, hasta ahora, había visto— pero la tecnología del implante es de Zafiro. Estoy seguro de que nuestros técnicos habrían podido realizar la cirugía. No te engañes— dice con voz dura—, dejaron que ustedes lo hicieran para tener una excusa para traer a su gente aquí.

Elíma agita la cabeza y vuelve su atención a la hilera de niños. La primera, una niña con una docena de trenzas adornadas con abalorios, se adelanta, echa una pierna hacia atrás y tira de la falda de su vestido en una reverencia:

—Los diamantes, por favor síganme— dice alegremente y una chica de cabello oscuro y uno de los dos chicos de cabello claro se desprenden del grupo, con expresiones interrogantes y siguen a la chica.

—Uno por cada isla— dice la zafiro.

—¿Por qué hay solo nueve?

—Porque los amatistas no están. Deben seguir en la enfermería.

Conforme los niños empiezan a adelantarse, notamos que hay más personas ausentes. El marfil y el rubí tampoco se encuentran en el grupo, así que la chica pequeña con las marcas en el cuello y la chica del vestido rojo se van solas con su guía.

Cuando llega nuestro turno, Elíma suelta un jadeo.

El chico más alto se adelanta, dobla la cintura en una reverencia y nos llama.

—Balula—dice mi compañera cuando nos encontramos con el niño.

—Elíma— responde él con una sonrisa que parte sus labios. Una gota de sangre brota de su reseco labio inferior y él se limpia con el dorso de la mano.

—¿Qué estás…?

—Les mostraré sus aposentos— dice él.

Frunzo ligeramente el ceño, preguntándome de dónde se conocen. ¿Qué clase de relación tienen?

El interior de la casa es más cálido que el exterior. Adentro, la decoración es una clara alusión a nuestro hogar o al menos eso quieren hacernos creer. No hay nada familiar en las otomanas forradas en cuero, ni en los muebles de maderas oscuras. Hay una vitrina en donde los tiradores están hechos con las puntas de los cuernos de antílopes y en las paredes cuelgan orgullosas cornamentas de impalas, gacelas y oribis, empotrados en escudos ricamente labrados.

Son trofeos. En casa no se ve nada parecido porque se aprovecha cada presa al máximo: piel, carne, huesos, pezuñas y cuernos. La piel para hacernos ropa, la carne y los huesos para alimentarnos, las pezuñas para los animales o familias demasiado pobres y los cuernos para hacer armas: lanzas, cuchillos y puntas de flecha. Algunos se esfuerzan en cazar para combatir el hambre.

Elíma pasa los dedos sobre la piel de una cebra que forra el respaldo de una silla.

Frunzo el ceño, porque pienso en los usos que le habría podido dar a algo como eso. Un nuevo vestido para Sharifa, tan solo un año menor que yo y siempre decaída por el hecho de que su infertilidad la hubiese vuelto poco aceptable como futura esposa. Una manta para abrigar a Talut, cuyo pecho débil lo hace inútil para casi cualquier cosa.

Mi mente divaga, pensando en que otra cosa en el interior de este lugar podría usar en casa. Los cojines, demasiado mullidos, se los daría a Zaib, que quedó parapléjica desde que tenía diez años cuando cayó del tejado cuando intentaba arreglarlo… Pienso en Firdus, el más pequeño y mi favorito. El único que parece saber cómo interpretar mis silencios. ¿Qué podría darle a Firdus, siempre tan sonriente, siempre tan tranquilo?

De repente, la suntuosidad del cuarto me resulta opresivo. Elíma inclina la cabeza y habla en rápidos murmullos con Balula. Estoy sobrando.

Me echo hacia atrás, regresando sobre mis pasos hasta llegar a la entrada. El aire dentro y fuera de la casa cambia, ondulando y haciéndome tiritar por un segundo. Llego hasta el camino de acceso y me inclino hacia adelante, apoyando mis manos sobre mis rodillas como si acabara de correr durante horas. Respiro una, dos, tres veces hasta calmarme y me enderezo. En el otro extremo, en la primera casa de este lado de la calle, veo al chico con el cabello rojo como una llama, el amatista, mirándome con curiosidad antes de entrar en su propia casa.


Ankar Ozivit, Isla Amatista


Las medicinas en este lugar actúan de una manera casi mágica, pienso mientras Noa firma con una floritura el formulario con el alta de la enfermería. Su lengua ya ha recobrado su tamaño normal y un niño, con la piel negra y los dientes blanquísimos, nos espera parado en la puerta.

—Ankar Ozivit y Ajinoam Wunsch— dice él mientras junta las manos y se dobla por la cintura. Me llega a la altura del ombligo y trae puesto un traje blanco y dorado que lo viste desde los tobillos hasta el cuello, ricamente labrado— mi nombre es Firdus y estaré con ustedes a partir de hoy— dice con el tono de quien ha aprendido su discurso de memoria.

—¿Fírdus? —pregunta Noa mientras se pone los zapatos.

—¿Señorita?
—¡Oh! Solo estaba probando si así era como se decía tu nombre— dice ella riendo —. ¿Lo he dicho bien?

Él duda por un momento.

—No pasa nada. Está bien que nos corrijas—le digo y él clava la mirada en el suelo mientras tira de un hilo de su traje y sus mejillas se vuelven aún más oscuras.

—Es Firdus, señorita Ajinoam— repite él—. Sin acento.

—Oh. Vale. Lo recordaré— promete Noa—. Pero solo si dejas de llamarme "señorita" y "Ajinoam" y me dices Noa.

—Yo…

—Noa— repite ella categórica y el niño asiente.

—Noa.

—Bien— dice aplaudiendo— Ahora sé un buen niño y llévanos a donde sea que vayamos— dice como si ella misma no luciera increíblemente joven.

Caminamos a través de caminos rodeados de palmeras y árboles cubiertos de flores. El ambiente es cálido, pero distinto al que se respira en casa. Me encuentro a mí mismo extrañando profundamente a Ceri. De vez en cuando me impresiona el hecho de que parezco preocuparme más por los animales que por las personas, pero supongo que se debe a que he tenido mejores experiencias con los primeros que con los últimos. Ceri nunca me ha apartado por mi color de piel. Es la única que no cree que soy un forastero en mi propia tierra. Aunque supongo que aquí todos somos forasteros, pienso mientras veo a Firdus caminando en línea recta sobre el borde del camino.

—¿Cuántos años tienes? —pregunta Noa.

No le contesto porque la pregunta no va dirigida a mí, pero Firdus continúa con la vista clavada en el suelo.

—¿Firdus?

—¿Seño… Noa? —se corrige él levantando la cabeza y sonrojándose de nuevo.

—¿Qué edad tienes?

Él se lo piensa por un momento y luego levanta las dos manos con todos sus dedos extendidos y una sonrisa que hace que sus dientes blancos contrasten con su piel oscura.

—¿Diez? —pregunta Noa frunciendo el ceño— ¿Estás seguro?

Él asiente.

Frunzo el ceño, porque Firdus no parece tener más de siete años. Es demasiado pequeño para tener esa edad.

—Soy el menor de siete hermanos— dice él— por eso me dejaron venir aquí. Y además…

—¿Además?

—No, nada— dice negando con la cabeza.

Miro a Noa, que tampoco parece enterarse de nada.

—¿A dónde nos estás llevando? —pregunto cuando hay demasiado silencio a nuestro alrededor.

El niño sonríe de nuevo.

—A sus aposentos.

—¡Me gusta como lo has dicho! —aplaude Noa, que no parece particularmente afectada por haber perdido toda la tarde en la enfermería— "Aposentos" —dice ella, paladeando la palabra— ¡a que es una palabra bonita! ¿no crees Ankar?

Su infantilismo resulta de lo más refrescante. A pesar de que físicamente se parece a a Ayla y Havva, tiene una personalidad explosiva y al mismo tiempo tiene la suavidad de una chica joven. Una de las más jóvenes de por acá.

Pasamos dos portones, franqueados por guardias de seguridad y Firdus muestra el gafete que le cuelga del cuello, una especie de credencial con su fotografía.

Es una calle con casas a la izquierda y a la derecha, cinco a cada lado.

—Por fuera son iguales, pero cada una está adaptada a su isla en el interior— dice Firdus volviendo a recitar las palabras que alguien le ha hecho aprender. Un diamante del tamaño de mi puño se encuentra colocado sobre la puerta principal de la primera casa de la izquierda, lanzado destellos de colores cuando el sol de las últimas horas de la tarde, le da de lleno.

—Ésta es la suya— dice el niño señalando la casa de enfrente, sobre la puerta tiene una amatista ovalada—. Las casas siguen el mismo orden que ha sido asignado a sus islas. Inicia con Diamante a la izquierda y acaba con Amatista a la derecha, formando una U en el proceso— explica él.

