Durante todo el día, y también toda la noche, usamos y abusamos de la hermosa niña, un abuso que incluso terminó por encantarle, ya que al final fuimos nosotros, los dos valerosos adversarios, los que tuvimos que pedir clemencia. Pero ya era un poco tarde y cuando, al percatarnos de la hora, corrimos hasta la estación, era demasiado tarde: la luz roja del tren se alejaba en la gélida noche.
A velocidad moderada, por una nacional helada, regresamos al cuartel. Una vez allí, ¡sorpresa! Tanya, abrigada con sus fieles de visón, aguardaba en el umbral de la puerta de nuestra vivienda. Con lágrimas en los ojos, se arrojó en mis brazos en presencia de Jacob y Bella, quienes quedaron boquiabiertos ante aquella escena enternecedora como pocas.
Bella residió casi un mes en nuestra casa. Yo tenía dificultades para saciar el apetito carnal de las dos mujeres, y varias veces tuve que recurrir a Jacob para que me ayudara a calmarlas.
Tanya suministró píldoras a Bella, que así ya no corrió ningún riesgo. Pero no tardó en sentirse turbada ante el cariz de la ternura que nacía entre la muchacha y yo, y fue ella quien provocó la partida definitiva de la futura estrella, facilitándole incluso direcciones adonde ir a su llegada a la capital.
Así había comenzado y concluido mi aventura con Bella.
Acostado en la cama junto a ella, solté un largo suspiro. Tras seis meses de separación, casi me había olvidado de Bella. ¿Por qué había vuelto a mí? Entretanto, yo había renunciado a la gendarmería a cambio de un trabajo tranquilo, para mayor gozo de Tanya, quien desde entonces podía invitar cuando quería a los amigos que habíamos hecho y que compartían nuestros gustos en materia de intercambios.
— ¿En qué piensas, querido?
—En ti, querida, en nuestros primeros contactos… Y sobre todo en aquella tarde en Marvejols, durante la cual Jacob y yo abusamos de tu inocencia. Yo no creía que me lo perdonarías tan pronto.
—Tonto. Es cierto que abusaste de mi inocencia, pero sobre todo conquistaste mi amor. ¿Sabes, querido?, sea lo que sea lo que me hayas hecho o lo que me hagas, mi amor no se arrepentirá. Estoy dispuesta a todo para complacerte… Te amo.
—Bella, querida, cuéntame tus comienzos, tu trayectoria como cantante… Supongo que habrás tenido que acostarte con bastantes tipos para poder triunfar…
—Tipos y tipas… Sí, lo mismo que negué a Tanya he tenido que conceder a otras mujeres… Pero si quieres, te contaré toda mi vida con detalle, ya verás qué locura.
»Creo que es inútil extenderme sobre mi llegada a París, la búsqueda de una vivienda y mis intentos, a menudo infructuosos, de conseguir una entrevista con productores. Como habrás adivinado, antes de llamar a la puerta de los capitostes del show-business cuyas direcciones me había dado Tanya, traté en vano de introducirme por mí misma en este mundo corrupto. Pero no hubo nada que hacer, recibí la típica respuesta: "Deje su dirección y ya nos pondremos en contacto con usted", allí donde no se negaron en redondo a concertarme una cita.
»Entonces, maldiciendo la suerte que se ensañaba conmigo, saqué la libreta en la que Tanya me había escrito las direcciones y me presenté al primer señor de la lista.
»Un edificio suntuoso, moqueta por todas partes, varios despachos que cruzar antes de llegar al sanctasanctórum, un ejército de secretarias a cual más bella, que me miraban de hito en hito con una sonrisa entre chanzas y veras, un poco socarrona y horripilante, algunas incluso se permitían hacer comentarios halagadores sobre mi anatomía, y llegué por fin en presencia del Jefe
». —Hola, pequeña. De modo que eres tú la recomendada de Tanya. ¿Cómo está nuestra querida amiga? Espero que bien… Siempre tan bella, sí, no hay duda de que Tanya no puede envejecer ni afearse… Si fueses un hombre, te preguntarías si todavía folla tan bien… Aunque… Creo recordar que nuestra rubia amiga tampoco le hace ascos a la lencería rosa. Dime, ¿te has acostado con ella?
