Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, sólo los tomo prestados para crear una historia para fines de entretenimiento.
Una Flor para Escocia.
Capítulo XII.
-¿Quién escoge a las doncellas que trabajan en el castillo?
-¡Por Dios, Candice…esas maneras! –dijo cogiendo pronto su bata
-Lo siento, Lady Elroy, pero ahora no estoy para formalismos – cerró con seguro la puerta – la rutina del té…-dijo y después le entregó la taza que le había dejado Patricia hace unos momentos.
-¿de qué hablas mujer?
-Usted dijo que se puede observar mejor desde la rutina…- Elroy ya revisaba el contenido de la taza – Patricia me lleva el té siempre, cada mañana, desde que llegué al castillo.
Elroy la miró impávida. De todos habría sospechado, de la chica Bonnie, incluso de Marie pero jamás de Patricia.
-¡Muchacha tonta! –dijo vaciando el contenido de la taza en una maceta. –Mandrágora.
-¿mandrágora? –se sentó al filo de la cama sin dejar de mirar a la abuela Andrew –no comprendo, ¿me daba té de mandrágora? ¿qué no es más bien medicinal?
-en pocas porciones, lo es…-dijo Elroy tocando una campaña para llamar a sus doncellas – pero en otras puede causar un adormecimiento eterno, se usa para ayudar al parto y evitar el mayor dolor posible…y ya que lo has estado tomando durante un año, puede causar la pérdida de tu hijo
-¡No! Tenemos que hacer algo, Elroy, por favor…-se levantó consternada –no puedo dejar que maten a mi hijo
-Tranquila, no pasará – dijo aún manteniendo la sangre fría –debí haberte dejado ir con William
ahuyentó esos pensamientos de su cabeza y se concentró en Candice.
En un instante después, entró la doncella de Elroy, hizo una reverencia a ambas mujeres. Candice apenas se fijó en ella, sus manos y su cuerpo empezaba a temblar. Era miedo, por primera vez en su vida tenía mucho miedo de perder a su bebé. Había escuchado muchas historias de embarazos no logrados en la que no sólo el bebé era expulsado entre sangre y dolor sino que la pérdida causaba tanto daño a la madre que ella moría también.
El miedo que sentía le nublaba la vista y le obstruía el oído, poco pudo escuchar de lo que Elroy decía a su doncella. La miró volver a su mesa y escribir una nota, rápida; cogió una carta que ya estaba hecha y a la nota le puso el sello Andrew. Ambas las entregó a su doncella y la apresuró a salir.
Dejó de escuchar los sonidos del exterior…apenas el chirrido de la puerta al cerrarse la perturbó.
-¡Candice!
Miró a Elroy sentada a sus pies
-¡Por favor, abuela, no quiero perder a mi hijo!
-No pasará, hija, pero necesito de tu ayuda
-¿qué debo hacer?
-Mandé una carta a tu familia…el mejor médico que conozco está en Londres, estarás bien, te llevarán allá. Si nos damos prisa llegarás dos horas después de mi carta.
-No, no…no, William –se levantó soltando las manos de Elroy –debemos avisarle a William
-No tenemos tiempo, es importante que el médico te revise, llevas un año entero tomando mandrágora, es peligroso para ti y para tu hijo. –tomó a Candice del brazo y la llevó a su habitación - Yo me encargaré de avisar a William, para cuando tu llegues a londres el ya estará llegando ¿Patricia está en tu dormitorio?
-No, la mandé a la cocina.
-Apresúrate, hija…debes partir ya
Al cabo de unos minutos Dorothy y Bonnie prepararon con un vestido sencillo a Candice y subieron con ella al carruaje. Elroy dio instrucciones de acompañar a la matriarca al castillo White en londres. Iba una comitiva de cinco hombres a caballo ligero y ordenó cambiar los caballos cada tres horas de camino.
Se quitó el anillo que portaba y lo ofreció a Candice en el carruaje.
-Esta es la esmeralda de la matriarca Andrew –Candice la miró ponerle el anillo en el dedo –William quiso dártelo desde el principio pero no lo permití…hasta que…
-Lo ganara
-En su lugar mandó a forjar un dije en forma de rosa. –aclaró la garganta –vete ya, mujer.
Ordenó inicar la marcha, Candice aún permanecia absorta. Percibia todo de manera letargada, hasta que el sonido de los cascos contra el terreno pedregoso la volvieron en sí. Recordó aquella noche en que el duque de Grandchester mandó un jinete al castillo de sus padres para notificarle el rechazo a su compromiso.