Noa echa la cabeza hacia atrás para ver la edificación, tan diferente a lo que vemos en casa.

Tiene amplios ventanales en ambos pisos y puedo ver una escalera que gira sobre sí misma justo en medio, a la vista gracias a los paneles de vidrio con una ligera tintura oscura.

—¿Cada quien tiene una casa?

Firdus asiente y lanza una mirada fugaz a una hacia el final de la calle. Supongo que a la isla en la que se hospedan los campeones que representarán a su isla.

—¿Conoces a los chicos que han venido de tu isla? —pregunta Noa siguiendo su mirada.

Él no responde a la pregunta de Noa.

—Por favor, síganme para mostrarles sus habitaciones— dice mientras abre la puerta.

Noa me ve con una ceja enarcada, pero se encoje de hombros y lo sigue de todas formas. Yo me detengo en la puerta, al tiempo que veo al Ámbar salir al camino de entrada: negro, alto y fuerte. Se dobla por la cintura, apoyando las manos sobre las rodillas y desvía la mirada hacia mí. Volteo a ver hacia otro lugar, incómodo por haberlo estado viendo.

A pesar de que es difícil decirlo desde esta distancia, casi podría jurar que el niño que acaba de entrar en la casa frente a mí, se le parece un poco.


Henrik Fjordevik, isla Diamante


Lis observa fijamente a Shaliqa mientras la niña camina de un lado al otro de la cocina de la casa que nos han asignado dentro de la isla.

El interior tiene el mismo tipo de muebles suntuosos que adornaban el castillo en Diamante, así que Lis está básicamente exultante porque se siente de alguna forma más cercana a su adorada realeza. Hay pesadas butacas de cuero y terciopelo, mesas de maderas nobles e, inclusive, hay un par de espadas cruzadas sobre una chimenea que, con este clima tan cálido, nunca tendremos la oportunidad de utilizar.

Shaliqa se mueve con desenvoltura dentro de la cocina, posiblemente porque a diferencia de nosotros no es la primera vez que pisa este lugar.

Me abanico con las manos mientras lanzo un resoplido. Hace demasiado calor en esta isla. O tal vez no, pero Diamante es un lugar helado y si la Arena se parece a esto, los cuatro chicos que venimos de islas heladas llevamos las de perder.

—¿Siempre hay tanto humedad? —se queja Lis y Shaliqa suelta una risita que hace que Lis frunza el ceño. Luego, como si alguien hubiera apretado un botón, su enojo se desinfla y ella sonríe. Es un gesto mecánico, del tipo que ponen los compañeros de trabajo de papá cuando fingen ser agradables.

—Lo lamento— dice la niña apartándose las trenzas, decoradas con cuentas de colores, y caminando con pasos rápidos y resueltos a través de la cocina—. Olvidé encender el aire acondicionado. Para mí, este es un lugar frío.

El aire acondicionado resulta ser un aparato del tamaño de un cuaderno que se encuentra empotrado en una de las paredes.

—Hay controles en cada habitación— explica la niña— mientras aprieta un botón invisible que enciende una pantalla. Ella digita una serie de comandos y entonces, de rejillas instaladas en el techo, empieza a salir aire frío.

—¡Oh! Es como la calefacción. Pero al revés— dice Lis mientras inclina la cabeza hacia atrás disfrutando del aire helado.

Shaliqa sonríe y se abraza a sí misma.

—¿Estás bien? —pregunto cuando veo que empieza a tiritar.

—Sí… bien…—dice ella.

—Toma— le digo poniéndole el pesado abrigo que he estado cargando desde que me bajé del aerotranvía. Es tan grande que parece engullirla.

Ella da un respingo y alza los ojos, oscuros como canicas, hacia mí. Una sonrisa tira de sus labios y deja al descubierto unos dientes diminutos y ligeramente torcidos.

—Gracias, señor Yordebic— dice ella haciéndose un lío con la gran cantidad de consonantes en mi apellido.

—Henrik está bien— digo masajéandome el cuello. El ambiente se ha refrescado rápidamente y he dejado, al fin, de sentir el molesto dolor de cabeza que me molestaba desde hacía un par de horas.

—¿Desea algo de beber? —pregunta ella solícita.

—Soy perfectamente capaz de servirme yo solo, descansa un momento. No tienes buen aspecto.

Lis parece a punto de decir algo, pero se lo piensa mejor y se limita a sentarse frente a la mesa.

El refrigerador se encuentra lleno hasta el borde, no solo de cosas empacadas sino de diferentes variedades de frutas y verduras procedentes todas las islas, muy distintas a las variedades que conozco, cultivadas en invernaderos.

—¿Quieres algo? —pregunto mientras me inclino para inspeccionar la sección de bebidas.

—¿Podrías darme una botella de agua? —dice Lis.

—En realidad no te hablaba a ti, pero está bien— digo lanzando una botella sobre mi hombro. Ella debe atraparla al vuelo, porque escucho un suave bufido pero no un golpe. —¿Shaliqa?

Ella niega con la cabeza, haciendo oscilar su cabello trenzado.

—¿Podrías ir afuera un rato? —pregunta Lis con su voz aflautada—. Nos la apañaremos bien por un rato sin ti. No es lo mismo abrigarse que estar calentita afuera ¿no crees?

La niña sonríe, como si no pudiera dar crédito a su suerte y me ve para pedir aprobación. Asiento con la cabeza sin dejar de ver a Lis, que debe traerse algo entre manos. Cuando Shaliqa sale, Lis desenrosca lentamente la tapa de su botella y bebe un trago. Tomo una botella de gaseosa de uva y la agito para eliminar el exceso de gas. Elisabeth hace una mueca cuando giro la rosca para liberar el gas y luego empiezo a beber.

—¿Qué quieres, Lis? —digo apoyando la cadera en el mueble de la cocina, separando las puntas de los pies del suelo, apoyándome sobre los talones.

—¡Qué directo!

Me encojo de hombros.

—No has sido precisamente sutil al despedir a Shaliqa— respondo.

Ella entorna sus ojos azul hielo:

—Escuché una conversación que posiblemente no debía, pero tengo información importante sobre los Juegos.

Dejo la botella sobre la mesa, con la expresión en blanco.

—¿Y bien?

Ella no titubea.

—Al parecer parte del objetivo es mostrar cooperación entre islas, así que quieren que, en la medida de lo posible, nos aliemos unos con otros para cuando entremos a la Arena.

—¿Quieren que seamos todos amigos antes de que empecemos a matarnos?

Ella asiente y, cuando no digo nada más, continúa:

—De ahí que tengo una propuesta para ti.

Reprimo una risa, porque estoy seguro de que lo que tiene para decir no me gustará, pero dejo que lo diga de todas formas.

—Quiero que nos aliemos.


Raif Abdallah, Isla Ónice


—Me daré una ducha— anuncia Kheira cuando Taja, la niña que se nos ha asignado como guía, nos muestra el amplio cuarto de baño. El cabello de Taja es una mata de rizos de dos tonalidades, negro y café, que ella sujeta con un pañuelo doblado en lo alto de su cabeza. Ha perdido los dos dientes superiores frontales, así que muestra una pequeña ventana, parecida a la que tenía la pequeña Jamal hace unos cuantos meses cuando perdió sus dientes de leche. A pesar de su piel oscura y el cabello rizado, me recuerda un poco a mis hermanas menores, supongo que por eso me parece adorable.

Kheira, por otra parte, parece intentar evitarla tanto como sea posible. Me pregunto si le pasará lo mismo que a mí y se siente algo melancólica. No esperaba que hubiera niños en este lugar. En casa, cuando mis padres no están, es el único lugar en el que siento que no vivo una mentira. Hamza, Marak, Husain, Jamal y Kadin, mis cinco hermanas, son las únicas personas en el mundo con las que no siento que deba sujetar la máscara que me he puesto a cada segundo.

Mi compañera de isla camina con desenfado por el baño, amplio y limpio y los pantalones desgastados y la camiseta ajustada dejan a la vista una banda de piel tostada que yo me apresuro a sacar de mi ángulo de visión. Hay una piscina al fondo, con enchapados de color negro brillante y media docena de tubos señalizados con el nombre de las diferentes esencias: jazmín, sándalo, rosas, naranjas…

Ella empieza a llenar la gigantesca bañera y luego pulsa botones para dejar caer una mezcla de esencias que rápidamente inundan el aire.

—Iré a preparar algo para su merienda— anuncia Taja y sale haciendo una reverencia.

—Nos vemos en un rato— murmura Kheira mientras se lleva las manos a la cintura y, antes de que tenga tiempo de voltearme, ella ha sacado la camiseta por encima de su cabeza, dejando al descubierto un vientre plano y un elaborado tatuaje en uno de sus hombros. Lleva un sujetador de color verde oscuro por encima del cual se asoman unos pechos pequeños y redondeados.

