Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.
Una sola nación
Día 2
Aaliya Kegne, Isla Marfil
—¿Quiere algo de beber, señor?
—Agua sola estará bien, pequeño— dice Joao con una mirada afectuosa al niño que se ha esmerado en las últimas horas por atenderme —. ¿Te gusta el lugar, florecilla?
El apelativo cariñoso sigue resultando extraño, pero sonrío con naturalidad y asiento.
—Es un lugar muy bonito. Se lo agradezco.
—Es algo distinto a lo que debes estar acostumbrada, pero confío en que puedas sentirte cómoda— dice reclinándose en su asiento y pasando una mano sobre su estómago con un gesto de dolor.
—¿Se siente usted bien, señor?
Uno de los extremos de su boca se curva con cansancio.
—Es la luna— explica él—. La cicatriz duele solo cuando hay luna.
—¿La cicatriz?
Él niega con la cabeza, con un gesto de disculpa.
—¿Cómo te sientes tú?
Mis dedos recorren mi cuello, ya completamente curado gracias a las medicinas que tienen en este lugar.
—Como si no hubiese pasado nada— digo con suavidad—, gracias.
Él hace un gesto de dolor.
—No me des las gracias, por favor. Ha sido mi culpa.
Intento discutir, pero él levanta una mano y me frena.
—Debí haberte cuidado mejor. ¿Tienes miedo?
—¿De Sharik? —lo pienso por un momento—. No, no lo tengo. No ahora que sé que puedo defenderme —sus ojos se encienden con interés —. ¿Le molestaría a usted eso?
—¿Que te defiendas?
Me encojo de hombros.
—Es su campeón. Si algo pasara aquí, nuestras posibilidades se reducirían a la mitad.
—Tienes razón— admite él—. Con algo de suerte no tendremos que llegar a eso. De hecho quería hablarte de ello. He hablado con los demás líderes y todos hemos estado de acuerdo con que se te asigne algo de seguridad adicional.
—Eso no es…
—Sé que puedes cuidarte sola, florecilla, pero por favor compláceme en esto. Ningún otro campeón tiene que lidiar con su compañero tratando de matarlo antes de tiempo.
Termino asintiendo.
—También hay algo más de lo que quería hablarte, especialmente porque estás en una posición más comprometida que los demás por el comportamiento de Sharik.
He estado esperando este momento desde que apareció el aviso en la pantalla. Me enderezo en mi asiento, a la espera de lo que Joao tenga que decir.
—Se ha creado una nueva regla, una forma de hacer mejorar las relaciones entre las islas y, al mismo tiempo, ayudar a que ustedes tengan las espaldas cubiertas, por así decirlo, dentro de la Arena.
Permanezco silenciosa, a la espera de que él termine la idea.
—Se ha determinado que cada campeón ingresará a la Arena acompañado por al menos un aliado. Su inserción en la Arena será individual, pero la idea es que se puedan encontrar unos a otros dentro del área de caza— dice con una ligera mueca de disgusto—. La situación en sí no debería ser particularmente complicada pues siempre se puede contar con que como campeones de una misma isla, puedan poner a un lado sus diferencias y trabajar en conjunto, sin embargo y tomando en cuenta la situación que tuvimos de camino hacia este lugar, considero que lo más sano es descartar a Sharik.
—Estoy de acuerdo— digo con una sonrisa.
—Me he tomado la libertad de analizar a las otras islas para determinar quiénes pueden ser aliados potenciales. Y a quienes debes evitar a toda costa.
—¿Evitar? —pregunto parpadeando.
—Gente en la que lo más sabio será desconfiar desde el principio.
—¿No deberían estar todos en esa lista?
Él suelta una risa ronca y cansada.
—Sí, tienes razón. Pero tienes que creer en Dios y en que Él se encargará de poner a las personas adecuadas en tu camino.
Frunzo los labios y me pregunto si debería decirle que yo no creo de la misma manera en que él lo hace.
—¿A quiénes debo evitar? —pregunto en su lugar.
—Los rubíes y los cuarzos están fuera de cuestión, no confío en ellos.
No consigo recordar a los cuarzos, pero los dos rubíes regresan a mi memoria rápidamente, especialmente el chico, aunque no estoy segura de por qué.
—¿Alguien más?
—También considero que te sentirías más cómoda con alguien más o menos cercano a tu rango de edad.
—La amatista entonces…
Él asiente.
— Y su compañero parece… agradable— dice él.
"Agradable" no parece el tipo de palabra que debería asignarle a una persona a la que tengo como misión final matar y él parece estar de acuerdo.
—Los ámbares podrían resultarte interesantes también, aunque el paganismo de ambos podría resultar complicado para ti.
"Lo dudo", pienso yo, pero sonrío al ver la manera en que parece preocuparse por mí.
—Gracias— digo con una sonrisa. Él me ve, con los ojos fijos en mi rostro durante demasiado tiempo, hasta que sus ojos se humedecen, entonces él parpadea y se levanta.
—Te veré mañana —dice con una voz extraña.
—Lo veré mañana, señor— digo confusa.
Joao no espera a que lo escolten afuera. Se marcha rápidamente, como si le resultara doloroso quedarse aquí conmigo.
Hugo Neisser, Isla Esmeralda
—Creo que deberías tocar primero— digo cuando Amara trata de abrir la puerta de la casa de los diamantes.
La puerta emite un pitido que nos hace saltar a ambos.
—Acceso denegado. Recoloque su mano sobre el censor para un nuevo escaneo.
—¿Esa puerta acaba de hablarme? —pregunta ella abriendo mucho sus grandes ojos azules.
La expresión de su cara me hace reír.
—Eso parece.
—Recoloque su mano sobre el censor— repite la voz, extrañamente mecánica.
—Supongo que se refiere a esto— digo rodeando el tirador con los dedos sin ejercer presión.
—Hugo Neisser, Isla Esmeralda. Veinte años. Acceso denegado. Por favor diríjase a la vivienda número tres señalizada con la gema de su isla de origen. Podrá reconocerla por el color verde brillante.
—Duuuh— dice Amara ofendida— ya sé cuál es mi casa. Vengo de visita.
—Deberíamos esperar a que él salga— sugiero.
—¿Qué? ¿Solo porque la casa lo dice? —Amara convierte su mano en un puño y aporrea la puerta. Al principio no pasa nada, así que ella repite el proceso dos veces. Cuando está a punto de hacerlo de nuevo, la puerta se abre. Un aire gélido sale despedido por la puerta y la diamante aparece al otro lado. Su rostro, con rasgos delicados y definidos, tiene una expresión suave, pero sus labios están tensos.
—¿Sí?
—¿Henrik está por aquí? —pregunta Amara inclinándose hacia adelante, con las manos entrelazadas tras su espalda.
La chica sonríe y una chispa enciende sus ojos, de un azul distinto al de Amara.
—Está cambiándose— dice ella —. ¿Necesitan algo? ¿Una taza de azúcar tal vez, vecinos? —pregunta encantadora.
