—Ah no, buen mozo, no seguirás jodiéndome como si fuese una mujer de la limpieza que saca brillo al parquet… No olvides que Rose te observa… ¡Nos observa!
»Le hice tenderse en el diván. Boca arriba, con la verga temblorosa, me permitió asediarle. Con las manos bajo la nuca y las piernas separadas, me dejó arrodillarme a su lado, y yo me incliné sobre su cara. Habitualmente, en estos primeros contactos, es el hombre el que embiste la boca de la mujer. Pero a mí me encanta introducir la lengua en la boca del hombre para que me la chupe; así, con la mayor naturalidad del mundo, retorcí los labios de Emmett para meter mi lengua en su boca y jugar con la suya. Tal como estaba situado, con la cabeza recostada sobre las manos, no podía estrecharle por el cuello, de modo que empecé a acariciarle con ambas manos. Con la diestra palpándole el busto, pasando de la cintura a los dos senos, y con la izquierda rozándole el vientre entre el ombligo y la comisura de los muslos, extendí mis suaves caricias por todo su cuerpo, hasta que mi mano derecha abandonó la mitad superior del tronco para secundar a su hermana gemela en la parte inferior.
»A partir de entonces abandoné la boca de Emmett, rodeé la cintura de mi amante, dejando que mi mano se deslizara hasta sus nalgas, y, con la diestra libre, me ocupé exclusivamente de los testículos y del pene que se ofrecían a mi entera discreción.
»Mi dedo medio escarbó un momento la raja del culo. Emmett separó todavía más las piernas, lo que permitía a mi dedo insinuarse lentamente en el ano de esfínter quebrado, ya que el músculo era flexible, casi aspirante. Luego, suavemente y muy despacio, acerqué la boca hacia la cúspide de la columna de carne viva, en cuyo meato una gota de licor lubrificante brillaba bajo la luz de los focos. Sacando la lengua, me apoderé de aquel testimonio vivo de excitación.
»Cada vez que aproximaba la boca a su falo, ahora congestionado, él levantaba la pelvis, esperando sin duda estimularme para que lo acogiera totalmente en mi boca. Una felación que, estaba convencida, habría desencadenado su gozo inmediato.
»Por último, me apiadé de él. Me escapé de un salto cuando él trataba de sujetarme y me senté a horcajadas sobre su cuerpo.
«Naturalmente, la verga oblicua entró mal en mi oquedad, y no pude reprimir un gemido de dolor cuando el glande frotó con cierta dureza la pared de la vagina, pero, loca de orgulloso deleite, miré a Rose con arrogancia. A continuación, colocando las palmas de las manos sobre el busto del hombre, me sumí en una fantástica cabalgada. Jadeando, resoplando y sudando, accionaba los músculos de los muslos a un ritmo demencial para permitir deslizarse el sexo de Emmett en toda su longitud dentro del mío.
»El hombre, al principio de nuestro espectáculo erótico para Rose, se había instalado como un pachá, cómodamente tendido, con las manos bajo la nuca, pero al cabo de un momento ya había perdido toda su compostura y tenía los brazos oblicuos a lo largo del cuerpo, la boca abierta en busca de un aire difícil de aspirar, jadeaba y gemía como un mártir, quería pero no podía gozar de tanto contenerse, pero siempre excitado como un ciervo. Parecía un pelele desarticulado al que una histérica había armado con un sexo y sobre el cual se masturbaba sin tener en cuenta a su amante de paja.
»Yo ya no podía más, me dolían los muslos de tanto imponerles la violencia de mi deseo, me dolían los músculos del vientre de tanto contraer las carnes de mi vagina, pero chorreaba sin cesar y quería gozar muy pronto para desempalmarme y llevarme el sexo de mi amante a la boca. Rosalie me contemplaba en mi carrera hacia el placer, mientras que su marido deliraba literalmente y pronunciaba palabras incoherentes, entre las cuales una súplica: "QUIERO GOZAR".
