Disclaimer: los Juegos del Hambre no me pertenecen, tampoco Panem o los personajes de la saga de Collins. Sin embargo, la mayor parte de las ideas de esta historia, son mías.


17. Dioses de la Arena

Día 6


Lucía Falcao, 30 años. Isla Cuarzo. Titiritera


—Ese ha sido un buen trabajo, con un final de infarto y todo lo demás. Es más, puede que uno de ustedes inclusive estuviera a punto de sufrir un infarto— dice Alistar después de activar el sistema de sonido que nos permite hablarles a los campeones. Los dejaremos en paz, al menos por un rato. No se acostumbren a ello— y cierra la comunicación de nuevo, reclinándose en su silla deslizando una pluma de apariencia cara entre sus dedos.

—¿Quién iba a decir que Suyay iba a ser la primera perra en quedarse sin opciones, eh? —dice Karan mientras abre una botella utilizando el borde de una de las modernas consolas que nos dieron para controlar todo esto. Estoy segura de que no se supone que utilicemos estas cosas así, pero no quiero meterme en problemas con Karan y sus amigos.

Aun así, estoy bastante de acuerdo con su apreciación. Tanto con el hecho de que Suyay es una perra como con que ha sido sorpresivo que tanto Khalil como Coral hayan estado entre los primeros en ser borrados del mapa.

—Y eso que le dimos la ayudita que pidió— le responde Sirhan mientras se mece en su silla. Me pregunto si no notará que es tan pesado que es evidente que la silla de rodines no va a soportarlo por mucho tiempo—. Colocamos a sus campeones cerca de sus aliados para que pudieran unirse y masacrar rápidamente a algunos de los otros.

—Bueno, nadie dijo que colocaríamos cerca a sus enemigos también ¿no? —se burla Dánica mientras se dedica a encender un fósforo tras otro, dejándolos consumirse hasta que el fuego lame sus dedos para luego arrojarlos a una papelera de metal—. Ella ha sido la imbécil que ha dejado que sus preciados campeones se junten con traidores.

—Me pregunto si irá a meterse contigo, Lou. Después de todo, supongo que confiaba particularmente en ti para que la ayudaras a ganar. Las dos son de la misma isla.

Alzo la mirada, pero evito que mis ojos se encuentren con los de Alistair. Siento ganas de pedirle que no me diga Lou, así era como me llamaba Malía y sigue resultando doloroso. Pero lo dejo estar.

—¿Otra vez no contestas? ¿Te ha comido la lengua un ratón? —me encojo un poco ante las palabras de Karan. No soy capaz de contestarle.

—Déjala en paz— dice Tristán sin molestarse en levantar la vista del pedazo de cuerda con el que ha estado jugueteando desde que empezaron los Juegos. No ha parecido demasiado interesado en tomar control de ninguna de las secciones con las que podemos jugar. Como Danica que fue a quien se le ocurrió lo del oxígeno. Tristán se encargó, eso sí, de que, ya que habíamos colocado a Éire y a Sharik tan cerca, aisláramos a Maddox de los demás. El hecho de que el muchacho en cuestión pareciera más interesado en dormir que en pelear también ayudó, supongo.

—Tristie, Tristie— dice Alistair con una sonrisa—. Hace un rato te perdiste ¿en dónde estabas?

Tristán alza la cabeza y sonríe, esa sonrisa encantadora que marca sus hoyuelos pero no llega a sus ojos. Ni siquiera se molesta en quejarse por el apodo.

—¿Qué eres, mi madre? ¿A ti qué te importa en donde estaba?

Si hay algo que me gusta de Tristán es que, si bien nunca se mete con Sirhan y los demás, tampoco tiene problema en plantarles cara. Ahora que lo pienso, a pesar de que Tristán pasa de todos los demás— y Karan se queja porque dice que se cree demasiado bueno en relación a nosotros—, nunca lo he visto recibiendo una paliza.

Me pregunto a qué se deberá eso.

—Me importa porque oí que estuviste con Rhiannon Phyll.

Tristán ni se inmuta.

—¿Y?

—Siempre y cuando no confraternices con el enemigo… —comienza Alistar.

—Pfff… si es lo suficientemente suertudo como para poder meterse entre sus piernas, yo no veo problema— dice Karan mientras hace un gesto obsceno con la mano en dirección a Tristán.

Todo sucede en un parpadeo. De repente, hay un sonido de sillas caídas, una botella rompiéndose y entonces Karan está tumbado, con la mejilla pegada al suelo y el pedazo de cuerda, que hasta ahora noto lo largo que es, anudado alrededor del cuello. Tristán está inclinado sobre él, tensando la cuerda mientras el rostro de Karan se va tiñendo de azul.

Nadie parece interesado en ayudarle y los amigos de Karan lucen, en su mayoría, divertidos:

—Una pequeña sugerencia— dice Tristan acercando su rostro al oído de Karan—, si no quieres que te mate, tal vez mientras duermes, no vuelvas a mencionar a Rhiannon. Es más, ni siquiera pienses en ella.

Karan intenta girarse y golpearlo, pero Tristán apoya una rodilla sobre su espalda y tensa más la cuerda, haciendo que Karan se arquee, luchando por el aire, lo mantiene bajo control.

—Puedes… no sé, golpear el suelo dos veces para decir que te quedó claro.

Pasan los segundos y el rostro de Karan va volviéndose más alarmantemente azul, hasta que, finalmente, golpea dos veces el suelo con el puño.

—Buen chico— dice dándole palmaditas en la cabeza, quitándole el collar de cuerda y volviendo a su lugar como si no hubiera pasado nada. Endereza su silla y vuelve a juguetear con su cuerda.

Algunos de los otros sueltan risitas o le dedican a Karan miradas de desaprobación, pero ninguno intenta ayudarlo a levantarse. Aquí, cualquier muestra de debilidad puede ser tu perdición.

—Bueno, ya tuvieron unos minutos para recuperarse. ¿Qué tal si les mostramos el recuento? —propone Sarabi, más por desviar el tema que por cualquier otra cosa.

Ella, junto con Kira, que se ha mantenido completamente al margen junto con Amar, empiezan a programar el recuento mientras yo jugueteo con los controles para enfocar diferentes zonas de la Arena.

Los técnicos que nos enseñaron a usar esto nos explicaron que la Arena prácticamente no requirió de "construcción" sino que, durante el año que duraron preparando los Juegos, eligieron un pedazo de continente, una parte de la franja de tierra que unía antes a Zafiro con Cuarzo y que se había hundido cuando se crearon las islas., y lo trajeron a la superficie.

Le hicieron unos cuantos arreglos, programaron unas trampas, estabilizaron algunas estructuras y se valieron del aspecto tétrico que se habían ganado algunas cosas gracias al tiempo que estuvieron sumergidas bajo el océano para darle un toque ligeramente surrealista a la Arena. Sembraron nuevos árboles, los hicieron crecer más rápido gracias a la tecnología con la que contaban y luego, en un arranque de inspiración, decidieron meterla en una burbuja gigante y devolverla al mar.

La llaman "Atlantis" en honor a una tierra mítica bajo el mar.

Sea como sea a mí esto me parece demasiado trabajo. Pudieron simplemente meterlos a todos en un estadio, darles unas cuantas armas y que el último en pie ganara. Pero al menos me dio la oportunidad de recuperar algo parecido a una vida a cambio.

Continúo intercambiando planos, pulsando un botón, hasta que me encuentro con una toma de un volcán y siento retortijones en el estómago. Me parece que ni siquiera estando bajo el mar perdió su actividad, porque lanza de vez en cuando columnas de humo y ceniza hacia el cielo.

—Todo listo para el recuento— anuncia Kira.

—Empecemos entonces— dices Alistar tomando, igual que lo hizo cuando anunció el inicio de la matanza y el final de la matanza, el control de todo.

Clavo mis ojos en la pantalla, a la espera de que la acción comience de nuevo.


Noa Wunsch, Isla Amatista


Mis pulmones parecen expandirse, con tanta fuerza que, por un momento, tengo miedo de que mis costillas los perforen.

