Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


Apariencias

Día 3


Coral Pareira, isla Cuarzo


Se supone que la isla es diminuta, pero cada día descubrimos nuevos sectores. Nos conducen a todos en unos carritos que, igual que los extraños trenes que nos trajeron, flotan en el aire. Estos no vuelan a gran altura, pero se elevan unos centímetros del suelo, sin neumáticos ni rieles.

Tomo asiento en el primero, junto con Carlens que le lanza miradas lastimeras a su compañera de isla.

—¿Estás bien? —le pregunto poniendo una mano sobre su brazo y luego deslizándola con suavidad hasta el hombro, descendiendo por su pecho, de manera que mis uñas rozan el tejido suave de su camiseta.

Él aparta la mirada de la ventana, en donde acabamos de ver desaparecer a Nayara, rodeada por la diamante y la aguamarina.

—Sí— dice él suspirando.

Es una mentira. No sé si ella le habrá dicho algo, pero lo noto distante.

—¿Qué crees que vayan a hacernos? —pregunto dedicándole una sonrisa coqueta.

Carlens se encoge de hombros, al parecer poco interesado en mi pregunta o en ponerme atención. Yo aprieto los dientes. Si no hago algo rápido terminaré perdiendo cualquier control sobre él.

Me inclino hacia un lado, pegándome a su rostro, exhalando lentamente mi aliento cálido sobre su piel. Él no reacciona como lo esperaba y me lanza una mirada de fastidio:

—¿Te importaría? Estás invadiendo mi espacio personal.

No lo entiendo. Hace un par de horas parecía de lo más interesado en mí— y lo que pudiera obtener de mí— y ahora ni siquiera parece querer verme.

—Cómo quieras— le digo reacomodándome en el asiento y cruzando los brazos frente a mi pecho.

Los vehículos tienen capacidad para seis personas y no tienen conductor. Se mueven zigzagueando a través de los diferentes caminos. Carlens y yo estamos sentados en el espacio doble que se encuentra al centro. Delante de nosotros están los dos esmeraldas y atrás los dos amatistas. Frunzo el ceño al pensar que mi alianza con Carlens es de las más pequeñas. La mayor parte de los demás parece haberse organizado en tríos, lo que me pone en clara desventaja. Necesito conseguir a alguien más, especialmente si los otros competidores se parecen en algo a Khalil.

No sé cuánto tiempo tardamos en el camino, pero finalmente llegamos a un edificio con paredes de cristal.

Afuera, luciendo como aves exóticas, encontramos a un montón de personas.

Son gente rara, de eso no hay duda. Algunos tienen brillantes tatuajes faciales, otros el cabello pintado de rosa, azul, amarillo —como un pollito— o plateado. Veo piezas de metal sobresalir de sus caras: en las orejas, la barbilla o la nariz.

—¡Vaya! ¡Que gente tan rara! —las palabras de la rubia de adelante hacen eco de mis pensamientos—. ¿De dónde serán?

—Diamantes, posiblemente— dice el chico—. He oído que son bastante… peculiares.

Ella frunce el entrecejo.

—Pero Henrik y la chica son normales…

—Sospecho que más bien son la excepción— replica él cuando la puerta del vehículo se abre. Cuando nos bajamos, vemos cómo van llegando los otros transportes. Un total de cuatro en donde el último solo viene ocupado por dos personas. Los diamantes o lo que sean que esperaban junto al edificio empiezan a acercarse. Cada uno trae en sus manos uno de esos aparatos electrónicos del tamaño de una hoja de papel.

Nos llaman uno a uno, con voces remilgadas que el aparato de traducción no cambia.

—¿Amigos tuyos, Henrik? ―pregunta la rubia burlona inclinándose hacia él.

El rubio de diamante, que se ha acercado silenciosamente a sus aliados suelta un bufido.

—Deben ser "couturiers" —dice él encogiendo sus anchos hombros y me llama la atención que el sistema de traducción no cambie la palabra.

—¿Costureros?

El chico, Henrik, se ríe.

—Hazte un favor, Amara y ni se te ocurra decirles así. La mayoría vive en Viena. Son algo raros.

—¿El hecho de que vivan ahí debería decirme algo?

Henrik se encoge de hombros.

—Ahí es donde confeccionan la ropa de la realeza. Supongo que pensaron que sería la gran cosa para todos.

A mí al menos no me emociona.

Finalmente llega mi turno cuando un hombre que me llega a la altura del hombro, con todo y su cabello, peinado hacia arriba como un cepillo, dice mi nombre. Todo el asunto me tiene algo aburrida. Me separo de Carlens, aliviada por no tener que verlo por un rato.

—Eres muy alta— murmura el hombrecillo con un marcado acento. Me doy cuenta de que no está hablando en alemán, aún y cuando yo podría entenderlo. Está hablando en español.

—Gracias— replico mientras lo sigo.

—No era un cumplido— responde él—. Eres demasiado alta. ¿Tienes idea de lo mal que podrías verte si te pones tacones? Por tu bien espero que tu compañero de distrito también sea alto. Te verás de lo más vulgar si tienes que aparecer descalza.

Menos mal que soy dura. Estoy segura de que si él hiciera un comentario así de grosero a cualquiera de las otras chicas, no se lo tomarían bien.

—Ese es su problema— le digo mientras él me lleva hasta una sala llena de mesas con enormes espejos empotrados y un montón de frascos, botellas, peines y otros objetos que no soy capaz de reconocer—. Si luzco mal será porque usted no estuvo a la altura.

El hombrecillo aprieta los dientes y toma un cepillo de la mesa, con el que empieza a peinarme casi con violencia, pero yo también aprieto los dientes y me dejo hacer.

Si esto es un preámbulo de lo que me espera en todo esto, sin duda la experiencia no será nada agradable.


Amara Kähler, isla Esmeralda


—¿Cuándo fue la última vez que te cortaste el cabello?

La mujer, con el pelo plateado y peinado en picos que desafían la gravedad, sostiene un mechón rubio entre los dedos y me ve con mala cara.

—No lo recuerdo— admito—. ¿Hace cinco o seis años?

—¡Años! —en su boca suena como una palabrota—. ¿Qué no sabes que el cabello debe cortarse cada tres meses?

Me encojo de hombros.

—Le sorprendería ver lo poco importante que resulta eso en el campo.

Ella se estremece.

—Bueno, empezaremos por cortarlo—dice ella con un encogimiento de hombros y yo tiro de mi cabello, sacándolo de su alcance.

—Un momento, señora. No he dicho que quisiera cortarlo.

—Ya, pero tu opinión no cuenta ¿sabes? Estamos aquí para hacerlos lucir lo mejor posible. Al menos me ha tocado alguien con potencial. Creo que me deprimiría si me hubiesen tocado una de esas chicas con el pelo corto.

La fulmino con la mirada a través del espejo.

—Si me lo preguntas a mí, ellas se ven fantásticas.

—Ya. Pero eso solo hace que confirme que tienes mal gusto— me dice de mala manera.

Siento ganas de rociarle la laca para el cabello en los ojos.

—¿Vas a darme problemas? —dice mientras sostiene una tijera y vuelve a agarrar mi cabello.

Una llamarada roja aparece en el espejo y veo a Valk hablando con Hugo, que parece tener muchos menos problemas que yo con su couturier.

Me trago mi enfado. Valk ya tiene suficientes problemas como para convertirme yo en uno también.

—Por favor no lo corte todo. Mi padre y mi hermano… es el recuerdo que les queda de mi madre…

Su rostro parece suavizarse un poco.

—No te preocupes. Haremos que luzcas preciosa.

Una hora más tarde mi cabello ha perdido parte de su volumen— lo cual agradezco— y ha visto reducido su largo en al menos un palmo, ahí donde las puntas estaban dañadas, pero fuera de eso luce mejor que nunca. Parpadeo una y otra vez, tratando de convencerme de que quien me devuelve la mirada en el espejo soy yo realmente.

