Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, sólo los tomo prestados para crear una historia para fines de entretenimiento.
Hola chicas! Les traigo lo que, oficialmente, es el penúltimo capítulo de esta dramática historia que agradezco la hayan seguido, sufrido y disfrutado tanto como yo lo hice escribiéndola. Gracias por sus comentarios y espero que disfruten este capítulo. Por favor...A leer!
Una Flor para Escocia.
Capítulo XV.
Aquella madrugada sería la más larga jamás vivida entre los Grandchester, los Brown y los Cornwell. Pocos amaneceres habría como el amanecer que los despertara a ellos; el cielo bermellón que llamó su atención desde que llegaron a encontrarse con la duquesa de Grandchester, presagiaba, para el remanso del pasado pagano de Escocia, un presagio…Un presagio mal habido para ellos, para aquellas familias que no tuvieron consideración por su hijo.
Miró al cielo desde el ventanal en el privado de Terrence mientras George, Anthony, la duquesa y su doncella buscaban todos los papeles importantes de Terry. El amanecer estaba próximo y lo hizo sentir nostálgico. Recordó las mañanas en Escocia cuando despertaba con su esposa entre sus brazos, recordó su carta dándole la noticia de su hijo "Espero lord Andrew que tenga en alta estima los deberes y sentimientos paternos, porque pronto deberá ponerlos en práctica" recordó las líneas como si las tuviera grabadas en el corazón.
"Habrías sido fuerte, tendrías los ojos de tu madre, los de ella son más hermosos que los míos… Sus pecas, ¿qué serías sin sus pecas? Sus hermosas y divinas pecas, seguramente también las habrías heredado. Sí, hijo mío, habrías sido como tu madre y yo te habría querido como la quiero a ella…como te amé desde el momento en que supe de ti. Perdóname, hijo…Me habría gustado conocerte"
Todo esto decía al cielo mientras el privado Grandchester aún permanecía en luces. Hasta que la visión de un jinete a lo lejos lo alertó.
-Viene alguien –advirtió a los demás. Susana y Anthony se miraron mutuamente mientras George le daba alcance a las velas para apagarlas.
-¿Será el duque? -preguntó Anthony
-El conde dijo que mandaría un mensajero para advertirnos del retorno de Terry –habló William sin apartar la mirada del ventanal –pienso que es de los White, cabalga con bastante precisión y por lo que cuenta la duquesa, Terry salió de aquí pasado de copas.
-Si es así, yo me encargaré de recibir –dijo George – debemos evitar que despierten los sirvientes.
-Agatha puede acompañarlo –Dijo Susana señalando a su doncella para guiar a George.
En el privado quedaron en silencio, sumidos en la penumbra esperando a que George y Agatha regresaran. A lo lejos escucharon un par de puertas rechinar. Apenas respiraban. William lucía impasible, casi inexpresivo; Anthony, por otra parte, no podía dejar de mirar hacia la duquesa, la miró respirar con trabajo. Le preguntó en un susurro si se encontraba bien, pregunta que ella respondió con un poco de dificultad, pero dijo que sí.
Pero de un momento a otro, una reacción inesperada, impulsada por las náuseas de su estado, la obligó a cubrirse la boca con su mano e inclinarse respirando a horcajadas.
-¡Duquesa! –Anthony la alcanzó y la tomó entre sus brazos
William abandonó el ventanal y buscó un cubo que adelantó hacia Susana
-Aquí, duquesa… puede desahogarse aquí –le indicó y la joven vomitó justo en el momento en que George y su doncella regresaban al privado.
-El conde no lo pudo retener más tiempo, viene en camino, amenazó con hacer válido el recibo de pago que dio a lady Marie…
-¡Tenemos que encontrarlo! –advirtió Anthony aun sosteniendo a Susana en sus brazos a pesar de que su doncella ya la estaba auxiliando.
-Lo siento mis señores, ya no puedo pensar en qué otro lugar buscar…Terry se la pasa encerrado aquí o en el parlamento
-Tenemos que encontrarlo pronto e irnos de aquí –presionó George
-No está aquí…
-¿Cómo que no está aquí? ¡debe estar en algún lado, debemos encontrar la letra de pago!
-No Anthony, no está…y no está porque él la tiene
-¿qué haremos entonces?