»¡Vaya!, por fin una pregunta a la que me dejaba responder.
»—Emm… No, señor, Tanya no me ha hecho ni la menor alusión a lo que usted dice.
»—Está bien, ya veo que mientes como una hembra de verdad. Me gustan las hembras. Supongo que tú lo eres…
»—Bueno… Ehm… Yo… En fin…
»— ¿Follas o no follas?
»— ¿Qué? Sí, claro, ¿por qué?
»—Muy bien. Pasa a la salita de al lado y desnúdate. Vendré enseguida.
»—Es que… Yo venía para…
»—Sí, para cantar, ya lo sé. Pero antes de cantar, preciosa, hay que subir al trapecio. Así pues, ¿follas o no?
»Cerré los ojos y pensé en ti, tan viril. ¿Iba a engañarte con aquel ser repugnante?
¡No! Pero ¿quería cantar, convertirme en una estrella? ¡Sí! Entonces, acallando mi repulsión, le miré directamente a la cara.
»—Sí, estoy dispuesta. Follaré. No tarde.
»Me mostró la puerta de su gabinete particular y me precipité al interior.
»Todo estaba previsto para las recepciones íntimas: un diván largo y ancho, cubierto con una enorme piel de oso blanco, inmaculada como la nieve; un bar bien provisto de toda clase de licores; una nevera, que abrí por curiosidad y en la que descubrí champán de la mejor marca; un pequeño cuarto de aseo con un bidé de porcelana rosa… En fin, todo estaba concebido para una casa de citas.
»Me desvestí a toda prisa. Una vez desnuda, dejándome puestos las botas de cuero negro, las medias y el liguero, como me había aconsejado Tanya antes de marcharme, me tendí en la cama.
»Tenía que estar húmeda para cuando él llegara. Entonces, cerrando los ojos, empecé a pensar en ti, en tus besos, tus caricias y también tu sexo, que creía sentir dentro de mí… Y eso, amor mío, te aseguro que bastó para mojarme.
»Cuando entró aquel cerdo, mantuve los ojos cerrados. Quería convencerme de que eras tú quien se metía en la cama conmigo, tú quien me cogía los muslos para separarlos, tú quien se acostaba sobre mí, tú quien ponía los labios sobre mi boca, pero ¡basta! La ilusión se quebró. Primero fue el peso, luego aquella boca pegajosa de labios adiposos, su aliento abrasador, sus dedos, que notaba ahora sudorosos y tibios…, todo me devolvió a la cruda realidad. Y cuando abrí los ojos para mirarle, estuve a punto de rechazarle, de tan descorazonada como me sentía y tan avergonzada como estaba de mí y de nuestro amor.
»Logrando vencer el asco que me invadía, jurándome que no volvería a pertenecer nunca más a aquel hombre repugnante, separé los muslos un poco más, esperando ser penetrada por un miembro proporcionado con el hombre.
»Pero a la hora de la verdad sólo me introdujo un pene minúsculo, que, comparado con el tuyo… Apenas si podía notar su miembro en mis carnes, que no entró mucho en mi cavidad y no debía de superar el diámetro del pulgar de una niña.
»En cambio, el tipo descargaba todo su peso sobre mí, resoplaba como un buey en plena labor, su pringosa saliva fluía a lo largo de sus labios colgantes y caía gota a gota sobre mi pecho, porque, acostado sobre mí, con su bajo vientre a la altura del mío, ni siquiera podía alcanzar mis labios para besarme. Y mejor así.
»A partir de ese momento comprendí que no te engañaba. Hacer el amor como un hombre como aquel era prostitución, y yo entiendo que una prostituta no engaña a su hombre.
»Por suerte, el tipo no debía de obsequiarse con gatitas de mi clase muy a menudo, o al menos eso creí en ese momento, porque más tarde me enteré de que todas sus bonitas secretarias pasaban por turnos por ese diván, en ocasiones hasta tres a la vez, y que, mientras él se follaba a una, las otras dos tenían que montárselo entre ellas para excitar al señor. En cualquier caso, fue un polvo rápido. No resistió mucho tiempo. Esperando al menos gozar de su lidia, obligué mis músculos a contraerse, y el tipo eyaculó de primera con un rugido espantoso.