A su cabeza vinieron todos los sucesos acontecidos luego de enterarse de que el hijo del duque la cambiaba por otra mujer que decía amar. Volvió a sus ojos el cuaderno de cuero gastado que le entregara su madre diciéndole que debía aprender la historia de la familia Andrew…Recordó leerlo en su habitación a la luz de las velas y recordó las líneas "Luego de la guerra civil, el patriarca Walter Andrew, dio a los bastardos el apellido Andrew, mientras juraran lealtad perpetua al clan…. El más destacado de ellos fue…"
-¡Alister!
El grito de Candice le hizo volver la vista al carruaje que ya empezaba a perderse. Permaneció unos minutos más afuera sonrió ampliamente "Que Dios te cuide, hija"
-Abuela, ¿qué sucede? ¿A dónde va Candice?
-Se encontrará con William –contestó Elroy sin mirarla
-¿qué? ¿pasó algo?
-Nada, Marie…nada ha pasado- sostuvo el rostro de su nieta entre sus manos y se compadeció de ella - ¿Anthony?
-No lo sé, abuela – dijo preocupada –desde hace días que intento buscarlo pero no puedo encontrarlo
-¿lo buscaste en el burdel?
-¡abuela!
-soy vieja, Marie, pero no tonta –entraron al castillo – pero por esta vez, déjalo estar ahí, es una ventaja para nosotros que esté perdido, por ahora… -despachó a su nieta y caminó a sus habitaciones. Había más cartas que escribir.
Sus doncellas llegaban a avisar que la señorita Patricia O´Brian se había perdido en los establos luego de darse cuenta que la señora Candice subía al carruaje.
-Llama a reunión del consejo, ahora –dijo atando ella misma los cordones de su falda
-Pero…señora, el patriarca no está
-Sólo has el llamado, necesito al escribiente ocupado.
Había caído la noche; William miraba sin prestar atención al camino ni a los trotes poco cuidados del cochero. El ajetreo del carruaje era poco importante para él en estos momentos; lo que más deseaba era volver a casa cuanto antes, necesitaba ver a Candy y hablar con Marie-Rose.
Una corriente de viento se coló por la puerta y le hizo temblar de frío y de miedo. Por la ventana podía ver el bosque y el espesor de la fauna que se extendía por el campo, faltaba poco para llegar a casa, el viaje que debío durar tres días había durado a penas veinticuatro horas, no permitió descanso ni a los caballos, sabía que estaban haciendo un gran esfuerzo.
Se quitó los guantes de la mano con desesperación bajo la acusante mirada de George que hasta ahora no había dicho ni una sola palabra desde que salieran del castillo Grandchester. Había pensado que tal vez le diera algún consejo, pero no lo hizo y en cierto modo agradeció que no hablara ni mencionara nada, no tendría cabeza para contestar con decencia.
Volvió a mirar por la ventana y se preguntó ¿qué podía hacer? Necesitaba moderar sus ánimos, no podía llegar y gritarle Marie aunque eso era lo que deseaba hacer, ¿cómo se atrevía a darle carta blanca a Terry? Y Terry…él, apretó los puños, nunca había odiado a nadie como ahora odiaba a Terry y a su propia hermana por involucrar a Candy en negocios que nada tienen que ver con ella.
Luego estaba la carta de la abuela Elroy. Se preguntó con pesar ¿Cómo podían las personas ser capaces de hacer tanto daño a otros?
Se lamentó por Keira, por su sobrino y el hijo de ambos. Aquel pequeño inocente no nato que no merecía tan cruel destino.
Su mirada se ensombreció, aún más si eso es posible. Si lo que querían era su dinero y sus tierras estaba dispuesto a dárselas a cambio de su familia. Podían humillarlo, lastimarlo o repudiarlo, pero no a Candy...a ella y a su hijo no. No iba a permitir que les hicieran daño.
Los odiaba, eso era, sentía una furia incontenible, inconmesurable que…
-¿Cuánto fue…?
La voz serena y apasible de George lo sacó de sus negros pensamientos, levantó la mirada hacia él sorprendido de haberlo escuchado. Parecía que George lo conocía bien, habló en un momento justo…
-doscientos mil ibras –contestó secamente
-¿escocesas?
-esterlinas
George miró sus manos; aún seguían hechas puños.
-No puedo creer que Marie y Anthony estuvieran tan mal…¿qué fue lo que no vimos, George?
-dudo, William, que esa cantidad de dinero haya sido sólo por el pago de favores
-¿de qué hablas?
