Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


15. Deseos y estrategias

Día 4


Nayara Banks, isla Zafiro


El anfiteatro se encuentra lleno a rebosar. Ahí donde antes sobraban asientos, ahora hay una marea de cuerpos.

Gobernantes, Campeones, Mentores y los visitantes inesperados, a quienes nos han dicho que llamemos "Titiriteros".

—¿Por qué "Titiriteros"? —pregunta Éire con curiosidad mientras juguetea con las puntas de su cabello.

—Creo que porque son los encargados de manejar los controles de la Arena— le responde Elisabeth con su seguridad habitual.

Éire parece confundida, pero en eso su mentor, un hombre de mediana edad con la piel tostada y un bigote de cepillo que me recuerda vagamente al de papá, empieza a hablarle.

Papá.

Pienso en él e inevitablemente acabo pensando en Carlens riéndose de mí. De mis motivos. ¿Cómo ha podido ser tan cruel?

—¿Te pasa algo? —Lis, como siempre tan aguda, me dedica una sonrisa comprensiva y me toma de la mano—. ¿Estás nerviosa?

Le doy una sonrisa compungida.

—No estoy segura— admito—. Tal vez un poco triste.

—¿Tu mentor no te alegró? ¿Es una chica o un chico? No me lo has presentado.

—Mi tía— le respondo con una sonrisa. No sé si después de mi discusión con Carlens el ver a mi tía Alana fue una bendición o una maldición. El punto es que está aquí, conmigo, y ella se encargará de que nada me falte mientras esté en los Juegos. Pero el verla aquí es solo un recordatorio de que, cuando se lo pedí a mi madre, ella dijo que una actividad como esa no merecía su tiempo y que de todas formas era improbable que resultara ser lo suficientemente buena como para que me eligieran.

"Si después de todos estos años no vales nada para ellos, no deberías ni molestarte"

Es como si tuviera algún bicho vivo mordiéndome el estómago. Recuerdo a Carlens con lágrimas en los ojos por su ataque de risa.

—¿Es familiar tuyo tu mentor?

—Mentora— dice Lis y niega con la cabeza—. En casa nos daban la opción de permitir que la monarquía eligiera a la persona para ese rol. Decidí optar por eso porque me pareció que, si era elegido por ellos, seguramente sería una persona sorprendente y muy bien conectada.

—¿Y resultó?

Otra sonrisa, tan dulce y suave como las nubecillas de azúcar que compraba para Simon cuando empezaban las ferias en abril:

—Apenas hemos tenido tiempo para irnos conociendo, llevábamos un rato hablando cuando nos convocaron a este lugar. Está allá, hablando con el hermano de Henrik— dice ella mientras apunta hacia atrás.

—El hermano de Henrik— repito yo y ella me sonríe.

—Sí, supongo que él no fue tan analítico como yo y decidió elegir a alguien cercano— dice encogiéndose de hombros. Sigo la dirección en la que apunta ella y veo a una hermosa mujer rubia hablando con un hombre joven, con unos ojos muy parecidos a los del compañero de Elisabeth—. Mi mentora se llama Minerva.

Y antes de que pueda replicar, el príncipe Essus se pone de pie.

En los días que llevamos aquí, creo que ha madurado mucho. En Zafiro, solía mantenerse al margen de casi todo, aquí, su presencia ha crecido y ya no es raro verlo como el centro de atención.

—Lamentamos haberlos tenido a oscuras por tanto tiempo— empieza diciendo, directo al punto, sin saludos protocolarios ni nada por el estilo—. Lo acontecido durante su desfile de presentación ha sido una tragedia y todos lamentamos la cruel pérdida de vidas que han sufrido nuestros hermanos y hermanas de isla Diamante— dice con una voz cálida y profunda—. En atención a las costumbres de Marfil, el señor Caveira desea elevar una oración por los caídos.

Me maravillo ante la riqueza cultural de esta experiencia cuando Joao Caveira, de isla Marfil, empieza sus oraciones. Habla de Dios y, por su manera de decirlo, lo veo escrito con mayúsculas en mi cabeza. Habla de una Virgen— también en mayúsculas— intercesora; y de Santos y de Ángeles.

Debe ser bonito creer en la existencia de un ser tan superior. Aunque, si lo analizas, resulta un poco como lavarse la responsabilidad: las cosas suceden porque Dios así lo ha querido. Las personas no podemos hacer nada para cambiar lo que está escrito.

La oración termina y el líder de Marfil se ve realmente afectado. Le devuelve a Essus el micrófono y regresa a su asiento.

—Supongo que, para este momento, ya todos habrán podido hablar con sus respectivos mentores. Esperamos que, a través de sus palabras sabias, puedan ayudarles a tomar el mejor camino— su expresión se vuelve severa—. También sabemos que, posiblemente. muchos de ustedes se encuentran afectados por lo que sucedió con el campeón de Marfil. Queremos que sepan que nos tomamos su… seguridad, muy en serio. Queremos garantizar que todos se encuentran en la mejor forma para entrar a la Arena— toma aire—. Sin embargo, nuestro deber es velar por todos, por los veinte. Eso incluye a Sharik Louw también.

Algunos murmullos se extienden a nuestro alrededor.

—Y es por eso que hemos decidido adelantar los Juegos.


Ankar Ozivit, Isla Amatista


Un largo silencio. Luego, el ruido se levanta como la marea.

Radhika nos había dicho que estaríamos aquí una semana. Cuando dicen "adelantar" ¿hablan de que entraremos a la Arena de inmediato?

"Aquí tienen sus armas, buena suerte"

A mi lado, Noa pasa su peso de un pie al otro. Giro la cabeza y mis ojos se encuentran con los suyos.

—¿Estás bien? —le pregunto y veo como su labio inferior tiembla un poco antes de que ella lo muerda.

—El lanzamiento será dentro de cuarenta y ocho horas— continúa hablando el Príncipe de Zafiro—. Las próximas horas se utilizarán para que ustedes puedan descansar, trazar estrategias con sus mentores y decidir quiénes serán sus alianzas definitivas.

El barullo se apaga de golpe. ¿A qué se refiere?

—Esto me lleva a un segundo punto que debemos comunicarles. Con el fin de disminuir tanto como sea posible la cantidad de muertes que queden como saldo en los Juegos— lanza una mirada significativa a la hilera de sillas en donde se encuentran los diez Titiriteros, cada uno custodiado por dos guardias—, hemos decidido incluir entre las reglas la posibilidad de que exista una victoria conjunta por isla.

Murmullos. Noa y yo volteamos a vernos el uno al otro:

—Esto significa que si, llegado el caso, los últimos dos campeones en pie pertenecen a la misma isla, se darán por terminados los Juegos y se declarará a ambos como los ganadores.

La mano de Noa sujeta la mía. Le doy un fuerte apretón, pero mi mente se desplaza de inmediato a Aaliya, cuya alianza con nosotros podría haberse vuelto un poco más frágil.

—Sabemos que aquellas personas que hayan descartado una alianza con sus compañeros de isla ahora tienen cosas en las cuales pensar y mucho que discutir. Les sugerimos no tomar decisiones apresuradas— dice él.

—Las alianzas definitivas deben estar inscritas dentro de las próximas veinticuatro horas, de manera que mañana sus mentores puedan reunirse y trazar estrategias conjuntas.

Nadie le responde.

—Los campeones pueden ir a desayunar— más que una sugerencia, es una orden. Algunos, como la chica de rostro felino de Rubí, se queda sentada muy rígida, la mayoría nos levantamos y empezamos a salir lentamente por las puertas laterales—. Los mentores deben quedarse aquí.

La mano de Noa sigue en la mía.

—Esperen— reconozco el toque, ligero y suave, como el de Aaliya. No llegó a sentarse con nosotros porque Noa se tardó lo suyo vistiéndose y llegamos casi tarde, de manera que tuvimos que conformarnos con asientos hasta atrás, lejos de ella.

Dejamos que la alianza de los ámbares nos adelante en nuestro camino hacia afuera. Las tomo a ambas de la mano y nos conduzco hacia afuera, asegurándome de quedarnos juntos.

Afuera, las suelto a las dos. Aaliya se mira los zapatos y empieza a pasar su peso de un pie al otro.

—Hola— dice finalmente.

—¿Qué tal ha estado tu mentora? — le pregunto cortésmente cuando resulta evidente que Noa no está interesada en hacer conversación.

—Bien. La conocí ayer, pero es muy agradable. Creo que hará un buen trabajo cuidando de mí… de nosotros.

