—Todo eso está muy bien, pero cuéntanos cómo te hiciste lesbiana y cuál fue el episodio más picante de tu vida de desenfreno.
—Bueno, disco tras disco, en seis meses alcancé una halagadora celebridad con el nombre de Bella Swan, pero cada nuevo disco me hacía más dependiente de Emmett, a quien ya no podía negar nada. Seguía siendo su favorita, y no pasé nunca a la categoría común en que cada chica pertenece al macho que la desea. Es verdad que participé en varias orgías con otros tipos, todos ellos más inteligentes y elegantes que Carlisle, pero la cama redonda extraordinaria que Emmett llegó a celebrar es a mí a quien la debe.
»Emmett quería contratar a una cantante y su amante, también cantante, muy famosos los dos (dejadme que me reserve sus nombres). La cantante es lesbiana, conocía a Rosalie y había dado a entender a Emmett que sólo firmaría un contrato con él con la condición de que Rose fuese su compañera en la cama. Al cantante, por su parte, le gustan las niñas; pues bien, Emmett tiene una hija de catorce años, una preciosidad, pero tortillera. Además, el propio Emmett quería montárselo con su hija antes de cederla a otro. ¿Entendido?
»El objetivo de mi misión después del decimotercer disco era seducir a Rosalie y convertirla en lesbiana, que a partir de entonces aceptaría acostarse con la estrella; papá es un amante maravilloso, meter a la niña en la cama de su padre y, todo eso, para organizar una orgía teniendo por invitados a la pareja de estrellas y Vera. Durante ocho días no me aparté de Rosalie. La colmé de mil atenciones, me las arreglé para que rompiera con su amante predilecto, un tal Royce, haciendo que éste se marchara, y al fin pude mimar a una Rosalie desalentada.
»—Pero ¿qué mosca te ha picado? —Me dijo una noche—. Pareces un hombre que quiere seducirme.
»—Bueno, querida —le susurré—, ¿quién sabe si por ahora, y de hecho desde que te conozco, no me siento como el alma de Don Juan ante una chica hermosa? Es cierto no te enfades, en mis tierras de montaña amé a una chica que se parecía a ti; ella murió y, en cuanto le vi, se me encogió el corazón… Entonces, a pesar de mis esfuerzos por luchar contra esa atracción, he sentido que también te amaba. Ahora, o me echas o me conservas, pero si me conservas junto a ti, no pararé de seducirte para amarte.
»— ¿De modo que eres tortillera? Jamás lo habría supuesto.
»—No, no soy tortillera, sólo lesbiana. Como has podido ver, me gustan tanto los hombres como las mujeres, o debería decir la mujer, porque sólo te quiero a ti.
»—Y… ¿qué crees que diría Emmett si se enterase de que somos tan amigas, amigas como tú deseas?
»—Nada, hasta le haría feliz. Le oí decir a uno de los chicos del laboratorio que iba a ver un espectáculo de cuadros vivientes en que salen chicas amándose. Estoy segura de que le encantaría verte gozar con mis caricias.
»Mentía desde el principio; yo nunca había acariciado a una chica, y me preguntaba incluso cómo me las arreglaría para proseguir con mis atenciones hacia Rosalie si se le ocurría ceder a mis insinuaciones. Y esto fue lo que pasó.
»La miré fijamente a los ojos, le lancé miradas tiernas que sé irresistibles, y la vi acercarse insensiblemente hacia mí. Una vez entre la espada y la pared, no tuve más que abrir los brazos y ella se refugió amorosamente en ellos. ¡Mierda! ¿Qué debía hacer?
»Entonces me acordé que tú, Tanya, habías intentado seducirme y cuánto trabajo me costó resistirme. Deslicé lentamente las palmas de las manos por sus hombros, su espalda, la ceñí ligeramente por la cintura y ella la arqueó, turbada ya por mis tocamientos. Dejé que mis manos descendieran más abajo, hasta su grupa rolliza, y ella la tendió hacia mis roces. La chica era mía, ya sólo me quedaba turbarme yo misma para que cuando Rosalie abandonara su pasividad y se atreviera a tomar la iniciativa, no encontrase mi vulva seca como lo estaba en ese momento.
