Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


14. Guíame en el camino

Día 3


Elíma Kairo, isla Ambar


Siento frío, como si la temperatura hubiese caído en picado, aunque bien podría ser porque desde nuestra casa, ya no puede verse la columna de humo que asciende desde el Centro de Transmisiones y yo me he acostumbrado a la calidez del fuego ardiendo en su interior.

―Toma― Balula pone una jarra con algo que lanza una suave columna de vapor en mis manos y mis dedos helados se calientan un poco con el contacto ―. Es té de valeriana― me explica él―, sirve para calmar los nervios. Le he echado un poquito de miel. Pruébalo, sabe bien.

Me llevo la taza a los labios y bebo un trago, disfrutando de como el líquido caliente parece descongelar mi sangre.

―Gracias.

―Aún no lo han traído― dice Hissène desde su puesto en la ventana. Lleva al menos dos horas esperando a que alguien traiga al marfil, pero hasta el momento no ha pasado nada.

―¿Crees que vayan a hacer algo con él?

Él se encoje de hombros.

―No lo sé― dice él―. Sería algo hipócrita de su parte el castigar muy severamente el asesinato, tomando en cuenta del motivo por el que estamos todos aquí ¿no? En todo caso él ha probado que será el mejor de todos, a menos que alguien lo tome como un desafío personal y decida equipararse. Supongo que por eso nos han colocado guardias a todos― dice mientras aprieta la mandíbula y gira un poco el cuello, probablemente viendo a los dos centinelas que tenemos ahora en nuestra puerta.

Me sorprende ver como a pesar de que al principio soltaba las palabras a cuentagotas, ahora es más sencillo hacerlo hablar.

―Nunca había visto un asesinato― admito yo mientras dejo la taza, a medio beber, sobre una mesita.

Balula se retira silenciosamente cuando Hissène deja caer la cortina y se acerca a mí. Parece algo incómodo, pero finalmente estira el brazo y me atrae hacia su cuerpo. Aún traemos puestos nuestros trajes para el desfile. Ni siquiera llegamos a usarlos en público, aunque ambos nos hemos quitado todas las piezas de joyería y las hemos lanzado descuidadamente sobre uno de los sillones. Supongo que en algún momento traerán a alguien para que los recojan, si es que no todo el mundo está aterrorizado por la posibilidad de que se desate un efecto en cadena y todos desarrollemos una especie de fiebre por matar a quien se nos ponga en frente.

La piel de Hissene está muy caliente y sus músculos se sienten rígidos cuando apoyo la frente sobre su pecho, pero el contacto me sienta bien.

―He visto gente morir― explico yo, con los labios muy cerca de su piel―, pero nunca había visto a nadie matando a otra persona. Aún y cuando fue a través de la pantalla… Estuvimos demasiado cerca ¿verdad? Casi pudimos haber estado ahí dentro.

Supongo que él asiente, porque sus músculos se mueven un poco bajo mi piel.

―¿Qué te pasó aquí? ―sin pensarlo, recorro una cicatriz mellada, tan ancha como mi mano, justo sobre su cadera derecha. Él se estremece y yo me aparto, ligeramente turbada ―. Lo siento, no quería molestarte.

―No me has molestado― dice él dándome la espalda. Cuando voltea a verme, su rostro está libre de cualquier expresión―. Fue una cirugía, cuando estaba pequeño.

Me dejo caer en el sillón, atrayendo mis piernas hacia arriba. He ganado algo de peso desde que me seleccionaron. No demasiado, pero algo es algo. Esta mañana noté como mis costillas resultaban menos prominentes bajo mi piel. Debo hacer alguna cara extraña, porque él vuelve a torcer la boca en esa forma curiosa de sonreír y dice:

―Se me reventó el apéndice. Se suponía que iba a morirme, pero siempre he sido obstinado.

―¿Qué edad tenías?

―Seis años― dice sentándose frente a mí.

―Es por eso por lo que te molesta todo el asunto de que para el resto del mundo somos buenos con la medicina ¿verdad?

Él vuelve a darme algo que se parece a una sonrisa, aunque no llega a ser una, no de verdad.

―Estuve meses en una cama― dice entrelazando sus largos dedos―. No a todo el mundo le pasa― dice señalando su costado―, y el tratamiento inicial no debía ser muy complicado. Era básicamente abrirme y cortar la parte que del intestino que se había inflamado. Pero no teníamos dinero. Mi madre trajo a un curandero que se la pasó cubriéndome la cara y el estómago con baba de babuino mientras rezaba.

Él hace una mueca de repulsión.

―Fueron dos días en los que pensé que me iba a partir por la mitad por el dolor, hasta que en un momento el dolor se volvió cegador… y luego desapareció.

Hace un ruido ronco que supongo es una risa.

―Debí haber sabido que no sería tan sencillo. Mi intestino se había reventado y mi cuerpo se había intoxicado. Al final mi madre consiguió de algún modo un doctor. Ni siquiera me pusieron anestesia… —continúa diciendo—. No creo que nadie deba vivir así.

Me estremezco.

―Lo lamento― digo como si eso lo arreglara―. En realidad, no lo entiendo. Si no te gusta cómo son las cosas en Ámbar ¿por qué elegirías a Makemba para gobernar?

Él se levanta, dirigiéndose de nuevo a la ventana.

―Nunca dije que lo haría― murmura él.

El silencio se extiende y se extiende, hasta que finalmente Balula aparece y nos dice que ha recibido órdenes de servirnos la cena en casa.

Hissène se me queda mirando cuando me levanto.

―No se lo digas a nadie― me dice.

―No lo haré. Pero…

―El ir conociendo a todas estas personas, todos estos modos de vida, me ha hecho pensar ¿realmente vale la pena extender nuestra forma de vivir al resto del mundo? Si pudiéramos hacer las cosas realmente mejor para los demás ¿no deberíamos hacerlo?

No tengo una respuesta para eso.


Elisabeth Zuckerman, isla Diamante


―Ese sujeto se vuelve loco, decide matar a un par de personas ¿y somos nosotros quienes quedamos en arresto domiciliario?

Henrik deja el pesado casco de su traje sobre la mesa del comedor y me dedica una mirada cansada.

―Tienen que reorganizarse. Supongo que ninguno pensó que uno de nosotros podía salirse de control antes de entrar a la Arena. Una vez dentro no habría importado. Supongo que resultaba funcional tener a alguien que acelerara las cosas.

―Discúlpame por estar en desacuerdo contigo― digo con suavidad―, pero estamos hablando del tipo que trató de atacar a una de las enfermeras cuando nos pusieron el TTR ¿no? ¿Y según tú ellos no lo vieron venir?

Henrik se encoge de hombros:

―No todo el mundo sigue la misma lógica. Y no sabemos cómo ha funcionado el proceso de selección en todas las islas.

―No han hecho pruebas psicológicas, eso resulta claro.

―¿No es una de tus aliadas la chica que cree que desciende de un dios?

Le dedico una mirada ligeramente exasperada.

―Aún y cuando los llame por el nombre equivocado, digo pensando en Éire, podría estar en lo cierto. ¿Quién sabe?

Henrik se ríe.

―Solo digo que cuando se trata de religión, resulta complicado separar a los locos de los cuerdos. Iré a darme una ducha.

―¿No vas a cenar?

―En un rato. Huelo a humo y a sudor. Quiero bañarme primero.

A pesar de su negativa a que nos aliemos, Henrik y yo hemos conseguido una convivencia razonablemente civilizada, pero contaba con poder lograr que yo le agradara lo suficiente para que, en un momento de necesidad, él me protegiera. Pero siento que nuestro tiempo en esta isla se acorta cada vez más y que estoy perdiendo mis oportunidades.

―Vale― le digo con una sonrisa―. ¿Quieres que te espere?

Él niega con la cabeza.

―No. Seguramente comeré en mi cuarto.

Traducción "voy a esconderme en mi cuarto para no tener que hablar contigo".

Le sonrío:

―Por supuesto.

Shaliqa me sirve la cena en silencio y su rostro, del color de la madera de ébano, luce curiosamente desprovisto de color.

No estaba así cuando llegamos, así que decido que posiblemente se ha enterado de algo mientras yo hablaba con Henrik.

―¿Qué tienes?

Mi pregunta parece tomarla por sorpresa, porque una fuente llena de pan se resbala de entre sus dedos, haciendo que los bollitos del tamaño del puño de un bebé rueden por el suelo. En un arranque de inspiración, me levanto de mi silla y la ayudo a recogerlos.

―Sabes que puedes hablar conmigo ¿verdad? ―le digo con dulzura y su rostro infantil se ilumina mientras ponemos la fuente en la mesa.

―Estoy asustada― me confía.

Le doy una sonrisa tranquilizadora.

―¿Quieres contarme por qué? Si quieres puedes sentarte y cenar conmigo.

Ella niega vehementemente con la cabeza.

―No puedo.

Le sonrío de nuevo.

―No se lo contaré a nadie.