"De nosotros"

Su uso del plural me hace sentir incómodo, no porque yo esté planeando disolver nuestra alianza, sino porque, en este momento, ni siquiera estoy seguro de qué terreno estoy pisando con Noa.

—¿Qué haremos? —nos sorprende Noa diciendo.

—¿Sobre qué? —pregunto yo, haciéndome el desentendido.

—Bueno, creo que será más fácil sin simplemente no fingimos que todo sigue igual que ayer ¿no? — dice ella con irritación—. Lo cierto es que Ankar y yo tenemos más oportunidades juntos que las que tendríamos contigo, Aaliya. Lo siento, pero es la verdad. Si sucediera que llegáramos los tres, juntos, hasta la final, lo más justo sería matarte, porque es mejor una muerte que dos.

—Noa…

—Además está el hecho— continúa como si no me escuchara—, de que están adelantando los Juegos por culpa de tu compañero de isla.

—¿Y eso de qué manera es mi culpa?

—No lo es— dice ella—. Pero eso solo nos dice que es improbable que puedas aliarte con él.

—Eso solo me da más razones para quedarme con ustedes.

—Pero nos da razones a nosotros para desconfiar de ti. Sabiendo que no lograrás una victoria doble ¿cómo podemos confiar en que no intentarás matarnos a traición? Es decir, podrías matar a alguno mientras dormimos y luego fingir que estás descorazonada y que alguna otra alianza nos encontró.

—Eso es muy retorcido.

—Pero es una posibilidad.

—Ya es suficiente— las interrumpo yo—. La nueva posibilidad no cambia nada. Confío en ambas y espero que las dos confíen en mí. En este momento, solo tenemos la certeza de que nos podemos cuidar los unos a los otros.

—No lo hagas— dice Noa.

—¿Qué?

—No confíes en ella y no confíes en mí. Mejor no confíes en nadie. Porque podría decepcionarte.

Y se va, dejándonos a Aaliya y a mí observándola pasmados.


Amara Kähler, Isla Esmeralda


—Esto es sabotaje emocional— señalo yo cuando el silencio en nuestra mesa se hace insoportable—. Piénsenlo, ya las alianzas estaban hechas… nos han hecho dudar en este momento. ¡Y estamos a punto de entrar a la Arena!

—Tiene que haber sido idea de Valkyr— señala Hugo.

—No es una mala idea— aventura Henrik—. Muchos se han aliado con sus compañeros de isla. El problema es para las alianzas mixtas, como nosotros.

—Bueno, por mi parte les digo, si se trata de matar a cualquiera de los dos, yo paso.

—No creo que sea tan sencillo, Mar.

—¿Por qué? Si al final solo quedamos los tres, ¿qué pueden hacernos?

—El problema es que te estás olvidando de que no serán personas como Essus o Valkyr quienes supervisarán los Juegos. Esas personas… nuestros invitados, son malas personas.

—¿Por qué lo dices?

—Porque le he preguntado a Eldridge por la Esmeralda, Dánica.

—¿Te haces el misterioso a propósito? —pregunto cuando pasa un minuto sin que él diga nada.

—Estaba pensando en cómo decírselos— se defiende él—. En fin, no creo que haya una manera sencilla de explicarlo, pero es un asunto feo. Parece que le gustaba matar por diversión. Fabricaba explosivos y los probaba principalmente en indigentes. Luego subió de nivel— dice con una mueca— y empezó a vender sus productos. Parece que fue un asunto complicado.

—Se supone que Esmeralda es una isla muy tranquila ¿no? —dice Henrik con gesto serio.

—Lo es. Nunca había oído de algo así.

—Entonces son noticias terribles.

—¿Por qué lo dices?

—Porque si ella hizo eso ¿Qué habrán hecho las personas de islas con mayores problemas?

—Y nosotros estamos en sus manos— digo, entendiéndolo—. ¿En qué demonios estaban pensando? Como si la cosa no estuviera lo suficientemente difícil ahora.

—Dudo que hayan sido todos ellos.

—¿Por qué lo dices?

—Porque Oberón estaba furioso. Resultaba evidente que no los quería ahí.

—Puedo preguntarle a Svante sobre Alistair— señala Henrik—, pero dudo que podamos enterarnos mucho de los demás.

—¿Quién es Svante?

—Mi hermano. Mi mentor— se corrige.

—¿Tu hermano o tu mentor?

—Ambos.

—Vale. Es raro.

—¿Por qué?

—No sé… ¿Por qué podría verte morir?

—Igual que lo haría si estuviera en casa. En fin… es una lástima no poder averiguar sobre todos los otros.

—¿Te preocupa alguno en particular?

— Un par— dice frunciendo el ceño y volteándose hacia la puerta—. Sirhan, de Marfil y Karan de Amatista, parecen particularmente… malos.

—¿Debería verlos fijamente para ver si alguno empieza a retorcerse el bigote?

—No es momento para bromas, Mar.

—Vale. Si lo que quieren es información, entonces hablaré con Frieda.

Ambos voltean a verme.

—Es una de las asesoras de Valk— digo con un encogimiento de hombros—. Si alguien puede decirnos en donde estamos parados, esa es ella.

—Resuelto eso, queda por discutir lo otro— dice Henrik, apartando la bandeja con su comida, la cual apenas si ha tocado y juntando las palmas de sus manos—. Nuestra alianza.

—¿Qué con ella? —digo mientras tomo el popote de mi refresco y empiezo a soplar, haciendo burbujas.

—¿Qué tienes? ¿Cinco años? ¿Qué no te dijeron que es de mala educación jugar con la comida?

Le saco la lengua a Hugo.

—Me aburro con facilidad. Déjame en paz, papá.

—Henrik está hablando de algo importante, Mar.

Aparto el vaso y apoyo la barbilla en mi mano ahuecada.

—¿Mejor?

—No seas infantil— dice él, restándole importancia al regaño con una sonrisa.

—Sobre nuestra alianza…— retoma Henrik.

—Si estás pensando en dejarnos para irte con Lis, puede que te muela a golpes antes de que salgas de este comedor.

Para mi sorpresa, él se echa a reír.

—Nada más lejos de mi intención— responde—. En tanto y cuando quedemos claros en que esto no cambia nada, prefiero seguir con ustedes. Siempre que no planeen… ya saben, apuñalarme por la espalda o algo así.

Hugo y yo compartimos una breve mirada.

—¿Qué te ha dicho tu hermano? — pregunta Hugo.

—No mucho. Supongo que intentará hablarme luego al respecto— admite él—. Pero me trae sin cuidado. A menos, claro, que ustedes compartan la idea de matarme a traición.

—No tenía planeado matarte antes del martes— empiezo a bromear yo, pero me callo en cuanto Hugo me lanza una mirada—. Hugo y yo lo hemos hablado también— confieso—. Si por ti está bien, podemos hacer un pacto de lealtad. Si te hace sentir más cómodo, si acaso llegáramos a los últimos cinco, podemos separarnos. No sería justo para nadie si al final, fuéramos solo nosotros tres.

—Son condiciones que puedo aceptar— dice él, asintiendo con la cabeza—. Creo que, bajo esas condiciones, no resulta muy diferente a lo que habríamos hecho sin la nueva regla.

—Entonces ¿todo sigue igual? —pregunta Hugo.

—Sí, supongo que sí. La verdad es que, aún con la nueva regla, confío más en ustedes que en Lis.

—¿Por qué?

—Porque me da la impresión de que ella, con tal de quedarse con toda la gloria, bien podría matarme. No importa si no tiene que hacerlo— nos confía.

Ni Hugo ni yo sabemos que responder a eso.


Hissène Habré, isla Ambar


—Viéndolo en perspectiva, creo que estamos en una situación menos… complicada que la mayor parte de los otros— señala Elíma mientras bebe su cuarto vaso con agua. Los cubitos de hielo hacen que la condensación se acumule sobre el cristal, deslizándose suavemente hacia el mantel.

Me pregunto si ella, como yo, ha caído en cuenta de que se acercan tiempos difíciles. Que nos quedan menos de dos días con este tipo de facilidades… Que, una vez que los Juegos inicien, un lujo como el agua ya no estará sobre la mesa.

Mi mirada recorre el comedor, preguntándome si alguno de los otros contempla con tanta atención un vaso con agua. Por supuesto, no lo hacen. Para ellos, el agua es una cosa de todos los días. Sus lenguas nunca se han convertido en ladrillos secos, sus labios nunca han sangrado por la deshidratación…

—No es su culpa.

—¿El qué?

—El haber crecido como lo hicieron. El tener las ventajas que tuvieron. Ellos no eligieron nacer en donde nacieron, del mismo modo en que nosotros tampoco lo hicimos.

