—La velada, o debería decir la noche, se desarrolló de un modo inesperado para mí, pero antes dejadme terminar el relato de aquella reunión.
»Me gusta mucho chupar a un hombre, y todavía me gusta más recibir su licor en la boca, pero Petter se eternizaba y mis músculos faciales se agarrotaban poco a poco. Cada vez que creía tenerlo en el bote, su verga perdía rigidez y me costaba tener que reanudar mi actividad felatoria casi desde cero. Por último, cansada de lamer en vano, me disponía a abandonar la secuencia de succiones cuando se me ocurrió una idea.
»Pasé un brazo alrededor de la cintura de Petter para mantenerme firme y ceder a Jasper el placer de joderme. Con la mano libre, empecé a acariciar las pelotas de aquel amante de mamadas parisinas. Eso hizo que su miembro se irguiera más victoriosamente, pero suponía que no bastaba para inducirle a gozar con la suficiente rapidez. Entonces, armándome de valor, al acordarme de que con Edward hay que actuar de igual manera cuando está cansado, pasé mis dedos por la raja de su culo y luego le introduje la punta del dedo medio en el ano. En vez de la reacción salvaje que me esperaba, el tipo recobró, ante mi asombro, toda su lucidez:
»—No podré nunca gozar en la boca de esta chavala, tendré que buscarme un chico para cepillármelo. No hay nada que hacer, no me gustan las tías.
»—Si quieres echar un polvo, hazlo en mi culo… Ahora retírate de su boca para que ella pueda disfrutar de mi polla, y luego, mientras ella me la chupa, tú me follarás.
»¡Uf!… Petter se retiró de mis labios. Yo ya no podía más, y me tomé un instante para olvidar los dolores de los calambres maxilares antes de poder gozar plenamente de la sodomización. De hecho, parecía que Jasper sólo esperaba que su amigo se retirase. En cuanto éste me hubo liberado, intensificó sus sacudidas, haciendo esta vez que la cabeza me diera vueltas. Al fin gocé como un adulto, y al mismo tiempo que él.
»Me quedé un buen rato lánguida sobre la cama. Jasper fue a lavarse y Petter, con la mirada incierta, sentado en un sofá, se mantenía en estado febril aplicándose un lento masaje manual a lo largo de su minga.
»En cuanto se hubo lavado, Jasper, el bello mancebo, volvió hacia mí. Se acostó a mi lado y empezó a acariciarme con sabiduría. Yo volví a humedecerme en abundancia, esperando, en vano, que él renunciara a su proyecto de mamada y que me follara de la forma más natural del mundo. Pero de eso ni hablar, lo que el señor quería era que le chupase la banderilla. Yo ya desesperaba cuando, con un murmullo de amante atento al placer de su compañera, Jasper me susurró al oído:
»—He visto cómo chupabas a Petter, ¿sabes? Si me chupas así, no tardaré en llenarte el gaznate. Además, como eres amable y me gustas terriblemente, en vez de una simple mamada en plan egoísta podemos hacer un sesenta y nueve.
»Me estreché más contra él. Ese muchacho me obsequiaba los oídos, iba a hacerme lo que nadie me había hecho desde mi partida de Lozére, desde que Edward me había dejado marchar.
»—Sí —logré murmurar con voz ronca—, hace mucho tiempo que no me lamen, y me gustaría que me hicieras gozar… Pero Petter va a tomarte por el ano, ¿sabes?… ¿No te molestará eso para gozar?
»—No tiene importancia, me dejo follar a menudo. Si no me impide sentir placer, no me molesta para nada. Si tú me chupas bien, disfrutaré como un rey.
»—Entonces vamos, tengo ganas de un buen lamido, y estoy segura de que lo harás muy bien.
