Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, sólo los tomo prestados para crear una historia para fines de entretenimiento.
Una Flor para Escocia.
Capítulo IX.
"Querida Annie:
Lamento haber esperado tanto para escribir, la verdad es que madre tenía razón cuando decía que una mujer casa tiene demasiadas cosas en qué pensar, aunque muchas de esas cosas, créeme, no son tan reconfortantes.
¿Recuerdas cuando hablabamos de cómo sería una vida siendo esposas de algún caballero importante? Pues todo lo que intuíamos está a millas de distancia de lo que realmente es. Te puedo decir con certeza que en un matrimonio como el mío no se vive feliz, querida hermana…una debe aprender a serlo. Pero conmigo sucedió algo inusitado, me he descubierto enamorada de mi esposo aun antes de llegar a Escocia.
Confieso que fui reticente en un principio, me negaba a aceptar que me habia enamorado como una dolescente apenas verlo y escucharlo hablar, por lo que me propuse una férrea disciplina para mantener las distnacias una vez llegada a tierras escocesas, no obstante, fracasé, Annie.
Ese caballero tosco y orangután, como lo llamaste aquella noche en Trenwind se fue incrustando en mi corazón cada día que fue pasando, hasta ahora…"
-¿qué es eso Annie?
-¡Mamá, cómo se te ocurre entrar sin anunciarte! -dijo ocultando la carta sobre su pecho
-He estado tocando la puerta hace tiempo…¿de quién es la carta?
-¡Archie! –dobló las hojas y la guardó en su bolsa de paseo –y como comprenderas es muy personal.
La condesa rodó los ojos y tan sólo le pidio no tardar, todos estaban casi listos para iniciar al paseo por las parcelas. Annie asintió y cerró la puerta tras su madre con seguro para sacar nuevamente la carta y continuar leyendo
"Annie, nos hemos equivocado. William es un gran hombre y un esposo maravilloso. No tienes idea de todos los detalles que tiene conmigo. Pero estoy preocupada, aquí parece haber una bruma malvada contra él y contra mi. Lady Elroy me prohibe el correo que viene de Londres, ni leerlo ni contestarlo, Anthony Brown, el sobrino de William, odia a su tío de manera recalcitrante…"
-Vaya, familia que te tocó hermanita…
"Yo sé que no debo dudar de madre, pero Annie, tengo la sensación de que entre ella y lady Elroy ocurre algo; desde hace un tiempo he notado que llegan cartas del castillo White dirigidas a la abuela Andrew. Sé que son de madre porque traen el sello Bladgen. Necesito de tu ayuda, hermana, no te pido espiar a madre, pero aquí la gente actua extrañamente. Si no fuera por William, George y dos de mis doncellas, me sentiría abandonada en medio de una guerra que desconozco. Por favor, Annie, ayúdame a cuidar de mi matrimonio…"
-¡Annie! –llamó a su hija por tercera vez -¡sabes que me molesta esperar, vámonos ya!
La joven abrió las puertas y salió sonriente desconcertando a la condesa.
-¡mamá! –dijo mientras bajaban las escaleras rumbo a las puertas – ¿recuerdas el sello del abuelo?
-¿el sello del abuelo? –preguntó contrariada –en el privado de tu padre, ya lo sabes –repuso nerviosa –pero no entiendo tu pregunta.
-No el sello White, mamá, sino el sello Bladgen; el de tu familia.
La condesa detuvo sus pasos al pie de la escalera. Annie volvio para mirarla.
-¿para qué lo necesitas?
-Estaba pensando que tal vez podría incluir el sello de los Bladgen junto al de los White en la invitación de bodas...¿qué opinas?
-Esa costumbre ha caído en desuso, además el sello es sólo para mí
-Creí que usabas el sello White
-Y eso hago, pero para escribir a mis tías uso el sello Bladgen, es más sencillo para ellas
-claro, sabes, tal vez tengas razón… es muy anticuado –corrió escaleras abajo sin que la condesa la reprendiera –vamos, mamá, Archie nos está esperando.
Era la primera vez en mucho tiempo que despertaba con tranquilidad y confort. Tener el cuerpo de Candy hecho un ovillo buscando el calor del suyo, lo hicieron sentirse el hombre más afortunado del mundo.