»Así, cerrando los ojos, pensé en Edward, en sus caricias, en tu presencia cuando perdí la virginidad, y llegué a reprocharme el haberte rechazado aquella noche. Me convencí tan bien, que llegué a imaginar cómo habría sido nuestro trío si, en vez de un hombre solo, me lo hubiera montado con el hombre y su mujer, los dos reunidos para darme placer. Ya empezaba a estar mojada y, al mismo tiempo que imaginaba cómo habría sido nuestro trío, lo que tú, Tanya, me habrías hecho, yo hacía lo mismo con Rosalie. Pegué mis labios a los labios pulposos de Rosalie. No me costaba nada hacer el papel de macho porque, como sabéis, lo primero que hago cuando me besan es ofrecer la lengua para que mi amante la chupe. Rosalie me chupó la mucosa como debía de hacerlo con la lengua de un hombre. Se frotaba contra mí, buscando ya osadías más íntimas por mi parte. Le abrí la blusa, desabroché su sujetador y tomé sus pezones, uno detrás de otro, para chuparlos. Ella gemía y se hundía entre mis brazos, hasta el extremo de que tuve que conducirla lentamente hacia el diván, en el que se tendió languidecida, con los ojos cerrados, las fosas nasales temblorosas, visiblemente presa de la turbación y el temor ante lo que le esperaba a continuación.
»Me imaginé por un instante que era un recién casado con su joven esposa, tan virgen como él. Poco más o menos, la situación era idéntica. Lamenté no haber empezado con Vera, la tortillera, quien habría sabido seducirme, y lo que ella me hubiese enseñado yo lo habría aprovechado con Rosalie. Sin embargo, me había precipitado. Prosiguiendo las succiones en el pecho de mi nueva amante, desabroché la cintura de su falda india, hice bajar la tela por sus caderas en forma de ánfora y descubrí sus minúsculas braguitas, transparentes como el cristal. De sus labios vaginales se escapaba un rocío blanquecino. Rosalie estaba muy excitada; de hecho, cuando le quité el taparrabo, ella levantó las nalgas para facilitar su strip- tease.
»Yo permanecía vestida.
»Arrodillada junto al diván, con el cuerpo desnudo de Rosalie al alcance de mis manos y mi boca, me sentía como un cirujano ante el paciente al que debe abrir sin saber exactamente dónde se encuentran los músculos que tiene que intervenir.
»Entonces me dije: "Eres boba, Bella; si estuvieras en el lugar de Rosalie, ¿qué te gustaría que te hicieran, dónde te gustaría que te acariciaran?". Era muy simple, ¿no? De hecho, con una mano palpando el pecho, la otra rozando el pubis y la comisura de los labios mayores, mi boca besuqueando el pliegue de la cintura, tuve el gozo de notar, bajo el dedo que provocaba la comisura de los labios vaginales, cómo se erguía un clítoris orgulloso.
»Levantando la barbilla hacia la de Rosalie, le tomé la boca. Nuestro beso era un hechizo de cada fibra de mi cuerpo y, deseosa yo también de experimentar unas caricias sin par, me desnudé con una mano mientras proseguía el beso y la ligera masturbación vaginal. La lengua de Rose era ágil; ella abría al máximo sus largos y torneados muslos, empezaba a menearse seriamente gracias a mis tocamientos y, si yo quería aprovecharme un poco de sus caricias, tenía que apresurarme. Por fin, una vez desnuda, me tendí junto a ella. Nuestros cuerpos calientes se estrecharon amorosamente. La voluptuosidad invadía todo mi ser, Rosalie gemía suavemente, sus suspiros atestiguaban su estado de lujuria y, para poner fin a mi primera experiencia lésbica, me lancé al agua. De un salto de la carpa, me situé pies contra cabeza sobre ella, con su almeja bajo mi boca y mi vulva sobre su cara.
