5

Llegamos al café de Tourny; tengo dificultades para encontrar un hueco en el parking de la plaza Montaigne a pesar de los parquímetros, que habitualmente repelen más que atraen a los automovilistas.

Tanya me espera en la terraza del café. Me ve llegar de lejos y yo veo cómo frunce el ceño cuando reconoce a Bella, cogida de mi brazo. Bella se da cuenta también de la reacción desfavorable de mi amiga.

—Ay, no tiene aspecto de celebrar especialmente mi presencia en Périgueux… Creo que tendré que obrar con cautela si quiero ser aceptada sin mucho ruido.

—No temas: yo sigo siendo el cabeza de familia y no creo que a Tanya se le ocurra refunfuñar mucho.

De hecho, Tanya es demasiado astuta para demostrar su resentimiento largo tiempo, al menos abiertamente, ya que cuando llegamos a su altura, su cara se ilumina y recibe a su rival con una sonrisa aparentemente sincera.

— ¡Vaya!… ¡Si ha venido a visitarnos nuestra gran estrella!… Qué alegría volver a verte. ¿Te quedarás mucho tiempo en Périgueux?

—Hola, querida —responde Bella con zalamería—, estoy tan contenta de volver a verte…

Y, soltando mi brazo, se lanza a los brazos de mi amiga y, delante de todo el mundo, indignados algunos, divertidos los demás, ofrece su boca al beso de Tanya, quien se aprestaba a besarla sólo en las mejillas.

Ni que decir tiene que Tanya prefiere, con mucho, chupar los labios de Bella que lamerle las mejillas. Así pues, los demás clientes de la terraza y yo mismo asistimos al beso lésbico de dos espléndidas criaturas, un beso que, sin duda alguna, debe de hacer que ambas se mojen abundantemente.

—No has contestado a mi pregunta —consigue murmurar Tanya cuando recobra el resuello.

Tiene las mejillas encarnadas, los ojos turbios, un hirviente deseo se lee en su rostro, y yo tengo la impresión de que esa noche no nos aburriremos los tres.

—Sí, bueno, me quedaré mucho tiempo en Périgueux, dejo el estrellato de la canción, estoy más que harta de esta vida corrupta como pocas.

—Haces mal; tu carrera parecía muy prometedora… Pero dejemos tus proyectos por ahora, has vuelto, por lo que veo con buenas intenciones, y eso es lo que importa.

Volviéndose hacia mí, me besa en los labios y agrega:

— ¿Y si vamos a casa? Prepararé la cena.

Durante la cena, Tanya no deja de sorprenderme: mientras que yo me esperaba una prisa excesiva por abreviar la comida para retirarnos enseguida al dormitorio, mi amiga no se cansa de escuchar la narración de las aventuras acaecidas a Bella.

Brevemente, la joven cantante refiere lo que ya sabemos, y luego, a invitación de Tanya, prosigue el relato de su trepidante vida en París.

—Cuando abandoné a Athenodora y Caius, fui a ver a Emmett McCarty, productor de discos de 45 y 33 revoluciones. Emmett edita discos que reproducen algo así como los últimos éxitos del día: el «Hit Parade».

»Emmett me recibió amablemente; primero me, miró a la cara con curiosidad, y luego, sonriendo, me preguntó si me lo había pasado bien con Caius.

»—Hum… Sí, claro, creo que sería inútil negarlo.

»—Muy bien, ya que eres sincera, yo lo seré contigo. Me gustas mucho, acabas de salir de casa de Caius, tengo la impresión de que todavía sientes el amor y eso me pone cachondo. Quiero follarte, tengo ganas de ti, pero me planteo no hacerlo más que si te apetece de veras. No tengas en cuenta el hecho de que yo puedo lanzarte al mundo de la canción; folles o no folles, tendrás derecho a un ensayo grabado, y, si aceptas, no me condicionará para nada en lo que se refiere a tu futuro.