Ella parece sopesarlo y creo que va a negarse de nuevo, pero finalmente va a la cocina y vuelve con un plato de cerámica gris.

―Puedes comer lo que quieras― le digo mientras abro una silla para ella y regreso a mi asiento. Ella duda, pero al cabo de unos segundos empieza a arrojar generosas porciones de comida en su plato. Empieza a comer con las manos, pero al cabo de unos cuantos bocados parece recordar algo y empieza a buscar frenéticamente algo con la mirada.

―Toma, puedes tomar mi cuchara para el postre― le digo mientras se la paso.

Me dedica el tipo de mirada de adoración a la que ya estoy acostumbrada.

―Ahora ¿me contarías lo que sabes?

Esta vez, la niña no impone barreras. Está deseosa por complacerme.

―Han muerto dos personas― me confía ella―. Un hombre llamado Folke y una mujer con el pelo plateado― me dice―. No recuerdo como se llamaba― se disculpa y yo le pongo una mano tranquilizadora sobre uno de sus escuálidos bracitos. Ella me sonríe, dejando a la vista los agujeros de su dentadura―. Y hay varias personas en el hospital. La chica bonita del cabello rojo― me dice―. La que visita la casa con la piedra verde… está en el hospital. Tiene las manos muy lastimadas.

La líder de Esmeralda.

Henrik aparece en ese momento, secándose el cabello con una toalla.

―¿Valkyr Daalh está en el hospital?

Shaliqa asiente.

―Y él está en la cárcel― dice ella.

―¿Quién? ―pregunta Henrik mientras tira de la silla junto a la niña y se sienta también.

―El hombre malo, el que hizo eso― dice con el rostro sombrío.

―¿En la cárcel?

Ella asiente.

―¿Habían construido una cárcel? ―pregunto volteándome hacia Henrik― ¿Esperaban necesitar una cárcel?

La sangre huye del rostro de la niña.

―Casi nadie lo sabía― explica en voz baja―. La hicieron bajo la tierra, pero no han querido decir para qué. Y ahora todos están muy, muy enojados.

Henrik y yo compartimos una larga mirada.

Así como Diamante se encargó de la ropa y el estilismo, Ámbar de la medicina y Zafiro de la tecnología; Rubí debió hacerse cargo de todo el proceso de construcción de la infraestructura de la isla. Si alguien mandó a construir una prisión secreta en este lugar, debió ser el rubí o alguien a quien él mantenía cerca…

La pregunta es ¿a quién pretendían encarcelar? Y, más importante aún, ¿para qué?


Noa Wunsh, isla Amatista


Supongo que en el fondo tanto Ankar como yo esperábamos que Radhika se apareciera en medio de la noche para explicarnos lo que había pasado o más aún, como nos iba a afectar. Pero cuando dieron las once y ella seguía sin aparecer, ambos nos rendimos.

Ankar está claramente preocupado por Aaliya. Lo veo en su rostro, en la forma en la que tira de la cortina tratando de ver, sin éxito, lo que sucede en la casa de Marfil.

―No lo han llevado ahí― señalo lo obvio―. Y después de ver lo peligroso que puede ser, resulta evidente que ya no lo van a dejar estar más tiempo con nosotros.

―¿Qué crees que hagan con él?

―No lo sé. Con algo de suerte lo mantendrán encerrado en algún sitio donde no pueda hacernos daño antes de tiempo.

―Debieron haber tomado medidas desde antes. Desde que le hizo daño a Aaliya cuando venían en camino―replica él luciendo molesto. Creo que es la primera vez que lo veo realmente furioso desde que lo conozco, siempre es demasiado tranquilo.

―¿Cómo crees que los hayan elegido a ellos? ―pregunto yo―. Es decir, no creo que Lakshmi, el elefante mágico, hubiese tenido que elegir veinte rocas ¿no?

Él niega con la cabeza.

―Lakshmi es un reflejo de lo que es importante para nosotros. Supongo que en cada lugar tuvieron un método distinto. Y dudo que algún otro haya usado animales.

―¿Cómo crees que hayan elegido a Aaliya?

Él menea la cabeza.

―No se lo he preguntado― dice en voz baja y luego suelta un bostezo―. Resulta evidente que por hoy no pasará nada, así que mejor vayamos a la cama.

―¿Crees poder dormir después de lo que pasó?

―Mientras más pronto aceptemos la idea de ver a alguien morir, será mejor.

―¿Por qué lo dices?

Él levanta la cabeza, luciendo sorprendido.

―Pues porque en cuestión de días estaremos en una situación en la que será algo de todos los días. Inclusive la sangre de alguno de ellos manchará nuestras manos, si es que queremos llevar la victoria a nuestra isla ¿no?

De repente siento mucho frío.

Ankar se sienta frente a mí y toma mis manos.

―¿No habías pensado mucho en ello?

No le respondo, en su lugar, le digo:

―¿Tú estás listo?

―¿Para matarlos?

Asiento.

―Creí que lo estaba―dice quedamente―. Pero no sé si tenga el temple necesario para matar a sangre fría. Al menos no del modo en que lo hizo hoy el marfil.

―No tenemos que hacer eso― le digo yo―. No tenemos que matar sin una causa.

―¿Cuál es nuestra causa, Noa? ―dice él ―. ¿Realmente estaba tan perdida la guerra entre todos que esta era la única posibilidad de arreglarlo todo?

―Porque era la única manera de evitar la pérdida de incontables vidas― respondo automáticamente. Es el discurso que han repetido una y otra vez desde que empezaron a anunciar los Juegos.

―¿Eso crees? ¿Esas eran todas nuestras opciones? ¿La guerra o los Juegos?

―No hagas eso― le digo apartando mis manos de un tirón y empezando a caminar por el saloncito de nuestra casa.

―¿Qué no haga qué? ―pregunta él.

―Esto. Decir cosas como esa. Fuimos voluntarios ¿recuerdas? Nadie nos obligó a venir aquí.

―Es cierto, nadie lo hizo―acepta él―. Pero mi punto es que si fuéramos nosotros, alguien habría venido aquí. En un mes, diecinueve de nosotros seguramente estaremos muertos. ¿Crees que la democracia debería asentarse sobre una pila de huesos? ¿La suciedad debería lavarse con sangre? ¿Qué nos garantiza que una vez que alguien consiga salir con vida, los problemas se van a terminar? ¿Su palabra? Creo que la palabra de muchos de ellos no vale nada. Tal vez todo esto sea en vano, un mero entretenimiento, para que las tropas se repongan y la guerra se reanude. Tal vez luchemos unos con otros hasta que no quede nadie…

Agito la cabeza.

―¡Basta!

Él empalidece, lo que hace que las pecas en su rostro resulten más visibles.

―Lo siento― dice luciendo algo aturdido.

―¿Te arrepientes de estar aquí? ―le pregunto cruzando los brazos frente a mi pecho para que no note el temblor en mis manos―. Porque si es así, ese es tu problema, no intentes lavarme el cerebro. Si ya no quieres luchar por lo que prometiste, no lo hagas, pero no lo llames ingenio o justicia. Puedes decir que sientes miedo por lo que pasó hoy.

―No tengo miedo― replica él adoptando la misma postura.

―Bien, porque no deberías guiarte por mi edad o por mi tamaño. Cuando llegue el momento, haré lo que tenga que hacer.

―No lo pongo en duda― dice él―. Mi punto es…

―¿Qué?

―¿Es justo? ¿Es justo que nos matemos unos a otros?

―No lo sé. No me importa tampoco. Lo único que quiero es entrar ahí, hacer lo necesario y empezar a gozar de mi premio.

Ankar me observa, con sus ojos celestes muy abiertos, como si fuera la primera vez que me ve.

No dice nada, se limita a contemplarme, hasta que no lo soporto más y me levanto. Cierro la puerta de mi habitación tan silenciosamente como puedo, con la convicción de que él ha cambiado por completo la forma en que me ve.

Y no sé si eso me gusta.


Joao Caveira, isla Marfil


Me están juzgando y no los culpo. Sujeto el rosario con más fuerza entre mis dedos y rezo silenciosamente.

Hemos estado encerrados en esta sala de juntas por horas, pero no podemos empezar a deliberar hasta que Esssus, Valkyr, Radhika y Oberón regresen. Los dos primeros están en la enfermería, tratando las quemaduras que sufrieron en el incendio, Radhika ha necesitado oxígeno y Oberón, a pesar de que salió ileso, está encargándose de los arreglos para que los dos cadáveres que dejó nuestro desfile como saldo sean enviados a su país.

Su sangre está en mis manos.

Observo mis dedos encallecidos y los doblo alrededor de las cuentas de marfil del rosario.

¿Es esta la voluntad de Dios? ¿Cómo puede ser parte de Su plan el que inocentes murieran?

―No ha sido tu culpa― Veronique llena un vaso con agua y lo coloca frente a mí.