La mujer, quien me ha dicho que la llame Silver, a secas, sin ningún apellido; me ha hecho una especie de escalonado y, ha rizado las puntas. También le ha puesto una sustancia que huele a limón para aclarar algunas partes, así que ahora tengo dos tonos de rubio en la cabeza.

Me arde la cara, ahí donde ella, ayudada por una pinza diminuta, se ha encargado de depilar, pelo por pelo, mis cejas, hasta que estas adoptan una forma estilizada que luego ella cubre con un polvo verdoso. Me embadurna la cara con una cosa cremosa que la deja suave y tersa y luego cubre mis párpados con otras sustancias, hasta que me convierte en una criatura sacada de un cuento de hadas.

Me embute en un vestido corto, con una faldita llena de vuelos y un camino de hojas entrelazadas que empieza a mitad de mi muslo, sube alrededor de mi cintura, atravesándome el pecho y luego se enrosca alrededor de uno de mis brazos. Al final me coloca un tocado en la cabeza, hecho con ramas y más hojas, cubiertas con un polvo iridiscente parecido al que ha usado en mis ojos.

No reconozco a la belleza que me observa desde el espejo. Es decir, sabía que no era fea, pero siempre le había dejado la parte de quitar el aliento a chicas como Valk, con su suavidad o a Frieda, que era indiscutiblemente la más sexy de las tres.

—Anda, admite que yo tenía la razón— dice Silver mientras me sonríe, engreída, desde el espejo—. Eres muy bonita, es una lástima que no cuides más tu apariencia.

No le respondo.

—Conseguirás muchos patrocinadores si decides ser un poco más… así —dice señalando el espejo.

Hugo escoge ese momento para aparecer, ya completamente vestido, junto a nosotros.

—Oye, Amara, Valkyr quería saber si… —y entonces supongo que me ve, porque su boca se abre y se cierra, pero no sale ni una palabra.

Me giro, extrañamente consciente, por primera vez, de cómo me debe ver la gente.

—¿Sí?

Él me observa con la boca ligeramente abierta. Le han puesto un traje con diferentes tonos de verde y dorado que trae sujetas hojas iguales a las mías. También noto que lo han maquillado, aunque mucho menos que a mí. Luce como una criatura fantástica. Inhumano. Él cierra los ojos y agita la cabeza.

—Lo he olvidado―admite finalmente―. Te ves… ―pero no completa su oración.

—¿Si?

—Bien—dice inseguro.

Me río y Silver detrás de mí se queja.

—¿Bien? ¿Solo bien? —Silver arroja su delantal sobre la mesa y se marcha hecha una furia—. Dedico horas a convertirla en una belleza y el campesino solo le dice que ha quedado "bien" —la escucho mascullar mientras se aleja.

El cuello y las orejas de Hugo se vuelven rojas.

—Creo que ella buscaba otras palabras. Ahora va a pensar que ha perdido su tiempo conmigo.

Hugo agita la cabeza.

—Ya eres bonita, Mar. Ahora simplemente te ves…

—¿Rara? —le ayudo.

—Preciosa— dice él y yo siento como si, de repente, me hubiese bebido algo muy caliente que llega hasta mi estómago.

—Gracias— susurro—. Tú también te ves fantástico.


Hissène Habré, isla Ambar


—No me malinterpretes— dice una mujer delgada con un tatuaje de un reptil recorriéndole la mejilla—. Pero cuando me dijeron que me correspondía tu isla no me sentí muy animada. ¡Tantos lugares bonitos y me tocó arreglármelas con el desierto de los mal alimentados!

Aprieto los dientes, porque de verdad empieza a fastidiarme que todos aquí parezcan considerarnos poco más que basura.

No le respondo, sino que me quedo muy quieto en el pedestal en que me ha pedido que me suba y la dejo colocar pequeños palillos metálicos con cabecillas de colores brillantes en la tela de la ropa.

—Pero ahora que lo pienso, ha sido interesante. No tenemos muchas oportunidades para usar este tipo de ropas en Diamante, así que me ha dejado experimentar. Y sin duda te portas mejor que el resto— dice mientras señala a la Aguamarina, que no ha dejado de gritarle al hombre, alto y delgado, que ha intentado cortarle el pelo—. También me alegra que tengas músculos— admite ella mientras continúa tirando de la tela. Pensé que me tocaría una de esas criaturas flacas que vemos de vez en cuando en los documentales. ¿Te imaginas lo que habríamos tardado en ajustar esto?

Me encojo de hombros.

—¿Crees que hablo mucho? Silver dice que en lugar de un dragón debí tatuarme una lora.

Algo parecido a una sonrisa curva mis labios.

"Silver tiene razón", pienso. Pero niego con la cabeza. La verdad es que parece que he tenido suerte y me ha tocado alguien agradable.

—Por cierto, me olvidé de decírtelo: me llamo Fafner. No nací con ese nombre, si es lo que te estás preguntando. Primero le tomé el gusto a los dragones y luego decidí llamarme como el más grande y majestuoso de todos. ¿Has oído sobre él?

—No.

—Es una gran historia, como casi todas las que tenemos en Diamante. ¿Quieres oirla? ―no me da tiempo para responder antes de empezar con su relato ―: Fafner y Regin, los hijos del rey enano Hreidmar, encontraron junto a su padre un gran tesoro: oro, joyas, plata… ¡todas las cosas valiosas que puedas imaginar! Y mientras contaban avariciosamente su botín, los hermanos tomaron una sombría decisión: matar a su padre porque por supuesto era mejor dividirlo entre dos y no entre tres.

Pero su avaricia no terminó ahí. Cuando llegó el momento de la repartición, Fafner se preguntó a sí mismo "¿por qué dividirlo entre dos cuando puedo tenerlo todo para mí?". Y entonces mató también a su hermano y mientras se lavaba la sangre de sus manos se dio cuenta, con horror, que las manchas sobre sus brazos se habían endurecido hasta convertirse en gruesas escamas y que sus dedos se curvaban dolorosamente, hasta transformarse en garras. Y así fue como Fafner se transformó en un dragón.

—¿Por qué en un dragón?

Ella sonríe, posiblemente celebrando que haya decidido hablarle.

—Porque los dragones son avaros por naturaleza ―explica ella como si fuera lo más obvio del mundo. Muy bien, creo que ya está esta parte. Muévete, solo para cerciorarnos de que no vayas a quedar desnudo cuando llegue el momento.

Me siento como un idiota cuando muevo la cintura en círculos. Lo hago solo porque estoy seguro de que sería más bochornoso que el traje se cayera en medio de todo.

Es una tela de color negro, con una delgada cadena dorada que me envuelve la cintura y dos rectángulos de tela, con bordados tradicionales en hilo dorado que caen por el frente y por detrás.

Nunca he usado nada parecido y me hace sentir incómodo, pero es tradicional y es lo que ellos han elegido que usemos. Sé escoger mis batallas y dudo que esta sea una de ellas.

En el cubículo de la izquierda, Elíma parece contenta cuando le pintan los ojos de dorado y le colocan un vaporoso vestido de color negro. Le ponen una docena de rígidos collares de oro alrededor del cuello y le envuelven las muñecas con más oro. Gruesos brazaletes que tiran de sus manos hacia abajo. Más brazaletes le envuelven los tobillos e, igual que conmigo, la dejan descalza. Dos enormes pendientes le cuelgan de las orejas y yo me pregunto si su delgada figura podrá cargar con todo ese peso extra.

—Muy bien— aplaude Fafner—. Ahora podemos seguir con la parte divertida ¡los accesorios! No sientas envidia de tu amiguita ¡para ti también tenemos unas cuantas cosas geniales!

