Me propuse el reto de publicar un capítulo todos los días, hasta completar los cinco, así que aquí está el Eremin que les prometí.
Todos los errores son míos.
Shingeki no Kyojin/Attack on Titan y todos sus personajes son propiedad de Hajime Isayama. Yo no poseo nada, solo los feels y las ideas.
Granos de café dulce
Eren rompía platos, tazas, jarras y bandejas. Este era su primer trabajo, haciendo las de mesero en una cafetería, porque como estaba la economía a sus padres apenas si les alcazaba para pagar lo que la media beca no cubría. Él no era Mikasa, cuya excelencia en todas las notas escolares necesarias para aplicar la hacían idónea para ir a casi cualquier universidad de la ciudad, o del país incluso, aunque ella escogiera ir a esa y partirse el lomo en el McDonald's de la cuadra a medio tiempo. Tampoco era un genio, como Armin, a quien las universidades perseguían como si fuera el nuevo mesías, desesperados por tenerlo entre sus estudiantes. Armin había recibido cinco becas completas a mitad de último curso de Preparatoria, el año anterior, y para antes de que acabara la primavera había llegado al descabellado número de ocho becas, de las mejores universidades, todas ofreciéndole una plaza de lujo en sus prestigiosas escuelas.
No, Eren era un tipo sencillo, corriente además, que había peleado con uñas y dientes —y puños— por conseguir esa media beca, y aunque la había ganado en un concurso en el que quedó de tercero, era suya y cubría un montón de gastos, solo que no los suficientes. Trabajaba doble y hasta triples turnos, especialmente los sábados, cuando el resto del mundo tenía planes y no podían comprometerse con un horario indefinido, que la mayoría de las veces se extendía más allá de la medianoche.
Claro, la mayor parte del tiempo Armin estaba con él. Armin, que fácilmente pudo haberse ido a estudiar al extranjero sin gastarse un solo centavo, había escogido ir con él y Mikasa a la misma universidad, para estar los tres juntos, como siempre había sido, y sin perder de vista a su abuelo, quien se había quedado completamente solo en el momento que su nieto se fue al campus.
Armin tenía tres trabajos. Los lunes, los miércoles y los sábados estaba con él en la cafetería, SweetsStars©, una versión más acogedora y menos capitalizada de Starbucks, cuya dueña lucía como si pudiera matarte con un tenedor de plástico si le pedías media hora de descanso, pero en realidad una persona justa y considerada con sus trabajadores. Hacía dobles y triple turnos, incluso con más frecuencia que Eren, hasta el punto en que Nanaba tuvo que detenerlo en una ocasión por trabajar veintiún horas seguidas, y amenazarlo con despedirlo si no se iba a descansar inmediatamente.
Los martes y jueves trabajaba en el McDonald's, con Mikasa, friendo cantidades industriales de papas fritas cocinando carne de pésima calidad hasta que el restaurante cerraba, a las dos de la madrugada. Entonces salía y se arrastraba hasta el dormitorio, donde se quedaba despierto hasta las cuatro y quince, resolviendo programas clases y revisando mil veces sus ensayos, los cuales montaba y desmontaba cada cinco minutos, insatisfecho con el anterior. Ni siquiera Mikasa solía acompañarlo durante esa parte del estudio, no digamos el mismo Eren —aunque la mayoría de las veces se aseguraba de sacarlo del escritorio y acostarlo, o al menos de ponerle una manta y apagarle la lámpara si se había quedado dormido.
Los domingos se despertaba a las cuatro y media de la mañana para trabajar en la panadería del campus, con Sasha y a veces Connie, y se quedaba hasta las doce mediodía, cuando ya la venta no era mucha porque la mayoría de la gente había comprado. Entonces se iba a visitar a su abuelo, a ver cómo estaba, si le hacía falta algo o necesitaba medicinas, y le dejaba más de la mitad de todo el dinero que había recogido durante la semana. El señor Arlet siempre le peleaba que no lo hiciera, que con su salario de jubilado era suficiente, pero tanto Armin, Eren y Mikasa sabían que eso era mentira, incluso aunque lo no dijeran en voz alta. Todos sabían perfectamente lo difícil que había sido para el señor Arlet criar a su nieto solo, después de que sus padres decidieran que esa era una responsabilidad que no querían, pero nadie decía nada al respecto, ni tampoco hacían nada por él.