No soy capaz de sonreírle. En realidad, no soy capaz de sonreírle a casi nadie. Pensé que había perdido esa capacidad cuando perdí a mi hija, pero de alguna manera la Florecilla del Desierto ha encendido una calidez que pensaba que ya no existía en mi interior.

―Sharik es peligroso― digo a modo de explicación por mi sentimiento de culpa.

―Sharik es inestable― me corrige ella―. Todos ellos son peligrosos, no serían capaces de venir a un lugar como este de otra manera. Lo que necesita él es que alguien lo controle hasta que sea el momento propicio para que su agresividad sea una ventaja y no un problema.

La observo con los ojos entrecerrados.

―¿Por qué estás tratando de consolarme?

―Porque vi tu cara mientras sucedía― responde ella.

―¿Y qué viste? ―pregunto con curiosidad.

―A un hombre destrozado e impotente.

Algo parecido a una carcajada brota de mi garganta.

―¿Y se supone que eso debe hacerme sentir mejor?

―Debería hacer que te sintieras humano― dice ella mientras acomoda con cuidado el velo que le cubre la cabeza.

Suspiro.

―Ya ni siquiera sé si lo soy.

―Si sientes remordimiento por lo que hizo tu chico, entonces continúas siéndolo― dice con suavidad.

―Yo lo traje aquí― digo con tristeza.

―Igual que todos nosotros. Los métodos de Alá son curiosos, Joao. Puede que te equivocaras, puede que no.

La puerta se abre y Esssus y Valkyr aparecen en la sala. Él tiene parte de sus antebrazos vendados, ella trae una especie de guantes de color carne en ambas manos.

―¿Cuál fue el diagnóstico? ―pregunta Makemba mientras se inclina sobre ella, quien se ha sentado en una de las sillas libres a su derecha. Esssus se sienta junto a la menuda chica.

―Quemaduras de segundo grado. Estarán mejor por la mañana―dice con voz ronca, ha estado llorando, tal vez por el dolor, aunque creo que se trata de algo más―. Su medicina es realmente asombrosa― dice con una débil sonrisa―. Cuando me pusieron los guantes ya la piel empezaba a regenerarse.

Makemba le sonríe.

―Es bueno ver que se nos valora. ¿Cómo está Radhika?

―Cuando nos dieron el alta ella también estaba a punto de terminar. Debería venir en cualquier momento.

―Si sirve de algo, lamento lo que sucedió― digo yo.

Valkyr alza la cabeza y sus ojos se llenan de lágrimas.

―Sé que no ha sido su culpa― dice después de un minuto de silencio―. Pero creo que estas pérdidas han servido de algo…

―Valk― advierte Essus.

―No creo que yo quiera que sigamos con esto. Nunca he estado de acuerdo y ahora no sé si Esmeralda deba participar. No sé si sus muchachos deberían seguir tampoco, pero entiendo que no tengo poder de decisión al respecto…

―Ya es demasiado tarde para echarnos atrás― dice Veronique―. Y no eres la única que se está replanteando todo esto. Pero si empezamos a retirarnos…― ella levanta la mirada y observa con el ceño fruncido a Alkonost y a Suyay, que están hablando cerca de la ventana―. Creo que las cosas podrían ser peores si no nos damos la oportunidad de luchar, si las personas equivocadas se mantienen firmes y el líder erróneo queda en el poder. Ten fe en tus muchachos, pequeña Daalh, y puede que te sorprenda el resultado de todo esto.

Ella agita la cabeza.

―Sueño con ellos todas las noches ¿sabe? Pesadillas en donde los veo morir una y otra vez, cada una más horrible que la anterior. Y no son solo Hugo y Amara…. La pequeña chica de Joao o la tuya, Makemba…—su discurso avanza a saltos, errático—. Me gustaría que hubiera una forma en la que podamos hacer los Juegos, pero no perdamos todas estas vidas en el proceso.

Essus la sujeta con cuidado del antebrazo. Seguramente quiere tomar su mano, pero sus quemaduras se lo impiden, y podría ser mi imaginación, pero parece como si estuviera deseando decirle algo.

La puerta se abre de nuevo y Radhika ingresa.

―Tienes mejor cara― dice Rhiannon que hasta ahora había estado contemplando la luna por la ventana en el extremo opuesto a donde están Alkonost y Suyay.

―Me siento mejor― admite la recién llegada―. Me he encontrado con Oberón. Me ha dicho que aún tiene que cumplir con otras cosas del protocolo y que no podrá estar en la reunión.

―Bueno, el número impar facilita la toma de decisiones, creo― dice Veronique con su vena práctica.

―¿Comenzamos? ―dice Essus poniéndose de pie y aclarándose la garganta.

Es obvio que ni Suyay ni Alkonost están particularmente complacidos por el hecho de que él haya tomado la batuta en la reunión, pero ambos toman sus lugares alrededor de la mesa redonda que domina la habitación. El asiento vacío de Oberón queda junto a Suyay y la silla de Rhiannon está ligeramente corrida hacia mí, de manera que no quede cerca de Alkonost que está a su lado, lo que hace notorio que las relaciones entre nosotros no son las mejores.

―Resulta evidente que tenemos que tomar una decisión con respecto al rumbo que tomarán los Juegos a partir de ahora. Las acciones de Sharik Louw no pueden ser ignoradas― empieza Essus y me dedica una mirada cargada de empatía.

―Lo que no puede ser ignorado― dice Alkonost con cuidado― es que Joao ha traído a un lunático a nuestros Juegos.

―Tomando en cuenta el nivel de estrés al que están sometidos nuestros chicos― replica Valkyr―, lo único que resulta sorprendente es que solo uno de ellos entrara en crisis.

―Y si vamos a empezar a arrojar acusaciones entre nosotros, entonces me gustaría discutir el punto, Alkonost, de que tuviste los escrúpulos de construir una prisión subterránea a espaldas nuestras. ―dice Rhiannon con las pálidas mejillas salpicadas de rosa―. ¿Crees que alguno va a pasar eso por alto en esta reunión? ¿Crees que no notamos el conveniente número de celdas allá abajo?

Las construcciones subterráneas son algo así como una especialidad en Rubí. Cuando Sharik se salió de control, resultaba evidente que necesitaríamos un lugar en el cual pudiéramos encerrarlo sin que pudiera escapar ni le hiciera daño a nadie más, fue entonces cuando Alkonost confesó la existencia de un espacio, bajo tierra, en donde había construido algunas celdas.

Nueve celdas.

Él tiene el descaro de sonreír.

―Si quieres hacer una acusación formal, adelante.

―¿Planeabas encerrarnos a todos ahí? ―pregunta Rhiannon con el ceño fruncido.

Alkonost se encoje de hombros.

―Nunca está de más el tener las cosas preparadas.

―No estás respondiendo a la pregunta. Y eso sería alta traición.

―No eres mi reina, Rhiannon, no te debo lealtad. Y si mal no recuerdo, tú fuiste la que entregó este pedazo de tierra y luego se lavó las manos.

―¡Porque te ofreciste para construir todo el complejo! ―dice ella horrorizada―. Si hubiera creído que era necesario supervisarte, lo habría hecho.

―No estamos llegando a ninguna parte con esto― dice Makemba y detrás de ella, medio oculto por las sombras, su brujo se mueve un poco―. Considero que lo mejor es solucionar el asunto de Sharik Louw y que Alkonost sea juzgado por sus crímenes en cuanto se decida quién de nosotros asumirá el mando.

Él ni siquiera parece amedrentarse. ¿De verdad está tan confiado en su victoria?

―Lo haremos por mayoría simple― dice Essus retomando el control de la reunión— Con cinco votos se da por aprobada la decisión. Nadie puede abstenerse. Quienes estén a favor de que Alkonost Kei sea juzgado en un futuro por el líder elegido de Renovatio que levanten la mano.

Siete manos ondean en el aire: Makemba, Veronique, Radhika, Rhiannon, Essus, Valkyr y yo. No resulta una sorpresa que Alkonost y Suyay mantengan sus manos sobre la mesa.

―Quienes estén en contra…― dice entonces Essus y las dos manos restantes se levantan―. Eso lo resuelve por ahora―murmura con una sonrisa que no se molesta en disimular―. Quien sea elegido como gobernante se encargará de lidiar con esta situación.

―¿Qué vamos a hacer con Sharik Louw? ―replica Alkonost en lugar de referirse al tema.

―Resulta evidente que no podemos reinsertarlo en la Calle de los Campeones― señala Radhika lanzándome una mirada de disculpa―. Es peligroso para los demás y nadie puede darse el lujo de tener que elegir a un nuevo campeón.

―En ese caso, propongo que sea Joao quien elija a un nuevo campeón― dice Suyay con un ligero ronroneo.

―No me parece justo tampoco― señala Veronique―. Cada quien es libre de usar sus métodos de selección, la reclusión por el momento debería ser suficiente para contenerlo.

―¡No podemos mantenerlo encerrado durante una semana! ―dice Valkyr―. Es inhumano. Además, la privación del sol y la incapacidad de moverse con mayor libertad podría volverlo más violento.

