ESTE ES MI PRIMER YUMIKURI DE TODA LA VIDA Y ESTOY ATERRADAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
Ya saben. Errores míos, el resto de la Llama.
Shingeki no Kyojin/Attack on Titan y todos sus personajes son propiedad de Hajime Isayama. Yo no poseo nada, solo los feels y las ideas.
¿Es muy tarde para volver a casa?
Historia miró por la ventana. Pronto comenzaría a llover, y a ella se le había olvidado el paraguas. Fácilmente podría pedirle uno prestado a Armin, o a Marco o a Eren, pero SweetsStars© estaba abarrotado, lleno hasta el tope de gente que, probablemente, se había embutido dentro del establecimiento para protegerse del inminente aguacero.
Miró su reloj, mordiéndose la esquina del pulgar derecho. Decía que eran un cuatro para las cuatro.
Frente a ella había una televisión viejita, colgada en una esquina de la cafetería, como hacían —y seguramente todavía hacen— en los hospitales, con el canal universitario puesto en mute. Pasaban algún avance informativo sobre la gestión del rector, con fotos de sus viajes y asociaciones con otras universidades, e incluso ella sintió vergüenza ante tanta zalamería indiscriminada. Mucha gente no lo sabía, pero la mayoría de los programas que pasaban por el canal universitario eran controlados por la facultad de astronomía; por eso ponían documentales sobre el universo y Doctor Who durante la madrugada. Aquello era un truco sucio, hecho por sabrá Dios quién el año anterior, donde acordaron darle el control total de los programas a transmitirse a la facultad siempre y cuando ellos pasaran las propagandas ridículas de rectoría cada diez minutos. Nadie decía nada sobre el trato y todos en la facultad volteaban la mirada cuando se les cuestionaba algo, pero la gente no era estúpida; más temprano que tarde comenzarían a notar algo raro en los maratones de Star Trek que pasaban todos los primeros sábados del mes.
—¡Historia!
Ella levantó la vista, encontrándose con rostro lleno de pecas de Marco. Llevaba un pañuelo blanco amarrado sobre el cabello, y su delantal estaba sucio de crema, azúcar y esas manchas oscuras que probablemente eran café, pero él no perdía la sonrisa. Sonreía tan amplio y sincero que no pudo sino devolverle el gesto, esforzándose por no romperse las mejillas.
—¡Marco! ¿Cómo estás? No te había visto con toda esta gente.
Él hizo una mueca disimulada, como si fuera culpa suya que hubiera estuviera tan lleno.
—Si, uff, esto está de locos. Mi hora de salida fue hace dos horas —confesó.
—Ten cuidado, no vayas agotarte demasiado. Tienes que descansar.
Marco se rascó la mejilla, avergonzado.
—No te preocupes, estoy bien; Nanaba siempre se asegura de que tomemos el descanso, no importa si estuvimos muy ocupados o no —sacudió la cabeza, dejando de lado el tema—. ¿Vas a ordenar? Puedo traerte algo, si quieres. Cuenta de la casa.
Historia sonrió levemente, las comisuras de sus labios apenas doblándose; así es como era Marco, siempre tan amable y desinteresado. Ymir decía que era como la mamá gallina del grupo, siempre dispuesto a recibir una bala por alguno de sus hijos. Probablemente no estaba del todo equivocada.
—¡No es necesario! Solamente quiero un café sencillo, puedo pagarlo. ¡No tienes que hacer eso!
Él se rio entre dientes, un sonidito como de Bambi.
—¡Vamos, está bien! No hay problema, yo te lo estoy regalando —argumentó.
Ella negó con la cabeza, buscando en su cartera y sacando un par de billetes del wallet.
—No, no, no; después te lo descuentan de tu paga, ¿verdad? ¡Mejor no! —extendió el dinero en su dirección, casi obligándolo a que lo tomara—. Un café simple, por favor.
Marco suspiró y esbozó una sonrisa, aceptando el dinero.
—¡Enseguida! —dijo, dándose la vuelta y se perdiéndose entre el gentío, en dirección a la cocina.