Así que, como estaban las cosas, Eren era quien más necesitaba el trabajo; Mikasa lo hacía para ayudar a la casa, para que no quedaran comiéndose un cable después de pagar lo de Eren, aunque eso no era responsabilidad suya —ya había perdido la cuenta de las veces en que habían tenido esa discusión. Ella decía que no tenía ningún problema haciéndolo, que eso era lo de menos, pero a veces Eren sentía tristeza, porque a estas alturas Mikasa ya podría haberse comprado un carro de segunda mano para ella y en cambio estaba dándole hasta el último centavo de su paga a la casa.
Armin tampoco lo necesitaba, pero lo hacía de todas maneras por su abuelo. Eren rompía platos, tazas, vajillas enteras, porque realmente no era muy bueno siendo mesero, hasta que Nanaba le echaba la bronca y lo ponía detrás de la caja registradora, para que sonriera como retrasado cada vez que entrara un cliente y practicara la paciencia, cosa que no le servía de mucho. Porque Eren se distraía mirando a Armin dar vueltas entre las mesas llenas de gente, con bandejas cargadas de cafés expressos y capuccinos calientes, con rollos de canela y biscochos recién salidos del horno, sin tropezarse siquiera un poquito, como si fuera un baile, como si llevara años haciendo lo mismo.
Eren no sabía usar la máquina de cafés; la verdad, apenas sabía usar la caja registradora, pero Armin había aprendido a usarla en menos de una semana, sin quemarse las manos ni la cara ni una sola vez. Thomas también era bueno, y ni qué decir de Marco, pero incluso ellos tuvieron que esperar casi dos semanas para hacer algo más elaborado que un café simple sin quemarse las puntas de los dedos. Claro que también ellos habían roto un par de tazas y tirado un par de bandejas sobre los clientes, pero nada que un regaño y quedarse a lavar los trastos después del cierre no pudiera corregir, pero a Armin no le había pasado ni una sola vez.
Probablemente había un truco detrás de toda esa soltura, porque Armin nunca había sido la persona más diestra del mundo —esa era Mikasa—, así que había intentado sacárselo una vez, mientras ambos estaban acostados sobre las sábanas sucias de una de las camas del dormitorio, después de casi quince horas de trabajo ininterrumpido. Eren olía a sudor y cansancio, a tarea hecha a la velocidad de la luz a las tres de la mañana y al hedor rancio que dejan los muffins de arándanos pasados, esos que Nanaba les hacía botar porque podían enfermar a cualquiera pero siempre se guardaba uno o dos para Sasha, quien nunca compraba nada en la cafetería pero hubiera matado a todos en la universidad por un bocado de los muffins, estuvieran buenos o no.
—Aru, ¿cuál es la trampa? —le había preguntado.
Armin estaba desparramado encima de él, con las extremidades sueltas como si estuvieran hechas de goma, y pesaba tanto que hubiera creído que ya se había dormido de no ser porque tenía un cuaderno abierto y buscaba desesperadamente algo en Google, con la boca llena de galletas de soda y apretando el lápiz tan fuerte que parecía que iba a romperlo.
—¿Humm? —graznó, sin despegar la vista del teléfono—. ¿Cuál trampa?
Eren se había revolcado sobre la cama como un animal herido, buscando una posición más cómoda pero sin quitar a Armin de su lado. Estaba para el arrastre, la cabeza misma le pesaba como si la hubiera cambiado por una bola de boliche, y sólo pensar que mañana tenía que entregar ese proyecto mal hecho le daba ganas de quedarse a dormir para siempre.