Amara estrecha los ojos.
—No. Solo a Henrik. Lo esperaremos adentro— dice tomándome del brazo y arrastrándome hacia el interior de la casa.
—Como si estuvieran en su casa —dice ella con una cálida sonrisa mientras cierra la puerta.
—Tu casa está fría —murmura Amara.
—Es el aire acondicionado.
—Nosotros no tenemos de eso— replica Amara.
—Es por la diferencia de climas, supongo— respondo yo.
—¿Y tú como sabes eso? —pregunta mi compañera, girándose para mirarme.
—Porque aquí tratan de ser justos ¿recuerdas?
—¿Y?
—¿En dónde estaría la justicia si ellos tuvieran que arreglárselas no solo con los otros campeones sino también con el clima?
—¿Y convertir su casa en un congelador es la solución?
—Creo que quieren aclimatarlos. Posiblemente cada día suban un poco la temperatura hasta que llegue a ser como la de afuera.
—Tengo suerte de tener un aliado así de listo— bromea ella golpeando uno de los costados de mi cabeza con sus nudillos.
—¡Oh! ¿Así que han decidido aliarse ustedes dos? —dice la diamante mientras se sienta con cuidado en uno de los sillones.
Algo en la forma en que lo pregunta hace que mis sentidos entren en alerta. Mi postura debe tensarse, porque Amara alza la vista, interrogante. Pero nada en la chica, creo que se llama Elisabeth, luce abiertamente hostil.
De vez en cuando tengo algunos problemas para refrenar mi paranoia con la gente. Amara ha sido una de las pocas personas que ha podido ganarse mi confianza sin reparos y no estoy muy seguro de cual sea el motivo para que las cosas se hayan dado de esa manera, aunque supongo que influye el hecho de que ella parece tan determinada como yo a llevar la victoria a casa. El único motivo por el que he aceptado una potencial alianza con Henrik es que él me inspira cierto grado de confianza ya que desde un principio no se ha molestado en fingir nada. Parece tener una personalidad casi tan franca como la de Amara, pero no creo que eso evite que le quite el ojo de encima hasta que me sienta completamente seguro de no utilizará la alianza para liquidarnos por la espalda llegado el momento.
—Sí— responde Amara—, era la elección obvia.
—Aliarse con personas de la misma isla es una decisión inteligente— asiente ella—. Sin embargo se requiere algo de visión para aceptarlo.
—¿Se han aliado Henrik y tú?
Ella suelta una risa musical y niega con la cabeza sin perder el gesto dulce.
—No.
No da más explicaciones y sujeto la mano de Amara antes de que ella se lance a averiguar más cosas.
Un cosquilleo extraño recorre mi palma y ella se voltea con una ceja enarcada, pero no dice nada. Henrik elige ese momento para aparecer en la sala.
—Han venido a buscarte— dice su compañera con suavidad—. Parece que se te han adelantado.
—Eso parece— dice él encogiéndose de hombros y pasándose una mano por el cabello mojado. El televisor se enciende en ese momento, presentando un mensaje en lo que supongo es alemán.
Henrik y Elisabeth observan la pantalla.
—¿Qué dice?
Henrik se voltea ante la pregunta de Amara con una media sonrisa en los labios.
—¿Tienen hambre? Es sobre la cena.
—Definitivamente—dice Amara. Hay cierta complicidad en su tono, pero ninguno dice nada que sugiera una alianza inminente, aunque supongo que es hacia allá a donde nos dirigimos y no quieren decir nada frente a Elisabeth.
Me pregunto si en algún momento alguno de los dos planteó la posibilidad de formar una alianza. A juzgar por la frialdad con que se tratan parece improbable. Me pregunto por qué, Elisabeth parece una chica de lo más dulce.
—¿Te quedas o te vas? —pregunta Henrik.
Ella mira a su compatriota con ojos grandes, brillantes y sinceros.
—Voy con ustedes— responde ella con un encogimiento de homrbos—. Supongo que veré a Éire allá.
Maddox Erwyn, Isla Aguamarina
El televisor se enciende al poco rato que Rhiannon se marcha, avisando que podemos cenar en nuestras casas o presentarnos en el comedor. Con la novedad de que hay que crear equipos entre nosotros, dudo que alguien se vaya a perder la oportunidad de evaluar candidatos, así que espero un rato, tumbado en el sofá, mientras escucho a Kirabo parlotear sin cesar en la habitación de Éire que tampoco parece particularmente interesada en llegar temprano.
Me levanto cuando mi estómago gruñe, exigiendo alimento, y no me molesto en avisar que saldré, me da igual si Éire decide morirse de hambre aquí dentro.
Afuera, el camino de regreso al comedor está iluminado por antorchas dispuestas a intervalos de unos diez metros. Puedo ver el zigzag que traza hasta perderse en una esquina. Un par de
niños de Ámbar, nuestros guías, juegan como cachorros en uno de los jardines. Supongo que se conocían de antes. He visto las miradas enternecidas que lanzaban algunos de los campeones a los niños, probablemente recordando a algún familiar de una edad similar, pero a pesar de que Gwendoline debe rondar la misma edad que todos estos niños, no me siento tocado por ello. El único motivo por el que decidí interceder por Kirabo fue para molestar a Éire.
El comedor está profusamente iluminado, tanto que a mis ojos les toma un segundo adaptarse. Adentro se encuentra más o menos la mitad de los otros campeones. Han retirado algunas de las mesas, supongo que para obligarnos a relacionarnos unos con otros. Distingo a los amatistas, los ámbares, los esmeraldas, los diamantes, los zafiros, los cuarzos y los ónices. El rubí está sentado en la misma mesa que el marfil y recorro la habitación buscando a su compañera, la niña que tenía hematomas en el cuello. La encuentro sentada en la mesa junto a los amatistas, lanzando miradas furtivas en esa dirección.
No todos los campeones presentes se encuentran sentados por islas. Los marfiles están separados, los zafiros y los ónices permanecen juntos, cada quien con su pareja, pero lucen incómodos. La cuarzo está de pie, llenando su bandeja de comida.
Compatriotas enemistados, igual que Éire y yo. Me pregunto qué tan definitivo llegará a ser.
En primer lugar, me dirijo a las fuentes de comida. Me entretengo un rato disfrutando de la mezcla de olores, mucho más atrayente muchas veces que el sabor de los alimentos y finalmente lleno mi plato, agregando al final a la bandeja una taza de café negro y, con algo de suerte, lo suficientemente fuerte para mi gusto.
Me giro, contemplando la estancia. Quedan mesas libres y no es mi estilo apresurarme con mis decisiones, sin embargo me precio de tener buen olfato y como a final de cuentas estaremos solos al final, supongo que meterme en una alianza no puede resultar demasiado perjudicial. Establecer una relación no será un problema, los lazos profundos con las personas son difíciles de forjar para mí, de manera que no me preocupo por las complicaciones.