Duele, pero es un dolor que resulta agradable. Si alguna vez has tomado una bolsa y has inhalado el aire en su interior hasta que el papel se convierte en un matojo arrugado en tu mano, entonces puedes darte una idea de cómo se sentía mi cuerpo hasta hace un segundo. Yo era la bolsa aplastada.

Han pasado unos minutos desde que el número cinco tomó forma en lo alto de la cúpula, con los bordes ligeramente borrosos. O tal vez son mis ojos los que no son capaces de enfocar bien ni siquiera ahora.

Alguien se ríe y me cuesta un poco darme cuenta de que es la misma voz que hemos venido escuchando desde hace una hora y no el producto de mi imaginación.

—Ese ha sido un buen trabajo, con un final de infarto y todo lo demás. Es más, puede que uno de ustedes inclusive estuviera a punto de sufrir un infarto— otra risa y yo decido que, sea quien sea, lo odio—. Los dejaremos en paz, al menos por un rato. No se acostumbren a ello.

Estática y ya no está.

La cabeza me duele y yo inhalo largas bocanadas de aire, degustándolas como si fueran algo apetitoso. Nunca volveré a dar el aire por sentado. Cuando estoy empezando a sentirme mejor, empieza la música.

No reconozco la melodía, pero las notas resultan fuertes, rimbombantes. No estoy segura de en qué me hace pensar. Es como si, de alguna manera, me dieran esperanza. No consigo contar los segundos que dura la música hasta que el cielo ¿o debería decir el mar? se ilumina con un destello azulado. Agradezco haber recuperado mi vista, porque me habría sentado mal el perderme algo como esto.

No creo que pueda ser catalogado, de manera precisa, como una película. Es más bien como esos hologramas que salían en las películas futuristas que a Agrata le encantaban. Reconozco los rostros del chico de Diamante y de la chica de Zafiro. Me doy cuenta, de inmediato, que están presentándonos una especie de resumen de lo que ha pasado en los últimos minutos, un resumen de las muertes que hemos causado.

No, no hemos. Han. Yo me la he pasado de arriba abajo, dando vueltas como un murciélago sin lograr tropezarme con ningún otro de los campeones.

Me imagino la cara que está poniendo Agrata en este momento.

"Esa Ajinoam nunca ha servido para nada". "No sé qué clase de patrañas les vendió a los organizadores para que la eligieran".

Que le den. Que les den a todos. No creo que nada en mi entrenamiento me hubiera podido preparar para esto. Radhika se ha ganado, al menos en parte, el odio visceral que siento. Si ella lo sabía, si tenía siquiera una ligera idea de lo que iban a hacernos aquí, entonces ella debió advertirnos. A mí, a Ankar.

Me pongo de costado, las oleadas de bilis que segrego a causa de la cólera hacen que sienta ganas de vomitar.

Debería levantarme, debería seguir buscando. A Ankar o algún enemigo. La breve repetición de la primera pelea acaba y veo como la chica de Zafiro se lleva las manos al pecho, ahí donde sobresale el arma de su enemigo.

Me propongo a mí misma estudiarlos. Entender cómo hacen las cosas. Ver sus técnicas, sus habilidades. Descubrir, inclusive, en donde flaquean. Qué les cuesta más trabajo.

La siguiente pelea es de Aaliya contra la diamante. No estoy segura de que es lo que espero ver. ¿A mi supuesta aliada, en quien no confío en lo absoluto, muriendo en manos de una posible rival? ¿A Aaliya demostrando que no es en realidad la frágil flor que parece ser?

En definitiva, no espero ver la sonrisa roja que Aaliya le dibuja a Elisabeth— sé su nombre solo porque está escrito justo debajo, los subtítulos aparecen en diferentes idiomas, supongo que para que todos tengamos claro quiénes van quedando—justo en el cuello.

Aaliya parece quedar sumida en una especie de trance que apenas si dura unos segundos. Los suficientes como para que yo note que no se siente mal ni culpable por la muerte que ahora carga sobre sus espaldas. No la entiendo. Tiene las manos cubiertas con la sangre de esa chica, esa chica que nunca le hizo nada, esa chica a la que apenas si conocía y aun así… es como si no le importara.

No es como si yo no comprendiera que es lo que hemos venido a hacer aquí. Lo hago, lo entiendo. Sé que estamos en este lugar para ser asesinos o asesinados y entiendo que era la sangre de esa otra chica o la de Aaliya. Pero ¿eso hace que esté bien? Aaliya es peligrosa, bien podría ser la más peligrosa de todos cuantos estamos aquí solo por el hecho de que, con su expresión de perrito apaleado justo después de bajarse del tren, nadie parece tomarla como una amenaza. Y ella es una amenaza.

Aaliya limpia su kunai en la ropa de Elisabeth y se endereza. Se lleva la mano al cuello y yo me pregunto si está rezándole a ese dios que parece ser el centro de todo en su isla.

Si es así, me pregunto si pide por su alma o por la de la persona que ha matado.

La siguiente muerte es de Éire Cernnunnos a manos del compañero de isla desquiciado de Aaliya. El repaso no tiene audio, así que no me entero de qué es lo que se dicen ellos dos, pero todo acaba con ella con una lanza clavada en la barriga. Él ni siquiera se toma la molestia de rematarla y Éire boquea y se muere lentamente. Resulta repulsivo.

Me llevo la mano a la cadera y busco el dispositivo que nos han dado, ese que nos muestra la posición de los demás en la Arena. No decido si quiero buscar a Ankar o no. ¿Y si decido buscar al punto verde— mi aliado— creyendo que se trata de él y resulta que me encuentro con Aaliya? ¿Puedo confiar, llegado el momento en que nos uniéramos los tres, en que sea ella quien vele por mi sueño?

No sé a quién intento engañar. No confío en ella y, después de lo que le dije, sé que ella tampoco confía en mí. ¿Qué hacer?

Llegados al punto de elegir ¿Ankar vendría conmigo o se quedaría con ella?

Aprieto el dispositivo en mi puño y solo consigo hacerme daño en la mano. Si lo cargo conmigo, Ankar y Aaliya pueden usarlo para encontrarme. Aún y cuando no lo hicieran, mis enemigos podrían encontrarme gracias al odioso punto rojo que soy en su propio radar.

El chico de Zafiro le corta una mano a la Cuarzo y luego le parte la cara con un hacha. Resulta la muerte más gráfica de todas.

Me pongo en pie. Queda una última muerte. Después de ver lo que pueden hacer estas personas, no estoy muy segura de si quiero salir a buscar a los otros o, ya puestos, dejar que me encuentren. Balanceo el dispositivo en mi mano. Si lo dejo aquí ¿qué es lo peor que podría pasar?

Lo dejo caer en el suelo, girando la palma de mi mano y viéndolo aterrizar en la fría piedra en la que he estado tendida. Uno de los puntos verdes se encuentra cerca, pero la verdad es que mi interés por ver a Ankar no se compensa con lo mucho que odiaría ir a encontrarme a Aaliya.

Mientras tomo mi decisión, presencio la primera traición dentro de una alianza, viendo a la rubí luchar contra el Cuarzo. Él va a ganar. Es más grande, más fuerte y se ve mucho más malo. Él dio el primer golpe y eso, sin duda, le da mucha ventaja.

Me tengo que tragar mis palabras en el momento en que veo su arma, una bola cubierta de picos, destrozarle la cabeza y hacer que un montón de lo que parece gelatina, bañe el suelo.

Esta vez, cuando me doblo por la mitad para vomitar, no es la rabia ni el asco lo que me mueve.

Es el miedo. Y es el miedo lo que me hace recoger de nuevo el estúpido mapa y metérmelo en el bolsillo.


Hugo Neisser, Isla Esmeralda


No sé cuánto tiempo ha pasado desde que empezó el descenso. Una hora, mínimo, pero no sé cuánto tardaron las repeticiones de las muertes o cuánto tiempo más permanecí ahí, sentado, con la mirada clavada en el cielo.