»Ella no vaciló ni un segundo. A la vez que yo llevaba mi beso a su feminidad ya mojada de excitación, ella pegaba su boca a mi intimidad no menos húmeda. ¡Ah, amigos míos, qué delicia dejarse comer el chocho por un hombre! Es un poco brutal y torpe, pero delicioso. Pero dejarse mamar por una mujer… es el paraíso terrenal, una sensación que no se puede comparar con ninguna otra, y desde ese momento lamenté, y de qué manera, el no haber cedido a los deseos de Tanya aquella primera noche… De hecho, comprendí sin necesidad de explicación el motivo de esa maravillosa embriaguez que me invadió de repente desde el momento en que ella pegó su boca a mi coño, porque yo misma supe desde el principio dónde tenía que chupar y mordisquear para transportar a mi nueva amiga. En efecto, pensé, ¿quién sabría chupar mejor a una mujer que otra mujer? Un hombre no, por más dulce, tierno y mimoso que fuese. Si es cierto que sólo un hombre sabrá hacer una mamada a un compañero de su mismo sexo, sólo una mujer sabe complacer a su compañera.
»Yo habría mucho los muslos, pegaba cuanto podía la vulva a los labios de Rosalie, y ella, levantando las piernas en lo alto, ofrecía sin trabajo su minino a mi glotonería, como si se tratara de un plato de nata tibia. Tibia y áspera, un tanto ácida, de un sabor muy distinto al del esperma viril, pero delicioso para mi gusto, y engullí todo el jugo que mi boca podía aspirar. Fue, tanto para ella como para mí, un deslumbramiento, la revelación de los verdaderos placeres lésbicos. Me juré entonces que ya no volvería a vacilar a la hora de abandonarme a las insinuaciones homosexuales de mis congéneres y, en mi fuero interno, soñé enseguida con Tanya, prometiéndome entregarme a ella tan pronto como fuera posible. Mientras ella chupaba, mordisqueaba, aspiraba, comía mi chocho, yo le devolvía el cumplido. Nuestras manos se afanaban sobre el cuerpo de la otra; yo la acariciaba, ella me magreaba los senos, la entrepierna, los riñones, incluso el ano era objeto de nuestros tocamientos lascivos. Me sumergí digitalmente en lo más profundo de su orificio. Me hacía daño, de tanto como mi lengua trataba de penetrar lo más adentro posible en su cavidad vaginal.
»—Querida, amor mío, te lo ruego, quiero que…
»— ¿Sí, querida?
»—Quisiera que tú… (Vacilaba a la hora de traducir sus pensamientos, que, por otra parte, yo no acertaba a adivinar).
»—Lo que quieras, Rose querida, dímelo.
»—Quiero que me hagas daño. Aráñame, muérdeme, me gusta gozar en el sufrimiento.
»¡Mierda!, me dije. Eso no iba conmigo. Mostrarme tierna y mimosa, ¡perfecto!
Pero hacer sufrir para dar placer, de eso ni hablar.
»—Querida, yo soy mujer igual que tú, y no podría hacerte daño ni aunque te guste. Precisamente, mi amor, aprovecha que estás con una mujer para olvidar la brutalidad de los hombres; trata de desintoxicarte del masoquismo que esos salvajes te han inculcado. El dolor es como una droga; intenta gozar sin brutalidad por mi parte y ya verás cómo jamás querrás sufrir ningún daño mientras experimentas placer.
»¡Uf! Menuda perorata me salió al ponerme a filosofar… Qué boba; ya que ella deseaba sufrir, ¿por qué no la satisfacía? Y aquella estúpida, para poder hablar, había interrumpido sus lengüetazos en mi coño; para responderle, yo había hecho otro tanto, y la situación no podía ser más ridícula. Reanudé, pues, mi labor, tratando de recuperar el tiempo perdido con palabras inútiles.