Sonrió en recuerdo de su madre y le dio la razón mirando al techo, Candy lo había elegido a él y no pudo estar más agradecido con Dios por esa bella mujer.
Aunque también intuyó que debería dar las gracias a la abuela Elroy por haberlo incitado a cudir a Londres para conocer a Candice. Nunca pensó que volvería la felicidad a su vida y ahora que la tenía entre sus brazos, en su cama, haría todo lo posible por conservarla.
Esto pensaba hasta que sintió el cuerpo de su mujer moverse lenta pero grácil bajo las sábanas. La tela bermellón bajó hasta el nacimiento de sus senos y se percató, en ese momento, de que Candice usaba el dije de rosa que le había regalado el día de su boda. Sonrió de sólo mirarlo
Miró el color esmeralda de sus ojos y agracedió mil veces más a Dios por obsequiarle esos dos luceros.
-Buenos días…
-Buen día, Candy.
-Candy, hace mucho tiempo que no escuchaba ese nombre
-No tienes idea de cuánto me enfurecí de escuchárselo a Thomas Steve en Trenwind -dijo severamente, pero luego relajó su semblante cuando sintió la mano de Candice acariciar su rostro y olvidó los celos que recordó como si hubiese sido ayer
- No te imaginas las ganas que tenía de sacarlo a golpes del salón para apartarlo de ti
-Creo que pude hacerme una idea –río
-Lo siento, Candy…mi hermosa Candy –dijo besándola –perdona mi comportamiento en ese entonces
-Queda perdonado, lord Andrew – respondió juguetona colocando la mano en su pecho, caricia que a William se le antojó desmedida. Sintió su piel arder al toque de Candice a tal grado que no pudo contener soltar un gemido gutural que ella misma disfrutó escuchar.
Sintió las fuertes manos rodear su cintura y girar sobre ella apartando las sábanas que cayeron el piso.
El viento frío de la mañana que se colaba por la ventana provocó un escalofrío a lo largo de su espalda que pronto desaparecería por el tenue roce de los besos del lord sobre la piel de su abdomen.
Arqueó su espalda y no pudo evitar volver a repetir su nombre, una, dos, tres veces más hasta que ambos terminaron por entregarse al calor de sus brazos antes de empezar el nuevo día.
Esa misma mañana, por los pasillos de piedra oscura del castillo Andrew se escuchaba el golpeteo de unos pasos apresurados de Marie-Rose que recogía las faldas para llegar pronto a los establos.
Por el camino atropelló a varios empleados y algún que otro animal de granja que se habría escapado de los corrales. Ensució más de una vez el borde de su vestido y el lustroso brillo de sus zapatos desapareció por el suelo de los establos, pero poco le importo mientras llegara a tiempo.
-¡Coll! – gritó al jinete que ya empezaba a abandonar el castillo
-señora, Marie –un hombre fornido y afable hizo volver su montura -¿qué hace aquí? Es un lugar muy sucio para usted
-Coll, necesito que lleve esta carta para ser entregada a Londres…
-Claro, señora Marie –sostuvo la carta – al duque de …
-¡no lo diga en voz alta! –lo detuvo –es urgente –cambió su tono de voz lastimera a uno más severo mirando a todos lados para no ser descubierta –apresúrese, Coll
Cuando miró cruzar al señor Coll las puertas del castillo sintió un alivio muy grande en su alma. Las amistades que su difunto esposo logró consolidar en Londres le devolvían un poco de esperanza ante su situación financiera inestable.
Era su obligación como esposa y madre cuidar el nombre de su familia, los Andrew y los Brown. Intentó por todos los medios ablandar el corazón de William para que evitar los impuestos y las rentas sin necesidad de decirle que Anthony y ella estaban en banca rota, pero no pudo conseguirlo.
Podría haber intentado hablar con Candice, pero el desprecio que sintió por ella al enterarse que por su causa ahora estaba a punto de perder todo derecho sobre sus tierras, y que su hijo sea repudiado, evitó que la buscara.
-¡Marie, pero mira nada más ese vestido, mujer! – interrogó Elroy una vez que llegó a tener una distancia considerable de su nieta.
La había visto correr desde la cocina cuando fue personalmente a dar órdenes para el banquete de las próximas festividades de cosecha.
Le pareció extraño verla correr de esa manera, Marie-Rose siempre fue una dama recatada y pulcra en sus palabras y acciones. No tenía duda de que algo tramaba, ese comportamiento suyo le daba desconfianza.