»— ¡Vaya, preciosa! Tú sí que eres fuerte… Llegar a oprimir mi aparato como tú lo has hecho es una proeza, ¿o acaso te han desvirgado hace poco?
»—Sí, debe de ser eso. Me desvirgaron hace apenas un mes.
»—En cualquier caso follas bien… Con mi peso encima, has conseguido menearte. Me parece que voy a convertirte en una gran estrella.
»Idiota de mí, llegué a creerme sus camelos. Loca de gratitud, rechacé a Harry. Él se dejó caer boca arriba; parecía un cerdito patas arriba, con una muestra de verga no más grande que un dedal y tan larga como un minuto de amor… Dicho de otro modo, corta, cortísima… Incluso estuve a punto de echarme a reír.
»Con la boca abierta, me lancé sobre aquella menudencia. Me metí en la boca la verga y las pelotas. Mastiqué, aspiré, chupé, lamí todo aquel instrumental en miniatura; y cuanto más aspiraba yo, menos se agrandaba. Aunque estaba empinado a más no poder, ocupaba poco espacio en mi boca, hasta el punto de que apenas noté cómo se ensanchaba su glande en el momento del espasmo. Me lo tragué todo, el equivalente a una lágrima de cocodrilo, y me fui al bar para servir dos whiskies.
»—Uf, me has hecho gozar como un dios… Vuelve mañana. Te mandaré al estudio número 1, el de las debutantes. Ya tenemos la música y tengo una idea para la canción. Vendrás, ¿eh?… Ahora ve a acostarte, que son casi las nueve y mañana tengo trabajo.
»Y, como dice Michel Sardou en su canción: "Una vez en el taxi, su carrera ha terminado", porque a la mañana siguiente, cuando llamé para preguntar la hora de la entrevista, que Harry había olvidado decirme, su "secretaria particular" me respondió que el señor Clearwater me daba las gracias por la agradable velada que había pasado en mi compañía, pero que le resultaba imposible dar curso a sus proyectos con relación a mi carrera. Y aquella zorra, con una voz dulzona, del tipo "me caes simpática y voy a ayudarte", me aconsejó que fuese a ver al señor Caius Vulturi de su parte. Crítico influyente, el señor Vulturi sabría adónde dirigirme y de qué manera.
»Anotada la dirección, cogí un taxi. No eran más que las 9 de la mañana.
»El despacho del crítico se encuentra en el cuarto piso de un hermoso edificio de la calle Rochefoucauld. Ascensor, anchos pasillos profusamente iluminados, hasta el punto de hacer creer que el ahorro energético sólo se estila en provincias, puerta acolchada, placa de mármol blanco grabada con letras doradas: "VULTURI, Caius, crítico".
»Pulsé el timbre. Una mujer pequeña y morena, muy bonita y bien formada, me abrió sonriendo. El brillo de sus blancos dientes iluminaba su sonrisa, ya radiante de por sí.
»No me dejó hablar.
»— ¡Ah! La señorita Bella… Maryse, la secretaria del señor Clearwater, me ha anunciado su visita. Entre, el señor Vulturi la recibirá enseguida.
»"Vaya —pensé—, ya has vuelto a meterte en una emboscada". Porque te aseguro que nada más entrar en la casa del crítico, tuve el presentimiento que del gabinete de Clearwater al piso de Vulturi no había más que un paso y muy poca diferencia.
»En realidad, la diferencia era considerable. Si con Harry Clearwater sólo había conocido una "monta" chabacana y una chupada clásica, con el tal Vulturi y la zorra de su mujer, Athenodora, la cosa iba a ser muy distinta…
No es que su relato fuese muy excitante, pero experimenté un loco deseo de poseer a la tierna Bella y, al cabo de un momento, la provoqué con la punta de los dedos, describiendo con la diestra largas caricias entre la entrepierna y el pecho de mi bella amante.
La recorrió un largo estremecimiento, y ella se acurrucó entre mis brazos.
—Querido, antes de proseguir mi historia, tómame. Tengo ganas de ti, ¿sabes?