―Entonces propongo que adelantemos los Juegos ―dice Alkonost.

Todos nos quedamos de piedra.

―¿Adelantarlos? Aún tenían otra semana. Se suponía que se conocerían mejor, que podrían aprender lo que no se les enseñó durante su año de preparación: supervivencia, primeros auxilios, ¡alimentación! ―Valkyr parece a punto de subirse a la mesa y abofetear a Alkonost.

―¿Para qué prolongar lo inevitable? ―pregunta Suyay―. ¿Cuál es el punto de que pasen una semana más aquí si el objetivo es que se maten unos a otros tan rápido como sea posible una vez que entren en la Arena?

La pelirroja abre y cierra la boca, demasiado impactada como para poder responderle.

―Estamos hablando de vidas humanas― dice Essus―. No podemos tomarnos esto tan a la ligera.

―Las alianzas aún no han terminado de asentarse― señala Rhiannon―. Enviarlos así podría hacer que se traicionaran unos a otros a la primera oportunidad.

―Entonces traigamos a alguien que les muestre el camino ―digo yo.

Los demás me miran sorprendidos.

―A todos ellos se les asignó también un responsable ¿no? Una vez que estén en la Arena necesitarán de una persona que vele únicamente por sus intereses, pues a fin de cuentas cada uno de nosotros tendrá dos personas a su cargo. Traigamos a esas personas y que ellos se encarguen de mostrarles el camino correcto.

―¿Van a convertirse en alguna clase de mentor? ―pregunta Radhika con curiosidad.

―Hay demasiadas personas interesadas en que cada uno de ellos muera. Necesitan de alguien que les explique la importancia de que vivan.

―¿Y lo de adelantar los Juegos? —pregunta Rhiannon con ansiedad.

Pienso en Sharik, golpeándose la cabeza con los barrotes mientras llama a su madre y a abuela, mezclando sus nombres con plegarias.

―Creo que podría ser lo mejor.


Día 4


Carlens Newman Cliffort, Isla Zafiro


—Han llegado más personas a la isla— anuncio cuando Nayara sale de su ducha, frotándose el cabello húmedo con una toalla.

—¿Más? —dice con desconfianza—. ¿Por qué lo dices?

—Un nuevo aerotranvía ha sobrevolado la isla hace unos minutos.

Ella se muerde el labio y se asoma por la ventana. La calle está desierta. Las puertas de todas nuestras casas están cerradas y hay centinelas apostados en cada entrada. Somos prisioneros… y mi estado de ánimo pasa de la tristeza al miedo y de ahí al enfado. Resulta desesperante.

Nayara toma una manzana y le da un mordisco.

—¿Quién crees que sea?

Me encojo de hombros.

—No tengo ni idea. Pero supongo que se encuentra relacionado con lo que pasó anoche.

—¿Crees que se lo lleven o que lo condenen?

—¿Quién sabe? Las leyes en este lugar deben ser, como mínimo, algo difusas. ¿En cada casa se aplican las leyes de la isla de procedencia o las de Aguamarina por ser esta tierra suya? ¿Los Juegos tienen alguna normativa para aplicar en estos casos? Supongo que por eso nos han encerrado, están decidiendo que hacer mientras tanto.

—No creo que sea justo— dice ella haciendo un mohín que me hace pensar en mi hermana.

—Tal vez la llegada de estas personas lo cambie todo.

—Tal vez el transporte ha venido para llevárselo a él— aventura Nayara.

—Tal vez— acepto yo, aunque lo cierto es que lo dudo. Si nuestro objetivo es entrar a la Arena a matarnos unos a otros, el marfil ha probado ser más que capaz de cumplir con la tarea.

—¿Te lo estás replanteando? —pregunta Nayara con curiosidad.

—¿El qué?

—Todo esto— me dice haciendo un gesto que abarca toda la habitación—: los Juegos, el entrenamiento, la matanza…

—No.

—¿En serio?

—Hago lo que tengo que hacer.

—Lo cual aún no te has molestado en explicar.

Le sonrío.

—No somos aliados, ¿recuerdas? No tengo que explicarte mis motivos.

Nayara arruga la nariz.

—Por cosas como esa— dice con el ceño ligeramente fruncido mientras echa hacia atrás su cabello húmedo—, es que no puedo confiar en ti. ¿Cómo hacerlo cuando eres tan críptico?

—¿Y si te cuento un secreto? —le digo yo.

Ella entrecierra sus ojos castaños, mirándome con desconfianza.

—Olvídalo— agrego al ver que no va a ceder.

—Carlens…— dice ella sacudiendo la cabeza— ¿Por qué decidiste inscribirte en los Juegos?

—¿Cuál es el punto de contártelo? No es como si fueras a dejarme ganar por eso ¿no? ¿Cuál fue tu motivo para presentarte voluntaria?

Ella entrecierra los ojos.

—Quería ser alguien a quien mis padres pudieran respetar— responde con sencillez—. Una igual.

La risa burbujea en mi pecho y ni siquiera me molesto en contenerla. Me río, tanto que mi estómago termina doliéndome. Me doblo por la mitad, sosteniéndome la barriga ,y dejo que cualquier remanente de ansiedad salga mediante la risa.

—¿De qué te estás riendo? —espeta ella, obviamente molesta.

—¿Ese es? ¿Ese es el gran motivo? ¿Acaso eres estúpida?

Ella parece dolida, solo por un instante, antes de cubrir su expresión con una máscara de indiferencia.

—¿Tienes acaso idea de lo que está en juego aquí, Nayara?

—No soy tonta— dice ella con el ceño fruncido—. Y me parece de muy mal gusto que te burles de mis motivos. A ver ¿cuáles son los tuyos?

Me enderezo.

—Tenía diecisiete años— le digo— cuando el alud se llevó a mis padres y a mis abuelos. Sepultados, todos ellos. Me salvé por los pelos, estaba en el sótano, buscando piezas para un monodeslizador que estaba reparando. La casa quedó inundada de lodo, pero la estructura del sótano aguantó. ¿Sabes cuánto tiempo estuve ahí abajo, sin saber lo que había pasado con mi familia, hasta que me encontraron?

Ella empalidece.

—Treinta y ocho horas— respondo a mi propia pregunta—. Mamá solía tener sifones con agua ahí abajo. También guardaba las latas ahí. Así que la comida y el agua no fueron un problema—me detengo para tomar aire—. Pero ¿tienes idea de lo difícil que fue estar ahí abajo y no saber qué había pasado con mi familia?

—Eso no explica tu rudeza, Carlens. Hasta ahora no has dicho nada que haga que me sienta avergonzada de mis motivos.

—Dices que quieres ser reconocida por tus padres. Yo te digo que si después de todos estos años, no vales nada para ellos, no deberías ni molestarte. ¿Quieres saber por qué me inscribí en los Juegos? —ni siquiera le doy tiempo de asentir o de negar—. Porque me dijeron que si ganaba esto, tendría el poder suficiente para poder encontrar a mi hermana.

—¿A tu… hermana…?

—Mis abuelos, mis padres… todos estaban en la casa. Pero no Aisha. El cuerpo de mi hermana nunca apareció. Aisha está viva, en alguna parte. Y yo voy a encontrarla.

—Carlens…

—Algunos tenemos motivos realmente importantes para esto, Nayara. Mucho que ganar y poco que perder… Esta noche, mientras piensas en lo increíble que será que tu papi y tu mami piensen en lo impresionante que eres por haber sido seleccionada para ir a los Juegos del Hambre, deberías pensarlo. Piensa en cómo tiraste una buena vida a la basura, solo por tu necesidad de sentirte especial.


Mikhail Petrov, isla Rubí


―No sé qué esperas lograr de esta reunión― dice Lenna en un susurro, a pesar de que ha pasado al menos media hora revisando la habitación en que nos hemos encerrado, buscando cámaras o micrófonos.

―Creo que podemos lograr una alianza extraoficial―le suelto sin tapujos y ella alza la mirada, enarcando una esculpida ceja.

―¿En serio? Y ya que estamos en eso ¿no quieres que pasemos el día tejiéndonos pulseras de la amistad también?

―¿Siempre tienes que ser tan cínica?

―Es mi estado natural― dice con un bufido.

―Alkonost tiene a tu hijo.

―Ya lo habías dicho ayer.

―Y sé que lo odias también.

―¿Qué me ha delatado? ¿La amenaza que le hice de que podía matarlo si se atrevía a pedirme que lo acompañara a su cama o…?

―Yo lo odio también.

―Y él te odia a ti―dice con un encogimiento de hombros―. Eso resulta evidente.

―¿Sabes por qué?

―Alkonost odia a todo el mundo, no he tenido tiempo para fijarme en su álbum y buscar tu cara, la lista es tan larga que a veces me pregunto si conoce alguna otra clase de sentimiento.

―Creo que podríamos ayudarnos el uno al otro― continúo diciendo.

―No puedo―replica ella de inmediato―. Matará a Anton si se entera.