»Me quedé estupefacta ante tanta honestidad. Estudié a Emmett sonriéndole con la mayor naturalidad del mundo. El tipo me gustaba: alto, sienes grises, aparentaba unos cuarenta años, atlético, ancho de espaldas, estrecho de pelvis, rostro agradable, sonrisa resplandeciente, no debía de tener ningún problema para follarse a cualquier mujer por difícil que fuera, y, seguro de su modo de obrar, se levantó, rodeó su mesa de trabajo y se me acercó muy despacio mientras hablaba.

»No creo en la sensatez de las mujeres; todas somos unas putas en el fondo, y no serán los hombres quienes me contradigan. Antes de alcanzarme, yo ya estaba de pie, dispuesta a recibirle como vencedor. Poco me importaba en ese momento que me convirtiera en una estrella o que me rechazara en cuanto hubiese utilizado mi cuerpo. Me gustaba. Tenía ganas de él, quería que me follara, que me sodomizara; quería chuparle, hacerle feliz; en fin, le deseaba, y enseguida.

»— ¿No respondes?

»— ¿Necesitas mi respuesta?

»Él estaba allí, a mi lado. No, aquel sátiro no tenía ninguna necesidad de mi aquiescencia. Sus brazos se abrieron y me refugié en ellos. Sus brazos se estrecharon sobre mí. Sus ágiles dedos me desabrocharon la blusa. Yo le ayudé lo mejor que pude y, con el pecho desnudo, esta vez fui yo quien le desabotoné la camisa, bajo la cual no llevaba prenda alguna; al mismo tiempo que yo le dejaba con el torso al descubierto, él se ocupaba de la cintura de mis vaqueros, bajaba la cremallera y, poniéndose en cuclillas delante de mí, me quitó el pantalón. Liberé las piernas y me quedé ante él en braguitas, incluso diría mini braguitas, ya que lo único que él preservó de mi intimidad fueron los tres centímetros del abultamiento de mi coño, mis sempiternas botas de cuero negro y el liguero, que ahora ni siquiera sujetaba las medias, que había dejado en casa de Caius. Debí de gustarle un poco más, ya que se levantó de inmediato, dejó caer su pantalón, envió sus calzoncillos a la otra punta del despacho e, izándome en brazos, me precipitó, más que me llevó, sobre el sofá que ocupaba un rincón de la estancia.

»Mis braguitas no le incomodaron. Estaba excitado como un ciervo. Su enorme banderilla, larga y gruesa como a mí me gustan, palpitaba en el aire, y cuando me acostó en el asiento tuve ese pedazo selecto justo sobre mi nariz. Locamente excitada, aproveché la proximidad del sexo deseado para darle un lengüetazo de abajo arriba.

»Tilt… Dejó de moverse, como paralizado por mi atrevimiento o por la embriaguez que le proporcionaba mi lamida. Me dejó seguir durante unos minutos, y luego, cuando nada hacía prever su reacción, se acostó sobre mí, buscó con la punta del glande mi pasillo íntimo y asestó un golpe seco.

»Mis braguitas no fueron una barrera terrible; de un empujón hacia delante, su sexo acababa de desgarrar la fina tela de mi taparrabo, y noté un nudo de carne viva subiendo por mi vagina. Su pene chocó contra mi matriz, lo que me hizo el daño suficiente como para darme deseos de que Emmett repitiera su acción.

»Tendida boca arriba, con las piernas abiertas, sufrí primero los ataques de mi amante sin reaccionar, pero, muy pronto, el calor del miembro que me barrenaba el vientre, la turbación que me dominaba rápidamente me hizo participar en el dúo. Entonces flexioné las rodillas, levanté las piernas a ambos lados de Emmett y, finalmente, apuntalé los tacones de mis botas sobre sus riñones para anticiparme a sus sacudidas.