-Recuperarla, pero ahora…tenemos que irnos ya –advirtió – Anthony lleva a la duquesa y a su doncella con los White, toma el carruaje más ligero que encuentres y escribe a la abuela Elroy que esté preparada para un juicio en el parlamento.
- ¿tú, qué harás? - preguntó el joven luego de asentir
- Recuperaré la letra de pago de Terry
"Ten cuidado" le dijo Anthony sin soltar a la duquesa.
-¡Por favor, sólo no lo mate lord William! – lo tomó de las manos -¡lamento lo que ocurrió a su esposa e hijo, pero yo también espero uno, por el suyo y por el mío, por favor lord Andrew!
Anthony volvió a abrazarla de media espalda para apartarla de su tío. William sólo la miró llorar y recordó a Candy sollozando en sus brazos. Empuñó sus manos y el color celeste de sus ojos se ensombreció. Susana supo que no podría prometerle nada; lloró en silencio caminando entre los brazos de Anthony mirando al lord hablando con George.
-William
-No puedo, George…
-No tienes que hacerlo, no cargues un peso más grande sobre tus hombros…no le ayudará a Candy y no regresará a tu hijo
-¡Basta, George, basta! ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no me siento un inútil por no haberlo evitado? ¡Lo perdí George! ¡Perdí a mi hijo por ese maldito! Y para colmo Candy está débil, puedo perderla también…Tengo que matarlo
Unos metros más adelante, Susana y Agatha subían a un carruaje pequeño y sin relieves ni adornos. Anthony se disponía a coger las riendas y tomaba rumbo al castillo White.
-No tienes que hacerlo William…-cogió George las riendas de Dorothea- llévalo ante el Rey como pensó el conde, lo castigará, sabes que lo hará – terminó por decirle ya listo para partir
-Oh! George, el castigo que se merece Terry apenas puede ser pronunciado por un Rey...
En el castillo Andrew el amanecer aún no llegaba cuando Violet, la doncella de Elroy, corría por los pasillos luego de ser despertada violentamente por el aviso de un mensaje importante para ella.
Sin embargo, no hubo necesidad de despertarla, llevaba despierta toda la noche aún con la confesión de la doncella O'Brian en su cabeza. La triste muchacha había terminado enamorada del escribiente que consintió y ayudó en todo al joven. Confesó el asesinato de la señora Keyra, Alister la obligó a engañar a la señora para que huyera al bosque…"Stear me dijo que se la llevarían lejos, mi señora, que la ocultarían y pedirían un rescate con su clan…pero no fue así" Keira supo después que no la llevaban con Anthony y empezó a gritar, acusó a Albert de secuestrarla…entonces Stear le dio un golpe mortal.
"¿Por qué confiesas ahora, niña?" Le había preguntado, pero ella no dio su respuesta, sólo atinó a bajar la mirada y a no volver a apartarla del piso. Pero en el fondo, adentro…en su alma, gritaba piedad, rogaba clemencia. No quería morir…" Soy el único sostén de mi familia, lady Elroy"
Y aunque Patricia no volvió a levantar la mirada, Elroy habló fuerte y claro, tan fuerte y tan claro que sintió cómo la miraba a través de ella misma y le arrancara el alma maldita que cargaba desde hace años: "Ruega a Dios para que tu señora y su hijo vivan, es la única forma en que el Patriarca te perdonaría la vida"
¿Cómo era posible que Annie cabalgara de aquella forma? Era una dama, jamás pensó que la ingenua y caprichosa niña White fuera en realidad una chica con tanto ímpetu. Sólo a Candy había visto cabalgar tan fuerte como si fuese un hombre, con ambas piernas a los lados.
Pero de un momento a otro disipó todas esas ideas de su cabeza. Había pensado mucho en Annie, más de la cuenta, era importante concentrarse…no eran tiempos para tonterías.
A lo lejos se vio el hogar de los Cornwell, todo se veía silencioso desde aquellas millas de distancia, el amanecer apenas se asomaba por el oriente. Si fueran otras circunstancias, diría que el color del cielo lucía impresionante al contraste con la roca tostada del castillo. Miró el caballo de Annie en la glorieta de recibimiento…Había entrado simplemente así, sin avisar, sin esperar, incluso sin tocar; se imaginó a la muchacha empujar la puerta y gritar a su prometido.
