Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.
16. Ríos de Sangre
Día 6
Nayara Banks, isla Zafiro
"No puedo respirar".
Cuando despierto, ese es mi primer pensamiento. No sé en qué momento me he quedado dormida. Mis párpados pesan, como si bajo la piel me hubiesen metido láminas de plomo. No sé cómo llegué hasta aquí.
El traje que nos han dado para la Arena se siente caliente cuando palpo mi cuerpo, intentando revisar si mis pulmones están funcionando.
Me esfuerzo, de nuevo, por abrir los ojos. Cuando lo hago, veo un cielo de un desconcertante color rosa claro. Pero resulta extraño, como si lo viera… no exactamente a través de una ventana, pero hay una curvatura que lo deforma. Parpadeo, una y otra vez, intentando encontrarle forma.
Una cúpula. Estamos dentro de una especie de domo. El cielo pasa del rosa al naranja y de ahí al celeste claro. Intento, desesperada, llevar aire a mis pulmones, pero resulta inútil. Siento como el pulso late desaforado a través de mis venas, mi cuerpo se empapa en sudor.
Me ahogo. Me muero. ¿Será así? ¿Ni siquiera seré capaz de dar pelea? Pienso en Simon, en mis padres, en mi tía, que en este momento debe estar pegada a la pantalla, viéndome morir como una inútil, a punto de caer desde el principio.
De pronto, como si alguien removiera un yunque de mi pecho, soy capaz de respirar.
Abro la boca y un jadeo inhumano brota de mis pulmones. Toso, jadeo, vuelvo a toser. Mis ojos se llenan de lágrimas y por fin encuentro la energía para enderezarme, primero estoy de rodillas, con los antebrazos apoyados sobre la hierba, verde, muy verde. Me tomo un minuto entero para recuperarme. Me pongo de pie, me tambaleo. Respiro profundamente, llenando mis pulmones de oxígeno y cierro los ojos, intentando vencer las náuseas.
Estoy viva. Estoy viva.
Una voz me sobresalta:
—Buenos días, campeones.
Mi cuerpo adopta una postura defensiva rápidamente. Tardo apenas un segundo en darme cuenta de que estoy desarmada. Reviso rápidamente a mi alrededor y noto un pequeño fardo de tela en el suelo. Me lanzo hacia él, como si fuera un oasis en medio del desierto. Mis hachas. Dos tomahawk cuidadosamente envueltas en la tela, del tamaño de un tapete. También hay una especie de medalla, del tamaño de una moneda, aunque no es redonda. Cuento los lados. Diez. Uno por cada isla.
—Si sus reflejos son tan buenos como deberían, ya deberían haber encontrado nuestro regalo para ustedes.
La voz viene de todas partes y de ninguna a la vez. No consigo identificarla, pero algo en mi interior me dice que se trata de una de esas personas, los Titiriteros. Los que moverían los hilos durante los Juegos.
Me estremezco. Meto la medalla en mi bolsillo. Su peso resulta curiosamente reconfortante. La examinaré luego.
—Ahora se encuentran armados, pero el otro objeto les será increíblemente útil— continúa la voz. Me esfuerzo en intentar descifrar el trasfondo, el idioma en que son pronunciadas originalmente las palabras, pero el dispositivo traductor actúa sin fallos—. Hemos calibrado cada objeto para que responda a frecuencias distintas a las de su — hay burla en su voz— alianza. A partir de ahora, cuando un enemigo se acerque, notarán una alerta.
Giro sobre mis pies, revisando que no haya nadie en las cercanías y saco el objeto de mi bolsillo. Veo una especie de pantalla, que por ahora permanece a oscuras. No hay botones, perillas ni palancas. Sea cual sea su funcionamiento, no está planeado para que nosotros seamos capaces de modificarlo.
—Y eso me lleva a la parte interesante de todo esto— continúa el hombre—. Supongo que todos habrán notado esa insoportable sensación de ahogarse en cuanto han despertado ¿no? — hay un tono guasón en su voz. Como si el recordar la escena le pareciera divertido—. No ha sido casualidad. Tampoco será la última vez que lo experimenten.
Observo el cielo con el ceño fruncido.
De repente, el suelo bajo mis pies empieza a moverse. Me tambaleo y caigo sobre una de mis rodillas.
¿Un terremoto? Apoyo una mano en el suelo para equilibrarme y alzo la vista al cielo.
—No se preocupen— continúa la voz—. No descienden hacia el infierno. Al menos no aún— dice él.
No entiendo a qué se refiere hasta que, con un grito de asombro, me doy cuenta de lo que está sucediendo. Ahí donde antes había un cielo infinito, ahora hay ¿agua?
De repente, la sensación de estarme ahogando se vuelve horriblemente real.
Nos están hundiendo. Están haciendo que el océano nos trague del mismo modo en que el mundo lo hizo con las islas.
—¡Que comiencen los Juegos del Hambre!
Henrik Fjordevik, Isla Diamante
Meto tres de las cuatro dagas que me han dado en los bolsillos de mi pantalón y empuño la última. Observo, con el ceño fruncido, el vaivén del agua sobre mi cabeza, ocupando el lugar que debería tener el cielo.
No nos han llevado a la profundidad de océano, lo sé porque, aunque refractada, sigue llegando luz. Es como estar en un acuario gigante. Extrañas formas de luz se proyectan sobre el suelo.
Lo he vivido antes, el día en que Ari cayó dentro del lago y yo salté, en un despliegue de temeridad y estupidez, para salvarla.
Estiro los brazos, como si quisiera probarle a mi cuerpo que esta vez, no me estoy muriendo. No me estoy ahogando, al menos no aún. Pero ahora entiendo la horrible sensación que tuve al principio, cuando desperté aquí. Intento entender como llegué hasta este lugar, pero mi mente está en blanco.
No importa ahora. Tengo que encontrar a Hugo y a Amara. Tenemos que hallar la mejor manera de enfrentar esta situación.
Un brillo rojizo aparece en el punto más alto del domo. Cuando alzo la mirada, noto que se trata de una enorme cuenta regresiva:
01:00:00
Me recuerda a los relojes digitales que ponían en la facultad cuando hacíamos exámenes.
—Presten atención al reloj sobre sus cabezas. Como si su vida dependiera de ello. Porque su vida depende, realmente, de ello. A partir del momento en que lo indique, tendrán exactamente una hora para encontrar y asesinar a cinco de sus adversarios. Aliados o enemigos, nos da igual, siempre y cuando el marcador marque cinco muertes antes del final de la hora. Ese es el tiempo que durará su suministro de oxígeno. Si no conseguimos nuestra cuota, entonces… puede que igual nos cobremos las muertes que hagan falta para ajustar el marcador.
Salto sobre la punta de mis pies, intentando aligerar la tensión.
—Pero la Arena es grande— continúa la voz— y sería muy aburrido que se la pasaran dando vueltas, como murciélagos, intentando encontrarse. Ahí es donde entra el dispositivo. Con él, podrán rastrearse unos a otros. Pero tengan cuidado, que los otros estarán haciendo exactamente lo mismo que ustedes. Dennos lo que les pedimos y entonces reabasteceremos el suministro de oxígeno. No lo hagan y entonces… sufran las consecuencias.