Afuera comenzó a llover. Historia miró su reloj nuevamente, preguntándose dónde estaría metida Ymir. No estaba preocupada, solamente un poco sorprendida de que no hubiera llegado todavía pero, como estaban las cosas, seguramente estaba atorada en el tráfico. No le sorprendería, sabiendo perfectamente cómo se ponían las calles de Krolva cuando llovía, y tampoco podía escribirle, puesto que Ymir conducía una moto. Aún así, estaba sorprendida; ella nunca llegaba tarde.
Sacó su teléfono, alejando la vista de las penosas propagandas que pasaban en el canal universitario, abriendo sus chats y revisando los mensajes recientes. Había uno de Mina Carolina, preguntándole por el proyecto sobre estrellas de neutrón que tenían para la próxima semana, e Historia rápidamente se dispuso a responder, pero casi inmediatamente lo dejó; realmente no estaba segura de qué era específicamente lo que se refería Mina, y sin sus apuntes a mano prefería dejarlo para más tarde en lugar de darle una respuesta equivocada. Escribió un rápido «estoy fuera, no tengo los apuntes a mano, te respondo cuando pueda» y cerró el chat, suspirando lentamente.
La lluvia se estrellaba suavemente contra la amplia ventana de Sweets©, provocando un sonido lento y acogedor, como de escena de libro vintage de los sesenta. Ella no era del todo una fan de esas cosas, pero de vez en cuando encontraba realmente hermosas las fotografías con ese tipo de temática, especialmente las de Annie. La semana anterior había arrastrado a Ymir a una de las exhibiciones realizadas por la facultad de bellas artes, en parte porque le gustaba apoyar a los estudiantes, y en otra porque realmente se había enamorado de una de las fotos de Annie y estaba dispuesta a comprársela, cosa que había hecho. Ahora mismo la tenía enmarcada, envuelta en papel de regalo hasta el fondo de su armario, entre un montón de ropa y calcetines mal doblados para que se dañara, esperando hasta el próximo mes, cuando se cumplieran los tres años de su aniversario con Ymir.
—¡Hey!
Historia alzó la cabeza nuevamente, atraída por el sonido de la voz. Era Eren, maniobrando una bandeja como si su propia vida dependiera de ello.
—Oh, Eren —saludó.
—Marco me dijo que te trajera esto —dejó una taza de café delante suyo, junto con un platito en el que habían cuatro galletas de avena y nueces—. Esto está de locos, apenas si pude verte por entre toda esta gente. Dios mío, Historia, creo que te confundí un par de veces con Armin —soltó una risotada y buscó entre los bolsillos de su delantal, soltando un puñado de sobrecitos de azúcar, crema en polvo y canela.
Realmente no supo cómo sentirse ante el comentario; si tomarlo como un cumplido para ella o para Armin. Sabía perfectamente que ambos se parecían —la misma Ymir los había confundido más de un par de veces—, pero vamos, Eren también era medio lento, aparte de un ciego total por su novio. Lo tenía de fondo de pantalla en el teléfono. Ni siquiera ella hacía algo como eso.
(Ella la ponía en el wallpaper de los chats, donde casi nadie lo vería).
—Hum, vaya —masculló, sin estar segura de qué decir.
Eren se dejó caer como un peso muerto frente a ella, en la silla vacía que supuestamente pertenecía a Ymir. Se arrancó en trapo que llevaba atado en la cabeza y se revolvió el cabello, largo, que le había crecido ya casi hasta rozarle la nuca. Estiró la mano y tomó una de las galletas, dándole un mordisco tan grande que se llevó la mitad.
—Aru nunca toma descansos, ¿sabes? Ayer peleamos exactamente por eso: trabaja hasta que ya no puede más, y cuando le digo que descanse, se molesta y trabaja incluso más —le contó, masticando y hablando a la vez. Frunció las cejas, como si estuviera enojado con la galleta, e Historia pensó que se veía como un niño—. Él no me escucha, pero sí escucha a todos los demás. ¿Sabes quién lo llevó al dormitorio el domingo pasado, cuando estaba matando chinches en el departamento de Reiner? ¡El puto Jean Kirschtein! Aru había ido a estudiar con Marco después de regresar de donde su abuelo, ¡y se había quedado dormido encima de un puto libro sobre el sistema excretor! ¿Puedo creerlo?
La verdad, no. Historia estaba realmente impactaba, aunque no estaba segura de si por el hecho de que Armin se sobresforzara tanto, o por la confirmación de que Reiner sí se orinaba en la cama y por eso estaban llenos de chinches. Ella había oído algo de eso, más que nada de parte de Connie e Ymir molestándolo, pero jamás creyó que fuera cierto.