Me empieza a llenar el cuerpo de oro: la pieza central es una hombrera, que coloca en el lado derecho y del que empieza a colgar cadenas doradas que se entrelazan sobre mi pecho, uniéndose a un pesado disco con el símbolo de los loas, que descansa sobre uno de mis pectorales. En el brazo opuesto coloca un brazalete casi tan largo como mi antebrazo y luego se agacha para colocar más piezas de oro en mis piernas.

—Creo que podemos prescindir del maquillaje— dice ella—. Me gusta tu color de piel. ¡Parece brillar!

Ella continúa ajustando con tranquilidad las otras piezas del traje.

—Puede que sea mejor que practiques como caminar. Son algo pesadas y es importante que puedan ver tu rostro en todo momento.

Doy un paso, con algo de dificultad porque, efectivamente, las joyas que ha puesto alrededor de mis tobillos hacen que sea difícil levantar los pies.

Elíma se acerca a nosotros con una sonrisa.

—Te lo estás pasando en grande ¿no? ―le pregunto.

Ella sonríe un poco más, luciendo avergonzada.

—Te ves fantástica. Gunvar ha hecho un buen trabajo contigo. Incluso ya no te ves tan esquelética. ¡Deberías comer más! Debes ponerte gordita antes de entrar a la Arena ―le suelta Fafner antes de inclinarse y acomodar uno de sus collares.

Elíma voltea a verme con una ceja enarcada. No sabe si tomar las palabras de Fafner como un cumplido o no.

Me encojo de hombros.

—Bien, ahora vayan a caminar por ahí, polluelos.

Elíma espera a que Fafner se haya apartado para soltar una carcajada y curiosamente, no me cuesta nada sonreírle a ella.

Raif Abdallah, isla Ónice.

El hombre, Leon, envuelve con cuidado el turbante en mi cabeza mientras yo permanezco muy quieto en mi asiento.

—¿Ya habías usado uno de estos antes?

—No. En mi familia solo lo puede hacer el jefe de la casa. Seguro que a mi padre no le hace mucha gracia cuando me vea.

—Bueno, pero ahora eres una persona famosa ¿no? Tu padre tendrá que entenderlo.

Sí… claro.

—Empiezo a pensar que no haré nada hoy— se queja la encargada de Kheira mientras se deja caer sobre la silla frente al espejo y empieza a dar vueltas.

—¿Crees que tarden mucho más? —pregunta Leon dando un vistazo a la cortina detrás de la cual podemos ver la silueta de Kheira agitando los brazos.

"Seguramente" pienso al recordar el ataque que ha tenido después de que intentaran ponerle un traje tradicional de Ónice, con burka, el velo que le cubre todo el rostro menos los ojos, incluido.

La couturier suelta el suspiro.

—¿Por qué no podía tocarme a mí el chico bueno y agradable?

—Kheira no es una mala persona. Lo que pasa es que tiene opiniones muy… fuertes ―me sorprende lo rápido que salto a defenderla.

—Como no se den prisa no estará lista para la hora. ¡Vamos a salirnos de horario y todos me culparán a mí! ¡Es el peor día de mi vida! ¿Crees que si le rezo a tu dios las cosas empiecen a mejorar?

La veo con los ojos como platos y ella se pone de rodillas en el suelo y empieza a mover muy rápido sus labios pintados de magenta. No sé qué estará haciendo y prefiero no averiguarlo. Pero de igual me sorprendo cuando, apenas unos minutos después, como respuesta a sus plegarias, Kheira y Veronique aparecen.

Ninguna de las dos parece particularmente contenta. La couturier se levanta de un salto y la veo hablar rápidamente con Veronique.

—Te odio— dice Kheira sentándose en la silla y recogiendo sus piernas— ¿Por qué tú tienes que limitarte a ponerte un turbante y yo tengo que…? ―se detiene―. No lo haré— dice entre dientes.

—¿Han llegado a un acuerdo?

—El shayla— responde ella entre dientes. Yo no quería llevar nada, pero Veronique dice que es importante mostrar nuestra cultura.

Un shayla. Le ha tocado la mejor de sus opciones. Un velo largo y rectangular que se usa para envolver el cuello y se fija en los hombros. Estará más cubierta de lo que acostumbra pero al menos dejarán a la vista su rostro.

El couturier regresa, arrastrando los pies y empieza a vestir a Kheira, que pone cara de fastidio pero se deja hacer.

Le ponen una túnica que llega hasta el suelo, de color negro con labrados dorados y plateados y luego le colocan el velo, de un material ligeramente transparente de color cobre. Le maquillan los ojos con kohl y después le ponen un tocado de oro y plata para ajustarle el velo. Discos de diferentes tamaños se entrelazan sobre su rostro, formando una especie de máscara que le cubre la frente, las sientes y parte de las mejillas.

Pintan su boca con una delicada pátina de brillo y cuelgan enormes pendientes de sus orejas.

Cuando terminan de prepararla, el couturier se retira, luciendo satisfecho consigo mismo.

—Una palabra y te mato mientras duermes— amenaza ella mientras achica los ojos frente al espejo.

—No iba a decir nada— miento yo.

—Seguro que mi padre se pondrá loco de contento cuando me vea— se queja ella desatando el nudo que le han hecho a su velo y tirando los extremos hacia atrás, exponiendo su cuello y parte del pecho.

—¿Estás segura de que…?

—¡Chist!

—No entiendo por qué te molesta tanto. Es solo un rato y no es como si no te vieras bien.

Ella me dedica una mirada glacial.

—No espero que lo entiendas— replica entre dientes, luciendo molesta—. No es como si te molestara tener que ocultar quien eres o algo así.

No paso por alto la pulla, pero soy incapaz de responderle.

Oímos una maldición y entonces la rubia de Aguamarina se sienta en su silla y permite que la peinen. No ha sido ella la que ha soltado la palabrota, porque se le ve muy satisfecha en su lugar.

—¿Ella ganó? —Kheira vuelve a estar furiosa—. ¿Cómo fue que ella ganó y yo no?

A nuestro alrededor la gente empieza a estar lista. En medio de tantos trajes tradicionales y de fantasía, parece como si nos dispusiéramos a representar una gran obra de teatro. Los esmeraldas parecen haber escapado de algún lugar mágico. Los ámbares muestran gran cantidad de piel bajo sus ornamentos de oro y sus pies descalzos se asoman bajo sus trajes. Los rubíes posiblemente deben estarse muriendo del calor bajo sus pesados trajes y los diamantes lucen ropas brillantes de una cultura antigua que no consigo identificar.

—¿Estás molesta conmigo?

Kheira refunfuña un poco, pero niega con la cabeza.

—Sé que no es tu culpa. Lo que pasa es que siento como si hubiera retrocedido años. Como si de nuevo estuviera dándoles el gusto con algo que sé que está mal.

Asiento.

—Si te hace sentir mejor, creo que has podido darle tu propio toque. ¿Quién sabe? Tal vez inspires una nueva moda.

Una diminuta sonrisa tira de sus labios.

—Seguro que Kabi se desmaya cuando te vea vestido así— bromea ella guiñándome un ojo. Una sombra de tristeza se asoma detrás de sus ojos.

—¿Quién es Kabi?

Ambos damos un respigo cuando, de la nada, aparece Amar. Trae un traje tradicional también, un poco menos ornamentado que el mío. Un hombre con el uniforme de los guardias lo sigue de cerca.

Él sigue mi mirada y agita una mano.

—Ignoren a Charlie. Charlie no es nadie importante. Creo que ni siquiera se llama Charlie, pero como no ha querido decirme como se llama lo he bautizado. ¿Verdad que le queda? ¡Pero hay que ver lo guapos que los han puesto! Aunque nunca pensé en ti como una chica de velo, Khei-Khei.

Ella le hace mala cara.

—Tú, por otra parte…— dice estirando el brazo y tocando la tela que cae sobre mi pecho.

Enrojezco y me aparto.

Algo se desliza por sus ojos verdes y una sonrisa burlona curva sus labios.