Desde hace casi dos semanas que había visto a Marie-Rose aturdida por el castigo que William impuso a Anthony y aunque sabía que Marie era una madre amorosa, tenía la intuición de que esa amargura se debía a algo más.
-¡Abuela, qué haces aquí! – preguntó incrédula tratando de desviar la conversación
-Eso mismo vengo a preguntarte, querida –la miró de pies a cabeza –te vi correr por los pasillos como cocinera
-Por favor, abuela, no digas eso – empezó a caminar de regreso al castillo intentando retomar su postura habitual.
-¿y bien? –la hizo recular –estoy esperando, Marie, ¿qué haces aquí?
La joven mujer la miro nerviosa, paseaba la vista de un lado a otro buscando en su cabeza qué mentira decir que sonara medianamente aceptable para la abuela Elroy, pero no encontró nada, así que decidió decir la mitad de la verdad.
-Envíe una carta a York
Elroy la miró intrigada. Preguntó por qué a York, pero Marie justificó su imprudente carrera diciendo que era importante informar a las primas de Anthony en York que debían preparar un porcentaje de sus ganancias para las rentas y tributos.
-Te lo ha pedido Anthony, ¿verdad? –bufó enfadaba- ese muchacho nunca va a madurar si sigues resolviéndole la vida Marie. Sus ganancias son suficientes aquí, no necesitamos dinero de los Brown, si él quiere puede gastárselo en York; cometió un error, Marie y debe pagar por ese error y no permitir que otros lo paguen por él. La herencia de su padre es una cosa, pero las tierras Andrew son otras.
-Entiendo , abuela, pero como veras, ya es tarde para pedir a Coll que regrese
-Olvídalo, cuando contesten de York manda a decir que todo está resuelto –volvió al castillo –y espero que no se te haya ocurrido decir nada de lo que pasó, Marie
-Por su puesto que no abuela, sabes que jamás lo haría.
Marie se perdió entre los pasillos rumbo a sus habitaciones y Elroy volvió a las cocinas; llamó y pidió a una de sus doncellas que mantuviera los oidos puestos en Marie.
-Pero señora, ¿qué pasa con la señora, Candice?
-Olvida a Candice, por ahora Violet. Quiero que vigiles a Marie-Rose
-Permiso, señora -hizo una reverencia y se preparó para su nueva tarea.
En el castillo White la llegada de Thomas Steve era anunciada solamente a Annie. El joven llegó a caballo luego de recibir un mensaje urgente de parte de la menor White pidiéndole ser discreto y pedir audiencia exclusiva con ella alegando cualquier tontería sobre su boda.
Lo cierto era que un temor lo invadió al leer la nota tan apresurada y poco cuidada de Annie, supuso que algo tendría que ver con Candy pues le había prometido avisarle con prontitud luego de recibir noticias de ella.
Así que, apenas pudo vestirse decentemente para salir al galope y no tardar más. En poco más serían las cinco, la hora del té y la condesa era muy estricta con el horario. Supuso que si llegaba en punto, se ofuscaría y dejaría a Annie atenderlo sin mayor problema.
-Annie –llamaba sin dilación pero con voz baja –Annie, soy yo
-Shh! –Annie salió tras las puertas de la biblioteca –ven, en la biblioteca no nos molestarán
-Annie, ¿qué pasa? ¿se trata de Candy? ¿ha escrito Candy? ¿está bien? ¿le han hecho algo?
-Sí, es sobre Candy –dijo cerrando las puertas –y sí, está bien; no le han hecho nada –tomó de la mano al joven y lo llevó hasta las últimas estanterías donde se perdía el eco y podrían saber si alguien llegaba – Pero sospecha que algo extraño o malo sucede
-¿qué? ¿lord Andrew es un asesino?
-¿qué? ¡Tom, por Dios, de dónde sacas eso! ¡claro que no!
-Es el rumor en el parlamento…
-¿qué…de qué rumor hablas, Tom?
-Tú primero
-Por Dios Tom, no estamos jugando y hablame de ese dichoso rumor
-Pues –tomo aire- es un rumor, pero en el parlamento se habla de que algo sucedió en Escocia en el clan Andrew, no se sabe bien qué fue lo que pasó, pero al parecer hay una vieja voz que cuenta que lord Andrew tuvo algo que ver con la muerte de su esposa
-Oh! No, qué horror!