Al final, la elección termina pareciendo bastante obvia para mí. Coloco la bandeja en la mesa y ambos campeones alzan los ojos, desconcertados.
La chica es la primera en reponerse, entrecerrando sus ojos marrones mientras me mira con desconfianza y se pasa una mano por su corto cabello oscuro.
—¿Te perdiste?
Sarcástica, decido que me agrada.
—No ¿y tú?
—Hay un montón de mesas por allá. ¿Por qué todos parecen querer la nuestra? —se queja ella.
Me río.
—Oh, ¿lo dices por esa gente que se presentó al almuerzo?
Los hombros del ónice se hunden un poco y los ojos de la chica se entrecierran automáticamente.
—Sí, a mí también me pareció extraño que uno decidiera comer con ustedes— digo mientras desenvuelvo el juego de cubiertos que me han dado envuelto en una servilleta. No se me escapa el hecho de que las orejas del chico se vuelven rojas cuando lo digo.
—Ya en serio— dice la chica dejando su juego de cubiertos sobre la mesa y cruzando los brazos frente a su pecho— ¿qué quieres…? —dice haciendo una pausa, porque no tiene idea de cómo me llamo.
—Maddox —digo encogiéndome de hombros y esbozando una sonrisa traviesa—. Y de momento quiero comer mi comida.
Ella no se lo traga, pero lanza una mirada fugaz a su compañero, que continúa comiendo un pan aplanado y relleno de algo. Decide dejarlo pasar. Los tres comemos en silencio, escuchando las risas de la chica de Esmeralda, que comparte mesa con su compañero y el diamante.
Me bebo el café lentamente, es de una variedad diferente a la que consumimos en nuestra isla, ligeramente especiada y deliciosamente cargado.
—¿No te hace mal beber café a estas horas?
Sonrío detrás de la taza y veo como la ónice ve sorprendida a su compañero, quien hasta ahora podía pasar por mudo.
—Bebo café desde que tenía dos años, más que sus efectos, me gusta su sabor.
—A nadie le gusta el sabor del café— interviene la chica.
—Llámame nadie, entonces— respondo y una de las comisuras de sus labios se eleva ligeramente, como si se estuviera tratando de no sonreír, pero el chico suelta una risa corta y sus hombros se relajan.
—Raif— dice él.
—Kheira— dice ella— y supongo que estás aquí por todo eso de que no podemos entrar solos a la Arena.
Sonrío.
Khalil Belaali, Isla Cuarzo
La sigo con la mirada mientras ella se levanta de la mesa en la que se ha sentado sola y deja los restos de comida, casi sin tocar, en uno de los basureros. Se ha puesto un vestido veraniego que se ata en pequeños lazos sobre sus hombros, de un color rojo como la sangre con lunares de color blanco.
Ella estira sus esbeltos brazos por encima de su cabeza y luego masajea su cuello con los dedos.
Acercarme a ella no será particularmente sencillo y la verdad es que ahora que he conseguido prácticamente todo lo que quiero, estar de buenas con Suyay no parece particularmente importante. Sin embargo la adrenalina corre por mis venas y siento la sangre precipitarse hacia abajo en mi cuerpo cuando ella recoge su cabello castaño con destellos rubios en una coleta y veo las gotas de sudor que se deslizan desde su cuello hacia su espalda.
Sus hombros se hunden casi imperceptiblemente mientras la veo y entonces ella se gira y, sin necesidad de buscar por la habitación, sus ojos se encuentran con los míos.
No sonríe, sus labios carnosos se mantiene estáticos mientras esquiva sillas y mesas hasta que se para frente a mí. Ella mueve la silla y se sienta. Uno de los lados de mi boca se eleva.
—¿Cambiaste de opinión, cariño?
Su gesto se dulcifica y ella apoya las manos, con uñas cuadradas y cortas, sobre la mesa. Sus pechos se juntan y una sonrisa traviesa aparece en sus labios.
—Aún no, pero me pregunto si puedes convencerme. Eso si aún puedes funcionar después de nuestro último encuentro.
—¿Quieres comprobarlo? —pregunto empujando la bandeja, ahora vacía e imitando su gesto al inclinarme hacia adelante con los brazos sobre la mesa.
Si mi propuesta la intimida, ella no lo demuestra, su sonrisa se vuelve más amplia, sin dejar a la vista sus dientes.
—¿Cómo te llamas?
Parpadeo.
"Siete", pienso en responderle. No estoy seguro de porqué el recuerdo de mi antiguo nombre ha aflorado a mi mente en este momento. Ya no soy Siete, aún y cuando el número siga marcado a fuego en el interior de mi muñeca.
—Khalil— respondo utilizando el nombre que Trece se había dado a sí mismo, porque se negaba a convertirse en una mera cifra. No recuerdo ningún otro nombre, desde que tengo memoria he sido Siete o Khalil.
—Es un nombre extraño— apunta ella tomando el vaso sobre mi bandeja, haciéndolo girar entre sus dedos.
—No más que Lenna— respondo echándome hacia atrás en la silla.
Un parpadeo, esa es toda la reacción que ella se permite tener.
—Khalil Belaali— replica ella, dándome a entender que no soy el único que cuenta con información—. Me pregunto cómo sonaba cuando era un niño.
Un recuerdo ondula en la superficie de mi memoria. Veinte niños caminando en fila, atados con sus manos por detrás de su espalda con la cara cubierta con una bolsa de tela oscura. Sus padres los han vendido y ahora han sido comprados, no para garantizarles una educación o un futuro mejor sino para convertirlos en "salvajes". Unos morirán en el proceso, otros desertarán y un muy reducido grupo de "Hijos Terribles" lo conseguirá.
"Hijo Terrible". El apelativo se forma en mi mente, pero meneo la cabeza y dejo ir el pensamiento.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto apoyando los codos sobre la mesa y poniendo el mentón sobre mis manos entrelazadas.
Ella no titubea al responderme, nada de parecer tonta o ingenua, sabe perfectamente que no le queda:
—Asumo que ya tu ama te comunicó la nueva regla— dice burlona—. No tengo ningún interés en aliarme con Mikhail y asumo, por la lejanía de tu compañera la amazona, que tampoco estás interesado en ella. Estoy segura de que tu formación no se limita al año que dieron de plazo. Tampoco la mía. No tendré ningún problema en matarte al final, pero creo que antes de eso, podríamos beneficiarnos el uno del otro.
—¿Mermar a todos los demás y luego cada quien por su lado?
—Algo así —dice ella echándose atrás en la silla. La siento moverse bajo la mesa, cruzando las piernas. Mis pantalones se vuelven más estrechos.
—Se me ocurren un par de formas en las que podría beneficiarme de ti.
Ella se ríe y no logro decir si el comentario realmente le pareció gracioso o simplemente es una actriz consumada.
—No tendrías tanta suerte.
—Podríamos apostar. Apuesto a que consigo meterme bajo tu falda antes de…
—Es una apuesta sin sentido— dice ella y sus ojos se vuelven fríos como el hielo— porque al final, uno de los dos no estará para cobrarla.
