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Esa noche me habían designado para una visita de inspección a la comisaría con otro gendarme que no era Jacob y, a pesar del cansancio consiguiente a ocho horas de esquí, decidí salir. Sobre todo para dejar tiempo a Tanya de preparar moralmente a la chica, ya que había dado a entender a mi concubina que deseaba su presencia en la cama cuando yo desflorase a Bella. Así pues, Tanya debía preparar a Bella en presencia de un testigo para su gran evasión…

Terminé el servicio a medianoche y regresé al apartamento. En el dormitorio se oían cuchicheos, risas de muchachas con cosquillas. ¿Acaso Tanya, siendo lesbiana, se había aprovechado de la ingenuidad de Bella para convertirla al safismo?

Entré en la habitación. Las dos hembras estaban acostadas en la cama, desnudas, con las piernas separadas, cogiéndose cada una los senos a manos llenas.

Por supuesto que he visto a otras, pero al ver a esas dos admirables ninfas en traje de Eva, una tan morena como la otra rubia, esculturas perfectas, ni un solo gramo de grasa en los muslos, cinturas estrechas, pechos redondos como frutas apetitosas, pezones morados, vientres lisos, caderas de curvas perfectas, uno las habría imaginado talladas por el mismo escultor o fundidas en el mismo molde.

—Oye, Edward —me dijo Bella sonriendo—, no me habías dicho que Tanya era tortillera. Si le hubiese dejado hacer, habría terminado la noche con ella. Pero tranquilízate, que aún no ha nacido la chica capaz de seducirme. Hembra quiero ser, y hembra seré. Ven con nosotras, que ya estoy harta de ser virgen.

— ¡Ni hablar! —La interrumpió Tanya—. Yo estaré con mi hombre antes que tú.

—Sí, sí, ya lo he entendido… ¿Sabes, Edward?, tu mujer te ama… O, por lo menos, lo finge muy bien.

¡Plas!

— ¡Vaya! ¿Te has vuelto loca? —rugió Bella, frotándose la mejilla que acababa de recibir una torta magistral.

—Basta, chicas. No temáis, que ya sabré recompensaros a las dos.

De hecho, si, convencido de la virginidad de Bella, de la complicidad de Tanya en el asalto a la inocencia que se me ofrecía, no hubiese estado excitado como un ciervo, creo que esa noche no habría deseado otra cosa que abandonarme en los brazos de Morfeo, de tan reventado como estaba por las ocho horas de esquí efectuadas durante el día.

Pero el hecho de saber que una virgen estaba impaciente por conocer mi ley, que esa noche iba a poseer una flor de azahar en presencia de mi amada concubina, el imaginar que sería ella, Tanya, quien tal vez abriría los labios de su joven amiga para facilitarme el acceso, me ponía caliente como un toro. Cuando me bajé los calzoncillos, apareciendo desnudo ante las dos bellas mujeres, orgulloso del regio miembro que les mostraba, la mayor tuvo un estremecimiento, y la más joven soltó un grito de sorpresa al ver, aparentemente por primera vez en su vida, a un macho en todo el esplendor de su virilidad.

— ¿Es…, es… con eso?…

—Sí, querida, es con eso que va a hacerte mujer, es con eso que va a entrar dentro de ti, primero por delante, luego por la boca y, al final, por el ano, pero no todo en una noche… Ya verás, Edward folla duro, es una sensación divina.

— ¿Folla duro?… ¿Por qué, acaso hay hombres que follan blando?

—Así es… Los que tienen una verga larga, demasiado larga para mantenerse dura. Como ves, él tiene un sexo grande, pero sólo lo bastante largo como para mantenerse erecto durante todo el acoplamiento.

Se volvió hacia mí:

—Ven, querido. Enseñaremos a esta potrilla cómo sabemos hacer el amor.