-Pero, dime, ¿qué ha dicho Candy?
-Nada sobre eso, más bien dice que juzgó mal a Lord Andrew y que es un buen hombre –dijo recordando las palabras escritas de su hermana –creo que ese rumor es infundado, Tom
-No puedo saberlo, por eso debes escribir a Candy y advertirle de lo que aquí se habla. Ese lord Andrew me parece misterioso, apenas va al parlamento, pero parece que hace visitas frecuentes a la corte
-Escribiré a mi hermana sobre esto, pero de hecho, Candy me pidio ayuda para otra cosa
-¿qué cosa?
-Ella piensa que mamá tiene una especie de arreglo con lady Elroy Andrew –dijo hablando en voz baja –ha visto que muchas cartas de mamá llegan a escocia con el sello Bladgen y no el sello White –respiró –además lady Elroy intercepta toda correspondencia que llega de aquí
-¿la condesa haciendo tratos con lady Elroy?
-Primero pensé que sólo era por el arreglo de matimonio, pero…
-Los acuerdos matrimoniales siempre los hace el padre, la madre puede intervenir, pero no es legal ninguna decisión que tome
-El día del paseo pregunté directamente a mamá por el sello Bladgen y dijo que aún lo usaba para escribir a sus tías
-¿viven?
-No, ella piensa que no lo recuerdo, pero jamás olvidaría el largo y aburrido velorío al que tuvimos que ir a West Bromwich, las casas de Hove se rentan desde hace cinco años, lo sé porque esculqué los registros de papá
-¿cómo pudiste leer los registro de arrendamiento de tu padre?
-Candy me dio instrucciones de cómo hacerlo –dijo como si nada, pero Tom quedó asombrado de lo inteligente que era Candy y lo realmente habilidosa que resultó ser la más caprichosa de las hermanas White cuando se lo proponía
-entonces, puede que Candy tenga razón –meditó –debemos saber qué tipo de arreglo hizo tu madre y en qué medida afecta a Candy
-Pero no sé cómo, Tom…-el chico cubrió su boca y le hizo señas para que bajara la voz
Escucharon pasos al otro lado de las puertas pero pronto se perdieron
-No creo que mamá sea capaz de hacer algo que nos perjudique
-Pero si Candy tiene la sospecha debemos ayudarla, Annie
-Lo sé, Tom, pero no puedo enviar cartas a mi hermana, las interceptarían…Candy sólo me dijo que las enviara directamente al lord, creo que tiene un hombre de confianza que la ayudará…y lo de mamá, no sé cómo preguntar sobre lady Elroy
-Tengo una solución para enviar cartas a Candy –dijo Tom meditando la situación –usarémos el sello de mi familia. Como hijo único puedo hacer uso de él.
-Y ¿cómo averiguaremos si mamá tiene un trato o no con lady Elroy?
-Tendrás que mantenerte cerca de ella, cualquier cosa que notes fuera de lo normal, hazme saber.
Annie asintió y juntos salieron de la biblioteca conversando los asuntos triviales de la boda. Que si Tom podría conseguir un carruaje más lujoso o podría ayudar a Archie a elegir un guardarropa nuevo al estilo americano. Lo suficiente para que ni el conde ni la condesa los tomaran en cuenta.
Sólo hasta que fue el tiempo de despedirse, Tom se aventuró a preguntar
-Annie...
La castaña lo miró esperando
-¿Es feliz?
Ella guardó unos segundos de silencio meditando si sería prudente contarle a Tom que Candy le confesó estar enamorada del lord. Quería a Tom como su hermano mayor, crecieron juntos, los tres niños, Candy, Tom y ella siempre jugaban. Habría sido bueno que Tom no hubiese retrasado su regreso, así Candy sería su esposa y no vería sufrir al joven de esta manera.
-Está aprendiendo a serlo, Tom, está aprendiendo.
Contestó, pensando que así no lastimaría sus sentimientos y dejaría su cariño por Candy en el recuerdo infantil, pero lo cierto era que esas palabras significaban otra cosa para Tom. Para él significaba una sola cosa que le regresó la sonrisa y la esperanza: Candy no amaba a lord Andrew.
CONTINUARÁ...