—Estás pidiendo demasiado, considerando que no pareces estar por la tarea de complacer.
—Soy perfectamente capaz de complacerme a mí misma— responde y me pregunto si sus palabras han tenido ese delicioso doble sentido a propósito.
Valoro mis opciones. Podría decirle que no y disfrutar de su frustración. Podría decirle que sí y conseguir que Suyay caliente mi cama esta noche gracias a nuestro trato. Si le digo que sí…
Sus dientes inferiores atrapan un labio carnoso, haciéndolo enrojecer y luego ella lo humedece con su lengua. La sangre se vuelve a precipitar hacia abajo, dolorosa, insatisfactoria.
—¿Qué dices?
—¿Por qué no? —digo con un displicente encogimiento de hombros.
Carlens Newman Cliffort, Isla Zafiro
—¿Te vas a comer eso? —pregunta Coral mientras se inclina sobre mi plato, plantando una mano despreocupadamente sobre mi muslo mientras con la otra toma la última porción de pastel de manzana que queda sobre mi plato.
Niego con la cabeza y ella se come el bocado y luego lame sus dedos con los ojos cerrados. A mi derecha, Nayara resopla mientras su tenedor se mueve de un lado al otro, empujando los pedazos de filete por su plato.
—¿Pasa algo?
—¿Además de lo evidente?— dice rodando los ojos—. Nada.
—¿Algún problema, linda? —pregunta Coral limpiándose las manos con una servilleta.
Nayara aprieta los dientes, haciendo que los huesos de su mandíbula se marquen bajo su piel, un segundo después se relaja y sonríe.
—No, en realidad estoy perfecta, tan perfecta que me han entrado ganas de ir a buscar más gente por ahí. ¿Vienes Carlens?
Me congelo en mi sitio y Coral sube un poco la mano sobre mi pierna.
—Tal vez cuando acabe de comer.
Nayara me dedica una mirada asesina y se levanta, deja su bandeja en el contenedor y luego recorre la sala con los ojos.
—Creo que tu amiguita ha dejado el nido— murmura Coral cuando Nayara camina, con algo de inseguridad, hacia el lugar en donde se sienta una de las chicas rubias con la diamante.
—Ya volverá— digo fingiendo que no tengo un lío por dentro pensando en las implicaciones que mis decisiones y las suyas puedan tener.
—¿Quieres ir a caminar allá afuera?
Mi mirada se mueve hacia el lugar en donde Nayara se ha sentado con las dos chicas y Coral frunce el entrecejo.
—A menos que quieras correr tras ella como un cachorro y pedirle perdón…
Un estallido de ira brota en mi pecho, pero me esfuerzo por reprimirlo.
—No, la veré después.
—Bien— dice ella con una voz tan suave como un ronroneo.
Al levantarnos, Coral enrosca un brazo alrededor del mío. De pie es un par de centímetros más alta que yo, lo cual me hace fruncir el ceño.
Cuando llegamos a la entrada uno de los guardias nos detiene:
—La hora de libre tránsito acaba en veinte minutos, después de eso hay toque de queda.
—¿Qué?
—Órdenes de los gobernantes. Todos los campeones deben estar en sus respectivos alojamientos a las dos mil doscientas en punto.
Por su forma de expresarse asumo que debe tener formación militar. Tiene el cabello cortado al rape y un uniforme ajustado de color negro, aunque no consigo ver en su fisonomía ninguna pista de su procedencia, exceptuando el hecho de que es de tez blanca.
—A las diez, entendido— digo avanzando.
—¿Qué significa las dos mil doscientas en punto? —pregunta Coral en cuanto nos alejamos un poco.
—¿Eh? ¡Ah! Es por el sistema horario de veinticuatro horas.
Ella parpadea, sin entender.
—Ya sabes, ese en que el día va de medianoche a medianoche. Las dos mil doscientas horas serían las diez de la noche.
—Pero el reloj solo tiene doce horas— señala ella.
—Ya, es algo de los relojes digitales.
Ella va a decir algo, pero termina riéndose.
—¡Claro! Lo había olvidado— dice haciendo revolotear sus largas pestañas—. Debes pensar que soy una tonta.
Niego con la cabeza.
—¿En serio?
—Para nada. Debes ser muy lista para haber llegado hasta aquí. Solo los mejores han podido avanzar tanto.
Ella sonríe.
—Hablando de los mejores, quería preguntarte algo.
—Dime.
—Lo he estado pensando y creo que tú y yo haríamos un gran equipo dentro de la Arena.
Parpadeo.
—Seguro que los tres lo haríamos bien.
—¿Los tres?
—Tú, yo… y Nayara ¿recuerdas?
Ella ríe un poco.
—No estoy segura de que ella siga interesada en quedarse contigo. Creo que no le caigo muy bien— dice bajando las pestañas.
Agito la cabeza.
—Estoy seguro de que ella solo está teniendo un mal día. Suele estresarse bastante, me parece. Y habíamos discutido un poco antes, por eso salí de la casa— explico yo— ya sabes, cuando nos encontramos.
—¿Discutieron? —dice abriendo sus ojos verdes con sorpresa— ¿y por qué?
Me encojo de hombros.
—No nos hemos entendido muy bien hoy.
—Debe ser horrible— dice con suavidad— no poder contar con una amiga que te apoye.
—La verdad es que soy algo complicado— admito yo, pero ella niega con la cabeza.
—Debería aprender a ser más comprensiva. Seguro en el fondo se siente amenazada. Debe saber que eres más fuerte que ella y por eso trata de hacerte sentir mal.
Un rato más tarde, cuando me dejo caer en la cama y escucho a Nayara entrar en su cuarto, las palabras de Coral se repiten en mis oídos "debe saber que eres más fuerte y por eso trata de hacerte sentir mal".
Cierro los ojos tratando de descubrir que tanta verdad se esconde tras las palabras de Coral.
Día 3
Elíma Kairo, Isla Ámbar
—¿Elíma? —una pequeña mano sacude mi hombro con suavidad. Abro los ojos, pero la oscuridad reina en la habitación—. ¿Estás despierta?
—Balula— digo al reconocer su voz.
—Perdóname por despertarte— dice él y a pesar de que no puedo ver nada, lo imagino bajando los ojos al suelo, del mismo modo en que lo hacía cuando su hermana lo regañaba.
Balula fue el motivo por el cual entré a concursar para convertirme en campeona. Cuando Molímo me pidió que me inscribiera con ella para recibir raciones de agua extra para su hermano, tan enfermo en aquel entonces a causa de la deshidratación, no pude negarme. ¿Cómo hacerlo cuando había visto morir a Mai por la cruel sed tan solo unos meses antes del choque entre las islas? La diminuta y adorable Mai, con su sonrisa incompleta y las diminutas trenzas en su cabeza.
Él busca mi mano en la oscuridad y yo, en un acto reflejo, levando el cobertor para que se meta conmigo en la cama.