Dicho esto, mi tierna amiga abrió más ampliamente su compás carnal, en el centro del cual se me exhibía la concha rosa de una feminidad empañada de rocío y que, en su parte superior, dejaba asomar un bolón erecto a pedir de boca y para el cual yo reservaba siempre besos prolongados.

Me abalancé prácticamente sobre la cama. Ellas se separaron para hacerme un hueco entre las dos, pero esto no serviría para dar a Bella una perfecta visión del dúo que Tanya y yo queríamos ofrecerle. Entonces Tanya se colocó en el medio y, desde ese momento, sin detenerme para nada en mi progresión perversa, me ocupé de mi tierna amiga.

Hicimos como si hubiésemos estado solos. De hecho, ¿acaso los enamorados no están solos ni el mundo, incluso rodeados de gente?

Estrechando a Tanya con el brazo derecho, colocando mi mano izquierda sobre su pecho, acerqué la boca a ese hermoso fruto purpúreo que son sus labios. Ella los abrió antes de que yo los alcanzara, y Bella pudo ver mi lengua uniéndose a la de mi amante. Al mismo tiempo que se mezclaban nuestras salivas, mi mano izquierda descendía por el busto, por el vientre liso, rozaba el vellocino de oro, y un dedo extendido hacia delante se incrustaba en la garganta carnal. Allí, el dedo encontró un túnel ya viscoso de emoción, en el que se deslizó.

De pronto Tanya, excitada como estaba por la situación particularmente erótica en que nos encontrábamos, empezó a gemir como una hembra en celo. Su pelvis se movía y oscilaba como una larga serpiente flotando en un mar agitado; separando aún más las piernas de su compás, se abría y daba golpes de riñón hacia delante, tratando de hacer entrar más profundamente mi dedo en su cueva de amor.

—Mmm…, querido, qui…, quisiera… que, que me…, me chuparas…, ¡oh, sí! Amor mío, tu boca, tu lengua en mi minino… y… dame también tu cola. Sí, querido, ¡pronto!

¿Cómo resistirse a tales súplicas? Díganmelo.

Así pues, me acosté sobre mi hermosa yegua. Ella levantó las rodillas, dobló las piernas y me ofreció su escudilla. Pongo a Dios por testigo que esa es la caricia que prefiero dar de todas: besar, chupar, mordisquear, beber a lengüetadas, lamer una vulva tibia y rosada, sentir debajo de mí a la hembra excitarse, gemir, suspirar, jadear, chuparme obstinadamente como si quisiera desencadenar mi espasmo en el mismo segundo en que va a estallar el suyo.

Tanya, con la boca llena de mi erección, su higo comido y chupado, perdía la razón visiblemente. Los sonidos sordos que escapaban de su boca repleta, los movimientos desordenados que hacía para pegar aún más su sexo a mi boca si eso fuera posible, la corriente viscosa y deliciosa que fluía de su vagina inundada de emoción, todo hacía presagiar que su orgasmo estaba próximo.

Excitado desde esa tarde, engolosinado por la idea de la presencia de Tanya en el transcurso del desfloramiento de Bella, yo me hallaba en plena forma; tan excitado que, tan pronto como Tanya me descargó su deflagrante humedad en la garganta, noté cómo se me hinchaba el glande y un fogonazo que recorría todo mi falo.

Normalmente, Tanya conserva largo rato el esperma en su boca, como para saborearlo antes de tragarlo, pero, esta vez, yo apenas había recuperado el sentido después de un placer tan intenso cuando tuve la sorpresa de ser rechazado por mi amante, que, ágil como una anguila, se precipitó sobre Bella.

La chica tardó en comprender lo que le iban a hacer. Tanya pegó la boca a la suya, y yo vi, extasiado, cómo mi concubina insuflaba con fuerza mi esperma en la garganta de la joven aprendiz.

Mientras Bella no hubo engullido mi simiente, Tanya mantuvo sus labios adheridos a los de la muchacha. Vi que mi amiga soplaba, como para obligar al cremoso obsequio a descender.