»Nunca desde que te dejé había gozado tanto. Emmett se sumergía una y otra vez. Cada golpe de su miembro me mandaba al séptimo cielo. Ya no sabía muy bien dónde estaba, perdía la noción del espacio y el tiempo, ya no era yo; no era más que un cuerpo, una vagina revestida de humedad, una boca con un falo, un sexo que acogía en su seno otro sexo y que gozaba de él sin tregua.

»Abierta en forma de V, ofreciendo mi chocho, una fuente en la que mi amante se sumergía sin parar jadeando como un pura sangre de carreras, yo deliraba francamente, pronunciando verosímilmente palabras incoherentes que ni yo misma comprendía, porque no sabía muy bien qué estaba diciendo.

»—Aprieta el minino, preciosa ramera —rugió Emmett—. Estás mojada como una perra y yo nado dentro de ti.

»Esta orden resultó inútil; con sólo oír la palabra "ramera", no sé por qué, mi subconsciente reaccionó de tal modo que me sentí ascender a la cúspide de los placeres y, cada vez que gozaba, mis carnes se apretaban por sí solas. Me faltaba el aire, creí que iba a aullar de emoción y Emmett debió de creerlo también, por cuanto se dejó caer sobre mí y me amordazó con sus labios, al mismo tiempo que un chorro de líquido abrasador se derramaba en mis órganos inflamados.

»Yo acababa de gozar como una perra, y mi amante, cuyo placer había sido tan violento como el mío, permanecía tendido sobre mí, sin reaccionar.

»No sé cuántos minutos, o simplemente segundos, nos quedamos así los dos, sin movernos, recuperando poco a poco el resuello, pero sí sé que al salir de ese estado de semiinconsciencia ya era tarde.

Bella acentúa su relato con un prolongado suspiro, reproducido en eco por Tanya, cuyos ojos brillantes denotan el estado de ánimo que la historia de la joven estrella acaba de infundirle.

—Y…, umm…, dime, Bella —murmura Tanya muy lentamente—, ¿cuál era el proyecto de Emmett?

— ¡Ah!… Ésa es otra historia. Por favor, déjame conservar un poco de orden en el desarrollo de mi relato. Habrá de bastarte saber que, a modo de gratitud hacia Emmett, tuve que seducir a su mujer, y más tarde a su hija. Pero sé amable, deja que te lo cuente cuando llegue el momento. Por ahora, y por lo que puedo juzgar, ni tú ni Edward parecéis en condiciones de seguir escuchando los avatares de mi vida.

—Digamos —admitió Tanya —que estoy dividida entre mi curiosidad y el deseo de estrecharte entre mis brazos. Supongo que Edward ha debido de aprovecharse de tu belleza esta tarde, y no creo que vea ningún inconveniente en que esta noche sea yo la primera que se beneficie de tu nueva experiencia.

Este comentario, dirigido a Bella, es a la vez una pregunta para mí.

—Por supuesto, querida, te cedo a Bella, para toda la noche si lo deseas. Yo dormiré en la otra habitación.

— ¡Ah, no!

Las benditas mujeres me han respondido muy conjuntadas.

— ¡Ah, no! —Prosigue Tanya—. Sabes muy bien que aunque me gusta comer un coño o que me coman el mío, me gusta sobre todo sentir, una polla de verdad dentro de mí. Y supongo que a Bella le ocurre lo mismo…

—Naturalmente, si bien he descubierto la dulzura del lesbianismo, prefiero ante todo, antes o después del acto homosexual, que me perforen el chocho a golpes de verga.

—De acuerdo, queridas, os juro que me dividiré y ninguna tendrá por qué sentir celos de la otra.

Aunque soy un luchador animoso, tengo la sensación de haberme excedido en mis promesas. Esta tarde me he prodigado sin reservas para la bella cantante y, esta noche, ¡bueno!, no sé muy bien qué proezas podré realizar.

