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—…Querido, querido mío, qué feliz soy de pertenecerte otra vez… ¡Oh, sí!… Fóllame más rápido, más fuerte, Edward, amor mío…

Bella se retuerce en todos los sentidos bajo mi cuerpo, con la boca exangüe, los labios carmíneos abiertos en busca de una respiración difícil, los pómulos encarnados, la frente empapada en sudor, los ojos en blanco, murmurando frases de amor, palabras de gratitud, mi amante se entrega con todo el impulso de su cuerpo joven, con todo su amor, que reencuentra para mí al cabo de varios meses de ausencia.

Actuando con lentitud, yo hago entrar y salir mi sexo en su vientre sediento de placer; su vagina, rezumando jugo, se encoge poco a poco en proximidad del espasmo que la sacudirá por entero.

Bella cierra los ojos, con los párpados crispados. El repentino rubor de su tez habitualmente pálida, su cuerpo arqueándose bajo el mío, sus muslos estrechándose sobre mis riñones, su respiración jadeante, su gran boca abierta, todo en su comportamiento me anuncia que mi tierna amiga está a punto de conocer un orgasmo descomunal.

— ¡Oh!… Edward, Edward…, te amo…

La hermosa niña se deja caer, abatida, sobre la cama. Sus muslos se separan más aún, su minino, repleto de líquido, relaja su presión en torno a mi miembro viril; por un instante, ella permanece sumida en una aparente inconsciencia y luego, comoquiera que yo persisto en mi ataque con golpes bruscos y regulares, parece salir de un profundo desvanecimiento, me mira fijamente a los ojos como si acabara de redescubrirme, me sonríe con amor y, sin más espera, se incorpora de nuevo al juego, vuelve a cerrar las piernas sobre mis riñones, me estrecha el busto con sus brazos largos y tibios, pega sus labios a los míos, encoge el vientre para alojar mi falo en el torno sedoso de sus carnes íntimas, se contrae con una intensidad tal, que yo, el macho, el hombre fuerte, ya no puedo resistir más e inundo la ardiente cavidad de mi amiga con un estallido de licor de amor.

Personalmente, al haberme contenido durante tanto tiempo, estoy reventado, soy incapaz de reanudar la lucha sin un instante de respiro; lentamente, retiro de la viscosa funda mi sexo, que inicia un rápido reblandecimiento.

Bella me come a besos; sus piernas, enroscadas sobre mis riñones, me impiden un retroceso más pronunciado. Con su mano derecha, ella trata de infundirme un renovado vigor acariciándome el escroto mientras la palma de su mano izquierda me recorre los riñones.

Yo le devuelvo sus besos, le amaso los senos con una mano y con la otra, que he deslizado por entre nuestros vientres, le acaricio el pubis. A Bella le encanta que le incruste el dedo en la vagina y que, con el resto de la mano, oprima con fuerza su monte de Venus al mismo tiempo que le froto, con la tercera falange del dedo medio, el clítoris, que nunca tarda en erguirse.

Pero, sorprendido por la llegada de Bella (que no me había anunciado su regreso), he pasado toda la noche anterior gastando mis fuerzas sin contar con mi amiga y esta tarde, pese a todo el deseo que ella me inspira, no puedo multiplicarme.

Entonces, despacio pero con decisión, consigo zafarme de su presa, sonriéndole para suavizar el efecto provocado por mi esquiva.

—Pero ¡querido!…

—Perdona, pero ya no tengo veinte años…

—No me vengas con cuentos. No hace ni seis meses que repetías varias veces al día… ¡Dime al menos que te has agotado con otra, esta última noche!…

—Sí… Con Tanya. Pero dime, querida, ¿serías tu capaz de ayunar todo este tiempo?… No lo creo, a juzgar por todo lo que han contado los periódicos sobre tu vida privada…

—Bah…, en parte verdades, en parte mentiras. Pero te aseguro que estoy en ayunas de amor desde hace casi un mes…, es cierto. Pero sí admito que mi vida en París no ha sido como la de una monja. Dios, ¿qué he sacado con ello?… Y, a fin de cuentas, ¿para qué? Para una celebridad de unos meses.