Henrik se ha apuntado su primera muerte. Ha participado en el juego como tenía que hacerlo y la verdad es que, con todo y que ha tomado una vida, no puedo culparlo en lo absoluto. Estamos aquí para eso. Buscamos la victoria para llevar al poder a quien consideramos el más apto para el puesto. Nadie dijo que sería bonito.

Me pongo de pie y le lanzo una mirada al radar. La mayor parte de los puntos siguen en su lugar, ahí donde estaban cuando la cúpula fue reabastecida de aire. Siento los músculos agarrotadas y, supongo, se debe a más de lo mismo. Así como mis pulmones se encontraban vacíos hace unos momentos —¿horas? ¿minutos? —, lo mismo sucede con mis células.

Uno de los puntos verdes ha comenzado a moverse. Rápido, aunque no demasiado directo. El otro punto, el más lejano, se encuentra prácticamente cruzando la Arena de lado a lado. No sé si el que viene hacia mí es Amara o si es Henrik, pero no dudo en que su objetivo es encontrarnos. Me llama la atención que casi nadie parece demasiado interesado en reagruparse pronto. Me pregunto si todas las alianzas son tan endebles como la chica de Rubí con el Cuarzo o el Zafiro y la chica de Cuarzo. Aunque, en defensa de ella, él intentó matarla antes. No sé que ha motivado al Zafiro y tampoco estoy en posición de juzgarlo.

Por mi parte, no hay nada que me haga dudar que Amara, Henrik y yo mantendremos nuestra promesa de permanecer juntos, colaborando uno con el otro, hasta que lleguemos al último cuarto de los participantes. El problema es que, al ritmo que va esto, eso podría pasar mañana.

Es el primer día y hemos perdido cinco vidas.

Me han entregado dos puños de acero en mi paquete. Los he colocado ya en mis manos. Supongo que mejor vale prevenir que lamentar. Pero en lo único en lo que puedo pensar es en los rostros de la Zafiro y el Cuarzo, los que vieron venir la muerte de frente, cuando el hacha y el mangual se estrellaron contra ellos.

Supongo que, en mi caso y el de Amara, será aún peor. No tenemos armas punzocortantes. Al menos no aún. Cualquier muerte que consigamos será solo gracias a la fuerza de nuestros cuerpos. No subestimo a Amara en lo absoluto. Aún y cuando es delgada, su constitución es fuerte y, durante los días en que nos quedamos en la Casa Esmeralda en Isla Perla, la vi cargar con muebles de maderas pesadas con la misma facilidad que otras chicas acarrearían bolsos del tamaño de un sobre.

Me pregunto si, llegado el momento en que tengamos que acompañarnos el uno al otro para pelear y matar, encontraré inquietante el verla quitar una vida. Más aún, por algún motivo me pregunto si ella me verá de una forma distinta cuando llegue mi turno.

Los movimientos del punto verde que se acerca resultan casi demasiado erráticos, como si no decidiera cual es la mejor ruta a tomar. Sonrío. Con ese comportamiento, estoy casi seguro de que se trata de Amara. Henrik, con todo y que no es excesivamente metódico, es lo suficientemente obstinado como para tomar una decisión y ceñirse a ella.

Me empiezo a mover en su dirección. No sé cuál es la extensión de esta Arena, pero en cualquier caso, yo también tengo que poner de mi parte. Encontrarnos en el medio, supongo.

Empiezo a correr. Las personas en Esmeralda tenemos una gran resistencia. Los campos suelen ser tan grandes y hay tan pocas manos para trabajarlos o cuidar del ganado que el trabajo te exige recorrer largas distancias, muchas veces a pie. Esto no es un problema para mí. Si a eso le añades que, por ahora, no cuento con nada más que la ropa que traigo puesta, mis armas y el radar, que de repente empieza a vibrar como loco en mi bolsillo; entonces debería ser una tarea bastante sencilla.

El lugar en el que estoy parecen las ruinas de algún pueblito. Estoy corriendo por la plaza, hay una especie de gazebo, ahora parcialmente derrumbado, le falta un pedazo del techo. Las columnas que le dan forma están torcidas, pero en pie. Tenía una baranda de madera que luce desgastada, como la madera de un muelle.

Me acerco a la estructura, llevado más por una corazonada que por seguir una razón lógica. Subo los escalones, probando que mi peso no vaya a romper los escalones de madera, que no lucen demasiado firmes. Cuando llego hasta arriba, Amara está haciendo exactamente lo mismo del otro lado de la estructura.

—¡HUGO! —ella salta, como si lo más lógico en nuestras circunstancias fuera dejarse llevar por la emoción, aún y cuando admito que yo mismo me siento irracionalmente feliz por verla a ella también. Su pie da con uno de los puntos inestables en la base de madera y se hunde. Ella suelta un sonido, a medio camino entre una risa y un grito. Me apresuro a acercarme, preocupado por la posibilidad de que se haya torcido el tobillo o, inclusive, quebrado el pie, pero, cuando llego, ya ella está sacándolo de ahí con una mueca de exasperación. Se tambalea hacia mí y yo la atrapo y la hago sentarse con cuidado en el suelo.

—¿Estás bien?

—Te encontré— dice ella, muy satisfecha consigo misma.

No puedo evitar sonreírle.

—Sí. ¿Se encuentra bien tu pie?

Ella lo flexiona, sin darle demasiada importancia y empieza a hablar:

—Henrik está prácticamente en la otra punta de la Arena— se queja.

—Sí, eso deduje yo también.

—¿Dedujiste? —pregunta con confusión—. Oh… supongo que te ha dado miedo romperlo— dice mientras saca el radar del bolsillo que lleva sobre el pecho—. Tú siempre tan cuidadoso. Tienes que ejercer presión— dice mientras lo sujeta con ambas manos y presiona con los pulgares. El aparato emite un pitido y entonces proyecta, hacia arriba, una versión ampliada de la figura de diez lados, con la misma luz azulada que emplearon para mostrarnos el resumen.

Una débil exclamación de sorpresa brota de mis labios mientras observo como, en lugar de los puntos, ahora aparecen fotografías de cada uno de nosotros, del tamaño de mi pulgar. Supongo que la configuración de estas cosas depende del idioma de cada campeón, porque tanto el mío como el de Amara están en francés.

Amara y yo ahora estamos uno junto al otro, cerca del límite. Encuentro a Henrik, efectivamente, cerca del extremo norte de la Arena. Nosotros dos ahora estamos muy cerca de centro. Los tributos más cercanos son Kheira, de Ónice y Ajinoam Wunsh, de Amatista. Hacia el este están Lenna de Rubí y Elíma de Ambar y al oeste, Aaliya, de Isla Marfil.

—¿Cómo descubriste esto, Mar?

—Se me cayó y lo pisé— dice con la misma franqueza que siempre la caracteriza—. ¿Qué crees que debamos hacer?

Mi parte racional dice que deberíamos conseguirnos un refugio, hidratarnos y esperar a estar realmente repuestos del frenesí que acabamos de experimentar. Pero eso no tiene nada que ver con lo que digo:

—Creo que deberíamos ir a buscar a Henrik.

Amara me dedica una de sus enormes sonrisas.

—Por cosas como esa es que eres una de mis personas favoritas en el mundo.


Mikhail Petrov, Isla Rubí


El hecho de que la noche empiece a caer y no haya un nuevo anuncio, no me da buena espina.

Empiezo a sentir hambre, pero el hambre, junto con el desgaste físico a raíz de lo que hemos vivido en nuestras primeras horas en la Arena, no está realmente en la cima de mi lista de necesidades. Lo que más me preocupa es que no veo muchas posibilidades de abastecerme en las cercanías. Ni de comida, ni de agua, ni de medicamentos— que aún no necesito, pero no descarto la posibilidad de que, eventualmente, podría salir herido en alguna pelea y entonces cosas como antibiótico o desinfectante serán imprescindibles.

He encontrado un par de pozos en mi camino. Estructuras de piedra, madera y acero que parecen reformadas con respecto al desgaste de los edificios o del origen natural que parece primar en este lugar. Sin embargo, los pozos están secos, lo he comprobado en mi camino.