-¿has olvidado la carta de lady Elroy…los Brown y los Corn…? –Una roca provocó la descompostura de una rueda, pero pronto el cochero acudió para advertirles que todo estaba bien. "Fue sólo uno de los radios del carruaje…aguantará hasta que lleguemos, pero nada más"
William ordenó continuar…y una vez que estuvieron en marcha nuevamente, deshizo los puños y sacó su reloj de bolsillo. Eran las cuatro y media, faltaba poco para el alba. Volvió a colocarse los guantes para el frío y sin mirar a George, dijo…
-Debemos llegar antes de que Marie pague las rentas y los impuestos.
-Despreocúpate, envíe un jinete con una nota a Alister antes de salir ordenándole evitar el pago…
-Poco podrá hacer él cuando Anthony es el recaudador, Alister sólo es el escribiente…
-Es el único en el que podemos confiar, ahora
William lo miró…
-El único…-repitió con tono ausente - el único
-¿William, tódo bien?
-No, George…-pasó una mano sobre la cabeza despeinando sus largos cabellos – no es el único en que podemos confiar...-sus pupilas empezaban a dilatarse a cada trote de los caballos. Cada pisada y cada galope resonaba fuerte en su cabeza como si fuera él mismo quien fustigara a los animales para no dejar de correr – Recuérdame los clanes que arguyen en contra de mi familia, George
-De acuerdo con Lady Elroy…los Brown y los Cornwell
-Bien, pues resulta que Alister es el único Cornwell en el castillo.
-¿Alister? –exclamó George alarmado –Pero…pero, él...tu abuelo le dio su apellido en la restauración
-siempre y cuando…
George abrió los ojos sorprendido-nunca lo hizo, no ha jurado lealtad al clan –Tarde comprendió el error fatal que cometió al no ser más perceptivo – tomaré un caballo, William y galoparé hasta el castillo
-No George, llegaremos…con ayuda de Dios, llegaremos.
El castillo Grandchester era un castillo construido majestuosamente, la piedra blanquesina usaba para erigirlo hacía pensar que fue construido con marmol puro. Era un castillo perfecto, excepto por los habitantes que vivían ahí.
La duquesa apenas podía decir que su vida en el castillo era tolerable. Desde que el joven duque asumió su cargo las responsabilidades sobre ella cayeron en sus hombros como una piedra gigante que la aplastaba cada día más. En el parlamento, Terrence apenas era aceptado por su esposa y en los salones, las esposas de los lores la criticaban crudamente. Era llamada la "duquesita americana" de forma peyorativa.
Hacían bromas y burlas por su acento americano. Terrence, por su parte, apenas ha sido fuerte para defender a su esposa de las ofensas de la nobleza.
Pero la imperfección más útil del castillo no eran las penurias humanas, sino las habitaciones y espacios ocultos que Susana usaba para cuidar de Terry. Desde hace un año que se había vuelto violento y más propenso a perderse en el alcohol. Terry era el amor de su vida y ella estaba dispuesta a hacer todo por él, pero lo que escuchaba no podía ser cierto.
Terry no podía ser esa clase hombre. Miró a William levantarse iracundo, escuchó golpes y gritos al otro lado de la pared y decidió salir para intentar separarlos.
Escuchaba a Terry maldecir, William contuvo su ira y pronunció unas palabras que sólo para ella fueron audibles y que resonaron en su cabeza "Usted merece más que esto, Duquesa". Lo miró salir apresurado y tras él su mano derecha que le entregaba una carta. Entonces volvió su atención a Terry
-¿Qué demonios crees que hacías allí adentro, Susana?
-Terry, por favor -suplicaba -no lo hagas, tú no eres así...esto no lo hacen los duques
-Que yo sepa los duques hacen lo que se les viene en gana ¿no? -dijo casi escupiéndole a la cara
-Pero esto no está bien, Terry - dijo acercándose a él para limpiar los rastros de sangre en su rostro -no puedes hacerle esto a lord Andrew
-Te gusta ¿verdad? El rubio escocesito -dijo tomándola del brazo y lanzándola bruscamente hacia la mesa de madera provocando que los documentos que dejara William cayeran con ella. -debí casarme con lady White
-¿cómo eres capas de decirme eso? -replicó Susana con lágrimas en los ojos -Terry, creí que me amabas
Caminó y se sentó con desgano en el sillón más grande -y lo hacía Susana, pero no se puede vivir sólo de amor - resopló -¿tienes idea de cuántas humillaciones pasó mi padre desde que me enredé contigo? Tuvo que pedir favores a un estúpido clan escocés para que nos aceptasen en el parlamento, y ahora han venido a cobrarme como si mi titulo de duque no contara, como si fuera un vil sirviente ¿qué otras humillaciones debo pasar por ti Susana?