Hay un estallido de estática y asumo que la conexión se ha terminado.
El reloj parpadea, y la cuenta regresiva comienza:
00:59:59
Me imagino a los campeones más irreflexivos corriendo sin control, en cualquier dirección, buscando un objetivo. Sonrío al imaginar a Amara en esa situación antes de sacudir la cabeza y detenerse para tratar de pensar más como Hugo y menos como ella misma.
Tengo que centrarme y trazar un plan. Podría esperar a que alguno de los otros decida tomar a título personal el tema de conseguir el tributo de sangre que están pidiéndonos al comenzar los Juegos, pero eso sería dejar las cosas al azar. No quiero verme obligado a buscar y matar a alguien cuando el suministro de oxígeno haya disminuido demasiado.
Tomo el sensor de mi bolsillo, en donde lo he guardado, y lo hago girar entre mis dedos. De repente, ahí donde no había nada, ahora veo un mapa en miniatura con puntos de diferentes colores. Reconozco el mío porque es más grande y de color azul brillante. Los demás son rojos, excepto por dos puntos verdes que se encuentran al otro lado de la Arena. Una flecha me indica que me encuentro al norte de la Arena. Amara y Hugo, que asumo son los puntos verdes, están al oeste y al sureste.
¿Los busco o busco a alguien con quien luchar?
00:57:46
Sostengo una de las empuñaduras de mis dagas con mi mano libre.
Tiene que pasar tarde o temprano. Si quiero ganar, si quiero volver a casa con Ari, con Svante… si quiero tener la oportunidad de enfrentarme a mi padre por lo que hizo… Tengo que hacerlo.
En mi mano, el dispositivo empieza a vibrar. Muy inteligente. Si no suena, tendremos la oportunidad de escondernos o alejarnos.
Mi cuerpo entra en tensión un segundo antes de que suceda, comprobando que mis instintos, afinados por la adrenalina, se encuentran bien.
Me lanzo al suelo rodando sobre mis piernas, cayendo arrodillado y levantándome en un segundo.
Parece que alguien ha decidido por mí. Desvío la mirada un segundo, solo para ver la pequeña hacha que se encuentra firmemente clavada en el tronco.
Hachas significa Zafiro, pienso mientras sujeto con fuerza la empuñadura de una de mis dagas. Me concentro en los sonidos. Aquí adentro no corre la brisa como si estuviéramos al aire libre. Asumo que hay un sistema de ventilación, por el cual puedan hacer fluir el oxígeno, pero lo que aprendí en mi formación sobre cómo detectar el movimiento y el punto desde el cuál vas a ser atacado no sirve de nada. Cierro mis ojos y me concentro en los sonidos, hay animales aquí adentro, soy capaz de escucharlos respirando, luego viene el crujido de una rama y entonces me aparto medio paso, haciéndola fallar.
Es una chica.
Ella rueda ágilmente en el suelo y se mantiene acuclillada, con una mano en el suelo y la otra aferrada a una segunda tomahawk. Como lo imaginaba, es la Zafiro, la aliada de Lis. No recuerdo cuál es su nombre.
—Tratar de tomar por sorpresa a alguien es muy antideportivo ¿sabes?
—Suele ser muy efectivo— responde ella enderezándose y echándose un mechón de cabello atrás. Sujeta la pequeña hacha con ambas manos y lanza una mirada furtiva por encima de mi hombro, viendo, sin duda, que ha tenido un error de cálculo importante al lanzar una de sus armas sin estar segura de que tenía un tiro limpio.
—Adivino ¿tú tampoco quieres quedarte sin aire?
—Después de ver lo horrible que puede ser ¿me culpas?
— Tu eres… Natalia la aliada de Lis, ¿no?
Un músculo tiembla en su mandíbula.
—Es Nayara— dice ella torciendo los ojos.
Sonrío.
—Bueno. Que quede claro que yo no te he buscado a ti.
Ambos levantamos los ojos:
00:54:27
Ella baja la mirada medio segundo antes que yo, lo que le da la ventaja de cargar contra mí. Su técnica es diferente a la mía, más agresiva, lo cual me sorprende viniendo de un sitio de lógica como Zafiro, pero supongo que es parte de su estrategia. Que nadie se vea venir esta forma de pelear.
Tengo suerte de ser ágil, lo que me permite curvar mi cuerpo para evitar el borde afilado de su hacha. Ella la hace girar en su mano, de manera que recibo un golpe seco con la cara plana del hacha en el pecho cuando Nayara cae sobre mi.
Tiene el labio superior cubierto de sudor y las pupilas dilatadas. Está aterrorizada.
Una parte de mí, no puede evitar pensar en Ari cuando doblo mi brazo e incrusto, con fuerza, mi codo en su clavícula, haciéndola jadear de dolor. La idea de golpear a una mujer no es precisamente lo mío, pero es su vida o la mía.
La daga no se ha resbalado de mi mano en todo ese tiempo. Cuando ella se echa atrás, por el impacto, trazo un semicírculo con el brazo y corto una parte de su vientre. El corte es largo y lo suficientemente profundo como para que su uniforme empiece a mojarse con su sangre.
Ella parece momentáneamente desconcertada por la sangre que moja su piel hasta que, un momento después, se recompone y esgrime su hacha. Esta vez, espero el ataque, lo que no veo venir es que ella arroje su arma. El hacha se precipita hacia mi dando vueltas en el aire. Logro desviar el estoque y el filo del hacha roza mi hombro en lugar de dar de pleno en mi pecho como ella quería. Ni siquiera noto el dolor porque estoy hasta arriba de adrenalina.
Me giro para atacarla y ella sale disparada hacia adelante, La veo aferrarse con ambas manos al arma que sigue clavada en el árbol. No sé cuánto tiempo tarda en girarse, a mi me parece una eternidad. En un segundo ella está soltando el hacha del árbol y yo tengo el brazo estirado hacia adelante. Al asegundo siguiente, la daga sale despedida hacia ella, girando como una estrella de plata, del mismo modo en que su hacha venía hacia mí hace menos de un minuto.
El problema es que la chica no es, ni de lejos, tan rápida como yo.
No consigue desviar el tiro y la daga se clava firmemente entre sus costillas. Ella baja la mirada y el hacha se resbala de entre sus dedos.
La veo retirar la daga con dedos temblorosos. Es un error. La sangre brota ahora a borbotones.
La hoja de la daga es fina, pero muy afilada. El corte es diminuto pero he perforado algo importante. Un pulmón, el corazón… a juzgar por el ángulo, bien podrían ser ambos.
Ella no parece creérselo. No aún. Suelta un gimoteo y yo me quedo ahí, de pie, esperando a que muera hasta que su cuerpo cae laxo sobre el césped.
En alguna parte, un montón de campanas empiezan a repicar.
Y el contador junto al reloj marca la primera muerte.