Tiene que haber algún truco, alguna artimaña o estrategia que se pueda utilizar para conseguir provisiones en este lugar. Las armas nos las han dado desde el principio, eran necesarias para garantizar peleas en igualdad de condiciones, pero a menos de que quieran que nos deshidratemos o nos desmayemos por el hambre, de alguna manera deben poder enviarnos cosas a este lugar.

Además, Milla me dijo que parte de sus responsabilidades como mi mentora iba a ser el dirigir los patrocinios hacia mí. Patrocinios significa compras y compras significa cosas, provisiones que pueda usar de alguna manera. Tengo dos posibles teorías: o solo le permitirán comprar cosas a quienes, como Lenna, han comenzado ya a cobrar vidas o están tratando de ponernos al límite, del mismo modo en que lo hicieron con el aire.

Si así va a ser todo aquí, entonces empiezo a sentirme fastidiado. Deberían mantenernos en las mejores condiciones posibles, así podríamos dar el espectáculo que Alkonost y los otros están deseando. En su lugar, nos obligan a deambular de un lado a otro sin decirnos qué es lo que quieren.

Frunzo el ceño.

Existe una tercera posibilidad. Saco el radar de bolsillo y lo reviso. Como lo suponía, algunas de las otras alianzas ya empezaron a agruparse. Hay varias parejas de puntos rojos diseminados a lo largo del diminuto mapa. Sharik, el único punto verde que hay en el mío, está estático en su sitio, al noreste de la Arena. Ya sé que, junto con Lenna, él fue uno de los que se encargó de matar a una de las cinco personas que nos exigieron a cambio de reabastecer nuestro suministro de aire.

La muerte de la aguamarina no fue precisamente bonita y, resulta evidente que Sharik aprovechó el tiempo para lanzarle un discurso, posiblemente sobre su religión, antes de matarla. Lo sé porque, aún y cuando no activaron el sonido de la repetición, hablaron mucho en el proceso.

No le temo a Sharik. Con todo y su fuerza y su locura, no es un problema que no pueda manejar y, tal vez, ahora que ha derramado la sangre de uno de esos que consideraba impuros por seguir a un dios diferente al suyo, su necesidad se vea apaciguada.

Aun así, me debato entre la idea de ir a buscarlo o de seguir por mi cuenta. Tener a Sharik de mi lado significa más tiempo para descansar en relativa tranquilidad y, posiblemente, el no tener que cuidarme tanto las espaldas a sabiendas de que, como un perro de cuido, me ayudará a preservar mi seguridad. Pero después de ver la traición entre Lenna y su aliado, no puedo dejar de pensar que confiar en Sharik es como sostener una granada con el seguro flojo entre mis manos.

Estar solo seguramente será más desgastante pero, a estas alturas, el quedarme con Sharik bien podría ser más un motivo de alarma que de tranquilidad. ¿Cuánto tiempo va a pasar antes de que tenga uno de sus arranques de locura y decida atacarme por la espalda? ¿Cuánto puedo confiar en que realmente me cuide mientras duermo?

Si hay algo que tengo claro es que solo existen dos personas a las cuales les podría confiar mi vida sin dudar: Milla y Alek. Y, lamentablemente, no cuento con ninguno de los dos en esta Arena.

Tengo claro que tengo que tomar decisiones y que tengo que empezar a moverme. No quiero estancarme en este lugar y que la gente que va a contemplar los Juegos en todo el mundo me empiece a considerar demasiado aburrido. Deslizo la mirada hacia el mapa y veo que el punto verde ha empezado a moverse en mi dirección.

Ahogo un suspiro y no puedo evitar fruncir un poco el ceño.

No me sienta nada bien que Sharik tomara la decisión por mí, pero resultaría absolutamente estúpido el empezar a moverme en una dirección diferente solo para evitarlo. Además, no entiendo bien cómo funciona su cabeza y a pesar de que soy fuerte y valiente, no me conviene que tome mi negativa a estar juntos como una afrenta personal o, más aún, como alguna clase de cuestión demoniaca, pecaminosa o lo que sea que su religión le dicte que tiene que erradicar.

Tomo una roca y empiezo a afilar, tranquilamente, las púas de mi lucero del alba. No lo necesitan, por supuesto, pero me da algo que hacer hasta que, transcurrido un rato, veo a Sharik aparecer entre los escombros de lo que parece ser una escuela.

Me levanto, cuan alto soy, y lo observo desde una prudente distancia. Soy más alto y ligeramente más corpulento que él y saco ventaja de eso. Que no se le vaya a olvidar que soy yo quien se encuentra al mando y no él.

Su uniforme se encuentra manchado. La tela está cubierta de sangre y se ha arrancado una de las mangas de su camisa para hacerse un torniquete sobre la herida que la aguamarina le ha hecho en la pierna, a la altura del muslo de su pierna izquierda. No cojea, ni muestra señales de dolor.

—Dios me ha mostrado mi propia imagen en los cielos— me anuncia con voz tranquila—. Ya he empezado a limpiar su tierra. ¿Me has visto tú, ángel?

No dudo en responderle:

—Te he visto, Sharik. Pero has sido precipitado. No me has preguntado si el que mataras a esa chica era un designio de Dios— me aseguro de pronunciar la palabra Dios utilizando una inflexión similar a aquella que emplea él.

—Lo era— dice él, seguro de sí mismo—. Y cuando la pagana cayó, sentí en mi corazón el júbilo de nuestro Señor. Tengo que continuar con mi obra.

—Entonces ¿qué es lo que estás haciendo aquí?

Sharik no llega a sonreír. Nunca parece hacerlo realmente.

—Estoy cumpliendo con la nueva misión que me ha dado— dice, como si resultara obvio—. Ahora, tengo que cuidar de ti para que, con tus manos, le concedas el perdón y al vida eterna a alguno de estos pecadores.

"Cuidar de ti"

No lo cuestiona. No parece sorprenderle. No parece el asesino despiadado que he visto reproducido en el cielo hace unos instantes. No confío en él. Pero decido que, por lo menos por ahora, me resulta útil.

—Entonces cuida de mí, Sharik.


Elíma Kairo, Isla Ámbar


Es increíble ver lo rápido que se ha malacostumbrado mi cuerpo a los lujos que nos han brindado en Isla Perla.

Hissène me dedica una mirada preocupada cuando me apoyo en una columna y dejo que mi cuerpo resbale hacia abajo. Me llevo los dedos a la barriga y palpo, con cuidado, la diminuta herida que me ha hecho la ónice con su arma. Estábamos en medio de una pelea, intentando alcanzar la quinta muerte, cuando el suministro de aire llegó prácticamente a su fin. No nos hicimos mucho daño que digamos, aunque ambas nos empleamos a fondo en la pelea. Al final, esa especie de guantes con garras que usa ella como arma me desgarró la parte superior del uniforme y me rozó a la altura de las costillas. No ha sido un corte profundo, pero como soy demasiado delgada me ha hecho daño.

Ella, por su parte, tampoco salió bien librada: conseguí que mi alabarda la cortara un poco a la altura de la cadera. Podría haberle hecho más daño, pero calculé mal la distancia.

Estoy acostumbrada a sobrevivir con poca agua y, de todas formas, parte del tratamiento que nos dieron antes de entrar se supone que ayudará a que no nos deshidratemos demasiado pronto, pero nunca me había parado a pensar cómo sería que el aire también fuera limitado.

He perdido algo de sangre, no mucha, pero algo y como no puedo lavar la sangre, aún no he podido ver qué aspecto tiene el corte. A Hissène le está floreciendo un moretón bajo el ojo derecho, a raíz del encuentro que tuvo con el chico de Amatista. Una parte de mí, se pregunta el motivo por el cuál ni su combate ni el mío culminó con la muerte de alguno de los involucrados. El chico de Amatista— al menos según Hissène, se marchó en cuanto consiguió recuperar el aliento, mientras que la ónice, mi contrincante murmuró algo sobre darnos una tregua ahora que no estábamos obligadas a acelerar nuestros destinos. Pude haber discutido, pero la falta de aire me había dejado tan agotada que lo consideré una pérdida innecesaria de energía.