—¿Te has vuelto más sabia desde que llegamos aquí?

Ella me arroja una servilleta hecha bola, que rebota contra mi pecho cuando no intento esquivarla.

—No te burles.

—No lo hacía. Creo que tienes razón. No es su culpa el dar las cosas por sentado. Pero no creo que vean más allá de sus propias narices. ¿Y si todos ellos son iguales? ¿Y si, llegado el caso, yo ganara y eligiera mal?

Elíma me mira con sus enormes ojos cafés, tan oscuros que casi parecen negros, con los irises mezclándose con sus pupilas.

—Me has hecho pensar con eso que has dicho— confiesa ella—. Pero creo que, si contáramos con sus recursos, podríamos hacerlo mejor. Makemba es una buena persona ¿sabes? Nos eligió por algo.

—Nos eligió porque los cuerpos de los demás no aguantaron las drogas en la hoguera— respondo yo—. No es magia. No fueron los espíritus como ella pretendía hacernos creer. Somos especiales, sí, porque nuestro metabolismo tuvo mayor resistencia, pero no por alguna razón mística.

Ella me dedica una sonrisa que deja a la vista unos dientes blancos, con un colmillo torcido, de manera que parece subirse encima del diente de al lado.

—Tienes buen aspecto— le suelto.

—¿Qué?

—No sé... te ves bien— es todo lo que digo.

—Es la comida— replica ella sin inmutarse—. He pedido que me pesaran ¿sabes? He subido casi cuatro kilos desde que me eligieron. ¿No te parece increíble?

Está tan feliz… Me pregunto qué tan consciente será de lo cerca que estamos, ella o yo… tal vez ambos… de enfrentarnos a nuestra muerte.

—¿Qué tal ha resultado tu mentora?

—Mabelé está bien— dice mientras se come un panecillo relleno de crema—. Me ha contado un poco sobre su historia en el rato en que hemos estado juntas— sus ojos se cierran con cansancio—. No es una historia feliz, pero casi nadie tiene una ¿no?

—¿Crees que lo hará bien?

—¿Qué cosa?

—Cuidar de ti.

—Pues eso espero. Yo no la elegí, lo hizo Makemba. ¿Qué tal el tuyo?

Dudo… Por lo que ha dicho Elíma, no conocía a su mentora antes de los Juegos. Yo sí conocía a Abbud. No éramos amigos, pero yo lo respetaba. Abbud Mahil solía ser arquitecto en Ambar. Fue una de las primeras personas que me trató bien después de todo lo que pasó conmigo cuando era pequeño. Me dio un trabajo, mi primer trabajo, en cuanto estuve lo suficientemente recuperado como para dejar de ser una carga.

Yo era disciplinado y, tal vez, demasiado listo para mi edad. Estaba acostumbrado a que me trataran mal. Si no era en casa, entonces fuera de ella. Pero Abbud era distinto. Era cortés y amable. Fue la única persona que me hizo creer que realmente existían personas buenas en el mundo.

En cuanto anunciaron que necesitaríamos el contacto de alguien que se encargara de ser una especie de representante para nosotros si salíamos elegidos, no dudé en pedírselo.

—Abbud está bien— le digo a ella—. Cuidará de mí, pero también de ti. Estoy seguro.

Elíma parece sorprendida.

—Gracias.

—Tengo algo que contarte. Pero creerás que me he vuelto loco.

Ella alza la mirada, sorprendida.

—¿Oh?

—Creo que he visto a uno de mis hermanos menores… aquí.

Ella abre la boca, pero tarda lo suyo en responder:

—¿En serio? ¿Y hablaste con él?

Niego con la cabeza.

—En cuanto he ido a verlo, ha salido corriendo. Creo que podría estarme volviendo loco.

Ella me da un par de palmaditas comprensivas en la mano.

—Es el estrés. Estoy segura de que, si tu hermano estuviera aquí, vendría corriendo a saludarte.

Meneo la cabeza.

—No he tenido mucho contacto con mis hermanos. Es decir… vivíamos en la misma casa y todo, pero antes de que empezara a entrenarme pasaba la mayor parte del tiempo trabajando para ayudar a mi familia. Firdus siempre fue mi favorito, pero ¿lo sabe él?

Elíma no parece saber que decir por un buen rato. Finalmente, me dice:

—Entonces asegúrate de encontrarlo antes de que nos vayamos. O gana y vuelve a verlo.


Raif Abdallah, isla Ónice


—Relájate, ¿quieres? —salto cuando Kheira pone una mano entre mis omoplatos—. Raif…— dice antes de soltar un suspiro.

Meneo la cabeza.

—Mi tío…

—Es una buena persona— me dice—. ¡Es hasta gracioso!

Sí, y ha sido de lo más agradable con Kheira y su mentora, pero nunca pensé que, después de que me diera cuenta de lo evidente que es mi problema… tendría que tenerlo cerca de nuevo. Al menos no hasta que ganara los Juegos.

—Kheira…

—¿Sí?

—Necesito pedirte un favor.

Ella hace que su labio inferior sobresalga un poco.

—No se lo voy a decir, Raif. No es mi secreto para contar.

Yo asiento.

—Gracias.

—¿Por qué estamos dando las gracias? —pregunta Maddox, adelantándose a los chicos de Amatista y la chica de Marfil y colocándose a nuestro lado en el camino hacia el comedor.

Empalidezco un poco cuando recuerdo que Maddox también lo sabe.

—No es importante, Maddox. Eso me recuerda ¿vas a enterrar el hacha de la guerra con tu compañera loca y van a aliarse? —pregunta Kheira mientras echa hacia atrás un mechón de cabello que le ha caído sobre los ojos.

Él se ríe y estira los brazos por encima de su cabeza antes de hacer crujir sus articulaciones.

—¿Por qué? ¿Ya han planeado como matarme?

—Si somos los últimos tres, sí— dice Kheira sin titubear.

Maddox le sonríe.

—Por eso es que me caes bien— dice sin que cambie la expresión de su rostro—. Pues en lo que a mí respecta, no tocaría a Éire ni con un palo. Así que no pienso jugar para el otro bando. Perdona el juego de palabras, amigo— dice palmoteándome el hombro y haciendo que el agujero en mi estómago se ensanche con cada golpecito.

—Déjalo en paz— dice Kheira con una mirada amenazante, pero basta ver la expresión guasona de Maddox para que su determinación se desinfle y ella suelte una risita—. Eres un idiota, ¿sabes? ¿Qué tal tu mentor?

—Mentora— corrige él—. Mi hermana.

Agradezco el cambio de tema, pero mientras mis compañeros se sumergen de lleno en la conversación, llenando nuestras bandejas de comida, yo tengo la cabeza en otro lugar.

¿Qué haré si mi tío llega siquiera a sospecharlo? Si muero en la Arena, no importará por mucho tiempo, pero ¿y si vuelvo? ¿Qué haré si gano?

Llegamos a nuestra mesa y Kheira se da cuenta de que hemos olvidado las servilletas. Cuando se levanta, la expresión burlona de Maddox desaparece para ser reemplazada por una completamente seria:

—Te querrá igual.

—¿Qué?

—Lo he estado observando y creo que, en el fondo, ya lo sabe.

Mi sangre se calienta:

—Tú no sabes nada. No puedes saberlo.

Él no parece impresionado por lo que le he dicho.

—Puede que aún no lo tengas claro, pero soy muy, muy observador. Se me da bien leer a las personas. Por eso los he elegido a ustedes dos.

Tengo la boca seca.

—Anda— dice Maddox, metiendo los dedos en su comida y reduciendo a migajas un pedazo de pan—. ¿Por qué no te enfadas y ya está? Seguro que te sirve para disimularlo, ya que tanto te avergüenza.

—Basta— digo con sequedad.

—Después de todo— continúa él—, no es como si, al descubrirlo tu tío, fueras a perderlo todo ¿cierto?

—¡He dicho que basta! —digo mientras golpeo la mesa con ambos puños— varios rostros se voltean a mirarnos.

Maddox sonríe, como un gato satisfecho.

—Esa es precisamente el tipo de actitud que necesitarás cuando entremos a la Arena.

Lo observo, confundido.

—Tienes que tener claro que, así como estabas hace diez minutos, nos resultas completamente inútil a Kheira y a mí. Ya tenemos suficiente con tener que cuidar de nosotros mismos y cubrirnos las espaldas unos a otros como para que, encima, tengamos que cuidarnos de que no te suicides.

—El suicidio está prohibido por el Corán "No se maten a ustedes mismos. Dios es Misericordioso con ustedes".

