Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, sólo los tomo prestados para crear una historia para fines de entretenimiento.


Hola chicas! Aquí traigo un capítulo más. Quiero disculparme por no actualizar antes pero no tenía internet, me vi imposibilitada de hacerlo. Pero aquí está esta nueva entrega de la historia que ya se acerca a su final. Gracias por seguirla, por comentarla y por leerla. Por favor no se pierdan el rumbo final que va a estar buenísimo...yo espero que les guste de verdad. No dejen de leer ni de comentar. Gracias a TODAS!


Una Flor para Escocia.


Capítulo XIV.

Cuando entró la ahogó el olor a humedad y putrefacción. El humo que se desprendía de la piedra negra a causa de las pisadas se elevaba por los aires como si fuese veneno. Pensó que respirar ese olor nauseabundo sería suficiente para ella; no necesitarían envenenarla mucho tiempo antes de que dejase de respirar, igual que su señora, igual que sus dos señoras.

Sintió su corazón tan pesado como el hierro, inundado de una peste que la mataría lentamente. Caminó dócilmente al interior de su celda, escuchó el chirrido de los barrotes moverse para encerrarla y pensó que todo aquello era obra del diablo. El mismo diablo que la engañó para hacerle creer que todo lo que hacía era por amor, el mismo amor que pensó justificaría todos sus actos. Sí, así tenía que ser, era lo único que podía ser, el diablo fue…fue el diablo disfrazado de escribiente, de Cronwell…su Alíster.

Los dos hombres que la llevaron a los confines del castillo salieron sin decir nada, se llevaron consigo la única luz que había en la negra oscuridad que dominaba los calabozos. Por ningún sitio se colaba ni un hilo de luz, esto la alarmó. Tantos años había vivido en el castillo y jamás había imaginado un lugar así. La oscuridad de las piedras Andrew eran más severas que las condenas a muerte, pensó frotándose los brazos por el frío que empezaba a colarse a sus huesos.

Y entonces…corrió y se aferró a los barrotes de metal antes de que el rastro de luz de la antorcha de los hombres desapareciera por completo…

-¡Bill! –gritó -¡Bill, por favor! –Gritaba con fuerza. Tenía que regresar…no podían dejarla…no ahí… -¡Bill, ayúdame! –gritaba con tanta fuerza que sentía su garganta desgarrarse…-¡Biiiiill! –cayó de rodillas. La oscuridad se hizo total…-¡No te vayas! ¡nooooo! ¡perdón, Dios, perdón mi señora…perdón! –apoyó la frente en el frío metal que la resguardaría durante un tiempo -¡no quería…., lo lamento, mi señora! No quería…yo no quería.

-¡Cierra la boca de una buena vez, Patricia!

Intentó buscarlo, lo escuchó hablar, pero la oscuridad no la dejaba distinguirlo. Estaba en una celda a un par de metros de la suya.

-¡Stear!

-Deja de llorar, Patricia

-Stear…no puedo –dijo limpiando sus lágrimas –no puedo verte…

-No necesitas hacerlo…

-Acércate…¿dónde estás?

-Frente a ti.

-Stear, ¿qué vamos hacer? ¿qué va a pasar?

-Seguro nos matarán

-¡no! ¡no Stear! ¡Hay que hablar con el señor…hay que suplicar su perdón, Stear, nos puede perdonar…!

-Yo no suplico perdón a nadie y menos a un Andrew

-Pero Stear…¿qué haremos? ¡oh, amor, nuestra casa en las colinas! ¿qué hemos hecho Stear?

-Bueno, es obvio, ¿no? –contestó con displicencia la voz que sólo podía reconocer sin mirar el rostro de quien tanto amaba –Es más que evidente que ya no habrá casa en ninguna colina.

-Stear, ¿cómo puedes hablar así?

-Porque es la verdad, Patricia

-¡Nos perdonarán…cuando la señora vuelva con su hijo en brazos…nos perdonará, hablaré con ella, Stear…hablaré con ella, es buena!

-¡No! ¡no hablarás con nadie! ¡Ella y su hijo morirán porque tú la envenenaste, eso ocurrirá y tú y yo nos pudriremos aquí!, pero no importa…él, allá arriba sufrirá aún más que nosotros

Ocultó el rostro en sus manos para evitar un sollozo más fuerte. Él tenía razón, la envenenó.