Me volteo, tan rápido como puedo, pero el daño está hecho.

No soy estúpido, estoy seguro que al menos la mitad de mis compañeros de entrenamiento darían un riñón a cambio de estar en mi situación. Kheira es una mujer hermosa y supongo que está consciente de ello, pero su cuerpo no me resulta tentador.

—Pudiste haberme avisado— me quejo mientras, por dentro, algo se encoje. Supongo que aún esperaba que, llegado el momento, la anatomía de una chica desnuda se encargara de arreglar lo que funciona mal en mí. No obstante, supuse que ese momento llegaría el día de la noche de bodas, con Kabi.

Kheira suelta una risita, escucho un chapoteo y entonces ella debe estar completamente desnuda y metida en la tina.

Avanzo con los ojos cerrados y los brazos estirados hasta que encuentro el marco de la puerta, aún abierta, para poner distancia entre nosotros dos, pero antes de que pueda salir, Kheira habla:

—¿Por qué? —pregunta sonando genuinamente confundida—. Estoy segura de que no te gusto.

Algo amargo se desliza por mi garganta. Trago con dificultad y ruego a Alá que mi voz no tiemble cuando le contesto:

—Por supuesto que no. Tú estás casada y yo tengo una hermosa prometida que espera mi regreso a casa.

—¡Oh vaya! —dice ella con la voz ligeramente ronca. Me recuerda un poco a la voz de mi tío Essam después de fumarse un cigarrillo—. ¿Y sabe esta pobre chica que ella tampoco te gusta?

Me congelo, seguro de que he oído mal.

—¿Kabi? —pregunto con torpeza—. Bueno, apenas si nos conocemos. Ya habrá tiempo para eso después de casarnos— respondo con la seguridad de un discurso mil veces ensayado.

Kheira no me responde. Me giro, con la mano sobre los ojos.

—Raif, no vas a ver nada, lo prometo— dice con solemnidad— hay demasiada espuma.

Decido creer en su palabra, especialmente porque me han enseñado a hablar siempre viendo a los otros a los ojos. Separo los dedos, para espiar entre ellos. Ella ha nadado hasta el borde de la bañera. Tiene los brazos cruzados sobre el borde y la barbilla apoyada sobre éstos. Solo veo su rostro y sus brazos desnudos.

El vapor flota en el aire, cargando demasiado el ambiente con una mezcla de perfumes.

—¿Raif?

Levanto la barbilla:

—¿Sí? —pregunto con la boca seca, porque ella habla con una seriedad que parece ajena.

—¿Sabe Kabi que a ti no te gustan las chicas?


Nayara Banks, Isla Zafiro


Nuestro guía se llama Wadee, tiene ocho años y viene de un lugar llamado Nueva Sudán. Es huérfano, así que una de sus tías se ha encargado de cuidar de él desde que tenía tres. Su tía no puede tener hijos, quedó estéril después de la erradicación del VIH en isla Ámbar.

El niño me cuenta la historia de su vida mientras, en su habitación, Carlens está tratando de descubrir cómo hacer que funcionen las cosas sin la ayuda del ama de llaves digital.

Por mi parte, al menos de momento, estoy más interesada de lo que puedo aprender de Wadee que de cómo puedo preparar un baño sin la ayuda del sistema.

—Teníamos un jabalí ¿sabes? —dice alegremente—. La llamé Kenia porque era una chica. ¿Sabías que Kenia antes era el nombre de un país?

—Sí— respondo con una sonrisa mientras bebo un vaso de leche—. Estaba cerca de Nueva Sudán ¿no?

—Exactamente— asiente él complacido— hasta que se hundió. Menos mal que eso fue hace mucho, habría sido muy feo conocer a alguien que viviera ahí ¿no crees?

Me río, aunque el recuerdo es en realidad triste. Kenia fue uno de los países que se hundió cuando los continentes se fragmentaron para convertirse en islas.

—¿Qué pasó con Kenia?

—Se hundió— responde él— te lo acabo de decir.

—Me refería a Kenia la jabalí.

—Oh— dice clavando la mirada en sus manos, negras con las palmas casi tan blancas como las mías—. Nos la acabamos comiendo— dice con una risa de disculpa—. Las mascotas a veces sirven para eso ¿sabes?

—¿Te comiste a tu mascota? —pregunta Carlens mientras entra al comedor, en donde estamos sentados, mientras se seca el pelo con una mullida toalla blanca. — Necesitaba un baño— se queja— ¿has notado lo húmedo que está el ambiente? Oye Path— dice en voz alta— ¿a qué temperatura estamos?

Tarda unos segundos en darse cuenta de lo que acaba de hacer y, cuando Wadee se ríe, veo su rostro mudar de expresión, entre un parpadeo y otro. Pasando de la calma al enfado con inusitada rapidez.

—¿Y tú de que te ríes? —espeta con un tono que raya en la violencia. Wadee, pasa por alto su enojo y su risa infantil resuena en la estancia.

—¿Con quién estás hablando?

El rubor sube por el cuello de Carlens y le tiñe las orejas de rojo.

—¿Que te…?

—Oye Wadee— digo yo cortando a Carlens antes de que su genio haga algo que llegue a molestarme—, no he podido evitar notar que hay un manzano aquí afuera ¿sabes subir a los árboles?

—Pues claro— responde él—. Soy el mejor escalador de árboles de todo Baggara ¿sabes?

No sé qué es Baggara, pero niego con la cabeza, con una sonrisa y lo aliento a ir por algunas manzanas mientras cuido que el volcán a punto de hacer erupción que es mi compañero se mantenga a raya.

—¿Qué tipo de manzanas quieres? —pregunta él.

—Las más rojas que puedas encontrar ¿sí?

Él asiente con entusiasmo y sale disparado hacia afuera. Me sorprende notar que anda descalzo.

—¿Cuál es tu problema? —espeto entre dientes en cuanto oigo la puerta cerrarse.

—¿El mío? —pregunta Carlens con sorpresa—. Él se estaba riendo de mí.

—Es un niño— le digo—. Por lo general se ríen por todo.

—No me gusta que se rían de mí.

—Tienes que admitir que para él ha debido ser muy gracioso. Te has puesto a hablar solo, preguntándole a la casa la temperatura, Carlens. Intenta verlo desde su perspectiva— intento razonar con él.

—Si no vivieran en el siglo pasado, ellos entenderían lo que hago.

—No viven en el siglo pasado— digo poniendo los ojos en blanco.

—¿En serio? ¿Y qué me dices del hecho de que ande tan cómodo por ahí sin zapatos?

Entrecierro los ojos e intento recordarme a mí misma que su incapacidad de modular sus emociones es lo que lo pone a actuar como un estúpido. Pero al final, la única idea que perdura es que él está siendo un estúpido, así que suelto una risotada y le digo:

—Al menos el niño sabe cómo usar la llave del agua sin ayuda— le digo señalando los restos de jabón que han quedado dentro de una de sus orejas.

Sé que es cruel y que estoy usando a mi favor la misma información que Carlens acaba de darme. No le gusta que se burlen de él. Sus puños se cierran a ambos lados de su cuerpo y veo como su rostro se tiñe de rojo. Mis ojos escanean rápidamente la habitación, buscando algo que me sirva como arma en caso de ser necesario, pero Carlens respira profundamente por la nariz, se da media vuelta y se va.

Afuera, escucho a Wadee preguntarle que hacia dónde va y si necesita algo.

No hay respuesta.

El niño entra un minuto más tarde con los brazos cargados de manzanas.

—¿Se enojó porque me tardé mucho? —pregunta con la mirada gacha—. No conocía este tipo de árboles y me ha costado un poco subirme— explica.

—No— le digo con suavidad mientras tomo una manzana y la muerdo—, no te has tardado nada— agrego forzando una sonrisa mientras, en mi interior, me pregunto hasta donde seré capaz de soportar los cambios de Carlens.


Éire Cernnunos, Isla Aguamarina


—Tienes un cabello muy bonito —dice la curiosa criatura mientras pasa un cepillo por mi cabello.

—Gracias— respondo sonriéndole a mi propio reflejo.

—Éire es un nombre muy bonito ¿verdad?

—Sí.

—Yo me llamo Kirabo. Mi mamá lo eligió para mí. Me puso así porque se suponía que no podía tener hijos, pero luego me tuvo a mí —oigo su cháchara, en un idioma desconocido que ahora entiendo a la perfección y vuelvo a agradecerle a Cernnunos por concederme uno más de sus dones—, significa regalo de dios— finaliza ella.

Me aparto, alejando mi cabeza de sus manos.