—Muy lindo de tu parte compartir esa pieza de información que no me importa— dice con una expresión aburrida— y ciertamente esperaría que, con lo difícil que serán las cosas allá, no se la pongas más fácil a todos matándote, pero cada cabeza es un mundo.

"Cada cabeza es un mundo" Me encuentro a mí mismo repitiendo mentalmente la frase de Maddox.

—Dime, Raif ¿eres fuerte?

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—No hablo de tu fuerza física. Aquí, los que no son fuertes, deben entonces ser muy ágiles. No sé qué tan ágil puedas llegar a ser, pero te veo. Debes ser fuerte. Mi punto es, aquí adentro— dice señalando una de sus sienes con dos dedos— ¿eres fuerte? Porque lo cierto es que, si estás así de asustado por lo que pueda pasar si entras ahí, descubren tu secreto y luego tienes que volver a salir, entonces estás ya acabado. ¿Lo estás?

Abro la boca para darle una respuesta, pero me doy cuenta de que no la tengo.

Maddox toma su tenedor y empieza a comer su comida.

—Piénsalo.


Día 5


Éire Cernnunos, Isla Aguamarina


La cornamenta brota de mi frente, rompiendo mi piel. Las dos astas se curvan y se ramifican. Son hermosas, doradas y negras. Se estiran, alzándose hacia el cielo mientras yo me inclino sobre el arroyuelo, disfrutando de contemplar mi nueva forma de diosa.

¿Tienes miedo?

Niego con la cabeza, disfrutando del peso. Me pregunto si esto será lo que sienten los reyes y reinas en el mundo mortal. El peso de sus coronas, recordándoles que son especiales. Diciéndole al mundo lo poderosos que son.

¿Por qué no sientes miedo?

El Dios de la Muerte me protege— respondo con seguridad.

¿No puedes morir?

El Dios de la Muerte me protege— digo una vez más, volteando el rostro para estudiar mi perfil, ahora perfecto gracias a las grandes astas. Río, sintiéndome dichosa.

Tal vez no puedas morir, pero sí puedes sangrar.

Mi risa se deshace, como si hubiera estado reflejada en un espejo y este, de repente, se rompiera.

Este cuerpo es mortal— empiezo diciendo—. No es mi verdadera forma. Pero mi Señor quería que yo experimentara la impotencia de ser humana antes de experimentar la gloria de lo divino.

No eres un dios.

Aún no. Pero lo conseguiré. Abandonaré este cuerpo mortal y…

¿Y qué?

Y le ofreceré al dios la sangre de sus enemigos como una ofrenda.

¿Por qué crees que el dios querría algo de ti?

Soy su hija. Le importo.

¿Te atreves a creerte merecedora del afecto de un dios? ¿Qué pasaría si Cernunnos se olvidara de ti? ¿Tu fe en él permanecería inquebrantable?

De repente, pienso en cómo la sangre se deslizaba, caliente y viscosa, por la herida en mi espalda. El filo de la espada mordiendo mi piel, cortando mi cabello, mi piel… y parte de mi alma. No son imaginaciones mías. Es un recuerdo. El día en que me recordaron que mi esencia divina se encontraba dentro de un triste contenedor humano.

Recuerdo los gritos. Recuerdo las disculpas sin sentido. Recuerdo la trayectoria de la espada, el estoque para desviarlo, el meñique, el dedo más importante para sostener la espada, un milímetro fuera de su lugar. El entrechocar de las espadas, el resbalón de mi mano y el dolor…

El dolor, tan terrenal. Tan cruel…

Es tan solo un segundo, pero él debe ver la duda en mis ojos. Sabe que mi fe se ha tambaleado.

Entonces ocurre: un dolor, tan intenso que hace que mis ojos se llenen de lágrimas, aguijonea mi frente.

De repente, los cuernos, tan hermosos y elegantes, empiezan a reblandecerse, su curva, una vez altiva, se deforma hasta que se caen sobre mi frente. Estiro la mano, desesperada por tocarlos, por asegurarme de que mi corona de diosa se repondrá. Mis dedos tocan algo húmedo y un olor repulsivo llega hasta mi nariz.

Me doblo sobre mis rodillas y vomito, ruidosamente, tal y como lo hice el día en que, con el filo de una espada, me recordaron mi cruel mortalidad.

Podrida hasta la raíz— se burla él.

¿Quién eres?— digo, levantando la mirada, intentando distinguir sus rasgos en la oscuridad del bosque en que hemos estado hasta ahora, apartando mi cornamenta marchita, que ha empezado a supurar un líquido oscuro que me ciega por momentos.

Él elige ese momento para salir de su escondite. Y lo observo, sobrecogida, emocionada y aterrada.

Cernnunnos. Está aquí.

Me dejo caer sobre mis manos, reclinándose sobre mis rodillas.

¡Mi señor!

Has dudado de tu naturaleza divina, Éire— dice con el tipo de voz que nadie, en este mundo humano y repulsivo, podría tener jamás.

Me encojo ante sus palabras y siento mi rostro calentarse. ¡Cuánta vergüenza!

Le he fallado, mi señor— le digo—. Perdóneme, por favor.

Te perdonaré— dice él—, pero solo cuando traigas mi ofrenda. No es sangre lo que quiero.

Lo que desee mi Señor.

No me atrevo a levantar el rostro para verlo, pero, en su voz, noto que sonríe:

Sus corazones, hija mía— me dice—. Tráeme cada uno de sus corazones y entonces, podrás venir conmigo.

—Los tendrá— le prometo—. Todos y cada uno de ellos.


Henrik Fjordevik, isla Diamante


—¿Estás nervioso?

Podría decir que me sorprende el levantarme antes de que amanezca y encontrar a Svante sentado en la pequeña mesa redonda de la cocina, pero supongo que, con lo controlador que suele ser, es de esperarse. Tiene entre las manos una taza que suelta una columna de vapor que resulta agradable a la vista.

—Hambriento, en realidad.

—Han de ser los nervios.

Me encojo de hombros mientras tomo una galleta de un plato y dudo antes de servirme una taza de café.

—Elisabeth y Minerva han hablado conmigo anoche, mientras estabas con tus aliados.

—No me digas… —digo esperándomelo, especialmente después de mi conversación con Hugo y Amara.

—Querían hacerme saber que ha sido por ti por quien Diamante no se ha aliado para los Juegos.

Me le quedo viendo, sin parpadear.

—¿Y?

—Es una chica encantadora y he revisado sus calificaciones durante el entrenamiento y ha sido siempre la primera de su clase.

—Por supuesto que lo ha sido— mascullo yo.

—Parece la compañera perfecta. Demasiado perfecta, diría yo.

Levanto la mirada.

—Tú tampoco confías en ella.

Svante frunce levemente el ceño mientras sujeta su taza de café.

—Me hace pensar en un testigo que oculta algo importante. No logro descifrar que es, pero… Creo que Ari me mataría si se enterara de que te he obligado a aliarte con alguien en quien no confío al cien por cien. Hablando de Ari, ayer tuvo su primera sesión con la terapia nueva. Papá insistió en acompañarla.

Suelto un bufido.

—¿Estamos hablando de sentimiento de culpa ahora?

Mi hermano no me contradice.

—Te haré una pregunta un tanto retorcida. Si yo llegara a morir ¿le contarías a Ari la verdad sobre su accidente?

—Sí que eres retorcido.

—Lo he estado pensando. Ari es lista y valiente y, a diferencia de nosotros dos, es buena en eso de perdonar. ¿No crees que merezca saber la verdad?

—La verdad, tal vez. Pero la verdad por si sola no vale la pena si vamos a derrumbar su mundo, Henrik. Y papá, mamá y nosotros constituimos su mundo. ¿Qué bien le traería?

—¿El saber que papá preparó su accidente? —digo rondando los ojos—. Dios, no sé… ¿saber que no puede confiar en él?

Svante toma aire.

—Lo único que podemos hacer sobre la mayor parte de esto son conjeturas, Henrik. Mi teoría sigue siendo la misma: papá tuvo miedo por lo en serio que Ari se estaba tomando su faceta de bailarina y quiso cortarla con una lesión menor. El problema es que las cosas se le salieron de las manos.

—Gran cosa… Ari tendrá que pasar el resto de su vida en una silla de ruedas.

—Tal vez no. Mamá es muy optimista sobre esta nueva terapia.

—Mamá siempre es optimista.

Svante sonríe, compungido.

—Al menos algo bueno salió de esto ¿no? Por fin conseguimos entendernos un poco mejor. De no haber sido porque me enteré de lo que hizo papá, ahora alguien más se estaría encargando de estar aquí, contigo. Quién sabe, puede que incluso ni siquiera serías tu quien estuviera aquí.