Bella suspira.

—Pareces harta del mundo del espectáculo. Creí haberte perdido cuando salió tu segundo disco, ¡tuvo mucho éxito!

—Oh, sí, un éxito sensacional, dos millones de copias, dinero a porrillo… para el editor, no para mí, porque mi contrato no preveía ningún porcentaje de las ventas… ¿Ves de qué va la historia?

— ¡Bueno!… Esto me recuerda una canción de Michel Sardou, Les gens du showbusiness, ya sabes, esa en la que describe las ilusiones frustradas de esas chicas víctimas de su sed de triunfo y que, para estar en primera plana de la actualidad, están dispuestas a encontrarse, a cualquier hora del día o de la noche, con los famosos del mundo del espectáculo.

—No fue este mi caso. Yo he sacrificado mi virtud, o mejor dicho, la que tú me dejaste… He tenido mis momentos de gloria, y si caigo en el olvido es un poco por voluntad propia. Ya te lo contaré con detalle un día de estos. Pero antes abrázame y bésame, que tengo sed de tus caricias, hambre de tu amor. Acuérdate que un día me dijiste: «Tu boca es un infierno, tus besos son el paraíso». Demuéstrame que sigues creyéndolo…

Y, para forzarme a demostrárselo, se me escapa, se desliza a lo largo de mi cuerpo, me obliga a tenderme sobre la espalda con las piernas separadas, entre las cuales se arrodilla y luego se inclina hacia delante, con la lengua extendida hacia la madurez de mi sexo, cuyas proporciones se vuelven aduladoras.

¡Santo Dios, qué bien chupa Bella! Bajo mi dirección, hace un año, aprendió el arte de la felación. Gracias a un artículo sobre esta forma de amor oral, leído en una pequeña revista especializada en la armonía de la pareja, Bella y Tanya estudiaron la manera de chupar a su compañero.

Su lengua parte de la raíz de mi sexo, en las inmediaciones de la bolsa genital, entre ésta y el ano, asciende hacia el glande rozando al pasar mi escroto, cuyos pelos se erizan por el estremecimiento nervioso de los testículos, se desliza a lo largo de la vena azul, donde efectúa una parada para dar tiempo a los labios de mordisquear la verga haciendo, con este delicioso mordisqueo, que mi falo se ponga más tieso, que mi pene hinche un poco más y que yo me prepare para una caricia más estimulante. Los labios mordisquean el tallo, la lengua reanuda su ascensión hacia la parte superior de la columna y se detiene en el paso donde esta vez son los dientes los que, con golpecitos rápidos, excitan lo que yo llamo el clítoris masculino, ya saben, esa cavidad entre la base del frenillo y el cuerpo fálico propiamente dicho, bajo la verga, que forma como un nudo… Siento cómo mi cuerpo se pone rígido, mis riñones se hunden, abro todavía más el compás de mis piernas, espero con gozo el instante preciso en que mi subconsciente despegará, el instante en que Bella cerrará sus labios sobre mi sexo.

Ella acaba de cerrar su boca sobre mí aparato sagrado; sus labios húmedos, que aprietan suavemente mi carne, empiezan a subir y bajar por el tallo, provocándome la ilusión de disfrutar de un coito dentro de una alcoba de dulzura infinita.

Pero ella ya relaja su opresión labial, su boca ya vuelve a explorar mi amor, ahora orgullosamente erguido, se desliza hacia la base, la punta de su lengua roza el pico de Venus, sigue bajando, llega al escroto, por el que pasa sin detenerse, alcanza por fin el ojo del ano y allí, apostándose muy hábilmente, encorvándose en forma de rodillo (como sólo ella sabe hacerlo al contraer la lengua), penetra mi ano muy profundamente, tan adentro, que me parece ser sodomizado por el miembro de un niño. Yo no soy del género homo; si bien soy pederasta porque me gusta follar a una mujer por el ano, si no desprecio un beso negro, jamás se me ha ocurrido, acoplarme con un hombre. En cambio, si una mujer experta como son Bella o Tanya, mi amante habitual, me folla con su lengua mimosa, me dejo hacer y obtengo placer.