Bajó del caballo, nadie salió a recibirlo…no tenían cabeza para recibir a nadie, pensó…La puerta principal estaba abierta, empujó…caminó y no necesitó ir más allá del salón de descanso, la escuchó.
Annie gritaba improperios nada adecuados para una dama, Archibald buscaba tranquilizarla de algún modo "No sé quién te ha dicho semejante cosa, Annie…". Extendió la mano para abrir las puertas del salón. La miró darle una bofetada, dos…lloró, lady Cornwell caía desmayada de la impresión. Lord Cornwell, el padre de Archie corría para detener a su hijo.
Se le veía furioso, si el color de la furia existiese sería como el del joven Cornwell en aquel momento, igual que la roca de su castillo, café cobrizo, quemado, ardiendo de odio y despreció por la joven, por su familia, por los Andrew…no, por las bofetadas.
Entonces urgió los pasos al verlo levantar la mano.
-¡No te atrevas a tocarla! –gritó. Archibald giró la cabeza para mirarlo aún con la mano en el aire. Annie apenas le dirigió una mirada para luego volver a clavarla en Archie, su Archie…
-¡Eres un maldito cobarde, Archibald! ¡Mataste a mi sobrino y casi matas a mi hermana, maldito desgraciado!
No supo cómo sucedió, ninguno de los presentes pudo predecirlo, no de ella, no de Annie. Archie la miró consternado, dolorido, la mirada de furia y arrogancia que mostrara ahora era confusa y llena de miedo. Ella por su parte no cambiaba su expresión…lloraba, lloraba como si todo su cuerpo no estuviera compuesto más que de agua, lloraba como si fuera el único modo de mantenerse en pie frente al que pensó era el amor de su vida.
-Por ti…fue por ti, Archie…la obligaron a casarse por ti y por ti perdió a su hijo-No, no fueron las lágrimas, no eran las lágrimas que la sostenían, era su mano sobre el mando de la daga hundiéndose con trabajo y lentamente, atravesando la tela delgada de la seda del pijama.
-¡Annie! –corrió Tom hasta donde ella, con un brazo la sostuvo de la cintura y con el otro tomó la mano empuñada sobre la daga. –suéltalo, Annie….
Miró sus ojos, no los de Archie, no los soportaría…miró los de Tom
-T…To…Tom –pensó que el color de sus ojos era hermoso, jamás se había percato de ellos –siento que caeré
-Estoy aquí, Annie –dijo sosteniéndola con fuerza de la cintura – confía en mí, yo te sostendré
Fue soltando la daga que había clavado en el estómago de Archie, para cuando apartó su mano, las piernas le fallaron. Tom la sostuvo con más fuerza aún. Levantó sus piernas y la cargó en brazos. Tenía que salir de ahí, tenía que sacarla de ahí. El padre del joven Archie sostuvo la caída de su hijo a sus espaldas. Gritó a los sirvientes "Que no se vaya" dijo, "que no se vaya" repitió. Pero Tom ya había levantado el polvo del adoquín con Annie en sus brazos cuando intentaron seguirlo.
-Tenía que hacerlo, Tom, debía hacerlo…no me arrepiento…tenía que hacerlo…tenía que hacerlo
-Tranquila, Annie –ajustó su agarre sobre la cintura de la chica –Todo está bien, todo irá bien, te lo prometo...aquí estoy contigo.
Despertó agitada. Intentó incorporarse con dificultad sobre su cama. Sintió frío, miró a todos lados, la oscuridad era total, pero no necesitaba luz para saber de la ausencia de William. Suspiró pesadamente y como pudo salió de la cama. Apenas tenía fuerzas para sostenerse, pero reunió todo lo que tenía y se obligó a caminar hacia la ventana.
-William…-susurró, le llamó, como si ya supiera que no estaba en casa, sino allá afuera, en alguna parte. –vuelve
Detuvo el galope abruptamente. El pobre y adusto caballo relinchó por el violento tiro de las riendas. Se negó, por algunos momentos, a responder a las órdenes de su amo que lo obligaba a permanecer impasible hasta que sintió la caricia sobre su lomo y una vocecita que le decía "Un poco más, amigo…". Entonces el caballo amainó su ímpetu y contuvo su cansancio estoicamente.