Le sonrío.

—Claro, como si tú hubieras podido disuadirme.

—Eres obstinado, pero yo puedo ser muy convincente. Y Ari lo es más.

Ruedo los ojos.

—No con este tema.

Mi hermano se ríe.

—¿Estás nervioso? —pregunta de nuevo.

—Más emocionado que otra cosa. Tengo un buen equipo. Confío en ellos, tanto como podría confiar en alguien que va a tener que resguardar mi vida pero que también quiere ganar… y ganar es sobrevivir.

—Los he visto. Parecen… buenos chicos. Tienen ese carisma de Esmeralda. No parecen del tipo que te vayan a dar una puñalada por la espalda.

Pienso en Hugo y Amara planeando una traición y me río.

—No, no lo harían.

—¿Y tú?

—¿Preguntas si los traicionaría? —Svante asiente—. No, no creo que lo haría. Me caen bien. En condiciones normales, creo que los tres podríamos haber sido amigos de por vida. Pero las condiciones no son normales. Aunque tomando en cuenta que al menos uno de los tres tendrá que morir, creo que sí podría llamársele una amistad para el resto de la vida ¿no?

—Cuidaré de ti lo mejor que pueda. Ya me han explicado lo que estaremos haciendo por ustedes. Parece que grandes cantidades de dinero se están moviendo en cada isla. Los gobiernos tienen prohibido el intervenir en los Juegos, así que lo que reciban de comida, armas, herramientas o medicinas dependerá exclusivamente de lo populares que se vuelvan. Yo me encargaré de manejar tu dinero, Henrik.

—¿Y cómo estuvo tu último curso de economía y finanzas?

—Lo suficientemente bien como para saber que los precios se van a disparar conforme más avancen los Juegos. Confío en que, al menos en un principio, seas capaz de conseguir tus propias cosas. Agua, principalmente. Y será mejor que funciones con lo que necesites para tener energía pero que no te acostumbres a tener el estómago lleno todo el tiempo. Cuida tus armas, sé que puedes ser un poco descuidado a veces y que estamos en cierta desventaja por el tipo de arma que le ha correspondido a Diamante, pero mientras menos me exijas, más podré ocuparme de las cosas realmente importantes.

Lo observo mientras habla:

—¿Estás nervioso? —le pregunto cuando, al fin, se calla.

—¿Yo? —me ve a los ojos por unos segundos—. Confío en tus capacidades. Pero sí, admito que estoy algo ¿ansioso?

—Bien— le respondo—. Ya somos dos.


Coral Pareira, isla Cuarzo


He evitado al perro tanto tiempo como he podido, pero cuando regreso de almorzar, él está esperándome.

—¿Cuál se supone que será tu estrategia cuando ese chico te abandone? —suelta Milo en cuanto me dejo caer en el sofá.

—Estás siendo dramático.

—Tú estás siendo descuidada.

—Tengo confianza en mis capacidades, es diferente.

—Tus capacidades se limitan a matar a cualquiera que tenga la mala idea de mirarte las tetas sin que te guste.

—Si así fuera, estarías muerto desde hace meses, Pulgoso.

—Céntrate— me ordena mientras me quita el pasador para cabello con el que he estado jugando los últimos segundos.

—¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

—Ayudarte— responde automáticamente.

—Como si pudieras. Es una vergüenza que tenga que recordártelo, pero la única persona con la que he podido confiar en la vida es en mí misma.

—Será por esa personalidad tan encantadora que tienes. A nadie más le importa tu vida.

—Sí, como si tu fueras una caja de monerías.

—Empecemos de nuevo— dice pasándose una mano por la cabeza, despeinando sus rizos, de color café oscuro—. ¿Cuál es el papel de Carlens en tu estrategia?

—Carlens será mi guardaespaldas— respondo con suficiencia.

Él se ríe.

—¿Qué?

—Él se encargará de evitar que nadie me ponga una mano encima.

—¿A cambio de qué?

—De estar conmigo, por supuesto.

Milo empieza a reírse. Yo permanezco muy seria.

—¿Terminaste?

—No— dice riéndose más.

—Tú nunca has confiado en mis habilidades, pero déjame recordarte lo difícil que fue para ti el dar conmigo.

Él rueda los ojos.

—¿Y pretendes usar eso como base para tu estrategia? Sabía que eras una bruta, pero es evidente que no sabía hasta qué punto.

No dejo que el insulto me provoque nada.

—Créeme, Carlens me va a proteger.

—¿Y cuando llegue el momento de matarlo?

—Lo haré sin dudar. Él, como todos los demás, es descartable. No lloraré por él, si es lo que te estás preguntando.

Él suelta un bufido:

—Estoy bien enterado de lo cruel que puedes ser. Ahora dime ¿qué pasaría si te enteraras de que él ahora está teniendo esta misma discusión con su mentor?

Suelto un bufido.

—Carlens no tiene lo que se necesita para planear una traición así.

—Tal vez no, pero ¿realmente crees que en tres días has logrado ser tan preciosa para él? Más aún ¿qué te hace pensar que ahora, con la nueva regla, él no volverá con su compañera?

—Me he encargado de que eso no sea una posibilidad.

—¿Cómo? ¿Ofreciéndote a él? Hay algo que no estás tomando en cuenta, algo tan evidente que, si no fueras tan increíblemente estúpida, ya habrías visto.

—Es la segunda vez que te metes conmigo con eso. No soy estúpida. Tengo a Carlens comiendo de mi mano.

—¿Con la promesa de sexo? En eso estriba tu miopía. Mañana por la noche ambos estarán en la Arena o camino a ella. ¿Cuánto tiempo crees que podrás sostener su interés con base a eso? No sé qué tan estúpido crees que pueda ser, pero sin duda lo estás subestimando.

Resoplo.

—Tú me estás subestimando a mí. Confía en mí, he hecho esto muchas veces.

—No en estas circunstancias— me contradice.

—¿Qué propones, entonces?

Él toma aire.

—Elimina la amenaza.

—¿Qué?

—Si no puedes controlar al perro rabioso, le pegas un tiro en la frente. Muerto el perro, acabada la rabia— dice, tajante—. Has sido una tonta y te has metido en donde no debías. Ahora, tienes que salir antes de que sea tarde. Necesitas una alianza para poder entrar a la Arena. Pero no la necesitas para permanecer en ella.

—¿Me estás diciendo que mate a mi único aliado?

—Sí, exactamente eso te estoy diciendo.

Me lo pienso, por un minuto. Carlens es difícil de tratar y últimamente viene siendo más y más impredecible. ¿Y si Milo tiene razón y mi idea de tenerlo guardándome las espaldas hace que acabe con un puñal enterrado ahí?

De repente, siento el mismo temor que me inspiraba Khalil, quien se ha encerrado en su habitación con su mentora, de nuevo.

Es una amenaza. Y tengo que neutralizar esa amenaza antes de que sea demasiado tarde.

—¿Cómo quieres que lo haga?

.


Sharik Louw, Isla Marfil


Busqué en el Señor y él me oyó, y me libró de todos mis temores.
Los ojos del Señor están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos.
Salmo 34.4,15

—Es un pasaje hermoso. ¿Lo has escrito de memoria?

Lo ignoro, tal y como lo he estado haciendo en las últimas horas y continúo abriendo y cerrando la mano, de manera que la sangre fluya a través del corte que me he hecho con la piedra y pueda seguir escribiendo.

—Al menos ya has comido— dice mientras ve, supongo, la bandeja de comida a mis pies—. ¿Me dirás por qué has asesinado a esas personas?

—Dios me lo ha pedido.

—¿En serio? Porque dudo que Dios vea con buenos ojos el exterminio por motivos raciales.

Volteo a verlo. Ni mi madre ni mi abuela han vuelto aún y el silencio resulta desconcertante, pero lo agradezco, porque cuando las voces callan, el dolor en mi cabeza remite.

—No los maté porque su color de piel fuera distinto al mío— replico, hundiendo un dedo en la sangre y escribiendo otro salmo, justo debajo del anterior.

—¿Por qué, entonces?

—Porque eran pecadores— respondo, frunciendo el ceño porque una de las letras se ha corrido.

—¿Y quién eres tú para juzgar?

—¿Quién eres tú para juzgarme a mí?

—Mírame, Sharik.

Me volteo. Su figura está en la penumbra. Se encuentra sentado, con las piernas dobladas, al otro lado de los barrotes de mi celda.