Y por primera vez en mi vida me siento igual de atrapado que Kheira en estas ropas.


Nayara Banks, isla Zafiro


—Muy bien, ahora mueve la cabeza para asegurarnos de que no se cae.

Obedientemente giro el cuello, hacia un lado y luego hacia el otro, con un poco de temor ante la idea de que los afilados extremos de la peluca, el casco o lo que sea que Scarlett acaba de ponerme en la cabeza me vayan a rebanar la garganta.

Ella lo llama el "tocado Cleopatra" y entiendo el parecido con la antigua reina egipcia. Me ha recogido el cabello en lo alto de la cabeza y lo ha aplastado, pegándolo a mi cráneo, con una redecilla que ejerce presión, como si llevara unas gafas demasiado pequeñas, alrededor de mis sienes.

El tocado está hecho con estrechas barras de metal que adoptan la forma del peinado clásico de la reina. Me han pintado los labios y los párpados de celeste y me han embutido en un traje azul con plateado que se aferra a mi cuerpo.

Parezco salida de una de esas películas futuristas que tanto le gustan a mi hermano.

—Si me lo preguntas, luces bastante increíble. Me puse muy contenta cuando me asignaron tu isla. Como no tienen muchas tradiciones, pude darle rienda suelta a mi imaginación —dice mientras se pasa los dedos por el flequillo, de color rojo cereza, y sacude motas de polvo invisibles de mi ropa.

—Gracias. En realidad me gusta.

—Bien. Hemos terminado pronto. Puedes sentarte. Inclusive si quieres te puedo quitar el tocado, ya sabemos que te queda perfectamente.

—Gracias— susurro agradecida cuando ella retira el arma mortal de mi cabeza.

—Iré por ahí a cotillear con los otros. ¿Vale? Silba si necesitas algo.

—Claro.

En el momento en que Scarlett desaparece, Carlens, a quien me había estado esforzando en ignorar, arrastra su silla giratoria hasta quedar junto a mí. Su traje tiene una coloración inversa a la mía, la mayoría es un mono plateado y los detalles son en azul. Le han pintado los labios de plateado y tiene unas gafas, parecidas a las que usamos para los juegos de realidad virtual, sobre la frente, a modo de visera.

Sus ojos azules me observan con ansiedad.

—¿Podemos hablar?

Cruzo los brazos frente a mi pecho.

—¿Sobre qué?

—Sobre por qué ya no somos amigos.

Me echo a reír.

—¿Amigos? Aceptémoslo, Carlens, nosotros apenas si llegamos a ser compañeros.

Su rostro decae de inmediato y yo siento una punzada de culpa. Sé lo difícil que puede ser para él recobrarse de un cambio de ánimo así de abrupto, pero lo que he dicho ha sido verdad.

—Ya no estoy muy seguro de querer aliarme con Coral.

—¿Por qué? ¿Tuvieron sexo y no te gustó? —no es mi intención que el comentario resulte así de ácido, pero no soporto a la cuarzo y lo que parece ser capaz de hacer con Carlens.

—¿Qué? ¡No! Es solo que siento que es…

—¿Si?

—No importa— dice agitando la cabeza—. ¿Podemos volver a aliarnos?

Levanto la mirada, sorprendida. Justo hace un momento, mientras veníamos en el transporte, Lis me ha ofrecido, oficialmente, que nos aliemos. Dudo, por un momento. ¿Aceptarían Éire y Lis a Carlens? ¿Se adaptaría él a nosotras?

Ya me ha dejado una vez ¿qué me asegura que él no hará lo mismo una vez que entremos a la Arena? Más aún, ¿cómo saber que esta no es una trampa de Coral para que Carlens se infiltre en nuestro equipo? ¿Cómo confiar en él cuando sé lo voluble que puede ser?

—Lo siento, Carlens. Pero no.

Él asiente, como si esperara esa respuesta y sonríe un poco.

—Me lo figuraba. Si me lo preguntas creo que es una decisión inteligente de tu parte. Eres una persona muy lista.

Lo veo con el ceño fruncido, empezando a dudar de mi decisión.

—¿Carlens…?

—En fin, el hecho de que no vayamos a ser aliados no significa que no podamos intentar ser amigos. Al menos por el tiempo que nos queda ¿no te parece?

Enarco las cejas.

Supongo que no —replico insegura.

Ladeo la cabeza.

―¿Quiénes crees que vayan a ver esto?

—Pues todo el mundo, se supone.

—¿Realmente eso crees?

—Pues no sabría decirte con las otras islas, pero estoy segura de que en Zafiro sí. He visto los inicios de las instalaciones, de hecho estaban empezando a colocar una en el campus, poco antes de la última criba.

Carlens asiente.

—¿Por qué lo preguntas?

Una lenta sonrisa curva sus labios plateados.

—Pues digamos que tengo especial interés en que alguien me vea.

Arqueo las cejas.

—¿Por qué? ¿Quieres impresionar a una chica?

Carlens responde mi pregunta con otra:

—¿En dónde estaba tu universidad?

No paso por alto que de nuevo no me está diciendo las cosas, pero de todas formas le digo:

—En el Sexto Círculo. En Vieja Metrópoli.

Él vuelve a asentir.

—¿Me vas a contar de qué se trata?

Carlens abre la boca, dispuesto a revelar el misterio o tal vez para mandarme a que me meta en mis propios asuntos, pero en ese momento aparece Scarlett.

—¡Es la hora! —chilla emocionada—. Vamos, hay que ponerte la peluca y retocar tu maquillaje


Éire Cernnunos, isla Aguamarina


―Para variar estás causando problemas.

Lo ignoro mientras me inclino hacia adelante en el espejo y hago un mohín para distribuir mejor el labial rosa que me han puesto, pero entonces Maddox entra en mi campo de visión en el espejo y tengo que enderezarme para verlo mejor.

―¿Qué traes puesto?

Él pone los ojos en blanco.

―¿Qué te parece? Mi propio disfraz ridículo, por supuesto.

Lo observo horrorizada por un momento.

―¿Quién se ha atrevido a ponerte eso?

Él se deja caer en una silla, echando hacia atrás su cabello, el cual han peinado con delicadas trenzas con las cuales han entrelazado hilos dorados. Un pesado medallón dorado le cae sobre el pecho. Es un disco con el rostro de un hombre en el centro, con una larga barba y una frondosa cabellera que se vuelve lenguas de fuego en las puntas. En la parte inferior hay dos serpientes entrelazadas y a ambos lados del rostro un par de alas doradas.

―¿Tienes idea de lo que han permitido que hagan?

―¿Peinarme? ―dice él con ese sonido ronco que me recuerda al ronroneo de un gato―. Quisieron cortarme el cabello, pero no firmé para ello.

Estoy a punto de admitir que en ese tema estamos igual, pero eso no es lo importante.

―¿Sabes de quién es ese símbolo?

Él se encoje de hombros.

―Creo que lo he oído mencionar por ahí― dice él mientras se ajusta las muñequeras, tan anchas que le llegan a la mitad del antebrazo― Belenos ¿cierto?

Dice el nombre del dios como si fuera cualquier cosa, como si no le importara y probablemente su cerebro diminuto consigue que efectivamente no le importe.

¿Cómo se atreve a cubrirse con la imagen de un Dios cuando no tiene ningún derecho sobre él?

―Tienes que quitarte eso, ¡ahora!

Él se ríe.

―¿Quieres que desfile en cueros? Puede que algunos se muestren impresionados, princesa, pero podría parecer de mal gusto.

Cierro los ojos, concentrada en no dejar salir la rabia que me quema por dentro.

―Estás siendo irracional― le digo calmadamente―. Belenos se tomará esto como una afrenta personal.

―¿Belenos no es el tipo que se destaca por la curación, las vacas y la comida?