Aaliya Kengne, Isla Marfil
En mi bolsillo, el aparato no deja de vibrar. Se está acercando, me está siguiendo y yo no debería huir, debería quedarme y enfrentarla. Tampoco debería consumir tanto aire con mis jadeos.
Pero de todas maneras lo hago.
Este lugar en el que he ido a parar no resulta, en lo absoluto, mi entorno natural. Estoy acostumbrada a toda la amplitud infinita de mi hogar. A los cielos que no se acaban nunca y los páramos desnudos. Resulta opresivo estar rodeada de tantos edificios de piedra semidestruídos.
—No podemos seguir corriendo. Lo sabes ¿no?
Su voz se siente muy cerca. La ignoro y tuerzo en una esquina.
Estoy segura de que ella cree que matarme le será sencillo. Pero…
Finalmente, llego a un punto en el que me siento a gusto. En algún momento, esto debió ser una casa gigantesca, tal vez una oficina, pero la mayor parte de las paredes se han caído y solo quedan bloques de cemento que ni siquiera me llegan a la pantorrilla. Estaban pintados de un desgastado color mandarina y parecen tener esa erosión que adquieren las cosas cuando han pasado mucho tiempo bajo el agua.
No me detengo a analizar demasiado esas cosas. La casa derrumbada me ayuda a combatir la horrible sensación de sentirme encerrada en este lugar, pero la ventaja que le llevo a la chica es demasiado poca. Consigo acomodarme más o menos en el centro del edificio derrumbado antes de que ella entre en el área despejada.
Me toma un solo vistazo el darme cuenta de que la carrera ha tenido un efecto secundario que no había esperado. Ella no está acostumbrada a los climas cálidos y a pesar de que este lugar no se compara con Marfil, sin duda es mucho más caliente que su natal Diamante.
Le falta un poco la respiración y tiene el rostro perlado de sudor. Puede que esté en buena condición física gracias al entrenamiento, pero un año de hacer ejercicio difícilmente puede compararse con la forma en la que yo me he criado. Una mirada es suficiente para saber que ella no está hecha para las privaciones que sé que vienen en camino.
Me pregunto si ella lo sabe también. Su nombre, si no mal recuerdo, es Elisabeth. Trata de disimular su desgaste físico lanzándome una mirada petulante, pero lo cierto es que estoy cansada de que me subestimen, así que no dejo que me afecte.
—Nada como una buena carrera para entrar en calor ¿no crees? —nunca me he considerado a mi misma una persona graciosa, pero estamos por matarnos la una a la otra y la tensión es horrorosa. Me arrepiento casi en el momento en que las palabras salen de mi boca. Porque ella me dedica una mirada envenenada que, de no ser porque he templado mi carácter en los últimos meses, podría asustarme.
No lo hace.
El corte que ella me ha hecho al arrojarme una de sus dagas hace que la sangre me gotee por el brazo derecho. Menos mal que soy zurda, así que me aferro con mi mano izquierda a uno de mis seis kunais y me aseguro, tanteando con el brazo herido, que los otros se encuentran accesibles en los bolsillos de mi pantalón.
—Sabes cómo va a terminar esto ¿no? —dice mientras mete un mechón de cabello detrás de su oreja y saca una segunda daga de su traje. Ni siquiera me da tiempo de responderle antes de que arroje otra arma contra mí. Esta la reconozco como un sai.
Ella es rápida y certera. Su arma pasa rozándome el muslo derecho porque no soy lo suficientemente veloz para salirme del camino. Pero sonrío de todas maneras. Si los Titiriteros han sido justos, ella y yo tenemos la misma cantidad de armas y ya Elisabeth ha perdido un tercio de ellas.
Apenas es un roce y tengo tanta adrenalina corriendo por las venas que ni siquiera registro el dolor. Si veo, sin embargo, como la tela de mi traje se oscurece por la sangre que me humedece la pierna.
Decido jugármela y lanzar uno de los kunais, que ella, por supuesto, esquiva, pero no antes de que yo arroje una segunda arma, que la corta a la altura de la cadera. Ella aparta mi arma con un gesto de asco.
He perdido dos de mis armas, pero he conseguido herirla. Ella contrataca de inmediato, avanza y acorta la distancia entre nosotras. Lanza otro sai y, esta vez, consigo agacharme, evitando que me golpe de la cara.
¡Wow! Esta chica quiere terminar pronto las cosas.
Un vistazo al reloj en lo alto de la burbuja me indica que quedan poco menos de tres cuartos de hora. Y seguimos estancados en una sola muerte.
El aire a mi alrededor parece calentarse. Una nueva ola de adrenalina se descarga en mis venas y, de repente, puedo ver con más claridad. Mi cuerpo está luchando por su vida.
Es más grande que yo y consigue derribarme, pero ya sabía que lo iba a aprovechar. Sus piernas se enredan con las mías y yo debo girar mi torso para evitar que el pugio se clave en mi rostro.
Consigo meter mi mano entre nuestros cuerpos, la golpeo con la base de mi palma y a pesar de que no tengo una vena sádica como Sharik, me llena de satisfacción el ver la sangre manando del corte en su labio.
Hago una palanca con nuestras piernas e invierto nuestra posición, me llevo una mano a la espalda y busco a tientas otro kunai, ella aprovecha ese segundo para levantar la cabeza con violencia, asestándome en la barbilla y haciéndome retroceder. No consigue, sin embargo, volver a ponerse sobre mí. Ambas permanecemos medio acuclilladas una frente a la otra, buscando el momento idóneo para atacar.
Nuestras respiraciones se han acelerado. Ambas estamos cansadas y la presión de que el tiempo está cerca de acabarse nos está pasando la factura a las dos. Es un factor muy estresante. Hace que nos volvamos torpes, descuidadas con nuestros movimientos. Sin duda, puedo sentir la diferencia con respecto a una pelea de entrenamiento.
Elisabeth parece dispuesta a terminar con esto cuanto antes. Me salta encima de nuevo, pero esta vez estoy preparada y me muevo, de manera que ella aterriza sobre sus rodillas, ahogando un gemido de dolor antes de girarse rápidamente para no darme la espalda, pero aprovecho ese instante para lanzar otro de mis kunais, clavándolo en su espalda. Ella no grita, pero mi arma está hundida en la piel de su espalda, en un área en la que resulta difícil alcanzarlo con sus propias manos.
Cometo el error de felicitarme mentalmente y, por eso, no veo venir la estocada. Me desgarra la parte superior de mi blusa, a la altura del pecho, en mi costado derecho. Esta vez el corte es más profundo y mi propia sangre mancha rápidamente mi ropa.
Aprovecho su cercanía y trazo un arco con mi mano. El kunai corta su costado izquierdo, no demasiado profundo, pero sí lo suficiente para que su uniforme también se llene de sangre.
Jadeamos. Midiéndonos, tratando de elegir el momento idóneo para dar el golpe final.
Estamos igualadas en heridas. Cualquiera de las dos podría ganar en este momento. Y aún y cuando le duela admitirlo, ella también lo sabe.