»Y, después de un breve beso, me escapé y me puse debajo de él, con la boca a la altura de su verga erguida y el coño bajo su boca, que él pegaba ya a mi entrepierna, chorreando de emoción. Reprimí una mueca cuando vi a Petter aproximándose a nosotros con el falo erecto, excitado como un ciervo y dispuesto a penetrar el ano de mi amante. Pero al poco rato ya no lamenté nada. Cierto: el hecho de ver aquella espada victoriosa avanzando hacia el ojete de Jasper me puso frenética. Cuando la palpitante verga se incrustó en la angostura anal, asistí involuntariamente a una película superporno en primer plano. Me quedé turbada ante aquel acoplamiento extraordinario, y tomé el miembro de Jasper en la boca con avidez.
»Con los ojos clavados en el ano de Jasper, que Petter perforaba con elegancia, los labios aprisionando un hermoso pedazo de carne viva, y el chocho sabiamente comido por mi amante, alcancé el placer varias veces antes incluso de que mi clítoris se endureciera en proximidad del espasmo. Fue Petter el primero en gozar. Le vi acelerar sus embates, la luz ambiental me permitía seguir con claridad los sobresaltos de su sexo, y cuál no sería mi alegría cuando distinguí las contracciones de su pene amoratado de cuyo interior brotaban ráfagas de esperma. Se desalojó de su refugio renal. Una gota de esperma cayó sobre la punta de mi nariz, pero no le presté ninguna atención porque, una vez liberado de su sodomizador, Jasper se aplicaba más si cabe a su labor. Se hundió todavía más entre mis muslos. Tras pasarme los hombros, brazos incluidos, por entre las piernas, me levantó la pelvis y se puso a trabajar en mi almeja.
»Como un perro sediento, lamía, aspiraba, sorbía, devoraba sin tregua ni respiro mi intimidad, que, agradecida, le obsequiaba con chorros de jugo vaginal burbujeante. Yo, por mi parte, notaba ya su sabor amargo, unas gotitas de líquido lubrificante asomaban por su meato. Esto me brindaba un anticipo de lo que tendría que tragar al poco rato, y me insuflaba un frenesí terrible para chuparle.
«Demasiado pronto para la continuación de la noche, demasiado tarde en función de mi deseo de bebería, noté cómo se hinchaba el miembro. Se estremeció entre mis labios, y yo recibí en el paladar un torbellino de líquido amargo, deleitable para mi gusto, que engullí hasta la última gota antes de correrme a mi vez.
»Aquellos señores declinaron mi invitación a hacerme compañía el resto de la noche. Loca de gratitud hacia Jasper, molesta por el hecho de que no aceptasen mi hospitalidad, fui lo bastante torpe como para decirles la verdad. No estaba en la calle para prostituirme, sino simplemente para ligar. Cierto que estaba apurada económicamente pero, si querían, les podía devolver el dinero que me habían pagado por los servicios prestados.
»Jasper, siempre elegante, interrumpió a Petter, quien se disponía a recuperar su pasta.
»—Verás, pequeña, todo lo que dices ya me lo había imaginado un poco, todo lo más he pensado que empezabas en el oficio. Pero si hubiéramos estado con una verdadera profesional, habríamos pagado por mucho menos placer. Así pues, guárdate el dinero y, si aceptas, mañana…, o mejor dicho la próxima noche, si estás libre, volveré solo y, esta vez, lo haremos gratis.
»—Oh, sí, vuelve. Estaré abajo hacia las nueve, delante de la puerta. Si no estoy, será porque…
»—Ya… Será porque un productor te habrá retenido. Entiendo.
»En realidad no he vuelto a ver a Jasper. Sin duda, volvió esa noche… Pero más tarde, cuando yo estaba libre, no regresó. ¡En fin!…
»Al día siguiente…
—Espera un poco —la interrumpe Tanya—. Dices que te excitó ver la introducción de la verga de Petter en el ano de Jasper… ¿Es tan hermoso de ver?
Bella se queda estupefacta ante la pregunta que acaban de hacerle.
— ¡Bueno!… ¿No has hecho nunca un sesenta y nueve con una chica mientras un tipo la sodomizaba?