Mientras yo me sumerjo en mis pensamientos, inquietándome por mis posibilidades físicas, esas zorras se despreocupan de mí. Bella me ha dado a entender que para ser aceptada por mi amiga, se esforzará por agradarla. Cuando caigo en la cuenta de que estoy observando a las dos rameras, advierto que no es Tanya, como esperaba, la que asedia a Bella, sino que es esta última quien se ocupa febrilmente de desnudar a mi amiga.

De repente, adiós a mis inquietudes, mis pensamientos platónicos se desvanecen. El espectáculo que se desarrolla ante mis ojos basta holgadamente para ocupar mi espíritu y tensar mis calzoncillos.

Hay quien, con una mueca ridícula, ocultando quizá sus deseos secretos, tira piedras a los homosexuales, hombres o mujeres. No habiendo tenido la suerte, como yo, de asistir a un dúo lésbico, no acierta a imaginar toda su poesía.

A mí, mucho antes de presenciar estas justan lésbicas, me había bastado con imaginármelas para obtener una loca excitación, que, siendo adolescente, y más tarde recluta en los Aurés, se transformaba en fantasmas y me ayudaba sumamente a alcanzar el orgasmo en mis maniobras solitarias.

Recuerdo, con una sonrisa interior causada por una especie de nostalgia, de aquellas noches del verano argelino cuando, solo con mi fusil en una cresta de la Cabilia, con los gritos de los chacales o el murmullo del viento entre los árboles canijos como único ruido de fondo, sin poder fumar, dejaba volar mis pensamientos hacia mi novia. Ella me escribía todos los días, pero sólo recibíamos correo una vez por quincena y, durante unas jornadas deliciosas, leíamos las cartas de nuestros seres queridos.

Un día, sus cartas empezaron a hablarme de otra muchacha, prometida también con un recluta que servía en Argelia. Puesto que las dos chicas no querían salir ni divertirse, habían ligado su soledad y, de un día a otro, intuí en las cartas de mi novia una creciente amistad hacia esa amiga. Por fin, una carta me hizo ver que, si yo no era un cornudo, al menos estaba siendo engañado con esa tal Irina. En un día de tristeza, Kate, mi prometida, se había unido sentimentalmente a Irina. Me explicaba que sus sentimientos hacia mí no habían cambiado, pero sus palabras de amor se volvían más tibias, sus cartas empezaron a elogiar la dulzura, la ternura de Irina. En resumen, una chica me había robado la que ocupaba mis pensamientos. En vez de sumirme en la desesperación, como había visto hacer a tantos compañeros al enterarse de que otro les había remplazado allá, en Francia, en el corazón frívolo de la perra a la que amaban, yo me puse a imaginar las escenas que podían acontecer entre Kate y la otra chica. Así, durante las horas de guardia, me masturbaba mientras presenciaba, con los ojos de la imaginación, fragmentos de lesbianismo. No tenía ninguna necesidad de imaginar que yo participaba en sus amores; el mero hecho de verlas (en el pensamiento) comerse el higo ya bastaba para aportarme placer.

Y fue así como, a petición mía, Kate comenzó a describirme, en sus cartas, las justas amorosas con su amiga. Y, por la noche; yo me sacudía el miembro al recordar lo que había leído aquella tarde.

Disculpen este paréntesis y volvamos, si lo desean, a mis dos perras.

Como he dicho antes, no es Tanya, sino Bella, quien toma la iniciativa, lo cual no me sorprende; me ha bastado con ver esta tarde los ojos de la zorrita cuando hizo alusión a las experiencias vividas con otras «tipas», como ella dice, para no asombrarme por sus acciones y actitudes de esta noche.

Bella ha desvestido a Tanya y ésta, encantada por el cariz que toma su aventura, se deja deshojar con complacencia. Se pega voluptuosa mente contra el rostro de Bella, que se ha puesto en cuclillas para quitarle las braguitas a mi amiga.