Ya hemos dormido así antes. Cuando me quedaba a dormir en casa de Molímo los tres compartíamos la misma cama. Es como un hermano pequeño para mí.
—Perdóname por no decirte nada. No sabía si te daría vergüenza— murmura en algún lugar por debajo de mi barbilla.
—¿Vergüenza?
—Porque ahora eres una celebridad y yo… solo soy yo.
Mis dedos recorren su cabeza y me alegro al no notar su piel seca y escamosa. Deben estar cuidando bien de él.
—Nunca me avergonzaría de ti. ¿Molímo sabe que estás aquí?
Él asiente.
—Ella me convenció para que me inscribiera en cuanto supimos que eras tú. Quería que cuidara de ti.
Pienso en lo que dijo la zafiro, que los habían traído a este lugar para que pudieran alimentarse bien por un par de semanas y a pesar de que sé que de alguna manera es una muestra de lo altaneras que pueden ser las otras islas, lo agradezco. Aún y cuando solo sea por una semana, estoy segura de que le sentará de maravilla.
—Me alegra que puedas cuidar de mí— admito y él suelta una risita.
—Yo también. La comida es estupenda ¿no crees?
Asiento y lo envuelvo en un apretado abrazo. Él no se queja cuando mis manos rodean su torso y siento los huesos de sus costillas contra mis dedos.
—¿Qué hora es? —pregunto al cabo de un rato.
Una luz azul verdosa ilumina su rostro, marcando sus mejillas afiladas y su mentón, con un hoyuelo en el centro.
—Las cuatro de la mañana. Me han enseñado a leer un reloj ¿puedes creerlo? —dice mientras estira el brazo y me muestra un brazalete en el que se enciende una pequeña luz cuando aprieta un botón— me han dicho que puedo llevármelo cuando regrese a casa. Prometo prestártelo entonces.
Me río, porque a pesar de que haré mi mayor esfuerzo, tengo solo una posibilidad entre veinte de ganar esto y volver con él a casa.
—Tengo que levantarte a las siete— dice ahogando un bostezo.
—¿En serio? —digo colocándome de costado.
—Sí. Algo importante pasará por la mañana, pero se supone que no puedo decírtelo.
—¿Es algo malo?
Por su tono, lo imagino frunciendo el entrecejo.
—No. Si fuera algo malo yo te lo diría para que huyeras. Lo prometo. Creo que te gustará. Ya verás.
—De acuerdo— asiento mientras suelto un bostezo.
—Estás cansada. Tienes que dormirte. Necesitas energía para la mañana.
—Vale— digo cerrando los ojos— pero solo si tú te duermes también.
—Debería volver a mi cuarto— dice algo inseguro— solo quería estar seguro de que no estabas enojada conmigo.
—No estoy enojada contigo— le prometo.
—Bien— dice ya medio dormido.
Su respiración se vuelve lenta y acompasada, hasta que se convierte en débiles ronquidos que lejos de molestarme, me hacen sentir más cerca de casa. Me sumo yo también en el sueño y siento que he dormido dos segundos cuando un agudo pitido me despierta, haciendo que me enderece asustada en la cama.
—Lo siento— dice Balula parándose como un gato sobre el colchón— se suponía que solo yo tenía que oír eso.
El pitido se apaga cuando el presiona un botón en su muñeca.
Me siento sobre la cama, colocando una mano sobre mi pecho mientras siento como mi corazón consigue ralentizarse poco a poco.
—¿Tienes hambre? —pregunta levantándose de la cama e inclinando la cabeza, como supongo que le han enseñado a hacer—. Tengo que levantar al señor Hissène y luego servirles el desayuno. A menos que elijan ir al comedor común. La actividad empieza a las nueve.
—No te preocupes— digo frotando su cabeza—. Iremos a comer con los demás.
—Te ves más guapa con el pelo corto.
Siento mis mejillas calentarse.
—Seguro que por eso él te ha pedido que sean aliados ¿verdad?
Abro los ojos sorprendida.
—¿Cómo sabes eso? Ni siquiera estábamos aquí cuando lo discutimos.
Él sonríe.
—Me entero de un montón de cosas. Igual la novedad fue verlo hablando. Si escucho algo importante te lo contaré —promete él con solemnidad— lo que sea para que ganes y vuelvas a casa— agrega con una gravedad que me cae en el estómago como una piedra.
Noa Wunsch, Isla Amatista
Firdus me levanta a una hora ridícula y me dedica una sonrisa de disculpa cuando lo veo con mala cara.
—Nos lo han pedido señorita Aji… Noa— se corrige—. Tienen algo importante durante el día de hoy.
El sonido de agua al caer llama mi atención.
—¿Está lloviendo?
Él niega con la cabeza.
—El señor Ozivit se está dando un baño. Le sugiero esperar a que él salga o cambiarse de ropa. Es curioso esto de usar toda esa agua pura para bañarse ¿no le parece?
Lo veo sin entender hasta que recuerdo que en mis clases nos decían que Ámbar se las veía negras para conseguir agua. Al menos él está bien ahora.
—Me cambiaré de ropa— le digo viendo mi pijama, con un pantalón escandalosamente corto con pequeños gatitos.
Él sonríe y asiente:
—Me parece una buena decisión, no está bien desperdiciar el agua.
Firdus sale, haciendo una reverencia y yo me levanto e inspecciono el armario hasta que encuentro unos pantalones cortos de mezclilla y una camiseta ajustada. El tipo de ropa que podía causarle una apoplejía a mi padre. Mientras me paso la camiseta por la cabeza, alguien, posiblemente Ankar, toca a la puerta.
—Pasa.
Ankar entra al cuarto pasándose una toalla por su cabello rojo.
—Buenos días.
—Buenos días— respondo mientras me paso un cepillo por mi desordenada cabellera hasta volver a dejarla lisa. Luego la recojo con pasadores para apartarla de mi cara.
—¿Qué? ¿Ningún sari hoy? —pregunta señalando la gran cantidad de trajes tradicionales que cuelga dentro del armario.
—Me temo que no soy una tradicionalista.
—Vaya par han elegido para representar a nuestra isla ¿no crees?
Me río.
—¿Ya está el desayuno?
—Le he dicho a Firdus que lo tomaríamos en el comedor— dice encogiéndose de hombros.
—Está bien— respondo mientras me calzo unas zapatillas de tela.
Cuando salimos, nos encontramos con una curiosa escena en el jardín de los diamantes, la casa que se encuentra frente a la nuestra. Una chica, la marfil, se encuentra colgando precariamente de la rama de un árbol, a unos dos o tres metros del suelo, con un matojo de hierba sujeta en una mano mientras se columpia con la otra.
Ankar me mira con las cejas enarcadas y yo me encojo de hombros y lo sigo cuando cruza la calle.
—¿Qué haces? —pregunto y supongo que la tomo a ella por sorpresa, porque su agarre alrededor de la rama se afloja y empieza a caer. Ankar se mueve rápido, colocándose debajo de ella. No consigue atraparla, pero al menos su cuerpo sirve para amortiguar su caída.