—Es extraño, pero no… Lo que más me interesa es el hecho de que un hombre se cepillara a otro hombre mientras tú tenías la boca llena. Explícamelo con detalle.
—Es difícil, no estoy demasiado instruida en vocabulario. Lo ideal sería que lo experimentaras por ti misma.
Y aquella morbosa me mira y extiende una mano hacia el cajón de la mesita de noche, de dónde saca un consolador. Lo esgrime ante las narices de Tanya. Su mímica es lo bastante explícita, por cuanto Tanya me mira directamente a los ojos y, con una sonrisa desarmadora, dice:
—Querido, vas a pasártelo en grande. Tú y yo haremos un sesenta y nueve y Bella, después de un beso negro, te joderá el culo. Dime qué aceptas, querido, compláceme.
¿De qué serviría negarse? Cada una de estas dos hembras sabe pertinentemente que no detesto los besos negros y que, una vez excitado, me encanta dejarme ensartar un consolador. Como creo haber dicho antes, no aceptaría una verdadera sodomización por parte de un hombre, pero cuando se trata de un consolador manejado por una mano femenina, me gusta.
— ¡De acuerdo!… Me coloco en la posición adecuada y me entrego a ustedes, señoras…
—Míralo, el muy guarro, qué excitado está —ríe Bella, que saca la lengua como lo hará dentro de un instante con más determinación.
Tanya se tiende debajo de mí, con los muslos muy separados y la cabeza ligeramente levantada para sujetar mejor mi pitón rígido. Ella me ofrece la profunda perspectiva de una vagina profunda, abierta como la boca del infierno, que no debe de estar más caliente.
Tengo ante mis ojos la puerta sagrada del paraíso, dos grandes labios ya viscosos de excitación, dos ninfas rosadas y palpitantes y un clítoris rígido. El olor que emana de esa almeja palpitante es idóneo para embriagarme y, si yo me excito, las fragancias afrodisíacas del sexo de mi amiga bastarían para hacer erguirse orgullosamente el pene de un moribundo.
Bella anda atareada detrás de mí. Adivino que está lubrificando el consolador con una pomada.
Entonces Bella, la tierna morenita que ha conquistado mi corazón y mis sentidos, pone las palmas de las manos sobre mis riñones. Se ha suavizado la piel con polvos talco y, a partir de entonces, sus caricias se convierten en un hechizo. Me recorre la grupa detenidamente, me acaricia las nalgas, la entrepierna, sube hacia el mapamundi glúteo y, separando los globos que le ofrezco generosamente, pega su rostro al ojete.
Su lengüecita puntiaguda barrena el estrecho orificio, se inserta más adentro y, una vez allí, empieza a girar como si quisiera ensanchar el pasillo, prepararlo para que reciba muy pronto el encantador volumen del consolador que, volviendo los ojos, puedo ver derecho sobre la mesita de noche.
Tanya espera, aparentemente, a que Bella haya pegado su hocico a mi entrepierna para, por su lado, tomar en la boca el falo erguido, tieso y palpitante por una terrible excitación.
Mi amiga toma la verga en su boca y las pelotas en sus manos. Me acaricia suavemente la bolsa genital mientras sus labios me chupan el pene, que siento carmesí y ya a punto de estallar.
Sé que a Bella le gusta ensartar la lengua en el ano de sus amantes, pero la chica debe interrumpir su lamido preferido cuando Tanya, que quiere ser la directora del juego, le ordena que me «encule».
Tras un último lengüetazo, tierno y profundo, en mis riñones siento la punta del consolador rozando el orificio.
Un poco sádica, sin duda, Bella no se anda con miramientos a la hora de empalarme de un golpe seco: introduce el falso sexo en toda su longitud en mis entrañas anales. Me gusta tanto esa penetración, que creo voy a eyacular de un momento a otro. Pero aunque yo consigo retener mi placer, Tanya, a quien le como la vulva, no se toma esa molestia. El mero hecho de ver a su «hombre» penetrado como lo estoy provoca en ella un espasmo tan violento, que se retuerce sobre mí, arquea el cuerpo y me descarga en el rostro un torrente de líquido oloroso.