―La medicina, el ganado y las cosechas― le corrijo yo―. Y aún y cuando no me importa en lo más mínimo lo que suceda contigo, no quiero estar cerca si acaso decide que tu impertinencia rebasó los límites y decide enviarte un rayo o abrir la tierra para que te trague. Además… ¿no te das cuenta de que es un intento para provocar a Cernunnos?

Maddox hace un gesto raro con los labios.

―Explícame ¿cómo exactamente es que esto molesta a Cernunnos?

Suelto un suspiro exasperado:

―Todo el mundo sabe que Belenos, aún y cuando es un misterio en muchos aspectos, parece experimentar un especial placer en molestar a Cernunnos.

―Define "molestar" ―dice mientras toma un pasador para cabello de encima de la mesa y empieza a juguetear con él mientras, con el pie, empuja su silla giratoria hacia un lado y hacia el otro.

Me siento irritada, pero como mi integridad también se encuentra en juego, me armo de paciencia y respiro profundamente.

―Mira: todos, hasta tú, saben que Cernnunos es el dios de la muerte, y por lo tanto su mundo no terrenal depende de las almas que es capaz de recolectar. Pero cuando Belenos creó y compartió la medicina, menguó la capacidad de Cernnunos de volverse más fuerte.

―¿Porque limitó la cantidad de almas que llegaban a él?

Suspiro, aliviada porque él lo haya comprendido, pero cuando asiento Maddox suelta una de sus exasperantes risas.

―Pues cuando lo pintas de esa manera, ya mi disfraz no me parece tan estúpido. De hecho, si lo piensas, Belenos debió ser un tipo bastante genial para idear un método así para molestar a Cernnunos.

Cierro los ojos, contando mentalmente hasta diez para no estallar.

―El punto es que Cernnunos se va a sentir ofendido cuando vea que han puesto a su hija con un… un remedo de Belenos― digo cuando estoy razonablemente segura de que no voy a gritarle.

―¿Y qué me va a hacer? ―dice él mientras se mete el pasador para el cabello entre los labios y pone sus manos detrás de su nuca― ¿Me va a fulminar en medio desfile?

―No lo sé― admito a regañadientes―. Pero alguien va a pagar por esta ofensa― digo lentamente―. Tal vez seas tú, tal vez sea alguien más. Pero esta noche, alguien va a morir.

Él parpadea, sus labios se curvan ligeramente hacia arriba.

―Y cuando eso suceda, será tu culpa― agrego después.


Henrik Fjordevik, isla Diamante


―¿Y a ustedes qué les pasó?

Cuando llego junto a ellos, Amara y Hugo están sentados uno junto al otro, pero ven en direcciones opuestas del salón.

Ambos voltean a verme, Amara con las mejillas teñidas de rosa bajo su maquillaje impactante y Hugo con las puntas de las orejas del mismo color.

―Con esa ropa te ves caliente ―suelta Amara mientras se pone de pie.

Me echo a reír.

―Esto ¿gracias?

Ella agita una mano.

―Creo que quería decir que parece que tienes calor― ayuda Hugo.

―Sí, eso también― dice ella y me guiña un ojo con picardía ―. ¿Qué tan pesado es esto? ―pregunta mientras retira el casco de mi cabeza y lo pone sobre la suya― ¡Woooooa! ¿De verdad esperan que camines con esto por ahí? ―chilla mientras inclina su cabeza hacia adelante.

―Sí, también me he quejado de eso― le digo yo― Menos mal que tengo un cuello fuerte.

―Pensé que sus cascos tenían… ¿cuernos? ―Hugo parece algo inseguro.

Le quito el casco a Amara, cuyo cabello queda disparado en diferentes direcciones y lo apoyo contra mi cadera:

―Es normal. En realidad históricamente no hay pruebas arqueológicas que muestren ese tipo de cascos. Lo que pasa es que durante el siglo XIX antes de la colisión, se inventaron todo el asunto de los cuernos y eso para realzar la idea de fiereza y brutalidad de nuestros guerreros. La mayoría de nuestros cascos eran como estos― digo mientras lo golpeo con los nudillos.

El casco está hecho de un metal pesado, me cubre el cráneo hasta las sienes y tiene tres piezas que cubren la nariz y los laterales de la cabeza, pero dejan a la vista los ojos, las mejillas y la boca.

―¿Qué significa esto? ―pregunta Hugo mientras se estira y toca el labrado que tiene en los laterales.

Tomo el casco con ambas manos y se lo muestro:

―Son runas vikingas. Esta de aquí es Uruz y esta es Ansuz, significan "fuerza" y "sabiduría", o al menos así los usamos ahora. Uruz en realidad puede ser derivado de la palabra uro que es "toro salvaje" y Ansuz suele referirse a los dioses, por eso se usa como sabiduría. O creo que eso es lo que quisieron transmitir.

Amara aplaude y nos dedica una de sus amplias sonrisas. El efecto con su nuevo corte de cabello― aún algo despeinado― y el maquillaje que le han puesto encima resulta impresionante y supongo que debo mirarla de una forma algo extraña, porque dice:

―Me estás viendo fijamente.

―Te ves distinta― digo con un encogimiento de hombros mientras tomo una silla giratoria y la arrastro hasta que entre los tres formamos los vértices de un triángulo.

―Empiezo a sentirme algo ofendida por el hecho de que todo el mundo reaccione así cuando me arreglan un poco ―dice ella mientras se pone una mano sobre la frente y se inclina hacia atrás con teatralidad.

―Es que es un cambio muy notorio. Ya sabes, eso de verte peinada― bromeo.

Ella me saca la lengua, recordándome, solo por un momento mis peleas con Ari.

―Has recordado algo― dice Hugo y yo volteo a verlo con una ceja enarcada― o tal vez a alguien.

―A mi hermana― admito―. ¿Cómo lo has sabido?

―Te ha cambiado la cara de repente― dice él con un encogimiento de hombros.

Es muy observador.

―No sabía que tuvieras una hermana ―dice Amara mientras se pasa los dedos por el cabello, acomodándolo un poco―. Y para que lo sepas no suelo peinarme porque la mayor parte del tiempo me la paso con un sombrero así de ancho ―dice mientras extiende los brazos―. Así que no vale la pena el esfuerzo, de todas formas acabo con el pelo aplastado.

―Se llama Ari, tiene dieciocho años, así que es la consentida de la casa. Y la verdad es que no me lo imagino, Amara.

―¿No usan sombreros en Diamante?

―¿Así de anchos? No. Usamos gorros cuando vamos fuera, pero es porque de otra forma se te podrían caer las orejas.

―Bueno, si no usara un sombrero, me pondría roja como un tomate. Pero ahora quiero saber sobre tu hermana, así que cuéntame sobre ella.

Mi mano se dirige al collar con la A que llevo colgada sobre el cuello, ahora escondida bajo la ropa.

―La "A" de tu collar ¿es por ella? ―dice mi aliado.

De repente me siento afortunado de estar en el mismo equipo que Hugo, porque la capacidad que tiene para notar las cosas resultaría aterradora si estuviéramos en equipos contrarios.

―Así es. En realidad es de ella. Me lo ha dado para que la recuerde cuando esté aquí.

―¿Por qué? ¿Tienes problemas de memoria? ―se burla Amara.

―¡Que va! Lo que pasa es que a mi hermana le gusta la idea de ser famosa.

Amara sonríe con calidez.

―¿Qué tipo de famosa quiere ser?― pregunta con curiosidad.

―Quería ser bailarina.

―¿Quería? ¿Y por qué ya no? ¿Se aburrió?

No estoy seguro de cómo responder a eso y supongo que Hugo lo nota por mi expresión, porque en el momento en que la couturier de Amara pasa cerca de nosotros, él se voltea y le dice:

―¡Eh, Silver! Amara ha tenido un problema con su peinado.

Ella voltea a verlo con la boca muy abierta por su traición y en medio de la bruma de la laca y el correteo ansioso de los últimos minutos antes del espectáculo, él secreto sobre Ari se mantiene escondido.


