—Recobré el sentido en su dormitorio, tendida en una especie de diván, acostada boca abajo, con las muñecas y los tobillos atados con correas de cuero a los pies del mueble. El diván era bastante alto, lo que situaba mi cuerpo a la altura del bajo vientre de Caius, que, con un puro entre el pulgar y el índice de la mano izquierda y una copa de licor en la derecha, observaba con una sonrisa maliciosa los preparativos de Athenodora.
»También Athenodora estaba desnuda. Tenía un cuerpo juvenil. Era hermosa, pero lo que me impresionó de entrada fueron las marcas de golpes recientemente recibidos en el vientre y la región renal, así como franjas antiguas visiblemente infligidas por un látigo. Unos puntos rosados en sus pechos atestiguaban quemaduras de cigarrillo o puro. Tenía la mitad del vello púbico arrancado, y una marca hecha con un hierro al rojo representaba un águila en la que creí identificar el emblema de un regimiento nazi. Si bien el rostro de Athenodora había conservado su frescura y belleza, su cuerpo reflejaba mil tormentos que había sufrido. Su cara aparentaba veinte años como mucho, pero su cuerpo aparentaba cincuenta.
»— ¿Temes por tu suerte al ver a Athenodora? Tranquilízate, tú sólo estás de paso; Athenodora es propiedad mía; me pertenece y… sobre todo no la compadezcas, a ella le gusta. ¿No es cierto, cariño?
»— ¡Ja!
»¡Ay!… Ella acentuó su asentimiento con un latigazo en mis riñones. La cinta de cuero, manejada con habilidad, acababa de lacerarme la espalda de una cadera a la otra. Yo grité. Pero ya caía un segundo golpe, rasgándome los hombros de parte a parte. A partir de ese momento ya no reaccioné con cordura. El látigo silbaba siniestramente y de inmediato una violenta quemadura me perforó un trozo de piel. Yo aullaba, me dolía la garganta de tanto gritar de dolor, pero creo que cuanto más exteriorizaba mi dolor, más excitaba a la loca, quien, sudando sangre y agua, descargaba un latigazo tras otro a un ritmo lento pero continuo. Al fin, un resplandor rojo pasó ante mis ojos; sentí que me elevaba por los aires y luego caía por un pozo sin fondo. Caía, caía…
»Una quemadura atroz me sacó de mi bienaventurada inconciencia. Athenodora, con un guante de algodón en la mano y una botella de alcohol en la otra, me frotaba las partes lastimadas por el látigo. Esta vez el dolor, más terrible que el látigo, me impidió hundirme y tuve que soportar esa espantosa friega hasta el final.
»— ¿Estás satisfecho, querido? ¿Podrás encularla ahora?
»— ¡Ja! ¡Ja!…
»— ¡No! ¡No!… —protesté, sorprendida—. No puedo ser encu… sodomizada, no, no así, no por él… ¡Oh, no!…
»Aquel monstruo acababa de levantarse y se acercaba. Si contigo o con Jacob, aquella primera vez, ya fue doloroso, pero soportable, me sentía incapaz de soportar a Caius. Entiéndeme, se aproximaba con el sable desenvainado, su aparato tenía unas proporciones enloquecedoras. Imagínate el sexo de un asno, tan largo y tan grueso… Y aparentemente fláccido. Entonces pensé: "Si es tan grande ahora, ¿cómo será cuando se excite?…".
»De hecho, se trataba de una picha fofa, como dice Perret, pero yo no lo sabía. Y aunque ya se hubiera excitado, sus proporciones eran ya terribles.
»—Cállate, puta —me interrumpió Athenodora, administrándome una lluvia de bofetadas en las nalgas ya lastimadas—. Lo tomarás en silencio, yo ya he probado ese rabo tan grueso y, aunque era mucho más joven, sobreviví, y tú tampoco vas a morirte por eso.
»Atada como estaba, cualquier resistencia era inútil, porque ahora Athenodora se había sentado sobre mis riñones y me separaba las nalgas con las dos manos; creí que iba a arrancarme la piel, de tan fuerte como tiraba. Cuando noté la punta del falo rozarme el ojete, quise gritar de nuevo, pero un pellizco desgarrador en la cintura me hizo callar y, muerta de miedo, convencida de que no iba a salir viva de aquel trato demencial, esperé.
»No tuve que esperar mucho: guiada por los dedos de Athenodora, la verga, embadurnada de pomada, me forzó el ano. Caius empujaba hacia delante y yo también, para resistirme a la penetración, pero entonces recordé que tú, en el momento de mi primera sodomización, me habías hecho empujar precisamente para facilitar la entrada. Esta vez creí que mi ano estallaba. Cuanto más empujaba Caius, más se resistía mi esfínter, aunque se abría. Notaba cómo mis carnes se resquebrajaban ante el empuje del glande; aullaba con todas mis fuerzas, pero no servía de nada: aquel miembro torturador penetraba cada vez más.
»Cuando el frenillo del pene franqueó la barrera, pensé que un loco me atravesaba con un asador ardiente. La cabeza me daba vueltas; ya no podía respirar, por cuanto mi cuerpo se había convertido en una hoguera dolorosa. Me parecía que aquella verga lacerante iba a salirme por la boca, de tan repleta como me sentía… Por fin, cuando la base del capuchón hubo pasado, pude respirar un poco. Recuerdo que contigo, una vez que hubo pasado la cabeza, el resto se deslizó casi por sí solo, pero con Caius ocurrió todo lo contrario. Si tú tienes un sexo martillo, de cabeza gruesa y luego normal, él tiene un verdadero piolet que va ensanchándose hasta la base del miembro.