La puntita hunde su mucosa en mi conducto anal y al mismo tiempo, tras sujetar mi miembro con una mano cariñosa, ella lo masturba, casi logrando por dos veces hacerme eyacular al vacío. Por fortuna, yo sé controlar mis sentidos, consigo siempre retardar el instante en que brota mi esperma.

Bella conoce su tarea, por así decirlo, y prosigue su sodomización lingual, aprieta un poco más mi sexo entre sus dedos hechiceros, sacándome ya algunas gotas de esperma. Entonces, no queriendo gozar en el vacío, me libero de sus caricias, me coloco de un salto encima de ella, le separo los muslos y pego mi boca a su vagina, todavía viscosa y llena de esperma de la lucha precedente.

Parece que Bella no esperaba otra cosa. Tan pronto como su clítoris queda aprisionado entre mis labios, todo su cuerpo se arquea y un chorro de líquido se escapa de su ardiente alcoba, un chorro que me apresuro a recoger con la lengua para no perderme ni una sola gota. Cuando he apurado el último sorbo, vuelvo al clítoris, tan erecto, tan sensible también, puesto que Bella gime como una niña sometida a un martirio, quiere escapar de mis lamidos, pero yo la mantengo bien sujeta después de hacer pasar mis brazos, y luego todo el busto, por entre sus muslos, mi boca adherida a su vulva, ella no puede escapar a mi beso perverso, obligada a soportar las succiones que efectúo en su tallo sensible.

Es entonces cuando ella apresura su felación para acortar su suplicio, un suplicio sin duda delicioso, ya que hace perder la razón y provoca unos espasmos nerviosos tan deliciosos como un goce físico, pero suplicio al fin y al cabo, por cuanto desquicia los nervios. Ella bombea con avidez el miembro que le he incrustado en la boca, sus dientecitos de loba mordisquean la punta de mi pene, aspira con fuerza, me agarra las pelotas, me hunde un dedo en el ano y entonces la pequeña ramera alcanza su fin. Yo no puedo resistir el bombeo unido a la sodomía digital. Mi autocontrol ha sido vencido, y un potente chorro de esperma brota fuera de mi glande y desaparece en oleadas dentro de su garganta, ávida de esta secreción lechosa. Bella engulle golosamente mi goce y sigue bombeando. Pero esta vez soy yo quien escapa a su ventosa: mi carne, irritada, no puede soportar más.

Tendidos uno junto al otro, con la respiración regular, disfrutamos de un merecido descanso.

Ahora que ha renacido la calma, que mi sorpresa al ver a Bella ya se ha extinguido, evoco el pasado reciente y mi encuentro con ella.

Yo era un poli; ya me disculparán si esto no es ninguna referencia, pero especificaré que era gendarme, un poli de moral irreprochable, recto en el deber, fiel, hasta un poco demasiado, a las tradiciones. Así pues, militando en ese cuerpo de élite, siendo jefe interino de una bridada perdida en las montañas de Lozère, entre la Gargeride y el Aubrac, una mañana de invierno fui avisado por una afligida mamá de que su hija Bella, de diecinueve años (la mayoría de edad era aún a los veintiuno), había desaparecido aquella noche. Desde que se había marchado a un baile a las 21 horas de la víspera, no había regresado al domicilio paterno.

En esos países pequeños, los gendarmes tienen la suerte de SABERLO TODO. Enseguida supe en qué dirección debía conducir mis investigaciones, y ese mismo día encontré a la joven fugitiva en casa de su amiguito, en una cabaña del Gévaudan.

Para llegar hasta esa cabaña, mi compañero y yo tuvimos que esquiar durante cuatro horas campo a través, sobre nieve en polvo, un esquí de fondo cuyas características extenuantes son bien conocidas por los especialistas que lo practican. Bella se había marchado del baile con Seth, un pastorcillo de veintidós años que mantenía muy malas relaciones con su padre, un dictador recalcitrante, fiel también a las tradiciones ancestrales y que, para castigar a su hijo por un desliz de juventud, le obligaba a vivir todo el año entre el rebaño bovino, su perro, un hornillo de gas, una mesa, dos sillas, un viejo colchón y las consiguientes mantas para combatir el frío siberiano que reina durante el invierno en esos pagos olvidados de Dios. Para comer, pan y queso, y para beber, agua. El muchacho solo tenía permiso para ausentarse de su cabaña una vez por semana, el domingo, para ir al baile.