―No necesito que me ayudes a pelear en la Arena―digo rodando los ojos―. Me basta con una promesa.

―Las promesas son muy peligrosas.

―Entonces empezaré con una propia: te ayudaré en todo lo que pueda. Si llegamos a cruzarnos, prometo no matarte y si está en mi mano, te protegeré…

―Una cortesía que yo no puedo devolverte…

―A cambio de una cosa.

―¿Cuál?

―Si llegas a ganar, no elijas a Alkonost como líder.

Ella parpadea lentamente, como si le tomara trabajo entenderme, pero antes de que abra la boca, una campanilla resuena por toda la casa.

―Alkonost― mi voz tiñe la palabra de rabia.

―Él no tocaría― dice adelantándose y abriendo la puerta de la habitación en la que estamos encerrados. La sigo a través de la casa y vemos un par de sombras al otro lado del cristal que rodea el marco de la puerta.

Ella me dedica una mirada extraña antes de inclinarse para abrir, revelando a nuestros visitantes.

Son dos personas. Un desconocido y una mujer a la que reconozco sin problema, pero que definitivamente no esperaba ver aquí. Con sus rizos rojos y sus ojos azules, es como si un sueño cobrara vida en este lugar:

―¿Milla?

Mi hermana me rodea con sus esbeltos brazos y me aprieta con fuerza. No soy muy dado a las muestras de afecto y lo cierto es que Milla tampoco, pero supongo que ambos nos habíamos hecho a la idea de que nos volveríamos a ver cuándo yo regresara con la victoria y no antes.

―¡Khil! —dice ella utilizando ese apodo que es solo de ella—. Tienes buen aspecto. Para estas alturas pensé que ya Alkonost habría intentado asesinarte con sus propias manos.

La segunda persona se acerca y desde el hueco entre los brazos de mi hermana veo los ojos de Lenna brillar en reconocimiento cuando el hombre, alto, rubio y con penetrantes ojos azules, entra en la casa.

―¿Vlad?

Él le sonríe.

―Hola, Lenna.

Ella no corre a abrazarlo. Tampoco se echa a llorar ni parece a punto de desmayarse. Aprieta los labios y le dice:

―¿Qué estás haciendo aquí?

Él permanece en silencio.

―Hablemos en tu habitación― es todo lo que dice después de mirarme con desconfianza. Ella asiente. Volteo a verla, con la esperanza de que sus ojos me digan que nuestra conversación se reanudará después, pero ella camina muy derecha a su habitación, seguida por el recién llegado, y cierra la puerta de su habitación sin mirar atrás.

―Sea lo que sea eso, no me gusta― dice mi hermana cuando nos quedamos solos.

Ruedo los ojos y me dejo caer sobre el sillón. Ella se sienta a mi lado, siempre manteniéndose cerca.

―No es nada― le digo a Milla.

―¿Sabes quién es?

―Uno de los Nacidos― le digo.

―No fue precisamente solo "uno" de ellos― dice Milla con frialdad―. Fue la cabecilla. Si a alguien hay que culpar por la caída de nuestra familia, es a ella.

Mi mandíbula se tensa.

―Alkonost la tiene firmemente sujeta por la garganta― le digo sin pensar.

―Explícate― ordena mi hermana.

―Él tiene a su hijo. Al hijo de ambos.

Ella se encoje de hombros.

―Nadie la obligó a abrirse de piernas para él.

―Tal vez, pero Alkonost intentó matarla en cuanto se enteró. El niño es un bastardo y ahora el usurpador está usándolo para obligarla a ella a participar.

El rostro de mi hermana se suaviza un poco.

―No vayas por ese camino, Khil― dice mientras pasa una mano por mi mejilla.

Parpadeo, sorprendido.

―¿A qué te refieres?

―No te permitas tenerle lástima a ella o al niño. Más aún, no te compares con el niño.

―¿Por qué no debería? Es un bastardo, igual que yo. Una mancha en la reputación de un respetado político o ¿debería decir un no tan respectado dictador? ¿En dónde ves la diferencia?

Milla echa la cabeza hacia atrás:

―Para empezar, él no es un Skola.

―Tampoco yo lo soy ¿recuerdas? ―¿por qué hago esto? ¿Por qué siento la necesidad de defender a Lenna?

―Mik― dice mi hermana con cansancio― ¿Acaso olvidaste nuestros planes?

Empalidezco.

―No. Pero…

―No puedes permitirte olvidar que, si esa mujer llega a reunirse con su hijo, será solo porque tu estarás muerto. Y si tú mueres y ella gana, nuestra familia estará acabada.

Siento como un engranaje gira en el interior de mi cabeza, devolviendo las ideas a su sitio.

—No lo olvidaré. Ganaré. Y la mataré a ella de ser necesario— le prometo.


Aaliya Kegne, isla Marfil


Observo a la mujer, alta y regordeta que me observa tras unas gafas de color púrpura con una gruesa montura negra.

—Tú debes ser Aaliya.

Parpadeo.

—Lo soy— acepto yo—. ¿Puedo ayudarla en algo?

Ella me dedica una cálida sonrisa y se acomoda sus pantalones de lino, encima trae una camiseta que le viene al menos dos tallas demasiado grande y unas desgastadas zapatillas de color marfil.

—Mi nombre es Cyrah Bachir. El señor Joao me ha elegido para que sea tu mentora.

—Mi… ¿mentora?

—Me temo que te olvidaste de rellenar esa parte en tu formulario— explica ella mientras acomoda unas pulseras de aspecto pesado en una de sus muñecas.

Enrojezco un poco. El día en que me inscribí para los Juegos, a escondidas, no tenía a nadie a quien colocar en esa casilla. Imaginé que era el tipo de persona a quien llamarían en caso de que el entrenamiento saliera mal y terminaras con un kunai incrustado por ahí. Y yo no tenía a nadie a quien confiarle un secreto como ese.

Había prometido rellenar el espacio en cuanto consultara a la persona que iba a colocar como contacto, pero lo cierto es que lo fui dejando de lado hasta que la mujer que se encargaba del papeleo se olvidó del asunto. Ahora, cuando veo a esta desconocida frente a mí, me doy cuenta de que no lo olvidaron, pero sí lo dejaron pasar. Una parte de mí se pregunta cuánto tiempo tiene el señor Joao siguiendo mis pasos. Cuántos de mis secretos son realmente secretos.

—No sabía que necesitaría una mentora— digo con una sonrisa—. ¿Quiere beber algo?

Ella me estudia, empujando sus lentes con el dedo índice y luego chasqueando suavemente la lengua.

—No llevas un crucifijo.

Mi mano se dirige a mi garganta, y sujeto el collar de cuero con el tallado del león de madera colgando sobre el hueco de mi garganta. Pertenecía a mi madre. Mi madre a la que el Dios de mi padre y de Joao no pudo salvar. La madre que perdí porque su enfermedad era la voluntad de Dios— me estremezco de rabia.

Solo pensar en eso hace que sienta como algo amargo sube por mi garganta.

—No. Nunca me han gustado.

Ella tira del cuello redondo de su camiseta, mostrándome su cuello:

—A mi tampoco. Nunca he entendido el motivo por el cual nos parece una buena idea adorar a un instrumento de tortura, dolor y muerte.

La observo sorprendida.

—Si no cree en Jesús ¿en quién entonces?

Ella se pone una mano en la barbilla.

—Es una pregunta compleja. ¿Te gustaría discutirlo con algo de beber?

Enrojezco.

—Esto… no conozco la cocina. Rasul se ha estado encargando de…

—Bueno, somos dos mujeres fuertes ¿no? Creo que somos más que capaces de encontrar algo para beber. Por cierto, ¡tremenda casa te han dado! Con razón tantos niños se apuntaron para esto.

Hablar con ella resulta muy sencillo.

Mientras trasteamos en la cocina, encontrando vasos, platos y comida, me cuenta que tiene 32 años y que está soltera, lo cual en un lugar como Marfil es toda una proeza. A la mayoría nos casan antes de los quince, aunque la mayor parte de los arreglos surgen durante nuestra infancia.

La pregunta pica en mi lengua, pero ella la responde antes de que pueda formularla:

—¿Quieres saber si estaba comprometida? —dice mientras parte una pesada barra de pan en rebanadas.

—Yo…

Ella me sonríe.

—La curiosidad no es un pecado, siempre y cuando aprendas a distinguir los momentos en que es bien recibida y aquellos en los que es mejor guardar silencio.

No es un regaño, pero mis mejillas se calientan.

—Pero en este caso está bien preguntar— dice con amabilidad—. Mis padres me comprometieron cuando tenía seis años, pero por desgracia o por fortuna, mi prometido murió cuando yo cumplí catorce.

—¿Fortuna o desgracia?

Sus robustas mejillas se tensan cuando sonríe.

—Yo tenía seis— dice ella—, pero en ese entonces él ya tenía treinta y cuatro.

Me estremezco.

—Me dijeron que estás casada—dice ella.