»En resumen, aquella penetración, que sin duda no llegó a durar más de treinta segundos, me pareció eterna. Por fin, la penetración terminó, el avance fue detenido por mis nalgas, que servían de dique al bajo vientre de Caius, quien, a pesar de todo, empujó más, esperando sin duda, pero en vano, introducir un poco más su chuzo en el túnel rectal.
»—Bueno, pequeña zorra —rio Athenodora burlonamente—, ya estás bien rellenita… Ya no podrás decir que el pasillo que tienes bajo los riñones es virgen…
¡Ah, ah, ah!… ¡Qué abertura!…
»Entonces se me acercó, se inclinó y, con su boca junto a mi oído, me susurró en un tono dulzón que me dio miedo:
»— ¿Sabes que el puerco de Caius mide más de cinco centímetros de diámetro en la base del rabo? Pobre angelito, ese cerdo se ha hundido hasta el fondo… Pero ahora te machacará el agujero, el pistón está dentro del cilindro, sí, pero es necesario que pueda moverse fácilmente, ¿comprendes?
»Yo no podía contestar, y, aunque hubiera podido, mi respuesta habría sido un insulto.
»—Contesta, carroña, contesta o te reviento.
»—Yo… yo… no… no puedo… ha… ha… hablar… Quiero…
»—Quiero, quiero… ¿Qué quieres? Aquí tan sólo puedes desear y nada más, si hay alguien que quiere, es Caius, ¿entendido? Ahora responde a mi pregunta: ¿entiendes que es necesario que te machaque el agujerito?
»—Sí, sí, en… entiendo.
»—Está bien. Entonces, querido —dijo a Caius—, adelante, machácale el culo, deprisa y bien.
»Bien, no lo sé, pero deprisa, ¡ya lo creo que sí! Empezó sin rodeos. Desde ese mismo momento, aferrándome por las caderas, Caius procedió a follarme por detrás a un ritmo demencial.
»Habría querido desmayarme, pero el dolor era tan intenso que cada vez que sentía ofuscarse mi razón, un terrible escozor me sacaba de la letargia en la que me hundía, y empezaba a gemir de nuevo.
»Como Athenodora me había prohibido chillar amenazándome con el látigo, me mordía los labios para mantener la boca cerrada. Con el sabor de sangre en la boca, mi sangre en realidad, con fuego en el ano, el pecho comprimido por una asfixia que no acertaba a explicarme, el deseo de morir cuanto antes para escapar a ese calvario insoportable, aquel día viví una mañana de martirio.
»Entonces sucedió lo más terrible. Caius, que ya martilleaba mi ojete a un ritmo de locura aceleró todavía más sus embates, creí que su sexo triplicaba su volumen y, antes de gozar, me separó las nalgas un poco más y consiguió hundirse no sé cuántos centímetros dentro de mí. Él aulló de placer mientras que yo, no pudiendo contenerme más, chillé de dolor.
»No sentí su esperma estallar en mis entrañas; sólo tuve el placer de notar cómo su estaca disminuía de volumen.
»Se retiró por fin, pero antes de que él me liberase por completo, su mujer me desató las muñecas y los tobillos. Por fortuna, ya que tan pronto como él se hubo separado de mis riñones, tuve que salir corriendo hacia el cuarto de baño.
»Al fin liberada, me dirigí a la ducha. Más muerta que viva, ni siquiera regulé la temperatura del agua y, bajo una lluvia helada, recobré la conciencia del mundo exterior. Sólo entonces abrí el grifo del agua caliente y me enjaboné enérgicamente para quitarme el sudor que embadurnaba mi cuerpo.
»Andando de puntillas, logré abrir la puerta sin hacer rechinar los goznes y me colé en la especie de despacho donde Caius me había recibido. Recogí la ropa a toda prisa. Me puse tan sólo los vaqueros y la blusa y, con los pies descalzos, alcancé la puerta que daba al pasillo.
Bella parece haber perdido el sentido, como acaba de contarme. Pero no, rendida por dos lidias amorosas consecutivas, por el relato en el transcurso del cual sus nervios se han desquiciado como el día en que le ocurrió aquella aventura, simplemente se ha dormido en mis brazos.
Bella duerme acurrucada entre mis brazos hasta las seis de la tarde. La respiración tranquila, la sonrisa que tensa sus labios al pasarle mi mano por el cuerpo desnudo y el estremecimiento que la sacude por entero cuando uno de mis dedos se incrusta en la horquilla de sus muslos, me hacen comprender lo feliz que se siente hoy la muchacha.
Bella abandona los brazos de Morfeo. Se estira como una gata al sol y yo miro la hora: las seis. Mis ojos tropiezan con el manuscrito que mi editor aguarda y que la llegada de la joven estrella me ha hecho interrumpir, si bien ya me he retrasado en su redacción.
—Oh, querido, perdóname, no tenías por qué dejarme dormir… —Consulta su reloj—. ¡Oh!, rápido, vamos a llegar tarde a la cita con Tanya; no quisiera que te hiciera una escena por mi culpa.
Bella comprende también que su regreso entre nosotros podría provocar tempestades. Se interrumpe al vestirse, permanece pensativa unos instantes, aparentando reflexionar en no sé qué.
—Querido —murmura—, ¿cómo crees que me recibirá Tanya?
—Mal, tiene miedo de ti, de tu juventud y de tu amor por mí.
— ¿Y si… —se sonroja—, y si le demostrara amor tanto a ella como a ti?…
¿Sabes?, si renuncié momentáneamente a los hombres en París para complacer a Emmett Gal, un productor, podría volver a empezar con Tanya, y esta vez sin obligarme. Pero tú, ¿aceptarás que haga el amor con Tanya?
—Claro, os amo lo suficiente a las dos para que me guste. Es más, presenciar una relación lésbica con Tanya me haría feliz.