-El animal está agotado William, olvida a Terry, por ahora
La señora Pony entró cargando más toallas humedecidas sobre una bandeja de plata. Se alarmó cuando distinguió a su niña de pie junto a la ventana. "Debes guardar reposo, mi niña…" la escuchó decir cálidamente a sus espaldas. Sí, debía, pero su único reposo ahora no estaba con ella. Soltó una lágrima…
Pony encendió una de las lámparas y con ella alumbró en dirección a la ventana y se alarmó al notar la mancha roja sobre la tela del camisón de Candice. "¡Dorothy!" gritó. La joven ni siquiera se inmutó, la sostuvo de los brazos y le suplicó regresar a la cama. La doncella entró seguida de Bonnie
-Llamen a la condesa y al doctor, rápido.
Incitó a Candice a abandonar la ventana.
-Albert…- terminó por volver a llamarlo antes de volver a la cama. –Tengo frío nana...
-No te preocupes, mi niña…pasará, ya pasará, encenderemos la chimenea
-Ve por él, nana…ve por Albert, quiero verlo...
-sí, hija, iré ahora por él…pero quédate en cama, por favor.
Distinguieron a lo lejos la figura de un jinete mal montado sobre su caballo. Era él, ambos lo sabían y sin pensarlo, sin poder evitarlo la ira empezó a crecer indescriptiblemente dentro de él. Sujetó las riendas con fuerza excesiva que provocó la inquietud del caballo, nuevamente.
A la distancia escuchó los cascos del maltrecho jinete acercarse a ellos, esos cascos que taladraban su conciencia. ¿por qué no?
-Por Candice, William –escuchó a George a sus espaldas
Por ella…no, no lo haría. Motivó al animal a caminar. Cuando se encontraron de frente, el duque de Grandchester no lo reconoció hasta estar un metro de él.
-¡mira nada más, Albert Andrew visitando mi castillo! –habló con sorna –¡y en horas no apropiadas!
William lo ignoró siguiendo su camino, George atrás de él miraba con lástima el estado en que se encontraba el joven duque. Aun recordaba aquellos días aciagos y soleados en que lord Walter Andrew le encargó el cuidado de su nieto en el Colegio San Pablo y Terry y William eran los mejores amigos; muchachos inexpertos e ignorantes de las fuertes pruebas que daba la vida vivían sus días de escuela alegres, felices…hasta la muerte de sus padres; la madre de Terry, primero y la de los Andrew, después. Es una lástima que su amistad no durara lo que merecía durar en realidad.
-¡Ah, ya entiendo! ¡viniste a un intercambio! –dijo furioso por la indiferencia del lord que ya se alejaba sin volver su vista. -¡Tú mujer por la mía, Albert! ¡Tu moribunda mujer por la mía!
No lo soportó más y disparó. El ruido ensordecedor y el humo del cañón fue lo único que se escuchó y se vio en la oscuridad de la noche. Pero la risa burlona de Terry lo enfureció aún más. ¡Falló el tiro…! Falló. No, no lo hizo…él apuntó bien, fue George quien tomó las riendas de su caballo para jalarlo y evitar el tino del proyectil. Lo miró con odio, George lo pudo sentir, pero nada pudo hacer. Liberó el caballo de su señor y se hizo a un lado. William bajó convertido en otro hombre, una bestia más bien. La sangre le hervía de dolor y rabia. Era suficiente, no permitiría una sola palabra más, un acto más que dañara siquiera el nombre de su esposa. ¿Qué no era suficiente con lo que ya estaban sufriendo?
-¿Qué más quieren? ¡Qué es lo que quieres Terry! –lo alcanzó y lo bajó de un solo jalón del alto caballo para sostenerlo de las solapas de su abrigo - ¡qué quieres de mí para dejarla en paz! ¿verme sufrir? ¡Pues lo estoy haciendo! ¡Perdí a mi hijo, Terry, lo perdí! ¡Se me fue de las manos mientras estaba contigo!
-¿Cómo aquella vez que hablaste de libertad y huimos juntos como trotamundos cuando murió mi madre y pidió verme en su lecho de muerte pero no pude ir porque estaba contigo?- William tensó todo su cuerpo, lo miró extrañado. Terry parecía haber perdido la sensación embriagante del alcohol en sus venas -¡ironías de la vida! – Estiró las manos como ofreciéndose ante el patriarca –Sí, William…quería que sufrieras, pero no esto.