—¿Qué dijiste?

—Me llamo Kirabo— repite.

—Eso no— digo agitando la mano—, lo último.

—¿Oh? ¿Lo que significa?

—Sí— sus labios con un matiz rosado que destaca con respecto al resto de su piel se estiran y noto las pequeñas y extrañas grietas blanquecinas que recorren su boca. Las he visto antes, en los marineros cuando vuelven de largos viajes. Las ocasiona el sol y la falta de agua.

—Significa regalo de dios.

Observo a Kirabo, intentando entender como ella y yo podemos parecernos en algo. Regalo de dios, hija del dios de la muerte. ¿Conoce ella a Cernnunos?

—¿Por qué habría de darle un dios un regalo a tu madre?

Ella abre la boca para responder, pero una carcajada la interrumpe.

—Maddox— me quejo cerrando los ojos con cansancio.

—¿En serio le preguntaste eso, princesa? —pregunta mientras salta en la cama, hasta ahora perfectamente echa y cruza los brazos detrás de su cabeza, levantando un poco la barbilla.

Lo fulmino con la mirada.

—Señor Maddox— dice Kirabo inclinándose— ¿necesita algo? ¿puedo ser de ayuda?

—No necesito nada— dice él y luego, como pensándolo agrega—, gracias.

—¿Por qué le das las gracias? Es su trabajo.

Maddox pone los ojos en blanco.

—Ella en ningún momento ha dicho que su trabajo sea servirnos, princesa. Es nuestra guía, no nuestra sirvienta.

—Es lo mismo— digo encogiéndome de hombros.

—Estoy aquí para ayudar— dice Kirabo solícita.

Maddox me ve con una expresión a la que no consigo ponerle nombre.

—Kirabo ¿cierto? —dice mientras se endereza, apoyando su peso sobre los codos— ¿podrías dejarnos solos por uno momento?

Ella deja el peine sobre la cómoda y se retira silenciosamente.

—No había acabado de hacer mi cabello —me quejo.

—Tienes dos manos, eres perfectamente capaz de peinarte sola.

No me molesto en decirle que nunca he tenido que hacerlo. La verdad tener a Kirabo rondando por aquí ha sido un alivio, empezaba a preocuparme la escasez de servidumbre. Como si leyera mi mente, él dice:

—Deja de usar a Kirabo como si fuera tu esclava personal.

—¿Por qué? ¿La quieres para ti?

Maddox suelta una risa seca.

—Es una persona, no una cosa.

—Algunas personas nacen para ser grandes— digo mientras me giro sobre la silla— y otras para atenderlas. No está mal. Se llama equilibrio.

—Llámalo como te dé la gana, pero déjala en paz. Es solo una niña y tú eres solo una…

—Lo he estado pensando y he decidido que lo mejor será que cada quien vaya por su lado.

—¿Qué?

—Tanto en la casa como en la Arena.

—No tengo idea de qué estás hablando —dice mientras se levanta de la cama y estira la espalda, haciendo crujir sus huesos—, pero me da igual. No tengo interés en ser tu amigo.

Me río.

—Y por eso es que serás de los primeros en caer bajo las manos de Cernnunnos.

Su boca se curva inexplicablemente.

—Vale.

—¿No estás preocupado?

—¿Por provocar la ira de tu dios? No, no lo estoy.

—Entonces eres más idiota de lo que pensé.

—Lo que no entiendes es que no necesito a nadie. He llegado solo hasta el lugar en el que estoy.

Me río.

—¿Qué?

—No te enteras de nada ¿no es verdad?

—Tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que descifrar tus acertijos, princesa.

—Entonces te lo diré tan claro que inclusive ese cerebro de mono tuyo será capaz de entenderlo…

—¿Cerebro de mono? ¿De verdad me has llamado así? ¿Qué edad tienes? ¿Cinco?

Lo ignoro.

—Considéralo un consejo gratuito: Lis y yo escuchamos una conversación…

—¿Sobre la regla de que debes entrar acompañado a la Arena? —dice aburrido.

Abro ligeramente los ojos.

—¿Qué? ¿Sorprendida porque no eres la única capaz de escuchar a hurtadillas? Que lo sepas que ya me he enterado. Me da igual, puedo cumplir con las reglas de ser necesario, pero ya que te has molestado en sacar a colación el tema de los consejos, aquí tienes uno: ten cuidado con esa chica.

Si espera que le pregunte a qué se refiere, se debe llevar un gran disgusto, pero su cara no lo deja entrever.

—Puede que te parezca encantadora y sepa cómo llegar a ti, pero créeme cuando te digo que a la primera de cambio acabarás con un puñal en la espalda. Y hay dos formas de volver a casa: con una medalla de ganador o dentro de una caja de madera.

—Yo no puedo morir— respondo alzando la barbilla.

—Ya lo veremos.


Coral Pareira, Isla Cuarzo


Khalil registra la parte inferior del refrigerador, ante la mirada atenta de Tanisha, quien parece algo intimidada por mi compañero y no ha dicho gran cosa desde que se presentó y nos condujo a nuestra casa.

—¿Qué estás buscando? —pregunto.

—Hielo— responde sin profundizar en su explicación y continúa revolviendo hasta que encuentra un paquete de chícharos congelados.

—¿Qué vas a hacer con eso? —pregunto ignorando mi buen juicio. Es demasiado peligroso como para confiar en él, pero al mismo tiempo no puedo darme el lujo de perderlo de vista.

Por toda respuesta él camina hacia la sala, con un amplio televisor en medio y se deja caer en el sillón. En cuanto se ha acomodado deja el paquete sobre su regazo y suelta un suspiro de alivio.

Visto así, no parece el asesino despiadado que es en realidad. Me pregunto cuántas de las personas que se encuentran aquí han pasado por esa prueba. ¿Qué porcentaje de las personas que entraran a la Arena con el único objetivo de matar a la competencia saben ya lo que se siente tomar una vida?

Khalil, yo misma y posiblemente el chico de Marfil al que han tenido que reducir en la enfermería. Tres asesinos en un grupo de veinte personas. Los diecisiete restantes son un misterio, pero de todas maneras intento acomodarlos en mi cabeza para determinar de quienes debo cuidarme y a cuales puedo considerar como potenciales guardaespaldas ahora que Khalil ha quedado fuera de la lista.

Puedo descartar casi de inmediato a la amatista, la marfil y la ámbar, todas se ven demasiado inocentes. La zafiro tampoco resulta particularmente amenazante. Las dos rubias no han dado señas de ser particularmente violentas o peligrosas. La diamante, fuera de su aire de superioridad tampoco parece un problema. Eso me deja con la rubí y la ónice, a quienes todavía no he podido ver lo suficientemente de cerca como para saber si serán un problema o no. De todas formas no estoy segura de cómo debo aproximarme a una chica, así que procedo a analizar cuál de los chicos puede resultar funcional.

El diamante podría ser útil, se ve fuerte, lo suficientemente listo como para ser de ayuda, pero no tanto como para descubrir demasiado pronto que está siendo utilizado por mí, además no parece haber hecho buenas migas con su compañera, así que ella no me estorbaría. Descarto al Esmeralda, pues a pesar de lucir fuerte, ha andado de arriba abajo con su compañera. Lo mismo pasa con el ónice, el ámbar y el amatista. No sé qué pensar del aguamarina, pero probablemente acabe en la lista de los descartados. El rubí podría resultar funcional, a pesar de ser demasiado reservado hasta el momento. No me detengo a pensar en el marfil porque su inestabilidad lo envió automáticamente a la lista de la gente a la que no le confiaría mi vida. Repaso la lista de islas, tratando de ver si he pasado a alguien por alto: Diamante, Esmeralda, Aguamarina, Rubí, Marfil, Ónice, Ámbar, Zafiro…

¡Zafiro! Recuerdo al chico de ojos azules mirándome embobado, ante la incredulidad de su compañera y mis labios se curvan hacia arriba. El zafiro sería un buen perro guardián: manipulable, leal, fuerte… eso si consigo deshacerme lo suficientemente rápido de su compañera la sabionda, pero no parece ser una tarea demasiado difícil.

Khalil me presta tanta atención como a los cuadros colgados de las paredes. Del techo cuelga una lámpara con cristales de cuarzo rosa y él clava la mirada en ese punto cuando echa la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca sobre el mullido respaldo del sofá.

Me detengo en Khalil por un momento, valorando si valdrá la pena presionar de nuevo, usando mis encantos, hasta hacerlo ceder, pero lo cierto es que me inspira demasiado miedo como para que vaya a sentirme cómoda con él alrededor.

Abro la boca, sin saber bien que decir cuando la televisión se enciende. No es un video, sino una fotografía con un montón de texto blanco sobre un fondo negro que me hace apretar los labios, molesta por mi incapacidad de leerla. Supongo que el mensaje está en español, pero de todas maneras no consigo descifrarlo.