Mi cabeza se baja automáticamente.

—Sí.

—¿Cuántos años había de diferencia?

—Diez.

—¿Y cómo se portaba contigo? ¿Te hacía daño?

Mi cabeza se levanta automáticamente.

—¿Qué? ¡No!

Ella me sonríe.

—No es tan raro— explica.

—No era así— le digo—. Él era… es…— me corrijo— una buena persona. Era bueno conmigo.

—¿Fue por él que te inscribiste en los Juegos?

Asiento.

—Sí, pero no porque fuera malo. Era como si… como si…

—Vamos, ¡usa tus palabras!

Le doy una sonrisa y de repente, vuelvo a sentirme como yo misma, como si la llama que se había ido apagando desde el día en que el señor Joao me escogió, volviera a encenderse:

—Es como si por primera vez tuviera la oportunidad de demostrar que una persona puede ser dueña de su propio destino, sin que otros le digan cómo tiene que vivir su vida. Quiero ser esa persona.

Ella me enseña una dentadura con algunos dientes ligeramente torcidos cuando sonríe ampliamente.

—Entonces pongámonos en ello.


Maddox Erwyn, Isla Aguamarina


Tengo los ojos cerrados y estoy sentado sobre el tejado, escuchando el sonido lejano del océano. A veces, me gusta simplemente detenerme y sentir el mundo. Las vibraciones, los olores, la música del viento pasando entre las hojas de los árboles… Nunca resulta igual. Los rayos del sol caen sobre mi rostro, haciendo que el interior de mis párpados se torne rojizo.

El mar se ve a la distancia, aunque no está lo suficientemente cerca como para poder ver las olas rompiendo contra el acantilado. Tampoco he podido ver la playa.

Uno de los guardias entró en pánico cuando me vio subido en el tejado, supongo que estaba seguro de que intentaría escapar. O tal vez pensó que haría algo como lo que hizo el marfil y le prendería fuego a la casa con Éire adentro.

Me pregunto si Éire creerá que es posible que la casa arda y ella salga sin un rasguño por la protección de su adorado Cernnunos.

Abro los ojos cuando siento otra presencia en mi tejado.

—Nunca puedo tomarte por sorpresa —dice haciendo una mueca—. ¿Sabes? Es curioso, no me extraña nada encontrarte aquí.

La observo, sonriendo lentamente.

—Sloane— digo simplemente.

—¿Sloane? —dice ella convirtiendo su nombre en una pregunta— ¿Eso es todo lo que vas a decir? Nada de ¿qué haces aquí? o…

—Si es tan importante para ti, entonces déjame reformular— digo aclarándome la garganta— "Sloane, ¿qué estás haciendo aquí?"

Ella rueda los ojos y escala ágilmente el techo a dos aguas hasta que se coloca junto a mí. Ambos entrenamos juntos cuando anunciaron los Juegos e hicimos el pacto de que, ganara quien ganara, nos sentiríamos felices. En el fondo, creo que siempre pensó que sería ella quien ganaría.

—¿Cómo me encontraste?

—Tu compañera— dice ella y vuelve a poner los ojos en blanco—. La tienes de los nervios, por si no lo sabías. Creo que usó la palabra "pajarraco" y deseó que si te caías al menos te quebraras el cuello y tuvieras una muerte rápida.

—¡Qué considerada!

Ella se ríe.

— Es… todo un personaje.

—¿Éire? ¿Esa es la forma educada de decir que está como una cabra?

Mi hermana de crianza se encoge de hombros.

—Me dijeron que habían tenido que formar alianzas. No quería ofenderte si habías decidido hacerlo con la loca.

Me río.

—No. En cuanto lo anunciaron ella me dijo que no estaba interesada en mí.

—¿Qué?

Me encojo de hombros.

—Es lo mejor.

—¿Porque está loca? —aventura ella.

—Porque cree que es un dios— le digo y Sloane me mira a los ojos.

—Bueno, no es la única.

—¿Disculpa?

—Su mentor está con ella, abajo. Él también está convencido de que la chica es alguna clase de deidad.

Frunzo el ceño y ella lo toma como una invitación a profundizar en el tema:

—Se llama Seith Breogan. Es uno de los guerreros de Aguamarina—explica ella—. No ha dejado de hablar sobre ella en el viaje hasta acá. La versión resumida es que está convencido de que él ha matado a tantas personas que su alma no tiene salvación, pero hace unos meses se enteró de que, en uno de los centros de entrenamiento, se formaba una chica que decía que era descendiente de un dios. Él cree que, si ayuda a regresarla con la victoria, ganará el favor de los dioses y conseguirá la salvación.

—Éire…—digo con un suspiro—. Sí, posiblemente ella termine de convencerlo de que ese es un camino posible. Y él reforzará las ideas que tiene sobre sí misma. No estoy seguro de que sea algo bueno.

—¿Por…?

—Porque creo que, en el proceso, ella se ha convencido de que no puede morir.

—Una forma peligrosa de jugar— coincide ella.

—Y si el imbécil de su mentor la apoya en su idea, lo más probable es que ella vuelva a creérselo por completo.

—¿Te preocupa? —me pregunta ella con curiosidad.

—A fin de cuentas, estamos solos.

—Esa no es una respuesta.

—No me preocupa más que Raif o Kheira— le digo—. Mis aliados— aclaro al ver que ella no me ha entendido—. Todos estamos aquí por algún motivo. Unos más y otros menos egoístas. Todos hemos entrenado y se supone que somos los mejores. Aunque, si me lo preguntas, algunos métodos de selección me parecen más que cuestionables. Pero supongo que todo el mundo piensa que, si está aquí, es el mejor y va a ganar. No le encuentro sentido a preocuparme por nadie que no sea yo mismo.

—Entonces ¿cuál es el punto de estar en una alianza?

—En primer lugar, era un requisito. Y en segundo lugar… si no gano, creo que estar con ellos podría hacer que por lo menos lo que me queda de vida resulte divertido.

Ella despega los labios y clava sus brillantes ojos verdes en mí:

—Entonces ¿eso es todo? ¿Te rindes?

Me río.

—En lo absoluto. Creo que llegaré muy, muy lejos. Pero ellos, los otros diecinueve, no harán que sea nada fácil.

—¿Y qué harás?

—De momento, creo que voy a tomarme una siesta— le digo mientras me recuesto en el tejado—, despiértame cuando sea hora de almorzar.

—Eres imposible— la escucho susurrar antes de quedarme dormido.


Khalil Belaali, isla Cuarzo


—¡Tienes que estar bromeando! — chilla Coral desde la puerta.

—Ya quisiera— replica una voz masculina, cansada.

—Sentado, Fido.

—Madura, Coral.

—Da la pata, Firulais.

—No pienso seguirte el juego, Coral.

—¿Podemos pasar? —la cadencia de una tercera voz hace que esté sobre mis pies, atravesando rápidamente el salón.

—¿Madre?

La mirada de Coral pasa de ella a mí.

—¿Qué? ¿Ella es tu mamá?

Madre se echa a reír.

Madre, Eileen, es una mujer inteligente. En época de guerra fue una brillante estratega, utilizaba sus encantos femeninos para obtener información. Se retiró por motivos personales, aunque nunca me ha dicho cuáles y yo tampoco he preguntado.

Se convirtió en "Madre" después de que renací. Rescató mi humanidad en varias ocasiones. Me ayudó a conectarme con la gente, reintegrarme a la sociedad. Lo único que no pudo detener fueron mis instintos. Yo quería sentir la adrenalina, tener un reto, cazar…

Mis presas cambiaron, ya no eran los animales de la selva con los que me alimentaba cuando mi objetivo era sobrevivir, dejar de ser un Hijo Terrible para convertirme en un Salvaje. Ahora eran las mujeres. Lo único que ayudaba a mantener a raya la necesidad de muerte y destrucción que dejaron los Hijos Terribles, era el sucumbir a los placeres del sexo.

Mi libido es una de las pocas cosas que Madre no ha podido domar, pero aun así, Eileen tiene la fe ciega de que podré cambiar algún día, sólo necesito el incentivo correcto. Agradezco su gesto de convertirse en mi acompañante en los Juegos como mi mentora, dado que sé que no está de acuerdo con mis motivos para convertirme en Campeón.

Supongo que por eso está aquí y asumo que el sujeto con el uniforme policial cumplirá el mismo rol a partir de ahora para Coral.

—Khalil— dice Madre mientras se adelanta y me rodea con sus brazos. Sus pechos cálidos sobresalen a través del pronunciado escote de su vestido y a pesar de que no es mi costumbre, permito que sus labios, pintados de rojo, se posen sobre mi mejilla, dejando una marca con forma de beso—. ¿Tan difícil es ponerte una camisa?

Bajo la mirada a mi torso desnudo.

Coral vuelve a preguntar si Madre es mi mamá, pero ninguno de los dos responde. El policía se adelanta y la toma del brazo:

—No es asunto tuyo. Ahora vamos, tenemos que planear una estrategia.