Por fin, vi cómo mi futura amante tragaba la totalidad de mi placer con una sonrisa en los labios, Tanya quiso prolongar ese beso en el que su temperamento lesbiano debía de complacerse, pero Bella la rechazó con vigor.

—No, Tanya, no, yo no seré nunca una tortillera, ni siquiera contigo, que me caes muy bien.

—Idiota, no sabes lo que te pierdes… Cuando Edward te coma la almeja, ya verás cómo te gusta. Pero debes saber que con una mujer es mucho mejor.

—Puede ser… Quizá tengas razón, pero no me gusta… No puedo aceptarlo, por más que me esfuerzo por hacerlo desde la primera vez que has intentado…

— ¡Bueno, bueno! Ya vale, para el carro —la interrumpió Tanya, quien no soportaba que Bella le recordara su fracaso en mi presencia.

¿Por qué trataba Tanya de seducir a esa muchacha todavía virgen? ¿Para alejarla de mí? Sin embargo, yo no veía nada en la actitud de Bella que pudiera suscitar celos en Tanya. Es cierto que sólo soy un hombre y Tanya ya había detectado el amor que Bella sentía por mí, mientras que yo lo he comprobado mucho más tarde, incluso demasiado tarde.

Interrumpí bruscamente su discusión colocándome esta vez entre ellas y, de espaldas a mi legítima, tomé a Bella entre mis brazos. Acurrucada contra mi cuerpo, con su vientre ligeramente prominente pegado a mi renaciente erección, sus redondos senos oprimidos contra mi pecho velludo, ella acercó la boca a mi oído pura murmurar tiernamente que me amaba y que deseaba ser poseída por mí.

—Deja que te prepare un poco, gatita, ya que has rechazado los preparativos que Tanya le ha ofrecido y que…

—No. Viendo cómo chupabas a Tanya, y cómo te chupaba ella, y tragando tu esperma, a la tuerza, lo admito, eso me ha puesto en condiciones y… tócame un poco, ya verás que estoy lista.

En efecto, estaba lista. Aunque físicamente seguía siendo virgen por unos instantes, moralmente estaba entregada, y su líquida emoción impregnó mi dedo cuando lo alojé en su coño, caliente como un brasero.

No tenía más que acostarme sobre ella, acercar mi pene a sus labios vaginales y empujar. No había duda de que ella lo tomaría sin siquiera gemir, pero yo, un pobre latino escrupuloso, no acababa de aceptar la idea de poseer a esa niña como un grosero. De hecho, ya me costaba trabajo imaginarme follando a una prostituta de ese modo, y cada vez que lo había intentado no había logrado gozar. Ahora bien, Bella no era una prostituta, sino una jovencita un tanto traviesa, pero ingenua, pura de cuerpo si no de espíritu. Yo no podía cubrirla, tomarla y gozar de ella, aun cuando ella obtuviera placer.

Tanya, que conocía mi galantería en este aspecto, comprendió enseguida qué me reprimía. Mientras que Bella trataba desesperadamente de deslizarse bajo mi cuerpo, yo, reticente, pasivo e inerte, se lo impedía.

—Mira, Bella, no hay que entregarse nunca a un hombre si éste no te ha acariciado primero, acariciado e incluso chupado, porque, ¿sabes?, un hombre no obtiene placer poseyendo a una chica joven como lo haría con una profesional. Incluso deberías resistirte si no tiene la corrección de mostrarse amable contigo.

Bella comprendió muy pronto las explicaciones que le suministraban, esta vez quizá comprendió con mayor rapidez, puesto que Tanya todavía no había terminado de hablar cuando la chiquilla pegó su boca a la mía, me ofreció su lengua, tendió su cuerpo a mis caricias y, tomando mi mano libre, la puso sobre su vientre, entre el ombligo y el pubis. Yo era muy dueño de subir hacia los senos o bajar hacia el templo de los amores.