Este lugar es extraño. Una excavación en la roca, con paredes irregulares que me han venido bien para mantener abierta la herida en mi palma izquierda. Es como si hubieran creado una gran burbuja y le hubiera roto un lado, para poner en su lugar los barrotes. Los barrotes son gruesos, no logro identificar el material, pero son fuertes, tanto que no soy capaz de doblarlos, no importa cuánto lo he intentado.

No hay ventanas. La luz, en su mayoría, viene de unos agujeros en lo alto del techo, también excavado, por donde se cuelan los rayos del sol. Calculo que deben ser las últimas horas de la tarde, porque la luz ha pasado de amarillenta a naranja en los últimos minutos.

—Mi nombre es Malik, Malik Sisay.

Enarco una ceja. El nombre me resulta vagamente familiar, pero no lo ubico. Él elige ese momento para inclinarse hacia adelante, dejando que un rayo de luz le ilumine el rostro. Entonces veo sus ojos, idénticos a los míos.

—¿Sabes, Sharik?— dice sin agregar nada sobre mi reciente descubrimiento—, estoy aquí para ayudarte. Me habría gustado conocerte antes, pero mis ocupaciones en el frente me mantuvieron ocupado.

Entonces lo recuerdo. Vi su nombre en mi formulario. Cuando pasé la segunda criba. Joao, el pecador, lo asignó para mí. Me dijo que era alguien especial.

—No deberías estar aquí encerrado y solo, Sharik. En unas horas, te dejaremos salir. Primero tienen que curar tus heridas y hacerte un examen físico, para asegurarnos de que te encuentras en buenas condiciones.

—Quiero que me den mi lanza.

—Te la darán. Pero debes prometer que te vas a comportar. Hasta que entres a la Arena, no puedes matar a nadie más. No puedes hacerle daño a nadie más.

El extraño parecido en nuestros ojos me sigue pareciendo desconcertante.

—No puedo prometer eso. Si Dios me dice que haga algo, debo hacerlo.

Él no me sonríe, pero tampoco llega a parecer enfadado.

—Entonces tendrán que mantenerte aquí, donde no eres una amenaza para nadie, más que para ti mismo. He oído que eres muy fuerte, de hecho, lo he visto. Una vez te vi entrenar, aunque en ese entonces no sabía quién eras. Pero me impresionaste. ¿Sabes? Nosotros dos tenemos muchas cosas en común. Ambos sostenemos una Biblia en una mano y un arma en la otra. Cuando era más joven, yo era un Pastor. Pero me equivoqué en el camino y cometí un error, un error que causó mucho dolor, y no solo a mí mismo, sino a otras personas. Por eso decidí ir a donde hiciera menos daño que, curiosamente, resultó ser detrás de un arma.

Me volteo, termino de escribir en la pared y me siento en el suelo, frente a él.

—Uno no deja simplemente de ser Pastor— le digo.

—Estoy de acuerdo. Una vez que la Palabra entra en ti— dice poniéndose una mano sobre el pecho—, nunca te deja. Pasa lo mismo cuando te toca esgrimir una espada o enarbolar una lanza ¿no crees? Cuando tomas tu primera vida… eso te marca. Creo que cada muerte que presenciamos se queda con nosotros.

Pienso en mi madre y en Zaji, que aún ahora me visitan.

—¿Qué es lo que quieres?

—Quiero ayudarte, quiero guiarte en tu camino.

—¿Cómo?

—Lo que te dije no era una mentira, Sharik. Creo que tú y yo nos parecemos en algo más que nuestros ojos. Creo que, por dentro, tenemos muchas cosas en común. Lamento no haber estado para ayudarte antes, pero lo estoy ahora. Quiero ser tu guía. Quiero mostrarte los pasos. Quiero que conozcas un mejor camino, un camino de muerte, también, pero no esta ola de destrucción que estás creando. Permíteme ayudarte.

De la nada, mis madres aparecen:

Confía, Sharik— dicen a coro.

—Guíame— le respondo. .


Lenna Vodianova, isla Rubí


—¡Lo prometiste! Juraste que me permitirías despedirme de él.

—Yo no he prometido nada, Lenna— dice con un encogimiento de hombros.

Vladimir no está, Alkonost lo ha enviado a alguna parte. La casa se encuentra vacía, exceptuándonos a nosotros dos, porque Mikhail ha salido con su hermana, probablemente a planear la mejor manera de intentar matarme.

Tengo ganas de echarme a llorar, pero prefiero morirme a dejar que Alkonost sepa la forma en que me ha afectado.

—Si lo piensas, te estoy haciendo un favor. No te morirías a sabiendas de que el pequeño… ¿cuál dices que es su nombre?

—Vete a la mierda.

—Un poco rebuscado, pero tú sabrás como se llama tu bastardo— se burla—. En fin… ahora que no podrás despedirte de él, seguramente te esforzarás más para volver ¿no crees?

Tiemblo, por la frustración. Mis ojos se dirigen a las armas que se encuentran sobre la chimenea, pero sé que matarlo no me liberará de esto. No salvará a Anton tampoco.

—¿Ya sabes cómo matarás al bastardo? Me refiero a Mikhail, por supuesto. No a tu bastardo— dice con una enorme sonrisa, como si acabara de decir algo muy gracioso.

—Lo descifraré en cuanto me encuentre en la Arena. Si no has venido a que me despida de Anton, lárgate. Tengo que prepararme para el monitoreo, el examen físico o lo que sea.

—Te quería hablar de eso. No me permitirán estar durante la revisión. Al parecer el equipo con el que te examinarán es muy sensible— dice rodando los ojos—. Pero sea como sea, te daré una advertencia: una sola palabra sobre nuestro trato y liquidaré a tu niño ¿entendido?

—Lárgate.

Con una última sonrisa, el cretino se marcha.

Mikhail no regresa a la casa y asumo que se ha ido directamente al Centro de Salud, donde han anunciado hace un rato que tenemos que presentarnos en cuanto caiga el sol. Me visto, utilizando uno de los vestidos veraniegos que han dejado en mi armario y me abrazo a mí misma. Esta noche dormiré en la Arena. Esta noche empezaré, de verdad, el camino que me devolverá a Anton. Pienso en sus ojos, azules como el cielo y encuentro la determinación que necesito.

Para volver a casa, para salvar a mi hijo… tendré que hacer cosas terribles.

Y no me importa.

El camino hacia el Centro de Salud se vuelve corto, como si el destino me urgiera. Se ha formado una cola. No veo a Mikhail ni a Khalil. Tampoco es como si me importara.

—¿Qué están haciendo?

La chica de Diamante me dedica una mirada insolente que disimula con una sonrisa.

—Nos están haciendo pasar uno por uno.

—¿Para el examen físico?

Ella se encoge de hombros.

—Los que han entrado, no han vuelto a salir. Supongo que los están enviando a prepararse para los Juegos en alguna otra parte.

Frunzo el ceño, pero espero mi turno pacientemente, mientras la cola detrás de mi se alarga por momentos.

Cuando por fin me corresponde, entro a una sala circular. Un ligero mareo hace que tenga que apoyar la mano en la pared, como si de pronto el mundo se hubiera movido bajo mis pies. Frunzo el ceño, poco acostumbrada a tener tan poco control sobre mí misma, pero me recupero rápidamente.

Al fondo, veo un ascensor con un solo botón, una flecha hacia abajo. Lo presiono e, instantáneamente, las puertas se abren. Un poco renuente, entro en él. No hay botones, pero el cubo de metal empieza a moverse en cuanto las puertas se cierran. No sé cuánto tiempo pasa. Cuánto duramos descendiendo y descendiendo… Cuando finalmente las puertas se abren, estoy frente a una sala con demasiado metal, con monitores que pitan rítmicamente y una silla reclinable que me recuerda, vagamente, a mis esporádicas visitas al dentista.

Frente a todo, se encuentra Essus Gwynn y la mujer canosa de los Titiriteros.

—Hola, Lenna— saluda él. Su tono de voz resulta tan cálido como sus ojos cafés—. Mi nombre es Essus y me encargaré de supervisar tu monitoreo. Ella es Grace—dice señalándola con una mano. La mujer no se molesta en mirarme. Teclea cosas en el moderno equipo y asiente para sí misma—. El proceso es completamente indoloro— promete Essus.

—¿Por qué no se está encargando Ambar de esto, como ha hecho con todo lo demás?

—Porque esta revisión requiere una visión desde adentro— dice él con una sonrisa tranquilizadora—. Con estas máquinas, podemos determinar en qué estado te encuentras de pies a cabeza, de adentro hacia afuera. Sé que teniendo que lidiar con alguien como Alkonost tienes tus razones para desconfiar de mí, pero te prometo que haré todo lo posible por ayudarte en esta parte del proceso, Lenna.