Lenna Vodianova, isla Rubí


Anuncian mediante el sistema de altavoces que el espectáculo empezará en diez minutos.

No es como si estuviera nerviosa. El mundo entero estará observándonos, pero lo cierto es que la única persona en el mundo que realmente me importa posiblemente no tenga la posibilidad de verme hoy.

―Te ves tan hermosa como siempre.

Levanto la mirada con el ceño fruncido.

―¿Qué quieres, Alkonost?

―Pensé que tu cara bonita sería un extra bastante funcional, pero parece que muchos pensaron como yo― dice mientras apunta con la cabeza a la chica de Diamante, que trae puesto un traje de un blanco inmaculado con una capucha que le enmarca un rostro que ya de por sí era hermoso, pero que con el maquillaje de fantasía ahora luce casi irreal. Sus pestañas están teñidas de blanco y sus párpados están cubiertos con algo que parece escarcha. Parece la princesa de un reino helado… o tal vez una diosa de un mundo escondido entre la nieve.

―Es una lástima que tus cálculos fallaran―respondo con frialdad.

―En lo absoluto―dice él―. Estás absolutamente despampanante ―me estremezco cuando su mirada me recorre de arriba abajo, tomando nota de los zapatos de tacón negros y del ajustado vestido de seda roja. El manguito que llevaré alrededor de los brazos, hecho con una piel suave y negra, está sobre la mesa. Hace juego con el sombrero alto que aún no me he colocado. Los guantes, también negros, están en mi bolsillo―. Completamente apetecible, Lenna―dice con suavidad mientras estira una mano y aparta un rizo castaño de mi rostro.

―Cuidado, Alkonost― digo inclinándome hacia adelante y sujetándolo de la muñeca, tragándome las náuseas que me producen su mero contacto― recuerda lo indefenso que puedes estar en ciertas… circunstancias y lo buena que soy yo para matar. Dudo mucho que quisieras estar en una posición comprometedora.

Él se ríe.

―¿Y tú crees, querida, que me expondría a algo así sin dejar instrucciones?

Lo suelto y me echo hacia atrás.

―¿De qué hablas?

―Oh, no creas que se me ha pasado por la cabeza que podrías empezar a cuestionarte si es posible salirte de nuestra forzada… colaboración. Así que he dejado instrucciones bastante precisas, mi querida Lenna, de cómo proceder en caso de que no tengan noticias mías en un cierto periodo de tiempo. Instrucciones que por supuesto involucran a mi pequeño bastardo.

―No te atreverías... ―digo sin convicción, porque lo conozco y sé que es más que capaz de cumplir con su amenaza.

―Pero no te inquietes, mi hermosa Lenna― dice él mientras limpia con uno de sus pulgares las lágrimas de rabia que han mojado mis mejillas―. Siempre y cuando tú cumplas con tu palabra, yo cumpliré con la mía. Tu pequeño estará a salvo siempre y cuando me resultes útil. Por cierto, recuerda sonreír durante el espectáculo, mi pequeño bastardo estará observando.

Y me deja ahí, ahogándome de rabia.

Apoyo las manos sobre el tocador y respiro profundamente. No puedo dejar que el miedo me gane. No ahora. Anton me necesita.

Me enderezo cuando siento la presencia de alguien más a mi lado y por un momento lo único que puedo ver es un traje completamente negro y creo que se trata de Alkonost, que ha vuelto para mortificarme, pero cuando levanto la mirada mis ojos se encuentran con la mirada verdosa de Mikhail. El sombrero, con unos detalles en rojo que son la única cuota de color en su atuendo, lanza una sombra sobre su rostro, pero luego gira el rostro y sus facciones quedan al descubierto.

Me limpio los ojos sin disimulo y aprieto los labios, pintados de rojo rubí.

―¿Qué quieres?

―Lo he oído todo― dice él.

―¿Disculpa?

―A Alkonost― aclara él―. He oído lo que te ha dicho.

Lo fulmino con la mirada.

―No sabes nada, Mikhail―digo girándome y limpiando el maquillaje ligeramente corrido de mis ojos.

―Sé que fueron amantes. Sé que tiene a tu hijo. Sé que es su hijo también.

Me congelo.

―Se supone que es contra las reglas que estés aquí contra tu voluntad―continúa él cuando yo permanezco muda.

Una risa seca y temblorosa sale de mis labios.

―Entonces debes saber también lo que me pasará si me ve hablando contigo.

―Porque te lo ha prohibido―adivina él―. Pero también sé que llegado cierto punto de todo esto, su contacto con el exterior se verá completamente restringido. Igual que lo que pase contigo dentro de la Arena. Alkonost no tiene tanto poder como parece pensar.

―¿Disculpa?

Él esboza una sonrisa y casi parece incómodo cuando sus labios se tuercen hacia arriba, como si no estuviera muy acostumbrado a sonreír.

―Esta noche― me dice― cuando volvamos a casa.

Agito la cabeza.

―Anton…

―Las casas no tienen cámaras― explica él―. Ni sistemas de audio tampoco. Ya lo he comprobado.

―Se enterará. Siempre lo hace.

―Entonces tendremos que ser cuidadosos―dice girándose.

―¿Qué pretendes sacar de todo esto, Mikhail?

Cuando se gira y me mira a los ojos, me doy cuenta de que me resulta familiar, aunque no sabría decir de dónde.

―Venganza― responde.

Lo sigo con la mirada mientras lo veo alejarse, hasta que siento que alguien me observa a mí. Cuando giro el cuello me encuentro con la mirada abrasadora de Khalil, que va casi desnudo, cubierto con símbolos que asumo son de la cultura de su isla y una especie de falda muy corta que deja a la vista sus poderosas piernas.

Él me observa con una ceja alzada y los labios convertidos en una fina línea. Y de algún modo estoy segura de que me he metido a mí misma en medio tres hombres muy poderosos. Y que no estoy segura de poder confiar en ninguno de ellos.


Ankar Ozivit, isla Amatista


―Parece como si fueras a casarte en cinco minutos. A decir verdad nunca había visto a un chico blanco con ese tipo de ropa.

―Ese ha sido un comentario muy racista, Noa.

Ella se ríe mientras la chica que ha estado tatuándola con henna frunce el ceño y aprieta los labios, frustrada por la energía sin fin que parece tener mi compañera.

―¿No te parece precioso? ―alardea ella mientras me muestra la figura de Ganesha que han dibujado sobre su piel ―. Estoy segura de que te mueres de la envidia― bromea.

Con su cabeza de elefante y su cuerpo humano, el dibujo es efectivamente muy bonito.

―No es como si tuviera mucho espacio para lucir uno― digo mientras agito los brazos cubiertos con la tela del traje hasta la muñeca. Me han puesto un dhoti, el traje típico de Amatista, mientras que ella trae un sari de color púrpura. El mío es de un bonito color champagne, mientras que el pantalón hace juego con su vestido.

Noa retira el brazo y sopla con suavidad el último detalle del tatuaje, que cubre la mayor parte de su piel desnuda.

―¿Cuánto tardará en borrarse? ―le pregunta a su couturier.

―Si lo lavas solo con agua y jabón podría permanecer visible por un par de semanas, pero tenemos productos especiales para que se borre si decidieras limpiarlo.

―¿Bromeas?

La chica, se ríe.

―Tres minutos― anuncia el altavoz.

―¿Soy la única que se siente nerviosa?

―Definitivamente no― dice Aaliya mientras se acerca a nosotros. Su traje es de colores brillantes: verde, naranja, rojo y amarillo. Su estómago se encuentra al descubierto y trae un top ceñido de color naranja brillante que contrasta con su piel oscura. En la cabeza le han puesto una especie de turbante que sigue el patrón de la piel de un animal que no conozco. Una falda de un material ligero de color verde se aferra a sus caderas y cae hasta sus tobillos, trae collares con cuentas del tamaño de canicas y un montón de pulseras de colores en las muñecas y los tobillos.

