Dilema de especulación
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Arnold balancea sus piernas por sobre el muelle, se muerde el labio mientras ve como Helga termina su paleta helada de sabor limón. Se siente tentado a comenzar la conversación, pero no tiene idea ni por donde iniciar.
Ella mira la lejanía y él tiene miedo de preguntar.
Porque se sabe contra la espada y la pared, porque se reconoce correcto y leal. Pero también sabe que ha cometido una falta, que puede empeorarla, que ha de decidir y dejar de especular.
— Helga… ¿Por qué mantenemos en secreto esto?
Ella gira a verlo, sus ojos azules tienen una chispa que a él lo hacen derretir, termina de mordisquear con suavidad el palito de madera de su bocadillo, y en un impulso lo lanza hacia atrás, asestando en el bote de basura. Arnold pasa saliva con dificultad, siente que es una muestra de enojo de la rubia.
— ¿Te molesta? Tengo una reputación que mantener.
El joven suspira y vuelve sus ojos al mar de Hillwood. No quiere pensar mucho en el tema pero es lo único que ronda su cabeza estos días. Helga y Gerald… más bien Gerald & Geraldine. Incluso esa tonta coincidencia de nombres le aprietan la vena de los celos.
— Afecto frontalmente tu reputación ¿Es eso lo que me estás diciendo?
Helga lo mira con extrañeza, rueda los ojos y se muerde el labio. Él sabe que ella lo medita, él también sabe que está siendo injusto solo porque lo dominan emociones viscerales que se escapan de su íntima naturaleza.
— ¿Sucedió algo Cabeza de balón? Pareciera que eres una doncella herida.
Arnold tuerce la boca, siempre ella, siempre tan elocuente. Pero no puede seguir, no sabe si es prudente, no sabe con exactitud qué decir. ¿Y si traiciona a Gerald? Pero si no la hace ¿se estará traicionando a sí mismo y sus sentimientos? O… al traicionar a Gerald traicionaría también lo que es en sí mismo.
Se golpea la frente contra su palma abierta. Simplemente no puede seguir pensando con tanta profundidad ese dilema moral que le quiebra la paciencia. Se levanta ignorando su pregunta, ella lo sigue más por curiosidad que por otra cosa.
— ¿Recuerdas el día de gracias que pasamos una tarde sentados en este muelle?
Ella mira el cielo como intentando recordar, él se siente nervioso al sentir que ella le ha restado importancia.
— Claro, fue un día de gracias pésimo Camarón con pelos ¿Por qué quieres recordarlo?
El rubio ya suelta un suspiro cansino mientras continúa avanzando hacia la ciudad, su tiempo con ella se está terminando y ambos lo saben. Por lo menos hasta su próximo encuentro. ¿Y qué cambiaría justo ahora? ¿Qué pasaría si él se atreviera a decirlo de frente?
La mira por el rabillo del ojo, su cabello rubio, sus ojos azules, su pretenciosa inteligencia, su desbordado y negro sentido del humor, sus emociones ambivalentes, sus espinas burlonas… todo eso tan cerca; tan cerca todos estos años. Era obvio que Gerald lo viera también.
— ¿Por qué Gerald te llama Geraldine?
Menciona intentando no sonar obvio. La calle está casi sola, es una hora muerta mientras el sol se pone.
— Porque es un idiota, le gusta molestarme. Asumo que se enteró de mi nombre en algún lado y creyó que era divertido. No se da cuenta que se llama casi igual.
Y el "casi igual" le hierve en la sangre al joven Shortman. Si el supiera que Helga siente algo por Gerald ¿Sería capaz de decírselo al moreno? ¿Se lo guardaría para sí mismo? ¿Se molestaría con Helga?
— No me parece adecuado que te moleste si al final es tu nombre. ¿Qué tal si yo te pongo algún apodo?
Y no supo cómo decirlo, ni cómo matizarlo. No podía gritar que no quería llamarla como lo hacía el moreno. Necesitaba que eso se sintiera especial, lo requería su ego, su necesidad de ella.
— ¿Por qué habrías de ponerme tú un apodo?
— Tal vez porque me lo debes, digo, tengo muchos apodos por tu culpa. Cabeza de balón, camarón con pelos…
— Está bien, entiendo. Pero piensa en uno que no me guste y te enfrentarás a Betsy.
Iban llegando a la residencia Pataki y Shortman sabe que la magia se termina en escasos metros. Y se asegura de ello, porque se siente cobarde, ruin, traicionero. Sabiendo lo que está ahí debería simplemente soltarlo, si ella respondiese afirmativamente él sepultaría todo. La esperanza de una negativa también estaba latente.
— ¿Qué tal Miss G?
Ve un rubor que se extiende en toda la cara de la rubia, y él comienza a abochornarse también.
— ¡Es simplemente ridículo!
— ¡Admítelo! Te gustó.
— ¡No! Simplemente no me desagrada tanto.
Helga se cruza de brazos y frunce el entrecejo. Arnold siente el corazón latir sin control, y se da cuenta que seguir alargando esa agonía ya no es opción… debe hacerlo. Ella sube las pequeñas escalinatas que la separan de su puerta, abre despacio como queriendo que el momento dure más y él también lo quiere, pero necesita hacerlo, por él y por Gerald.
— Helga… ¿Qué sientes por Gerald? Acaso él te gus…
Los ojos azules de ella se abren con sorpresa, se gira a verlo como no creyendo lo que pregunta y Arnold percibe que fue una tontería ser tan frontal. ¿Podría soportar una respuesta que le rompiera el corazón?
— ¡Olvídalo! Fue una pregunta tonta.
Y huye… últimamente solo huye. Corre calle cuesta abajo sin voltear el rostro, no sabe qué cara tendrá ella, seguro una no muy agradable. Pero si él supiera, entonces no habría vuelta atrás, las dos respuestas posibles eran traición. Si era sí, él se sentiría obligado a decirlo… si era no, él sabría que ella solo es para él… Jodida amistad.