—Bella, pequeña, debe volver a casa. Su madre está preocupada, y me temo que su padre tomará otras medidas.

La chiquilla, sin decir nada, bajando la cabeza, aceptó el par de raquetas que le habíamos llevado y nos siguió hasta el jeep, abandonado a ocho kilómetros de aquel lugar.

Mi compañero, que conocía mi influencia sobre las chicas de la zona (no en vano las gentes de la región me calificaban de «caballero»), no decía nada. Había visto, igual que yo, la mirada que Bella había clavado en mí. La chica tenía fama de inteligente, pero también de fogosa, por lo que ya no debía de ser virgen, y yo esperaba ocuparme activamente de lo que quedaba de su virtud. Ya me comprenderán: el futuro con un pastor como Seth no podía aportar nada a esa muchacha, mientras que aleccionada por mí sobre las cosas de la vida… Sí, para ser un gendarme, poseo bastantes conocimientos…, pero por más recto y honesto que fuera en el cumplimiento del deber, me mostraba muy vulnerable a los placeres de la carne. Los caminos del sexo son inescrutables para la razón. ¡Gracias a Dios!

— ¿De modo que ya has abandonado tus aspiraciones de ser una gran estrella de la canción?

Yo tuteaba a casi todas las chicas de la región. A mis treinta y siete años, habría podido ser su padre…

—No, pero mi viejo no quiere que vaya a Paría a probar suerte, y mi madre tampoco está muy convencida, tiene miedo de que me coja por banda un hampón y, en vez de subirme a un escenario, me ponga en una esquina.

—Claro… Eso es que tu madre ha ido a París y sabe lo que se cuece allí… ¿Eres virgen?

—Vuelva a insultarme y le arañaré.

—No te enfades, bonita; si no eres virgen, me interesas… Eso es todo.

—No se burle de mí. Sé que usted ya es gato viejo para que una chica como yo pueda interesarle.

—Mira, me gustan las jovencitas, y aunque como tú no sean demasiado expertas en la materia, su belleza y buena voluntad pueden compensar su inexperiencia. ¿Qué te parecería si te convirtiera en una chica moderna, una chica que ya no tendría miedo de enfrentarse a un amante y de parecer una tonta, como suelen serlo la mayoría de muchachas?

Mirando hacia un lado, Bella dirigió mi atención hacia mi colega, quien, aparentemente sordo a nuestra conversación, conducía el jeep con destreza a través de la nieve acumulada, a menudo difícil de franquear, pese a circular con cadenas en las cuatro ruedas.

—No temas, Jacob es la discreción personificada. Ya tiene bastante con su amiguita como para ocuparse de las mías.

Aprovechando el ruido infernal del jeep al atravesar una barrera de nieve particularmente hostil, Bella, con una sonrisa maliciosa en los labios, me susurró:

—Una amiguita de la que usted se habrá ocupado un poco antes de dársela.

—Eso es cosa del pasado. Ahora mismo, tú eres la única que ocupa mis pensamientos… Y…

— ¿Sus pensamientos?… ¿Nada más?

Ella se echó a reír con una risa gutural enloquecedora para un hombre, ya bastante excitado por el cariz que estaba tomando la situación.

Ya la tenía en el saco. Me levanté del asiento delantero y me reuní con Bella en el de atrás. Allí, sin más preámbulos verbales inútiles, tomé su cabeza entre mis manos y pegué su boca a la mía. No fui yo quien se acercó a ella, sino que la atraje hacia mí, para comprobar su grado de resistencia.

De resistencia, nada. Pero de respuesta al beso, mucha.