»—Voy…, sí, voy a tratar de gozar sin violencia, pero me llevará algún tiempo, te ruego que me perdones.
»"Eso ya lo veremos", pensé, porque durante ese tiempo yo me recreaba en su vulva, siempre viscosa y generosa en su secreción.
»Ella reemprendió sus lamidos en mi platillo íntimo. Sus lengüetazos, que partían del clítoris y subían hasta la comisura de mis labios íntimos, eran un verdadero regalo, sobre todo cuando, después de haber acariciado mi botón sensible, su lengua, para ascender por el cráter vaginal, se encorvaba profundamente entre mis labios mayores, lamiendo a su paso las delicadas ninfas.
»Y, siempre, nuestras sodomizaciones mutuas y digitales, que no nos dejaban precisamente insensibles. Muy pronto noté cómo subían por mi vientre las olas de un espasmo que presentía vertiginoso. Por más que traté de reprimir ese orgasmo, no lo conseguí y, con un aullido casi salvaje, sacrifiqué a Safo, mi nueva diosa.
»Ya fuese por la abundancia de mi gozo, o bien porque la había chupado con arte, el caso es que la rubia Rosalie me sirvió una copa tan generosa como la mía. Engullí su regalo con una sed, incluso una glotonería, terrible. Tras gozar intensamente las dos, permanecimos inmóviles durante largo rato, con mi boca unida a su vulva y sus labios pegados a mi coño.
»Fue ella la primera en salir de esa semiinconsciencia en que el placer nos había sumido. Quiso reanudar enseguida sus lengüetazos en mi entibiada emoción, pero yo tenía el clítoris demasiado irritado por los lamidos precedentes como para soportar inmediatamente una segunda ración de placer. Lentamente, para no alterar nada, y sobre todo para no contrariarla, me zafé de nuestro abrazo tras un postrero y sabio lengüetazo a su botón erguido.
»— ¡Ha sido divino!
»Fue lo único que me dijo mientras se vestía, pero bastaba para convencer a mi conciencia del deber cumplido. Y, antes de que la dejara, añadió:
»— ¿Cuándo volverás?
»—Mañana, querida. Te quiero.
»Al día siguiente di cuenta a Emmett del éxito de mi labor de corrupción.
»— ¿Sabes?, me has puesto en un verdadero apuro, pero a fin de cuentas no me arrepiento de nada. Es una locura de sensaciones, y te confieso sin la menor vergüenza que estoy dispuesta a repetir la experiencia esta tarde con Rose. Pero antes…
»Inútil decir que me había entendido. Sonriendo ampliamente, mirándome con ternura, avanzó hacia mí y abrió los brazos, entre los cuales me acurruqué como una gatita enamorada se enrosca contra su gato.
»—Querida, eres maravillosa, no te agradeceré nunca bastante lo que has hecho por mí. Y si además consigues inducir a Vera, te guardaré una gratitud eterna.
»—Por ahora, procura darme las gracias como un vencedor, hazme el amor como se gana una guerra, como un soberano.
»— ¡Mmmm!… ¿Imitas a Mireille Darc?
»—No, pero su canción es tan bonita, tan viva, dice tan bien lo que muchas mujeres piensan…
»Me estrechó más tiernamente y me condujo hacia el diván que ocupa un rincón de su despacho. Apartó de un manotazo algunos papeles esparcidos y, empujándome suavemente hacia atrás, me hizo tenderme boca arriba.