No respondí; ¿para qué? Mis gestos inmediatos fueron la mejor respuesta que podía darle. Mi exacerbado deseo se pegó a su vientre, ella separó lentamente los muslos, mi sexo se deslizó en las tibias intimidades, se escurrió entre sus grandes labios y, acto seguido, mi falo se bañó en un estuche ardiente y empapado de espeso jugo vaginal. Acostados de lado, cara a cara, permanecimos inmóviles un buen rato, saboreando cada cual la dicha de poseer al otro.
Yo me hubiera pasado horas así, sin moverme, feliz simplemente de tener mi virilidad escondida en la vulva caliente, de notar los músculos vaginales de Bella palpitando y dando un masaje a mi sexo. Pero ya conocen a las mujeres; son raras las que se contentan con un abrazo inmóvil. Lo que quieren todas es un «deshollinamiento», golpes de riñón por parte del macho al que se entregan, idas y venidas rápidas de un miembro erecto en el interior de su túnel íntimo, idas y venidas de un glande que las atraviese sin violencia desde la entrada hasta el fondo de la vagina, impulsos fálicos ante los cuales se creen perforadas, bajo el yugo de los cuales se creen desfallecer y morir de placer.
Bella no era la excepción a la regla. Como buena hembra, pronto cansada de ese coito demasiado tranquilo, y adivinando que yo no haría nada por alterar la situación, me empujó hacia un lado, me montó y fue ella quien se impulsó arriba y abajo, sobre mi espléndida erección.
Me miraba sin pestañear, sus fosas nasales palpitaban, sus mejillas se sonrojaban, su frente se cubría de gotas de sudor, su vientre se hundía, pero en ningún momento ralentizó su fantástica cabalgada.
Luego una crispación deformó sus rasgos, su boca se abrió, sus ojos parecieron salirse de las órbitas, su mandíbula tembló, ella palideció y empezó a balbucir palabras ininteligibles. Detuvo su carrera en seco, me miró fijamente, pareció estar a punto de desmayarse y, luego, un grito, casi una profesión de fe:
— ¡Edward, te amo!
Se desplomó sobre mi cuerpo, anonadada de lujuria y vencida por el placer que yo le había proporcionado.
Ver a Bella gozar como acababa de hacerlo bastaba para colmar mi felicidad. Decidí, pues, aguardar hasta más tarde para apaciguar mi deseo. Dejé que recobrara la conciencia acariciándole el pecho, fortalecido por su reciente excitación, y cuando volvió a abrir los ojos y me miró con toda la gratitud de una hembra satisfecha por el hombre al que ama, le sonreí y la atraje hacia mí.
Ella me devolvió el beso con un ardor digno de la más experta de las bacantes, suspiró, se levantó para mirarme de nuevo y, al observar que mi virilidad palpitaba, todavía erguida dentro de su vientre, desenvainó el puñal de carne que albergaba deliciosamente y de un salto, antes de que yo pudiese retenerla (¿quería hacerlo en, realidad?), me encontré con el falo introducido en su boca pulposa.
Me gustan las mamadas en general, pero prefiero una mamada realizada por Bella a todas las demás. Así pues, sin pensar siquiera en devolverle el cumplido, me dejé chupar, aspirar y succionar durante un buen rato. Hubiese querido retardar el instante de mi placer, pero por un lado Bella es toda una experta en extraer la leche de un hombre y, por otro lado, ávido de saber más sobre la vida que adivinaba tumultuosa en el mundo del espectáculo, no retuve mi gozo y cuando éste estalló, proyectándose al interior de aquella boca sedienta, no puede evitar proferir un grito en el que se mezclaban placer y dolor, un dolor delicioso.
—No has cambiado, sigues teniendo ese exquisito sabor a mango un poco verde.
¡Dios, cómo me gusta chuparte!…
—Y pensar que a mi verdadera mujer le horrorizaba…
— ¡Bah! Quizá no sabía hacerlo, o puede que el tipo con el que estuvo antes gozaba más deprisa que tú cuando le chupaban, porque tú… Normalmente te haces de rogar…
—Contigo, nunca…, o muy pocas veces a lo sumo. Eres una mamadora muy buena.