Siempre me ha gustado la manera de besar de Bella. Mientras que la mayoría de mujeres se contentan con abrir la boca para recibir la lengua del hombre y no empiezan a jugar con su propia lengua hasta más tarde, cuando ya están a punto de quedarse sin aliento, Bella entrega enseguida su lengua y no acepta la intrusión de la del hombre hasta más adelante. Es, por lo demás, el modo de actuar de todas las grandes enamoradas. Por supuesto que Tanya forma parte de esta categoría.

¡Dios, qué placer sentir una lengua caliente y ágil en tu boca! Tu lengua juega con la visitante, la provoca, la lame, la atrae para rechazarla, es algo delicioso y muy excitante. A mí me encanta.

No amasé mucho tiempo los senos de la morenita, Ella se retorcía, efectuaba algunos movimientos desordenados, como si me invitara a dejar su pecho tranquilo para ocuparme más pronto de su precioso minino, que bostezaba de impaciencia.

Deslicé la palma de la mano sobre el busto, el vientre y, por último, el sedoso pubis de mi joven alumna. Una vez allí, me detuve para juzgar la impaciencia de la chiquilla. Ella sacudió el vientre hacia delante, y mi mano resbaló con toda naturalidad hacia la tibia guarida. Ciertamente, Bella no mentía. Estaba lista.

Tuve la deliciosa sensación de descubrir con el dedo una secreción vaginal que lo atestiguaba mejor que las palabras de loca excitación de la joven virgen.

Una virgen que se entregaba con toda el alma al hombre, al macho que ella había elegido y que, orgulloso de esta elección, se aprestaba a la estocada con toda la delicadeza, pero también con todo el ardor de que era capaz.

Bella estaba mojada a más no poder. Impaciente por ser cubierta y abierta, esta vez ya no esperó a que yo diera un paso suplementario sino que fue ella quien, con su juvenil pasión, me rechazó, me hizo tenderme boca arriba y, con un ágil salto de cabrita, me montó.

—Ahora, querido, ya no puedes resistirte más, estás cachondo, me deseas, yo me muero de ganas de entregarme y… seré yo quien, en lugar de acogerte, voy a tomarte. — La voz de la muchacha era ronca, sus ojos estaban turbados, un rubor anormal coloreaba sus mejillas, sus húmedos labios parecían abrirse penosamente para dejar paso a las palabras. Sí, Bella me sorprendió esa noche, como de hecho seguiría sorprendiéndome más tarde.

Tanya sonreía, burlona al verme subyugado por una mocosa y admirada por Bella, quien, para tomar el mazo de dimensiones considerables que yo le ofrecía, no vacilaba en quemar etapas. En una situación en la que no pocas pavitontas se habrían mostrado reacias y temerosas, y habrían hecho todo lo posible para retardar el desenlace, Bella, en cambio, se daba toda la prisa del mundo.

Pero fue Tanya quien acudió en auxilio de la pequeña. En efecto, Bella no conseguía sujetar con los labios mi pene hinchado, demasiado móvil debido a mi excitación. La chiquilla estaba en cuclillas sobre mi bajo vientre, necesitaba las dos manos para mantener el equilibrio, y yo, un poco perverso, no hacía nada por ayudarla. De modo que cada vez que ella encontraba el extremo de mi falo, cuando empezaba a bajar sobre él para insertárselo, el sexo, demasiado viril, sacudiéndose de excitación, se salía de sitio y se escurría más arriba o más abajo. Tanya, apiadándose de Bella, se inclinó hacia delante y me cogió la verga con dos dedos al mismo tiempo que abría los grandes labios de la chiquilla. Teniéndome inmovilizado, guio el templo de Venus hacia el pico erecto colocando una mano sobre las nalgas juveniles, y luego, cuando todo estuvo en orden, el falo inmóvil y apuntando hacia el cielo, la vagina situada en la vertical del glande, presionó suavemente sobre los riñones de Bella.