—¿Estás bien? —digo tratando de no reírme ante la escena.
La chica, con la piel y los ojos oscuros, ha caído encogida sobre su torso y rodea protectoramente con los brazos el objeto que tenía en la mano.
—¿Ankar? —digo tirando del brazo de ella para que se levante—. ¿Estás bien?
Él tiene los ojos, como si estuviera lastimado, pero en cuanto ella se levanta él los abre y se endereza.
—Sí, creo que no hay nada roto.
—Bien— digo girándome amenazadora hacia la otra chica—. ¡Ten más cuidado! Pudiste herir a mi compañero…
—Lo siento— dice ella y sus mejillas oscuras enrojecen.
—No te enfades, estaba tratando de ayudar— dice mi compañero sacudiéndose los pantalones.
—¿A quién?
En respuesta Ankar señala lo que tiene la chica en las manos. No era un puñado de hierba seca como me había parecido al principio. Es un nido.
—Se han caído— dice con consternación —. Lo vi anoche cuando regresábamos de la cena y ahora su mamá no los encontrará si no los devuelvo a su lugar—. Un débil gorjeo llega a mis oídos y cuando me inclino para espiar por el agujero veo a dos polluelos, tan jóvenes que ni siquiera tienen plumas, en su interior. La verdad es que resultan horrendos—. Además he visto un búho anoche. ¿Tienen idea de lo que podría hacerle un búho a estos pequeñines?
Las aves, aunque no se parecen en lo absoluto, me recuerdan a los faisanes de Agrata. Hago una mueca. Su preocupación casi me parece graciosa, hasta que Ankar se le une, al parecer igual de conmovido por las pequeñas crías. Ninguno de los dos me pide ayuda y a pesar de que no han hablado el uno con el otro, se ponen de acuerdo con rapidez para ayudar a las crías.
Ankar, más alto que ella, se sube con facilidad en el árbol y cuando ya se ha acomodado en una rama algo más fuerte, ella se para de puntillas para pasarle el nido. Él trepa con facilidad, con el nido pegado a su pecho mientras la chica le dirige hacia la rama en la que se encontraba el nido. Mi compañero se encarga de acomodar a los polluelos en su lugar y luego desciende rápidamente, como si escalara árboles a diario, hasta que aterriza a nuestro lado.
La chica le dedica una sonrisa radiante que deja al descubierto una blanca hilera de dientes y, cuando se miran, hay una curiosa complicidad entre los dos.
Ni siquiera me sorprendo cuando, al caminar hacia el comedor, ella va con nosotros.
Kheira Jovelik, Isla Ónice
Huevos, pan, jugo de naranja, café, leche, salchichas, pescado, finas lonjas de carne, crema agria, mantequilla, miel de abeja y de maple o algo parecido, según dice el letrero, mermeladas, frutas y platos con granos de diferentes colores y consistencias. El desayuno igual que todas las demás comidas son una mezcla de todas las culturas presentes.
Solo tomo un vaso con agua y mi estómago ruge en protesta mientras yo intento no prestar atención a las delicias que se presentan ante mí. Ayer rompí el ayuno del Ramadán y ahora tengo un cosquilleo extraño en el cuello. Me sorprendo cuando noto que Raif si está comiendo cuando llego a la mesa que estamos compartiendo con Maddox, quien ahora se encuentra en la cola para que preparen alguna cosa a base de huevos de gallina para él.
Raif hoy está mucho más relajado que ayer, tal vez por la presencia pacífica y relajada de Maddox, que vino a ser algo así como un amortiguador en nuestra desgastada relación.
—Veronique nos ha mandado un mensaje— anuncia Raif mientras veo con ojos acusadores su plato lleno.
—¿Sí?
—Dice que lo más sabio será comer ahora, mientras podemos hacerlo y luego podremos recuperar el ayuno en la Arena, cuando no tengamos la seguridad de tener comida a diario.
Me río.
—¿Y le has creído?
—No— dice mientras agita la cabeza—, pero tenía hambre. Y de todas formas me iré al infierno, así que ¿a quién le importa?
Su declaración me hace enarcar las cejas.
—No hemos dicho una sola palabra desde ayer, cuando te fuiste y tiraste la puerta del baño ¿podemos discutirlo? Te gustan los chicos —digo en un susurro— ¿y qué?
—¿Qué hay para discutir? —dice bajando la voz—. Estoy roto por dentro, nada puede arreglarme.
Ruedo los ojos.
—Sabes que esa es una forma muy anticuada de pensar ¿verdad?
—No lo entiendes— sentencia él.
—Yo sí lo…
—No— dice él tajante— puede que creas que lo haces, pero no es cierto— dice con suavidad—. Basta con verte para saber que nuestra forma de vida no es importante para ti y me parece bien, de verdad, pero por favor no quieras tratar de entender cómo me siento, porque no tienes ni idea lo que significa estar realmente mal. Simplemente no hablemos de ello ¿vale?
—Raif…
—O también podemos simplemente aceptarlo y seguir adelante con nuestras vidas— replica Maddox mientras suelta su bandeja en la mesa y se sienta, flexionando sus largas piernas para pasarla por encima de nuestra silla. Las mesas han vuelto a disminuir en este tiempo de comida, como una forma de los líderes de alentar las alianzas.
—¿Aceptar qué? —replico haciéndome la tonta mientras Raif baja la cabeza.
—Te gustan los chicos— dice señalándome— y a ti también te gustan los chicos— continúa señalando a Raif—. ¿Y qué?
Los ojos de Raif recorren el rostro de Maddox, tan perplejo como yo.
—¿Qué?
—¿De dónde sacas eso? —intento ayudar yo.
—Escuchar a hurtadillas es muy fácil una vez que aprendes a hacerlo— dice encogiéndose de hombros y bebiéndose una taza entera de café, haciendo que la nuez en su garganta suba y baje—. El punto es ¿por qué resulta la gran cosa?
—¿No te importa? —pregunta Raif abriendo mucho sus ojos claros.
—Siempre y cuando no intentes tirarme los tejos, no veo porque podría ser un problema— responde él mientras empieza a atacar su plato y cuando ve la mirada sorprendida de Raif se echa a reír, salpicando todo de comida— ¿qué? — dice con la boca llena— no eres mi tipo.
Raif abre y cierra la boca, incapaz de encontrar las palabras hasta que finalmente dice:
—Ustedes dos están locos.
—Hay que estarlo para meterse por voluntad propia a esto ¿no crees? Supongo que, en el fondo, todos estamos algo dañados.
—Me sentiría más cómodo si no fuera el tema de conversación.
—Como quieras— replica Maddox— ¿han pensado en incluir a alguien más en la alianza? —dice echando su cabello hacia atrás para apartarlo de la comida.
—Ese cambio de tema ha sido tan sutil como una granada— espeto yo.
Él se encoje de hombros.
—No. Ni siquiera habíamos pensado en incluir a alguien más, hasta que apareciste anoche.