No le creo. No porque no quiera hacerlo, sino porque he aprendido a que no puedo darme ese lujo. Sé que no puedo resistirme eternamente, así que camino y me siento en la silla, incómoda por la posición tan vulnerable en que me deja.

—Gracias— dice Essus y realmente suena como si apreciara mi confianza—. Empezaremos con un escaneo físico— dice mientras la mujer hace descender una especie de cilindro que flota en el aire—. Mantén los ojos en la luz roja— dice él.

—¿Qué luz…? El cilindro se enciende, proyectando un haz de luz que me ciega por unos segundos antes de deslizarse arriba y abajo, hasta mi coronilla y luego descendiendo a mis pies.

—Te encuentras en muy buena forma, Lenna— alaba él—. Tus músculos y grasa corporal están en sus niveles óptimos, tienes una ligera deficiencia de hierro, pero nos haremos cargo de eso. Ahora— dice sacando algo de un anaquel transparente detrás de él. Vuelve con un traje, en sus manos, de color negro con rojo—, este es tu traje para la Arena. Creo que notarás que no es un tejido común y corriente.

En mis manos, se siente casi líquido.

—Puedes cambiarte detrás de aquel biombo, para que tengas un poco más de privacidad. Cuando vuelvas, haremos un examen neurológico, te inyectaremos los nutrientes que necesites y habremos terminado— me promete.

Genial, más exámenes.

La ropa se ajusta de una forma extraña, perfecta, a mi cuerpo. Encuentro unas botas fuertes y resistentes detrás del biombo, justo de mi talla, como toda la ropa que me han dado aquí.

Cuando regreso, Essus me sonríe. Pero no es el tipo de sonrisa libidinosa que suelen dirigirme los hombres. Me desconcierta.

—Te sienta muy bien. Ahora las inyecciones, luego haremos el examen neurológico y estaremos listos.

Regreso a mi asiento. Me inyectan hierro, un compuesto vitamínico y algo que, se supone, hará que tarde más en deshidratarme de lo que lo haría en condiciones normales.

—Es un tatuaje extraño este que tienes aquí— dice cuando me arremango para que tome mi presión arterial de nuevo.

Observo las líneas del código de barras.

—Nos lo puso el gobierno— respondo—. El de Alkonost. Así controlan a la población.

Essus me dedica una mirada que no logro descifrar.

—Lamento mucho lo que has tenido que pasar, Lenna— dice mientras me coloca un par de electrodos en mis sienes y saca una pastilla blanca de una pequeña cajita.

—Esto es para relajarte. Te prometo que estás a salvo— me dice antes de tomarla con una mano enguantada y dirigirse hacia mi boca.

Mis alarmas se disparan, pero de todas formas abro la boca. No es como si la pastilla fuera a hacerme más daño que las inyecciones que he dejado que me ponga.

—Vas a sentirte algo somnolienta— me dice él.

En cuanto la pastilla se disuelve en mi lengua, rápido, como si fuera azúcar, siento mis párpados pesados.

Los cierro y, cuando los vuelvo a abrir, una sensación extraña me asalta, como si dejara algo atrás.

—Todo ha salido bien— me dice Essus—. Los estamos enviando directo al punto de lanzamiento, así que puedes marcharte ya. No volverás a encontrarte con nadie hasta que entren a la Arena. Simplemente sigue las instrucciones— dice cordial.

Me levanto. Siento el extraño impulso de estrechar su mano, pero lo reprimo. Mascullo un agradecimiento y empiezo a caminar, siguiendo la dirección que él ha señalado.

—Y Lenna— me dice, haciendo que me detenga— ¡buena suerte!

Un mordisco de culpa me aguijonea el estómago.

Me volteo y lo miro a los ojos.

—Gracias— digo, esta vez de todo corazón—. Buena suerte para ti también, supongo.

Él me sonríe y asiente.

—Creo que ambos la necesitaremos.


Rhiannon Phyl, isla Aguamarina


Hemos construido una sala desde la cual podremos ver los Juegos, en Perla. En un principio, la idea era que dejáramos que los Juegos siguieran su propio curso y que cada quien volviera a sus ocupaciones, pero cuando Valkyr y Essus se negaron a dejar a nuestros chicos a merced de los Titiriteros, los demás empezamos a seguirlos.

No estoy segura de si está bien o no que desee, muy en el fondo, que los Juegos duren poco. Me pregunto si estaré siendo injusta con Éire y con Maddox, que se irán a jugar la vida por mí. Pero desde lo que sucedió con Sharik…

—Señora Phyl— uno de los pequeños de Makemba hace una reverencia frente a mí—. Me han pedido que le entregue esto— dice mientras me entrega un sobre. Mi mano tiembla cuando reconozco la caligrafía.

—Gracias, pequeño— digo dejando el sobre sobre la mesa y dirigiendo mi atención a la pantalla, en donde veo como Éire entra a su estación de lanzamiento. Parece inquieta y no deja de frotarse la frente, como si esperara algo. Éire me preocupa mucho más que Maddox. Su mente fantasiosa es un gran aliciente para que ella esté aquí y tuvo notas altas y consistentes en todo su entrenamiento, pero…

—¿No la leerás? —Valkyr se sienta a mi lado.

—¿Cómo siguen tus heridas?

—Curadas— dice mostrándome ambas manos, con piel de un rosado casi blanco. Ya no quedan casi evidencias de sus quemaduras—. Pero no cambies de tema, Rhi. ¿No leerás lo que sea que te enviaron?

—Debe ser alguna tontería— digo agitando la cabeza.

—No viene de fuera de la isla— dice ella estirando la mano y tomando el sobre, demasiado rápido como para que pueda impedírselo—. Eso significa que te lo ha enviado o alguno de los miembros del equipo o uno de los Titiriteros. Apostaría a que fue Tristán ¿no?

Alzo el rostro casi con violencia.

—¿Qué dijiste?

Ella se ríe.

—Bueno, puede que últimamente esté demasiado ocupada lamentándome por todo, pero eso no me hace menos observadora ¿sabes? ¿Me lo contarás?

—¿Me dirás que pasa contigo y con Essus?

Ella dirige la mirada al monitor sobre la Sala de Monitoreo, donde Essus se está encargando de las heridas de Sharik. Veo la ansiedad en su rostro.

—Él va a estar bien.

—No quiso llevar a nadie que lo protegiera— se queja.

—Por ahora, parece tranquilo— y es cierto. Sharik se mete detrás del biombo y se pone el traje para la Arena sin hacer ningún problema.

—¿Qué está pasando entre ustedes, Valk?

Ella enrojece ligeramente.

—Nada.

—¡Te lo has pensado! —la acuso.

—¿Qué pasa contigo y Tristán?

—Nada— respondo rápidamente, pero por el brillo de su mirada sé que no la he engañado.

—Vale, déjame reformular. ¿Qué pasó contigo y Tristán?

—Larga historia, triste historia.

Ella frunce el ceño.

—¿Te dejó?

Me encojo de hombros.

—No quiero hablar de eso.

—¿Señorita? —el niño aparece de nuevo, tocando mi hombro con una de sus manitas cálidas. Veo, con horror, que trae otro sobre.

—Pues parece que alguien si quiere. Anda, vete un rato. Aún falta media hora para que todo empiece de verdad.

—Valk…

—Al menos averigua lo que quiere. Dios sabe que necesitamos tener al menos a uno de nuestra parte.

—¿Piensas usarme para conseguir ayuda?

Ella se encoge de hombros.

—Puedes disfrutar del proceso, si quieres.

—Muy simpática— le digo mientras veo a Maddox acostarse en el suelo de su Estación de Transporte y hacerse un ovillo para dormir. Suelto un bufido.

—¡Qué envidia! Todos aquí, de los nervios, y él puede simplemente echarse una siesta— dice Radhika desde su rincón, junto a Joao que no le quita la vista de encima a Aaliya y Makemba que habla en voz baja con su bokor—. Tu chico luce muy confiado, Rhiannon.

Le sonrío mientras jugueteo con ambos sobres.

—Eso parece.

¿Qué haré si llego a leerlo? ¿Debería hacerlo?

Valkyr sujeta mis manos entre las suyas.

—Nada pierdes por escuchar lo que tiene que decir— susurra en mi oído antes de soltarme y levantarse para ir a decirle algo a Oberón, que ha regresado esta mañana.

Mientras camino, zigzagueando entre los caminos externos del complejo y agachándome para pasar bajo la rama de un árbol, no puedo evitar pensar en que esto se parece muchísimo a lo que hacíamos hacía tan solo seis años. Cuando la vida era menos complicada y creía que el amor de verdad existía.