»"Yo primero", pensé, y me hundí sobre él a resultas de una convulsión orgánica de todo mi ser. Notaba cómo fluía en mi vientre un torrente de jugo, y si no me hubiese empeñado en conceder a Emmett el placer que se merecía, me habría dejado llevar por el cansancio y me habría quedado dormida en la misma postura en que me había sorprendido el orgasmo.
»Penosamente, me desenganché de Emmett. Tenía la verga colorada de tanta fricción. Me limpié el conejo con la sábana y seguidamente me incliné con la boca abierta sobre aquella cosita. ¿Cosita?… No exactamente… Con la polla en mi boca, pasé una mano por la juntura de las nalgas de Emmett y, al mismo tiempo que le mamaba la verga, le masturbaba con el pulgar. Tan pronto como sintió mi dedo en el ano, su erección se intensificó, su pene se hinchó y, casi de inmediato, me inundó la garganta con un chorro ardiente. Esta vez, incapaz de reaccionar, me quedé inmóvil, con su sexo entre los labios y mi dedo en su orificio anal. Fue así como nos quedamos dormidos los dos.
»—Muy bien, cochinos… —murmuró Rosalie al abandonar la estancia.
»Emmett y yo despertamos mucho más tarde, al caer la noche; cuando su mujer vino a socorrernos con una copa de whisky en cada mano.
»— ¡Oh! ¡Querida, vienes de echar un polvo!
»—Bueno… Después de la escena que me habéis ofrecido, comprenderás que me ha sido difícil mantenerme fría. Entonces… como el señor estaba visiblemente rendido después de la exhibición de Bella, he ido a pedir a Carlisle lo que tú no habrías podido darme.
»—Has hecho bien, pichona —respondió Emmett, sonriendo—. Perdóname, pero esta pequeña zorra —me señaló con la barbilla —me ha dejado extenuado.
»—Espero que para esta noche te hayas repuesto; he invitado a Carlisle a pasar la noche con nosotros.
»— ¿Sí? De acuerdo, pero… Puesto que vendrá Carlisle, ¿qué importancia tiene mi forma física? Carlisle sabrá complacerte. Yo seré más modesto y me limitaré a mirar.
»—De eso ni hablar, tesoro, ya sabes que los placeres a tres me horrorizan. Bella también está invitada.
»No vi razón para protestar, ya que Emmett me había advertido ese mismo día de la posibilidad de orgías; la primera se presentaba más pronto de lo que me esperaba. Pero en tres días había visto lo suficiente como para aprestarme a esa clase de juegos.
»Carlisle llegó a casa de Emmett, adonde me había conducido la pareja, hacia las nueve. Era un guapo muchacho alsaciano, de unos 23 a 25 años, rubio y de ojos azules, bastante corpulento. No me cayó especialmente simpático pero, comoquiera que estaba, por así decirlo, sujeta a las decisiones de Emmett y en consecuencia de Rosalie, me propuse hacer de tripas corazón y seguirles la corriente.
»Sabiendo que esa noche tendría ocasión de hacerme el amor, Carlisle no se cortó y me abrazó con bastante ternura para pegar sus labios a los míos. Su forma de besar era tan ruda como su acento gutural. Enroscaba la lengua en mi boca como si quisiera perforármela; sus manos, apoyadas en mis hombros, pesaban tanto que yo me doblegaba involuntariamente sobre las piernas. El muy bruto creyó que me encorvaba a propósito entre sus brazos y, en vez de aliviar su abrazo, lo intensificó, de suerte que me encontré tendida sobre la alfombra, con las piernas al aire y aferrada a su cuello para no hacerme daño al caer.
»— ¡Vaya! Esta chica sí que es fogosa —rio Rosalie, quien también había interpretado mal el motivo de mi caída.