—¿Qué dice? —pregunta Tanisha con curiosidad, viéndome a mí.

Siento deseos de abofetearla por exponerme así, pero al final termino agradeciendo su pregunta, porque Khalil le responde:

—Dice que esperemos la llegada de nuestros respectivos líderes dentro de una hora— dice Khalil mientras se levanta.

—¿Eso es todo?

Él se encoje de hombros.

—Léelo tú misma, si no me crees.

Mi cara arde de humillación ante su respuesta.

—Hay ropa en sus habitaciones— dice Tanisha. La habitación del señor se encuentra por el pasillo a la izquierda y la de la señorita a la derecha.

—¿A dónde vas? —pregunto cuando lo veo empezar a caminar.

—A darme un baño— dice sin darse la vuelta.

Tanisha se relaja en cuanto él se va y se voltea hacia mí:

— ¿Desea que le prepare un baño?

Abajo, una mata de cabello oscuro llama mi atención.

—No —replico pegándome a la ventana para ver mejor.

—¿Desea cambiarse de ropa?

Pienso en la zorra de Sujay y decido que no la complaceré mejorando mi aspecto para ella.

—No. Estaré afuera— digo mientras veo al zafiro caminar por la acera con las manos metidas en los bolsillos.

Ni siquiera escucho la réplica de Tanisha. La operación "Conseguir un guardaespaldas" ha iniciado oficialmente.


Sharik Louw, Isla Marfil


Zaji me mira desde un rincón mientras el dolor late detrás de uno de mis ojos. Cuando sonríe, dos solitarios dientes se asoman sobre sus encías enrojecidas.

"Mi pobre niño" dice en voz baja y la figura de mi otra madre aparece a su lado "es muy joven para tener que sufrir algo así".

Intento enderezarme, pero algo me lo impide.

Me debato, intentando hacer que las sujeciones cedan, pero se clavan en mis brazos, piernas y cintura como si fueran de hierro.

—Te han tenido que curar dos veces— dice una voz ronca a mi lado—. Será mejor que te quedes quieto o volverás a hacerte daño. No es que me importe demasiado.

Giro la cabeza, la única parte de mi cuerpo que parece tener cierto grado de movilidad y lo veo. Está sentado en una silla, a una vara de distancia, vestido con colores oscuros como un ángel de la muerte o un demonio. Me debato con más fuerza.

—Volverán a sedarte— advierte él arrastrando la silla para colocarse en una posición en donde tengo que contorsionarme menos para verlo.

Zaji me pide que me calme.

"Escúchalo" dice acercándose a mi oído.

—¿Quién eres?

—Mi nombre es Mikhail— dice él— y podría haberte salvado la vida.

—Sólo Dios puede dar y tomar una vida.

—Ya—dice reclinándose en su asiento— me dijeron que serías algo difícil de tratar.

—¿Quién lo dijo?

—Eso no importa. Creo que me dejaron darte la noticia porque todos los demás aquí te tienen demasiado miedo como para arriesgarse. Pero yo no te tengo miedo.

Cuando mueve la cabeza su cabello de un poco natural color rojizo se mueve en lo alto de la cabeza.

—¿Por qué tienes el cabello de ese color?

Él parpadea.

—¿Por qué tienes tú el cabello de ese color?

—Dios me hizo así.

—Entonces supongo que lo mismo puedes decir de mí.

—No— le digo negando con la cabeza—. A ti debió haberte hecho alguien más.

Él se ríe, como si lo que yo dijera le resultara gracioso.

—Vale. ¿Te duele la cabeza?

Entrecierro los ojos. ¿Cómo lo sabe?

—Dolor de cabeza, alucinaciones, brotes de ira… ¿te suena conocido todo eso?

—¿Por qué estoy atado?

—Has atacado a otras dos personas. He tenido que detenerte un par de veces. Me han dado algo así como un permiso especial porque los guardias de la isla están ocupados con otras cosas. Gracias a que te golpeé en la cabeza tuvieron que revistarte a fondo. En fin—dice con un suspiro— tengo que darte una noticia buena y una mala. ¿Cuál quieres oír primero?

—Desátame.

—No puedo— dice cruzando los pálidos brazos detrás de su espalda—. Bueno, en realidad sí puedo, pero no lo haré.

—¿Por qué?

—Porque no tengo idea de que vas a hacer con la información que tengo que darte. Así que mejor te quedas así.

El dolor palpita con más fuerza detrás de mi ojo.

"Le asusta la posibilidad de que lo mates. Aún no sabemos qué es él. ¿Un ángel del Señor o un demonio? Sé cauto, Sharik" ordena Zaji mientras flota a mi lado.

—Tienes un tumor en la cabeza— dice él.

—¿Qué?

—Hay una masa creciendo en el interior de tu cráneo, cerca de uno de tus ojos. Te han revisado mientras dormías para descartar cualquier daño después de que te golpeara y lo han encontrado.

"Mi pobre niño", gime Zaji.

—La buena noticia es que pueden removerlo. La mala es que no lo harán a menos que ganes los Juegos.

Hay algo creciendo en el interior de mi cabeza. Algo crece en mi cabeza. Algo crece en mi cabeza. Algo crece en mi cabeza. Algo crece en mi cabeza…

"Mi pobre niño".

—Han verificado el nivel de afectación que está causando a tu cerebro. Hasta el momento, su crecimiento se limita a volverte irascible y presuntamente genera alucinaciones. Pero eso solo lo puedes decir tú.

Él espera, posiblemente a que le diga algo, pero se encoje de hombros y sigue hablando:

—No hay riesgo de que afecte tus condiciones motoras en el corto plazo, así que en teoría no debería causarte demasiados problemas, pero acabará matándote.

—Dios me curará.

Su boca se tuerce hacia un lado.

—Yo no estaría tan seguro de eso— dice él—. Parece que ha estado creciendo desde hace un tiempo.

—Dios está conmigo— respondo clavando la mirada en el techo. Las palabras brotan del aire, con trazos lentos y seguros hasta que el mensaje toma forma, reluciendo con letras doradas:

Él envió su palabra y los sanóy loslibró de la muerte. Salmo 107

—Cree lo que quieras. De todas formas no me he quedado porque me importes particularmente, pero podrías serme útil así como yo podría serte útil a ti.

Parpadeo y el mensaje se borra.

—¿Qué podría querer yo de una criatura impura como tú?

Un sonido bajo sale de su garganta, pero cuando volteo a verlo su expresión está controlada.

—No te has enterado, pero no nos dejarán entrar solos a la Arena. Estoy seguro de que tu compañera de isla no querrá aliarse contigo y yo no tengo interés en aliarme con Lenna, así que eso nos deja en un lío.

—¿Qué estás proponiendo?

—Una tregua— dice él—. Unidos podemos llegar muy lejos, pero no me molesta la idea de matarte y sé que a ti tampoco, así que una vez claros en eso— dice con un encogimiento de hombros— podríamos sacar provecho de la situación.


Amara Kähler, Isla Esmeralda


—Pero ¿qué has hecho con este lugar, Mar? —pregunta Valkyr poniendo los brazos en jarra, haciendo que Zayani, que apenas tiene seis años, corra a refugiarse a alguna parte. Escucho sus pies descalzos en el suelo de linóleo de la casa.

—¿Cómo sabes que he sido yo? — pregunto con inocencia, pero ¡claro que he sido yo!

—Porque Hugo obviamente no haría algo así.

Me río.

—Me pareció una buena idea hacer una pijamada. Así podemos hablar hasta quedarnos dormidos. ¿No te parece genial?

Valkyr ve con consternación el colchón que he arrastrado hasta la habitación de Hugo, quien no ha protestado e incluso ha doblado las mantas para que el lugar estuviera presentable cuando llegara Valk.

—¿Y a ti te parece bien todo esto? —pregunta ella viéndolo a él.

Las puntas de sus orejas se vuelven rojas, pero él consigue responder sin vacilar:

—No me ha preguntado mi opinión, lo ha hecho todo mientras me bañaba.

—¡Traidor! —me quejo mientras me dejo caer sobre mi colchón en el suelo, justo al lado de su cama.

—Mar…—dice Valk con cansancio.

—¿Por qué has estado llorando? —pregunto yo y Hugo levanta la cabeza de golpe, escrutando el rostro de Valkyr. Debe haber estado mal por un buen rato porque sus ojos están casi tan rojos como su cabello.

—Por nada— dice ella intentando restarle importancia al asunto, pero sus ojos vuelven a llenarse de agua.

Hugo se levanta sin decir una palabra y sale de la habitación.