Bella permanece arrodillada por un instante, parece contemplar a Tanya, espléndida en su desnudez, los senos erguidos, la cintura estrecha, la pelvis arqueada, más atrayente que el pecado original; tentaría a cualquier ser humano que lleve sangre en las venas. Bella, admirada, con los ojos brillantes, la lengua pasando una y otra vez por sus labios repentinamente secos, desliza sus manos por las piernas de Tanya, separando los tobillos y volviendo a subir hasta la redondez de las nalgas. Entonces, colocando las palmas de las manos sobre las curvas encantadoras, atrae a su compañera hacia ella y, cuando el pubis de la rubia se encuentra en proximidad del rostro de la chiquilla, veo cómo ésta abre la boca y deja salir la lengua, que, ante mis ojos extasiados, se incrusta entre los labios mayores del sexo dorado.

Esta vez, Tanya olvida todo aquello que no tenga que ver con su placer. Se abandona a la caricia lingual de Bella, se echa hacia delante, abre más ampliamente el compás de sus muslos y pega su fuente vaginal a los labios, ya embadurnados de jugo, de una Bella que, visiblemente, ha aprendido mucho en París.

Tanya gruñe como una hembra saciada por un millar de machos, pero su amante de esta noche es una chica; es una chica quien, a la manera de todas sus congéneres, le aporta el vicio. Pronto, con la almeja aspirada y lamida, el clítoris chupado y mordisqueado, el ano sodomizado por un dedo ágil, Tanya ya no puede sostenerse sola. La veo titubear, inclinarse peligrosamente hacia atrás, y elijo este momento para intervenir.

Me abalanzo en auxilio de la bella víctima, la rodeo por el pecho, me pego contra su espalda, le manoseo los senos y la ayudo a entregarse más generosamente. Tal como estoy situado, por el modo en que actúo, un espectador que entrara por sorpresa en nuestro comedor podría pensar que soy yo quien ofrece mi compañera a la glotonería lésbica de otra mujer. Bien plantado sobre mis piernas, casi levanto a Tanya, quien, no teniendo que preocuparse por su equilibrio, se deja comer el minino emitiendo gruñidos de enloquecida lujuria, unos gruñidos obscenos que me excitan al máximo.

Bella me toca la pantorrilla. Yo la miro, y ella me indica que me tienda boca arriba sobre la alfombra, con Tanya encima. Obedezco con cautela, y Tanya ni siquiera se da cuenta de la maniobra. Ahora me encuentro con mi amiga boca arriba sobre mi vientre, tengo el sexo tirante entre sus muslos, y cuál será mi alegría al sentir cómo Bella me humedece el glande con su saliva, lo toma entre el pulgar y el índice y lo coloca bajo el ano de mi prisionera.

Bella reanuda inmediatamente sus lamidos en el coño de Tanya, una degustación que debe de apreciar, por cuanto la oigo deglutir sin cesar.

Y, tan pronto como Tanya vuelve a sumirse en el delirio, Bella, que no ha perdido ni un ápice de su autocontrol, me da a entender mediante una tracción sobre mi pene, que debo empujar hacia delante.

Cumplo la orden con el placer que es de suponer, siento mi verga hundirse deliciosamente en las entrañas de mi amiga, quien, de repente, pierde la razón por completo.

— ¡Oh, sí! ¡Sí! ¡Querida, oh sí! Bella, amor mío, encúlame, más fuerte, más adentro… Oh, cómo me gusta… Edward, Bella, queridos, yo quiero, quiero… ¡Ohhh! Sí, qué bueno…

Bella no escucha; yo oigo su boca, que, pegada al minino de su víctima, emite un gorgoteo cuando aspira el jugo que brota abundantemente de los órganos revolucionados de una Tanya completamente desbordada por los acontecimientos.

No tengo que hacer nada, no me muevo, es la propia Tanya quien, con rápidos movimientos de la pelvis, hace ir y venir mi tranca dentro de su ano flexible.