Tomó un sobrecito de azúcar y lo abrió con los dientes, más entretenida de lo que esperaba.
—¿Y sabes qué fue lo que más me molestó? Que nadie me dijo nada, ni siquiera Mikasa. Ella lo sabía, que Aru iba a repasar no-sé-qué parte del plan semestral con Marco cuando regresara de donde su abuelo, pero no se molestó en decirme. ¿Por qué? Pues porque no quería que me preocupara. Cómo vez —se terminó la galleta y fue a por la segunda, esta vez mordisqueándola lentamente por los bordes—. Te digo la verdad, yo quiero mucho a Mikasa, y entiendo que ella se preocupe por mí, pero creo que debió pensar un poco más en cómo me caería ver a Armin siendo arrastrado fuera de un taxi por el puto Jean Kirschtein. Mira, Marco es un tipo legal y también lo quiero mucho, el hombre es como una enorme galleta de jengibre, pero su novio es un completo cara de culo. ¿Sí me entiendes?
Los ojos de Eren se clavaron en ella con fiereza, como si estuviera retándola a estar en desacuerdo. Era la mirada de alguien que estaba dispuesto a irse a los golpes con cualquiera que se le ocurriera decir algo en favor del pobre Jean. Que, por cierto, no era tan pobre.
—Sí, te sigo —comentó ella, dándole un sorbo rápido a su taza de café. Necesitaba más azúcar.
—Entonces, cuando el puto Jean Kirschtein lo deja y me comienza a echar la bronca, Aru se despierta y me la echa a mí, porque según él estoy exagerando con lo del descanso —Eren rompe la galleta en dos pedazos, echándose todo un viaje de migajas encima del delantal—. Bueno, yo lo dejé pasar, aunque bien que debí meterle su buen par de vergazos a Jean por ser tan imbécil, pero me después Mikasa me echaba el sermón de cuidar la beca y, eh; mejor evitaba eso. Así que lo dejo pasar y ayer, que es de los días que Aru trabaja en el McDonald's con Mikasa, se pasa todo el jodido día en el trote y no se detiene a descansar hasta que es su hora de salida, a las dos de la madrugada. Mikasa tuvo que llevarlo cargado al dormitorio, porque se había desmayado del cansancio cuando sacaban la basura. ¡No había comido nada en todo el día! —volvió a romper la galleta—. Y cuando Mikasa le preguntó durante la hora de almuerzo si estaba bien, le echó tierra en los ojos y le dijo que sí. ¿Puedes creerlo, Historia?
Ella tomó un largo sorbo de café, degustándolo con calma, y después soltó un fuerte suspiro.
—Eso está mal. Va a enfermarse si sigue así —comentó, realmente preocupada. Ella sabía que Armin era un genio, y que se esforzaba más que cualquiera en todo lo que hacía, pero escucharlo de primera mano era alarmante—. ¿Han tratado de llegar a un acuerdo?
Eren se tiró los trozos de galleta despedazados a la boca y negó con la cabeza.
—¡Ja! Aru es imposible, no me va a escuchar. Cuando te vi de espaldas creí que había recapacitado y se había sentado a tomar un descanso; ya sabes, con tanta gente yendo y pidiendo, es normal que uno termine hecho polvo, pero eras tú.
Otra vez, no supo si tomar eso como un insulto o un cumplido.
—Como sea, me acabé tus galletas —Eren sacudió la cabeza y se puso de pie, estirándose—; voy a traerte unas nuevas. Hey, gracias por conversación, Historia, eres buena oyente —la puso la mano en el hombro—. Deberías abrir un blog de confesiones o algo.
Historia se rio.
—Oye, Jaeger, deja de manosear a las novias de otras personas.
Eren dio un respingo, quitando la mano inmediatamente, como si le quemara. Ymir pasó a su lado, sentándose en la silla que recién desocupara, con el casco en la mano y los pantalones hechos una sopa.
—¡Ymir! —chilló Eren, sorprendido—. Eh, no sabías que estabas aquí.
Ella esbozó una sonrisa zalamera, de esas que usaba cuando iba soltar alguna broma fea hacia Reiner.