Palpo mis pantalones y descubro, con horror que ya no tengo más armas en los bolsillos. Debo haber perdido alguna en mientras forcejeábamos en el suelo. Solo tengo un kunai y a ella le quedan dos de sus armas.
Me aparto, caminando hacia atrás, con la esperanza de que ella crea que voy a huir de nuevo. El cabello se ha soltado de mi trenza y me cae sobre los ojos. Tomo el riesgo de girarme y poner la postura exacta que adoptaría para empezar a correr. Me giro:
—¡Tú no vas a ninguna parte! — me grita y estucho el silbido del sai cortando el aire. Consigo esquivarlo por los pelos y eso, al menos, nos deja igualadas en cuanto a armas se refiere. A ella solo le queda un pugio, a mí, mi kunai.
Mientras recupero el equilibrio de mi giro, ella aprovecha y vuelve a derribarme, aferrándose a mi cadera y presionando sus dedos contra la herida en mi costado. El dolor va a llegar después, si es que ella no logra matarme. Pero la imito y hundo la palma de mi mano en su cadera lastimada. Eso la distrae el tiempo suficiente para poder aflojar su agarre. Es más grande que yo, pero no lo es tanto como Sharik y yo logré vencer a Sharik.
Introduzco mi brazo por encima del suyo y le doy un codazo que afloja su agarre, entonces la pateo.
¿Puedo matarla? ¿Puedo ser valiente y acabar con una vida? Si no consigo hacerlo ahora, entonces no merezco estar en este lugar. No estoy cumpliendo con la misión que se me ha impuesto y no soy digna de la confianza que el señor Joao ha depositado en mí. Sharik es fuerte y estoy segura de que no tendrá problemas en matar a nadie hoy. Puede que inclusive lo divierta. Pero no es confiable. Nada nos garantiza que podrá dejar su locura a un lado y hacer lo que tiene que hacer por Marfil.
Y luego está, por supuesto, lo que ganaré yo si consigo llevar la victoria a casa.
Pienso en mi esposo, en mi familia, en mi vida. Una vida que pueda ser realmente mía. Puedo conseguirlo. Hoy.
La promesa de la libertad que obtendré es lo que me mueve. Es justamente eso lo que hace que sea capaz de golpearla de nuevo. Me gano un corte en el antebrazo, formo un puño y la golpeo, aturdiéndola. Ella suelta un siseo y me voltea el rostro de un bofetón, pero eso no iguala las cosas entre nosotras.
Me imagino a mí misma como un pájaro extendiendo las alas. Entonces clavo mi kunai en su garganta y lo deslizo hacia un lado.
Resulta desagradable ver lo delgada que es la membrana que separa a la vida y a la muerte. La piel se desgarra bajo el filo de mi arma como si fuera papel mojado. Su garganta se abre como una flor roja y su sangre me mancha los dedos. Pero está hecho.
Una docena de campanadas retumba en el aire. Y un brillante número dos aparece en el contador.
Lo hice. Me apunté la segunda muerte de los Juegos.
He dado ya otro paso para conseguir mi libertad.
Éire Cernnunos, Isla Aguamarina
Estoy bajo tierra. Lo sé porque la única fuente de luz de sol aquí adentro viene del agujero que se encuentra sobre mi cabeza, desde el cual puedo ver el odioso reloj que indica que queda poco más de media hora para que se acabe el tiempo.
He visto los minutos avanzar lentamente, sin moverme de aquí. También he presenciado como el contador de muertes avanza. Pero el dos se ha mantenido estático en su lugar por demasiado tiempo.
Me llevo una mano al pecho y siento el latido lento y acompasado de mi corazón. Fantaseo, por un momento, con tener otro corazón palpitante bajo el tacto de mi mano, sin toda esta carne, sangre y huesos de por medio.
Mi regalo para Cernunnos.
Me aparto de la columna de luz y parpadeo para que mis ojos, dolorosamente humanos, se acostumbren a la oscuridad. Hay raíces sobresaliendo de las paredes, pero este no es un mundo ordinario. Hay una cualidad luminiscente que hace que la oscuridad que debería reinar aquí adentro se encuentre ausente. Las paredes brillan, de una forma tenue, pero lo hacen.
Camino, explorando un poco el interior de este extraño lugar. Hay un sonido, el fluir del agua, que me recuerda lo sedienta que estoy. Avanzo unos cuantos pasos y encuentro la fuente del sonido: una cascada en miniatura que alimenta un pequeño estanque. La roca que compone la pileta es de color negro, con incrustaciones púrpura que me recuerdan a las amatistas.
No me importa si alguien pensó en ellos al hacer este lugar. Ahora es mío. Es la primera habitación de mi reino mortal. Y, cuando termine, cuando le entregue a Cernunnos todos los corazones que él desee, me convertiré al fin en la diosa que estoy destinada a ser.
La voz, esa voz odiosa que se ha regodeado con las limitaciones de este cuerpo mortal, vuelve a hablarnos:
—Han llegado a la mitad de su tiempo, campeones. Puede que no estén tan capacitados como sus… señores parecían pensar. Hasta ahora, tenemos solo dos ofrendas de sangre. ¿Qué esperan para cumplir con su parte?
Mi florete se encuentra apoyado contra la pared. Puedo verlo, suavemente iluminado, desde aquí. Podría tomarlo e ir a cumplir con lo que me piden, pero yo solo acepto las órdenes de Cernunnos. No voy a ceder a los caprichos de un mortal cuando mi único dios permanece en obstinado silencio.
Aún no ha llegado mi momento.
Me agacho junto al agua y ahueco las manos, llenándolas de agua cristalina. Rhiannon nos ha advertido que la comida y el agua de aquí podrían estar envenenadas, pero Cernunnos me protege y sé que no hay forma de que algo tan ridículo pueda matarme.
"Pero puedes sangrar".
Me levanto de golpe y aparto mi cabello, intentando encontrar la fuente de su voz. Pero no hay nadie conmigo aquí adentro.
Me tengo que aclarar la garganta antes de empezar a hablar:
—¿Mi… mi Señor?
No hay respuesta.
Camino y sujeto mi florete con una mano que, para mi consternación, tiembla un poco.
—Estoy preparada, mi Señor. Estoy lista para entregarle los corazones que merece para ser… —¿feliz? ¿es felicidad lo que va a darle a Cernnunos mi ofrenda? —. Para sentirse satisfecho conmigo, mi Señor.
—¿Con quién hablas?
El florete está a punto de caerse de mi mano por la sorpresa.
No he oído a nadie entrar. Sujeto con más fuerza el florete y me giro, buscando a mi no invitado huésped.
—¿Quién eres? ¡Muéstrate!
Está más allá de la columna de luz, por eso no lo había visto aún. Es alto y más fornido que Maddox. Lo observo con los ojos entrecerrados hasta que reconozco en él al chico que mató a esas personas durante nuestra presentación.
El desquiciado que cree que escucha la voz de Dios.
—¿Con quién hablas? —vuelve a preguntar y hay algo en la calma de su voz que eriza los vellos de mi cuerpo. El latido de mi corazón se acelera y siento su palpitar en mi garganta.