El semblante del rubio cambió, sin embargo, no lo soltó. Miró a Terry incrédulo y el castaño lo notó, notó la incertidumbre en su mirada; él mismo tampoco se lo creía. Así como no pudo creer lo que el conde le había dicho hace unas horas en el castillo White "Mi hija fue envenenada y acaba de perder a su hijo…y tú has sido partícipe, no saldrás limpio de esto"
Cuando lady Brown y Archibald fueron a buscarlo para cobrarle el favor que Johnathan hizo a su padre no pensó que su plan involucraría el coste de vidas inocentes. Él no era un asesino. Archibald Cornwell dijo que tenía un espía fiable en Escocia, su medio hermano Alister que haría todo el trabajo sucio por ellos. Pero jamás pensó que ese "trabajo sucio" se refería a envenenar y matar. Terry sólo pretendía la ruina económica, así lo dijo Archibald, eso acordaron…eso fue y no matar a la esposa de nadie ni mucho menos al hijo de nadie…no, ese no fue el trato…
-Lo siento, Albert –dijo con la mirada apagada viéndolo a los ojos pero ya sin mirar- no tenía idea, no sabía…no sabía, Albert…tu hijo
Lo soltó, soltó las solapas que más que apresar a Terry parecían sostenerlo a él y evitar, como ahora, que cayera de rodillas soltando el grito más desgarrador que jamás se volvería a escuchar sobre las tierras inglesas.
-Pierdes tu tiempo conmigo –le dijo Terry sin tocarlo, pensó sostenerlo como Albert lo había intentado hace tantos años cuando se enteró de la muerte de su madre, pero no pudo, ¿qué derecho tenía?
Sólo se limitó a decir – Ve con ella, Albert..no la pierdas también por quedarte conmigo -ofreció una hoja doblada a la mitad que sacó del interior de su abrigo maloliente, era la letra de pago que comprometía a los Andrew a pagar el dinero "prestado"
William lo tomó y se levantó apenas escuchó lo que decía el duque y sin mirarlo corrió a su caballo, pero antes de partir pudo advertir a Terry que su esposa ya no estaba en el castillo. "Se te denunciará en el parlamento y frente al Rey" le dijo, pero Terry simplemente se encogió de hombros sonriendo de lado
-Supongo que me lo merezco –dijo dándole la espalda escuchando el trote salvaje con el que corría rumbo al castillo White –Ojalá algún día puedas perdonarme, Albert -caminó -…Susana… -caminó lento mirando al cielo - Padre…ojalá, algún día.
Lady Elroy caminaba firme, como era su costumbre. La barbilla erguida y los hombros echados atrás, como era su costumbre. Lucía un vestido típico escocés con el tartán de los Andrew...aunque de luto, como había empezado a ser costumbre para el castillo, al parecer, cada año. Los sirvientes que la miraban pasar no podían evitar el gesto de extrañeza en sus rostros y es que lady Elroy era la mujer más dura e inflexible, fiel guardiana de todas las tradiciones escocesas y de la familia Andrew, tanto que verla derramar lágrimas, silenciosas lágrimas en su camino dejaba impresionado y angustiado a más de uno.
Caminó entre la oscuridad con una antorcha en la mano hasta quedar frente a la celda de Patricia O´Brian. La chica la miró con los ojos opacos y un sutil brillo de esperanza en ellos, pero la negrura de su celda se apoderó de sus ojos y de su alma. Lady Elroy arrojó el pequeño papel que había llegado de Londres a los pies de la joven. Pero ella negó triste y avergonzada "no sé leer, mi señora" dijo sin quitar la mirada del papel en el piso.
-Murió -dijo a secas- mi bisnieto murió
Y se fue sin decir más. Sólo se escuchaban sus pasos y los gritos de angustia y desesperación de la mujer encerrada. Cuando salió de los intrincados caminos de los calabozos pidió a su doncella llamar al consejo.
-¿con qué motivo señora?
-Castigo
-¿No escribió el señor Anthony que llevarán a las familias a un juicio ante el Rey?