—Gracias a ti y a Tanya, habéis sido tan buenos maestros… De hecho, es gracias a los vicios que me inculcasteis que me he desenvuelto tan bien en París. Por cierto, ¿quieres que siga con mi relato?
—Claro, iremos a cenar a la ciudad. Tengo que ver a Tanya en el café de Tourny antes de cenar. Esta mañana se marchó a hacer un reportaje y, poco antes de tu llegada, me ha llamado para decirme que regresará esta noche. Así pues, pasaremos la noche los tres juntos. Se alegrará de volver a verte.
—De acuerdo. Entonces ya no volveremos a follar antes de ver a Tanya. Resérvate para esta noche, que yo estoy sedienta de amor y creo que tu concubina no escupirá sobre tu aparato… excepto para que se deslice mejor.
»Seguí a Athenodora Vulturi a una especie de saloncito, con las paredes cubiertas de tapices antiguos. Las ventanas estaban camufladas con gruesas cortinas opacas que no dejaban pasar ni un resquicio de luz exterior. Una débil bombilla difundía una luz anaranjada por la sala y yo, procedente de la claridad artificial del pasillo, me quedé unos instantes sin distinguir nada.
»Cuando por fin pude discernir los objetos y las personas que me rodeaban, vi a un hombre en la fuerza de la edad, de unos 45 a 50 años, alto, con un rostro de oficial de las SS, cabello rubio cortado al cepillo, los ojos de un azul demasiado pálido para ser simpáticos. Iba completamente vestido de un color verdoso, y la chaqueta recordaba curiosamente a una guerrera de oficial alemán. Hasta me sorprendió que no llevara monóculo.
»¿VULTURI?… Estoy convencida de que no ha heredado ese apellido de su padre. Su acento gutural confirmó mis sospechas.
»—Buenos días, señorita. Harry me ha llamado, o más exactamente su secretaria, para anunciarme su inminente visita. Ella me ha dicho que usted quiere cantar. Muy bien, pero debe usted saber que, para llegar a la cima, para hacerse un nombre, para aparecer en las revistas o incluso en los semanarios de escándalos, hay que recorrer un camino largo y difícil. Por largo, tú eres lo bastante joven como para recorrerlo. Pero también me pareces muy joven para afrontar esas dificultades morales y físicas. Ya me disculparás por ir directamente al grano, pero comprenderás que siendo tan hermosa y deseable todos los que pueden ayudarte a llegar a la cima querrán quedarse con un trozo del pastel. El pastel eres tú, y con frecuencia tendrás que ceder a los deseos de personas influyentes que te prometerán tan sólo darte el empujoncito necesario. No importa que tengas una bonita voz; debes de conocer estrellas que, sin megafonía, no podrían hacer nada porque son casi afónicas. Bueno… Este es mi trato. Conozco muy bien a un tipo. Si te mando a su estudio, él te convertirá en una estrella, pero para eso hace falta que yo te encamine hacia ese hombre, y antes…
»Ya lo había entendido: para que me pusieran en contacto con ese artífice de estrellas, antes debía someterme a los caprichos de aquel hombre y seguramente de su mujer, ya que él se permitía exponerme las condiciones del trato en su presencia.
»Se había interrumpido, mirándome fijamente con una expresión fría e interrogativa, esperando visiblemente que yo terminara la frase.
»—Antes —dije con voz temblorosa por la rabia contenida—, antes debo satisfacer mis deseos… Ya has satisfecho los de Harry, y si me miro en un espejo no creo ser más repugnante que él.
»—Sin duda alguna, usted es cien veces mejor que él, pero todas esas condiciones de cama me parecen un poco duras…
»—Escucha, Bella, preciosa, eres bonita y ya me pones cachondo, pero te dejo reflexionar. O te sometes a nuestros caprichos y te doy la dirección de mi amigo, o nos rechazas y prosigues por tu cuenta el camino hacia la popularidad. Pero te advierto amistosamente que si recurres a mí, se te abrirán muchas puertas; en cambio, si prefieres actuar sola, yo accionaré desde mi despacho el cierre hermético de todas esas puertas en tus narices. En cualquier caso, no te desanimes: yo no controlo todas las puertas del mundo del espectáculo.