-¡dios, mío, qué fue lo que hice!

-Lo que tenías que hacer, Patricia, sólo lo que tenías que hacer.

Entonces volvió a levantarse y se sujetó de los barrotes con más brío que cuando la encerraron.

-¡Biiiil! ¡Biiiil! –gritaba con todas sus fuerzas. Stear le ordenaba ya irritado que se callara, no la escucharían, no tenían por qué escucharla. Era una asesina.

-Tendrás que aceptarlo, Patricia, este es tu destino….

-¡Biiiii! ¡Biiil! –Pero ella no dejaba de gritar. Aunque terminara sin voz, tenían que escucharla -¡Biiil!

-¡Patricia, cállate! ¿qué pretendes?

-¡Biiil! –y apareció, la luz roja de la antorcha empezaba a resplandecer entre las rendijas de la gran puerta de metal que separaba los calabozos del resto del castillo. Tomó aire, todo lo que pudo para poder hablar cuando fuera necesario. Aún tenía fuerzas…tenían que escucharla.

-¿Qué es lo que quieres, Patricia? –preguntó el hombre llamado Bill que sostenía la antorcha con la que iluminaba todo el pasillo. Las llamas lastimaban sus ojos pero pudo ser capaz de mirar al otro lado y percatarse de que Alister estaba sentado sobre el piso de piedra, con las piernas extendidas…alcanzó a distinguir su mirada fría e indiferente antes de contestar a Bill

-Quiero ver a lady Andrew… quiero confesar…


-¿Qué haces aquí? ¡No tienes ningún derecho de estar aquí ni de entrar a esta casa! –gritó Tom desde lo alto de las escaleras rocosas cuando vio a William y a Anthony lidiar con los sirvientes de los White.

-¡Tengo todo el derecho, soy esposo de Candice! –contestó desafiante

-ah, ¿sí? ¡pues fue por tu culpa, escocés, que envenenaron a Candy! ¡Y no voy a permitir que te vuelvas a acercar a ella…no después de lo que les hicieron! ¡Ya suficientes pérdidas ha padecido!

¿Qué…después, después de lo que les hicieron, pérdi...? ¡No! ¡No, no, no, no! ¡su hijo, no! William perdió la compostura y corrió escaleras arriba, no le importaba romper ningún protocolo, necesitaba estar con Candy, verla…su hijo, ellos…lo necesitaban.

Tom lo miró desafiante y lo esperó con el ceño fruncido. Empuñó sus manos. No lo dejaría pasar, no permitiría que se acercara a Candy, a su Candy. Pero tan concentrado estaba en la imagen del lord subiendo que apenas hizo caso de Anthony que subió con más velocidad y propinó un severo puñetazo a Tom provocando su caída dando el paso libre a William para buscar a Candice.

El muchacho riñó y arremetió contra el joven sobrino del lord luego de gritar a los sirvientes por ayuda.

-¡No lo dejen pasar! –fue empujado contra la pared.

-¡Vamos, pelea como hombre, maldito inglés! –gritó Anthony goleando otra vez al joven.

Arriba William llamaba a su esposa…¡Candy!, gritaba corriendo por los pasillos. Hasta que vio salir al conde, Edmund White.

-William…

-Tienes que dejarme verla…

-No, ahora…

-Edmund…necesito verla…por favor –suplicaba abatido mientras el conde negaba con la cabeza - ¡QUIERO VER A MI ESPOSA! ¡CAAANDY!

-¡NO! – el conde elevó aún más la voz si se podía.

William quedó en silencio. A sus espaldas llegaba Anthony y atrás Tom sangrando de la cara junto con más hombres.

-Así no, William…así no

El lord cerró los ojos con fuerza para evitar soltar las lágrimas de impotencia que empezaban a llenar sus ojos azules. Suspiró largo y pesado. Y entonces enfrentó al conde.


Respiraba con dificultad. Desde que llegó a casa no hacía más que sentirse cada vez peor. Estaba más pálida y sentía que perdía fuerzas. Pero el grito de William llamándola le dio la fuerza que necesitaba hasta que las manos de su madre, Annie y nana Pony se lo impidieron.

-¿estás loca, Candice? ¡No puedes salir así!

- Es mi esposo…tengo que verlo, madre, quiero verlo…dile a padre que lo deje entrar. -decía desde la cama en la que se encontraba


-Tengo que saber cómo están…es mi derecho, Edmund, se trata de mi esposa y de mi hijo, por favor.