—Ya sabes, lo que sea que haces para que no tirar los tratos en Sweets©.
Armin levantó la cabeza, mirando a Eren con el rostro en blanco. Tenía ojeras negras debajo de los ojos y las comisuras de la boca llena de migajas.
—Eren, no hay ningún truco —respondió, diciendo las palabras con un aplomo tan severo que parecía como si realmente creyera que Eren hablaba en serio—. Solo vas, tomas las tazas y los platos, los equilibras en la bandeja, y caminas hasta la mesa. Eso es todo.
Ambos estaban exhaustos. Eren había tenido clases en la mañana, de ocho a diez, y Armin de siete a doce, y después habían salido directo a la cafetería. Estaban a mitad de semestre, estaban en parciales, y el estrés había esta estallado entre los estudiantes como una bomba. La facultad de ingeniera se había convertido en una locura, llena de gente medio muerta estudiando en cualquier esquina, y aunque en otra ocasión Eren hubiera picado a Armin con llevarle uno de sus compañeros zombis para que investigaran con él en la facultad de medicina, en estos momentos él se sentía más zombi que cualquiera. Ni siquiera Mikasa se había salvado del desastre —aunque ella seguía luciendo impecable—.
Así que se volteó, intercambiando posiciones y dejándolo debajo suyo. Armin lanzó un jadeo sorprendido, dejando caer ambos, el teléfono y el cuaderno al suelo en medio de un estrépito. Armin olía a rollos de canela y granos de café dulce, algo parecido a ese aroma embriagante que perfuma todo alrededor de Sweets©, atrayendo a los clientes como moscas a la miel.
—Eren.
—Aru.
Los besos con Armin eran dulces, tenían el mismo sabor del café acaramelado de SweetsStars©, pero con algo más propio, más como los que preparaba el mismo Armin y menos como la receta original de Nanaba. Eren enredó suavemente sus dedos en el cabello rubio, lamiendo los labios de Armin y apoyando su frente con la suya. Armin era todo sonrojos y suspiros, acunando la cara de Eren con ambas manos y aferrándose a su cuerpo con las piernas. Ambos estaban agotados, y mañana les esperaba otra ronda de clases y trabajos brutal, así que era imposible que hicieran nada más, pero. Pero un momento deseó que tuvieran la resistencia de Reiner y Bertholdt.
Al rato ambos cayeron dormidos y no pasó nada más, pero aún después de que Armin le explicara la mecánica de la bandeja, cuando volvió a su puesto de mesero Eren continuó quebrando platos, tazas, jarras, incluso las cucharas y los tenedores de plástico; Mikasa continuó pidiéndole que se cambiara al McDonald's donde ella pudiera ayudarlo y él continuó negándose, y Armin siguió teniendo tres trabajos y usando quién sabe qué trucos para ser bueno en todos, sin descuidar la universidad tampoco. Marco continuó siendo mejor que Eren en la máquina de cafés y Eren siguió ayudando a Reiner a sacar el colchón del departamento cuando se meaba en la cama, porque era demasiado marica para despertar a Bertholdt e ir al baño pero no lo suficiente para avergonzarse de orinar la cama a los veintiuno. Eren continuó alimentando a Sasha con muffins de arándano rancios y después de un tiempo tuvo que llevarle también a Connie.
Armin siguió oliendo al perfume de la cafetería, como a granos de café dulce y rollos de canela recién horneados. Continuó teniendo ojeras oscuras que resaltaban debajo de sus ojos azules y sus besos continuaron siendo como café acaramelado caliente, tan dulce que se derretía en su lengua.
Esto se suponía que iba a ser un drabble. Cómo se convirtió en un monstruo de mil ochocientas noventa y cuatro palabras, eso escapa completamente de mi conocimiento. Yo espero que les haya gustado, me costó mucho escribir este porque quería poner tantas cosas en tan poco espacio, quizás por eso es que se me alargó tanto.
Besos. Cuídense.
`v`)/