-Podremos salir a delante -dijo sosteniendo la carpeta de cuero con los documentos adentro entre sus manos -juntos podemos resolverlo, Terry
Terrence se levantó iracundo y en dos zancadas ya estaba frente a ella intimidándola.
- y quiere usted decirme ¿cómo lo haremos DU-QUE-SA? Porque hasta donde sé no sabes nada de protocolos ni diplomacia y ni siquiera has sido capaz de darme un hijo, así que dime ¿Qué otras deshonras tienes para mí, Susana?
La bofetada que dio a Terry lo hizo tambalearse, dio un par de pasos; mantuvo el equilibrio y cuando pudo sostenerse se lanzó sobre ella. La tomó del brazo con violencia y la sacudió con fuerza
-¡No vuelvas a tocarme, jamás lo hagas maldita americana!
Susana sostenía la carpeta como si aquel cuero pudiera mantenerla a salvo, pensó que Terry la golpearía y seguro lo hubiera hecho de no ser por el sirviente que anunciaba en la puerta la llegada de un visitante.
-Duque, su invitado ha llegado -dijo incómodo por ver a la duquesa con el cabello desordenado.
Terrence caminó hacia la puerta con Susana y la lanzó fuera
-Largo, CARIÑO, tengo negocios que atender
Susana pudo librar el frío piso de piedra gracias a un joven que la sostuvo antes de caer.
-Duquesa ¿está bien ?
-Está bien, Archie, sólo ha tropezado -dijo indiferente Terrence -pasa, tenemos mucho de qué hablar
Cuando el sirviente cerró las puertas del privado de Terry fue que dio un profundo suspiro para evitar llorar. Abrazó con fuerza la carpeta y fue a sus habitaciones.
-y bien ¿qué ha pasado?
-Albert estuvo aquí
-¿te dijo algo?
-No aceptó
-Supuse que no lo haría...pero debemos conseguir que deponga y que Anthony sea el nuevo patriarca
-¿Anthony? - Terry rio -Lo lamento, Archie, creo que me confundí, ese no fue el trato que le propuse a Albert
-¿qué? ¿de qué hablas? ¿qué fue lo que le dijiste, entonces?
-Pues nada, que me pagara el dinero que salvó a su clan de la miseria con su esposa; lady Andrew
-¿Qué? ¿Estás loco? ¡Ese no era el acuerdo, Terry! ¡El que te lleves a la cama a su esposa no nos beneficia en nada!
-Bueno a los Brown y a ti no, pero a mi...sí -se encogió de hombros -además ella debió ser mía desde el principio.
-¡Eres un maldito!
-Vamos Archibald, modera tu lenguaje -dijo abriendo ya otra botella de vino - que con esa boquita besaras a lady Annie en tus próximas nupcias.
-¡Terry, no puedes hacernos esto! -recompuso su discurso a uno suplicante -Ese no fue el acuerdo con lady Brown ni con mi padre.
-A Lady Brown ya le pagué el favor que hizo su hijo a mi padre provocando la banca rota de Albert y a tu familia, no le debo nada -concluyó severamente -es más, ahora ambos me deben...incluido el moralista de Albert.
-No nos precipitemos, Terry, hablaré con lady Brown
-Habla todo lo que quieras -tomó un trago directo de la botella - pero aquí el Duque soy yo y mi apellido aún tiene poder en el parlamento, si quiero puedo evitar que apoyen a los Andrew, tú y los Brown no son nada.
-¿Para qué la quieres, Terry? ¡Tú la rechazaste! Comprende, Candice no nos sirve de nada, son los Andrew. Si Albert deja el patriarcado todas sus tierras serán nuestras.
Terrence sonrió
-Lo sé Archie, pero a mí no me importan sus tierras. La quiero a ella; a Candice la eligió mi padre para mi, pero fui un tonto, desprecié su esfuerzo y sacrificio; soportó humillaciones para salvar el ducado y ¿qué hice yo, Archie? Fui a meterme a las faldas de una actriz cuando debí casarme con Candice. Pero voy a recular el camino...
-Estás enfermo...
-¡No me digas, Archibald! -soltó una carcajada - bueno, este enfermo ahora tiene poder sobre todos ustedes, escoceses.
En los establos Grandchester llegó corriendo una doncella para entregar al mensajero una carta de su señora, la Duquesa de Grandchester. El jinete reclamó por el sello del ducado pero la joven aclaró que la duquesa deseaba entregar la misiva sin sello de ducado y dado que ella, en realidad, era una simple actriz americana, la carta sólo iba con cera para asegurar que nadie la abriera antes de llegar a su destino.
-debes entregarla personalmente a lord Steve en Trenwind - El mensajero asintió y salió al galope
CONTINUARÁ...