Además, después de ver las repeticiones en el cielo, me da la impresión de que no estoy mentalmente preparada para matar.

Tengo la técnica, tengo la capacidad, pero ¿cómo se sentirá arrancar una vida con tus propias manos?

—Puedo ir a buscarte agua.

No es mi intención reírme de él, pero una risa, corta y seca, brota de mi garganta.

—No hemos visto riachuelos y los pozos han estado todos secos. Estoy segura de que no es tan fácil conseguir agua aquí.

Hissene no imita mi reacción y luce preocupado. Me enderezo, apoyándome en mi alabarda.

—No estés tan preocupado por mí— le digo, encogiéndome de hombros—. Es apenas un rasguño.

—Se podría infectar— me dice, muy serio, con las cejas convertidas en una uve y yo recuerdo la historia que me contó sobre su enfermedad.

Le doy una débil sonrisa.

—No te preocupes, Mabelé debe estar buscando la manera de cuidar de mí.

A diferencia mía, él no parece confiar mucho en la idea.

—Tal vez yo podría…

—¡Y esas han sido doce horas! — la voz retumba en el aire, rebotando en las paredes del domo y poniéndome los pelos de punta. Inmediatamente empiezo a sentir como el respirar se vuelve más difícil, tardo unos instantes en darme cuenta de que es el miedo y no una verdadera privación del aire lo que me está afectando—. ¿Hambrientos? ¿Sedientos? ¿Heridos?

—Es una voz diferente— gruñe Hissene y yo asiento. No es la misma persona que estuvo controlando los anuncios al principio, aunque este es un hombre también.

—Como ya han tenido tiempo de comprobar, no hay precisamente muchas fuentes de agua a su disposición dentro de la Arena por ahora.

Me siento esperanzada por eso último. "Por ahora", no suena demasiado definitivo.

—Pero les daremos la forma de encontrarlas si pagan el último tributo de sangre del día de hoy.

Me tenso y alzo la mirada automáticamente al cielo. Un nuevo contador ha aparecido. Marca seis horas:

.

6:00:00

.

—Después de lo que algunos de ustedes han demostrado hoy, una sola muerte no es un objetivo demasiado complicado ¿no creen?

—¿Así irá a ser siempre? —pregunto en voz alta, dirigiéndome a Hissène—. ¿Ellos nos dicen el número de muertes y nosotros cumplimos con todo lo que se les antoje?

Una voz, la voz de una mujer en esta ocasión, se ríe.

—Es una interpretación muy acertada, pequeña Elíma— me encojo un poco. ¿Nos están escuchando con ese nivel de atención? —. Para quienes no han estado lo suficientemente cerca como para enterarse de lo que ha dicho Elíma, de Isla Ámbar, les hacemos la aclaración: puede que aplaudamos su esfuerzo de darnos muertes sin que se las pidamos, pero, si no lo hacen, de todas formas, estableceremos mínimos. Ya vieron lo sencillo que es para nosotros controlar su aire— parece particularmente complacida al decir eso—. Pero no se olviden de que, ahora, somos los dioses de su Arena. Dennos lo que queremos y podrán vivir otro día. No lo hagan y aténganse a las consecuencias. Y dado que has dado en el clavo, pequeña Elíma, es tu turno de pagar tu tributo de sangre— casi puedo escucharla sonreír.

—¿Qué quieres decir con eso? —Hissène se endereza, cuan alto es y eleva, enojado, la mirada al cielo.

—Quiero decir que no queremos que te entrometas, Hissène. Si Elíma no paga su tributo de sangre antes de que se acabe el tiempo, entonces, habrá consecuencias.

Estática y se acabó.

El contador empieza a avanzar y, en el momento en que lo hace, hay un cambio sutil en los sonidos que nos rodean. Ha dejado de correr brisa aquí adentro. El suministro de aire se ha interrumpido.

Odio la expresión en el rostro de Hissene. Es como si, desde el principio, dudara de mi capacidad.

—Puedo hacerlo— le digo, con la barbilla arriba.

—Sé que puedes— acepta él.

—Entonces deja de mirarme así.

—¿Cómo te estoy mirando? —pregunta y el único cambio en su rostro es la forma en la que sus cejas se mueven unos milímetros hacia arriba.

—Como si fuera un pobre pichón que acaba de caer del nido. Como si no estuvieras seguro de si acabaré pagando el tributo de sangre con la mía.

Él no cambia su expresión. Una rápida comprobación al reloj me indica que ya han pasado los primeros cinco minutos.

Lo tomo de la pechera de su uniforme y hago que baje un poco su rostro, acercándolo al mío.

—Necesito que confíes en mí. Si tú no lo haces, entonces ¿Qué esperanzas tengo, Hissène?

Lo suelto cuando, con el pasar de los segundos, él no me dice que lo hace.

Finalmente, él suspira y asiente. No es suficiente para mí, pero lo dejo estar. Se lo demostraré, a él y a todos, que soy capaz. Que merezco estar aquí a pesar de que no fui al primera opción de los espíritus.


Maddox Erwyn, Isla Aguamarina


—¿Estás tomando una siesta? ¿Justo ahora?

—No. Estoy despierto— digo abriendo un ojo. No me sorprende el hecho de que Kheira y Raif lleguen juntos. Por mi parte, estoy tendido bajo unos árboles, con una rodilla flexionada y la otra pierna subida sobre ésta. Tengo el sable paralelo a mi cuerpo, lo suficientemente cerca como para poder desenfundarlo sin problema si llego a necesitarlo.

La llegada de mis aliados no ha sido una sorpresa. He sentido el dispositivo vibrar dentro de mis pantalones en cuanto han estado lo suficientemente cerca.

—Eres un flojo, Maddox— se queja Kheira mientras se deja caer junto a mí con las piernas dobladas, su pantorrilla roza el pie que tengo en el aire—. Te ves bastante ileso, ¿te has librado de pelear? —ella, por su parte, tiene el pantalón manchado de sangre, no demasiada, al parecer apenas ha sido un roce, y lleva una marca rojiza en el cuello.

—¿Qué puedo decir? —digo mientras la observo desde mi posición—. No me he cruzado con nadie. Todos parecían estar demasiado lejos.

—¿No fuiste a buscar a nadie cuando explicaron lo del aire?

Me encojo de hombros.

—Me imaginé que habría personas mucho más interesadas que yo en andar corriendo como desquiciados buscando a quien matar.

Kheira entrecierra los ojos, luciendo levemente ofendida.

—¿He de suponer que fuiste de las que anduvo por ahí corriendo como desquiciada? —dejo que mis ojos se deslicen por sus heridas—. ¿Quieres que te pregunte como quedó la otra persona?

Ella suspira.

—Me gustaría decir que mucho peor que yo, pero creo que quedamos empatadas. Por cierto, es la chica a la que supuestamente le toca pagar el tributo de sangre de hoy. Y supongo que lamento lo de tu compañera de isla.

Levanto la cabeza y observo, casi aburrido, que ya ha pasado poco más de una hora y media desde que hicieron el anuncio. No quiero referirme a la muerte de Éire. No soy tan ingenuo como para lamentarme por su muerte solo porque ella era de casa, pero tampoco me alegro por ello, aún y cuando, con su sangre, se dio una parte del pago que nos devolvió el aire.

Raif se mantiene de pie. Noto que tiene, alrededor de ambas muñecas, al menos cuatro brazaletes de color plateado, aplanados y, en apariencia, afilados.

—Son mis chakrams— dice siguiendo mi línea de visión y agita un brazo, haciendo que las armas tintineen. Se agacha y estira el brazo, permitiéndome estudiarlo. Tiene un motivo que semeja un engranaje en el lado aplanado, mezclando negro y dorado.

—¿Cómo funciona? —pregunto, curioso.

—Como un cuchillo arrojadizo— dice sacándose uno de la muñeca y haciéndolo girar alrededor del dedo índice de su mano derecha. Aparta la vista apenas por un segundo de mí, sostiene el chakram entre los dedos y ni siquiera lo veo apuntar antes de que lance. El chakram corta limpiamente por la mitad una hilera de juncos y se clava en la corteza de un árbol.