—¡Nunca pensé que serías un cobarde! —le grito mientras me levanto para rodear los hombros de Valkyr con un brazo.

—Déjalo— dice ella restregándose los ojos con el dorso de la mano—. No debería tener que verme llorar.

—Valk…

Hugo vuelve en ese momento cargando un paquete de servilletas de papel sin abrir en una mano y un vaso con agua en el otro.

Valk suelta un jadeo y sorprendiéndonos a todos, se levanta y rodea el cuello de Hugo con sus delgados brazos. Las servilletas se caen al suelo y parte del agua se derrama sobre la alfombra cuando ella lo desestabiliza.

Él no dice nada, se limita a envolverla con cierta torpeza en un abrazo y no hace intentos de desembarazarse de ella. Pasa un minuto antes de que ella se aparte, junte las servilletas y seque sus lágrimas.

—Gracias— dice mientras se limpia la cara y fuerza una sonrisa—, necesitaba eso.

—Cuando quieras— dice él, ligeramente cohibido.

—Bueno— digo sentándome sobre la cama de Hugo, haciendo rebotar el colchón—, se supone que venías a comunicarnos algo súper importante. Así que ¿qué es?

Valk se sujeta a uno de los postes de la cama y asiente con la cabeza.

—Sí. Es verdad. Parece que ya se ha esparcido el rumor, íbamos a hacerlo oficial mañana, cuando hubieran descansado, pero unos cuantos chicos se han enterado y aún y cuando son unas pocas horas, podría jugar a su favor, así que decidimos que cada líder lo comunicara oficialmente a sus representantes.

Hugo apoya la espalda sobre el otro poste y cruza los brazos frente a su pecho.

—Los problemas con el marfil nos han hecho replantear un poco las circunstancias en las que van a entrar en la Arena. Como ya habrán notado, su compañera fue atacada durante el viaje, frente a Joao, su gobernante. Y durante el proceso de implantación del traductor, una enfermera estuvo a punto de ser atacada. El rubí lo atacó a su vez y la situación ha evolucionado hasta volverse algo… desagradable.

—¡Una puñetera mierda, querrás decir!

—Mar…

—¿Cómo nos afecta eso a nosotros? —pregunta Hugo.

—En un principio se había conceptualizado la… actividad— dice casi atragantándose con la palabra— como una competencia de uno contra uno, sin embargo los ataques previos al inicio de los Juegos han hecho que nos replanteemos. Al finalizar los Juegos, terminaremos unificados como una sola nación y ¿cómo vamos a conseguir que diez países trabajen juntos si ni siquiera lo conseguimos con veinte personas?

—¿Qué están proponiendo exactamente?

—Agregamos una nueva regla— explica Valkyr— los tributos tienen que entrar, necesariamente, acompañados a la Arena.

—¿Alianzas?

—Pueden aliarse con sus compañeros de isla— dice ella—, lo cual espero que hagan—. Pero también pueden optar por unirse con otras personas— dice con cansancio.

Hugo y yo intercambiamos una mirada.

—Creo que no lo habíamos dicho con tantas palabras, pero asumí que íbamos a estar juntos desde el principio— dice él y yo asiento.

—Bien, entonces eso lo resuelve todo. Algunos líderes van a intentar mover las alianzas a su conveniencia.

—¿Algún consejo, jefa?

—No me llames así— dice con el ceño fruncido—. Pues la mayor parte de las islas no debería ser problemáticas per se, dejando de lado el hecho de que ustedes tienen que…

—¿Hacer correr la sangre? —intento ayudar y ella me dedica una mirada envenenada.

—…aunque sí sugeriría que intenten evitar a Rubí y a Cuarzo tanto como sea posible.

—¿Por qué?

—Porque Alkonost y Suyay son… difíciles. Y he oído cosas horribles sobre sus métodos de selección— añade con una mueca—. Sus chicos son particularmente peligrosos.

—De acuerdo, eso deja fuera a Rubí y Cuarzo— responde Hugo y yo intento calzar los nombres que Valk acaba de decir con las caras, pero me quedo en blanco.

—¿Qué me dices de los diamantes? —pregunto.

Valk me ve con una ceja enarcada.

—¿Tienes a alguien en mente?

Comparto una mirada con Hugo antes de sonreír ampliamente:

—Tal vez.


Lenna Vodianova, isla Rubí


Como Mikhail desapareció en medio del almuerzo, cuando Zikomo abre la puerta a Alkonost, solo estoy yo para recibirlo.

Se ha cambiado la ropa a un estilo más informal, con una chaqueta negra, una camiseta de color gris oscuro y unos pantalones de mezclilla. Ahora ni siquiera lo encuentro atractivo, aún y cuando sé que lo es y me pregunto cómo puede soportar el calor opresivo que hace en este lugar con esa chaqueta de cuero.

Se debe a las cicatrices. Alkonost nunca deja su cuerpo al descubierto por causa de ellas. Prefiere andar incómodo a dejar que el mundo sea testigo de sus imperfecciones y su sufrimiento.

No es que me importe, en realidad.

—¿En dónde está el bastardo?

—Hola a ti también.

—No juegues, Lenna.

—No sé en dónde está —digo caminando por la casa. Selecciono cuidadosamente una butaca individual para mantenerme tan lejos de Alkonost como sea posible. Él me sigue, sentándose justo en frente, con una mesita baja en medio de los dos.

—¿Desea algo de beber, señor? —pregunta Zikomo. No he querido preguntarle qué edad tiene porque a pesar de que habla bien, es tan pequeño que me hace recordar dolorosamente a Anton.

—Whisky, seco— responde él sin mirarlo.

El niño se queda quieto en su lugar y me mira con los ojos muy abiertos, llenos de alarma. Posiblemente no tiene ni idea de qué está pidiendo Alkonost.

—Yo me encargo— le digo con suavidad.

—Es su trabajo— dice Alkonost lacónico—. Se le está pagando por ello.

—No me importa— le digo levantándome de todas maneras.

—Siéntate, Lenna. ¿O es que acaso tanto deseas servirme?

Lo ignoro, camino a través de la habitación, decorada siguiendo el gusto de Alkonost, con cuero, metal y maderas oscuras por todas partes y saco un vaso corto de cristal y una botella llena del líquido ambarino. Le doy la espalda mientras sirvo su bebida y resisto el deseo de escupir su contenido.

—¿Por qué insistes en desobedecerme? —pregunta cuando coloco el vaso frente a él, sujetando mi muñeca. El pánico y la rabia se disparan en mis venas. Libero mi brazo de un tirón y vuelvo a mi asiento, tirando del dobladillo del vestido para no sentirme tan expuesta frente a él.

—Di lo que tengas que decir y vete— digo con la voz más firme que soy capaz de emplear.

Él sonríe, curvando los labios pero dejando sus ojos a oscuras. Una sonrisa hueca, ensayada.

—Me ha llegado una fotografía hace un rato. ¿Quieres verla?

Los vellos de mi nuca se erizan pero mantengo la expresión en blanco.

—¿Una fotografía de qué?

—No de qué— corrige él— sino de quién, mi hermosa Lenna. ¿Alguna idea?

No le doy la satisfacción de ver la manera en que sus palabras me afectan.

—Hagamos un trato—dice él— te la mostraré al final si te portas bien.

Aprieto los labios.

—¿Qué quieres, Alkonost?

—Ha habido un cambio de planes y necesito de tu cooperación en cierto asunto— dice mientras toma el vaso y bebe un trago.

—Hasta donde recuerdo he sido de lo más cooperativa— respondo con frialdad—, ¿qué necesitas ahora?

—Una nimiedad— dice recostándose en el asiento—. Ha habido un ligero cambio de planes en nuestra estrategia. Nada de qué preocuparse, nuestro objetivo sigue siendo el mismo, la única diferencia es que ahora no lo harás sola.

¿Qué?

—¿A qué te refieres?

—Hay una nueva regla ahora. Los jugadores no pueden entrar solos a la Arena. Bueno— se corrige— técnicamente si entrarán solos, pero la idea es que conformen equipos. Queremos que desde ya el mundo pueda apreciar la forma en que podemos cooperar unos con otros.

—¿Qué me estás pidiendo que haga?

—En primer lugar, quiero que te mantengas apartada del bastardo— dice con seriedad—. Y lo digo en serio, Lenna. A menos de que te veas obligada, no quiero que siquiera le dirijas la palabra.

Me encojo de hombros, tampoco era como si estuviera interesada en convertirme en su amiga.

—¿Qué más?

—Lo otro podría resultar un poco más complicado, pero confío en tus talentos y te autorizo para utilizar cualquier… recurso con tal de conseguirlo.

La bilis sube por mi garganta y me obligo a tragarla porque de ninguna manera permitiré que él me vea enferma por su culpa. Una sola palabra sale de mis labios:

—¿Quién?