—No es asunto tuyo— replico entre dientes.
—Las voces me han contado sobre ti. He oído que tienes la idea de que eres una diosa. Pero solo existe un Dios.
Me rio.
—Coincido contigo. Solo existe un dios que importe realmente.
Él sonríe, una sonrisa falsa, mi corazón late más rápido.
—Pero— dice con calma—, no es ese al que tú pareces adorar.
Mi sangre se calienta.
—Bueno, se puede decir lo mismo de ti ¿no?
Él se mueve, de una manera lenta, pausada… y veo en su mano derecha una lanza. Frunzo el ceño, porque a diferencia del florete que tengo sujeto, su arma parece más bien artesanal, como si hubiese sido hecha a mano por alguien que no es especialmente habilidoso. La cuchilla termina en una punta afilada, pero es gruesa. Nada que ver con la delicadeza de mi propio florete.
Resulta absolutamente vulgar.
—Tengo un mensaje para ti del Dios verdadero— dice él.
Le sonrío.
—¿Y cuál sería ese mensaje?
—Los infieles deben pagar— y entonces salta sobre mí. No consigue derribarme porque salto hacia atrás, pero mis ojos se llenan de lágrimas cuando mi hombro se golpea contra la pared detrás de mí.
De inmediato, caigo en cuenta que este lugar supone una horrible desventaja para mí. El florete no es un arma particularmente corta, pero no se puede comparar con la distancia que puede abarcar su horrible lanza. Las paredes, que al principio me parecían un resguardo del horrible mundo mortal que se encontraba afuera, se han convertido en mi prisión.
Pero ese pensamiento, casi desesperado, solo sirve para aclarar mi cabeza. Ignoro el dolor y lanzo una estocada contra él, aprovechando su cercanía. El florete desgarra una de las perneras de su pantalón y veo la sangre brotar, rica y roja, de su herida.
Espero el grito de dolor o, al menos, algún gesto de incomodidad en él, pero es como si ni siquiera notara que acabo de exponer su mortalidad ante él.
Mueve la lanza, con la misma facilidad con la que podría mover una pierna o un brazo y debo dejar caer mi florete y rodar sobre mi propio cuerpo en el suelo para evitar su filo.
—¿Por qué apoyas a esos que inventan dioses falsos?
—¿Q-qué?
—¿Qué ganas con incentivar las fantasías de los incautos, con ocultar bajo mil candados la Buena Nueva cuando sabes que, con ello, te condenas al infierno?
Lo dejo hablar, dividiendo mi atención entre sus manos y mi arma en el suelo.
He cometido un error estúpido al soltar mi arma. Escucho la risa de Cernunnos.
—¿Qué te hace pensar que tu dios es mejor que el mío?
Él frunce el ceño.
—Solo existe un Dios.
—También para mí. ¿Cómo sabes que mi dios no es el mismo que el tuyo?
La idea casi parece divertirlo, pero, de nuevo, es como si apenas contara con emociones. Su sonrisa se desvanece como si fuera tinta en una hoja bajo el agua.
—Porque eres una pagana. He visto los dibujos de tus dioses. Las horribles figuras, sacadas de mentes fantasiosas. Los monstruos a los que pretendes llamar dioses.
Me gustaría poder burlarme de él del mismo modo en que él se burla de mi dios. Pero nunca me he molestado en averiguar cómo funcionan las creencias, falsas, de las otras islas. No tengo ni idea de cómo es el dios en el que él cree.
Le lanzo otra mirada ansiosa a mi arma.
No soy estúpida, sé que estoy en desventaja. Estoy desarmada y no he conseguido, aún, mi primer corazón para Cernunnos. No cuento aún con su simpatía.
—¿Vas a recogerla? —es como si no sintiera absolutamente nada. No hay burla, ni enfado, ni sorpresa, ni cautela.
¿Quién es este hombre? ¿Qué es lo que quiere de mí?
—Anda, recógela.
Es una trampa.
—No soy tonta.
—No he dicho que lo fueras— dice sin poner ninguna inflexión en su voz.
No soy lo suficientemente optimista como para pensar que la herida que le he causado lo matará. A menos que su humanidad, al borde de la putrefacción, lo traicione y su carne se enferme.
Pero eso tardaría días y yo no los tengo.
—Cuando te mate, rogaré a Cernunnos por un martirio largo y tormentoso para ti— le suelto entre dientes.
—Yo en cambio, le pediré a Dios por clemencia para tu alma —dice muy tranquilo—. Tal vez no te envíe directo al infierno. Tal vez solo pases una eternidad en el purgatorio, expiando tus pecados. Pero rezaré por ti. No es tu culpa tener una mente débil. Dios tal vez sea misericordioso con tu alma.
Resulta excesivo. ¿Cree que su dios inventado merece tener mi alma confinada? Yo, una descendiente de Cernunnos, como cautiva en la vida después de la muerte.
Doy una voltereta en el suelo, ya sin importarme el alcance de su arma y mis dedos se cierran alrededor del mango de mi florete. Su corazón será el primero en una larga lista de tributos de sangre ofrecidos a mi Señor. Lo sostendré en mi mano mientras aún late y observaré, gloriosa como la diosa que llevo dentro de este cuerpo mortal, como la vida abandona sus ojos.
Me giro, dispuesta a cortar la arteria que recorre su pierna. Y entonces sucede.
Es como si de nuevo me ahogara. Pero el tiempo aún no se acaba. Aún puedo contribuir al contador. Levanto mi espada por encima de mi cabeza, o al menos lo intento, porque mi mano tiembla y el arma resbala, como si mis perfectas manos ya no fueran capaces de sostenerla.
Él está mascullando algo, pero yo no alcanzo a entenderlo. No entiendo xq me he detenido. No sé por qué no puedo moverme.
— ¡Míralas, Señor, como tributo sentido que te ofrecemos por su alma, para que la purifiques en tu sangre preciosísima y la lleves cuanto antes al cielo, si aún no te goza en él! ¡Míralas, Señor, para que nos des fortaleza, paciencia, conformidad con tu divino querer en esta tremenda prueba que tortura el alma!
No lo entiendo. No entiendo que dice o por qué lo hace.
—Ten compasión de su alma mortal y llévala a la vida eterna.
El florete cae de mi mano con un tintineo. Como si accionara un interruptor, cuando volteo a ver hacia abajo, es cuando siento el dolor desgarrador.
Mis piernas se niegan a sostenerme y veo, con horror, como una mancha florece en mi estómago. Sus pétalos extendiéndose alrededor del mango de su lanza, una versión retorcida del tallo de una flor, se vuelven más grandes a cada segundo.
Él tira de su brazo. Suelto un grito de dolor cuando la punta desgarra mi piel en otro ángulo. Al menos creo que grito. No tengo las fuerzas para abrir la boca. La vida deja mi cuerpo con la misma rapidez con que la sangre, mi sangre, la sangre de este frágil cuerpo mortal sale a través de mi herida.