En esta ocasión, Bella me engulló con un solo movimiento. Mi pene, así tragado, logró atravesar la antecámara del amor hasta topar con el himen. Entonces Bella se detuvo. La observé atentamente y pude ver una leve crispación en su rostro cuando la cabeza del pene tropezó con la membrana virginal.

—Vamos, querida, es el momento decisivo —susurró Tanya, que no había pasado por alto la vacilación de Bella—. Si retrocedes, ya no tendrás valor para volver a empezar. Y, ¿sabes una cosa?, si fracasas esta noche, no aceptaré nunca más que Edward te toque.

—No te preocupes, mi bella rival —dijo Bella sonriendo—. No temas, que sólo me estoy, preparando.

Y ¡crac! De un solo golpe, sujetándome por la cintura, empujó hacia abajo.

Una mueca de dolor y luego, tras una sonrisa embelesada, con lágrimas humedeciendo su hermoso semblante y mordiéndose el labio inferior, Bella era mujer. Una niña se iba al mismo tiempo que una criatura más bella, más completa, nacía.

Bella no se movió durante más de un minuto. Yo respeté su inmovilidad. Con los ojos cerrados, tal vez saboreando la presencia de mi sexo dentro de ella, Bella parecía esperar quién sabe qué. De repente, abrió de nuevo los ojos; su mirada me turbó: una mirada de mujer enamorada, una mirada de hembra transformada por el amor. Sus labios se entreabrieron y, con una voz ronca que yo no sospechaba en ella, dijo:

—Ya está.

— ¡Querida!… Yo…

—Ahora —me interrumpió, —te toca a ti.

Se volvió sobre el costado, se tendió boca arriba, separó los muslos y, fijando la mirada en mi sexo, descubrió la sangre que la manchaba y sonrió.

In Salvaje, me has hecho daño… Ya lo ves, era realmente virgen. Vamos, querido, ahora soy tuya, fóllame y hazme gozar, siento que voy a subir al cielo.

No fue con violencia que la monté, sino al contrario, con una delicadeza infinita. No hacía falta lubricar mi sexo; su jugo vaginal, mezclado con la sangre, mantenía la polla húmeda. No tuve que esperar mucho para acceder a su paraíso, ella me ayudó lo mejor que supo y también fue ella quien, notando el glande en el linde de su boca íntima, se sacudió hacia delante para tomarme.

Me hundí hasta el fondo, hasta la raíz de mi sexo. Mi verga quedó atrapada en toda su longitud dentro de un estuche de terciopelo caliente. Creí notar sus pequeños músculos vaginales agitándose en torno a mi miembro para suministrarle un delicioso masaje, y tuve que esforzarme para no eyacular enseguida.

Habiendo logrado contener mi placer, inicié entonces un lento vaivén en el conducto ahora ardiente del sexo recientemente desflorado. Bella tenía los ojos cerrados, la cabeza vuelta hacia un lado, la boca entreabierta, los labios temblorosos, el cuerpo sacudido por intensos escalofríos. Había separado las piernas al máximo para acogerme y luego, una vez empalada hasta el fondo de su vagina, había vuelto a cerrar las piernas en torno a mis riñones, empujando hacia delante cada vez que yo hacía lo propio.

Tanya, que seguía con ojo clínico las transformaciones que se registraban en el rostro de su joven rival, sonriendo de dientes para afuera, no pudo evitar burlarse:

— ¿Qué te parece? ¿Virgen?… No sé. Fíjate en la muy marrana, no tardará en correrse.

En efecto, las paredes vaginales de mi joven amante ya se estrechaban en torno a mi sexo en movimiento, una humedad más abundante empapaba la funda en la que me hallaba, las piernas, pegadas a mis riñones, se cerraban un poco más, sus embestidas hacia mi amor se hacían más rápidas, más frenéticas. Bella jadeaba, gruñía como un animal martirizado; entre sus balbuceos, una palabra más clara:

—Querido… ¡Vamos

Y fui.