—Uno de los chicos de Suyay. El varón.

Repaso mentalmente las caras hasta que doy con él.

—No.

Él continúa como si no me hubiese escuchado.

—Se llama Khalil Belaali. No estoy seguro de qué es lo que sabe hacer, pero conozco a Suyay y sé que, así como yo te he elegido a ti, ella lo ha elegido a él y eso hace que quiera que lo tengas tan cerca como sea posible. No quiero sorpresas en los Juegos. Has lo que tengas que hacer, pero asegúrate de garantizar su alianza. ¿Entendido?

En otras condiciones me negaría. Pero Alkonost escoge ese momento para hurgar en su bolsillo y sacar un aparato rectangular. Cuando desliza un dedo por la pantalla, el rostro de Anton me observa, con dolorosa claridad y mi determinación se rompe.

—¿Entendido? —repite él mientras me pasa el aparato.

Me pierdo en sus ojos, imposiblemente azules y siento un nudo formarse en mi garganta.

"Por ti. Pienso con desesperación. Lo hago por ti, amor"

Me concentro en calmarme y en disipar de mis ojos la adoración por mi hijo, porque Alkonost es un hijo de puta egocéntrico que podría llegar a pensar que es a él a quien veo de esa manera. Mi mirada se carga de odio y, cuando lo veo, él parece disfrutarlo.

—Entendido— respondo.


Suyay Kara, isla Cuarzo


Khalil sale del cuarto de baño envuelto en una nube de vapor, con una toalla colgada en un punto casi indecentemente bajo de sus caderas.

—Vístete— le ordeno con los brazos cruzados frente a mi pecho.

—Así estoy bien— responde con voz ronca.

—¿En dónde está Coral?

Él sacude la cabeza, salpicando el suelo con pequeñas gotas de agua.

—No lo sé. Estaba aquí antes de que me metiera al baño.

—¿Y hace cuánto fue eso?

Él se encoje de hombros y camina hacia la sala, dejándome atrás de manera que pueda tener un vistazo de su trabajado cuerpo.

—No me gusta que me dejen con la palabra en la boca, Khalil.

Él se deja caer en el sillón colocando un pie sobre la rodilla opuesta, haciendo que la toalla se mueva.

Sé a lo que está jugando y también sé que va a perder. Le dedico una sonrisa ladina y me siento, cruzando las piernas, en el sillón frente a él.

—¿Tienes idea de en dónde o con quien pueda estar?

—No— dice manteniendo los ojos clavados en los míos, con la mandíbula tensa. Sé que está haciendo un esfuerzo para no espiar bajo mi vestido. Logra su cometido, por el momento.

—¿Qué es lo que tienes para decir? —pregunta con seriedad.

No me gusta que intente llevar la conversación, pero lo dejo estar porque entre él y su compañera, prefiero confiar en él mi plan.

—Ha habido un cambio en las reglas. Los campeones tienen que establecer equipos, unos con otros, con un mínimo de dos personas.

Él parpadea.

—No soy de trabajar en equipo.

—Me da igual.

—No me interesa trabajar con Coral.

—No estoy sugiriendo que lo hagas.

—¿Entonces?

—Tengo un objetivo diferente en mente, uno que podría resultarte… interesante.

—Te escucho.

Su tono empieza a irritarme.

—La rubí.

Algo brilla tras sus ojos.

—¿Por qué ella?

—Eso es asunto mío.

—Es asunto mío también si quieres que consiga aliarme con ella. Especialmente si consideras que es peligrosa.

—Confío en que podrás con ella —digo dándole una sonrisa para ablandarlo.

—¿Qué obtengo a cambio?

—Las cosas no funcionan de esa manera.

—¿Cómo funcionan?

—Como yo diga.

Él enarca una ceja con insolencia.

—Tal vez, pero en este momento tú necesitas de mí ¿recuerdas? Has venido a pedirlo, eso significa que no puedes obligarme.

No dejo que la ira se refleje en mi cara.

—Estás jugando con fuego, Khalil.

Él se ríe.

—¿Qué es lo que quieres? —termino cediendo.


Essus Gwynn, isla Zafiro


Valkyr alza la cabeza sorprendida cuando me ve esperando por ella afuera de la casa de sus campeones.

—¿Estás esperándome?

Sonrío y me encojo de hombros. No me gusta la perspectiva de dejarla sola cuando se encuentra tan afectada. Ha pasado un buen rato dentro de la casa de los esmeraldas y tiene mejor aspecto. Me alegro.

—¿Ha ido bien?

—Se van a aliar entre ellos y están sopesando un tercer miembro para su alianza— asiente ella.

—¿Alguno de mis chicos? —pregunto ofreciéndole el brazo. El sol casi se ha puesto, tiñendo todo de un color casi rosado. Ella toma mi brazo luciendo insegura.

—No, lo siento. Lo he sugerido, pero no quiero presionar.

—No me sorprende— digo mientras empezamos a caminar a la luz del crepúsculo por los caminos enlosados.

—¿Cómo te ha ido a ti?

—Carlens no estaba cuando llegué, él y Nayara están teniendo algunas dificultades. Siempre he sabido que es una apuesta arriesgada, pero los asesores insistieron en que podía resultar funcional al momento de realizar la última criba. Ella es mucho más estable, pero no creo que duren mucho juntos. Aunque en teoría lo estén.

—¿Por qué?

—Porque él ha regresado a casa acompañado por la chica de Suyay.

—¡Oh! —dice ella.

—Sí. No sé si ella estará siguiendo las órdenes de Suyay o no, pero no puedo evitar sentirme vigilado. Sería mucho más fácil si se aliaran con alguno de los tuyos. Creo que preferiría a cualquiera de los otros, excepto tal vez al marfil o a los chicos de Alkonost. ¿Alguna probabilidad de que la alianza de los tuyos sea con ellos?

—Les he pedido que los eviten, pero Amara no ha querido decirme de quien se trata su candidato hasta saber si es posible.

—¿Alguna teoría?

—Ha almorzado con el diamante y ha preguntado por los campeones de esa isla. Así que le apuesto a él.

—Uno de los chicos de Oberón— ella asiente.

—Si Carlens se alía con la chica de Suyay ¿qué hará Nayara?

—No lo sé. Puede que en un principio se mantenga dentro de la alianza para evitar la confrontación, pero no le gustó verlos juntos. Creo que está un poco celosa. Le he pedido que, si tiene que hablarme, puede contactarme a través de su pequeño guía. Quiero cuidarme las espaldas, lo único que me faltaría es que decidiera aliarse con alguno de los rubíes.

Valkyr rueda los ojos, pero asiente comprensiva.

Caminamos unos cuantos metros en silencio.

—¿Para qué te quedaste hablando con Grace Clarke?

Parpadeo.

—¿Por qué lo preguntas?

Mi falta de respuesta la hace detenerse.

—¿Essus?

—Te lo contaré— le prometo—, solo que no puedo hacerlo aquí— digo con una sonrisa fingida.

—Vale—dice con suavidad, pero el agarre de su mano sobre mi brazo se afloja ligeramente. Me inclino hacia ella y su cabello me roza los labios cuando susurro en su oído:

—Hay cámaras y micrófonos por todas partes ¿recuerdas?

Cuando me aparto ella tiene las mejillas de un adorable color rojo.

—Luego— prometo.

—Está bien— acepta ella.

—¿Crees que la seguridad que hemos asignado sea suficiente?

—Tendrá que serlo. De todas formas no todos son peligrosos— digo pensando en los veinte guardias que se encargan de vigilar el exterior de la casa que hemos asignado a nuestros nuevos titiriteros.

—Le he pedido a papá el archivo completo de Dánica— dice ella mordiéndose el labio—. Sospechaba que Suyay no nos había pasado toda la información.

—¿Encontraste algo nuevo?

—Algo horrible— admite ella—. Suyay no nos ha dado ni siquiera la mitad de su expediente. ¿Lograste conseguir la información sobre Grace?

—Crímenes informáticos. Compartía información confidencial con otras islas.

—No parece demasiado horrible.

—En casa si es un crimen grave. La información es nuestra primer arma ¿recuerdas? Ella tiene habilidades bastante impresionantes.

Ella me ve con los ojos entrecerrados.

—Luego—repito.

—Sigo intentándolo ¿sabes? —dice con tristeza.

—¿El qué?

—Sigo tratando de encontrar una forma de evitar todo esto.

Reprimo el deseo de contarle lo que estoy intentando hacer yo, porque no estamos en un lugar seguro.

—¿Se te ha ocurrido algo?

—¿Además de sacar a Hugo y a Amara de la competencia?

—Pero eso dejaría a Esmeralda sin posibilidades.