»—No te desnudes, quiero tomarte vestida, separando sólo tus braguitas y… desabrochándote un poco la blusa. Tienes unos pechos tan bonitos…
»Me desabotoné la blusa, levanté la falda hasta la cintura y le tendí los brazos. Él se colocó entre mis muslos. De rodillas, se bajó la cremallera de la bragueta, tuvo alguna dificultad para sacar el falo de debajo de los calzoncillos, de tan tieso como lo tenía, y, una vez hubo desenvainado la espada, una verga palpitante por cuyo meato asomaba ya una gota de líquido opaco, se tendió sobre mí. Yo no necesitaba preparación, por cuanto ya estaba mojada. Sin estar demasiado excitada de antemano, requeriría más tiempo para gozar y, como él, por su parte, había sido cogido en frío, la justa prometía durar un rato considerable.
»Separé mis braguitas para abrir la vía sacra. Él puso la boca sobre mi pezón derecho, palpó el seno izquierdo con la mano derecha, y sentí su miembro hinchado hundirse deliciosamente en mis carnes con la delicada lentitud que un macho educado se impone con una joven hembra. ¡Dios todopoderoso, qué placer sentir en el propio interior la entrada de una carne tan caliente, viva y rígida de un sexo como el de Emmett!
»Eso me provocó un vértigo pasajero que hubiese querido que durara una eternidad. Pero cuando la estaca, enteramente clavada en mis carnes, empezó a moverse arriba y abajo, accionada por el lento balanceo del cuerpo de mi amante, empecé casi inmediatamente a ver mariposas.
»Emmett abandonó la punta del seno que succionaba para depositar sus labios sobre los míos, que entreabrí para deslizar mi lengua en su boca. Con la lengua chupada con devoción, la vagina pulida con suavidad y el pecho magreado con destreza, me sentía la mujer más dichosa. Hembra totalmente satisfecha, hubiese deseado que el tiempo suspendiera el vuelo y que Emmett y yo nos quedáramos fijados en esa postura amorosa para la eternidad, experimentando ininterrumpidamente la inolvidable sensación que provoca un dúo tan perfecto.
»Emmett evolucionaba muy despacio en mí. Iba y venía sin interrumpirse en su lento galope de amor; me miraba amorosamente con sus ojos turbadores y yo, ya próxima al abismo, me retorcía debajo de él, me abría cada vez más, elevaba las piernas al aire para finalmente, sintiendo el placer fluir inexorablemente hacia mi boca íntima, apoyar los tacones de las botas sobre sus riñones.
»No era él solo quien realizaba el coito, sino que éramos dos. Cada vez que se hundía en mí, yo me anticipaba a su penetración, y, cuando él hacía marcha atrás, yo hacía otro tanto, lo cual duplicaba la velocidad de nuestra justa. Era simplemente maravilloso. A ese ritmo, con esa suavidad, yo hubiera querido que aquel instante fuese eterno. Mis órganos destilaban un río discontinuo de jugo lubrificante que hacía nuestro acoplamiento algo sencillamente divino. Yo quería ver a mi amante y los rasgos de su cara, que seguían una evolución perfecta conforme a la ascensión de su placer, pero, por otro lado, tal vez no me creeréis, pero un recuerdo me obligaba a cerrar los ojos, a mantenerlos cerrados para que se instalara en mi mente la imagen tan querida de Edward.
»Muy a mi pesar, tuve que olvidar a mi primer amante para tomar conciencia del que me trabajaba a un ritmo tan regular y que, con sus reiteradas sacudidas, me hacía retorcerme bajo su cuerpo, abrir más la boca en busca de una respiración cada vez más dificultosa, de tanto como jadeaba mi pecho.
»Con el aliento entrecortado, el vientre casi dolorido al retener un orgasmo que me invadía demasiado aprisa, los riñones hundidos para sacar el vientre por delante de los embates que martilleaban mi sexo, me sentí vencida por el vértigo orgiástico y, muy pronto, al no poder más de tanto contraer mis órganos inflamados, abrí la boca desmesuradamente mientras que del fondo del sexo se elevaba una ola efervescente y un grito de milagrosa agonía se escapaba de mi garganta contraída.