—Mi sentido de la oportunidad es impresionante. Por curiosidad ¿en qué arma se especializaron? La mía es el sable. Ya saben, largo, afilado, mortal.
—Me hago a la idea— digo mientras bebo agua. Técnicamente estoy rompiendo el ayuno, pero confío en que hacerlo a medias es un poco mejor que romperlo por completo. —Utilizo el tekkokagi.
—¿En serio? —pregunta Raif con las cejas enarcadas. Supongo que hasta ahora no hemos hablado mucho de nuestras habilidades en la Arena—. Yo uso principalmente el chakram, aunque el kerambit también se me da.
—Como si lo hubieran dicho en otro idioma— responde Maddox sin inmutarse. Supongo que ya lo veré más adelante. Y ahora tomaré una siesta— dice cruzando los brazos sobre la mesa y apoyando en ellos la frente. Ni siquiera tenemos tiempo de replicar antes de que se quede dormido.
Raif y yo nos miramos y él me sonríe con timidez.
—Es algo así como un gato ¿no te parece? —señala él.
—Algo bastante parecido— acepto yo mientras me inclino sobre él y robo un pedazo de pan. A la mierda el ayuno.
Mikhail Petrov, Isla Rubí
—¿Quién se asemeja a Dios?— dice Sharik mientras se sienta en la silla frente a mí.
Lo veo, sin dejar relucir ninguna emoción en mi rostro. No le pregunto nada, porque la mejor forma de hacer que la gente hable es dejando que el silencio se extienda. Además no sé si se trata de una pregunta retórica o una de esas extrañas citas cristianas que él anda recitando por ahí.
—Mikhail es un nombre hebreo — continúa diciendo.
—Vale.
—Es el Jefe de los Ejércitos de Dios. El Ángel Guerrero.
Empiezo a darme más o menos una idea de hacia dónde se dirige su hilo de pensamiento, pero lo dejo seguir hablando, casi con entusiasmo, porque mientras más diga, mejor podré manejarlo más adelante:
—"Hubo un gran combate en los cielos. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar en el Cielo para ellos. Y fue arrojado el Dragón, la Serpiente Antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él"— recita él.
Enderezo la cabeza, elevando el mentón.
—¿Por qué no me has dicho quién eras en realidad? —dice con un resentimiento casi infantil.
Lo observo imperturbable.
—¿Era una prueba? ¿Querías saber si podía creer sin necesidad ver?
Ladeo mi cabeza, haciéndole ver que tiene mi atención peros sin decirle una palabra.
—Como Santo Tomás— agrega él después.
Puedo notar que mi mutismo le molesta, pero cierra los puños sobre la mesa y alza la mirada, clavando sus ojos en los míos.
—¿La he pasado? —pregunta y, por primera vez, puedo escuchar un ligero temor en su voz.
—¿Crees que la has pasado? —pregunto entrecerrando los ojos.
—Yo solo creo en Dios.
Su respuesta resulta esquiva e insatisfactoria.
—¿Qué quieres de mí?
Es una pregunta curiosa. ¿Qué es lo que quiero de él? ¿De qué manera pedirle que resguarde mi vida por encima de la suya sin levantar sospechas?
No tengo idea de cómo actúan estos ángeles en los que él cree, pero mientras logre sostener esta idea en su cabeza, me resultará funcional.
—Quiero que me sirvas.
Sus ojos se entrecierran.
—Soy un siervo del Señor.
Hay una trampa en sus palabras, lo noto por su actitud expectante, desea que me equivoque, está tratando de convencerse de que vengo del infierno y no del cielo. Porque entonces sería sencillo para él acabar conmigo en caso de ser necesario.
—Yo hablo por el Señor— replico con toda la entereza y la seguridad que soy capaz de reunir—. ¿A quién le eres fiel, Sharik?
El agacha la cabeza, como si lo hubiese golpeado y por un momento casi resulta repugnante ver la forma en que su religión lo hace sumiso. Pero entonces alza la cabeza y veo la llama reluciendo en sus ojos. Es peligroso, de eso no hay duda. Me siento como si sujetara a un perro rabioso con una correa demasiado corta. Será útil para acelerar el proceso de acabar con mis oponentes, pero a largo plazo es una apuesta arriesgada. Podría volverse y morderme en cualquier instante.
—A ti— responde inclinando la cabeza.
—Tengo una misión y tú me ayudarás a cumplirla.
—Que sea la voluntad de Dios. ¿Qué deseas que haga?
—Por el momento, debes comportarte— digo inclinándome hacia adelante—. Lo que has hecho hasta el momento ha sido estúpido. Esta no es la clase de comportamiento que se requiere de ti— digo lentamente—. Atacar a una niña, mostrarte como un ser violento, sediento de sangre— enumero mientras meneo la cabeza con reprobación.
—Ella es una pecadora— dice él elevando la barbilla, ligeramente retador.
—Lo es— acepto aunque no sé a qué se refiere—. Pero se le castigará en el momento en que yo lo juzgue oportuno.
—Déjame ser tu lanza. Permíteme acabarlos por ti. Por Dios.
—Lo harás —acepto—. Llegado el momento te señalaré los blancos y tú te encargarás de impartir justicia— digo pensando en Lenna y apretando los dientes—. Juntos, nos encargaremos de liquidarlos a todos— digo recorriendo con la mirada el salón, cada vez más lleno conforme todos los campeones empiezan a tomar asiento.
—Me has dicho que estoy enfermo— dice él.
—Lo estás.
—Ha sido un castigo por haber dudado.
La declaración casi me hace reír.
—Te liberaré en cuanto cumplas con tu misión— prometo, sin decirle que llegado el final, tendré que matarlo—. Haré que te reúnas con tu Dios.
—Cuando vuelva a ser digno— acepta él.
—Cuando vuelvas a ser digno— repito yo.
—No te defraudaré— promete mientras sus ojos, de dos tonalidades distintas, recorren a nuestros adversarios.
Elisabeth Zuckerman, Isla Diamante
Cuando el último campeón entra en el comedor y se sienta, las puertas se cierran y la pared se ilumina.
Es una proyección del anfiteatro, con todos los líderes sentados en asientos altos con una gema de su respectiva isla en la parte más alta. La silla de Diamante está vacía porque Oberón Gave está parado detrás del podio. Luce tan regio como siempre y su voz, grave y profunda, resuena gracias a los altavoces repartidos en la sala.
—Buenos días, campeones— saluda él y mi interior tiembla de la emoción. Me siento energizada—. Esperamos que hayan tenido una reparadora noche de sueño.
Henrik está sentado a un par de mesas del punto en el que estoy yo, con los dos esmeraldas. Mis manos se convierten en puños por un momento, pero me relajo de inmediato. Las cosas han terminado saliendo bien. Éire es mucho más manejable que Henrik o cualquiera de sus dos compañeros y la zafiro está prácticamente rogando para que la invitemos a nuestra alianza. Siento su mirada recorrer mi rostro, como un cachorrito deseoso de impresionar. Seremos un equipo fuerte, digno de ser temido. Y ellas se encargarán de resguardarme las espaldas, aunque admito que el rechazo de Henrik, que no se cortó ni un pelo al hablarme, me sentó como una patada en un principio. Pero él solito ha cavado su tumba. No sé qué tan bien preparados vengan los esmeralda, pero es un país demasiado pacifista para tener lo que se necesita para ganar.