―Te ves un poco desnuda― dice Noa―. Al menos de la cintura para arriba.

―Deberían ver a los cuarzos… O a Sharik― dice con una mueca.

―¿Aún te está dando problemas?

―Curiosamente no― dice ella―. Creo que algo tiene que ver el chico de Rubí. En cuanto parece a punto de hacer algo, lo busca con la mirada y se tranquiliza. Es raro.

―Le has estado prestando mucha atención.

―Tú también lo harías si hubiese estado a punto de matarte hace un par de días. Te juro que casi prefiero entrar a la Arena ahora que tener que seguir viviendo en la misma casa que él.

―Pensé que te habían dicho que te darían protección adicional.

―Y lo hicieron. Todo el tiempo estoy rodeada por esos dos tipos de allá― dice apuntando a un par de guardias con el pulgar―. Pero eso no evita que él abra la boca. He oído más fragmentos de la Biblia en las últimas horas que en el resto de mi vida. Y me aterroriza como a veces se queda mirando el aire, como si le hablara.

―¿Ya sabemos cuándo nos lanzarán? ―pregunta Noa.

―¿A la Arena? ―respondo yo―. Supongo que lo anunciarán pronto.

―¿Es idea mía o ha habido muchos cambios recientemente? No entiendo porque nos han ido dando toda la información a cuentagotas ―responde Aaliya.

―O por qué de repente aparecieron todas esas personas nuevas en la isla.

―¿Te ha dicho algo, Aaliya?

―¿Quién? ¿Joao? ―ella niega con la cabeza―. Solo me ha pedido que me mantenga lejos del tipo que supongo era de nuestra isla, pero no me ha dicho por qué, ni siquiera cuando se lo he preguntado directamente. Me ha dicho que es peligroso, pero nada más.

―¿Peligroso cómo? ―dice Noa alarmada.

―No lo sé―dice ella encogiéndose de hombros y tomando un botellín de agua de uno de los minirefrigeradores que hay por toda la sala de preparación―. Pero trataré de hacerle caso. Lo he visto dos veces y cada vez se me han puesto los pelos de punta.

―La cara del sujeto de Amatista me suena de alguna parte, pero aún no sé de donde― confieso yo.

―Pues más te vale ponerte a recordar, solo en caso de que nosotros también tengamos que cuidarnos y Radhika no nos haya advertido― se queja Noa.

Una alarma, que me recuerda a la que sonaba en la escuela para anunciar los recesos, se escucha por el sistema de altavoces.

―¡Ay! ¿Ya es la hora? ―la voz de Aaliya sale particularmente aguda, pero se las arregla para darnos una enorme sonrisa.

Los couturiers de quienes aún no están completamente listos empiezan a correr hacia todas partes y un hombre con el pelo púrpura se aparece para tironear de Aaliya y ponerla en formación. Empiezan a ordenarnos a los veinte en dos hileras, las islas van en orden y todos salimos en parejas con nuestros compañeros, pero intercalan el orden. El diamante a la izquierda y la chica a su derecha, luego la chica de esmeralda a la izquierda con su compañero a la derecha… Yo soy el último.

Nos guían por un pasillo y nos dicen que salgamos cuando llamen a nuestra isla.

Llegamos a lo que parece ser la parte trasera de un escenario o algo parecido… y las luces se apagan.


Sharik Louw, isla Marfil


Hay color y hay luz, y hay sufrimiento y hay dolor, mucho dolor.

Decenas de cuerpos hechos por y para el pecado golpean sus pies al unísono y mi cabeza parece estar a punto de partirse por la mitad.

―Contrólate― susurra el ángel y yo me sujeto la cabeza con las manos y me inclino hacia adelante, doblándome sobre mi estómago.

Un millón de chispas estallan detrás de mis ojos… y entonces ellas aparecen.

Mi niño… mi pobre niño…

Pero el ángel me ha dicho que no debo escuchar sus voces. Son malas, me ha dicho, y no debo escucharlas porque entonces estaré cambiando los planes que Dios tiene para mí.

A mi lado, Aaliya salta sobre un pie y sobre el otro. ¿Es la cercanía del ángel lo que la hace sentir incómoda?

Es hora de hacer justicia, Sharik.

Afuera hay mucho ruido. No sé qué es lo que se oculta tras las puertas, pero no debe ser nada bueno.

―Sharik… ―el ángel me habla con un tono cansino.

―Me duele la cabeza― digo en un susurro.

―No hagas nada estúpido―dice el ángel en el mismo tono.

―No sé si pueda… No puedo…

―Sí, tú puedes controlarte. Reza― aconseja él y hay un extraño tono de duda en su voz al decir esa última palabra, como si no estuviera seguro de que mi comunicación con Dios fuera suficiente para apartar a los demonios que toman el rostro de mi madre y de mi abuela.

―Padre nuestro que estás en los cielos…― empiezo yo.

Tantos pecadores, tantos impuros…

―Sal de mi cabeza― susurro―. Santificado sea tu nombre, venga a nosotros…

Tanta justicia divina que clama por ser impartida.

―Venga a nosotros tu reino…

¿Qué estás esperando, para cumplir con tu misión en la Tierra, mi niño?

―Hágase tu voluntad…

Su voluntad… ―repiten ellas y el sonido de sus voces al unísono hace que mi corazón empiece a latir más rápido―. Su voluntad en la Tierra como en el Cielo, pero estando tan ocupado ¿cómo puedes siquiera pedirle algo así a Dios? ¿Por qué te rehúsas a cumplir con tu misión, Sharik?

Algo sucede afuera, de repente la gente aplaude y a mis oídos llega el sonido amortiguado de una voz tras la puerta. La cabeza me palpita con más fuerza. Un rectángulo de colores se enciende sobre la pared y luego otro y otros más.

―¡Están trasmitiendo en vivo! ―dice alguien.

―¿Sólo yo estoy nerviosa?

―¿Y si tropiezo…?

―¿En qué lugares crees que se vaya a ver esto?

Las voces se superponen, combinándose, creando sonidos agudos que me perforan la cabeza como diminutas agujas y luego graves, que me golpean el cráneo como mazos.

―¿Diamante? Es su turno… ―dice una voz baja y escucho un ligero rechinido metálico cuando la puerta se abre. Afuera alguien sigue hablando y un rayo de luz de mil colores inunda la habitación, hasta ahora solo iluminada por las pantallas en las paredes. Veo a los pecadores caminar por un amplio escenario.

Hay un montón de vítores y veo a la chica saludar con la mano con una amplia sonrisa mientras sus pestañas, blancas como telarañas, aletean una y otra vez haciendo desaparecer esos ojos azules como el cielo.

Luego vienen los chicos vestidos como monstruos paganos, con los rostros teñidos de verde y entonces una chica con unos enormes cuernos toma su lugar en el escenario, con la barbilla arriba y una sonrisa petulante en el rostro.

¡Cuánto orgullo! ¿No te parece que una criatura como esa no tiene temor de Dios?

―Sal de mi cabeza― susurro yo y el rostro tenuemente iluminado del ángel voltea en mi dirección. Tiene el ceño fruncido. La chica a su lado se voltea, solo lo justo para mirarlo con curiosidad antes de volverse hacia el frente.

―No hagas nada, Sharik. Te prohíbo que hagas algo malo ―dice el ángel con un tono bajo, molesto.

¿Quién como Dios, Sharik? ―pregunta esta vez mi madre.

―Nadie― replico yo―. Nadie es como Dios.

¿Y no es nuestro Señor quien te ha dado un don tan maravilloso? ¿No es Él quien te ha pedido a ti que limpies su Tierra de toda impureza?

Agito la cabeza.

―Rubí, es su turno…

―Compórtate― ordena el ángel antes de atravesar la puerta.