Tengo la cara, los ojos, las mejillas, cubiertos de jugo. Estoy literalmente empapado y, si el jugo vaginal tuviera las propiedades de una crema rejuvenecedora, seguro que me quitaría diez años de encima en este momento.
Sodomizado de primera por Bella, que barrena mi ano con intensidad, chupado como un príncipe por Tanya, que mama como un bebé hambriento, inflamado por la deglución del regalo orgánico de Tanya, esta vez ya no puedo contener la emoción que me invade y, con un grito lamentable, dejo que mi meato escupa todo el placer que experimento.
Tanya goza una vez más y querría proseguir sus fantásticas succiones en mi glande irritado.
Me escapo de ella mal que bien y veo a Bella tomar el relevo. Entonces su sesenta y nueve asume un ritmo enloquecido.
Las dos tortilleras están acostadas una junto a la otra en la cama a mi lado, con la respiración todavía algo alterada, los ojos cerrados, las mejillas encarnadas, el rostro mojado por el goce de la compañera. Suspiran a cuál mejor. Una extraordinaria felicidad se lee en su expresión radiante.
—Entonces, tontita —murmura Tanya sin siquiera abrir los ojos ni menearse—, ¿no crees que perdiste tiempo al rechazar mis atenciones el primer día?
—Sin duda… Pero ¿sabes?, llegué a esto por necesidad profesional, si no, nunca habría conocido estos placeres.
—Bien. Ahora puedes, si quieres, reanudar tu relato. A la mañana siguiente…
—A la mañana siguiente —prosigue Bella —fui a casa de Emmett, o más exactamente al estudio cuya dirección me había facilitado.
»Antes de empezar, un técnico me destiló la música de la canción en los auriculares. Yo repelía la letra mentalmente y, cuando estuve lista, comenzamos la grabación. Tenía canguelo…
»En la cabina de grabación, los técnicos controlaban las agujas de los diales, el director artístico me miraba haciendo gestos como un director de orquesta a sus músicos. Al parecer, seguí tan bien sus consejos que, en cuanto las últimas notas pasaron a la cinta magnética, todos los presentes en el estudio, Emmett incluido, aplaudieron.
»—Bravo, querida, eres estupenda… Ahora ven a mi despacho y hablaremos.
»—Prepara el culo —me murmuró una técnico cuando pasé por su lado para alcanzar a Emmett, quien me aguardaba a la puerta de su despacho.
»—Eso está hecho, querida —le dije deteniéndome a su altura—. ¿Acaso estás celosa?
»Ella se echó a reír, una risa cristalina, delicada, e interpeló a los demás:
»— ¡Eh, amigos! La señorita Bella me desafía. Me pregunta si acaso estoy celosa de ella, como si no tuviese derecho a estarlo. La señorita va a dejarse follar por mi marido y encima pone en duda mis derechos…
»Entonces, mientras todos reían a carcajadas, ella me dijo:
»—Vamos, pequeña, Emmett es mi marido, ya sé que ayer se te cepilló y que ahora volverás a pasar por la piedra. Eres bonita, estás bien hecha, no estoy celosa, incluso al contrario —añadió en voz más baja para que sólo yo pudiese oírla—, hasta te llevaría la cesta. —Y seguidamente, en voz alta—: Adelante, monina, ve a buscar tu recompensa y diviértete.
»Si los demás no se hubiesen reído, si ella me hubiese interpelado en voz baja, si no me hubiese mostrado tan estúpida, me habría reunido con Emmett de buena gana, pero el principio de excitación que me invadió cuando él me llamó, se había esfumado y, en vez de correr hacia él, me precipité hacia la puerta de la calle.