»—No creo que sea eso —murmuró Emmett, que había observado mi expresión de angustia al verme desamparada en brazos del alsaciano.
»Por esta vez, tratándose de mi primer contacto con Carlisle, no hice nada, le dejé quitarme las braguitas y levantarme la falda y, cuando se acostó sobre mí, me contenté con separar las piernas. Le recibí con el chocho seco, y él debió de encontrarme demasiado estrecha, porque se retiró para humedecerse el glande con saliva y seguidamente, tras volver a introducir su herramienta en mis carnes, se meneó durante varios minutos hasta que eyaculó con un gruñido sordo. Rosalie había calculado su estrategia: con ocasión de mi primera orgía, había invitado al más gilipollas de sus amigos. ¿Por qué? Por celos… Ella me temía y yo adivinaba, un poco tarde, que el rubio actuaba de ese modo por orden de su amante.
»Así pues, tan pronto como Carlisle terminó de correrse dentro de mí, le rechacé con violencia. Me dirigí al cuarto de baño e hice una seña a Emmett para que me siguiera.
»—Ese tipo es un gilipollas. ¿Qué mosca le ha picado para follarme como una perra nada más llegar?
»— ¿Acaso no querías?
»— ¡Vaya!… ¿A ti qué te parece? Puede que sea una cachonda, pero no hasta el extremo de comportarme como una puta en casa de mis anfitriones… Además, no me gusta. ¡Mándale a su casa, no quiero joder más con ese tío!
»—No podemos hacer eso, es nuestro ingeniero jefe de sonido. Además, si quiere, puede sabotear completamente tus grabaciones, créeme. Es mejor que tengas paciencia, y te pido que me perdones; todo es culpa mía.
»Rosalie estaba inmóvil en el umbral del cuarto de baño.
»— ¿Dónde está?
»—Saborea su victoria como un soldado consciente de haber cumplido con su deber. Ha actuado por encargo. No se lo reproches, te digo que es culpa mía. Normalmente es muy amable y tierno, también muy perverso, y jamás follaría a una chica sin hacerla participar del placer.
»—Bueno… ¡ya está! Pero en lo sucesivo sé amable, Rose. No tienes ningún motivo para detestarme, al menos no hasta el extremo de hacer que me violen.
»—Vuelvo a pedirte sinceramente que me disculpes. ¿Te tranquiliza eso?
»—Sí.
»Nos reunimos con Carlisle en el salón. Apoltronado en un sofá, copa en mano, sonreía como un bendito.
»— ¡Carlisle, se acabó la comedia! Bella sabe por qué has actuado de ese modo.
Ahora, compórtate como el hombre que eres en realidad.
»—De acuerdo. Perdóname, Bella —dijo el rubio, sonriendo—, no las tenía todas conmigo, pero no sé por qué Rose quería que actuara así.
»Yo sí lo sabía: Rosalie deseaba convencer a Emmett de que yo no era más que una puta presuntuosa. Había fracasado. En cualquier caso, Rosalie había invitado a Carlisle sobre todo en su propio interés. Esa noche, yo no tenía más que aprovechar los tiernos ataques de Emmett. Aunque estaba cansado, había remontado la pendiente enseguida y en cuatro ocasiones, entre medianoche y las seis, me satisfizo deliciosamente por todos los orificios.
»Pero donde me desenvolví a las mil maravillas fue en el transcurso de una sesión de piernas al aire en una postura que me encanta especialmente. Pero antes de entrar directamente en nuestros placeres, quizá sería preferible empezar por el principio y describiros con todo lujo de detalles las peripecias de aquella velada. Creo, en efecto, que el relato de una cama redonda integral, mi primera experiencia de esa clase desde que os había dejado, os interesa más que saber cómo me hizo gozar Emmett.