—No me gustan las armas que se extravían fácilmente— digo yo mientras sujeto mi sable y lo llevo a mi pecho. Aún así, parece algo que nos será de utilidad si podemos atacar a distancia.

—Supongo que por eso me han dado varios— dice sonriendo un poco mientras va a recoger el que ha arrojado. A Raif le cuesta mucho trabajo sonreír, es como si realmente le costara abrirse a otras personas. Como si, para él, una sonrisa fuera la gran cosa.

Suelto una risita desdeñosa y me enderezo, prendiéndome el sable de la cintura.

—¿Qué vamos a hacer? —dice Kheira mientras apoya el peso de su cuerpo sobre sus manos, de manera que su pecho se eleva un poco y la curva de sus senos se marca bajo su camiseta. Me causa gracia el hecho de que Raif parece dispuesto a mirar a cualquier lugar menos a ella.

—Pues esperar. ¿Qué otra opción tenemos?

—¿Y si decide venir por nosotros? —dice Raif mientras devuelve el chakram a su muñeca. Acciona una especie de cierre y todos los que trae en el brazo se juntan en uno solo. Me pregunto si eso servirá solo para su comodidad o si acaba de hacer con ello un arma extra fuerte.

—Saben que somos tres— apunto yo—. Y, si no mal recuerdo, ella está sólo con su compañero de isla. Tendrían que ser estúpidos o suicidas para venir por una alianza mucho más grande.

—Elíma es una de las chicas pequeñas ¿no? —pregunta Raif.

—No es la más chica, pero sí. Es la chica delgada de piel oscura.

—Sea como sea no podemos confiarnos. La chica de Marfil es la más pequeña de todos y aun así se cargó a la diamante.

—¿Qué no era ella la que llegó aquí con el cuello lleno de marcas?

—Su compañero la atacó en el aerotranvía— respondo yo—. Al parecer la consideraba impura a los ojos de su dios— digo rodando los ojos.

Kheira me mira con una ceja alzada.

—¿Cómo es que siempre pareces estar enterado de todo?

Sonrío.

—Tengo un oído excelente.

—Eso y que eres un entrometido.

Raif se ríe, como si no pudiera evitarlo y Kheira le dedica una sonrisa satisfecha.

—Entonces ¿nos limitaremos a quedarnos aquí tumbados como idiotas?

—¿Tienes un mejor plan, oh señora?

—No lo sé… podríamos ir a buscar a alguna otra alianza.

—O simplemente podríamos quedarnos aquí tranquilamente a que la chica cumpla con su deber, pague el tributo de sangre y entonces nos muestren la forma de conseguir comida y agua aquí adentro.

—En serio que no entiendo qué haces aquí, Maddox— dice Kheira burlona—. Si solo piensas en comer y dormir.

Le guiño un ojo.

—Me gustan las comodidades. Y no creo en eso de gastar energías comiéndome el coco yo solo. Si me hubieran asignado a mí el tributo de sangre, podría pensar en no holgazanear, pero no es el caso, así que —digo volviéndome a tumbar en el suelo— ¿para qué molestarse?

—En ese caso, si no nos vamos a mover de aquí, podríamos entonces analizar a quienes quedan.

Los dos parecen pensárselo pero ninguno empieza a decir quiénes son los que quedan. Abro un ojo y recito:

—Henrik de Diamante; Amara y Hugo de Esmeralda; Lenna y Mikhail de Rubí, Aaliya y Sharik de Marfil, Elíma y Hissene de Ámbar; ustedes dos; Carlens de Zafiro y Noa y Ankar de Amatista. Y yo, obviamente.

Hay un largo silencio.

—¿Qué?

—¿Te aprendiste los nombres de todos?

Me encojo de hombros, sin decirles que es algo que hago todo el tiempo, a veces sin siquiera darme cuenta. Ella se queda esperando una respuesta, así que digo:

—Supongo. Son quince en total. Para esta noche, seremos catorce. Menos de tres cuartos de los que éramos en la mañana.

—¿Irán a avanzar tan rápido? A este ritmo, los Juegos no durarán ni cuatro días completos.

—Quien sabe. Sloan me ha dicho que hay un montón de dinero circulando ya en Aguamarina. Supongo que nuestra nueva y gran nación necesita de un buen flujo de fondos y nada como incentivar una bonita competencia con lucha a muerte incluida para hacer que el dinero se mueva ¿no? Posiblemente tenían que garantizar un arranque fuerte, que de paso limpia del mapa a quienes resultan menos aptos. Seguramente los días que están por venir resultarán algo menos movidos en cuanto a muertes. Posiblemente nos prueben en diferentes aspectos. Lo del aire ha sido un toque interesante, es la forma más rápida de matarnos. La privación de comida y agua va a ser un problema para quienes están acostumbrados a rodearse de lujos— digo con las cejas enarcadas.

—Pareciera como si nos quisieras llamar mimados, Maddox— dice Kheira, burlona.

—En lo absoluto— digo cerrando los ojos de nuevo—. Pero sea como sea es un tema del que eventualmente tendremos que ocuparnos si no queremos tener una muerte ridícula.

—En serio me parece que te tomas esto con demasiada tranquilidad, Maddox.

—Eventualmente llegará el momento en que matarnos unos a otros no será opcional. ¿Para qué apresurar la llegada de ese momento?

Ninguno tiene nada que rebatir a eso.


Makemba Lagos, 29 años. Isla Ámbar


Termino de aplicar toquecitos de cicatrizante de efecto acelerado en la mejilla de Valkyr y me limpio los dedos en el vestido. Ella mantiene los dientes apretados y suelta un ligero siseo, luego, su rostro se relaja.

—¿Mejor?

—No quería que te molestaras, especialmente ahora que tienes que preocuparte por Elíma. Es decir… lo mío apenas si son rasguños.

Le sonrío un poco mientras me llevo una mano al vientre.

—Debería estar completamente bien por la mañana. No han sido demasiado profundos, pero con esa piel no sería justo que te quedara una marca.

—Muchas gracias por… ayudarme.

Ella se frota la barbilla. Me sorprende que no se haya echado a llorar desde que ha pasado todo, pero supongo que, como todos los demás, ha cambiado más en los últimos días que en los últimos años. Hemos vivido cosas muy intensas en los últimos días.

Essus elige ese momento para abrir la puerta del pequeño cuarto de descanso y entrar, con expresión preocupada. No sé si las marcas de cansancio en su rostro son a causa de la muerte de Nayara o por el hecho de que Suyay los ha atacado a él, a Alkonost y a Valkyr hace unas horas.

Él se adelanta y toma su mano, las mejillas de ella rivalizan entonces con su color de cabello. Tiene cuatro marcas paralelas que comienzan justo sobre la ceja izquierda y descienden en diagonal hasta acabar cerca de la línea de su mandíbula. Ha tenido suerte, si no se hubiera movido y hubiera cerrado los ojos durante el arañazo, pudo haber perdido el ojo izquierdo.

Me aparto para lavarme las manos y verificar que Elíma y Hissene aún no están cerca de ningún otro grupo de Campeones y entonces Esssus le dice algo en un tono tan bajo que no me entero de lo que hablan. De todas formas, parece un intercambio demasiado íntimo y no me gusta inmiscuirme.

—Estoy bien— le promete ella—. ¿Tú cómo estás?

Él debe haber dejado que lo atendieran en algún momento porque trae puesto un pequeño vendaje alrededor del brazo. Suyay lo ha mordido hasta hacerlo sangrar cuando Essus la sujetó del brazo para apartarla de Valkyr.

—Lo han desinfectado y me han puesto un par de inyecciones. Tienes un equipo excelente, Makemba.

Le sonrío.

—Gracias.

Él vuelve a enfocar toda su atención en la chica.

—¿Qué han hecho con ella? —pregunta Valkyr un poco azorada por la atención de él.

—Aún no se despierta. Le han dado un calmante y parece que dormirá por un buen rato.