¡Ah, amigos míos! Búsquense una virgen, tómenla y consigan, igual que yo, hacerla gozar al mismo tiempo que ustedes; y no duden que se sentirán los seres más dichosos de la tierra.

Cuando Bella abría desmesuradamente la boca para exclamar su dicha en un tono gutural, yo sentí dispararse fuera de mi meato una larga eyaculación que me aturdió hasta tal punto, que me desplomé sobre mi joven compañera.

Confieso que esa noche no habría tenido el valor de retirarme a tiempo, tal como me aconsejaba la prudencia más elemental. Más tarde, es decir, a partir del día siguiente, Tanya suministró píldoras a Bella, quien desde entonces pudo recibirme sin temor. Pero aquella bendita noche, ni ella ni yo pensamos en el posible riesgo de embarazo.

Cualquiera estaría cansado por menos; me disculpé ante Tanya, que naturalmente trataba de despertar mi virilidad para obsequiarse a su vez con un merecido coito.

Bella se acostó en el cuarto de las visitas, y yo me dormí antes incluso de que mi legítima amante regresara del baño.

—Si esta noche vienes a vernos —dijo Tanya a nuestra joven amiga—, serás sodomizada. Pero quizá tus padres te vigilarán…

—Ni pensarlo —aseguró Bella entre dos tragos de café con leche—, me repudiaron ayer. Bueno, que se pudran en la granja criando vacas, que yo quiero vivir mi vida.

— ¿Qué quieres decir con eso? —Intervino Tanya—. No creo que puedas confiar en vivir eternamente con nosotros… Ya me entiendes, el trabajo de Edward por un lado, los rumores de la gente por otro… Y además…

—No temas, mi vida, que yo quiero ser una estrella de los escenarios, del music- hall, del mundo discográfico, igual que Sheila, Vartan, Sardou y otras figuras de la canción ligera. —Y añadió—: No saldremos hacia Javols hasta las nueve y sólo son las siete. Tenemos dos horas pura gozar un poco del placer. ¿Me permites hacer el amor con «tu hombre»?

Tanya se lo permitió, pero no sin una cierta reticencia traicionada por una mueca. Esa mañana parecía temer a Bella mucho más que la víspera, y le advirtió con una sonrisa un tanto cruel:

—Tienes razón, Edward va a gozar contigo en uno de sus placeres preferidos: te enculará esta mañana mismo. Si vienes esta noche, podrás pasar a la siguiente experiencia.

Bella, que se había levantado de la mesa al pedir permiso para hacer el amor, se había pegado a mí, que, con manos juguetonas, le había cogido los senos por debajo de la bata que le había prestado Tanya. Al oír la expresión «te enculará», sentí que Bella se ponía rígida junto a mí, y permaneció tensa durante toda la perorata de mi amiga.

— ¿Te has vuelto loca o qué? ¿Crees que voy a dejarme penetrar por detrás por primera vez por un sexo como el de Edward? Ya conoces ese glande-martillo, me destrozará.

—Bah, yo también era virgen por el ano cuando conocí a mi marido, y te aseguro que no llegué a morirme la primera vez. Ya verás, si él tiene la suficiente paciencia para prepararte bien, hasta correrás el riesgo de mojarte mientras te dejas socavar el culo. Pero no perdáis más tiempo y pasad a la habitación.

Como desde hacía unos momentos yo acariciaba delicadamente con una mano el pecho de Bella, y con la otra su hermoso mapamundi, debía de haber despertado su apetito, ya que ella se me escurrió para precipitarse hacia la habitación, se quitó la bata en un instante y se tendió boca abajo en la cama, con el trasero levantado y las piernas separadas.

Yo sólo llevaba puestos unos calzoncillos, y me desnudé tan rápido como ella antes de lanzarme al campo de batalla.

—Vamos, querido, ven a hacerme daño, porque sé que me harás daño, pero me importa un bledo. Antes de dejaros, quiero saber todo sobre el amor, tal como lo entendéis Tanya y tú.