Estoy seguro de que muchas mujeres han soñado, si no lo han confesado, con disfrutar de una situación como ésta. Imaginen el placer que puede experimentar Tanya. Con una verga de buenas dimensiones hincada hasta los riñones, y una boca de mujer, o incluso de hombre, que sorbe y lame la vagina, hay para enloquecer a cualquier hembra mínimamente sensual.

Referente a esto, me propongo para el futuro, cuando un amigo venga a compartir nuestra cama, hacer un sesenta y nueve con Tanya mientras nuestro amigo la trabaja por detrás. Se trata de un recurso que no me había atrevido a plantearme, pero esta vez, en vista del placer que obtiene la rubia, no queda lugar a dudas.

Y yo, además del placer de comerle el chocho a Tanya, ¿no me deleitaría acaso viendo el sexo de un hombre penetrar el ano que prestaría en esa ocasión?

Y luego, puesto que todo lo bueno tiene su final, Tanya empieza de pronto a gritar de placer; se retuerce en todas direcciones y está a punto de desalojar mi polla de su túnel anal. Oigo a Bella beber sin parar del manantial íntimo.

Nuestra víctima se yergue nerviosamente sobre mí; abre los muslos al máximo y los cierra con violencia, aprisionando la cabeza de Bella, los vuelve a abrir furiosamente y, no pudiendo soportar por más tiempo las succiones en su clítoris ahora demasiado sensible, escapa de mi presa.

Volvemos a encontrarnos: Bella de rodillas, con la cabeza a la altura de mi falo, y yo acostado boca arriba, todavía cachondo.

Tras un vistazo a Tanya, tendida casi inconsciente a mi lado, la joven estrella me sonríe y, abriendo la boca, se ocupa de mi virilidad pese a unas manchas que me repugnarían. Pero no soy más que un hombre y, por tanto, más remilgado… Las mujeres no dejarán nunca de sorprenderme.

Me dejaría mamar hasta la eyaculación, pero sólo permito a Bella que me limpie el miembro y la rechazo con delicadeza. Tiene los labios impregnados de jugo vaginal, y se los lame. Yo le sonrío y, tras levantarme, la desvisto.

Desnuda, Bella parece la copia exacta de Tanya, creo que ya lo he dicho. La única diferencia entre ambas reside en el color del vello: Tanya está adornada por un felpudo dorado, mientras que Bella deja florecer sobre su vientre un jardín de espigas negras como las alas de un cuervo. La primera noche en que Bella se me apareció desnuda al lado de Tanya en traje de Eva, tenía los labios vaginales cerrados, pero esta noche, como perfecta hembra que ha recibido más de lo que le correspondía, ofrece un coño abierto, con las carnes coloradas, los labios ensombrecidos por el abundante vello y un clítoris capaz de superar en tamaño al pito de un bebé.

Tiendo la mano a Bella, que cree por un instante que voy a poseerla en el acto; el estado de mi erección le da derecho a esperar tal cosa. Pero, en lugar de eso, hago lo mismo que con Tanya: la cojo por detrás, le tomo los senos a manos llenas, paso una pierna por entre sus muslos para que los separe, y por último llamo a mi concubina.

—No seas egoísta, querida. Mira a Bella; te la he preparado, está desnuda y sin duda le gustaría también que la lamieras un poco.

—Mentiroso —me susurra Bella—. Sabes muy bien que es tu rabo lo que desearía…

Tanya parece salir de un profundo sueño, se estira voluptuosamente, nos observa a Bella y a mí, de pie ante ella, nos sonríe y con un salto de gacela, flexible como una liana, se levanta y se arrodilla, a su vez, a los pies de Bella.

— ¿Me encularás? —suplica Bella, que se deja seducir como he hecho con Tanya un momento antes cuando es ella la que ofrece su coño para que se lo coman.

—Sí, te encularé… y gozaré dentro de ti.

Tanya no presta atención a este diálogo, por otro lado apenas audible, por cuanto Bella y yo murmuramos en voz muy baja. La rubia devora literalmente el higo que se le ofrece e, imitando a Bella, me agarra la polla y la ensarta en el ano de la muchacha.