-Hablemos en mi privado, William…Estos sucesos no ayudan a Candy en estos momentos. Ella debe tener tranquilidad.

-Entonces, déjame dársela…


-No, mi niña, hermosa, tienes que reponerte…el conde hablará con él, lo tranquilizará.

-No, no lo hará…No lo entienden, mi bebé…William necesita saber, tengo que ser yo.

-Tú padre hablará con él, Candice, por favor, no seas insensata. –dijo con más severidad la condesa, sentándose a los pies de la cama –Annie, remoja la toalla – la chica apartó la toalla que Candice tenía empuñando en sus manos.


El conde tragó saliva. Jamás pensó ver al imponente y gallardo lord Andrew de tal manera y tan afectado.

-Candy no necesita de ti… -intervino Tom, pero fue el conde quien lo calló con un movimiento de su mano.

-Edmund…

-Podrás verla, William…pero antes debemos hablar.


-Señora, Pony, sirva un poco de más infusión, Candice debe estar tomando constantemente, lo dijo el médico. –ordenó la condesa desde su lugar

-Vamos, hermana, recuéstate –le dijo mientras colocaba el pedazo de tela en la frente pálida de la joven.

-Annie –habló bajo –por favor, hermana, necesito verlo

La miró con apremió y salió de la habitación sin avisar…


A William no le quedó más opción que ceder al consejo del conde. Con pesar y con el cansancio encima después de haber recorrido tantas millas en muy pocos días, cogió la baranda de madera cobriza y sonrió, si pensarlo. Recordó la primera vez que vio a Candy entrar al salón privado en el baile de Trenwind, llevaba un vestido bermellón…extraño color para una dama, pensó, pero hechizante.

-Conde, no creo que debamos permitir que lord Andrew esté aquí, esto podría afectar a Candy –decía Tom emparejándose con el conde para hablar de cerca.

-Lo quieras o no, Tom, William es el esposo de mi hija y la verá, como se lo prometí…

Atrás de ellos caminaban Anthony y William. El segundo ya con pocas energías mientras su sobrino le tomaba del brazo para hacerlo incorporarse después de verlo ceder más peso a la baranda de madera

-Debes ser fuerte, tío, Candice te necesita.

William asintió grave y volvió a caminar erguido…entonces escucharon los cuatro el grito de la menor de los White…

-¡Lord Andrew!

Annie miró los ojos del lord y los encontró tan azules, como si resplandecieran, no parecía ser un azul habitual en alguien con los ojos de ese color o tal vez era ese ímpetu que sólo el amor y la desesperación por ese amor pueden causar. Algo sintió en su pecho, jamás había visto esa mirada apremiante y necesitada en Archie. Por un segundo sintió envidia de su hermana.

William volvió unos pasos para encontrarse con la hermana de Candy, hace tanto que no la había visto que no la reconocía. Poco representó para él su presencia el día del baile que ni siquiera pudo grabar bien a bien sus facciones. Sólo la reconoció por la descripción que le dio Candy las noches que hablaban sobre sus vidas antes de conocerse.

-¿qué sucede Annie? –preguntó con urgencia el conde. Ella reaccionó

-Lord Andrew…. Mi hermana necesita verlo, pide por usted –habló golpeado y lo más fuerte que pudo.

-¿qué? ¡Candy está muy mal, no puede valerse por sí sola ahora!

-¡Puede, Tom! Siempre ha podido –dijo con fuerza –ahora mismo ha pedido ver a su esposo, pronto lord Andrew, por aquí.

William no tardó en seguir a Annie sin decir una sola palabra, sentía que el corazón latía desenfrenado a cada paso que daba. Sintió que las piernas le temblaban…"Candy, estoy cerca" pensaba.

Entonces Annie se detuvo frente a una puerta de madera ancha. Miró a la joven tomar el pomo de la puerta y tirar de él luego de decir "Te necesita, ahora más que nunca". Las puertas se abrieron y entró sin demora.

Un olor a formol y a vapores medicinales golpearon todos sus sentidos. Como si fueran ruido mismo, perturbaron su oído y todo se tornó en imágenes. La condesa lo miró consternada. Le increpaba…quizás a gritos, no…no a gritos, la condesa jamás perdía compostura. O tal vez sí. No le importó, la ignoró.