—Y luego, hermosa zorrita —susurró Tanya al oído de Bella inclinándose sobre ella—, si quieres triunfar como estrella tendrás que estar rodada por todas partes.

— ¡Exacto! Vamos, Edward, encúlame enseguida.

Señoras, les habla el autor: diríjanse un día a su amante con estas palabras y ya pueden estar seguras de que él les mandará a paseo o bien les sodomizará como un soldado que viola a la hija de un enemigo.

Yo… jamás he forzado a una niña, por lo menos no más que a una mujer. Y no pretendía estrenarme esa mañana. Bella me inspiraba demasiado afecto, y yo me debía demasiado a sus futuros sentimientos como para ceder a su capricho. No, yo no quería empalarla como ella me invitaba a hacerlo; encularla sí, pero con suavidad.

Así pues, fue con cierta brutalidad que golpeé las hermosas posaderas que se me ofrecían, ordenando a aquella boba que se cubriera.

Pero no había tenido en cuenta a Tanya, que seguía fiel a su idea.

—Ah, no, amigo mío. Ella quiere que la encules, y yo te pido que lo hagas, y te ruego que no utilices ni un gramo de lubricante.

—Vamos, querida… No pretenderás que…

— ¡Mierda, mierda y mierda! O la enculas como ella y yo te lo pedimos, o te prohíbo que vuelvas a verla. Si no, me largaré a Aubrac, a casa de mis padres y… se acabó la bella Tanya, ya se la beneficiará otro. ¿Sabes?, después de seis meses en que me has follado por todos los agujeros, ya empiezo a estar harta… ¡Ay! ¡Oh!… ¿Es que te has vuelto loco?

Yo me frotaba la mano calentada por el par de tortas que acababa de sacudirle.

—Adelante, querida, lárgate, lárgate ahora mismo. Tu maleta está sobre el armario, aprovecha la ocasión, y deja las llaves antes de salir por la puerta.

Tanya, amansada, quiso asegurarme su amor, aclarar que estaba bromeando, pero me había herido en mi orgullo masculino y, pese a los tiernos sentimientos que me inspiraba, no di el brazo a torcer. Al cabo de media hora, cuando Bella había vuelto a vestirse y Tanya también, acompañé a esta última al garaje para quitarle las llaves después de que hubiese cogido su coche, un pequeño bólido italiano como los que sólo las «rameras» de su clase poseen.

Cuando regresé al cuartel, Bella ya se había acomodado en el jeep para ir a Javols a ver a sus padres. Esta vez la muchacha no pudo leer el menor indicio de bondad en mi expresión. ¿Acaso no era culpa suya que la mujer de mi vida acabara de dejarme? De repente, tomé una resolución sádica. Bella me las pagaría muy pronto.

Llamé a Jacob y le llevé aparte.

— ¿Has visto a la chica? Pues bien, hoy nos la tiraremos los dos a la vez si, como sospecho, sus padres vuelven a repudiarla. Si es así, ella quiere marcharse a París esta noche, pero antes nos la pasaremos por la piedra.

—De acuerdo, confía en mí. Tu piso no está muy insonorizado y lo he oído todo desde el despacho. No temas: estaba solo. Tanya se ha ido por culpa de esa chica, y yo te ayudaré a vengarte.

A la chita callando, Jacob y yo fuimos a casa a buscar ropa civil, sobre todo Jacob, quien no deseaba dar explicaciones a su mujer y, en lugar de coger el jeep, cogimos mi DS 21.

Como ya era previsible, en Javols no hubo nada que hacer. Los padres rechazaron a su hija, y el padre redactó un documento por el cual cedía a Bella completa libertad de movimientos y la responsabilidad sobre sus actos. Una emancipación un tanto somera, que Bella hizo avalar por quién sabe qué autoridad provincial en cuanto llegamos a Marvejols. Una emancipación que se había concedido de buena fe y aceptado como tal por su beneficiaría, feliz de poder volar con sus propias alas.