»Como ya sabéis, cuando la mujer goza, y goza como yo acababa de hacerlo, sus músculos vaginales se contraen y encierran en un estuche de terciopelo el falo que la trabaja. Así pues, mi amante, sin poder mantener tampoco la calma que se imponía, pareció presa de un repentino ardor debido a la opresión de mi vagina, y aceleró sus sacudidas como un poseído. Me gusta, me encanta incluso sentir la matriz golpeada por el esperma del hombre, lo cual redobla mi placer y, nueve de cada diez veces, me manda al séptimo cielo. Tal fue el caso en aquella ocasión y, cuando el tributo espermático chocó contra mi útero, salí volando por segunda vez hacia el paraíso de Eros. Emmett y yo dedicamos un buen rato a degustar el descanso posterior al amor. Permanecimos así, enlazados uno al otro, hasta que el ruido de la puerta del despacho al girar sobre los goznes nos rescató de nuestro letargo.
»— ¡Vaya, muchachos! Vosotros no dejáis de joder nunca, por lo que veo.
»Desde mi relación con Emmett, yo había perdido el pudor; ya no me importaba ser sorprendida por alguien en la postura en que me hallaba. Así pues, sin preocuparme para nada del recién llegado, tomé los labios de Emmett en mi boca con la intención de provocarle una segunda llamarada, deseosa como estaba de volver a ser poseída. Pero mi amante se separó de mí lentamente, se incorporó e hizo frente al visitante.
»— ¡Hola, James! Te esperaba, pero más tarde… Ya me disculparás, pero estaba ocupando el tiempo antes de la hora de la cita.
»—Ya veo, y lo ocupabas alegremente… con una real moza. ¡Preséntamela!
»—Pero, querido, es a ella precisamente a quien iba a presentarte hoy. Te presento a Bella Swan, una promesa de mi productora. Me gustaría que la oyeras, creo que está en condiciones de grabar un buen single para las vacaciones. Bien dirigida, esta chica tiene un gran porvenir.
»—Ya la oí en tu último cóctel. Precisamente tengo dos músicas y dos canciones para ella.
»Me entregó dos hojas manuscritas. Leí la primera: "Me gusta, me gusta el hombre, le quiero, cuando le siento, cuando está sobre mí, en mí, me vuelvo loca, hembra, soy una hembra…". Título de la canción: "Soy una hembra".
»El segundo, que conocéis por el clamoroso éxito que está teniendo este verano, me entusiasma de inmediato.
»—Te presento, y ya empieza a ser hora —bromeó Emmett—, a James, mi compositor y letrista. Si te considera capacitada, escribirá muchas más canciones para ti, pero si le decepcionas con estas…
»—Me gustan las letras, sólo me queda por oír la música.
»—Un rock y un slow, preciosa —especificó James.
»Al mismo tiempo, hizo una seña a Emmett como diciendo "ahora verás" y puso en funcionamiento un aparato de cassette. De la música del rock, nada que decir, un rock siempre es un rock, y este se adaptaba perfectamente a las palabras de una chica que proclamaba su condición de hembra. Era la cara B del single. El slow, en cambio, era lascivo, voluptuoso, y sólo se concebía restregándose estrechamente contra la pareja. En cuanto al rock, teniendo ya la letra grabada en la memoria, aunque sólo la había leído una vez, tarareé la canción contorsionándome al ritmo endiablado del rock que hace las delicias de las orquestas de moda que tocan en las playas. Cuando sonó el slow, yo no había retenido la letra que acompañaba la música, pero empecé a contonearme delante de James.
»Él hizo lo que yo esperaba: dejó el cassette sobre la mesa y me abrazó estrechamente. Durante los tres minutos y veinte segundos que dura la grabación, evolucionamos lascivamente pegados uno al otro; me estrechaba tan fuerte, su pubis estaba tan adelantado hacia el mío, que, por otra parte, yo no retiraba, que sentí cómo se le hinchaba el miembro a través de nuestras ropas. No olvidéis que Emmett me había poseído totalmente vestida.