El trío que formamos ahora no dura una eternidad. Por más que Bella diga que prefiere mi rabo, no goza menos de las expertas succiones de Tanya. Hace gorgoritos, gime, gruñe, goza dos o tres veces antes de experimentar un violento espasmo que le hace comprimir el ano con una fuerza tal, que, estrangulado, apenas si consigo disparar mi esperma.

Esta vez, los tres recibimos nuestra ración de placer. Sin malgastar palabras inútiles, nos dirigimos de común acuerdo hacia la cama, en la que nos tendemos con abandono.

Tanya ha cogido una grabadora y, con un candor desarmarte, invita a Bella a reanudar el relato de sus aventuras:

—A ti, mi querida cochina, lo que te interesa no son mis grabaciones, ni tampoco mis episodios de piernas al aire con caballeros, sino el modo en que aprendí a follar con mujeres, ¿verdad?

—Bueno, sí, sobre todo eso. Pero tus relaciones con los hombres no me dejan precisamente indiferente, como acabas de comprobar hace un momento.

—Había gozado con Emmett, y él había experimentado un placer tan intenso que me prometió una grabación para el día siguiente en un tono de excesiva ternura.

»Con las piernas temblorosas, regresé a mi habitación con un cassette donde había una música grabada. Emmett me había entregado también la letra de una canción que debía aprenderme de memoria y cantar sobre la música. Aprendí enseguida la letra y el aire, y a medianoche me metía en la cama con un hambre de polla terrible en las profundidades del vientre. Una experiencia sexual con Caius por la mañana y otra con Emmett por la tarde no me bastaban y, nerviosa como estaba, no podía decidirme a cerrar los ojos para dormir.

»Además, ¿podía decir sin rubor que estaba sin blanca?… La poca pasta que me había concedido mi padre antes de ponerme de patitas en la calle empezaba a disminuir peligrosamente. Entonces, rabiosa por permitirme pensar en el dinero, furiosa conmigo misma por estar tan excitada, me puse apresuradamente una minifalda y una blusa transparente y bajé a la acera.

»Nada más salir del edificio fui abordada por dos tipos morenos, del sur, a juzgar por su acento.

»— ¿Cuánto?

»Mierda, me tomaban por una profesional. ¿Y si aprovechaba la situación?

»—Diez talegos, pero para uno.

»Al hablar, me fijé en el más joven de los dos. Me gustaba, y aunque sólo hubiera intentado ligar, habría tenido sus opciones.

»—Somos dos, y eso hace doscientos francos. ¿Estás conforme?

»—Venid conmigo.

»No me lo pensé dos veces; aquel precio me permitiría pagar una semana, y sumaría lo práctico a lo agradable.

»— ¿Haces mamadas? —Preguntó el mayor de los dos—. Lo que me gusta de las putas es que me chupen el rábano; si tú no chupas, no voy.

»— ¿Te dejas encular? —me preguntó el más joven.

»—Sí, a veces.

»Tan pronto como llegamos a la habitación, el mayor de ellos me dio dos billetes de cien francos, con los que no supe qué hacer por un instante. Luego, al ver una hucha que me habían regalado por no sé qué cumpleaños, introduje los billetes en la ranura. Estaba húmeda como una marrana sólo de pensar que dos tipos iban a echarse sobre mí, quizá los dos a la vez.

»Me volví hacia mis clientes; el mayor se lavaba el pito mientras el más joven se desnudaba. Yo hice lo propio y, ya desnuda, me pegué a su dardo victorioso. Me estremecí un poco; si me follaba el culo con su aparato, me lo iba a pasar en grande. Un garrote como ese haría soñar a más de una hembra.