¿Cuántas veces me escabullí en medio de la noche para ir a verlo a él?

Igual que en aquel entonces, mi corazón parece haber encontrado un ritmo que desafía las leyes de la naturaleza…

—Viniste.

… hasta que su palpitar se detiene con el sonido de su voz.

Me obligo a mantenerme seria. A no permitir que la sonrisa tonta que lucha por curvar las comisuras de mi boca llegue a salir.

—Dijiste que tenías algo importante que decirme ¿qué es?

Él me sonríe, haciendo que sus ojos se iluminen. Me siento una idiota por notar lo guapo que se ve o lo rápido que sus mejillas han dejado de lucir hundidas, gracias a la nutrición complementaria que Makemba se ha encargado de asignarles.

—Luces preciosa, amor. Un poco delgada para mi gusto, pero hermosa como siempre.

—No me llames así— mascullo.

—¿Así como? ¿Preciosa? ¿Delgada? ¿Hermosa?

—Déjate de juegos, Tristán.

—Haremos un trato— dice él, con la estúpida sonrisa que hace que mi interior hierva por algo diferente a la furia—. Una pregunta por una pregunta.

—¿Qué quieres decir?

—Tú puedes preguntarme lo que quieras, sobre lo que quieras. Y yo haré lo mismo. La condición es que no se permiten las verdades a medias. Una vez formulada la pregunta, debes responderla.

—¿Y si no quiero hacerlo?

—Entonces el juego se acaba— dice con un encogimiento de hombros—. En señal de buena voluntad, te dejaré que preguntes primero. Pero ten cuidado con cómo planteas tus preguntas.

—Bien— espeto yo— ¿Qué tienes que contarme?

Su sonrisa se hace imposiblemente ancha.

—¿Qué te acabo de decir, Rhi? Ten cuidado con cómo planteas tus preguntas. Tengo muchas cosas que decirte. Algunas querrás oírlas y otras no. Te puedo contar, por ejemplo, como es la vida en las Flotantes— dice utilizando la expresión que usan los expatriados para referirse a las pequeñas islas en que los exiliamos—. Qué se siente cuando deja de llover por semanas y tienes que beber tu propia orina… Que se…

—Tu turno de preguntar— digo yo de inmediato, cortándolo. Él me sonríe.

—¿Qué sentiste el día en que me exiliaste?

—Esa no es una pregunta justa.

—Tú aceptaste jugar. Puedes retirarte ahora, pero créeme que te interesa lo que tengo que contarte.

Suelto un suspiro.

—¿Cómo crees que me sentí?

—No lo sé, por eso te lo pregunto.

—Tenía el corazón roto— le respondo—. Había perdido a mi padre tres días atrás y entonces te perdí a ti y…

—Tú no me perdiste— dice con el ceño fruncido—. Me mandaste a perder, que es otra cosa.

—Tristán…

—Vamos, dame una respuesta de verdad. Define "corazón roto"

—Estás siendo deliberadamente cruel.

—Bien, eso define muy bien mi forma de percibirte ese día, Rhi.

—Sentí como si mi mundo se hubiera detenido para luego empezar a derrumbarse. Así me sentí. Como si yo fuera a la deriva y no tuviera nada de qué sujetarme. Yo confiaba en ti, en ti y tú…

—Yo no hice nada, Rhiannon.

—Basta…

—No, tú basta. Mira lo que nos has hecho. ¿Tienes idea de cómo me sentí cuando tu primer designio como reina fue exiliarme? ¿Acaso sabes lo que sentí cuando tus malditos guardias me dijeron que te habías negado a siquiera darme una audiencia?

Cierro los ojos, recordando cómo estaba ese día. Recordando mi reflejo en el espejo. Mis ojos hinchados de tanto llorar.

—No necesitaba escuchar lo que tenías que decir.

—¡Y una mierda que no! ¡Ni siquiera pude estar en mi maldito juicio, Rhiannon! Creí que me amabas…— agrega con voz temblorosa.

—Sí que te amaba— "creo que todavía te amo" agrego para mis adentros—. Yo creí que tú me amabas también. Por eso, cuando lo vi…

—¿EL QUÉ?

—Ya basta. ¡Ya deja de fingir! —estallo—. No tienes derecho a seguir lastimándome. Lo vi todo ¿de acuerdo? Me lo mostraron todo— él espera a que yo agregue más, pero me faltan las palabras.

—Anda, dime ¿qué fue lo que viste?

—En tu barco— digo yo—. Los planos, las joyas, las piezas de arte… todo a lo que te di acceso. Todo lo que robaste.

—Ajá… —dice burlón y yo siento deseos de golpearlo de nuevo.

—Me usaste, durante todo ese tiempo y yo, como una tonta, te abrí las puertas, te mostré todos los secretos ¡todos!

—Rhiannon…— dice él y de repente parece tener sesenta y dos y no treinta y dos—. Alguna vez, en el tiempo que estuvimos juntos ¿me viste siquiera remotamente interesado en alguna de las cosas del maldito castillo? ¿Crees que habría robado todas esas malditas cosas pudiendo tenerte a ti en su lugar?

—Las cosas que tomaste valían millones…

—Claro, y el dinero siempre fue nuestro principal tema de conversación ¿no? —dice irónico.

Intento recordar una vez en la que él se haya mostrado realmente interesado en las grandes riquezas que nos rodeaban cuando nos metíamos en el castillo. En mi habitación, para empezar, pudo haber tomado lo que quisiera… siempre pasaba tan obnubilada con su presencia que no me habría dado cuenta.

—¿Y se supone que eso es todo? ¿Me das tu palabra y yo tengo que creerte? ¿Así de fácil?

—¿Por qué no puede ser así de sencillo? — me contradice—. Te amaba, te amo— se corrige—. Y pensé que esperarías un poco más de mí. Es decir, sé que nunca fui ni de lejos tan listo como tú, pero dame algo de crédito, Rhiannon ¿crees que sería tan estúpido como para robarte y tratar de salir del puerto con tus cosas en barco?

Dicho así, sonaba realmente estúpido.

—¿Por qué demonios tenías tanto miedo? ¿Por qué no pudiste creer en mí? —continúa él.

Cada palabra me sienta como una bofetada. Él por su parte, luce cansado:

—Sirhan, Dánica y Karan han aceptado la propuesta que nos han hecho Alkonost y Suyay.

—¿Qué propuesta? —digo sorprendida.

—Sí, me pareció que los demás no sabrían nada. Ten cuidado, Rhi— agrega antes de darse media vuelta y dejarme ahí, temblando como una hoja.

En lo único en lo que puedo pensar durante algunos segundos es en que me he equivocado terriblemente con él. Después, la realización de lo que me ha dicho al final, me golpea.

Tomo los bajos de mi vestido y empiezo a correr, desesperada, hacia la sala en donde están los demás.


Último capítulo antes de que entremos a la Arena. Ya quedó todo servido para eso.

Los puntajes están así:

Jacque-Kari/ Henrik: 14

Patriot/ Lis: 9

Naty_mu/Hugo: 7

Camille Carstairs/ Amara: 6

HikariCaelum/ Maddox: 4

G. Applause/ Éire: 2

AleSt/ Mikhail: 2

Bellamybell/ Lenna: 5

Lauz9/ Sharik: 0

Bruxi/ Aaliya: 5

Bermone/ Hissène: 4

Yolotsin Xochitl/ Elíma: 7

MaryDC/ Raif: 2

Alphabetta / Kheira: 3

Imagine Madness /Carlens: 7

CAM41918/ Nayara: 1

Siri Tzi/ Khalil: 5

JXJ2 / Coral: 1

Amber Swan / Ankar: 1

Disi22 / Noa: 1

Preguntas:

1. ¿Quién crees que sea el primero en morir?

2. En mi SYOT, no habrá Cornucopia, por lo que la matanza inicial funcionará de una forma un poco distinta. ¿Teorías sobre esto?

3. Si pudieras elegir tú al nuevo mandatario, ¿quién sería y por qué?

A quienes siguen leyendo ¡muchas gracias! Se que ha estado leeeento todo el tema de las actualizaciones, pero ahora que entramos a la etapa de Arena, será mucho más fluído y menos monótono.

A partir del siguiente capítulo, serán capítulos más cortos y, por lo tanto, más fáciles de comentar y para mi de escribir (espero). El SYOT del foro me ha tenido algo liada y si a eso le sumas la U y mi trabajo, pues es duro, pero no pienso abandonar este proyecto.

¡Espero ansiosa leer su review!

Abrazos, E.