Vio a una mujer anciana levantarse de un costado de la cama con una bandeja con agua en la que se remojaban toallas, muchas toallas. Caminó a la cama, miró el piso, la alfombra…apenas se fijó en la gran mancha cobriza que cubría la alfombra verde a los pies del lecho. Y la vio.

La vio incorporarse con las fuerzas que tenía sobre la cama…"Candy…Candy" susurró al mirarla extender los brazos hacia él con una sonrisa débil, pero sincera, añorada. Miró sus ojos esmeraldas antes de caer arrodillado junto a la cama y entregarse a su abrazo. Sí, era Candy, su Candy…su hermosa Candy de ojos verde esmeralda, aunque con un tono distinto, es posible que más oscuro.

Una vez en sus brazos ella se aferró a su cuello con todas las fuerzas de su alma, hundió el rostro entre su cuello y entonces, lo supo…La escuchó sollozar…lloró como no lo había hecho la noche anterior.

-¡Oh, Albert!- hablaba con el llanto en el corazón- ¡No pude! -La aferró más contra su pecho, dio un apretón firme teniendo cuidado para no hacerle daño, la sintió tan frágil - ¡No pude cuidarlo, Albert! ¡No pude!

Quienes miraban la escena, la condesa y nana Pony, no pudieron contener las lágrimas. Entonces Mary pidió a Pony dejarlos solos. Afuera esperaban el conde, Annie, Tom y Anthony. Todos con la pena en el rostro.

Todo su cuerpo se tensó. Sintió la habitación ponerse fría, la piel de su cuerpo y su corazón respondían al compás del llanto de su esposa. ¿Por qué Dios lo permitía? ¿Por qué no a él, por qué a Candy, por qué a su hijo? Quizo llorar también, gritar desolado como lo hacia ella, se sentía devastado. Un vil ser humano arrastrado y azotado por fuerzas que desconocía; destino, suerte, venganza, odio, rencor…Quería matarlos a todos, su mente gritaba desesperada que los matara a todos; que corriera, tomara su pistola y espada y matara a todos…Pero, su corazón, aunque débil y lastimado, latía igual con el desconsuelo de su esposa. Su corazón le susurraba quedarse con ella, sólo con ella…Recordó las palabras de Annie antes de entrar "Te necesita…"

-¡Perdóname, Albert!

-¡No! –la apartó para poder mirarla. Sus ojos verdes llenos de lágrimas impidieron que mantuviera sus propias lágrimas contenidas – No digas eso, Candy –cogió su rostro entre sus manos y recargó su frente con la de ella para hablarle de cerca –No ha sido tu culpa…no lo ha sido…

-Debí darme cuenta de lo que me daba…debí fijarme…

-He sido yo Candy…no debí dejarte. Debí traerte conmigo, no habrías pasado por esto sola…

-Pero estás aquí ahora, conmigo…-Volvió a aferrarse al pecho de William

-Siempre, mi hermosa y dulce Candy, siempre. –Con ella se quedó largo rato hasta que cayó la noche y el soy se ocultó. Los tenues rayos de la luna llena empezaron a invadir la habitación.

Aunque William estaba más que cansado no cerró los ojos ni un minuto. Estuvo despierto mirándola, sintiéndola, pidiéndole perdón y jurándole justicia… a ella y a su hijo nonato.

Serían casi las cuatro de la madrugada cuando escuchó la puerta abrirse y mirar a Anthony y a Tom frente a él que se había percatado de no haber dormido ni un solo minuto.

-Terrence Grandchester está aquí –soltó Anthony

William miró con el ceño fruncido a su sobrino y decidió soltar con cuidado a Candy para acomodarla entre los almohadones de la cama.

-¿Dijo a qué viene?

-No dijo...el conde hablará con él

-Yo sé a qué viene –habló Tom con resentimiento y reproche. William lo miró con desconfianza –y también sé cómo evitarlo.

-Evitémoslo entonces –dijo William siendo el primero en salir de la habitación, seguido por Tom y al final por Anthony.


En el privado del conde Terrence solicitaba con total desfachatez una audiencia con la señora Andrew. No cayó de sorpresa para el conde que ya estaba enterado por el sobrino de lord Andrew de todos los pormenores que sucedieron en Escocia. Sin embargo, no dejaba de mostrar ni sentir cierto malestar y desprecio por el duque a quien considero por un momento que sería igual de caballero que su padre.