»—Dime, amor mío, ¿es con esto que quieres sodomizarme? Todavía soy un poco estrecha de ahí, y…

»—No tengas miedo, pichona, que no soy el marqués de Sade. Me he follado a nenas muy jóvenes con todas las precauciones del mundo, y contigo haré lo mismo. Tú me inspiras, palomita, me siento bueno como un monaguillo. Además, debes de tener lo necesario, ¿no?

»—Bueno, no… Un poco de espuma de jabón debería de bastar.

»—Exacto, trae espuma y te encularé cuantío estés lista.

»— ¡Despacio, amiguitos! No voy a esperar a que el señor esté satisfecho para empezar yo, de modo que lo haremos a trío. Tú, Jasper, la ensartas, y yo, de rodillas delante de ella, le ofrezco el santo sacramento. Así matará dos pájaros de un tiro, esta moza.

»Así lo hicimos. El tal Jasper se untó el cipote con un jabón muy espumoso y el mayor, con el tallo en alto y tembloroso como una rama al viento, se arrodilló ante mi cara una vez que me hube colocado a cuatro patas sobre la cama. Si bien el mayor deseaba gozar enseguida, Jasper era más refinado. Cuando me esperaba ser penetrada de buenas a primeras, él se inclinó sobre mí y me prodigó uno de esos besos negros que pondría celosa a Tanya. Con el ano lamido por Jasper, y la boca llena del miembro de su amigo, me apresté lo mejor que pude a sorber furiosamente la verga, obligándome a no dejarme invadir por la confusión que me proporcionaba aquel beso.

»Petter, así se llamaba el mayor, no estaba cerca de gozar, pues ya no tenía veinte años. Con una mano sobre mi cabeza y la otra sobre su tetilla derecha, que toqueteaba suavemente, se dejaba mamar el carajo suspirando bastante a menudo para estimularme en mi deliciosa tarea.

»Por fin llegó el momento tan esperado y temido a la vez. Jasper se irguió detrás de mí. Me había puesto el ano en ebullición, y yo aguardaba con impaciencia el instante en que su cipote se abriría paso al interior de mis lomos.

»—Por Dios, tienes un culito precioso. Suerte que te he mojado bien el agujero, porque si no, te dolería.

»Y, sin más comentarios, me abrió las nalgas. Con dos dedos mantuvo mis posaderas separadas y, con la mano libre, dirigió su polla hacia la abertura, tan delicada y estrecha, mientras yo temblaba ligeramente tanto de excitación como de temor. Contuve la respiración al notar su glande contra mi ojete. Entonces cerré inconscientemente las nalgas, con tanta fuerza que al fin, comprendiendo que jamás lograría clavar su dardo, suspiró rabiosamente.

»— ¿Qué pasa, nena, te burlas de mí? Si aprietas de esta manera, te lo advierto amablemente: asestaré un buen golpe y te reventaré el culo. Así pues, relájate y empuja, en vez de apretar.

»¡Buen chico! Notó que me relajaba. Habría podido aprovecharlo para intentar una nueva introducción pero, en lugar de eso, se inclinó por segunda vez sobre mi grupa y reanudó el beso negro. En esta ocasión fui yo quien le ordenó:

»—Vamos, Jasper, puedes hacerlo. Estoy lista.

»Y volví a tomar en la boca el estoque de Julos, que no parecía a punto de gozar en mi garganta. Esta vez empujé, tal como me pedían, cuando el pene de Jasper estuvo en el lindero de mi ojete. Creí que mi esfínter había vuelto a soldarse, de tan grande y difícil de albergar como me parecía aquella masa caliente de carne viril. Él empujaba para entrar, yo empujaba para abrir y ensanchar los músculos anales. Él entraba despacio, su enorme glande se abría paso a duras penas y avanzaba milímetro a milímetro sin brusquedad alguna. Pensé que para ser un tipo que había pagado por encularme, lo hacía con gran delicadeza.

»Por fin, la cabeza pasó, seguida por el resto del cuerpo y, con un movimiento largo e ininterrumpido, me atravesó hasta la raíz de su falo rígido.