»Un pequeño chantaje al que hubiera podido escapar con una buena dosis de paciencia, pero jamás la he tenido. Quería triunfar, y pronto. Ya que Caius podía abrirme algunas puertas, yo no tenía más que cerrar los ojos de nuevo y entregarme a él.
»Esta vez, armándome de valor, despreciando a ese tipo y a su esposa, pero queriendo hacerles frente con insolencia, pasé al ataque:
»—Tengo prisa. Si te pongo cachondo, adelante, fóllame, soy tuya, pero…
»"No quiero que tu mujer me toque", iba a añadir. Pero ella no me dejó terminar la frase; se había situado a mi lado y, con sus dedos ágiles, me quitó la blusa, me bajó el pantalón vaquero, me cogió los tobillos uno tras otro para despojarme de él, y me encontré con el torso desnudo, vestida tan sólo con las botas, las bragas y el liguero rococó, que llevaba siguiendo los consejos de Tanya.
»— ¡Caramba! Un hermoso pecho, bonitas caderas…, un delicioso bocado.
»— ¡Oh, vamos! No pensarás follarla hasta mañana, ¿verdad? —le interrumpió Athenodora.
»—Disculpa a mi mujer —se burló Caius—. Tiene celos de todas las gatitas que me cepillo, y es por eso que te parecerá cruel.
»— ¡Ay!… ¡Uy!… No, basta, ¿se ha vuelto loca?…
»— ¿Lo has entendido? ¿No?
»Cruel, acababa de decir Caius. ¿Cruel?… En todo caso sádica.
»¡La muy loca! Porque desde el instante en que la había diagnosticado como tal, la loca acababa de cogerme por los cabellos y me arrastraba a través de la sala hacia la puerta camuflada por una cortina.
»La frialdad de un suelo embaldosado dejó paso a la tibieza de la moqueta sobre la que Athenodora me arrastraba como un saco de trapos sucios. Por más que le cogía las muñecas para aliviar la tracción que infligía a mi cabellera, era inútil, ella me daba unas sacudidas terribles y mis cabellos me hacían aullar de dolor.
»En el cuarto de baño, ella tiró con mayor intensidad y, a fuerza de brazos, me izó sobre la bañera. Me dejó caer en el recipiente de loza verde, abrió los grifos y me ordenó que me bañase antes de su regreso para, me dijo con una sonrisa que me hizo estremecer, cardarme el cuero antes de que su hombre me pusiera la mano encima.
»Cerró la puerta con llave al salir, dejándome presa de un canguelo terrible. ¿En qué berenjenal me había metido?
»Luego me encogí de hombros. Debía de haberme topado con una maniática de la propiedad sustituida por una celosa peligrosa. De todos modos, pensé, Caius sabría protegerme de la furiosa locura de Athenodora.
»Ella volvió al cabo de cinco minutos, con un guante de cerdas en la mano, y me ordenó que me levantara. Obedecí. Dios mío… A menudo, mi madre me había frotado la piel con un guante de cerdas para, según decía, quitarme el hedor de Auvernia que llevamos todos pegado a la piel en Lozére, pero un guante de cerdas aplicado por Athenodora era una experiencia demencial. La muy zorra me frotó desde los tobillos hasta el cuello con una fuerza pasmosa para su pequeña estatura, pero cuando ya creía que aquel calvario tocaba a su fin, se armó con un dedal de plástico recubierto de pelos duros. Aquel objeto tenía la longitud y el grosor de un sexo de pollino. Impregnó el dedal de una crema maloliente y antiséptica y, obedeciendo a su orden seca, me tendí sobre una especie de camilla de ginecólogo.
»Fuego, ácido, eso debía de haber puesto en el dedal. Cuando hundió aquel instrumento en mi vagina, creí desfallecer de dolor, de tan insoportable como era. Grité, me sacudí, pero ella había colocado su mano libre sobre mi vientre, impidiéndome cualquier intento de escapatoria.
»—No te preocupes, puerca, esto te ayudará a gozar.
»Era vulgar a propósito, pero yo no la escuchaba por cuanto sufría demasiado. Decididamente estaba loca, porque tan pronto como me sacó el dedo del coño me lo hincó en el ano. Entonces dejé de gritar y perdí el sentido.