Sólo de pensar que el joven frente a él participó de las desgracias que ahora ocurrían a su hija y a su familia hacía que la sangre le hirviera hasta más allá del punto de ebullición. Tan cerca y despreocupado estaba que nada podía evitarle sacar el revólver del cajón de su escritorio y apuntar directo a su corazón.

Pero no lo haría, no podía hacerlo. No caería en la imprudencia ahora que su hija y William lo necesitaban. Él también tenía poder, mucho poder para defender a sus hijas y haría uso de él ya que no pudo evitar salvar a su nieto.

Terrence Grandchester y los Cornwell y los Brown pagarían con creces el engaño y el dolor que habían provocado a su familia.


-¿Estás segura, Annie?

-Sí, Tom, lo estoy, la carta era para Candy, pero yo la recibí…ella no podía hacerlo, así que la abrí, el mensajero me dijo que era urgente.

Contestó Annie caminando lo más rápido que podía rumbo a los establos del castillo White.

-Entonces… ¿qué es lo que quiere la duquesa? – Intervino con desconfianza Anthony siguiendo a la chica

-No lo específica, sólo escribe suplicando ayuda a Candy con mucha desesperación

-Tal vez es una trampa -hablaba Tom con suspicacia –la misiva que me envió, antes de enterarme de la llegada de Candy, también sonaba sospechosa

Annie lo miró incrédula, aún no podía imaginarse a Tom entablando amistad con la duquesa de Grandchester

- ¿De dónde conoces a la duquesa Tom? –preguntó Annie con petulancia

- ¿Tiene importancia?

-No sé, dímelo tú

-En el parlamento, Annie, la pobre mujer es tan duramente criticada que no pude evitar hacerle un poco de compañía en los eventos sociales-dijo al fin ofuscado y sonrojado.

-Puede que él tenga razón –dijo Anthony señalando a Tom que caminaba junto a Annie volviendo al tema que les importaba- es posible que la duquesa de Grandchester sea cómplice de su esposo

-No…No lo és –al fin William soltaba unas palabras luego de escuchar el plan del conde para atrapar legalmente a Terrence Grandchester en su plan y junto con la declaración de Patricia O'Brian y Alister Cornwell hundir a los Brown y al propio Archie.

-insisto, ¿cómo pueden estar seguros? -preguntó otra vez Tom

-El la maltrata –dijo sombríamente –no la respeta. Terry es un hombre caprichoso, siempre lo fue…

A ciencia cierta no sabían lo que esas palabras significaban, pero a Annie le sonaron a que el lord y el duque de Grandchester ya se conocían desde hace un tiempo. Pero eso no era lo que más importaba ahora y dejó escapar un sonoro suspiro cuando llegaron a los establos.

Su padre acordó mantener al duque ocupado el mayor tiempo posible mientras ellos iban a las tierras Grandchester para sacar a la duquesa del castillo. Si lo que ella decía era cierto y estaba encinta, la pobre mujer y su hijo estarían mejor fuera de ese lugar. Acordarían protección y acción legal contra el duque si no respondía a las demandas adecuadas.

Tom y William era conocedores de las leyes, intervendrían; y ya que la propia duquesa quedó en posesión de los documentos de las tierras que William había ido a ofrecer a Terrence, entonces también las usarían para equilibrar la balanza y hacerlos pagar un poco por todo el daño que causaron.

Les entregaron los caballos ensillados y una vez montados empezaron a cabalgar hasta que, en la bifurcación del camino, luego de salir del castillo, Annie tomaba un camino diferente.

-¡Annie! ¿A dónde crees que vas?

La chica hizo volver a su yegua con habilidad sorprendente –Tengo que hablar con Archibald…tengo que verlo a la cara, Tom, tengo que hacerlo, no me puedo quedar sin hacer nada. –y sin esperar respuesta volvió a retomar su camino.

Tom resopló frustrado.

-¡Annie!

Al otro lado, Anthony advertía de un jinete que llegaba con gran velocidad. Los dos Andrew y Thomas, aún detenidos, miraron en la dirección que señaló el rubio.

-Es George –reconoció William y volviendo a Thomas le dijo –es amigo nuestro, ve con ella, te necesitará.

Tom asintió y fustigó su caballo para alcanzar el trote de Annie.


CONTINUARA...