—Con el golpe que le ha dado Alkonost, me sorprendería que se despertara hoy— digo yo y Valkyr hace una mueca. No aprueba la violencia y es evidente que, con todo y lo que ha hecho Suyay, no le ha sentado bien que Alkonost la redujera de esa manera.

—¿Valk? —la puerta se abre de nuevo y por ella aparece Rhiannon. Parece enferma y también luce cansada. Ha perdido a la mitad de sus campeones hoy.

Valkyr parece realmente incómoda por ser el centro de atención. Se levanta de un salto de la cama y alisa las arrugas en su ropa.

—Aún no puedo creer que esa maldita zorra se haya metido contigo— dice Rhiannon con un gruñido y hay algo en el suave acento que se oculta tras el proceso de traducción que hace que suene casi divertido el oírla maldecir de esa forma.

Valkyr trata de componer una sonrisa tranquilizadora.

—Lo que no entiendo es porque ha ido tras de ti en primer lugar. Hugo y Amara ni siquiera estuvieron involucrados en las muertes de Coral y Khalil. Fueron Carlens y Lenna. Sus aliados.

—Porque es inteligente y ha sabido donde le dolería más a Essus— respondo yo y Valkyr enrojece violentamente de nuevo. Rhiannon se ríe un poco.

—Alkonost tiene la nariz rota. Ya la han arreglado— continúa Essus encogiéndose de hombros, aún sin soltar a Valkyr.

—Suyay se ha quedado sin oportunidades de ganar. Es la única a la que no le queda ni siquiera un campeón de pie.

—Por no mencionar que era, junto con Alkonost, la que más pagada de sí misma estaba.

—Habrá que tener cuidado en las fronteras de Ónice, Zafiro y Marfil. Podría intentar algo ahora que se siente acorralada— apunta Rhiannon.

—Creo que Veronique y Joao ya se encargaron de eso. ¿Essus? —pregunto yo.

Essus asiente distraídamente, parece debatirse internamente por algo.

—¿Tristán te ha dicho algo sobre lo que planean hacer después los Titiriteros?

Las pálidas mejillas de Rhiannon toman algo de color.

—No he podido hablar con él. Dánica me ha encontrado en la puerta y prácticamente me ha ladrado que no me meta en su trabajo.

—Tomando en cuenta que fue ella quien retó a Elíma en primer lugar, tiene sentido que no quiera que intervengamos.

—Igual no podemos hacerlo— apunta Joao entrando, junto con Veronique, en la ya atestada habitación—, fue una de las cláusulas que puso Suyay en el trato.

—Evidentemente la iban a beneficiar a ella, no hay otra explicación para que Carlens y Coral y Lenna y Khalil hayan quedado tan cerca, pero no hubo tiempo para eso— se mofa Veronique—. Makemba, Radhika me ha pedido que te avise que Ajinoam ha empezado a moverse en dirección a donde están Hissène y Elíma. Sus aliados están cerca también.

Siento un retortijón en el estómago y me obligo a mí misma a permanecer tranquila. Tanto estrés no es justo para la criatura en mi vientre.

—Gracias— digo mientras me acerco a la puerta. Saleel, mi bokor, me sigue.

Me alivia, hasta cierto punto, que todos los demás hayamos podido mantener las cosas tranquilas entre nosotros después de la ronda inicial de muertes. Joao le pidió disculpas a Rhiannon después de que Sharik matara a Éire e hizo lo propio después de que Aaliya y Elisabeth pelearan hasta la muerte. Oberón consiguió sacar la cabeza de su trasero el tiempo suficiente para estrechar la mano de Essus después de que Nayara muriera a manos de Henrik.

Hasta ahora, el que tiene los tributos más mortíferos es Joao. Ambos campeones han conseguido apuntarse una muerte.

Me siento en una de las sillas, justo al lado de Radhika, cuya ansiedad se compara con la mía. No la toco, pero compartimos una mirada empática.

Apoyo la barbilla en mis manos, entrelazando los dedos. No sé qué me preocupa más, que Elíma esté obligada a matar ahora, que Hissène desobedezca la orden que ha dado Dánica de que no se entrometa o que cualquiera de los dos encuentre la muerte durante su enfrentamiento.

En la transmisión intercalan planos de todos los tributos. Casi todas las alianzas han tomado este tiempo para agruparse guiándose con el mapa, pero los únicos que han descifrado un uso un poco más profundo del dispositivo han sido los esmeraldas de Valkyr, que ya se han juntado con el único diamante que le queda a Oberón. Los demás se limitan a seguir los puntos de color. Verde para aliados, rojo para enemigos.

Elíma y Hissène están a menos de un kilómetro de Ajinoam. Sospecho que la han elegido por estar cerca, pero Ankar y Aaliya están cerca de ella también y ellos, como no han descifrado que necesitan ejercer presión para ampliar el mapa, no saben que se trata de sus aliados. Si Hissène no consigue mantener a dos de ellos a raya, Elíma podría estar acabada en un rato.

El niño en mi vientre se retuerce un poco y yo froto mi barriga intentando tranquilizarlo, aún y cuando sé que su ansiedad solo está reflejando la mía. Un vaso con agua es dejado justo frente a mí, la superficie de cristal está cubierta de gotitas de condensación. Me enderezo, ligeramente incómoda.

—Gracias— mascullo, pero Saleel no sale de su acostumbrado mutismo para responderme.

Las otras sillas en la sala vuelven a ocuparse en unos minutos. Joao se sienta al otro lado y me da un suave golpecito sobre la mano. Ahora Aaliya está involucrada y puesto que la colisión de las dos alianzas es casi un hecho, está tan en riesgo como mis chicos.

Aún quedan poco más de dos horas en el contador, pero Elíma ha sido lo suficientemente inteligente como para no posponer el encuentro, posiblemente pensando en lo difícil que sería pelear para ella si cortan su suministro de aire.

Me muerdo el labio.

Elíma, Hissène y Ajinoam se encuentran ahora a menos de cien metros de distancia. Elíma es más rápida que Hissène, pero él es más resistente, así que mantienen más o menos el mismo ritmo, aun así, ella es la primera en entrar al claro en donde está Ajinoam, a quien el dispositivo ya le ha avisado de la inminente llegada de un enemigo y está en posición de combate.

Tiene el rostro ligeramente verde aún, pues ha vomitado poco después de que presentaran las repeticiones y no parece haberse repuesto a pesar de que han pasado varias horas.

Su arma, un kyoketsu, consiste en una cuchilla de doble filo con otra cuchilla, más pequeña y curva, sobresaliendo de su lateral en un ángulo de 90 grados, parecida al pétalo de una flor de lis. Del mango, hecho de metal, sale una cadena fina, pero en apariencia resistente, de unos cinco metros que acaba en un anillo de metal. Cualquiera de los dos extremos, la cuchilla o la anilla, pueden hacerle daño.

Elíma no se precipita, lo cual me agrada.

—Apártate, Hissène.

Él no parece demasiado convencido, pero acepta sus deseos. Ajinoam sigue la trayectoria de Hissene, que les da un espacio de unos diez metros a ambas y se pone en posición. Resulta evidente que, aún y con la advertencia que le dieron, no está dispuesto a dejar que Elíma muera en ese combate. La amatista hace que la cadena empiece a girar entre sus manos, moviendo hacia adelante y hacia atrás el aro metálico.

Elíma enarbola su alabarda, parecida a una lanza, cuya punta está atravesada por una cuchilla, aguda por un lado y con forma de media luna por el otro. Sigue la trayectoria de kyoketsu, clavando sus ojos en el aro, lo cual resulta ser un error porque entonces Ajinoam utiliza su otro brazo para lanzar la cuchilla hacia adelante. Elíma se echa hacia un lado a tiempo para que la herida no sea mortal, pero su brazo gotea sangre.

Hissène avanza un paso y luego, a pura fuerza de voluntad, se queda en su sitio.