Cuando él retira la lanza, también parece quitar lo único que me sostenía. Me desplomo hacia un lado. Mi cabeza golpea el suelo con fuerza y rebota. Pero yo ya no registro el dolor. Ya no siento absolutamente nada. Ya no hay dolor, ni euforia, ni miedo, ni valor… No hay nada.
Giro el rostro. Ahí, sentado sobre el borde de la fuente, esta Cernunnos. Su elegante rostro se echa hacia atrás en lugar de inclinarse hacia adelante, pesaroso por mi muerte.
Y veo sus cuernos moverse de un lado al otro cuando él niega con la cabeza.
Lo he decepcionado.
Coral Pareira, Isla Cuarzo
No hay forma de que este lugar haya sido construido desde cero.
No soy, ni por asomo, una experta; pero hasta yo sé decir eso. Puede que lo hayan habilitado para que sirviera como Arena, pero gran parte de todo esto se encuentra en ruinas y dudo que lo hayan construido así o que, mucho menos, hayan decidido derribar la mitad de las cosas para darle esta apariencia.
Mi plan es esconderme mientras empieza la matanza inicial porque, aún y cuando estoy en la capacidad, no me interesa el enfrascarme en una pelea desesperada en la que pueda salir herida solo por querer jugar a la heroína y conseguirnos algo de oxígeno. Seguro que los otros diecinueve se encuentran ocupados en este momento, encontrando a quien matar o siendo asesinados.
Las campanas empiezan a repicar por tercera vez en el día. Me hacen pensar en el campanario de una iglesia. Debe encontrarse cerca, porque el sonido resulta tan estridente que casi quiero taparme los oídos.
Un tres aparece en el cielo, en donde antes estaba el dos. Quedan veintitrés minutos y aún faltan dos víctimas. O los combates están durando más de esperado, o nos dejaron tan diseminados aquí adentro que ha sido difícil encontrarnos unos a otros. Yo, por mi parte, cada que siento la vibración de esa cosa en mi bolsillo, me voy en la dirección contraria.
Un par ha tratado de darme alcance, pero soy demasiado rápida. Tengo una vida entera de experiencia.
Hay, sin embargo, una tercera opción y es que los campeones sean una manada de inútiles y cobardes y estén teniendo problemas para mover los músculos necesarios para cargarse a quien sea cuando la batalla termina.
Supongo que el enfoque de Suyay era el correcto. Nos libró a Khalil y a mí de ese incordio desde el principio. Cuando llegue mi momento, será fácil el acabar con quien corresponda.
Pero estoy razonablemente segura de quién será mi primero.
Para matar, necesito el factor cercanía. Y el único que puede darme eso, de momento al menos, es Carlens.
Ya no tengo dudas en mi cabeza. Me deshice de ellas en cuanto desperté en este lugar. El plan que he trazado con Milo es relativamente sencillo, fácil de seguir para mí. Si llego a encontrarme con Carlens, lo despacharé sin problema.
Mi verdadera arma es el veneno, pero en su lugar me han entregado este estúpido arco que ni siquiera estoy segura de saber utilizar bien. No cumplí con el requisito de entrenarme como se debí, pero a Suyay mis capacidades le parecieron lo suficientemente atractivas como para elegirme para venir. El problema es que estoy segura de que ella no puso ese detalle en el formulario oficial y, en consecuencia, estoy atrapada con esta estúpida arma que ahora me cuelga de la espalda.
Al menos las flechas resultarán útiles. Una clavada en el cuello y adiós estorbo.
Mi estómago ruge y yo frunzo el ceño. ¿Tengo hambre? ¿En un momento como este? Mi cuerpo está más que acostumbrado a soportar largos periodos sin comida. ¿Qué me pasa?
Veo una iglesia a la que le faltan partes del techo de tejas y tiene un par de cristales de colores quebrados.
Tiene un aspecto tétrico, con las imágenes de personas con círculos amarillos o blancos detrás de sus cabezas. Veo las campanas, ahora quietas, en la parte superior, a través de una ventana. Parece un buen refugio. Las puertas parecen en buen estado y a menos de que tengan una capacidad impresionante para escalar, los agujeros en el techo no van a ser problemáticos.
Decido quedármelo. Saco el aparato para ver si alguien se encuentra cerca y, como permanece inerte en mi mano, decido que es seguro. Saco una de las doce flechas que me entregaron y la parto por la mitad, haciendo que la varita de madera suelte un crujido. Así está mejor. Si alguien llega a acercarse, entonces esta punta se clavará en su cuello. Puede que incluso en su ojo.
Inspecciono una a una las bancas que se distribuyen a ambos lados del pasillo. Se trata de una iglesia pequeña. En Cuarzo las tenemos también. El cristianismo desapareció hace mucho, pero las estructuras se conservaron. Muchas se convirtieron en escuelas y otras, inclusive, en cárceles.
Mi estómago suelta algo parecido a un maullido que hace que me lleve una mano a la barriga.
—¿Hambre nerviosa? — la flecha se me cae de la mano por la sorpresa, tintineando cuando la punta metálica rebota en el suelo.
Me giro, enseñando los dientes como una fiera.
—¿Carlens?
Él sostiene, casi distraídamente en su mano, un hacha que a mí se me figura monstruosa.
—¿Cómo te… cuándo te….? —ni siquiera soy capaz de formular una pregunta coherente. Debo calmarme. No hay excusa para ser tan descuidada con mis emociones.
—Somos aliados ¿recuerdas? —dice mientras saca la medalla de su bolsillo—. Soy la única persona que puede acercarse a ti sin que te avise. Frunzo el ceño.
¿Soy yo o eso ha sido una especie de amenaza?
Sonrío, seductoramente.
—Bueno, bueno. Eso resulta de lo más excitante ¿no crees?
Él parece algo divertido.
—¿Te parece? —esto no está bien. No es normal que sea capaz de mantenerse tan neutral, es como si hubiese guardado sus emociones bajo llave cuando sé que su naturaleza es la opuesta. Carlens es emocional y yo planeaba usar eso a mi favor.
Me agacho y junto distraídamente la mitad de la flecha.
—Las grandes mentes piensan igual. Yo también creo que este es un buen escondite— dice apartándose un poco, con el hacha balanceándose suavemente en su mano.
Tomo aire.
La situación no está nada bien y tengo que voltearla cuanto antes. Me pongo mi máscara de seducción y camino lentamente hacia él, poniendo una mano, cautelosa, sobre su hombro.
—Bueno, bueno, no veo porque no podamos entretenernos mientras los demás andan por ahí afuera cazándose unos a otros ¿no?
Su sonrisa se vuelve más amplia.
—¿Qué tienes en mente? —pregunta divertido.
Sonrío.
—Oh… no lo sé. Algo que nos haga pasarlo bien a los dos.
—Tienes mi atención.
Me acerco a él, recorriendo sus pectorales por encima de la ropa y descendiendo hasta rozar la cinturilla de sus pantalones.
Podría inclusive ser agradable. Puede que la promesa de sexo no sea efectiva como lo consideró Milo, pero si Carlens lo prueba… me prueba… ¿podrá renunciar alguna vez a mí?