—Los Juegos han dado inicio oficialmente. Puede que aún no estén autorizados para luchar unos con otros— continúa Oberón—, pero eso no significa que el objetivo detrás de esta competencia no se encuentre ya a la vista. Necesitamos de ustedes— agrega con gravedad— para que nuestras naciones se unan. Se han convertido en el estandarte que esgrimiremos para la construcción de nuestra nueva nación.
Apoyo los codos sobre la mesa, escuchando embelesada lo que él tiene para decir.
—Gane quien gane, viva quien viva, sus rostros representarán a Renovatio, nuestra nueva nación.
Algunos lucen confundidos. Posiblemente no todos los líderes han decidido ser tan transparentes como Oberón.
—Tienen que saber— agrega él— que su sacrificio jamás será en vano. Han decidido representar a sus naciones y ese valor, ese amor por su país— escucho un resoplido, pero cuando giro el cuello no consigo ver quien lo ha soltado—, esa entrega, es el bien más precioso que tenemos. En el momento en que solo uno de ustedes quede en pie, habrán dejado de existir Diamante y Esmeralda— hace una pausa— Aguamarina y Rubí— la cámara se mueve, mostrando los rostros de los gobernantes conforme él los va nombrando—, Marfil y Ámbar, Ónice y Zafiro y Cuarzo y Amatista.
Oberón es un orador experto. Hace una pausa para que sus palabras calen en todos nosotros.
—Esta noche se escribe otro capítulo en estos Juegos históricos.
—¿De qué está hablando? —pregunta Éire viendo la proyección con mala cara.
La zafiro, Nayara, entorna los ojos y abre la boca para responderle, pero Oberón vuelve a hablar.
—Queremos construir una nación unificada y como en este momento es un misterio quién encabezará ese movimiento, hemos decidido que lo mejor para la población será poder conocer las diferentes culturas que se encuentran representadas por ustedes.
—Y entonces si quieren que nos conozcan ¿para qué nos trajeron aquí? —pregunta alguien.
En medio de mi distracción Oberón vuelve a su asiento y es reemplazado por uno de los gobernantes más jóvenes, el príncipe de Zafiro.
—Buenas noches— dice él con una sonrisa cálida—. Efectivamente queremos incentivar que las culturas puedan conocerse unas a otras. Sabemos que el cambio que pretendemos será radical y, por ello, consideramos que lo mejor era realizar el proceso de manera gradual. Hemos instalado servicios de transmisión en las principales ciudades de cada isla— su voz continúa sonando, pero en lugar de su rostro vemos escenas sacadas de cada isla. Una serie de toldos en medio del desierto, un edificio de cemento rodeado de nieve, un paraje verde en donde la gente ha puesto lo que parecen ser cestas de picnic frente a una pantalla gigantesca, un pueblo en la costa en donde los barcos están llenos de personas esperando algo—. Sus familias han sido dotadas de equipos exclusivos para que puedan realizar un seguimiento minuto a minuto de su avance durante los Juegos. El proceso como se había planeado ha sufrido algunos cambios, habrá un desarrollo en diferentes etapas. La primera, dejando de lado las cribas de selección, tendrá lugar esta noche. Un desfile, a realizarse en las instalaciones de Isla Perla, que permitirá que las diez naciones puedan conocer los veinte rostros que definirán su futuro.
—Pues bueno, nos van a exhibir como animales de zoológico— se queja alguien.
—El proceso de preparación iniciará en treinta minutos. Sientan la libertad de cambiar sus ropas por algo más cómodo. El personal altamente capacitado que nos ha brindado Diamante se encargará de…— él hace una pausa y parece estar a punto de poner los ojos en blanco, pero se controla— prepararlos para que estén listos para esta noche.
La cámara hace un barrido por los diez rostros de los gobernantes y vuelve al joven príncipe.
—Disfruten su día.
Aquí vengo, mucho más pronto de lo que esperaba. Espero que les resulte una sorpresa agradable.
Aclaración: no hubo POV de gobernante porque los que quedan para cerrar esta ronda, que son Valk y Alkonost, me los quiero reservar para el capítulo que va después. De ahí que solo tengamos 10 POVs en este capi.
Vamos con los comentaristas estrella. Para el capítulo 11 han sido: Patriot, Naty_Mu, Jacque-Kari, Imagine Madness y Yolotsin Xochitl. La tabla de puntos va así (lo voy a poner por campeón y estos agrupados por alianzas, para que sepan que tan cubiertos están los chicos y de paso repasan quienes van con quienes. Se formaron un total de 8 alianzas.
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Henrik (10 puntos), Amara (1 punto) y Hugo (5 puntos).
Lis (7 puntos), Éire (1 punto) y Nayara (0 puntos).
Maddox (2 puntos), Kheira (2 puntos) y Raif (1 punto).
Mikhail (1 punto) y Sharik (0 puntos).
Khalil (3 puntos) y Lenna (2 puntos).
Aaliya (3 puntos), Noa (0 puntos) y Ankar (0 puntos).
Elíma (5 puntos) y Hissène (1 punto).
Carlens (4 puntos) y Coral (0 puntos).
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Les recuerdo que estos puntos se ganan siendo uno de los cinco primeros padres en comentar (comentaristas estrella) o por sus cumpleaños. Aprovecho para pasar el comercial de que no tengo los cumpleaños de Camille Carstairs, Bermone, MaryDC, CAM, JXJ2, Amber Swan ni Disi22. Si quieren ese punto extra, pueden mandarme un PM o dejar su cumpleaños en el review.
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Algunos autores se pusieron al día en el último capítulo. Esta es la lista de autores que están 100% al día en cuanto a reviews, lo que ayuda a garantizar la permanencia de su campeón en los Juegos por un poco más de tiempo: Jacque, Patriot, Camille, Naty, Hikari, AleSt, Bruxi, Bermone, Yolotsin, Alphabetta, Imagine Madness y Disi22. Si no fueron mencionados en esta lista, es porque deben al menos un review.
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¡Feliz cumpleaños a Naty Mu y a Bruxi!
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Preguntas:
1. ¿Qué clases de cambios de imagen se les ocurren para los campeones? ¡Sean específicos!
2. ¿Cómo creen que vaya a funcionar el asunto de los desfiles?
3. ¿Cuál fue tu POV favorito en esta ocasión y por qué?
4. ¿Te sorprendió alguna alianza?
Creo que eso lo cubre todo. Espero que el capítulo les haya gustado. Si tienen dudas las pueden dejar en el review o mandarme un PM, que no muerdo.
Un abrazo y gracias por leer!
E.