—Bueno, querida, ya eres libre. ¿Dónde quieres que te dejemos?

—Esta noche, hacia las nueve, sale de Marvejols un rápido a París. Hasta entonces soy toda tuya, querido.

—Mía y de Jacob, porque has de saber que mi colega es como un hermano: nos repartimos la buena y la mala suerte. Tú eres una buena suerte, y la vamos a aprovechar.

— ¡Oh! Pero… Tú, tú solo, dos hombres no. ¡Oh, no! Eso no.

—Vamos, deja de lloriquear. Vendrás con nosotros al hotel y, allí, prepara las posaderas, que las probaremos, y más de una vez.

—Seréis…, seréis buenos, ¿eh?

— ¡Y que Io digas! —Se burló Jacob—. Seremos buenos como los ángeles.

Bella se volvió hacia mí, como si esperase un estímulo para su abandono. Si no quería escandalizarla, tenía que mostrarme como un jugador limpio.

—Tranquilízate, pequeña. Ayer fui amable contigo, ¿por qué no tendría que serlo hoy? Además, Jacob no es un grosero; te follará como Dios manda mientras yo…

— ¿Tú?… ¿Qué…, qué harás?

— ¡Te encularé! Ahora ya lo sabes. Cierra la boca, que ya llegamos.

Sin ficha previa, entramos por una puerta oculta que daba al campo y pronto nos hallamos en la habitación. Asistimos al despojamiento, un poco forzado, de una Bella débil de carácter, sin una pizca de coquetería, y que se esperaba lo peor de aquellos dos sádicos.

—Discúlpame, pequeña, pero esta vez no habrá preámbulos. Esta mañana querías ser poseída por las buenas; ahora es el momento.

—Con suavidad, ¿eh? ¡Tengo tanto miedo…!

—Que sí, que sí, vamos, tiéndete sobre Jacob, toma su polla en tu minino y echa el trasero hacia atrás. Yo me mojaré la verga con saliva.

Y como ella parecía vacilar sobre la resolución que debía tomar, la cogí por los cabellos y la arrastré hasta la cama donde Jacob, ya desnudo, excitado como un ciervo, la esperaba.

Lloriqueando, ella accedió por fin a colocarse sobre el inopinado amante que yo le asignaba. Logró insertarse torpemente sobre el miembro erguido de mi amigo, un acoplamiento bastante inhábil debido a la sequedad de sus órganos en ese momento.

Yo la seguí a la cama. Apenas se había introducido el falo de Jacob hasta el fondo de su tierna vagina cuando yo me arrodillé detrás de ella, le separé las nalgas después de humedecerme el glande y luego, apuntando mi dardo tirante hacia su estrecho orificio, aferrándola por los riñones para mantenerla inmóvil, me hundí con un movimiento lento pero firme. Hasta la raíz de mi rabo.

¡Oh, amigos míos, qué dulce música era ese quejido desgarrador! Bella, a quien yo había prohibido gritar, apretando los labios, dejó escapar un prolongado gemido capaz de partir el corazón. Yo veía a la chiquilla desde mi posición, con la boca cerrada y mordiéndose el labio inferior con los labios, los ojos llenos de lágrimas, una figura descompuesta por el dolor.

Yo forzaba a una chica por primera vez en mi vida. Y en aquel preciso instante, juré que jamás volvería a hacerlo.

Con el falo atenazado por el esfínter forzado, pero todavía un poco rencoroso contra la pobre niña, la manejé a fuerza de brazos, adelante y atrás, sobre el doble acoplamiento.

Durante un buen rato Jacob y yo conseguimos demorar nuestro placer, durante un buen rato hice deslizarse a la hembra sobre nuestras respectivas virilidades, de manera que, incomprensiblemente, fue ella quien acabó por maniobrar sin mi ayuda, y pronto la oímos gemir en un tono en el que el dolor no tenía cabida. La maldita hembra consiguió, ignorándose masoquista, encontrar el placer en el dolor.