»Su mejilla ya rozaba la mía; yo le había pasado los brazos en torno al cuello; mi vientre, pegado al suyo, se movía voluptuosamente, y él se disponía a posar sus labios sobre los míos cuando la música cesó.
»— ¡Mierda!… Tendría que haberla hecho más larga…
»—Vuelve a ponerla y empecemos de nuevo.
»—Es inútil, ya estoy cachondo, te has pegado lo bastante a mí como para informarme de tus deseos. Imaginemos que el slow sigue sonando y no te preocupes de nada más.
»Volví a echarle los brazos al cuello y reanudamos el baile, pero esta vez James, en lugar de estrecharme por la cintura, deslizaba las manos sobre mi cuerpo, magreándome sin tapujos a través de mi ropa. Yo había conservado la blusa abierta después del dúo con Emmett. James la abrió un poco más y puso su boca sobre el pezón derecho. Mientras me succionaba sabiamente la fresa erguida, sus manos, febriles, desabrochaban la cintura de mi falda, bajaban ésta hasta el suelo y, ocupándose de mis braguitas ceñidas, tan ceñidas como irritantes, el hombre desgarró el nilón para liberar mi bajo vientre.
»—No te preocupes de nada más —me había dicho.
»Yo me dejaba hacer, no hice nada por ayudarle, ni tampoco por defenderme. En condiciones normales, habría sido yo quien le hubiese abierto la bragueta para sacar su tallo al aire, pero dejé que se desenvolviera con su herramienta, limitándome simplemente a retroceder para dejarle el camino libre. Yo estaba desnuda o casi, tan sólo vestida con mis botas y la blusa abierta de par en par. Me ofrecía a sus apetitos carnales, deseosa ya de que me precipitara hacia el diván. No tardó en hacerlo… Incluso demasiado pronto… Aquel patán, hasta entonces tierno y galante, se convirtió en un verdadero sátiro en cuanto tuvo la polla al aire. Me levantó literalmente y me llevó al diván, sobre el cual me dejó caer desde su altura. Apenas me había tendido cuando él ya se acostaba, a su vez, sobre mí y me introducía violentamente su miembro sin cerciorarse siquiera de «mi temperatura».
»En realidad, ese acoplamiento del que tanto esperaba, por lo menos el goce, me dejó casi lastimada. Me montó como he visto los novillos montar las vacas de mi padre, con furiosas sacudidas que casi me atravesaban la carne. Su sexo era largo, no muy grueso ni rígido, en fin, no gran cosa… Me hizo pensar en los chilindrinas que describe Perret en su último éxito. Hasta sonreí y, por suerte, James no se dio cuenta. De repente, mientras él se aliviaba en mí, al no disfrutar de su cópula, pensé en mis obligaciones y compromisos. "¡Por todos los santos! —pensé—. ¿Y Rosalie?". Eché un vistazo al reloj: iba a llegar tarde si aquel bruto no se apresuraba un poco. Y el muy puerco parecía sumamente complacido en mí. Follaba como un loco, pero cada vez que debía de sentir su inminente placer, lo contenía y yo tenía que seguir soportándole.
»Por un lado James, a quien debía tener en cuenta si quería tener futuro en la empresa de Emmett; por el otro Rosalie, a cuya cita iba a llegar tarde y que, también ella, tenía voz y voto en el capítulo referente a mis esperanzas in the show business.
»"Sigámosles la corriente", pensé y, acto seguido, representé el papel de la chica satisfecha, cariñosa, agradecida al macho que la cubría como un cerdo. James se dejó engañar por mis artes de prostituta, acusó claramente el estrechamiento de mi vagina y, con un bufido animal, me inundó literalmente con su pegajoso esperma. Yo fingí gozar a mi vez y él se retiró, orgulloso de sí mismo.