Mis dedos levantan la tela de la parte superior de su uniforme, sintiendo la piel desnuda de sus abdominales, el músculo marcado contra la piel. Él cierra los ojos y suelta un suspiro.
Sonrío para mis adentros.
Es tan sencillo.
—¿Sabes? podríamos…
—¿Si?
Sonrío.
—Estoy segura de que allá atrás podremos conseguir un lugar más cómodo aún. ¿Vamos? —digo mientras tomo su mano y tiro de él.
Carlens se detiene y mi cuerpo se tensa. Mi mano busca instintivamente la punta de la flecha que he guardado en mi bolsillo trasero.
—No. No quiero ir— dice con calma.
Finjo que no me importa:
—Oh… pensé que podía ser divertido— digo con un encogimiento de hombros.
—Seguro que sí, pero ¿sabes? —sus ojos azules sueltan un destello rojizo cuando reflejan la luz que se cuela por el cristal—. No estoy interesado.
Ni siquiera tengo tiempo para procesarlo. En un segundo tengo la flecha fuera del pantalón, empujándola contra él intentando herirlo y al segundo el arma vuelve a estar en el suelo, esta vez con mi mano aún a su alrededor.
Todo se nubla por el dolor. Grito, más fuerte de lo que lo he hecho nunca mientras acerco el muñón contra mi pecho, llenando mi uniforme de sangre.
Me aparto, observando con ojos desorbitados la mano cortada en el suelo, apenas capaz de registrar el dolor, pues este está cubierto por el pánico.
—En serio, Coral ¿creíste que podría confiar en ti alguna vez? —dice él y ya la calma no está. Es como si se hubiera puesto una máscara de algún dios lleno de ira.
Enarbola su hacha de nuevo.
—Espera— prácticamente le suplico— ¡somos aliados! ¿Por qué haces esto?
Él sonríe.
—Porque sé que tu querías hacerlo primero— explica.
Tropiezo mientras doy marcha hacia atrás y mi pie se engancha con una de las patas de las bancas. Caigo sobre el asiento y me veo obligada a arrastrarme, empujándome con mis piernas.
La sangre continúa saliendo por el muñón de mi brazo. Siento náuseas.
—Carlens.
—¿Es una mentira? —pregunta, volviendo a calmarse.
—¿El qué? —tengo que ganar tiempo. Con una herida como esta, mi única opción es escapar. Necesito que se distraiga lo suficiente como para poder acercarme a las puertas.
—Lo que he dicho. De que tú pensabas hacerlo antes.
—N-no sé de qué hablas.
Esta vez, cuando sonríe, el pánico se apodera de mí.
—Puede que seas una embaucadora, Coral— die con calma—. Pero esta vez, tu ingenio no fue suficiente.
El hacha se alza, por encima de su cabeza.
Apenas tengo tiempo de rodar sobre mi propio cuerpo, cayendo en el suelo, antes de que el arma se clave en donde habría estado mi cabeza.
Mi mano reconoce algo en el suelo y me aferro a ello.
Escucho el silbido del hacha cortando el aire y me giro, enterrando un pedazo de cristal de uno de los vitrales que decoran las ventanas en su muslo izquierdo.
Casi puedo saborear la venganza. Pero entonces él descarga el hacha de nuevo. La veo acercarse en cámara lenta.
Su filo, es lo último que mis ojos consiguen enfocar.
Lenna Vodianova, Isla Rubí
Quedan ocho minutos.
Las campanas lanzan al aire su música estridente y un cuatro se marca en el cielo.
El tiempo casi ha llegado a su fin y no sé si es que he quedado demasiado aislada en la Arena o si los demás simplemente han tenido suerte, pero hasta ahora no he tenido la suerte de encontrarme con nadie.
Sé que Alkonost está esperando a que mate a Mikhail, pero buscarlo como una loca solo va a conseguir que me agote sin ninguna necesidad. Mejor esperar a que él llegue a mí. Si tiene que morir bajo mi mano, así será.
Estoy tan cerca del borde del domo que veo como un cardumen de peces nada distraídamente al otro lado del cristal. Camino unos pocos pasos y apoyo la mano en la superficie lisa que nos separa del océano. Debe ser un material muy resistente como para no quebrarse por la presión del agua. Me da la sensación de que se trata de un mundo al revés en donde nosotros estamos en una pecera y son los peces quienes nos observan.
Lo escucho acercarse antes de que entre en mi campo de visión.
Tiene una sonrisa descarada y su cabello luce como si acabara de rodar fuera de la cama de alguien más.
—¿Contemplando las vistas?
Volteo a verlo con una ceja enarcada.
—Las cacerías no son lo mío. Por experiencia, la presa eventualmente termina llegando hasta ti de todas formas. ¿Algo interesante que reportar?
Su sonrisa deja al descubierto un profundo hoyuelo en su mejilla derecha. Aunque no se parece en nada, el gesto me recuerda dolorosamente a Anton.
—Muy aburrido todo, en realidad. Planeaba matar a la Zafiro, pero el Diamante se me adelantó. Pero las tornas se igualaron porque la Marfil acabó con su compañera de isla.
Repaso mentalmente los rostros.
—No tiene importancia. Ni siquiera estaban aliados.
—Sea como sea, en este momento quedamos dieciséis.
—¿Alguna idea de quienes han sido los otros dos?
—Quédate conmigo y pondré mis habilidades a tu disposición.
—Creí que ya éramos aliados.
—Todo el mundo sabe que un pacto no es oficial a menos que se cierre con un beso, Lenna.
—Todo el mundo sabe que, si intentas besarme, te daré con esto en la cara— le digo mientras le muestro el mangual.
Él no parece impresionado. Un arco y un carcaj cuelgan de su espalda. Debe tener al menos una docena de flechas.
—Menos mal que somos aliados ¿no?
Fuerzo una sonrisa.
—Sí, menos mal.
Una alarma suena. Cuando ambos alzamos la cabeza, vemos que el reloj marca los últimos cinco minutos.
El aire, de repente, parece más pesado que nunca. Un dolor sordo se instala en mis pulmones. Es difícil, de nuevo, el respirar.
El mangual se me cae al suelo cuando el dolor en los pulmones se vuelve insoportable. De repente, tan pronto como ha empezado, el dolor cesa por completo. Un estallido de estática, una risa que promete más y silencio de nuevo.
El dolor en mi cabeza por la privación de oxígeno resulta brutal y hay un pitido en mis oídos. Pero, con todo, mi entrenamiento me permite girarme en el momento preciso para evitar la flecha que se dirige, a toda velocidad, hacia mí.
La punta se hunde en el suelo.
La bola del mangual tiene el tamaño de mis dos puños juntos. Doy una voltereta en el suelo y consigo hacerme con mi arma. Giro sobre mí misma y evito un segundo disparo de Khalil.
No me esperaba que él fuera el primero en romper la alianza. Tampoco es como me importara realmente. En cuanto acorte la distancia entre nosotros, su arma se volverá inútil.