Y entonces me quedo solo. Solo con las voces de mi madre y de mi abuela. Solo con la necesidad que siento en este momento de cumplir con la misión que Dios me dio, pero que el ángel insiste en que no debo llevar a cabo aún.

¿A quién escucharás, Sharik? ¿A la voz de Dios o a un simple subordinado?

―Marfil, es su turno.

Camino, como si un millón de pequeños cables se hubiese aferrado con ganchos a mi piel y atravieso la puerta. Miles de luces me ciegan por un momento y en las paredes veo imágenes de mi hogar. Se mueven, como si de repente estuviera de regreso. Como si la pequeña choza en que me crie estuviera a tan solo unos pasos de distancia.

Doy un paso y entonces a ambos lados del camino se enciende el fuego, en largas antorchas que tiñen todo de amarillo. Y es hermoso, una señal de Dios de que debo seguir limpiando el mundo. Mi lanza no está aquí ahora, pero no tiene importancia.

Veo al sujeto con el cabello de un diabólico color púrpura que se ha encargado de vestirme aplaudiendo.

Y entonces entiendo qué es lo que tengo que hacer.


Valkyr Dalh, isla Esmeralda


Deseo estar soñando. ¡Por favor! Que esto no sea nada más que una pesadilla…

Me quedo de pie, contemplando las llamas, con las manos cayendo a mis costados y una bola de bilis subiendo por mi garganta.

El olor de la carne quemada inunda mis fosas nasales y lo único que quiero en este momento es poder doblarme por la mitad y vomitar. O tal vez llorar. O gritar que todo esto ha sido un error y que esto lo único que hace es probarlo.

―¡Valkyr!

Una mano se cierra como un grillete alrededor de mi brazo, pero yo no consigo hacer que mis pies funcionen. Soy vagamente consciente de cómo mi cuerpo se eleva en el aire cuando un brazo pasa por detrás de mi espalda y otro se arquea bajo mis rodillas. Vuelvo a ser una niña en los brazos de su padre. Excepto que no es mi padre quien me tiene en sus brazos hoy.

Nos movemos. Me doy cuenta de que estamos afuera cuando el aire vuelve a ser limpio. Cuando puedo respirar profundamente sin que el humo y la destrucción inunden mis pulmones.

―¿Están muertos?

Essus da un respingo al oír mi voz, pero no responde de inmediato.

―¿Están muertos? ―vuelvo a preguntar.

―No lo sé. Pero creo que en el caso de él, eso sería lo mejor ―y no tengo que preguntarle, porque he visto su rostro de cerca mientras intentaba apagar las llamas utilizando mis propias manos.

Las lágrimas me inundan los ojos y me dejo caer en el suelo.

Veo gente corriendo en todas direcciones y también hay gritos, pero no consigo concentrarme lo suficiente para entender lo que dicen.

Essus se deja caer a mi lado. Tiene el rostro cubierto de hollín y las mangas de su camisa están quemadas.

―Necesitamos que alguien atienda esto― dice mientras sujeta una de mis manos con cuidado y veo por primera vez la forma en que el tejido se ha enrojecido, cubierto de ampollas y piel quemada.

Un borrón de color verde pasa frente a mis ojos y hay un grito:

―¡Valk! ―me encuentro a mí misma envuelta en un apretado abrazo― ¡No me dejaban acercarme! ¿Estás bien? ¡Estás herida!

―Mar…― mis brazos se envuelven a su alrededor y me siento aún peor al darme cuenta de lo aliviada que estoy al ver que ella y Hugo ―también cubierto de hollín― se encuentran a salvo.

Soy vagamente consciente de que los dos chicos de Zafiro se han acercado a Essus y los tres hablan rápidamente entre sí.

―¿Qué demonios fue lo que pasó? Estábamos atrás y de repente un montón de luces se encendieron y una alarma empezó a sonar y nos cayó agua desde el techo. ¡No nos hemos enterado de nada!

―Fue el marfil― dice Essus con el rostro sombrío―. Él atacó a alguien durante la inauguración.

Cuando él lo dice la escena se repite en mi cabeza, como si estuviera viendo una película. La mirada perdida del chico cuando entró al escenario, la expresión aliviada de su rostro cuando las antorchas que habían colocado a ambos lados del escenario para la representación de Marfil se encendieron y la sonrisa que partió su rostro por la mitad cuando una de sus manos sujetó la antorcha más cercana y la arrojó, sin dudar, a uno de los couturiers, a tan solo un par de metros de donde estábamos sentados nosotros.

El grito agónico del hombre, tan solo unos cuantos años mayor que yo, cuando las llamas devoraron su ropa y se ensañaron con su cabello, probablemente lleno de productos inflamables que lo convirtieron en una antorcha humana en cuestión de segundos, mientras todos los demás estábamos demasiado impresionados para reaccionar.

La reacción en cadena cuando el hombre, desesperado, empezó a correr y su fuego alcanzó a las personas a su alrededor. Las cortinas doradas del escenario prendiéndose en llamas y los extintores del techo reaccionando, tan solo unos segundos después, pero ya era demasiado tarde.

Mis manos intentando apagar las llamas, prácticamente arrancándole a Essus su chaqueta y dejándola caer encima de aquel pobre hombre para ahogar las llamas.

Mi cuerpo se estremece cuando recuerdo la sonrisa complacida en el rostro de Dánica Jacov, y la sensación de que será ella quien haga de estas personas un verdadero infierno.

Y la convicción de que no puedo permitir que esto siga adelante.


Ni siquiera me atrevo a revisar cuando fue la última vez que actualicé esta historia. Pero como yo SIEMPRE regreso, aquí les traigo la sorpresa de que el SYOT sigue adelante y hoy viene con un final fuerte.

Los comentaristas estrella del capítulo anterior fueron Naty_ Mu, Imagine Madness, jacque-kari, Camille Carstairs y Patriot. Y olvidé decirles que en las votaciones los ganadores fueron Lenna (con seis votos, lo que le da dos puntos) y Khalil (con tres votos que le da un punto)

Los puntajes están así:

Jacque-Kari/ Henrik: 12

Patriot/ Lis: 9

Naty_mu/Hugo: 6

Camille Carstairs/ Amara: 3

HikariCaelum/ Maddox: 3

G. Applause/ Éire: 1

AleSt/ Mikhail: 1

Bellamybell/ Lenna: 5

Lauz9/ Sharik: 1

Bruxi/ Aaliya: 3

Bermone/ Hissène: 2

Yolotsin Xochitl/ Elíma: 5

MaryDC/ Raif: 2

Alphabetta / Kheira: 3

Imagine Madness /Carlens: 6

CAM41918/ Nayara: 1

Siri Tzi/ Khalil: 4

JXJ2 / Coral: 1

Amber Swan / Ankar: 1

Disi22 / Noa: 1

Y habrá una sorpresa importante en el próximo capítulo que surge a raíz de lo que pasó en este. A ver como me va con la actualización… aunque admito que lo que se viene me trae muy motivada.

En el blog están algunas de las ideas que me inspiraron para los trajes de los chicos.

Como anuncio, les cuento que el foro "El diente de león" va a estar trabajando en un SYOT colaborativo. Pueden ingresar al foro desde mi perfil y ahí buscar el topic sobre esta actividad. Ojalá se den una vuelta por ahí y nos regalen un personaje.

Estoy segura de que se me están quedando cosas por fuera, pero tengo muchas ganas de actualizar… y también siento pánico ante la idea de que haya pasado tanto tiempo que nadie siga leyendo la historia. Pero trataré de ser positiva.

Hay puntos extra para las cinco primeras personas que comenten y ya he hecho efectivos los puntos de cumpleaños desde que actualicé por última vez.

Preguntas:

¿POV favorito?

¿Cómo te habría gustado que fuera el traje de tu hijo o hija?

¿Crees que lo que ha pasado en este capítulo cambie el curso de los Juegos?

Y eso es todo de momento.

Un abrazo fuerte, E.