-No, Violet, este acusado es distinto...Informa a los miembros que se votará por lapidación o ahogamiento contra Patricia O´Brian
-Pronto, tío, está muy mal
Le dijo Anthony al cruzar el salón. Apenas miró a las personas que estaban ahí, supuso que la duquesa, Annie, la condesa...No tuvo tiempo ver, no quería saber. Subió las escaleras, tropezó a medio caminó pero los brazos del conde lo sostuvieron para evitar caer sobre los escalones. Algo le susurró sobre su aspecto que lucía mal, eso o le advirtió de no mencionar nada sobre los Grandchester, no estaba seguro.
Se sentía aturdido, ¿por qué no sólo lo dejaba ir con Candy? se preguntó furioso hasta que el conde lo soltó y caminó de nuevo hasta llegar con ella, otra vez, con ella, con su Candy.
-Albert...-la escuchó llamarlo. Se acercó, el doctor la examinaba.
-Estoy aquí, Candy, estoy aquí -decía mientras sostenía su mano entre las suyas. Entonces tembló todo su cuerpo; sintió miedo, terror. Estaba helada -Está...
-Agonizando -dijo el doctor con pesar
William se limitó a besar la mano de su esposa.
-Candy...-la llamó dulcemente -aquí estoy, linda
-Albert -la miró abrir los ojos- estás aquí
Quería hablar, decirle que la amaba que luchara que lo hiciera por él que no lo abandonara...no soportaría esta vida sin ella, no podía dejarlo también. Pero no pudo, un nudo en la garganta le impedía pronunciar palabra alguna. Acarició, entonces, la cabeza rubia de su hermosa Candy mientras evitaba llorar frente a ella. ¿Por qué la vida le regalaba la flor más hermosa de todas para quitársela cruelmente después?
-Albert ...
-Aquí estoy Candy...aquí estoy, vida mía
-¿por qué lloras, Albert? -preguntó ella con la mano en su mejilla, secando todas y cada una de sus lágrimas
-Porque te amo, Candy -sonrió como sólo él podía sonreír para ella y para nadie más -y no sé cómo expresarlo
-Ya lo ha hecho, lord -sonrió con dificultad
-Sí, lo hice...
-Albert, yo necesito que... -tosió, William ayudó a levantarla para evitar que la tos fuera más aguda, el doctor le dio una dosis más de alcanfort para aliviar la garganta y que pudiera hablar. Candice le había pedido ayuda para hablar con su esposo
-Está bien, linda, no tienes que hablar...tranquila, todo estará bien
-No Albert, necesito decirte...
-¿Qué, Candy...? ¿qué necesitas, dime y lo traeré?
-Yo dejé que muriera, Albert -confesó llorando - Yo le dije al doctor que me salvara...me dio a elegir
William la miraba extrañado, sin comprender. El doctor advertía a los condes la nula posibilidad de salvar al bebé sin hacer daño a Candy, lo que podía hacer era acelerar la pérdida, provocarla para evitar que el veneno de la planta siguiera afectando a Candice y dejarla estéril el resto de su vida. Y aunque todo parecía un horror, ella en su dolor, pidió a todos salir. Renuentes todos salieron, hasta nana Pony fue incitada a abandonar la habitación.
Entonces Candice recordó el día que conoció a William en Trenwind, lo apuesto que le pareció, lo varonil de su porte. Recordó aquel regalo de bodas tan sencillo como significativo que le dio antes de partir a Escocia, el dije de rosa que siempre cargaba con él y que ahora sostenía en su mano sobre el pecho. Recordó la primera noche en dormir con su esposo, sus paseos, sus amaneceres, sus caricias, sus besos, la primera vez que hicieron el amor. Recordó todo lo que vivió en su primer año de matrimonio junto a él y quiso seguir viviéndolo el resto de su vida.
Eso quería, vivir feliz con el hombre al que se había entregado, con William, su esposo, el patriarca Andrew. Quería dormir, yacer y despertar con él a su lado. No. A su lado, no; en sus brazos, cada día, hasta el final de su vida. Sin intrigas, sin cuidarse de peligros, sin secretos, sin odios ajenos...Le habían querido robar su felicidad, su matrimonio, su vida, pero no se los iba a permitir...no lo haría. Ella era Candice Andrew, hija de los condes de White, esposa del patriarca William Albert Andrew y una mujer enamorada.
Y entonces, eligió...
CONTINUARA...