Elíma sacude el brazo, probando que no haya dañado músculos ni tendones. De momento, su movilidad parece estar bien. Ajimoam aprovecha el momento para lanzar hacia el frente la cadena con la argolla. Los eslabones de metal se enroscan alrededor de los tobillos de Elíma y la otra chica tira y la hace caer, cuan larga es, al suelo. Sonrío porque ella se las arregla para mantener el filo de la alabarda lejos de su cuerpo y, más aún, aprovecha que Ajinoam ahora está más cerca, traza un semicírculo con su brazo sano y se las arregla para hacer que Ajinoam tropiece y caiga también.

Elíma se desembaraza de las cadenas alrededor de sus piernas y se endereza, recuperando el control de la pelea en el mismo instante en que Ankar y Aaliya entran al claro. Ambos tienen los rostros enrojecidos por la carrera. Supongo que se asustaron cuando vieron que su aliada ya estaba peleando.

Hissène ni siquiera les da tiempo de procesar lo que sucede, no ataca a Aaliya, que es la más cercana, con su arma, pero le da un golpe con el dorso de la mano que envía a la chica dando tumbos hacia atrás. No se desmaya, pero queda lo suficientemente aturdida como para que no pueda intervenir en ninguna pelea. Ankar desenrosca el látigo de domador y lo hace restallar una vez en el aire antes de enroscarlo alrededor del brazo con que Hissène sostiene su propia alabarda. El cuero se enrolla alrededor de su antebrazo y baja hacia el codo, dificultando el movimiento de su mano hábil. Esta es la segunda vez que se enfrentan hoy, si siguen así, podría volverse personal.

Ankar se lanza hacia adelante y lo derriba, haciendo que ambos rueden por el suelo, alabarda incluida y yo cierro los ojos por dos segundos cuando veo con uno de los bordes afilados pasa a apenas unos centímetros de su rostro.

Elíma resulta una guerrera muy centrada. No se permite dudar en su pelea para prestarle atención a la de su único aliado, hace girar la alabarda alrededor de su cuerpo rotando su hombro y su muñeca y, esta vez, la punta de la lanza efectúa un corte en el pecho de Ajinoam.

La sangre moja el uniforme y la chica suelta un aullido de dolor que resulta casi inhumano. Ankar deja que le sonido lo distraiga y Hissène estampa su puño contra su rostro, dos veces, antes de que Ankar lo bloquee utilizando el mango de su látigo.

Ajinoam tira de la cadena y sujeta el extremo afilado del kyoketsu como si fuera un cuchillo. Elíma reacciona rápido, interponiendo el mango de la alabarda de manera que el ángulo que forman las dos cuchillas del kyoketsu se traba en medio del palo de metal. Elíma alza una rodilla y la proyecta hacia arriba, hundiéndola en el estómago de Ajinoam. Radhika, a mi lado, suelta un siseo y se lleva las manos al rostro. Elíma hunde los dedos en la herida que tiene Ajinoam en el pecho, haciéndola gritar de dolor. Sus manos se cubren de sangre.

El látigo de Ankar golpea a Hissène en el rostro, el impacto hace que su mejilla se rompa, justo debajo del ojo y estoy segura de que tendrá un enorme moretón si sobrevive. Me enferma un poco tener que pensar así, pero es lo cierto.

Aaliya se levanta, tambaleante y sujeta con fuerza su kunai. Otro vistazo me permite darme cuenta de que también ha recogido dos de los pugios de la diamante que mató hace unas horas. Parece dudar un poco sobre si ayudar a Ankar o a Ajinoam, pero finalmente se decide por la chica.

—¡Noa, agáchate! —dice mientras enarbola un kunai.

—¡No te metas en esto, Aaliya!

La sangre se drena del rostro de la marfil.

—¿Qué?

Ajinoam le propina un puñetazo a Elíma, justo en la barbilla, haciéndola tambalearse y retroceder.

—Se lo dije, le dije a Ankar que no podíamos confiar en ti. Eres un lobo con piel de oveja. Estuviste todo este tiempo fingiendo que eras frágil e insegura y….

—¡Noa, no! —gime su compañero de isla cuando ve que Elíma ha recuperado pie y ahora sostiene la alabarda con ambas manos. Hissène hunde su puño en su plexo solar, sacándole el aire.

Aaliya parece tan aturdida como cuando Hissène la golpeó, pero se recupera y arroja el kunai, directamente hacia el rostro de Elíma. Ajinoam lo desvía utilizado el extremo del kyoketsu que tiene la argolla, pero entonces deja su torso al descubierto. El extremo plano de la alabarda se hunde en su piel, tan afilado que la rasga como si fuera papel y con tanta fuerza que escucho el crujido de sus costillas al romperse.

El rostro de Ajinoam se descompone por el dolor y se desploma hacia adelante, con la alabarda aún clavada en su carne. Elíma tensa los brazos y la suelta. La chica termina de caer y, con las campanadas de la iglesia que anuncian las muertes, vuelve la brisa que anuncia que el flujo de aire dentro del domo sumergido, ha vuelto.

—¡Noa! —el rostro de Aaliya está cubierto de lágrimas, pero no deja de sujetar sus armas. Elíma parece muy incómoda cuando la chica se pone de rodillas y toma entre sus delgados brazos el cuerpo de su compañera caída.

Hissène y Ankar dejan de pelear y se miran por unos largos segundos. Elíma podría intentar matar a Aaliya ahora que está expuesta, pero no lo hace. Hissène, finalmente, es quien rompe el silencio. Se aclara la garganta y dice:

—Encárgate de tu aliada. Nosotros nos iremos por la paz. Por ahora.

Ankar asiente, mientras Aaliya llora en silencio.

—Gracias— murmura y recoge su látigo antes de ir a rodear a Aaliya con los brazos.

Curiosamente, lo apruebo. Me parece lo más noble y justo. Joao estira el brazo y pone su mano sobre la mía, me da un suave apretón y luego la retira. Radhika llora en silencio, igual que lo hace Aaliya.

—Aceptamos su tributo de sangre— dice la voz de Dánica Jacov—. Por ahora, pueden descansar.


¡Hola, hola! Vengo muy entusiasmada con este capítulo porque ya empiezan a reagruparse las alianzas en la Arena y se muestra cómo va a ser la dinámica tanto en el campo de batalla como entre los líderes y, bonus, entre los titiriteros.

Presento mis respetos a todos los Campeones que han muerto hasta el momento: Elisabeth Zuckerman, Éire Cernunnos, Nayara Banks, Coral Pareira, Khalil Belaali y, en el capítulo de hoy, Noa Wunsch. Muchísimas gracias a los seis submitters que me los confiaron y espero haberles hecho justicia a todos.


En el próximo capítulo vamos a empezar a hacer uso de los puntos, con toda la explicación de cómo va a funcionar en mis Juegos lo que en el canon serían los paracaídas.

A continuación, enumero a los cinco comentaristas estrella del capítulo anterior (que ganan un punto adicional por haber sido de los primeros cinco en comentar): Naty_mu, Bermone, Jacque-kari, Imagine Madness y Camille Carstairs.

Y así estaría la tabla de puntuaciones:

Jacque-Kari/ Henrik: 17

Naty_mu/Hugo: 9

Camille Carstairs/ Amara: 7

HikariCaelum/ Maddox: 5

AleSt/ Mikhail: 2

Bellamybell/ Lenna: 6

Lauz9/ Sharik: 0

Bruxi/ Aaliya: 5

Bermone/ Hissène: 7

Yolotsin Xochitl/ Elíma: 8

MaryDC/ Raif: 3

Alphabetta / Kheira: 3

Imagine Madness /Carlens: 9

Amber Swan / Ankar: 2

Los personajes que van al día en reviews (y que por lo tanto se pueden sentir un poco más a salvo que los demás) son: Henrik, Hugo, Amara, Maddox, Mikhail, Sharik, Aaliya, Hissène, Elíma, Kheira y Carlens. Los demás tributos vivos deben, al menos, dos reviews.


Preguntas:

1. POV favorito y por qué.

2. ¿Qué opinas del tributo de sangre?

3. ¿Teorías sobre la entrega de "regalos"?

Si se han detenido a leer ¡gracias! ¿Qué les ha parecido el capítulo? ¿Quién creen que será el siguiente en caer?

Abrazos, E.