—Dime, ¿planeabas traicionarme desde el principio o ha sido inspiración del momento?
Él sonríe, dejando al descubierto sus hoyuelos.
—Tengo órdenes— dice encogiendo sus fuertes hombros antes de cargar otra flecha en su arco. Hago girar la cadena del mangual y desvío el disparo.
—De eliminarme.
—Igual que tú.
—Supongo que a fin de cuentas Alkonost y Suyay no piensan exactamente igual. Ni siquiera ibas a ser mi primer objetivo.
Hago girar la cadena de nuevo, la bola de acero se convierte en un borrón casi negro.
—Bueno, supongo que no podemos fingir que nada de esto ha pasado, ¿verdad?
Alzo la mirada:
—Tres minutos y medio. No, no podemos— salto hacia adelante y él apenas tiene tiempo de frenar el golpe del mangual con su arco. Tiene suerte de que este sea metálico, pues si hubiese sido de madera, habría terminado convertido en astillas. Lo pateo, haciendo que una de sus rodillas se doble y él sujeta mi pie y lo gira, desequilibrándome. Me impulso con el otro pie y pateo su muñeca, obligándolo a soltarme.
Tres minutos, quince segundos.
La adrenalina fluye libremente por mi cuerpo.
Agito el mangual, equilibrando mi peso para que la pesada bola no vaya a tirarme y consigo que una de las púas le roce el brazo, hundiéndose en su piel un poco más arriba del codo, haciéndolo sangrar.
O no le duele o no le importa. Estamos tan cerca que su arco deja de tener la ventaja. El parece entenderlo, porque se libera de sus armas con un encogimiento de hombros y se lanza sobre mí, sorprendiéndome cuando me taclea.
Rodamos por el suelo. Todos brazos y piernas entrelazados mientras yo sujeto firmemente el mangual que se arrastra con nosotros por el suelo. Una de sus púas se clava en mi muslo y siento como mi propia sangre moja mis pantalones.
Levanto un brazo y lo golpeo, con fuerza, en la clavícula, utilizando mi codo. Él se traga un aullido de dolor, tal vez demasiado acostumbrado a sentirlo y utiliza su superioridad física para dominarme, atrapando mi cuerpo entre él y el suelo.
—Pudimos habernos divertido mucho tú y yo, Lenna.
Niego con la cabeza.
—No, no pudimos.
Él sonríe. De nuevo, mi negativa parece encenderlo.
—Déjame darte una pequeña demostración.
Y entonces se inclina y posa sus labios sobre los míos.
Debe estar recién afeitado, porque sus mejillas se sienten suaves contra las mías. Sus labios son seguros, no vacilan ni un segundo y siento una arcada cuando recuerdo esa misma seguridad en Alkonost. Esa visión de sí mismo de ser el rey del mundo y poder usar a los demás, a mí, como si fuera una simple cosa y no una persona.
Recuerdo mi humillación cuando tatuaron el código de barras en mi muñeca. Ese que me hacía un objeto más en las posesiones del gobierno de Alkonost.
"Como mi favorita, tienes que dar el ejemplo", murmuraba contra mi cuello cuando yo intentaba convencerlo de que me permitiera saltarme el proceso de etiquetado.
Aun así, no me resisto al beso. Dejo que explore mi boca a consciencia. Llevándose los últimos preciosos segundos de aire que nos quedan, a sabiendas de que todo esto lo hago única y exclusivamente por Anton.
Khalil tiene, sin embargo, la razón en algo. En que pudo haber sido divertido, si las circunstancias fueran otras. Si él no fuera uno de los muchos obstáculos que me separan de mi hijo.
Mis dientes se clavan con fuerza en su boca y pruebo su sangre en los labios. Salada, ferrosa. Me moja la barbilla antes de que él se aparte, con un grito sorprendido.
No puedo dudar. No puedo hacerlo.
En el momento en que él deja de estar en paralelo a mi cuerpo, el agarre sobre el mangual se afianza, lo sujeto con tanta fuerza que inclusive siento dolor en los nudillos.
El ángulo es incorrecto. Pero, aun así, consigo golpearlo con la bola del mangual en el hombro. Casi puedo oír el crujido que emite su hueso al romperse. Le he destrozado la articulación.
Ataca. Con rabia. Siento su puño estrellarse contra mi rostro, una milésima de segundo después de que haya levantado la barbilla para que me golpee la mandíbula y no los pómulos o la nariz. El dolor resulta ardiente, pero lo entierro en lo profundo de mi cabeza.
Por Anton. Pienso una y otra vez mientras volvemos a rodar por el suelo. Logro introducir una pierna entre las suyas anclándome para que no nos gire de nuevo.
Por Anton. Por Anton.
Suena una alarma. No necesito verla para saber que el reloj ha llegado a sus últimos treinta segundos.
El dolor en mis pulmones regresa. La cabeza se me nubla.
Por Anton. Por Anton.
Me coloco encima de él y subo mi brazo, tomando impulso, antes de estrellar el mangual contra su atractivo rostro, que cambia, un segundo antes de ser destrozado, por el rostro de Alkonost.
Las campanas repican y siento como mis pulmones se expanden cuando el flujo del aire regresa a mí.
—Te dije que te daría con esto en la cara si te atrevías a besarme— digo entre jadeos.
Me dejo caer de espaldas en el suelo, concentrándome en respirar y antes de que mi vista se nuble y mi cerebro apague todos sus sistemas como medida de protección. Alcanzo a oir una voz:
—Felicidades. Ahora son ustedes quince.
Primer capítulo dentro de la Arena y todo se lo debo a Nanowrimo.
Me he tardado mucho en sacar el tiempo para revisar el capítulo, pero finalmente el entusiasmo de algunos de mis submitters me convenció (gracias Cami, Ima y Yolo)
Oficialmente tenemos a los primeros caídos y vamos por más.
Los puntajes, que muy pronto les van a ser útiles, están así:
Jacque-Kari/ Henrik: 15
Naty_mu/Hugo: 8
Camille Carstairs/ Amara: 6
HikariCaelum/ Maddox: 5
AleSt/ Mikhail: 2
Bellamybell/ Lenna: 5
Lauz9/ Sharik: 0
Bruxi/ Aaliya: 5
Bermone/ Hissène: 6
Yolotsin Xochitl/ Elíma: 8
MaryDC/ Raif: 2
Alphabetta / Kheira: 3
Imagine Madness /Carlens: 8
Amber Swan / Ankar: 1
Disi22 / Noa: 1
Preguntas:
1. Muerte favorita
2. ¿Qué te ha parecido mi twist para acelerar las muertes en este capítulo sin Cornucopia?
3. ¿Qué opinas sobre la Arena?
4. ¿Cuál de los caídos te ha sorprendido más?
No temáis, gente linda, que mis vacaciones están a la vuelta de la esquina y espero entonces poder compensar mis largas ausencias con actualizaciones más seguidas.
¿Qué les ha parecido el capítulo? ¿Quién creen que será el siguiente?
A quienes aún siguen por ahí. ¡GRACIAS!
Abrazos, E.