»—Bella, Bella, no seas niña, vuelve —gritó la esposa de Emmett—. Sólo que…
»Tal vez sólo quería bromear, que es sin duda lo que iba a decirme en el momento en qué salí, pero me importaba un bledo; jamás volvería a poner los pies en ese estudio.
»En mi habitación, avergonzada de mí misma por haber provocado, con mi estúpido orgullo, los exabruptos de… ¿cómo se llamaba esa mujer? Me daba igual… Lloré como una chiquilla, sacudida por los sollozos y tendida en la rama. Pensé que la vida parisina estaba demasiado llena de obstáculos, que había que renunciar demasiado al orgullo y el pudor, y que jamás podría adaptarme a esa clase de vida. Decidí, pues, hacer las maletas y regresar a mi tierra. Además, sabía que allí estaríais vosotros, que me consolaríais de mis desengaños. Ya me levantaba para bajar la maleta de lo alto del armario cuando llamaron a la puerta. Me disponía a abrir con cautela cuando el visitante entró por su cuenta en la habitación. Había olvidado echar la llave.
»—Toma, te has dejado el bolso en el estudio.
»Emmett estaba en el umbral, y su brazo extendido me ofrecía el bolso, en cuyo interior debía de haber encontrado un recibo del hotel por el pago de mi habitación, lo que le había permitido localizarme. Iba a coger el bolso, pero él no lo soltó. Yo mantenía una expresión severa; las mejillas, mojadas por las lágrimas, debían de tener un aspecto horroroso; los ojos hinchados por el llanto…, sabía que no estaba muy seductora, pero me importaba un bledo. Ya no tenía ninguna necesidad de gustarle, no más a él que a los demás.
»—Gracias, ya habría pasado a recogerlo al marcharme. Adiós, señor.
»—Eso ni pensarlo, preciosa, no nos dejarás así. En primer lugar, te reservo para un single que quiero sacar este verano. Segundo, tú y yo todavía no estamos en paz: yo te debo la remuneración del contrato por la grabación de esta mañana, y además…
»— ¿Y además…? —dije yo con el corazón acelerado, por cuanto apreciaba con claridad el bulto que hinchaba su pantalón.
»—Y además me gustas, me excitas, quiero follarte a menudo, no te preocupes por lo que ha dicho Rosalie. Tan sólo bromeaba. En el estudio tienen la costumbre de pitorrearse de las chicas que entran en mi despacho, aunque no entren para hacer el amor. ¡Por Dios, trata de entenderlo! Acabas de llegar a nuestro mundo, que es una gran familia donde nadie ignora la vida privada de los demás. Hacemos el amor como quien respira, compartimos experiencias sexuales antes, después e incluso durante las grabaciones, tenemos la misma consigna que los mosqueteros: "Uno para todos, y todos para uno". Cuando alcances la condición de favorita, mi favorita, serás de todos y de nadie en particular. Pero tú, Bella, tú eres algo más que las demás chicas para mí; serás mi favorita durante mucho tiempo pero, además, quiero convertirte en cómplice. Contigo y por ti, quiero conseguir algo que no he podido alcanzar ni lograr solo. Así pues, querida, no pongas mala cara y acompáñame al estudio.
»— ¿Para qué? —Dije, temblando de rabia y excitación—. ¿Acaso es en el estudio donde pretendes descongestionar el instrumento que veo rígido bajo tus calzoncillos?
»Me sentía furiosa conmigo misma por estar dispuesta a seguirle, pero estaba entusiasmada por el orgiástico porvenir que él me auguraba, a la vez que por el éxito.
»—Bueno, sí… He prometido a Rose que no te follaría aquí, sino que te llevaría al estudio…
»—Si no lo he entendido mal, ¿tengo que dejarme follar delante de todo el equipo reunido a nuestro alrededor?…
»—Claro que no, boba, eso se hace cuando la chica se convierte en una propiedad común. Tú, en cambio, eres y seguirás siendo, te lo prometo, mi propiedad privada o…
»— ¿O…?