La escucho quejarse, pero Coral nunca me ha importado en lo más mínimo y aunque lo hiciera, en este momento solo tengo ojos para Madre.

El policía se la lleva rumbo a la cocina, donde escucho a Tanisha preguntando, solícita, si quieren algo de beber.

Madre me sujeta el rostro.

—Estás distinto.

—No sé de qué hablas.

—Te acostaste con ella ¿no?

Madre nunca se anda por las ramas.

—¿Con Coral? No, no es mi tipo. Es demasiado sencillo.

—No me refiero a ella— dice rodando los ojos.

—Entonces no sé de qué hablas.

Ella suelta una risa ronca.

—Con Suyay— aclara—. La convenciste de acostarse contigo para conseguir el ¿qué?

Le sonrío.

—¿Importa?

—¿La posibilidad de que entres a la Arena con una enfermedad venérea? — pregunta burlona—. Supongo que no.

—Muy simpática.

—Y ahora, como es usual en ti, has perdido el interés.

La observo con gravedad:

—Me conoces bien.

—Y ella no te conoce en lo absoluto. Pensé que había llegado a donde estaba por ser inteligente. La verdad estoy algo decepcionada.

—No todos pueden tener tu agudeza.

Ella hace una mueca.

—¿Desea tomar té, café o un refresco? —cuando Tanisha aparece, el gesto de madre se dulcifica y luego se oscurece. Al responder, su voz está ronca:

—Agua está bien.

Tanisha le sonríe:

—Mucho gusto— dice estirando una mano pequeña y huesuda—. Me llamo Tanisha— dice inclinando la cabeza, haciendo que las cuentas con que adorna sus apretadas trenzas tintineen un poco.

Madre no parece saber qué hacer con la pequeña mano, finalmente, la toma entre sus dedos y la agita.

—Soy Eileen— dice simplemente.

Ante el silencio, Tanisha decide ir, finalmente, a buscar el agua, olvidándose de preguntarme a mí si yo quiero algo también, pero no me importa.

—Nunca te había visto con un niño antes.

Madre levanta la cabeza. Parece pensárselo mucho antes de hablar:

—De hecho, quería contarte algo.

Su jovialidad ha desaparecido.

—"Khalil"— dice ella y por su entonación sé que no me está llamando en lo absoluto— significa "amigo" en un lenguaje extinto— empieza diciendo—. Hace una vida entera, lo elegí entre miles de nombres para mi hijo.

Me paralizo.

—Lo conociste— continúa ella—. Tú lo llamabas número 13.

No consigo encontrar palabras para responderle. Es inaudito. Imposible.

—Te había contado, una vez hace mucho tiempo, que había dejado el ejército. Pero nunca te conté el por qué— ella se lleva una mano al vientre y clava la mirada en la mesita frente a los sillones —. Decidí que era hora de dejarlo cuando se llevaron a mi hijo— dice con tristeza—. Verás, el gobierno tenía un nuevo proyecto para crear "Salvajes". Me lo arrebataron— continúa diciendo—. A mi pequeño… mi niño…

No, no, no.

—Me tomó algunos meses, pero finalmente lo encontré. Lo seguí de cerca, lo vi hacerse más fuerte. Lo vi hacer amigos… bueno… un amigo— dice ella—. Por desgracia— continúa— murió antes de conseguir su libertad.

Número 13. Yo maté a número 13. A mi amigo.

—Y yo juré vengarme ¿sabes? Pero entonces, el día que había planeado matar a la persona que me arrebató a mi pequeño, al menos quien lo hizo de manera definitiva, no pude hacerlo. ¿Cómo hacer más daño a alguien que ya se encontraba destrozado por dentro? ¿Cómo castigar aún más a alguien con tanto arrepentimiento? Entonces me acerqué a él. A ti— agrega como si no estuviera lo suficientemente claro—. Y te cuidé, casi como si fueras mi hijo. Y digo casi porque, en el fondo, tenía miedo de perderte.

Los ojos de madre se llenan de lágrimas y, por primera vez en tanto tiempo de conocernos, la veo llorar amargamente.

—No quiero perder a otro hijo.


Kheira Jovelik, Isla Ónice


—¿Te he hecho algo malo últimamente? —pregunta ella y yo la ignoro y tiro de otro mechón—. En serio Khei… siento que estás sacando un par de años de resentimiento en forma de tirones de cabello.

—Tú fuiste la que pidió que te trenzara el cabello.

—No sabía que era una nueva forma de tortura— se defiende ella—. De haberlo sabido, jamás te lo habría pedido. Y creo que voy a quedar con una expresión de eternamente sorprendida como sigas tirando tanto.

—Quedarás bien— le prometo—. En todo caso me agrada tener las manos ocupadas. Estoy enloqueciendo aquí encerrada.

—¿Demasiados recuerdos?

—Me sorprende que alguna vez fuera capaz de soportar estar semanas enteras sin salir, Maitane. No entiendo cómo no me volví loca en todo ese tiempo.

—Puedo entenderlo— responde ella mientras hace una mueca cuando tiro de otro mechón—. Y tengo una explicación: no conocías nada mejor. Yo tampoco podría regresar a esa otra vida— otra mueca—. ¿Es demasiado tarde para detenernos? — se queja y yo me río al ver que ya tiene la mitad del cráneo cubierto de apretadas trenzas.

—Sí, demasiado tarde. No seas bebé. Duele menos que un tatuaje.

—Eso es discutible— dije limpiándose lágrimas imaginarias de los ojos—. Estoy segura de que nunca te has hecho de estas— dice pasándose los dedos por encima de las trenzas que ya he asegurado con pequeñas gomas de colores.

—No tengo suficiente cabello— digo tomando uno de mis cortos mechones y estirándolo hacia arriba, dos o tres centímetros como máximo.

—Entonces no tienes margen para comparar— dice ella triunfante—. Y yo, la gran Maitane, declaro que esto es mucho más doloroso.

Resulta muy agradable el estar aquí así, con ella. Maitane era una de las amigas de Sagir cuando nos casamos y me recibió con los brazos abiertos desde el principio. Para ella el hecho de que yo fuera una "convertida" con todo el tema de la libertad de las mujeres, no era la gran cosa.

—¿Cómo te ha ido con todo el tema de los chicos?

Levanto una ceja y me inclino hacia adelante para verle el rostro:

—¿Quién lo pregunta?

—¿Tú quién crees?

Ruedo los ojos:

—Si llegas a hablar con él pronto, dile que creo que es un idiota.

Ella me sonríe:

—¿Llegó a decirte algo? Antes de que te escogieran, quiero decir.

Me sonrojo y ella me ve en el espejo. Maitane sonríe, como un gato a punto de atrapar a un ratón.

—Suéltalo ¿qué te ha dicho? —tiro de un mechón con más fuerza de la necesaria y ella se queja.

—Nada. ¿Qué no se supone que como mi mentora deberías aconsejarme o algo? —digo como si nada.

—Esta soy yo aconsejándote: resuelve tus asuntos antes de que te persigan a la Arena. Ahora ¿qué pasa con los chicos? ¿Qué tal tu compañero de isla?

—Raif está bien. Es una buena persona. Algo confundido, quizá, pero buena persona.

—Eso suena interesante. Profundiza más en esa idea ¿qué quiere decir "confundido"?

Agito la cabeza.

—No es mi secreto para contar.

Ella frunce los labios, pero no insiste:

—Su mentor es una persona curiosa— dice llevándose la mano a la barbilla—. Fuma tanto como tú —agrega haciendo una mueca y yo sonríe. Maitane le apuesta más a la hierba que al tabaco—. Y me ha preguntado si creo que todas las personas guardan un gran secreto.

Eso llama mi atención:

—¿Un gran secreto?

—Del tipo que te puede volver loco si lo guardas por mucho tiempo— continúa diciendo—. Del tipo "estoy escondiendo una parte muy importante de mí al mundo y eso podría destrozarme".

Mi corazón empieza a latir rápidamente. Y de repente me siento extrañamente protectora con Raif. No estoy segura de cómo será su mentor o qué tipo de relación tendrán. Si llegara a enterarse de lo que esconde Raif ¿Cómo se lo tomaría? Más aún ¿cómo le sentaría a Raif su reacción?

—Así que… ¿lo tienes?

—¿Qué cosa?

—Un secreto— dice confidente, con una sonrisa bailando en sus labios.

Reanudo el proceso de trenzarle el cabello. Cuando me fui a vivir con Sagir, una vez casados, quería aprender algo que me ayudara a ganarme la vida sin depender de él. Empezó a enseñarme cómo hacer tatuajes, pero mi capacidad artística no se equiparaba a la suya. Aprendí a hacer trenzas inspiradas en la cultura de Marfil y de Ámbar y también a hacer rastas. Era divertido. El peinado podía esconderse bajo el velo y las mujeres podían sentirse rebeldes y conservadoras a la vez.

—¿Qué es lo que me estás preguntando realmente? —digo cuando el silencio ya se ha extendido demasiado.