Ella besaba como una tonta, dejándome follarle la boca con mi lengua ágil, Entonces deslicé mi guante forrado sobre la tapicería del jeep, y mi mano desnuda bajo la falda de Bella. Ella quiso juntar los muslos, pero demasiado tarde: mis dedos ya habían alcanzado su leotardo, que desgarré para abrirme paso hacia sus braguitas. Unas braguitas secas, que ninguna emoción había ensuciado. Curioso…

Esta vez estuve a punto de dejarlo, porque si después de un beso, ese inicio de violación consumada por el desgarramiento del leotardo, la chica no se mostraba excitada, es que debía de ser frígida. Mi lengua seguía follándole la boca, y tuve la suerte de encontrar su lengua, que empezaba a activarse. Ella era realmente muy torpe en el arte del beso, pero su buena voluntad lo compensaba, y pronto nos unió una deliciosa hora a boca. De humedad, nada; de emoción, un poco, traicionada por la respiración que se agitaba, y esos malditos muslos que se empeñaban en cerrarse… Un poco disgustado, le pellizqué la entrepierna y, esta vez, las piernas se abrieron. Con el dedo medio, hurgué como un grosero dentro de la alcoba, por fin húmeda.

¡Mierda! ¡El himen!

— ¿Me tomas por un estúpido? Eres virgen.

Y ya está, se echó a llorar como una magdalena. Maldita sea, si hay algo que me horroriza, es ver llorar a una chica.

—Snif…, yo…, snif…, soy virgen, es verdad.

— ¿Por qué me engañas entonces?

—Si tú…, si usted…

— ¡Tu!

—Si tú lo hubieras sabido, ¡no habrías hecho esto! Entonces… Snif…

— ¡Bueno! ¿Y si, creyendo que ya habías sido desflorada, Jacob y yo te hubiésemos poseído aquí, en la nieve, sin preocuparnos de tu virginidad…?

—Bah… Sea hoy o mañana, quiero perderla, y como quisiera que fueras tú… ¿entiendes?

—Entiendo… Pero ¿sabes una cosa?, a mí, las flores de azahar…

—Si dejo de ser virgen, ¿me poseerás?

— ¡Mierda!

Llevamos a Bella a casa de sus padres, en Javols, pero, una vez allí, ni mamá ni papá quisieron saber nada de su hija fugitiva.

—Devuélvanla allí donde la han encontrado, a esta fresca —ordenó papá.

—Ya no eres hija mía —lloriqueó mamá.

Y aquí nos tienen, Jacob y yo, a cargo de una virgen de la que ni él ni yo teníamos intención alguna de aprovecharnos.

De regreso al cuerpo, telefoneamos al oficial de la compañía.

—Esta noche ya es demasiado tarde para solucionarlo, custódiela en su casa, confíela a su mujer, y mañana notifique a las autoridades locales.

Dicho en otras palabras: «Búscate la vida, amigo. Si surgen problemas, allá tú, que no has entendido las órdenes». La gendarmería también es esto: un cuerpo de policía donde se dejan las responsabilidades al subordinado. Si éste las asume con éxito, carta de felicitación y puntos para un ascenso; si fracasa, la suspensión de rigor. Les presentaré a mi concubina, Tanya. Rubia como el trigo, con ribetes de ramera, y los ribetes son gruesos…, ella ha sabido, desde el principio de nuestro concubinato, darme los placeres más deliciosos que puedan existir.

Y, esa noche, le presenté a Bella. Mi amiga se dio cuenta enseguida de una complicidad tácita entre la fugitiva y yo. Con un suspiro, me preguntó si esa noche debía ceder su sitio en el lecho pseudoconyugal.

Tanya comparte mis gustos por los juegos entre amigos, no le importa que yo invite a nuestros conocidos para que, entre personas inteligentes, intercambiemos ideas y… parejas. A raíz de estas orgías nos sentimos cada vez más enamorados el uno del otro. Es este el interés que reside en los intercambios: acercar a los esposos, que, cómplices de sus locuras mutuas, se admiran cada vez más y encuentran su relación cada vez mejor.

Los intercambiadores no me contradirán.

—No, ella es virgen, no desea seguir siéndolo e incluso me habría escogido para poner fin a ese estado físico deplorable. Sólo que a mí no me interesa mientras ella no resuelva su situación.

—Bah, a los diecinueve años no hay demasiado riesgo. Vamos, querido, esta noche yo te la prepararé moralmente, y luego tendrás que cumplir con tu deber como hombre.