»—O, a lo sumo, te entregarás a los tipos que yo elija en las orgías que se organicen, pero hoy el único testigo que tendremos será mi mujer, Rose, que quiere ver si jodes tan bien como le he contado.
»— ¡De acuerdo! Vamos.
»—Me alegro de que hayas vuelto. Pasa.
»Ella me precedió al interior del despacho de Emmett. Se parecía mucho al despacho de la sede social de la editorial donde me había recibido la víspera, con la sola excepción de que, en lugar de un simple sofá, eran dos divanes los que hacían las veces de cama y el bar, tras el cual se colocó Rose, estaba bien surtido de toda clase de licores.
»—Bien, te presento, un poco tarde y me disculpo por ello, a mi mujer, Rosalie. Todos la llaman Rose. Es mi cómplice en todas mis actividades, tanto profesionales como privadas. Asiste muy a menudo a mis orgías y, en esta ocasión, presenciará uno de mis dúos.
»Yo no sabía muy bien qué decir. Me disponía a estrechar la mano a "mi patrona" cuando ella me atrajo resueltamente hacia sí para besarme en las mejillas.
»— ¿Amigas?
»— ¡Oh, sí, por supuesto!
»— ¿No me guardas rencor?
»—Oh, no, de hecho me he comportado como una estúpida. Soy yo quien le pide disculpas.
»—En ese caso tutéame, nada de cursilerías. Ahora muéstrame con Emmett cómo jodes. Me encanta ver a mi marido cepillándose a un ratoncito.
»El ratoncito, tal como me había llamado, se desnudó muy despacio; en la sala contigua, un técnico ensayaba la grabación de un blues, y esa música se adaptaba perfectamente a mi strip —tease. Para reunirme con Rose y satisfacer sus deseos de mirona, me había puesto una minifalda, una túnica india bajo la cual no llevaba nada, unas exiguas braguitas negras, medias con ligue ro y un par de botas de ante de color marrón claro.
»Rose silbó entre los dientes para demostrar su admiración. Clavaba en mí una mirada tan concupiscente, que creí por un instante estar ante una lesbiana.
»—Bravo —murmuró—, tú sí que sabes lucir tus encantos, pequeña. Pero apresúrate, o de lo contrario Emmett va a correrse en los calzoncillos. Ven, querido, yo te desnudaré. Tal como veo tu mirada, Bella está dispuesta a dejarse violar ahora mismo. Fíjate en lo duros que tiene los pezones.
»Era verdad, los pezones casi me dolían de tan excitada como estaba. Cuando Emmett se hubo desnudado, no me dejó acabar de desvestirme; se acercó a mí, me levantó la falda, tomó mis braguitas, que prácticamente arrancó, y, sujetándome por los hombros, me hizo volverme hacia su mesa de trabajo, de perfil respecto a Rose, quien seguía instalada detrás del bar.
»Apoyó una mano sobre mis hombros para hacerme encorvar hacia delante y, con la otra mano, me quitó la falda. Con el culo al descubierto y las piernas un poco separadas, me ofrecí a mi amante. Éste aproximó su polla rígida, la introdujo entre mis labios mayores y, de un poderoso golpe, me la hincó como un soldado. Yo estaba agradablemente embargada por la emoción; en la postura en que me hallaba, mis carnes ceñían estrechamente el falo bien proporcionado de Emmett, de suerte que, follada como una perra, no tardé en gozar como tal.
»Emmett, por su parte, exasperado por una espera demasiado larga, gozó tan pronto como yo, pero su lanza caballeresca no se ablandó. Permaneció erecto dentro de mí, aparentemente dispuesto a reanudar su carrera hacia el placer. Pero eso no me convenía. Había decidido mostrar a mi generosa rival mis talentos de enamorada más ocultos. Así pues, me erguí y, tras volverme hacia Emmett, le abracé.