»Habíamos cenado en compañía de Carlisle. Así pues, pasamos directamente al café y los licores. La cadena estéreo de nuestros anfitriones destilaba ininterrumpidamente un slow detrás de otro. Yo bailaba con Carlisle. Después, cuando estimó que ya había sido lo bastante amable conmigo, abrazó a Rosalie, con lo que pude bailar con Emmett todos los slows que siguieron.
»Evolucionamos estrechamente pegados el uno al otro. Bebimos nuestras salivas en un beso que parecía no tener fin. Nos acariciamos dulcemente con las manos colgando. Yo frotaba el bajo vientre contra el de mi amante, que sentía en plena forma debajo de sus calzoncillos. Y el simple hecho de notar la erección de Emmett contra mi pubis, desnudo bajo la falda, me hacía derretirme por dentro.
»Con el rabillo del ojo, vi a Carlisle abrir su bragueta y quitar la falda a su pareja. Ésta no llevaba braguitas, y las carnes de ambos estaban en contacto. La luz, demasiado tamizada, no me permitía ver el sexo de Carlisle. Sabía que no era grueso, pero sí de una longitud considerable. Igual que su nariz, una nariz aguileña… Emmett me subía la falda lentamente. Yo le bajé la cremallera de la bragueta y separé los calzoncillos para tomar, a manos llenas, su hermosa erección, cálida y suave al tacto.
»—Estás cachondo como un toro…
»—Tú podrías excitar a un moribundo, querida. Te deseo, te quiero aquí y ahora…
»— ¿Por qué no?
»No esperó más. Me condujo, bailando, hacia la maciza rinconera del salón y, una vez allí, me hizo casi sentarme sobre el tablero del mueble, se deslizó entre mis piernas, que separé cuanto pude, y sentí su polla, dura como una roca, perforándome el coño. Yo segregaba ya en abundancia, pero a partir de cuando él me tomó, ya no supe realmente si el licor que impregnaba mi alcoba era atribuible a Emmett o, simplemente, el testimonio de mi emoción carnal. Me tranquilicé pronto: Emmett no había gozado; era yo quien chorreaba como una marrana, era yo quien inundaba el antro de los amores. Destilaba tal cantidad de jugo, que hacía nuestra unión demasiado fácil. Emmett nadaba literalmente en mi vagina. Yo debía estrecharme para que él pudiera disfrutar un poco de nuestro dúo, pero me sentía tan bien, tan bien, que la languidez que me invadía sofocaba por completo mi voluntad.
»Sólo cuando gocé contraje involuntariamente la vagina sobre Emmett, que, de repente, ahora bien ceñido, aceleró sus sacudidas. Esa aceleración intensificó mi placer. Con una sincronización poco menos que prodigiosa, ambos experimentamos un placer increíble, que tradujimos en un prolongado gemido recíproco.
»Rosalie y Carlisle, por su lado, no perdían el tiempo. Acostados uno sobre otro casi a nuestros pies, fornicaban con una especie de furia extraña. Su unión era más un duelo que un dúo; parecían dos luchadores de feria. Se arañaban, se mordían al besarse, se decían palabras vulgares más repugnantes que estimulantes, al menos para mi gusto personal. Emmett miró a su mujer con una mueca de desprecio, me sonrió y me abrazó para invitarme a un nuevo slow.
»Emmett no me hacía daño, al contrario. Sus manos habían iniciado una detallada exploración de mi cuerpo, y cada roce de sus dedos mágicos me arrancaba largos suspiros y me hacía estremecer deliciosamente.
»—Querido, deja de tocarme así. Vas a volverme loca y seré yo quien acabara violándote.
»—Eso es, mi palomita dorada, viólame, pero antes aguarda a que me reponga porque, de momento, pese a la excitación que me inspiras, mi cuerpo no sigue al espíritu.
»— ¿Qué te apuestas a que te caliento enseguida?
»— ¡Adelante!