—Lo sé. Y trato de convencerme de que, por esa posibilidad, vale la pena que uno de ellos dos muera. Pero hoy mientras hablaba con ellos… —su voz se quiebra y ella tarda unos segundos en recuperarse—. No sé si voy a poder soportarlo. Los perderé a uno o a ambos, y a pesar de que conozco a Mar desde hace mucho, sé que perder a Hugo sería igual de horrible. ¿Qué haría si llegaran juntos hasta el final y tuvieran que matarse uno al otro?

—Pero si ellos llegaran al final, Esmeralda se habría hecho ya con la victoria ¿no?

—Eso solo lo hace más horrible— se queja ella.

—No me estoy explicando— digo deteniendo nuestro andar—. Me refiero a que ¿cuál sería el punto de que se mataran el uno al otro si ya sabemos qué isla ganó?

Ella parpadea.

—Si los dos campeones llegaran hasta el final…

—Se podrían dar por finalizados los juegos— completa ella.

—No es mucho, pero es algo ¿no crees?

—Dieciocho muertes en lugar de diecinueve.

—Solo si alguien logra llevar a ambos chicos hasta el final.

—¿Lo intentamos? —pregunto tomando su mano.

Ella asiente, con algo más de entusiasmo y ambos corremos como niños hacia adelante.


Holaaa! Bueno, definitivamente este capítulo se ha hecho esperar lo suyo. Carrera nueva, finalización de mi tesis (ya el 18 de agosto tengo mi defensa, recen porque todo salga bien!), un trabajo a tiempo parcial y muchas cosas por hacer… En fin, ha sido una primera mitad del año pesada.

Me sentía un poco desconectada de los chicos porque hace bastante que no escribía desde su punto de vista, pero con este capítulo volví a tomarles el truco. Espero que les haya gustado la actualización.

Ok… vamos con un par de explicaciones. La primera. NO SOY RACISTA. Me lo pensé muchísimo para poner a los guías de la isla. Existía la posibilidad de poner a alguien de su propio lugar de origen y consideré que fueran sus mentores, pero no me calzaban con lo que tenía en mente y con personas más adultas, los organizadores de los Juegos se jugaban el chance de que los chicos, ya de por si algo revoltosos, se les salieran de control. Ocupaba figuras más inocentes e inofensivas, al menos desde el punto de vista de gente como Alkonost o Suyay. Por eso decidí que fueran niños. Luego quise hacerlos de todas las islas, pero me puse a pensar que por las condiciones en que viven, algunos se verían más beneficiados que otros. Eso me llevó a analizar cuál era la isla que más feas se las estaba viendo y llegué a la conclusión de que sería Ámbar. A esto se le suma el hecho de que ellos privilegian a los infantes, de manera que me pareció lógico que se tratara de darle buenas condiciones de vida a un puñado de chiquillos al menos por un tiempo. Me pareció una sugerencia de Makemba a la que los otros no llegarían a oponerse. No es una vuelta a la época de la esclavitud aún y cuando algunos tributos, algo menos ubicados en la realidad, puedan llegar a pensar. Como Éire que está acostumbrada a que la sirvan siempre o Carlens que tiene problemas para manejar su temperamento. De ahí que tratara de buscar el equilibrio gracias a sus compañeros de isla. Ocho de estos diez chicos son producto de mi imaginación, sin embargo los guías de Amatista y de Ámbar han sido tomados de los formularios de Bermone y Yolotsin.

Una cuestión curiosa es que viendo a los niños interactuar con los campeones, me di cuenta de cuantas historias de los formularios mencionan a al menos un niño, de ahí el ataque de nostalgia que han tenido algunos de sus chicos y la identificación que han sentido con sus guías.

Cerrado ese tema, sigo adelante con otras cosas.

La conversación entre Essus y Valkyr… escribiendo, sobre todo en el POV de Amara y viendo lo afectada que sigue estando Valk con los Juegos, me puse a pensar ¿qué pasaría si a la final llegaran Hugo y Amara, o Hissène y Elíma, o Ankar y Noa… o… bueno, ustedes me entienden, las parejas de tributos de cada isla, especialmente los que se han aliado entre ellos. En este momento no tengo ni idea de quienes van a llegar más lejos una vez estén en la Arena y quienes caerán, pero me puso a pensar esa posibilidad de que llegado el caso, dos de la misma isla terminaran como lugar 1 y lugar 2, porque estando ya la victoria en la isla ¿cuál es el sentido de que se maten uno al otro?

De ahí sale mi pregunta número 1, que verán más abajo.

Lo de que nadie entre solo a la Arena lo hago no solo por las razones diplomáticas de los líderes sino para beneficio de ustedes. Como habrán podido notar, algunos tributos salen más gracias a la narrativa de sus compañeros. La idea de que estén todos en una alianza, hasta los más difíciles como Sharik (te quiero, Lauz), hace que tengan más tiempo al aire, por así decirlo. Y eso beneficia a cada papá y mamá para saber por donde anda su hijo o hija aunque no tenga POV.

Sobre el asunto del clima. Isla Perla tiene un ambiente parecido al del Mediterráneo. En este momento es húmedo y cálido. El problema es que los tributos que vienen de islas heladas como Diamante y Rubí, van a sufrir por la ola de calor a la que no están acostumbrados y los que vienen de islas más bien muy cálidas, como Ámbar, Ónice, Marfil y Amatista, tendrán el efecto opuesto por el frío en relación a sus islas. De ahí que 1. Las casas estén adaptadas a estas necesidades con los sistemas de aire acondicionado o calefacción y 2. Se dé un tiempo prudencial, posiblemente de una semana, a los chicos en la isla para que puedan aclimatarse. Esto lo hago para que nadie entre con desventaja.

Creo que eso lo viene a cubrir todo, pero si algo más les está quedando dudoso, por favor digamenlo en un review.

El capítulo pasado tuvo varias bajas en cuanto a reviews, especialmente por el momento en que fue posteado en que muchos me avisaron que se les estaba complicando por una cuestión de estudios. Espero que puedan ponerse al día porque sus reviews me hacen mucha ilusión y son de gran ayuda para la permanencia de sus chicos en los Juegos.

Vamos con los comentaristas estrella:

Naty Mu, jacque-kari, Yolotsin, Imagine Madness y bruxi.

Tabla de puntos:

Jaque-kari: 9 puntos

Patriot: 6 puntos

Naty_mu: 3 puntos

Camille Carstairs: 1 punto

Hikari Caelum: 2 puntos

G. Applause: 1 punto

Ale Santamaría: 1 punto

Bellamybell: 2 puntos

Lauz9: 0 puntos

Bruxi: 2 puntos

Bermone: 1 punto

Yolotsin: 4 puntos

MaryDC: 1 punto

Alphabetta: 2 puntos

Imagine Madness: 3 puntos

CAM: 0 puntos

Siri Tzi: 3 puntos

JXJ2: 0 puntos

Amber Swan: 0 puntos

Disi22: 0 puntos.

Les recuerdo que los puntos se obtienen de dos maneras: hay un punto de regalo después del cumpleaños de cada persona (así que si no me han dicho cuando cumplen años ¿qué esperan?) y las primeras cinco personas en comentar el capítulo (comentaristas estrella) ganan un punto por capítulo.

Aprovecho para felicitar a:

G. Applause, AleSt, Yolotsin y Siri Tzi por sus cumpleaños. Un poco atrasada, pero la intención vale. Cada una ganó un punto para sus nenes.

La supervivencia de los campeones depende en gran medida del seguimiento que le den ustedes, de ahí que trato de priorizar a aquellos que tienen un papá o mamá responsable. En este momento están al día los siguientes autores: jacque-kari, Patriot, Naty_mu, Hikari Caelum, Bruxi, Bermone, Yolotsin, MaryDC, Alphabetta, Imagine Madness, Cam41018 y Disi22. Los demás tiene al menos un capítulo sin comentar y hay dos campeones que, aunque me encantan, son fuertes candidatos a morir el primer día. Así que ya saben, en sus manos están ayudarlos a sobrevivir.

Preguntillas:

1. ¿Te gustaría que llegado el caso que dos campeones de la misma isla llegaran a los primeros lugares, se concediera una victoria en conjunto?

2. Ahora que conoces la nueva regla ¿qué alianzas que no se hayan establecido ves armarse?

3. Si tuvieras que apostarle a un campeón que no fuera el tuyo ¿quién sería? (Si alguno es mencionado tres veces, obtiene un punto adicional).

4. ¿Qué crees que vayan a hacer con los campeones al día siguiente? Pista, es un proceso que se lleva a cabo de la saga original.

5. ¿Qué clase de reacción tendrías TÚ ante estos pequeños guías?

Eso sería todo. Me muero por ver sus opiniones. Un abrazo, E.