—Acabo de llegar. Pero bueno, no esperé encontrarme al eternamente gay Eren Jaeger queriendo bajarme a la novia. ¿Qué, te aburriste de Armin y ahora buscas la versión femenina?
Eren hizo un ruido extraño, como si las migajas de la galleta se le hubieran pegado a la garganta y no lo dejaran respirar. Historia resopló, dándole una patada suave en la espinilla.
—¡Ymir! Por favor, solo estábamos hablando, nada más —bufó.
Ella soltó una risotada, divertida, quitándose con los dientes los guantes que usaba para conducir la moto.
—Tranquilo, Jaeger; estoy bromeando —su sonrisa se hizo menos sarcástica, más del tipo que le daba a Connie o a Sasha, entre divertida y fraternal—. Anda, tráeme uno de esos muffins rancios que tanto la gustan a patata.
Eren se relajó, y barboteó una risilla boba.
—¡En camino!
Historia esperó a que Eren se hubiera ido para soltar una larga y sonora risa. Ymir la siguió más atrás.
—¿Por qué eres así? —la regañó, aunque no lo decía en serio.
Ambas continuaron riéndose, ahora más calmadamente, hasta que la risa se apagó y se convirtió en un agradable silencio, apenas roto por el murmullo de la gente y el golpeteo constante de la lluvia contra la ventana. Ymir alzó la mirada, dirigiéndola al televisor, donde ahora pasaban uno de los tantos documentales de astronomía que tenían guardados, y chistó la lengua con desagrado.
—Increíble. ¿De verdad nadie sospecha nada de ustedes? —inquirió, genuinamente intrigada.
Ella volvió a patearla por debajo de la mesa.
—¡Yo no he tenido nada que ver!
—¡Oye, oye; lo sé! Es solo un decir.
Ambas volvieron a quedarse calladas, solo disfrutando del ruido de fondo a su alrededor. Eren volvió al cabo de un rato, dejando los muffins y un par de galletas extra, pero esta vez estaba demasiado ocupado para detenerse a hablar. Hizo un gesto vago con la mano, como si estuviera disculpándose, y salió disparado en dirección a otra mesa.
—Pobrecillo —murmuró Historia.
Ymir tomó uno y le dio una mordida, haciendo un ruido de placer desde el fondo de su garganta. Ella le dio un sorbo a su café, agarrando una de las galletas y mordisqueándola, deleitándose con el delicioso sabor que tenía. Miró a la ventana, consternada por el enorme charco de agua estancada que se había formado en la acera, incapaz de bajar por la alcantarilla tapada por basura. Aquello era un problema creciente en el campus: las alcantarillas tapadas. Había escuchado algo sobre una campaña de limpieza el mes entrante, pero no estaba del todo segura. Quizás debería anotarse.
—Hey.
La mano de Ymir cubrió la suya, suavemente, deslizando sus dedos entre los suyos. Le sonrió.
—¿Pensando en inscribirte en alguna cosa loca para salvar a la gente de la lluvia? —inquirió en tono bromista.
Historia sacudió la cabeza, riéndose entre dientes, sin preguntarle cómo había adivinado. De haber sido otra persona se hubiera molestado, pero era Ymir; ella nunca diría nada que la ofendiera. Nunca.
—Probablemente —admitió.
—Sabes que iré contigo.
Apretó sus dedos fuertemente, sin apartar la mirada.
—Lo sé.
Historia recordaba la tarde en que se dieron su primer beso, una igual de lluviosa que esa. Recordaba haber sentido como si todo finalmente encajara, como si esa fuera la manera en que las cosas debían ser. Era algo que sentía todavía, todos los días, cada minuto que pasaba con ella. Sabía que con Ymir a su lado sería capaz de lo que sea, como si pudiera tomar la luna con sus manos y colgarla en su ventana.
Historia amaba los días lluviosos.
Lo siento, creo que me salió un poco flojo D: Quería hacer algo súper dulce y empalagoso, algo que dijera, "guau, mataría cien titanes solo para que esto fuera canon", pero como siempre terminé defraudándome. Lo lamento, quizás después lo edite le haga algunos retoques, el yumikuri se merece muchísimo más amor. Aparte, discúlpenme por meter a Eren como la comadre de Historia. Eso me salió de la nada :u
Besos. Cuídense.
`v`)/