Ella sonríe.

—Cuando regreses a casa ¿qué vas a hacer con Sagir?

—¿Qué voy a hacer en cuanto a qué?

—Cuando regreses— dice ella— ¿las cosas seguirán igual o cambiarán?

La observo con cara de póker.

—¿Y bien? —insiste ella.

—¿Y bien qué?

—¿No vas a responderme?

—No tengo una respuesta. No tengo ni idea, Mai. Ni siquiera sabía que Sagir se sentía así antes de la selección.

—Pero ¿y tú? ¿Cómo te sientes tú?

Termino la última trenza y la aseguro. Luego me pongo las manos sobre el estómago, como sosteniéndome.

—¿Sinceramente? Siento que podría perder a mi mejor amigo. Y no estoy segura de si valdrá la pena.


Hugo Neisser, isla Esmeralda


No sé si será lo normal en las casas de las otras islas, pero Amara y yo estamos sentados en un sofá de dos plazas con Eldrige y Frieda en sillones individuales al frente.

Eldridge, mi mentor, era el médico de nuestro pueblo. Nunca he conocido a nadie que sepa más sobre plantas y cómo utilizarlas. Empezó a enseñarme a mí, pero en medio de mi aprendizaje, anunciaron los Juegos y mi tiempo fuera de mis tareas para con mi familia se centró en entrenarme en la Academia. Supongo que discutimos mucho porque nuestras personalidades se parecen. Podría decirse que es una de las personas a las que más respeto.

Frieda me intimida un poco. Tiene 22 años, lo que la hace apenas un poco mayor que yo. Pero con su cabello rojo cayendo en línea recta hasta su cintura y sus labios pintados de café oscuro, no estoy muy seguro de qué pensar sobre ella.

Amara empieza a mover los pies rápidamente. Estiro la mano y la coloco sobre una de sus rodillas, ella me mira sorprendida. Enrojezco de inmediato. Es un gesto demasiado íntimo, demasiado cercano para dos personas que hace una semana ni siquiera se conocían. Supongo que también influye el hecho de que su nuevo corte de cabello la hace ver… diferente. Aunque admito que me gusta más su cara sin todo el maquillaje que le pusieron para la fallida presentación.

Levanto la mirada y veo como Frieda me observa divertida. Siento como mi cara se calienta más.

—Bueno, ¿vas a decirnos porque viniste o te vas a quedar ahí sentada mirándonos? —las palabras salen, como no podía ser de otra forma, de la boca de Amara.

—Mar…— suspira Frieda—. Tú fuiste la que nos puso en esta posición tan incómoda en un principio.

—¿Yoooo? —ella alarga la vocal y pone cara de sorpresa—. Pero si tú fuiste la que entró en plan mandón a separarnos.

—Porque tengo que prepararte… Soy tu mentora.

—Sí, pero no eres mi madre— dice ella poniendo los ojos en blanco—. Además, si nos marchábamos nos habríamos perdido de lo que le dijera Eldridge a Hugo. Y Hugo y yo somos un equipo. ¿Cómo se te ocurre que podíamos irnos?

Eldridge se ríe.

—¿Siempre es así? —pregunta él.

—La mayor parte del tiempo— digo con un encogimiento de hombros.

—¡Eh! Eres un traidor. Yo aquí fomentando la unidad y tú me vendes así.

Se me escapa una risa.

—¿Y ahora te ríes? Debería replantearme lo de entrar juntos a la Arena— dice cruzándose de brazos.

—Valkyr nos ha dicho que ambos han decidido aliarse— interviene Eldridge.

—Así es. Decidimos que era mejor protegernos el uno al otro que estar en bandos contrarios. Más posibilidades de ganar y todo eso — dice Amara agitando la mano, olvidando automáticamente su enojo anterior.

—La mayor parte de las otras islas ha optado por separarse— aporto yo.

Frieda voltea a ver a Eldridge y comparten un gesto que no llego a comprender.

—Si me lo preguntas es una mala estrategia— señala ella con el ceño fruncido.

—Supongo que en realidad puede ser favorable ver a los otros como competencia desde el principio— digo yo muy despacio—. Si llegáramos a ser solo nosotros dos tendríamos que…

Amara hace un mohín.

—Con algo de suerte no será así. Aunque no sé que será peor… si perdernos antes o después… —termino diciendo y el semblante de ambos decae.

—No tendrán que llegar a eso— nos tranquiliza Frieda—. Lo harán oficial mañana, junto con otras cosas, pero… —y deja de hablar de golpe. Como si hubiese cometido un error, voltea a ver a Eldridge con un gesto de disculpa.

—¡Te has ido de lengua! —se burla Amara y le hace una mueca infantil—. A ver, ahora suéltalo.

Frieda pone mala cara y voltea a ver a Eldridge.

—¡Oh! Adelante —dice Eldridge poniendo los ojos en blanco—no creo que haga daño si se enteran ahora o si se enteran en unas horas. Tal vez si se los decimos podamos empezar a trazar nuestra estrategia de una vez.

—Se suponía que era confidencial…— intenta decir Frieda.

—Hasta que abriste la bocota— le responde Amara—. Entonces pasó a ser de conocimiento público.

—Si no pueden decírnoslo, no deberíamos presionarlos— digo yo y ella pone su mano sobre mi brazo.

—Déjame a mí las negociaciones. Seguro que la puedo hacer hablar.

—Han creado una nueva regla— dice Eldridge.

—¿Otra? Empiezo a sentir que esto no está muy bien organizado— se queja Amara—. Uno pensaría que siendo Valkyr la friki del control, lo habría armado todo de una manera más eficiente.

—Shhh… ¿Qué nueva regla, El?

—Siempre y cuando los últimos dos sean de la misma isla, se puede declarar una victoria conjunta—recita él.

Amara y yo nos miramos el uno al otro, sin poder creerlo.

—¿Eso significa que, si ambos llegamos hasta el final, no tendríamos que matarnos el uno al otro?

—Exactamente.

—Pero también significa— apunta Frieda—, que a menos de que su otro aliado sienta un verdadero desprecio por su compañera de isla… Será difícil confiar en él.

—Henrik es bueno— dice Amara con el ceño fruncido—. No nos traicionaría.

—Lo conoces desde hace un par de días, Mar.

—A Hugo también. Y sé que él no podría matarme a mí, como tampoco yo podría matarlo a él.

—Tal vez en su caso sea cierto— dice Eldridge—. Pero en el caso de ustedes dos, no importa que pase, ambos podrían ganar. Si solo quedaras tú y Henrik, ¿qué harías, Amara? ¿Lo dejarías ganar por ser tu amigo o lo matarías para asegurarle la victoria a tu isla?

Su pregunta cae dura y pesada, como si estuviera hecha de plomo. Y ninguno de los dos sabe que responderle. Alrededor de mi muñeca, el agarre de Amara se vuelve más fuerte.

Pero ninguno de los dos consigue poner en palabras lo que estamos pensando.


Y así terminamos por hoy.

Final medio triste. Mantengo lo dicho en la nota de autor pasada, yo me tardo en volver, pero vuelvo. Este SYOT se termina porque se termina, siempre y cuando alguno de ustedes quiera seguir aquí para leer como continúa.

Vamos en orden:

Comentaristas estrella del capítulo anterior: Jacque-kari, Yolotsin Xochitl, Camille Carstairs, Bermone y Hikari Caelum.

Los puntos están así:

Jacque-Kari/ Henrik: 13

Patriot/ Lis: 9

Naty_mu/Hugo: 6

Camille Carstairs/ Amara: 5

HikariCaelum/ Maddox: 4

G. Applause/ Éire: 2

AleSt/ Mikhail: 2

Bellamybell/ Lenna: 5

Lauz9/ Sharik: 1

Bruxi/ Aaliya: 3

Bermone/ Hissène: 3

Yolotsin Xochitl/ Elíma: 6

MaryDC/ Raif: 2

Alphabetta / Kheira: 3

Imagine Madness /Carlens: 6

CAM41918/ Nayara: 1

Siri Tzi/ Khalil: 4

JXJ2 / Coral: 1

Amber Swan / Ankar: 1

Disi22 / Noa: 1

Queda un capítulo largo más y luego entramos a la Arena. Así que quienes no estén al día en este momento, deben darle un empujoncito a su hijo o bien aceptar el hecho de que este podría morir en el primer capítulo de los Juegos propiamente dichos.

Niños cuyos padres están completamente al día (porque han comentado cada capítulo hasta ahora): Henrik, Hugo, Amara, Maddox, Mikhail, Hissène, Elíma, Kheira y Carlens. Los demás tienen pendiente al menos un review.

Preguntas:

1. ¿POV favorito? ¿Por qué?

2. ¿Crees que la alianza de tu hijo o hija cambie ahora que se ha establecido esta nueva regla?

3. Ahora que la Arena se encuentra más cerca ¿cómo la imaginas?

Espero ansiosa sus comentarios.

Un abrazo, E.