»Descendí a lo largo de su cuerpo y me arrodillé a sus pies, como una iluminada ante el altar mayor. Hasta esa noche, sólo había tomado en la boca virilidades triunfales; esta vez era una verga fláccida lo que me llenaba la garganta. Entonces, sin querer tocar el sexo con nada que no fuese mi boca, limitándome a mantenerlo lo bastante alto sujetándolo por la base con dos dedos, saqué la columna de carne. Apretando suficientemente los labios, coloqué la punta del falo justo frente a mi boca y empujé hacia delante, obligando al prepucio a desnudar el glande bajo mi impulso.
»Cuando volví a introducirme la virilidad, utilicé la punta de la lengua para cosquillear el pene, que experimentó casi de inmediato un leve endurecimiento. Pero no era suficiente para decir que mi amante estaba en erección. Para culminar mi obra, penetré el ano de Emmett con el dedo medio y lo sodomicé digitalmente. Esta vez no pudo resistirlo. Su miembro se hinchó, se endureció, se irguió y se alargó. Emmett estaba preparado de nuevo.
»En el salón, Carlisle y Rosalie evolucionaban lentamente girando alrededor de nosotros. Rose, más fisgona de lo que creía, no apartaba los ojos de mi boca, y comprendí que se excitaba sólo de ver aquella felación. Sin esa observación continua, puede ser que, tras ganar mi apuesta, me habría levantado para seguir bailando pero, puesto que tenía una admiradora, no quería decepcionarla.
»Pensé que conseguiría hacer gozar a Emmett con sólo chuparle, pero sería un proceso demasiado largo, por lo que decidí llevar a mi paciente a un estado de excitación tal, que terminaría por pedirme clemencia y me penetraría para correrse en mí.
»Así pues, armándome de paciencia, empecé a sorber, mordisquear y aspirar el hermoso rabo. Cuando estaba dentro de mí, le barrenaba el meato con la punta de la lengua. Cuando estaba fuera, le pellizcaba con los labios o le mordisqueaba con la punta de los dientes la vena azul, tan sensible en el macho. Tomaba los testículos en mi boca y aspiraba. Esto le hacía gemir quejosamente; pero él no hacía nada por escapar, al contrario: abría más las piernas y empujaba contra mi boca como para incitarme a tomar un poco más de la bolsa genital.
»Luego, al ver que mis esfuerzos daban fruto, deslicé un dedo en su raja y reanudé la masturbación anal. De la primera a la tercera falange, mi índice iba y venía por el angosto orificio. Mis labios, cerrados sobre el falo ahora en plena erección, iban y venían a su manera en torno a la estaca viril, hasta que, sin poder contenerse más, Emmett quiso gozar. Pero, contrariamente a lo que yo esperaba, no se zafó de mi presa bucal para cubrirme. Me sujetó la cabeza entre sus manos e hizo ir y venir mi boca sobre su deseo.
»Demasiado sacudida para poder controlar el movimiento del índice, lo hundí tan profundamente como pude y me dejé hacer. Esto me divirtió primero, y luego me excitó el hecho de ser manejada de ese modo por un hombre. Notaba cómo se humedecían mis muslos; el vientre se ponía duro; el deseo quemaba mis carnes, y habría dado diez años de mi vida por ser follada en ese momento.
»El coito bucal de Emmett parecía eternizarse, y yo empezaba a sentir calambres en la mandíbula. Así, relajé involuntariamente la presión sobre el falo. Privado de ese orificio bucal que trabajaba con tanto entusiasmo, Emmett lo abandonó y, empujándome bruscamente hacia atrás, me hizo caer con las piernas al aire y los muslos abiertos. Se tendió sobre mí y, con un ímpetu que habría bastado para desflorar a una virgen, me invadió. La naturaleza debía de haber previsto que mi almeja iba a ser follada porque, segundos después de que me hubiese penetrado como un salvaje, le sentí hincharse dentro de mí y la matriz se estremeció ante el impacto de los chorros de esperma que salían disparados de su meato. Yo también gocé como una reina.
